Déjate amar - Novello Pederzini - E-Book

Déjate amar E-Book

Novello Pederzini

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Beschreibung

Convencernos de que somos amados personalmente por Dios: este es el audaz objetivo que se propone este libro. Aunque a veces lo sintamos lejano y distante, es en realidad sorprendentemente íntimo y cercano. El camino para alcanzar ese convencimiento es la sencillez evangélica, indicada por Cristo y practicada por tantos santos. Este libro te ayudará a saborear la alegría de pertenecer a Dios, que es Padre, y premia a quienes le buscan con una paz interior imperturbable.

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Seitenzahl: 128

Veröffentlichungsjahr: 2025

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NOVELLO PEDERZINI

DÉJATE AMAR

Para redescubrir la alegría de vivir y la verdadera paz interior

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: Làsciati amare. Per riscoprire la gioia di vivere e per giungere alla vera pace interiore.

© 2024 by Edizioni Studio Domenicano

© 2025 de la versión española realizada por Teresa Gómez

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6989-2

ISBN (edición digital): 978-84-321-6990-8

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6991-5

ISNI: 0000 0001 0725 313X

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Presentación

Introducción

Te he creado como un prodigio

Hazte pequeño

Déjate amar

Déjate valorar

Déjate fascinar por Jesús

Tú, ámame así

Dónate así

El testimonio de Teresa de Lisieux

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

Notas

Presentación

Dejarse amar por Dios significa dejarse atrapar por su amor. Algunos dicen que dejarse amar es más difícil que amar. Quizás no sea del todo cierto, aunque es verdad que solo podemos amar a Dios porque Él nos ama primero.

Amar a alguien significa desear su bien y Dios, al amarnos, quiere compartirnos su bien, que es la participación en su felicidad. Pero ¡ojo!, no solo en el futuro, sino aquí y ahora. Quiere hacernos felices dándonos su amistad, que es lo más valioso.

La amistad es un amor recíproco, pero según los valores en los que se basa, adopta formas más o menos elevadas. La amistad verdadera es aquella que comprende la totalidad de la persona. En ella, el amigo ofrece el corazón, es decir, todo su bien: sentimientos, pensamientos, esperanzas y todo lo demás. Si la persona amada corresponde, florece una amistad auténtica que da alegría, serenidad y satisfacción.

Esto es lo que Dios hace con nosotros: nos ofrece una amistad verdadera porque nos da su infinita riqueza, se da a sí mismo por completo. Nos da incluso a su Hijo, y en Él no solo nos hace amigos, sino también auténticos hijos.

Él nos ha amado y nos ama primero. Nos ofrece su amor y, a cambio, quiere, naturalmente, nuestro amor.

La desproporción entre Dios y nosotros es infinita; Él sabe muy bien cuán incapaces somos de amarlo adecuadamente. Por eso, antes de aceptar nuestros débiles intentos de amarlo, quiere que creamos en su amor y que nos dejemos amar con humildad y confianza.

Déjate amar es el título de este nuevo libro de don Novello Pederzini. El tema es fascinante, aunque envuelto en el misterio, y para tratarlo se requería de un autor con experiencia, capaz de abordarlo desde un estudio profundo y una larga experiencia de vida y ministerio.

Don Novello, como escribió recientemente el Cardenal Giacomo Biffi, «no solo tiene el don de acercarse a los grandes temas de la fe, sino también el de exponerlos con un estilo ágil y moderno, accesible y agradable». Por eso es un verdadero maestro: un maestro que tiene el don de cogernos de la mano e introducirnos en el corazón de Aquel que nos ama de manera infinita y personal.

Le agradecemos que nos haya hecho partícipes de su camino de fe y de su experiencia como pastor en el encuentro con el único e insustituible amor, el amor del «Dios con nosotros» (Mateo 1, 23).

Vicenzo benetollo O. P.

