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A través de la recopilación de una serie de artículos de divulgación científica escritos a lo largo de los últimos años, algunos de ellos publicados en un diario de la ciudad de México, el doctor Shahen Hacyan nuevamente nos demuestra que un descubrimiento en el campo de la física o la biología puede ser una aventura tan emocionante como la película hollywoodense de mayor presupuesto, o tan increíble como el fenómeno paranormal más inexplicable.
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Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Primera edición, 2002 Primera edición electrónica, 2011
La Ciencia para Todos es proyecto y propiedad del Fondo de Cultura Económica, al que pertenecen también sus derechos. Se publica con los auspicios de la Secretaría de Educación Pública y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
D. R. © 2002, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-0831-4
Hecho en México - Made in Mexico
La Ciencia para Todos
Desde el nacimiento de la colección de divulgación científica del Fondo de Cultura Económica en 1986, ésta ha mantenido un ritmo siempre ascendente que ha superado las aspiraciones de las personas e instituciones que la hicieron posible. Los científicos siempre han aportado material, con lo que han sumado a su trabajo la incursión en un campo nuevo: escribir de modo que los temas más complejos y casi inaccesibles puedan ser entendidos por los estudiantes y los lectores sin formación científica.
A los diez años de este fructífero trabajo se dio un paso adelante, que consistió en abrir la colección a los creadores de la ciencia que se piensa y crea en todos los ámbitos de la lengua española —y ahora también del portugués—, razón por la cual tomó el nombre de La Ciencia para Todos.
Del Río Bravo al Cabo de Hornos y, a través de la mar Océano, a la Península Ibérica, está en marcha un ejército integrado por un vasto número de investigadores, científicos y técnicos, que extienden sus actividades por todos los campos de la ciencia moderna, la cual se encuentra en plena revolución y continuamente va cambiando nuestra forma de pensar y observar cuanto nos rodea.
La internacionalización de La Ciencia para Todos no es sólo en extensión sino en profundidad. Es necesario pensar una ciencia en nuestros idiomas que, de acuerdo con nuestra tradición humanista, crezca sin olvidar al hombre, que es, en última instancia, su fin. Y, en consecuencia, su propósito principal es poner el pensamiento científico en manos de nuestros jóvenes, quienes, al llegar su turno, crearán una ciencia que, sin desdeñar a ninguna otra, lleve la impronta de nuestros pueblos.
Comité de Selección
Javier Alvarez Leefmans Dr. Antonio Alonso Dr. Francisco Bolívar Zapata Dr. Javier Bracho Dra. Rosalinda Contreras Dr. Jorge Flores Dr. Juan Ramón de la Fuente Dr. Leopoldo García-Colín Scherer Dr. Tomás Garza Dr. Adolfo Guzmán Arenas Dr. Gonzalo Halffter Dr. Jaime Martuscelli Dra. Isaura Meza Dr. Héctor Nava Jaimes Dr. Manuel Peimbert Dr. Alfonso Serrano Pérez-Grovas Dr. Ruy Pérez Tamayo Dr. Julio Rubio Oca Dr. José Sarukhán Dr. Guillermo Soberón Dr. Elías Trabulse
Coordinadora
María del Carmen Farías
Hace algunos años, al ver que se me había acumulado una cantidad apreciable de artículos de divulgación científica, escritos a lo largo de varios años en diversos medios, tomé la decisión de seleccionar los que consideraba de más interés y rescatarlos del olvido. Así nació el primer volumen de Cuando la ciencia nos alcance, en la serie La Ciencia para Todos que el Fondo de Cultura Económica ha estado publicando con tan notable éxito desde hace más de tres lustros. En esa primera antología, abordaba diversos temas relacionados tanto con el estado actual de las ciencias como con sus aspectos históricos.
