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Cuando se han cumplido los 25 años de su muerte, Henri Nouwen sigue siendo uno de los escritores espirituales más queridos de la época contemporánea. Su viaje espiritual, marcado por una búsqueda incansable de autocomprensión y un anhelo a menudo angustiado por la experiencia de lo divino, lo llevó por caminos que resultan familiares a muchos buscadores espirituales de hoy. Las preguntas con las que él batalló son las mismas que nos seguimos haciendo: ¿Quién soy yo? ¿Quién es Dios? ¿Cómo sé que Dios me ama? ¿Dónde está Él cuando el sufrimiento me rodea? ¿Cómo puedo encontrar la paz interior en tiempos de angustia y turbulencia? Los especialistas en la vida y obra de Henri Nouwen, Chris Pritchett y Marjorie J. Thompson, guían a los lectores a través de una experiencia de retiro, reflexionando sobre estas cinco preguntas existenciales. Y ofrecen conexiones con la vida contemporánea, puntos de reflexión, pausas de oración para la contemplación e indicaciones para participar en la propia búsqueda espiritual... cualquiera que sea la forma que esa búsqueda pueda tomar.
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Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Créditos
Introducción
1. Identidad
2. Dios
3. Amor
4. Sufrimiento
5. Libertad
6. ¿Cómo he de vivir, entonces?
Biografía autor
© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Twenty-Tird Publications/Bayard, New London 2021
Título original: On Retreat with Henri Nouwen. Engaging Life’s Big Questions
Traducción: Roberto Heraldo Bernet
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6500-4
Depósito legal: M. 27.608-2021
Composición digital: Newcomlab S.L.L.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
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«Tiene una recámara de oración, literalmente», me aseguró John, el asistente de Henri. «¿Tú lo has visto?», le pregunté. «Sí, solo una pequeña recámara con una mesa pequeña dispuesta a modo de altar». Y describió el mantel, el icono, el cáliz y el libro de oraciones. Después continuó: «Henri habla de sus problemas con la oración, pero reza todos los días en ese pequeño recinto». Como asistente de Nouwen durante cinco años en la Escuela de Teología de Yale para su docencia, su investigación y sus publicaciones, John conocía muy bien a su mentor. Los vistazos que yo misma pude arrojar a la práctica personal de este gigante espiritual se ampliaron cuando, pocos años más tarde, John se convirtió en mi esposo y entré en la amistad que él y Henri compartían.
Henri Nouwen fue verdaderamente un maestro espiritual del siglo XX. Su legado le asegura un lugar de gran honor en la estirpe cristiana de los maestros formadores, escritores y guías espirituales. Nouwen era un hombre de muchas palabras, autor de más de cuarenta libros, muy solicitado como orador y como guía a través de cartas para literalmente miles de personas de todo el mundo. No obstante, su vida hablaba de forma tan clara como sus palabras. Fue una vida marcada por una intensa lucha a la vez que por una intensa alegría –la paradoja central de su propio camino–. Al escuchar en actitud orante sus propias luchas y alegrías Henri fue capaz de abrir sus descubrimientos y percepciones espirituales a otras personas de una forma notablemente accesible. Su regalo al mundo sigue siendo la profundidad y la sencillez de su enseñanza sobre la vida espiritual cristiana.
Este libro es una aportación a la conmemoración del vigésimo aniversario de la muerte de Henri Nouwen. Su intención es familiarizar más estrechamente al lector con la sabiduría que nos introduce en el don sanador del amor de Cristo a toda la humanidad. Cada capítulo de este libro reflexiona sobre ideas y temas relacionados con el arte de vivir una vida auténticamente cristiana, algo profundamente central en la obra de Nouwen. Del mismo modo en que él luchó con estos temas y creció abordándolos en su vida, los escritos de Nouwen sobre dichos temas nos invitan a crecer a nosotros también más profundamente para recibir y transmitir el amor fiel de Dios.
