Comprometernos con la diversidad - Maria Cimperman - E-Book

Comprometernos con la diversidad E-Book

Maria Cimperman

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Beschreibung

El futuro de la vida religiosa internacional depende significativamente de la capacidad de cada comunidad de vivir interculturalmente. Aquellas que no lo logren se fragmentarán o morirán, afirma el académico Anthony J. Gittins. Conscientes de la importancia de la interculturalidad en la vida consagrada, el Centro de Estudios de la Vida Consagrada (CSCL) de la Unión Teológica Católica (CTU) de Chicago patrocinó un programa (2017-2020) en el cual veinte equipos centrales de congregaciones e institutos religiosos de varones y mujeres sirvieron como catalizadores y recursos para fomentar y desarrollar proyectos interculturales en las comunidades religiosas. Este libro se publica con el objeto de compartir los ricos frutos de ese programa.

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Seitenzahl: 405

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Introducción

IMAPEO DE LAS OPORTUNIDADES Y LOS DESAFÍOS

1. ¿Qué está en juego?

MARIA CIMPERMAN, RSCJ

2. Más allá de lo internacional y multicultural

Misión y vida comunitaria intercultural hoy

ANTHONY J. GITTINS, CSSP

3. Interculturalidad en la vida consagrada en Estados Unidos

TERESA MAYA, CCVI

4. Interculturalidad y liderazgo en la vida consagrada

ANTONIO M. PERNIA, SVD

IIPONER LOS CIMIENTOS

5. El proceso intercultural de Jesús

ADRIANA CARLA MILMANDA, SSPS

6. Una espiritualidad intercultural

Bailar al ritmo del Espíritu

JUNG EUN SOPHIA PARK, SNJM

7. La presencia reconciliadora y los sonidos del silencio

ROBERT J. SCHREITER, CPPS

8. La conversación como metodología para la interculturalidad, la transformación de los conflictos y la reconciliación

SIA NYASARI TEMU, MM

IIICOMPROMISO CON ASPECTOS PARTICULARES

9. Sensibilidad intercultural

Construir consciencia y competencia

TIM NORTOn, SVD

10. Marcos culturales y situaciones concretas

MARIA HONG NGUYEN, OSB, y ROGER P. SCHROEDER, SVD

11. Comunidades interculturales para la misión

Consideraciones de raza y género

LAREINE-MARIE MOSELY, SND

12. Tratar de comprender las complejidades de la cultura y la personalidad

KEVIN P. MCCLONE, PSYD, y CRYSTAL TAYLOR-DIETZ, PSYD

13. Procurando odres nuevos para vino nuevo

El liderazgo en comunidades interculturales

ANTONIO M. PERNIA, SVD

14. Interculturalidad y formación

JUDETTE GALLARES, RC

15. Vida intercultural en la espiritualidad y experiencia del Movimiento de los Focolares

BIRGIT OBERHOFER, FOCOLAR

16. Caminos de peregrinación intercultural y decolonial

JOANNE DOI, MM, y MICHEL ANDRAOS PHD

Colaboradores

Créditos

Introducción

América del Norte, al igual que cualquier otra parte del mundo, está creciendo en términos de diversidad de culturas, razas, nacionalidades y religiones. Sabemos que esto brinda tanto oportunidades como desafíos. Como mínimo podemos esperar una tolerancia civilizada en medio de las diferencias. Esto ya sería una bendición en muchas áreas. Sin embargo, los cristianos (especialmente los de vida consagrada) esperamos mucho más. Más allá del nivel superficial de la coexistencia, pugnamos por vivir y trabajar interculturalmente, es decir, construyendo y manteniendo relaciones mutuamente enriquecedoras y estimulantes entre todos los pueblos. ¿Por qué? Por el hecho de reconocer y participar en el componente esencial ya-sí-todavía-no del reino de Dios: todos los pueblos reunidos y compartiendo la misma mesa de plenitud en el espíritu del amor, la misericordia, el respeto y la justicia. Tal compromiso con la vida y el ministerio intercultural es hoy una voz profética.

En respuesta a esta visión, el Centro de Estudios de la Vida Consagrada (Center for the Study of Consecrated Life-CSCL) de la Unión Teológica Católica (Catholic Theological Union-CTU) en Chicago patrocinó un programa de tres años (2017-2020) en el cual veinte equipos centrales de congregaciones e institutos religiosos de hombres y mujeres sirvieron como catalizadores y recursos para fomentar y desarrollar proyectos interculturales para sus propias comunidades religiosas y para otras. Todo el proceso para los equipos centrales de las congregaciones incluyó el desarrollo de estudios de caso utilizando herramientas y cuestionarios sociológicos, la creación de planes de acción y la remisión de informes de progreso, la participación de tres programas en la CTU y la interacción con los integrantes de otros equipos. En noviembre de 2017 y 2018 el CSCL patrocinó conferencias de interculturalidad con plenarios, talleres de trabajo, trabajo en pequeños grupos, ejercicios de los participantes, oraciones y liturgias interculturales, y sesiones de trabajo de los equipos centrales.

Este libro se publica con el objeto de compartir los ricos recursos de las presentaciones de los plenarios y de los talleres de trabajo del grupo multicultural e internacional de expertos con las congregaciones que participaron en el programa plurianual del CSCL y con el círculo más amplio de religiosos y religiosas, y con otras personas interesadas en la vida y el ministerio intercultural y dedicadas a ellos. En lo referente a la diversidad, quienes presentaron las siete conferencias de 2017 eran originarios de siete países diferentes. Tres de los capítulos fueron escritos en colaboración por hombres y mujeres de orígenes culturales y raciales diversos, y la multiculturalidad de América del Norte estuvo bien representada.

El libro está dividido en tres secciones. Los cuatro capítulos que componen la primera parte proporcionan el contexto y el «terreno» de las oportunidades y los desafíos de la interculturalidad en las congregaciones religiosas. La eslovena-estadounidense Maria Cimperman, RSCJ, presenta cuestiones críticas para afrontar este tema absolutamente urgente. Desde sus perspectivas británica, mexicana y filipina, y sus amplias experiencias multiculturales, Anthony Gittins, CSSp, Teresa Maya, CCVI, y Tony Pernia, SVD, esbozan los «planos» para afrontar este tema. Siguiendo con este imaginario arquitectónico, los cuatro capítulos que componen la segunda parte ponen los cimientos necesarios. Adriana Milmanda, SSpS, de Argentina, y la coreana Sophia Park, SNJM, brindan una ponderada base bíblica para comprender los procesos multiculturales de Jesús y de la Iglesia primitiva en relación con nuestra situación actual. El estadounidense Robert Schreiter, CPPS, proporciona un marco teórico para la reconciliación y la interculturalidad. Por su parte, Sia Temu, MM, despliega las implicaciones prácticas y las aplicaciones de este tema desde su experiencia en África Oriental.

