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"En un mundo que no dispone del testimonio del humanismo cristológico de Dios, el politeísmo de los dioses racistas y corporativos ocupa la escena." En este libro, casi en forma de "manifiesto", Sequeri analiza las idolatrías de la sociedad posmoderna que han inducido su degradación antropológica. La sociedad de consumo y la cultura del espectáculo se erigen sobre cuatro ídolos "mentales": la eterna juventud, el crecimiento económico y el dinero fácil, el totalitarismo de la comunicación y la irreligión de la secularización. Estas figuras evocan objetos y hechos que nada tienen en sí de demoníaco o de idolátrico. Y en eso reside la gravedad de la insidia: la idolatría de mayor éxito se afianza gracias a la exaltación de lo que promete ser una realización fácil del deseo colectivo. Sequeri no se limita a criticar estos ídolos, sino que trata de imaginar los movimientos necesarios para contrarrestarlos: "Nosotros, pueblos cristianos de Occidente, hemos merecido las consecuencias de esta recaída en el paganismo. Pero podemos desenmascarar la estupidez de la cultura que pretende representarnos, y abrir mil lugares de liberación […] El ídolo de lo posmoderno no nos representa."
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Seitenzahl: 115
Veröffentlichungsjahr: 2014
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CUBIERTA
PORTADA
PIERANGELO SEQUERI
CONTRA LOS ÍDOLOS POSMODERNOS
Traducción de MARIA P
PÁGINA DE CRÉDITOS
Título original: Contro gli idoli postmoderni
Traducción: Maria Pons Irazazábal
Diseño de portada: Stefano Vuga
Maquetación electrónica: Addenda
© 2011, Lindau s.r.l., Turín
© 2014, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN digital: 978-84-254-3371-9
Depósito legal: B-22.388-2014
Primera edición digital, 2014
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyrightestá prohibida al amparo de la legislación vigente.
Herder
ÍNDICE
PRÓLOGO
JÓVENES
Puer æternus?
Iniciación a término
CRECIMIENTO
Eros de la acumulación
El canon inverso de la polis
COMUNICACIÓN
El medio como sujeto
Serpientes y palomas
SECULARIZACIÓN
Libertad e irreligión
El humanismo del Nombre
INFORMACIÓN ADICIONAL
Ficha del libro
Biografía
Otros títulos
PRÓLOGO
Vi subir de la tierra otra bestia que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero que hablaba como dragón. Ejerce toda la autoridad de la primera bestia al servicio de esta; hace que la tierra y sus moradores adoren a la primera bestia, a aquella cuya herida mortal fue curada. Obra grandes prodigios, incluso hace bajar fuego del cielo a la tierra en presencia de los hombres. Seduce, con los prodigios que le permitieron hacer al servicio de la bestia, a los moradores de la tierra, diciéndoles que hagan una imagen en honor de la bestia que, a pesar de la herida de la espada, sobrevivió. Se le concedió infundir espíritu en la imagen de la bestia y que la imagen de la bestia pudiera hablar y pudiera condenar a muerte a cuantos no adoraran la imagen de la bestia. Ordena que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca, el nombre de la bestia o la cifra de su nombre.1
Este texto, leído hoy, parece más un puro y simple análisis social que una visión profética. La irreligión violenta y persecutoria de la primera bestia (Ap 13,1-7) es metabolizada en el poder de manipulación y de homologación de la segunda bestia. Reconocemos el poder tecnológico (la estatua-robot de la primera bestia aprende a hablar y es capaz de sancionar a quien no se doblega a su sistema de homologación), la eficacia propagandística (fuego aéreo y otros efectos especiales) y la eficiencia burocrática (fidelity card identificativa: el que no la posee no compra, no vende, no come, no es nadie). El igualitarismo burocráticamente asegurado y la libertad ilusoria de los accesos es la última obra maestra del dominio. En efecto, en ese punto el monstruo disimula completamente la violencia del sometimiento: tan solo un espíritu vigilante y agudo logra captar la abismal diferencia entre la libertad de mercado y la libertad de pensamiento.
La denuncia de la degradación antropológica inducida por los modelos culturales de la sociedad de consumo y del espectáculo es prácticamente unánime. Sin embargo, la inercia propositiva está igualmente generalizada. Por otra parte, el sistema dominante del conformismo crítico es vigilante y amenazador. ¡Ay del que es sorprendido en el flagrante delito de invocar fuerzas proporcionadas de reacción a los excesos y de desarrollar formas de negación determinada de sus presupuestos sistémicos!
