Cuentos - Antonio Pereira - E-Book

Cuentos E-Book

Antonio Pereira

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Beschreibung

Una selección de cuentos que reproduce la manera de entender el mundo de Antonio Pereira. Casi siempre adaptándose a la región del Bierzo, consigue indagar en las vidas de personajes con los que construye un universo plural. Gelín, Beltrán, el obispo, el escalatorres, Lêdo Ivo o Juan Carlos Mestre son algunos de los personajes que han acompañado al autor, Antonio Pereira, a lo largo y ancho de estos relatos. Algunos reales y otros inventados, han contribuido a la creación de un ideario y una manera de comprender el mundo, basada en el respeto por los otros y señalando como válidos valores humanos como la humildad, el compromiso, la creatividad o la libertad. Con enorme habilidad, el autor construye un universo plural e igualitario utilizando en muchos de ellos su entorno más próximo, la región del Bierzo, donde pasó casi toda su vida. La característica más destacada de los relatos es la fina ironía con la que el autor teje cada episodio; con ella el lector será capaz de adquirir una enseñanza que lo aproximará al conocimiento de la sociedad de diversas épocas.

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Seitenzahl: 214

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Introducción

De Una ventana a la carretera (1967)

Beltrán, primera especial

Santa Bárbara, cuando truena

Hermosa primavera, señor director

Unas botas del 43

De Historias veniales de amor (1978)

Fábula con obispo y niño

De Los brazos de la i griega (1982)

Charly

El pozo encerrado

El otro y yo

De El síndrome de Estocolmo (1988)

Obdulia, un cuento cruel

Los ojos luminosos

De Picasso en el desván (1991)

El escalatorres

El narrador inocente

Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos

Milagros y fotocopias

El espejo

El desafío

The End

Una historia breve

De Las ciudades de Poniente (1994)

El apartamento

Los tiempos que vienen

El terrible

La plazuela

De Relatos sin fronteras (1998)

El oculista

De Me gusta contar (1999)

La creación

De Cuentos de la Cábila (2000)

San Policarpo

La bombilla fiada

La República no era tan mala

La ilustre Casa de Pereira

La imposición de manos

El protagonista

De Cuentos del noroeste mágico (2006)

Cuento de los dos narradores

De La divisa en la torre (2007)

¿Está en la cárcel?

Los boleros del dentista

Los cuadros del psiquiatra

El escritor al volante

La rebeldía del poeta

El plagio

De El último cuento (2008)

Bradomín

Créditos

Introducción

«Nací en Villafranca del Bierzo, confín occidental de la provincia de León y allí empecé a leer en mi adolescencia».

Con estas palabras que el propio autor pronunció en numerosas entrevistas y textos de su vida, abre la Fundación Antonio Pereira, dedicada a la difusión de la obra y vida del escritor, el apartado dedicado a su biografía.

Y así fue, en 1923, Antonio Pereira abría los ojos a la vida como el cuarto hijo de una familia trabajadora que regentaba una ferretería que les permitía una vida sin presiones económicas.

Realiza sus primeros estudios en el colegio de monjas de la Divina Pastora y más tarde en las escuelas nacionales de la mano del maestro Jesús del Palacio a quien evocará en alguno de sus cuentos. En 1931 se incorpora a la academia del sacerdote Manuel Santín, quien inculcó a Pereira su gusto por la literatura.

A sus diez años recibe como regalo familiar un ejemplar del Quijote,y como regalo de la vida sus primeras gafas, que hacen de Antonio Pereira un niño tímido y solitario que siente un inmenso interés por la lectura, de la que se alimenta visitando la librería-imprenta de su tío.

Con solo trece años hace su primera colaboración periodística en el Diario de León y en 1940 obtiene el título de Bachillerato. A partir de aquí, aunque obtuvo el título de maestro por el que nunca ejerció, es considerado autor autodidacta por no tener estudios superiores.