Como bloques de hormigón, los ocho capítulos de la tercera parte se centran en algunos aspectos particulares prácticos de la interculturalidad y la vida consagrada. Tim Norton, SVD, de Australia, describe doce herramientas para construir la competencia intercultural. La vietnamita Maria Nguyen, OSB, y el germano-estadounidense Roger Schroeder, SVD, ofrecen una presentación conjunta de sociedades centradas en lo social y en lo individual, e incluyen el estudio de tres casos. La afroamericana LaReine-Marie Mosely, SND, explora los importantes temas de raza y género desde una perspectiva intercultural. Otro capítulo sobre el tema de la personalidad y la cultura fue escrito de forma conjunta por dos licenciados en Psicología, Kevin McClone y Crystal Taylor-Dietz, que provienen de diferentes orígenes raciales interculturales. Los capítulos 13-15 se centran en tres áreas claves de la vida consagrada que necesitan ser tratadas desde la perspectiva de la interculturalidad. Tony Pernia, SVD, y Judette Gallares, RC –ambos de Filipinas–, se ocupan respectivamente de los temas del liderazgo y de la formación. La laica consagrada del Movimiento de los Focolares Birgit Oberhofer, nacida en Alemania, presenta algunas sugerencias concretas de espiritualidad y vida intercultural. El último capítulo, escrito de forma conjunta por Michel Andraos, natural del Líbano, y la japonesa-estadounidense Joanne Doi, MM, se ocupan de los temas interculturales de decolonialidad y peregrinación.

Quisiéramos dar las gracias a una multitud de personas por su ayuda en este volumen. En primer lugar, el programa plurianual de interculturalidad del CSCL en sí y la publicación de este volumen no habrían sido posibles sin el generoso aporte económico y otras ayudas de la Fundación Conrad N. Hilton. La Iniciativa de las Hermanas Católicas (Catholic Sisters Initiative) ha sido una maravillosa compañera al apoyar nuestros esfuerzos y ayudarnos mientras desarrollábamos herramientas de evaluación y aprendizaje. Esperamos que nuestros esfuerzos conjuntos continúen construyendo oportunidades para que las mujeres religiosas prosperen y sirvan a todo el pueblo de Dios tanto local como globalmente. En segundo lugar queremos agradecer a nuestro editor, Jill Brennan O’Brien, al redactor jefe Robert Ellsberg, y a todo el personal de Orbis Books por su interés y los varios niveles de ayuda que permitieron hacer realidad este libro. En tercer lugar, queremos agradecer a los autores que dedicaron su tiempo y conocimientos para brindar personalmente sus presentaciones en ambas conferencias CSCL en Chicago y prepararon sus presentaciones para su publicación. Queremos reconocer las contribuciones de Maria Nguyen, OSB, y Joanne Doi, MM, que se unieron a nosotros en el equipo organizador de este programa de la CTU. Estamos inmensamente agradecidos a nuestros colegas del personal, administración y docentes de la CTU por su continuo apoyo y ayuda durante los tres años de este programa de interculturalidad. Un agradecimiento especial a Peter Cunningham por sus inestimables servicios entre bambalinas como asistente administrativo de la CSCL y coordinador asistente del programa. Por último, pero no por ello menos importante, estamos sumamente agradecidos a los participantes de este programa de Comprometidos con nuestra diversidad por su apertura, compromiso y creatividad.

A nivel personal (yo, Maria) quiero señalar que la importancia de formar comunidades interculturales nunca se ha sentido más crucial en la vida religiosa, en la Iglesia y en el mundo. Todas las áreas de la vida religiosa se ven influidas por nuestra apertura a dejarnos transformar en comunidades interculturales. Esta tarea me está transformando a mí, y por eso estoy profundamente agradecida.

Para mí (Roger), vivir y trabajar por una más plena interculturalidad mutua se ha convertido en una pasión que impulsa mi ser y mi hacer. La publicación de este volumen refleja tanto las ricas posibilidades como los medios reales y las motivaciones espirituales para superar los desafíos paralelos.

Nuestro trabajo conjunto en los últimos tres años ha sido una maravillosa oportunidad de colaboración intercultural entre congregaciones, disciplinas, géneros, generaciones y estilos personales. Tanto nosotros mismos como el programa en sí, nos hemos visto beneficiados y enriquecidos por el trabajo conjunto. ¡Que la visión y la práctica de la interculturalidad continúen cosechando los frutos del reino de Dios!

IMAPEO DE LAS OPORTUNIDADESY LOS DESAFÍOS

1¿Qué está en juego?

Maria Cimperman, RSCJ

La llamada a la interculturalidad es el don de Dios en estos tiempos. Está presente y es obvio, no está oculto. Para poder vivir, crecer y ser transformados en comunidades interculturales debemos confiar en la abundancia del amor de Dios. Pedimos la gracia de la transformación y realizamos la tarea del crecimiento personal, comunitario y congregacional.

¿Qué está en juego aquí? Todo. Entre otros académicos, Anthony J. Gittins, CSSp, afirma que

el futuro de la vida religiosa internacional depende significativamente de la capacidad de cada comunidad (local e institucional) de vivir interculturalmente. Aquellas que no lo logren se fragmentarán o morirán1.

Yo afirmo que nuestro modo de ser comunidad humana se encuentra en peligro con el crecimiento del nacionalismo extremo y la cada vez menor aceptación del «otro», de alguien que percibimos diferente a «nosotros». Cuando vemos la tierra simplemente como un objeto para nuestro uso, y no como la creación de Dios que requiere dignidad, cuidado y respeto, muchos integrantes de la comunidad humana, en especial los más vulnerables, se verán en peligro y perecerán. La llamada a la interculturalidad es una llamada en favor de la vida para todos, incluyendo generaciones aún por nacer. ¡Se trata de un tema vital!

¿Dónde se sentirá el impacto de nuestros esfuerzos por volvernos comunidades interculturales? Por doquier. Vida consagrada. Iglesia. Sociedad. Ningún área quedará sin tocar, desde la personal y local, hasta la comunitaria y global. ¿Qué es posible? ¡Mucho! Esto es parte de nuestra participación en el reino de Dios. ¿Cuánto costará? ¡Mucho! Se deberán dejar ir y morir los modos de relación que no sean generadores de vida. Están emergiendo nuevos modos interculturales de relación que pueden dar nueva vida y producir mucho fruto para la vida consagrada y para el mundo. Este es un tiempo pascual.

Estas son ciertamente afirmaciones audaces. Sin embargo, es lo que está en juego. Frecuentemente preguntamos «¿Cuáles son los nuevos aspectos emergentes de la vida religiosa hoy?» La llamada a la interculturalidad es claramente uno de esos aspectos. Mientras aceptamos esto en general, será útil detenernos en algunos aspectos particulares de la vida consagrada para observar lo que es posible a medida que profundizamos en nuestra vivencia de la interculturalidad.