Introducción

Este pequeño libro tiene como objetivo alcanzar una meta importante y señalar el camino simple para llegar a ella:

—La meta es convencernos de que somos amados de forma personal por un Dios que tal vez percibamos como distante, pero que en realidad nos es increíblemente cercano e íntimo.

—El camino es el de la infancia espiritual, señalado por Cristo y practicado por muchos santos, entre ellos Teresa de Lisieux, cuya pequeña vía fue avalada definitivamente al ser ella nombrada Doctora de la Iglesia.

Este libro, a pesar de sus limitaciones, busca cambiar la forma común de concebir y vivir la fe: abandonar la idea de un Dios severo y ausente, y acoger la de un Padre tierno que viene a nuestro encuentro y nos dirige una invitación dulce y cautivadora: Déjate amar.

Los contenidos se expresan en forma de diálogo directo de Dios Padre, para crear en el lector un ambiente de familiaridad y confianza. Todo ello con el fin de saborear la alegría de pertenecerle y alcanzar así una paz interior inquebrantable.

Don Novello Pederzini

Te he creado como un prodigio

En el universo entero no hay nada más:

mi Dios y yo.

John Henry Newman

Soy yo, el Padre de Jesús, quien te habla.

Comencemos con algunos textos bíblicos significativos y complementarios:

Dice el salmo: «Te alabo porque me has hecho como un prodigio» (Salmo 139, 14).

Quien me alaba es Jesús, mi único Hijo eterno, encarnado y hecho hombre; y me alaba porque Él es el prototipo, el ejemplo perfecto del hombre nuevo: «Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente» (Salmo 45, 3).

Jesús es un verdadero prodigio. ¿Quién es más grande, más amable, más fascinante que Él? Lo amo con todo mi ser; en Él deposito toda mi alegría.

El evangelista Mateo, al narrar el Bautismo de Jesús, transmitió claramente mi pensamiento, recogiendo estas palabras mías: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mateo 3, 17).

Juan Bautista y quienes estaban presentes escucharon claramente mi mensaje, con el cual:

—revelé que Jesús es mi Hijo,

—certifiqué que era mi Enviado, es decir, el Mesías esperado,

—declaré mi gran amor por Él,

—lo proclamé como el Hijo amado, en quien tengo mi alegría: ¡mi verdadero gran prodigio!

Tú también eres un prodigio.

Las palabras «eres un prodigio» y «eres mi Hijo amado» tienen una importancia doble:

—ilustran el dulcísimo vínculo que me une a Jesús;

—no solo están dirigidas a Él, sino también, de alguna manera, a cada persona, donde sea que esté.

Así me dirijo:

—a cada hombre y a cada mujer,

—a cada niño y a cada adulto,

—a los jóvenes y a los ancianos,

—a los sanos y a los enfermos,

—a quienes se encuentran discapacitados, marginados, oprimidos por problemas matrimoniales, sexuales, afectivos, de comportamiento o existenciales,

—y a ti, personalmente.

Con toda la fuerza y la ternura de la que es capaz el amor, te susurro tiernamente: ¡Tú, precisamente tú, eres un prodigio! Yo, el Padre de Jesús, te digo lo mismo que le dije y le digo a Él:

—eres un prodigio mío,

—eres mi amado,

—eres mi alegría.

Sé que te estoy diciendo una verdad increíble y misteriosa, pero no por eso es menos cierta y segura. ¡No dudes! Te digo cosas maravillosas, y tú te quedas indiferente y dudoso… ¿Por qué? Es obvio: porque eres consciente de ser pobre y limitado, no te consideras digno de la atención de un Dios tan grande y perfecto como yo. Te sientes pequeño,

—perdido entre miles de personas,

—insignificante como una brizna de hierba o un grano de arena,

—sin interés ante mis ojos…

Y lamentablemente estos sentimientos empeoran a menudo con los juicios duros y humillantes de los demás: ¡no sirves para nada!, ¡eres un fracaso!, ¡eres despreciable, desagradable, incapaz, ridículo…! Entonces, te cierras en ti mismo y rompes todo vínculo conmigo y con los demás.

