Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Desde la obtención de los derechos individuales por las mujeres, las sociedades occidentales han modificado sustancialmente su organización y funcionamiento en el ámbito cívico. No obstante, se observa que los papeles sociales cambian poco, las discriminaciones persisten y la desigual consideración a la baja de las mujeres en su conjunto perdura, lo que nos hace pensar en mecanismos ocultos, complicados de descifrar y neutralizar. La propuesta de este libro es producto de numerosas acciones, experiencias, lecturas y reflexiones compartidas de la autora: las condiciones político sociales de las democracias modernas hacen posible un nuevo tipo de contrato entre individuos libres e iguales, mujeres y varones, que permitiría mejorar las condiciones de vida personal y política para el tercer milenio.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 401
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Elena Simón Rodríguez
Mujeres y hombres hacia la plena ciudadanía
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
A quienes me han ayudado, enseñado, alentado, apoyado y creído dedico este trabajo, propuesta incluyente de mejora de las condiciones de vida individual y colectiva, que tanto deseamos.
A quienes me han interferido, molestado o exigido lo que no quería dar, sin comprender ni aceptar mis opciones no convencionales también se lo dedico, con la intención de explicarles con letras escritas lo que no puedo explicarles con palabras habladas.
Y, sobre todo, escribo pensando en mis otros próximos jóvenes más queridos: mi hija Julia y mi hijo Andrés, mis sobrinos y sus novias, mis alumnas y alumnos, los hijos e hijas de mis amigas, que se encuentran con un mundo que no comprenden y se ponen enfrente mirándolo perplejos, pues nadie se lo puede explicar sin escocerse. Y para Mani, como símbolo del siglo XXI.
Con el deseo de que este mi legado contribuya a aclarar en qué consiste un espíritu crítico constructivo y cómo la concepción de una aparente utopía puede derivar en una realidad construida sobre lo posible.
Presentación
1. El desajuste de la causa pública
La ley del embudo o el fundamentalismo patriarcal
La democracia parcial o el «pacto cínico»
2. Conflictos del itinerario vital
Socialización disimétrica
Educación sentimental
Universo simbólico
Uso de los espacios
Empleo del tiempo
Conocimiento androcéntrico
El campo de la justicia o la imparcialidad
El campo del cuidado o la implicación
Proyectos biográficos de género o el exilio obligado
Conflicto vital de las mujeres
Resolución indolente
Resolución convencional
Itinerario vital de los varones
Resolución indolente
Resolución convencional
3. Hacia una cultura de pactos
La ciudadanía
Ciudadanía civil
Ciudadanía política
Ciudadanía social
Los pactos
Pacto intrapsíquico
Pacto intragénero
Pacto intergénero
Compromiso ético o pacto cívico
Pacto intrapsíquico o la subjetividad elegida
Pacto intragénero o la pertenencia reconocida
Pacto intergéneros o la referencia solidaria
4. Democracia vital
Resolución de conflictos de género
Cualidades fundantes de la democracia vital
Interdependencia
Diversidad
Reciprocidad
Contrato socio-sexual
Equidad
Paridad
Soridad
Feminismos
Feminismo espontáneo
Feminismo liberal
Feminismo radical
Feminismo socialista y sindicalista
Feminismo cultural o de la diferencia sexual
Feminismo ilustrado o de la igualdad
Principios democráticos de convivencia
Libertad
Igualdad
Fraternidad
Filosofía del pacto en la vida
Principios de convivencia de la democracia vital
Autonomía
Equivalencia
Solidaridad
Reacciones ante el cambio de paradigma
De las mujeres
De los varones
Pacto intergéneros: del cinismo al civismo
5. Muestras de actuación
En una institución educativa
Pacto intrapsíquico
Pacto intragénero
Pacto intergéneros
En una institución familiar
Pacto intrapsíquico
Pacto intragénero
Pacto intergéneros
En otros ámbitos
Grupos de trabajo donde se ha celebrado un Seminario, Sesión o Curso relacionado con el contenido de este libro
Bibliografía
Tenemos que lograr un lenguaje político que pueda reconocer la heterogeneidad y la diferencia.
Mª XOSÉ AGRA, 1992
La gestación de este libro sólo se puede explicar como colectiva. Bien es verdad que la redacción y por tanto el orden de las ideas y palabras me corresponde. Es decir, del parto soy responsable. El amamantamiento y la crianza los dejo en las sabias manos de quienes disfruten con ello. Yo misma también. Pero, como bien sabemos las mujeres, la crianza es larga, dura y sin tregua, así es que se hace mejor repartiéndola entre muchas manos y muchas voluntades. También sabemos que las criaturas crecen mejor y se hacen más sociables cuando se crían en buena y variada compañía.
Así pues, esta propuesta tiene vocación de extenderse y crecer. Puesto que viene de la experiencia y el conocimiento de tantas gentes, desea también contribuir a clarificar la experiencia y a ampliar el conocimiento de otras muchas gentes.
Durante casi veinte años vengo dedicándome a tareas de reflexión y formación sobre la problemática social de los géneros. He tenido la suerte de compartir inquietudes, deseos y realidades con miles de mujeres y con algunos cientos de varones, en sesiones de trabajo como charlas, mesas redondas, seminarios, conferencias, jornadas, coloquios, cursos y debates, en los que he participado como asistente o como ponente. Mi formación inicial en este campo y las primeras reflexiones teóricas compartidas, se produjeron en el Feminario de Alicante, Asociación de la que fui cofundadora.
En esas sesiones, tan ricas, hemos trabajado y trabajamos desde la perspectiva de género y con carácter multidisciplinar el proceso de socialización, la coeducación, el lenguaje, las relaciones interpersonales, la paz y la violencia, la Historia, la Literatura, la sexualidad, la educación sentimental, los estereotipos y roles, la política, el asociacionismo, la división del trabajo.
En los debates solemos salir al paso de las dudas y de los enigmas recurrentes que se presentan ante las mujeres actuales, dada la evolución tan rápida que se ha producido en los últimos tiempos y que ha provocado un desconcierto generalizado, pero sobre todo en las relaciones con los varones, pues a ellos se les encuentra mucho más reticentes a los cambios y más instalados en la seguridad de lo conocido y, por tanto, más pasivos ante el deseo de avanzar y abrirse a nuevas perspectivas y formas de vida.
