Cuentos del antiguo Egipto - Roger Lancelyn Green - E-Book

Cuentos del antiguo Egipto E-Book

Roger Lancelyn Green

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Beschreibung

Lancelyn Green narra en este libro, con la misma claridad y rigor que hicieron memorables sus relatos de Grecia y de Troya, los mitos y leyendas de una de las culturas más fascinantes de la historia.  Egipto siempre ha sido una tierra llena de magia y misterio, un país diferente a todos los demás; lejano, extraño y difícil de comprender, nos deslumbra y suscita en nosotros una gran atracción. De todas las regiones del mundo antiguo, fue la más autosuficiente: sus costumbres y creencias eran distintas, y sus leyendas surgieron de manera autónoma, sin influencia de otras civilizaciones. Con su magistral capacidad para entreverar historia y mitología, Lancelyn Green consigue a través de breves relatos un retrato completo, ligero a la vez que riguroso, de la cultura egipcia. Estas historias incluyen los grandes mitos: el de Ra el Luminoso, quien creó a todas las criaturas del mundo; o el de la portentosa hechicera Isis, que buscó en las aguas del Nilo a su esposo muerto Osiris; pero también cuentos como «El Libro de Tot», que otorgaba a quien lo leyera poderes para dominar cielos y tierra o comprender la lengua de aves y bestias; o «La muchacha de las zapatillas rojas» que es la versión más primitiva del cuento de la Cenicienta. Dioses, hechiceras y héroes transitan, en estas páginas, del mundo de los vivos al profundo Tuat, donde moran las almas de los muertos. Y, con sus hazañas y prodigios, nos transmiten el mismo poderoso encanto que hace más de treinta siglos. 

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Seitenzahl: 274

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Créditos

Edición en formato digital: febrero de 2026

Título original: Tales of Ancient Egypt

En cubierta: ilustración © Irene Pérez / Pencil Ilustradores

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Roger Lancelyn Green, 2011

Publicado originalmente como Tales of Ancient Egyptpor Puffin Classics, un sello de Penguin Random House Chindren’s, parte a su vez del grupo de empresas Penguin Random House

© De la traducción, Ismael Attrache

© Ediciones Siruela, S. A., 2026

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

ISBN: 979-13-88032-43-1

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

Prólogo: Las tierras egipcias

CUENTOS DE DIOSES

Ra y sus hijos

Isis y Osiris

Horus, el Justiciero

Jnum, dios del Nilo

La legendaria reina Hatshepsut

El príncipe y la esfinge

La princesa y el demonio

CUENTOS DE MAGIA

El loto de oro

Djedi, el hechicero

El Libro de Tot

Se-Osiris y la carta sellada

El reino de los muertos

Los dos hermanos

CUENTOS DE AVENTURAS

La historia del marinero que naufragó

Las aventuras de Sinhué

El campesino y el funcionario real

La toma de Joppe

La princesa griega

El ladrón de tesoros

La muchacha de las zapatillas rojas

Cronología

 

A mi sobrina y ahijada Jan Trinder

PrólogoLas tierras egipcias

Egipto siempre ha sido una tierra llena de magia y misterio, un país diferente de todos los demás; lejano, extraño y difícil de comprender, pero que suscita una extraña fascinación. De todas las regiones del mundo antiguo, Egipto fue la más autosuficiente: sus costumbres eran distintas; también lo eran sus creencias. Las leyendas egipcias surgieron de manera autónoma, sin ninguna influencia de otras civilizaciones.

Los griegos, alrededor del 500 a. C., «descubrieron» Egipto y comenzaron a dejar testimonio de lo que veían. Para entonces, la civilización egipcia se iba acercando al fin de sus tres mil años de existencia. Heródoto, que es el historiador griego más antiguo del que nos ha llegado obra escrita, estuvo en Egipto sobre el 450 a. C. En su viaje descubrió lo siguiente: las antiguas inscripciones de jeroglíficos solo las entendían ya los sacerdotes; dichas inscripciones llevaban siendo escritas o esculpidas en monumentos desde los tiempos de Menes, el primer faraón conocido, que unificó los dos reinos egipcios alrededor del 3200 a. C. Sin embargo, aún se seguían narrando de generación en generación, casi sin cambios, unos mitos e historias que tenían treinta siglos de antigüedad. En la época posterior a Heródoto, el antiguo Egipto fue conservado de manera casi artificial por los griegos que conquistaron el país: Alejandro Magno y los descendientes de Ptolomeo, general de sus ejércitos. Pero los vestigios de esta civilización empezaron a perderse con los romanos; tras la invasión árabe del 639 al 646 desaparecieron por completo. Solo a comienzos del siglo XIX fue redescubierto el Antiguo Egipto: se descifraron los jeroglíficos, se empezó a traducir el egipcio antiguo y comenzó la excavación y conservación de tumbas, templos y pirámides.

