Cuestión de voluntad - Jessa Hastings - E-Book

Cuestión de voluntad E-Book

Jessa Hastings

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Beschreibung

La nueva novela de la autora de Magnolia Parks Sobrevives a lo que sea, como sea. Georgia Carter vive en Londres, es un detector de mentiras profesional con patas y una experta en el lenguaje no verbal. Hace muchísimo tiempo que se distanció de su familia, que es originaria de Carolina del Sur, rica, de mente cerrada y desesperante a más no poder. Tras una disputa tiempo atrás, la brecha se hizo mucho más profunda entre las ovejas negras (Georgia y su hermano gay y alcohólico) y sus padres y hermanos mayores. Sin embargo, tras la repentina muerte de su padre, Georgia vuelve a Estados Unidos para el funeral... y se encuentra cara a cara con Sam Penny, el padrino de Alcohólicos Anónimos de su hermano. En medio de tensiones, dramas y revelaciones a raíz de la reunión familiar, Georgia y Sam se sienten instantáneamente atraídos el uno hacia el otro. A pesar de ello, el hermano de Georgia también siente algo por Sam, y lo último que quiere Georgia es hacerle daño a la única familia que ha tenido nunca. Cuando el testamento de su padre revela un legado sorprendente a alguien misterioso y desconocido, la capacidad de Georgia de interpretar a las personas se revela crucial para desenmarañar el pasado oculto de su padre. El delicado equilibrio entre los miembros de la familia se desestabiliza y los secretos (antiguos y nuevos) amenazan con llevarlos al límite de la destrucción. Una familia herida puede aguantar hasta cierto punto antes de hacerse pedazos.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Para todos mis compañeros adjetivos,seguid modificando esos nombres.

1

¿Existe una buena manera de recibir malas noticias? Seguramente sí, ¿no? O, más que buena, una normal, supongo, nada dramático ni que deje marca.

Mi hermana lleva un día y medio llamándome sin parar, y yo no le he contestado porque nunca lo hago, porque Maryanne tiene un trastorno de la personalidad narcisista no diagnosticado y también porque es una zorra, y también porque, ya de base, no le contesto las llamadas. Que no es que me llame especialmente a menudo, pero, cuando lo hace, casi siempre se queda sin respuesta.

A ver, hay que admitir que, en parte, la razón por la cual no le contesto es porque sé que a ella la carcome. A cada tono que da el teléfono, frunce más el ceño, entorna un poco más los ojos y adelanta el mentón al tiempo que se toca los dientes superiores con los inferiores, echando humo en silencio. Si me estuviera llamando delante de otra persona, haría un gesto recatado y discreto, pondría los ojos en blanco y le diría que a veces soy imposible. Ahora bien, de estar ella sola, exhalaría por las narinas hinchadas, negaría un instante con la cabeza y sentiría una opresión en el pecho, porque Maryanne Joy Carter no puede no tener el control de la situación.

Mis hermanos y yo somos víctimas de esa horrenda moda en cuya trampa, al parecer, cayeron todos los padres de la rama pentecostal en los años noventa. Ya sabes, la de bautizar a tus hijos con conceptos cristianos. Nunca le digo a nadie mi nombre completo porque mi segundo nombre se me antoja una mancha en la frente que revela al mundo de dónde vengo, y no quiero pensar en mis orígenes, pero aquí va:

Georgia True Carter.

Dios mío, lo sé. True, ‘Auténtica’. Cómo duele.

El mayor de mis hermanos es Tennyson Honor Carter.

A Maryanne Joy Carter (un año y medio menor que Tennyson) es a quien le ignoro las llamadas, pero no es algo que suceda solo con ella (aunque, sin lugar a dudas, sucede por ella). Debo admitir que evito todas las llamadas de mi familia, menos las de Oliver Just Carter, el pequeño de mis hermanos mayores, que tiene un año más que yo y dos menos que Maryanne.

Estoy cien por cien segura de que fue nuestra madre quien escogió nuestros segundos nombres, no hay duda.

Aunque, para ser sincera, seguramente fue bastante atrevido por su parte estando en Beaufort County a finales de los años noventa. Estoy convencida de que se sintió muy guay por hacerlo, pero yo nunca me he sentido guay por tenerlo.

Siempre me he preguntado si fue intencionado…

Tenny y Maryanne, los Nombres. Oliver y yo, los Adjetivos.

Incluso por la pura función de un nombre en contraposición a la de un adjetivo, a ella le gustan más los nombres, sé que es así.

Un nombre es específico.

¿Los adjetivos? Su mayor función sintáctica es modificar un nombre, y eso no es algo que se haga en Carolina del Sur.

Claro que hay muchísimas cosas que no se hacen si eres de Carolina del Sur.

No desobedeces a tus padres.

No faltas nunca a misa.

No eres gay.

No te pareces a la Stephanie Seymour rubia de los noventa. Algo que, al parecer, yo hago.

Siempre me he dado un aire a ella, incluso cuando era demasiado joven para parecerme a la problemática novia de Axl Rose.

Me lo dicen siempre. Y está bien, porque ella es un bombón y supongo que veo la semejanza. La caída que suele tener mi pelo, la piel lechosa, los labios de rosa, los enormes ojos azules. Tengo todos esos atributos, así que, desde luego, entiendo por qué me lo dicen. Pero ¿a ti no te parece que ella tiene los ojos tristes? Siempre he pensado que quizá era por la forma de sus cejas o por cómo pone los labios en las fotos. No puedo afirmarlo con certeza sin verla en la vida real, y no la he visto nunca, y, aunque la viera, me parezco a la de entonces, no a la de ahora (o eso me han dicho); era entonces cuando me parecía a ella, y entonces ella parecía triste.

Así que a veces me pregunto si eso significa que yo también parezco triste.

Quizá sí. Quizá a veces lo estoy.

Aunque no de forma consciente, y eso conlleva su diferencia.

Los sentimientos conscientes están presentes en la superficie, y te basas en ellos para tomar decisiones; sin embargo, los sentimientos inconscientes se mueven por debajo, y también dictan tus decisiones, podría decirse que incluso más, pero a menudo solo te das cuenta en retrospectiva.

¿Hacerme amiga de Hattie y Bianca? Retrospectiva.

¿Quedarme en Londres? Retrospectiva.

¿Mis elecciones sexuales desde los quince hasta los veintidós? Retrospectiva.

¿Mis estudios? Retrospectiva.

En fin.

He recibido unas cincuenta llamadas de mi hermana a lo largo de esta más que anodina noche de abril, y las he ignorado todas. Principalmente porque pienso que, de haber algo que yo verdaderamente tuviera que saber, cualquiera habría tenido dos dedos de frente y habría mandado a otra persona a que me diera un toque tras no responder a las primeras cinco llamadas.

No sé por qué Violet no me ha llamado, si fuera algo serio, lo habría hecho. Además de Oliver, mi tía Violet y su marido, Clay, son los únicos con los que hablo, al menos por voluntad propia, pero no me ha llamado.

Imagino que no habría querido oír la indiferencia en mi voz de haberme dado ella una mala noticia.

O quizá Maryanne no se lo ha permitido y punto.

Junto al desayuno, mi móvil vuelve a sonar y mi compañera de piso, Hattie Ramsey, lo fulmina con la mirada.

—Haz el puto favor de contestar, ¿quieres?

Le lanzo una mirada penetrante.

—Contesta tú.

—No puedo volver a oír ese tono de llamada, Georgia. Lleva sonando desde anoche…

—Lo sé —suspiro—. Otro habría pillado la indirecta.

Enarca las cejas.

—Quizá sea importante.

Niego con la cabeza.

—Nunca es importante.

Hattie no me cree, pero ella no conoce a mi familia.

Existe una clase de locura que está especialmente reservada para los estadounidenses del sur, y la gente que no es de allí no puede entenderlo.

