Conocerán la verdad - Bruce Milne - E-Book

Conocerán la verdad E-Book

Bruce Milne

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Beschreibung

Muchos cristianos ya han comenzado a conocer a Dios y su verdad. Este manual nos ayudara a crecer en ese conocimiento liberador, ya que presenta los grandes temas de la Palabra de Dios y nos muestra como estos se complementan entre si. Cada capítulo examina un aspecto de la verdad bíblica, ofrece una lista de textos bíblicos pertinentes, propone preguntas para la reflexión y libros para la lectura adicional. Sugiere igualmente formas prácticas de aplicación que nos invitan a adorar al Dios vivo. Además de actualizar la bibliografía, esta edición revisada, responde al desarrollo reciente del pensamiento secular y cristiano. Esto garantiza que Conocerán la Verdad seguirá siendo una excelente introducción a la doctrina cristiana.

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Seitenzahl: 701

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Sinopsis y recomendaciones

“Conocerán la verdad”

dijo Jesús

“y la verdad los hará libres”

Muchos cristianos ya han comenzado a conocer a Dios y su verdad. Este manual nos ayudará a crecer en ese conocimiento liberador, ya que presenta los grandes temas de la Palabra de Dios y nos muestra cómo estos se complementan entre sí.

Cada capítulo examina un aspecto de la verdad bíblica, ofrece una lista de textos bíblicos pertinentes, propone preguntas para la reflexión y libros para la lectura adicional. Sugiere igualmente formas prácticas de aplicación que nos invitan a adorar al Dios vivo.

Además de actualizar la bibliografía, esta edición revisada, responde al desarrollo reciente del pensamiento secular cristiano. Esto garantiza que Conocerán la verdad seguirá siendo una excelente introducción a la doctrina cristiana.

“Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica”.

J. I. Packer

“Es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana… Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino mas bien por un jardín”.

Samuel Escobar

Conocerán la verdad

Un manual para la fe cristiana

Bruce Milne

Título original en inglés: Know the Truth

© 2005 Inter Varsity Press

38 De Montfort Street, Leicester LE1 7GP, England

© 2008 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma

Primera edición digital, enero 2021

Categoría: Teología - Doctrina

ISBN N° 978-612-4252-88-4 | Edición digital

ISBN N° 978-9972-701-47-4 | Edición impresa

Editado por:

© 2021 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma

Av. 28 de Julio 314, Int. G, Jesús María, Lima

Apartado postal: 11-168, Lima - Perú

Telf.: (511) 423–2772

E-mail: [email protected] | [email protected]

Web: www.edicionespuma.org

Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)

Traductor: Elma Flores

Diseño de carátula: Adilson Proc

Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla

Reservados todos los derechos

All rights reserved

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización de los editores.

Las citas bíblicas corresponden a la Nueva Versión Internacional (nvi)

ISBN N° 978-612-4252-88-4

Prólogo

Poseídos de un sentido de misión y de urgencia, los evangelizadores avanzan por los caminos de nuestra América. No hay tiempo para teorizar ni para lo académico, “pronto la noche viene”. ¿No será acaso pérdida de tiempo ponerse a estudiar sistemáticamente la doctrina cristiana? Al fin y al cabo poca cosa hace falta saber para llevar seres humanos a los pies de Jesucristo. ¿No es acaso Juan 3.16 una síntesis completa del Evangelio? Entiendo perfectamente la fuerza de este tipo de argumento, pero no lo comparto. También Jesús y Pablo estaban poseídos de un santo sentido de urgencia y, sin embargo, emplearon buena parte de su ministerio en la enseñanza sistemática de la verdad. Si nos fijamos bien, las Epístolas son exposiciones cuidadosas y ordenadas de la doctrina cristiana, que proveen fundamento al discipulado. Y los Evangelios nos brindan en forma narrativa la base de lo que las Epístolas explican: el hecho fundamental de Jesucristo. No se avanza muy lejos en el camino del Señor si no se comprende la riqueza de la doctrina cristiana.

Cuando empecé mi tarea de evangelista y maestro, allá por los años sesenta, me encontré muchas veces con amigos ecuménicos que me decían: “La acción une, pero la doctrina separa”. Le restaban importancia a la comprensión de la verdad cristiana en nombre de un activismo, para el cual hoy se usa la palabra praxis. Pronto descubrí que estos amigos tenían siempre un programa de acción que imponían a sus colaboradores, el cual era expresión de una manera particular de entender la verdad cristiana. Fue la comprensión de la verdad lo que me ayudó a forjar una práctica evangélica que no fuese la de ser “tonto útil”. En la década siguiente hizo explosión la ola del espiritualismo y se escuchó la frase: “La experiencia espiritual une, la doctrina separa”. Percibí luego que aquí también había una falacia, porque tarde o temprano hace falta discernimiento para distinguir los espíritus, y eso sólo puede venir de la verdad revelada, comprendida y aplicada. Lo dijo Pablo con claridad cristalina: [...] sigue el ejemplo de la sana doctrina que de mí aprendiste. Con el poder del Espíritu Santo que vive en nosotros, cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado (2Ti 1.13–14).

El libro de Milne que aquí presentamos es una excelente guía para la comprensión de la doctrina cristiana. No sólo se trata de una sistematización de las grandes verdades bíblicas, sino que nos ofrece un resumen histórico de cómo esas verdades han sido comprendidas y expresadas por los grandes teólogos del pasado, y llega a la manera en que esas mismas verdades responden a las grandes preguntas del presente. Pero Milne no nos guía por un museo de verdades disecadas, sino más bien por un jardín. Nos provee una lista de pasajes bíblicos apropiados y preguntas clave que nos ayudan en nuestro propio diálogo actual con la palabra del texto bíblico que el Espíritu vivifica. El estudiante acostumbrado a una metodología de estudio personal y discusión en grupo, encontrará que la metodología de Milne le permite apropiarse de la herencia del pasado, y también realizar su propia tarea de contextualización, respondiendo a las preguntas y demandas de su situación particular.

Me hubiese gustado disponer de este libro cuando me iniciaba en mi propio ministerio, aunque otras herramientas parecidas me ayudaron en la tarea. Quiera el Señor que los miles de estudiosos que han de recorrer sus páginas se sientan desafiados a profundizar más en el estudio sistemático de la verdad y algunos produzcan un día un manual similar, forjado en la fragua de la vida latinoamericana.

Samuel Escobar

Profesor del Seminario Teológico de la

Unión Evangélica Bautista de Madrid, España

Valencia, Enero de 2008

Prólogo

El capellán solía invitar a sus paseos pastorales a los estudiantes que asistían a la capilla; así fue cómo me encontré caminando a su lado aquella cruda tarde de mi primer año. Me instaba a que cursara teología, la asignatura que él mismo dictaba, como complemento de la licenciatura en estudios clásicos en la que me había embarcado. Le expliqué que prefería no hacerlo, pues la teología era peligrosa para el alma. “¡Tonterías! —exclamó, con lo que debe haber sido el bufido más fuerte de la historia—. ¡La teología es la reina de las ciencias!”. Luego se quedó callado, y yo hice otro tanto. Con esto terminamos nuestro paseo. Lo creía poco ilustrado. No hay apuntes de lo que él pensó de mí; pero tenía todas las razones para sentirse disgustado. Él estaba en lo cierto, y conocía lo suficiente como para saber que se hallaba en lo cierto, y yo estaba todo lo equivocado que puede estar un ignorante porfiado de 18 años. A lo largo de mi vida he cometido muchas “metidas de pata”, pero ninguna tan torpe y descortés como la de aquella tarde.

