Contigo pan y cebolla - Manuel Eduardo de Gorostiza y Cepeda - E-Book

Contigo pan y cebolla E-Book

Manuel Eduardo de Gorostiza y Cepeda

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Beschreibung

Contigo pan y cebolla, estrenada en 1833 en México, es una obra de José Gorostiza escrita en prosa con un mensaje moralizante, pero lleno de gracia y humor. En las obras de Gorostiza se advierte la transición entre neoclasicismo y romanticismo, además fue un renovador del arte escénico. La presente edición incluye textos de presentación de José María Roa Bárcena y Mariano José de Larra.

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Seitenzahl: 101

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Manuel Eduardo De Gorostiza

Contigo pan y cebolla

Presentaciones de José María Roa Bárcena y Mariano José de Larra

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Contigo pan y cebolla.

© 2024, Red ediciones S.L

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN tapa dura: 978-84-1126-143-2.

ISBN rústica: 978-84-9953-017-8.

ISBN ebook: 978-84-9953-016-1.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org.) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Presentación 7

Crónica de «Contigo pan y cebolla» 13

Contigo pan y cebolla 17

Personajes 18

Acto primero 19

Escena I 19

Escena II 22

Escena III 24

Escena IV 26

Escena V 28

Escena VI 31

Escena VII 31

Escena VIII 33

Escena IX 37

Acto segundo 39

Escena I 39

Escena II 41

Escena III 43

Escena IV 44

Escena V 48

Escena VI 50

Escena VII 57

Acto tercero 61

Escena I 61

Escena II 62

Escena III 63

Escena IV 68

Escena V 74

Escena VI 75

Escena VII 76

Acto cuarto 81

Escena I 81

Escena II 88

Escena III 89

Escena IV 90

Escena V 92

Escena VI 96

Escena VII 97

Escena VIII 100

Escena IX 102

Escena X 104

Escena última 105

Libros a la carta 111

Presentación

Gorostiza nació en nuestro puerto de Veracruz el 13 de octubre de 1789, de una familia española distinguida, cuyo jefe, el general don Pedro de Gorostiza, vino a la Nueva España con el segundo Conde de Revillagigedo, de quien era pariente o amigo, a encargarse del mando civil y militar de aquella plaza. Su madre, doña María del Rosario Cepeda, contaba entre sus ascendientes a Santa Teresa de Jesús, y había heredado su ingenio y afición al estudio, de que dio buenas pruebas en Cádiz. Muerto don Pedro en 1794, la viuda regresó a Madrid con tres hijos, siendo nacidos en España don Francisco, en quien debía recaer el mayorazgo, y don Pedro Ángel, después matemático notable y a quien como literato elogia don Eugenio de Ochoa en el «Tesoro del Teatro Español».

El menor, nuestro don Manuel, habiendo recogido el primero los bienes patrimoniales y abrazado el segundo la carrera de las armas, fue destinado a la Iglesia y emprendió los estudios necesarios. Si aprovechólos, como después lo demostró, la vocación sacerdotal no le vino, y con ayuda de sus hermanos, pajes de la familia real a la sazón, obtuvo plaza de cadete, presentándose a la madre el día menos pensado con uniforme militar en vez de hábitos.

La invasión francesa le halló listo a la defensa de la que entonces era su patria, como la invasión norteamericana le había de hallar muchos años después entre los más distinguidos defensores de su tierra natal. Era capitán de granaderos en 1808; batióse contra los franceses, derramando a ocasiones su propia sangre, y ya coronel, y cambiadas las circunstancias públicas, abandonó las armas en 1814 para entregarse a las letras. Ya en 1821 había escrito y hecho representar en Madrid sus primeras comedias «Indulgencia para Todos», «Tal para cual», «Las Costumbres de Antaño» y «Don Dieguito»; pero el torbellino de la política habíale envuelto en su tromba.