En el lenguaje de Henri, «el arte de vivir» solo puede entenderse como el arte de la vida espiritual. Él no estaba interesado en una vida animada por los valores del mundo o enamorada de esos valores. Más aún, quienes lo conocieron descubrieron pronto que estaba arraigado solo de forma tenue en este mundo físico. Su interés en la comida era en gran medida una cuestión de ingerir las calorías adecuadas. En la mesa con amigos o colegas saboreaba mucho menos la comida física que la conversación. John recordaba los habituales almuerzos en el apartamento de Henri, donde le servían la sopa de champiñones dorados de Campbell, a la que Henri había añadido con orgullo un chorrito de vino. La vestimenta no era tampoco una preocupación particular de Henri. Su atuendo básico era predecible. Una vez participó en un viaje de campamento vestido con los mismos pantalones oscuros, camisa blanca y mocasines que habría llevado a la sala de conferencias. La mente y el corazón de Henri estaban fijos en la presencia de Dios en este mundo. Su ministerio era una invitación a entrar en comunión espiritual con Cristo a través de la oración contemplativa y, desde ese corazón centrado, ofrecer un servicio compasivo al mundo que Dios tanto ama. La invitación que Henri nos dirige refleja su propio llamado a vivir sin miedo en el Espíritu mientras estemos vivos en este mundo.
Nouwen dirigió ocasionalmente retiros y, desde luego, los retiros formaron parte de su propia formación como sacerdote. Cuando asistí a las clases de Henri como becaria de investigación en Yale, él me urgió a hacer un retiro ignaciano de cuarenta días en el mismo centro jesuita de Ontario donde él había hecho su retiro años antes. Henri sabía de la importancia de concedernos espacios de tiempo para descansar en la presencia de Dios y, simplemente, escuchar. Sospecho que el fuerte énfasis de Nouwen en la soledad, la oración y la reflexión escrita proviene de su propia experiencia con los retiros prolongados. Unos años antes de que me encontrara por vez primera con Henri, a él se le había concedido el privilegio sumamente inusual de ser acogido como «monje temporal» en la abadía trapense de Genesee al norte del Estado de Nueva York. Para Henri esto significó un alejamiento de siete meses de su programa de clases y del circuito de conferencias para poder, como él mismo dijo, enfrentarse a sus propias compulsiones e ilusiones. En su introducción al diario que llevó durante esa primera estancia en Genesee pregunta: «¿Hay un punto de quietud donde esté anclada mi vida y desde el cual pueda establecer comunicación con esperanza, valentía y confianza?»1. Tal vez las palabras de Henri hallen resonancia como una pregunta motivadora en nuestros propios deseos de hacer un retiro espiritual.
Yo te invito a dejar que este libro sirva de guía en tu propio retiro personal. Cada vez que leas un fragmento de estas páginas, entra en un espacio situado fuera de tus actividades y preocupaciones del día a día. Sea que te encuentres bajo techo o en el mundo natural, que ese tiempo sea para la reflexión y meditación orantes, como si el lugar en que lees y escribes en tu diario fuese tu santuario privado. No hay ningún marco de tiempo particular para este retiro. Puedes escogerlo como mejor te plazca. La sabiduría de Nouwen te servirá de alguna manera como guía. Pero Henri querría recordarte que, al elegir abrirte de forma más intencional a Dios, el Espíritu Santo se convierte en tu verdadero director espiritual.
Los capítulos de este libro representan una secuencia natural en nuestra vida espiritual. El libro comienza con preguntas sobre nuestra identidad: ¿Quién soy? Cuando nuestra búsqueda nos lleva a descubrir nuestra verdadera identidad en Dios, la pregunta pasa a ser: ¿Quién es Dios? Nuestras imágenes y nuestra comprensión sobre Dios, exploradas y ampliadas, nos conducen al verdadero núcleo del ser divino: el amor. El amor parece como la respuesta feliz a todos los deseos de nuestro corazón, pero nos descubrimos a nosotros mismos naufragando en los escollos del sufrimiento, del dolor humano tanto personal como colectivo. ¿Cómo podemos comprender la relación entre el amor de Dios y el sufrimiento? Los retos del sufrimiento nos llevan finalmente a considerar la relación entre la vida y la muerte. Estos temas conforman el arco del libro y son la fuente de los títulos de sus capítulos.