Desde entonces, debido a las limitaciones del tiempo, he tenido que restringir mis escritos de divulgación casi exclusivamente a mi columna Aleph Cero, que publica la Sección de Ciencia en el periódico Reforma. En esta columna semanal, he abordado diversos temas científicos, relacionados principalmente con la física y la astronomía, que son los campos que quedan más cerca de mi trabajo como investigador y profesor de la UNAM. Sin embargo, la curiosidad me ha llevado a incursionar en otros campos aledaños, en especial aquellos afines a la historia y la filosofía de la ciencia moderna.
El presente libro es la continuación de ese primer esfuerzo de recopilación. Siguiendo con las tradiciones culturales modernas, se intitula Cuando la ciencia nos alcance II y es una compilación de artículos publicados en Reforma durante 1997 y parte de 1998. Aunque ya pasaron algunos años desde que los escribí, creo que los artículos seleccionados no han perdido actualidad. Algunos se refieren a aspectos históricos y filosóficos para los cuales el tiempo pasa muy lentamente. Otros temas tratados, como las pseudociencias, siempre son motivo de discusión aun si los argumentos, a favor o en contra, no varíen mucho. Finalmente, algunos artículos relatan descubrimientos que fueron novedosos en su momento y que tuvieron un desarrollo posterior muy relevante; en estos casos, las reseñas aquí incluidas reflejan el momento en que tales descubrimientos se dieron a conocer por primera vez.
Los artículos han sido agrupados por sus temas en siete capítulos principales. En Mundo cuántico, reseño algunos descubrimientos notables, tanto clásicos como recientes, en el mundo aún misterioso de los átomos. Las implicaciones de la mecánica cuántica, que chocan por completo con nuestro tan vapuleado sentido común, se presentan en el capítulo adicional dedicado al Vudú cuántico. Algunas reflexiones personales sobre el impacto de la ciencia en nuestra forma de pensar se presenta en el capítulo Filosofía natural, así como en el capítulo dedicado a la Mente. También dediqué un capítulo completo, Computadoras, a estas máquinas que han irrumpido en forma vertiginosa en nuestra vida cotidiana. Finalmente, algunos temas diversos están incluidos en el capítulo Miscelánea.
Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a Dinorah Basáñez, editora de la sección Cultura de Reforma, y a Javier Cruz, de la sección Cultura, la hospitalidad en sus páginas. Asimismo, agradezco al diario Reforma la autorización para reproducir el material que compone el presente libro.
Shahen Hacyan
El propio error es un fenómeno histórico.
Paul Feyerabend
Hay científicos dedicados a la investigación y hay filósofos de la ciencia. Pero lo más notable es que los dos hablan idiomas muy distintos, a pesar de que su objeto de estudio, la ciencia, parecería ser el mismo. El científico está inmerso en una rutina diaria de trabajo que le deja poco tiempo para una visión global de su disciplina; al meterse en un problema específico queda tan absorto en su trabajo que cuestiones generales sobre métodos y objetivos de la investigación científica quedan relegadas a un plano secundario; su preocupación inmediata es obtener, con las técnicas que conoce, algún resultado concreto que sea de interés para él y sus colegas; y, de preferencia, le permita publicar un artículo científico. Por lo general, sólo los científicos que se encuentran al final de su carrera empiezan a preocuparse de cuestiones más generales de la ciencia, aunque no siempre con buen tino. En todo caso, la mayoría de los científicos se dedican a su profesión por un genuino interés en comprender al mundo que los rodea, pero esta inquietud se refleja muy indirectamente en su práctica cotidiana.
Los filósofos de la ciencia, por su parte, discurren sobre temas que a un científico activo le son muy ajenos. Mucho se habla, por ejemplo, de un supuesto método científico que guiaría los pasos de un científico en su labor, pero la verdad es que tal método es una entelequia que nada tiene que ver con la práctica de la investigación. De todos modos, ningún filósofo se ha puesto de acuerdo con otro sobre lo que debería ser ese famoso método científico. En lo que sí hay cierto consenso es en que debe apelarse a la razón, aunque tampoco está claro de qué se trata. Esto no quiere decir que la labor de los filósofos sea inútil. Los sistemas filosóficos y sus categorías pueden ser instrumentos valiosos para interpretar a posteriori el desarrollo de la ciencia y situarlo en un contexto histórico, pero de ningún modo pueden servir de guía para la inspiración. La situación puede compararse con la de los historiadores, cuya labor permite entender mejor los fenómenos históricos… después de que ocurrieron; pero nadie pretendería que sus estudios teóricos puedan tener influencia decisiva en el desarrollo de la sociedad.