Las creencias religiosas de un pueblo, la forma que adopta su civilización y las leyendas que acaban dando forma a su literatura responden en gran medida a las condiciones naturales de la tierra que habitan. Por ejemplo, en Mesopotamia, la lúgubre monotonía de su paisaje de barro, con llanuras que se extienden en cualquier dirección hasta el infinito, hizo que la religión babilonia fuese sombría y se caracterizase por un pesimismo sin esperanza. En Grecia, la asombrosa belleza de las montañas, valles y costas serpenteantes bañadas en una radiante luz dio lugar a los mitos y leyendas inmortales de esa hermosa tierra. En el caso de los pueblos nórdicos, el viento frío y cortante, y una perenne proximidad del invierno cruel, fueron el origen del fatalismo heroico y valeroso de las sagas.

Para aquel que no lo haya visitado, es muy difícil imaginarse cómo es Egipto, incluso con la ayuda de los mitos y leyendas. El antiguo historiador griego Hecateo dejó escrito que «Egipto es el don del Nilo»; de hecho, el Nilo es Egipto. Con la excepción, al norte, del fértil Delta (un terreno verde y triangular casi a nivel del mar, con lados de aproximadamente doscientos kilómetros), Egipto no es más que la angosta cuenca del Nilo, un pasillo que atraviesa cientos y cientos de kilómetros de desierto, a los que hay que sumar otros mil si continuamos el curso río arriba, atravesamos Sudán y llegamos a Etiopía.

A principios del siglo XX, en su primera visita al país, Rudyard Kipling escribió lo siguiente: «Recorrer el transcurso del Nilo hacia sus orígenes es saldar cuentas con la Eternidad. Hasta que uno no lo ha visto, es incapaz de imaginar cuán minúsculo es este hilillo de vida y agua que discurre victorioso y que traspasa las fauces de una muerte segura. Si se disparase un rifle, la bala llegaría al confín más lejano de toda la superficie cultivada; si se disparase un arco, la flecha iría más allá de los huertos pequeños […]. El desierto nunca deja de agotarlo a uno, cada día, hora tras hora».

Excepto en el Delta, si una persona se aventurase sin agua en el desierto, dejando atrás el río, moriría de sed antes de que le diera tiempo a volver a buscarla. Hacia el oeste hay más de seis mil kilómetros de desierto, y aproximadamente la mitad hacia el este, contando el mar Rojo.

Toda la vida de Egipto dependía del río y de su desbordamiento. Todos los años, de junio a octubre, a causa de las torrenciales lluvias en Abisinia, a miles de kilómetros de distancia, el Nilo experimentaba una crecida que inundaba tanto la cuenca como el Delta y dejaba un espeso sedimento de cieno y limo. En esta capa de barro crecían las cosechas con fertilidad sorprendente: cereales de todo tipo; hortalizas y legumbres; frutos como la uva, el melón o el dátil.

Si un año la crecida era muy pequeña, el hambre se apoderaba de Egipto. Y si se sucedían varios años de malas cosechas muchos morían de inanición, a menos que el faraón contase con un José como el de la Biblia, que hubiese almacenado grano, como precaución, en los años de abundancia.

Con la muerte siempre tan próxima, los antiguos egipcios desarrollaron cierta obsesión por el más allá, aunque esto no suponía que no supiesen disfrutar de la vida. A su manera, Egipto es una tierra de gran belleza: el río refulge bajo un sol intenso; los palmerales y tamariscos dan cobijo, una corta temporada al año, a una profusión de flores de vivos tonos; en las márgenes del desierto, sobre todo al oeste de Tebas, los acantilados despiden colores de una hermosura indescriptible, primero tenues, luego profundos, y luego oscuros, reflejando el ir y venir del sol; por último, cuando llega el súbito frío de la noche, brillan las estrellas con extraordinaria vivacidad en un cielo semejante al terciopelo negro.

