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El presente estudio quiere contribuir a una comprensión de la Sagrada Escritura como acto comunicativo, con la convicción de que toda palabra -sobre todo la bíblica- no solamente "dice", sino que "hace" algo, pues nunca deja, ni pretende dejar, las cosas tal como están. Esto significa que la interpretación de un texto no puede limitarse al estricto ámbito semántico, sino que debe tener en cuenta la complejidad de los mecanismos y agentes implicados en la interacción comunicativa que se realiza en el acto de leer. Este volumen es de alguna manera pionero, puesto que, aunque la pragmática ya ocupa un espacio de primer nivel en el ámbito de la lingüística, en el campo estrictamente bíblico todavía es una gran desconocida. Esta falta de manuales específicos ha animado a los autores a afrontar de manera sistemática la materia, desarrollada en la primera parte del libro desde una perspectiva teórica y mediante ensayos prácticos de exégesis bíblica en la segunda parte.
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Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2018
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COMUNICACIÓN Y PRAGMÁTICA EN LA EXÉGESIS BÍBLICA
Massimo GrilliMaurizio GuidiElżbieta Obara
COMUNICACIÓN Y PRAGMÁTICA EN LA EXÉGESIS BÍBLICA
Siglas y abreviaturas
AnBib
Analecta Biblica
Bib
Biblica
BZAW
Beihefte zur Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft
CBQ
Catholic Biblical Quarterly
EH
Europaische Hochschulschriften. Reihe XXIII
GLAT
Grande lessico dell’Antico Testamento
GLNT
Grande Lessico del Nuovo Testamento
ICC
International Critical Commentary
J-M
Joüon, P., y Muraoka, T., A Grammar of Biblical Hebrew
JSOTSS
Journal for the Study of the Old Testament Supplement Series
NCBC
New Century Bible Commentary
NICNT
The New International Commentary on the New Testament
NICOT
The New International Commentary on the Old Testament
NTS
New Testament Studies
S-B
Strack, H. L., y Billerbeck, P., Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch
VT
Vetus Testamentum
VTS
Vetus Testamentum Supplement
W-O
Waltke, B. K., y O’Connor, M., An Introduction to Biblical Hebrew Syntax
WUNT
Wissenschaftliche Untersuchungen zum Neuen Testament
ZAW
Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft
Prólogo
La comunicación forma parte del estatuto de la palabra bíblica: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,1-2a).
No obstante, nunca en la Biblia le llega al ser humano la Palabra de Dios de manera directa: siempre aparece mediada por alguien o por algo, siempre es comunicada al modo humano. Conocemos la Palabra solamente a través de las palabras. Por tanto, explorar el mundo de la comunicación constituye un requisito imprescindible para acercarse a la Biblia.
El presente volumen quiere ofrecer su particular contribución a la comprensión de la Biblia como acontecimiento comunicativo. Se trata de una aproximación que tiene en cuenta todos los procesos que se producen en el momento de la lectura de un texto y, sobre todo, del texto bíblico.
La ciencia que se ocupa de las acciones forjadas mediante el lenguaje se llama «pragmática». Así pues, nos ocuparemos de la pragmática aplicada a los textos bíblicos, convencidos como estamos de que la Palabra bíblica es, por su propia naturaleza, una Palabra que actúa, «como martillo que cuartea la roca» (Jr 23,29).
En cierto modo, este manual es pionero, puesto que, si bien la pragmática ocupa ya un espacio importante en el ámbito de la lingüística, en el campo específicamente bíblico todavía estamos muy en los comienzos.
Los tres autores que participan en esta obra son docentes de la Pontificia Universidad Gregoriana y, desde hace algunos años, utilizan el enfoque pragmático aplicado a los textos bíblicos, con gran interés por parte de estudiantes y asistentes a sus cursos y seminarios. La carencia de manuales específicos al respecto les ha estimulado a tratar de manera más sistemática este argumento1.
Massimo Grilli, en el primer capítulo del libro, se dedica a explicar antes de nada la relación fundamental que existe entre Palabra bíblica, comunicación y pragmática. Después, puesto que la pragmática se ocupa, por un lado, de la influencia del contexto sobre la palabra y, por otro, de la influencia de la palabra sobre el contexto, Maurizio Guidi y Elżbieta M. Obara se encargan respectivamente de presentar ambos aspectos. Estas tres contribuciones constituyen la primera parte del volumen, que ofrece así las nociones teóricas indispensables para comprender este enfoque pragmático.
La segunda parte del libro reúne tres ensayos de exégesis bíblica –procedentes de ambos Testamentos y pertenecientes a diversos géneros literarios– concebidos con la intención de ofrecer algunas pistas de acción para trabajar según el proceso explicado de manera teórica en la primera parte. Se trata, por tanto, de unos ejemplos que ilustran de manera concreta cómo es posible desplegar las potencialidades propias de este enfoque pragmático en el horizonte de los textos bíblicos.
La realización de este volumen es una clara prueba de que el análisis comunicativo y pragmático no es «alternativo» a otros métodos (histórico-crítico, narrativo, retórico, etc.), sino «complementario» a ellos, en el sentido de que ofrece una perspectiva de lectura que se fija especialmente en el poder performativo de la Palabra.
Esperamos confiadamente que nuestra propuesta pueda resultar útil para los especialistas en Sagrada Escritura y fecunda para futuras aplicaciones e investigaciones2.
PRIMERA PARTE
Comunicación y pragmática: nociones teóricas
Interpretación y acción. La instancia pragmática del texto bíblico
Massimo Grilli
En las últimas décadas, las ciencias y los medios de comunicación han experimentado un crecimiento desmesurado, hasta el punto de convertirse en una especie de nueva religión mundial3. A la consolidación de esta nueva fe ha contribuido, entre otros factores, el contexto de la posmodernidad, caracterizado por su oposición a las certezas objetivas, al dominio de una racionalidad aséptica, y por su renovada atención a las dimensiones íntimas, individualistas y estéticas de la experiencia vivida. Tal como podíamos esperar, a la expansión del fenómeno y del estudio de los procesos comunicativos no siempre ha correspondido un crecimiento en la calidad de las relaciones: la liquidez y la fragmentación han conseguido afectar también muy seriamente a la interacción comunicativa, lacerada en ocasiones por la cultura del selfie y por la desintegración lingüística. Con todo, sigue siendo verdad no solo el hecho de que no podemos no comunicarnos, sino la convicción de que del éxito de la comunicación depende en gran parte la calidad de vida. Comunicar es el logos absolutamente imprescindible para construir el futuro del ser humano y su hogar.
