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«Basta, basta y basta» dijo el papa Benedicto XVI cuando tomó conciencia de las presiones que un grupo vaticano ejercía sobre otro. El 11 de febrero de 2013, ese mismo papa anunció por sorpresa su renuncia, una histórica decisión motivada por algo más que el cansancio físico e intelectual. Arturo San Agustín, con su privilegiado conocimiento de la realidad vaticana, ofrece un fresco del antes, el durante y el después de uno de los cambios de pontificado más singulares de los últimos siglos. Un gran número de conversaciones con testimonios y observadores privilegiados de la vida eclesial romana permiten al cronista ofrecer las claves de comprensión de los dos papados: el que se cierra sorpresivamente (no con la muerte, sino con la renuncia voluntaria) y el que se abre de una forma no menos sorpresiva e inesperada. Se trata, en definitiva, de una crónica vaticana de los días que transcurren eltre el 11 de febrero de 2013 (anuncio de la renuncia de Benedicto XVI) y el 19 de marzo de ese mismo año (misa de inauguación del ministerio petrino de Francisco).
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Seitenzahl: 380
Veröffentlichungsjahr: 2024
Arturo San Agustín
DE BENEDICTO A FRANCISCO
UNA CRÓNICA VATICANA
FRAGMENTA EDITORIAL
—ALGUNOS PALACIOS parecen más palacios por fuera que por dentro.
—¿También los del Vaticano?
—Sobre todo los del Vaticano. El cine ha creado muchas falsas imágenes. Monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda, el secretario de la prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, dijo no hace mucho que sobre el Vaticano se escriben muchas novelas, provocadas, a veces, por la falta de información. Y admitió que, aunque es muy cierto que el Vaticano resulta fascinante, también lo es que, aunque parezca lo contrario, es mucho más simple de lo que muchos imaginan.
—¿Y está usted de acuerdo con él?
—Absolutamente.
Eso fue lo que me dijo hace unos meses un noble romano minutos antes de que me dirigiera al Trastevere, al Palazzo de San Calisto, para saludar a monseñor Miquel Delgado, subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos.
Al llegar al piso donde está ubicado su despacho laboral lo primero que me llamó la atención del busto que se exhibe en un oscuro pasillo fue el tamaño de la mitra. Parece exagerado. Sin duda el artista quiso transmitir la idea de que su peso es también excesivo, casi insoportable. Porque parece como si literalmente esa mitra aplastara a su usuario obligándole a torcer el cuello y la cabeza. Luego, transcurridos los primeros segundos, mientras seguía observando el busto del papa Pablo VI, concluí que el escultor, Floriano Bodini, supo realmente contar la dureza de un papado.
El Palazzo de San Calisto, pese a estar ubicado en el barrio del Trastevere, es territorio vaticano y es la sede del Consejo Pontificio para los Laicos, dicasterio que asiste al Sumo Pontífice en todas las cuestiones que tienen que ver con el aporte que los fieles laicos dan a la vida y la misión de la Iglesia.
Y ahora mismo, mientras desayuno en un café de París y me entero por los subtítulos que aparecen en la pantalla de un televisor con el sonido apagado que el papa Benedicto XVI ha decidido renunciar, vuelvo a recordar aquel busto de Pablo VI.
—FRATES CARISSIMI:Non solum propter tres canonizationes ad hoc Consistorium vos…
No todos los periodistas acreditados ante la Santa Sede están cubriendo en estos momentos el acto que se está celebrando en la Sala del Consistorio de los Palacios del Vaticano. Se trata de un acto más, de un consistorio para el voto de la causa de canonización de tres beatos.
Uno de ellos es Antonio Primaldo, sastre italiano nacido en Otranto en 1400 y que, ochenta años después, fue decapitado por los turcos al negarse a renunciar a su fe cristiana. Con él fueron también decapitadas setecientas noventa y nueve personas más.
En Roma, este lunes, 11 de febrero del 2013, el día ha amanecido gris. Y una de las periodistas que no ha considerado menor, informativamente hablando, el consistorio que está presidiendo en estos momentos el papa Benedicto XVI es Giovanna Chirri, veterana redactora de la agencia italiana de noticias ANSA.
Son las 11:46. De repente, Giovanna Chirri cree escuchar algo imposible y nota que sus piernas comienzan a temblar. Se ajusta las gafas, reflexiona, traga saliva y sí, admite que lo que acaba de decir Benedicto XVI en latín es que renuncia a seguir siendo papa. Giovanna Chirri sabe latín y, además, eso cree ella, el latín del papa alemán se entiende muy bien.
—Os he convocado a este consistorio no solo para las tres causas de canonización sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.
La periodista Giovanna Chirri ha entendido inmediatamente lo que acaba de decir Benedicto XVI. Lo ha entendido mucho antes que algunos de los cardenales presentes en la sala. También lo ha entendido enseguida el director del coro de la Capilla Sixtina, Massimo Palombella, que ha alertado en voz baja a sus componentes. Así lo contará a un periódico peruano el barítono de esa nacionalidad, Augusto Garay, según el cual algunos cardenales no dominan demasiado el latín. Quizá el barítono exagera o quiere presumir ante sus compatriotas de que él sí lo domina.
Pocas horas después, el decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, llamado el Diplomático, definirá muy bien el impacto, la conmoción que han provocado las palabras de Benedicto XVI.
—El anuncio de la renuncia de Benedicto XVI ha sido como un rayo en un cielo sereno.
