Debería Estar Muerto - Damien Jackson - E-Book

Debería Estar Muerto E-Book

Damien Jackson

0,0

Beschreibung

Un hombre violento y agresivo, con um corazón frío y una mente criminal… una estadística más. Él no era apenas um traficante de drogas, él era el que se quedaba en la esquina dirigiendo todo. Trabajaba en las calles, vendiendo crack a quien quisiese comprar. Él tenía que luchar sus propias batallas para mantenerse vivo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 312

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Copyright © 2019 Unipro Editora

Todos los derechos de esta edición en español están reservados a Unipro y protegidos por la ley. Está prohibida la reproducción total o parcial sin el expreso consentimiento de la editorial. Están permitidas solo breves citas, siempre que sea mencionada la fuente bibliográfica.

Todos los raps en los comienzos de cada capítulo fueron escritos por Damien Jackson. Muchos de los nombres personales en este libro han cambiado, pero la historia es verdadera.

Las citas bíblicas son tomadas de la Reina-Valera 1995 (RVR 1995) © 1995 por las Sociedades Bíblicas Unidas. Todos los derechos reservados.

Edición y coordinación editorial: Sandra Gouvêa

Dirección de arte: Paulo Junior

Proyecto gráfico: Willian Souza

Diagramación: Willian Souza

Tapa: Paulo Junior

Illustraciones: Roberto Moreira

Traducción y revisión de texto: Raquel Parras Garcia

Asistencia editorial: Talita Valentin

Versión electrónica: Ricardo Rodrigues

Todas las informaciones contenidas aquí con relación a prácticas religiosas y experiencias de carácter ilegal exponen solo la percepción individual del autor y no necesariamente reflejan la práctica real o incluso el entendimiento de Unipro Editora y de sus profesionales con relación al tema.

J12d

Jackson, Damien

Debería estar muerto / Damien Jackson. – 1. Ed. – São Paulo : Unipro Editora, 2022.

ISBN 978-65-89769-63-7

1. Autobiografía. 2. Vida cristiana. I. Título.

CDD 920

ISBN 978-65-89769-60-6 (físico)

Rua João Boemer, 296 – São Paulo / SP

CEP: 03018-000 – Brasil

+55 11 5555-1380

unipro.com.br

[email protected]

Resumen

DEDICATORIA

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO UNO

CAPÍTULO DOS

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CINCO

CAPÍTULO SEIS

CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO OCHO

CAPÍTULO NUEVE

CAPÍTULO DIEZ

CAPÍTULO ONCE

CAPÍTULO DOCE

CAPÍTULO TRECE

CAPÍTULO CATORCE

CAPÍTULO QUINCE

CAPÍTULO DIECISÉIS

CAPÍTULO DIECISIETE

CAPÍTULO DIECIOCHO

CAPÍTULO DIECINUEVE

CAPÍTULO VEINTE

CAPÍTULO VEINTIUNO

CAPÍTULO VEINTIDÓS

CAPÍTULO VEINTITRÉS

EPÍLOGO

Para cada joven que provenga de un hogar destruido, y para todos aquellos que me ayudaron durante los momentos más difíciles. ¡Ustedes son recordados y apreciados!

PREFACIO

Este es un libro real. De hecho esta obra es lo que podíamos llamar de autobiográfica, la historia real de un hombre que debería estar muerto debido a la gran cantidad de situaciones adversas que tuvo que enfrentar.

Damien Jackson fue un niño como todos los demás. El hijo menor de una familia de negros típicamente americana. Él vivió en una buena casa, estudió en una de las mejores escuelas del vecindario y se destacaba entre los demás; fue mimado y hasta cierto punto amado. Pero lo que el pequeño Damien no sabía era que esta situación iría a cambiar radicalmente antes de que llegara a cumplir 13 años.

Repleto de situaciones que van de lo trágico a lo cómico, Damien Jackson nos mantiene prendidos en su narrativa dinámica y envolvente, pues es él quien nos cuenta con riqueza de detalles, el porqué ya debería estar muerto.

Para preservar la realidad de los hechos, optamos por traducir los diálogos tal cual se dijeron. Eliminar del texto original las emociones que a la hora de hablar surgen, muchas veces impregnadas por el lenguaje de las pandillas americanas, haría la obra inverosímil y fuera de contexto.

La asociación y la complicidad establecida entre Damien y uno de sus hermanos más mayores, Derrick, es tan intensa como la relación tensa que existía entre ellos y sus padres. Como ésta es una situación real, que puede ser vivida dentro de muchos hogares, probablemente algunos lectores se identificarán con esta historia, de tal forma que será difícil salir ileso de ella.

Una vida sin armonía, conflictos familiares, un sentimiento mixto de amor y odio por la madre, abandono, desahucios en serie, robos, uso y tráfico de crack y otras drogas pesadas, alcohol, intervención con bandas y armas, tiroteos, persecuciones policiales, prisión y juicio, relaciones amorosas turbulentas e intentos de suicidio son las razones que llevan a Damien Jackson a creer que él ya debería estar muerto. ¿Será que tiene razón? Descúbralo usted mismo.

