Correr de otro modo -  Antonio Serrano - E-Book

Correr de otro modo E-Book

 Antonio Serrano

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Beschreibung

Correr es un reflejo de nuestras propias vidas.

Una posibilidad más que tenemos de demostrarnos lo que somos capaces de hacer. Cruzar una meta, ya sea de una carrera de 10 kilómetros o de un maratón completo, te permite comprobar que si te lo propones, puedes alcanzar grandes objetivos.

Bajo la batuta del periodista Alfredo Varona, Antonio Serrano desgrana sus secretos como entrenador, el kilometraje que cada atleta necesita y, sobre todo, nos enseña la personalidad de un deporte como el ‘running’ en el que él lo tiene claro: “Llegarás hasta donde tú te creas que puedes llegar”.

Junto a Antonio, presente en los últimos siete Juegos Olímpicos, aprenderemos a organizar mejor nuestros entrenamientos, a utilizar la cabeza cuando nos sintamos cansados y, en definitiva, a trasladar sus innumerables experiencias a nuestras vidas.

Así que, una vez más, debemos preparamos para soñar durante más de 200 páginas como si volviésemos a ser niños.

SOBRE LOS AUTORES

Alfredo Varona (Barcelona, 1975) es licenciado en Periodismo, carrera que eligió porque, de alguna manera, así podía vivir el deporte desde muy cerca. Con el objetivo cumplido de escribir sobre múltiples eventos en diversas redacciones, el ciclismo se llevó el trozo de pastel más grande de esa pasión por el relato deportivo. En 2013 publicó la biografía del triple campeón del mundo de ciclismo Óscar Freire. El Genio del Arcoíris.

Antonio Serrano (La Solana, 1965), licenciado en INEF, fue el primer español en bajar de las 2 horas y 10 minutos en maratón. Actualmente, es uno de los entrenadores más representativos del atletismo español con un valor añadido: su pasión por la escritura que le permiten contar historias como ésta, en la que vuelve a recordar: “Mi satisfacción depende de la de los demás”. Con este libro vuelve a desafiarse a sí mismo como hizo con Filídes existe, en 2001.

EXTRACTO

Este libro no desciende de sangre real, sino del esfuerzo. Inseparable de las emociones, su dueño ha esperado 50 años para contar lo que aprendió de la vida. Acepta la literatura como animal de compañía, imprescindible para encontrar lo que buscaba. No aconseja nada y lo recuerda todo, víctima de la buena voluntad, de conversaciones de las que no nos arrepentiremos nunca. Antonio trabajó la memoria y yo puse orden al desorden. Perdí el miedo a escribir en su nombre cuando sentí esa inspiración, y el resultado no es una biografía, sino una canción, la letra de una canción que confiesa su deseo por hacerse un sitio en nuestras vidas. En la última página, Antonio pondrá fin a no pocas emociones y a no pocos días del invierno en los que siempre reaparecía la misma pregunta: ”¿de qué vamos a hablar mañana?”. Pero eso no lo sabía nadie, ni yo ni él, porque este libro nació sin guión, enfervorizado siempre con la idea de recordar, escritores en prácticas, si el desorden no se deja gobernar lo gobernaremos nosotros. Por eso nos reunimos para escribir un libro que no está escrito en ninguna parte. Un sueño con pasado, un vicio inconfesable capaz de manejar su locura y de inventar su desenlace, en el que pasará como en la vida real: las emociones ganan y pierden.

