Crónicas sociales - José Martí y Pérez - E-Book

Crónicas sociales E-Book

José Martí y Pérez

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Beschreibung

Las Crónicas sociales recogen artículos de José Martí sobre la vida social y política de diferentes países de Latinoamérica. Son un texto de referencia en la literatura cubana del siglo XIX. Las crónicas martianas son una muestra del mejor periodismo escrito por el escritor cubano. Sus rasgos son: - el conocimiento y dominio del tema, - la documentación rigurosa, - la atención al detalle, - y a todo ello se suma su inconfundible estilo,su lenguaje, su ética y el vigor de su palabra que se proyecta a través de los siglos. Las ideas y reflexiones de José Martí, manifiesta a través de sus crónicas, conservan una asombrosa vigencia y la claridad imprescindible para entender, tanto la historia como la realidad social, política y económica actual de las naciones que conforman el continente americano.

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Seitenzahl: 622

Veröffentlichungsjahr: 2010

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José Martí

Crónicas sociales

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Crónicas sociales.

© 2024, Red ediciones S.L.

email: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN CM: 978-84-9953-602-6.

ISBN tapa dura: 978-84-9897-319-8.

ISBN rústica: 978-84-96428-18-8.

ISBN ebook: 978-84-9897-030-2.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO. (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 13

La vida 13

México en 1882 15

La industria en los países nuevos 20

México en Excélsior 24

México, los Estados Unidos y el sistema prohibitivo 27

Adelantos en México 31

Nueva York, 2 de agosto 1886 35

Nueva York, 9 de agosto de 1886 48

Nueva York, 23 de junio de 1887 55

Un libro del norte sobre las instituciones españolas en los estados que fueron de México. Los pueblos. Los presidios. Las misiones. Spanish Institutions of the Southwest por el profesor Frank W. Blackmar. Baltimore: John Hopkins’ Press 66

Discurso pronunciado en la velada en honor de México de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en 1891 71

Boletines parlamentarios. Sesión del día 2 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 76

Boletines parlamentarios. Sesión del día 3 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 77

Boletines parlamentarios. Sesión del día 5 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 79

Boletines parlamentarios. Sesión del día 6 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 81

Boletines parlamentarios. Sesión del día 8 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 82

Boletines parlamentarios. Sesión del día 9 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 83

Boletines parlamentarios. Sesión del día 12 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 85

Boletines parlamentarios. Sesión del día 15 de abril de 1875. Presidencia del C. Tagle 87

Honrosa semblanza 89

Honra justísima 91

La estrategia 92

Muy notable cuadro 93

Correo de los teatros 94

Señor don Joaquín Macal 97

Los códigos nuevos 99

Al director de El Progreso 105

Revista Guatemalteca 107

Carta a Valero Pujol, director de El Progreso 111

Guatemala 116

Prólogo 116

I 118

II 119

Reflexiones destinadas a preceder a los informes traídos por los jefes políticos a las conferencias de mayo de 1878 177

Poesía dramática americana 189

El popol Vuh de los quichés. Páginas del libro de José Milla 195

Guatemala, la tierra del quetzal. W. I. Brigham 199

Plátanos 204

Quesos 206

Árboles de quina 208

Propósitos 211

Muestra de un ensayo de diccionario de vocablos indígenas por Arístides Rojas 216

«Venezuela Heroica» por Eduardo Blanco 218

«La Venezoliada», poema, por J. Núñez de Cáceres 220

Nota 222

El carácter de la Revista Venezolana 224

Centenario de Andrés Bello 231

El poema del Niágara 237

Productos de Venezuela 259

Los Estados Unidos y Venezuela 262

«Manual del Veguero Venezolano». Por el señor Lino López Méndez 264

Buenos y malos americanos. Fiestas en París en honor del general San Martín 272

Un poema cubano. «Los Arabescos de Eduino» por José Antonio Calcaño 276

Alba de Cuba. Relieve del escultor venezolano Rafael de la Cova 282

A Fausto Teodoro de Aldrey 284

A Diego Jugo Ramírez 285

A Fausto Teodoro de Aldrey 286

A Diego Jugo Ramírez 287

A Agustín Aveledo 289

A Diego Jugo Ramírez 290

Nueva York, 10 de junio 1882 291

Nueva York, 28 de julio 1882 293

Heraclio Martín de la Guardia 294

Fragmento del discurso pronunciado en el Club del Comercio, en Caracas, Venezuela, el 21 de marzo de 1881 297

Discurso pronunciado en la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana en honor de Venezuela, en 1892 310

Nueva York, 19 de septiembre, 1884 316

A Federico Henríquez y Carvajal 318

A tres antillanos 320

Fragmento de un discurso en elogio de Santo Domingo 322

Costa Rica, julio 8, 1893 326

Buenos Aires. Mensaje del presidente de la República al Congreso. Paz, escuelas, inmigrantes, ferrocarriles 329

Agrupamiento de los pueblos de América. Escuelas En Buenos Aires. Buenos Aires, París y Nueva York 334

Juárez 337

La Patagonia 340

La República Argentina en los Estados Unidos. Un artículo del Harper’s Monthly 342

La República Argentina en el exterior 351

La Democracia práctica. Libro nuevo del publicista americano Luis Varela 362

Nuestra América 366

Tipos y costumbres bonaerenses, por Juan A. Piaggio 372

La Pampa. Juicio crítico 381

Las crónicas potosinas del señor Vicente G. Quesada y una carta del autor 393

La Sociedad Hispanoamericana bajo la dominación española. Libro nuevo del señor Vicente G. Quesada, ministro argentino en España 403

A Miguel Tedín 409

A Roque Sáenz Peña 413

A Miguel Tedín 414

Rafael Pombo 416

El té de Bogotá 422

Guerra literaria en Colombia. «El joven Arturo», de R. Mc Douall. «La escuela», de don Santiago Pérez 424

Un recuerdo de la lectura de la Historia de la literatura colombiana, de José M. Vergara 434

Poesías y artículos de Arsenio Ezguerra 436

Palabras en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York sobre Santiago Pérez Triana 438

Honduras tiene ya su Escuela de Artes y Oficios 443

Libros a la carta 447

Brevísima presentación

La vida

José Martí (La Habana, 1853-Dos Ríos, 1898). Cuba.

Era hijo de Mariano Martí Navarro, valenciano, y Leonor Pérez Cabrera, de Santa Cruz de Tenerife.

Martí empezó su formación en El Colegio de San Anacleto, y luego estudió en la Escuela Municipal de Varones. En 1868 empezó a colaborar en un periódico independentista, lo que provocó su ingreso en prisión y más tarde su destierro a España. Vivió en Madrid y en 1871 publicó El presidio político en Cuba, su primer libro en prosa.

En 1873 se fue a Zaragoza y se licenció en derecho, y en filosofía y letras. Al año siguiente viajó a París, donde conoció a personajes como Víctor Hugo y Augusto Bacquerie.

Tras su estancia en Europa vivió dos años en México. Por esa época se casó con Carmen Zayas Bazán, aunque estaba enamorado de María García Granados, fuente de inspiración en sus poemas.

En 1878 regresó a La Habana y tuvo un hijo con Carmen. Un año después fue deportado otra vez a España (1879). Hacia 1880 vivió en Nueva York y organizó la Guerra de Independencia de su país. Fue cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay en esa ciudad norteamericana; dio discursos, escribió artículos y versos, conspiró, fundó el Partido Revolucionario Cubano y redactó sus Bases. En 1895, al iniciarse la Guerra de Independencia, se fue a Cuba y murió en combate.