¿Por qué dije semejante tontería? La espantosa verdad es que, como cristiano de apenas seis semanas solamente, me encontraba repitiendo mecánicamente lo que había oído en el Grupo Estudiantil Cristiano que me nutría. Sin duda había alguna justificación para esas oscuras sospechas. Durante los años de la guerra, la teología de las afamadas universidades de Oxford y Cambridge no se hallaba en sus mejores tiempos, y lamentablemente la experiencia muestra que la mala teología infecta el corazón con ideas falsas e incredulidad, los equivalentes espirituales de la esclerosis múltiple. Muchos que iban bien han ido quedando progresivamente paralíticos por ingerir mala teología, y ese peligro todavía existe. Además, la pericia teológica puede alimentar el orgullo intelectual, convirtiéndolo a uno en una persona que se interesa más en conocer nociones verdaderas en lugar de al Dios verdadero, y eso también es desastroso. Pero esto únicamente muestra cómo se puede arruinar una cosa buena. La corrupción de lo mejor es la peor corrupción; sin embargo, el mal uso no impide el buen uso. Hago constar con gratitud que por la gracia de Dios, a su debido tiempo comprobé que había estado hablando tonterías, y tras los estudios clásicos acabé cursando teología; una decisión de la cual nunca me he arrepentido, y que no dudaría en recomendar a cualquiera.

Se ha dicho que el hábito del estudio personal de la Biblia hace innecesaria la teología. Pero, al no estudiar ésta, en realidad uno se perjudica como estudiante de la Biblia, ya que la teología (es decir, una comprensión completa de la enseñanza bíblica), enriquece enormemente el estudio bíblico. ¿Cómo? Permitiéndonos ver más de lo que aparece en cada pasaje. Así como el efecto de saber botánica es que uno percibe más flora y fauna en una caminata campestre, y el efecto de saber electrónica es que se vea más de lo que se tiene a la vista cuando se desarma el televisor, así el efecto de saber teología es que, en iguales circunstancias, uno ve más adentro en el significado y la trascendencia de los pasajes bíblicos de lo que podría ver sin ese conocimiento. El contexto definitivo de cada frase escritural es toda la Biblia, con lo que me refiero no sólo a los sesenta y seis libros, sino también a la enseñanza bíblica; y cuanto mejor conocemos las Escrituras en ese doble sentido, más a fondo vemos lo que implican los textos particulares.

Es una verdad reconocida que la buena teología nace como consecuencia del estudio bíblico, y siempre se debe enseñar con referencia a su base bíblica. Menos conocido, pero no menos verdadero, es lo opuesto: que el estudio bíblico recibe información de la teología. Este es el caso también del testimonio cristiano, que en la Biblia significa no solamente relatar una experiencia, aunque la práctica es excelente, sino principalmente proclamar al Creador como Redentor, y a Jesucristo como Salvador resucitado. Lo que debemos decir acerca de Dios y su Hijo proviene de la Biblia, pero el estudio teológico nos permitirá verlo y, por tanto, expresarlo con más claridad de lo que sería posible de otra manera.

Aquí también tiene importancia la teología histórica, ya que aprender de los santos del pasado (y con ellos también) es una dimensión de la comunión en el cuerpo de Cristo, y los grandes estudiosos bíblicos de ayer (Agustín, Lutero, Calvino, Juan Owen, Jonatan Edwards y otros) a menudo tienen una visión más rica de los temas clave que sus equivalentes actuales. Y, como acertadamente se ha afirmado, ya que se halla más allá de la capacidad del hombre inventar una nueva herejía, es de gran ayuda conocer las antiguas, para poder detectarlas cuando reaparecen con un maquillaje moderno.

¿Qué libros de teología nos serán más útiles en estos asuntos? Durante años he obtenido ayuda de la Institución de la religión cristiana, de Calvino (1559), el cual desde su segunda edición en adelante estuvo adaptado explícitamente para ayudar a los estudiantes y profesores de la Biblia a vivir y testificar para Dios. Esta aún sigue siendo una obra en forma maravillosa para aquellos que pueden sacarle provecho, pero no se puede negar que no todos los cerebros cristianos pueden asimilar tantísima materia. En cambio, el libro del doctor Milne, en menor escala, difícilmente podría ser mejorado para cumplir ese propósito.

Le deseo larga vida y mucha salida; merece ambas cosas. En relación con Conocerán la verdad, las palabras toma y lee que Agustín oyó por sobre la tapia del jardín y que lo condujeron a un encuentro salvador con la Biblia, son mis palabras para los estudiantes serios. Pruébenlo; les gustará, será de gran provecho. Es un privilegio recomendar un compendio tan inteligente, claro y provechoso de la fe cristiana básica.

J. I. Packer

profesor de teología en el regent college

en vancouver, canadá

Prefacio a la primera edición en inglés

Sería imposible enumerar a todos los que han tenido alguna participación en la preparación de este libro: mis padres, quienes por enseñanza y ejemplo fueron los primeros en señalarme la verdad de Dios; los miembros de mi anterior congregación en Escocia y las iglesias donde he tenido oportunidad de ministrar en este país y en el exterior; los muchos estudiantes a quienes he tenido el privilegio de enseñar en este seminario durante años, así como también los miembros de mis clases en el Departamento de Extensión de la Universidad de Londres; mis amigos y colegas del cuerpo docente del Spurgeon College, y en particular todos aquellos que leyeron el manuscrito en alguna etapa de su producción y ofrecieron comentarios y críticas valiosas. Ninguno de ellos, desde luego, es responsable de las ideas expresadas en este texto, que en definitiva son mías, aunque espero que no sólo mías. También debo mi agradecimiento a Kingsway Publications por el permiso para incluir en la Parte 7 material que aparece en forma más completa en What the Bible Says About the End of the World (Lo que dice la Biblia sobre el fin del mundo), mi contribución a su programa de enseñanza bíblica. Finalmente, quiero rendir homenaje especial a mi esposa, quien además de estimularme a través de las diversas etapas de la obra, mecanografió dos borradores completos del manuscrito, uno de los cuales fue considerablemente más largo que su forma final.

Es mi fervorosa oración que el Dios Omnipotente se complazca en usar estas páginas para revelar más de la grandeza y el poder de su verdad como se ha dado a conocer en las Sagradas Escrituras, y en consecuencia que Él, nuestro bendito y glorioso Señor, sea ensalzado. A Él sea la gloria por siempre.

Bruce Milne

Spurgeon College

Londres, Inglaterra

Prefacio a la nueva edición

Es un placer escribir unas líneas al salir a circulación esta edición revisada de Conocerán la Verdad. Durante los años transcurridos desde su primera aparición en 1982, en la medida en que he viajado a muchas partes del mundo, ha sido enormemente gratificante encontrar que líderes cristianos y estudiantes se me han acercado y manifestado que han encontrado ayuda a través de sus páginas.

Estos años han visto cambios significativos en la comunidad cristiana, y han traído al mundo en general al borde de un nuevo milenio. Esta revisión es un intento de reflexionar acerca de una pequeña parte de ese cambio de contexto.

Para mí, el lapso que va desde su primera publicación hasta ahora, lo he pasado mayormente ejerciendo liderazgo y exponiendo las Escrituras a una comunidad tremendamente cariñosa y enormemente diversa en el corazón de una bella, pero profundamente secularizada, sociedad norteamericana. Las experiencias de estos años han servido precisamente para aumentar mis convicciones en cuanto a la verdad y relevancia de las cosas que Conocerán la verdad busca expresar. Que el Espíritu Santo se complazca en utilizar esta nueva edición aún más para la gloria de Dios.