Ra, o Amón-Ra, como sería conocido más tarde, era el dios del sol y la deidad más antigua e importante. La segunda divinidad en importancia era el propio Nilo, a veces adorado bajo la forma del dios Jnum, aunque con mayor frecuencia el río era simplemente el símbolo del origen de la vida y la fertilidad; conceptos que la diosa Isis acabaría encarnando.

Pero la divinidad más poderosa era Osiris, dios de la ultratumba, hermano y esposo de Isis, y primer faraón humano de Egipto. Cuando Osiris volviese a la tierra, su reinado sería eterno y todos los muertos resucitarían.

De igual modo que Osiris había sido un faraón humano que se había convertido en dios, los sucesivos faraones eran considerados dioses terrenales que se convertirían, a su muerte, en dioses celestiales del reino de Osiris, también llamado Tuat o mundo subterráneo. Por tanto, desde los albores de la cultura egipcia, las tumbas de los faraones y los templos mortuorios donde se honraba su memoria se construyeron con la piedra más resistente que se pudo encontrar. Para su decoración se cubrieron de relieves, frescos e inscripciones que han llegado hasta nosotros miles de años después y nos desvelan cómo era la vida de los egipcios, cuáles eran sus creencias, cómo eran sus mitos y narraciones. Las viviendas y palacios se construían con ladrillos de adobe, pues solo debían durar hasta la muerte de sus habitantes; prácticamente no han quedado restos. Sin embargo, los templos, las pirámides y las tumbas excavadas en la roca fueron construidos para durar eternamente. Los monumentos egipcios son, cronológicamente, los primeros del mundo antiguo, y siguen siendo de los más imponentes e impresionantes de dicho período.

En el Antiguo Egipto, las narraciones acababan con un final idéntico al de las vidas de los mortales: una grandiosa procesión fúnebre hasta una tumba, excavada en la roca, en la ribera occidental del Nilo, donde comienza el desierto. Después de diversos rituales, allí se depositaban los cuerpos, en un cobijo seguro en espera del regreso de Osiris, cuando resucitarían las almas de los muertos. Entonces cada alma volvería al que había sido su cuerpo en vida y viviría eternamente en un reino terrestre pero inmortal.

Todos los súbditos egipcios hacían lo posible por construirse magníficas tumbas; cuando moría alguien, sus descendientes intentaban que el cuerpo fuese embalsamado y momificado, y procurarle una tumba. Sin embargo, las tumbas mejores y más duraderas les estaban reservadas, como cabe esperar, a los faraones, pues eran el lugar donde se honraba eternamente su memoria.

Los faraones de las primeras dinastías, como Djoser, Keops o Kefrén, se hicieron construir las imponentes pirámides que han sobrevivido cinco mil años y que han mantenido vivo el recuerdo de dichos monarcas. Faraones posteriores, como Hatshepsut, Ramsés II o Seti I, mandaron excavar unas tumbas enormes en el Valle de los Reyes, al oeste de Tebas, formadas por sucesivas cámaras que se van adentrando cientos de metros en el interior de la roca.

El cuerpo del faraón se colocaba dentro de varios sarcófagos en el centro de la pirámide, o en la última cámara si la tumba era excavada. El primer sarcófago, el más grande, se hacía de granito de Syene, que es la moderna Asuán. El último, el más pequeño, era de oro. Junto a él se enterraban innumerables tesoros y sus posesiones más queridas, desde carros y tronos hasta abanicos y cajitas de fina pomada. También se dejaban unas figurillas conocidas como shabti, que eran representaciones de hombres y mujeres realizando tareas terrenales tales como la agricultura y la pesca; otros tejiendo, otros cocinando, y otros que remaban en el barco real, todos atareados: porque en el más allá, la vida del faraón, el buen dios, sería igual que en la tierra, y allí iba a necesitar todas sus legítimas posesiones.

Las escenas de las paredes de las cámaras funerarias, al fresco o en relieve, no solo reproducían escenas de la vida en la tierra, sino también de la vida en el más allá. De este modo, el ocupante de la tumba tenía una guía que le ayudaba en su viaje hacia el oeste, donde se encuentra el Tuat, el reino de los muertos.