Ofrezco aquí algunas pinceladas en tres partes. Primero, ofrezco doce áreas que están interconectadas en la vida consagrada actual y que son llamadas e invitaciones hacia la interculturalidad, es decir, hacia la construcción y el mantenimiento de relaciones mutuamente enriquecedoras y estimulantes entre todos los pueblos. En segundo lugar, ofrezco algunas breves reflexiones sobre lo que exigirá comprometernos con este reto de nuestro tiempo. Tercero, ofrezco algunos pensamientos iniciales sobre lo que es posible al asumir esta llamada y lo que recibiremos del Espíritu en este caminar. Ahora bien: el Espíritu es mucho más creativo y generoso que mi propia imaginación, de modo que estas son solo ideas iniciales. Sin embargo, espero que estas nos ayuden a comenzar a imaginar y concebir posibilidades.

Doce llamadas de la interculturalidad

Interculturalidad manifiesta

En primer lugar, la interculturalidad debe ser un signo visible del reino de Dios en nuestra Iglesia actual. La diversidad global de nuestra Iglesia está haciendo surgir nuevos temas de conversación en nuestras parroquias, escuelas y servicios pastorales. ¿Qué significa pertenecernos los unos a los otros? ¿Cómo deberemos hacer surgir, juntos, una visión más completa de la Iglesia? Esto es parte de lo «nuevo» que el Espíritu está creando constantemente entre nosotros, pidiéndonos que encontremos mejores formas de amar, cuidar y convocarnos mutuamente. Dios creador se deleita en toda la creación. La vida de Jesús entre nosotros fue de inclusión radical y nosotros también deberemos caminar hacia esa meta. La cultura del encuentro nos está convocando.

Segundo, la interculturalidad es una llamada a nuestro mundo de hoy, que nos pide ver como un don la diversidad de culturas, nacionalidades, géneros, generaciones, razas, tradiciones religiosas y naciones, y asegurar que la dignidad y los derechos de cada uno sean respetados y promovidos, de modo que todos podamos prosperar. La interculturalidad se opone directamente a la xenofobia, al extremismo religioso y a todos los «ismos» que plagan nuestro mundo. La interculturalidad nos invita a ver las inmensas posibilidades de los dones disponibles en la diversidad de la humanidad.

Cada nación deberá escuchar sus llamadas. La interculturalidad es hoy una llamada, por ejemplo, a los Estados Unidos de América, pidiéndonos que garanticemos que la diversidad de culturas, grupos étnicos, pueblos indígenas, generaciones y géneros construyan y fortalezcan esta nación. Esta llamada nos recuerda que Estados Unidos es una tierra habitada primero por pueblos nativos americanos y luego por inmigrantes. Los Estados Unidos se construyeron sobre el deseo de libertad religiosa y política. Aunque proclama oportunidades para todos, esta nación tiene en su historia los pecados de la esclavitud y de un trato injusto y cruel hacia otros pueblos (por ejemplo, los nativos americanos), y, al mismo tiempo, el cuidado y la defensa de los oprimidos y vulnerables. Todos forman parte de esta nación. La llamada a la interculturalidad nos pide que sigamos viendo los dones y posibilidades de todas las personas. Eso es lo exactamente opuesto al racismo, al sexismo, y todas y cada una de las formas de exclusión.

Tercero: la interculturalidad es evidente cuando vemos en la diversidad de la creación un vislumbre de la increíble imaginación de Dios. En la naturaleza evolutiva de la creación vemos la continua intervención de Dios en toda forma de vida. La llamada a reconocer los dones de la diversa creación de Dios nos mueve a apreciar, cuidar y cambiar nuestra relación con esa creación. Ya no es posible simplemente «usar» la naturaleza. Ahora debemos «mirar» de modo diferente y aprender cómo estamos todos intrincadamente interrelacionados. Los árboles no son simplemente una fuente de papel, sino parte de un ecosistema que nos ayuda a los seres humanos a respirar. Un flujo y reflujo diferente emerge en toda la creación cuando los seres humanos nos vemos como parte de ella.

Interculturalidad y vida consagrada

En cuarto lugar, la interculturalidad exige ser vivida a través de nuestros carismas, parte de la profundización y ampliación que el Espíritu desea ofrecernos. Cada integrante de la vida consagrada viene con una vocación bautismal así como con un equipamiento cultural que deben ser vivenciados a través del carisma de la congregación o instituto. Como tal, la vida religiosa naturalmente tiene los elementos de diversidad y comunitariedad que pueden conformar no solo una comunidad multicultural y/o internacional, sino también una que sea intercultural. Las posibilidades son infinitas.

El carisma, un don del Espíritu a cada congregación para el bien de la Iglesia y del mundo, se manifiesta de maneras particulares a personas particulares. Cada nuevo miembro aporta tanto comunitariedad (carisma) como particularidad (la unicidad de cada uno) a la diversidad de la congregación. El carisma es dinámico, continuamente en evolución en medio de los signos y los tiempos. Por eso, con cada nuevo miembro de una congregación, el carisma también evoluciona. Experimentamos las palabras de Isaías:

Miren, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan? (Is 43,19).

Además, en la medida en que la vida consagrada comprende el carisma más amplio de la familia (asociados, colegas en la misión y todos aquellos que comparten este carisma en la llamada de su vida) como más integralmente conectado con la vida consagrada, las oportunidades de construir relaciones interculturales crecen exponencialmente.

Quinto: la llamada transformadora de la interculturalidad afecta a todos los ámbitos de la vida consagrada. La vivencia intercultural del voto de castidad célibe nos exige ampliar nuestras respuestas a la cuestión de a quién debemos amar y cómo debemos amar. Nuestra relación con Dios nos abrirá a una amplitud, profundidad y diversidad que aún no somos capaces de imaginar, y nuestra respuesta de amor se expandirá naturalmente. No solo no habrá excluidos. Nuestros corazones interculturales se volverán tan amplios como el mundo.

Sexto: la interculturalidad nos llama, por el voto de pobreza, a reclamar un mundo de plenitud. Llegaremos a experimentar nuestro vacío sin el otro. Su presencia viva nos puede mostrar un rostro de Dios y es un don de Dios para toda la creación. Vivir interculturalmente nos ayuda a reconocer los dones de cada uno y en cada uno y permite que nuestros dones adquieran nombres y sean convocados. Al hacerlo alabamos y proclamamos la buena noticia de un Dios que tanto amó al mundo, un Dios que se unió a nuestra humanidad en la forma de Jesús de Nazaret, y amó extravagantemente, incluso hasta la muerte (Jn 3,16). El amor abundó, persistió y resucitó.

La visión de Dios es de abundancia. A través de nuestro voto de pobreza nuestro testimonio vivo de la buena noticia es reconocer los dones de cada persona y de toda la creación, y seguir el ejemplo de Jesús en amar, nutrir y proteger la diversidad de todos.