Por otra parte, algunos —con los que he tenido la suerte y el gusto de compartir conversaciones, debates y coloquios— sienten un malestar indeterminado ante la asunción del rol de machito o de machote por el que no están dispuestos a invertir energías, ya que les causa desasosiego, así como sentimiento de no-pertenencia ni de identificación con acciones violentas provocadas por varones machistas.
A las chicas, grandes y pequeñas, lo que les preocupa es sobre todo la imposibilidad de establecer relaciones de reciprocidad con los varones, en el ámbito amoroso-sexual y en el ámbito ocupacional-cívico, y les produce gran frustración el verse ante el conflicto sin saber cómo entraron en él ni cómo podrán salirse. Es cierto que las mujeres hemos efectuado saltos con pértiga y que nos han costado mucho los entrenamientos y la obtención de marcas. Por eso apreciamos más este proceso y sus resultados y estamos dispuestas a seguir invirtiendo en él. Me refiero, desde luego, a mujeres que deseamos acabar con situaciones injustas o disimétricas, por no hallarnos bien en ellas.
El conflicto no es algo en sí mismo negativo. Permite crecer, avanzar y cambiar dinámicas inerciales y perversas que no conducen a ninguna parte. Pero normalmente se identifica con el fracaso. También es cierto que algunos discursos —los de la intransigencia— intentan evitar los conflictos ahogándolos o cubriéndolos con oropeles. Pero los conflictos no se resuelven si se silencian o se minusvaloran, pues volverán a resurgir recrudecidos. Las soluciones a los conflictos vienen de la mano de distintas estrategias, cuales son acomodarse aun en la disconformidad, huir, enfrentarse o negociar.
Las mujeres —situadas por el patriarcado en el lado de la subordinación— no hemos tenido históricamente la posibilidad de recurrir más que a las dos primeras estrategias. En un segundo momento pudimos enfrentarnos. Pero las mujeres de países no autoritarios ya estamos en la actualidad en disposición efectiva de poder negociar, porque las leyes nos amparan como ciudadanas de pleno derecho, y las costumbres cada vez menos coactivas nos facilitan el acceso a otro tipo de espacios en los que podemos desenvolvernos más como personas que como simples hembras humanas, socializadas según modelo, sólo para la reproducción controlada de la especie.
Falta que nos convenzamos, hombres y mujeres. Y, que, por tanto, deseemos poner a contribución las energías vitales necesarias para la resolución de los conflictos que genera la nueva situación y que pasa inevitablemente por aprender a negociar para poder entrar en una nueva era informada por la cultura del pacto.
Creo sinceramente que muchas gentes lo deseamos. Pero no sabemos cómo abordar el cúmulo de problemas resultante. Los varones sienten la hierba segada bajo sus pies; las mujeres se ven dando palos de ciego. Y, sin embargo, ni unos ni otras vemos impedimentos insoslayables para actuar de forma más satisfactoria y más eficaz.
Éste es precisamente el punto en el que decidí recoger lo que había pensado y aprendido junto y gracias a muchas otras mujeres, que me han reclamado insistentemente que escribiera el producto de nuestras reflexiones y debates. También he prometido muchas veces que lo haría, porque lo deseaba. Por eso y porque reconocí la autoridad generadora de este deseo, inicié el camino de sistematización de todo este corpus teórico y experiencial que considero útil y positivo para resituar nuestra vida colectiva y nuestra vida personal, en los próximos tiempos que vienen de la mano de un cambio de siglo y de milenio.
Pertenezco a una generación artífice y amante de rupturas y vindicadora de la imaginación. No sé si decir de las utopías, porque nada de lo que creo, pienso y deseo es inconcebible en este momento. También es cierto que de esa generación de la que hablo —la del 68 a la española— me separan muchos planteamientos. Pero escribo desde ella y, por tanto, con las limitaciones que de su etnocentrismo se puedan derivar.
Quizás lo más llamativo sea la metamorfosis que han sufrido con el correr de los años la mayor parte de los varones que fueron nuestros compañeros de viaje, de altar, de lecho y de algarada. De puertas adentro, no quisieron cambiar para seguir mirándonos como sus iguales, cuando nos convertimos en las madres de sus hijos. De puertas afuera, no supieron cambiar el estilo de hacer y de actuar, cuando fueron alcanzando cotas de poder y de influencia, para transformar las sociedades maltrechas en las que hemos tenido que vivir y trabajar. La prueba del nueve la tenemos en los divorcios. Divorcios de sentencia judicial y convenio regulador y divorcios entre las cúpulas del saber y del poder y las gentes destinatarias de ese saber y poder.
Estos varones que se autodesignaron como de izquierdas diferentes, no practican nada diferente ni casi nada de izquierdas. No han querido hacerse el «peeling» de la renovación ni han vuelto a creer en los supuestos igualitarios por los que tanto luchamos nosotras con ellos. Andan emparejados con chicas jóvenes que los admiran por su experiencia; aburridos o solitarios por las barras de los bares, resistiéndose numantinamente a compartir con sus mujeres las responsabilidades adquiridas en común, o casados con las Finanzas o la Academia que les procuran seguridad y estatus, precisamente lo que rechazaban cuando calzaban pantalones de pana. Tampoco acaban de explicarse por qué estos comportamientos no les dan tan buenos resultados como a sus padres les dieron.
Las chicas del támpax y de la píldora no hemos renunciado a la utopía de otras formas de vivir, pero la tenemos congelada y empaquetada a la espera de poder cocinarla y compartirla. Mientras tanto, también en la Academia hemos hecho logros, en nuestros grupos de discusión muchos avances, en nuestras casa y nuestros lugares de trabajo vamos consiguiendo espacios, en la vida política alguna migaja de reconocimiento y, así, vamos haciendo un camino que allana dificultades a nuestras hijas y ofrece otro modelo a nuestros hijos varones. Pero ninguna entiende qué hizo para merecer esto.
Lo importante es que la ecuación de lo personal con lo político amplía el debate democrático e incide en la democratización de la vida cotidiana. (Mª Xosé Agra, 1992).
Esta obra aborda aspectos de la vida civil, social y política y de la vida personal, relacional y afectivo-familiar, desde la perspectiva de género y desde los principios democráticos. Tras un análisis de las realidades que vivimos: pacto cínico y proyectos biográficos de género, pasaremos a proponer una alternativa ética desde una nueva cultura de pactos, en los que nos reconozcamos como individuos-sujeto y como personas hechas desde una identidad elegida, que estamos en disposición de dar un giro cualitativo a nuestras vidas, desde y dentro de la democracia vital.
