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¡Daniel! El mero nombre de este héroe de Dios evoca vívidas imágenes en nuestra mente. Ningún libro del Antiguo Testamento se compara con Daniel y sus sueños sobre imperios mundiales, sus estatuas de oro y otros metales, sus hornos de fuego, su foso de leones, sus cuernos, sus bestias, sus mensajeros angélicos con sus misteriosas profecías de tiempo, y sus predicciones del surgimiento y la caída de gobiernos terrenales a lo largo de la historia. Un reconocido teólogo nos ayuda a estudiar este antiguo libro y a entender que en las manos de Dios nuestro futuro está seguro.
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Seitenzahl: 560
Veröffentlichungsjahr: 2011
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ASOCIACIÓN CASA EDITORA SUDAMERICANA
Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste
Buenos Aires, Rep. Argentina
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Título del original: Daniel, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A., 2009.
Daniel. Una guía para el estudioso
Autor: William H. Shea
Dirección: Miguel Valdivia (PPPA/GEMA)
Traducción: Raúl Lozano Rivera
Diseño del interior: Aaron Troia, Nelson Espinoza
Diseño de la tapa: Dennis Ferree
Primera edición en formato digital (e-Book)
Florida, Buenos Aires, octubre de 2011
Asociación Casa Editora Sudamericana
Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 4) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Web site:www.aces.com.ar
Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2009 Pacific Press® Publishing Association, Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados.
Edición en castellano © 2009 PPPA y GEMA.
© 2009 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Libro de edición argentina – Published in Argentina
ISBN 978-987-567-856-9
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Shea, William H.
Daniel : Una guía para el estudioso / William H. Shea / Dirigido por Miguel A. Valdivia - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2011.
E-Book.
Traducido por: Raúl Lozano Rivera
ISBN 978-987-567-856-9
1. Profecías. 2. Antiguo Testamento. I. Miguel A. Valdivia, dir. II. Raúl Lozano Rivera, trad.
CDD 224.5
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Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción total o parcial, la distribución o la transformación de este libro, en ninguna forma o medio, ni el ejercicio de otras facultades reservadas, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes vigentes.
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Dedico este libro a Karen, Josie, Ted y Becky
Mi interés en un estudio serio y profundo del libro de Daniel comenzó años atrás en una clase titulada, “Introducción al Antiguo Testamento”, enseñada por el bien conocido arqueólogo adventista, Dr. Siegfried H. Horn. Esta no fue mi primera introducción a Daniel, sino una introducción a las preguntas serias y críticas acerca del libro.
Una de esas preguntas tenía que ver con la identidad de Darío el Medo, puesta de relieve en el capítulo 6. Después de abordar ese asunto en clase, el Dr. Horn admitió que la respuesta permanecía incompleta y sugirió que alguien debería examinar las tablillas de Darío en las diferentes colecciones de los museos con la intención de identificar al rey mencionado en Daniel 6 a partir de fuentes históricas. Algunos años más tarde, yo acepté ese desafío. Desde entonces, he escrito varios artículos sobre la materia; sin embargo, la identidad de Darío el Medo aún continúa en debate. Todo lo que puedo decir es que he reducido el campo de fuentes históricas en el que puede hallarse la respuesta a esta pregunta. Mi interés en el antecedente histórico de Daniel 6 me llevó a los otros capítulos históricos del libro.
La historia presentada en Daniel es un tipo especial de historia: Una historia teológica en la que los eventos seleccionados son considerados con atención mientras que otros son ignorados. Desde luego, la propia participación personal de Daniel fue uno de los mayores factores en la selección de los eventos a registrar. Hay algo autobiográfico acerca de los capítulos históricos del libro de Daniel. Pero son algo más que la mera narración de lo que le sucedió a Daniel en Babilonia. También revelan la mano de Dios en la historia y en la vida de Daniel. Por lo tanto, podemos estudiar Daniel 6 para averiguar si verdaderamente existió una figura histórica como la de Darío el Medo. Pero más importante aun, podemos también ver cómo Dios actuó a favor de Daniel durante ese tiempo de la historia babilónica. Encima y por detrás de los registros históricos dados en Daniel se aprecia la amplia perspectiva de la interacción de Dios con la historia humana llevando a cabo sus propios propósitos eternos.
De esta forma, historia y teología se combinan. En Daniel, tenemos una historia religiosa selectiva que revela no solo la historia política de las naciones de aquel tiempo, sino también la interacción de Dios con ellas y con su pueblo que vivía entre aquellas naciones.
Más allá de eso, la historia del libro nos proporciona el contexto y el punto de partida de las profecías que aparecen en él. En Daniel, la historia y la profecía no han de considerarse en ámbitos separados; están entretejidas. Las dos se combinan desde el comienzo de las profecías en el tiempo histórico del profeta mismo y, posteriormente, se extienden al futuro más allá de los días del profeta. En realidad, Daniel vivió bajo las primeras dos naciones halladas en el “bosquejo” profético del libro —Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Y el cumplimiento de dichas profecías posteriores a su tiempo ha dado testimonio de la naturaleza inspirada de las profecías que le fueron dadas.
En términos de la materia central que trata, el libro de Daniel se divide en dos secciones casi iguales; la primera mitad constituye mayormente historia y la segunda mitad mayormente profecía. Desde luego, encontramos elementos proféticos en los capítulos históricos y, de la misma manera, hay algunos elementos históricos en los capítulos proféticos. Pero la división general del libro en dos secciones de historia y profecía prácticamente iguales es una distinción tanto exacta como útil.
Comencé mi investigación de las profecías de Daniel observando la cercana conexión entre los capítulos 8 y 9. En la primera parte de la década de 1980, cuando más o menos ya había completado mi estudio inicial, irrumpió la controversia en la Iglesia Adventista del Séptimo Día en relación con estos capítulos proféticos en particular. Como resultado, mi trabajo con el Instituto de Investigaciones Bíblicas de la Asociación General (IIB) me requirió dar atención más detallada a las porciones proféticas de Daniel. Este estudio resultó en un manuscrito inédito, “Daniel y el juicio”. Consecuentemente, el IIB publicó ciertos capítulos de este manuscrito en el tomo uno de la serie de la Comisión sobre Daniel y Apocalipsis, bajo el título: Estudios Selectos en Interpretación Profética. Como el título sugiere, esta obra no era un comentario capítulo por capítulo sobre las profecías de Daniel, sino que trataba sobre algunos temas en Daniel.
En contraste, este estudio de Daniel aborda el espectro completo de los capítulos proféticos y los presenta más o menos en orden consecutivo. Esto le permitirá al lector estudiar el texto en una forma más ordenada. No obstante, he decidido tratar con el texto de Daniel de forma que no siga estrictamente el orden original como aparece en el libro mismo. Por ejemplo, al examinar los capítulos 7, 8, y 9, he revertido el orden, tomando el capítulo 9 primero, luego el 8, seguido por el capítulo 7. He procedido así porque creo que el texto se vuelve más significativo si se lo ve de esta manera. He seguido también este orden “inverso” basado en perspectivas que he obtenido del estudio de la estructura literaria de varios pasajes del Antiguo Testamento, especialmente de los Salmos. En los varios capítulos que cubren estas profecías, he provisto justificación adicional para alterar el orden de los capítulos para el propósito de su estudio.