En mi cabeza, no cabe ninguna duda de que mi hermana cree que me está llamando por algo importante, pero no sería impropio de ella haberme visto escribir algo anti-Trump en las redes sociales y habérselo tomado como un ataque personal, lo cual es algo exclusivamente estadounidense, por si no lo sabías. La manera en que la gente de allí aúna su posicionamiento político con su identidad personal. Ser republicano o ser demócrata en Estados Unidos se asemeja, para muchísimas personas, a la identidad racial. Ahora que ya no vivo allí, me resulta algo rarísimo. Porque, honestamente, ni un partido ni el otro están para echar cohetes hoy por hoy y, cuando te llevas algo tan a lo personal como muchos hacen con lo político, cada vez que alguien cuestiona el partido, puede sentarte como si te cuestionaran a ti, y eso, básicamente, no es sano. Se lo estoy contando a Hattie por millonésima vez cuando me suena el móvil porque me ha llegado un mensaje. Al fin.

Me quedo mirando el teléfono un par de segundos, ahí, tranquilamente sentada, hasta que al final me da por alargar la mano y, en ese espacio de tiempo, Hattie —que, al parecer, ya está harta y desesperada por que deje de sonar— agarra el móvil y lee el mensaje.

Y la mano con la que no sujeta el teléfono se le crispa un poco; es algo fugaz, medio segundo. A la vez, adelanta el labio inferior y frunce el ceño antes de enarcar las cejas muy rápido y de abrir más los ojos con el gesto al cabo de medio segundo.

Inhala brevemente.

Tristeza y sorpresa.

Se viene algo malo.

Me alarga el móvil, con la expresión todavía triste, respirando muy rápido.

Maryanne:Papá ha muerto.

Me quedo mirando la pantalla largo rato, parpadeando.

En mi cerebro clínicamente predispuesto retumba la idea de que no es algo positivo que lo único que sienta sea una punzada de tristeza. No mucho más ni mucho menos que una sensación de inconveniencia.

Sé cómo se supone que debes sentirte cuando se te muere un padre.

La gente a menudo experimenta una pérdida de identidad, una crisis existencial. Se cuestionan quiénes son y qué lugar ocupan en el mundo como si su padre mismo hubiera sido su ancla en el planeta.

Georgia:¿Qué?

Nada.

No siento nada.

Podría ser el shock, lo sé. Quizá estoy en shock.

Aunque ¿por qué iba a estar en shock por la pérdida de un padre que ya perdí hace tantísimos años?

Maryanne:Papá ha muerto.He intentado llamarte.Un infarto.

Georgia:¿Cuándo?

Maryanne:Ayer.

—¿Estás bien? —pregunta Hattie. No ha dejado de mirarme desde que me ha tendido el móvil.

Se ha quedado paralizada como les pasa a algunas personas con lo relativo a la muerte.

Es un miedo natural, lo comprendo. Todos los humanos, tanto si lo saben como si no, están profundamente impactados por su muerte inminente. La mortalidad es insoportablemente provocadora; de hecho, tanto que muchísimas personas se pasan toda la vida intentando vivir como si la muerte no les incumbiera como nos incumbe al resto.

Hacemos de todo para evitar nuestra fugacidad y la de las personas que nos rodean y con las que establecemos vínculos afectivos, pero ninguno de nosotros puede hacer nada al respecto.

Algún día moriré. Algún día morirás.

Hattie Ramsey y yo nos conocimos hará unos cuatro años, pero llevamos viviendo juntas poco más de un año, cuando su mejor amiga se fue de su piso en Blandford Street para irse a vivir con su novio. Ahora es nuestro piso de Blandford Street.

Hats viene de una familia rica, nacida y criada en Londres. Su madre es una artista de renombre y su padre es abogado de derecho ambiental. Están muy enamorados, son una unidad parental extrañamente funcional y poco común, de lo más comprensivos y apasionados por los derechos que tienen que ver con la orientación sexual de su hija, que es bisexual.

Tiene una hermana, con quien está deliciosamente unida, y las fricciones previsibles que nos brinda a todos la vida, que son esenciales para la tenacidad y el crecimiento personal, las ha recibido exclusivamente de fuentes externas a su consanguineidad inmediata.

Hattie Ramsey está protegida. Protegida de cojones, podría decirse.

La muerte es conflictiva para las personas protegidas porque fractura realidades.

Francamente, la muerte es conflictiva para todo el mundo, supongo. Las muertes repentinas, al menos. Sin embargo, la idea de la muerte, cuando la miramos directamente a los ojos, nos incomoda a todos.

La idea de que termina, de que todo termina, de que todo lo que te has pasado toda la vida haciendo y construyendo, al final, un día, acaba convirtiéndose en nada en cuanto exhalas tu último aliento.

Por eso la gente tiene hijos. Para existir más allá de su propia existencia.

Total, que aquí está Hattie, de pie delante de mí, con la boca abierta, los ojos colmados de horror, proyectando la amenazadora e inevitable muerte de su más que maravilloso padre sobre la muerte de mi padre más que de mierda.

Está destrozada por mí, aunque está más destrozada por ella, solo que no se da cuenta.

—Estoy bien. —Esbozo una sonrisa tranquilizadora.

No es una sonrisa de Duchenne. Los músculos orbiculares de mis párpados no se mueven un ápice, no se me forman arrugas alrededor de los ojos, no me aparecen patas de gallo en las comisuras que demuestren que es auténtica, pero ella no se dará cuenta porque la mayoría de la gente no lo hace y, total, tampoco quiero que lo haga. Otro día habría pensado en forzar el gesto para hacerlo más verosímil, pero mi padre acaba de morir, así que me doy un poco de cancha.

Ella asiente muy rápido; es un gesto nervioso.

Va a llamar a sus padres en cuestión de diez minutos y les dirá lo mucho que los quiere. Se quedará aquí conmigo hasta que yo le dé una señal de que quiero estar sola, y entonces se irá. Sé que a ella no le gusta que la interprete como lo hago, y me esfuerzo mucho para no incomodarla; normalmente, doy muchos rodeos a las cosas… Finjo que no me doy cuenta de cuándo se siente atraída por alguien o de cuándo ha discutido con su mejor amiga.

Hablo con ella de esas cosas de una manera lenta, aburrida y prolongada que les permite, a ella y a todas las demás personas, sentir que son un misterio, porque sentir que eres alguien misterioso, al parecer, es algo que las personas valoran, tal vez porque a la gente no le gusta sentirse expuesta, pero hoy no tengo ganas de complacerla de esta manera.

—Puedes irte —le digo.

Frunce un poco más el ceño. Se succiona un poco el labio inferior. La he ofendido un pelín.

—¿Estás segura?

Vuelvo a sonreírle, pero esta vez, para que mi sonrisa parezca más auténtica, pienso en el cachorro de perro salchicha que se acaba de comprar la dueña de la cafetería del final de la calle, y entonces le digo que solo me apetece estar sola, pero le toco el brazo mientras hablo porque sé que eso la dejará tranquila. Y lo hace.

Asiente, aliviada, y se va a su cuarto.

Maryanne:El funeral es el viernes que viene.

Georgia:Vale.

Maryanne:¿Puedes decírselo a Oliver?

Georgia:¿Por qué no se lo habéis dicho a Oliver?

Maryanne:Ninguno de nosotros tiene su número.

Fulmino la pantalla con la mirada.

¿Cómo es posible?

¿Por qué ninguno de ellos tiene el número de Oliver?

Violet lo tiene, pero supongo que no quiere llamarle por la misma razón por la que no habrá querido llamarme a mí.

Georgia:Le llamaré.

Maryanne:Bien.Gracias.¿Cuándo vendrás?

Dios, odio Carolina del Sur.

2

Oliver y yo tenemos una regla que consiste en no llamarnos nunca más de dos veces a no ser que sea algo urgente.

La establecimos (plural generoso, yo la establecí) hace nueve años, cuando él se mudó a California y yo seguía en Londres y, por la diferencia horaria, había días en que me levantaba y tenía novecientas llamadas perdidas de mi hermano cuando serían alrededor de las dos de la madrugada en Los Ángeles.