Decidimos no incluir un glosario con los términos nuevos o utilizados en acepción diferente a la del diccionario, pues aunque uno de los propósitos de este libro es acuñar nuevas palabras que sirvan para describir o designar nuevas realidades, cuando éstas aparecen por primera vez en el texto que sigue, se explican y definen dentro del mismo párrafo.
Tampoco aparecen notas ni citas, consideradas al modo académico, puesto que este trabajo no es académico en primer término y también para no hacer tediosa y complicada su lectura, pero sí aparecen numerosos fragmentos reveladores de lo que ha supuesto la inspiración y la consulta bibliográfica previa a la redacción del texto. Muchos conceptos y términos se han extraído en sus inicios de algunas obras citadas en la bibliografía, pero han crecido y se han separado después de lo que en un principio pudieron significar como ideas clave fundantes de esta reflexión y de las propuestas que contiene.
Por todo ello, reconozco en mi trabajo:
La autoridad femenina de los hallazgos, terminología y conceptos en castellano de Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Alicia Puleo, Amparo Moreno, Marcela Lagarde, Emilce Dio-Bleichmar, Mª Angeles Durán, Mª Xosé Agra, Victoria Sau.
La autoridad femenina de los estudios, conceptualización y teorías interpretativas realizadas en otras lenguas, de Sheila Benhabib, Nancy Fraser, Linda Gordon, Luisa Muraro, Françoise Collin, Hélène Cixous, Julia Kristeva, Yasmine Ergas, Rita Liljeström, Anna G. Jónasdóttir.
La autoridad femenina de todas las colaboradoras, asistentes a cursos o seminarios, miembros del Feminario de Alicante, y muy especialmente de mi hermana Nieves Simón, de Mª Angeles Cremades e Isabel Rodes, además de Neus Albertos que ha trabajado con una metodología específica los contenidos de gran parte de esta propuesta para talleres, cursos y seminarios, pues todas juntas hemos construido este trabajo, aprendiendo también juntas a discutir sistemáticamente, reflexionar, analizar y generalizar experiencias, a escribir y a corregirnos para lograr explicar lo que estábamos pensando.
Y, en las sesiones de trabajo lo hemos realizado con grupos muy diversos en interés, preparación, edad y actitudes: profesorado, amas de casa, estudiantes de institutos y universidad, jóvenes (chicas y chicos), Mujeres Jóvenes y Consejos de la Juventud, profesionales cualificadas, asistentes a Escuelas de Adultos o usuarias de Servicios sociales. De todos estos intercambios hemos aprendido algo de lo que aquí se expone. Por eso la redacción se presenta con frecuencia en plural, porque no hubiera podido hacerse sin la mediación femenina plural y singular.
Reconozco también la autoridad masculina de las interpretaciones y análisis que se ocupan de los problemas actuales sin olvidar la importancia del feminismo y de la teoría de género o el fenómeno de la emergencia social de las mujeres en este siglo: de Norberto Bobbio, Humberto Maturana, Mariano Fernández Enguita, Alain Touraine, Marvin Harris, cuyo pensamiento me ha aportado algunas claves.
Agradezco enormemente la inestimable y paciente ayuda e interés de quienes leyeron, anotaron y discutieron conmigo el primer borrador: Paloma Brotons, Paz Espejo, Isabel y Raquel, y Renée Pérez, pues de allí salió el primer texto definitivo, cuyo accidente informático fue reparado por Raimundo Payá y Nuria Zaragoza.
Y, por último, dar las gracias a Isabel Rodes por sus desvelos para que este texto y su soporte informático llegaran en condiciones a su cita, a Marina Subirats por aproximarme a la casa editorial, y a Estrella Suárez por su disposición y entusiasmo para el diseño de la cubierta.
La capacidad para celebrar libremente pactos o relaciones de cualquier clase, presuponía la libertad del dominio de un señor, condición que se expresó como «ser dueño de sí mismo». Luego los individuos no sólo eran propietarios de sus bienes tangibles sino también de sus personas… la subsunción de las mujeres bajo la protección fue la otra cara de la ciudadanía moderna y el fundamento que la hizo posible.
NANCY FRASER Y LINDA GORDON, 1992
Uno de los empeños principales de esta obra es desenmascarar las causas recurrentes de algunos conflictos que presiden nuestras vidas individuales y sociales. No podemos realizar un análisis mínimamente completo sin hacer la disección de las raíces de las que hemos nacido y sin determinar los cultivos en que hemos crecido. Como nos solemos confundir con ellos, puesto que forman parte de nuestro ser cultural, de nuestra subjetividad y de nuestra identidad, nada mejor que aquilatar al máximo en la búsqueda y clasificación de sus componentes.
Desde que Kate Millet, en su obra de finales de los sesenta Sexual Politics, aplicó el término patriarcado —utilizado ya por Bachofen, Morgan y Engels anteriormente para el estudio antropológico de los distintos tipos de familias— al sistema de dominación más universal, por más antiguo en el tiempo y más extendido en el espacio, sabemos que el concepto de patriarcado puede explicar con la precisión y claridad que necesitamos en este momento, las relaciones sexo-genéricas de poder, que en todas las culturas conceden preeminencia y hegemonía a los hombres como tales a costa de la relegación y subordinación de las mujeres por el mero hecho de ser hembras humanas.
Otras autoras aquilataron más esta definición: Adrienne Rich lo llamó «el poder de los padres» y Heidi Hartmann lo define como «el conjunto de relaciones entre hombres con una base material que, aunque sean jerárquicas, establecen o crean una interdependencia y solidaridad entre ellos que les permite dominar a las mujeres».
No nos molestemos en mirar un diccionario convencional si pretendemos mayor aclaración. Este término aparece en el Diccionario de la Lengua Española, como «organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos del mismo linaje»… «Periodo de tiempo en que predomina este sistema». Estas definiciones nos harían pensar en grupos sociales y étnicos muy reducidos (la mafia y las comunidades gitanas actuales, por ejemplo), o desaparecidos hace largo tiempo, confinados a lugares muy determinados o remotos e impelidos a esta organización por necesidades de supervivencia. Además las definiciones aquí relatadas adolecen de un defecto propio del diccionario y de la ciencia en general: incurren en sexismo lingüístico al explicar por medio del plural «los parientes», sin especificación de género masculino plural, un fenómeno que se refiere solamente a los varones del grupo.