La historia presentada en las porciones tempranas del libro de Daniel fluyen de manera natural en las secciones proféticas. Hay un sentido en el que la profecía es sencillamente historia escrita desde el punto de vista divino antes de que suceda. Algunos elementos de la historia proveen bases para revisar el cumplimiento de las profecías después de que los eventos han ocurrido. Así, no encontraremos una tajante separación entre la historia y la profecía en el libro de Daniel. Los grandes bosquejos proféticos en Daniel comienzan, muy naturalmente, con Babilonia y Medo-Persia: los reinos que existían en el propio tiempo del profeta. Luego prosiguen con el señalamiento de los reinos que iban a venir, Grecia y Roma. Finalmente, llegan hasta nuestro mismo tiempo, y más allá, hasta que el reino de Dios haga su aparición. El reino eterno de Dios es la gran meta de la historia. Es también la gran meta de la profecía, y también debe ser la gran meta de nuestro propio viaje personal y espiritual.
La razón final por la que necesitamos estudiar cuidadosamente los capítulos históricos de Daniel es por las lecciones espirituales que podemos aprender de ellos. En la reacción de Daniel y sus amigos a la cultura pagana de Babilonia podemos encontrar un ejemplo de cómo vivir en la cultura pagana de nuestro propio siglo. Sus vidas pueden proveer un modelo de la forma en que debemos vivir hoy día: honestamente, dedicados a Dios y valientes en la fe.
Por lo tanto, al observar el desarrollo de la historia y la profecía en Daniel, vemos la mano de Dios dirigiendo la historia mediante sus poderosos actos en favor de su pueblo: la nación de Israel en el Antiguo Testamento, y la iglesia en el Nuevo Testamento. Tan ciertamente como el Señor ha dirigido la historia en el pasado, de la misma manera la llevará a su culminación en su glorioso reino. Ese fue el enfoque inspirado de Daniel, y también debe ser el nuestro. Nuestra propia experiencia espiritual con Dios debería tener como meta vivir con él para siempre en el reino que ha prometido establecer al fin del tiempo.
Es mi esperanza que este estudio contribuirá en alguna medida a esa meta.
William H. Shea
Silver Spring, Maryland, EE. UU.
Este estudio del libro de Daniel comienza con un breve repaso de la biografía personal del autor. Debemos relacionarnos con Daniel el hombre antes de llegar al tema de Daniel el profeta.
Daniel nació en la parte final del siglo séptimo a.C., y vivió sus primeros años en Jerusalén o sus alrededores. Para cuando alcanzó la edad viril, luchas políticas y militares en las grandes naciones de su tiempo alteraron el destino de la pequeña Judá, donde vivía. Desde el tiempo del nacimiento de Daniel hasta el año 605 a.C., Judá estaba nominalmente bajo el control de Egipto. En ese año, una batalla mayor tomó lugar; Egipto fue derrotado, y Babilonia comenzó a ejercer control sobre Judá y Jerusalén. Nabucodonosor II, comandante del ejército babilónico, dirigió sus tropas a las puertas de Jerusalén y demandó el pago de tributo, así como un grupo selecto de cautivos. Daniel se encontraba entre aquellos que fueron escogidos. Él fue seleccionado, junto con los otros, debido a su futuro potencial como siervo civil en Babilonia, tarea que cumplió, después del entrenamiento, por más de sesenta años.
Pero el Señor tenía algo más en mente para Daniel que el simple servicio en la corte de Babilonia. Dios lo llamó a ser profeta y le dio sueños y visiones. Algunos de estos sueños, visiones, y declaraciones proféticas iban dirigidas al pueblo de su tiempo. En tres diferentes ocasiones, Daniel recibió profecías que tuvieron que ver con reyes en la corte real de Babilonia, o iban dirigidas a los mismos. Este tipo de profecía, que tiene que ver con personas y asuntos contemporáneos, a veces recibe el nombre de profecía clásica. Daniel habló con voz profética a los reyes de Babilonia tal como Jeremías habló a los reyes en Jerusalén.
En otras ocasiones, Daniel recibió profecías que involucraban un panorama más amplio, relacionado con la historia futura de las naciones. A esta segunda clase de profecía se le llama comúnmente profecía apocalíptica por cuanto tiene que ver más específicamente con la revelación del futuro. También se la conoce como profecía de bosquejo, puesto que bosqueja la historia de las naciones por adelantado.
Por lo tanto, en el libro de Daniel, encontramos estos dos tipos de profecías: clásica y apocalíptica. También encontramos otro tipo distinto de narrativa: la historia. Diferentes secciones del libro contienen con claridad estos diferentes tipos de literatura. En general, el libro de Daniel se divide por mitad: la primera mitad es historia y la segunda mitad es profecía. Es en la primera mitad del libro —en el contexto de la historia— que encontramos las profecías clásicas que tienen que ver con las personas y eventos contemporáneos. Las profecías de la segunda mitad del libro son de un carácter más apocalíptico.
Los idiomas utilizados en el libro de Daniel también enfatizan la distinción entre las dos secciones principales. La mayoría de los capítulos históricos fueron escritos en arameo, mientras que la mayoría de los capítulos proféticos se escribieron en hebreo. El hebreo era la lengua nativa de Daniel y el arameo era un idioma relacionado que se usaba en parte para la correspondencia oficial de los imperios neobabilónico y persa. Más que ningún otro libro en la Biblia, Daniel es bilingüe. Esdras también fue escrito tanto en hebreo como arameo, pero solo una pequeña parte de Esdras —los decretos reales— está en arameo.
Esta naturaleza doble de Daniel provee un bosquejo conveniente con el cual estudiar el libro. Algunos comentarios sobre Daniel sostienen que este libro no fue escrito por un solo individuo, Daniel, quien vivió en la Babilonia del siglo sexto a.C., sino más bien por un autor anónimo y desconocido que habría vivido en Judea durante el siglo segundo a.C. La naturaleza de los materiales que se hallan en los capítulos históricos tienen que ver con esta pregunta.
Las profecías de Daniel también han sido interpretadas de formas muy diferentes. Existen tres escuelas principales de pensamiento respecto de la interpretación de las profecías de Daniel. (1) Preterista. Este método de interpretación coloca todo el énfasis en el pasado y considera el cumplimiento de porciones de las profecías como eventos del pasado. (2) Futurista. Esta escuela de pensamiento ubica el cumplimiento de Daniel en el futuro. (3) Historicista. Esta perspectiva enfatiza el flujo y la continuidad del pasado a través del presente y hacia el futuro aún no cumplido. A veces se le llama la perspectiva histórica continua por cuanto considera la profecía como parte de un progreso continuo desde el pasado hasta el futuro. La introducción a la sección profética del libro de Daniel explora las virtudes y debilidades de cada una de estas escuelas de interpretación. El enfoque de este libro cae en la categoría de la perspectiva historicista.
La experiencia de Daniel abarca más que su presencia histórica. Hay más que decir de Daniel que su experiencia como profeta. También está el tema de su propia experiencia espiritual con Dios. Este aspecto de su experiencia y su libro no debe ser descuidado o rebasado por los otros elementos. El último capítulo de este libro considera el importante elemento de la experiencia espiritual de Daniel como instrumento escogido de Dios.
Por lo tanto, en este volumen ese será el orden de marcha hacia el libro de Daniel: historia, profecía y experiencia espiritual.