Alessandro di Meo es uno de los fotógrafos que, segundos después de conocerse la noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI, se ha dirigido a la plaza de San Pedro. Sabe que el papa alemán no se asomará a la ventana de sus aposentos privados, pero solo los fotógrafos de prensa o fotoperiodistas, como algunos gustan de definirse, siguen teniendo esa cualidad sin la cual el periodismo no existe: la tenacidad, la confianza en que la oportunidad, la foto, les puede salir al encuentro. Y para que eso sea posible, para atrapar, para cazar la foto, hay que estar donde está la noticia, que nunca está en las redacciones de los periódicos o las televisiones.
Alessandro di Meo observa el cielo romano o vaticano, comprueba que amenaza tormenta, ve un primer relámpago y piensa que quizá tendrá suerte.
Varias horas después, esas largas horas del cazador, a las 19:30, la tormenta le regala al fotógrafo lo que estaba esperando: un rayo impacta contra la cúpula de la basílica de San Pedro. El tiempo de exposición ha sido de 8 segundos y no ha apoyado la cámara en un trípode sino en una de esas vallas que, en determinados días, también en la plaza de San Pedro, sirven para contener o distribuir a los turistas y a los fieles.
El rayo que acaba de fotografiar Alessandro di Meo es tan oportuno, tan perfecto, que horas después, cuando la instantánea dé la vuelta al mundo, algunos lo acusarán de haber realizado un montaje. Otros fotógrafos, también presentes en la plaza de San Pedro en estos momentos, no han tenido tanta suerte. Uno de ellos ha cazado también al rayo, pero horizontalmente, y por eso se lamenta. Sabe por experiencia que cuando llegue a su diario los compañeros de maquetación le dirán que esa horizontalidad le quita mucha fuerza a la instantánea y por eso no merecerá aparecer en la portada.
Alessandro di Meo ha tenido suerte: su foto es vertical.
No solo esos aficionados a lo apocalíptico, mercaderes de profecías y vendedores de misterios a granel utilizarán esa foto como un signo, como una señal, como un aviso, como un presagio. Después de ese rayo, incluso algunos de los periodistas católicos más influyentes en el Vaticano están pensando en estos momentos en el popular Malaquías, que aunque se le tenga por santo no lo es, pero que da igual porque siempre se recurre a él cuando muere un papa.
Esta tarde, pese a la lluvia, entran y salen muchos periodistas de los estudios de Radio Vaticana, cuyo director es el también portavoz vaticano y jesuita Federico Lombardi. Esos estudios y sus oficinas parecen la ONU, algo que suele suceder en casi todas las dependencias de la Iglesia católica en Roma y, sobre todo, en el Vaticano. Indios, colombianos, keniatas, tamiles, croatas, argentinos, mexicanos, alemanes, irlandeses, españoles, nigerianos, polacos, brasileños, chinos, etcétera.
Radio Vaticana emite en más de treinta idiomas. También en tigriña, que es una lengua que se habla en Etiopía.
Un periodista italiano, que quizá sea también sacerdote, habla por teléfono con alguien que le ofrece algo que no parece entusiasmarle o tal vez no le concede demasiada credibilidad.
—¿Me estás diciendo que conoces a alguien que está escribiendo un libro que vincula la renuncia de Benedicto XVI con el tercer secreto de Fátima? ¿Que ya lo ha escrito? ¿Y dices que es profesor en la universidad?… No sé qué decirte. ¿Y cuándo sale ese libro?
Dos semanas después alguien será noticia con un libro que sostiene ese mismo argumento, pero eso aún no ha sucedido.
Lo único cierto o real es que en el vestíbulo de Radio Vaticana, peleándose con dos o tres teléfonos móviles, puede verse muchas veces a la periodista española Paloma Gómez Borrero, a quien un colega de la BBC me definió en cierta ocasión como «el mejor atajo» si tienes que transitar por el Vaticano.
Cambian los papas, pero Paloma, a su manera, permanece.
Pero esta tarde-noche, la del rayo caído en la cúpula de la basílica de San Pedro, la de la renuncia de Benedicto XVI, Paloma Gómez Borrero está muy afectada.
También ella esta mañana estaba presente en la Sala del Consistorio, pero parece confundir las horas y en estos precisos instantes, a través de una radio nocturna, ignoro si en directo o en diferido, cuenta que el rayo cayó sobre la cúpula de la basílica de San Pedro minutos después del anuncio de la renuncia papal.
—Pues no sé… Pensando en un papa que renuncia, aunque tenga todo el derecho a renunciar, pues no sé… piensas… no sé… piensas que quizá sí que ese rayo ha sido un signo, pero en fin… Yo creo que el papa renuncia, pero no huye. Y fíjate, yo intuía que iba a pasar algo parecido a lo que ha pasado. Lo digo porque veía como menguaba su fuerza física, como se iba reduciendo, como se iba consumiendo. Se estaba quedando pequeñito. Y ese ojo nublado que tiene y que se le iba poniendo gris, velado…
A Paloma Gómez Borrero algunos de los periodistas italianos más veteranos y corresponsales españoles más jóvenes la llaman cariñosamente la Abuela. Y, casi todos, la consideran un símbolo creado por el papa polaco.
Paloma Gómez Borrero sabe que ya casi nada es igual que cuando vivía su muy querido Juan Pablo II. Antes, durante los vuelos de los viajes papales, el pontífice abandonaba su butaca, se dirigía a la parte del avión que ocupaban los periodistas y los saludaba uno por uno. Cuando el papa polaco ya tenía problemas de movilidad respondía sentado, desde su butaca, pero siempre tenía una atención especial con la periodista española. O sea, que cuando el entonces portavoz Joaquín Navarro-Valls decía que se habían acabado las preguntas, Juan Pablo II, con el micrófono en la mano, replicaba:
—No, no. Paloma sí puede preguntar.
