Conceptos básicos de la huella de carbono - Sergio Álvarez Gallego - E-Book

Conceptos básicos de la huella de carbono E-Book

Sergio Álvarez Gallego

0,0

Beschreibung

En esta segunda edición del libro Serie Huella de carbono. Volumen 1: Conceptos básicos de la huella de carbono, se ha actualizado cada uno de los capítulos de manera que se presentan los últimos avances descritos en cada una de las áreas del contexto social, ambiental y político. En este sentido, se destacan las últimas evidencias sobre los impactos y vulnerabilidad, así como los principales acuerdos y estrategias institucionales.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 174

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Conceptos básicos de la huella de carbono

2.a edición

Conceptos básicos de la huella de carbono

2.a edición

SerieHuella de carbonoVolumen 1

Sergio Álvarez Gallego (coordinador)Agustín Rubio SánchezAna Rodríguez OlallaCarmen Avilés Palacios

Título: Conceptos básicos de la huella de carbono. ePUBSerie Huella de carbono. Volumen 12.ª edición

Autores: Sergio Álvarez Gallego (coordinador), Agustín Rubio Sánchez, Ana Rodríguez Olalla y Carmen Avilés Palacios

© AENOR Internacional, S.A.U., 2021

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial en cualquier soporte, sin la previa autorización escrita de AENOR Internacional, S.A.U.

ISBN: 978-84-17891-72-5

Edita: AENOR Internacional, S.A.U.

Maqueta y diseño de cubierta: AENOR Internacional, S.A.U.

Nota: AENOR Internacional, S.A.U. no se hace responsable de las opiniones expresadas por los autores en esta obra.

Génova, 6. 28004 MadridTel.: 914 326 036 • [email protected] • www.aenor.com

Prólogo

Las civilizaciones se han desarrollado gracias al aprovechamiento de los recursos naturales de nuestro planeta. Desafortunadamente, hasta la fecha no ha sido posible llevar a cabo una gestión de dichos recursos que garantice su continuidad o que la transformación de los mismos no provocara un daño irreversible al planeta. La sostenibilidad y, añadiendo unas gotas de dramatismo, la viabilidad de la Tierra, son cuestiones que todavía no han sido resueltas a pesar del tiempo transcurrido desde que somos conscientes del problema.

Una de las dificultades que circundan estas cuestiones es la correcta cuantificación del impacto que las actividades humanas causan sobre el medio ambiente, así como la eficiencia con la que dicha evaluación consigue tener cierta repercusión sobre las actividades de la sociedad. El Equipo Huella de Carbono de la Universidad Politécnica de Madrid lleva ya un tiempo trabajando en diferentes aspectos relacionados directamente con el problema. Esta serie de volúmenes tienen como objetivo contribuir a la difusión del concepto de la huella de carbono, así como de las técnicas e instrumentos que posibilitan su análisis. Con ello se pretende ofrecer una serie de herramientas para que, desde el punto de vista de la corresponsabilidad, se pueda desarrollar una toma de decisiones que permita la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta nueva edición aborda los principales avances, retos y oportunidades para conseguir estrategias efectivas de mitigación y adaptación al cambio climático. Se ha actualizado cada uno de los capítulos de manera que se presentan los últimos avances descritos en cada una de las áreas del contexto social, ambiental y político. En este sentido, se destacan las últimas evidencias sobre los impactos y vulnerabilidad, así como los principales acuerdos y estrategias institucionales. En el primer capítulo se presenta el contexto de cambio global, tanto social como ambiental, haciendo converger diferentes cuestiones relativas a la globalización con asuntos identificados con el cambio climático. En el capítulo segundo se exponen la definición, causas y consecuencias del cambio climático para posteriormente profundizar en el comportamiento, clasificación y principales características de su principal precursor, los gases de efecto invernadero; en este segundo capítulo también se lleva a cabo una recensión de dichos gases por sectores productivos y una descripción de la importancia de los diferentes criterios existentes para la elaboración de los inventarios nacionales. El capítulo tres se marca como objetivo la presentación de los principales hitos, tanto nacionales como internacionales, desarrollados dentro de las estrategias institucionales para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. En este sentido, se presta especial atención a los principales compromisos actuales alcanzados, destacando el contexto en el que nace el Real Decreto 163/2014.