Los editores

INTRODUCCIÓN

Regresando al pasado, hasta donde me acuerdo, siempre viví en un hogar destruido.

De entrada, mis padres nunca deberían haber estado juntos, y yo me sentía como si nunca fuera a llegar a los dieciocho. Era como si yo hubiera sido maldecido y eso hacía con que odiara al mundo y también a mí mismo. Me convertí en una persona amargada, era como si yo fuera una bomba de relojería a punto de estallar.

Mi papá nunca estaba cerca de mí, mi mamá sólo se preocupaba con las cosas que eran de su interés. Ella me decía cosas que una madre jamás debería decir a un hijo, cosas que jamás serían olvidadas, del tipo que dejan cicatrices durante años.

A veces me quedaba con tanta rabia que podía sentir el gusto a sangre en mi boca; otras, me sentía tan deprimido que sólo quería morirme. Incluso antes de cumplir los 10 años, casi todos los días me imaginaba suicidándome. También siempre tuve un temperamento problemático, fui expulsado varias veces de preescolar, al punto de que me llamaran de desertor preescolar.

Me convertí en aquello que juré que nunca sería: violento, agresivo, con un corazón frío, una mente criminal y calculadora. Yo no era ningún Scarface. Era sólo un traficante de la esquina. Trabajé en los bloques, vendía una piedra aquí otra allí y luchaba mis propias batallas.

Creía que el mundo me debía algo, ya que nunca pedí el estar aquí. No pedí tener una familia como la mía. No pedí tener un padre que me golpeaba y que nunca pasaba tiempo conmigo. Nunca pedí tener una madre que estaba siempre ocupada yéndose a los clubes. Ni pedí los ejemplos que yo seguí y que me enseñaron a robar.

Pero afortunadamente aprendí que, por peor que usted sea, todo puede ser negociado y aún conseguir ganar el juego, si se hacen las mejores elecciones; al fin y al cabo todo se resume en elecciones, y una elección cambió todo.

¡Dios ayúdeme! Me estoy cayendo,

Indefenso, estoy llamando,

¡Inquieto! En el infierno,

Pero fui negociado.

Ahora, ¿qué vida la que me ha tocado?

CAPÍTULO UNO

Eché la colilla del cigarrillo de marihuana por el desagüe.

—Ey, Chachi, ¿tú crees en Dios?

Él me miró. Sonrió con burla y respondió:

—Al único dios que conozco es al ‘dios de la maldición’. Pero, ¿por qué yo debería creer en Él? ¿Qué Él hizo por mí?

—Eso no está bien, hermano —interrumpió mi hermano Derrick.

Estábamos nosotros tres, sentados en un banco frente a las mesas de billar del Temptations, un club de striptease que estaba al lado de la pequeña tienda de conveniencia del Circle-K, en una gasolinera. Era allí que manteníamos el movimiento, es decir, nuestro punto de venta de drogas.

—No deberías hablar así —Derrick añadió—, eso es blasfemia, algo malo te ocurrirá.

Chachi se levantó, salió al aparcamiento y levantó las manos. Miró hacia arriba y se giró lentamente como si fuera un dispositivo de radar.

—Bueno, si a Él no le gusta que me castigue aquí, ahora. ¡Vamos a ver!

Sacudí mi cabeza y le dije:

—¡Vete de aquí! Yo no quiero tener nada que ver con eso. ¿Cómo puede ser que no creas en Dios?

Él regresó al banco, supuso que yo no estaba demasiado preocupado con que él se me acercara.

—Mira —dijo Chachi.

—No quiero creer en un Dios que deja que mi mejor amigo muera con 9 años, aunque Él exista.

Derrick y yo ya no tuvimos nada que decir en relación a eso. Nos sentamos allí y nos quedamos en silencio. La botella de cerveza pasaba de mano en mano. Estábamos pensando quién iría a volver al Circle-K para robar otra botella, cuando aquella acabara. Era un día débil para el movimiento. Me sentía deprimido, así que comencé a pensar en Dios. Tal vez todo estaba saliendo mal porque habíamos estado haciendo cosas equivocadas y Él nos estaba castigando.

Me agaché, apoyando los codos sobre mis rodillas, con la barbilla sobre las palmas de las manos.

—¿Vosotros ya os distéis cuenta que estamos haciendo todo lo que en la escuela nos enseñaron que no deberíamos hacer?

—¿Qué quieres decir?

—Tú sabes, esas clases donde ellos nos dicen que no mintamos, no vendamos drogas o no robemos a las personas. Pues bien, nosotros somos todo eso y más. ¿Sabéis lo que estoy diciendo?

Chachi me golpeó en la espalda.

—¡Yeah, nosotros somos así de malos! Todo el mundo lo hace hoy en día. Es la única forma de ir hacia delante. Tú sabes que si dejamos de hacer esto por un instante habrá Crips and GDs y Vice Loreds, Mexicanos y los Camboyanos de toda clase para apoderarse de nuestro bloque.