A partir de 1944 se centra en su actividad de viajante, que le permite conocer múltiples lugares y entrar en contacto con todo tipo de personas. Tiene que interrumpir su profesión por una afección pulmonar y años después abandona Villafranca y se instala en León, donde abre un negocio de artículos de electricidad.

Cabe destacar su participación en el ambiente literario de León en torno a la revista Espadaña, aunque no fue miembro activo del grupo poético, pues siempre ha sido considerado un autor independiente.

En los años 60 se publican: su primer poemario, El regreso; su primer libro de cuentos, Una ventana a la carretera (Premio Leopoldo Alas, 1966); y la novela Un sitio para Soledad (seleccionada en el Premio Nadal, 1968).

A partir de este momento su trayectoria literaria fue imparable. Se instala por largas temporadas en Madrid y comienza a trabajar de manera asidua como articulista en distintos periódicos y revistas.

Como un torrente de creación se suceden las publicaciones de poemarios: Cancionero de Sagres (1969), Dibujo de figura (1972), Contar y seguir (1972), Antología de la seda y el hierro (1986), Raros y no olvidados (1987), Una tarde a las ocho (1995), Poemas del claustro (1999), Meteoros (2006); libros de cuentos: El ingeniero Balboa y otras historias civiles (1976), Historias veniales de amor (1978), Los brazos de la i griega (1982), El síndrome de Estocolmo (1988), Cuentos para lectores cómplices (1989), Relatos de andar el mundo (1991), Picassos en el desván (1991), Obdulia, un cuento cruel (1994), Las ciudades de Poniente (1994), Relatos sin fronteras (1998), Cuentos del medio siglo (1999), Cuentos de la Cábila (2000), Oficio de volar (2006), Cuentos del noreste mágico (2006), La divisa en la torre (2007); y novelas: La costa de los fuegos tardíos (1973), País de los Losadas (1978), Crónicas de Villafranca (1997).

Ha sido un escritor ampliamente premiado, pero entre esos premios destacan el premio Libro Leonés del año (1985), el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de León (2000) y el Premio Castilla y León de las Letras (2001).

En el año 2009 muere de manera repentina en su casa a los 85 años y en el mes de julio la Diputación de León entrega a su viuda, Úrsula Rodríguez Hesles, la Medalla de Oro de la Provincia a título póstumo.

Temas y valores como la lealtad y la seguridad aparecen en sus textos. Son cualidades unidas a la impecable conducta de los personajes, muchas veces personas reales que Pereira ha convertido en personajes literarios, que presiden sus relatos porque en sus actitudes ante la vida encuentra aspectos muy importantes que reseñar.

También la generosidad ligada a la inocencia se asoma entre los caracteres de estos tipos, que muchas veces son niños y otras veces convecinos que han convertido en grandes hazañas su modo de apoyar al entorno en el que se inscriben.

Finalmente, reaparecen en varios relatos los conceptos de libertad y humildad que conformarían un corpus de atributos de ejemplaridad en las figuras que protagonizan los relatos.

Pereira es, sin duda alguna, un escritor de vocación que alimenta sus escritos de las anécdotas reales que le suceden y que transforma, mezclando realidad y ficción, realismo y esperpento con una concisión muy necesaria para la conformación del relato breve; si bien es cierto que su visión como poeta, aporta a sus cuentos cierto rastro de lirismo, no adolecen tampoco de cierto tono humorístico e irónico que conducen al lector a un estado de semisonrisa permanente.

Casi todos los relatos de Pereira se encuentran narrados en primera persona aunque en algunos de ellos hace alusión a anécdotas que le han contado o experiencias que le han sucedido a otros.

Todas estas particularidades sitúan a Antonio Pereira al margen de grupos o tendencias literarias de la época y lo convierten en un autor muy original e independiente.

Raquel Ramírez de Arellano

DE UNA VENTANA A LA CARRETERA (1967)

BELTRÁN, PRIMERA ESPECIAL

«¡Ahora!». «Ahora mismamente —pensó el chófer del autobús— va a asomar el torazo negro del coñac». Y los cuernos del anuncio empezaron a asomar.