Se mudó allí a los dieciocho tras graduarse en la escuela militar St. Benedict. Nuestros padres lo mandaron allí cuando tenía dieciséis años para evitar enfrentarse a lo que llevaban tiempo sospechando.

Para mi hermano, Los Ángeles fue un cambio tan maravilloso como monstruoso por muchas razones.

Por primera vez en la vida, se sintió verdaderamente aceptado y como en casa. Era el primer lugar donde fue él mismo por completo. El primer lugar donde se le permitió tener un espacio para sentir el peso de la vida que había dejado atrás en Okatie y asimilar todas las maneras en las que nuestra familia nos había fallado.

También lo engulló entero. Las luces lo atrajeron como a las polillas. Lo consumió.

Ni siquiera se juntó con mala gente, solo con gente sin límites y, a fin de cuentas, a Oliver tampoco se le dan muy bien los límites. Tiene TDAH —más allá de eso, imagino que no tengo que dar muchas más explicaciones—, con lo cual, obviamente, tiene los niveles de dopamina bajos y por eso siempre anda buscando más. Hay partes de la vida en Los Ángeles que sientan como si te hubiera tocado la lotería si eres una persona neurodivergente emocionalmente desregulada, y él lo es.

No tardó en pulirse todo el dinero que le di y refugiarse en un montón de sugar daddies y de alcohol.

Lo del alcohol no fue por Los Ángeles. Empezó a beber mucho antes de que yo me fuera, y yo tenía quince años cuando pasó todo eso, de modo que me parece posible que él empezara a beber cuando tenía, tal vez, catorce años. ¿Puede ser? Dios, catorce. Eres un crío con catorce años.

Ahora le va mejor, creo. Eso me dice. Ha vuelto a ir a AA. Lleva cuatro meses sobrio ya.

Tomamos caminos distintos, Oliver y yo. Vamos, literal y metafóricamente.

A ambos nos mandaron a estudiar fuera: a él a Georgia, a mí al Reino Unido. Más o menos a la vez, con algunos meses de diferencia. Primero yo, luego él.

Y te voy a decir una cosa: mandar a un adolescente gay a un internado militar solo para chicos no fue el castigo que creían que sería. Desde luego, la homofobia podía ser enorme en ese lugar a veces, pero, a fin de cuentas, no era peor de lo que Ol estaba viviendo ya en casa, eso sin duda. Y al menos allí hizo amigos que lo comprendían en cierto modo, ¿no? Chicos a quienes mandaron allí por las mismas estúpidas razones.

Creo que mi hermano se alegró de estar lejos del resto de Okatie.

¿Y que me mandaran a mí a Inglaterra? Aquello fue lo más parecido a liberarme.

Creo que pensaron que yo no querría ir, pero me moría de ganas, aunque a la vez no.

La Cawthorne Grammar School fue como un refugio para mí, y sabía que era cierto. Estaba más segura en Bath que en Okatie. También más feliz.

Sin embargo, siempre queda esa desazón, a veces consciente pero mayoritariamente no, de que las personas que te hicieron, las que te crearon, la sangre de tu sangre, las que están genéticamente programadas para quererte… no me querían. Tampoco quisieron a Oliver.

No del todo, al menos.

No de la manera que querían a Maryanne y a Tenny.

Y sé que Oliver también lo sabía.

Puedes decirte a ti mismo que, total, en realidad no quieres que personas como ellos te quieran, pero no es cierto, porque de la misma manera que los padres se supone que quieren a sus hijos, los hijos tienen una predisposición genética para querer que sus padres los quieran.

Tal vez no me gustaran mis padres, tal vez no me gustara lo que defienden o lo que han hecho o cómo se han comportado, pero son mis padres y nos mandaron a ambos lejos de casa porque no éramos como ellos. Eso deja marca en tu psique cuando te estás desarrollando.

La verdad es que no sé si lo hicieron para castigarnos, para escondernos, para reformarnos o para evitarnos.

Resultó difícil, al principio, lo de no saber por qué.

A ver, conmigo, al menos, hubo un catalizador que enmascararon como el porqué, aunque no fue el motivo real.

Tardé un tiempo en comprenderlo, pero al final acabé decidiendo que nunca sabría realmente el motivo, y estoy casi convencida, casi siempre, de que, aunque lo hubiera averiguado, seguramente, a fin de cuentas, no justificaría nada.

Oliver tuvo dificultades con el porqué. Tiene dificultades, en presente. No lo culpo; es algo normalísimo con lo que tener dificultades. Buscó la respuesta apurando botellas y pasando por las camas de hombres lo bastante mayores como para ser nuestro padre. Probablemente esa fue nuestra primera y mayor divergencia.

Él intentó ahogar los recuerdos de nuestra infancia. Yo intenté desmontarlos.

Sé qué está haciendo en cuanto responde al teléfono.

Sudoroso y resollando, como si me hubiera respondido a media faena.

—Ya puede ser una urgencia —jadea.

Lo ha hecho. ¡A media faena! ¿Por qué? En serio, ¿quién atiende al teléfono en mitad del sexo? Para o llámame después, cuando hayas terminado.

—Joder, Oliver, ¿por qué me contestas?

—¡Es la tercera vez que me llamas! Eso es una urgencia…

—Creo que quizá deberíamos discutir que, de ahora en adelante, dejes de hacer lo que estés haciendo para responder a la llamada, en lugar de seguir haciendo lo que sea hasta…

—¿Esto es la urgencia? —pregunta con impaciencia—. Porque no me parece una emergencia.

—Llámala luego —jadea alguien de fondo.

—Gige, luego te lla…

—Papá ha muerto —le digo sin circunloquios.

Oliver deja de respirar; sin embargo, el sonido de alguien embistiéndolo no para: el frufrú de las sábanas, la respiración ahogada de su pareja, esa clase de ruido sexual de piel pegando contra piel… Supongo —espero— que el tipo con el que está no le esté viendo la cara, porque si se la ve, ese tío es un gilipollas.

Aunque es verdad que a Oliver a veces le gustan los gilipollas, así que tal vez este lo sea.

Espero. No digo nada. Total, ¿qué iba a decir?

Oigo cierto movimiento y el ruido de una puerta cerrándose.

—¿Qué? —acaba preguntándome mi hermano.

Tiene veintiséis años, pero parece que vuelva a tener dieciséis.

—Lo siento… —Me aprieto las manos contra la frente. Mi profesora de Psicología Social habría tenido una embolia de haber visto la putada que acabo de hacerle—. Tendría que haberte pedido que me llamaras luego… ¿Te he roto el sexo para siempre?

Mi hermano suelta una carcajada.

—Ya te contaré. —Exhala por la boca—. ¿Cómo?

—Ha tenido un infarto —le contesto—. No sé nada más. El funeral es el viernes.

—¿Tú vas a ir?

Noto que mis músculos depresores superciliares se tensan el uno hacia el otro tras oír la pregunta, lo cual significa que he fruncido el ceño. Su pregunta me ha hecho fruncir el ceño.

—Claro… ¿Tú no?

—Supongo. —Suspira—. Joder…

—Vale, a ver, sales mañana a las dos de la tarde de LAX. Luego tienes una escala de una hora en Dallas…

—¿Qué?

—Te he comprado el billete de avión. Tendría que haberte llegado al correo.

Hace una pausa.

—No tenías por qué.

Hago una pausa.

—¿Cómo habrías ido si no?

Pausa.

—Me las habría arreglado —me dice, y me parece oír un pelín de resentimiento tiñéndole la voz.

Trago saliva incómoda porque odio la mierda del dinero.

—Pues ya te lo he arreglado yo.

Inhala y exhala por la nariz una vez.

—¿Cuándo llegas tú?

—El lunes por la mañana. Un par de horas más tarde que tú.