Se dedica un capítulo concreto, el cuarto, a presentar en detalle el concepto de la huella de carbono. En el mismo, se establecen las principales definiciones relativas a los posibles alcances y enfoques presentes en su aplicación. A continuación, el capítulo cinco pretende señalar el modo en que el comportamiento de las empresas es un elemento clave para el desarrollo sostenible. Dada la condición de estas empresas como consumidoras de recursos y productoras de bienes y servicios para la sociedad, una transformación hacia comportamientos responsables en su forma de actuar permitirá una mejora sustancial en el estado de los recursos naturales y del medio ambiente. El capítulo sexto, por último, pretende dar a entender la importancia de la implementación de la huella de carbono en las estrategias de sostenibilidad basadas en una gestión ética y responsable, claves para el correcto desarrollo de la responsabilidad social corporativa. Finalmente, en este mismo capítulo se detallan los beneficios tangibles e intangibles de esta implementación y cómo repercute en la gestión de la empresa el adecuado desarrollo de una estrategia basada en la sostenibilidad.

Los autores

Índice de abreviaturas

GEI: Gases de efecto invernadero.

GEMI: Iniciativa Global de Gestión Ambiental (por sus siglas en inglés)

IPCC: Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (por sus siglas en inglés).

UNFCCC: Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (por sus siglas en inglés).

UE: Unión Europea.

OECC: Oficina Española de Cambio Climático.

ONU: Organización de las Naciones Unidas

1. Contexto social y ambiental de la huella de carbono

Agustín Rubio Sánchez

1.1. El contexto social

1.1.1. El fenómeno de la globalización

La globalización quizás sea uno de los fenómenos más identificables del todavía joven siglo xxi. El término “globalización” pretende dar nombre a multitud de procesos económicos, tecnológicos, sociales y culturales a gran escala. Su definición no es sencilla, y pretender que lo es supone una simplificación que acarrea imprecisiones y sesgos detrás de los que, en muchas ocasiones, se ocultan intereses concretos. La globalización, entendida como proceso, no surge en el siglo xxi, sino que ya se desarrolló en la segunda mitad del siglo xx, recibiendo su mayor impulso con el fin de la Guerra Fría y la posterior caída del comunismo; el capitalismo se presenta ante el mundo como el único modelo social, económico y político con signos de permanencia.

Para concretar el concepto, podemos decir que la globalización es un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en un progresivo aumento de la comunicación y de la interdependencia entre los distintos países del mundo, unificando sus mercados, sociedades y culturas a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que le dan un carácter global. Es un fenómeno que presenta múltiples facetas, pero que, si se caracteriza por algo, es por la integración de las economías locales en una economía de mercado mundial donde los modos de producción y los movimientos de capital se configuran a escala planetaria, donde las empresas multinacionales y la libre circulación de capitales desempeñan un papel fundamental, y en la que la sociedad de consumo se asume como único modelo de desarrollo humano.

La globalización ha sido deliberadamente identificada como un proceso propio de las sociedades capitalistas democráticas o de las democracias liberales, que han abierto sus puertas a la revolución tecnológica. Se plantea que en dicho proceso ha habido un aumento del nivel de liberalización y (teóricamente) democratización de la cultura política de los países, una modernización de sus ordenamientos jurídicos y económicos, así como una actualización de sus relaciones internacionales. La conjunción de los modos de organización económica de los países que han entrado en este proceso ha generado la necesidad de uniformizar y simplificar procedimientos y regulaciones nacionales e internacionales, con el fin de mejorar las condiciones de competitividad y la seguridad jurídica. Culturalmente, también se desencadena un proceso de interrelación de las sociedades locales en una cultura global, la denominada “aldea global” definida en 1968 por el sociólogo canadiense Marshall McLuhan.

Mientras tanto, en el aspecto político, los gobiernos nacionales han ido perdiendo progresivamente atribuciones ante instituciones supranacionales que, por un lado, han promovido políticas para la transición al capitalismo de determinadas economías dirigidas y obsoletas o han facilitado la transición a la democracia de determinados regímenes despóticos; pero que, por otro lado, no se han interesado por abrazar con el mismo interés los valores que mejor caracterizaban la calidad de vida de los países más desarrollados (sanidad universal, educación gratuita y de calidad, etc.). Como resultado, la inmensa mayoría de los países han ido acompasando poco a poco sus mercados económicos, sus sociedades y sus culturas a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que han generado en todas las sociedades implicadas la adquisición de hábitos de consumo y costumbres comunes (Doménech, 2007). Es por ello por lo que, en la comunidad internacional de hoy, priman las relaciones basadas en el multilateralismo y en poderes supranacionales de carácter impreciso.

