5,99 €
Ella lleva años atormentando sus sueños y ahora ha vuelto para hacer estragos en su corazón. Cuando la esposa del sheriff Cody Banks murió, él culpó a Abby Brennan de la enfermedad que había matado a Deborah y, sumido en ese dolor, se había asegurado de que ella lo supiera. Ahora sabía que su reacción había sido errónea y estaba arrepentido. Por eso, cuando en el funeral del tío abuelo de Abby se reencontró con ella y vio a la niña que estaba criando, intentó disculparse, avergonzado al ver el miedo que generaba en sus preciosos ojos y decidido a mostrarle que ya no era aquel hombre lleno de furia. La única razón por la que Abby regresó a Catelow, Wyoming, fue para enterrar a su tío. Se había esmerado en evitar a Cody Banks desde que él le había dejado claro cuánto rencor le tenía, y se había centrado en criar a su sobrina pequeña y mantener vivo el legado de su familia. Pero, cuando heredó la propiedad que colindaba con la de Cody, no pudo evitar toparse con el guapo sheriff que se mantenía presente en su memoria. Las circunstancias no dejaban de acercarlos, pero ¿habría el tiempo sanado sus heridas y les daría una oportunidad de vivir felices para siempre?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 430
Veröffentlichungsjahr: 2026
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
www.harlequiniberica.com
© 2022 Diana Palmer
Título original: Wyoming Homecoming
Publicada originalmente por HQN™ Books
© De la traducción del inglés, Ester Mendía Picazo
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Corazones perdidos, n.º 333 - 18.3.2026
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total oparcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de HarlequinEnterprises Ltd.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situacionesson producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente,y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos denegocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de estapublicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizadode esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercadoúnico digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.
® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y susfiliales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradasen la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
ISBN: 9791370172121
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Al doctor Mark McCracken, que el año pasado me ayudó a salir sana y salva de una neumonía por COVID en el Northeast Georgia Medical Center de Gainesville. ¡Muchas gracias!
La funeraria estaba abarrotada. Charlie Butler era muy conocido en Catelow, Wyoming, y era el dueño de una cantidad considerable de propiedades fuera del pueblo, en el Condado de Carne. De hecho, su tierra colindaba con un pequeño rancho que Cody Banks había comprado el año anterior. A Cody le había costado dejar la casa que tenía alquilada en la zona urbana, pero estaba harto de la gente. Quería espacio para respirar. Sobre todo, quería un lugar donde refugiarse del trabajo.
Le encantaba ser el sheriff del condado. Estaba cumpliendo su segundo mandato y en las últimas elecciones no le habían salido rivales fuertes. Al parecer, estaba haciendo un trabajo lo bastante bueno como para satisfacer tanto a sus críticos como al puñado de personas a las que podía llamar amigas.
Estaba solo y de uniforme, apartado de la multitud. Había ido a presentar sus respetos. Deborah, su difunta esposa, había sido pariente lejana de Butler, así que él también era familia en cierto modo. Le había tenido aprecio al anciano. A menudo había pasado a verlo y a asegurarse de que tenía calefacción, comida y lo que pudiera necesitar durante su larga batalla contra el cáncer que finalmente se lo había llevado. Cody tenía a un oficial en un coche patrulla para conducir al cortejo fúnebre hasta el cementerio tras el servicio religioso.
Miró hacia el féretro, junto al que había una mujer con una niña pequeña. Las conocía. Se estremeció. Había pasado mucho tiempo. Casi seis años. En el aparcamiento del Hospital de Denver donde su querida esposa, que era médica, acababa de fallecer, había acusado a la mujer y a la niña de haberla matado. La niña había enfermado de un virus que resultó letal para algunas personas, su esposa incluida. Hasta pasados unos días no había sabido que la mujer, acompañada de la niña, había estado en una funeraria organizando el funeral de su hermano y su cuñada, que habían muerto en un accidente. La esposa de Cody, Deborah, que era excuñada de la mujer fallecida, había ido a verlas y darles el pésame. Había sido ahí donde había contraído el virus mortal, aunque el contagio no había venido ni de la mujer ni de la niña, sino de un empleado de la funeraria que había fallecido después.
Cody se había vuelto loco de dolor. Solo llevaban casados dos años y la mayor parte de ese tiempo lo habían pasado separados mientras su esposa emprendía su carrera como neuróloga en Denver, en un famoso hospital. Ella solo había podido ir a casa uno o dos días al mes, y a veces ni siquiera eso. En gran parte, había sido una relación a larga distancia, pero Cody la había amado mucho. Demasiado. Pensó que su vida había acabado cuando ella murió. Pero se levantó, gracias a su primo, Bart Riddle, un ranchero de la zona, y siguió adelante. Fue duro. Por entonces no pensaba con claridad. Había cargado contra las personas más inocentes. La mujer y la niña que se encontraban de pie junto al féretro.
Cuando había entrado, las dos parecían atemorizadas. La mujer había agarrado a la niña de la mano y la había llevado al aseo. Cuando volvieron, Cody estaba en el otro extremo de la sala hablando con uno de los concejales del pueblo. Lo miraron, casi con miedo. Le angustió ver cuánto daño les había hecho, hasta el punto de que no se acercaran a él ni siquiera después de tantos años. Cody quería disculparse, explicarse. Pero no se veía capaz de aproximarse lo suficiente para hacerlo.
La mujer era elegante. No era una belleza, no es que fuera guapa, pero tenía una figura bonita y un cutis claro y terso. El pelo, rubio platino, le caía por la cintura con un estilo muy cuidado. Tenía los ojos de color gris claro, casi plata. Vestía un traje muy prudente. Pero, claro, según él recordaba, trabajaba para unos abogados en Denver, así que tendría que vestir así para preservar el prestigio del bufete. Era asistente legal. Cody a menudo se había preguntado por qué no habría estudiado Derecho, pero su primo, Bart Riddle, había dicho que no tenía dinero para los estudios y que, además, no estaba dispuesta a dejar a su sobrinita Lucinda al cuidado de otra persona por las noches. Adoraba a la niña, y es que era la única familia que le quedaba y el último vínculo con su difunto hermano.
Lo que Bart había dicho lo había conmovido. Los padres de Cody habían muerto hacía mucho tiempo, pero él al menos tenía primos. Abigail Brennan no tenía a nadie más que a la pequeña Lucinda, que ahora tenía nueve años. Suponía que, técnicamente, Abigail y él eran familia política. Tras la muerte de su marido, la cuñada de Debby se había casado en segundas nupcias con Lawrence, hermano de Abigail, y tanto Lawrence como Mary habían fallecido en un accidente solo días antes de que muriera Deborah. Mary y Debby eran excuñadas, y por eso Debby había ido al funeral.