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Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Alfredo Varona

Alfredo Varona (Madrid, 1970) es licenciado en Periodismo desde 1993.Desde entonces, es posible que no haya dejado casi ningún día de escribir, sobre todo historias de vida y de deporte como esta en la que uno vuelve a descubrir “la fuerza de los sueños”. Siendo así, él lo tieneclaro. “Siempre será un placer enfrentarse a la página en blanco” y repetir historias tan exitosas comoFilípidesexiste, el libro que publicójunto a Antonio Serrano hace 14 años. Le puedes seguir en twitter en @AlfredoVaronaA

Antonio Serrano

Antonio Serrano (La Solana, 1965), licenciado en INEF, fue el primer español en bajar de las 2 horas y 10 minutos en maratón. Actualmente, es uno de los entrenadores más representativos del atletismo español con un valor añadido: su pasión por la escritura que le permite contar historias como esta, en la que vuelve a recordar: “Mi satisfacción depende de la de los demás”. Con este libro vuelve a desafiarse a sí mismo como hizo conFilídes existe, en 2001. Le puedes seguir en twitter en @aserrano1965

Correr de otro modo

© Alfredo Varona y Antonio Serrano, 2015

© Diseño de cubierta: Adrián López Viamonte

© Fotografías: archivo personal Antonio Serrano, José Antonio Miguélez y revistaRunonline

© Al Poste, 2015

Fuencarral, 70

28004 Madrid (España)

Tel.: 91 532 05 04

www.alposte.es

Primera edición: mayo 2015

IBIC: WSK

ISBN: 978-84-15726-45-6

e-ISBN: 978-84-15726-54-8

Depósito legal: M-15.744-2015

Impreso en España -Printed in Spain

Reservados todos los derechos. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización escrita de los titulares delcopyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento

de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 - 93 272 04 47).

PRESENTACIÓN 

‘La ley del entusiasmo’

Alfredo Varona

Este libro no desciende de sangre real, sino del esfuerzo. Inseparable de las emociones, su dueño ha esperado 50 años para contar lo que aprendió de la vida. Acepta la literatura como animal de compañía, imprescindible para encontrar lo que buscaba. No aconseja nada y lo recuerda todo, víctima de la buena voluntad, de conversaciones de las que no nos arrepentiremos nunca. Antonio trabajó la memoria y yo puse orden al desorden. Perdí el miedo a escribir en su nombre cuando sentí esa inspiración, y el resultado no es una biografía, sino una canción, la letra de una canción que confiesa su deseo por hacerse un sitio en nuestras vidas. En la última página, Antonio pondrá fin a no pocas emociones y a no pocos días del invierno en los que siempre reaparecía la misma pregunta: ”¿de qué vamos a hablar mañana?”. Pero eso no lo sabía nadie, ni yo ni él, porque este libro nació sin guión, enfervorizado siempre con la idea de recordar, escritores en prácticas, si el desorden no se deja gobernar lo gobernaremos nosotros. Por eso nos reunimos para escribir un libro que no está escrito en ninguna parte. Un sueño con pasado, un vicio inconfesable capaz de manejar su locura y de inventar su desenlace, en el que pasará como en la vida real: las emociones ganan y pierden. 

Al final, siempre había tema, esa fue la verdad. Podía arrancar en una noche en vela, en un puñetazo a un reloj hace 30 años, en un berrinche de Alessandra o en las lágrimas de Antonio, capaces de elevar tantas veces la temperatura. Pero, si lo hubo, ese fue nuestro triunfo. No solo encontramos al entrenador. También al hombre. El entrenador solo no hubiese podido completar este libro, no hubiese sobrevivido. El entrenador ha necesitado en estas páginas del camarero de La Mancha, del padre de dos niñas ya casi adolescentes o del hombre que, a los 50 años, todavía se emociona antes de soñar con el podio. En realidad, en todos esos días, que ya pasaron, en todas esas conversaciones a mediodía, no hubo más ley que el entusiasmo de Antonio, mágico como una botella solitaria en el mar, enfervorizado como un peregrino en el Camino de Santiago. Por eso hoy me parece que los dos queremos tanto a estas páginas. No solo las escribimos. También las vivimos, en especial él, que fue quien regresó a su infancia, quien se acordó de lo que vivió o quien traspasó su nostalgia a una libreta. Luego, se implicó hasta la médula en el día a día, lo que ha originado un libro de sangre caliente que, sea mejor o peor, nos concede el derecho a acordarnos de lo que Bob Marley dijo una vez al mundo: “Si te hizo feliz, no cuenta como error”. 