Séptimo: la llamada a la interculturalidad nos invita a nuevos modos de vivir el voto de obediencia. Nuestra elección de a quién escuchar y a quién responder tiene implicaciones transformadoras tanto para nosotros como para nuestras congregaciones. Cuanto más esté dispuesto a escuchar la sabiduría de personas cuyos orígenes difieren del mío, tanto más encontraré nuevas maneras de ver que ampliarán el horizonte de mi propia perspectiva y de mi periferia, y harán emerger un nuevo anhelo. La interculturalidad también nos puede ayudar a escuchar con mayor profundidad, al buscar relacionar las llamadas y reclamos que nos rodean con los reclamos de Dios hacia nosotros. El Espíritu no tiene límites de comunicación. La interculturalidad nos ayuda a escuchar y responder a las orientaciones del Espíritu.

Las implicaciones para el discernimiento comunitario van en la misma dirección. ¡Todo es posible cuando escuchamos al Espíritu de Dios en y entre nosotros, personal y colectivamente! Cuando escuchamos juntos y desde la diversidad que nos rodea, tanto dentro como fuera de nuestras congregaciones, somos más capaces de distinguir el espíritu bueno del espíritu malo2 y encontrar las respuestas creativas que fluyen de nuestro discernimiento.

Octavo: la interculturalidad transforma nuestra oración. Dios tiene muchas maneras de hablarnos. La oración es un lenguaje sin límites, y en la medida en que experimentamos diversas maneras de oración, como la súplica, la alabanza, y escuchamos a Dios llamarnos «amados» (beloved, wapenzi, hajang salangahen, gajang salanghaneun, bien amie, o, en lenguaje de señas estadounidense, la mano derecha bajo la mano izquierda sobre el corazón), habrá en nosotros una moción que supera las palabras, los sentimientos y los sentidos. Percibiremos que el Dios de todos, más allá de toda comprensión, presente aun en la más pequeña partícula de toda la materia creada, mora en nosotros y en todos. De aquí surge la Unicidad con Dios y con toda la creación.

Noveno: la interculturalidad puede transformar el modo en que vivimos y construimos comunidad, abriendo puertas y llevándonos a caminar con compañeros que pueden indicarnos nuevos horizontes de relaciones. Seremos llamados a salir de nuestras rutinas hacia nuevas rutas, para construir el reino de Dios. Nuestros esfuerzos por construir comunidad entre nosotros, con sus múltiples dones y desafíos, brindan un testimonio profético de los deseos de Dios de que haya unidad en la diversidad.

De allí surgirán modos proféticos de vida y pastoral, denunciando todo tipo de injusticias y proclamando nuevos modos de relación que sean trinitarios, al mismo tiempo que comenzaremos a ver infinitas posibilidades por encima de culturas, generaciones, géneros, etc.

Décimo: todos los esfuerzos que hagamos por volvernos comunidades interculturales afectarán al ministerio (servicio). El modo en que rezamos y vivimos se expresa tanto en servicios internos como externos3. En la pastoral la colaboración para la misión tendrá el impacto de ver qué más es posible cuando construimos relaciones que convocan la mutua diversidad para construir el reino de Dios con todos y por doquier. Aun los desacuerdos darán testimonio de nuevos modos de superar desafíos en un modo que pueda construir aptitudes y fortalecer la comunidad. Esto influirá grandemente en las relaciones pastorales y se derramará también más allá, hacia afuera. Nuestro salir al encuentro se centrará en acoger al otro que tanto nos ofrece. Nuestras necesidades y heridas se verán en el infinito amor de Dios que ansía que sanemos, prosperemos y construyamos unidad entre todos los pueblos y con toda la creación.

Once: la llamada a la interculturalidad supone mirar de nuevo nuestros estilos de liderazgo, abriéndonos a ver nuevas respuestas a necesidades presentes y emergentes. Vemos los dones que la cultura de cada persona, sus experiencias, esperanzas y sueños ofrecen al conjunto. Encontraremos modos de escuchar, oír, hablar, escribir y movernos por el bien del reino de Dios. Nos permitiremos ser mutuamente vulnerables y compartir desde esta vulnerabilidad, sabiendo que la fuerza de nuestro amor mutuo crece en la medida en que encontremos juntos el camino. Veremos nuevos modos de encarnar juntos la nueva llamada que se nos hace como individuos y a nuestras congregaciones. Esto, más allá de las palabras, dirá mucho a las comunidades a las que tenemos la bendición de servir.

Doce: la formación inicial y permanente deberá ser influida por los esfuerzos hacia la interculturalidad. Nuevos miembros, que naturalmente verán tanto lo común como la diversidad en la congregación a la que cada uno se suma, verán la intencionalidad con la que el proceso de formación para una congregación (a veces llamado el proceso de incorporación en una congregación o instituto) valora las múltiples dimensiones culturales, incluyendo la suya propia. Los esfuerzos de formación permanente, a lo largo de toda la vida, serán esenciales para construir comunidades interculturales. Es imposible pedir a los nuevos miembros que construyan aquello por lo que solo unos pocos de los demás miembros de la congregación trabajan. Solo juntos podemos participar en la vida nueva que el Espíritu está creando entre nosotros.

¿Qué será necesario para caminar hacia la interculturalidad en la vida consagrada?

Señalo cuatro puntos de partida. En primer lugar, la vida religiosa debe estar dispuesta a correr algunos riesgos, a ir más allá de lo que hemos hecho y hacia aquello que ahora se nos pide hacer. Esto nos sacará de nuestras zonas de confort y nos llevará a nuestras zonas de crecimiento. Segundo, para que la interculturalidad eche raíces en nuestras congregaciones (y en el mundo) debe existir la convicción de que todos somos necesarios para el reino de Dios. Se crea algo cuando los diversos dones y personas se encuentran unos con otros y trabajan juntos para construir un mundo de paz, amor y misericordia. Tercero: el aprendizaje permanente es esencial. La interculturalidad requiere que desarrollemos capacidades y al mismo tiempo nos abramos a las dimensiones espirituales de los encuentros culturales. En cuarto lugar, mientras la transformación intercultural requiere nuestra disponibilidad, en el fondo es un punto de conversión y, como tal, una gracia. Esta conversión implicará dejar ir los modos de ser y de proceder que ya no nos sirven y que limitan las posibilidades que tenemos juntos. Este morir nos llevará a una vida nueva, viendo un nuevo modo de interrelacionarnos, de comprender y de estar hoy en el mundo y en la vida consagrada. El proceso nos exige todo, pero a cambio nos da también todo.

¿Qué es posible?

Dios desea crear vida nueva por medio de nosotros y para el mundo. Presento tres posibilidades y algunos dones que encontraremos a lo largo del camino. Primero, la interculturalidad abre en nosotros posibilidades de perdón y reconciliación. Podremos reconocer lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer para que comience una nueva relación. Esto nos impulsa a la construcción de la paz, nuestra vocación en el mundo.