Y eres infeliz.

¡Eres el prodigio que amo! Desanimarte es el error más peligroso. Si no aceptas tu pobreza y no crees en mi amor infinito, te colocas en un camino sin salida y lleno de dificultades imprevisibles e insuperables. Debes convencerte de lo siguiente:

—eres una persona muy especial para mí,

—eres el «fin eterno de mi propósito»1.

¡Te llamo por tu nombre! Te amo a pesar de tu pobreza, es más, ¡precisamente por tu pobreza! Si no aceptas ser amado, contradices la verdad fundamental de la vida, que es la del amor.

¿Sabes por qué tantas personas no conocen la alegría de vivir? ¡Justamente porque no me aceptan y, por lo tanto, no saben aceptarse a sí mismas!

No te abandones a elecciones negativas y decepcionantes, porque te autodestruirías. Acepta lo que te estoy proponiendo con humildad y confianza, porque quiero ayudarte a construir un futuro mejor para ti.

Eres amado porque eres mi criatura. Por tanto, debes convencerte de que has sido elegido por amor, y de que eres amado con un amor:

—infinito,

—eterno,

—desinteresado,

—personal.

¿Amado, por qué? Ante todo, porque eres mi criatura. Eres mi criatura, y por eso todo lo has recibido de mí:

—el cuerpo, a través de la cooperación de tus padres;

—el alma, directamente de mí.

El alma espiritual, creada con una intervención específica mía, hace de ti, de cada hombre y mujer,

—un ser viviente,

—un ser pensante,

—la criatura más noble de la creación,

—el rey y el centro del universo,

—el sacerdote de la creación2,

—un individuo absolutamente único, irrepetible y singular.

Te he creado a mi imagen y semejanza. He querido hacer de ti mi obra maestra. A mis ojos eres «como un prodigio» (Salmo 139, 14).

En el mundo creado no existe un ser más precioso que tú; ¿cómo podría no amarte? Tú vales más que todo lo que te rodea, aunque sea precioso y perfecto. ¿Quién más que tú, mi criatura predilecta, puede conquistar mi mirada y mi corazón?

Continúo amándote incluso si me rechazas y cometes acciones desordenadas, porque tu dignidad vale más que tu miseria moral. Y quiero que regreses a mí.

Tú sigues siendo grande incluso en el momento en que, pecando, realizas acciones que contradicen tu dignidad de hombre. Te quiero y rechazo el pecado que puedas cometer.

Sigues siendo mi criatura adorable, incluso cuando, con tus malas elecciones, decides ofuscar y degradar tu nobleza. Yo soy paciente y espero que vuelvas a mí.

¡Eres mi hijo!

Pero hay más. Me perteneces no solo como criatura, sino también, y sobre todo, como hijo. Cada criatura humana es noble y grande. Cada hombre y mujer, sea cual sea el color de su piel, brilla a mis ojos con una luz resplandeciente, pero nadie brilla como aquel que, en el Bautismo, se ha convertido en mi hijo o hija.

¡Y tú lo has hecho! Con el Bautismo has dado un notable salto de calidad: has entrado en mi familia divina. A la dignidad de hombre o mujer, has añadido la dignidad superior de la filiación.

Hijo es aquel que ha sido generado por otro. Por lo tanto, solo Jesús es mi Hijo en sentido propio. Así que tú, que no eres Dios, no eres mi hijo como lo es Jesús. Sin embargo, te he elevado a la dignidad de hijo a través del don de la gracia.

La gracia es el don que te hace:

—hijo en mi Hijo,

—partícipe de mi misma vida divina. Te hace hijo, como dicen los teólogos, «por adopción»3.

El apóstol Juan lo dice claramente:

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1 Juan 3, 1-2).

Por lo tanto, eres hijo, en el sentido verdadero y a todos los efectos. Has sido incluido en la vida íntima de nuestra familia divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Has entrado en un estado superior e inimaginable. No puedes entenderlo ahora, pero al final podrás ver a tu Dios cara a cara (cfr. 1 Corintios 13, 12).