«¡Ahora! —se dijo el hombre un poco más adelante—; ahora va a quedarse agotada la segunda, y punto muerto, y primera, y algún viajero, quién sabe cuál, va a decir Beltrán que nos quedamos».

—¡Beltrán, que nos quedamos! —dijo desde atrás un guardia de la pareja que había subido al empezar el puerto.

Beltrán se sonrió frente al retrovisor, orgulloso de su sabiduría. Porque llevaba veinte años haciendo la lanzadera, cada día cinco horas desde la villa a la capital y cinco y media desde la capital a la villa, sus sentidos se anticipaban a las peripecias del viaje. Él mismo se asustaba, a veces, de su don profético: «Allí va a brincar una liebre». Y brincaba. Y si no una liebre, una donecilla.

Beltrán era fuerte y rudo. Por nada de este mundo cambiaría su oficio. Llevaba el volante con la seguridad de un héroe antiguo que se abriera paso entre mil asechanzas. Todos confiaban en él; con Beltrán, primera especial, no pasaría nada malo. A su lado, en el asiento delantero, tenían plaza los notables de la villa, como el párroco, cuando iba a la Curia y el brigada de la Guardia Civil; pero muchas veces era un niño, o un anciano, o una rapaza sin malicia, confiados a la tutela de Beltrán. A Beltrán —y de paso a su compañero, el cobrador— lo convidaban en todas partes, pero él no abusaba jamás.

Venían de regreso aquella tarde, como todas las tardes.

Por la mañana —como todas las mañanas— el coche de línea había salido del pueblo a las seis y cuarto en punto. Partía de la plaza. Desde media hora antes, por las calles mudas y solitarias iban llegando los viajeros del alba, como fantasmas, como conspiradores. Ponían sus cestas y paquetes, también alguna maleta, alrededor del ómnibus adormilado en la media luz del amanecer. Luego se desentumecían paseando, tosían, encendían cigarros. Los viajeros miraban a la ventana de Beltrán, que vivía en la misma plaza. Solo cinco minutos antes de la salida, cuando ya el cobrador había colocado los equipajes en la baca, Beltrán aparecía como un primer actor, trepaba a su puesto de mando y encendía el motor para que se calentase. Luego arrancaba con solemnidad, enfilaba una calle estrecha haciendo retemblar los cristales de las galerías, y atrás quedaba la plaza con sus soportales desiertos, dominio de los perros que se buscaban para hacer sus cosas. Cuando el autobús llegaba a carretera abierta, Beltrán hacía recuento mental de los pasajeros. Casi ninguno le fallaba. Aquel, a los exámenes; tal otro, a arreglar lo de la multa; la pobre mujer, a que la radiaran; la señoritinga, a ver zapatos en la capital... A veces, pocas, el enigma de alguna cara desconocida; el conductor se inventaba entonces, para sus adentros, toda una historia novelesca y sentimental.

Coronó el coche la cresta del puerto. La tarde estaba más oscura en la nueva vertiente. Anochecía. Al iniciarse la bajada disminuyó el jadeo del motor. Se acercaba la hora de premiarlo con una tregua, de que Beltrán y el cobrador y los viajeros se premiasen también con el bocadillo y el trago de vino fresco.