Las Crónicas sociales recogen artículos de Martí sobre la vida social y política de diferentes países de Latinoamérica. Son un texto de referencia en la literatura cubana del siglo XIX.

México en 1882

Las revoluciones de los pueblos americanos han tenido dos orígenes: lucha vehemente del espíritu nuevo, que, como un aire de vida vuela ahora sobre todo el Universo para aparecer definitivamente y afirmarse; y falta de vías por donde echar naturalmente la actividad ansiosa y el insaciable anhelo de grandeza del hombre hispanoamericano.

Cuando México se sacó de las entrañas, como quien se extirpa un cáncer, el Imperio, quedó asegurada y triunfante, dispuesta a toda pujanza y maravilla la diosa permanente, que da de sí luz, que ilumina los altares nuevos: la persona humana; quedó en México el hombre después de tanta lucha heroica y sangrienta, dueño de sí, que es magnífico espectáculo, tanto como es pobre de ver, y doloroso, el del hombre que bebe en la copa del olvido licores de rosas nacidas en fango.

Pero, aun acabada esta razón de guerra, natural siempre e inevitable en los pueblos donde, en forma más o menos vehemente y culta, el hombre se rebela contra los que sujetan el noble, fructífero y majestuoso empleo de su albedrío —por hacer de sus rodillas pavimento de templo, y de su cerebro alimento de los dioses antiguos desmayados— quedaba aún en pie la segunda causa, avivada por el carácter belicoso que a la larga adquiere un pueblo nacido y criado entre guerras, y por cierta hidalga disposición del mexicano a fiar a la punta de la espada su derecho. Que daba en pie la segunda causa: llegados los hombres a la edad en que el deseo aguija y la ambición despierta al alma de los perezosos sueños juveniles, no hallaban instrumentos para su actividad, ni perspectiva para sus deseos, ni cauce para sus labores legítimas, en el cultivo rutinario, trabajoso, poco remunerativo, de tierras alejadas de los grandes mercados, ni en el servicio de industrias raquíticas y contrahechas, ni en un comercio ajeno y sórdido, no bien visto en el país por ir manchado de un descarado empeño en obtener de la tierra más provecho que el natural y honrado. Desdeñosos siempre de la vida, jugaban al azar de las batallas, a la más leve ocasión, su prosperidad o su muerte. De esta disposición, meramente económica; de esta desigualdad entre las demandas legítimas de la vida, acrecidas por un clima lujoso y un Sol caliente, y los medios de satisfacerlas; de este desasosiego del hombre fuerte y fiero de los campos, que no hallaba grato quehacer, ni qué hacer acaso, en mugrientas y ruines aldeas, o en campos abandonados, a cuya labor costosa, y a menudo estéril, no osaban atentar los mismos caballeros de la riqueza; de aquel malestar del hombre joven, deseador, mal enfrenado, suntuoso, repleto de fuerza, en una tierra dormida, de cuyo seno parecía que solo pudiese surgir el sustento de los hombres al fragor de la batalla, aprovechaban arteramente, con esa sonrisa lúgubre y fría de los que defienden cosas de su misma podredumbre muertas, los encendedores de discordia, que querían hacer pasar por sacudimientos políticos lo que no era más que desarreglos económicos. O ya era, como sucedió alguna vez, que los desocupados de todas estas guerras, o los desairados después de ellas, reunidos por el despecho, el apetito o la necesidad de sacudir la holganza, se juntaban en guerra formidable, alzaban bandera de una reforma accidental y confusa, y triunfaban.

Pero las fuerzas extraordinarias, en los hombres como en las tierras, por coartadas y oscurecidas que anden, surgen siempre. Nos parece, aunque, acaso, por ver el suceso de cerca, o con anteojos de pasión, no se vea por todos tan claro, que la nueva era económica, acelerada por estas cuantas paletadas de oro que echan en los hornos de México los norteamericanos, hoy sobranceros de caudales, comenzó con la extinción del Imperio, esto es, con la victoria definitiva sobre los mantenedores de la oligarquía teocrática en México. Desmayados de aquel golpe, apenas pudieron ya, de vez en cuando, en lugar de aquellas guerras tremendas y devastadoras que azuzaban antes y capitaneaban, arrimar la tea apagada a aquellos puñados, en México perennes, de descontentos o desocupados de las guerras. A poco de esto, asaltó los montes, llamando con grandes voces a la tierra adormecida, la locomotora de Veracruz, que puso en fuga a los bandoleros de las cercanías, a aquellos ociosos de antaño, con más presteza y éxito que el ejército más afortunado. No parece que el avantrén de las locomotoras libre de obstáculos la vía, sino de malvados. En descanso ya las armas de los que tantos años las esgrimieron noblemente en México por asegurar al hombre, contra convenciones religiosas y rezagos autocráticos, el ejercicio de sí, y no tan ocupadas, en virtud de la última derrota estrepitosa, las lanzas de los peleadores de alquiler, comenzó el suelo a dar flores durante el sueño, apenas interrumpido, de la guerra: y ha dado tantas, que no parece que la guerra misma, maravillada de tanta hermosura, tenga valor de atentar a ella, sobre que al aroma de las flores de la tierra cultivada se desciñe por mágica virtud, y vienen al suelo los arreajes y aprestos de la guerra.

Nos mueve a esas reflexiones, que aquí de mal grado interrumpimos, el amistoso informe que de México en 1882 publica ahora el caballero Strother, cónsul general de los Estados Unidos en México. Oírle es asistir a fiesta de encantamiento. Parece que los hombres todos se levantaron a la vez de un sueño, y éste seca un río, aquél perfora un monte, el otro lo vacía, tal destila oro, cuál levanta un pueblo, cuál, enarbolando una bandera blanca y puesto el pie sobre otra roja, se entra, a la cabeza de una locomotora, por la selva que abate a su paso las copas solemnes, y carga los vagones de sus frutos próvidos. Dice el cónsul Strother que al grueso dinero de plata sucede —¡ojalá que no sea, para evitar males futuros, con ciega presteza!— el papel moneda. Dice que no hay alba que no se anuncie con un nuevo descubrimiento; que no hay sustancia, de aquellas diversas que a millares da la tierra, que no esté ya sacada a luz y en vía de industria; que están llenas las mesas de los gobiernos de peticiones de compañías que quieren sembrar plantas de tejer, y trocar luego sus fibras en cuerdas, papel, velas, vestidos; que los pozos de oro abandonados se reabren, y vetas ignoradas salen a luz, y nuevas máquinas hidráulicas ahuyentan a las ruedas con que aún socavan en México las minas; que todo es mina de hierro, carbón y petróleo; todo esperanzas, donde el limpio maguey alza sus hojas; y en los campos abiertos, que se visten de gala para recibir amorosamente a los ferro carriles —¡gran desposorio nuevo!— todo es trigo y cebada, maíz, caña de azúcar. Plantan la vid, que ya se daba en los Estados de la frontera del Norte; domicilian la morera, que no estaba tampoco descuidada, porque México ha sido siempre tierra ávida de arte y ciencia, y tiene para su cultivo como privilegios naturales; traen de tierras lejanas caballos de buena alzada, que se cruzan con aquellos febriles y majestuosos de Aguascalientes; traen, y los sientan entre los indios benévolos y atentos, blandos siempre al amor, campesinos de Italia, viticultores de Francia, suizos honrados y alemanes fuertes. Entran al país nuevas semillas de árboles y hombres. Lucen en los cortijos los arados de acero y trilladoras: Y el gobierno, puesto al lado del pueblo, se ocupa en abrir puertas a las industrias y a los cultivos; y no, como otros, en cerrarlas. En suma, y aunque nos duela sacar los ojos del informe del cónsul Strother, que en este tenor dice muchas cosas buenas, con dos hechos de gente de pelear pondremos punto a este artículo.