También la renovación de la exégesis bíblica se ha debido en gran parte al redescubrimiento de la dimensión comunicativa de la Palabra de Dios. El lugar que ocupaba en el pasado la investigación sobre la credibilidad y el desarrollo histórico de los textos ha sido sustituido en gran parte por el análisis literario del texto y su función hermenéutica. Este desarrollo no siempre está exento de riesgos y ambigüedades, pero hay que reconocer que el redescubrimiento de la hermenéutica y de la dimensión comunicativa de la Biblia para los lectores de todo tiempo ha aportado indudables progresos. El giro se produjo alrededor de 1960, sobre todo gracias a tres factores que terminaron por imponerse: el redescubrimiento del lenguaje como instrumento de comunicación y no solo de información; el carácter performativo reconocido a la palabra en general y a la palabra bíblica en particular; y la insistencia del Concilio Vaticano II sobre la Biblia como palabra de Dios en lenguaje humano (DV 12). El redescubrimiento de estos tres elementos ha dado vida a un conjunto de métodos y perspectivas que han cambiado el modo de acercarse al texto bíblico y han confluido después en el ya clásico documento publicado por la Pontificia Comisión Bíblica en 1993: La interpretación de la Biblia en la Iglesia.
Al tratar el análisis semiótico, este documento subraya precisamente la importancia del lenguaje y de los mecanismos lingüísticos para la comprensión del mensaje bíblico y esclarece los grandes progresos que ha producido el método semiótico aplicado a la Biblia a partir de su afortunado maridaje con las ciencias del lenguaje4. Existe, en efecto, un estrechísimo vínculo entre semiótica y lingüística, vínculo que se puede intuir en el simple hecho de que el lenguaje se sirve de «signos» para comunicar5. Me gustaría aquí entrar en detalle sobre este fecundo nexo entre semiótica, lingüística y exégesis, poniendo así las bases para un trabajo hermenéutico que no quede confinado en el reducido perímetro de unos pocos incondicionales a este tipo de trabajos, sino que se abra a las diversas ciencias humanas y, en última instancia, a la vida.
1. Evento comunicativo
Hasta 1960, más o menos, el método que había dominado a lo largo y ancho de los estudios bíblicos durante al menos cien años era el ya conocidísimo método histórico-crítico. La caracterización del método como «histórico-crítico» se debe no solo a su marcado interés por la identificación del autor, de los lectores históricos de los textos y de los hechos que subyacen a los relatos, sino también a la investigación crítica de la evolución histórica de dichos textos y de los distintos estratos subyacentes bajo su aparente unidad. Desde el punto de vista interpretativo debe subrayarse también otro elemento del método histórico-crítico: su preocupación por salvaguardar la intención del autor histórico a la hora de redactar de ese determinado modo ese determinado texto (intentio auctoris).
Los resultados de este método han sido, y siguen siendo, de gran relevancia en los estudios bíblicos, gracias especialmente al mérito de haber derribado los muros del fundamentalismo acrítico y del espiritualismo alienante. Estos dos ismos suponen un suicidio del pensamiento6, en cuanto que rechazan intencionadamente una lectura crítica, que consideran inapropiada para la Palabra de Dios. En definitiva, el método histórico-crítico se distinguió desde su origen como el custodio del texto y de su sentido histórico, lo que produjo notables resultados tanto a nivel literario como eclesial.
Con todo, al menos en sus manifestaciones más extremistas, un método tan meticuloso corrió el riesgo (y todavía lo corre) de convertir la Biblia en un libro hermenéuticamente cerrado en el pasado e irrelevante para el presente, porque –lo pretenda o no– olvida la dimensión hermenéutica, una dimensión que nace de la convicción de que el lector de hoy no es un simple e indefenso espectador de objetos ya dados. Es en la hermenéutica donde la Biblia realza su eficacia vivificadora en relación con la existencia y el presente del ser humano, y el método histórico-crítico corre el riesgo de convertir en insignificante esta dimensión, supliéndola a veces con un simple apéndice actualizador7.
El redescubrimiento de una lectura en clave comunicativa condujo a un auténtico cambio de perspectiva, porque el texto de la Biblia no fue considerado ya simplemente como una ventanilla abierta hacia el mundo del pasado o hacia un depósito de verdades establecidas a las cuales recurrir en caso de necesidad, sino como una puerta que se abre en el mismo acto de lectura y pone en comunicación el mundo del texto con el mundo del lector8. De este modo, la dimensión dialógica de la Biblia recuperó la importancia que había tenido in principio, cuando se presentaba la Revelación en términos de comunicación: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,1-2). Obviamente, decir que el texto bíblico es un evento comunicativo no significa privarle de su humus histórico (los textos no nacen ni crecen en el vacío); significa reconocer que la palabra bíblica no es estática, fija en una determinada condición histórica, sino que es viva y actual, sea la época que sea.
En cualquier caso, este redescubrimiento de la dimensión dialógica ha estado precedido y acompañado por una intensa reflexión filosófica y antropológica sobre el lenguaje humano. Hay que admitir que, sin esta reflexión, habría sido difícil cualquier tipo de cambio de perspectiva en el ámbito bíblico. Por ello, aunque sea rápidamente, es necesario echar una ojeada al proceso que ha contribuido no poco a una re-comprensión de la Palabra de Dios en términos de encarnación y comunicación.