—Si fueras mejor hermana, habrías hecho las reservas para llegar antes que yo.

—Si fuera mejor hermana, habría reservado un par de billetes hacia las Granadinas.

Suelta otra carcajada.

—Nos vemos el lunes.

—Vale.

Se hace un silencio.

—¿Estás bien, Gige? —pregunta.

—¿Y tú?

—Supongo —contesta, y necesito verle la cara para saber hasta qué punto es cierto.

—Te quiero —le digo.

—Yo también te quiero. —Y luego cuelga.

3

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta Hattie al día siguiente por la noche, de pie ante la entrada de Heathrow.

Niego con la cabeza.

—No es una propuesta vacía —me dice mientras me abraza.

Y sé que no lo es porque ha enarcado las cejas muy seria y tiene los labios ligeramente separados en el centro, alberga cierta esperanza de que le diga que sí porque la manera de demostrar el amor de Hattie es que la necesiten.

No siempre soy así, por cierto.

A ver, sí lo soy, pero intento no serlo.

Es verdad que intento apagarlo, intento mirarlo todo como lo haría una persona que no se ha enseñado a sí misma a ver el mundo al desnudo, pero a veces resulta difícil. Es difícil no ver las cosas que están a simple vista una vez has aprendido a verlas.

—Lo sé, pero… —Niego con la cabeza mientras le devuelvo el abrazo—. Mi madre se pasaría toda la semana convenciéndote para que te quitaras el pirsin de la nariz y tratando de convertirte en una pentecostal heterosexual.

Hattie sonríe, divertida.

—¿Estarás bien tú sola?

Doy una profunda bocanada de aire y le ofrezco una sonrisa que es tan transparente que cualquiera podría ver a través de ella.

Me agarra la mano y la aprieta.

—Puedo comprar un vuelo para mañana, encontrarnos allí…

—Oliver estará allí.

Hace una pausa.

—¿Estás segura de que se presentará?

Le lanzo una mirada.

—Sí.

Pero no.

La verdad es que no sé si se presentará.

Le compré billetes para Londres dos veces y no vino ninguna.

Aunque entonces no estaba sobrio. Tal vez ahora que lo está, las cosas sean distintas, ¿no?

No he hablado con él desde ayer, sin embargo, y me pregunto si ha sido una negligencia por mi parte.

Decirle a mi hermano alcohólico que nuestro padre está muerto y luego no darle un toque, digo.

Podría decirse que tenía el deber de cuidarlo, y podría decirse que no he estado a la altura. Ni siquiera me refiero a la complicada relación parentalizada que es posible que desarrolláramos entre los dos porque no teníamos a nadie más, de modo que tuvimos que serlo todo el uno para el otro, sino a, en fin, ya sabes, un deber humano básico de cuidado, y he fallado, y odio fallarle a Oliver porque suficiente gente le ha fallado ya.

Ahora ni siquiera puedo mandarle un mensaje porque estará volando. Y si no está volando, entonces mejor que no me entere ahora porque la idea de estar en ese lugar sin él es suficiente para convencerme de no subirme yo al avión.

Joder.

Inhalo por la nariz, le sonrío con valentía a Hattie y asiento.

—Estaré bien. Lo prometo.

—Si no lo estás… —empieza a decir.

—Te lo diré.

Me abraza por última vez y asiente, decidida.

Vuelo directo de British Airways, desde Heathrow hasta Charleston. Nueve horas.

Me he tomado un Ambien nada más subirme al avión, de modo que he dormido durante todo el camino. Sin embargo, en cuanto he aterrizado, ya estaba cansada.

Cansada nivel Okatie, no cansada normal.

¿Has salido alguna vez con alguien con quien discutieras todo el rato?

Hace un par de años podría decirse que salí con un tipo, y estaba buenísimo y era majo y listo y culto, pero nos peleábamos como locos.

Y él me gustaba, de hecho, me gustaba mucho.

Me gustaba la electricidad vibrante que nos envolvía, los picos de adrenalina que sentía cada vez que empezábamos a discutir, pero al cabo de más o menos un mes, antes de verlo, me sentía cansada.

Como si supiera en qué me metería antes de empezar.

Y, naturalmente, nos metíamos en ello, empezábamos como si fuera un baile.

Teníamos subidas y bajadas, subidas y bajadas y subidas.

Siempre acabábamos con una subida, de ahí que ambos siguiéramos volviendo el uno junto al otro.

Las subidas eran el sexo. Todo lo demás era una bajada. Todo lo demás me cansaba.

Así es como me siento al alquilar el Land Rover Defender 110 de color gris antracita en la agencia que hay junto al aeropuerto… Ya cansada.

Cansada como si me estuviera preparando para entrar al trapo con J. T. Riley otra vez, aunque esta vez, cuando termine todo, ni siquiera podré desahogarme. Sencillamente, me iré más cansada y más vacía de como he llegado.

Podría haberle pedido a alguien que viniera a por mí, pero la idea de sentarme a solas en un coche con mi hermano mayor o con mi madre o con el marido de mi hermana o, todavía peor, con mi hermana en persona me da ganas de echarme a llorar allí mismo, por eso conduzco. Y me irá bien tener una vía de escape de todos modos. Me gusta la red de seguridad que me brinda el poder largarme con el coche si me hace falta. Y sospecho que me hará falta.

El último día y medio ha sido una jodienda mental tremenda, ya te lo digo.

He dormido en el avión porque me he drogado, pero no dormí mucho anoche porque la cabeza me iba a tres mil por hora.

Pongo las canciones más estruendosas del catálogo de The National todo el trayecto para que mi cerebro no tenga en ningún momento la oportunidad de relajarse con el silencio y para sentir por completo los nervios que me niego a reconocer.

Dios, es como si me hubiera tragado un puñado de piedras.

Y sé por qué estoy nerviosa; es normal, completamente normal. Mi mecanismo de defensa fue no volver nunca más, y nunca lo hice, exceptuando esa vez cuando tenía casi diecinueve, y de eso hace ya casi siete años.

Pero ahora debo hacerlo.

Cualquiera pensaría que lo he procesado…

Hay partes que sí. Sin embargo, hay otras partes que… No lo sé, creo que me las he apañado bastante bien teniendo en cuenta lo que tuve que gestionar. El primer par de años en el extranjero, me hice experta en mirar el problema a los ojos. Y luego estaba el resto de cosas que sabía que estaba evitando, pero cuanto más lejos estaba, más fáciles eran de ignorar.

Claro que el dolor no funciona así. Tú lo ignoras y él se va haciendo cada vez más hondo. Se instala en los rincones de tus recuerdos, se cuelga de las ramas de los árboles de Callawassie Drive. Se esconde debajo de los bancos de la última fila de la iglesia. Se queda atrapado entre un montón de sábanas con las que nadie sabe qué hacer.

Llego a nuestra larga carretera de entrada y aparco.

Hay otro coche enfrente. De alquiler también.

Un pequeño Ascent.

Ninguno de los Nombres dejaría que lo vieran ni muerto conduciendo un coche así, de modo que tiene que ser de Oli.

Me quedo sentada en el coche un segundo más de la cuenta preguntándome si, tal vez, con suerte, no habrá nadie en casa aparte de Oliver, y si tendré un instante para darle un abrazo y tomar aire antes del Huracán Maryanne.

Entro en el vestíbulo, que es más bien un salón grande y abierto.

Techos abovedados, vigas expuestas, la luz filtrándose por los ventanales que van desde el techo hasta el suelo y recubren toda la parte de atrás de nuestra casa. No hay muchas obras de arte, la verdad. Nunca me había fijado. Hay un espejo encima de la chimenea y un cuadro grande de un avión, pero, ahora que lo pienso, creo que no hay más. Muchas flores, eso sí. No solo flores de «Te acompaño en el sentimiento»; siempre ha habido flores aquí. Creo que quizá por eso no me flipan las flores. Es curioso cómo puedes desear que un lugar sea tuyo y odiarlo tantísimo a la vez.