No bien entró, de vuelta de su cruzada épica, a gobernar en paz a México, aquel indio egregio y soberano, que se sentará perpetuamente a los ojos de los hombres al lado de Bolívar, don Benito Juárez, en quien el alma humana tomó el temple y el brillo del bronce, volvió armas contra él un capitán de guerrilla que años enteros había estado batallando en su favor. Ayer mismo, al grito de Juárez, sacudía la lanza sobre los amigos del Imperio; y hoy, al amanecer, vencidos los amigos del emperador, sacudía la lanza contra Juárez.

Y es fama que le dijo una persona de pro, con palabras históricas, al cabecilla reacio:

—Pero, maldito: si has estado doce años peleando porque gane Don Benito, ¿por qué, ahora que ha ganado, peleas contra él?

—Porque yo peleo contra el que manda.

Esto era aún diez años hace; y ahora es esto:

Antes se vendían en México, por cada 10 pesos de instrumentos de agricultura, 100 pesos de armas; y ahora se venden 10 en armas por cada 100 pesos de instrumentos de agricultura; y un cabecilla famoso, que jamás había sacado del lomo de su caballo la silla de batalla, dejando su corcel de guerrear atado a un árbol viejo, bajó pocos días hace a la ciudad, según Strother cuenta, y compró dos arados.

La América. Nueva York, junio de 1883

La industria en los países nuevos

Florece hoy en México la industria; y como están entrando en el país capitales nuevos; como es sabido que a la voz de las locomotoras la tierra abre sus senos; como se están poniendo ya en circulación los capitales del país, antes tímidos y enmohecidos, o consagrados a la cómoda usura; como va a haber más gente a quien vender y más dinero con que comprar, las industrias de México se avivan y se ponen en pie para seguir a la par de la corriente que empuja, tiempo arriba, a la nación.

¡Qué bueno fuera que, con ojo seguro, los acaudalados del país se diesen a ayudar las verdaderas industrias de México, que no son las imitaciones pálidas, trabajosas y contrahechas de industrias extranjeras, sino aquellas nacidas del propio suelo, que ni para nacer ni para vivir necesitan pedir prestado el alimento a pueblos lejanos, sino que trabajan de cerca e inmediatamente los productos propios! Y ¡qué malo fuera que, en vez de echar por este campo industrial, fértil, ancho y legítimo, se diera México a emprender una lucha desesperada, penosa e infecunda, para colocar en su territorio a altos precios productos que, aunque se puedan hacer mecánicamente en el país, no se pueden económicamente hacer; esto es, no se pueden producir de una manera ventajosa para el país y vencedora de las industrias similares rivales!

Pues ¿dónde hay caudales mayores que en los Estados Unidos? ¿Dónde han llegado a tal desenvolvimiento la asociación y el crédito, que son las dos claves con que ha de leerse en el interior, a primera viste maravilloso, y en verdad sencillo, de este pueblo? ¿Dónde se cerraron jamás con más dureza las puertas de la nación a los productos de las industrias que cultivaban los fabricantes nacionales? Pues en no siendo en aquellas labores que legítimamente arrancan de su propio suelo, y se dan naturalmente en él, en las que llegan a pasmoso desarrollo las industrias americanas, no han podido aún acercarse a sus rivales perfectas de Europa, a pesar de que no hubo nunca país industrial favorecido a la vez por capitales tan grandes, por tal monto de condiciones generales benéficas y por suma tan recia y severa de leyes prohibitivas.

Pueblos nuevos que han de vivir con sustos y trabajos, aun en medio de alzas aparentes y de irrupciones vertiginosas, hasta tanto que se serene la polvareda de la marcha y se vea qué queda después de ella; pueblos nuevos a quienes el ansia ajena y la propia pueden llevar, como globo con exceso de gas, a alturas donde la atmósfera ya no es respirable; pueblos nuevos, sin los beneficios, crisoles y tamices de la experiencia, que depura y decanta, y deja lo útil, sino con los hervores, prisas y ceguedades de la mocedad, pagada de lo premioso, fantástico y brillante; pueblos nuevos sin facilidades mecánicas generales, ni habilidad hereditaria, ni grandes organismos industriales que favorezcan la producción, ni comodidad geográfica, ni posibilidad racional para enviar a distancias considerables, por vías caras, productos imperfectos, a luchar en los mercados donde éstos se dan naturalmente perfectos, sin transportes que los raven ni viaje que los deteriore, y más baratos; pueblos nuevos sin abolengo, ni vecindades ni constitución industriales, no pueden producir ventajosamente industrias que vienen siendo el patrimonio, necesidad espoleadora y ocupación secular de países poco fértiles, donde la pobreza de la tierra aviva el ingenio; de países constituidos industrialmente, de manera que el arte mismo es torcido a los propósitos de la industria, y las escuelas, los talleres, las leyes mismas, talladas de manera que coadyuven a las grandezas y facilidades industriales. Los Estados Unidos, con relojeros en todas partes del mundo, con caudales pasmosos y con la legislación más amparadora de los productos nativos que puede apetecer pueblo alguno, producen a $2.75 relojes inferiores, en seguridad, material y apariencia, a los que pueden por cinco francos obtenerse en Suiza.

Es imposible, por otra parte, que un gran territorio agrícola y minero no sea también un gran territorio industrial. Es imposible que tan gran reino vegetal no traiga en su diadema toda de joyas nuevas, industrias propias y originales. Es imposible que del maguey no surjan nuevos telares, nuevas ruedas de dientes poderosos, nuevos cobertores, nuevo cordelaje, nuevos paños, espíritus nuevos. Es imposible que tales riquezas industriales queden en abandono o en desmayo; porque lo que tiene razón de vivir trae consigo tal pujanza, que no hay preocupación de escuela, ley hostil o capricho pasajero que lo ahoguen. Y bien puede ser que haya en México industrias viables, que en el primer momento no lo sean, por ser también industria de otros países; mas a esto viene el genio industrial, que prevé que, a la larga, por dolorosos que sean los comienzos e idénticas a las propias las ventajas del pueblo rival, no podrá suceder al fin que en el propio suelo venzan, ni asomen a lidiar con los productos directos, otros iguales que, aunque sean también directos en el país que los produce, tienen que echarse a la mar y salvar tierras para entrar, con armas ya vencidas, en el combate. Es, pues, de alentar toda industria que tenga raíces constantes en el territorio que la inicia; es de rechazar como una rémora, como una catástrofe vecina, como un vicio de la mente, como un mal público, toda industria que, sin más mercado que el reducido del país propio, se empeñe en vencer, por sobre constantes e incontrastables elementos adversos, a industrias perfectas, antiguas, probadas y baratas, cuyos productos pueden venir, sin pérdida inútil de fuerza, fe, tiempo y caudales nacionales, de otros países.

La América. Nueva York, junio de 1883

México en Excélsior

Los lectores de La América conocen, porque en nuestro número del mes de junio se lo describimos, el baile suntuoso que, como un himno cantado por los colores y los miembros armoniosos del cuerpo humano a las conquistas del hombre sobre la Naturaleza, han dispuesto, con notable alcance en el pensamiento y lujo en la forma, sus afortunados autores.