Durante años, al aproximarse este momento de cada día, Beltrán solía alegrarse con un gozo sencillo y puro. Sin embargo, ni aquella tarde ni en todas las tardes de aquel mes había sentido otra cosa que no fuera desazón, hormigueo que hubiera querido vencer. No lo había hablado con nadie, ni siquiera con su mujer, pero él bien sabía la causa en lo callado del corazón: la costumbre de veinte años, que le hacía parar el coche junto al tabuco de la señora Camila, había sido rota sin más ni más, y ahora el autobús pasaba de largo y no se detenía hasta el bar de la gasolinera nueva, rutilante de luces, con aparatos cromados para hacer café o cortar el jamón. Beltrán quería justificarse a sí mismo por la comodidad de los viajeros: en la taberna de la señora Camila apenas podían merendar otra cosa que cecina y pan. Y luego, las necesidades... En la nueva parada, en cambio, había servicios higiénicos —las mujeres en la puerta del abanico; los hombres en la de la pipa—; por haber, había hasta una máquina tocadiscos. Con todo, Beltrán no llegaba a tranquilizarse. En realidad, el momento penoso era el de pasar cada tarde por delante de la vieja taberna, ahora apagada y triste, como si estuviera maldita. Difícil, sobre todo, cuando Niche el perro de la casa, que solía esperar a la puerta, se lanzaba sobre el coche de línea sin entender, ladrando lastimero junto a las ruedas. Beltrán aceleraba entonces con rabia y pronto dejaba atrás al que durante viajes y viajes fuera su amigo zalamero.

Aquella tarde el Niche estaba, como siempre, sentado a la puerta de su ama. Beltrán, que ya lo venía viendo desde lejos, no tuvo que aguzar su visión profética para decirse: «¡Ahora!». «Ahora mismamente va a desperezarse, y va a dar un brinco, y va a esperar a que el coche llegue para seguirlo hasta que no pueda más».

Pero Niche no hizo nada. Aquella tarde ni siquiera rebulló cuando el coche llegó a su altura, sino que se estuvo quieto, y el conductor creyó verle en los ojos, al pasar, una tristeza resignada y última, como si fueran los ojos de un hombre que ya no tiene nada que esperar...

Beltrán sintió una rabia inmensa, mucho mayor que cuando el perro lo importunaba siguiéndolo.

De repente, con susto de los viajeros, pisó el freno hasta que el coche se detuvo con un gemido largo. Luego metió la marcha atrás y lo hizo recular despacio, despacio, hasta arrimarlo a la vieja taberna; tanto, que todo el recinto oscuro se iluminó con las luces del autobús.

SANTA BÁRBARA, CUANDO TRUENA
I

El delegado puso orden en las cajas que llenaban el asiento de atrás. No era un viajante: era un delegado. La diferencia tenía su importancia en las tarjetas de visita, en las fichas de los hoteles. Y allá en su pueblo, si los viejos padres y las hermanas puntillosas se consolaban de no verle médico, era por aquel otro título tan presentable. A la gente, en España, lo de delegado le causa mucho respeto.

Ya estaban en su sitio las muestras gratuitas y la literatura. El delegado hizo una ronda alrededor del coche y fue empujando con el pie sobre cada rueda, asegurándose de que tenían aire. Subió a su asiento y arrancó despacio, con pereza. Dejaba un lugar amigo. De la ruta a su cargo podría él hacer un mapa sentimental, con tachuelas de color para los sitios amables; con señales negras, o por lo menos grises, para aquellos otros en que la fonda era húmeda, aburrido el trabajo, las mujeres no propicias. Sobre todo las mujeres: si a cualquier viajero le acontece aborrecer a tal o cual ciudad, solo porque la conoció en día de dolor de muelas o de zapatos estrechos, al delegado le sucedía en relación con sus negocios amorosos. Y lo que son las cosas: los gráficos de la oficina central iban reflejando aquellas preferencias y repugnancias, aunque nunca la Dirección acertara a explicarse por qué en Palencia se imponían las nuevas vitaminas efervescentes con sabor a naranja, y en Valladolid, no.

La ciudad que iba quedando atrás ostentaba un nombre agudo y redondo, seco como los atabales de sus viejas edades, pero al delegado le sonaba a Lola, nada histórica ella, aunque también notable en arquitectura. Miraba el viajero cada poco al espejo retrovisor, y en el pequeño cristal se le iban desdibujando torres y jardines, hasta que solo quedó la estela rezagada del camino.