—Yeah —dijo Derrick—, como la mayoría de ellos piensa que ya controlan este negocio.

—Lo sé y ese es el problema —yo dije—, no hay cómo salir adelante. Este es nuestro negocio, pero ahora, en Atlanta, todo el mundo está en lo mismo.

Yo me estaba refiriendo a otros 30 o más traficantes que trabajaban en nuestro punto noche y día, semana tras semana. Todo el mundo estaba realizando alguna extorsión, uno le robaba al otro, golpeando a los adictos que llegaban para agarrar la droga. Una vez un tipo fue disparado en la cabeza y su cerebro quedó esparcido por encima del contenedor de basura que estaba al lado. Él permaneció allí toda la noche, gimiendo y sollozando, pidiendo ayuda hasta que, por la mañana, finalmente murió. Nadie le ayudó ni movió su cuerpo. Creo que los trabajadores del Circle-K lo encontraron y finalmente llamaron a la policía. Después de ese día, la policía comenzó a presionar. Pasaba varias veces por semana por el local. Esto era una locura, locura, locura como una escena demente de una película.

¡Nuestra paz se acabó!

Yo aguantaba todo lo que me ocurría porque no tenía otra salida, pero lo que realmente me enfadaba era que me había convertido en alguien frío y cruel. A veces corría a buscar a Celia, Fuimos compañeros de escuela durante un tiempo y ella me gustaba. Y exactamente aquella mañana la encontré, en esa ocasión en Target, cuando paré para comprar un par de calcetines, pues allí siempre los tenían baratos. ¿Sabes cómo? Todo lo que cupiera en el bolsillo por algunos centavos. Pues bien, Celia estaba en la caja trabajando, cuando me llamó mientras yo me estaba yendo hacia la puerta. Me acerqué. Espero que ella no me haya visto agarrar nada, pensé. Y no me vio.

—Espera, Damien —dijo ella—, estoy saliendo al descanso, sólo voy a acabar de atender a este cliente.

Salimos. Fuimos a un lugar donde ella pudiera encender un cigarrillo. Me di cuenta que algo la perturbaba.

—¿Qué te pasa?

Ella me miró, desvió la mirada, mientras daba una fumada profunda y el humo subía hasta llegar a los ojos. Sus ojos se llenaron de agua. ¿O eran lágrimas?

—Es mi viejo —murmuró mientras soltaba el humo.

—¿Qué le pasa? —pregunté como quien no sabe nada.

Creía que ella sabía que yo lo sabía... Desvié la mirada. Me quedé mirando hacia el otro lado del aparcamiento como si hubiera visto a alguien conocido.

Celia no hizo una escena, su voz estaba llena de decepción.

—Esta droga del crack va a acabar con él. Está destruyendo a toda la familia. Si él no para, va a acabar muriéndose. ¿Sabes lo que estoy diciendo?

—Sí, eso no está bien, acaba con la persona.

Yo sabía exactamente lo malo que aquello era para su padre, sólo que era yo quien se lo suministraba. Cuando Celia y yo estudiábamos juntos, su padre era fuerte, seguro, con un buen empleo, hasta que él se convirtió en un junkie, desempleado; perdió la salud y la dignidad. La semana pasada, su padre vino hasta mí rogándome que le extendiera más el crédito porque él estaba sin dinero. Él estaba desesperado, pero le rechacé y fue a buscar a otro traficante. Sólo que no le consiguió pagar y el traficante le golpeó y le tiró al suelo en medio del aparcamiento. Cuando dejé mi punto a las 4h30 de la mañana, pasé de largo, sin mirar hacia atrás.

Al día siguiente, él ya no estaba allí, y la policía había cercado el lugar. Creí que él había conseguido irse solo y me olvidé completamente de él..., hasta que vi a Celia.

—¡Si pudieras —suspiró— dar una pasada por allí para decirle algo, Damien! Tal vez, darle ánimos. Tú sabes que le caes bien.

—Oh, claro. Voy a ver lo que puedo hacer.

Ahora, sentado en un banco, fuera del Temptations con mis dos camaradas, me golpeó la mayor “depre”. Parecía que aquello martillaba mi cabeza. No podía ni siquiera hablar con los otros tipos porque no era sólo una depresión de traficante lo que tenía. Yo podía perdonar cualquier corrupción, robo, fraude, pelea, incluso los tipos que fueron asesinados, pero, ¿cómo me podía perdonar? ¿Cómo había llegado a ser tan frío y cruel?

Sí, yo creía que existía un Dios en algún lugar por ahí, pero si Él supiera la persona en la que me había convertido, no Lo culparía si me mandara todo de regreso.

—¡Eh, Damien! —Derrick golpeó en mi hombro.

—Despiértate, hombre. Te dormiste. ¡Eh hombre es tu turno! ¿Ok?

—Ok, ok...

Me levanté y fui andando a la pequeña tienda de conveniencia, todavía estaba pensando en Celia y en su viejo, el hombre al que arruiné la vida. De repente, un auto verde lowrider con un sonido de hip-hop ensordecedor dobló la esquina del aparcamiento. Pero ni puse atención y entré en la tienda.