Sea lo que fuere, se ha establecido un diálogo de sordos entre investigadores científicos y filósofos, en el que el único elemento de consenso es la invocación de la razón. Por fortuna, han surgido algunos pensadores sensatos, como Paul Feyerabend, que están conscientes de la inutilidad de encajonar la actividad creativa en estrechas reglas lógicas. En su ensayo Contra el método, Feyerabend nos recuerda que los grandes descubrimientos científicos se dieron justamente en contra de todas las reglas lógicas establecidas en su momento. A tal grado que Feyerabend puede afirmar que la anarquía es la mejor base para una filosofía de la ciencia. Así, escribe:
La idea de un método que contenga principios científicos, inalterables y absolutamente obligatorios que rijan los asuntos científicos entra en dificultades al ser confrontada con los resultados de la investigación histórica. En ese momento nos encontramos con que no hay una sola regla, por plausible que sea, ni por firmemente basada en la epistemología, que no sea infringida en una ocasión o en otra. Llega a ser evidente que tales infracciones no ocurren accidentalmente, que no son el resultado de un conocimiento insuficiente o de una falta de atención que pudieran haberse evitado. Por el contrario, vemos que son necesarias para el progreso.
Feyerabend cita varios ejemplos para ilustrar su tesis. Así, la nueva ciencia que propuso Galileo no fue aceptada con facilidad, no tanto por la intolerancia de sus contemporáneos, sino porque iba en contra del sentido común (lo cual se manifiesta en el hecho de que la física de Galileo y Newton sigue todavía siendo incomprensible para la mayoría de la gente. Y lo ilógico es aún más manifiesto en la mecánica cuántica, una teoría que funciona a la perfección pero no obedece ninguna regla racional. Hasta ahora, los intentos de apuntalar los fundamentos de la mecánica cuántica no han conducido a ninguna parte. Por el contrario, fue gracias al abandono de la racionalidad que esta visión del mundo reveló un universo insospechado que rebasa nuestro sistema lógico. En cierta forma, tanto Galileo como los fundadores de la mecánica cuántica fueron anarquistas, en el sentido en que lo entendía Feyerabend.
Newton no fue el primero de la edad de la razón. Fue el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios, la última gran mente que contempló al mundo visible e intelectual con los mismos ojos que aquellos que construyeron nuestra herencia intelectual hace poco menos de 10 mil años.
John Maynard Keynes
La imagen común que se tiene de un alquimista es la de un personaje mezcla de brujo y científico que, rodeado de alambiques y hornos, pretendía transmutar los metales corrientes en oro. El alquimista fue un representante de ese conocimiento mágico superado por la ciencia moderna, y desapareció cuando llegó la edad de la razón inaugurada por hombres como Galileo y Newton. Por lo menos esto es lo que se enseña en los libros de historia, pero la realidad es que la alquimia tuvo un enorme arraigo entre los científicos europeos del siglo XVII. Si desapareció, fue porque el último de los grandes alquimistas, quizás el más importante de todos ellos, descubrió otro camino para llegar a la Verdad. El último alquimista fue Isaac Newton, el fundador de la física teórica.