Segundo: la interculturalidad construirá nuestra imaginación religiosa. Algunos pasajes de las Escrituras, así como las narrativas de nuestras comunidades, evocarán «recuerdos peligrosos»4 de lo que sucede cuando se aúnan el amor a Dios y el amor al prójimo. Todas las culturas pueden conducirnos a la llamada a construir la «amada comunidad»5. Si el varón y judío Jesús de Nazaret pudo ser convertido a un sueño mayor por la mujer sirofenicia (o cananea)6, la conversión es posible para todos nosotros.

Tercero, el camino de la interculturalidad es el camino de los discípulos misioneros. Los seguidores de Jesús estaban dispuestos a ir hasta los confines de la tierra para anunciar esta buena noticia. Su «ministerio» exigía que fueran más allá de su propia visión de quién pertenece o no a la comunidad. Como discípulos/as misioneros/as, nuestro servicio de anuncio de la buena noticia nos llevará a las periferias y a zonas de grandes necesidades en las que veremos al otro como un gran don. Seremos capaces de ver, con el Cristo resucitado, cómo cada uno participa en el proyecto de Dios.

Conclusión

¿Qué está en juego? Todo. ¿Qué es posible? Todo. La promesa de Isaías «Voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?» sigue siendo verdadera hoy. Nuestra llamada como personas consagradas es a la profundidad de Dios. Y la profundidad de Dios nos lleva a la profundidad de la humanidad y de la creación de Dios. Cuando buscamos amar en anchura y profundidad, y mientras intencional y persistentemente practicamos este modo de amar, lenta pero seguramente nos volveremos comunidades interculturales. Con toda seguridad esto servirá a la vida consagrada. Sin embargo, no es simplemente para nosotros, sino para que la búsqueda de la vida prospere a nuestro alrededor.

¿Qué nos costará? Todo. ¿Qué nos brindará? Todo. El reino de Dios aquí y ahora.

2Más allá de lo internacional y multicultural

Misión y vida comunitaria intercultural hoy

Anthony J. Gittins, CSSp

Presentación de la tesis

Desde Albuquerque hasta Acra, de Boston a Buenos Aires, y de Chicago a Shanghai, la comprensión y las experiencias de identidad personal y de comunidad han cambiado significativamente en un siglo, y la movilidad geográfica y social tienen relaciones locales e internacionales. Teniendo esto en mente, quisiera destacar una realidad tanto general como específica. En primer lugar identificaré las características y propósitos más amplios de la interculturalidad. Luego centraré el enfoque y consideraré cómo esto plantea un desafío y se vuelve un estímulo específicamente para institutos religiosos internacionales cuyas declaraciones de objetivos misionales (mission statements) anuncian su empeño en forjar comunidades orgánicas morales desde la materia prima de sus diversas etnicidades, culturas, experiencias y perspectivas religiosas.

Las palabras internacional y multicultural ya son moneda corriente, mientras intercultural es menos familiar. Sostengo que de hecho las comunidades religiosas internacionales deberán volverse intencionalmente cada vez más interculturales, y que en un mundo crecientemente pluralista, la mentalidad pueblerina debe ser contestada y la xenofobia o la discriminación rotundamente repudiadas. Sin un cambio radical de vida comunitaria internacional a vida comunitaria intercultural, simplemente no habrá futuro viable para las comunidades religiosas internacionales. Para establecer y defender esta tesis en cuatro pasos exploraré algunos términos disputados, identificaré las implicaciones teológicas, clarificaré el desafío, y finalmente evaluaré las posibilidades de lograr un cambio de este tipo.

De lo monocultural a lo intercultural: la terminología

Toda auténtica comunicación depende en gran medida de la inteligibilidad mutua. La precisión del lenguaje y un vocabulario común son prerrequisitos. Sin embargo, cada disciplina crea su propia jerga, que con frecuencia es interpretada de manera equívoca entre disciplinas diferentes. Por eso trataré de clarificar algunos términos importantes que se están utilizando cada vez más entre teólogos y misiólogos, pero que originalmente eran parte del vocabulario de las ciencias sociales y por eso mismo son actualmente una frecuente fuente de confusión entre disciplinas.

Monocultural y bicultural

Históricamente la mayoría de los pueblos sedentarios vivían y morían en una zona primaria de menos de diez millas a la redonda y en una comunidad con una lengua y cultura comunes. Por eso relativamente pocas personas han sido realmente biculturales. Excepcionalmente el clima y el hambre imponían un traslado a otra parte, pero generalmente esto afectaba a un grupo monocultural. Más allá del familiar «gente como nosotros» estaba la «gente no como nosotros», o despectivamente, «ellos».

Sin embargo, niños socializados en un escenario doméstico estable en el que cada uno de sus padres habla una lengua materna diferente, pueden volverse biculturales de modo bastante natural. Criados como bilingües, tal vez beneficiándose del desplazamiento físico entre las culturas primarias de sus padres, un niño hallará perfectamente natural el cambio entre lenguas y territorios geográficos. Pero aquellos criados en un solo ambiente cultural y que se encuentran con otra cultura solo como adultos, podrán volverse biculturales solo por el aprendizaje formal de cada cultura y lengua en medida suficiente para moverse fácilmente entre dos mundos. La auténtica biculturalidad por lo tanto caracteriza a alguien que vive simultáneamente en dos mundos culturales y lingüísticos claramente distintos, como hacen tantas personas bilingües mexicano-estadounidenses, coreano-estadounidenses, etc. Pero cuando una persona abandona su lugar de origen de manera intencional como parte de un compromiso más o menos permanente, el término apropiado sería transcultural.

Figura 2.1. Vida Mono/Trans/Multi/Intercultural

Transcultural

Personas que crecen en la que podemos llamar Cultura A, que luego se mudan y viven durante años en otra parte (Cultura B), podrán –con el adecuado esfuerzo y dedicación– volverse gradualmente transculturales. Los miembros de la comunidad anfitriona (Cultura B), por supuesto se encuentran significativamente «en casa» al vivir en su propia Cultura A, pero los recién llegados son intrusos, desconocidos, desubicados, extranjeros7 que ahora se encuentran en su Cultura B y deberán aprender esta nueva cultura y su lengua. Aprender otra cultura es un desafío tan grande como aprender otra lengua. Pretender que una cultura puede ser captada de modo informal es ingenuo y peligroso, y a veces incluso arrogante y condescendiente.