La ciudad arde mientras nosotros pasamos la mayor parte del tiempo discutiendo. En cualquier caso, hace mucho que estamos en régimen de permanente diálogo, pero el empeño de las partes en la mera defensa del derecho a estar en el escenario se profundiza día a día. Devotos obsesivos y burlones desvergonzados obtienen energías improductivas de nuestra radiación melancólica de fondo, que ahora ya se difunde globalmente. Y las invierten en extremismos opuestos, en nombre de la fe o de la razón, confundiendo a muchos. En un mundo que pierde lógos, la reacción en cadena del pólemos (de la guerra, de la violencia, de la agresividad de todos contra todos) gana terreno y se torna incontrolable. En un mundo que ya no cuenta con el audaz y creativo testimonio del humanismo cristológico, el politeísmo de los dioses racistas y corporativos ocupa la escena. El intento de aniquilar el cristianismo actúa sin duda a favor del nihilismo, dondequiera que se produzca. El vaciamiento de la encarnación de Dios hace retroceder la religión y la hominización: inseparablemente. Por esto, en primer lugar nos debemos purificar con el fuego, a fin de restituir al Evangelio su honor. No solo su verdad. Occidente, por otra parte, ha estado incubando durante mucho tiempo su huevo de la serpiente. Llega, puntual, su muerte de los primogénitos.2
Finalmente, queda por hacer un trabajo urgente: se refiere a los bienes de primera necesidad para la hominización, que el mercado ha dejado de utilizar. Quien tiene algo que dar y quiera trabajar por el rescate de la generación será bienvenido, cualquiera que sea el pueblo al que pertenezca. La recuperación de la iniciativa cultural del cristianismo exige, por su parte, desencanto del mundo, cultura impecable, pasión por la cosa. No estamos en el peor de los mundos posibles: es un mundo que hemos contribuido a construir.
En el desierto de su abandono, el pueblo se resigna a construirse becerros de oro. Existe ya una adicción. Pero el ídolo siempre es una cosa mental. El ídolo es un símbolo, un exorcismo: incluso una pasión verdadera que se convierte en obsesión de un dios falso. De estos ídolos «mentales» es de los que quiero hablar. Establezco una prioridad estratégica. Elijo cuatro figuras de la idolatría cultural posmoderna, cuya interdependencia actúa como multiplicador para un amplio conjunto de supersticiones: la fijación con la juventud, la obsesión del crecimiento, el totalitarismo de la comunicación y la irreligión de la secularización. Evidentemente, en estas figuras hay términos que evocan de inmediato objetos y hechos que nada tienen en sí de demoníaco o de idolátrico. En eso reside precisamente la gravedad de la insidia. La idolatría de mayor éxito se afianza precisamente en virtud de su aparente exaltación de lo que representa una promesa de buena ejecución del deseo colectivo. Corruptio optimi pessima. La excelencia que se entrega a la corrupción genera lo peor de lo peor. La voluntad de poder que presiona para destruir el nexo entre vínculo social y humanismo ético, bajo el signo del progreso de las técnicas y del aumento de los recursos, ha identificado estas figuras como símbolos útiles para su propia legitimación.
La cabeza del parásito, que ha inclinado irresistiblemente hacia la idolatría al moderno humanismo racionalista de la conciencia, tiene una identidad precisa. La llamoprincipio de autorrealización. En el paso a la autorrealización tecnológica del Yo pensante, que lo ha arrollado, se ha puesto en marcha la deriva del nihilismo específicode nuestra contemporaneidad: el autismo ético del Yo sentimental.
Herejía de la verdad cristiana de la persona, cuyo lógos abrió Occidente a su destino. Corrupción del humanismo moderno, que se ha apropiado del páthos del inmenso y feliz trabajo de la generación, desviándolo hacia las tristes pasiones de un éthos individualista y depredador, que se convierte en nómos de la masa. Las figuras éticas de la autodeterminación (libertad de conciencia, poder de la voluntad) han sido corrompidas y tergiversadas: sustraídas a la espléndida justicia del amar; e inducidas a trabajar, para su propia emancipación, contra lo humano que es común. La afectación posmoderna del intelectual, que legitima el individualismo ético y justifica críticamente la amenaza de todo humanismo discordante —sobre todo el cristiano—, actúa como segunda Bestia. Entretanto, en el delirio de omnipotencia que se ha iniciado sobre la falsa creencia de la autofundación, el sujeto humano se encuentra más solo, es más vulnerable y se halla más expuesto a la voluntad de poder: pierde el mundo y se vacía a sí mismo.3 Las víctimas designadas para la ofrenda al dragón, como todos saben, son chicos y chicas. Nunca habíamos entregado tantas.
Nosotros, pueblos cristianos de Occidente, hemos merecido las consecuencias de esta recaída en el paganismo. Pero se nos ha permitido un ramalazo de orgullo: podemos desenmascarar la estupidez de la cultura que pretende representarnos, y abrir mil lugares de liberación de la dependencia de los señores de las tarjetas que de ella se benefician. El ídolo de lo posmoderno no nos representa. Quedan bastante más de diez justos para convencer a Dios, en pro de las generaciones venideras, de que no somos tan indignos de los dones recibidos.
PIERANGELOSEQUERI
NOTAS PRÓLOGO
1. Ap 13,11-17.
2. Desde los dos puntos de vista, U. Galimberti, L’ospite inquietante. Il nichilismo e i giovani, Milán, Feltrinelli, 2007; A. Matteo, La prima generazione incredula. Il difficile rapporto tra i giovani e la fede, Soverìa Mannelli (CZ), Rubbettino, 2010.