—¿Por qué está cerrado el féretro? —le preguntó Cody a su primo Bart, que acababa de situarse a su lado junto a un macetero en el otro extremo de la gran sala.
—Ha muerto de cáncer —le recordó Bart—. Dijo que no quería tener a un puñado de palurdos mirándolo ahí en el ataúd, así que en el testamento especificó que lo quería cerrado.
Frunció el ceño.
—¿Por qué estás aquí solo?
Cody suspiró.
—Porque, cuando me he acercado a Abigail para disculparme por lo que le dije hace seis años, ha agarrado a la niña de la mano y prácticamente ha salido corriendo hacia el baño.
Bart, que conocía muy bien la historia, asintió.
—Es una pena —dijo en voz baja—. Quiero decir, la niña y ella no tienen a nadie. Su hermano la crio, ¿sabes? Sus padres murieron juntos en un accidente de coche cuando ella aún estaba en el colegio. Qué paradójico que su hermano y su cuñada murieran juntos y de forma similar. Charlie —añadió asintiendo hacia el féretro— era el último pariente vivo que tenía, además de Lucy y de mí. Y tampoco es que él ejerciera mucho como tal —dijo con una risita contenida—. Ella le enviaba tarjetas por su cumpleaños y por Navidad. Habría venido a verlo, pero Charlie no quería a la niña cerca.
Señaló a Lucinda, una niña preciosa y con el pelo rubio platino de su tía.
—Nunca le gustaron los niños. Qué pena. Es una buena niña, según dicen todos. Educada y dulce, y nada respondona.
—Conozco a mucha gente buena y dulce que entra en Internet y se convierte en el monstruo de Frankenstein con un teclado bajo los dedos —dijo Cody.
—Muy cierto.
—¿Qué va a hacer Abigail con la casa de Charlie?
—Ni idea. Trabaja en Denver. Sería imposible vivir aquí e ir y volver del trabajo a diario.
—Es un buen rancho. Agua limpia y muchos pastos, y creo que aún tiene una manada bastante decente de Black Angus a pesar de la crisis económica.
Bart lo miraba.
—¿Y si viniera a trabajar aquí? Colie, la mujer de J. C. Calhoun, está embarazada otra vez y quiere quedarse en casa con los niños. Bien sabe Dios que Calhoun gana bastante trabajando en el rancho de Ren Colter como jefe de seguridad. Eso significa que el puesto de ella quedará vacante, y no hay muchos asistentes legales en un lugar del tamaño de Catelow.
Cody se estremeció.
—Creo que estando en Denver ya está todo lo cerca de mí que querría estar —dijo en voz baja—. Ojalá pudiera retirar todo lo que le dije aquel día. La asusté. Y también asusté a la niña —añadió con tristeza—. Me encantan los niños. Me duele recordar cómo retrocedieron las dos y salieron corriendo hacia el coche.
Cerró los ojos.
—Por Dios, las cosas que hacemos y que luego nos persiguen.
Bart le puso una mano en el hombro.
—No podemos cambiar el pasado. Solo podemos ocuparnos del presente.
Cody abrió los ojos, oscuros y tristes.
—Supongo.
Tenía el rostro tenso.
—Seis años. Y sigo llorándola. Culpé a todo el mundo menos a mí mismo. Si yo hubiera insistido, ella tal vez habría vuelto aquí y habría encontrado trabajo en nuestro hospital comarcal.
Bart no le recordó a su primo que Deborah había sido una mujer terriblemente ambiciosa. Quería ser la mejor en su campo, y eso solo era posible si trabajaba en un gran hospital, donde sí existían semejantes oportunidades. Él sabía, aparentemente al contrario que Cody, que Deborah nunca fue la clase de mujer que querría cocinar, limpiar y tener bebés. Al casarse, incluso le había dicho a Cody que lo de los niños quedaba descartado durante el futuro inmediato. A Cody no había parecido importarle. Estaba obsesionado con Deborah, tan enamorado que, si ella hubiera dicho que quería ir a la luna, él se habría puesto a buscar formas de construir una nave espacial. Para Bart, esa clase de amor obsesivo era destructivo. Recordó un viejo dicho sobre las relaciones: «Uno besa mientras el otro gira la mejilla». Cody estaba enamorado. Deborah era cariñosa, pero su verdadero amor era su trabajo, no su marido. Durante los dos años que habían estado casados, habían pasado mucho más tiempo separados que juntos. Cody había visto lo que quería ver.
—Voy a saludar a Abby —dijo Bart, vacilante.
—Adelante —contestó Cody—. Yo me quedo aquí, sujetando la pared.
Bart enarcó las cejas como lanzando una pregunta en silencio.
—Si voy hacia allí, ella saldrá de la sala —dijo Cody en voz baja—. No pasa nada. No me quedaré mucho más tiempo. Apreciaba a Charlie y quería presentarle mis respetos. No he venido a aterrorizar a las mujeres y los niños.
El último comentario sonó amargo, pensó Bart mientras se acercaba a Abigail. Cody no era consciente de que resultaba igual de intimidante para los hombres que para Abby y Lucinda. Desempeñaba un trabajo duro y eso lo había vuelto duro a él. No era el hombre tranquilo y cordial que había atraído a Deborah ocho años atrás. El Cody de ahora habría hecho que ella se buscara a otro más fácil de controlar. Bart se rio para sí. ¿Sabría Cody cuánto había cambiado desde que era sheriff? Lo dudaba mucho.
Abigail se estaba despidiendo de una anciana que había ido al colegio con Charlie.
La mujer le sonrió y le agarró la mano.
—Deberías volver a casa —dijo sonriendo también a Lucinda—. Los pueblos pequeños son los mejores lugares para criar a los niños. Y, además, Colie está embarazada y va a dejar su trabajo en el bufete de abogados. Necesitarán un asistente legal —continuó, y enarcó las cejas al añadir—: Charlie tenía un rancho bonito, con una casa que acababa de reformar y gatitos en el granero.
—¡Hala! Tía Abby, ¡gatitos! —exclamó Lucinda. Se le iluminó la cara.
Al otro lado de la sala, Cody vio el regocijo en la cara de la niña y sintió en los hombros un peso como una losa de hormigón. ¡Cuánto había querido tener hijos! Pero Deborah había dicho que tenían años para pensarlo. A ella no le gustaban mucho. A Cody sí. Pero la había amado lo bastante para sacrificar sus propios deseos. Ahora, viendo la resplandeciente alegría de Lucinda, volvió a sentir ese anhelo, más profundo y más fuerte.