Es un gran misterio cómo podían saber los egipcios, con tanta exactitud, lo que se iban a encontrar en el viaje hacia el Tuat. Sin duda debieron de existir historias contadas por hechiceros y otros personajes, individuos que habían hecho el viaje a esa tierra fantasmagórica y habían vuelto para contarlo. Pero todos los relatos se han perdido; menos uno. Lo único que nos queda de este son breves fragmentos, aunque con la ayuda de los frescos y de las inscripciones de las tumbas, podemos reconstruir ciertas descripciones del Tuat y del juicio de Osiris. En esta tarea también nos son de gran ayuda los rollos de papiro que incluían en sus tumbas aquellos que tenían menos dinero y no podían encargar los frescos como guía. Estos papiros que sustituían a los frescos recibían el nombre de Libro de los Muertos.

Desde los tiempos de Menes, unificador del reino y primer faraón, los antiguos egipcios llevaron una vida tranquila y casi sin cambios, de manera prácticamente ininterrumpida hasta que llegaron los viajeros griegos, como Heródoto, ávidos de descubrimientos. A lo largo de su historia, recibieron algunas invasiones del exterior: por ejemplo, hubo un pueblo misterioso, los hicsos (algunos estudiosos creen que se trata de los israelitas), que se hicieron con el control del Delta del Nilo durante cien años. En otra ocasión, doscientos años antes de los viajes de Heródoto, Egipto fue conquistado durante un tiempo por los asirios, y después por los persas. Si bien en la época de Ramsés II (1290-1224 a. de C.) el imperio egipcio cubría la mayor parte de Palestina y Siria, apenas un siglo después, el Delta del Nilo sufría un fallido intento de invasión por parte de los griegos del período micénico.

No obstante, la vida cotidiana en Egipto apenas registró cambios. Las gentes vivían con sencillez, normalmente sin pasar estrecheces; cultivaban la tierra tras la inundación anual, y cuando la actividad agrícola cesaba, en los cuatro o cinco meses al año que las riberas estaban anegadas de agua, se dedicaban a levantar pirámides, templos y tumbas.

También reservaban para el asueto una considerable cantidad de tiempo, aunque gran parte de él lo ocupaban las ceremonias religiosas. Aunque todavía les quedaba ocasión para bailes, cánticos y la narración de cuentos. Por regla general, los relatos y las músicas eran transmitidos oralmente y casi nunca se escribían. En ocasiones, si versaban sobre dioses (categoría que incluye a los faraones), se inscribían en los templos y santuarios. Así pues, entre los cuentos que recoge este libro, El príncipe y la esfinge se puede leer en los jeroglíficos de una lápida de un pequeño templo entre las garras de la esfinge de Guiza; el relato de La legendaria reina Hatshepsut lo podemos leer en las paredes del templo de la reina en Deir el-Bahari, al oeste de Tebas; La princesa y el demonio, por su parte, en una estela de arenisca hallada en el templo de Jonsu en Tebas, que ahora está en París; por último, Jnum, dios del Nilo se halla, inscrito en piedra, en la isla de Elefantina.

Relatos como Ra y sus hijos u Horus, el Justiciero y muchas de las descripciones de El reino de los muertos proceden de la unión de diversos fragmentos de inscripciones y estelas hallados en lugares como la pirámide de Djoser, las tumbas de Seti I y de Ramsés I y II, el templo de Edfu dedicado a Horus, o retazos de papiro como el Libro de los Muertos, el que se incluía en las tumbas de aquellos que no tenían dinero suficiente para que les hiciesen un relieve o un fresco que les sirviese de guía por el mundo subterráneo.

La historia de Osiris no solo la conocemos gracias a estas fuentes. En el siglo I de nuestra era, el escritor y filósofo griego Plutarco recogió la leyenda de este dios en su tratado Isis y Osiris, que sabemos que es exacto porque así nos lo confirman, entre otras, las muy remotas inscripciones de Abidos.