Tony, el gerente, sabía que nosotros robábamos constantemente, pero, ¿qué podía hacer? Nosotros controlábamos el barrio. La cerveza, el cigarrillo..., era como si él nos tuviera que pagar un alquiler o sino no tendría negocio. No hablábamos de eso, pero él lo sabía. Vi que tenía una nueva cajera e inmediatamente deduje que Tony estaba en el pequeño almacén de atrás. Abrí el refrigerador y agarré una cerveza, fue ahí que un muchacho que vivía rondando por el centro comercial entró corriendo hacia mí.

El chico me miró con los ojos bien abiertos.

—¡Oye, no salgas! Los Brown Side Locos te están buscando. Dicen que te van a disparar, y están hablando en serio, hombre.

Instintivamente agarré mi arma, la gran “Dirty Harry” .357, el revólver que estaba sujeto en mi cinturón, por debajo de la camisa XXX San Francisco 49ers jersey. Hice un gesto, como si a mí no me preocupara.

—¿Y qué?

Puse la botella de cerveza en el bolsillo del pantalón y salí hacia la puerta.

El chico agarró mi brazo.

—No puedes salir por ahí, Derrick dijo para que desaparezcas.

—¿Estás hablando en serio, hombre? Me estás poniendo nervioso.

—No estoy bromeando, les vi sus pistolas.

Sacudí la cabeza y le empujé en dirección a la puerta, mientras iba a la puerta trasera del almacén. Me encontré de frente con Tony, pero eso yo ya lo esperaba. Él estaba moviendo algunas cajas.

—¿Qué quieres?

—Voy a utilizar la puerta trasera. Y fui andando hacia allí.

—Así que, ¿vas a robarme mi cerveza? —dijo, señalando el bolsillo de mi pantalón—, y ¿encima quieres que te deje usar mi puerta trasera porque eres demasiado perezoso para dar la vuelta y salir por la delantera? De ninguna manera, muchacho. O me das la cerveza o te vas enfrente a pagar por ella.

Aquel día Tony estaba sintiéndose fuerte y creyó que podía enfrentarme. Sacudí mi cabeza:

—Mira, hombre, deja me vaya por aquí, sólo por esta vez.

—¿Por qué debería hacer esto?

—Porque hay unos BSLs allí afuera que quieren volarme la cabeza no tengo tiempo para para eso hoy. Con seguridad, no querrás ver que tus ventanas se llenan de agujeros. ¿Ok? Entonces deja que me vaya por aquí.

Le empujé y salí por la puerta, atravesando el pequeño camino de entrada donde los camiones de reparto dejaban las cosas para la tienda, y me metí por el agujero de la valla que llevaba al bosque.

Anduve unos 45 metros hasta que llegué a un afloramiento de roca grande que hacía contraste con la claridad. Subí allí y me senté. Mis piernas se quedaron colgadas, balanceando. Miré hacia lo alto, sorprendido en ver que el sol brillaba. ¡Oh! Ni me di cuenta cómo el día estaba. Sólo tenía 16 años, y Derrick y yo ya estábamos desamparados. Dormíamos en plazas, tintorerías o, hasta en la calle. Siempre sabíamos cuando estaba mal el clima, pero raramente dábamos atención cuando estaba bien. Eso era sólo una señal más de lo mal que yo estaba.

Nunca quise ser un pandillero o un traficante, mucho menos fumar marihuana y beber constantemente, pero era de esta forma que yo vivía. E, incluso reflexionando sobre eso, abrí una botella de cerveza, le di algunos sorbos y encendí un cigarrillo de marihuana. La Dirty Harry estaba siempre conmigo en el bolsillo trasero. Agarré el arma y la apoyé en la piedra, a mi lado. Seguro que estaba brillante y la agarré para sentir su peso.

Apunté hacia un árbol que estaba del otro lado de la claridad, imaginando acabar con los BSLs (Brown Side Locos) que estaban por detrás de mí queriendo acabar conmigo, y todos mis enemigos y los policías y el novio de mi madre y mi padre y todos los demás que hicieron de mi vida una desgracia.

¡Ah! Sacudí la cabeza. Yo solía ser un mediador, el menor de la familia que intentaba mantener la paz entre todos mis hermanos y hermanas. Yo era tan inteligente que el primer año de escuela me mandaron a una escuela especial. Sólo que, ahora, era aquél que había abandonado todo. ¿Qué me había ocurrido?

Mis hombros temblaban. Comencé a llorar. Bebía, fumaba cada vez más. Cada día me sentía más débil de espíritu. “Ya no puedo hacer esto más”, murmuré.

Sujeté la Dirty Harry de nuevo. En esta ocasión, en vez de apuntar hacia los árboles cruzando la claridad, giré el tambor y apunté el cañón del revólver hacia mi cabeza. Esa sería la salida para quedarme libre de aquel caos. Puse abajo la pistola, bebí unos tragos más de cerveza, y le di unas fumadas más al cigarrillo de marihuana.