UNA NOTA SOBRE EL ORDEN DE ESTUDIO
El lector descubrirá que el orden en el que este estudio toma los diferentes aspectos del libro de Daniel varía en cierto grado del orden estándar y canónico de los capítulos en el libro mismo. Sin embargo, si uno observa con cuidado las fechas de los capítulos bíblicos —cuando se nos dan— aparentemente Daniel tampoco presenta su material en estricto orden cronológico. Por ejemplo, las profecías de Daniel en los capítulos 7 y 8 en realidad le fueron dadas antes de los eventos históricos de los capítulos 5 y 6. Si bien todos los eventos registrados en Daniel son históricos en el sentido de que de verdad ocurrieron, han sido arreglados en cierta forma para cierto propósito. En cierto grado, este estudio sobre Daniel tiene como intención seguir el orden de pensamiento más bien que el orden de escritura. Por esa razón, el lector encontrará cierta irregularidad en el orden en el cual se presentan los capítulos.
En la primera parte de este libro —la sección histórica— los capítulos estudiados siguen una especie de orden inverso. Los capítulos 2 y 7 han sido agrupados debido a que tienen que ver con profecías relativas a naciones. Los capítulos 3 y 6 han sido agrupados por cuanto tratan de la persecución de los judíos en el exilio, Daniel y sus tres amigos en particular. Los capítulos 4 y 5 han sido agrupados porque tienen que ver con Nabucodonosor y Belsasar, los reyes de Babilonia. Este tipo de orden inverso a veces es conocido como quiasmo (de la letra griega ji, que parece una X). El que algo así fuera la intención del autor original resulta evidente por el hecho de que precisamente estos seis capítulos históricos fueron escritos en el idioma arameo.
Cuando llegamos a los capítulos proféticos, el orden no se invierte; más bien, se revierte. Por lo tanto, hemos escogido estudiar los tres principales capítulos proféticos en el corazón del libro de Daniel en orden inverso; comenzando con el capítulo 9, luego avanzando con el capítulo 8, seguido del capítulo 7, y concluyendo esta sección con un resumen de los tres capítulos. La razón para este orden de estudio tiene que ver con el orden de pensamiento, no el orden cronológico o histórico. En cuanto a los eventos a los cuales estas profecías se refieren, el capítulo 9 va en primer lugar por cuanto se enfoca especialmente en el Mesías. El contenido del capítulo 8 avanza mucho más allá de ese punto hasta la era cristiana. Pero es Daniel 7 el que lleva la profecía finalmente hasta el reino de Dios y describe a los santos del Altísimo entrando y tomando posesión de él.
Hay una razón para seguir este orden de pensamiento; no se trata de la selección arbitraria de un comentador moderno que sencillamente desea hacer algo diferente. En el pensamiento europeo occidental moderno, razonamos de causa a efecto. Recogemos nuestros datos y lo sintetizamos en una hipótesis, entonces refinamos esa hipótesis y la tornamos en una teoría. Ese es el proceder del método científico moderno.
Pero los antiguos no eran modernos, ni eran científicos, por lo cual ellos manejaban las cosas de otra manera. Si bien eran suficientemente capaces de manejar las cosas cronológicamente como lo hacemos nosotros, también utilizaban un enfoque que involucraba razonar del efecto a la causa. Los profetas podían representar una escena de tal manera que sus oyentes fueran llevados a pensar, “¿por qué ocurrió esto?” Esta pregunta los llevaba de vuelta a la causa. Un profeta inspirado podía decir “esta tierra será destruida y quedará desierta”, haciendo a los oyentes regresar a la pregunta: “¿Por qué será destruida esta tierra?” La respuesta a esa pregunta comúnmente yacía en el hecho de que la gente a quienes el profeta era enviado eran personas rebeldes e impías, que habían quebrantado su pacto con Dios. Para un ejemplo de este enfoque, véase Jeremías capítulos 4 al 7 y Miqueas capítulo 1. La impiedad era la causa y la desolación era el resultado, pero el profeta daba primero el resultado para posteriormente llevar a sus lectores a una discusión de la causa.
Ese es el orden de pensamiento seguido en estas tres profecías en el corazón de Daniel. Si Daniel presentara estas profecías a una audiencia de hoy, él naturalmente daría primero el capítulo 9, porque ese capítulo trata de los primeros eventos que acontecieron. Luego continuaría con el capítulo 8 porque esta profecía presenta los siguientes eventos en ocurrir. Finalmente, daría el capítulo 7 por cuanto esta profecía presenta el gran clímax de la serie. Solo cuando estas profecías son colocadas en este orden de pensamiento es que el lector moderno aprecia plenamente su gran amplitud y la conexión entre ellas, algo que un oyente o lector antiguo habría captado más naturalmente debido a la forma en que sus procesos de pensamiento habían sido condicionados. Al revertir el orden original de presentación usado por Daniel, hemos intentado develar en su plenitud la belleza de la forma en que estas profecías fueron presentadas originalmente.
La última línea importante de profecía en el libro de Daniel se encuentra en los capítulos 10-12. El capítulo 10 presenta la introducción, o prólogo, a esta profecía, y el capítulo 12 contiene el epílogo, o conclusión. El cuerpo de la profecía en el capítulo 11 es muy específico y sigue un orden histórico y cronológico.
Hay cuatro profecías, o bosquejos apocalípticos importantes en el libro de Daniel. Se encuentran en los capítulos 2, 7, 8, y 11. Los bosquejos proféticos cubren el levantamiento y la caída de las naciones desde los días del profeta hasta el fin del tiempo.
La otra profecía mayor en el libro de Daniel se encuentra al final del capítulo 9. Mientras que los cuatro bosquejos proféticos importantes tratan del levantamiento y caída de naciones, el capítulo 9 tiene que ver más exclusivamente con el pueblo de la ciudad y el país de Daniel: Jerusalén y Judá. Aunque los eventos de esta profecía corren paralelos a los de los otros bosquejos proféticos mayores, se enfocan en una sección particular de aquel mundo no cubierta en las otras profecías: la historia del pueblo judío en Judea hasta la época del Mesías. El hecho de que las cuatro líneas mayores de profecía en este libro cubran el mismo grupo de naciones en la historia se llama recapitulación, o paralelismo. Así como los cuatro Evangelios recorren los mismos eventos desde perspectivas diferentes, así estas cuatro líneas de profecía complementarias recorren el mismo territorio, añadiendo más detalles cada vez. La presentación comienza a escala amplia en el capítulo 2, con las naciones representadas por los diferentes metales de una imagen. Para cuando llegamos al capítulo 11, vemos a los reyes individuales de cada nación y sus acciones personales. El capítulo 2 inicia con el uso de un telescopio, mientras que el capítulo 11 finaliza con el uso del microscopio.
El capítulo final de nuestro estudio de Daniel concluye con el tema de la relación espiritual. Este elemento no se encuentra tanto en la profecía en sí misma sino en la experiencia del profeta. Creo que este tema es el más apropiado para nuestra propia conclusión.