Mientras vivía en Genesee, Henri se encontraba regularmente con su director espiritual, el abad John Eudes Bamberger. Un día, Henri le preguntó: «Cuando hago oración, ¿a quién se la dirijo?». El abad le respondió: «Esa es la verdadera pregunta... Descubrirás que la oración involucra cada una de las partes de ti mismo, porque la pregunta “¿quién es el Señor a quien rezo?” nos lleva directamente a la pregunta “¿quién soy yo, que quiero orar al Señor?”... Esto te lleva al centro de la meditación»2. El P. John Eudes podría haber citado una de las oraciones de toda la vida de san Francisco de Asís: «¿Quién soy yo, oh Dios, y quién eres tú?». Aun con su simpleza, estas preguntas no pueden responderse de manera simplista: a lo largo de la maduración de la fe encontramos respuestas parciales, no definitivas. Estas preguntas nos llevan más bien de forma directa al corazón de un misterio inagotable. Esto las convierte en buenas preguntas para el comienzo de tu retiro.
Cada capítulo concluye con preguntas para la reflexión. Escoge aquellas que le hablen a tu vida y atraigan tu corazón a la reflexión. Una pregunta puede plantearte otra relacionada con ella que no esté sugerida en el libro, pero que tú percibes como más importante para su consideración. Sigue el impulso interior del Espíritu.
Además de preguntas encontrarás unas pocas sugerencias para la «acción» de entre las que puedes escoger. Están diseñadas para ayudarte a profundizar: quizá te lleven a utilizar la imaginación para abrir un texto de la Escritura, o una imagen esbozada para explorar el tema de forma más plena; quizá te inspiren un nuevo compromiso en tu práctica espiritual o tendiéndole la mano a otra persona. Estos ejercicios activos sirven para integrar nuestras facultades humanas estimulando el cambio en nuestras formas habituales de pensar, de sentir, de hablar y de actuar. Así, la reflexión orante y la acción nos ayudan a entrar más plenamente en el sentir de Cristo (cf Filipenses 2,5).
Para obtener el mayor beneficio del retiro es útil llevar un diario. Para Henri Nouwen escribir era una práctica espiritual. Escribía tanto que a veces le acusaban de no tener nunca un pensamiento no publicado. Pero, tal como mi esposo llegó a percibir con creciente claridad, «Henri procesaba su vida a través de su pluma». Con el tiempo, Henri aprendió lo siguiente sobre sí mismo: «Cada vez me doy más cuenta de que, para mí, escribir es un modo muy poderoso de concentrarme y clarificarme a mí mismo muchos pensamientos y sentimientos. Una vez que pongo la pluma sobre el papel y escribo durante una hora o dos, me sobreviene una verdadera sensación de paz y de armonía»3. Henri llegaba a ver su vida de forma más clara y calmada cuando escribía.
Los beneficios de llevar un diario en combinación con la oración meditativa son muchos. El primero está relacionado con lo expresado por Henri: el mismo proceso de consignar por escrito los pensamientos tiende a clarificarlos. Las ideas que nos dan vueltas por la cabeza pueden resultar confusas y desordenadas. Escribirlas nos ayuda a clasificarlas, haciéndolas concretas y específicas. A medida que vamos dando más sentido a nuestros pensamientos encontramos en ellos un mayor significado. El segundo beneficio consiste en que la consignación escrita de nuestra experiencia nos permite hacer un seguimiento de nuestra comprensión a través del tiempo. Escribir nos ayuda a retener lo que, de otro modo, podría ser un recuerdo o una impresión fugaces. Esto, a su vez, nos permite ver cómo nuestros pensamientos crecen, cambian y se conectan con otros aprendizajes a través del tiempo. Llevar un diario puede ayudarnos a reconocer temas recurrentes en nuestro viaje espiritual agregando dimensiones más profundas a experiencias de vida nuevas. Un diario nos ayuda a registrar y a hacer un seguimiento de nuestro crecimiento espiritual.
Desde luego, no todo el mundo se siente impulsado a llevar un diario. Es más, algunos de nosotros sentimos una fuerte resistencia a hacerlo. Podría despertarse en nosotros el temor de que ojos indiscretos descubrieran nuestras reflexiones, dudas y luchas secretas. Quizá ya lo hemos intentado y hemos visto que llevar un diario consumía demasiado tiempo. Puede ser que nos falte confianza en nuestra habilidad para escribir. He aquí unas pocas sugerencias para aliviar estas reservas y aligerar nuestra práctica con el diario.