Repaso con la mirada el hogar de mi infancia, lo recorro desde el lado derecho hacia el izquierdo, y es justo allí, al final del lado izquierdo, donde veo una persona que no había visto nunca.

Muy alto, pasa mucho rato tomando el sol, a juzgar por su piel bronceada, y tiene el pelo castaño; es lo que puedo ver a tanta distancia. Eso y que está apoyado en la pared junto a la chimenea, mirándome, sin decir nada.

Camino hacia él. Lo retiro: no tiene el pelo castaño. Aunque tampoco acaba de ser rubio. ¿Quizá es castaño, pero se vuelve dorado bajo la luz del sol?

Viste unos vaqueros azul claro desgastados con las rodillas deshilachadas, una camiseta blanca y va descalzo. Lleva anillos por todos los dedos y un par de collares metidos por debajo de la camiseta, y es, sin ninguna duda, el hombre más atractivo que he visto en toda mi vida. Tanto, de hecho, que inmediatamente doy por hecho que es gay. Es que el mundo funciona así, qué quieres.

Es el último fichaje de Oli, obviamente. Bien por Oliver, ¡vaya jugadón!, y bien por este hombrecito (hombretón) que va al funeral del padre de su follamigo. Me gusta que un follamigo haga esto (con mi hermano. No me gustaría si el follamigo fuera mío, demasiada implicación).

El apuesto hombre gay ladea la cabeza cuando me acerco, y me repasa con la mirada.

Ojos azules. Muy azules. Vamos, azules tipo que tendría que haberlos visto desde la otra punta del salón.

Durante un momento me parece que se le dilatan las pupilas, lo cual a menudo se asocia con la atracción, pero si está saliendo con Oliver, eso literalmente podría no significar nada, porque quizá solo va colocado.

—Hola. —Le sonrío con calidez.

Es una sonrisa cálida por dos motivos. El primero, lo más probable es que este pobre hombre no sepa en qué tremendo berenjenal lo ha metido Oliver, y el segundo, que mis inhibiciones sociales desaparecen al instante cuando estoy con gais porque confío más en ellos que en los heteros.

Esboza una media sonrisa al mirarme.

—Hola.

Tiene acento, pero cuesta ubicarlo con tan solo una palabra.

Dios, pero qué alto es.

Le tiendo la mano.

—Georgia.

—Ya lo imaginaba. —Asiente tranquilamente. Acento australiano. Luego me coge la mano. Y tiene que ir colocado porque no hay duda de que tiene las pupilas dilatadas.

—Sam —dice—. Penny.

Asiento una vez y lo miro de arriba abajo.

Tiene los pies enfocados hacia mí, pero me pregunto si estará intentando demostrar algo.

—Sam Penny. —Frunzo un poco el ceño, mirándolo con fijeza—. Dios, eres muy atractivo —le digo.

Una sonrisa se asoma en sus rasgos.

—Gracias.

Con la otra mano, la que no mantengo agarrada a la suya, me toco la cabeza y trazo una línea hacia él para medirlo.

—¿Cuánto mides? ¿Metro noventa?

Disimula una sonrisa.

—Noventa y tres.

Me miro la mano que él todavía sujeta y me fijo en los tatuajes esparcidos por sus brazos.

Le giro la muñeca.

—¿Y qué significan?

Él se queda mirándome cuando se lo pregunto, fija los ojos en mí un par de segundos más de la cuenta… ¿Y si es bi? Luego se mira el brazo.

—Ah, bueno, este… —se toca un corazón con una daga que lo atraviesa rodeado de las palabras «La muerte antes que el deshonor»— me lo hice en el salón original de Sailor Jerry en Honolulu. Este… —señala una flor— es una magnolia, por una canción que me cambió la vida. Este de aquí… —señala un barco— es un barco. —Me mira y suelta una risita—. Y la verdad es que no significa nada. Me gustó.

Tiene una voz escandalosamente sexy. Profunda, pero de lo más afable. Quizá no sea el juguetito de Oliver. Quizá están enamorados y Oliver me lo va a contar estos días. Ojalá estén enamorados, este chico tiene algo. No sé el qué. ¿Una calidez, quizá?

—Este… —continúa mientras se toca uno en el que pone «Un lugar donde descubriste que eras un ser humano»— es un verso del poema favorito de mi madre.

—¿Quién es Catherine? —Toco el nombre garabateado cerca de su codo.

Él suelta una carcajada, pero es sincera. Le llega a los ojos.

—Es una chica con la que me acosté hace muchísimo tiempo cuando iba muy borracho.

Bueno, claramente es bi…

Le subo la manga un poco más; parece una yincana para encontrar los huevos de Pascua a través de la psique del novio de mi hermano.

Le toco el bíceps a través de la camiseta y lo miro a los ojos.

—¡Pero bueno! —Le aprieto el brazo de nuevo—. Estás…, en fin…, ¡caray!

Todavía tiene la cabeza ladeada, las pupilas dilatadas, las cejas enarcadas y la boca un pelín abierta, y creo que, tal vez, hablando en términos objetivos, tendría que haber abandonado la confianza en mi diagnóstico sobre su sexualidad, pero me pierde el coqueteo inocente que se da entre un tipo gay y una chica hetero, por eso no quiero darme cuenta de aquello de lo que debería estar dándome cuenta.

—Bueno, hola —dice Oliver, entrando por la izquierda.

—¡Hola! —Le sonrío con una risita y le aprieto el otro brazo a su novio para hacer el tonto—. Solo estaba metiéndole mano a tu novio… —Le sonrío a Sam antes de lanzarle una mirada a Oliver—. Dios, Oliver, es guapísimo…

Oliver le pone ojitos.

—¿Verdad que sí?

—¡Y que lo digas! —Le aprieto ambos brazos hasta llegar a los hombros, tan anchos y fuertes, y Sam Penny se limita a quedarse ahí de pie, con la sombra de una sonrisa todavía instalada en su exquisita boca.

—Está bueno, ¿verdad? —Sonríe mi hermano mientras asiente—. Pero no es mi novio.

Me quedo paralizada.

—Es mi padrino —sigue diciendo Oliver.

Mierda.

—Y es, por desgracia para mí, y posiblemente también para ti, teniendo en cuenta… esto —Hace un gesto impreciso hacia mí—, muy hetero.

La mejor manera de describir cómo me he apartado de Sam Penny es asemejándolo a un elemento ardiendo que he tocado con la mano.

Suelto un grito al tiempo que rompo el contacto de un tirón.

Sam Penny intenta reprimir una sonrisa, pero no lo logra porque le llega a los ojos, que se le arrugan en las comisuras.

Oliver me embiste —gracias a Dios— y me levanta y me hace rodar entre sus brazos antes de devolverme al suelo.

No se le ve mal, creo. Incluso parece estar bien. Tan apuesto como siempre. Aunque ahora lleva el pelo más corto y despeinado. Tiene los ojos grandes y marrones, pero no los tiene hundidos, tampoco las mejillas. Exhalo un pequeño suspiro que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo, a la espera de comprobar si verdaderamente está bien.

—Me encanta… —me dice, tirándome del pelo—. Qué monada. —Me coloca el flequillo como cree que debería estar—. Sí. Me encanta. Superadorable. Este largo, me muero, espera, ¿tu pelo es virgen? —Lo toca entre los dedos—. ¡¿Quién eres tú, pelo de virgen?!

Se aparta un poco para que pueda mirarlo.

No ha cambiado mucho. Es curioso cómo la gente se queda congelada en la memoria.

Lleva el pelo peinado hacia atrás y desaliñado hasta la perfección.

Un poquito de barba, bien recortada y arreglada. Le acaricio la cara.

—Te has quitado la barba. —Le sonrío, se me hincha el corazón de cariño.

—¿Te gusta? —Me sonríe orgulloso.