Los errores, en realidad, también forman partede este libro. Sin ellos, sería imposible vivir. Ni siquiera tendríamos derecho a recordar tantas cosas, a explicar tanta vida o a demostrarles que correr también es un estado de ánimo. Pero ese es el objetivo de Antonio, un tipo que, a los 50 años, ya dio la vuelta al mundo. Hoy, tal vez se parezca al hombre que quiso ser: “A los que saben siempre se les respeta”. Por eso maneja la misma aspiración que ayer, esa felicidad de sentirse importante que nos iguala a todos. Y en el viaje acepta los nuevos tiempos, lejanos del autoritarismo, en los que se expone a que sean sus atletas los que le regañen a él. Pero no pasa nada, al contrario, es una manera de aceptar otra clase de liderazgo por parte de un hombre que, a partir de hoy, se retratará de mil maneras. Un libro de historia, una obra de teatro, un optimismo educado en una pista de 400 metros. Porque allí no solo está su trabajo. También está lo que aprendió de la vida. Por eso no desconfíen de tanta emoción. El viaje será largo, sin miedo al futuro ni al fracaso: si no surgen más atletas siempre habrá otra alternativa más…

 En un mundo como ese, y con una banda so­­nora como esa, es posible que diésemos lo mejor de nosotros mismos o que a Antonio le sobrasen los motivos para escribir esta historia, para olvidarse del cronómetro y de la vanidad de los mejores días. Pero si alguna vez fue sabio, esta era una ocasión extraordinaria para recordarlo. Así que aquí tienena Antonio frente a ustedes y lo que no sé es por qué yome uní a él para hacer lo que no había hecho nunca,contar una vida durante tantas páginas sin miedo aser vencidos. Pero aquí está, aquí la tienen y ahora, una vez terminado todo, me parece que ya no necesito entretenerles más. Solo me queda pedir perdón por el tiempo que le quitamos a la familia. Al final, un libro siempre se lleva más tiempo del que uno desea imaginar. Pero supongo que ahora que nuestros hijos empiezan a amar el atletismo, algún día lo reconocerán como un producto bueno y honrado, parte de la vida de un grande, Antonio Serrano Sánchez, capaz de convencernos de que, efectivamente, podemos correr de otro modo. De un modo mejor, ustedes y nosotros, que nunca olvidaremos todo lo que sucederá a partir de ahora. 

‘¿Qué pinta usted aquí?’

“En la vida una de las mejores inversiones

es dedicarle tiempo a los demás.

Regresa multiplicado”

Raúl Baltar

“¿Qué hace usted en estas páginas, qué pinta usted aquí?”

… La pregunta sitúa por un momento fuera de juego a Antonio Serrano. Quizá porque no es la pregunta más amable del mundo. Tampoco la más necesaria. También es la primera antes de sucumbir a la tentación, la de escribir una historia, la de contar una vida, la de construir, quizá, un álbum de fotos con palabras. Una tentación que, sin embargo, no escapa de esa pregunta, honesta como la que más, que sorprende a Antonio y que por un momento lo coloca en paradero desconocido. Pero, a su vez, le prometo que es una pregunta educada, destinada a reconocer el rostro de su protagonista y a identificarlo antes de golpear las teclas. “¿Qué hago aquí?, me pregunta”, rebate Antonio Serrano en el atardecer de un día anónimo, en el que los silencios abundan enel dormitorio. Él va vestido en ropa deportiva, como casi siempre pasa entre semana, vida de entrenador. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado y ya no cambiará: la vigilancia de Antonio sobre esa respuesta, incapaz de dejarla al azar. Quizá porque esa pregunta aquí, en esta situación, es un reflejo de su vida, la misma que le persigue en cada palabra, en cada día frente a ese grupo de atletas que, por lo visto, se abrazaron a él para que les ayudase a ser mejores.