Bruce Milne

Introducción

“Claro que no soy teólogo”. Cuántas veces he oído ese comentario a través de los años, con frecuencia en boca de aquellos que deberían saber que no se debe decir nada semejante. Generalmente, se supone que pensar seriamente acerca de la fe cristiana y tratar de expresar esa fe en forma organizada es totalmente diferente del cristianismo real, el cual se relaciona con lo práctico: nuestro andar con el Señor, predicar el evangelio y todo lo demás. Aunque los teólogos pueden tener su lugar, el estudio serio de la doctrina es considerado como algo por el cual los cristianos comunes no deben preocuparse, y se piensa que en realidad podría estorbar su vida cristiana si lo toman demasiado en serio.

Este espíritu antidoctrinal del presente está muy lejos del instinto cristiano de los primeros tiempos y se halla profundamente arraigado en la cultura occidental contemporánea. Frente a los tremendos retos y oportunidades a que se enfrenta la iglesia en los albores del siglo xxi, este abandono de la doctrina es, a mi juicio, nada menos que una receta para el desastre.

¿Por qué, pues, es tan vital el estudio de la doctrina?

Primero, la realidad es que todo cristiano es un teólogo. Teología significa literalmente ciencia que trata de Dios, o en forma más completa, toda palabra y toda ciencia que resultan del conocimiento de Dios (cf. 1Co 1.5). En virtud de haber nacido de nuevo, hemos comenzado a conocer a Dios y, en consecuencia, tenemos cierta comprensión de su naturaleza y sus acciones. Es decir, todos somos teólogos en cierta manera aunque no nos hayamos sentado a pensarlo. De manera que, bien entendida, la teología no es para unos pocos intelectuales religiosos con aptitud para el debate abstracto: es asunto de todo el mundo. Una vez que captamos esto, nuestra tarea es llegar a ser los mejores teólogos que podamos para la gloria de Dios, ya que nuestra comprensión de Él y de sus caminos se clarifica y profundiza al estudiar el libro que nos ha dado precisamente para ese propósito: la Biblia (2Ti 3.16). Este manual se ha escrito con el sencillo propósito de ayudarlo en ese empeño.

En segundo lugar, lograr entender bien la doctrina es la clave para comprender bien todo lo demás. Si queremos saber quién es Dios, quiénes somos nosotros, y qué espera Él de nosotros, debemos estudiar las Escrituras, es decir, su enseñanza como un todo, y ello implica la doctrina. Esto tiene vigencia para cada esfera de la vida cristiana: la adoración (Jn 4.23), el testimonio (Hch 17.11), el discipulado (Jn 8.31s), las relaciones cristianas (1Co 12.12), el trabajo diario (Ef 6.5–9); en cualquier esfera, el vivir correctamente comienza con el pensar correctamente. Los autores del Nuevo Testamento ejemplifican este principio. Al enfrentar problemas prácticos en la iglesia, siempre buscaban clarificar primero los temas teológicos que estaban en la base del problema, para luego aplicar el remedio práctico. En este profundo sentido, la doctrina es la clave de la vida; el Espíritu Santo usa la verdad de Dios en su obra y por medio de nosotros.

Desde luego, la doctrina correcta en sí misma no es suficiente; es trágicamente posible no llegar a convertir la verdad de Dios en obediencia práctica. Esa es una de las razones por las que a menudo la doctrina no tiene buena fama. Si la doctrina correcta no conduce a vidas maduras, amantes y santas, algo ha ido terriblemente mal. Pero esa no es razón para descuidarla o rechazarla. En un esfuerzo por recalcar este punto, he terminado cada parte de este manual con una sección de aplicación. Estas no son de ninguna manera detalladas; su significado reside en lo que procuran demostrar: que la doctrina correcta es la base para la vida correcta.

En tercer lugar, el estudio de la doctrina es una expresión de amar a Dios con nuestra mente (Mt 22.37). La verdadera meditación y comprensión son tan válidas como expresión de nuestra respuesta a Dios, y tan significativas en traer gloria al Dios de la verdad, como las acciones verdaderas y las palabras verdaderas. En una época en que para muchos la práctica es la prueba de la verdad, hace falta demostrar que la búsqueda de la verdad en sí misma también honra a Dios.

En cuarto lugar, la doctrina es fundamental porque es imposible separar a Cristo de las verdades que las Escrituras revelan acerca de Él. No hay otro Cristo que el Cristo que se conoce a través de las verdades y doctrinas de toda la Biblia. Cristo viene a nosotros, como decía Calvino, “vestido de su evangelio”. En consecuencia, la lealtad a su persona inevitablemente implica un compromiso con las verdades acerca de Él. Y, a la inversa, el descuido o la indiferencia de las doctrinas bíblicas es una forma de deslealtad a su nombre y desinterés por su honra.

Estos cuatro argumentos no son alternativos, sino complementarios. Su mensaje combinado es simple e incuestionable: “la doctrina importa”. Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero [...] que interpreta rectamente la palabra de verdad (2Ti 2.15).

Este manual trata de las grandes áreas de la doctrina cristiana tal como han sido formuladas a través de los siglos. Está principalmente destinado a los cristianos que piensan, que desean saber más de lo que la Biblia enseña, y un poco de cómo las doctrinas en cuestión han sido expresadas a través de los siglos, y también algo sobre las corrientes actuales.

El interés dominante ha sido exponer la enseñanza bíblica. Los pasajes principales de las Escrituras que tratan cada tema están enumerados al final de cada unidad de enseñanza; algunos lectores preferirán comenzar con dichos pasajes y de allí volver al estudio de la doctrina. Asimismo, al final de cada sección se plantean preguntas para estimular la reflexión y el repaso.

Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: —Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.

Juan 8.31, 32

Me alegré mucho cuando vinieron unos hermanos y dieron testimonio de tu fidelidad, y de cómo estás poniendo en práctica la verdad.

3 Juan 3

Bibliografía general

Doctrinal

• L. Berkhof, Systematic Theology (Banner of Truth, 1959). Teología sistemática (Libros Desafío, 2002).

• J. M. Boice, Foundations of the Christian Faith (ivp, 1986). Los fundamentos de la fe cristiana (Editorial Unilit, 1996).

• G. Bray (ed.), Contours of Christian Theology series (ivp, 1993).

• J. Calvin, Institutes of the Christian Religion. Institución de la religión cristiana (Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1968).

• S. B. Ferguson et al. (eds.), New Dictionary of Theology (ivp, 1988). Nuevo diccionario de teología (Casa Bautista de Publicaciones, 2003).

• S. J. Grenz, Created for Community (Victor/BridgePoint, 1996).

• W. Grudem, Systematic Theology (ivp, 1994). Teología sistemática (Vida, 2007).

• T. C. Hammond, In Understanding Be Men (ivp, 6th edn, 1968). Cómo comprender la doctrina cristiana (Ediciones Certeza, 1978).

• C. Hodge, Systematic Theology (James Clarke, 1960). Teología sistemática 1 y 2 (Clie, 2003).

• J. I. Packer, God’s Words (ivp, 1981).

• G. Vos, Biblical Theology (Banner of Truth, 1976).

Histórico

• L. Berkhof, The History of Christian Doctrines (Banner of Truth, 1969). Historia de las doctrinas cristianas (El Estandarte de la Verdad, 1969).

• G. C. Berkouwer, A Half Century of Theology (Eerdmans, 1977).

• G. W. Bromiley, Historical Theology: an Introduction (T. & T. Clark, 1978).

• S. J. Grenz and R.E. Olson, 20-Century Theology (Blackwells, 1992).

• J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines (A. & C. Black, 5th edn, 1977).

• J. G. Machen, Christianity and Liberalism (Eerdmans, 1946).