Asiento. Mi hermano siempre ha tenido una mandíbula inmaculada, pero ahora mismo la luce de veras.

Se pasa la mano por el mentón sin fijarse.

—Bueno, ya conoces a mi pobre padrino, a quien es posible que hayas hecho retroceder un puñado de años de sobriedad con tu vulgar espectáculo, Georgia. Por Dios, ¿es que no tienes amor propio?

—¡Creía que era gay! —Me cubro la cara con las manos—. Es un acuerdo tácito que las mujeres heteros tenemos con los hombres gais…, y tú lo sabes. —Señalo a mi hermano—. No finjas que no. Sé que lo sabes…

Oliver pone los ojos en blanco y yo fulmino con la mirada a Sam Penny, el padrino hetero, el muy traidor.

—Podrías habérmelo dicho, ¿sabes?

—¿Qué? —Sam bufa y se me acerca un paso—. ¿Y echar a perder lo bien que te lo estabas pasando cosificándome?

Suelto un bufido.

—No te estaba cosificando, estaba… —Se me debilita la voz.

—¿Cosificándome? —aventura.

Agacho la cabeza.

—Sí.

Me sonríe. Con una sonrisa de Duchenne. Se le arrugan los ojos, le suben los pómulos, no muestra los dientes inferiores.

Sigue teniendo las pupilas dilatadas.

Interesante.

—¿Dónde está todo el mundo? —Miro alrededor, y noto que se me han sonrojado un pelín las mejillas.

—Mamá ha salido a almorzar con sus amigas de la iglesia y Maryanne. Llegarán en nada, y Tenny está…, no lo sé.

—Tenny está aquí —dice mi hermano mayor mientras entra por la puerta de atrás. Lleva la camisa colgada de un hombro y el pelo peinado hacia atrás como si acabara de salir de una página del catálogo de Abercrombie de 2008.

Extiende los brazos al verme y le doy un abrazo.

No sé por qué lo hago.

La verdad es que no nos habíamos abrazado nunca.

No estamos unidos.

Él y Maryanne están unidos; Oliver y yo estamos unidos. O lo estábamos. ¿Estamos? No lo sé.

Ha sido así desde siempre, ellos y nosotros. Incluso antes de que pasara nada. Nombres contra Adjetivos.

El abrazo es forzado e incómodo, y mi cerebro dispara una rápida sucesión de preguntas para entender por qué, para empezar, ha hecho ese gesto. Llego a esta conclusión:

Papá ha muerto. Ahora Tennyson es el hombre de la casa. Los hombres de la casa consuelan el hogar en tiempos de sufrimiento. El contacto físico es un símbolo externo de intimidad emocional, de la cual Tennyson y yo no compartimos ni un gramo, pero las personas básicas creen que la intimidad puede forjarse a través del contacto. A veces sí, pero solo un instante. Es pseudointimidad. Él seguro que no es consciente de por qué lo está haciendo, pero creo que me está abrazando por esto. Un intento vacío de lograr una cercanía afectiva que nunca hemos tenido.

—¿Cómo lo llevas? ¿Estás bien? —Me agarra el hombro, enarca las cejas preocupado, y creo que baja las comisuras de los labios, lo cual podría ser una señal de auténtica preocupación hacia mí, pero ¿desde putocuándo? No tiene sentido.

—Claro. —Esbozo una sonrisa cansada, porque la sonrisa me saldría cansada de ser auténtica (que no lo es y, total, ya ni siquiera creo en una sonrisa cansada; de hecho, sería más acertado llamarla «mueca controlada»).

Contestar «claro» es delatarse cuando te preguntan si estás bien, eso lo sabemos todos. Sin embargo, basta para aplacar a Tennyson. Y, aunque no lo hiciera, en ese momento aparece mi madre.

—¡Mi niña! —canturrea.

Miro por encima del hombro, confundida. ¿Con quién habla? ¿Ahora tienen una perra o algo? Y entonces me planta las manos en la cara.

—¿Cómo estás, mi niña bonita? —Me atrae hacia sí para abrazarme—. ¿Estás bien?

«¿Qué cojones?», le pregunto a Oliver articulando en silencio.

Oliver señala con disimulo hacia Sam, y yo pongo los ojos en blanco. Ya lo pillo. Y, honestamente, me avergüenza un poco que Oliver lo haya comprendido antes que yo.

Margaret Carter es una verdadera actoraza. No he sido su niña bonita un solo día en toda mi vida, ni siquiera cuando era un bebé.

Hay una serie de fotos familiares que, sin duda, no están expuestas, de hecho, están escondidas en algún álbum de por ahí, y que se hicieron justo cuando yo nací. Está toda la familia, los seis, y la serie empieza con mi madre teniéndome en brazos con Maryanne al lado, mirándome con fijeza. Una foto más tarde, a mi hermana le está dando un parraque, vamos, llorando a grito pelado. En la siguiente foto, Maryanne ya no aparece. En la siguiente, mi madre me ha plantado en los brazos de mi padre, y en la imagen solo aparece la mitad de su cuerpo porque ha salido corriendo detrás de Maryanne.

No sé quién hacía las fotos, quizá pusieron un temporizador, siempre me ha parecido de lo más raro que siguieran sacando fotos. Supongo que en esa época no sabías el resultado final. No podías borrarlas como hacemos ahora, ni evitar imprimir las fotos de mierda. A lo que iba es a que todas eran fotos de mierda. Maryanne ya se aseguró de ello. Y, claro, tenía cuatro años, y por eso es probable que no lo hiciera a propósito. Solo que estoy convencida de que lo hizo a propósito.

Mi madre se aparta.

—¿Cómo va todo, cariño mío? ¡Mírate! Estás en los huesos. ¡Rita! —chilla hacia el abismo de nuestra casa familiar. Y, no te quepa duda: hay un abismo—. Georgia ha vuelto a casa y está como un palillo, ¿te importa prepararle algo?

—Uy. —Niego con la cabeza—. No tengo ham…

—Comerás —me dice mi madre, rotunda, repasándome con la mirada.

Desvío los ojos hacia Oliver.

Esa es mi madre.

4

La casa está llena de gente; entran y salen como si nuestro domicilio familiar fuera el centro de información de Beaufort County.

Hay un montón de mujeres con el pelo muy rubio y voluminoso que están empezando a aventurarse en el mundo del bótox, algo que yo personalmente aborrezco porque me dificulta la interpretación de sus rasgos. Un montón de pésames indiferentes, algunas lágrimas de cocodrilo seguidas por pellizcos en mi mejilla y comentarios como «Pero bueno, no te veía desde que eras una cría y te sorbías los mocos», algo que, gracias a Dios, no oyes en Inglaterra.

Los que se creen muy sofisticados me preguntan, guiñándome un ojo y dándome codazos, si paso todos mis ratos libres con Will y Kate, y yo digo que no, pero que a quien sí veo a menudo es a David Brent, y entonces parecen desconcertados y preguntan: «¿El antiguo primer ministro?». A lo que contesto: «Claro».

Nadie parece estar hablando de papá.

Mi madre es como una abeja que va de flor en flor, demasiado animada y atareada para bajar el ritmo o detenerse, y creo que lo hace a propósito para evitar sentir lo que siente.

Mi madre no tiene la capacidad de ser débil delante de la gente; será fuerte hasta que la maten y entonces, por fin, cuando la lleve la muerte, sucumbirá.

Al cabo de media hora, más o menos, mi hermana aparece con las bolsas de la compra y con su nuevo marido, agente inmobiliario, detrás de ella. No es que haya tenido otro marido, por cierto. Es solo que es nuevo para mí. Nuevo desde la última vez que la vi.

—¡Ya estoy aquí! —anuncia, entrando lo suficiente en casa para que todos veamos que ha cargado con las bolsas antes de soltarlas—. ¿Puedes llevarlas a la cocina, cielo? —Le hace un gesto a Jase, su marido.

Ella misma se refiere a los dos como «recién casados», aunque llevan casados un año y medio ya.