El periodismo sabe que, en materia de cardenales papables, casi nadie acierta en sus vaticinios, sobre todo los que presumen de estar mejor informados. Pero pese a esa terca realidad el periodismo sigue insistiendo. Además, cuando muere un papa o, como en este caso, renuncia y no se sabe qué preguntar a un cura, obispo o teólogo popular, que es algo que suele pasar muy a menudo, sobre todo en España, en tiempos de cónclave siempre se acaba preguntando por los cardenales favoritos. Y también Paloma Gómez Borrero los tiene.
—Yo creo que los cardenales intentarán que el nuevo papa sea italiano. De los italianos se habla mucho de Angelo Scola, arzobispo de Milán, pero aunque solo tenga 71 o 72 años yo lo veo ya muy mayor. Yo vería más a Angelo Bagnasco, que es el presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Es un hombre muy válido. También me gusta Mauro Piacenza, el prefecto de la Congregación para el Clero. Ah, y tengo a mis americanos. Entre ellos a un capuchino de Boston, que a mí me recuerda mucho a Francisco de Asís.
Quizá se refería al barbado cardenal de Boston, Sean Pa-trick O’Malley.
No sé por qué, pero en estos momentos acude a mi mente la imagen de cierto salesiano español, ya fallecido, secretario personal de un influyente cardenal de la curia romana, que en una ocasión me dijo:
—No hay cardenales progresistas y conservadores. Solo hay cardenales, pero esto los periodistas no lo queréis entender.
—Yo tenía entendido que solo hay cardenales de derechas y de muy de derechas.
Aquel diligente secretario, buen cura y buena persona, negó con la cabeza.
No habrá cardenales progresistas, pero a Carlo Maria Martini, que afirmaba que cada uno guarda en su interior a un creyente y a un no creyente que se interrogan recíprocamente, se le tenía por progresista. Un cardenal progresista, aquel Martini elegante y solo derrotado por el Parkinson, que se despidió diciendo o escribiendo: «He llegado al tiempo en el cual la edad y la enfermedad me envían una clara señal de que es hora de apartarse de las cosas de la Tierra para prepararme a la próxima llegada del Reino. Prometo mis oraciones para todas vuestras preguntas no contestadas.»
¿De qué hablarían el papa Benedicto XVI y aquel cardenal con fama de progresista cuando se reunieron por última vez en Milán hace solo unos meses?
SOR CARMEN SE ACERCA decidida a sus noventa años. Es una monja navarra que pertenece a las Hermanas de la Concepción, congregación fundada en Mataró por la francesa Alfonsa Cavin y cuyo objetivo fue escolarizar a niñas pobres y huérfanas. Pero la demografía, sobre todo en Europa, a veces obliga a cerrar colegios por falta de alumnos. Por eso sor Carmen trabaja desde hace muchos años en una residencia para peregrinos ubicada cerca del Vaticano, en Via Monti di Gallo. Una residencia austera, pero limpia y cálida.
Mientras observo a sor Carmen, simpática, menuda, activa y sonriente, pienso que solo se puede llegar a viejo así: conservando la mirada y la sonrisa de cuando eras niño o niña, si es que se ha tenido una infancia más o menos feliz, porque tampoco conviene idealizar la infancia.
—Obedecer es muy fácil. Se trata de no querer mandar. Así de sencillo. Entendámonos: obedecer por amor a Dios, claro. Y, hombre, pues no se puede negar que a veces tienes tus días con sombra, pero con fe eso solo dura un rato. Como todas las tormentas.
—¿Y el rayo…?
—Un rayo.
—¿Y lo del papa?
—Pues Dios sabrá. Dios lo sabe todo.
Sor Carmen ha tenido muchos hermanos y quizá por eso y porque su padre siempre pensó que alguno de sus hijos acabaría en la Iglesia no tuvo problemas cuando decidió hacer público que quería meterse a monja.
—Cuando se lo dije a mi padre me sorprendió diciendo que le daba una alegría porque él siempre había querido que uno de sus hijos fuese cura o monja. No tuve, pues, problemas.
La residencia en la que trabajan sor Carmen y varias monjas más, entre ellas una nacida en Morella, Castellón, ha conocido ilustres visitantes. Sobre todo en los tiempos del Concilio Vaticano II. Pero entonces, Juan Pablo II solo era un prelado polaco llamado Karol Wojtyła y Benedicto XVI un teólogo que respondía por Joseph Ratzinger.
El arzobispo Justo Mullor, que ha sido nuncio apostólico en varios países, observador permanente en el Consejo de Europa y Naciones Unidas, presidente de la escuela diplomática de la Santa Sede y miembro de la Congregación de los Santos, era entonces, cuando él y sor Carmen eran jóvenes, un cura andaluz y un hijo único muy orgulloso de su madre. Justo Mullor no ha llegado a cardenal por decir la verdad y en su momento, que ese es el mérito.
—Fíjese si han pasado años y aún me acuerdo de la madre de don Justo. Era una mujer muy guapa: rubia, con ojos azules. Y mire si el mundo ha dado vueltas desde entonces. Él ha llegado muy alto y yo sigo aquí. Pero ya se lo he dicho antes: obedecer, por amor a Dios, es muy fácil.
—Cuando visite a don Justo le daré recuerdos de usted.
—Hágalo, sí. ¿Cuándo lo visitará?
—Un día de esta semana. Don Justo suele decir que Dios cree en el hombre.
—Yo también lo creo.
Roma siempre me cuenta algo nuevo.
Hoy, pegadas en la base de la estatua de Pasquino, próxima a la Piazza Navona, dos de las muchas cuartillas ironizan sobre el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado y hombre fuerte del Vaticano. Él será el camarlengo desde que Benedicto XVI renuncie hasta que se elija a un nuevo papa. Otras cuartillas se ocupan de las próximas elecciones, es decir, de Berlusconi y de Monti. Sobre todo de Berlusconi, a quien en un poema satírico definen como Berlusca Pare Dracula, «che come morde, eiacula».