—Tienes buen aspecto —le dijo Bart a Abby, sonriendo y abrazándola con delicadeza—. ¿Qué tal por Denver? ¿Te gusta?
Ella torció el gesto.
—Lo odio. Lucinda va a un colegio que no le gusta y vivimos en un apartamentucho con un borracho en la puerta de al lado y un percusionista en el piso de abajo.
Se le acercó para añadir:
—¡Y le gusta practicar a las dos de la mañana!
Se rio.
Cody vio esa risa en su rostro y se sintió morir, asfixiado en una tristeza que él mismo había creado. Se giró y salió por la puerta. Dolía ver a la mujer y a la niña tan felices y, por otro lado, mirándolo como si hubiera cometido los siete pecados capitales y estuviera buscando venganza.
Abby lo vio salir y se relajó.
—¿Qué hacía aquí? —preguntó con aspereza.
—Charlie y él eran amigos además de familia política —le dijo Bart—. Jugaban juntos al ajedrez. Cody se hartó de vivir en el centro, así que le compró la casa a Dan Harlow, el rancho que colinda con la propiedad de Charlie.
Ella volvió a parecer angustiada.
—No te pongas así —dijo Bart con delicadeza—. Siente mucho lo que os dijo a Lucy y a ti. Me ha dicho que daría lo que fuera por poder retirarlo.
Ella desvió la mirada. No hacía falta hablarle a Bart de su pasado, él ya lo sabía todo. Todos en Catelow lo sabían todo de todos. Eran una gran familia en expansión, y en ella no había secretos. El padre de Abby había sido un borracho empedernido. Se había jugado y había perdido todo lo que tenía su madre, y eso que había habido una buena cantidad de dinero cuando se casaron. Se había dado a la bebida cuando le había cambiado la suerte en las mesas de juego, y el resultado había sido brutal. Abby y su madre llevaban ropa que ocultara los golpes. Fue casi un alivio que él muriera, pero se llevó consigo a su madre también. Fue ahí cuando su hermano mayor, Lawrence, había ido a buscarla para que viviera con Mary y con él. Los dos la adoraban y ella había dado gracias por tener un hogar, aunque fuera en Denver.
Consiguió un trabajo en la empresa de Lawrence como ayudante administrativa nada más salir del instituto e inmediatamente se apuntó a clases nocturnas para formarse como asistente legal. Odiaba que Lawrence tuviera que responsabilizarse de sus estudios. Pero ella, por muy inteligente que fuera, no estaba capacitada para conseguir ninguna beca con la que costear una carrera. Las universidades privadas eran caras y, tras la muerte de sus padres, ni siquiera le había quedado la casa familiar. Estaba hipotecada hasta los topes. Su hermano la había vendido cuando se la llevó a vivir con Mary y con él.
Abby los quería a los dos, pero, con Mary embarazada y necesitando un dormitorio para el bebé, sentía que era una carga para ellos. Protestaron; la querían y era más que bienvenida, recalcaban. Pero ella estaba decidida a irse, a dejar sitio para el bebé que llevaban tanto tiempo esperando. Por eso se mudó a un pequeño apartamento. Lucinda nació poco después. Abby la había querido desde el principio y siempre buscaba excusas para ir de visita y poder tener en brazos a la pequeña. Estaba tan fascinada con ella como sus amorosos padres.
Y entonces habían llegado el accidente y el terrible dolor del funeral. Deborah había ido a mostrarle sus respetos a Mary, su excuñada, y una de las empleadas de la funeraria, que también había muerto, le había contagiado el virus letal. Deborah había ingresado en el hospital con fiebre alta y Abby había ido del tanatorio de Lawrence y Mary, que estaban juntos en una sala, al hospital para interesarse por ella.
Cody se había cruzado con ellas en el aparcamiento después de que le hubieran dicho que Deborah había ido al tanatorio y alguien le había contagiado el virus. Él había dado por hecho que había sido la niña, porque tenía fiebre y estaba vomitando. Abby había pasado por Urgencias, donde un residente había visto a Lucy y le había administrado medicación para las complicaciones que se le habían presentado. Estando la niña tan enferma, Abby había decidido llevarla al piso de Lawrence, donde una amiga la cuidaría, y volver después al hospital para ver a Deborah ella sola.
Fue ahí, mientras se dirigían al coche, cuando Cody las había visto en el aparcamiento y, con rabia, había volcado en ellas todo su dolor.
Abby tembló al recordar aquella ira desenfrenada. Los hombres le daban miedo ya de por sí, y esa experiencia había aniquilado su deseo de casarse. Primero su padre y después Cody. Los hombres iracundos la asustaban, y ella rara vez había visto a su padre comportándose de otra forma. Decidió que seguiría soltera y criaría a Lucy sin tener ninguna relación con ningún hombre.
—Venga, no pasa nada, se ha ido afuera —dijo Bart con delicadeza al fijarse en su expresión.
Ella tragó saliva.
—Uno se piensa que puede superar las cosas, pero a veces no se puede.
—¿Estás bien, tía Abby? —preguntó Lucy con dulzura mientras le agarraba una mano. Tenía los ojos de Lawrence; azules claros, penetrantes y llenos de compasión.
Abby no pudo evitar sonreír.
—Estoy bien, cariño. De verdad.
Lucy suspiró.
—Tengo hambre.
En ese momento Abby recordó que ni siquiera habían desayunado y aún tenían por delante el funeral y el entierro.
—Solo un rato más, ¿vale?
Lucy sonrió.
—Vale.
Era una niña tranquila, siempre ansiosa por complacer, cariñosa, aplicada y dulce. El colegio al que iba en Denver era un hervidero de violencia, unas veces contenida y otras no. La directora se había acostumbrado a ver a Abby en su despacho para discutir los distintos problemas con los que Lucy podía llegar a toparse en el transcurso de una sola semana. Las aulas eran peligrosas. Eso decía Abby. La directora suspiraba. Estaba condicionada por ciertas consideraciones políticas y no había mucho que Abby pudiera hacer. La mujer se disculpaba y mostraba su comprensión, pero Abby veía que nada cambiaría nunca. Lucy estaba más asustada cada día. El vecindario tampoco era bueno, pero era lo único que Abby se podía permitir. El piso de Lawrence y Mary se había puesto en alquiler poco después de su muerte y el casero había llenado el espacio con una nueva familia. Le había dado a Abby solo unos días para vaciarlo, guardarse los recuerdos más valiosos y encontrar un nuevo lugar donde vivir. Con su sueldo, hacía lo que podía. Y no era suficiente.