El hombre que descubrió la gravitación universal y explicó el movimiento de los astros estuvo mucho más interesado, a lo largo de su vida, en la alquimia y la teología que en lo que ahora llamamos ciencia. De hecho, llegó a poseer una biblioteca de textos alquimistas que en su época se consideraba la más completa de su tipo jamás reunida. Al morir en 1727, dejó, además de sus libros copiosamente anotados, una cantidad impresionante de manuscritos que versaban sobre la alquimia, donde describía meticulosamente los experimentos realizados en su laboratorio de Cambridge. De publicarse algún día ese material, se necesitaría una edición de varios volúmenes. Sin embargo, sus herederos intelectuales consideraron que podría perjudicar la imagen del gran científico y decidieron esconderlo pudorosamente. Así, la primera gran biografía de Newton, escrita por David Brewster a mediados del siglo pasado, menciona con grandes reticencias esta faceta del sabio. Brewster tuvo acceso a los manuscritos alquimistas, pero se apresuró en distinguir entre la alquimia común “…que empieza como fraude y termina en misticismo…” y la alquimia practicada por Newton y otros distinguidos intelectuales ingleses del siglo XVII, como Robert Boyle y John Locke. Aun así, observó:
…no podemos comprender cómo una mente de tal poder, tan noblemente ocupada en abstracciones geométricas y el estudio del mundo material, se pudiera rebajar a ser un simple copista de la poesía alquimista más despreciable, y el anotador de una obra que es obviamente el producto de un loco y un bribón.
La historia de los manuscritos alquimistas de Newton tomó un rumbo inesperado en 1936, cuando sus descendientes decidieron rematarlos en subasta. Por fortuna, John Maynard Keynes, el gran economista, salió al rescate y logró reunir cerca de la mitad de ellos. El mismo Keynes los estudió con mucho interés (cuentan que andaba por todas partes con algún manuscrito newtoniano bajo el brazo, como quien carga el periódico) y escribió un ensayo al respecto, donde por primera vez sitúa al gran científico inglés en su justo contexto:
¿Por qué lo llamo un mago? Porque para él, el Universo y todo lo que contiene era un acertijo, un secreto que podía leerse aplicando el pensamiento puro a ciertas evidencias, ciertas claves místicas que Dios había colocado en el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro filosófico para una fraternidad esotérica. Creía que esas claves podían encontrarse en parte en las evidencias de los cielos y en la constitución de los elementos… para él, el Universo era un criptograma construido por el Todopoderoso…
Hay que reconocer, sin embargo, que Newton no se dedicó a la alquimia por razones esotéricas. De hecho, sus inquietudes alquimistas se reflejan en los capítulos finales de su libro Óptica, donde discute la constitución de la materia. Newton describe allí algunos de sus experimentos y concluye que la materia está formada de partículas diminutas; y así como los astros se mantienen unidos por la atracción gravitacional, esas partículas se atraen entre sí por medio de alguna fuerza aún desconocida en su época. Se adelanta de ese modo, en la medida de sus posibilidades, a la teoría atómica que sería plenamente aceptada sólo a principios del siglo XX.
Los verdaderos alquimistas, como Newton, no buscaban la fortuna material. Ellos veían al mundo como un todo coherente, animado por un Espíritu Superior que se manifestaba tanto en los seres vivos como en la materia inanimada. De ahí el uso que hacían de categorías animistas y místicas para describir sus técnicas alquimistas. Newton buscó la solución de los enigmas del mundo tanto en el cielo como en la tierra, y la encontró en uno de esos dominios.
Puede que haya algunos físicos que sean místicos, pero yo nunca he conocido ninguno…
Steven Weinberg (premio Nobel de física).
Erwin Schrödinger fue uno de los físicos más importantes de este siglo, a quien se debe en particular el formalismo matemático de la mecánica cuántica. La serie de artículos que publicó en 1926 representó un paso fundamental en la comprensión de los fenómenos atómicos y, además, sentó las bases de la química moderna. Si bien el interés principal de Schrödinger a lo largo de su vida fue la física, también estuvo interesado en asuntos filosóficos. Él mismo contaba que fue un poco por azar que se dedicó a la física, y reconocía la influencia en su pensamiento de filósofos como Spinoza, Schopenhauer, Mach, además de la filosofía hindú. Dado que los científicos actuales no suelen dedicarse a asuntos filosóficos, es de interés conocer la visión del mundo que tenía tan distinguido fundador de la ciencia del siglo XX, visión que por fortuna presentó en dos ensayos escritos con tres décadas de diferencia. Ambos ensayos fueron publicados en 1960, pocos años antes de su muerte, y se nota que sus concepciones de juventud permanecieron invariables a lo largo de su vida.