Gracias a las nuevas conceptualizaciones sobre el patriarcado, se pudo identificar el «problema sin nombre», como lo llamó Betty Friedan cuando intentaba encontrar una explicación al sistema de opresión universal y generalizada, fundamentado aparentemente en el dimorfismo sexual de la especie humana, para legitimar tanto la división social del trabajo en roles y tareas de género, como la prohibición de intervenir explícita y legítimamente en los mecanismos de poder económico, político, ideológico y cultural, por parte de todas las mujeres, por el mero hecho de su diferencia sexual de nacimiento, y de algunos varones especialmente marginados (esclavos, extranjeros, mendigos, prisioneros…). Los avances y profundización de los estudios feministas y de género han arrojado una buena luz para enfocar este problema, ya que están dedicados en su mayoría al análisis de distintas realidades y al rescate de las obras y huellas de las mujeres en todo tiempo y lugar.
Cuando nos proponemos pensar en una nueva forma de actuación y relación contando con las mujeres, es decir, cuando nos dedicamos y recreamos en la búsqueda de alternativas, tenemos necesariamente que decubrir todo lo que se halla oculto bajo el sistema patriarcal, para poder despegarnos de él y entrar en otras coordenadas que nos permitan practicar la insumisión de manera consciente, sin blandir nuestras espadas ciegamente contra los molinos. No necesitamos ser quijotes mujeres a la moderna. Necesitamos muy al contrario que se cuente con nuestra autoridad y nuestras capacidades para innovar, desde el reconocimiento paritario.
El Patriarcado lo explicamos como un fundamentalismo. Además es la ley del embudo por excelencia. La situación de nacimiento de las personas las sitúa en un lugar preconcebido del que no pueden salir por mérito, cualidad o deseo propio, ni escapar de él sin incurrir en castigo. Mediante sus leyes, normas y valores, vendidos como tradición inamovible, rige la vida de las personas y de los pueblos sin admitir contestación, sin exégesis ni didáctica, presentándose casi como revelación contra la que no se puede conspirar, so pena de caer en desgracia. Pero el apuntalamiento que sufre se hace cada vez más frágil gracias a las presiones —tan antiguas ya y tan modernas aún— a que está sometido como sistema unívoco de descripción y administración del mundo social y de las relaciones que se puedan producir en su seno.
Desgraciadamente maneja los hilos más poderosos del patrimonio común de la humanidad. Y por ello, etiqueta negativamente a quienes intentan contestarlo, añadiendo componentes de descalificación global y de ridiculización, pues ya no puede quemar en la hoguera a sus quintacolumnistas, ocupantes del Caballo de Troya. ¿No podría ser ésta una explicación de por qué la teoría emancipadora feminista se deslegitima presentándola como producto de rabietas o frustraciones de unas cuantas mujeres con ansias de cambiar las tornas?
El patriarcado pretende siempre fines cerrados y no revisables, beneficios, ganancia, pero no se propone objetivos abiertos y reestructurables. Se sustenta en el principio de dominación nacido de las diferencias discriminatorias. Las diferencias, que proceden de la naturaleza y que hacen posible la vida y la existencia de todos los seres sin rango de calidad bonus-malus, y que se manifiestan en la interdependencia y el equilibrio, se pervierten cuando se construyen culturalmente sobre pilares de dicotomía, bipolaridad y jerarquía. En la cultura patriarcal lo uno relega a lo otro, lo excluye, lo nombra como inferior, lo hace invisible, lo anula, lo esclaviza. ¿En virtud de qué condición natural ciertos hombres se han podido autonombrar sabios ocultando a los demás las claves de su conocimiento? ¿Por qué otros han tenido o tienen la fortuna de ser servidos contando con la complacencia y el amor de quienes realizan esa función subalterna? ¿Por qué unos pueblos han explotado a otros en función de sus riquezas naturales y encima no les han pagado, ni siquiera con su mayor tecnología? El hombre (varón hegemónico) domina la naturaleza y la cultura y decide qué hacer con todas sus mujeres y sus inferiores varones, e impone quién hará qué, para quién, cuándo, cómo y a cambio de qué.
La principal estrategia patriarcal es la exclusión, que consigue gracias al establecimiento de estructuras violentas de control: sumisión, dependencia y aparente protección, conseguidas las más de las veces por medio de amenazas, ataques corporales, coacciones, lavados de cerebro, mutilaciones, intimidación. Exclusión de las estructuras activas de dominio en cualquiera de los subsistemas patriarcales: la familia, la política, la economía, las religiones, los ejércitos, la cultura, la ciencia, las instituciones sociales. Sin embargo, quienes ostentan la «dirección» de las estructuras dominantes necesitan de la colaboración activa de muchos de los miembros excluidos: como guardianes, inspectores, informadores o verdugos, y de la colaboración pasiva del resto, de quien hay que conseguir que no se rebele y que acepte «de buen grado» su situación heterodesignada y alienada, para su propio bien y bienestar, lo que se suele conseguir bajo amenazas veladas de castigo o rechazo, que van produciendo una autocensura e incluso una autodesignación aparentemente voluntaria y consentida.
El principio fundador del patriarcado es la complementariedad, equivalente a una mutilación. La complementariedad entendida así no es la complementariedad ecológica de los seres vivos, sino que se impone por definición para cada categoría de seres humanos. Así pues, impide la subjetividad o construcción libre del sujeto-persona, puesto que refuerza la identidad, como sentimiento inevitable de pertenencia a algo o a alguien: a una raza, una nación, una clase, un gremio, un sexo, una religión; espejismo que altera el reconocimiento propio y ajeno del singular e irrepetible. Los pobres tienen que aceptar su situación y su destino desgraciado; las mujeres, su misión nutricia y maternal subordinada. Y no sólo deben aceptarlo, sino colaborar con ello para merecer la supervivencia. Esta mutilación se ha conseguido una vez más con refuerzos propios de las estructuras violentas: la persuasión y adoctrinamiento, la coerción, el encierro, el uso de la fuerza, la negación de la palabra.