La mayoría de los cuentos de magia o de aventuras aquí incluidos fueron escritos, o transcritos, en los últimos dos mil años de la antigua civilización egipcia. El loto de oro y Djedi, el hechicero proceden del papiro Westcar, conservado hoy en Berlín, y que se cree que data de la XII Dinastía (2000-1785 a. de C.). Los dos hermanos fue escrito probablemente por Ani, el escriba predilecto del faraón Seti II (sobre el 1200 a. de C.). El campesino y el funcionario real aparece en varios papiros incompletos de fecha desconocida, pero juntándolos se puede conseguir la historia completa. La historia del marinero que naufragó también procede de épocas muy remotas, es posible incluso que sea de la XII Dinastía; pero los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha del papiro, que se encuentra hoy en Moscú.

Se-Osiris y la carta sellada, El Libro de Tot, Las aventuras de Sinhué y La toma de Joppe proceden todos de manuscritos tardíos, fechados después del 715 a. C., época en que se popularizó el demótico, una nueva forma de escritura que dejó relegada a la jeroglífica. No obstante, el origen de estos relatos se halla, casi con total certeza, en tiempos muy anteriores, mucho antes de que se escribiesen las copias que nos han quedado; es posible, incluso, que su origen se remonte a las XIX y XX Dinastías, que fueron el período posterior a la edad de oro de Ramsés II.

De los últimos tres cuentos solo nos han llegado sus versiones griegas. El primero que narró en esa lengua la historia de La princesa griega fue Estesícoro (ca. 640 a. C.-ca. 550 a. C.), aunque de sus obras solo nos quedan fragmentos; Heródoto le dedica varios capítulos a la misma historia, y Eurípides se basó en ella para una de sus obras. Sin embargo, resulta evidente que el origen de la historia es egipcio, ya que es imposible que los griegos entendiesen del todo lo que era el ka de la princesa (el ka era un doble espiritual que tenía cada persona): este concepto no aparece en ningún otro lugar de la mitología y literatura griegas. Los escritores británicos Rider Haggard y Andrew Lang detectaron el claro origen egipcio de este relato, y emplearon algunos de sus elementos para escribir una magnífica novela histórica situada en el reinado de Merneptah, hijo de Ramsés II, titulada The World’s Desire [El deseo del mundo]. Rider Haggard volvió a emplear el mito del ka, aún con mayor fortuna, en su novela Estrella matutina, que es una de las mejores recreaciones literarias del Antiguo Egipto que se hayan hecho jamás.

El ladrón de tesoros fue un relato que escuchó Heródoto en su viaje a Egipto, y lo incluyó en sus Historias; por lo que respecta a La muchacha de las zapatillas rojas, que es la versión más primitiva que conocemos del cuento de la Cenicienta, Heródoto supo evidentemente de la existencia de Rodopis, que fue casi su contemporánea, pero la confundió con una aventurera reina anterior: la historia completa nos la narró otro griego del siglo III de nuestra era, Eliano, en su Varia historia.

Podemos afirmar, para concluir, que los cuentos del Antiguo Egipto aquí recogidos son una muestra de una tradición literaria escrita que duró más de dos mil años, una tradición de la que nos separan ya cuatro mil años, o quizá incluso cinco mil, si consideramos que las historias de dioses ya se transmitían oralmente en tiempos de los primeros faraones, antes de que Djoser y sus sucesores comenzaran a dejarlas inscritas en los jeroglíficos de los muros de los templos o cámaras funerarias. Desgraciadamente, de una era tan remota han llegado hasta nosotros solo unos pocos cuentos. De esos pocos, aquí han sido seleccionados y reelaborados los mejores. Son las narraciones más antiguas que conoce la humanidad; narraciones que, en su mayor parte, no parecen acusar el paso del tiempo, pese a que su apariencia nos evoque la magia del tiempo perdido y de las distancias lejanas; narraciones que nos transmiten, con un susurro, la vida de un pasado que se hunde en las brumas del tiempo, que nos desvelan destellos embriagadores del mundo perdido del Antiguo Egipto.

El murmullo de un credo desvanecido,

canción de juncos que el viento mece

a orillas del Nilo, el río sagrado.

Cuentos de dioses

Ra y sus hijos

Antes del inicio del mundo, antes de que Egipto surgiera de las aguas, apareció Ra, el Luminoso. Era omnipotente, y el secreto de su poder se hallaba en su propio nombre, que nadie más conocía. Gracias a este poder, le bastaba con nombrar una cosa; esa cosa cobraba vida instantáneamente, apareciendo como había aparecido él.