Capítulo 1
La primera mitad de Daniel, los capítulos 1 al 6, es esencialmente de naturaleza histórica. Estas narraciones históricas incluyen algo de profecía, pero contienen claramente más historia que profecía. La naturaleza histórica de esta porción del libro genera varias preguntas de importancia:
¿Cuál es la perspectiva bíblica de la historia?¿Cuál es la perspectiva de Daniel de la historia?¿Aborda el libro la historia neobabilónica o algún periodo posterior?¿Cuál es la actividad de Dios en la historia? ¿Cuál es su relación con ella?Estas preguntas se reducen a dos principales:
1. ¿Se relaciona Dios con la historia humana o se ha retirado a alguna otra parte de su universo dejando a la Tierra avanzar por sí sola?
2. ¿Con qué periodo de la historia trata el libro de Daniel?
La segunda pregunta implica historicidad más que historia, y el texto del libro mismo nos proporciona una respuesta directa y fácilmente accesible: el libro de Daniel se presenta a sí mismo como un registro de las experiencias de algunas personas que vivieron durante el periodo del reino neobabilónico, durante la parte tardía del siglo séptimo y buena parte del sexto a.C. Sin embargo, más allá de esta sencilla respuesta yace otro asunto: ¿Es el libro de Daniel un registro verdadero de eventos que ocurrieron en el siglo sexto a.C.? ¿O es una obra que fue posteriormente escrita por otro individuo y no el profeta Daniel con la intención de que sonara como si ocurrió en el siglo sexto a.C.?
Muchos comentaristas contemporáneos del libro de Daniel con frecuencia contestan estas preguntas tomando la posición de que Dios no interviene en los asuntos humanos y que el libro en realidad fue escrito en el siglo segundo a.C., no en el sexto, por alguien distinto a Daniel. Por lo tanto, estos comentaristas no esperan que el libro de Daniel sea históricamente exacto o fiel al escenario del siglo sexto a.C. que describe en sus páginas. En un lenguaje muy práctico, es lo que se conoce como “Daniel en el foso de los críticos”.
LA PERSPECTIVA BÍBLICA DE LA HISTORIA
¿Se relaciona Dios con la historia humana? Esta es una pregunta filosófica. Implica la perspectiva bíblica de la historia y, en un sentido medular, nos lleva de vuelta a la pregunta de la naturaleza esencial de las Escrituras. ¿Qué es la Biblia? Más específicamente para nuestra discusión del libro de Daniel, ¿qué es el Antiguo Testamento? Es una revelación de la naturaleza, el carácter y el propósito de Dios. Pero es más que eso. Nos proporciona una historia que comienza con la creación en Génesis y termina en Esdras y Nehemías en el periodo persa. Esa historia se extiende a través de los libros de Moisés y Josué, los libros de Jueces, 1 y 2 de Samuel, y los libros de los Reyes, en paralelo con los de las Crónicas. Finalmente, esa historia llega a su fin con los registros de Esdras y Nehemías. Por todo, se extiende por más de dos milenios. Pero hay más historia que simples registros rústicos de lo que sucedió. Hay un enfoque de la historia particular, y ese enfoque está íntimamente relacionado con Dios como el actor central del escenario de esa historia. Es, como cierto teólogo e historiador lo ha descrito, un registro de “los poderosos actos de Dios”. El Señor ha estado activo a través de esa historia, relacionándose con los seres humanos, guiándolos y dirigiéndolos, no solo respecto de sus asuntos terrenales sino también en cuanto a cómo obtener su salvación.
Esta misma perspectiva de la historia es evidente también en el libro de Daniel. Aquí, la historia comienza con la primera conquista de Jerusalén por Nabucodonosor. Ese giro de eventos debió haber parecido desastroso a muchos de los judíos que vivían en Jerusalén en ese tiempo. Sin embargo, detrás de todo, Dios estaba obrando sus propios propósitos. El Señor permitió la conquista de Judá y Jerusalén porque la nación estaba bajo el liderazgo de Joaquín, un rey perverso y rebelde, y porque la sociedad estaba moralmente corrompida. Aún en la tragedia de la conquista, sin embargo, Dios sacó algo bueno de lo malo. Sus siervos —Daniel y sus amigos— fueron llevados a circunstancias donde pudieron testificar en una forma tal que se extendió más allá de su pequeño círculo familiar en Judá. Se convirtieron en testigos del Dios verdadero entre todos los cortesanos de Babilonia y delante del monarca más poderoso de ese tiempo. Dios entregó a Joaquín en la mano de Nabucodonosor, pero también le dio gracia a Daniel y sus amigos ante ese mismo rey. Así, en los sucesos personales y nacionales de la época, podemos ver la mano de Dios en acción. Y siendo que tenemos la palabra inspirada del profeta Daniel quien observó dichas acciones y a quien le fue dada información del cielo acerca de ellas, podemos ver con toda claridad la intervención de Dios en estas circunstancias humanas.
Vemos también la intervención del Señor en la historia humana en otros aspectos de Daniel. Dios no solo interviene en el curso de la historia entre las naciones, tales como Babilonia y Judá, sino que también él mismo se involucra en la historia personal de los individuos. Vemos la milagrosa intervención de Dios en favor de los amigos de Daniel, especialmente en la historia de la liberación del horno de fuego en el capítulo 3. En el caso de Daniel, la intervención de Dios opera en todo el libro, pero se pone especialmente de relieve con la milagrosa liberación de Daniel de los leones hambrientos en el foso en el capítulo 6. Por lo tanto, Dios opera a nivel de las naciones y los eventos históricos en proporciones épicas, pero también se relaciona con la gente en el plano individual.
La tercera forma en la que el libro de Daniel demuestra la atención de Dios y su participación en la historia de las naciones e individuos es por medio de las profecías dadas ahí. Los cuatro bosquejos proféticos principales del libro, las de los capítulos 2, 7, 8, y 11, proveen un vistazo previo que va desde los tiempos del profeta a través de las edades de la historia que siguen. Dios no solo tiene interés en el curso de la historia de las naciones; él no solo interviene en ocasiones para afectarlo; sino que también conoce el curso que tomará. Los lectores del libro de Daniel pueden descansar confiados en que hay un Dios que nos cuida detrás de las escenas de acción en la historia.
La visión del mundo que se presenta en Daniel y a lo largo de las Escrituras no es muy compatible con el pensamiento filosófico moderno. La cosmovisión moderna tiene su origen, no tanto en la Biblia, sino en la filosofía de los antiguos griegos. Esta cosmovisión moderna adquirió forma gracias a revoluciones en el pensamiento que ocurrieron particularmente en el siglo 18 d.C., conocido como la Era de la Razón. Comenzando con el modelo físico construido a partir de las matemáticas de Sir Isaac Newton y otros, esta perspectiva estableció que la mente humana era autosuficiente y que no había ninguna necesidad de fuente externa alguna de conocimiento o inspiración, tal como Dios. Esta perspectiva humanística llegó a prevalecer en los círculos intelectuales, dejando poco espacio para el Señor. Por algún tiempo, Dios fue tolerado en la periferia de la experiencia humana. El deísmo era un movimiento que veía a Dios como un fabricante de relojes. Él creó el mundo, el sistema solar, y el universo y entonces le dio cuerda para que pudiera operar por sí solo, de acuerdo con leyes propias que los científicos irían descubriendo.