1. Ten claro que un diario espiritual es solamente para tus propios ojos. Su cometido es ser un lugar para explorar con libertad lo que está en tu mente y en tu corazón –ideas, pensamientos, inspiraciones, interrogantes, conexiones– en la presencia de un amor divino que promueve la libertad. Eres libre para compartir lo que desees con quienquiera que elijas o, por el contrario, reservar tu diario como algo enteramente confidencial. Para asegurar la confidencialidad busca un lugar seguro para guardar tu diario o, si utilizas un dispositivo electrónico, protégelo mediante una contraseña fuerte.
2. Este diario está destinado solamente a tu crecimiento y, puesto que nadie va a calificarlo, puedes escribir de la forma que más te convenga. No se requiere buena gramática, ortografía ni frases completas. No tiene que ser bello, poético o profundo. No cifres expectativas sobre lo que «debería ser» un diario, sino deja simplemente que tus palabras surjan con naturalidad. Apunta notas en frases fragmentarias, añade garabatos o ilustraciones. Podemos ser joviales aun tomándonos en serio el proceso de reflexión.
Si escoges un diario en papel, dedica uno específicamente a este retiro –quizá un cuaderno de espiral o un libro de páginas en blanco–. Asegúrate de tener a mano una pluma o bolígrafo antes de comenzar a leer. Puede ser que quieras apuntarte preguntas o intuiciones que surgen a medida que lees. Un diario te permite reunir tus pensamientos en un solo lugar.
Este retiro combina tres elementos: el libro, tu diario y el espacio físico en el cual lees y reflexionas. Estos elementos están contenidos dentro del contexto más amplio de la presencia conductora de Dios. Querrás invitar al Espíritu Santo a tu retiro cada vez que te sientes a leer, como también querrás agradecer los regalos recibidos al final de cada período de reflexión.
La estructura del retiro depende de ti. Puedes asignarte un tiempo específico por día o por semana, como, por ejemplo, veinte minutos diarios, o una hora el fin de semana. Tal vez prefieras dedicarte a una sección de un capítulo cada noche antes de acostarte. Ten en cuenta tus patrones de energía. Si antes de acostarte tienes demasiado sueño, no sacarás mucho beneficio de la reflexión a esa hora.
Como con todo retiro, haz lo que puedas para asegurarte un espacio tranquilo sin interrupciones por parte de los miembros de la familia, compañeros de la vivienda, llamadas telefónicas o sonidos de avisos electrónicos. Preocúpate de que los que viven contigo sepan cuándo planeas no estar accesible. Apaga los teléfonos móviles y otros dispositivos electrónicos que puedan ser una fuente de distracción durante el período en que has escogido estar accesible para Dios y para tu yo más profundo. El silencio no es nunca absoluto en nuestras vidas, pero habitualmente podemos alcanzar una medida útil de tranquilidad cuando tenemos la intención de proteger nuestra soledad temporal.
Lo único que falta es que invitemos al santuario de nuestro corazón al mismo Dios del cielo y de la tierra, al Señor que nos promete permanecer con nosotros todos los días, al Espíritu que nos guía hacia la plenitud de vida, la sanación y la paz. Henri nos invita a ahora a escuchar más profundamente, a confiar más plenamente y a encontrar nuestra mayor alegría en una comunión más íntima con nuestra Fuente viviente.
«Esos dos son hermanos», dijo Joseph con un fuerte acento keniano. Desde el asiento del conductor señalaba a dos asombrosos guepardos que caminaban tranquilamente por el valle de Masai Mara. Era la puesta de sol. Mi hija de doce años y yo estábamos haciendo un safari al final de una visita a Nairobi. Joseph era nuestro guía. Él acampó con nosotros durante tres días y nos condujo a través de la impresionante naturaleza salvaje. Joseph sabía a dónde ir y cuándo. Sabía cuántos leopardos vivían allí y dónde se alimentaban ciertos animales. Conocía bien los lugares apartados del camino donde seguramente dormían los leones. Sabía cuándo abandonar una manada de elefantes porque esa «mamá» en particular podía cargar contra la furgoneta. Sin un guía hábil, nos habríamos perdido o incluso habríamos muerto.
En muchas cosas la vida espiritual no se diferencia de un safari en la naturaleza salvaje. Hay en ella una belleza impresionante, un mundo de maravillas, y es una ayuda contar con un guía hábil que conozca el terreno y pueda mostrarles a los demás dónde encontrar lo que han venido a descubrir. El P. Henri J. M. Nouwen sigue estando entre los más apreciados de esos guías espirituales.