Sin conocer claramente a Antonio Serrano, percibo en él un hombre alérgico al desengaño, educado en el éxito y discreto en la derrota. Entre las cosas que nos deja figura la esperanza, la sensación de que el optimismo vale la pena. Me da la impresión de que esun buen tipo, una consecuencia de la vocación más que de la victoria. Por eso admiro su paciencia en la vida real, quizá hasta la energía con la que ejerce lo que hace. Pero tengo dudas de que frente a la hoja en blanco, a solas frente al teclado, ayude a gobernar la soledad del escritor. Por eso inauguro estas páginas con esta entrevista que podría ser como una amenaza. El escenario no será una pista ni un bosque ni las calles de una ciudad. Las letras sustituirán a las pisadas…, y la pancarta de meta, ¿cómo saber esta vez dónde está la pancarta de meta? Es verdad que no se trata de dejar huella, pero sí de intentarlo. Quizá por eso Antonio, segundos después de escuchar esa pregunta, todavía no ha despegado. En realidad, es una pregunta sin adulación ninguna, todo lo contrario de una invitación de boda. Pero esto es así. Escribir es sobresaltarse. Escribir es para gente desconfiada que no sabe lo que va a pasar al día siguiente y quiero saber si Antonio Serrano Sánchez (La Solana, 1965) acepta ese perfil. Sé que tardó en decidirse y que tardará en acabar, porque a los entrenadores no les motivan las prisas. O eso dicen. También sé lo que él me cuenta y lo que me han contado de él: la historia de un hombre que se ha tirado media vida en busca de la paciencia. Y por eso hoy, a solas con él, instaurados en un silencio que tal vez nos haga mejores personas, la idea es olvidarse del éxito o de la derrota.

“Bueno, hay una razón”, contesta, “en 2015 he cum­­plido 50 años. Creo que ya es mucha vida. Y como a mí me parece una vida afortunada, siento necesidad de compartirla, de aprovechar esta oportunidad, de recordar por escrito. Siento que he alcanzado la madurez para hacerlo. No es más que eso. No se trata de presumir de nada, sino de agradecer dónde estoy. A veces, me parece increíble estar aquí. Nací en un pueblo de La Mancha, donde mis padres eran inmigrantes. En mi casa abundaba la humildad y estábamos satisfechos con ella. No tenía motivos para pensar que pudiera llegar hasta aquí o hacer realidad tantos sueños… Pero encontré lo que busqué. Tuve esa suerte. No sé si se puede pedir mucho más”.

—Alfredo Varona: ¿Qué intenta con esta historia?

—Antonio Serrano:No lo sé. No lo sé ni quiero saberlo todavía. Aún no hemos empezado, pero sí es verdad que impone mucho respeto. Por eso no debemos tener prisa. Quiero compartir, quiero explicar cómo he llegado hasta aquí. Quise ser atleta y lo fui. Quise ser entrenador y lo soy. Cada momento en mi vida tiene nombre y apellidos. Ha llegado el momento de ponérselo. Tal vez al final todo se reduzca a eso. Y, para mí, claro que es emotivo, porque me concede la posibilidad de hacer lo que nunca hice.

A. V.: Va a jugar con emociones. ¿Se dio cuenta de la dificultad que entraña esto?

A. S.:Sí, claro. Voy a desnudarme. Tengo que saber hacerlo. De lo contrario, esta historia perdería sentido. Quiero que la gente que lo lea se acuerde. Moriré en el intento si es preciso. Hacer una biografía es una cosa importante. Tengo un amigo, Raúl Baltar, que es economista y es un enamorado de ellas. Dice que son ideales para aprender y a menudo me recuerda: “Antonio, todo el mundo tiene derecho a escribir su biografía”. Observar, leer a los demás, son grandes herramientas... Así que en este caso estoy haciendo uso de un derecho, el mío, de contar lo que me ha pasado.