• J. Orr, The Progress of Dogma (Eerdmans, 1962). El progreso del dogma (Clie, 1988).

Abreviaturas

Libros del Antiguo Testamento:

Gn, Éx, Lv, Nm, Dt, Jos, Jue, Rt, 1S, 2S, 1R, 2R, 1Cr, 2Cr, Esd, Neh, Est, Job, Sal, Pr, Ec, Cnt, Is, Jer, Lm, Ez, Dn, Os, Jl, Am, Abd, Jon, Mi, Nah, Hab, Sof, Hag, Zac, Mal.

Libros del Nuevo Testamento:

Mt, Mr, Lc, Jn, Hch, Ro, 1Co, 2Co, Gá, Ef, Fil, Col, 1Ts, 2Ts, 1Ti, 2Ti, Tit, Flm, Heb, Stg, 1P, 2P, 1Jn, 2Jn, 3Jn, Jud, Ap.

a.C.

antes de Cristo

at

Antiguo Testamento

bj

Biblia de Jerusalén

bla

Biblia de Las Américas (NT)

ca.

circa, cerca de, aproximadamente, hacia

cf.

Confer, compare

d.C.

después de Cristo

e.d.

es decir

dhh

Versión Dios habla hoy

gr.

griego

heb.

hebreo

ibd

The Ilustrated Bible Dictionary (ivp, 1980)

lat.

latín

lit.

literalmente

lbd

La Biblia al día

ndt

New Dictionary of Theology (ivp, 1988)

nt

Nuevo Testamento

por ej.

por ejemplo

rv60

Reina Valera, revisión 1960

rv77

Reina Valera, revisión 1977

p.

página

pp.

páginas

s

siguiente

ss

siguientes

vla

Versión latinoamericana

vm

Versión moderna

Parte 1

La autoridad suprema en materia de fe

Capítulo 1

La autoridad

“Si la gente no conoce a Jesús, simplemente no tiene conocimiento de Dios y punto. No hay manera de experimentar paz con Dios si no es por medio de Jesús”.

“Lo siento, pero con todo respeto debo discrepar con usted. Jesús es el centro de todo, de hecho, pero Dios se ha revelado en muchas otras formas. Tengo una amiga que está metida en lo de la Nueva Era y ella dice que realmente siente que Dios está en ella”.

Ideas como éstas se discuten constantemente entre los cristianos hoy en día. Pero en el calor de tales debates podemos pasar por alto un desacuerdo más básico, es decir, la autoridad religiosa. ¿Apelaremos solamente a lo que sentimos personalmente, o a la experiencia que la gente afirma haber tenido? ¿Arrojarán alguna luz sobre este asunto los hallazgos de los estudiosos de religión comparativa o de los psicólogos de la religión? ¿Y qué de la enseñanza bíblica?

Preguntas semejantes podrían plantearse acerca de muchos de los temas que se debaten continuamente; la existencia de Dios, la reencarnación, el hablar en lenguas, la resurrección, el cristiano y el activismo político, pluralismo religioso, etc. La raíz de los diversos puntos de vista adoptados está determinada principalmente por una decisión previa, hecha consciente o inconscientemente, acerca del asiento de la autoridad religiosa. Plantear el asunto de la autoridad tal vez no resuelva los desacuerdos, pero puede clarificar los verdaderos puntos de diferencia y de esa manera evitar innecesarias malas interpretaciones.

Cualquier exposición de la doctrina cristiana básica debe comenzar en este punto. ¿Cómo decidimos cuál es la enseñanza cristiana correcta? ¿A qué podemos apelar para resolver diferencias y conflictos? ¿Cuál es nuestro criterio de verdad? Estas son las preguntas que deben llamar nuestra atención en primer lugar.

El significado de la autoridad

La autoridad es el derecho o el poder de exigir obediencia. Hay una crisis de autoridad generalizada en la sociedad contemporánea, donde la única autoridad aceptable para muchos es la que conscientemente se imponen a sí mismos.

Desde la perspectiva de la fe cristiana, Dios tiene todo el derecho y el poder de exigir obediencia porque es el Creador y el Señor de todos. “Sé lo que Dios piensa de esto, pero no siento ninguna obligación de adecuarme a ello” es un sentimiento que ningún verdadero cristiano comparte. Podrán desobedecer la voluntad de Dios, incluso deliberadamente, pero siempre en contra de su propio entendimiento de lo que le corresponde. Su posterior mala conciencia le será un testimonio de que la autoridad de Dios todavía funciona y sigue siendo reconocida. La autoridad reside en Dios.

Cuando el cristiano capta este principio fundamental, el asunto de la autoridad se convierte en el problema práctico de encontrar la voluntad y el pensamiento de Dios con respecto a cualquier asunto. Pero ¿cómo encontramos a Dios y descubrimos su voluntad y su pensamiento? Más exactamente, ¿ha provisto Él alguna fuente desde la cual podamos llegar a su verdad y ponernos bajo su autoridad?

La fuente de la autoridad

A través de los siglos, los cristianos han apelado a una variedad de voces como fuentes de autoridad decisiva.

Los credos

Estos resúmenes de la verdad cristiana se produjeron en los primeros siglos para afirmar la esencia de la fe en tiempos de confusión teológica. El credo apostólico1 es el más antiguo y conocido, por tanto, merece mucha autoridad. Efectivamente, proporciona una serie útil de puntos de apoyo sobre los que se pueden asentar exposiciones de la fe cristiana, pero no sirve como fuente ni regla final de la verdad cristiana. En primer lugar, es demasiado general. Tiene valor en cuanto a controlar puntos de vista extremos, pero no proporciona una declaración suficientemente completa de las doctrinas en cuestión. Segundo, su reclamo de autoridad descansa en algo anterior y más primitivo: las enseñanzas de Jesucristo y sus apóstoles.

Las confesiones históricas

Estas declaraciones de la fe cristiana pertenecen al período de la Reforma y años posteriores, por ej., los 39 Artículos (1571) y la Confesión de Westminster (1647). Son mucho más completas que los credos, pero tampoco sirven como autoridad suprema. Primero, se trata de declaraciones “parciales” que reflejan puntos de vista de una rama de la iglesia universal, y, en consecuencia, contienen elementos que no podrían exigir el apoyo de las otras ramas. Además, son también declaraciones “secundarias”. Una mirada superficial muestra que justifican deliberadamente sus afirmaciones apelando a la enseñanza bíblica.

El pensamiento de la iglesia

Según este enfoque, la presencia de Dios en la iglesia implica que su voluntad se puede descubrir consultando la tendencia principal de la opinión cristiana, “el pensamiento de la iglesia”. Aunque no debemos despreciar sin más las creencias y convicciones de nuestros hermanos cristianos, hay grandes dificultades en adoptar esto como nuestra norma fundamental. El “consenso cristiano” es sumamente difícil de concretar. ¿A quiénes escuchamos: a los teólogos, al clero, a las comisiones eclesiásticas, a la opinión laica común, o a qué? Además, si este “pensamiento” es nuestra autoridad fundamental, cualquier conflicto de opinión nos trae a un callejón sin salida, ya que detrás de eso no hay autoridad. Por otra parte, ¿qué hacemos con el hecho de que a lo largo de los siglos el “consenso” de opinión en la iglesia no ha sido invariablemente fiel a la [...] fe encomendada una vez por todas a los santos (Jud 3), ni consecuente con el consenso de otras épocas?2

La experiencia cristiana

Este enfoque comienza con la experiencia humana concreta acerca de Dios y trata de identificar las doctrinas expresadas mediante esa experiencia. Muchos teólogos influyentes del siglo xix siguieron este camino. Pero tiene dos grandes dificultades. En nuestra experiencia de Dios, a veces tenemos que distinguir entre la verdad objetiva acerca de Dios, y nuestras propias opiniones subjetivas, limitadas y torcidas. Esta dificultad depende del hecho de ser criaturas caídas con mentes caídas. También limita la verdad cristiana, quitándole todo lo que está más allá de nuestra experiencia inmediata, por ej., la doctrina de la Trinidad.