Se rodeó con los brazos.
—Me encantaría volver a vivir aquí. Si no estuviera él —añadió con amargura.
—Abby, no tendrás que verlo a menos que quieras —dijo Bart, consciente de que Lucinda estaba prestando mucha atención—. Sabe cuánto os asustó. No se acercará a vosotras. Para muestra, un botón —añadió asintiendo hacia la puerta por la que había salido Cody.
Ella respiró hondo. Sus ojos claros parecían agotados de dolor.
—Odio mi trabajo. Odio dónde vivimos. Odio tener que vivir prácticamente en el colegio, quejándome en el despacho de la directora por tanto acoso para intentar mantener a Lucy a salvo —añadió con amargura—. En el colegio hay dos bandas que se odian y prácticamente todas las semanas estalla la violencia.
—Pues entonces vuelve a casa —dijo Bart. Sonrió—. Haré todo lo que pueda por vosotras. Será una absoluta alegría tener familia cerca. Aparte de Cody, claro —añadió estremeciéndose—. Solo lo veo en reuniones de trabajo o cuando muere alguien.
Ella le sonrió.
—Eres un buen primo, aunque solo seamos familia política.
Lucy apoyó la cabeza en el hombro de él con un suspiro.
—Eres bueno, primo Bart —murmuró.
Él soltó una risita.
—Y tú también, preciosa —contestó antes de besar su rubio cabello.
—Deberías haberte casado y haber tenido hijos —dijo Abby con dulzura al ver el cariño que le mostraba a su sobrina.
—Lo intenté —dijo él con un suspiro—. No tengo ninguna suerte para encontrar a una mujer que quiera vivir en un rancho de pena en un pueblo pequeño.
—No es un rancho de pena. Y tú eres uno de los hombres más agradables que conozco.
—Con el debido respeto, Bolsillos, soy el único hombre que conoces.
Ella se rio.
—Había olvidado que me habías puesto ese mote tan horrible.
—Cuando teníamos la edad de Lucy e íbamos juntos al colegio, no dejabas de meterte cosas en los bolsillos, así que llamarte así era lo más natural —dijo Bart sonriendo—. Bueno, ¿entonces qué? ¿Vuelves a casa?
Ella respiró hondo y miró hacia la puerta principal con gesto de preocupación. Al otro lado vislumbraba un uniforme de sheriff.
—Aquí estarás a salvo —insistió Bart—. Y Lucy también. En nuestros colegios no encontraréis nada de violencia. De verdad. Y en el bufete hay gente muy maja.
—Seguro que tendrán una lista enorme de asistentes legales que querrán el puesto en cuanto quede vacante.
—Mañana te llevaré para que te conozcan.
Ella miró a Lucy, que estaba sonriendo y más feliz incluso ahí, en un funeral, de lo que había estado nunca en su apartamento en Denver. Allí la escuela era muy peligrosa, y cada día más. A una profesora la habían atacado en su propia clase y algo aún peor le había pasado a una niña solo un año mayor que Lucy.
—Vale.
Bart se rio.
—Vale.
El funeral fue bonito, pero le despertó unos recuerdos terribles. Sus padres estaban enterrados en Catelow. Ella había odiado y temido a su padre, pero había querido a su madre. Aún la echaba de menos. El funeral de Lawrence y Mary había sido en Denver, y era allí donde estaban enterrados. Abby le había preguntado a Lawrence por ese asunto precisamente en el funeral de sus padres. Él le había dicho que ya tenía todo lo que podía querer de Catelow y que no quería volver ni en una caja de pino. Así que ella había honrado su deseo.
Aun así, el funeral le trajo el dolor y la angustia de haber perdido a la vez a su hermano y a su cuñada. La pequeña Lucy parecía tener también ese sentimiento de pérdida. La niña le agarró la mano y se la apretó con fuerza mientras las personas reunidas se levantaban para cantar Amazing Grace. A Abby le caían las lágrimas por las mejillas, y no solo por su difunto tío. Lloraba por toda su familia, en su mayoría fallecida a excepción de la preciosa niña que tenía al lado agarrándole la mano y de su primo Bart.
Tenía un pañuelo de papel en la otra mano. Se secó los ojos. Seguro que Charlie, que había padecido un dolor tan terrible, ahora estaría en un lugar mejor. Igual que Lawrence y Mary, e incluso sus padres. Pero ella se había quedado sola al cuidado de Lucy, y volver a Denver pintaba un panorama terrible. Su primo le había dejado un próspero rancho. Los abogados se lo habían dicho ya, incluso antes de la lectura del testamento. Había sido una sorpresa. Sabía que Butler también era pariente político de Cody Banks. Habría sido más natural que se lo dejara a él. Pero no había sido así. Abby se preguntaba por qué, aunque no había muchas probabilidades de que fuera a descubrirlo jamás.
Ahora tenía que decidir qué hacer. Bart le había propuesto llevarla a conocer al abogado jefe del bufete donde trabajaba Colie Calhoun. Suponía que no pasaría nada por presentar su candidatura para el empleo. Si se lo daban, Lucy y ella podrían vivir en el rancho y ella podría desplazarse al trabajo y luego volver a casa sin problemas. Tenía un cochecito con un consumo bueno de gasolina y podría llevar a Lucy a la escuela de primaria a la que había ido ella muchos años atrás. Conocía a la mayoría de las familias de la zona. Desde luego, sería como volver a casa.
Enterraron al anciano en el panteón familiar, que estaba a solo tres tumbas de las de su madre y su padre. Tras el breve responso, Lucy y ella se acercaron a las lápidas. Por la razón que fuera, le parecía irreal mirar los nombres tallados y pensar que su familia estaba enterrada ahí abajo.
Lucy volvió a agarrarle la mano.
—Son tus papás, ¿no, tía Abby? —preguntó con suavidad.
Abby asintió. Sentía como si tuviera la garganta llena de alfileres.
—Y tus abuelos, cariño mío.
Lucy suspiró.
—No tengo abuelos. La madre de mamá murió cuando ella era pequeña como yo y el abuelito murió después. Pero sigo teniéndote a ti, tía Abby.
—Y yo a ti —dijo Abby sonriéndole.
A lo lejos, un hombre alto con uniforme de sheriff las miraba y podía sentir su tristeza. Abby no había tenido una vida fácil, ni siquiera de niña. Todo el mundo sabía que su padre había sido un bestia con su esposa y su hija. No era de extrañar que desconfiara de los hombres. Después de lo que él le había hecho en el aparcamiento hacía un tiempo, ella probablemente habría llegado a la conclusión de que todos eran unos lunáticos y que le iría mejor sin ellos.