La estatua de Pasquino, donde tradicionalmente los romanos han liberado sus malos humores, es el fragmento de una escultura helénica que quizá representa a un guerrero. Unos ven en ella a Menelao, otros a Áyax y los hay que se deciden por Hércules. El nombre, Pasquino, la leyenda se lo atribuye a un barbero y poeta satírico. Y otros creen que el nombre se debe al parecido físico del supuesto guerrero con cierto profesor llamado Pasquino.
La estatua de Pasquino es, pues, una de las cinco «estatuas parlantes» de Roma. Quizá la más «parlante».
Llego, andando, por supuesto, hasta Campo di Fiori, observo que a los pies de la estatua de Giordano Bruno hay una rosa roja y me dirijo hasta la Universidad Pontificia Gregoriana, la de los jesuitas. Es una manera de rendir un pequeño homenaje al padre Josep Maria Benítez, quien durante muchos años fue profesor de historia de la Iglesia en esta universidad.
La noche es fría, y en las escaleras de la Gregoriana veinte o treinta inmigrantes paquistaníes, más o menos paquistaníes aunque quizá sean indios o tamiles, parecen esperar sentados que una nueva tormenta se haga realidad. Si llegara en estos momentos san Francisco Javier supongo que sonreiría. Ahora ya no es necesario viajar al lejano Oriente. Ahora el Lejano Oriente, el Oriente Medio y África están ya en Europa.
Los paraguas plegables, esos que apenas duran una hora de lluvia no muy intensa, los vendedores ambulantes los tienen escondidos adecuadamente en varios puntos de la Piazza della Pilotta. Todo está, pues, preparado para cuando llegue la lluvia. Si llega la lluvia se activará inmediatamente la venta de paraguas plegables. Si llega la lluvia toda Roma se convertirá en un mercado ambulante de paraguas plegables.
El marketing directo que hacen posible estos inmigrantes, supongo que muchos de ellos ilegales, es desoladoramente eficaz. Si llueve, paraguas. Si hace sol, sombreros. Si amanece con sol, bolsos de imitación. O relojes.
Observo a los desesperados del paraguas plegable, a esos nuevos y cada vez más numerosos esclavos y pienso en esos seis mil manuscritos y códices antiguos que durante cinco siglos estuvieron escondidos tras un muro y que pertenecen al archivo histórico de la Gregoriana.
La visión del presente me horroriza.
Decido ir a cenar a la Cantina Tirolesa, situada en la Via Vitelleschi, lugar que solía frecuentar Benedicto XVI cuando era cardenal. Así lo recuerda una placa metálica en la mesa seis, que era la que acostumbraba a ocupar. Pero al llegar a la cantina descubro que cierra los lunes.
Cambio el gulasch por una pizza. Doy, pues, media vuelta y me dirijo al Trastevere.
En el televisor, situado en la entrada de la pizzería, han comenzado ya los reportajes llamados «humanos». En estos momentos, tras la barra del bar de la pizzería, un caballero de esmerado bigote habla de los mocasines rojos de Benedicto XVI y de su zapatero, que, según el del esmerado bigote, es Adriano Stefanelli.
—Acabo de leer que se los hace un zapatero peruano que tiene una tienda en Borgo Pio: Antonio Arellano.
—Son de Stefanelli. Se lo digo yo. Con un italiano no se puede discutir de zapatos.
El hombre de esmerado bigote, que parece ser el dueño de la pizzería, se ha convertido repentinamente, como sucede con muchos periodistas, en un experto vaticanólogo.
—Aquí todos piensan que el papa Benedicto es aburrido porque es alemán y sabe tocar el piano, pero se equivocan. Pocos saben que la serie de televisión que más le gustaba era Don Camilo y Peppone. Toda la gente inteligente tiene sentido del humor.
Para entrar en ambiente le pregunto por el rayo.
—Señor, ese rayo ha tenido una única intención: el de arriba, el que manda, quiere que el próximo papa sea italiano, que ya va siendo hora. ¿Usted es español?
—Sí.
—Perdone, pero ustedes no tienen nada que hacer en el próximo cónclave.
—¿Está usted seguro?
—Seguro.
Tanto en Roma como en el Vaticano la tormenta no ha pasado. Ya no llueve, pero la tormenta real, la verdadera, aún no ha pasado. No ha hecho más que empezar.
El amigo de Benedicto XVI y expresidente del Senado italiano, Marcello Pera, ha dicho esta tarde que el papa ha querido evitar el cruel e inhumano espectáculo que protagonizó Juan Pablo II. «Aquello fue un calvario.» Y el jefe de la oficina de prensa de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, que es matemático, hace gala una vez más de saber lidiar los peores morlacos. Lombardi es la seriedad, la credibilidad, la solidez peinada con raya, pero sin información todo eso acaba siendo insuficiente. Lombardi nunca ha tenido el acceso ni por supuesto la amistad que su predecesor en el cargo, Joaquín Navarro-Valls, tuvo con su papa, con Juan Pablo II. Lombardi, hasta hace unos meses, ha tenido que improvisar y eso, tratándose del Vaticano, tiene mucho mérito.
Lombardi ha dicho ante los periodistas que hasta que la renuncia de Benedicto XVI no se haga efectiva el 28 de febrero a las ocho de la tarde seguirá ejerciendo como papa. Luego, el jesuita ha añadido que a partir de ese día y esa hora, el papa dejará de serlo y partirá hacia la residencia vacacional de Castel Gandolfo, situada a veintitrés kilómetros del Vaticano. Allí permanecerá hasta que concluya el cónclave, que se convocará el mismo día 28.