«Al alba seré Jepri; Ra, durante el día; y Atom, por la noche», dijo el dios, y mientras profería estas palabras, he aquí que se transformó en el sol que se levanta por el este, que cruza el firmamento y que se pone por el oeste. Y así acabó el primer día del mundo.

Ra invocó a Shu, y creó así el viento. Le dio su nombre a Tefnut, diosa del rocío, y se hizo la lluvia. Después pronunció el nombre de Geb, y la tierra surgió de las aguas del océano. Llamó a Nut y apareció la diosa del cielo, que sostiene como un arco la bóveda celeste, apoyando los pies en un extremo del horizonte y las manos en el opuesto. Invocó a Hapy, y así el Nilo, el río sagrado, comenzó a discurrir por las tierras egipcias para hacerlas fértiles.

Después nombró todo lo que hay en la creación, y las cosas existían en cuanto él las nombraba. Por último, dijo las palabras «hombre» y «mujer»; poco después las tierras egipcias se hallaban habitadas por humanos.

Entonces el propio Ra se transformó en humano y se convirtió en el primer faraón de Egipto. Su reinado terrenal duró miles de años y siempre hubo paz y prosperidad. Todos los años, el Nilo crecía e inundaba los campos y luego volvía a su lecho, dejando así una fértil capa de barro. Esto aseguraba una rica cosecha que brotaba cuando la ventosa primavera cede el paso al caluroso verano. Nunca hubo años de escasez, ni siquiera cuando el Nilo no crecía lo suficiente; tampoco hubo años de inundación demasiado copiosa o demasiado prolongada. Esta época fue la Edad Dorada del mundo; en lo sucesivo, los egipcios siempre recordarían lo hermosa que era la vida «en tiempos de Ra».

No obstante, Ra acabó por hacerse viejo, ya que él mismo había dispuesto que ningún hombre sería inmortal; su propia esencia era ahora humana. Cuando fue anciano, los huesos se le hicieron de plata, la piel de oro y el cabello de lapislázuli, y dejó de ser capaz de gobernar a las gentes de Egipto; tampoco podía librar la batalla diaria con Apofis, la gran serpiente maligna que había surgido de los aires viciados de la oscuridad nocturna y cuyo único objetivo era devorar todo lo bueno, todo lo luminoso, todo lo que baña el sol.

He aquí que el pérfido espíritu de Apofis se introdujo en las almas de los egipcios, y muchos de ellos se rebelaron contra Ra y cometieron horribles actos en su presencia, como adorar a la gran serpiente de las tinieblas en lugar de al Ojo del Día.

Ra se dio cuenta de lo que acontecía, de los planes que los malvados urdían para atentar contra su majestad divina. Habló a sus sirvientes, y les dijo:

—Convoco una reunión de todos los dioses de mi reino. Llamad a Shu y a Tefnut, decidles a Geb y Nut que se presenten enseguida en la sala del consejo. Traed incluso a Nun, el espíritu de las aguas oscuras que me vio surgir al comienzo de los tiempos. Llamadlos a todos en secreto: que los que hacen el mal no sepan que estoy al tanto de lo que traman.

Llegaron todos los dioses a presencia de Ra. Uno a uno se arrodillaron ante él y besaron el suelo como muestra de obediencia.

Cuando estuvieron todos reunidos tomó la palabra Nun como portavoz, y dijo:

—¡Te deseamos larga vida y fortaleza, oh, Ra, faraón de Egipto, hacedor de todas las cosas! Dirígete a nosotros para que conozcamos cuál es tu divina voluntad.

Ra entonces contestó:

—Nun, ser primigenio, y vosotros, dioses creados por mi palabra: contemplad a los hombres, a quienes mi Ojo, que todo lo ve, dotó de existencia, a quienes mi voz hizo aparecer, en la noche de los tiempos, para que se multiplicasen y me honrasen en vida y más allá de la muerte. Oíd: los hombres conspiran contra mí y cometen perversos actos; los más impuros se reúnen ahora en el Alto Egipto para seguir desafiando mi autoridad. Decidme si merecen que los extermine con un rayo abrasador de mi mirada.