El principio de complementariedad así concebido camina de la mano del principio de necesidad. Si no tenemos la posibilidad real de desarrollar subjetivamente las capacidades que se nos niegan, necesitamos de las demás gentes en función de lo que a ellas se les ha negado. Si a algunas mujeres se les niega el derecho a un salario y a los varones la posibilidad de desarrollar las habilidades expresivas para el cuidado y la atención a otras personas, la mujer depende del hombre económicamente, el hombre depende de la mujer funcionalmente, no podrán apenas salir del círculo vicioso y podrán llegar a creer que la naturaleza los diseñó para no ser completos. La otra parte no me importa realmente, sólo me preocupo por ella en tanto en cuanto es un medio para que yo pueda subsistir y desarrollarme; no porque sea mi igual social con quien deseo encontrarme y a quien tengo en cuenta.
Puesto que dependemos de los demás, estamos pendientes de sus movimientos y controlamos su existencia para que no nos falle la nuestra. Consideramos obvio lo no expreso, lo evidente por repetido, y podemos presumir cualquier cosa desde el prejuicio. El principio de presunción nos encasilla en roles y estereotipos para poder manejarnos mejor, para poder describirnos desde la ortodoxia, nos homogeneiza para clasificar nuestra identidad y mutilar nuestra subjetividad potencial. Nos nombra individualmente, nos censa, pero nos impide luego ejercer como sujetos singulares.
Esta estructura brutal de modelo único ha sido impuesta y soportada por largo tiempo y aún lo es en bastantes áreas del planeta. Sin embargo las teorías emancipatorias, los principios democráticos y los parámetros liberalizadores han minado en gran parte sus cimientos. El discurso de la Modernidad y de la Ilustración —Razón, Soberanía, Libertad, Justicia, Igualdad— comenzó a demoler el edificio patriarcal lenta y progresivamente y aunque las prácticas de estos principios sólo se han llevado a cabo parcialmente en los países del área occidental y no han llegado a gran parte de la humanidad, han abierto al menos las puertas de la conspiración y de la crítica y han hecho y hacen posible que cada vez más individuos accedan a sus beneficios y obtengan estatuto de reconocimiento.
Pero la ley del embudo del patriarcado pervive, se aloja en los sótanos oscuros de nuestras casas y corroe por debajo todo intento de rehabilitación del edificio social y humano, con nuevos materiales y por eso hemos de conocerla para buscar antídotos, para sanearla a la luz del día. Hemos de asumir que venimos de ella, integrarla para poder abordar su transformación. Muy a menudo tenemos tentaciones de despegarnos esta cataplasma con la que nacimos y hemos vivido a nuestro pesar, e inventamos para ello engaños de superación y acusaciones de nostalgia y victimismo para quienes nos la nombren.
La ley del embudo ha vivido y vive con holgura dentro de los sistemas autoritarios, de tradición, autocráticos, teocráticos y absolutistas. Pero desde el momento en que estos sistemas fueron subvertidos por los principios de la democracia, se tambalean como una falla que no se acaba de quemar, porque el fuego no llega a sus estructuras más fuertes y profundas. Y asistimos al espectáculo sin querer aceptar lo que ocurre.
Bien es verdad que gracias al camino ya recorrido en brazos de los principios democráticos, nos hallamos en un proceso de transición, en el que vivimos más amablemente y en el que nos sentimos más libres para poder construir nuestra subjetividad, pudiendo ya relegar un poco la identidad impuesta como etiqueta patriarcal. Las estrategias de evolución se le han ido de las manos a nuestro padre. Le hemos reclamado demasiadas cosas que no quería darnos. Le hemos arrancado muchos permisos, licencias, derechos, espacios. Nos hemos desmandado y ahora participamos en un juego de transgresión sin apenas reglas en el que nadie se maneja con soltura.
A este juego lo vamos a llamar «pacto cínico».
La idea maestra del pacto cínico tiene su origen en un artículo de Nieves Simón1, quien apuntaba a un análisis global del sistema mundial bajo el prisma siguiente: las democracias occidentales, herederas de las democracias incipientes y apenas consolidadas hasta el siglo XX, se redefinen en los estados de bienestar desde la Segunda Guerra Mundial, tintadas del liberalismo económico que ha interferido en su profundización y avance, ha inclinado la balanza hacia la hegemonía de los más fuertes y más competitivos y no ha garantizado los derechos conseguidos y enunciados en todas las constituciones. Bien es verdad que se ha pasado de una situación de servidumbre de los más a una de libertad formal generalizada que, sin embargo, viene dando como resultado situaciones estructurales de exclusión o de enfrentamiento expreso o tácito, por el desconocimiento de los límites, que nunca están bien definidos o también a causa del desdén hacia las convenciones que hacen posible la vida social.
Con el correr de los años y la incorporación de cada vez más estados al sistema democrático formal, los principios fundadores de libertad, igualdad y fraternidad, relatos inacabados de la era moderna, van mezclándose con brotes o secuelas de autoritarismo, por una parte, y por otra, con ramalazos de competitividad casi salvaje, resultando de ello un «sálvese quien pueda» y generalizando una filosofía que se podría definir, como en el diccionario de la Real Academia Española se define el cinismo, como: «desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de doctrinas vituperables». En la práctica esto genera el peligroso y atractivo juego del pacto cínico que se podría resumir en una frase de este tipo: «No te enteres de lo que hago y no me exijas, que yo no me enteraré de lo que haces y no te exigiré».
Si a ello añadimos el desconcierto que supone para el ejercicio jerárquico del poder el tener que contar con los grupos de presión y el tener que actuar para los colectivos desfavorecidos, resistentes incluso al ejercicio del poder, podemos tener dibujado el cuadro de lo que suponen en este momento las llamadas democracias formales o parciales, como preferimos llamarlas aquí: sobre el papel, generalización de los derechos, la representatividad y la justicia; en la práctica, abuso de la fuerza, de la información o de la riqueza, las armas patriarcales de siempre y por otra parte, desprecio de la rectitud y de la sinceridad, las armas cínicas por excelencia.
Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX y gracias a estas culturas democráticas de relativo reparto, grupos humanos sin voz ni voto ni señuelo seculares han irrumpido en la vida colectiva deseando ser incluidos en igualdad de condiciones con quienes disfrutaron antes de los beneficios de los bienes comunes. Acceden sólo nominalmente a los derechos, lo que les constituye en artífices potenciales de pactos, pero con enormes dificultades de reconocimiento paritario. Esto quiere decir que pueden sentarse a la mesa de la negociación, aunque mirados como advenedizos de segunda, enemigos encubiertos, adversarios molestos. De esas mesas de negociación saldrán los nuevos pactos sociales de convivencia simétrica; pero si todas las partes en liza no tienen papeles equipotentes, el resultado no será el que conviene al conjunto. En realidad se practica en apariencia la cultura del pacto, pero desde la ética y la ideología de la guerra («si yo gano tú pierdes, si tú ganas yo pierdo»). Es un estadio muy incompleto, frívolo, superficial y muy alejado aún de la verdadera ética e ideología del pacto («si tú ganas, yo gano, si tú pierdes yo pierdo»). Funcionamos con motores viejos a los que poco a poco se les van cambiando las piezas.
Los ejemplos más comunes de esta situación los tenemos en las negociaciones que tienen que realizar con las instancias de poder las organizaciones sindicales, en el pago de la deuda externa de los pueblos del tercer mundo, en las poblaciones de raza no blanca y en todas las mujeres de países democráticos. El propio poder establecido se ha dado cuenta de que con todos estos grupos o colectividades no hegemónicas hay que contar, incluso dialogar y negociar. Es casi imposible relegarlos porque molestarían desde la exclusión más que si se les concede un pequeño espacio con apariencia de digno.
Pero estos grupos no se conforman con un pequeño espacio, sobre todo porque no es digno, sino que irrumpen con pleno derecho y con el deseo, al menos simbólico, de acceder sin veto previo a los mismos beneficios y estatus de que disfrutaba la minoría de varones de clase media-alta, con titulaciones universitarias y con acceso al dinero y al poder de decisión, es decir, el prototipo androcéntrico de burgués, con quienes pretenden negociar y pactar.
Es evidente que los sistemas sociopolíticos occidentales y democráticos se han visto desbordados por esta avalancha de no esperados, incluso de no llamados, que se han colado casi a hurtadillas por las puertas abiertas de los estatutos de ciudadanía, y que se hallan aún en fase de acomodo. Mientras tanto, se les mantiene en precario y se les subsidia para que sobrevivan, pero se les acusa de su retraso en la integración plena. Se les distingue cuando obtienen un logro importante contra viento y marea, pero no se les allanan los escollos para que logren más. Cuando no superan algún obstáculo se argumenta que no quieren, no pueden o no saben.
De modo que las cosas se ponen bien crudas para ambas partes: quienes acaban de llegar se verán en la necesidad de arrebatar una parte de lo común a quienes se lo apropiaron en exclusiva. Esta otra apropiación debida se ha hecho muchas veces con las armas legales propias de los estados de derecho, como los impuestos, por ejemplo. La generalización de la enseñanza y de la sanidad públicas son el mejor ejemplo de apropiación debida. Sin embargo, la aplicación práctica de la justicia, el acceso a la vivienda y al crédito financiero o la obtención de un empleo bien remunerado, continúan siendo casi privilegio de quienes siempre lo tuvieron. No es fácil comprobar que hay para todos cuando los menos han escondido el tesoro y se lo reparten en secreto. Lo sorprendente es que se conoce la existencia del tesoro porque nos lo desvela la publicidad y la literatura institucional casi nos impele a su búsqueda.
La pasión por conservar a ultranza el secreto del tesoro puede ser una de las explicaciones de los escándalos de corrupción en los que se hallan involucrados gran número de políticos aliados con el poder económico y mediático internacional: grandes sumas de dinero y bienes obtenidos por ingentes operaciones comerciales o financieras que incluyen las armas, el narcotráfico, los combustibles y las tecnologías punta. Esto permite seguir manteniendo, aun sin merecerlo, el control y gestión de la mayor parte de bienes de la tierra. Esta es otra manifestación de cinismo, en la acepción que se halla en el diccionario de Julio Casares: «descaro en lo que uno hace o dice».
Los bienes comunes tales como la cultura, el conocimiento, la salud o el bienestar físico, psíquico y social, además de las riquezas materiales o naturales podrían estar cada vez más en manos de más colectividades o de más personas, pero se hallan acumulados y celosamente guardados —como otrora los tesoros de los piratas— esperando en la oscuridad a ser repartidos, y no precisamente en función de la necesidad, el mérito o el trabajo.
De este modo se practica colectivamente el pacto cínico: cada quien que cuele la cabeza por donde halle hueco, pues en principio tiene derecho a todo. Pero las minorías que ya tenían los derechos previamente desean seguir desmarcándose de las mayorías con un mayor acceso a la movilidad y a la información privilegiada o con el disfrute incontrolado de bienes de uso y consumo inaccesibles a las mayorías. Desean ostentar el privilegio de la distinción no ya en función del apellido, la herencia o el color de piel, la lengua y la educación recibidas, sino para convertirse en importantes, famosos o mitos sociales, por el placer que supone arrebatar y hacer ostentación, esconder malignamente la fórmula antes de que las masas exijan su parte, en forma de impuestos, de salarios o incluso de don.
Las constituciones igualitarias, aunque pura letra en la práctica cotidiana, abren sin embargo una brecha en las sociedades que se rigen por ellas, pues hacen creíbles los principios de soberanía, libertad y justicia. Los artículos que contienen enunciados del tipo «todos los ciudadanos son iguales ante la ley», «nadie podrá variar la decisión de un ciudadano respecto al lugar de residencia elegido», «el Estado garantizará … y removerá los obstáculos que impidan», no son ni más ni menos que una puerta abierta a la esperanza de participación en los bienes que hacen posible la dignificación de la vida social y de la vida personal, para que podamos obtener beneficios tales como la vivienda, el trabajo remunerado, el poder, el saber, la salud y los cuidados, los transportes, las ropas, el conocimiento, la información, los alimentos, los enseres, las máquinas.
El pacto cínico ya no es ley del embudo químicamente pura. Esa ley del padre grabada a sangre y fuego que se alimenta tan bien dentro de los sistemas autoritarios, como hemos descrito hablando del patriarcado. Pero nace de ellos, como proceso de evolución hacia fórmulas más comprensivas. Históricamente ha sido más trabajoso debilitar la ley del embudo que impide la rebelión, que trabajar con estrategias parciales que, aunque cínicas, permiten reconocer a las partes en una igualdad teórica y relativa.