En lo tecnológico, la globalización ha estado completamente ligada a los avances de la conectividad humana tanto en transporte como en telecomunicaciones (masificación de las tecnologías de la información y la comunicación). Al desarrollo de la globalización contribuye la movilidad de empresas y capitales que son capaces de ubicarse y de moverse de un lugar a otro del planeta con relativa facilidad, gracias a la apertura de los mercados y al libre comercio. Precisamente, una de las bases del libre comercio es la orientación de la producción a la exportación, hecho que contribuye al establecimiento de un perfil de consumo similar en todo el planeta. Por tanto, el fenómeno de la globalización facilita el flujo de importaciones y exportaciones de recursos y productos de un lado a otro del mundo; esta circunstancia se nos ha presentado como una garantía de estabilidad del sistema, si bien determinadas crisis locales han puesto en evidencia que no siempre es así, manifestándose tensiones en el equilibrio económico. Pero, además, ese gran flujo de importaciones y exportaciones genera un riesgo ambiental, especialmente acusado en aquellos países en los que no se ejercen políticas basadas en una economía sostenible. La consecuencia más inmediata de esto es un deterioro medioambiental severo en estos países, que sufren un crecimiento económico desordenado cuyas consecuencias acaban por superar al país directamente afectado y terminan por alcanzar a todos los demás.

La globalización provoca, pues, una serie de consecuencias controvertidas:

• Incremento del transporte de productos y mercancías, que trae consigo el desarrollo de nuevas infraestructuras; cuando esto ocurre de forma planificada y ordenada puede tener efectos favorecedores sobre la población, pero en caso contrario esos efectos pueden ser perversos.

• Incremento del consumo de combustibles fósiles para suministrar energía a los medios de transporte de mercancías; en este sentido resulta significativo el caso del transporte marítimo en Europa, cuya cifra anual de transporte de mercancías se estima en torno a los 3.500 millones de toneladas (Doménech, 2007).

• Incremento de pandemias a nivel mundial por la importación y exportación de agentes patógenos junto a productos y mercancías.

• Hundimiento de las economías menos proclives a este nuevo orden, que se ven arrinconadas e incapaces de competir con las grandes economías mundiales.

No obstante, la globalización podría tener otra cara ligada a la adopción de una conciencia a escala global, tanto social como medioambiental. Una concienciación en la que los problemas humanitarios y ambientales no fueran patrimonio exclusivo de los países que los padecen, sino del conjunto de los países con los que interaccionan económicamente, puesto que todos acaban por ser agentes que han intervenido en la generación del problema de una manera u otra y, por ende, en sus posibles consecuencias. Un ejemplo incontestable de ello es la terrible pandemia declarada durante el año 2020, causada por el coronavirus SARS-CoV-2.

1.1.2. Los recursos naturales

Los recursos naturales son los elementos proporcionados por la naturaleza que pueden ser aprovechados por el hombre para satisfacer sus diferentes necesidades. Según este planteamiento, los tipos de recursos naturales cambian en función de las necesidades del ser humano y de los elementos que la naturaleza proporciona; además, también permite asumir que, en la clasificación de los tipos de recursos naturales de Miller (1994), los recursos potencialmente renovables pueden convertirse en recursos no renovables si se utilizan por un tiempo prolongado y se consumen con más rapidez de la que necesitan para ser renovados por los procesos naturales.

Está fuera de toda duda que el crecimiento demográfico de la especie humana ha supuesto una importante demanda de recursos con los que satisfacer sus necesidades. Numerosos economistas han propuesto diversos modelos económicos con los que dar respuesta al problema del agotamiento de los recursos. Sin embargo, ninguna de esas propuestas ha conseguido satisfacer a nivel global las necesidades del conjunto de la población humana. El modelo económico capitalista que actualmente impera en nuestro mundo tampoco ha conseguido dar una respuesta satisfactoria al problema.