Tras la elección del nuevo papa, el cardenal Ratzinger, que quizá sea nombrado obispo emérito de Roma —eso es lo que ha comenzado a insinuarse—, se instalará en un monasterio de monjas de clausura ubicado en el Vaticano, el Mater Ecclesiæ.
—Pero eso no quiere decir que el papa vaya a vivir recluido. Podrá viajar, ver a gente, escribir libros, etcétera. En definitiva podrá hacer lo que le apetezca.
Finalmente cambio la pizza por unos tortellini. La culpa la tiene mi amigo Jordi Pujol Soler, que hace pocos minutos me acaba de contar por teléfono una anécdota que solía contar el cardenal Carlo Caffarra y atribuida a su predecesor en el arzobispado de Bolonia, el también cardenal Giacomo Biffi.
—Biffi, que, cuando se jubiló, también decidió recluirse en un lejano y perdido monasterio, siempre solía decir que comer tortellini teniendo la certeza absoluta de que el llamado Paraíso existe es la mejor manera de saborearlos.
REGRESO ANDANDO a la residencia donde estoy hospedado. En determinados momentos, en Roma, al periodismo le sienta mejor una residencia dirigida por monjas que un hotel.
Y este es uno de esos momentos.
Al llegar al Vaticano, en la Via della Conciliazione, frente a la Sala Stampa, varios mendigos se preparan para dormir su noche, que es más fría que la mía. La Sala Stampa es donde el portavoz del papa acostumbra a dar las ruedas de prensa.
Imposible no recordar en este instante a Federico Lombardi, el portavoz de Benedicto XVI.
—Disculpe, pero no soy su portavoz. Soy el director de la Sala Stampa.
—De acuerdo.
Al jesuita Federico Lombardi, también director de Radio Vaticana, lo conocí un día del mes de octubre del 2006. Fue una semana después de que ciertas palabras de Benedicto XVI pronunciadas en Ratisbona se entendieran mal y causaran algún revuelo en el mundo islámico. El papa, posteriormente, se disculpó, pero Lombardi me dijo que Benedicto XVI no tenía que haber pedido perdón porque, además de que sus palabras se descontextualizaron, nunca tuvo la intención de ofender a nadie.
Al recordarle que, siendo aún cardenal, Benedicto XVI dijo que la Iglesia católica no era cuestión de cantidad, Lombardi, hombre sereno, reflexivo y sutil, me respondió que la vida no está hecha de momentos excepcionales. O sea, que no estaría de acuerdo con mi anterior reflexión sobre la residencia de monjas y el hotel.
—La vida no está hecha de momentos excepcionales porque también existe la cotidianidad que profundiza en la fe. Creo que también Juan Pablo II sabía que no todo reside en la concentración de grandes masas. Pero si estas se viven como una gran manifestación de fe puede ser algo muy positivo.
Lombardi me describió a Benedicto XVI como una persona de una amabilidad y humildad excepcionales.
—Por cierto, es también muy espontáneo. ¿Le sorprende?
—Francamente, sí.
—Pues lo es.
Al abordar la personalidad intelectual de Benedicto XVI el director de la Sala Stampa me dijo.
—Las cualidades intelectuales del papa permitirán dar una gran riqueza de contenido a su magisterio. Algo que puede ser muy útil para el diálogo entre la Iglesia y la cultura contemporánea.
Luego, mientras mi compañero y amigo el fotógrafo Agustí Carbonell se desesperaba, muy educadamente, porque la austeridad del despacho oficial de Lombardi era lo más alejado a esa escenografía vaticana que siempre aparece en las películas, le pregunté si es cierto que cuando la religión languidece renace la magia.
—No toda la religiosidad es buena. Ciertas formas de superstición son una corrupción de la idea de Dios y de la religión y se transforman en una esclavitud para el hombre, no en su liberación.
—¿Por eso el papa ha dicho que quiere ampliar el concepto de razón?
—Sí. La razón es muy importante para una religión pura, porque el uso de la razón en la fe ayuda a la propia fe y, además, impide que la religión se corrompa.
—¿Cómo pueden llevarse bien religión y razón?
—¿Pretende que resolvamos en esta entrevista todos los problemas intelectuales?
—Sí.
—Ja, ja. Pues vamos a intentarlo. Bien, hablando en serio: la fe es razonable. Es razonable creer. Yo no puedo obligar a creer con la razón. La razón no me obliga a creer, pero me puede permitir entender que creer es razonable. Una razón que se enroca, que se encierra en sí misma, no reconoce ciertas dimensiones del misterio, es decir, del límite al que la razón llega en su ejercicio. También en las ciencias existen unos confines a los que la razón llega dándose cuenta de que no puede ir más allá y que hay cosas que no se pueden explicar.
Faltan unos minutos para las once de la noche, que es la hora en que, según me han dicho, Benedicto XVI se va a dormir. Quizá sí. Lo cierto es que mientras cruzo la plaza de San Pedro miro hacia las ventanas de sus apartamentos privados y observo que en dos de ellas hay luz. Y sí. A las once en punto se apagan.
Reanudo mi andadura y pienso que Benedicto XVI es el primer papa que realmente me ha interesado. Lo que quiero decir es que he leído bastantes cosas suyas. También me han hecho reflexionar algunas de sus respuestas. Sobre todo sus respuestas más libres, que fueron, quizá, las de su época de cardenal. Este papa que acaba de anunciar su renuncia me ha obligado a pensar. Y sé que ha obligado a pensar a muchos intelectuales, incluso agnósticos y ateos.