1.1. Lenguaje y comunicación
Cuando se habla de lenguaje, normalmente se hace referencia al lenguaje verbal propio del ser humano, compuesto de palabras habladas o escritas. Sin embargo, todos sabemos que existen distintos tipos de lenguaje, de los cuales el verbal es el más importante, sin duda, pero no el único. Tanto los hombres como los animales disponen de complejos sistemas de comunicación: movimientos, posiciones del cuerpo, contactos físicos, olores… son solo algunos de los lenguajes no verbales más representativos9. Mediante gestos y posturas, sonidos, ruidos y danzas…, hombres y animales pueden reconocerse, cortejarse, rechazarse, establecer acuerdos y relaciones de todo tipo. Todos hemos vivido la experiencia de cómo en ocasiones un signo corporal o visual resulta mucho más eficaz que las palabras.
La ciencia que estudia los fundamentos de los procesos comunicativos y la naturaleza de las señales transmitidas se llama semiótica, del griego σημεῖον(signo)10. Los canales por medio de los cuales se transmiten las señales son de distintos tipos: la vista, el tacto, el oído y el olfato son los más comunes para transmitir el mensaje. En las sociedades animales, por ejemplo, están mucho más desarrollados los órganos de sentido que permiten codificar y decodificar señales de identidad. No obstante, en el conjunto de los tipos de lenguaje, el verbal –tanto oral como escrito– es ciertamente el más rico, en razón de su enorme potencialidad expresiva. Con el lenguaje, el ser humano revela su mundo interior, da nombre a las cosas, organiza todo lo que existe, cuenta historias…11 En una palabra: se comunica. La comunicación constituye la función primaria del lenguaje, cuestión que nos exige profundizar nuestra reflexión.
1.2. Los componentes de la comunicación
La raíz de la palabra latina communicare es el contacto de unos individuos que quieren hacer partícipes a otros de sus propias experiencias, compartiendo con ellos discursos y acontecimientos. ¿Cómo se verifica este intercambio? ¿Cuáles son sus requisitos? En su acepción más obvia, el verbo communicare se interpreta como transferencia de contenidos de un sujeto a otro. Ya Cicerón (106-43 a.C.) pensaba en la comunicación como traspaso de conocimientos. El filósofo inglés John Locke (1632-1704), en su gran obra Ensayo sobre el entendimiento humano12, afirma que la comunicación consiste fundamentalmente en la transmisión de ideas y pensamientos desde la mente del hablante hasta la mente del oyente. Si quisiéramos describir de manera básica un proceso comunicativo, podríamos decir que se trata de un cierto número de operaciones que proceden desde el interior hacia al exterior, y viceversa. Está, por una parte, el emitente del mensaje, que –una vez decidido el contenido que va a comunicar– trata de darle la mejor forma posible, cumpliendo así una operación de «codificación». En la otra parte está el destinatario, que realiza la operación inversa, procediendo desde el exterior hacia el interior mediante una operación de «decodificación» que consiste en llegar al contenido a partir de lo expresado según un código. Sintetizando, tenemos al menos tres elementos constitutivos de la comunicación:
– El emitente, que envía el mensaje y se constituye así en cierto modo en su «fuente»13.
– El receptor/destinatario, a quien es enviado el mensaje.
– El propio mensaje, que tiene un determinado asunto.
La respuesta a la pregunta sobre la identidad del emitente y del receptor parecería obvia, pero, de hecho, tenemos actualmente una gran proliferación de términos que entrañan una problemática mucho más compleja. Se habla, en efecto, del emitente del mensaje, pero –especialmente en el ámbito de las obras escritas– se hace referencia al autor, al narrador y al narratario, al metanarrador, al sujeto de la enunciación, etc. Están, por otra parte, los receptores, pero se habla igualmente de oyentes o lectores empíricos, virtuales, ideales, lectores modelo, metalectores, etc. Por tanto, el problema no es sencillo y su solución depende sustancialmente de los «modelos de comunicación» que se usen en el acercamiento a los textos, modelos de los que nos ocuparemos en breve.
En cualquier caso, emitente, receptor y mensaje no agotan el complejo fenómeno de la comunicación. Un famoso investigador del lenguaje, Roman Jakobson14, observó que el mensaje transmitido por el emitente al destinatario, para ser entendido correctamente, necesita, en primer lugar, un código, es decir, un conjunto estructurado de signos que permitan, por una parte, codificar (estructurar) el mensaje y, por otra, decodificarlo (descifrarlo); por tanto, el código tiene que ser compartido por emitente y destinatario. En segundo lugar, el mensaje, para ser entendido correctamente, necesita un contexto, término con un sentido heterogéneo y ambiguo, puesto que puede indicar tanto el conjunto de los enunciados que acompañan al mensaje en cuestión (contexto lingüístico o co-texto) como la/s situación/es en la/s cual/es el enunciado es emitido (contexto extra-lingüístico o situacional)15. Y, en tercer lugar, para que se produzca una comunicación es necesario un contacto, constituido por el canal conector –físico o de cualquier otro tipo– que permite establecer y/o mantener la transmisión del mensaje.
En una comunicación, por tanto, además del emitente, del receptor y del mensaje, existen al menos otros tres elementos:
– El código, que es el sistema de signos por medio de los cuales el mensaje es transmitido.
– El contexto, que consiste en la situación comunicativa que hace posible la comprensión del mensaje.
– El contacto, que es el canal físico o psicológico que permite el encuentro.
Esta descripción primordial de los elementos de la comunicación nos lleva a tratar uno de los aspectos más importantes del fenómeno comunicativo: el proceso que se establece en el momento en que nos comunicamos con alguien.
1.3. Los modelos de comunicación
Partamos del axioma cartesiano: cogito, ergo sum. Sabrina Patriarca precisa con toda claridad los límites de dicho axioma cuando escribe: «La conocida proposición cartesiana: cogito, ergo sum, está privada de un presupuesto fundamental, que es el que aporta relevancia y trascendencia a la intuición original, a saber: la existencia de un lenguaje y de una comunidad de la comunicación. La validez del cogito no puede ser experimentada si se trata de una solitaria declaración introspectiva»16.