Nueva York exhibe ahora el baile Excélsior, sin aquella plenitud de buen gusto con que, como flor inmensa que se abre en cesto de oro, lo exhibía el teatro Edén a los parisienses; pero con no menor riqueza. Cuando a nuestros ojos latinos asoman casi las lágrimas ante la dolorosa agonía, presentada en apropiada mímica, de los ingenieros franceses que creen haber errado sus cálculos y desesperan de haber venido abriendo el túnel del lado de Francia en la misma dirección en que lo venían abriendo del lado de Italia; cuando se dilata el alma jubilosa, y se sonríe dichosamente, como cuando se acaba de conmover a los hombres con una palabra, o arrancar un hecho nuevo a la Naturaleza; al ver entrar, al fin, lleno de abrazos, por el agujero abierto de ambas partes en el mismo lugar del túnel, al primer obrero italiano que dobla en tierra la rodilla, saludando con los llorosos franceses a un Dios nuevo, el público de Niblo’s Garden apenas aplaude. Generalmente no aplaude. ¡Hay entonces poca luz, poco color, pocas damiselas en la escena!

Pero luego es de ver, en «Ismailia», el baile de todas las naciones. Todas están allí, en sus trajes peculiares y pintorescos; algunas faltan, que se están elaborando en la sombra y purgando pecados antes de subir a la morada de la Libertad; otras sobran, ya degeneradas y caídas, más hechas para ser bebidas de un sorbo por una sedienta bailarina, como el reino de Nápoles, que para llevar sus armas de abrir istmos en el cortejo de la locomotora prepujante, clarín de casco plumado de los ejércitos modernos.

En esa escena de Excélsior, en que los pueblos todos de la Tierra se juntan, en clarísimo espacio, por todas partes matizado —como por lenguas de gozo— de banderas, a celebrar la unión de los mares, aplauden los espectadores noche tras noche un curioso baile a cuatro, que viene después de magnífico quinteto bailado en que la Civilización, en saya corta, y la Luz, con casco y largo manto relumbrantes, disputan a un cruel señor de esclavos, azuzado por el genio negro de la Oscuridad, un pobre siervo desnudo y maltrecho, con quien la Civilización, al cabo victoriosa, baila en conyugal abandono el paso de la igualdad y de la paz; todo lo cual, con ser mímica y tener grano de chiste, conmueve, y enseña, y habla al juicio, y humedece los ojos.

Y en el baile de a cuatro, en que un inglés, todo vestido de dril blanco, figura a Europa, y a Asia un chino de ancha toga de seda, casco mondado y bigotes cadentes, cuyos extremos danzan como brazos de pulpo a los caprichos del aire, que el chino sacude con inquieto y cínico abanico, México ha sido elegido para representar a América; mas no de ridícula manera, como el inglés, que baila en la escena cancán descoyuntado, y el chino, que acompaña la animada orquesta con brincos y escarceos de ardilla loca; sino de garboso y cuasi heroico modo, y como caballero de la Civilización, que con igual brío la arrebatara de los brazos del chino que de los del inglés, cuando en los accidentes del baile se escapa a ellos.

A mayor atrevimiento, mayor honra. México se dio, en su lucha contra Europa, tamaños de pueblo; y hoy, cuando quiere un europeo simbolizar la América, la simboliza en México.

No por indio, tocado de vistosas plumas y vestido de blancos algodones, y sobre ellos colgantes del pecho gruesos trozos de horadada obsidiana, y en los dedos muestras ricas de aquellas labores de oro que tan sutilmente hacían los artífices aztecas; no por indio de tiempos de antaño está representado México en el baile, sino por charro gallardísimo, de vestido apropiado y lujoso, a quien solo sobran unas como monedillas de oro que le cuelgan del borde del sombrero. Su parte en el cuarteto no es la de Sganarelle, sino la de don Juan. No le engañan, ni se da ocasión a que se burlen de él. Es el amante preferido de la dama, a quien su valor rescata siempre de los brazos rivales. Y en la música misma, el zapateo que el mexicano y la Civilización bailan, que no llega a ser el melodioso jarabe tapatío, interrumpe, como dúo de amor entre carcajadas de payasos, las notas saltarinas y compases descuadernados que acompañan las piruetas carnavalescas del chino y del inglés.

De todo lo cual, aunque parece cosa pequeña, se deduce que, a la largo, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto que inspira, de haber sido heroico;... así como queda para befa y mote cuando tarda en serlo.

La América. Nueva York, octubre de 1883

México, los Estados Unidos y el sistema prohibitivo

Más que palabras propias, que, por venir de labios latinos, podrían parecer alardes de teoría, importan las que al pie traducimos, en que el Herald diario de hechos, que tiene para ellos un ojo limpio, frío, y a menudo brutal, censura a su modo, con claridad igual a su crudeza, el sistema proteccionista, que apenas compensa al país con el beneficio de adquirir algunas industrias imperfectas, de los obstáculos que al amor de ellas se levantan, de la áspera contienda entre los industriales favorecidos y tercos y la nación gravada y ahogada, y del daño y riesgo en que pone a un país la acumulación de una población industrial que se ha de hallar al fin, por lo excesivo y caro de su producción, sobrada para el país y muy cara para los ajenos, en revuelta ira y hambre. Es lo peor del sistema proteccionista, usado siempre con la previsión de que solo se le tendrá en vigor mientras favorece la creación de las industrias nacionales, que éstas no le permiten luego detenerse donde debe; sino que, engolosinadas con los fáciles rendimientos que al principio, con un país entusiasta y no surtido, logra, no quieren abandonar los privilegios adquiridos, aunque de ellos sufra el país en cuyo beneficio se instituyeran; porque el sistema proteccionista, que se crea para que la nación se haga manufacturera, y, por tanto, rica y poderosa, no se mantiene luego sino por un grupo de industriales, ricos y poderosos, a costa del malestar y estrechez crecientes en la nación.

Como siete años hará, cuando el Herald no preveía por cierto lo que ahora lamenta, que la misma mano que estas cosas escribe en La América sobre México, las escribía en México sobre aquel país de corazón caliente y tierra valiosa y sobre esta otra tierra, cuyos apuros de ahora ya de entonces los veedores de ojos claros alcanzaban; lo cual recordamos porque es manía, entre gente de poco meollo, de esa que toma a ciegas puesto en bandos y generalizaciones, que, por el hecho de escribir desde los Estados Unidos, todo lo que se escriba, aunque sea tinto en la propia sangre y sacado del metal más puro que vetee por las minas del cerebro, ha de ser norteamericano; el soldado de filas no ve nunca los ensueños de gloria o deleites de sacrificio que iluminan o enternecen, en la hora del combate, los ojos del capitán.

Como siete años hace, decíamos, con nuestra previsión latina, lo que ahora, después de su experiencia sajona, reconocen los que a su costa lo tienen aprendido.

Los Estados Unidos, vivo ejemplo hasta ahora de las ventajas aparentes del sistema proteccionista, se revuelven contra él, como Neso haría contra su túnica, y por boca del Herald, que en esto hace coro a todos sus diarios, dicen, a propósito de su falta de arraigo actual, y acaso de arraigo futuro en el comercio con México, lo que les inspira su posición económica presente, consecuencia grave, si no formidable, del empleo desatentado y pleno de los métodos prohibitivos.

