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Los versos de Elvira Daudet enganchan, no como narcóticos, sino con la contundencia de lo auténtico; aprisionan al lector en la única peripecia importante, la de la existencia, que es tanto más espeluznante cuanto esta escritora colmada de dolor adorna sus poemas de la impecable y envidiable sobriedad que solo los sabios poseen. Una de las autoras más relevantes del panorama poético español, en el sumatorio infinito de contradicciones que describe con sus versos, alcanza insospechadas cotas de emoción y clarividencia. Porque Elvira Daudet es esencialmente poesía de su norte a su sur, las 24 horas del día y de la noche.
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Seitenzahl: 30
Veröffentlichungsjahr: 2015
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CUADERNO DEL DELIRIO
Elvira Daudet
Al excelente poeta Jaime Alejandre, director de la colección Hazversidades poéticas, que editó amorosamente parte de este libro en una preciosa «plaquette», resucitándome para la poesía cuando los buitres volaban sobre mi «cadáver». Con gratitud por su desmesurada generosidad.
A Luisa Navarrete, artista inquietante y múltiple, que ha publicadoCuaderno del deliriocompleto en Internet, dándome la alegría de poder ofrecérselo como regalo a los lectores. Con todo mi cariño.
Y a Isla, motor de mi vida y ejemplo de entereza, con la esperanza de que me perdone el dolor que estos versos puedan causarle, y todo mi amor.
«cuando las fieras muestran sus espadas o dientes
como latidos de un corazón que casi todo ignora,
menos el amor»
La destrucción o el amor
Vicente Aleixandre
LA PATRIA DEL TIEMPO
Hubo un tiempo donde todo fue bello.
Un tiempo sin violines
ni noches de satén bajo la luna,
¿quién los necesitaba? El tiempo aquel
tampoco tuvo tardes incendiadas
por el radiante sol del mes de mayo:
todo era lluvia y frío en la ancha ciudad,
cegada por el brillo de los astros celestes
de tu cuerpo y el mío,
y solo la inocencia fue mi dote,
pero todas las noches fueron fiesta
y el nardo del amor las perfumaba.
A las seis,
con el cepo del sueño mordiéndonos los ojos,
había que dejar, a toda prisa,
lachambredeL’ Avenir—qué porvenir tan corto—
que el bueno de Fernando nos permitía usar
arriesgando su empleo de portero de noche.
Antes de irnos —que se lo premie Dios—,
nos servía dos cafés muy cargados,
con mermelada amarga de naranja
y mucha mantequilla contra el frío.
A partir de ese instante,
París con sus tesoros era nuestro.
Qué raro privilegio, siendo los dos tan pobres,
poseer la belleza de aquel reino nocturno.
Lloraban las farolas su muerte cotidiana
y se desmelenaban los bucles amarillos,
antes de suicidarse en las aguas del Sena
cuando la luz enferma saliera para todos.
De improviso, delante de la gente
que andaba presurosa hacia el trabajo,
la lluvia sin pudor me desnudaba
y lamía mis pechos de novicia.
¡Ah, tiempo de la revelación de la existencia,
donde estaba aún presente la esperanza!
Cuando era un gozo el ver amanecer,
la salvaje caricia de la lluvia,
dormir en cama ajena,
encontrar los trabajos más absurdos.
Y París una hermosa burbuja tuya y mía,
el verdadero hogar:
la libertad.
Ya no tengo otra patria que aquel tiempo,
ni más deseo que esta sed mineral
—incendiados cristales de salinas—
por el agua que contenía la vida.
Solo un momento, ya gastado, pido
para volver al mundo que cabía
en la corta distancia
que había entre tus ojos y los míos,
donde todo era justo, hermoso, deseable.
Quién pudiera soñar toda una noche,
antes, ay, de que el último buitre me devore,
que regreso a la patria adolescente,
a ser la que fui un día, alegre y pobre,
en aquel paraíso improvisado.
Bastaría un instante, la dicha fue tan breve.