Se trata, por tanto, de repensar el cogito en relación a la comunidad y a la realidad del mundo. O, dicho según categorías de Lévinas, es necesario repensar la subjetividad en términos de relación. Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, dice el evangelio según Juan, y Martin Buber captó plenamente el sentido de este maravilloso íncipit al acuñar la expresión –con claras referencias al texto de Juan– «en el principio existía la relación»17. Afirmar que en el principio existe la relación significa afirmar no solo que Dios es, en su misma esencia, relación, sino que todo ser vivo en la tierra busca siempre entrar en relación con el «otro», que puede ser un compañero de viaje o el misterio de Dios. La dinámica relacional está constituida por un progresivo acercamiento en el que la distancia va quedando reducida por mor de la Palabra.
¿Cómo se expresa esta «relación» en el proceso comunicativo? Examinemos los distintos modelos de la comunicación, es decir, las diversas maneras de concebir la relación que llega a establecerse entre dos o más interlocutores en el momento en el que interactúan mediante la comunicación18.
El más sencillo de estos modelos es el llamado lineal19. En este modelo se concibe el lenguaje como un canal a través del cual el mensaje es transmitido por el emitente al receptor. La comunicación fluye en una única dirección. Lo esencial es que el emitente tenga alguna intención de informar, convencer o influir en el destinatario20. La reacción al mensaje queda prácticamente olvidada en este modelo, puesto que solo tiene en cuenta la intentio auctoris, atribuyendo al receptor un papel meramente pasivo: reconocer la intención del emitente.
Un segundo modelo se define como reacción, porque, a diferencia del modelo lineal, adjudica una función activa también al receptor. Este es visto no simplemente como un receptor pasivo al que solo compete la tarea de reconocer la intencionalidad del emitente, sino como un interlocutor agente que, una vez recibido el mensaje, responde y/o reacciona a los estímulos. La mayor parte de las comunicaciones está constituida por intercambios recíprocos. De manera especial, la comunicación cara a cara revela la veracidad del principio de reciprocidad, descuidado por el primer modelo. Esta reciprocidad radica, principalmente, en el hecho de que emitente y receptor poseen un background cultural y experiencial muy parecido, aunque no idéntico. El hecho de compartir experiencias parecidas hace posible la reacción. Este modelo es ciertamente más completo que el primero, porque escapa al solipsismo, pero no termina de convencer, porque propone un tipo de comunicación en el que se dan distintos momentos, en los cuales una persona es o bien emisor o bien receptor. En otras palabras: a pesar de su carácter inter-activo, este modelo sigue pareciendo bastante estático.
El tercer modelo es conocido como el modelo circular o dialógico. Este modelo no solo parte del axioma de que todo comportamiento humano es, por sí mismo, comunicativo y que, por tanto, la comunicación está incluida en todo proceso perceptivo, sino que considera además el envío y la recepción de mensajes no como algo que uno le hace al otro, sino como un proceso que uno hace con el otro. Este tercer modelo comparte con el segundo la convicción de que la comunicación es un hecho inter-agente, pero afirma que recibir, decodificar y responder forman parte de un proceso cara a cara. En definitiva, el receptor es al mismo tiempo emisor y coopera así en la construcción del mensaje. Este último modelo es, sin duda, el más apropiado para la comprensión de cuanto ocurre en el proceso comunicativo, pero necesita más profundizaciones y aclaraciones, porque en este intercambio inter-agente tiene un papel fundamental la pragmática.
2. Evento comunicativo y pragmática
2.1. La aportación de la pragmática
El giro que se verificó hacia mediados del siglo xx en el campo de la lingüística provocó especialmente un cambio de perspectiva en el proceso comunicativo: se produjo un cambio de orientación, desde un paradigma inspirado en la «semántica del texto» hacia la «pragmática de la lectura». En otros términos: hasta esas fechas estaba vigente un «paradigma de modelos» en el que prevalecía el código y se entendía la comunicación como codificación y decodificación de mensajes. Pero en aquellos años se pasó a un «modelo inferencial» en el que la comunicación queda caracterizada como una relación de cooperación entre la expresión y la recepción de un mensaje, entre la manifestación y el reconocimiento de las intenciones.
De este modo, las relaciones establecidas en la tríada autor-texto-lector fueron reconsideradas y releídas a la luz de una perspectiva más dinámica y se afirmó la convicción del papel fundamental de la recepción. Esto significa que el interés se ha ido focalizando sobre todo en torno a la figura del lector, ya sea en cuanto destinatario ya sea en cuanto sujeto no solo en la ejecución del mensaje, sino también en la cocreación del texto literario. A medio camino entre intentio auctoris (de histórico-crítica memoria) e intentio operis, en las últimas décadas ha arraigado cada vez más la convicción de que el funcionamiento de un texto no puede prescindir de la intentio lectoris. A este avance ha contribuido no poco una rama de la lingüística denominada pragmática.
Para comprender la naturaleza y función que actualmente se le atribuyen a la pragmática es preciso partir de la triple segmentación que ideó en 1938 Charles Morris, quien –en un artículo, considerado como texto fundacional de la semiótica21– ideó una división de la ciencia de los sistemas sígnicos que comprendía, además de la sintaxis y la semántica, también la pragmática. Morris entendió por sintaxis el análisis de los signos en relación con el resto de signos; por semántica, el análisis de los signos en relación con los elementos a los que dichos signos remiten; y por pragmática, el análisis de los signos en relación con los usuarios. Veamos un ejemplo. Si tomamos un sencillo enunciado del tipo: «no hay agua», la sintaxis se interesa por el aspecto formal-estructural (y estudiará la disposición y combinación conjunta de las palabras); la semántica se ocupa del enunciado desde el punto de vista de su significado; con la pragmática, sin embargo, se toma en consideración el uso del enunciado en una determinada situación (el enunciado «no hay agua» asume significados distintos dependiendo de si se dice ante una mesa ya puesta o ante un campo que hay que regar).