Dice el Herald, y como el Herald tipifica, en muchas cosas guía y en todas refleja bien a su país, no es de perder nada de lo que en estas cosas dice:

Aun ahora, los ferrocarriles que desde este país están siendo introducidos en México están casi exclusivamente bajo el poder de ciudadanos de los Estados Unidos, y el capital americano se ha invertido en considerables cantidades en empresas de México. Cualesquiera que hayan sido nuestras desventajas cuando solo existía entre los dos países el comercio marítimo, los norteamericanos poseeremos (y este futuro lo expresa el Herald con su will absoluto, y no el shall que deja abierto campo a la posibilidad o a la duda, el shall cortés), todas las ventajas comerciales que deben surgir de la terminación de los ferrocarriles.

Sí, todas las ventajas; pero si decidimos aprovecharnos de ellas. El mercado de México pertenece naturalmente a los Estados Unidos; pero por desdicha no se tuvieron en cuenta, sino que se alteraron, estas condiciones naturales, y se estableció en su lugar un estado de cosas puramente artificial, e innatural, por lo tanto, que ha venido a poner en manos de otras naciones un mercado que hubiera podido estar en las nuestras, y que, al paso que van siendo más favorables las condiciones en que se mueve, está en camino de ir creciendo casi indefinidamente. En los años 1882 y 1883 las exportaciones de México a Inglaterra aumentaron en cerca de siete millones, mientras que las exportaciones a los Estados Unidos aumentaron solo en tres millones; resultado que es todavía más lamentable en lo que se refiere a la exportación de metales preciosos, de los que Inglaterra importó de México en 1883 cerca de $504.000 más que en 1882, y los Estados Unidos más de 600.000 menos.

De nuevo preguntamos: ¿tendrán los Estados Unidos el mercado de México? No lo tendrán, decimos, a menos que no haya un cambio en nuestro sistema de comercio. México posee en abundancia las materias primas de la industria, y las industrias de los Estados Unidos necesitan precisamente de esas materias primas para poder reducir el costo de producción de sus artículos, y exportarlos a México y venderlos en competencia con las naciones europeas, que están ahora surtiéndose de aquellos materiales baratos. ¿Qué condiciones pudieran ser más favorables para un tráfico mutuo, que para ambas naciones sería ventajoso? Y ¿cómo caracterizaremos el estúpido y suicida sistema de comercio, mantenido por nuestra tarifa y nuestras leyes de navegación, que hace imposible ese beneficioso cambio? El carácter egoísta del sistema de protección es harto bien conocido para que se requieran ejemplos que lo pongan en claro; pero si algún ejemplo se necesitare, el rechazamiento del tratado de reciprocidad con México lo proporcionaría. México ha puesto mucho de su parte para abrir comercio con los Estados Unidos; los artículos que exhibe son los que en los Estados Unidos deseamos; y la generosa ayuda dada por México a los ferrocarriles demuestra su afán por establecer relaciones mercantiles con nosotros. Pero nosotros tranquilamente desdeñamos los ofrecimientos de nuestros vecinos, y preferimos mantener una política de aislamiento que está arruinando todas nuestras industrias y deprimiendo todos los ramos del comercio y la manufactura. Nosotros invitamos fríamente a otras naciones a que recojan las grandes ventajas que el comercio con México ofrece, y debemos pagar caro esta conducta si persistimos en ella.

Dice eso el Herald.

Por lo que hace al tratado, cierto que debe haberlo entre México y los Estados Unidos; y los que del lado latino, por prever males, no lo quisieran, no saben que, con cerrarle totalmente la puerta acumulan males mayores que los que pretenden evitar; así como los acumulan por otra vía, aunque con igual término, los que apresuradamente urden y azuzan tratados de naturaleza tan grave. Tratado debe haber; pero no aquel que se proponía, y yace en buena hora.

Y por lo que al sistema proteccionista hace, y lo que con él ha pasado en los Estados Unidos, ¿no será que el sistema proteccionista sea como esos cercados de madera de que se rodea en sus primeros años a los árboles tiernos, pero que luego, cuando ya se alza fuerte y gallardo el arbolillo, es necesario remover para que no oprima el tronco, que de todos modos ha de echar al fin el cercado a tierra?

La América. Nueva York, febrero de 1884

Adelantos en México

Mejora y cruzamiento de caballos.

Varias razas.

Crónica de zootecnia

Recuerda México a un buen caballero de un libro encantador del inglés Bulwer Litton, admirable libro, llamado del nombre de su héroe «Kenelm Chillingly»; el cual caballero inglés, Sir Leopold Travers, luego que gastó, con bríos de mozo, en querellas de amor y lujos sociales, sus primeros años y dinero, vio una buena mañana que por aquel camino iba a ambas ruinas, y sin dejar de una vez el trato ameno y espacioso de las gentes cultas, que es para el espíritu como la sazón para los manjares, se dio muy buenamente a mejorar sus campos, apuntalar y reforzar sus agrietados caseríos, abonar y sembrar sus empolvadas tierras y cruzar y embellecer sus animales. Y cuidaba con grandísimo amor su buena vaca Durham.

México, de vuelta ya de sus querellas de amor y nobles arrebatos del mocerío, ha puesto los ojos en su hacienda pingüe abandonada, que sin duda triplicará en valor, con el cuidado, como triplicó a vuelta de pocos años la de Sir Leopold Travers.

Ayer decíamos que México sembraba su valle; ahora diremos que México se ocupa activamente en la mejora y cruzamiento de sus ganados, en el modo de subir de alzada el nervioso y lindo caballo de Aguascalientes y llevar nuevas yeguas a Guanamé, La Gavia y Cruces, buenos criaderos donde ya escasean, y poner buena semilla en las receptoras afamadas de Tantoyuca.

Así como Guatemala, ganosa de mejorar la pobre especie de sus quinas y de sembrar en profusión un árbol cuyo consumo aseguran las numerosas industrias que lo usan, llama a que reconozca la tierra y presida la siembra a un hacendado de Ceilán, de habilidad probada en estas labores, así México pide informes sobre las razas caballares y tipos que fuera conveniente cruzar, y sistema que ha de seguirse en el cruzamiento, a una notable persona, rica en conocimientos de zootecnia.

La ciencia toda del cruzamiento cabe, al decir de este informador, en una sola frase: «que productores y receptores sean entre sí lo más alejados posible en sangre y genealogía». Y así los hijos heredarán los dobles caracteres salientes de ambos padres, que, por no asemejarse entre sí, no se funden en un hijo de cualidades pálidas y neutras.

Yeguas, no las hay mejores que las de Kentucky; y si tienen alguna sangre de aquella fogosa y pura de la Pampa, más apreciadas son todavía. Kentucky ha dado a los Estados Unidos esos caballos de veloces remos y de pechos anchos que hacen fruncir el ceño a los arrogantes criadores de Inglaterra, más de una vez vencidos por los nerviosos potros kentuckianos.

Y estas yeguas de Kentucky podrían dar excelentes hijos si se les llevasen padres árabes, no el Kadischi, de oscuro abolengo, y tal vez mal mezclado, ni el Attechi vulgar, ni el pesado Nedgedde, ni el Montific mismo, con ser noble y de casta probada; sino el Kochlani, soberano y esbelto; el leal y fogoso Kochlani, ala y amigo del corredor beduino, hijo de aquellas caballerizas afamadas del rey Salomón. ¡Gran rey aquél, que, sin monumentos y sin prensa, saca tantos codos por sobre las hombres y los pueblos de su tiempo; que se le ve entero y como vivo todavía! ¡Oh, fama, sueño y entretenimiento de los niños!