Posó la mirada en la niña que le agarraba la mano con tanta fuerza. Apretó los dientes. Se giró, asqueado por el recuerdo de su comportamiento. Habría dado lo que fuera por volver atrás y cambiar lo sucedido. Ahora ya era demasiado tarde.
El día después del funeral, Bart pasó por el motel donde se alojaban Abby y Lucy para llevarla a conocer a los abogados del bufete donde trabajaba Colie Calhoun. Lucy los acompañó y se quedó sentada en la sala de espera mientras su tía hablaba sobre un posible trabajo.
El socio más antiguo del bufete, James Owens, era cordial y amable, estaba casado y tenía tres nietos. Le gustaba lo que ya había oído sobre las aptitudes de Abby como asistente legal. Abby no sabía que Bart le había pedido a Colie que hablara bien de ella en el bufete.
—Siempre nos viene bien tener un asistente —le dijo Owens—, y entre los que se han presentado para el puesto no hay ninguno con experiencia. Si quieres el trabajo, nos encantaría tenerte aquí —añadió antes de pasar a comentar el sueldo y los beneficios—. También hay una bonita casa de alquiler que se va a quedar libre…
—Uno de mis primos acaba de fallecer y me ha dejado un rancho —lo interrumpió Abby con una triste sonrisa—. Me han dicho que tiene un buen capataz y buenos peones, así que lo único que tendré que hacer yo es apartarme y dejarles hacer lo que mejor saben hacer. Pero, aun así, quiero trabajar —añadió—. No soy persona de estar en casa. Y mi sobrinita vive conmigo, así que tendré que matricularla en la escuela aquí —dijo, y se estremeció. Ahí tenía una preocupación más; qué hacer con Lucy desde que la niña saliera de clase hasta que ella volviera del trabajo.
—El capataz del rancho es Don Blalock. Su esposa, Maisie, y él tienen una niña de la edad de Lucy más o menos, así que las dos irán al mismo colegio. Seguro que por ahí puedes solucionar algo. Maisie es una mujer encantadora.
Abby soltó un suspiro y sonrió.
—Estaba preocupadísima al venir aquí. La vida en Denver… En fin, el colegio de Lucy es peligroso y no me gusta nada dónde vivimos. Siento haber perdido a mi primo, pero es un milagro que me haya dejado su casa. Es como si a Lucy y a mí se nos abriera una nueva vida.
—Te gustará volver a vivir aquí.
A Abby se le tensó la expresión.
—¿Sabe lo de mi padre…?
Él asintió.
—Es un pueblo pequeño. Lo sabemos todo. Pero eso pasó hace mucho tiempo. Ahora las cosas serán distintas —dijo, y sonrió—. Si quieres el trabajo, te estaremos esperando el lunes a las ocho y media.
—Aquí estaré el lunes a las ocho y media. Muchísimas gracias, señor Owens.
—Un placer. Y, por cierto, nosotros nos ocupábamos de los asuntos legales de tu primo, incluido el testamento. Mañana se hará la lectura en el rancho, si te parece bien. ¿Por la mañana, a eso de las diez?
—Genial.
—Podéis instalaros ya si queréis —añadió el hombre.
Ella sonrió.
—Esperaremos a la lectura del testamento —dijo con tono suave—. Será un momento difícil para las personas que trabajan para él, y quiero hacer las cosas como es debido.
El señor Owens sonrió.
—Muy bien entonces. Uno de nosotros estará allí mañana para ocuparse de las formalidades legales.
Abby le estrechó la mano y fue a buscar a su sobrina a la sala de espera. Una de las administrativas le había dado un refresco.
La mujer sonrió a Abby.
—Hola. Soy Marie, una de las amigas de Colie. He venido a sustituir a su mejor amiga, Lucy, que antes trabajaba con ella. Pero Lucy y su marido se han mudado a Billings. ¡Bienvenida al bufete!
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Abby riéndose.
—He pasado de casualidad por el despacho del señor Owens justo ahora —dijo sonriendo—. Te va a encantar estar aquí. Todos los abogados son muy majos y es genial trabajar para ellos.
—Estoy agradecidísima de haber encontrado un empleo tan pronto —contestó Abby, y mirando a Lucy añadió—: Odiábamos vivir en Denver.
—Tengo un hijo de la edad de Lucy. Aquí los colegios son una maravilla, le va a encantar.
—Al menos no tendré que estar en el despacho de la directora suplicando que la protejan —dijo Abby con un suspiro. Sacudió la cabeza—. Los colegios han cambiado mucho desde que yo iba a primaria.
—¡Y que lo digas!
—Bueno, pues entonces nos vemos el lunes.
—Nos vemos —respondió Marie sonriendo—. Mi Matt celebra su fiesta de cumpleaños el mes que viene. ¡Lucy también estará en la lista de invitados! Hago mis propias tartas y helado casero.
—¡Hala! —exclamó Lucy.
—Tú también puedes venir —añadió Marie meneando las cejas—. Tengo una mesa separada para que las mamás podamos tomarnos unas cosillas a la vez que los niños.
Abby se rio.
—¡Ahora sí que voy a tener que ir! Me encantan la tarta y el helado.
—¡Y a mí! —dijo Lucy entusiasmada.
—El lunes nos vemos —se despidió Marie—. Adiós, Lucy. Ha sido un placer conoceros.
—Igualmente —contestaron a la vez Abby y Lucy.
A la mañana siguiente, Lucy y ella condujeron hasta el rancho, en una zona de pinos torcidos y álamos, con álamos, con afilado contorno de los Tetons a lo lejos. Estaba en un valle y lo atravesaba un arroyo. Con el otoño en todo su esplendor, los árboles estaban rojos y dorados, y el aire era lo bastante fresco como para agradecer una cazadora. Probablemente habría truchas en ese precioso arroyo, pensó Abby. Era una apasionada de la pesca, en especial de la de caña fija con anzuelo y cebo, aunque no le importaría aprender a usar la caña con carrete. De hecho, Lucy y ella podrían aprender juntas.
Era un rancho muy grande. Tardaron en llegar a la casa principal, apartada de otras cuantas edificaciones. Una parecía una caseta para la maquinaria. Las otras dos eran, con bastante probabilidad, un establo y un granero. Las vallas eran relativamente nuevas y parecían lo bastante robustas. Los pastos estaban llenos de ganado negro. Black Angus, recordó Abby.
Paró en la puerta principal. La casa era rústica pero elegante; una cabaña enorme de dos plantas con un largo y ancho porche frontal. Tenía un balancín y unas cuantas mecedoras. Los escalones eran robustos. La casa estaba recién pintada, porque tenía un intenso color caoba oscuro.