3. De mi tesoro personal de lecturas que suscribo palabra por palabra (sé que corro cierto riesgo, pero ya tengo edad para hacerlo), extrapolo dos textos que aparecieron coincidiendo prácticamente con el inicio y el fin de mis primeros cincuenta años de estudioso: M. Peckham, Beyond the tragic vision: the quest for identity in the nineteenth century, Cambridge, Cambridge University Press, 1981 (1.ª ed. 1961); J. Carroll, The wreck of Western culture: Humanism revisited, Melbourne, Scribe, 2004. Aprovecho para señalar que las referencias bibliográficas que utilizo como contrapunto en este «manifiesto» no son para los especialistas, sino que son provocaciones o clarificaciones útiles sobre algunos puntos cruciales de mi relato.
JÓVENES
PUER ÆTERNUS?
Empezamos por el ídolo de la adolescencia interminable. Ese ídolo se nutre de un producto cultural reciente: la existencia separada de un mundo juvenil con lógicas propias, deseos propios, organización propia, irresponsabilidad propia.1 En pocos decenios, esta invención posbélica (esencialmente mercantil) ha generado, de rebote, el universo despreciable de la competición senil: incorporación de una adolescencia infinita, escaso interés por la labor de engendrar, búsqueda de complicidad en el placer. Pero, al mismo tiempo, defensa corporativa del poder y de todos sus accesos.
Los jóvenes no han ganado nada con esta descomposición, en un primer momento objeto de los guiños complacidos de una clase intelectual frustrada por sus revoluciones fallidas. Las generaciones recientes han empezado a darse cuenta. Y lo dicen (a diferencia de los ex jóvenes, que disimulan en honor a la bandera: hay que salvar algo de nuestro glorioso ’68). El guiño del mercado está más a la vista. La juventud ya no es una cuestión de edad, es una categoría del espíritu: disminuye el número de hijos, pero aumenta el de los ancianos que quieren mantenerse jóvenes. Ser jóvenes es costoso (ya desde niños): pero mantenerse jóvenes lo es todavía más. Ha llegado la hora de la desublimación: la última frontera del freudismo al revés. Ser jóvenes significa poder gozar sexualmente, de cualquier forma: sin preocuparse por la generación y sin la fatiga del uso de las palabras. Ser uno mismo, como se dice, sin oropeles ideológicos. Un pequeño paso para un adolescente, pero, como diríamos, un gran salto para la humanidad. En el umbral de esta regresión, para «mantenerse jóvenes» a su vez, se agolpan patéticamente los adultos (incluso los aparentemente más reflexivos). El último acto (antes del abandono del hombre sin edad al mito de la horda primitiva) es la incorporación de la concepción entre las variables del deseo (en determinadas condiciones «se mantienen jóvenes» y se sienten «adolescentes omnipotentes», incluso «haciendo» un hijo; y hasta haciéndoselo hacer). No perderse nada con tal de realizarse plenamente.
La extrapolación de la juventud de la transitoriedad de la secuencia de la historia individual se ha unido a su superposición a la idealidad del humano emancipado, liberado, feliz y dueño de sí mismo. El mito que de ello deriva presiona sobre la infancia para que se convierta en adolescencia precoz (incitándola a homologarse: multiplicar estímulos, desarrollar potencialidades, aprender a seducir, competir políticamente, negociar con incentivos). Y deshonra a la vejez como adolescencia perdida culpablemente (incitándola a disculparse y a redimirse: lo que importa son los años que sientes, todo depende de ti, etc.). En la adolescencia prolongada, la deriva hacia el narcisismo sistémico2 se cronifica socialmente.
La adolescencia, representada y enmarcada como un mundo de intereses y de conocimientos perfectamente autónomo, como una comunidad autorregulada con la que dialogar y negociar, es la materialización de un sueño prohibido de los adultos, que ahora tienen perennemente ante los ojos como una posibilidad no del todo perdida (el anuncio publicitario, una auténtica catequesis en parábolas, a fin de que viendo no veamos, nos evangeliza desde primera hora de la mañana). El sueño, para estos tardíos (en muchos sentidos) nietecitos de Nietzsche, parece más excitante y cercano a la realidad: la investigación realiza milagros a diario, y tal vez un día el mito delpuer æternusse convertirá en ciencia (hoy cosmética y cirugía, mañana genética y robótica). La cultura paliativa de la apariencia nos ayuda entretanto a resistir, mientras nos vamos liberando progresivamente del estrés de cuidar a los demás (a costa de liberarnos de los demás, en los casos extremos) para poder dedicarnos tranquilamente al cuidado de nosotros mismos. Ser padre, ¿una función subrogable? Ser madre, ¿una prestación ocasional? En primer lugar somos personas, hombres y mujeres, nos decíamos3(y ni siquiera esto es seguro ya: depende justamente de las funciones y de las prestaciones, dicen los teóricos de losgender studies).4De todos modos, comoquiera que la cuestión haya comenzado, y comoquiera que avance, la fijación de la adolescencia, comostatus symbol