II

Era aquella una tierra de sol. Tanto había zurrado el calor a los campos encendidos, que en el cielo se esbozaban manchas de mal augurio. Para el delegado, lleno de vida, todo cantaba en la mañana feliz. Lola era la canción. Con los ojos en la tierra que se iba entregando ante el avance del coche, oyéndose sus propios recuerdos en la soledad que no turbaba el redondo ruido del motor, recreaba el viajero las sensaciones aún calientes, cada palabra y cada gesto, los roces suaves y las exaltaciones.

Rodaba despacio. Le avisaron casi encima, con la bocina. El hombre que iba al volante del Pegaso sacó la mano y saludó después de adelantar. Era un camión alegre, como una voz amiga en el folclore de la carretera. Hay camiones taciturnos, que marchan con pesadumbre. Otros, como el de aquella mañana, son dicharacheros por todas sus caras: «Beba vino y vivirá mejor». «Pida paso y se le dará». Desde el pequeño coche del delegado no podía verse la delantera del camión; pero era fácil imaginar a su hombre, uno de esos tipos enterizos, pegada al cuerpo, como segunda piel, la camiseta blanca y sin mangas que es su uniforme de todo tiempo. No faltarían en la cabina los emblemas consabidos: la Divinidad en algún modo, la esposa y los hijos con su «Ven pronto, te esperamos» y algún almanaque con protagonista rubia y opulenta.

Con los kilómetros corrían los pensamientos: Lola sobre todo, como una fruta pegajosa y dulce. El día había ido oscureciendo. Unos escasos goterones empezaron a caer sobre el parabrisas del delegado. Al hacerse menos espaciados, este hizo funcionar el dispositivo que los limpiara, pero el cristal se emborronó todavía más. Solo cuando el agua cayó copiosamente resultó eficaz el aparato, y un escenario de belleza nueva apareció entre las varillas que se abrían y cerraban incansablemente, como un abanico, ante los ojos del conductor.

El agua no venía sola, sino mandada por nubes que parecían cargadas de ira. Al primer relámpago recordó el viajero su infancia temerosa. En el pueblo no faltaba cada verano su tarde trágica de tormenta, con el suspirar hondo del padre por las tierras apedreadas y la prudencia devota de la madre, que encendía la vela del monumento, entre súplicas:

Santa Bárbara bendita

que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita...

Luego, ya mayor, el delegado guardaba la huella de aquellos terrores y en la tronada oía la voz del Dios terrible. Asustado, pactaba con Él, como solía en tiempo de exámenes y en las trapisondas de la mocedad: «Señor, no volveré con Elvirita, no buscaré la ocasión...». Y Dios guardaba la caja de sus rayos, como si se lo creyera.

Pero esta vez, mientras Dios tronaba sobre Tierra de Campos, por la ventanilla del coche entraba el olor espeso de los campos de tierra, el olor de Lola reciente, que el delegado gozaba a pulmón henchido, sin pactos ni arrepentimientos.

III

Las raras curvas estaban advertidas por allí con más reiteración que en los puertos peligrosos. En las carreteras sin riesgo aparente, las estadísticas hablan de la mortal confianza de los conductores. El delegado recordaba aquellos letreros imitados de Francia: «Aquí 2 muertos», «Aquí 3 heridos graves». Los psicólogos discutieron mucho sobre su conveniencia.

Metió una marcha más corta y se apretó a su derecha. Remató el viraje y otra vez estuvo en la recta interminable, donde no era fácil imaginar ninguna amenaza. Sonrió porque la señal de curva peligrosa le había recordado aún más a Lola. (¡Y ese doble montículo avisador de los badenes, que parece dibujado con intención...!).