Lo primero que me viene ahora mismo a la memoria es su primera aparición, el día que fue elegido, en el balcón principal de la basílica de San Pedro. Aquel jersey negro, cuyas mangas se veían bajo sus primeros paramentos papales, comenzaron a humanizar a un personaje del que nunca se dudó de su brillantez y capacidad intelectual, pero sí de su talante. Yo creo que a un verdadero inquisidor no se le distraen las mangas de su jersey negro.
El teólogo que, en su día, antes de que algunos de sus amigos, admiradores y estudiantes le acusaran de haberse convertido a la intolerancia, dijo que en Roma no se hacía buena teología, se había convertido en el obispo de Roma.
Luego, una respuesta suya, «Europa no se quiere a sí misma», me pareció de una lucidez aparentemente sencilla que aún hoy sigo pensando que es el mejor diagnóstico clínico que se ha hecho sobre nuestro continente. Más tarde, cuando hablaba de sus compositores favoritos y describía alguna de sus obras, volvía a demostrar que hasta a los papas les sienta muy bien la cultura.
Dicen los entendidos que todo papa es un misterio. Quizá sí. Y si eso es verdad no hay duda de que Benedicto XVI ha sido un misterio muy musical.
Ignoro si a la famosa curia romana le habrá sentado bien que un papa haya despertado el interés de muchos intelectuales, incluso ateos o agnósticos. Sospecho que no. Lo cierto es que este papa, al hablar de «fe adulta», ha demostrado que demasiadas veces y demasiados sacerdotes, obispos, cardenales y religiosos lo único que hacen es aburrir a la parroquia improvisando unos tebeos que no interesan a nadie. Ni siquiera a los creyentes.
Sin cultura no hay buen discurso o, en el caso que nos ocupa, buena homilía.
Ignoro también si el extravertido, ameno y culto cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y quien predicará los ejercicios espirituales de Cuaresma a Benedicto XVI y la curia romana, estaría de acuerdo con lo que digo. Sí sé, porque he escuchado alguna intervención suya en actos culturales, que no aburre a las ovejas.
Ravasi, de quien, por cierto, se dice que es uno de los cardenales que podría ser el nuevo papa, ha comparado a Benedicto XVI con Moisés.
—Su presencia será contemplativa, como la de Moisés, que sube al monte para rezar por el pueblo de Israel, acampado en el valle y combatiendo a los amalecitas. Valle donde hay polvo, miedo, terror e incluso íncubos, pero también esperanza.
Íncubos. ¿En quién estaría pensando el cardenal Ravasi?
«DE LA CRUZ no se baja.»
Leo el tuit y pongo en duda su autenticidad. No creo que el cardenal Stanisław Dziwisz, grueso y de aspecto bonachón, secretario y amigo de Juan Pablo II, haya dicho lo que casi todos los periodistas que se ocupan de la información vaticana están divulgando en estos momentos.
Luego, pensándolo mejor, me imagino al cardenal Dziwisz en su despacho oficial del palacio arzobispal de Cracovia, Polonia, poniéndose en pie y acercándose a la ventana central, que da a una plaza. Si no recuerdo mal, la fachada de ese palacio es del mismo color que cierta tierra sevillana: albero. Me lo imagino mirando a la plaza y llevando en la mano los folios que contienen el texto íntegro del inesperado discurso de la renuncia de Benedicto XVI. Me lo imagino volviéndolos a leer.
«Para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio es necesario el vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.»
Sigo imaginándome al cardenal Dziwisz levantando la vista del papel y pensando en lo que en cierta ocasión le dijo un ya muy enfermo Juan Pablo II. Luego, mientras lo imagino recordando cuántas veces se le aplaudió desde la plaza que está observando, pienso que le viene también a la memoria aquella larga entrevista que el periodista alemán Peter Seewald le hizo al cardenal Ratzinger para el libro La luz del mundo. En aquella entrevista Ratzinger dijo que cuando un papa tiene conciencia clara de que ni física, ni mental ni espiritualmente es ya capaz de realizar adecuadamente su labor, su ministerio tiene, en determinadas circunstancias, no solo el derecho sino el deber de dimitir.
Me imagino al cardenal polaco regresando a su escritorio, sentándose y leyendo ahora lo que el portavoz de Benedicto XVI, el jesuita Federico Lombardi, ha dicho tras la renuncia.
«En aquella ocasión, cuando el cardenal Ratzinger habló ante el periodista Peter Seewald de la posibilidad de una renuncia por parte de un papa, también dijo lo siguiente: “Un pastor nunca huye de los lobos y deja solo al rebaño.” De modo que si acaba de anunciar su renuncia es porque las aguas de la Iglesia están lo bastante serenas como para favorecer una transición pacífica. El papa no está ni triste ni deprimido y ha renunciado al ministerio de obispo de Roma con plena libertad.»
Dudo de la autenticidad del tuit que acabo de recibir, pero la imaginación es libre. Por eso me imagino al cardenal Dziwisz llamando a su secretario personal y decidiendo que, aunque algunas de las palabras que utilizará en su declaración escandalizarán a algunos, su deber, su conciencia y su amistad con Juan Pablo II le obligan a decir exactamente lo que piensa. Y eso es lo que va a decir ahora mismo.
«De la cruz no se baja.»
Mañana, cuando asista en la sala de prensa del Vaticano a la rueda de prensa que dará Federico Lombardi, no podré evitar sonreír. Lombardi, siempre serio, siempre entero, dirá que la frase que ayer circuló por todas las redacciones de los medios de comunicación es falsa, que el cardenal Dziwisz no dijo: «De la cruz no se baja.»
—Desmiento categóricamente esas supuestas declaraciones. El cardenal Dziwisz, en las declaraciones que acaba de hacer públicas, ha mostrado su respeto y emoción por el anuncio que ayer hizo el papa relativo a su decisión de renunciar al gobierno de la Iglesia. El cardenal Dziwisz ha dicho: «Acojo con gran respeto y emoción la decisión del Santo Padre.»