Como hijo, te has convertido en un “noble”, ¡un “príncipe”! Sí, un príncipe, porque eres hijo de ese gran Soberano que soy yo.

Eres un príncipe de la familia divina, y por lo tanto también heredero del trono, de ese inefable trono que es el Paraíso. Entonces, ¿cómo podría no amarte, ahora que eres de mi familia?

Eres una realidad preciosa, de infinita belleza y de eterno valor

Eres, por lo tanto, criatura, eres hijo, eres heredero;

—eres una realidad preciosa: la más preciosa que se pueda imaginar;

—de infinita belleza: nada se te puede igualar en la tierra;

—de eterno valor: estás destinado a no terminar nunca y a vivir por la eternidad en mi casa.

Desde toda la eternidad, incluso antes de que nacieras y te convirtieras en parte de la historia, ya existías en mi corazón. Antes de que alguien te oyera llorar o reír, ya habías sido objeto de mi atenta preocupación. Antes de que alguien en este mundo te hablara, la voz del amor eterno ya te estaba hablando.

Tu belleza, tu unicidad e individualidad no te han sido dadas por aquellos que has encontrado a lo largo de la vida, sino por Aquél que te eligió con infinito amor… y ese soy yo, el eterno, que desde siempre y para siempre te llevo en mi corazón. Eres amado por mí, incluso cuando el mundo no te elige, no te quiere, no te ama o incluso te rechaza.

Cada vez que te sientas

—maltratado,

—ofendido,

—rechazado,

puedes reaccionar diciendo: estos sentimientos no me dicen la verdad, porque la verdad es que yo

—soy un hijo elegido por Dios,

—soy precioso a sus ojos,

—soy amado desde toda la eternidad,

—estoy protegido por su infinito y dulce abrazo.

Quizás te preguntes: «En el momento en que me eliges, Señor, ¿no rechazas a los demás?». ¡Es fácil pensarlo en un mundo tan competitivo! Sin embargo, debes saber que el haberte elegido a ti, en lugar de excluir, incluye a todos los demás.

No se trata de una elección competitiva, sino de una elección de amor. Te he elegido a ti, pero también elijo a los demás. Si aceptas ser precioso a mis ojos, no te debería ser difícil reconocer la belleza de los demás y su lugar igualmente único en mi corazón.

Puedes comprenderlo con una analogía: el sol que ilumina un prado de flores no se divide en tantas partes como flores hay, sino que ilumina con todo su ser cada flor individual: cada flor tiene el sol solo para ella.

Así que acéptate como una realidad preciosa. Acéptate como una realidad de infinita belleza y de eterno valor. Nadie ha vivido tu vida antes, y nadie la vivirá después. Es una pieza única del gran mosaico de la existencia: no hay precio que pueda igualarla o reemplazarla4.

Has sido pensado, amado, llamado

Te he llamado a la vida, más bien a participar en mi misma vida. Eres la realización de un plan de amor eterno y libre. Todo parte de mí, y no de ti, ¡pues sin mí no existirías!

La iniciativa ha sido mía:

—te he pensado,

—te he amado,

—te he elegido,

—te he llamado a una singular “vida de amistad” ¡tú y yo! que tiene como único fundamento un amor total.

Mi amor divino, completamente gratuito, lo debes:

—primero, creer y aceptar,

—después, corresponder.

Eres un prodigio porque has sido pensado y querido para un proyecto increíblemente importante: el de amarme a mí, que soy el amor, y que por amor te he elegido. No has sido tú quien ha elegido esta meta: tu fin soy yo, porque yo te he llamado.

Y si te he llamado, en lo más profundo de tu ser continuarás escuchando el llamado misterioso de mi amor que te busca sin cansarse.

Has sido pensado, amado y llamado: por lo tanto, tu vida no puede ser más que la respuesta a tu verdadera vocación, que es la del amor5.