Bien pronto, sin embargo, a mediados del siglo diecinueve la teoría de la evolución entró a la escena y le arrebató a Dios su rol, de por sí ya muy reducido. Ahora no había ya más necesidad de un individuo que fabricara relojes. El reloj había evolucionado por sí solo. Todo esto llevó a una confrontación directa entre la escuela de pensamiento bíblica y el humanismo racionalista. La Biblia afirma que hay un Dios y que se ha revelado a sí mismo. El humanismo racionalista dice que no hay Dios y que no existe ninguna revelación suya. La Biblia, por lo tanto, se convierte en un elemento central en este debate.
Un aspecto de la Biblia que demuestra que hay un Dios y que se ha revelado a sí mismo es la profecía predictiva. Bien puede ser que una persona muy bien informada pueda adivinar acertadamente el curso de los eventos en el futuro inmediato o cercano. Pero, proponer que alguien, valiéndose solo de recursos humanos naturales, pueda predecir correctamente lo que va a suceder en cinco, seis o siete siglos, como ocurre en el libro de Daniel, supera con creces el campo del conocimiento humano. Tal percepción solo puede provenir de la esfera de lo sobrenatural. En consecuencia, el tema de la profecía predictiva ha jugado una parte significativa en las discusiones entre los que aceptan la perspectiva bíblica y los que la rechazan.
Los que niegan la perspectiva bíblica de Dios y la historia tienen que hallar una explicación humanística para el aspecto predictivo de las profecías dadas en la Biblia. Una forma de anular el contenido predictivo de un libro profético tal como Daniel es afirmar que sus profecías no se cumplieron, que los eventos predichos no ocurrieron. Capítulos posteriores en este volumen abordarán las evidencias para el cumplimiento de las profecías de Daniel.
Pero hay otra forma de cancelar el elemento predictivo de un libro profético, y es demostrando que el contenido histórico local del libro es inexacto. Por ejemplo, las profecías de Daniel pretenden haber sido dadas en el contexto babilónico del siglo sexto a.C. Si Daniel, supuestamente escribiendo desde la perspectiva de la Babilonia del siglo sexto a.C., no presenta su historia de Babilonia en orden correcto, entonces nadie necesita darle crédito a los detalles proféticos tampoco. En otras palabras, una forma de socavar la exactitud de la sección profética de Daniel es primero socavar la exactitud de su sección histórica. Si la exactitud histórica del libro puede impugnarse, sus profecías no tienen porqué tomarse en serio.
Pero si este argumento tiene validez, entonces lo contrario también debe ser válido. Si podemos demostrar que las secciones históricas de Daniel son exactas y confiables, entonces también tenemos que tomar en serio lo que dice en las secciones proféticas. Nos dirigimos, entonces, a ese asunto: la exactitud histórica de Daniel.
LA EXACTITUD HISTÓRICA DE DANIEL
Quienes no aceptan la perspectiva de que Dios está íntimamente involucrado en la historia humana y no dan lugar en su pensamiento a la profecía predictiva, han señalado un número de supuestas imprecisiones históricas en el libro de Daniel como medio para negar el elemento predictivo de las porciones proféticas. Por lo tanto, el problema para aquellos que ven las porciones proféticas de Daniel como eventos predictivos en el lejano futuro es confrontar esas objeciones y demostrar la exactitud histórica del libro. Haremos esto al tomar cinco de las objeciones principales que se han esgrimido contra la exactitud histórica de Daniel. Existe evidencia en cada uno de estos casos para indicar que, lejos de ser imprecisiones históricas en el registro bíblico, en realidad son mal entendidos de los historiadores modernos respecto de lo que el registro verdaderamente dice.
Sin embargo, antes de tomar estas cinco objeciones individuales a la exactitud histórica de Daniel, examinemos las presuposiciones básicas que subyacen a todas ellas.
Los eruditos que estudian el libro de Daniel desde el punto de vista del humanismo racionalista no pueden dar cabida a la revelación sobrenatural en su entendimiento del libro. Tal perspectiva, por supuesto, excluye la posibilidad de que las profecías de Daniel hayan sido dadas en el siglo sexto a.C., y que hayan predicho eventos subsecuentes con siglos de anticipación. La explicación usual ha sido que el libro de Daniel fue escrito en realidad mucho después, más probablemente en el siglo segundo a.C. Se supone que el autor debió haber sido un individuo anónimo que vivió en Jerusalén en el 165 a.C., durante el tiempo de Antíoco IV Epífanes, un rey de Siria de origen griego. Siendo que Antíoco IV persiguió a los judíos e interrumpió los servicios religiosos en el templo, es por eso que se cree que mucho de la profecía de Daniel se enfoca en aquél y en sus actividades persecutorias. Por lo tanto, estos eruditos argumentan que las supuestas profecías de Daniel son en realidad historia escrita en forma de profecía. Esto es, un escritor del siglo segundo a.C. basó su material en sucesos contemporáneos que estaban ocurriendo en torno suyo, pero los presentó en forma de profecías que simulaban haber sido escritas en el siglo sexto a.C. para predecir estos sucesos.
Y si el escritor de Daniel en realidad vivió en el siglo segundo a.C., naturalmente no habría sido capaz de presentar la historia babilónica del siglo sexto a.C. sin cometer errores. Por lo tanto, de acuerdo con este argumento, las imprecisiones en la historia de Babilonia y el siglo sexto a.C. son prueba de la autoría tardía del libro y de la falta de un elemento predictivo verdadero en las profecías.
Vayamos, entonces, a los cinco ejemplos más destacados que han sido citados como imprecisiones históricas en el libro de Daniel. ¿Cuál es la evidencia? ¿Son estos en verdad errores históricos, o malentendidos de parte de los críticos?
LA FECHA EN DANIEL 1:1
Daniel 1:1 da como fecha del primer sitio de Jerusalén por Nabucodonosor como “el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá”. Los eruditos críticos argumentan que la fecha correcta es, en realidad, el año cuarto de Joacim, o el 605 a.C., cuando se lo correlaciona con los eventos descritos en las propias crónicas de Nabucodonosor.
La secuencia de eventos sería así: Josías, rey de Judá, murió cuando salió a pelear contra el Faraón Necao, en Meguido, en el verano del año 609 a.C., cuando el gobernante egipcio iba en ruta hacia el norte a pelear contra los babilonios (véase 2 Reyes 23:29 RVR 1995). Se puede obtener una fecha exacta de esta campaña de Necao a partir de la Crónica Babilónica, que es el registro oficial de los primeros once años del reinado de Nabucodonosor. De regreso del norte de Siria en el otoño de ese mismo año, Necao depuso a Joacaz rey de Judá y lo llevó a Egipto (véase 2 Reyes 23:33-35). En su lugar, fue instalado Joacim como rey (versículo 34).
El punto cronológico importante aquí es que esta transición final, la instalación de Joacim como rey de Judá, tuvo lugar después del Rosh Hashana, o sea el año nuevo judío que inicia en el otoño. De manera que el primer año oficial del reinado de Joacim comenzó en el otoño del 608 a.C. El periodo de tiempo anterior a ese año nuevo otoñal era conocido como el “año ascensional” o año 0. Entonces, el tercer año de Joacim mencionado en Daniel 1:1 comenzó en el otoño del 606 a.C., y se extendió hasta el otoño del 605 a.C. Dentro de ese año, Nabucodonosor peleó la batalla de Carquemis en Siria en la primavera (Jeremías 46:2)1. Llegó a Jerusalén en el verano de ese año antes que comenzara el cuarto año de Joacim en el otoño.