Para las receptoras normandas, el informador mexicano quiere semilla de pampas, en cuya sangre ágil y briosa ponen opima vida los suculentos jugos de aquellas yerbas vírgenes en que saca afuera su pujanza exuberante la tierra de la República Argentina. Hijos diestros y recios a la par nacerán de la normanda de anchos cuartos y nervudos remos, poderosa tiradora, y el pampa centelleante y flexible, en cuyos ojos vivos se hallan a veces relámpagos de ojo humano; no en Kentucky solo; en Louisiana, Filadelfia, Ohio y California tienen por yeguas excelentes las que algo conserven del caballo pampa. Gozan gran fama de ligeras trotadoras.

A la receptora boloñesa, madre de esos valientes y pundonorosos caballos de campo que, como a hermano suyo, cuida el labrador francés, vendría bien el semental inglés de sangre pura, el «blood horse» aristocrático, de elástico músculo y remos alados.

A la andaluza de paseo, de fría y acabada hermosura, el turcomano de fatiga, tan largo y desencajado como perspicaz y resistente.

Las peludas, ponderosas y colosales yeguas del Perche, madres de los percherones de gran pecho, velludo espolón, pezuña abierta y cuartilla corta, debieran ser cubiertas, como las normandas que en sus usos campesinos y fuerza se les parecen, por los Kochlanis elegantes.

Las artilleras de Jerez, hijas de árabe y normando, mansas y duras, darían gallardos hijos, bellos y trabajadores, si las cubriesen los racers ingleses, de miembros férreos y delgados, competidores hábiles del viento. Para la yegua francoárabe, que da a los campos de guerra sus mejores corceles, se aconseja el refinado Kentucky, en quien se concentran las razas opuestas.

A yeguas mexicanas, de variada índole, añadirían propiedades nuevas, mezcladas cuidadosamente en relaciones opuestas, los percherones pode rosos; los berberiscos, hijos de árabe y númida, que han dado buena semilla a los criaderos de Inglaterra; y los enjutos e infatigables mecklemburgueses.

Las yeguas de Filadelfia, altas, recias y hermosas, casarían bien con los sufridos y nobles argelinos.

Es la hacienda para un pueblo como los aposentos de la digestión para un individuo; y toda turbación o pobreza en aquélla trastorna al pueblo, como la falta de alimento o alimentación irregular trastorna y hace ineficaces o dañinos todos los demás órganos del hombre. Hasta en el exceso se parecen pueblo e individuo en ambas cualidades; que cuando hay plétora de hacienda oscurécense la virtud y sano sentido en las naciones, como en el hombre el juicio cuando ha puesto en sí cantidad excesiva de alimento.

México, que hace tan bien en imitar al caballero Travers y en arreglar cuidadosamente su sistema de creación y circulación de la riqueza, da prueba nueva de previsión y limpio entendimiento imitando a aquellos bravos caudillos feudales, menos románticos, acaso, de lo que pintan aisladas leyendas, que de sus guerras con mahometanos hallaban descanso en traer, como Ricardo Corazón de León, galanos caballos del Oriente, para mejorar las crías normandas, o en crear, como «Juan sin tierra», con cien sementales muy buenos de Holanda, el caballo de tiro valioso de que hoy se envanece Inglaterra.

Los pueblos, hombres magnificados, como los hombres tienen su edad de predominio de imaginación, y de predominio de razón. Caldea aquélla la máquina, que luego lleva a espaldas tren lujoso. Ya México prepara el tren de lujo.

Y hace bien, por cuanto es bueno pensar en la esencia de la vida al pensar en sus formas, y ver de mantener aquélla para que prosperen éstas; hace bien en buscar modo de celebrar tratados eficaces y de inmediatos y equilibradores resultados con todas las naciones de la Tierra, en la razón en que deben estar las receptoras con los sementales: veinte a uno. Lo cual no es fórmula cabalística, sino vital e interesantísimo consejo.

La América. Nueva York, 1884

Nueva York, 2 de agosto 1886

Señor director de El Partido Liberal:

Con ansiedad de hijo he venido siguiendo los sucesos que han abierto al fin vía a las pasiones acumuladas en los pueblos de las orillas del Río Grande: lo perentorio e inminente de ellos me impone su narración desnuda y exacta: ¡quién pudiera con sangre de sus venas comprar la paz del pueblo que ama!

En este mismo instante están presentándose al Congreso en Washington todos los documentos referentes a la prisión y proceso del periodista Cutting en El Paso; y la que no era hasta ayer más que una cuestión diplomática, en la que la prudencia innegable de dos gobiernos amigos parecía ir disipando la furia de una región brutal y ambiciosa, es ya en estos momentos un caso nacional, coloreado vivamente por los que quieren forzar al país a una guerra de conquista, y puesto a la merced de un cuerpo de Representantes que ni por la naturaleza de sus miembros ni por su dependencia de las masas electoras obrará probablemente con el tacto y la cautela con que tal vez lo reprima el Senado.

Solo hay una esperanza permanente de salvación en las resbaladizas relaciones entre los gobiernos de México y los Estados Unidos. No son las relaciones entre estos países como las que, con más o menos cordialidad, sujetan en respetos mutuos a dos gobiernos capaces de desatar o reprimir la guerra; sino que las relaciones de México tienen que ser dirigidas de manera que a la vez respondan a la actitud del gobierno de los Estados Unidos, y a la de sus habitantes, que los empuja y precipita. Las relaciones con el gobierno son relativamente fáciles, porque aquél tiene a la fuerza, aun cuando no fuese sincero, que obrar como a la faz del mundo atento se lo imponen su decoro de República y su moderación de pueblo mayor; y así, se le tiene siempre por las bridas, por su propia necesidad de parecer justo y honrado. Pero en la opinión cruda del país hay respecto a la posesión final de México una especie de seguridad vaga, una como conciencia de natural dominio, una visión oscura de definitivo imperio, que espera para convertirse en certidumbre a que se ponga en pie el deseo.

Repugna y alarma la constante exhibición de desconocimiento e injusticia que acá se hace de las cosas de México. Por imprevisión fatal no se ha salido al paso de este concepto erróneo, no se ha puesto acumulado y terco empeño en sustituir ese recio desdén con la admiración sincera que en un pueblo, compuesto al fin de trabajadores y gente hecha de sí, tiene que inspirar un país que ha ido agrupando en nación sólida, con las manos ensangrentadas por las mordidas de sus propios hijos, los elementos más hostiles y desgranados que entraran en la composición de pueblo alguno. Ese es aquí el gobierno verdadero, ante el cual solo sirve de asesor y ejecutor el gobierno nominal: de manera que, en las relaciones con éste, que poco puede en los casos de conflicto, hay que tener constantemente la mira en aquél, que es el que los produce o los evita. A ese gobierno invisible y enorme es al que hay que tomar las avenidas. Esa es la originalidad temible y distinta de este pueblo respecto a los países de constitución monárquica. En esos países de constitución monárquica —lleven o no título de República— puede descansarse, por lo que hace a guerra, en las promesas, intrigas o influjo del gobierno, que realmente dirige. En los Estados Unidos el gobierno no dirige. El país se abandona a los políticos de oficio en las cosas de importancia menor pero manda, por sí, y arrolla a los políticos de oficio, en todos los casos mayores. De manera que aquí no se ha de cortejar a un rey ni a un presidente; sino a la masa nacional, que con toda realidad rige y preside. Ha de haber dos corrientes de diplomacia, con un solo espíritu; la una, para con el gobierno, a fin de tener siempre los ánimos obligados a entrar por la salida decorosa que se ha de tener pronta a todo caso probable de conflicto; la otra, para con la masa del país, a fin de ir destruyendo en ella la falta de respeto y conocimiento que hace el conflicto demasiado fácil. Y como por desdicha las pasiones acumuladas en la frontera, que están siempre a punto de estallar con ira, van más aprisa que esta propaganda directa de respeto todavía no emprendida, e irían más aprisa que la que se emprendiese; como la ambición descarada de los Estados fronterizos del lado americano prende sin trabajo en esa idea vaga de una posesión segura que acá está en la masa respecto de México, y encuentra apoyo, y apenas resistencia; como esa voluntad de invasión, que hay tiempo todavía de reprimir, no llega aún a tal viveza que sea inminente, porque el gobierno no ve razón para ella, ni el país distraído todavía la necesita; resulta indispensable el tener calculada en todo extremo una salida visible de derecho por donde hubiera de escurrirse, ante el mundo que ve, el gobierno, en que caben las malas como las buenas intenciones, —o le diera pretexto decoroso para negarse a atender a los interesados en la guerra. De eso parece que viene la presente angustia: de que este gobierno, que ni en palabra ni en acto ha apoyado a los turbulentos de Texas o puesto en mal al gobierno mexicano, ha hallado la salida de derecho que indudablemente ansía para salvarse de un conflicto venido en mal hora.