Dado el actual panorama social y medioambiental, nuestra sociedad está cada vez más sensibilizada con los retos a los que se va a tener que enfrentar en un futuro muy próximo. El Programa 21 y los denominados Objetivos del Milenio son algunos de los compromisos adoptados por los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para paliar esta situación. Los objetivos, plasmados en sendos documentos, están orientados a erradicar algunas de las consecuencias de un modelo de gestión económica que se ha centrado en obtener grandes beneficios locales, olvidándose de cubrir las necesidades del conjunto de la humanidad. Los insatisfactorios resultados impulsaron a todos los Estados miembros de dicha organización a formular en 2015 los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible a modo de llamamiento universal a la acción para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y mejorar las vidas y las perspectivas de las personas en todo el mundo. Estos objetivos forman parte de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, en la que se traza un plan con el que alcanzar los Objetivos en 15 años, marcando para ello la consecución de una serie concreta de metas mediante unos indicadores que vayan evaluando su logro. Si bien hasta la fecha en muchos lugares se estaba progresando en el desarrollo de esta agenda, en general, las medidas destinadas a lograrlo todavía no lo hacen con el ritmo y escala necesarios. En este sentido, los recursos naturales han jugado el papel de moneda de cambio internacional, contribuyendo con su flujo continuo de un lugar a otro del planeta a desequilibrar aún más el estatus socioeconómico de los países que componen nuestra civilización. Es por ello por lo que el aprovechamiento adecuado de los recursos naturales ocupa un papel destacado en todos estos programas internacionales.

La inadecuada gestión global de los recursos naturales ha conducido a un panorama actual preocupante. Se estima que, en el mundo, el 52% de las tierras destinadas a la producción agrícola muestran una fuerte degradación y que el 34% de las poblaciones pesqueras son explotadas a niveles biológicamente insostenibles (FAO, 2020; PNUMA, 2004). Recientes estudios basados en técnicas de teledetección y publicados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) cifran la tasa media de deforestación mundial entre los años 1990 y 2005 en 14,5 millones de hectáreas al año (FAO, 2010, 2012). Por otro lado, la ONU publica en un artículo de su página web (http://www.un.org/spanish/waterforlifedecade/scarcity.shtml, octubre de 2014) que cerca de 1.200 millones de personas, casi una quinta parte de la población mundial, viven en áreas de escasez física de agua, mientras que otros 500 millones se aproximan a esta situación. También según la FAO, aproximadamente 690 millones de personas sufren hambre crónica en el mundo (FAO, 2020). Este evidente desequilibrio en la gestión global de los recursos también trae consigo graves repercusiones ambientales. Según el documento “Perspectivas del Medio Ambiente Global GEO4” (PNUMA, 2007) la tasa de extinción de especies actual resulta ser cien veces superior a la tasa natural, y se prevé que en las próximas décadas se incremente hasta un valor que suponga entre 1.000 y 10.000 veces la tasa natural. La globalización tiene una responsabilidad muy importante en esta grave situación.

1.1.3. El desarrollo sostenible

Multitud de informes y expertos señalan de manera incontestable que los recursos naturales son finitos y no pueden ser aprovechados de forma irracional. Entre las iniciativas que pretenden hacer frente a esta situación cabe destacar la creación en 1983 de la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, cuyo objetivo era establecer estrategias ambientales a largo plazo para conseguir un desarrollo económico racional en el año 2000. El resultado del trabajo de esta Comisión fue la publicación en 1987 del Informe Brundtland (ONU, 1987). Este texto recoge por primera vez el término sustainable development –“desarrollo sostenible” en inglés– que tanta repercusión sigue teniendo en la actualidad.

Desarrollo sostenible: proceso de cambio en el cual la explotación de los recursos, la orientación de la evolución tecnológica y la modificación de las instituciones están acordes e incrementan el potencial actual y futuro para satisfacer las necesidades y aspiraciones humanas.

Fuente: Informe Brundtland (ONU, 1987).

Según el informe, para que el desarrollo pueda considerarse sostenible debe cumplir una serie de premisas:

• Será necesario satisfacer las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas.

• El crecimiento económico debe asociarse a un crecimiento del capital productivo que no dañe al medio ambiente.

• Debe promoverse un cambio social y económico que favorezca niveles de consumo dentro de los límites ecológicos del planeta.

• La explotación de los ecosistemas debe ser racional, sin comprometer los sistemas naturales que sostienen el planeta.

El desarrollo sostenible consta de tres vertientes, la económica, la social y la medioambiental, que deben abordarse políticamente de forma equilibrada. Estas tres dimensiones están interrelacionadas y el abandono de una de ellas supondría el fracaso del objetivo final.

