Demonios - Jorge Cervantes - E-Book

Demonios E-Book

Jorge Cervantes

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Beschreibung

El infierno no irrumpió en el mundo por accidente. Fue llamado. Una puerta sellada desde el origen se abre en las profundidades de la tierra. Los demonios comienzan a cruzar. Las ciudades caen, las comunidades se atrincheran y la humanidad aprende a sobrevivir entre sangre y silencio. Mientras los monstruos cazan en la oscuridad, los hombres se revelan igual de crueles. Sánchez fue líder, salvador y traidor. Dispuesto a cruzar cualquier límite con tal de conservar el poder, incluso si eso significaba negociar con el mismísimo diablo. Saúl intenta mantener una justicia que ya no tiene cabida en este mundo. Y Sara, convertida en la pieza clave de una guerra que no eligió, descubre que su cuerpo vale más que su propia vida. Mientras tanto, el propio infierno conspira para romper las fronteras impuestas desde el origen, enfrentando a los demonios defensores del statu quo con los expansionistas. "Demonios: Más allá del fuego" es una novela de terror adulto, violenta y sin concesiones. Hay sangre. Hay sexo. Hay cuerpos rotos y almas negociadas. No hay héroes intocables ni redención fácil. Aquí el horror no solo devora carne: corrompe, seduce y transforma. Y cuando el fuego deja de ser suficiente, lo que queda es decidir qué monstruo estás dispuesto a ser para sobrevivir.

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Seitenzahl: 364

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Indice

Capítulo I. (Sánchez. Diez años después del evento.)

Capítulo II (Sánchez. Día del evento.)

Capítulo III (Sánchez, en la actualidad)

Capítulo IV (Sara. Dos días antes del juicio de Sánchez)

Capítulo V (Sánchez, Saúl y Sara. En la actualidad)

Capítulo VI (Sánchez, día del evento)

Capítulo VII (Sánchez y Saúl. Día del evento)

Capítulo VIII (Saúl, Sara y Sánchez. En la actualidad)

Capítulo IX (Sánchez y Sara. Siete días después del evento)

Capítulo X (Sánchez. En la actualidad)

Capítulo XI (Sánchez y el diablo, tras el rescate de Sara en la cabaña de caza y la posterior huida de Sánchez)

Capítulo XII (Saúl. En la actualidad)

Capítulo XIII (Sánchez. Diez días tras el evento)

Capítulo XIV (Saúl. En la actualidad)

Capítulo XV (Sánchez y Roberto. Diez días tras el evento)

Capítulo XVI (Saúl y Martín. En la actualidad)

Capítulo XVII (Martín. En la actualidad)

Capítulo XVIII (Saúl y Martín. En la actualidad)

Capítulo XIX (Sánchez y Sara. En la actualidad)

Capítulo XX (Sánchez. Quince días tras el evento)

Capítulo XXI (Saúl y Ara. En la actualidad)

Capítulo XXII (Sara, Sánchez y el diablo. En la actualidad)

Capítulo XXIII (Martín, Saúl y Ara. En la actualidad.)

Capítulo XXIV (El día de la boda. Dos mil años antes del evento.)

Capítulo XXV (Ara, Saúl y Martín. En la actualidad.)

Capítulo XXVI (Helena, Maquila y Ara. Dos mil años antes del evento.)

Capítulo XXVII (Sánchez, Sara y el diablo. En la actualidad.)

Capítulo XXVIII (Araina, Martín y Saúl. En la actualidad.)

Capítulo XXIX (Araina, Martín y Saúl. En la actualidad.)

Capítulo XXX (Araina. Diecinueve años antes del evento.)

Capítulo XXXI (Ara, Martín y Saúl. En la actualidad.)

Capítulo XXXII (Ara y el Diablo. Dieciocho años antes del evento.)

Capítulo XXXIII (Ara, Martín, Saúl y Maquila. En la actualidad.)

Capítulo XXXIV (Saúl, Martín y Sánchez. Cinco años tras el evento.)

Capítulo XXXV (Araina, Maquila, Saúl y Martín. En la actualidad.)

Capítulo XXXVI (Araina y Maquila. Diecinueve años antes del evento.)

Capítulo XXXVII (Sara, Sánchez y el diablo. En la actualidad.)

Capítulo XXXVIII (Ara, Martín y Saúl. En la actualidad.)

Capítulo XXXIX (Hangraenoth. En la actualidad.)

Capítulo XL (Ara, Saúl y Martín. En la actualidad.)

Capítulo XLI (El diablo y Sánchez. En la actualidad.)