La razón cristiana

Este punto de vista afirma que la verdad cristiana consiste en lo que podemos demostrar acerca de Dios mediante el razonamiento lógico, y tiene sus seguidores desde el siglo iii. Pocos excluirían realmente las consideraciones racionales al formular la verdad cristiana; pero de todos modos no sirve como autoridad esencial. La percepción de la verdad de la humanidad caída, especialmente en la esfera moral y espiritual, está severamente limitada: la mente de la criatura no puede abarcar al Creador; y este enfoque nunca puede captar la vitalidad de la religión bíblica auténtica.

La “voz interior”

Algunos afirman que Dios habla directamente en las profundidades de la conciencia, y que esta “voz interior” es la fuente máxima de autoridad. Esta idea se halla bastante generalizada en la actualidad, y frecuentemente se interpreta como la influencia del Espíritu Santo. Desde luego, incluye un elemento de verdad: el Espíritu Santo cumple un papel fundamental en la comprensión cristiana de la autoridad, pero obra esencialmente por medio de las Escrituras. Cualquier afirmación específica sobre esta influencia debe tratarse con escepticismo instintivo si no hace referencia a la Palabra escrita de Dios o recibe confirmación por la experiencia del grupo o la iglesia. La sinceridad de muchos de los que hacen ese tipo de afirmaciones no debe ocultar el inmenso peligro del engaño de sí mismos en ese sentido. Los informes de muchos consejeros cristianos dan amplia evidencia de los repetidos naufragios espirituales en ese escollo.

La fuente suprema

Ninguna de las fuentes mencionadas es adecuada para señalarnos la voluntad de Dios y ser la fuente autoritativa de la verdad cristiana, pero cada una contribuye. Los credos, las confesiones y el “pensamiento de la iglesia” afirman nuestro lugar en la antigua y universal Iglesia de Jesucristo. Su testimonio ha de tenerse en cuenta. La experiencia cristiana nos recuerda que la doctrina nunca es puramente intelectual, mientras que la razón cristiana insiste en que expresemos la doctrina de acuerdo con nuestras formas humanas de comunicación. Sin embargo, la fuente primordial de autoridad es el trino Dios mismo, como se nos da a conocer a través de las palabras de la Biblia. Esto combina tres verdades.

1. Dios ha tomado la iniciativa. Aprendemos de Él y nos sometemos a su autoridad directa por su decisión de darse a conocer a sí mismo y a su voluntad. Este proceso se denomina “revelación”.

2. Dios mismo ha venido a nosotros en Jesucristo, el Dios-hombre. Como Palabra y Sabiduría eterna de Dios, Jesucristo es el mediador de todo nuestro conocimiento de Dios (cf. Jn 1.1s; 14.6–9; 1Co 1.30; Col 2.3; Ap 19.13).

3. Nuestro conocimiento de Dios viene por medio de la Biblia. Él ha determinado que se escribiera, y a través de ella nos habla hoy como habló a su gente cuando se expresaron originalmente esas palabras. Debemos recibir la Biblia como las palabras de Dios para nosotros y reverenciarla y obedecerla como tal. A medida que nos sometemos a su autoridad, nos ponemos bajo la autoridad del Dios vivo, que se nos da a conocer principalmente en Jesucristo. Esta declaración concisa sobre la fuente máxima de autoridad se ampliará más adelante.

Pasajes bíblicos

Gn 1.1; Job 40.1–5; 42.1–6; Sal 95.6; Is 40.21–23; 45.9; Ro 9.19s; 11.33–36; Ef 1.11; Ap 4.9–11

Preguntas

1. Exprese el concepto cristiano de la autoridad.

2. Explore la importancia de este criterio para: (a) los cristianos que trabajan en todos los niveles de la educación; (b) asuntos del orden público; (c) el enfoque cristiano de las artes.

3. Resuma los puntos fuertes y débiles de las diferentes posiciones que aseveran ser la autoridad máxima en el campo de la verdad cristiana.

4. Bosqueje el consejo que daría a un cristiano que está tratando de encontrar la voluntad de Dios para un asunto específico.

Bibliografía

• Art. ‘Autority’ en ibd y ndt.

• D. A. Carson and J. D. Woodbridge (eds.), Scripture and Truth (ivp, 1983).

• C. F. H. Henry, God, Revelation and Autority 1 and 2 (Word Books, 1976).

• H. Heppe, Reformed Dogmatics (Baker, 1978).

• B. Ramm, The Pattern of Religious Autority (Eerdmans, 1975).

• P. Schaff, The Creeds of Christendom (Baker, 1977).

1. El título es algo engañoso. Este credo probablemente data del siglo iii y era un resumen de la fe que aprendían los candidatos al bautismo.

2. La Iglesia Católica Romana afirma que Cristo estableció un oficio de enseñanza en la persona de Pedro y sus sucesores como obispo de Roma; por lo tanto, el papado representa la voz de Dios. Algunas de las dificultades arriba mencionadas se aplican a esta pretensión. Las objeciones al planteamiento católico se verán con más detalle en la Parte 6.

Capítulo 2

La revelación

El significado de la revelación

Revelar significa descubrir algo que estaba oculto, para que se pueda ver y saber en qué consiste. La palabra principal del Antiguo Testamento que expresa este concepto, galá, viene de un término que significa desnudez (cf. Éx 20.26), pero con frecuencia se usa metafóricamente: en Isaías 53.1, el brazo de Jehová es literalmente desnudado en su obra de salvación (cf. Is 52.10). En 2 Samuel 7.27 (rv), [...] revelaste al oído de tu siervo significa literalmente desnudaste al oído de tu siervo. El equivalente griego, apokalypto, se usa en el Nuevo Testamento únicamente en el sentido teológico avanzado de dar a conocer realidades religiosas (cf. Lc 10.21; Ef 3.5).

Estas palabras expresan lo que se sobrentiende cada vez que la Biblia se refiere a que Dios habla y se relaciona con los hombres y las mujeres: la religión bíblica es una religión, una fe basada en la afirmación de que Dios ha venido a nosotros y se ha dado a conocer. Si queremos conocer a Dios, la revelación es indispensable por dos razones complementarias:

Somos seres creados

Dios, en el principio, creó [...] al ser humano (Gn 1.1, 27). Estas primeras palabras de la Biblia expresan la diferencia entre Dios y la especie humana. Dios como Creador existe libremente en forma independiente de nosotros; la criatura, en cambio, depende totalmente de Dios para su existencia (cf. el hombre y la mujer como “polvo” en Génesis 2.7; 3.19; Salmo 103.14). En consecuencia, Dios y el género humano pertenecen a diferentes categorías del ser3.

Esta diferencia no es absoluta. Estamos hechos “a imagen de Dios”; Dios se comunica con nosotros (Gn 1.28); Dios se hizo ser humano en el Señor Jesucristo (Jn 1.1, 14); Dios el Espíritu mora en los cristianos y los trae a una relación personal con Dios (Ro 8.9–17). Todos estos factores confirman un grado de correspondencia entre Él y la humanidad. Sin embargo, hay todavía una profunda e irreducible diferencia.