Esta visión tradicional según la cual se solía dividir el estudio del lenguaje tiene sus aspectos positivos y, a nivel propedéutico, sigue siendo útil también hoy. Sin embargo, hay que tener presente que la concepción que Morris tenía de la comunicación adolecía de una comprensión más bien estática. Wittgenstein22 refutó vivamente esta concepción y revalorizó el aspecto activo del habla. Algunos años más tarde, Austin y Searle precisaron aún más el concepto23 para llegar finalmente a la comprensión de un determinado texto no solo como contenedor de significados, sino como evento comunicativo que tiene en cuenta la complejidad de lo que se dice, en la situación en la que se dice. Es decir: para descubrir la verdad de un determinado texto o su sentido completo es necesario tener en cuenta todos aquellos elementos que subyacen e interactúan en el proceso entre ambas partes: quién es el sujeto de la comunicación y con quién se está comunicando, en qué contexto y con qué medios se produce dicha comunicación, qué se quiere transmitir y qué efecto se busca obtener24. Un ejemplo esclarecedor de cuanto estoy diciendo lo encontramos en el capítulo sexto de I promessi sposi (en español: Los novios). Alessandro Manzoni describe de esta forma el encuentro entre un hacendado del lugar (don Rodrigo) y un pobre frailecillo (fray Cristóbal) que defendía a dos jóvenes novios contra los atropellos del déspota don Rodrigo:
«¿En qué puedo complacerle?», dijo don Rodrigo, plantándose de pie en medio de la estancia.
Aunque Manzoni no nos hubiese dicho qué podrían significar realmente estas palabras (y de hecho lo hace en las siguientes líneas), un lector competente habría llegado de todas maneras a captar la intención pragmática del texto. La pregunta, en sí misma, es cortés y respetuosa, tanto en su formulación como en su contenido («¿En qué puedo complacerle?»), pero la intención pragmática es absolutamente distinta, como lo muestra la cabal situación comunicativa descrita inmediatamente después, cuando el autor presenta a don Rodrigo «plantado» «de pie en medio de la estancia», es decir, en una actitud decididamente severa y de poder: erguido y no sentado, en el centro y no apartado en un rincón de la sala. En realidad, esa pregunta: «¿En qué puedo complacerle?», significaba: «¡Ten cuidado con quien tienes delante, mide tus palabras y sé breve!». Así pues, el ejemplo descrito nos muestra que, para llegar al significado de un enunciado, el lector/oyente debe prestar atención no solo al contenido de las frases y de los textos, sino a la funcionalidad efectiva que dicho enunciado asume en un determinado contexto comunicativo. Un mismo contenido (como, por ejemplo: «¿En qué puedo complacerle?»), emitido en según qué contextos comunicativos, asume significados distintos. Todas estas cuestiones invitan a profundizar en la relación entre semántica y pragmática y, en consecuencia, a definir mejor el ámbito de la pragmática.
2.2. La pragmática: ¿espacio o perspectiva?
La Encyclopedia of Pragmatics, en el artículo que se ocupa de la «definición de la pragmática»25, plantea el problema de modo claro al afirmar que, hasta ahora, nadie ha conseguido trazar de manera convincente los contornos de la ciencia pragmática26. Hace algunos años, Umberto Eco hablaba de «semántica en camino hacia la pragmática», y hacía esta observación: «Sería ocioso establecer si la semántica está “devorando” a la pragmática o viceversa. Sería una mera cuestión nominalista, interesante, a lo sumo, para competiciones académicas. Estamos ante un nuevo enfoque semiótico unificado de la dialéctica entre significación y comunicación»27. Las borrosas fronteras entre ambas disciplinas han obligado a algunos autores, como por ejemplo Geoffrey Leech, a hablar de tres posibles modos de poner en relación semántica y pragmática: la pragmática como incluida en la semántica (semanticismo); la semántica como incluida en la pragmática (pragmaticismo); ambas ciencias como colindantes y complementarias (complementarismo). La razón de esta profusión de pareceres radica en el hecho de que el ámbito de la pragmática no es atribuible a una sola disciplina, sino que se configura como un área interdisciplinar. Lingüística, sociología, psicología, narrativa, retórica, antropología… son todas ellas áreas que tienen que ver con la pragmática y, a su vez, constituyen los ámbitos en los que se mueve la pragmática.
El hecho de que la pragmática prevea la inclusión de los usuarios, de sus motivaciones y de su situación comunicativa, induciría a pensar en un área independiente de investigación, pero eso significa manejar una concepción más bien estática del proceso comunicativo, tal como estaba vigente precisamente –ya lo hemos dicho– en los años treinta del pasado siglo, cuando Morris escribía. La actual semántica no considera ya el significado como un concepto «autónomo», por una razón muy sencilla: «decir que las palabras “tienen un significado” solo significa decir que dichas palabras, dentro de un enunciado, son usadas de una determinada manera»28. El significado es siempre un significado en una determinada situación. El contexto en el que se utiliza un determinado enunciado es parte de su significado. En otras palabras: en un determinado mensaje, resulta difícil distinguir lo que pertenece al sentido de lo que pertenece a las implicaciones subjetivas de los que se comunican. Es decir: es imposible pensar que, en un determinado contexto comunicativo, se capte primero lo que se dice y después, con base en otra serie de informaciones, lo que se quiere sugerir con lo dicho; el sentido de un enunciado está compuesto de lo que se dice y de lo que se sugiere con lo que se dice. La así llamada semántica indexical, por ejemplo, tiene en cuenta todos aquellos indicios que ofrecen informaciones relacionadas con los interlocutores, con sus presuposiciones y creencias, con la situación en la que un mensaje es producido, etc. El significado de un enunciado como: «¡Qué frío hace aquí!», solo puede ser entendido a la luz de las presuposiciones pragmáticas de los participantes en el diálogo.