Dejó de tronar. Seguía cayendo el agua, con menos fuerza, pero también más triste en su monotonía. Fue entonces cuando el conductor advirtió un estorbo en la línea de la carretera. Levantó el pie del acelerador; fue acercándose al obstáculo todavía confuso. Las imágenes se iban dibujando poco a poco, a medida que se acortaba la distancia. Comprendió de pronto. No iba a ser la primera vez en su experiencia viajera. El accidente había irrumpido allí, brutal e inesperado como siempre. Arrimó su coche a la derecha y, aunque se bajó deprisa, no dejó de asegurarlo con el freno de mano. Era el cruce de la ruta general con una secundaria, donde gentes de la aldea —que ahora se deshacían en gritos inútiles— esperaban el autobús que pasaría hacia la capital. El camión de antes, el de las invitaciones, estaba en la cuneta, caído sobre uno de sus lados, con su carga de fruta derramándose. Un hombre joven, endomingado, yacía sobre el firme de la carretera, a dos pasos de su bicicleta rota. Debía de llevar así un minuto, quizá dos, una eternidad. Los paisanos, mujeres la mayoría, repetían su sarta de lamentos. Nadie se acercaba al caído. El delegado lo hizo. Más por sentido común que por su incompleta carrera en la facultad, comprendió en el acto que aquel mozo de camisa blanca y corbata alegre no volvería a montar en bicicleta, ni a retozar a las mozas, ni a espumar el vino fresco de las cuevas. Algo parecía moverse aún en el pecho indemne del herido, pero nadie sabría recomponer —cualquiera podía verlo— su cráneo partido, deshecho por la brutal ofensa del hierro contra la cabeza descubierta.

Dejó el hombre de alentar cuando ya otros coches se paraban para prestar auxilio. Los campesinos seguían sus lamentos, pues el mozo era de la aldea vecina, pariente acaso. El delegado se apartó del muerto y fue hacia la otra orilla, donde el chófer del camión desahogaba en llanto su emoción violenta. Era un hombre robusto, de brazos tensos al descubierto. Algo chocaba en su rostro, donde la piel curtida y la boca de gesto duro convivían con unos ojos de mirar infantil. Unos campesinos lo sujetaban; no podría saberse si por caridad o si en evitación de que escapara a las responsabilidades. Cuando otros automovilistas fueron llegando, el hombre empezó a tranquilizarse y a proclamar sus razones. Pronto se comprobó que el mozo había desembocado en la carretera general con despreocupación suicida, pero los paisanos —las mujeres sobre todo— no dejaban de incluir reproches y amenazas en su planto.

Algo tenía que hacerse. El delegado pensó que ya nadie podría levantar del santo suelo a aquel desdichado —salvo el forense, pues cadáver había sin duda alguna— y propuso que se avisara a la Guardia Civil más próxima. Él mismo lo haría al llegar a Villalazán, que no quedaba lejos en la ruta que llevaba. Se dispuso a coger su coche, pero el muerto lo atraía con fuerza misteriosa. No quería ver aquella estampa terrible, pero la mirada se le iba hacia la cabeza deshecha y los ojos se le paraban en aquellos otros ojos inmóviles.

Una manzana de la carga del camión había rodado hasta la víctima y allí quedó apoyada, contenida por el brazo extendido.

Alguien se acercó con una manta piadosa. El delegado subió a su coche y empuñó el volante con manos poco seguras. Cuando se fue sintiendo más dueño aceleró a fondo y clavó los ojos en la recta embreada. Solo entonces se sintió empapado; no sabía si de sudor o de la lluvia menuda sobre la camisa; seguramente de ambas cosas. Quiso concentrarse en otros pensamientos. Pero no era tan fácil. El mozo caído, por más que sus labios estuvieran inmóviles, parecía invitar a que se le preguntara: quién era. Cuál había sido su nombre. Qué amor o fiesta estaban esperando a que él llegase en traje de domingo.

Es un muerto tan reciente que no tiene pasado. Futuro, sí: el porvenir cierto y oscuro de los muertos. Sea del alma lo que fuere, el delegado sabe todo cuanto va a suceder en la materia corporal. Le viene a la memoria con lucidez, casi con las mismas palabras: el enfriamiento cadavérico, las hipóstasis, el espasmo de fisonomía que puede fijar el último terror o la alegría postrera, la mancha verde donde la putrefacción empieza... Aunque la materia no se estudiaba hasta el último curso, le había interesado desde su ingreso en la Facultad. Era como el lector impaciente de novelas, que salta páginas, ansioso por el desenlace.