Yo no veía otra salida.

Agarré de nuevo la Dirty Harry y la levanté. Parecía la única salida.

—¡Ey, Damien! ¿Eres tú quien está ahí? ¿Qué te pasa hombre, estás bien?

Rápidamente, bajé el arma y me enjuagué los ojos en la camisa, antes de girarme para ver quién se aproximaba. Lamar, un muchacho que cantaba en un grupo de Chicago llamado Subway.

—Ey, ¿qué me cuentas? ¿Cómo me encontraste aquí? Casi nadie conoce este lugar.

—Derrick creyó que tú podías estar aquí. Me dijo para que viniera a decirte que la barra estaba libre.

—¿Ah, sí? ¡Qué bien! Ve yendo que ya voy.

Me levanté, tambaleándome de tanto beber y fumar marihuana..., o tal vez por saber que yo ya podría estar muerto, si aquel muchacho no hubiera llegado. Incluso fue él que me dijo que Derrick mandó que él viniera. ¿Será que fue Derrick? ¿O será que hay alguien que está cuidando de mí? Voy a seguir...

Agradezco a Dios por mi madre

Porque mi padre nunca estaba en casa.

Si no fuera por mis hermanos,

Nunca hubiera sido fuerte.

Nosotros intentamos y luchamos,

Aunque no somos perfectos.

Pero sobrevivimos, no desistimos,

Porque creímos en Dios.

CAPÍTULO DOS

A pesar de haber vivido en un hogar destruido, las cosas ni siempre fueron tan malas. Nací en 1982 en Fort Lauderdale, Florida. Creo que mis primeros años fueron muy buenos. En esa época no me acuerdo muy bien de mi padre, Greg Jackson, creo que él no estaba muy presente. Mi madre, Sadie, me mimaba mucho porque yo era el menor de la familia, también tenía a mi hermana, Rose, que era dos años más mayor, y mi hermano, Derrick, tres años más mayor que yo. En realidad, mi madre antes de casarse con mi padre tuvo cuatro hijos más, sólo que no me acuerdo muy bien de ellos durante los primeros años de mi vida. Ellos vivían con nuestras tías.

Nosotros teníamos bastante dinero en aquella época. Lo suficiente para tener una buena casa, empleada y todos los juguetes que deseábamos. Creo que el dinero provenía de mi padre. Él trabajaba para el Departamento de Transporte y de vez en cuando íbamos a su trabajo para verlo trabajando con los otros compañeros en las carreteras. Sólo que, más tarde, descubrí que el dinero que venía era de mi madre que trabajaba para la mafia italiana.

Pero, casi siempre estaba en casa cuidando de mí. Me llevaba a pasear a un parque que había cerca de casa, me leía, me enseñaba cómo comportarme, a tener buenas costumbres, a vestirme, a hablar educadamente y a comer correctamente, ella parecía mi mejor amiga. Casi cada semana, ella viajaba a Nueva York. Se quedaba allí durante uno o dos días. Cuando regresaba, traía algunos paquetes para entregar a unos tipos de ropas oscuras, que se quedaban parados frente a nuestra casa, dentro de unos autos negros alargados.

Normalmente, nosotros la llevábamos al aeropuerto cuando ella tenía que viajar. Ella solía tomar un vuelo comercial, con excepción de una vez que la llevamos a un pequeño aeropuerto, y se fue en un jet privado. Fue la única que subió por la escalera y aquello me pareció muy extraño.

Aún no sabiendo el porqué, notaba que había mucha tensión en la familia, tanto antes como después de sus viajes. Más tarde, me enteré que mi madre también estaba envuelta con el vudú y el espiritismo, que seguramente añadió una nube de tinieblas y miedo que nos perseguía, a pesar de todas las comodidades materiales de las que disfrutábamos.

A veces algunas de las cosas que sucedían yo no conseguía entenderlas. Cuando tenía 4 o 5 años, Derrick, Rose y yo fuimos a vivir con nuestra tía Pearl, en Ocala, Florida. Recuerdo que aquella fue la primera vez que conocí a mis hermanos mayores por parte de madre: Kevin, el más mayor; mi hermana May, después Rickie y Vince. Pero no me acuerdo del porqué yo estaba allí, ni por cuanto tiempo me quedé. La casa de la tía Pearl era extraña. Por dentro había sido pintada con un verde que daba miedo, medio triste que más parecía color de vómito. Ella tenía un perro viejo y flaco, creo que era de la raza boxer y su nombre era Bobo. Él no era fuerte ni tampoco era brilloso como la mayoría de los boxes, él era todo manchado, parecía que estaba enfermo. La parte delantera de la casa se veía bastante bien, a excepción de un par de autos golpeados que siempre estaban estacionados en el camino de la entrada. Pero, la parte trasera del patio estaba llena de chatarra; ni se conseguía ver el pasto, sólo basura, gallinas y chatarra. Detestaba ir hasta allí, aunque mi tía fuera buena conmigo.