Todo esto llevó a los especialistas a hablar precisamente de la pragmática no como espacio o como disciplina autónoma, sino como perspectiva29. La primera opción se basa fundamentalmente en una concepción «modular» de la lingüística, según la cual cada módulo (y, por tanto, también la pragmática)30 tiene su propio territorio y su propio método. La segunda opción, la concepción ligada a la opción «perspectivista», entiende la pragmática como un «paraguas» que cubre toda área lingüística31. Lo que se quiere decir con esto es que la pragmática pertenece a todo el proceso comunicativo, como subraya U. Eco: «Decir que la pragmática es una dimensión de la semiótica no significa privarla de un objeto. Significa, en cambio, que el enfoque pragmático tiene que ver con la totalidad de la semiosis, la cual, para ser comprendida plenamente, debe ser abordada también desde un punto de vista pragmático. La sintaxis y la semántica, cuando se encuentran en espléndido aislamiento, se vuelven –como sugiere Parret– disciplinas “perversas”»32. Un convencido defensor de esta opción es el belga Jef Verschueren33. Esta opción, según la cual la pragmática no constituye ya un espacio, sino que queda integrada en cada una de las fases de la investigación, está prevaleciendo actualmente entre los especialistas en lingüística34 y es, sin ningún lugar a dudas, mucho más respetuosa con el proceso comunicativo35.
En cualquier caso, de cuanto se ha dicho hasta ahora podemos extraer dos conclusiones acerca de la naturaleza y tarea de la pragmática. La primera conclusión es que «las expresiones del lenguaje no tienen varios significados, sino uno solo, pero la misma expresión, según el uso que se hace de ella, puede comunicar contenidos diversos»36. La segunda conclusión tiene que ver con los ámbitos de investigación de la pragmática: por un lado, la pragmática «se ocupa de la influencia del contexto sobre la palabra», es decir, de las informaciones acerca de la situación y de los distintos elementos del discurso; por otro, «estudia la influencia de la palabra sobre el contexto», en cuanto que «los hablantes se sirven del lenguaje para modificar la situación del discurso y, de modo particular, para influir en las creencias y en las acciones de sus interlocutores»37.
2.3. La pragmática y el principio de cooperación
Una gran aportación a la pragmática (si bien en sus escritos no se encuentra nunca el término) la brindó Herbert Paul Grice. En su opinión, la interacción comunicativa se manifiesta muy especialmente a la hora de reconocer, por parte del destinatario, la intención comunicativa que el emisor del mensaje ha llevado a cabo38. En efecto, según el principio de cooperación, el destinatario de un determinado mensaje, incluso en el caso –y así ocurre la mayoría de las veces– en que se encuentra ante una infracción de las reglas conversacionales, activa una serie de mecanismos inferenciales que le hacen posible reconocer la intención comunicativa del hablante. En el evangelio según Juan, el intercambio de frases entre Jesús y Nicodemo me parece que se puede clasificar en este apartado. Este es el texto:
Este [Nicodemo] fue a ver a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él». Jesús le contestó: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios» (Jn 3,2-3).
En este diálogo, las palabras de Nicodemo («Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él») encuentran una réplica («En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios») que, desde el punto de vista semántico, contraviene la regla de la colaboración, porque dicha respuesta parece totalmente desconectada respecto de la observación de Nicodemo. Sin embargo, las palabras de Jesús esconden en realidad un complejo movimiento inferencial que se puede sintetizar de este modo: tú, Nicodemo, vienes a mí de noche y me interpelas encorsetando mi figura y mi función según estereotipos más o menos constituidos, como el de los «signos» de los que has sido espectador. En realidad, el verdadero punto de partida para comprender mi identidad y mi misión es otro: no el que tú lees en los signos, sino el que concierne a mi función única como mediador que viene «de lo alto», función que solo puede comprender el que «nace de lo alto»39.
A partir de este sencillo ejemplo evangélico se pueden extraer algunas conclusiones sobre la comunicación y lo que ella requiere:
– La comunicación no es un mero intercambio de paquetes ya confeccionados, sino que tiene caracteres de interactividad, negociabilidad… En definitiva: tiene características pragmáticas y no puramente semánticas. Informar, persuadir, orientar… son actos lingüísticos mediante los cuales el emisor actúa sobre el destinatario no solamente en términos de «representación» del mundo, sino en términos de transformación del universo cognoscitivo40.
– La comunicación supone la disponibilidad de los interlocutores, por una parte, a hacerse entender y a encontrar los canales adecuados que hagan posible el intercambio, y, por otra, a recibir los mensajes enviados tratando de reconocer la unidad de su estructura superficial y la de su estructura profunda, a explicitar sus implicaciones, a colmar las posibles lagunas, etc.
– En el caso de que un enunciado se revele incompatible con una determinada situación comunicativa, el intérprete está llamado a establecer una cooperación que active toda una serie de mecanismos inferenciales que puedan dar razón de la aparente violación de los códigos de interacción.
Como es natural, todo este proceso implica una concepción del intercambio comunicativo que no se agota en lo que queda dicho explícitamente, sino que incluye también lo que es sobrentendido. Desde una perspectiva semántica, son muchos los diálogos que incumplen las reglas de la comunicación. Para que se dé una cooperación que conduzca a algún resultado positivo es necesaria la pragmática. Entramos así en ese complejo fenómeno textual en el que la pragmática desempeña un papel fundamental.
3. Pragmática del texto
Así pues: ¿cómo interviene la pragmática en el proceso de comprensión de un texto? Para dar una respuesta adecuada hemos de reflexionar sobre las nociones de «texto» y de «estrategia textual».
3.1. Texto y lingüística textual
El lexema «texto» hace referencia a un tejido (en latín, textus es el participio pasado del verbo texere, «tejer»)41, es decir, a una red de relaciones ordenada a la comunicación. En la definición de «texto», por tanto, están contenidos al menos estos dos elementos esenciales:
– El texto es una unidad lingüística estructurada y armónica (tejido).
– El texto es una unidad lingüística ordenada a la comunicación.