Yo no asistí.

—No te vi en la boda de Maryanne y Jase, ¿verdad? —me ha preguntado una de las amigas de mamá, antes de que llegara mi hermana.

El padrino pibón me estaba observando en ese momento, y yo me pregunto cuánto sabrá él de nuestra familia. Desde luego es más que posible que Oliver le haya contado un montón de cosas, como tiene que ser para que el padrino funcione y cumpla su cometido al nivel óptimo.

Me gusta cómo me mira. Todavía no sabría decirte por qué. Pronto podré, en cuanto pueda quedarme a solas con él otro rato.

—Tenía la tesis doctoral —le he contestado a la señora cotilla.

—¿La qué?

—Estaba ocupada.

—¿Demasiado ocupada para la boda de tu propia hermana? —Me ha lanzado la misma mirada acusatoria que las otras nueve mujeres que me lo han preguntado a lo largo del día, la misma de mi madre cuando le dije a través de FaceTime que no asistiría («¡¿Después de todo lo que le has hecho?!»).

Si alguien me hubiera pedido que lo ayudara a atarse el zapato, lo habría usado como excusa para estar demasiado ocupada para la boda de mi hermana, pero la tesis doctoral era real, por cierto. Quedaban todavía unos meses, pero era real.

—Pues sí —me he limitado a contestar antes de darle la espalda a la amiga de mamá.

Le he dado asco. Ha fruncido el ceño y ha hecho una mueca con toda la cara. De donde nosotras venimos, uno está ahí para su familia.

Claro que estar ahí es algo recíproco.

El marido de mi hermana no es un desconocido, nadie lo es en Okatie. Jason Devlin era el mejor amigo del novio de mi hermana en el instituto, lo cual me parece un poco raro, pero… ¿es un pueblo pequeño?

A decir verdad, ni siquiera me sorprendió demasiado cuando se juntaron; recuerdo cómo la miraba él incluso años antes, cuando ella estaba con Beckett.

Jason está de pie en la otra punta de la estancia, con Tenny y un Oliver superincómodo, y me está observando con la mezcla perfectamente precisa de desconfianza y juicio. Pero es que hay un montón de ojos alrededor.

No fue un secreto.

Maryanne se aseguró de que no fuera un secreto.

Maryanne fue la víctima y se aseguró más que de sobra de que todo el puto mundo se enterara.

—¡Georgia! —exclama en una especie de grito susurrante y se mueve hacia mí.

Todo el mundo le abre paso para que pueda llegar y entonces me rodea con los brazos y todos los presentes sueltan un suspiro colectivo.

«Es tan buena hermana», susurran.

«Míralas…».

«Bendita sea, tiene un corazón de oro».

Yo no, nadie se preocupa por el mío. Yo tengo el corazón jodido.

Maryanne se separa y me acaricia la cara con ternura. Tiene los ojos llenos de lágrimas, pero no ha soltado ninguna. Ha elevado los pómulos, pero no hay movimiento en la zona de los ojos.

No se alegra de verme.

Puede que el resto de los presentes se lo haya perdido, y apenas dura un segundo, pero justo cuando me acaricia la mejilla los músculos orbiculares y palpebrales de sus ojos se tensan, y eso, señoras y señores, es desdén.

Es la emoción básica que Maryanne reserva para mí. El desdén es nuestra casilla de salida.

—Qué linda —me dice con la cabeza ladeada, lo cual parece bonito, pero no lo es, y te diré por qué.

Antes, cuando Sam Penny ha ladeado la cabeza al mirarme, la tenía hacia atrás, con el cuello expuesto, la sonrisa era auténtica y tenía las pupilas dilatadas.

Aquí, con mi hermana, cuando me hace el comentario amable tiene la mandíbula tensa, el mentón hacia abajo, los hombros cuadrados y las narinas muy hinchadas.

—¡Jase! —grita al tiempo que me agarra del brazo y me lleva hacia él. Cada vez que me toca me recuerda al beso de Judas—. Esta es Georgia. ¿Te acuerdas de Georgia?

—Claro que sí. —Me lanza una sonrisa, pero todavía tiene los ojos entornados.

—Pórtate bien. —Maryanne le pega en el brazo como si fuera una heroína—. Y tú no le hagas ni caso. Lo que pasa es que es protector, como todos los maridos, ¿sabes?

Todo el mundo nos observa con una fascinación invasiva. Las conversaciones se han relajado y quizá todo Carolina del Sur está conteniendo la respiración para ver si las hermanas Carter van a tener una bronca.

Esta clase de atención es de primera necesidad para mi hermana.

Le dedico una sonrisa tensa.

—No estoy casada, así que… —contesto, porque es exactamente lo que quiere que diga. Es importante para ella sentir que nuestra dinámica de poder sigue como siempre.

Me responde con una sonrisa tensa y triste, con las comisuras de los labios hacia abajo, pero le aparecen unas patas de gallo en las comisuras de los ojos. Se alegra de estar casada y de que yo no lo esté.

Se encoge de hombros con gesto magnánimo antes de decirme:

—Quizá algún día.

Y entonces me voy fuera.

Agarro una botella de vino por el camino.

No sé de quién es, ni siquiera de qué cosecha es. Es blanco.

Hattie me mataría. Ella dice que no somos lo suficientemente pobres como para beber vino que no cueste al menos treinta libras, y que siempre deberíamos saber qué estamos bebiendo para poder maridarlo como es debido.

Su hermana es sumiller, por eso Hats no hace el gilipollas con el vino, pero mi hermana es una narcisista, por eso yo sí lo hago, desde luego.

Lo siento, Hats, son tiempos difíciles…

Me dejo caer en los escalones que dan a la parte trasera.

No puedo llamarlo patio trasero, es una pequeña finca. Casi veinticinco mil metros cuadrados que se extienden hasta el lago.

Una piscina, una pista de tenis, una capilla, un jacuzzi y un bar al aire libre, un embarcadero y una caseta para los botes, una casa de invitados separada que luego se convirtió en el despacho de papá con cine privado…

Es excesivo, pero mamá es así.

Era la mejor casa de entre toda la gente que conocíamos y, cuando nos mudamos aquí, el estatus de popularidad de Maryanne subió hasta las nubes.

Veo posible, por muchas razones, que esta casa fuera la razón de que pasara lo que pasó.

Es un espectáculo, de principio a fin. Todo aquí es un espectáculo. Todo está en su lugar, todo es perfecto.

Incluso tras la muerte de un marido, no hay siquiera un trapo de cocina fuera de lugar.

Considérame oficialmente cansada nivel Okatie.

—¿Estás bien? —pregunta esa voz australiana desde detrás de mí.

Vuelvo la vista hacia Sam Penny y entonces, sin invitación, se sienta a mi lado y se pasa las manos por el pelo.

Me gusta cómo se mueve, lo grande que es.

Sus hombros parecen más anchos de lo que cree. Como si un día, sin querer, hubiera crecido y nadie se lo hubiera dicho.

Y su rostro me resulta interesante porque parece joven y maduro a la vez.

«Maduro» no es la palabra. «Sabio», ¿tal vez? Joven y sabio. Es paradójico.

He visto preocupación auténtica en su cara al preguntármelo. Lo ha dicho en serio: ¿estoy bien?

Esbozo una pequeña sonrisa y asiento una vez.

—Claro.

—¿No se suponía que eras una… bruja de la mentira?

Lo miro con cansancio.

—¿Eso es lo que se viene diciendo de mí?

Se ríe y se echa para atrás para apoyarse sobre los brazos, con la cara mirando hacia el cielo y, me cago en la puta leche, es divino.

Tiene que ser surfista… con esos hombros y ese bronceado. Sigue yendo descalzo, aunque estamos fuera. Eso es superaustraliano. Tiene los pies grandes, además. De cerca y tras un par de horas, ya puedo concluir que tiene el pelo castaño, de hecho, aunque se le pone un poco dorado cuando lo toca la luz, y tengo la sensación de que eso podría incluso decirse de todo en él. Su boca es sorprendentemente rosada y su labio inferior es quizá un pelín más carnoso. Y me alegro un montón de que no sea gay.