A. V.: ¿Por qué ha de ser importante?

A. S.:Yo espero que lo sea. Tengo esa sensación: la voy a buscar y usted puede ayudarme a encontrarla. No pararé hasta logrado. No estamos aquí para perder el tiempo. Puedo lograr una buena historia, la de un hombre normal, pese a todo, porque en el fondo soy un hombre normal. Todo en mí es de lo más normal. A veces, se lo recuerdo a mis hijas y me preocupo de que no se les olvide. Pero ese hombre tiene la sensación de que puede aportar ideas nuevas a la gente a la que le gusta correr. Llevo muchos años en esto, casi he perdido la cuenta. A veces, me asusta la fragilidad de mi memoria. Me encuentro con gente que me dice que en el pasado les entrené por fax o por teléfono y, sinceramente, no me acuerdo. Me pregunto por qué, pero esa pregunta me desborda.

A. V.: Si le falla la memoria, el libro será más complicado, posiblemente infiel.

A. S.:Haré lo imposible.

A. V.: ¿Ha escrito este libro alguna vez?, ¿lo ha imaginado?

A. S.:No sé, no sé…, pero estos meses me van a venir bien para recordar. Me van a dar ese plus. Creo que hasta lo necesito. Me va a ayudar a seleccionar la información que puede mejorarme a mí, a usted y a la gente que me lea. Siempre digo que mejorar no es fácil, pero sí es posible. A veces, no es cuestión de aprender más, sino de recordar lo que aprendiste. Estoy en esa fase de mi vida. Es más, prefiero ir al cine y volver a ver una película que me hizo llorar a ver otra nueva. Quizá porque tengo el cerebro demasiado ocupado. Son demasiadas cosas, demasiados días.

A. V.: ¿Ha dejado de ser un hombre joven?

A. S.:No se puede engañar al cuerpo. El cuerpo es como el atletismo: el cuerpo nos recuerda que los años pasan. No tengo más que verme en el espejo: ya no hay manera de evitar que esas arrugas en la frente crezcan como locas. Pero no me apena, porque esas arrugas son la consecuencia de lo vivido. Por eso lo que me preocupa es que mi cerebro siga funcionando, y ahí no tengo reproche. Es más, pienso que tengo un pacto secreto con la juventud. Trabajo con un grupo de atletas cuyas edades me rejuvenecen. Me conceden la energía de un cadete. Por eso no hago caso al espejo. No dice la verdad. Aún me quedan 15 o 20 años de actividad. He cumplido 50 años, pero no he envejecido.

A. V.: ¿Su vanidad impedirá que este sea un buen libro?

A. S.:Espero que no. Enfrentarse a un libro como este no es baladí. A veces, yo mismo me freno. Me pregunto: ”Antonio, ¿sabes realmente lo que estás haciendo?“. Pero frente a la duda prefiero ser valiente. Confío en mí, no en mi vanidad. No estoy aquí para equivocarme. Estoy para contar una vocación que ni siquiera yo mismo sé cuándo arrancó realmente. A veces, me remonto hasta mi pueblo, a los años setenta en La Solana. Me acuerdo que íbamos con mi padre a por agua a un pozo que quedaba a diez kilómetros y cuando las garrafas estaban llenas, antes de cargarlas en el coche, él nos decía a los tres hermanos que saliésemos corriendo por el camino y que él ya nos pillaría. Yo ponía la directa y a mi padre le costaba cogerme a casi treinta kilómetros por hora. Para mí, eso no es la vanidad de un hombre, es la humildad de un niño donde tal vez arranca esta historia.