El hecho de que sea una unidad estructurada y armónica significa que no solo tiene una determinada extensión, sino que también posee cohesión y coherencia; el hecho de que sea una unidad comunicativa significa que, en la mente del emisor, corresponde a una determinada intención comunicativa y se plantea en la esfera de una estrategia de comunicación.
Un acontecimiento decisivo en la comprensión de la categoría texto fue el paso –que se verificó, como ha quedado dicho, en los años sesenta del pasado siglo– de una concepción restringida a una concepción más amplia y articulada. Con el desarrollo de la lingüística textual –a la que ofrecieron una aportación fundamental especialistas europeos como Petöfi, Hartmann, Weinrich, etc.– se convirtieron en objeto de estudio no ya los enunciados en particular, sino unidades sintácticas mucho más complejas. En ese sentido, el concepto de texto con el que la lingüística textual trabaja no coincide ya con el clásico, que restringe el texto a su nivel frasal y el análisis del texto a las relaciones internas entre sujeto y predicado, pronombres, artículos, etc. La unidad básica está constituida ahora por una unidad superior a la frase. Hay que advertir que muchos fenómenos serían inexplicables si se asumiese la frase como unidad de medida; pero se manifiestan con toda claridad y son perfectamente inteligibles en un ámbito superior. Este punto de partida fundamental quedó acreditado por Harald Weinrich:
La fórmula «lingüística textual» define un método lingüístico que describe todos los elementos de la lengua tomando en consideración la función que ejerce cada uno de ellos en los textos orales y escritos. Esta concepción […], toda vez que se ha demostrado que una gramática que no reconoce unidades superiores a la frase no podrá nunca percatarse, ni mucho menos resolver, los problemas más interesantes de la lingüística, se ha convertido en santo y seña para un cierto giro metodológico que se ha verificado en el seno de la lingüística. Hoy sabemos que, en cualquiera de sus procedimientos, la lingüística debe partir del texto-en-la-situación como su primum datum; que, incluso cuando se proponga describir pequeños segmentos de ese macrosigno, nunca deberá olvidar consignar cuál es la aportación de esos segmentos a la textualidad del texto42.
Entre los mayores problemas afrontados por la lingüística textual están los de la cohesión y la coherencia textual43. Por cohesión se entiende la conexión entre las partes de un texto, realizada mediante distintos mecanismos de carácter lingüístico, léxico, gramatical y sintáctico (es obvio que un montón de palabras inconexas y desordenadas no constituye un texto). Los mecanismos cohesionadores clásicos y más comunes son las repeticiones léxicas, los pronombres, los conectores discursivos, tales como a pesar de ello, así pues, en efecto, etc. La coherencia,por su parte, tiene que ver con la «organización semántica interna, que […] gira en torno a las propiedades de continuidad y jerarquía, declinadas de distintas maneras»44. Así pues, por coherencia se entiende no ya la plantilla léxica y sintáctica que constituye la base de la construcción del texto, sino los contenidos de los enunciados que componen el texto mediante la articulación y el desarrollo de los motivos que concurren para constituir el mensaje unitario o tema45.
Como consecuencia de este cambio en la concepción de los requisitos que hacen de un texto un conjunto coherente, se determinó tomar en consideración las interconexiones texto-contexto y el proceso de comunicación que se deduce a partir de la disposición del texto, a partir de los diversos elementos narrativos46 o discursivos47 (según el tipo de texto) y, sobre todo, a partir del tipo de sistema verbal que subyace a la construcción del texto, tanto en la línea principal de la comunicación como en la secundaria48. De esta manera, a la semántica se le asigna la tarea de describir «las condiciones de verdad» de un determinado lenguaje o de un determinado texto49 y no ya la de hacer referencia a la realidad del mundo y al «estado de las cosas»; la coherencia de un texto se mide ahora a partir de la compatibilidad con las inferencias del proceso comunicativo y a partir de la situación comunicativa en la que el texto se sitúa. En definitiva, un cambio de perspectiva que incluye todos los momentos del proceso comunicativo y tiene en cuenta la distinción entre los diversos tipos de texto.
3.2. Texto y tipos de texto
Una de las tareas más importantes de la lingüística textual consiste en la clasificación de los distintos tipos de texto. De hecho, el término «texto» es polisémico, porque con ese término, en el campo semiótico, se puede entender un anuncio publicitario o una señal de tráfico, un cartel con el dibujo de un perro y el mensaje: «Aquí yo no puedo pasar» o una novela.
Entre las diversas tipologías textuales, la más fundamental es la que distingue entre la forma oral y la escrita en los textos. En el pasado se estudió, y todavía hoy sigue en estudio, la relación entre lenguaje oral y escrito, pero se puede compartir sin duda la opinión de Halliday, que ve en el hablar y en el escribir dos formas del mismo lenguaje, porque «en ambos subyace un mismo sistema lingüístico. Pero ambos utilizan distintas características del sistema y alcanzan su potencialidad de modos distintos»50. Esta descripción deja bien claro el hecho de que hablar y escribir han de considerarse como dos variedades funcionales de un único lenguaje, pero también que cada uno de los sistemas está dotado de su especificidad y responde a distintas exigencias. Tratemos de hacer una comparación entre el sistema oral y el escrito con el fin de comprender mejor el proceso de comunicación que se establece entre el autor de un texto escrito y el lector.
• El medio. El texto oral es un texto vivo, fragmentado, por lo general con enunciados breves y sujetos a continuos reajustes de formulación, de explicitación, repeticiones, etc… El texto escrito, por su parte, está estructurado, es permanente y conciso, pero al mismo tiempo está dotado de una mayor complejidad léxica y sintáctica.
• El contexto. Un texto oral presenta características contingentes que lo vinculan con un interlocutor muy concreto y con un preciso contexto espacio-temporal. En cambio, el texto escrito puede prever lectores y contextos situacionales muy distintos del «aquí» y «ahora»; puede entrañar una cierta «distancia comunicativa» de distintos tipos: situacional, cultural, etc.