El odio a los invasores no le preservó del virus de la revolución francesa, y la actitud y las leyes de las Cortes de Cádiz tuviéronle de admirador y partidario. Ni era fácil, supuestas las ideas dominantes, cuya filiación española databa del reinado de Carlos III, que un joven de su carácter e inclinaciones dejara de formar en el bando de los Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano y Quintana, y a que en esfera menos activa pertenecían hasta hombres que, como Gómez Hermosilla y Moratín, aceptaron el gobierno efímero de José Bonaparte. Gorostiza llevó a la política la actividad y fogosidad de su carácter y de sus verdes años; y el príncipe que había asombrado al mundo con los rasgos de su deslealtad filial en Aranjuez, de su humillación y bajeza en Valencey, y de su versatilidad, falsedad y crueldad en el trono, al recobrar el poder absoluto y enviar a los presidios de África a los más ilustres ministros y consejeros de su período constitucional, no podía haberse olvidado del fecundo y entusiasta orador liberal de la «Fontana de Oro».

Proscrito don Manuel Eduardo y confiscados sus bienes, salió de España, recorriendo diversas capitales europeas y deteniéndose algún tiempo en Londres, donde residían otros muchos emigrados españoles. Compartió con ellos las penalidades y escaseces del destierro, tanto más duro para él cuanto que tenía que atender a familia propia, pues se había casado en Madrid con doña Juana Castilla y Portugal. Las letras, que solo por afición cultivó antes, fuéronle ahora recurso eficaz de subsistencia. Escribía en periódicos sobre materias varias, y especialmente contra el absolutismo dominante en España.

En 1822 había publicado en París su «Teatro Original», con las comedias que acabo de citar y que aparecieron dedicadas a Moratín; y tres años después, imprimió en Bruselas su «Teatro Escogido», en que de la edición anterior solo reprodujo «Indulgencia para Todos» y «Don Dieguito», presentando como nuevas piezas «El Jugador» y «El Amigo Íntimo», y poniendo al frente su retrato, que es el generalmente conocido y que no da idea de la vivacidad y animación de su gesto. Entretanto, México había realizado su independencia, y siguiendo la propensión que en su adolescencia acompaña a los pueblos como a los individuos, de llamar la atención ajena y de crearse relaciones que prometen grandes bienes, trataba de hacerse representar dignamente en el exterior, y por medio de sus agentes invitó a Gorostiza a asumir la ciudadanía mexicana y a encargarse de importantes comisiones diplomáticas. A consecuencia de ello, nuestro representante en Londres, don José Mariano de Michelena, en julio de 1824 dirigió al Gobierno un ocurso de Gorostiza ofreciendo sus servicios a México; y antes de terminar el año, se le encargó una misión confidencial en Holanda. Su familia, que había quedado en Madrid, se le reunió después en Bruselas de donde en 1829 pasó don Manuel de encargado de negocios a Londres. De esta última corte, y siendo ministro plenipotenciario, después de la caída de Carlos X, fue dos veces a París con el carácter de enviado extraordinario, logrando ajustar nuestro primer tratado de amistad y comercio con Francia. Tuvo, además, misión confidencial de la administración de Bustamante para arreglar el reconocimiento de nuestra independencia por España, de que se desistió en virtud de sus informes; había estado asimismo con carácter diplomático en Berlín, y para apreciar el resultado general de sus gestiones, bastará recordar que él negoció casi todos nuestros primeros tratados con potencias extranjeras. Por entonces, escribió e imprimió en Londres su obra dramática más notable a mi juicio, «Contigo pan y cebolla»; refundió «Las costumbres de antaño», y dio a luz una «Cartilla política» que acaso aun más que sus servicios diplomáticos le ganaría la voluntad de nuestros hombres de 1833. Vino en ese año con su familia a México, hallando desde Veracruz cordial y entusiasta recibimiento; y supuesto su positivo mérito y lo avanzado de sus ideas liberales, nada extraño fue verle aquí nombrado bibliotecario nacional y síndico del Ayuntamiento, ni que la administración de Gómez Farias le hiciera miembro de la Dirección General de Instrucción Pública, en que figuraban Rodríguez Puebla, Quintana Roo y algunos otros personajes, y que, como es sabido, llegó a ser una especie de consejo privado en que se discutieron y resolvieron las más graves cuestiones políticas de la época.