Así, si uno interpreta esta fecha según el principio de interpretación del año ascensional y el calendario judío (de otoño a otoño), la fecha cae correctamente como el año judío de otoño a otoño de 606/605 a.C., el cual es históricamente exacto.
BELSASAR COMO REY DE BABILONIA
Otra crítica de los episodios históricos en el libro de Daniel se centra en torno a la figura de Belsasar en el capítulo 5. Está claro a partir de varias fuentes históricas que el último rey del Imperio Neobabilónico fue Nabonido, no Belsasar. Sin embargo, Daniel 5 presenta a Belsasar como el rey que estaba en el palacio de Babilonia la noche cuando la ciudad cayó en manos de los persas.
El conocimiento acerca de la existencia de Belsasar estuvo perdido desde el tiempo del mundo antiguo hasta el año 1861 d.C. Durante esos años, era desconocido según las fuentes históricas primarias, y se presentaron varias teorías acerca de su identidad, especialmente durante los siglos 18 y 19 d.C. En 1861, se publicó la primera tabla cuneiforme que menciona a Belsasar por nombre. Veinte años después, se publicó la Crónica de Nabonido; ésta contaba de una serie de años durante los cuales Belsasar administraba asuntos gubernamentales en Babilonia mientras su padre Nabonido estaba en Arabia. Finalmente, en 1924, otro texto cuneiforme fue publicado, ahora llamado “Relato en verso sobre Nabonido”. Este relato cuenta, entre otras cosas, que cuando Nabonido se fue de Babilonia, “le confió el reino” a su hijo Belsasar. De la misma manera, se ha descubierto en años recientes una serie de tablillas interconectadas que revelan el rol que Belsasar jugó en los eventos políticos y militares de Babilonia en el siglo sexto a.C.
Sobre este punto, los críticos de la historia de Daniel han tenido que batirse en retirada. Uno de ellos escribió con todo candor: “Seguramente, nunca sabremos cómo el autor del libro de Daniel supo de estos eventos”. En realidad, es fácil de entender cuando uno toma en consideración la evidencia del libro mismo. La respuesta es que Daniel estaba allí, en el escenario histórico como testigo ocular.
Algunos críticos, tratando aún de rescatar algo de credibilidad de este giro de eventos, han explotado otro aspecto de este problema. Se han dado cuenta de que no hay una tablilla babilónica específica que refiera directamente a Belsasar como rey. Esta observación es correcta hasta cierto punto. Pero, ¿qué debemos entender cuando leemos en el “Relato en verso de Nabonido” que a Belsasar se “le confió el reino”?
Cualquier hebreo que haya salido del ambiente político donde Daniel se hallaba habría estado bien consciente de la práctica de la corregencia. David puso a Salomón sobre el trono junto con él de modo que hubo dos reyes gobernando a Israel por un tiempo. Esto también ocurrió de nuevo en varias ocasiones en la historia de Israel. Daniel, por lo tanto, sencillamente hizo referencia a Belsasar como “rey” porque él ocupaba esa posición y fungía como rey. Daniel estaba históricamente en lo correcto porque sabía quién estaba gobernando en Babilonia mientras Nabonido se hallaba fuera de la capital por diez años.
Hay un detalle pequeño pero importante en Daniel 5 que da evidencias de cuán exacto era el conocimiento de Daniel respecto de Belsasar y su destino. Daniel nos dice quién se encontraba en el palacio en la ciudad esa noche y quién no. Belsasar estaba ahí, pero Nabonido, el rey principal, no estaba. Este detalle es algo que habría conocido solo un testigo de aquellos eventos en el siglo sexto a.C. Un escritor en el siglo segundo a.C. bien podría haber cometido el error de poner a Nabonido, el último rey principal, en el palacio aquella noche. Pero Daniel no cometió ese error, y la Crónica de Nabonido nos dice dónde estaba Nabonido. Él había llevado consigo una división del ejército babilónico al río Tigris para pelear contra Ciro y sus tropas, quienes se aproximaban por el oriente. Belsasar quedó en la ciudad con la otra división para protegerla. El escritor del libro de Daniel sabía que Belsasar estaba en la ciudad la noche que fue conquistada, y no hace mención de Nabonido por la obvia razón de que éste se encontraba en otra parte. Este pequeño y aparentemente insignificante detalle revela cuán preciso fue el registro de Daniel en el caso de Belsasar.
EL REINO MEDO
Durante siglos, los intérpretes ortodoxos del libro de Daniel han visto la secuencia cuádruple de reinos en los capítulos 2 y 7 como una representación de Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma. Siendo que el libro de Daniel menciona un rey llamado Darío el Medo (ver Dan. 11:1), los eruditos críticos han argumentado que el escritor de Daniel pensó que había un reino medo independiente después del reino babilónico. Por lo tanto, consideraban que, con base en la evidencia del libro mismo, la secuencia debería ser reducida a Babilonia, Media, Persia, y Grecia. De esta forma, la serie termina no con Roma, sino con Antíoco Epífanes, quien procedía del periodo griego. Esto, afirman tales críticos, es consistente con lo que escribiría un autor del siglo segundo a.C., pero es un error histórico hablar de un reino medo separado después del periodo babilónico.
Sí huboun reino medo separado en los siglos noveno, octavo y séptimo a.C. Eso es algo bien sabido y no representa ningún problema. Pero los críticos están en lo cierto en que sería un error histórico insertar un reino medo independiente en esta secuencia después del 539 a.C., cuando cayera el reino babilónico. Los medos habían sido conquistados por los persas más temprano en el siglo sexto a.C., y por los siguientes dos siglos fueron un componente integral del Imperio Persa.
¿Acaso el escritor de Daniel cometió tal error e identificó un reino de Media separado? No si partimos de la evidencia que el texto presenta. El carnero en la profecía del capítulo 8 se identifica en el versículo 20: “En cuanto al carnero que viste, que tenía dos cuernos, éstos son los reyes de Media y de Persia”. Este carnero simbólico único representaba el reino único de Medo-Persia.
La narración del capítulo 6 sostiene el mismo punto donde la ley dada por Darío se dice que era “conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no puede ser abrogada” (vers. 12). Si Media y Persia eran reinos separados en ese momento, la referencia hubiera sido a “la ley de Media y la ley de Persia” en vez de “la ley de Media y de Persia”. Un solo código legal gobernaba a este reino doble.
La escritura en la pared en el capítulo 5:28 nos enseña la misma verdad, dado que el reino de Belsasar fue “roto, y dado a los medos y a los persas”. No hay base en el libro de Daniel para separar un reino medo individual. La secuencia debe continuar como ha sido interpretada: Babilonia, Medo-Persia, Grecia, y Roma.
DARÍO EL MEDO
La identidad de Darío el Medo aún es asunto de cierta discusión entre los eruditos conservadores que aceptan su existencia histórica. Este caso no es tan claro como el que tiene que ver con Belsasar. Se han mencionado varios candidatos como posibilidades, incluyendo dos reyes persas, dos reyes medos, y dos gobernadores persas. Estos serán discutidos con mayor detalle en el capítulo que trata sobre Daniel 6. Aquí necesitan mencionarse solo dos puntos.