Salieron del coche; Abby estaba algo preocupada por que a la gente que vivía y trabajaba allí pudiera no gustarle que una desconocida pasara a estar al mando de la propiedad.
Pero entonces la puerta principal se abrió y una mujer corpulenta y sonriente, con el pelo canoso recogido en un moño y un colorido delantal, salió al porche.
—¡Pero qué ven mis ojos! ¡Abigail Brennan! ¡Qué maravilla volver a verte!
Abby soltó el aire que había estado conteniendo.
—Hannah —dijo Abby riéndose antes de correr a abrazar a la mujer, que había sido muy amiga de su madre muchos años atrás.
—¿Y a quién tenemos aquí? —preguntó Hannah agachándose a la vez que la pequeña Lucy subía al porche, sonriendo.
—Soy Lucy —respondió la niña con timidez.
—Yo soy Hannah. ¡Bienvenidas al Rancho Circle B!
La llegada de las visitantes no había pasado desapercibida. Era última hora de la tarde y algunos de los hombres estaban volviendo de los inmensos confines del rancho adonde habían ido para ver al ganado. El capataz, Don Blalock, era uno de ellos.
Era un hombre alto y desgarbado con apariencia tranquila y sonrisa amable. Inclinó el sombrero a modo de saludo al entrar en la cocina, donde Abby estaba tomando café.
Ella se levantó para estrecharle la mano.
—He heredado el rancho de mi tío abuelo —dijo con voz suave, y sonrió—. Soy asistente legal. Lo único que sé de ganado es que sabe de maravilla en los estofados.
Apretó los labios mientras él parecía dividido entre la risa y el espanto.
—Mi plan es mantenerme al margen y dejarles hacer su trabajo. Dudo mucho que mi tío abuelo estuviera activo en los últimos meses teniendo en cuenta lo enfermo que estaba, así que, si no hemos tenido que declararnos en bancarrota, está claro que es porque ustedes saben lo que hacen, y me gustaría que se quedaran todos.
Pareció como si al hombre se le hubiese quitado un gran peso de encima.
—Señora —dijo con voz suave—, no sabe cuánto vamos a agradecerlo todos. Ahora mismo los trabajos de rancho escasean y este rancho, junto con otros pocos, es prácticamente la base de la economía local. Si cerrara, algunos no volveríamos a encontrar trabajo nunca, sobre todo un par de mis peones más mayores. Son estupendos en carpintería y en trabajillos en general, pero no podrían mantener puestos de más responsabilidad.
Ella sonrió.
—Seguro que habrá suficiente para tenerlos ocupados, así que no será un problema. Dependiendo de cómo nos vaya la economía, tal vez podríamos añadir algunos bonus por Navidad. No prometo nada —corrió a añadir—, pero haré lo que pueda.
—Gracias.
—Siéntese un momento a tomar un café —lo invitó Abby.
—Acabo de hacer una cafetera —comentó Hannah antes de servirle una taza.
—Me gusta el ganado —soltó Lucy de sopetón y sonriendo antes de seguir comiendo el sándwich de mantequilla de cacahuete que le había dado Hannah.
—A mí también me gusta —dijo Don con una sonrisa.
—Voy a trabajar para el señor Owens como asistente legal —dijo Abby antes de dar un trago de café—. Me ha comentado que usted y su esposa Maisie tienen una niña pequeña de la edad de Lucy y que tal vez a Maisie no le importaría llevar y traer a Lucy del colegio.
—Por supuesto —contestó él y, tras mirarla fijamente, añadió—: Y le advierto, si intenta ofrecerse a pagarle por hacerlo, tiraré mi café por el fregadero y dejaré mi trabajo ahora mismo.
Abby tardó unos segundos en captarlo y entonces soltó una carcajada.
—Vale, gracias.
—Vivimos en una comunidad pequeña —comentó Don—, así que aquí todos cuidamos de todos.
—Lo recuerdo —respondió ella. Suspiró dejando atrás los malos recuerdos—. En algún momento tendré que repasar con usted los libros de cuentas —añadió—. No tengo ni idea de qué clase de gastos tenemos o cómo los pagamos, o a quién le debemos…
Levantó las manos.
—Sé administrar muy bien el dinero. De hecho, Lucy y yo vivíamos en Denver con lo mínimo. Pero hay cosas que tengo que saber.
—Señorita Brennan, no tiene por qué trabajar —dijo Don con tono irónico—. El señor Butler tiene ganado de pura raza. O lo tenía. Vale una pequeña fortuna. Tenemos sementales muy rentables y vendemos becerros de primera cada otoño.
—Claro que tengo que trabajar —contestó ella sonriendo—. No soy la clase de persona que puede quedarse sentada sin hacer nada. Me encanta mi trabajo.
Él la miró como si Abby se hubiera ganado su respeto.
—A mí también me encanta el mío. Gracias por permitirme conservarlo. A mí y a la cuadrilla.
—Dígales que tienen trabajo seguro hasta que me muera —prometió Abby—. E intentaré tardar en morirme —añadió. Suspiró—. Echaré de menos a mi tío abuelo. Quitando a Lucy, era el último pariente vivo que tenía.
—Maisie y yo compartiremos a los nuestros con ustedes. Entre los dos tenemos unos quince sobrinos y un montón de familia política. Es todo un reto meterlos a todos en casa cuando celebramos alguna fiesta —dijo Don con una risita.
—Puede que le tome la palabra. Suena divertidísimo.
—En el pueblo también celebramos toda clase de reuniones. Tenemos cenas benéficas, bailes y una pequeña pista de patinaje. Uno de nuestros residentes está casado con una antigua patinadora que ganó un oro olímpico, y la dueña de la pista compitió y después entrenó a patinadores en las Olimpiadas.
—¡Hala! Podemos traernos los patines cuando hagamos las maletas —soltó Lucy—. ¡Me encanta patinar!
—A mí también —dijo Abby—. Hemos pasado muchos fines de semana patinando sobre hielo. Aunque tampoco es que vayamos a suponer una amenaza para ningún medallista —añadió con una sonrisa.
Don soltó una risita. Se terminó el café.
—Si necesitan ayuda con la mudanza, los chicos y yo podemos bajar hasta Denver con un camión de mudanzas y traerlas.
—¿Lo harían? —preguntó Abby sorprendida, porque en las grandes ciudades la gente no era así de amable con los demás, o eso le había parecido a ella. Nadie que conociera se habría ofrecido a ayudarla con la mudanza.
—Claro que lo haríamos —aseguró él sorprendido.