Según la Comisión Europea (2001 y 2006), el desarrollo sostenible es un desarrollo que responde a las necesidades del presente sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras de responder a las suyas. Otra aportación interesante es la de Pearce et al. (1997) cuando señalan que en una sociedad sostenible no debe haber un declive no razonable de cualquier recurso, ni un daño significativo a los sistemas naturales, y tampoco un declive significativo de la estabilidad social. Herman Daly, economista-ecólogo estadounidense, propone que una sociedad sostenible es aquella en la que los recursos se utilizan a un ritmo inferior al de su regeneración; por lo tanto, no se emiten contaminantes a un ritmo superior al que el sistema natural es capaz de absorberlos o neutralizarlos; y añade que los recursos no renovables se deben utilizar a un ritmo más bajo que el que el capital humano creado pueda reemplazar al capital natural perdido (Prugh et al., 2000).

En 1992, la comunidad internacional se reunió en Río de Janeiro (Brasil) para discutir los medios con los que poner en práctica el desarrollo sostenible. Durante la denominada “Cumbre de la Tierra” de Río, los líderes mundiales adoptaron el Programa 21, con planes de acción específicos para lograr el desarrollo sostenible en los planos nacional, regional e internacional. Esto fue seguido en 2002 por la “Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible”, donde se aprobó el Plan de Aplicación de Johannesburgo. El Plan de Aplicación se basó en los progresos realizados y las lecciones aprendidas desde la Cumbre de la Tierra, y preveía un enfoque más específico, con medidas concretas y metas cuantificables. En 2015 la ONU aprobó la Agenda 2030 sobre el Desarrollo Sostenible, redefiniendo de nuevo una última oportunidad para que los países y sus sociedades emprendan un nuevo camino con el que mejorar la vida de todos sin dejar a nadie atrás, abarcando desde la eliminación de la pobreza hasta el combate al cambio climático, e incluyendo la educación, la igualdad de la mujer, la defensa del medio ambiente o el diseño de nuestras ciudades. Por su parte, la Unión Europea (UE) ha establecido a nivel europeo estrategias específicas a medio y largo plazo que combinan las políticas para el desarrollo sostenible desde el punto de vista medioambiental, económico y social, con el fin de mejorar de forma sostenible el bienestar y las condiciones de vida de las generaciones presentes y futuras, con el objetivo de ponerse en la vanguardia de este desarrollo sostenible.

Dado el presente contexto económico internacional, los mecanismos de desarrollo sostenible deben ser las herramientas que contribuyan al crecimiento económico de los países que componen nuestra civilización. El modelo de crecimiento basado en una explotación sin control de los recursos está obsoleto, y tenemos numerosas pruebas de ello, tales como la profunda crisis económica que asoló muchos de los países industrializados o la dramática crisis causada por la COVID-19, circunstancias que han puesto en serio riesgo la estabilidad y el bienestar de toda la sociedad actual.

1.2. El contexto ambiental

1.2.1. Un poco de historia (geológica)

El planeta Tierra se formó hace unos 4.500 millones de años a partir de la nebulosa protosolar. Su origen es el mismo que el del Sistema Solar, que debió ser una extensa mezcla de nubes de gas, rocas y polvo en rotación. Durante muchos millones de años, las condiciones imperantes en el planeta fueron una superficie terrestre inestable, altas actividades sísmica y volcánica, mares de composición incierta y atmósfera con un carácter reductor dominada por gas carbónico procedente de las erupciones volcánicas. Pero, a pesar de lo que nuestro punto de vista antropocéntrico nos induzca a pensar, surgieron formas de vida que obtenían la energía de grupos de moléculas orgánicas libres que se formaban espontáneamente; y con las primeras formas de vida, adaptadas a esas condiciones, comenzó la evolución de las mismas. En ese ambiente, y a medida que los cambios se sucedían, algunas formas de vida comenzaron a desarrollar una nueva estrategia para obtener energía: utilizar la luz del Sol. Las estimaciones varían, pero parece que hace unos 3.000 millones de años se habría desarrollado algo similar a la actual fotosíntesis. Esta fuente inagotable de energía del Sol se ponía a disposición no solo de los organismos autótrofos, sino también de los heterótrofos, que se nutrían de los anteriores.