El historiador Mora, Ercilla de esta nueva Araucana, habla de la aquiescencia de Gorostiza respecto de las medidas dictadas en materias eclesiásticas, y de la parte activa que tomó en el plan de secularización de la enseñanza y en la formación de la biblioteca; pero de su animado relato de aquellos días terribles en que se proscribían en masa los partidos, nada se deduce en menoscabo de los humanos sentimientos del autor de «Indulgencia para todos», ajeno a los odios y a las persecuciones personales que anublaban el horizonte, y en cuanto a sus ideas y tendencias políticas, si las ensalzara perdería yo todo derecho a vuestro aprecio. Cambiaron los tiempos; pero, puestas ya en relieve las altas dotes de nuestro don Manuel Eduardo, siguió desempeñando a intervalos papel notable en la administración pública, ya como consejero, ya como ministro de Relaciones o de Hacienda, cuyas secretarías tuvo diversas veces a su cargo; ya, en fin, como plenipotenciario en el arreglo de las cuestiones que en 1838 provocaron la guerra con Francia.

Infatigable en su actividad, la consagraba ora a la instrucción general y a la de los niños de la Casa de Corrección, cuyo establecimiento fue objeto particular de sus desvelos; ora al teatro, cuya afición jamás le faltó, y a que dio impulso por todos los medios posibles, haciendo venir, en mucha parte a su costa, la primera compañía de ópera, y constituyéndose empresario del Principal, para cuyo fomento refundió y tradujo multitud de piezas extranjeras, entre ellas la «Emilia Galotti», obra de bastante mérito, del dramaturgo alemán Lessing. Aun debía figurar, sin embargo, en escenario más importante y noble, y sus últimos años nos ofrecen hechos merecedores de eterna recordación y que vinieron a coronar dignamente una vida empleada casi toda en el servicio de su patria. Refiérome a su misión diplomática en los Estados Unidos y a la parte que tomó en 1847 en la defensa del territorio nacional.

•••••

Tras las batallas de Palo Alto y Resaca, la toma de Monterrey, la jornada gloriosa aunque estéril de la Angostura, la ocupación de Tampico, la rendición de la humeante y heroica Veracruz y el tremendo desastre de Cerro Gordo, el cañón norteamericano tronó en el Valle mismo de México, y un pueblo vencido ya en cien combates, pero conservando el ánimo sereno que heredó de sus dos razas progenitoras, se agrupó en torno de sus banderas destrozadas a defender la capital de la República. El diplomático ilustre que había sostenido en Washington la causa de la justicia, la causa nacional, quiso pelear por ella como soldado, aspirando a sellar con su propia sangre sus palabras y sus escritos. Levantó y organizó un batallón de artesanos, denominado de «Bravos,» y cuando los restos del brillante cuerpo de ejército debelado en Padierna retirábanse en confusión ante las bayonetas del vencedor, el anciano de cerca de sesenta años, fuerte y valeroso y resuelto como en los días de su juventud, se apostaba a la cabeza de sus guardias nacionales en el convento de Churubusco, deteniendo el paso al enemigo hasta quemar el último cartucho y recibirle impávido con los brazos descansando sobre las armas. Si la gloria humana no es sueño, Gorostiza alcanzóla ese día, recibiendo sus palmas en el respeto y la admiración de sus adversarios. Tal fue el último rasgo de su vida pública y en la privada comenzó desde entonces a gustar el cáliz de amargura que tarde o temprano llevamos todos a los labios en el huerto del mundo.

La muerte de una hija suya, las quiebras mercantiles que acabaron con su modesta fortuna, la ingratitud de los gobiernos: todas esas nieblas frías que traen consigo sobre la frente del hombre los vientos de la adversidad al doblarle como frágil caña hacia la tierra que ha de recibir sus despojos, quebrantaron su ánimo, debilitaron su físico, y recibiendo en un ataque cerebral el golpe de gracia, rindió el alma al Criador el 23 de octubre de 1851, en Tacubaya.

José María Roa Bárcena

Crónica de «Contigo pan y cebolla»