Un colega italiano me mira, sonríe y me pregunta.
—¿Te lo crees?
—A ratos. No sé si lo dijo, pero creo que sí lo pensó.
La tormenta real sobre Roma o el Vaticano no ha cesado y apenas se cita ya al también dimisionario Celestino V. Desde Tokio, concretamente desde la universidad católica Sophia, el jesuita y profesor de bioética Juan Masiá Clavel publica en el diario español El País un artículo que acabamos de comentar en el Caffè Sant’Eustachio entre algunos periodistas españoles que estos días nos encontramos en Roma.
—Masiá ha escrito que la renuncia de Benedicto XVI es una revelación o una profecía.
—Masiá tiene muchos enemigos y por eso los suyos lo enviaron muy lejos, a Japón. ¿Os acordáis cuando dijo que Jesucristo había sentido náuseas y sufrido alucinaciones en el desierto?
—Yo creo que Masiá le ha cogido el gusto a la provocación y eso es siempre peligroso. Pero entiendo que esté resentido.
—Todos sabemos que El País es anticlerical. Eso es algo que todos saben en el Vaticano. Y es una pena, porque un diario que se tiene a sí mismo como de referencia no debería ser anti nada.
—Lo que más habrá cabreado a muchos creyentes es el final del artículo. Acaba diciendo que muchos creyentes con buena voluntad invitan a confiar en el Espíritu Santo. Y haciendo referencia a un viejo chiste, recuerda que para proteger la cúpula de San Pedro se instalaron redes eléctricas que ahuyentan a las palomas. Por consiguiente, según Masiá, el Espíritu Santo no podrá entrar en el cónclave volando.
La tormenta sobre Roma o el Vaticano no cesa, y también en Madrid ha habido controversia.
Yago de la Cierva, que fue director ejecutivo de la Jornada Mundial de la Juventud del 2011, la que se celebró en Madrid, ha publicado en El Mundo un artículo titulado «Una traición a la tradición». En el texto, entre otras cosas, se dice lo siguiente:
Joseph Ratzinger ha sido testigo en primera fila de que la decadencia física no es obstáculo para ser papa. En plena agonía de Wojtyła, afirmó que el magisterio del papa, cuando no podía hablar, era más elocuente que la mejor de las encíclicas.
Benedicto XVI ha hablado de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del papa es una crisis espiritual. Porque si hay algo que este papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las reformas del Concilio Vaticano II no se interpretaran en clave rupturista sino en comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa sus lazos con las de siglos anteriores y ahora rompe con esa tradición de manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del papado para siempre: desde ya sus sucesores se verán presionados como nunca hasta ahora.
Ha roto con su predecesor, Juan Pablo II, que siguió a pesar de los pesares. Y si ese seguir hasta el final fue una de las manifestaciones más elocuentes de la santidad de Karol Wojtyła, ahora muchos fieles no comprenderán por qué su sucesor, en mucho mejor estado de salud que Juan Pablo II, entiende que su deber es renunciar.
España, en algunas ocasiones, suele ser categórica. Sobre todo cuando la voz pertenece a un periodista. Por eso, José Luis Restán, director editorial de la COPE, que confiesa entender perfectamente que es muy saludable la diversidad de sensibilidades en la Iglesia, algo que por cierto aconsejó Benedicto XVI, ha replicado, indignado y escandalizado, a Yago de la Cierva; y lo primero que le dice es que en la decisión de Benedicto XVI no hay ninguna crisis espiritual. También afirma que difícilmente se puede traicionar la tradición cuando el Código de Derecho Canónigo contempla con toda normalidad la posibilidad de la renuncia del papa.
Yago de la Cierva ha respondido pidiendo perdón a quienes pudo ofender con su artículo, pero argumenta que le cambiaron el título. Algo que suele pasar en casi todas las redacciones de diarios.
Yago afirma que el título de su artículo no era «Una traición a la tradición» sino «Ruptura de la tradición».
«Mi título fue “robado” para la portada del diario y ese cambio en el titular distorsionó todo el artículo.» Y prosigue así: «Decir que el papa ha sufrido una crisis espiritual y no física pienso que no es ofenderle sino todo lo contrario: lo incomprensible sería pensar que ha tomado esta decisión en una situación sin ningún tipo de presión. Crisis espiritual no es una pérdida de fe sino la situación ante un cruce de caminos en que las dos opciones tienen gran trascendencia. Y nadie mejor que él para saberlo.»
Lo que sí reconoce Yago de la Cierva es que el empleo del símil del divorcio para ilustrar la renuncia de Benedicto XVI fue desacertado. Y vuelve a pedir perdón a quienes pudo ofender.
A Yago de la Cierva lo conocí aquí, en Roma, en la redacción de la agencia Roma Reports, que entonces dirigía. Lo conocí días antes de que se iniciara el cónclave del que salió elegido papa Benedicto XVI. Durante aquellos días casi todos apuntaban a Joseph Ratzinger como el nuevo papa, pero Yago de la Cierva lo razonaba mejor.
—Una de las novedades que presenta este cónclave es que va a serlo de novatos. Si dos cardenales no se recuperan físicamente será solo Joseph Ratzinger el único cardenal que ha participado en otros cónclaves. De modo que a su prestigio habrá que añadirle una autoridad indiscutible.
Yago de la Cierva también me contó un chiste, uno de esos chistes que tanto le gustaban a Juan Pablo II y que tal vez sean algo más que un chiste.