El pacto cínico de las democracias formales olvida los deberes confundiendo a la ciudadanía menos informada y escamotea los derechos complicando su ejercicio hasta extremos insospechados. Por ejemplo, el derecho a asistir a la escuela en realidad es un deber. El derecho a la salud se actualiza en el deber de asistencia sanitaria. El deber de respetar semáforos y normas de tráfico responde al derecho a la seguridad vial. Esta confusión y falta de concreción en las democracias formales hace pensar que lo más inteligente es escaquearse, como se dice en la jerga de la mili. Pongo este símil porque resulta pertinente en este caso: el deber constitucional para los jóvenes varones de servir a la patria en el ejército proviene del derecho a la seguridad y a la defensa nacional que tenemos todos los componentes de la nación.
Esta ética cínica del escaqueo produce bastantes injusticias y no poco malestar. Tenemos la impresión colectiva de que se premia a quienes menos trabajan, lo hacen peor o se aprovechan de los bienes ajenos. Las argucias legales dejan impunes a quienes son responsables de actos inconvenientes o incluso delictivos, es difícil cogerlos con las manos en la masa, pues hacen falta pruebas que no se obtienen o se ocultan; las culpas siempre se diluyen: «Me engañaron, la norma ha cambiado, demuéstremelo, me provocaron, yo no empecé, los principales responsables están ocultos», etc…
Por eso algunas actitudes nostálgicas impelen a pensar que un sistema autoritario de ley, orden, castigo y escarmiento es más conveniente o por lo menos más cómodo para las gentes honradas y trabajadoras que, en todo caso, no van a ser víctimas de los castigos y sí beneficiarias del orden resultante. Quienes no se adapten a ese orden dispuesto sufrirán todo el peso de la ley, pero desde normas y principios bien determinados por la autoridad unilateralmente.
En realidad la confusión entre deberes y derechos, en el pacto cínico, beneficia a quienes detentan la hegemonía, del mismo modo que les beneficia cualquier ley del embudo. En el pacto cínico la inercia y la falta de concreción de las reglas de reciprocidad optimiza sus derechos y minimiza sus deberes. ¿Quién tiene más derecho a un trabajo bien remunerado, un empleado o su empresario? Al empresario se le supone mayor derecho a una remuneración elevada por su situación hegemónica simplemente, aunque sólo arriesgue algo que ni siquiera pertenece a su persona, como es el capital. Pero el deber de producir riqueza y de remunerar con ella otros trabajos de sus empleados tan necesarios o más que el suyo, no se le exige en la misma medida. Si todo se supone no se negocia, no se pone en cuestión ni se buscan vías de solución que rompan con la inercia del privilegio.
La confusión entre derechos y deberes perjudica a quienes no ostentan la hegemonía. La inercia relega sus derechos y desdibuja sus deberes, pues aprenden del modelo hegemónico que es posible obtener beneficios altos con esfuerzos bajos. Lo importante es ganar la posición del dominante, situarse bien a costa de lo que sea. A partir de ahí sus derechos se verán automáticamente asistidos y sus deberes se convertirán en actos de benevolencia y de buena voluntad, no exigidos de antemano por nadie.
El sistema de pacto cínico posee, sin embargo, y debido a la teórica igualdad ante la ley, la virtualidad de hacer posible el acceso a bienes y valores reconocidos como derechos para colectivos excluidos o desatendidos secularmente. Este concepto de pacto obliga recíprocamente a aceptar el reconocimiento mutuo de las partes y la parcela de poder que cada una de ellas pueda ejercer para presionar a la otra y conseguir una ración de lo que le corresponde, por medios pacíficos y negociando o por otros medios más violentos o más sutiles.
El ejemplo más esclarecedor de esta situación está en las relaciones sindicales con la patronal: aunque las dos partes se reconozcan interlocutoras y cada una conozca también la parcela de poder que le es propia, forcejean hasta la exageración provocando, o bien huelgas salvajes o bien cierres patronales. Cada parte sabe muy bien que la otra le puede presionar y manipular para que ceda, pero también sabe que sin ella no podrá llevar a cabo la tarea que les une: ni el empleado puede trabajar y cobrar sin su empresa, ni el empresario puede producir y vender sin sus trabajadores.
En la llamada vida privada existe también un buen ejemplo en las demandas de separación o divorcio. Cada parte conoce y reconoce la importancia de la otra y el carácter insoslayable de una negociación satisfactoria para que el convenio regulador funcione, pero frecuentemente se encastillan en posturas irreductibles que impiden clausurar de forma justa el régimen matrimonial y patrimonial anterior.
Es muy importante saber que los sistemas de pacto cínico que son las democracias parciales, conocidas como formales —aunque no guarden ni siquiera las formas— son un avance respecto a los sistemas de ley del embudo. Los sistemas de pacto cínico reconocen al menos a todas las partes y es posible ya ejercer la oposición sin el máximo coste: la quema de brujas o el exterminio, la cárcel, la tortura o el exilio. En los sistemas feudales y en los absolutistas y autoritarios sólo cabe el derecho a la magnanimidad y a la misericordia, a la crueldad o negación por parte de los poderosos, y por parte de los miserables y desposeídos el deber de acatar y conformarse con lo que el destino, los dioses o la fortuna han previsto para ellos, so pena de perder vida y hacienda.
La dinámica de los sistemas de pacto cínico es bien diferente. La movilidad social, posible aunque no muy probable, y el acceso a bienes mínimos de instrucción y de ejercicio de los derechos rompen el destino que lleva tanto a reacciones violentas y desgarradas como a la conformidad respecto de los opresores. Los sistemas de pacto cínico desdibujan a los opresores y a los invasores bajo siglas u organismos transnacionales, a los tiranos con el estatuto de aforados y a los abusadores bajo todo tipo de iniciales. Los sistemas de pacto cínico airean los derechos como si no comportaran deberes. No desarrollan mecanismos de autocontrol, pero tampoco pueden aplicar estilos represivos indiscriminadamente y a la luz del día. No obstante les resulta más fácil continuar con los métodos del Antiguo Régimen que arbitrar medidas alternativas eficaces y creativas, llegado el caso. Frecuentemente conocemos denuncias de torturas, guerras sucias, coerciones, presiones psicológicas, persecuciones y secuestros por parte de los propios estados de derecho y dentro del juego democrático, cínico por supuesto.