Una noche, mis padres aparecieron con un remolque (U-Haul) y dijeron:

—Ok, nos vamos a llevar a Damien.

Y eso fue exactamente lo que hicieron. ¡Fue muy extraño, porque sólo me llevaron a mí! Pero ningún niño volvió para Fort Lauderdale con ellos, sólo yo. Claro que yo estaba feliz en volver a casa con mi madre. Sólo que no tenía la menor idea del porqué ellos no se habían llevado a mis hermanos y hermanas. Era como si ella me quisiera siempre a su lado. Ella me mimaba tanto que acabé haciéndome un niño maleducado y me aprovechaba de eso siempre que podía. Cada vez que mis hermanos se metían conmigo, yo lloraba y decía:

—Dejadme en paz. Soy sólo un niño —sin darme cuenta de que después me avergonzaría de eso.

—Sólo espera —ellos solían decir— un día vas a salir de la “falda de tu mamá”, ¡ahí te atraparemos!

En aquel entonces yo sólo pensaba en que ellos se portaban mal conmigo, no me daba cuenta del profundo resentimiento que ellos tenían porque yo era el favorito de mamá, principalmente el día que les dejaron en la casa de mi tía.

Que yo recuerde, la única vez que mi madre se enfadó conmigo fue cuando en un día lluvioso, entramos en la farmacia de Eckerd. Yo llevaba puesto un abrigo de lluvia amarilla y un sombrero. Cuando llegamos al mostrador, imploré para que ella me comprara un chicle de la Bubblicious.

—¡No! Coloca eso ahí debajo. ¡Colócalo en su sitio! —dijo mi madre severamente.

La miré y, cuando vi que ella hablaba algo con el vendedor, coloqué rápidamente el chicle debajo de mi sombrero. Pensé: “me salió bien”. Cuando llegamos a casa, me quité mi abrigo de lluvia y el sombrero, y esperé algunos minutos para colocarme un pedazo de chicle en la boca, masticando con alegría mientras me senté en la silla de la cocina.

De repente, mi madre olió profundamente:

—¿Qué olor es éste?

Ella se acercó y me vio masticando.

—¿Esto que estás masticando, por casualidad, es aquel chicle que te mandé que colocaras en su sitio?

Su rostro fue quedándose rojo, y después se parecía más al día nublado y lluvioso que hacía del lado de afuera.

—Yeah...

—¿Cómo lo conseguiste? ¿Robaste, verdad?

Ella tiró de mi mandíbula hacia abajo.

—¿Robaste? ¡Es mejor que me respondas chico!

—Sí, mamá —lloriqueé.

Y, muchacho, aquel día ella me dio una buena paliza, de tal forma que me quedé sin poder sentarme hasta el día siguiente. Y además me hizo ir hasta la tienda y devolver el chicle..., o mejor, los pedazos que quedaron de él.

A veces mi madre me llevaba con ella cuando se iba a los night clubs a conversar con las personas que trabajaba con ella. No solía ir a lugares de ese tipo, pero cuando iba andaba siempre muy elegante. Gastaba dólares y más dólares trenzando su pelo, no usaba trenzas comunes, las suyas eran bien finas y entrelazadas, Usaba las mejores ropas. Algunas veces para la noche usaba vestidos de tipo caribeño. Cuando hacía frío usaba abrigos de piel, un estilo bien elegante, con bolsos de firma. ¡Sus joyas realmente eran buenas! Sólo usaba diamantes y oro, nunca bisutería.

A veces, ella se quedaba horas hablando sobre negocios con aquellos hombres, mientras yo me quedaba sentado bebiendo una coke.

Al mismo tiempo que mi madre era una persona de la clase alta, que trabajaba con aquella mafia de altísimo nivel, vivíamos en una vecindad humilde: el Holiday Park, en Fort Laudardale. Un día, andando por el parque, vino un hombre a pedirnos comida y mi madre le dijo: “Está bien, voy a ir casa a prepararte algo”.

Ella fue hasta allí, le preparó un sándwich. Nosotros lo llevamos al parque y se lo entregamos al hombre. Él se quedó muy agradecido. Y el rumor se esparció por los alrededores. Había muchos habitantes callejeros en aquel parque; así que, al día siguiente, vino más gente pidiendo comida. Después, preparó sándwiches para todos, sólo que, cuando los llevamos al parque, les dijo:

—Mañana voy a traer una gran olla de chili. Pueden decírselo a todo el mundo, ¿ok?

¡Aquello se convirtió en una rutina, y en poco tiempo ella estaba alimentando entre 40 a 50 personas! Les hablo de verdaderos hombres duros del tipo que la policía se quedaba de ojo. Un día, un policía vino y dijo:

—Usted no puede dar comida para esta gente de esta manera.

—¿Por qué no? ¿Quiere un plato de chili?

—No, no gracias, señora. Es que nosotros no podemos protegerla de esta forma.

—¿Protegerme de qué?

—De... de estos habitantes callejeros. Usted sabe, estas personas son peligrosas.