Desde que los despachos de Texas empezaron a avivar esa idea de dominio que es característica temible del norteamericano genuino; desde que la prensa, que suele acá hacer gala de brutalidad, prohijó sin enmienda, antes bien con expresiones de aplauso, los informes enviados de la frontera llenos de detalles exagerados o fingidos con habilidad siniestra, debe decirse en verdad que ni una palabra sola del Gobierno ha venido a azuzar el conflicto, y muchas en cambio ha hecho decir para calmarlo. Ni las censuras agrias e irrespetuosas de la gente de Texas y de su gobernador Ireland han sacado de esta actitud al Gobierno, que en toda ocasión dice que el deseo del de México de resolver honradamente este caso es tan sincero y respetable como el suyo propio. Y aun es seguro que, con esa ciencia de esperar que hace al hombre de Estado, hubiera extendido las negociaciones diplomáticas hasta dejar pasar el primer vaho de la ira, si azuzado por la gente de Texas no hubiera un Representante pedido con anuencia del Congreso al presidente los documentos del caso, que el presidente tiene que presentar al Congreso, según una provisión de los Estatutos reformados. Y en la prensa misma, donde no faltan a México observadores justicieros, no se nota aún un empeño real de forzar el conflicto, que salta en su desnudez, a pesar de sus colores de apariencia legal, con su carácter de invasión disimulada que cree cierto el triunfo, y quiere darse por razón, ya el proceso del periodista Cutting, ya el fusilamiento del naturalizado Resures, ya la insignificante detención de un Mr. Fleming, viajero de una casa de comercio, preso en Dallas.

Pero el Congreso no ha querido conocer del caso de Resures, entregado a las autoridades de México por la autoridad misma de Texas, —ni del de Fleming—. El caso único y de gravedad verdadera es el de Cutting, que por desdicha va al Congreso basado en una argumentación que apenas permite a éste una evasiva juiciosa. Cutting ha sido preso y procesado en El Paso de México por un artículo publicado en inglés en El Paso de los Estados Unidos, que el juez de El Paso mexicano considera penable conforme al Código de la República. El secretario de Estado, Mr. Bayard, mantiene que la ley de México, como la de ninguna otra nación, no puede causar efecto fuera de su territorio, —ni los periodistas de los Estados Unidos pueden naturalmente quedar expuestos a ser castigados conforme a la ley mexicana por haber expresado en su propio país, y conforme a sus leyes, opiniones que pareciesen penables a la justicia de México; no pueden los Estados Unidos admitir sobre los actos de sus hijos en su territorio más jurisdicción, ni diferentes penas, que las suyas propias: no puede admitirse que México castigue como delito mayor un acto que acaso es solo una falta en los Estados Unidos, o no es siquiera falta: ni puede, sobre todo eso, conformarse el gobierno norteamericano a ver efectuar el proceso de un súbdito suyo con formas y condiciones que en el derecho constitucional de los Estados Unidos se tienen por arbitrarias y opresoras.

En ese punto penoso descansa la controversia; y el Congreso de los Estados Unidos es llamado, como se ve, a declarar si puede su nación aceptar sobre los actos de sus ciudadanos en su territorio propio la jurisdicción extranjera. El secretario de Estado de los Estados Unidos lo niega. De la correspondencia aparece que el ministro de Relaciones de México, fundado en el artículo 188 del Código, lo afirma. Del tono de la controversia se desprende la sincera voluntad en uno y otro de salvar con decoro un peligro de guerra casual, que ninguno de los dos gobiernos desea. Del desdén que inspira Cutting, y del conocimiento que se tiene del espíritu agresivo de la gente de Texas, pudiera creerse que el Congreso, aun cuando decida exigir al presidente que intime la libertad de Cutting, como es casi inevitable que decidirá, no lo haga en una forma tan estrecha que impida el modo de evitar una guerra que no se ve con entusiasmo, ni se considera justa, aunque la verdad manda decir que, salvo en nobles espíritus, no se la vería con temor ni repugnancia. Pero de la Casa de Representantes, que ha entregado ya los documentos a la Comisión de Negocios Extranjeros no debe esperarse, a juzgar por lo que ya se ve, más que el acuerdo de intimar al presidente a que exija la libertad inmediata de Cutting. Los diputados tejanos ejercen todo su influjo sobre la Comisión. El juicio de aquella parte de la prensa que parecía dispuesta a mantener a México en el caso técnico de que el artículo de Cutting, penable según su ley, hubiese sido circulado en su territorio, se vuelve hoy contra México, desde que los documentos revelan que la República mantiene que puede penar en su territorio por sus leyes los actos de un ciudadano americano referentes a México en los Estados Unidos. Y ya se tiene en estos momentos por seguro que la Comisión de Negocios Extranjeros proponga a la Casa de Representantes que «apruebe la conducta del presidente en el caso de Cutting, y renueve la demanda de su libertad». Pero en ese mismo acuerdo de la Comisión resalta de propósito, y no está allí sin su intento, una frase que es una puerta abierta: ésta: «La Casa de Representantes, aunque aprecia la disposición mostrada por el Gobierno de México a cumplir con sus deberes internacionales, no podrá nunca aceptar la doctrina de que los ciudadanos de los Estados Unidos pueden ser perseguidos en un país extranjero por actos realizados en suelo americano». No impone por fortuna, semejante lenguaje, el deber de contestarlo con violencia; antes bien, dado el espíritu de este país y la naturaleza del conflicto, es una verdadera invitación a la paz, y a los medios suaves necesarios para mantenerla. La doctrina legal, ya se ve, no es cosa en que el Congreso de una nación pueda mostrarse blando. Pero no hay hasta hoy, por dicha grande, en cuanto va hecho y expresado en el caso de Cutting por el Gobierno y el Congreso de los Estados Unidos, una sola palabra o acto de provocación, abuso o desdén que comprometa el decoro mexicano a responder sin miramiento a la prudencia. Y más puede decirse: todavía halla excesiva la mayor parte de la prensa la prisa mostrada en este caso por el secretario de Estado: se le recuerda que hace poco puso España en un calabozo a un español naturalizado en los Estados Unidos, y a las reclamaciones de su ciudadano respondió el secretario que «podía perseguir ante los tribunales españoles al funcionario que lo había preso»: se le recuerda que con todo atrevimiento y deliberación han estado y están siendo conculcados por súbditos de Inglaterra los derechos y propiedades de los ciudadanos de los Estados Unidos en el Canadá, y él no pide su remedio inmediato, ni el Congreso se da prisa en conocer los trámites de estas burlas diarias. Ayuda indudablemente a México esta actitud del juicio público, que parece serle favorable. Parece que puede obrar con la conciencia de que este país mayor no se está regocijando en su pequeñez relativa. Pero estas exclamaciones de prensa, que permiten a México resolver en este asunto con el desembarazo de quien no siente encima la presión injuriosa y unánime de un pueblo de más fuerza, no pasa de simpatía que no causa estado, ni desvanece la decisión formal y urgente a que está sin duda determinado el Congreso.