En su infancia había andado de monaguillo. Más que en las altas residencias prometidas a las almas le hacían pensar los entierros en las postrimerías físicas de la carne, y a ello contribuía el pueblo con su folclore de prácticas y refranes alrededor de la muerte. Allí y entonces había conocido los rudimentos de la morbosa escatología rural. Después aprendió en los libros que no es exactamente que a los muertos les crezcan las uñas, como no es cierto que salgan de sus adentros las escuadras sucesivas de explotadores voraces.

Todo lo iba evocando con una claridad que le causaba escalofríos. Y de repente, ella. ¿Qué es lo que acaba de traérsela al recuerdo? Hace solo una fracción de segundo, y no lo sabría decir. ¿La forma de una nube? ¿El vuelo de un pájaro? ¿La postura de un árbol...?

Pero ¿qué es esto que oscurece a Lola? Lola tiene una mancha. El cuerpo de Lola tiene una mancha verde que le oscurece el vientre. Por debajo de la cintura delgada. ¡Ah!, no en los pechos, no en los pechos de Lola tan largamente pensados, siempre blancos como un mármol veteado de azul purísimo.

¡Pero Lola no tiene pechos! Se los ha comido la sombra, Lola no tiene pechos, no tiene pechos, Lola...

Con miedo de sus desatinos, el delegado se pasó la mano por la frente, que le ardía como si tuviera fiebre. Quiso salvarse y pidió al motor la máxima potencia. La tempestad se había reproducido, aún con más aparato. Eran dos tormentas distintas y contrarias, avanzando fatalmente la una en dirección a la otra. Pronto iban a enfrentarse sin remedio y toda aquella tierra de pan llevar temblaría acobardada.

El delegado pactó con Dios como en otros tiempos. Prometió y juró de urgencia. Suplicaba:

Santa Bárbara bendita

que en el cielo estás escrita...

En medio de un relámpago feroz y de su trueno consecutivo, el delegado abjuró —¡irrevocablemente!— del mundo, el demonio y la carne.

IV

A la entrada del cuartel de Villalazán, debajo del «Todo por la patria», el guardia de puertas leía el periódico. Estaba sentado con despreocupación sobre una silla de paja arrimada a la pared, bajo el porche, justo para esquivar la lluvia que seguía cayendo.

El coche del delegado se paró delante, de una frenada brusca. Levantó el civil tranquilamente la mirada, como preguntando sin excesiva curiosidad. El recién llegado descendió presuroso. Sin cuidarse de cerrar la portezuela, ahorrándose el saludo, explicó el suceso atropelladamente. Habló de un tirón, mientras el guardia, que se había levantado despacio, escuchaba sin un gesto que le animara el rostro.

Cuando acabó su informe, el delegado sintió un alivio profundo. Había cumplido con su conciencia cívica. Ahora, allá la autoridad. Sin embargo, y como hubiera venido sintiéndose un poco héroe al traer el aviso, le pareció que la acogida del centinela no estaba en relación con la importancia del asunto. El de puertas debió notarlo. Habló a modo de pregunta:

—Entonces, dice usted...

—Sí; el hombre, muerto, sin duda. El del camión no sé si alguna herida.

—Y dice usted que en el 328.

—Sí, me parece; en el cruce de la general con la que viene de la Ribera.

—Pues si es así, el asunto pertenece a Valderracimos. No es cosa nuestra.

El guardia civil cogió el periódico que había dejado al levantarse de la silla, pero no llegó a leer. Su interlocutor lo miró como mira un hombre que no comprende nada. Dijo con tono amargo:

—¡Pero allí hay un muerto, un hombre muerto!

—Y a estas horas ya estará la pareja de Valderracimos, que le coge más cerca.

O los de Tráfico.