La cuestión fundamental que preocupó a Schrödinger fue la existencia de una realidad objetiva, independiente del sujeto. Para abordar este problema, recurrió a un concepto básico de la filosofía hindú según el cual toda conciencia es esencialmente una y cada individuo es sólo un aspecto de esa conciencia universal. Así,Schrödinger declara en su ensayo:
Todos nosotros, seres vivos, formamos un todo, pues en realidad somos facetas o aspectos de un único ser, que quizás en términos occidentales se pueda llamar Dios, mientras que su nombre en los Upanishads es Brahma. Podemos hablar de la identidad de una conciencia individual con la de sus antepasados de la misma manera como puedo identificar mi propia conciencia antes y después de un sueño profundo.
Y al respecto desarrolla una teoría de la memoria para explicar cómo los “recuerdos” de vidas pasadas no se manifiestan en nuestra consciencia actual.
En el segundo ensayo escrito en su vejez, Schrödinger regresa al problema clásico de la distinción entre mente y materia. Para él, no existe ningún dilema, pues si todo nuestro conocimiento del mundo se debe a las percepciones, podemos prescindir de la materia y aceptar la mente como única realidad. Que existe una coherencia entre las percepciones de todos los individuos es evidente por el hecho de que percibimos lo mismo ante estímulos idénticos, pero esto se debe a que somos parte de una misma conciencia universal, y no se debe a una realidad material que exista independientemente del sujeto. El mundo material es sólo una apariencia, lo que los textos vedánticos de la India llaman maya. En este sentido, la filosofía de Schrödinger encuentra sus raíces no sólo en los textos orientales, sino también en el panteísmo de Spinoza y Schopenhauer, así como en el idealismo de Georges Berkeley.
Y en cuanto al Universo visible, que se nos manifiesta con sus innumerables estrellas, Schrödinger declara su posición sin ambigüedad: “Para mí, todo eso es maya, en todo caso maya en una forma muy interesante, exhibiendo leyes de una gran regularidad. Tiene que ver muy poco con mi herencia eterna…”
Exaltas a hombres que han hecho buenos servicios a los atenienses, prestándose a todo lo que deseaban. Han engrandecido el Estado, dicen los atenienses; pero sin ver que este engrandecimiento no es más que una hinchazón, un tumor lleno de corrupción, y que esto es todo lo que han hecho los políticos antiguos con haber llenado la ciudad de puertos, de arsenales, de murallas, de tributos y otras necesidades semejantes, sin unir a ello la templanza y la justicia.
Gorgias518, Platón
En La República, Platón nos presenta a su maestro Sócrates en búsqueda del Estado Ideal. Al término de un festival en el Pireo, cómodamente instalado en casa del viejo Céfalo y rodeado de sus amigos, Sócrates discurre sobre la justicia y el conocimiento; poco después, pasa a examinar las diversas formas de gobierno, cuyas virtudes y defectos analiza.