Mi madre miró hacia un lado y dijo:

—Bueno, yo sé muy bien lo que es el peligro. Estas personas sólo tienen hambre y les estoy dando comida. ¿Existe alguna ley que me impida hacerlo?

El policía sacudió la cabeza estando en desacuerdo y después se alejó.

No tardó mucho tiempo en que mi madre recibiera el apoyo de otras personas.

Ella fue hasta el Publix, un supermercado próximo al lugar, para pedir apoyo. Algo ella hizo, pues no tardó mucho para que el gerente autorizara que ella y sus ayudantes pasaran al final de cada día y recogieran todo lo que ya no se podía vender en el mercado, a causa de la fecha de caducidad, para alimentar a aquellas personas con hambre.

Algunos decían que no estaba bien que me llevara a aquel parque en medio de aquella chusma. Pero esos hombres me querían. Aquellas personas me trataban muy bien, me decían:

—Ven aquí, muchacho. ¡Siéntate aquí para que charlemos!

Y yo iba aun sabiendo que algunos de ellos olían bastante mal.

Cierta vez, en mi cumpleaños, uno de los hombres, Sr. Roy, dijo que tenía algo especial para mí.

—Sólo que es una sorpresa. Tienes que cerrar los ojos.

Entonces, los cerré. Cuando los abrí, él me entregó un tirachinas adaptado por él, hecho de elásticos y ramas. Me gustó mucho aquel regalo, creo que fue porque sabía que no había sido comprado en una tienda.

Más tarde, descubrí que el Sr. Roy no era un habitante callejero, él había sido un médico con éxito que tuvo muchos problemas financieros, después de sufrir un colapso nervioso que hizo con que abandonara todo. Su esposa lo traicionó y lo dejó. Por esta razón se fue a vivir a las calles. Simplemente no quería más lidiar con la vida.

Cuando llegó el domingo de la Super Bowl, el mayor evento deportivo de Estados Unidos, que reúne a los mejores equipos del fútbol americano, mi madre consiguió mesas y toda la gente hizo fila para el banquete. Ella pidió ayuda a los vecinos en la hora de preparar la comida y colocó una extensión que atravesaba la calle para conectar la televisión. Todo el mundo pudo asistir al juego.

¡Aquél fue un gran día! Todos estaban felices…, muy diferente del día en que ella anunció para sus nuevos amigos que nos mudaríamos. Se quedaron pasmados y sin saber qué decir. ¿Quién, a parte de ella, iría a ayudarlos y a respetarlos?

Fue esa la madre que yo conocí y creo que era por eso que, cuando las cosas más tarde cambiaron, nunca conseguí odiarla. En el fondo, sabía que ella era una buena persona.

Inmediatamente después que entré a preescolar, mis padres juntaron a todos mis hermanos y fuimos a vivir a un caserón en Miami. Era una casa grande, amarilla y marrón, tipo un rancho. Tenía cuatro o cinco habitaciones y una sala enorme. En medio de aquel amplio patio pasaba un riachuelo. En la parte trasera teníamos espacio para varios animales de compañía: iguana, conejillos de india y un perro llamado Rainy que se parecía con Benji, aquél de la película, pero comía todo lo que se le presentaba por delante como un maníaco. Además tenía un periquito amarillo que yo lo llamaba rayo de sol. Él cantaba y hablaba conmigo siempre que entraba en casa. Un día, cuando llegué de la escuela, lo encontré preso al ventilador del techo. Él giraba y giraba, bastante muerto, mis hermanos me miraron, y me saludaron cantando:

—Tú eres mi rayo de sol, mi único rayo de sol.

¡Grité sin parar! ¿Cómo podían ser tan malos conmigo? Aunque probablemente eso fuera era el resultado del resentimiento y de la rabia que tenían por haber sido dejados en la casa de mi tía, cuando mis padres prefirieron llevarme con ellos.

Cuando vivíamos en esta casa, teníamos una empleada, porque mi padre raramente estaba en casa, y mi madre salía con frecuencia a sus “viajes de negocios”. Pero nosotros la tratábamos como basura, la insultábamos con nombres feos y hasta la colocábamos en situaciones difíciles. Cierto día, mi madre mandó que la dijéramos que no sirviera la cena hasta que ella llegara a casa y le transmitimos el recado, pero cuando ella fue a limpiar el otro lado de la casa, entramos en la cocina y nos comimos todo. Ella que, de hecho, era una excelente cocinera, literalmente salió corriendo de nuestra casa debido al modo perverso en cómo la tratábamos.

Aunque volviéramos a estar todos juntos como familia, mi madre seguía mimándome.

En cierta ocasión, ella hizo una llamada y, en un breve transcurso de tiempo oímos que alguien llamaba a la puerta. Cuando abrí, vi una limusina larga y negra esperando del lado de afuera. El conductor dijo:

—Hola, Damien, ¿quieres dar una vuelta?