A esto respondió Nun, portavoz de los dioses:

—Oh, Ra, cuyo poder supera al mío, a quien vi surgir de mis aguas en la noche de los tiempos; tú, superior de todos los dioses a quienes creaste: debes saber que si empleas tu abrasadora mirada para exterminar a la humanidad, harás un desierto de las tierras egipcias. Inventa, pues, algún hechizo que extermine solo a los impuros, alguna criatura que postre a los malvados, pero que no dañe a los justos.

—No emplearé entonces mi abrasadora mirada —les dijo Ra—. ¡En su lugar, mandaré a Sejmet para castigar a la humanidad!

Y mientras decía su nombre, apareció Sejmet de la nada, bajo la forma de una poderosa y enorme leona, que enseguida partió rauda hacia el Alto Egipto y exterminó a muchas personas; las devoraba con tanta furia que el Nilo se tiñó de rojo sangre y las orillas se convirtieron en una marisma encarnada.

Al poco tiempo, los más malvados habían perecido bajo las fauces de Sejmet, y los que aún vivían elevaron sus plegarias a Ra, rogándole compasión. Y Ra decidió perdonarles la vida, ya que no quería exterminar a toda la humanidad, pues, sin hombres y mujeres que le obedeciesen, su reino no sería más que una tierra vacía.

Pero, como Sejmet se había acostumbrado a beber sangre, ya no quería renunciar a sus fechorías. Día tras día rastreaba las tierras egipcias y devoraba a todo aquel que se cruzaba en su camino; por las noches se escondía en los pedregales donde comienza el desierto, y esperaba a que llegase el alba de nuevo para retomar su sangrienta cacería.

Así que Ra dijo:

—El único modo de detener a Sejmet es mediante un engaño. Debo burlarla para salvar a la humanidad de sus garras y afilados colmillos. Para que no piense que ha sido humillada, haré que los humanos la adoren por siempre jamás, y así su corazón se llenará de gozo.

Ra convocó de inmediato a unos mensajeros ágiles y raudos y les ordenó lo siguiente:

—Corred presurosos como una sombra, más veloz y silenciosa que el cuerpo que la proyecta, e id a la isla de Elefantina, que se halla en el Nilo, al norte de la primera catarata. Traedme el pigmento de ocre rojizo que solo allí se encuentra, y hacedlo con prontitud.

Los mensajeros partieron veloces en la oscuridad y regresaron a Heliópolis, donde mora Ra, con pigmento ocre en abundancia. Allí, siguiendo las órdenes de Ra, las sacerdotisas del Templo del Sol y todas las doncellas de la real corte se habían puesto a moler cebada para hacer cerveza. Cuando tuvieron siete mil jarras, acataron la siguiente orden de Ra: mezclaron la bebida con el pigmento de color ocre rojizo de Elefantina; a la luz de la luna, la cerveza brillaba oscura como la sangre.

—Ahora —dijo Ra—, transportad las jarras río arriba. Estas jarras van a ser la salvación de los humanos. Llevadlas adonde duerme Sejmet, antes de que se levante el sol y prosiga con sus fechorías; verted el líquido sobre la tierra, para engañarla.

Se hizo el día y salió Sejmet de su refugio de los pedregales, mirando en derredor a la luz del sol para buscar a su nueva víctima y devorarla. No había ni un solo ser vivo; pero vio que los campos próximos, donde el día anterior se había dado un festín de humanos, estaban anegados de tres palmos de un líquido que parecía sangre.

Al ver esto, Sejmet rugió con una feroz risotada de leona hambrienta. Creyendo que lo que veía era la sangre que ella misma había vertido el día anterior, se agachó y la bebió con avidez. Bebió y bebió sin cesar, hasta que la fuerte cerveza se le subió tanto a la cabeza que ya no pudo dar caza ni comerse a nadie.

Cuando el día tocaba a su fin, llegó Sejmet dando tumbos a Heliópolis, donde Ra la aguardaba; el sol acabó poniéndose sin que ese día hubiese una sola víctima de la fiera.