Este capítulo aborda el concepto de identidad y explora el tema de nuestra condición de personas amadas, componentes vitales de los escritos de Nouwen. Escribe Henri:
Si nos preguntamos honestamente qué personas nos importan más en nuestra vida encontramos a menudo que son aquellas que, en lugar de darnos muchos consejos, soluciones o cuidados, han elegido más bien compartir nuestro sufrimiento y tocar nuestras heridas con una mano suave y tierna4.
Henri Nouwen es alguien que puede conducirnos a través del territorio salvaje de algunas de las preguntas más profundas que nos planteamos, una de las cuales es «¿quién soy?».
Una de las preguntas más importantes que podemos plantearnos a nosotros mismos es «¿quién soy?». Aparte de determinar el cometido y el lugar que nos son propios en este mundo, nuestra verdadera identidad es algo que los sociólogos sugieren que toda persona joven tiene que descubrir a fin de florecer en la edad adulta. A lo largo de la historia la gente joven ha intentado encontrar su identidad primariamente a través de la participación en ritos de paso, como la confirmación o el bar o bat mitzvá. Hoy en día solemos dejar que los mismos jóvenes determinen su identidad a través de las opciones que van tomando en su vida. Les decimos: «Si eliges trabajar con ahínco y entras a la Facultad de Medicina puedes llegar a ser médico, y esa será tu identidad». Esto ejerce una enorme presión en los jóvenes para la creación de su propia identidad.
Henri Nouwen trató en sus muchos escritos el concepto y la cuestión de la identidad poniendo el enfoque en un marco distinto. Para Nouwen, la respuesta a la pregunta «¿quién soy?» no proviene de lo que hacemos, sino de quiénes quiso Dios que fuéramos al crearnos. En el primer capítulo del Génesis se nos recuerda que la humanidad ha sido creada a imagen de Dios, y el corazón de esa imagen es el amor. Somos hijos amados de Dios, y esa condición de ser amados es la que nos motiva y nos marca. Como afirma Henri, «ser el amado expresa la verdad central de nuestra existencia»5. Pertenecemos a Dios y siempre seremos de su pertenencia. Puede que sepamos esto muy bien a nivel de pensamiento, pero las presiones sociales nos tientan a mostrar una imagen de nosotros mismos que, según esperamos, resultará más aceptable. Tenemos hambre de aceptación por parte de los demás, aun cuando eso significa presentar una imagen que es una ficción de nuestra verdadera identidad.
Este comportamiento estuvo a la vista de todos en el escándalo de las admisiones a la universidad que estalló en 2019 en los Estados Unidos, el mayor escándalo de ese tipo en Norteamérica. Cientos de miembros de las élites más ricas del país, desde directores ejecutivos hasta estrellas de Hollywood, quedaron atrapados en una red de sobornos y fraudes tras haber pagado millones para que sus hijos, sumamente privilegiados pero, al parecer, de bajo rendimiento académico, entraran en algunas de las universidades más selectas del país. Según parece, el factor que motivaba a estos padres era el aplauso social de tener un hijo en la Universidad del Sur de California en lugar de en la Universidad estatal de California-Long Beach, o en Stanford en lugar de en la Universidad estatal de San Francisco. Este escándalo reveló el deseo de hacer que la gente creyera que sus hijos lo habían obtenido por mérito propio. Creo que el mensaje que Madrid 2005). esos padres enviaron a sus hijos es el siguiente: «Tú importas en la medida en que obtengas rendimientos, o en la medida en que me hagas quedar bien, o en la medida en que tengas éxito, seas popular y guapo». La verdad es que este es el mensaje que escuchan muchos jóvenes hoy en día en su etapa de crecimiento. Desde nuestra más tierna infancia se nos alaba por obtener buenas notas y se nos castiga por un bajo rendimiento.
Según Nouwen, poco a poco nos vamos creyendo las mentiras de que soy lo que hago, soy lo que otros dicen de mí y soy lo que tengo. Esta es la razón por la cual es tan importante el mensaje de Henri sobre nuestra identidad más verdadera y profunda en cuanto hijos amados de Dios. Es una identidad no sacudida por las olas del éxito, del fracaso, del gozo o de la pena en la vida. «El gran secreto de la vida espiritual –escribe Nouwen–, la vida de hijos e hijas amados de Dios, es que todo lo que vivimos, sea el regocijo o la tristeza, la alegría o el dolor, la salud o la enfermedad, puede formar parte del camino hacia la plena realización de nuestra condición humana»6.