Esta diferencia en el ser implica una diferencia en el conocer: ¿Quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios (1Co 2.11). Sólo Dios conoce verdaderamente a Dios. Ya que Él es el creador y el Señor del ser humano, su conocimiento incluye nuestro conocimiento de nosotros mismos (Sal 139.2s); pero nuestro conocimiento no incluye el conocimiento que Dios tiene de sí mismo4. Nuestra condición de seres creados, en consecuencia, requiere que Dios se revele a sí mismo si hemos de tener un adecuado conocimiento de Él. Incluso el Adán anterior a la caída necesitaba que Dios le hablara personalmente para poder saber la voluntad de Él (Gn 1.28ss; 2.16s).

Somos pecadores

Nuestra necesidad de revelación se intensifica enormemente por causa de nuestro pecado. La caída ha afectado cada aspecto de nuestro ser, sobre todo nuestra percepción de las realidades espirituales y morales. El pecado nos vuelve espiritualmente ciegos e ignorantes de Dios (Ro 1.18; 1Co 1.21; 2Co 4.4; Ef 2.1s; 4.18).

En consecuencia, no hay camino desde nuestra percepción intelectual y moral hacia un genuino conocimiento de Dios. El único acceso para llegar al conocimiento de Dios es que Él se sitúe voluntariamente dentro de nuestro campo de percepción y renueve nuestro caído entendimiento. Por tanto, si queremos conocer a Dios y tener una base correcta para nuestra comprensión y experiencia cristiana, es indispensable la revelación.

La probabilidad de la revelación

Si Dios es nuestro Creador, alguna forma de revelación es tremendamente probable, puesto que podemos suponer que Él nos hizo con un propósito. Y como sus criaturas son evidentemente seres sensibles, con tendencias inherentes para relacionarse, también podemos suponer que el propósito de Dios al crearnos implicaba algún tipo de relación y sensibilidad hacia Él mismo. Tal sensibilidad y relación requiere revelación de alguna clase; en consecuencia, la creación misma parece implicar revelación. Efectivamente, ¿sería posible que un Creador a todas luces inteligente y sabio dejara a sus criaturas andar a tientas en la oscuridad en busca de alguna clave de su existencia y no darse a conocer? Tal pensamiento es realmente absurdo.

Si suponemos, además, como hacen vagamente muchos, que el Dios Creador es amoroso, la probabilidad de la revelación se vuelve aplastante. Ningún padre amoroso se mantendría deliberadamente fuera de la vista y campo de referencia de sus hijos para que crecieran ignorantes de su existencia. Aunque no podemos equiparar el amor humano al amor de Dios, podemos suponer un grado de identificación suficiente para interpretar un ocultamiento deliberado y total de Dios como una negación del amor. Debido a la caída, nuestra capacidad para percibir y sacar provecho total de esa revelación está severamente restringida, como veremos a continuación.

La revelación general

Los teólogos generalmente distinguen entre dos ramas principales de la revelación: la “general” y la “especial”. La revelación general es la revelación de Dios a todas las personas en todas partes. Tiene varias formas y características.

La creación

En Romanos 1.18–32, Pablo explica el juicio de Dios sobre el mundo gentil (los no judíos) de sus días. Dios los entregó (1.24, 26, 28) a las tendencias autodestructivas de su naturaleza caída porque a pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias [...] (1.21), sino que cambiaron la gloria del Dios inmortal [...] cambiaron la verdad de Dios por la mentira [...] estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios (1.23, 25, 28). Este conocimiento perdido de Dios consistía en que reconocieran las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que Él creó [...] (1.20). Según eso, [...] nadie tiene excusa (1.20). Esta revelación de Dios data desde la creación del mundo (1.20); en consecuencia, parece que Pablo ve el orden creado como la revelación de Dios a toda criatura para dar a conocer su eterno poder y deidad, lo que las obliga a reconocerlo y darle gloria y gracias (1.20s). En Hechos 14.17, Pablo informa a los paganos de Listra que Dios no ha dejado de dar testimonio de sí mismo; esto lo confirma su bondad, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón. Hechos 17.26s se refiere al orden de Dios en los asuntos individuales y nacionales para que todos los seres humanos busquen [a Dios] y, aunque sea a tientas, lo encuentren.

La experiencia moral

Romanos 2.14s afirma que cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige [...] muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan. Es decir que los conflictos de la conciencia humana se relacionan con los resultados del juicio final de Dios (Ro 2.16, cf. 1.32). Los profetas del Antiguo Testamento hablan con frecuencia de los justos juicios de Dios sobre las naciones gentiles, aunque estas naciones no habían conocido la ley del Antiguo Testamento (por ej., Jer 46.51; Am 1.6–2.3). El Nuevo Testamento reconoce que la conciencia no cristiana está calificada para juzgar la conducta general de los cristianos (por ej., 1Ti 3.7; 2P 2.12). Efectivamente, el llamado moral del evangelio, su afirmación de que todos han pecado (Ro 3.9–23), su llamado al arrepentimiento (Hch 17.30), su interpretación de la obra de Cristo en términos morales (Ro 3.21–26; 1Co 15.3), todo supone una verdadera continuidad entre la experiencia moral universal y la del creyente; esto, a su vez, implica cierta conciencia de la voluntad de Dios por parte de los no cristianos.

Estas citas bíblicas confirman el hecho de que Dios se ha revelado a todos en los conflictos de su experiencia moral. Ello no se invalida por las discrepancias entre los códigos morales humanos. Aunque Dios se revela a sí mismo en la conciencia del incrédulo, a causa de la caída, el conocimiento de la voluntad de Él que tienen los no cristianos de ninguna manera es perfecto. El pecado causa una torpeza moral que tuerce toda nuestra conciencia de Dios y de su voluntad. Los dictados de la conciencia de los incrédulos no son, en consecuencia, “la voz interior de Dios” en un sentido inequívoco. Nuestra idea limitada, pero esencial, es que “Dios no se ha dejado a sí mismo sin testimonio”; en todos los conflictos morales de la experiencia humana todos tenemos cierta conciencia de que el sentido de obligación de hacer el bien y rechazar el mal refleja la voluntad de un Señor supremo ante quien somos finalmente responsables.

Esto no “demuestra” la existencia de Dios más de lo que puede hacerlo la revelación general por medio de la creación. Más bien las Escrituras afirman que de hecho Él da testimonio de sí mismo a todas las personas en estas dimensiones de su experiencia, sea o no posible verificar esto por medio de la deducción racional.

Podemos mencionar brevemente un aspecto adicional de la revelación general, al que a veces se hace referencia, aunque su base bíblica es menos segura.

El sentimiento religioso universal

El instinto para adorar parece ser un fenómeno humano universal. Los antropólogos todavía no han encontrado ningún pueblo, por muy primitivo que sea, que carezca de un sentido de sobrecogimiento ante lo sobrenatural. Calvino se refiere a “un sentido de deidad”, el cual ha sido implantado en el corazón humano, y Lutero afirma que “El ser humano debe tener a Dios o a un ídolo”. Se toma a Juan 1.9 como referencia para apoyar esta forma de revelación general (ver también Salmo 139.1–18).

El factor dinámico

Sin embargo, la revelación de Dios no es imparcial y objetiva como una exhibición de museo. Más bien es una realidad dinámica continua; Él se revela de manera reiterada, el ser humano resiste repetidamente, oscureciendo y haciendo uso indebido de la revelación (Ro 1.21–28). En consecuencia, solamente con una actitud de total sumisión y obediencia se puede encontrar verdaderamente la revelación de Dios. Cuando las personas se niegan a adoptar esa actitud, probablemente cierran la puerta para cualquier futura revelación (Mt 25.29; Lc 8.18; cf. Herodes en Mr 6.21–28 y Lc 23.9).