Existen esencialmente cuatro tipos de gobierno, argumenta Sócrates: la monarquía, la oligarquía, la democracia y la tiranía, y siempre se produce una degradación de una en otra. Así, en una monarquía: “Después de muchas violencias y luchas, los guerreros y magistrados se pondrán de acuerdo entre sí para repartirse las tierras y las casas, y sujetarán como esclavos… al resto de los ciudadanos…” Hombres ávidos de riqueza formarán, entonces, un Estado oligárquico en el que gobernarán unos pocos, los más ricos. “Esto crea en los Estados gentes provistas de aguijones, abrumados de deudas unos, tachados otros de infamia, algunos arruinados a la vez en hacienda y en honra, en permanente estado de hostilidad contra aquellos que se han enriquecido con las sobras de su fortuna… Mientras tanto, esos ávidos usureros, inclinados sobre sus obras… siguen prestando con crecidos intereses y enriqueciéndose, abriendo anchas brechas en el patrimonio de sus nuevas víctimas”. Pero esa situación no puede durar siempre: “El gobierno pasa a ser democrático cuando los pobres, habiendo conseguido la victoria sobre los ricos, asesinan a unos, expulsan a otros, y se reparten por igual con los que quedan los cargos de la administración de los asuntos…” Y así se pasa a un estado democrático, pero éste tampoco es estable.“Natural es que la tiranía no nazca de ningún otro gobierno más que del gobierno popular; es decir, que a la libertad más completa y entera suceda el despotismo más absoluto e intolerable.” Esto sucede cuando el protector del pueblo “… sube francamente al carro del Estado, atropella a derecha e izquierda a todos aquéllos de quienes desconfía, y se declara de esta suerte tirano.
Monarquía, oligarquía, democracia y tiranía. ¿Cómo evitar este deterioro gradual del Estado, que termina en la cuarta forma, la más abominable? Porque, como dice Sócrates,
…nada es más provechoso para todos los hombres que dejarse conducir por un guía sabio y divino, sea que lo lleven dentro de sí mismos y que dispongan de él como de su propia hacienda, que sería lo mejor; o bien que, a falta de eso, se sometan a un guía de fuera…
Para aquellos que no puedan ser sus propios guías y escojan la segunda opción, la monarquía es la mejor forma de gobierno, argumenta el ateniense. Pero no cualquiera puede ser un monarca que guíe a su pueblo por el camino de la virtud, pues ya vimos que las monarquías degeneran en oligarquía, y así sucesivamente. ¿Quiénes son los únicos que pueden ser reyes capaces de inculcar en sus pueblos los valores de la virtud y la justicia? Para Sócrates la respuesta es única: los filósofos. Sólo ellos, porque aman la sabiduría y buscan la verdad, están capacitados para gobernar.
A menos que los filósofos no gobiernen los Estados, o que aquellos que hoy se llaman reyes y soberanos no sean verdadera y seriamente filósofos, de suerte que la autoridad pública y la filosofía se encuentren unidas en el mismo sujeto… no hay remedio para los males que desolan a los Estados, ni aun para los del género humano, y jamás el Estado perfecto, cuyo plan hemos trazado, aparecerá sobre la tierra…
Hace veinticuatro siglos, Sócrates fue acusado por sus enemigos de impiedad y de corromper a los jóvenes. A pesar de la brillante Apología, que escribió Platón, los magistrados atenienses lo condenaron a muerte por 281 votos contra 275.
Se cuenta que Pitágoras descubrió que la armonía de los sonidos está relacionada con la longitud de una cuerda que vibra. Lo trascendental de este descubrimiento fue que, por primera vez en la historia, el ser humano encontró una relación entre un fenómeno natural y los números. Se cuenta también que Pitágoras extendió los alcances de su hallazgo hasta el punto de explicar el movimiento de los planetas de acuerdo con la escala musical, haciendo corresponder cada órbita planetaria con una nota musical. Y también se cuenta que Pitágoras podía oír la música de las esferas celestes.
Veintidós siglos después, Isaac Newton descubrió la ley de la gravitación universal: todos los cuerpos se atraen gravitacionalmente y la fuerza de atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional a sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa. En 1687 apareció la obra magna de Newton, los Principia Matematica, donde el movimiento de los planetas se calculaba con toda precisión a partir de esa ley, utilizando el método matemático que su propio autor había inventado. Así nació la ciencia de la física.