—Es la versión simplificada de lo que me contó tu hermano. —Sonríe.

—Bueno, ¿qué te contó mi hermano?

Se acaricia la nuca con la mano y no sabría decir si es un manipulador o si sencillamente le duele tras el vuelo.

—Me dijo que no me molestara en mentirte porque tú sabrías la verdad igualmente.

Aplasto una sonrisa.

—¿Es cierto? —pregunta, interesado.

—Ah… —Frunzo los labios—. No. —Niego con la cabeza, y él no dice nada en absoluto para que yo siga—. Bueno, se puede saber que alguien miente y aun así no saber la verdad… Aunque, sí, claro, la mayoría de las veces me doy cuenta…

—¿Cómo?

—Puedes hacer preguntas y luego el cuerpo te da las respuestas incluso aunque la persona no lo haga.

Me mira con los ojos achicados, algo dubitativo.

—Entonces, ¿qué haces?

—Estudio. —Me encojo de hombros tan tranquila—. Tanto literal como profesionalmente. Estoy formándome con la dirección del Grupo Académico de Inteligencia Emocional y estoy a punto de terminar una doble titulación.

Se yergue. Lo he impresionado.

—¿En qué?

—En ciencia conductual y psicología clínica —asiento.

—Caray… —Se sienta para atrás—. ¿Dónde?

Hago una pausa. Siempre me parece algo presuntuoso, pero me encanta.

—En Cambridge.

—¡Joder, tía! —Se ríe—. Tus padres tienen que estar muy orgullosos.

—Venga ya. —Lo reprendo con la mirada—. No hace falta que seas un experto en lenguaje no verbal para saber que eso no es cierto.

La tristeza se filtra en sus ojos, y no quiero que se sienta mal ni tampoco quiero su pena, así que esbozo una sonrisa.

—No te preocupes, me he adaptado a coexistir con su decepción.

Suelta una carcajada.

—¿Qué te llevó a meterte en esto?

—Uy… —Le lanzo una mirada juguetona—. Si no lo has descubierto tú solo antes de que termine la semana, vuelve y te lo cuento.

—Ya, claro. —Asiente una vez, sonríe con los ojos, aunque no con los labios—. Trato hecho.

—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?

—Soy el propietario de un par de cafeterías en California.

—Pero eres australiano —le digo, como si él no lo supiera.

Él vuelve a asentir.

—Me fui de Sídney a los dieciocho.

—¿Y ahora cuántos tienes?

—Veintiocho.

Le miro a la cara.

—¿Qué había en Los Ángeles?

Casi sonríe.

—Falta de supervisión. —Luego suelta una única carcajada, como hace a veces la gente cuando recuerda su yo del pasado—. Eso es lo que buscaba.

Tengo más preguntas y me da la sensación de que él tiene más respuestas, pero decido no husmear demasiado de momento.

—Entonces cafeterías, ¿en plan franquicias?

Sam niega con la cabeza.

—Establecimientos hermanos. Uno en Balboa, otro en Los Feliz y otro en Echo Park. Nombres distintos, mismo nivel de arte en el café.

—¿Arte? —Me río y él frunce las cejas, a la defensiva. Luego me señala.

—Tú nunca has probado un buen café.

Frunzo un poco el ceño, no me gusta la idea de que piense que soy inculta.

—No es verdad, sí lo he probado.

—¿Cómo lo tomas?

—Normalmente, solo.

Arquea las cejas.

—¿Te gusta?

—Mmmm.

Sonríe de oreja a oreja.

—Mentirosa.

Estoy mintiendo. Aunque no le hago caso.

—¿Qué te llevó al mundo del café?

—Bueno… —Frunce los labios—. El café en Estados Unidos es… —Hace una pausa, creo que por educación, y luego sonríe a modo de disculpa—. Es que en casa es buenísimo. Nuestra cultura del café no tiene igual. Y entonces me fui al Nepal y probé el café de los sherpa. Luego a Italia y a Guatemala, pero allí está asqueroso… Siempre está quemado y es amargo. De modo que empecé a tostar mis propios granos, luego empecé a vender mi café a los amigos, después en mercados, y entonces… ¿se me fue un poco de las manos? —Se encoge de hombros—. Tenía unos cuantos ahorros de cuando hice de modelo, y pensé… a la mierda.

—¿Por qué café? —le pregunto, y observo su rostro con atención. Lo pregunto aunque tengo bastante claro que ya sé la respuesta.

Me dedica una larga mirada.

—Para entonces ya estaba sobrio. Creo que necesitaba otra cosa que me enganchara. —Esboza una risita culpable al final.

Se conoce bien. No me había dado cuenta de que eso me resultaba sexy hasta ahora, pero es muy sexy.

Lo miro un pelín más de la cuenta. Vuelvo a comérmelo con los ojos porque es casi como si lo exigiera, tiene esa clase de atractivo. Él tampoco aparta la mirada, sino que me la devuelve, con el mentón apoyado en la mano.

—No eres como imaginaba que sería un padrino —le digo.

—Ah, ¿no? —Parpadea—. ¿Cómo pensabas que eran?

—No lo sé… ¿Sabes ese aspecto así como curtido que tiene Ben Affleck? Que es atractivo, claro, pero ¿curtido? Pero tú no pareces curtido.

Sam me lanza una mirada.

—Él no es un padrino.

—¿Solo está curtido?

Se echa a reír.

—Yo estoy curtido. —Suena cansado—. Solo que no de las maneras que pueden verse con los ojos.

Aprieto los labios y lo miro de reojo con gesto tímido.

—Siento lo de antes.

Él ahoga una sonrisa al tiempo que niega con la cabeza.

—Qué va.

Vuelven a dilatársele las pupilas y se mira las manos.

—¿Sientes atracción por mí? —técnicamente se lo pregunto, pero es más bien una afirmación, porque su cuerpo ya lo está delatando.

Suelta un bufido y me mira. Parece incómodo un instante, como si estuviera buscando la manera de proseguir.

—Joder… —Sonríe, tenso, y luego suelta otra carcajada—. Pues sí. —Asiente y luego se pasa la mano por el pelo, incómodo—. ¿Qué me ha delatado?

Me rasco la muñeca con gesto fingidamente despistado, solo que no lo es; se llama manipulación. Y no estoy siendo manipuladora con él al hacerlo, sino que me estoy humanizando. Hago una acción que a él le sugerirá que estoy nerviosa, y quiero que él piense que estoy nerviosa porque le resultará un punto encantador, y quiero que siga sintiendo atracción por mí y a veces los hombres son raros con las dinámicas de poder.

—Mmm. —Doy una bocanada de aire—. Las pupilas dilatadas, la sonrisa auténtica. —Intenta reprimir otra sonrisa. Se está divirtiendo—. No paras de humedecerte los labios, y te has pasado las manos por el pelo dos veces. —Suelta una risita—. Y tus pies…

Pone los ojos en blanco, exasperado.

—¿Qué pasa con mis pies?

—Los tienes tan orientados hacia mí como puedes. Aunque estás sentado con las piernas cruzadas, apuntan hacia mí.

Baja la mirada hasta sus pies y luego vuelve a mirarme a mí. Finge que me fulmina con la mirada antes de presionarse el labio inferior con la lengua.

—¿Puedes enseñarme?

—¿Enseñarte qué?

Hace un gesto impreciso hacia mí.

—Cómo hacer… lo tuyo.

Me parece mono. Él me parece mono, todo él, todo de él.

Me gusta lo optimista que es consigo mismo.

—Claro. —Le sonrío—. Puedo enseñarte un par de cosas básicas que tener en cuenta para…

—¿Como cuáles? —Ladea la cabeza y me pregunto qué sabor tendrá su boca.