—Entonces, ¿qué tal el sábado que viene? ¡Compraré pizzas para todos! —dijo, y añadió frunciendo el ceño—: ¿Aquí tenemos pizzería?
—Y tanto que sí. A los chicos les encantan esas para los amantes de la carne con extra de queso.
—Lo recordaré. Gracias, señor Blalock.
—Don a secas —contestó él inclinando el sombrero—. Encantado de conocerla. Iré a decirles a los chicos que pueden dejar de preocuparse.
Ella sonrió.
—Seguro que le has alegrado el día —intervino Hannah mientras calentaba el café de Abby—. Estaban muertos de miedo por que alguien de la ciudad con ansias de dinero fuera a venderlo todo.
—No seré yo. Yo nací aquí.
—Don no. Pero Maisie sí. Su madre era una Wiley.
—Dios mío, no serán los Wiley que vivían en Long Bridge Road, ¿no?
—Los mismísimos.
—El señor Wiley nos ayudó en casa cuando nos quedamos atrapados por la nieve un invierno —dijo Abby, y añadió con cara de pesar—: Mi padre estaba demasiado borracho para preocuparse de si nos congelábamos y nos moríamos de hambre, pero el señor Wiley vino con una pala, nos limpió el camino de entrada y nos trajo comida. Mamá lloró. Fue un gesto muy amable.
—Maisie también es así.
—Creo que estuvimos juntas en una clase, aunque no la conocí bien —comentó Abby suspirando—. No me gustaba acercarme demasiado a la gente. Es que no podía invitar a nadie a casa. Cuando había otras personas delante, con mi padre nunca se sabía…
—No hace falta que me lo expliques. Recuerdo a tu padre demasiado bien —dijo Hannah—. Pero ahora estás aquí y él no, y te va a encantar vivir en un rancho. En el granero hay gatitos —añadió, y se rio al ver cómo se le iluminaron los ojos a Lucy.
—Eso nos dijeron en el tanatorio, antes de que se nos acercara Bart. Es un hombre muy dulce. ¿Por qué no está casado?
—Una estúpida lo tuvo engañado y luego se casó con otro —explicó Hannah—. Después él se juntó con un par de mujeres que también lo abandonaron. Es muy asustadizo.
—No me extraña —dijo Abby estremeciéndose—. Yo también.
Respiró hondo y pensó en Cody Banks.
—No quiero saber nada de los hombres. Mi única preocupación ahora es Lucy —aseguró sonriendo a la niña—. Solo quiero que sea feliz.
—¡Soy muy feliz, tía Abby! —contestó la niña. Le brillaban los ojos—. ¡Y estaré felicísima si podemos ir al granero a ver a los gatitos!
Abby suspiró.
—Vale, canija. Pero primero termínate el sándwich.
Los chicos las trasladaron de Denver a Catelow. La mudanza les llevó casi todo el día, empezando de madrugada, pero después de que todo estuviera en el rancho, y las cosas del viejo Charlie en el desván para hacer hueco para las cosas de Abby, ella pidió pizzas para todos. Ocuparon todo el salón, unos en las sillas y otros en el suelo, mientras comían las pizzas y se tomaban la cerveza que Abby había comprado de camino a casa.
Era como ser parte de una familia enorme. Abby nunca había sentido nada igual desde la muerte de Mary y su hermano. Le iba a encantar vivir en Catelow. Solo tenía que superar su miedo irracional a Cody Banks.
Y justo en su primer día de trabajo, Cody Banks entró por la puerta con otro hombre, que vestía un traje bonito y caro.
Se acercaron a la recepcionista, Marie. Cody ni siquiera miró hacia Abby, que tenía la mesa al lado de la ventana frontal.
—Hemos venido a ver al señor Owens por el caso Blakely —dijo Cody con tono suave. Sonrió.
—Voy a ver si está en su despacho —respondió Marie sonriendo también. Llamó a su jefe y lo informó de la visita. Escuchó y dijo—: Sí, señor.
Colgó.
—Ahora mismo sale.
Marie apenas había acabado de comunicarlo cuando el señor Owens salió al pasillo a recibir a los dos hombres.
—Vamos —le dijo a Cody dándole una palmadita en el hombro—. Tengo a mi investigador con este caso…
Su voz se fue desvaneciendo a medida que entraba en el despacho y cerraba la puerta. Abby respiró hondo y volvió a las notas que estaba tomando. Que ridículo estar tan asustada después de seis años. Al fin y al cabo, era solo un hombre, no un monstruo rabioso. Pensó en el Cody de aquella noche tanto tiempo atrás, gritando y maldiciéndola. Fue como volver a ver a su padre, un hombre fuera de control, corpulento y peligroso. Respiró hondo de nuevo y se obligó a concentrarse.
Los hombres estuvieron unos minutos en el despacho antes de volver a salir. El señor Owens les estrechó la mano, les aseguró que les había dado toda la información que tenía y los acompañó a la puerta.
Abby mantuvo la cabeza agachada. Ni siquiera la levantó cuando Cody se marchó.
Los gatitos del granero eran blancos y con los ojos azules. Tenían a Lucy cautivada. La niña estaba sentada sobre el heno con dos en el regazo. Los acariciaba y se reía cuando ronroneaban.
—Ay, tía Abby, vivir aquí es genial —dijo con una gran sonrisa—. Odiaba donde estábamos antes.
—Y yo, cariño —respondió Abby sentándose a su lado. Las dos vestían vaqueros, camisa de algodón y una cazadora fina porque estaba empezando el otoño. Pronto los abedules y los álamos se ataviarían con sus intensos colores, y las hojas caerían y crujirían bajo las pisadas. Suspiró—. Creo que hacía mucho tiempo que no era tan feliz.
—Podemos quedarnos, ¿verdad? —preguntó Lucy preocupada—. O sea, ese hombre malo no vendrá aquí, ¿no?
Abby forzó una sonrisa.
—Es el sheriff, cielo. Seguro que tiene mejores cosas que hacer que ir a visitar a gente que no…, bueno, que no lo quiere cerca.
Lucy se relajó, asintió y siguió acariciando a los gatitos.
—Pasó hace mucho tiempo —continuó Abby distraídamente—. Su esposa acababa de morir. Murió solo unos días después que tus padres —añadió con mucha delicadeza—. Él estaba triste y sufriendo y…
—Pero nosotras no hicimos nada —protestó Lucy.
—Lo sé. Pero él no lo sabe.
Lucy se quedó callada un minuto o dos.
—Yo no me porté así cuando mami y papi… Bueno, cuando se fueron.