Pero Newton estaba convencido de que él no había sido el primero en descubrir la ley de la gravitación universal. De ello queda testimonio en los numerosos borradores de los Principia que escribió y que se han conservado hasta ahora, particularmente en los manuscritos que escribió alrededor de 1690, el contenido de los cuales pasó parcialmente a una nueva edición de los Principia y a su segunda obra científica, la Óptica. Según Newton, fue Pitágoras quien descubrió la ley del cuadrado inverso, pero lo presentó en forma críptica para evitar que ese descubrimiento cayera en manos del vulgo. Y Newton se basó, para afirmar lo anterior, en la ley de las vibraciones de una cuerda, según la cual dos cuerdas del mismo material vibran a la misma frecuencia (es decir, emiten la misma nota musical) si la tensión de cada una es proporcional al cuadrado de su longitud. En palabras de Newton:[1]
Los antiguos no explicaron suficientemente en qué proporción decrece la gravedad al alejarse de los planetas. Sin embargo, lo esbozaron con la armonía de las esferas celestes, designando al Sol y a los demás siete planetas… por medio de la Lira de siete cuerdas de Apolo, y midiendo los intervalos de las esferas por medio de tonos… Por este símbolo indicaron que el Sol por su propia fuerza actúa sobre los planetas con esa misma razón armónica de las distancias con que la fuerza de tensión actúa sobre cuerdas de diferentes longitudes, es decir, recíprocamente al cuadrado de las distancias…
…Pues Pitágoras, como lo afirma Macrobio, estiró los intestinos de ovejas y los nervios de bueyes colgándoles diversos pesos, y así encontró la razón de la armonía celeste… La proporción descubierta con este experimento la aplicó a los cielos y, consecuentemente, comparando esos pesos con los pesos de los planetas y las longitudes de las cuerdas con las distancias a los planetas, comprendió por medio de la armonía de los cielos que los pesos de los planetas hacia el Sol eran recíprocos a los cuadrados de las distancias al Sol.
En realidad, el argumento de Newton es bastante embrollado, pues confunde tensión con masa y llega a cometer el lapsus de afirmar que la tensión de una cuerda unísona es recíproca al cuadrado de la longitud (lo cual, al parecer, pasó desapercibido a los editores y biógrafos del gran sabio). Pero el argumento se reduce esencialmente a lo siguiente: si se cuelga una masa de una cuerda para tensarla, la frecuencia con que vibra ésta depende de la razón entre la tensión y el cuadrado de su longitud. Así, por ejemplo, si una cuerda mide el doble de otra cuerda del mismo material y grueso, hay que colgarle una masa cuádruple para que las dos suenen iguales. Siguiendo la analogía, la fuerza gravitacional a cierta distancia de un planeta es la misma que a una distancia doble de otro planeta cuya masa es el cuádruple de la del primero.
¿Qué implica todo lo anterior? El estudio, aún incompleto, de la enorme cantidad de manuscritos inéditos que Newton escribió sobre teología y alquimia muestran claramente que el principal fundador de la ciencia moderna estaba plenamente convencido de que los pueblos antiguos, anteriores al Diluvio Universal, poseían profundos conocimientos adquiridos por medio de la revelación divina, en una época en que Dios solía comunicarse directamente con los hombres. De esta sabiduría primordial sólo quedaron trazas que otros pueblos, como los egipcios y griegos, conservaron o redescubrieron. Al paso de los siglos, sólo quedaron vestigios escondidos en el lenguaje críptico de la Biblia y la ciencia de los alquimistas, al que tenían acceso sólo unos cuantos iniciados. Por ello Newton dedicó la mayor parte de su vida a la alquimia y al estudio de la Biblia, pues estaba obsesionado por descifrar el gran criptograma divino que es el Universo. Lo cual logró en cierta forma, pero por otro camino.
[1] El texto del manuscrito está tomado del artículo de J. E. McGuire y P. M. Rattansi en Notes and Records of the Royal Society, Londres, 21, p. 108, 1966.