—Has venido en son de paz, dulce diosa —le dijo Ra—. Que la ventura sea pues contigo. Te otorgo ahora un nuevo nombre; ya no serás Sejmet, la sangrienta, sino Hator, la señora del amor. Ahora será aún mayor tu poder sobre las personas, pues la pasión del amor será más fuerte que el odio y todos seremos tus víctimas: todos caeremos bajo el hechizo del amor. A partir de hoy, como recuerdo de esta ocasión, habrá un gran festejo en honor de Hator el primer día del año, y las sacerdotisas que velan por el amor beberán la cerveza de Heliópolis teñida del ocre de Elefantina.

Y así fue como Ra salvó a la humanidad; y así fue como los humanos conocieron un nuevo gozo y un nuevo infortunio.

Isis y Osiris

Cuando Ra era el primer faraón de Egipto y reinaba en la tierra, Tot, el dios de la magia y la sabiduría, que había sido creado por el señor de los dioses en los albores del mundo, pronunció una profecía: si Nut, la diosa del cielo, tenía un hijo, ese hijo gobernaría en Egipto.

—¡Nut nunca tendrá hijos, nunca! —respondió Ra muy airado—. ¡Nadie, ni siquiera un hijo de Nut, me va a arrebatar el trono! He aquí que le impongo una maldición: Nut no podrá dar a luz a un hijo ningún día del año; no, ni durante el día ni tampoco durante la noche. He dicho; y lo que yo ordeno jamás puede ser cambiado.

Cuando oyó esto, Nut sintió una amarga tristeza. Pero Tot, que era el dios de la sabiduría, había anunciado que su hijo gobernaría Egipto. Así que acudió a él y le suplicó ayuda, pues sabía que Tot la amaba.

—Si consientes en amarme, te mostraré el modo de llevar a cabo tu deseo sin violar el mandato de Ra —dijo Tot.

Nut aceptó sin dudarlo un instante, y Tot ideó rápidamente un ingenioso plan. Fue a ver a Jonsu, dios de la luna, y le desafió a una partida de damas. Cada uno debía apostar algo; Jonsu era un gran jugador y la partida estaba muy igualada, aunque era el dios de la luna quien corría mayor riesgo, pues se había apostado su propia luz. Sus posibilidades de ganar al astuto Tot eran muy pequeñas; el dios de la sabiduría prolongó la partida hasta que su ventaja le permitió hacerse con una cantidad de luz de luna equivalente a cinco días. Así, con estos cinco días amplió el calendario y los añadió al final del año. Hasta entonces, el año solo había contado con trescientos sesenta días; fueron estos cinco días añadidos los que le dieron la duración actual. Aquella partida de damas aún tuvo otra consecuencia: desde entonces, a la luna le ha faltado la luz necesaria para aparecer llena el mes entero, y debe menguar progresivamente hasta desaparecer, aunque luego reaparece y va creciendo hasta lograr el esplendor una vez más.

Cuando llegaron esos cinco días añadidos, que no pertenecían al año anterior ni al siguiente, Nut dio a luz a sus cinco hijos: el primer día nació Osiris; el segundo, Horus, el Viejo; el tercero, Set; Isis el cuarto, y Neftis el quinto.

Cuando nació Osiris hubo varias señales y se obraron varias maravillas. De los cielos vino una misteriosa voz que proclamó: «¡Nacido ha el señor del mundo!». Una mujer que sacaba agua de un pozo se halló de pronto poseída de un espíritu profético y dijo en alta voz: «Osiris nuestro señor está entre nosotros». En Tebas, un hombre llamado Pamiles escuchó una voz que venía del templo de Ra y le ordenaba que proclamase el nacimiento del más grande gobernante que conocería Egipto: Osiris, salvador de la humanidad.

Siguiendo las indicaciones de Tot, Nut confió el pequeño Osiris a Pamiles para que lo criase. Tot en persona se ocupó de la instrucción de Osiris e Isis: les enseñó la sabiduría divina y los introdujo en la ciencia secreta de la que él era maestro.

La inteligencia de Isis era tan grande que convenció a Jonsu para que le enseñase también los misterios lunares; así pues, Isis se convirtió en la más portentosa hechicera que jamás conociera Egipto.

Cuando alcanzaron la edad adulta, Isis y Osiris contrajeron matrimonio. Neftis también se casó con Set; en lo sucesivo, todos los faraones humanos de Egipto se unirían en matrimonio con sus propias hermanas. Aunque casi todos los faraones tenían otras muchas esposas, la hermana desposada era la que detentaba el rango de reina.