Él me llevó al Ocean Drive, en Miami, y me compró todo lo que yo quería. No era el único que me llevaba para salir, a veces, un hombre llamado Tommy Cash, un proxeneta, llegaba en un bonito Excalibur blanco y me llamaba para dar una vuelta. ¡Su auto era magnífico! Más tarde, descubrí que él era el seguridad de mi madre. Él tenía una posición muy buena en el ranking de las artes marciales. A veces, él buscaba a mi madre en el aeropuerto y la traía a casa.

Cada día que pasaba, las cosas se quedaban más tensas. Un día, mi hermano Derrick y yo salimos en auto con mi madre y, cuando paramos en un semáforo vimos una bolsa negra en medio de la calle, ella hizo con que Derrick se bajara y la agarrara. Cuando regresó al auto, ella tomó el paquete como si ya supiera lo que era. Dentro de él había un revólver calibre .38 y un fajo de dinero. Ella lo colocó por debajo del asiento y se fue rápidamente.

Una noche, ella llegó a casa con la barbilla quebrada y el rostro golpeado. Estaba llorando y nos quedamos aterrados. Ella dijo que estaba en uno de los clubes trabajando, cuando una persona la asaltó, estrellando su cara en el capo de un auto. Yo no sé si ella conocía o no a la persona, tampoco habló al respecto. Tal vez hubiera sido una de las personas para las cuales trabajaba o incluso algunos rivales de su jefe, alguien pudo haberla intentado robar, no lo sé. Lo que sabíamos es que ella andaba con miedo.

No pasó mucho tiempo hasta que mi familia anunciara que nos mudaríamos a Atlanta. Así, de esta forma sin ninguna explicación, sin ningún plan, sin un viaje previo para buscar una casa en la que viviríamos. Sólo sabíamos que nos mudábamos en aquel momento.

¿Mudarse? ¡Cómo si no nos hubiéramos cambiado suficientes veces! ¿Cuál era la sorpresa?

—¿Nieva en Atlanta? —pregunté.

Mi padre levantó los hombros como diciendo que no sabía y dijo:

—Sí, creo que de tarde en tarde.

Aquella respuesta fue suficiente para mí. Ya no pregunté nada más.

Aún teniendo muebles y juguetes en abundancia, sólo podíamos agarrar lo que cupiera en el remolque, una U-Haul enganchada a la parte trasera del auto.

Yo no lo sabía, pero éste fue el final de la buena vida en lo que a mí respecta.

En días de lluvia me quedo en casa sentado

Y pienso a solas.

Florida, Florida extraño mi hogar,

La frontera de Georgia me hizo mal.

Los primeros dos años fueron los más largos.

Los años que siguieron sólo me hicieron sufrir,

Los niños tuvieron que mendigar y pedír prestado.

Las deudas comieron

Todo el queso de nuestra mesa

CAPÍTULO TRES

Nosotros seguíamos en la carretera a alta velocidad en dirección a Atlanta, de pronto, un estruendo, el frente del auto parecía que había caído dentro de un cráter. Mi madre gritaba, mientras que mi padre intentaba mantener el volante que se iba de un lado al otro, mirando atentamente hacia delante.

—¿Qué pasó?

—Nos caímos en una zanja —dijo mi padre—. ¿Está todo el mundo bien?

Mis hermanos y hermanas maldijeron, preguntando qué había acontecido. Mi madre empezó a llorar desesperadamente. Después, Derrick, Rose y yo la acompañamos. Parecíamos violinistas principiantes.

Mi padre había perdido el control del remolque que iba unido a nuestro auto. Pensé que habíamos golpeado en algo. Entonces miré hacia atrás para ver lo que era, pero solamente vi nuestro remolque de U-Haul que estaba desgobernado, volcando de un lado para el otro. Hasta incluso una vez llegó a quedarse sobre una sola rueda. Parecía un caballo salvaje retorciéndose, luchando por soltarse de una cuerda. Antes que consiguiera enderezarme, fui lanzado con fuerza hacia el asiento trasero del conductor y llegué a resbalarme al suelo, como también mi soda se derramó encima mía. De pronto paramos, y hubo un silencio. Me levanté y miré por encima del asiento trasero para examinar la situación, pero sólo conseguí ver la ventana llena de grama, y finalmente cesó nuestro lamento.

—¿Hay alguien herido?

Cuando mi padre abrió la puerta del lado del conductor, oímos un estruendo. Parecía metal arrastrándose. El parachoque empujó la puerta. Después de ese día, nunca más abrió bien.

—Estamos todos bien —dijo él, saliendo—. Fue sólo un susto.

Él se enderezó, miró a su alrededor.

—Entonces, ¿con qué diablos nos golpeamos? No vi nada en la carretera.

—Ni yo. Todo lo que sé es que la rueda fue descendiendo por la calle, de tu lado, y el auto iba de un lado al otro en zig-zag, como si estuviera en una carrera de esquí. ¿No lo viste? Casi golpeas con la camioneta que iba delante. Y la rueda continuó descendiendo rodando, cuando paraste en esa zanja.

Mi padre se agachó y miró bien la rueda delantera del lado izquierdo.

—Creo que tienes razón. La rueda se desprendió completamente, nunca vi nada así.