A. V.: ¿La vanidad es necesaria?

A. S.:Es que en el atletismo hay poca. Yo he visto poca. Al menos, en los atletas que yo conozco y he conocido en fondo y mediofondo. ¿Quién me puede convencer de que Víctor García es vanidoso? ¡Es demasiado inteligente! ¿O Pablo Villalobos? ¿O el mismo Javi Guerra? Al contrario: es gente que se apoya en el amor a este deporte, que lo quiere, que le ha entregado una parte de su vida y, en realidad, he conocido a tanta gente así que por eso estoy deseando empezar lo antes posible a contar historias, a hablar de correr…

A. V.: Escribir, en buena medida, es contar emociones…

A. S.:Voy a intentarlo. Creo que ya lo he dicho. De lo contrario, en este momento estaría viendo la televisión e, incluso, aprovecharía para echarme la siesta en vez de estar aquí. Tengo demasiado lío en mi vida. Pero esto me apetece. Es más, le voy a confesar una anécdota. El pasado domingo estuve con dos amigos ya mayores en casa hasta las ocho de la tarde. Cuando se marcharon, mi hija mayor, de 15 años, lo primero que me recriminó es que me había pasado toda la tarde hablando de atletismo. “Papa”, me dijo, “no sé cómo puedes aguantarlo”. Pero yo le respondí que no lo había aguantado, que lo había disfrutado. En realidad, esa es la vida de su padre. Supongo que si me dedicase a la construcción, a la medicina…, sería otro hombre, pero… Por eso me atrevo a hablar durante más de 200 páginas de atletismo y no las voy a padecer, las voy a disfrutar…

A. V.: Habrá que saber hacerlo, claro.

A. S.:Esto es difícil de contestar, y no es que me falten las palabras, sino que me sobran los nombres. Todos hemos tenido mentores, muchos de los míos saldrán en este libro como si fuese una película: mis padres, algún profesor de EGB, que me enseñó que la libertad está en elegir; mis íntimos amigos como Manolo, Miguel o Aurelio, que es como si viajasen conmigo a todas partes; Natalia, mi pareja inseparable durante 22 años, mis hijas, Ainhoa y Marta, que dan un valor extra a mi vida; mis padres adoptivos, Miguel Ángel y Pilar; mi fiel compañero Jesús Oliván, con el que recorro tanto mundo, aquellos atletas populares de La Solana… y, en fin, esto solo es el inicio. Pero aun así estoy convencido de que se me quedarán muchos nombres…

A. V.: Nació usted con la palabra en la boca.

A. S.:No, pero no he venido aquí a quejarme. No le voy a contar un cuento de hadas, porque entonces sería la vida de otra persona, no la mía. Pero cuando hablo de correr pienso en algo positivo, capaz de mejorar su vida, la mía y la de millones de personas de todas las clases sociales, incluidos ejecutivos de mucho prestigio. Gente que ha encontrado en este sacrificio una liberación, una terapia, y eso te hace pensar que correr es muy importante. Por lo tanto, opino que sí, correr nos hace mejores.

A. V.: Correr no nos hace peores personas, eso está claro.

A. S.:Uno de los últimos corredores que he recibido es Armando Betancourt, un hombre que, a los 40 años, llegó a mí con un mensaje directo a los ojos: “quiero bajar de las tres horas en el maratón” y, ¿sabe lo que pasaba hasta entonces con Armando? Había llegado un momento de su vida en el que superó los 100 kilos y de eso ya solo le queda esa fotografía con la que me lo demostró un día y me dijo: “Antonio, esa para ti y para mí, pero no se la enseñes a nadie”.

A. V.: ¿No nos la va a enseñar entonces?

A. S.:No, claro que no.

A. V.: Pero está claro.

A. S.:Armando hizo 3h11´ en su primer maratón, en Nueva York, y 2h57´26” en el siguiente en Hamburgo, fíjese hasta dónde puede llegar la fuerza de voluntad…

A. V.: Así que nos alineamos con el optimismo.

A. S.:Sí, por favor. Odio que me digan que las cosas van mal. Odio el pesimismo. Prefiero transmitir energía positiva. Me niego a contar mis penas o a instalarme en este estado. Claro que he tenido carreras malas. Pero no me sorprende. Desde niño sabía que la felicidad perpetua no existe. Lo veía en el rostro de mis padres y en el mismo bar de mis padres. Pero, aun siendo un hombre de lágrima fácil, me resisto a la queja, porque no merece la pena. Es más, conozco a mileuristas, a gente en paro que, pese a las dificultades que puedan tener, están felices con sus vidas. ¿No son un ejemplo para todos nosotros? Si ellos están felices, ¿cómo no voy a estarlo yo que tengo un trabajo que me gusta?