Primero, sabemos que había un corregente en Babilonia durante el primer año de ocupación persa. Las tablillas comerciales cotidianas de Babilonia de aquel tiempo registran los nombres de los reyes y sus títulos, junto con fechas de los años de regencia de cada rey. Partiendo de estos documentos, es claro que Ciro no portaba el título de “Rey de Babilonia” para el primer año de la conquista persa; ninguna de las tablillas escritas en ese entonces le asigna este título.
Segundo, está el asunto de los nombres oficiales de los reyes. En los tiempos antiguos, los reyes comúnmente tenían nombres personales antes de ascender al trono; tras ascender al trono, asumían otro nombre oficial. Esto era muy común en Egipto, y ocasionalmente fue practicado en Israel. Azarías, quien también recibió el nombre de Uzías, es un ejemplo. Esta costumbre rara vez fue utilizada en Mesopotamia, pero quizás fue más común en Persia, según ciertos historiadores modernos. Por lo tanto, Darío, según se lo menciona en Daniel, bien pudo haber sido un nombre oficial, pero necesitamos ser más exactos en la identificación del nombre personal del individuo que pudo haber adoptado ese nombre oficial.
LA FECHA DEL LENGUAJE ARAMEO DE DANIEL
Estudios tempranos argumentan que el lenguaje arameo usado en los capítulos 2-7 de Daniel se parece más al arameo del siglo segundo a.C., que al del siglo sexto a.C. No obstante, cuando esos estudios fueron practicados, solo se conocía un conjunto de textos arameos antiguos —los papiros elefantinos egipcios del siglo quinto a.C. Dado que el arameo de Daniel difiere en cierto grado del lenguaje usado en los papiros elefantinos, se argumentaba que el arameo de Daniel provenía de un periodo posterior.
Una corriente continua de descubrimientos de inscripciones arameas ha venido dando una visión más completa de ese lenguaje y su desarrollo y una mejor base de comparación con el arameo que aparece en Daniel. Las diferencias entre el arameo de Daniel y el hallado en los papiros elefantinos durante cierto tiempo se creyó que representaban un desarrollo cronológico de dicho idioma, pero ahora se sabe que reflejan más bien dialectos regionales. Todos los papiros elefantinos que formaron la base original de comparación provinieron de Egipto y reflejaban un dialecto arameo egipcio. Este dialecto difería de la forma de expresión oral y escrita del arameo en Judá, Siria, Babilonia e Irán. Cada una de estas regiones tenía su propio dialecto regional. Algunos de los rasgos característicos arameos en el libro de Daniel que se creía eran características tardías —tales como la posición del verbo, por ejemplo— ahora se sabe que son características tempranas propias de las regiones orientales, en otras palabras, como el arameo de Babilonia donde vivía Daniel.
Otro hallazgo considerable en esta área proviene del descubrimiento de los rollos del Mar Muerto. Los esenios que trabajaban en el monasterio de Qumram cerca del Mar Muerto del siglo segundo a.C. al siglo primero d.C., escribieron y copiaron numerosos documentos arameos así como textos hebreos. A medida que estos textos han sido publicados, ha quedado más claro que el arameo de Daniel es considerablemente más antiguo que estos documentos del Mar Muerto. Puesto que los eruditos críticos modernos creen que Daniel fue escrito alrededor del mismo tiempo que los rollos del Mar Muerto, resulta complicado para su perspectiva que no haya una correspondencia más cercana en términos del lenguaje. Los rollos del Mar Muerto también han revelado que el arameo de Daniel no es palestino por distribución geográfica. Más bien, se trata de un tipo de arameo oriental, como el que uno esperaría de un residente de Babilonia.
De esta manera, todos los hallazgos más importantes en el estudio del lenguaje arameo que aparece en Daniel tienden a colocar la fecha de ese escrito más temprano que lo que los críticos han creído. Actualmente, el arameo de Daniel sencillamente se lo clasifica como “arameo imperial”, lo que quiere decir que encaja bien dentro de las fechas del Imperio persa, del siglo séptimo hasta el siglo cuarto a.C. Ya no es válido el argumento lingüístico contra la fecha temprana del arameo de Daniel.
Por lo tanto, después de examinar las objeciones mayores a la exactitud histórica de Daniel, podemos decir con seguridad que su lenguaje y contenido histórico corroboran el testimonio del libro mismo de que fue escrito en el siglo sexto a.C. Además, el argumento de los críticos de que no podemos confiar en sus declaraciones proféticas debido a sus imprecisiones históricas queda destrozado.
LA ESTRUCTURA LITERARIA DE LOS CAPÍTULOS HISTÓRICOS
Para concluir este capítulo, necesitamos echar una mirada a un elemento más de la primera mitad del libro. Este elemento no tiene que ver con datación o determinación de la historicidad; más bien trata de por qué los capítulos de Daniel están arreglados en el orden en que están.
El lector cuidadoso se dará cuenta de que las narraciones históricas del libro no están arregladas en un estricto orden cronológico. Por ejemplo, los capítulos 5 y 6, que corresponden al periodo persa, preceden a los capítulos 7 y 8, que pertenecen al periodo babilónico temprano. Un orden cronológico requeriría que los capítulos 7 y 8 precedieran a los capítulos 5 y 6. Algún otro principio de organización debió haber sido usado. Como se señaló anteriormente, Daniel se divide —con cierta superposición— en secciones prácticamente iguales de capítulos históricos y proféticos.
Más que eso, sin embargo, los capítulos que fueron escritos en arameo, los capítulos 2 al 7, exhiben un orden literario específico. Estos seis capítulos se colocan aparte en cuanto a estructura literaria: la forma en que están ordenados dentro de su propia sección. Estos capítulos están claramente relacionados entre sí en pares basados en contenido. Los capítulos 2 y 7 forman un par; ambos capítulos son bosquejos proféticos que tienen que ver con el levantamiento y la caída de reinos a lo largo de porciones extensas de la historia humana.
De la misma forma, los capítulos 3 y 6 también son similares en contenido. El capítulo 3 describe la persecución de los tres amigos de Daniel en el horno ardiente; el capítulo 6 describe la propia persecución de Daniel en el foso de los leones. En ambos casos, los siervos de Dios sufrieron pruebas de su fe, y en ambos casos son liberados sobrenaturalmente de sus pruebas.
Esto deja a los capítulos 4 y 5 juntos como un par dentro de la porción aramea e histórica del libro. Estos capítulos también tienen que ver con el mismo asunto: un rey babilónico particular. En el capítulo 4, es Nabucodonosor quien aparece en la mira. En el capítulo 5, es Belsasar. Ambas narraciones comienzan con un escenario local: Nabucodonosor en su palacio y Belsasar en ese mismo palacio. Ambos reyes son todo un caso de presumido egoísmo, y ambos fueron juzgados por el Dios verdadero. En ambos casos, sus juicios vinieron en la forma de profecías que subsecuentemente se cumplieron. Daniel estaba presente para interpretar ambas profecías. Las dos historias tienen finales ligeramente diferentes, pero incluso en eso guardan una relación entre sí. En el capítulo 4, Nabucodonosor cayó en un lapso de locura, pero luego pudo levantarse de nuevo y regresar a su trono. En el capítulo 5, sin embargo, no hay una redención subsecuente para Belsasar. Él y su ciudad cayeron esa noche ante los conquistadores persas.