He aquí el esqueleto de las negociaciones diplomáticas, sometidas en mal hora a una Casa de Representantes donde domina, por sobre el Este industrial y pacífico que no quiere esta guerra, el Sur que no parece sentirse completo en los límites que hoy tiene del lado del Río Grande, y el Oeste, criado con gente ruda y acometedora, para quien no es nueva la idea de continuar en los pueblos vecinos la conquista que ha realizado ya en las selvas. Y es de temer también en los actos de la Casa de Representantes el miedo interesado y servil con que, por no perder su puesto o comprometer su fortuna política, halagan los diputados contra su conciencia las preocupaciones y celos de la masa de electores: ¡aunque esta vez debe esperarse que, por ser de un solo Estado el interés directo, y por no hallarse condensado en esta hora del conflicto el espíritu invasor que aquí es la esencia del carácter, puedan los Representantes resolver sin la ligereza y desafío con que en caso de mayor pasión se habría mostrado la ruda y riesgosa ignorancia en que acá se vive de cuanto hay en México de respetable y vigoroso! —He aquí, como resulta de la correspondencia, el esqueleto de las negociaciones:

En 10 de julio, Brigham, el cónsul norteamericano en El Paso del Norte, expuso a su ministro en México, Jackson, la ineficacia de sus esfuerzos por obtener un proceso imparcial o la libertad bajo fianza de Cutting.

En 6 de julio, el ministro de Relaciones Exteriores de México, aseguró a Jackson que el Gobierno había recomendado al Gobernador de Chihuahua la aplicación pronta y desapasionada de la justicia. El 10 ordenó por telégrafo el secretario en Washington al ministro Jackson, que pidiese al Gobierno mexicano la inmediata libertad de Cutting. El 20 telegrafió de nuevo el secretario a Jackson, comunicándole correspondencia y hechos, y detallando las razones en que se apoyan los Estados Unidos para pedir la libertad de sus ciudadanos. El 22 transmitió Jackson, por despacho a su gobierno, las razones en que se apoya el ministro de México para desestimar la demanda de los Estados Unidos. El 27 remitió Bayard a Jackson por correo una formal protesta contra «la teoría de que México tenga jurisdicción sobre los delitos cometidos contra los mexicanos en los Estados Unidos, y el anuncio de que estos no pueden asentir a esas facultades extraterritoriales que reclama la ley de México. En tanto, dice el secretario, me aseguró definitivamente el ministro de México, señor Romero, que Cutting sería puesto en libertad en un plazo breve». Y al cónsul escribió el secretario que en su opinión «todos los casos de conflicto entre los dos Gobiernos pueden sin dificultad ser arreglados equitativa, honrosa y satisfactoriamente».

Esto, en Washington, donde sin duda brillan, en lo impalpable de estas negociaciones, las cualidades casi maravillosas con que la diplomacia mexicana ha venido por sobre brasas encendidas sacando con respeto a su país en la lucha gigantesca y sorda empeñada de igual a igual con el que ya ha tenido veleidades terribles de dominio. Mueve a respeto y enternece esta habilidad vigilante y profunda; esta sutileza sin avasallamiento, esta flexibilidad sin abandono, esta labor asombrosa y artística. Pero ¿en Texas? ¡Ah! en Texas, la Convención de los Demócratas reunida ayer pidió al presidente con seco lenguaje que mantuviese el honor de la bandera, y exigiese a México la libertad de Cutting y «el castigo de los asesinos de Resures, el ciudadano americano fusilado». El Gobernador habla de guerra, y amenaza con llevarla él si el Gobierno no la lleva. En muchas poblaciones se ofrecen voluntarios. Y en Dallas acuden 2.000 hombres a una junta que fue una asonada verdadera, donde un funcionario del Estado, brigadier en la Confederación, dijo a sus oyentes que estuviesen prestos para la llamada a tropa, y a obedecerla e ir adelante, «a clavar en las salas de los Moctezumas la bandera de las Fajas y de las Estrellas»; y un coronel de Caballería habló de acabar con los arados viejos y «tomar el país para los americanos, a fin de cultivarlo conforme a la civilización moderna»; y el Jefe de la Asociación de Veteranos votó por arreglar cuentas con la guerra, «aunque Inglaterra y Alemania y Francia ayudasen a México, y la creación entera». Uno hubo en la junta que tuvo el valor de reconocer que «el presidente Díaz y el Gobierno Federal tenían la determinación de obrar bien», pero no podían sujetar a su pueblo. No hay hora en que no lleguen despachos con tales noticias, sazonadas de cuanto puede airar la sangre y azuzar en la nación el odio a México. De Washington, en cambio, solo salen comentarios de prudencia, frenos puestos por las manos de más peso en el país a la ambición aventurera de los merodeadores tejanos. Y en la alta prensa aún está por aparecer una opinión favorable a las ideas de guerra, notándose más bien como la sorda voluntad de desacreditar con el silencio o sentido pacífico de los editoriales, las ideas violentas que el interés del periódico les obliga a aceptar en puestos menos honrosos de sus columnas. He aquí lo que ayer mismo imprimió el Herald:

En caso de que se vieran los Estados Unidos compelidos a reducir a México a la fuerza al cumplimiento de sus deberes internacionales, ya veríamos que la tarea era mucho más difícil de lo que aparentemente se supone. Yerran muchos de nuestros militares y políticos opinando que México no puede hoy resistirnos, porque el general Scott tomó en otro tiempo la ciudad de México con doce mil hombres. Cuando el ejército americano ocupó a México, solo tuvo que habérselas con un Dictador tiránico, corrompido y enteramente impopular: el general Santa Anna. Tan disgustados estaban los mexicanos con el gobierno ruinoso de aquel déspota, que la mayoría de ellos vio a las tropas invasoras más como amigos y redentores que como a enemigos de la patria. Enteramente han cambiado los tiempos. México se ha fraguado en buena lid una constitución federal. Derrotó al ejército de la invasión francesa, que contaba con unos cuarenta y ocho mil hombres. Abatió la conspiración monárquica que intentó establecer un imperio dentro de sus límites, y en los últimos diez o quince años ha realizado verdaderas maravillas en el aseguramiento de sus instituciones políticas y la organización de un ejército hábil y bien equipado.

Calcula el artículo que México puede poner en pie de guerra 250.000 hombres. Analiza minuciosamente la distribución del ejército. Celebra el valor, la sobriedad, la resistencia fabulosa de los soldados indios y mestizos. Aplaude las reformas recientes que han conducido a la centralización y mayor disciplina del Ejército, y quebrado la importancia funesta de los pequeños jefes. Cuenta las fábricas de armas y municiones. Tacha de mal tirador al soldado de México. Dice que es mucha y de la mejor la artillería, pero cortos los rifles y de poco calibre. Y de la caballería dice esto: «La caballería de México es famosa por sus intrépidos jinetes y sus valientes escuadrones; pero es demasiado ligera para soportar un encuentro con la caballería americana».