Las personas transculturales siguen siendo forasteras y no pueden ni necesitan ser completamente asimiladas culturalmente. Pero hay diferentes tipos de forasteros, típicamente participantes y no participantes8. Los forasteros participantes, contribuyentes y relevantes pueden ser de gran valor para los locales9. Los forasteros no participantes en el mejor de los casos son cultural y moralmente irrelevantes (como turistas groseros), y en el peor de los casos destructivos (como invasores, algunos coloniales, o misioneros doctrinales). No sorprende que la población anfitriona se tome su tiempo, escrutando cuidadosamente a los recién llegados antes de aceptarlos plenamente. Se trata de una autoprotección necesaria para comunidades que con frecuencia tienen malos recuerdos de forasteros groseros y peligrosos anteriores. Durante este tiempo de transición, que puede durar años, se espera que el nuevo residente aprenda las reglas culturales, responsabilidades y sanciones que rigen la vida cotidiana. Desde la perspectiva del forastero esto no es ni sencillo ni indoloro. Es un proceso de liminalidad, de estar «entre lo uno y lo otro» al irse desplazando de un estatus social al otro. Por eso, volverse transcultural dependerá tanto de las respuestas de la gente local como de la propia buena fe10. Pero si se han de formar comunidades interculturales, todos sus miembros deberán ser transculturales (o por lo menos tener la intención de volverse tales), optando por vivir fuera de sus zonas de confort y dispuestos a apañárselas con la ambigüedad y la incertidumbre como un acto de fe en el proceso de construir el reino de Dios.

Multicultural

Todo grupo culturalmente mixto es de hecho multicultural, pero eso no dice nada sobre el modo en que los individuos se relacionan en realidad, lo que sería una medida de interculturalidad. Las respuestas en un contexto multicultural oscilan entre el simple evitarse y la declarada hostilidad, o entre la cortesía convencional y la profunda amistad. Las diferencias pueden ser eliminadas (por medidas que van desde la asimilación hasta el genocidio), toleradas (por actitudes desde la indiferencia a la despreocupación) o gestionadas. El desarrollo separado o la mutua apatía serían gestiones negativas que dejarían a cada persona en un estado de suportación (patológica) de la liminalidad. De modo más positivo, las diferencias pueden ser gestionadas por la mutua cooperación y el aliento a la diversidad, como quien crea una orquesta o un coro. Sin embargo, con frecuencia las comunidades multiculturales pueden ser caracterizadas de manera apropiada como personas que viven juntas, pero de modo separado. Esto es tan peligroso como inaceptable en comunidades de fe, y sin embargo está lejos de ser una experiencia fuera de lo común para muchas de ellas.

Intercultural

Comenzando en la década de 1950, con la expansión de empresas multinacionales y del comercio global, cuando razones de empleo trasladaban a personas lejos de sus lugares de origen, el estudio de los contactos transculturales estaba en boga. El vocabulario era aún inestable y las palabras multicultural e intercultural eran usadas con frecuencia como sinónimos. El lenguaje mismo, así como la teoría subyacente, se derivaban en gran medida de las ciencias sociales como la antropología cultural, la sociología y la psicología. Algunas corporaciones estaban contratando gente para viajar y residir internacionalmente, pero también trataban de proporcionar las aptitudes necesarias para comunicarse con una variedad de socios de negocios cultural y lingüísticamente diferentes. En consecuencia, y ya durante décadas, tales habilidades han sido identificadas, ampliamente enseñadas y adquiridas en el mundo de los negocios.

Los misioneros cristianos por supuesto habían estado expuestos durante siglos a la vida transcultural y habían acumulado mucho conocimiento y experiencia informales, por no decir auténtica pericia. Sin embargo, debido a que la misión se ha convertido cada vez más en una calle de doble vía y la realidad del cristianismo global ha quedado cada vez más clara, se han vuelto agudos los desafíos a los que se enfrentan las comunidades de fe multiculturalesde facto. Los misiólogos han tomado cada vez mayor conciencia de las dinámicas en acción en situaciones misionales, incluyendo la «misión inversa» desde África y Asia hacia Europa y América. Esta vida transcultural de doble vía ha cambiado el perfil y las dinámicas de un sinfín de comunidades locales dentro y fuera de las Américas.

Las ciencias sociales generalmente no se interesan en la fe religiosa, mientras el tema de la teología por supuesto es Dios. Así que cuando la teología adopta el lenguaje sociológico también lo adapta, de modo que el teólogo y el sociólogo ya no hablan el mismo idioma. La sociología usaba multicultural e intercultural como efectivamente sinónimos. O bien, intercultural se centraba en las dinámicas sociales de las relaciones internacionales, mientras multicultural simplemente identificaba un hecho social dentro de vecindarios o asociaciones voluntarias. Pero teológicamente, y de modo muy significativo, la palabra interculturalse relaciona explícitamente con Dios y con las relaciones interpersonales moldeadas y motivadas por un compromiso de fe común. Teológicamente hablando, las comunidades interculturales están formadas por miembros provenientes de orígenes culturales diversos pero que comparten un único carisma y un compromiso intencional de camaradería, motivado no simplemente por consideraciones pragmáticas sino por una convicción religiosa compartida y el compromiso con una misión común.

Muchas comunidades han experimentado los desafíos que presentan la diversidad y las diferencias culturales entre sus miembros. El modelo estándar de asimilación en el reclutamiento de las órdenes religiosas («Ven, únete a nosotros y te enseñaremos a hacer las cosas de nuestro modo») ha demostrado ser obsoleto en la medida en que se han hecho cada vez más evidentes las exigencias de auténtica vida y pastoral interculturales. Sin embargo, muchos miembros siguen sin darse cuenta, luchan con o incluso se resisten al desafío (que se está convirtiendo rápidamente en un verdadero imperativo), al no beneficiarse de lo arduamente ganado por las ciencias sociales y los ricos recursos que se encuentran en la diversidad de su propia membresía. Tal resistencia podrá ser equivalente a un racismo apenas oculto, disfrazado de piadoso tradicionalismo. La vida intercultural, entonces, es un proceso permanente de conversión basado en la fe, que emerge como exigencia para los integrantes de comunidades religiosas intencionales e internacionales11. Sin embargo, una vida intercultural sana depende del nivel de compromiso y apoyo generado por la membresía más amplia. Los individuos varían en adaptabilidad y niveles de aprendizaje, pero cada uno genera energía que puede ser positiva o negativa. Un pequeño grupo que se resista produce suficiente energía negativa para frustrar todo el proyecto.

Antes de identificar las dinámicas de la vida intercultural, sin embargo, es importante reconocer el desafío de la cultura en sí misma, ya que ella es el contexto en que se vive la fe. La cultura no es innata. Nadie nace con una cultura. Esta se aprende por medio del proceso de socialización o enculturación. No existe una persona sin cultura y la fe se puede vivir solo culturalmente. No vivimos la fe en el vacío ni fuera de un contexto cultural específico. Pero la vida intercultural, más que monocultural es multicultural y no se puede esperar que nadie viva su fe en y por mediación de una cultura totalmente ajena o por mediación de la cultura dominante de la mayoría.