Nouwen creía que podemos afirmar nuestra verdadera identidad cuando llegamos a vernos a nosotros mismos en dos momentos de la vida de Jesús: su bautismo y su última cena pascual. Tomemos cada uno de esos momentos por separado.
Muchos estudiosos han considerado el bautismo de Jesús como la primera referencia a la Trinidad en el Nuevo Testamento. Cuando Juan el Bautista sumerge a Jesús en el río Jordán, el texto evangélico relata que «apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”» (Mateo 3,16-17).
Pero ¿por qué Jesús eligió ser bautizado, siendo así que no necesitaba arrepentirse? Los teólogos coinciden en su mayoría en que lo hizo para identificarse con nosotros y con nuestra necesidad de reconciliarnos con Dios. Es increíblemente significativo que Jesús no reciba la designación de Hijo amado por parte del Padre hasta que se identifica con nosotros al ser bautizado en el Jordán. No recibe el título en el momento de su nacimiento o durante la primera fase de su vida. No, la recepción del título llega cuando entra en nuestra desesperación en una identificación tan total y completa que podemos escuchar a Dios diciéndonoslo también a nosotros. Este es el regalo más sorprendente: que Dios nos diga, al igual que a Jesús: «Tú eres mi hijo amadísimo, en quien me complazco». Ese es el que tú eres.
La Iglesia enseña que en nuestro bautismo se nos da el don del Espíritu Santo, que nos introduce en el vínculo existente en la relación del Hijo con el Padre. Es en el bautismo donde somos recibidos en la comunidad de la alianza y confiados a la Iglesia para que se nos brinde la guía espiritual que nos educa para afirmar nuestra verdadera identidad creada como amados por Dios.
El segundo momento de la vida de Jesús en el que debemos vernos es la «última cena», que la Iglesia celebra sacramentalmente en la Eucaristía. Nouwen creía que cada vez que participamos en la Eucaristía debemos recordar la gran complacencia que tiene Dios hacia nosotros. Cuando Jesús celebró su última cena de Pascua con sus discípulos en la estancia superior (conocida también como el «cenáculo»), utilizó cuatro acciones o movimientos. Cada movimiento está representado con una palabra que nos ayuda a afirmar nuestra más verdadera y profunda identidad como hijos amados: «tomar», «bendecir», «partir» y «dar».
1. Reemplazando el verbo «tomar» por «elegir», Nouwen dice que, de la misma manera en que Jesús «eligió» el pan, te ha elegido también a ti desde antes de la creación del mundo. Ser elegido por Dios es el regalo más grande y la experiencia más profunda de la condición humana. La elección de Dios no es competitiva ni está basada en tus méritos, sino que es generosa, basada en la bondad y el amor de Dios.
2. Después de tomar el pan, Jesús lo «bendijo». Ser bendecido por Dios es recibir el favor de Dios. Son un amor y un favor tan profundos, tan amplios y tan completos que recubren todos los fallos de aquellos cuya bendición necesitábamos pero que no nos la dieron. Nouwen escribe: «Una bendición va más allá de la distinción entre admiración y condena... entre las buenas y las malas acciones. Una bendición toca la bondad original del otro y evoca su condición de amado o amada»7.
3. Se nos ha dado la bendición de Dios, pero, aun así, somos también personas heridas en un mundo quebrantado. Todos somos receptores, participantes y herederos de este cosmos fracturado. Después de «dar gracias» o «bendecir» el pan, Jesús lo «partió». Nouwen nos ayuda a ver que esa fracción del pan es una imagen de la fractura de la vida de cada uno de nosotros. Henri sugiere que podemos encontrar libertad y una vida nueva si tenemos el coraje de abrazar nuestra fractura. Actuando de este modo podemos abrirnos paso a través de nuestra fractura y llegar al otro lado. Pero –dice Nouwen– debemos recordar siempre que hemos de «poner nuestra fractura bajo la bendición»8. Debemos abrazar nues- tra fractura, pero no como nuestra identidad central. Puesto que la bendición viene antes de la fractura, debemos recordar que nuestra identidad como «amados» (bendición) es más profunda y verdadera que nuestra experiencia de sufrimiento (fractura).