El pacto cínico no responde a unas reglas de juego iguales para todos los actuantes. También vive de lo que pervive: privilegios de clase, raza, sexo. Privilegios que sin embargo están excluidos de todos sus documentos, estatutos y leyes, ya que serían recurribles en nombre de los enunciados que definen la igualdad de todos sus miembros, pero que continúan viviendo enmascarados bajo distintos nombres y disfrazados con una habilidad e ingenio extraordinarios.
Esta descripción de los sistemas de pacto cínico político se puede trasladar a las relaciones interpersonales, sean institucionalizadas o no; se puede trasladar de lo público a lo privado. La ausencia de normas y de autocontrol lleva a una anomia en la que todo cabe para salvarse individualmente: el engaño, la mentira, el abuso, la apropiación. Esta ausencia de normas y valores se convierte de hecho en una mesa de juego donde la persona más avezada, cruel, hábil o seductora ganará la partida. Por tanto se tenderá a la adquisición de esta imagen de virtud perversa como garantía de éxito. Igual que sucede en el mundo de lo político y de la empresa.
Si en la organización de las relaciones primarias no rige ningún principio autorregulador, se corre el riesgo de caer en la tiranía del amor. Todo hay que hacerlo o no hacerlo por amor, fuera de contrato, porque se supone empatía o deseo de agradar. Y, como de hecho no es así, de ello resulta las más de las veces una guerra erótica —en palabras de Rita Liljeström— entre varones y mujeres, que se aprovechan de los privilegios ancestrales y de las discriminaciones seculares: los varones intentarán imponer sus necesidades y deseos por la fuerza convirtiéndolos en deberes insoslayables para las mujeres, y las mujeres tratarán de obtener sus deseos y de cubrir sus necesidades por medio del engaño o de la debilidad. Unos y otras usarán de la seducción y de la ambigüedad para llevarse el gato al agua. Pero esta guerra erótica es disimétrica: ellas y ellos no persiguen los mismos fines ni luchan con las mismas armas; el poder al que aspiran no es de la misma naturaleza: él persigue el poder de dominio y ella el de protección. La mujer está dispuesta a cualquier cosa con tal de ser amada-protegida por un varón. El varón empeña lo que haga falta para conseguir dominar-amar a una mujer y a su vez él va a suponer que ella lo cuidará y ella va a esperar que él la protegerá.
Una de las frases más bellas de la literatura amorosa: «Te necesito», no es tan bella si nos paramos un instante y la observamos con detalle: «Te necesito, ¿para qué?». Normalmente responderemos: «para ser alguien, para que me cuides, para que me nombres, para que me satisfagas, para que me mantengas». Estos fines no hacen más que ahondar en la creencia de complementariedad de los sexos; impidiendo el libre desarrollo de las personas, dificultan la construcción del sujeto y la posibilidad de interdependencia pactada y amorosa. Este modo de relación provoca injusticias y abusos en hombres y mujeres. En la guerra erótica todos pierden, ellas y ellos, como en cualquier guerra, sólo que quienes vencen pierden menos y se recuperan antes, naturalmente.
El sistema de pacto cínico en el mundo relacional-familiar lo describimos con detalle en el capítulo «Proyectos biográficos de género», en el que se explican bastantes de los implícitos que desde el universo simbólico prometen derechos iguales, sin que en ningún caso se basen en deberes recíprocos: «Haz lo que quieras y puedas siempre que no me moleste demasiado o que yo no me entere, que yo haré, lo que pueda y quiera, pero no supongas que yo tenga que hacer lo mismo».
Esta enrevesada frase podría resumir toda la filosofía que informa este tipo de relaciones interpersonales, que son propias de los sistemas de pacto cínico y que son cínicas también: las partes se reconocen ya y se saben acreedoras al respeto mutuo de sus necesidades y deseos, pero en el transcurso de la convivencia suelen conculcarse los derechos, por no haber llegado al reconocimiento explícito de los mismos y por haber caído de nuevo en procesos inerciales gobernados por la suposición y el prejuicio, que siempre benefician a quien domina. Por ejemplo, el derecho al empleo de las mujeres suele conculcarse cuando hay supuestas necesidades mayores, sean éstas públicas o privadas: porque no hay bastantes empleos para repartir o porque se las necesita en casa.
Los sistemas de pacto cínico tienen una deuda de reconocimiento hacia lo diferente. Su ética es la ética de lo hegemónico al suponer que el ideal de perfección implica la asimilación al discurso prepotente y central. Lo periférico es y continúa siendo lo otro. Pero lo otro exige cada vez más y no se conforma con las migajas obtenidas tras una mala y alienada adaptación, pues es ajena a lo propio de lo otro.
La acusación hacia lo otro siempre es de carencia o incompetencia. Puesto que no saben y no quieren, no pueden, no deben. Los ejemplos abundan en forma de meras frases tópicas publicitadas ampliamente: ¿Por qué los gitanos no se adaptan? ¿Por qué las mujeres no ejercen sus derechos, se dejan avasallar y no espabilan? ¿Por qué los catalanes no quieren hablar en cristiano? ¿Por qué los cholitos no se visten a la europea? ¿Por qué Cuba se ha empeñado en no integrarse al resto del mundo? Se pretende la normalización, y la normalización significa habitualmente confusión con el modelo prevalente. Cuando la normalización se pretende desde y hacia la otredad se la designa como obstinación, orgullo o incluso en el peor de los casos se define como insurgencia o subversión violenta, al mostrar la pretensión de imponer lo suyo propio, sin mixtificaciones. La licencia para imponer lo suyo propio sólo la tiene autoconcedida lo dominante, que obliga a toda suerte de trámites irresolubles e interminables a lo otro, supeditado pero molesto obstáculo para los fines imperialistas de dominio absoluto.
Los discursos hegemónicos actuales son avasalladores. Prometen todas las dádivas a quienes los acaten y se confundan en ellos. Lo relegado y periférico es irrelevante, imperfecto, incompleto, sin matices, idéntico, en suma. Se premia a quienes ayuden a desdibujarlo. Todo el mundo está dispuesto a conceder derechos a las mujeres para que no los ejerzan como mujeres. Los oprimidos, los otros, son bienvenidos si se quedan quietos en el rincón adjudicado, olvidando de dónde vienen. Son celebrados si autodesignan lo suyo propio como recién llegado y