Cultura

La mayoría de las personas piensa demasiado fácilmente que comprende la cultura, que en realidad es una sutil, elusiva y cambiante realidad. Reconocible bajo muchas formas, la cultura forma parte de todo ser humano criado en un mundo social. En diferentes circunstancias, cualquiera podría haber sido criado (enculturado) de modo diferente. Un bebé nacido y criado en Beijing por padres chinos se vuelve culturalmente chino. El mismo bebé, si fuera adoptado por padres euroamericanos en Chicago, se convertiría en una persona de la cultura de esos padres adoptivos. El ambiente y la socialización revisten una importancia crítica y cada uno aprende y asume una cultura particular o una constelación de rasgos culturales.

La fe se puede expresar solo culturalmente, de modo que una comunidad intercultural debería valorar la identidad cultural de cada persona como un don. La fe vivenciada por cada uno constituye un modo alternativo (y en principio legítimo) de ser. Sin embargo, diferentes perspectivas, hábitos e inclinaciones presentan desafíos para una vida comunitaria armoniosa. La capacidad de vivir con y no simplemente a pesar de las diferencias culturales constituye un sello distintivo de una comunidad intercultural. La diversidad es buena, ya que Dios la hizo parte intrínseca de la creación. Considere las siguientes cinco definiciones descriptivas de cultura y lo que implican para la diversidad intercultural12.

En primer lugar, cultura es la parte del ambiente creada por el ser humano, lo que los grupos sociales le hacen al mundo que habitan. Universalmente, la cultura es material (artefactos, edificios); institucional (ley y orden, parentesco y sistemas económicos, y religión); simbólica (lenguaje, tal vez escritura y palabras-objetos-gestos que «dicen lo indecible»); y moral (valores y virtudes y sus opuestos, los vicios). Estos son el pegamento social de toda sociedad humana.

Segundo, la cultura es la forma de la vida social, el modo en que un grupo social particular actúa normalmente, incluyendo las conductas de ruptura de las reglas y las consecuencias sancionadas. La conducta estandarizada debe ser interpretada a través de los sistemas de creencias y de pensamiento subyacentes y no puede ser juzgada sencillamente por forasteros tendenciosos. Y sin embargo siempre hay discrepancias entre lo que la gente dice que cree y el modo en que realmente vive. Pero los locales (y los forasteros adecuadamente informados) pueden identificar y juzgar conductas heroicas o innobles. Todo sistema social, cada cultura, tiene pecado y gracia, patología y virtud, y necesita ser controlado por sanciones efectivas, tanto positivas como negativas.

Tercero, la cultura es un sistema de creación de sentido. Apoyada en estándares y reglas, cada cultura hace posible la comunicación inteligible entre sus miembros. Por eso los forasteros deberán aprender los códigos o lidiar con una comunicación parcial y con mutuas incomprensiones. La lingüística teórica distingue criterios contextuales para identificar tres niveles de comunicación: gramaticalidad (conformidad estricta y consistente con las reglas gramaticales); aceptabilidad (interacción comunicativa menos formal, pero apropiada e inteligible); y significatividad (transferencia de información simple, básica, pero adecuada). A pesar de que los interlocutores puedan experimentar incomprensiones divertidas o bochornosas, pueden comunicar significativamente, si bien no siempre con la perfecta gramaticalidad de los pedantes o perfeccionistas… algo que recordar en la vida intercultural. La lingüística también habla de la creatividad, paradójicamente gobernada por reglas, que permite que un número infinito de discursos sean pronunciados y comprendidos desde una limitada cantidad de reglas gramaticales (el inglés tiene 150). Cada orador produce habitualmente discursos nunca antes articulados de un modo idéntico y sin embargo comprendidos por personas que nunca antes habían escuchado exactamente la misma secuencia de palabras. Del mismo modo, los miembros de una comunidad intercultural elaboran una conducta creativa desde su reserva común de creencias, convicciones y virtudes, que pueden ser comprendidas y aceptadas –o resentidas– por otros.

En el ajedrez los movimientos son ilimitados, pero las reglas son pocas. Si no conociéramos las reglas podríamos mirar a los jugadores por siempre, sin ser capaces de comprender el juego. Del mismo modo, sin una comprensión de las reglas y la racionalidad subyacentes (lo que requiere estudio serio), los miembros de comunidades interculturales nunca alcanzarán el nivel de competencia siquiera de un jugador de ajedrez principiante.

Cuarto, la cultura se puede comparar con la piel. Injertarla es difícil y a veces imposible. Si la piel está severamente quemada, la muerte podrá ser inevitable. Y, sin embargo, la piel puede tolerar muchas cicatrices, imperfecciones, arrugas y condiciones dermatológicas. No podemos ponernos literalmente en la piel del otro, y si la nuestra fuera arrancada o desollada, ciertamente moriríamos. Las culturas, como la piel, no necesitan ser perfectas y pueden tolerar tanto el desgaste como algún trauma, pero la integridad global de la piel es tan necesaria para la vida como lo es la integridad global de una cultura y sus miembros. Si esa integridad es puesta en serio peligro, las culturas –igual que las personas que constituyen su realidad social– se atrofiarán y morirán.

Quinto: la cultura es una realidad social resistente. Las culturas gradualmente surgen y decrecen, florecen y mueren, y ninguna es estática o inmortal. Las implicaciones de esto para la vida intercultural deberían ser obvias. La cultura se transmite a través del tiempo por generaciones, un proceso continuo más que una simple realidad social. Algunas culturas (a veces llamadas tradicionales) pueden parecer estar en reposo o equilibrio, pero todas las culturas están en proceso de cambio a velocidades diferentes, y siempre «contestadas» por sus miembros. Algunas culturas son más resilientes que otras.

La realidad es moldeada cultural y socialmente: la gente nace en una comunidad que ya ha interpretado el mundo e identificado el significado de cosas, acontecimientos y relaciones13. La socialización o enculturación se extiende a lo largo de las primeras décadas de la vida, cuando una persona es agregada al mundo de sentido preexistente. Una vez adecuadamente socializada, la gente se resiste bastante a pensar que sus ideas o formas de actuar son erradas.

Con esta comprensión de la cultura, el desafío que todos debemos afrontar es el de responder a las exigencias de la vida intercultural. La comunidad más amplia deberá articularse con la identidad cultural de los nuevos miembros y abandonar el modelo de cruda asimilación como inadecuado para su propósito. Los individuos responderán al desafío adhiriéndose a la vida intercultural, sea plenamente, a medias, o resistiéndose y esperando la muerte. Pero todos deberán manifestarse al respecto. Viable o no, el futuro está en juego.