• La función.En lo que a este aspecto se refiere, un texto oral y uno escrito pueden plantearse los mismos objetivos y, por tanto, tener la misma función. Ya sea narrativo, descriptivo, argumentativo o legislativo, un texto puede perseguir los mismos fines en un contexto oral o escrito.
A partir de estos breves apuntes es lógico deducir que un texto escrito, en el que la historia ha quedado coagulada en formas expresivas fijas, presenta mayores dificultades de interpretación que un texto oral. En una comunicación verbal de tipo oral, el tono de la voz, las expresiones del rostro, la gestualidad… son indicios que ayudan en gran medida a entender las funciones de un determinado texto, mientras que, en un texto escrito, el proceso se presenta mucho más sistematizado y ciertamente más laborioso. Con todo, tanto el texto oral como el escrito quedan definidos por una serie de requisitos, lingüísticos y no lingüísticos, que convierten a un texto en texto y permiten el éxito de la comunicación.
En lo que respecta a las tipologías más específicas de los textos, nos encontramos ante una situación compleja, por la sencilla razón de que los parámetros en que se basa cada una de las clasificaciones no son compartidos por el resto de especialistas. Una de las tipologías más difundidas es la de Weinrich, que distingue los textos según la intención comunicativa del emisor, por lo que los tipos descritos corresponden al vínculo planteado por el autor. Tenemos así textos narrativos (novelas, fábulas, biografías…), descriptivos (diarios de viaje, guías…), argumentativos (discursos, artículos…), informativos (manuales, enciclopedias…) y legislativos (textos jurídicos, estatutos…)51. Hay textos cuya interpretación es más limitada, mientras que otros textos son más abiertos y dejan más espacio al lector. Obviamente, un texto literario de tipo narrativo y otro de tipo jurídico condicionan de manera muy diferente su interpretación. En cualquier caso, se puede decir que todo tipo de texto pone en práctica una serie de estrategias que regulan en mayor o menor medida la actividad interpretativa; asimismo, la variedad de clases de texto existentes deja emerger, en primer plano, una u otra estrategia.
Una vez precisadas las condiciones de textualidad y delineada la clasificación de los diversos tipos de texto, es importante detenerse sobre la estrategia textual, especificando las operaciones que tanto el emisor como el destinatario tienen que cumplir, cada uno en su respectivo papel.
3.3. Texto y estrategia textual
De todos es conocida la afirmación que Roland Barthes hizo en 1967, suscitando toda suerte de reacciones que todavía perduran hoy: «El nacimiento del lector se paga con la muerte del autor»52. Más recientemente, el escritor y ensayista español Enrique Vila-Matas ha escrito que, obviamente, Barthes exageraba, pero que, en cualquier caso, hoy se siente cada vez más la necesidad de un lector creativo y la necesidad de redefinir los términos del contrato moral entre autor y lector53.
En la década de los sesenta del pasado siglo vio la luz Wahrheit und Methode, de Gadamer, con su propuesta hermenéutica de comprensión de una obra en estrecha relación con la experiencia personal histórico-existencial del lector (1960). Por aquellos mismos años se publicó la obra de H. R. Jauss, Literaturgeschichte als Provokation del Literaturwissenschaft (1967), que avivó el debate sobre la centralidad de la recepción frente a las metodologías centradas en el texto (desde la de tipo formalista a la estructuralista…) que dominaban los estudios literarios de aquel período. Pero ya Jean-Paul Sartre, en su ensayo Qu’est-ce que la littérature? (1948), definía el objeto literario con una bella metáfora: «Es una extraña peonza que solo existe en movimiento. Para que surja, hace falta un acto concreto que se denomina “lectura”. Y solo dura lo que la lectura dure»54.
U. Eco se introduce en el debate en aquella época con Opera aperta (1962); después lo hará con Lector in fabula (1979) y en I limiti dell’interpretazione (1990). Sobre todo en estas dos últimas obras, Eco reflexiona acerca de la noción de «lector modelo», siguiendo a Wolfgang Iser, que ya había señalado al «lector implícito» como estrategia textual55. Para el semiótico italiano, el lector modelo es un conjunto de condiciones textualmente establecidas, que deben ser satisfechas para que un texto sea entendido y actualizado. Quien produce un texto inscribe sus propias intenciones dentro del mismo texto y prescribe uno o varios recorridos de lectura: crea así un patrón de lector modelo conforme a sus propias intenciones o exigencias. Estas intenciones, inscritas como pistas dentro del texto, configuran los procesos de cooperación entre autor y lector (cooperación interpretativa). Como afirma Eco: «El autor modelo es una voz que habla afectuosamente (o imperiosa, o subrepticiamente) con nosotros, que nos quiere a su lado, y esta voz se manifiesta como estrategia narrativa, como conjunto de instrucciones que se nos imparten a cada paso y a las que debemos obedecer cuando decidimos comportarnos como lector modelo»56.
El autor que escribe debe efectuar una serie de suposiciones en lo referente a los conocimientos y las competencias de sus propios lectores. Por tanto, todo texto prevé su lector modelo; mejor aún, lo crea: «Un texto es un artificio destinado a producir su lector modelo». Así pues, el autor no solo presupone un lector modelo, sino que define sus competencias al elegir un idioma, un patrimonio léxico, un universo enciclopédico…, confiando que de esta forma planteará unos presupuestos estratégicos para que sus potenciales lectores correspondan a sus expectativas. Por tanto, un autor empírico permite una correcta interpretación cuando construye el texto de tal forma que pueda guiar al lector mediante estrategias más o menos limitantes; un lector real queda invitado a seguir esas estrategias que para él ha dispuesto el autor. Se produce así una cooperación textual entre dos estrategias. En síntesis: el autor modelo, como estrategia textual, tiende a producir un cierto lector modelo, por lo que autor modelo y lector modelo no son sino las dos caras de la misma estrategia narrativa. El lector modelo es el lector que se mueve en la esfera interpretativa de la misma manera que el autor se ha movido en la esfera generativa. El lector modelo es creado con el texto, queda atrapado por él y goza solo de la libertad que el texto le concede57