Capítulo XLII (Ara, Saúl y Martín. Hace quince minutos)

Capítulo XLIII (Maquila, Araina y Lucifer. Un mes antes del evento.)

Capítulo XLIV (Saúl, Martín, Sara y Sánchez. Hace diez minutos.)

Capítulo XLV (Lucifer, Sánchez y Sara. Tras el rapto.)

Capítulo XLVI (Saúl, Sara, Martín, Ara y Maquila. En la actualidad.)

Capítulo XLVII (Ara, Maquila y Sara. El día del evento.)

Capítulo XLVIII (Ara, Saúl, Martín y Lucifer. En la actualidad.)

Capítulo XLIX (Todos, en la actualidad)

Capítulo L (Sánchez. Durante la batalla de la caverna.)

Capítulo I.(Sánchez. Diez años después del evento.)

-¿Algo que decir?

Un reo maniatado y arrodillado, rendido frente a docenas de personas ansiosas de presenciar el desenlace, se negó, meneando ligeramente la cabeza, a hacer declaración alguna. El centro de la aldea estaba abarrotado. Prácticamente, los habitantes de toda la comarca se habían desplazado hasta allí para presenciar la ejecución. Todos y cada uno de ellos odiaban profundamente a Sánchez, que se había ganado el desprecio de sus congéneres a base de actos desmedidos de crueldad y abuso de poder. O esa era la conclusión a la que habían llegado los jueces.

El verdugo se preparaba. Aunque podía parecer una barbaridad, la sentencia era clara: muerte por decapitación. Algo totalmente inhumano, si lo vemos desde la perspectiva de la sociedad del siglo XXI. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas.

Fue en febrero del año 2136 cuando la codicia de ciertos empresarios llevó a los obreros de aquella mina en una diminuta localidad a excavar tan profundo como les fuese posible. Se invirtieron miles de millones en las mejoras técnicas, para acceder al mayor yacimiento de litio del mundo. El cual se extendía varios cientos de metros en el subsuelo. Las ganancias podrían haber sido millonarias, de no haberse dado el evento que se desencadenó, cuando los trabajadores llegaron hasta un raro objeto. Una especie de portal de hierro fundido. Algo que no debería estar ahí. Una placa de metal, grabada con las escenas de tortura y horror más terribles vistas por el ojo humano. En definitiva, un lugar maligno, tan nauseabundo, que todos los testigos salieron huyendo fuera de sí, como si el mismo diablo los persiguiese.

No iban muy desencaminados, pobres hombres, pues lo que aguardaba tras la puerta no era otra cosa que millones de seres repugnantes y despiadados, a los que en la actualidad damos el nombre de demonios.

Se trata de bestias, de piel gris oscuro, que parece deshacerse al tiempo que se regenera, dando la sensación de que su carne es casi un fluido viscoso. Huelen tanto a azufre y podredumbre, que el simple hecho de estar cerca de uno de ellos provoca unas intensas ganas de vomitar. Ciegos de nacimiento, carentes de ojos de hecho, se mueven con velocidad entre las grietas y las cavernas, como alimañas. Caníbales, carroñeros, asesinos y violadores, poco les importa qué comen, pues tienen un apetito desmesurado y no se lo piensan dos veces a la hora de destripar al ser vivo que caiga entre sus zarpas, para darse un festín de casquería cruda.

Ha pasado ya una década desde que el primer demonio pisó la superficie y, que sepamos, aún brotan miles de ellos cada día a través de su agujero. Huyen de su mundo subterráneo a toda velocidad, dispersándose y avanzando sin detenerse más que a realizar deleznables fechorías. Casi como si el infierno los escupiese, como si no hubiera sitio ahí dentro para tanto ser infecto. No duermen, no interaccionan entre ellos, solo vagan por la Tierra en busca de su siguiente presa, al tiempo que se alejan lo más posible de “la puerta del infierno”, como se ha bautizado la mina.

Ellos han causado el declive de la sociedad. La mayor parte de los seres humanos han sido aniquilados por los demonios. En las calles de las antiguas ciudades, aún se pueden ver los huesos de los primeros millones de caídos, esparcidos por todas partes y abandonados para transformarse en polvo con el paso de los siglos.

No queda un solo país, una sola isla o escondite, por recóndito que sea, en el que las personas estén libres de toparse, de repente, con uno de estos engendros. Cuando aparecen, muy pocos escapan de su ataque, pues son resistentes, aunque no inmunes, a las armas de fuego convencionales. En el cuerpo a cuerpo, letales prácticamente en el cien por cien de los casos. Si uno de ellos te localiza, te persigue hasta las últimas consecuencias, sin miedo, sin dolor, sin atisbo alguno de compasión.