—Los dos principales y mayores problemas que se planteó Juan Pablo II fueron cambiar el mundo y cambiar la curia romana, es decir, el gobierno de la Iglesia. Y decidió cambiar el mundo porque le resultaba más fácil.
En Jerusalén, uno de los vicarios de la custodia de Tierra Santa, el padre Artemio Vitores, lo tiene muy claro.
—Recuerdo cuando Benedicto XVI visitó la iglesia del Santo Sepulcro y oró en ella. Los pastores, eso lo saben todos, han de cuidar a sus ovejas, y si el pastor está enfermo o ya no puede subir con ellas al monte, esas ovejas se pierden o se las come el lobo. Creo que la decisión del papa ha sido admirable.
Ignoro si el padre Artemio sabe que cuando L’Osservatore Romano describió a Benedicto XVI como un pastor rodeado por lobos no se refería a los lobos de fuera sino a los de dentro.
VEINTITRÉS HECTÁREAS de jardines y parques situados en la colina vaticana y rodeados de muros de piedra.
Gracias a monseñor Miquel Delgado puedo acceder a los jardines privados del Vaticano. A Benedicto XVI lo han fotografiado en alguna ocasión paseando y rezando el rosario en estos jardines junto a su secretario personal, el ya arzobispo Georg Gänswein. Al acercarme a una réplica de la cueva de Lourdes recuerdo también haberlo visto rezar en ella. Un poco más allá, observo una imagen de la virgen de Guadalupe, otro de los lugares en los que solía detenerse y meditar.
Pinos, palmeras, palmas, fuentes, encinas. Todo es silencio, pájaros, estatuas, frescor, verdor y verdín en estos jardines, que en su origen medieval fueron huertas y viñedos. Todo es silencio hasta que los cuervos hacen acto de presencia y te observan con desconfianza.
Avenida San Marco, avenida Gregorio XVI, Largo Madonna della Guardia, avenida de Benedicto XV. Una estatua regalada a León XIII recuerda el encuentro de Atila con el papa León I el Magno, que supo convencer al rey de los hunos para que no siguiera avanzando hacia Roma.
Observo el edificio que alberga las instalaciones técnicas, las antenas y la administración de Radio Vaticana. Vuelvo sobre mis pasos y abajo, a los pies de la colina vaticana, descubro el convento de clausura Mater Ecclesiæ, donde acabará sus días Joseph Ratzinger como obispo emérito de Roma según las últimas pero no definitivas informaciones. En ese convento, ahora deshabitado y creado por Juan Pablo II, vivió una monja española que ahora reside en Madrid y que por vivir en clausura solo ha querido decir que su misión era rezar continuamente por el papa y por el éxito de sus viajes.
En el huerto del convento Mater Ecclesiæ se cultivan las naranjas y se elabora la mermelada que todas las mañanas, a las ocho en punto, después de celebrar la misa, desayuna Benedicto XVI. Café con leche, una rebanada de pan con mantequilla y mermelada de naranja. Hace ya tiempo que el médico le prohibió los bizcochos o las galletas.
En otra parte de los jardines descubro una zona en la que crecen las plantas y árboles citados en la Biblia. Es una buena idea, pero mal resuelta.
La vid, el ciprés, el olivo, el cedro del Líbano, el algarrobo, el sicomoro, el mirto, el laurel, el ricino, el áloe, la artemisa, el cedro, el papiro, la palma de dátiles, la caña, el granado, el ficus, el tamarisco.
Decido sentarme en uno de los bancos en cuyo respaldo aparece el escudo papal de Benedicto XVI. Y sentado, mientras otro cuervo o pájaro córvido, negro, por supuesto, me observa a una prudente distancia, intento hojear algunos periódicos y sobre todo recordar lo que Federico Lombardi, el portavoz de Benedicto XVI, ha dicho hace unas horas en la segunda rueda de prensa desde que se anunció la renuncia del papa.
Cuando se enfrenta a los periodistas, el jesuita y matemático Lombardi, que viste habitualmente clergyman y en invierno se protege de la humedad romana con un jersey gris de pico bajo la chaqueta, se suele llevar la mano derecha al corazón. Y ese gesto, espontáneo, símbolo de la sinceridad, del respeto o del afecto, logra que sus palabras parezcan siempre sinceras, que quizá lo son. También sobre el corazón del papa ha hablado su portavoz y ha reconocido o admitido que es cierto que lleva un marcapasos desde hace diez años, dos antes de que fuera elegido obispo de Roma.
—Es cierto que lleva un marcapasos desde hace diez años. Y también lo es que hace dos meses el cardiólogo Luigi Chiariello le cambió la batería.
Lo que más ha interesado a los periodistas es una frase que podría ser reveladora.
—Es posible que el Santo Padre haya tenido en cuenta y valorado algunos problemas de gobernabilidad, pero fundamentalmente el papel de la Iglesia en el mundo actual.
La razón por la que dejará de ser papa a las ocho de la tarde del 28 de febrero ha causado cierta decepción entre los periodistas. Benedicto XVI cesa sus actividades laborales a las ocho de la tarde. Esa es la razón. Y se va a dormir a las once en punto. Esa es, por lo menos, la hora en que se apagan las luces en las ventanas de su apartamento.
Hoy, algunos diarios publican los breves comentarios que Georg Ratzinger, el hermano del papa, hizo ayer en su casa, en Ratisbona. El hermano mayor del papa, amante del vino español, suele compararlo con las voces de la escolanía del monasterio de Montserrat, algo que el abad Josep Maria Soler no logra entender muy bien. Quizá la influencia de su hermano Joseph tenga algo que ver.
La capa que aparece en el escudo papal de Benedicto XVI indica, según los expertos, un ideal inspirado en la espiritualidad monástica y, sobre todo, benedictina.
Benedicto XVI