—Yo tampoco. Pero cada persona reacciona de una forma diferente —dijo Abby, y se le acercó más—. Las dos lo hemos exagerado en nuestra mente hasta el punto de pensar que el sheriff es un monstruo. Pero protege a la gente. Es su trabajo y debe de ser muy bueno, porque está empezando su segundo mandato. Y, antes de ser sheriff, fue oficial adjunto durante muchos años.
Miró fuera del granero, hacia los prados donde el ganado pastaba tras una valla electrificada.
—Marie, una compañera de trabajo, dice que él odia a los hombres que hacen daño a las mujeres, que hace lo que haga falta por mandarlos a la cárcel. Me ha dicho que el padre de Cody se emborrachaba y les pegaba a su madre y a él.
—Jo —dijo Lucy pensativa—. Qué pena.
La niña se fijó en la mirada de su tía y añadió:
—¿Tu papá te hacía eso, tía Abby?
Ella se mordió el labio.
—Sí. A mí, a tu padre y a tu abuela. Era un bestia cuando bebía.
—¿Por eso te asustaste cuando el sheriff nos gritó?
Abby respiró hondo.
—A lo mejor. No lo sé.
Miró a Lucy.
—Como vamos a vivir aquí, tenemos que intentar llevarnos bien con los demás. De todos modos, el sheriff no tiene motivos para venir aquí y lo más probable es que no lo veamos mucho.
Lucy asintió.
—Bien —contestó, y levantó la mirada—. ¿Tiene hijos?
—No. Su esposa era médica y estaba centrada en su profesión —explicó Abby agarrando un hilo suelto del dobladillo de sus vaqueros—. Vivía en Denver la mayor parte del tiempo.
—¿Y no echaba de menos a Cody?
—Mira, ¡está jugando con tus cordones! —dijo Abby riéndose y señalando a uno de los gatitos.
La distracción funcionó. Abby tenía muchas cosas en la cabeza. No quería añadir también el asunto del sheriff.
Se llevaron a vivir a casa al gatito juguetón, después de una rápida visita al veterinario para que le hicieran una analítica y le pusieran vacunas. Era macho, cariñoso y divertido, y se apropió de la cama de Lucy la primera noche que pasó en la casa, ignorando la bonita cama de gato que le habían comprado junto con el resto de accesorios necesarios.
Abby estuvo a punto de protestar, pero se rindió cuando vio a la niña durmiendo con una sonrisa y el gatito se abrió paso bajo las sábanas para subírsele al hombro. Lo habían llamado Patrick por motivos inexplicables, más allá de que Lucy decía que parecía un Patrick. Las dos se rieron. Era una novedad eso de reírse. Habían vivido mucho tiempo en la pobreza, la desgracia y la pena. Mudarse al rancho era como un sueño hecho realidad. Abby rezaba para que durara.
Según pasaban los días, fue familiarizándose con el trabajo. Se aprendió los nombres de todos los compañeros del bufete y dónde comprar la mejor comida. Llevó a Lucy al cumpleaños del pequeño Matt y conoció a varias madres de la zona. Todas le cayeron bien y Lucy se divirtió también.
Además, fue a visitar la pista de patinaje. Qué maravilla que no solo alquilaran los patines, sino que también los vendieran. Era una actividad suplementaria que, según la propietaria, había resultado bastante lucrativa. En ese mismo momento Abby decidió comprar patines para las dos con frenos de puntera en lugar de las típicas botas de hockey para principiantes, que eran como las que ya tenían ellas. A Lucy le había encantado ir a patinar en Denver y se le daba muy bien el patinaje sobre hielo. A Abby también. Parecía que mucha gente de Catelow y de otras zonas del Condado de Carne pasaba mucho tiempo en la pista de patinaje. De hecho, mientras Abby estaba allí, conoció a una pareja que había ido desde Billings para patinar y recibir clases de la medallista olímpica. A lo mejor, si el rancho iba bien, apuntaba a Lucy a clases de patinaje. En Denver no habían tenido suficiente dinero para clases.
El rancho iba muy bien gracias a Don Blalock, que parecía hacer magia gestionándolo. Abby sacaba un rato por las tardes para sentarse con él en el ordenador, repasar las cuentas y ver cómo trabajaba el equipo de ventas. Ni siquiera sabía que tuvieran uno. Don le explicó que requería a gente especializada que supiera lo que hacía. Además, añadió sonriendo, hacía que el rancho tuviera solvencia. Dicho eso, merecía la pena pagar los sueldos del equipo.
Había tantas cosas que hacer incluso a diario que Abby estaba alucinada. Que todo estuviera al día y tener a los animales vigilados y alimentados requería una cantidad infernal de trabajo. Pronto llegaría el invierno y ya estaban preparando el rancho para el frío, que complicaría las cosas. Cuanto más iba sabiendo de la enorme propiedad de su tío abuelo, más agradecía tener a Don.
Maisie llevaba a Lucy al colegio y la traía de vuelta. A la niña le encantaba su nuevo cole, sobre todo desde que había comprobado que no tenía que tener miedo de entrar en un aula. Los maestros eran muy buenos y entregados, y tenían un director que los apoyaba si había problemas de disciplina. Era un colegio bien administrado, con clases pequeñas y buenos maestros, la mayoría de los cuales habían nacido y crecido en Catelow. Abby daba gracias de que su sobrina hubiera encajado así de bien.
Las cosas habían ido marchando tan bien que Abby no había tenido ni una sola preocupación. Pero entonces, una tarde a última hora, Hannah llamó para decirle que Lucy había ido al granero a ver al otro gatito y a la mamá gato y que se había esfumado.
—¡Lo siento muchísimo! —se disculpó Hannah casi llorando—. Estaba haciendo una tarta y he pensado que no le pasaría nada por salir a ver a la mamá gato y al otro gatito. Aun así, le he pedido a uno de los vaqueros que le echara un ojo, pero ha habido una emergencia y ha tenido que marcharse. ¡Es culpa mía…!
—No digas eso —dijo Abby abrazándola a pesar de lo asustada que estaba. En esas zonas rurales había osos, coyotes y toda clase de depredadores. Además, era sábado y en el bosque había cazadores, y Lucy no llevaba ropa de colores vivos. Era una pesadilla—. Voy a salir a buscarla. Me llevo el móvil. Así podré pedir ayuda si hace falta. Voy a ponerme las botas y una cazadora más gruesa.
—Siento haberte hecho salir del trabajo…
—Estaba haciendo horas extra con un caso para el señor Owens —respondió sonriendo—. Acababa de terminar de reunir la documentación cuando has llamado. ¡Y ahora, vamos, no te preocupes!