4. Finalmente, Jesús «dio» a sus discípulos el pan y los invitó a comerlo y a hacer memoria de él. Del mismo modo en que Jesús fue «elegido» y «bendecido» en su bautismo (como nosotros en el nuestro), el corazón de Jesús fue partido en la cruz (como nosotros en la vida). Así, Jesús fue capaz de ser «dado» al mundo para su salvación. De la misma manera, Nouwen dice que nosotros somos «elegidos», «bendecidos» y «partidos» a fin de que seamos «dados» o enviados por Dios en atención a otros. Si vivimos nuestra vida evitando nuestra fractura o afirmándola como nuestra identidad más profunda, olvidando así que primero somos elegidos y bendecidos por Dios, nuestra vida se verá sacudida por las olas de la inseguridad, la ira y el descontento.
En lugar de ello, Nouwen nos invita a escuchar la voz de Dios, nuestro Padre del cielo, que se complace en nosotros. Se complace no por lo que hemos hecho, sino por lo que somos en lo más profundo: criaturas a las que Dios ha otorgado la imagen divina. Antes de la caída de la humanidad se encuentra la verdad más profunda de que somos amados por toda la eternidad. Eres amado no porque finalmente hayas descubierto cómo escoger el camino correcto. Eres el amado por Dios porque siempre le has pertenecido. En el bautismo de Jesús Dios te ha encontrado de nuevo. En cada Eucaristía, Dios te recuerda de nuevo. Nouwen nos invita a escuchar en la oración las palabras personales de amor y de favor de Dios diciéndonos:
Cada vez que escuchas con gran atención la voz que te designa como el amado, descubrirás dentro de ti mismo un deseo de escuchar esa voz por más tiempo y más profundamente9.
Henri Nouwen creía que la mejor manera de llegar a descubrir nuestra propia identidad es en la soledad: «En la soledad descubrimos que nuestra vida no es una posesión que hay que defender, sino un don que hay que compartir»10. Apaga el ruido en tu vida de modo que puedas escuchar la queda vocecita interior que nos designa como el amado, la amada. Tómate algún tiempo esta semana para estar en soledad con Dios. Deja que el Espíritu esté presente contigo en tus reflexiones y oraciones. Él te servirá como un pozo profundo de agua viva del cual puedes sacar en tiempos de éxito para ser humilde y en tiempos de aflicción para seguir teniendo esperanza.
En la medida en que pertenecemos a este mundo seguimos estando sujetos a su modalidad competitiva y esperamos ser recompensados por todo lo bueno que hacemos. Pero cuando pertenecemos a Dios, que nos ama incondicionalmente, podemos vivir a su modo11.
En la primavera de mi primer año como estudiante universitario hice una prueba de admisión para el equipo de fútbol masculino como jugador «suplente». Había jugado al fútbol con cierto éxito durante todos mis años de secundaria. Muchos de los jugadores en el equipo de la Universidad eran amigos míos y yo jugaba al fútbol con ellos de forma periódica simplemente por diversión. Tras varias semanas intentándolo, el entrenador me dijo que me habían retirado del equipo. Yo estaba destrozado. Siempre había estado en el campo de fútbol como mis compañeros de equipo. De pronto, sentí no solamente rechazo, sino también desorientación. Algo que supuestamente formaba parte de mi vida ya no estaba. Cada vez que veía a los jugadores me veía confrontado con la realidad de que yo no pertenecía al equipo. Cada vez que tenían partido como locales ocultaba mi dolor con risas y vítores mientras animaba al equipo desde las gradas. Si no tenemos un profundo sentimiento de pertenencia, experimentamos de forma más aguda los sentimientos de rechazo. Cuando experimentamos el rechazo rápidamente olvidamos que somos amados y fácilmente podemos decirnos: «no soy lo suficientemente bueno», o «no soy digno». Nuestros sentimientos de rechazo por parte de otros se convierten en la justificación de nuestro autorrechazo. «Ha de ser verdad», podríamos pensar, o bien: «este no es el lugar al que pertenezco».