Una persona que resiste repetidamente la revelación de Dios puede con el tiempo volverse incapaz de reconocerla o responder a ella. La Biblia no desconoce a la “persona secular” que no manifiesta interés por la realidad de Dios. Lo que sí afirma es que Dios es justo. Él se revela a todas las personas en algún momento u otro del peregrinaje de su vida. Cuando la persona resiste esa luz y el corazón se endurece contra ella, la luz probablemente será quitada.

Puesto que por ser pecadores todos (en la práctica) reaccionamos constantemente contra la revelación de Dios precisamente de esa manera, y a pesar de la evidencia de la bondad y el amor de Dios para con nosotros, uno de los comentarios más acertados que se pueden hacer respecto a nosotros es sencillamente que somos unos necios (Sal 14.1; Ro 1.22).

Sus efectos

Si la revelación general adolece de tantas limitaciones. ¿cuál será su importancia?

En primer lugar, refleja la bondad de Dios. La estabilidad de la sociedad humana, debido a la sanción de la ley moral, es fruto de la revelación general. Nuestro sentido de obligación moral —por medio del cual distinguimos entre el bien y el mal, el pecado se mantiene a raya, y en general la vida humana funciona tolerablemente sin que continúe sumergida en desaforadas explosiones de maldad— se debe en definitiva a la revelación de Dios, por poco que ello se reconozca.

En segundo lugar, debido al estado caído del ser humano, en la práctica, la revelación general nos hace culpables ante Dios. Él no se ha dejado sin testimonio. A lo largo de la experiencia de sus vidas, se dirige a todas las personas. Si extinguimos la luz que se nos da, la responsabilidad de la oscuridad que le sigue recae sobre nosotros. Dios siempre es veraz, aunque el hombre sea mentiroso [...] (Ro 3.4). De ese modo, se cuestiona al pueblo de Listra por haber hecho de la “bondad de Dios” un objeto de idolatría. (Hch 14.11–18).

Esta verdad es particularmente importante para la evangelización cristiana. Cada cual es convocado por Dios y en consecuencia es responsable de toda falta de una verdadera relación con Él. Esta culpabilidad humana universal está implícita en el evangelio. Desde luego, las personas serán juzgadas al final según la luz y las oportunidades que hayan tenido, las que evidentemente no son iguales para todos (Mt 13.11; Lc 10.13s; cf. “El juicio”, pp. 413–417). La Biblia, sin embargo, enseña claramente que esa luz llega en alguna medida a todos, y todos luego incurren en pecado por desconocer a Dios.

Sus limitaciones

La revelación general era insuficiente aun para Adán antes de la caída; una relación significativa de este con Dios, y con conocimiento de Él, se hizo realidad solamente cuando Dios se dirigió a Adán directamente (Gn 1.28s; 2.17s). El pecado arruinó esta relación y conocimiento, abriendo un abismo entre nuestro pensamiento y experiencia y el ser y la naturaleza de Dios. La revelación general es incapaz de franquear el abismo. Como lo expresa Pablo (1Co 1.21), a pesar de toda su sabiduría, el mundo dejado a sí mismo no conoce a Dios.

De acuerdo a esto, ya que la revelación general no es suficiente, hace falta una revelación más completa y detallada. Si hemos de conocer a Dios, “corresponde a Dios dar testimonio de sí mismo desde el cielo” (Calvino).

En resumen, la Biblia enseña claramente que “Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio”. Nosotros vivimos en el mundo de Dios como criaturas de Dios; estamos en todo momento “ante el ojo de Dios” (Lutero). A pesar de los efectos enceguecedores del pecado, no podemos alegar total desconocimiento de Él. Por medio de la revelación general, Dios ha manifestado a la humanidad algo de su naturaleza y sus propósitos.

La revelación especial

La revelación especial muestra las formas en que Dios se ha dado a conocer con una claridad y plenitud que van mucho más allá de la revelación general. Tiene por centro el milagro de la encarnación y se expresa por medio de las palabras divinamente inspiradas de la Biblia. En consecuencia, la revelación especial asume más de una forma.

Jesucristo

La forma suprema de la autorrevelación de Dios se dio cuando se encarnó en la persona de Cristo Jesús (Jn 1.1s, 14). En este “gran milagro” (C. S. Lewis) Dios tendió un puente sobre la brecha que separaba al Creador de la criatura cuando Él mismo [...] se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo [...] manifestarse como hombre (Fil 2.7, 8). En Jesucristo, Dios está presente en persona y su carácter y naturaleza esencial son revelados a nosotros. [...] El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14.9). Esta identidad del Padre e Hijo es decisiva en nuestro conocimiento de Dios. Jesús no es una imagen parcial o transitoria de Dios que necesita complementarse con otras imágenes y cuadros de otros lugares y de otros tiempos. Él es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Él es (Heb 1.3). En Jesucristo, nos confrontamos con el corazón eterno de Dios. Jesucristo es, por tanto, el centro y la cumbre de toda revelación divina.

Las Sagradas Escrituras

Más adelante consideraremos específicamente la Biblia. Aquí simplemente afirmamos su aseveración de que transmite las palabras de Dios a sus criaturas (Jn 10.35; Ro 3.2; 2Ti 3.16). Estas palabras fueron habladas y escritas originalmente a determinadas generaciones, pero por su divina providencia tienen vigencia para todas ellas (Hch 7.38; Ro 15.4; 1Co 10.11).

La correlación de estas formas

Estas formas no pueden estar separadas. Cristo, la Palabra encarnada, se da a conocer por medio de la Palabra escrita de Dios: la Biblia. Desde luego, conocer a Cristo es una realidad más rica que la simple familiaridad con las enseñanzas bíblicas acerca de Él. Pero el Cristo que conocemos por la experiencia personal es el Cristo del testimonio bíblico; no hay otro. La respuesta salvadora a Cristo envuelve el compromiso con Él en los términos del testimonio que de Cristo dan las Escrituras.

A la inversa, la Palabra escrita no se puede separar de la Palabra encarnada. Solamente se puede interpretar correctamente la Biblia desde la perspectiva de una fe viva en Cristo, que es su tema central, la culminación y el objeto de toda la revelación bíblica de la persona y los propósitos de Dios.

¿Una tercera forma?

Algunos autores hacen referencia a una tercera forma de revelación especial: el testimonio que los cristianos dan del evangelio. Esto abarcaría la predicación formal y toda clase de testimonio o enseñanza cristiana informal. Aunque no se puede poner al mismo nivel que Cristo Jesús y las Escrituras, el testimonio cristiano sí vincula estas dos formas primarias de revelación especial con nuestra experiencia actual, como lo hizo en los días de los apóstoles (Hch 2.37s; 8.4s, 26s; 11.20). Sin embargo, la predicación y el testimonio cristiano sólo pueden apoyar la revelación de Dios si expresan fielmente su Palabra, tanto encarnada como escrita.

Revelación redentora

La revelación especial constituye un tremendo avance frente a la revelación general; es mucho más lo que se manifiesta de Dios por medio de la cruz de Cristo que por un cielo encendido de estrellas. Sin embargo, a causa de la naturaleza del ser humano, incluso la revelación especial en Cristo y las Escrituras no es suficiente para darnos un pleno y satisfactorio conocimiento de Dios. Si Adán se hubiera mantenido “justo”, la revelación especial habría sido totalmente suficiente como lo era antes de la caída (Gn 2.16). Sin embargo, las criaturas caídas tienen una tendencia inherente a resistir toda clase de revelación divina y a alejarse de ella. Muchos judíos de los tiempos de Jesús rechazaron tanto las Escrituras (Mt 15.6; 22.29) como a Cristo mismo (Jn 19.15; Hch 7), y todo testigo cristiano se lamenta por la misteriosa capacidad de las personas para resistir no sólo la revelación general de Dios en la naturaleza y en la conciencia, sino también la Palabra de Dios, escrita, encarnada y predicada. Detenemos o sofocamos la verdad de Dios (Ro 1.18; 2Co 4.4). Si vamos a conocer verdaderamente a Dios, entonces la revelación debe redimir a la vez que informar, al mismo tiempo que enseñar.