A. V.: Su vida está rodeada de victorias y derrotas. ¿No es para enloquecer?

A. S.:Bueno, sí, es verdad, yo soy una pequeña parte en la vida de 25 o 30 atletas que me han elegido como su líder. En realidad, es una cosa extraña, si se piensa fríamente, porque sus sensaciones son las que mandan… En última instancia, lo que pasa en carrera, lo deciden ellos. Yo puedo aconsejar, pero no decidir. Sin embargo, ellos necesitan mis palabras y yo no siempre puedo decir lo mismo. Por eso he aprendido a ser un entrenador educador. No solo se trata de hablar de victorias, sino de la vida en mi relación con ellos. Primero, tengo que entenderlos. Luego, tendremos la oportunidad de ver si pueden llegar. Yo no voy a forzar nunca a un atleta para que solo haga atletismo. Jamás. Ahora, por ejemplo, tengo tres chicas que estudian Medicina y en el tercer curso no les ha quedado ni una asignatura. Porque eso es lo primero. Hay que tener paciencia. Yo no quiero que nadie se hipoteque a esto. Yo mismo acabé mi carrera universitaria. Pero a lo mejor si en uno o dos años vemos que alguna de esas chicas despunta tal vez pueda decir a la que lo merezca,“oye, ¿por qué no coges este año alguna asignatura menos ymiras a ver con el atletismo?“.

… Pero esto ya forma parte de otra vida. O de otrocapítulo, quizá. O de la responsabilidad de Antonio Serrano. O de la vigilancia que él establezca sobresu propia memoria. Y en ese escenario preferimos ala incertidumbre como un valor añadido. Por eso, a par­­tir de hoy, empieza una nueva vida que no se sabe cómo acabará. Para empezar, yo ya le he preguntado por sus motivaciones. Yo ya le he hecho ver que esto es difícil. No sé si lo conseguí, pero sí lo intenté. Así que no hay que arrepentirse de nada que no se haya avisado. En el cara a cara no existió guerra de nervios. Al contrario: encontramos lenguaje y entusiasmo, preferimos la emoción a la vulgaridad. Así que nada más, adelante, a disfrutar de la humildad de escribir o de la libertad de contar historias. Entre las dos se puede hacer una buena relación. Pero ese diagnóstico ya les corresponde a ustedes. De momento, vamos a prestarle un trozo de nuestra confianza a Antonio Serrano Sánchez, el hombre que, cuando menos, aceptó de buen humor una pregunta que no parecía muy deseable para empezar un libro. Entonces yo solo tuve la educación de tratarle de usted: “¿Qué hace usted en estas páginas? ¿Qué pinta usted aquí?”.

Mis primeros JJOO

“… Con tu vigor sin tormento

y tu humildad que es firmeza…”