Sin embargo, un «sentimiento profundo» de pertenencia no se ve sacudido por las experiencias y sentimientos de aceptación o de rechazo en la vida cotidiana. Nuestras experiencias temporales de rechazo no son nunca la última palabra. Cuando experimentamos el rechazo, un sentimiento profundo de pertenencia nos recuerda la honda verdad de que, en realidad, nos pertenecemos unos a otros, a nosotros mismos y al mundo precisamente porque pertenecemos a Dios desde la eternidad y hasta la eternidad. Un sentimiento profundo de pertenencia está arraigado en el conocimiento de nuestra condición eterna de personas amadas. No hay grupo, no hay equipo de fútbol, no hay comunidad ni nación que pueda arrebatarnos esa verdad. Pertenecemos a Dios y a la familia de Dios por toda la eternidad. Si sabemos que esto es verdad –no solamente con nuestro entendimiento, sino también en nuestro corazón– habremos recibido los dones de la paciencia, la resiliencia y la fe.
Hubo un tiempo en la vida de Henri Nouwen en que él experimentó una gran angustia. Esa temporada de torbellino interior se prolongó desde diciembre de 1987 hasta junio de 1988, después de que él hubiese dejado su prestigiosa posición como profesor en la Facultad de Teología de Harvard a fin de prestar su servicio a personas con discapacidad en la comunidad L’Arche Daybreak, en Toronto. Él hace referencia a ese período como el más difícil de su vida. Reflexionando sobre su angustia escribe Nouwen: «Me había encontrado cara a cara con mi propia nada. Era como si todo lo que había otorgado sentido a mi vida hubiese sido arrojado fuera, y no podía ver frente a mí más que un abismo sin fondo»12. Durante esos meses Henri escribió un diario «secreto» íntimo e intenso que, alentado por sus amigos, publicó más tarde con el título de La voz interior del amor. En ese libro Nouwen escribió sesenta y tres imperativos. Echaremos un vistazo a tres de esos preceptos. Cada uno de ellos nos enseña algo valioso sobre el «sentimiento profundo» de pertenencia, sobre lo que implica y el modo en que se forma en nuestra vida.
Primer imperativo: acepta tu identidad como hijo de Dios. Henri se escribió a sí mismo:
Tu verdadera identidad es la de hijo de Dios. Esa es la identidad que tienes que aceptar. Una vez que la has reivindicado y te has establecido en ella puedes vivir en un mundo que te da mucha alegría, como también dolor13.
Según Nouwen, nuestra vida aquí en la tierra es una experiencia temporal en la que Dios nos da la oportunidad no solamente de aceptar el amor divino para con nosotros, sino también de responder «te amo». Para decirlo con claridad, Nouwen no se imaginaba que, una vez que hubiésemos afirmado nuestra identidad más profunda como hijos de Dios, no fuésemos a necesitar más el amor y la aceptación de otros seres humanos. Para nada. De hecho, necesitamos el amor imperfecto de la familia y de los amigos para que nos recuerde que solamente somos amados de manera perfecta por un Amor que sobrepasa todo amor humano. Nouwen escribe a continuación: «Necesitas un guía espiritual, necesitas personas que puedan conservarte anclado en tu verdadera identidad»14.
Segundo imperativo: reivindica tu presencia única en tu comunidad.
Tu presencia única en tu comunidad es el modo en que Dios quiere que estés presente para otros. Las diferentes personas tienen modos diferentes de estar presentes. Tú tienes que conocer y reivindicar tu propio modo... Eso te ayudará a decidir qué hacer y qué dejar de hacer, qué decir y sobre qué permanecer en silencio, cuándo salir y cuándo quedarte en casa, con quién estar y a quién evitar15.
Henri aprendió este imperativo por las malas. Le encantaba estar con la gente, pero tenía tanto amor para dar que a menudo se agotaba en la prestación de cuidados y terminaba el día sintiéndose solo y deprimido.
Por una parte, Nouwen quería a la gente y quería compartir el amor de Jesús con ella; por la otra parte, reconocía que a menudo actuaba desde su propia necesidad de ser amado por otros, una necesidad que a veces alejaba de él a la gente. Entonces solía sentirse rechazado y vacío, como si su pozo se hubiese secado. Henri descubrió que solamente Dios puede dar el tipo de amor sostenible y resiliente que estaba buscando. Solamente Dios podía ofrecerle el «agua viva» (Juan 7,37-38) de la pertenencia completa.