Por la maravillosa gracia de Dios, ese es precisamente el carácter de su revelación especial en Cristo y las Escrituras. Estas registran la progresiva revelación de Dios mismo y su plan de salvación para nosotros. Su centro radica en la cruz donde Cristo murió por nuestros pecados (1Co 15.3) para superar la barrera que nos impide conocer verdaderamente a Dios. El Espíritu Santo hace efectiva la redención de Cristo, sometiendo nuestra voluntad rebelde y abriendo nuestros ojos ciegos para que podamos creer el evangelio y así permitirnos entrar al reino de Dios y conocerlo verdaderamente (Jn 3.1ss; 15.26; 1Ts 1.5; Tit 3.5).

En resumen, la revelación de Dios tiene dos partes principales: una revelación general para todos, principalmente por medio de la naturaleza y la conciencia; y una revelación especial por medio de Cristo y las Escrituras. Sin embargo, la revelación especial requiere una división más: algunos la rechazan, pero otros la reciben por el ministerio del Espíritu Santo, que les permite creer en Cristo. En este caso final, podemos hablar de una verdadera revelación, la cual conduce a un verdadero conocimiento de Dios.

Pasajes bíblicos

• La revelación en general: Dt 29.29; Is 55.8s; Dn 2.22; Ro 1.18; 1Co 1.21; 2.6–14

• Nuestra necesidad de revelación

(1) como criaturas: Gn 2.7; Job 12.13–25; 42.1–6; Sal 103.14

(2) como pecadores: Job 37.19; Sal 73.22; 82.5; Jer 17.9; Hch 17.23, 30; Ro 1.18–32; 1Co 1.21; 2Co 4.4; Ef 2.1s; 4.18

• Revelación general: Sal 19.1s; Jn 1.9; Jer 46–51; Am 1.2–2.5; Ro 1.18–32; 2.14s; Hch 14.17; 17.26s; 2Co 4.2

• Revelación especial: Éx 31.18; 2R 22; Sal 19.7–11; Is 55.11; Jer 20.9; Mr 7.13; Jn 1.1–18; 10.35; 14.6; 1Co 1.21, 30; 2Co 4.6; Gá 1.12; Col 2.2s; 2Ti 3.16; Heb 4.12; 2P 1.21

• La obra del Espíritu: Jn 3.1–16; 14.25; 15.26; 16.13s; 1Co 2.4–16; Ef 1.17; 1Ts 1.5; 1Jn 2.20, 27; 3.24; 5.7s

Preguntas

1. “Sólo Dios puede dar testimonio adecuado de sí mismo”. “Podemos conocer a Dios únicamente cuando Él se pone al alcance de nuestro conocimiento”. ¿Pueden apoyarse estas ideas basándose en la Biblia? Investigue la importancia de la manera en que podemos llegar a conocer a Dios.

2. Distinga entre la revelación general y la especial. ¿Es una distinción necesaria? ¿Puede sugerir una terminología alternativa?

3. ¿Cuál es la importancia de la revelación general para: (a) la evangelización; (b) el concepto cristiano de la cultura; (c) la apologética o defensa de la fe cristiana; (d) el concepto cristiano del Estado?

4. ¿Hay algún sentido en que Dios sea conocido en otras religiones del mundo?

5. ¿En qué sentido puede la conciencia ser una guía para conocer a Dios?

6. Explore la relación entre Cristo y las Escrituras en la revelación cristiana.

7. ¿Cuál es la función del Espíritu Santo para que podamos llegar a conocer verdaderamente a Dios?

Bibliografía

• Art. ‘Autority’ en ibd y ndt.

• G. C. Berkouwer, General Revelation (Eerdmans, 1995).

• J. Calvin, Institutes of the Christian Religion, 1–3. Institución de la religión cristiana (Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1968).

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• L. Morris, I Believe in Revelation (Hodder, 1976). Creo en la revelación (Editorial Caribe-Betania, 1979).

• J. I. Packer, God Has Spoken (Hodder, 2° ed, 1979) La voz del Dios Santo (Editorial Vida, 2008).

• B. Ramm, Special Revelation and the Word of God (Eerdmans, 1961). La revelación especial y la Palabra de Dios (Editorial La Aurora, 1967).

3. El término técnico para este tipo de distinción es ontológica; una distinción en el ser.

4. El término técnico para este tipo de distinción es epistemológica; una distinción en el conocer.

Capítulo 3

Las escrituras

La biblia: la forma material de la revelación especial

La revelación especial de Dios nos viene por medio de la Biblia. Por ella nos enteramos acerca de Jesús y nos encontramos con Él. Es la base y la norma para toda predicación y enseñanza cristiana, y, por tanto, se la puede describir como la forma material de la revelación divina especial. Esto significa varias cosas:

La condescendencia de Dios

Nuestro conocimiento de Dios depende de que Él se haya dignado comunicarse con nosotros. Como un adulto que habla con un niñito, Dios ajusta su lenguaje y forma de expresión a nuestra capacidad. “Como las nodrizas con las criaturas, Dios acostumbra a ‘balbucear’ en cierta medida al hablar con nosotros” (Calvino; cf. 1Ts 2.7). Por tanto, no debemos ofendernos por el lenguaje directo de la Biblia o por su contenido frecuentemente mundano.

Posibilidad de la revelación verbal

La afirmación de que Dios ha hablado por medio de las palabras de la Biblia, corresponde a la suposición cristiana de un Dios personal no creado. Él puede perfectamente comunicarse al nivel de sus propias criaturas racionales y hablantes por medio del lenguaje. Negar la revelación verbal en principio, como hacen algunos, es en efecto negar la realidad de un Dios creador. Aquel que ha formado la boca, ¿no podrá hablar? (cf. Sal 94.9).

Verdad analógica

Al darse a conocer al ser humano, Dios usa el principio de la analogía, por medio de la cual algo que pertenece a una esfera de la experiencia y el lenguaje, se usa para explicar algo de otra esfera. La revelación especial se relaciona con la esfera de la experiencia de Dios de sí mismo y su propia expresión eterna de esa experiencia, por un lado, y la esfera de la experiencia humana y nuestra expresión de ella, por otro. Dios elige aquellos elementos de nuestra esfera de experiencia y lenguaje que puedan servir como analogías pertinentes de la verdad de su propia esfera de experiencia y expresión de sí mismo. Únicamente Él se conoce a sí mismo, pero como Creador y Redentor también nos conoce a nosotros, y puede, por tanto, establecer soberanamente puntos de contacto donde su esfera de experiencia se refleje verdaderamente en la nuestra. Las Escrituras son la expresión material de esta autorrevelación de Dios.

Es obvio que la cosa análoga no refleja plenamente la verdad de lo que es únicamente una analogía. Retenemos nuestras limitaciones humanas; el lenguaje de la Biblia sigue siendo humano. No toda la verdad de Dios puede transmitirse por medio del lenguaje. Las Escrituras mismas distinguen las “cosas secretas” que pertenecen a Dios, de las cosas “reveladas” que [...] nos pertenecen a nosotros y para nuestros hijos para siempre