Antonio Machado

En mi libro de historia apenas recuerdo el olor a agua caliente en casa. Solo veo a un niño de esa época, propio de los pueblos, que no he logrado olvidar ni olvidaré nunca. Y no fue en un cine, sino en un bar, el bar que acababa de abrir mi padre en La Solana, año 72, espejo de una vida o de una ambición que, una vez fallecido él, todavía resiste. No fue una vocación, pero pudo ser una vocación. Yo tenía 7 años y en aquel bar, en el que aprendí la tabla de multiplicar, encontré una historia de amor. En la cocina a los 7 años, los platos no me cogían en las manos, pero no se podía jugar al azar con ellos. Era un niño, pero tenía que aprender a admitir las prisas de los clientes o a perseguir a quienes pretendían irse sin pagar, que siempre los hubo. En aquella atmósfera, mi recuerdo nunca será imparcial. En realidad, forma parte de mi “república independiente” en la que me familiaricé con el mundo real. Me demostró que el miedo no vale la pena y que ni siquiera el hecho de ser un niño te da derecho a servir una caña y dejar que se le caiga la espuma. Trabajé mucho y a jornada completa. La banda sonora de las madrugadas tampoco me retiraba a casa. Quizá por eso ahora, en el inicio de todo esto, necesito volver a ese bar en el que me bauticé para la vida y en el que descubrí que me gustaba ser camarero. Quizá por eso ahora siento una extraña inclinación hacia esa profesión. Sin querer, casi siempre observo cómo se comportan los camareros detrás de la barra. Quizá porque yo fui uno de ellos y me solidarizo con esa época. Una época en la que nunca utilicé libreta ni bolígrafo. Una época en la que aprendí a jugar con la mente. Una época, en definitiva, de mi vida que hoy reconozco imprescindible. Sin ella, ahora sería imposible empezar a escribir esta historia: ese bar es como mi amuleto frente al fracaso. Todavía lo siento dentro de mí y daría la vida por volver a tener 7 años, a esos días y a esas madrugadas…

Nací en La Solana en el año 1965. Pertenecí a otra vida, a otra época, que cualquiera de mis dos hijas, de 15 y 12 años, no entenderían de ninguna manera. Nací en casa con la ayuda de una matrona. Fui el segundo de cinco hermanos, tres chicos y dos chicas, que eran las dos más pequeñas. Nunca tuve una habitación propia. Pero en mi casa, en la que ni siquiera había agua corriente, sucedió algo que no era fácil de explicar en aquella época. Nuestros padres nos ofrecieron a los cinco la posibilidad de estudiar. Un lujo en un escenario extraño como La Solana, pueblo agrícola, poseído por los oficios. Abundaba el azafrán, la uva, la aceituna y antaño enormes fábricas de confección de la cuales salían riadas de chicas, principalmente, a las 14 y 20 horas en punto. Pero La Solana era así. Sus propias calles te preparaban para una vida humilde en la que era preferible luchar. El reflejo estaba en Antonio, mi padre, al que, de alguna manera, identifico como un hombre de negocios. Un tipo que valía para el ciclismo y que renunció a intentarlo porque la familia le necesitaba. Un hombre con una resistencia atroz, destinado a sobrevivir en cualquier época. En realidad, fue un orgullo ser hijo suyo. Murió el año pasado, pero en el viaje nos dejó una vida de pelea, llena de hambre para los negocios. Quizá eso pudo ser lo más significativo que yo heredé de él, lo que realmente une a padre e hijo. A veces, pienso que me faltó matricularme en Empresariales y que hubiese tenido futuro en una profesión así. De hecho, en mi vida he intervenido en varios negocios y es entonces cuando más me acuerdo de mi padre. Siempre le perseguía alguna idea para compartir con el mundo. Fue fotógrafo ambulante, tuvo una granja de animales, y hasta abrió un taller de confección en el que yo ya apenas participé. Me había marchado a Madrid a buscar otra vida, porque no podía renunciar a mí mismo. Tenía que luchar por ello y no importaba el sacrificio. Había vivido ese ejemplo en mi casa, en el carácter innovador de mi padre y hasta en las habilidades sociales de mi madre, Beatriz. Una mujer que merece la pena conocer. Yo no seré imparcial, pero todavía, a su edad, es capaz de gobernar el pueblo con el lenguaje. Hay cosas que no desaparecen de la memoria. La vida hace bien en conservarlas y recordarnos a esa mujer que madrugaba para limpiar el bar y que hasta se atrevió a vender aquellas características bombonas de butano azules de la época. Una luchadora, Beatriz, en su vida no existían días para la derrota, nunca existirán, tal vez porque no hacen falta.