Identificar implicaciones teológicas

Debido a que cada persona madura es una persona de cultura, y debido a que la espiritualidad (es decir, la fe vivida) solo puede florecer en un contexto cultural, debemos preguntar sobre el modo en que la fe y la cultura coexisten. San Jerónimo acuñó la palabra spiritualitas (espiritualidad) en el siglo IV, definiéndola explícitamente como la vida en el Espíritu Santo dada en el bautismo para guiar el camino de nuestra fe. Se puede describir como el modo de ser en el mundo con Dios, en que cada variable (modo, ser, mundo, Dios) es modelado por la experiencia de cada persona y de cada comunidad. A lo largo de la vida una persona podrá abrazar una cantidad de modos diversos (soltero, casado, viudo, célibe, etc.), experimentar diferentes modos de ser (desde la juventud a la ancianidad senil, salud o enfermedad, seguridad o peligro, como ciudadano o refugiado, etc.), vivir en varios mundos diferentes (rural, urbano, tropical, ártico, pacífico o en guerra), y relacionarse con Dios de diferentes maneras (Creador, Sabiduría, Señor, Padre, Rey, Guerrero, Espíritu; o el Jesús del pesebre o del Gólgota, el hacedor de milagros y el sanador por la fe).

La espiritualidad no es un conjunto de creencias formuladas. Más bien modela y es modelada por el modo en que nos relacionamos con Dios y la creación, en que rezamos y expresamos nuestro ser encarnado, respondemos al sufrimiento y al bienestar, y tomamos decisiones de vida. Desde diferentes ambientes culturales y experiencias, los seres humanos han generado una miríada de legítimas expresiones de espiritualidad cristiana. La gente que, en una comunidad multicultural, intenta vivir su fe no simplemente de modo separado, sino de un modo explícitamente intercultural, afrontará muchas oportunidades y desafíos, similitudes y diferencias, en lo que se refiere a liturgia, oración, rituales, música, silencio, privacidad, vestimenta, dieta, conformidad, etc. Cada persona deberá descubrir un nuevo modus vivendi en medio de diferencias culturales, conductas aprendidas y preferencias personales. Algunos de los temas más polémicos y de las respuestas inicialmente ininteligibles podrán resultar mutuamente enriquecedores si se las aborda compasiva y creativamente.

A continuación hay cuatro áreas (entre muchas otras) de temas disputados, culturalmente modelados, de particular relevancia para integrantes de comunidades interculturales. El fracaso en aprender unos de otros y adaptarse adecuadamente puede llevar a la destrucción de la integridad de la comunidad.

La ubicación social se refiere a nuestro mundo habitual y nuestro lugar en él, se trate de un atolón del Pacífico o un enclave en la selva, de un asentamiento aislado o un superpoblado rascacielos, de la familia extendida estrechamente entrelazada o del despreocupado ciudadano independiente. Se debería prestar seria atención al poder formativo de la ubicación social de cada persona y qué cantidad de variedad individual y preferencia son compatibles con las demandas de la comunidad religiosa y su misión. La comprensión de la geografía social del otro, de su socialización y movilidad social es un prerrequisito para la formulación de respuestas adecuadas. Lamentablemente después de décadas algunos miembros de la comunidad saben menos de sus compañeros que de celebridades o políticos. Ninguna comunidad intercultural podrá construirse sobre tales fundamentos.

La tolerancia corporal describe diferentes maneras en que la gente trata y muestra sus cuerpos e interactúa con otros. Apunta a los niveles de confort de diferentes personas. Una actitud relajada y espontánea (dionisíaca) no es señal de falta de modestia, como tampoco es señal de modestia una postura controlada y disciplinada (apolínea). Las diferencias culturales en tolerancia corporal no pueden ser correlacionadas burdamente con la moralidad, como virtud o vicio. Personas culturalmente diversas en una comunidad intencional deben volverse mutuamente sensibles a lo que se considera una adecuada vestimenta, apariencia, interacción y afección. La «noble sencillez del Rito Romano» podrá ser reverenciada especialmente en climas fríos, mientras pueblos de los trópicos podrán encontrarla constreñida por demasiadas reglas y rúbricas e inadecuada para rendir culto con adecuadas manifestaciones de afecto y temperamento. Compárese la imagen de una liturgia de todo un día al aire libre bajo el sol africano con una apresurada misa dominical de cuarenta minutos, en una comunidad que ni canta ni exterioriza sentimientos. Se vuelve obvia la diferencia entre la exuberancia y espontaneidad dionisíaca y la «obligación dominical» de apolínea disciplina y control gobernada por el reloj. En lo referente a la oración en común, liturgia, música o silencio, movimiento o quietud, los diferentes niveles de confort y tolerancia corporal constituirán temas de preocupación significativos en una comunidad intercultural.

Salud y enfermedad están culturalmente codificados. Mucha gente del Norte, con sistemas de salud altamente desarrollados, pocas veces ve un cadáver, y la enfermedad grave se entiende como un asunto que requiere el aislamiento en hospitales para una solución médica o quirúrgica antes de un rápido regreso a la comunidad. En muchas partes del mundo la muerte y el ir muriendo son visitantes constantes, la enfermedad se atiende domésticamente y las soluciones médicas o quirúrgicas son raras. La enfermedad, en lugar de aislar a los pacientes de sus familias, los integra. Cuando la muerte se aproxima, la solidaridad familiar es crítica, sean cuales sean los gastos o las distancias. Sin embargo, muchos integrantes de comunidades religiosas convencionales han tenido que romper con sus familias, no han tenido ulterior relación con parientes enfermos o moribundos, y se han visto privados de participar en funerales o en las necesidades de la familia, sea por distancia, finanzas o reglas. La vida intercultural exige repensar radicalmente lo que es apropiado o exigido en justicia en relación con cada miembro personalmente y con sus familiares.

Finalmente, las actitudes ante el tiempo y el espacio son culturalmente tan variables que cada grupo tendrá que tratarlos explícitamente. Todos hemos oído referencias peyorativas sobre «el tiempo africano» o «tiempo mexicano» por parte de personas esclavas del reloj. Pero estar pendientes del reloj también puede producir hipertensión, frustración e intolerancia. Piense nuevamente en esas liturgias dominicales sin horario establecido para terminar de las comunidades africanas y compárelas con otras liturgias esclavas del reloj, sin tiempo y apresuradas. En algunas culturas el tiempo es visto como un don, para ser usado libremente sin referencia a la cronología. En otras, es un recurso escaso, tratado como una mercancía, con el mismo vocabulario que usamos para las transacciones comerciales: el tiempo se puede ahorrar o gastar, perder o ganar y hasta desperdiciar. Cuando la vida diaria se estructura según el reloj, queda poco «tiempo» para la espontaneidad, la creatividad o la simple disponibilidad. La vida intercultural nos llama a abordar el uso (y abuso) del tiempo. Y como con el tiempo, también con el espacio: las actitudes ante el espacio, sea personal, abierto, privado, común o sagrado, no son simplemente caprichosas sino moldeadas culturalmente. En una comunidad intercultural, el espacio interpersonal debe ser negociado no sin alguna incomodidad o sufrimiento, y ciertamente exige compromisos.

Clarificar el desafío

El etnocentrismo