Por lo tanto, las narraciones de la sección aramea e histórica del libro de Daniel pueden alinearse en pares temáticos bajo el siguiente bosquejo:
A. Daniel 2: profecía sobre el levantamiento y la caída de reinos.
B. Daniel 3: narración acerca de la persecución de los amigos de Daniel.
C. Daniel 4: profecía sobre la caída y el levantamiento del rey Nabucodonosor.
C. Daniel 5: profecía sobre la caída del rey Belsasar.
B. Daniel 6: narración acerca de la persecución de Daniel.
A. Daniel 7: profecía sobre el levantamiento y la caída de reinos.
Tal bosquejo es como una escalera con escalones por ambos lados, en la cual uno asciende en el mismo orden en que desciende los escalones por el otro lado, A: B: C: C: B: A. El nombre técnico para este orden de escritura es quiasmo. Esta palabra proviene del nombre de la letra griega chi, que se parece a una X. La idea es que el bosquejo procede hacia arriba por una pierna de esta X y luego desciende en el orden inverso por el otro lado. Es una organización basada en la inversión o en una imagen de espejo. Lo que tenemos aquí en el libro de Daniel es un quiasmo relativamente simple basado en enlaces temáticos entre dos historias de naturaleza similar. Una mirada al bosquejo “quiástico” de arriba muestra que los capítulos 2 y 7 están temáticamente enlazados, como están los capítulos 3 y 6, y los capítulos 4 y 5. Esta clase de arreglo es relativamente común en el Antiguo Testamento, especialmente en los salmos, de modo que es evidente que la gente del tiempo de Daniel estaba plenamente consciente de este tipo de escritura.
¿Con qué propósito les servía, y qué valor tiene para nosotros hoy? Servía para varias funciones. Primero, era un recurso para facilitar la memorización. Tener que memorizar el contenido de estos seis capítulos de Daniel sería una tarea difícil. Sin embargo, es mucho más fácil recordar lo que cada capítulo trata una vez que se reconoce este orden inverso.
Segundo, esta clase de organización hace posible que se vean vínculos explicativos entre las narrativas enlazadas. Por ejemplo, muchos comentadores han reconocido que la profecía del capítulo 7 es una explicación adicional y más detallada de la profecía dada en el capítulo 2. Las dos profecías están relacionadas; no se refieren a periodos históricos distintos. La estructura literaria, entonces, se convierte simplemente en otra forma de reforzar ese vínculo.
Tercero, hay una cuestión estética. Es bueno reconocer que la Biblia nos habla de muchas maneras y culturas diferentes. Pero es bueno también darse cuenta de que hay una belleza literaria en estas expresiones. Reconocemos la belleza literaria de algunos salmos. ¿Por qué no reconocer la belleza literaria de algunas porciones bíblicas de prosa, tales como estos capítulos en Daniel? Daniel no es la obra pequeña e insignificante de un editor cualquiera; es la obra, bajo la dirección de Dios, de un artista literario, y necesitamos reconocer esa habilidad.
Finalmente, esta estructura literaria enfatiza la unidad de esta sección de Daniel y de todo el libro. Estas narrativas han sido colocadas juntas precisamente en un orden específico, como los ladrillos que se usan para construir una chimenea. No se puede quitar ninguno de esos ladrillos sin que toda la estructura se derrumbe. Cada uno es vital para el orden y la relación. Los críticos literarios de Daniel han pasado este punto por alto. Han intentado separar el capítulo 7 del resto de los capítulos históricos. Para ellos, la profecía del capítulo 7 fue escrita alrededor del año 165 a.C., en el tiempo de Antíoco Epífanes, pero los capítulos históricos anteriores fueron escritos antes, dicen ellos, quizás en los siglos cuarto o tercero a.C. Pero estas narraciones, incrustadas como están en la arquitectura literaria, no pueden desmembrarse tan fácilmente. El capítulo 7 va con el capítulo 2; los dos forman un par. Y ese par constituye un marco alrededor de los otros cuatro capítulos que también forman parejas entre sí. De esta manera, los capítulos históricos forman una unidad, un paquete, y el hecho de que también todos fueron escritos en lengua aramea destaca ese punto. Hace un siglo y medio, los estudiosos que critican las fuentes del libro de Daniel lo han estado partiendo en piezas cada vez más pequeñas. Finalmente, una apreciación del arte y estructura literarios del libro ha demostrado cuán erróneo ha sido este enfoque. El libro de Daniel es una unidad literaria y, además, una pieza estéticamente atractiva.
Debido a esta estructura literaria única de la sección histórica de Daniel, estudiaremos estos capítulos según los pares a los que pertenecen.
1 La versión Reina-Valera 1960 dice en Jeremías 46:2 que era el cuarto año de Joacim.
Capítulo 2
Con excepción de una pequeña parte del primer capítulo, todo el libro de Daniel ocurre en Babilonia. Esto es así porque Daniel vivió allí la mayor parte de su vida adulta, y su vida fue bastante larga. La primera fecha en el libro, al comienzo del capítulo 1, es equivalente al año 605 a.C. de nuestro calendario. La última fecha, la fecha que acompaña la última profecía del libro (Dan. 10:1), equivale al año 536 a.C. Esto nos da un periodo de tiempo de casi setenta años que Daniel pasó en Babilonia. Durante la mayoría de este tiempo vivió bajo reyes neobabilónicos, pero sus últimos años los pasó bajo los reyes persas que conquistaron a Babilonia. Daniel probablemente murió después de recibir la última profecía registrada en su libro. De hecho, cuando el ángel Gabriel le dio esa profecía, pareciera haberle indicado a Daniel que pronto moriría.
Daniel estaba probablemente iniciando la vida adulta cuando fue llevado a Babilonia. Algunos han sugerido que tenía alrededor de 18 años de edad, una edad que sentaba bien con la política babilónica para escoger cautivos. Así, de los casi noventa años de vida de Daniel, aproximadamente los primero veinte los pasó en Judá y los últimos setenta en Babilonia. Vivir por tanto tiempo en Babilonia significó que Daniel estuvo muy bien relacionado con la ciudad y la nación, sus gobernantes y procedimientos en la corte. Daniel entró a la corte de Nabucodonosor poco después de su exilio y probablemente sirvió allí por mucho tiempo, dado que Nabucodonosor disfrutó de un extenso gobierno de cuarenta y tres años, y Daniel pareciera haber sostenido cargos importantes en el servicio público, por lo menos durante el periodo de vida de Nabucodonosor. Después de la muerte de Nabucodonosor, sin embargo, Daniel parece haber perdido el favor de los siguientes gobernantes de Babilonia. No fue sino hasta el último de éstos, Belsasar, que Daniel fue rehabilitado a su lugar original de prominencia, y eso por un breve tiempo. Pero su popularidad continuó incluso en el periodo persa, cuando también logró cierta prominencia, aunque al precio de dificultades considerables.
En tiempos buenos o malos, Daniel era un modelo de fidelidad y perseverancia. También era un modelo en su vida devocional constante y consagrada, si bien esto también representó un precio considerable para sí mismo. Daniel es, por lo tanto, un brillante ejemplo para nosotros de alguien que tuvo valor, lealtad a su Dios, perseverancia y una comunión viva con ese Dios. Dado que varias de sus profecías terminan con el tiempo del fin en el que ahora vivimos, el ejemplo de Daniel en estas áreas es un recordatorio excelente de que también nosotros debemos vivir para Dios a pesar de las circunstancias, buenas o malas, que podamos encontrar.