Pero ya hablaremos más tarde de los monstruos. Ahora nos atañe la inminente ejecución de Sánchez, quien una vez fue el líder de su comunidad, un hombre venerado como a un sabio, que organizaba con pericia cada uno de los movimientos de los aldeanos que acabaron por convertirse en su ejército. Que lideraba a sus tropas, que impedía la entrada de demonios y ladrones, quienes solo buscan la destrucción y el apropiarse con los pocos bienes que pueda acumular un diezmado grupo de supervivientes.

- ¡Matadlo! - chillaba la turba. Enfurecido grupo de exaltados que exigían la cabeza del prisionero. - ¡Se lo merece! ¡Es un hijo de puta!

Sánchez parecía no oír a nadie. Permanecía inmóvil. Impasible ante el inminente final. Al menos sería rápido y no tendría que sufrir como algún ajusticiado previo. Abandonado en mitad de un bosque alejado, con un altavoz delatando su posición a los demonios. Él mismo había firmado sentencias así. Era consciente de las atrocidades que se habían cometido en su nombre o por sus decisiones, y cada una de las víctimas de sus años de mandato aún estaban muy presentes en su mente, como si sus almas volviesen de entre los muertos para vengarse, a cada intento de cerrar los ojos. Las terribles noches en duermevela, esperando que algún familiar se tomase la justicia por su mano y entrase en su casa para degollarlo mientras dormía, por fin terminarían. Solo faltaba un hachazo, un furioso corte con toda la fuerza del musculoso encargado de la decapitación, que haría rodar su cabeza muerta por las tablas del improvisado escenario. Lo último que oiría serían las risotadas del populacho, que era incapaz de comprender por qué un líder debe tomar decisiones tan difíciles como las que él había tomado. Decisiones que, en muchas ocasiones, se podrían haber tildado de inmorales, inhumanas o desorbitadas. Pero ¿quiénes eran ellos, pobres paletos, para juzgar? Si a duras penas eran capaces de escribir sus propios nombres, ¿cómo iban a comprender lo extremadamente duro que era dirigir una comunidad en los tiempos que corren?

-Si no tienes nada más que decir, empezamos. No te preocupes; será rápido.

El verdugo dio por finalizada la fase de alegatos. No quería demorar mucho más el espectáculo, pues el gentío empezaba a impacientarse. Le querían muerto. Estaban ávidos de sangre, casi como los demonios que tanto pavor les producían. Como si en algún momento hubiesen dejado atrás lo que les hace humanos, para ir adquiriendo los asquerosos deseos de sangre y dolor del enemigo. Como si vengarse en aquel momento de uno de los suyos, por malo que hubiese sido, les fuera a compensar parte del sufrimiento por el que todos y cada uno de ellos habían pasado.

Sin duda, la sociedad había cambiado mucho en la última década. Los pocos valores y principios que aún perduraban se diluían, dejando que las duras condiciones de vida y las necesidades hiciesen aflorar lo peor de las personas. Diez años después del evento, el mundo se ordenaba en diminutas comunidades, de no más de cien habitantes. Las grandes urbes atraían a los demonios, que viajaban miles de kilómetros, guiados por sus sentidos, directamente a los núcleos de mayor población. Allí acababan con todo ser viviente en cuestión de horas, sin dejar a nadie para contarlo.

Cada comunidad escogía un alcalde, que ponía orden en su aldea, para evitar conflictos e imponer las estrictas normas de silencio nocturno. Se encargaban de instruir milicias, que protegerían a los más vulnerables, estableciendo perímetros vigilados alrededor de las casas, toques de queda…

En la mayoría de los casos, las comunidades se aliaban para negociar con los bienes que lograban colectar o producir. De forma que se generaba un mercado entre ellas que, normalmente, estaba regulado por un consejo formado por los alcaldes.

Por desgracia, la seguridad ciudadana no era una prioridad para nadie en aquel momento. Los supervivientes, a pesar de que tendían a ser pacíficos, no dejaban de ser soldados forzosos. Gente que había tenido que defenderse en más de una ocasión. Era habitual encontrarse con algún extremista, algún personaje que antaño se hubiese tachado de psicópata o perturbado y que, con la desaparición de un cuerpo de justicia reglado, tendía a vulnerar las premisas básicas de convivencia.

Estaban pues, normalizadas, las violaciones, las agresiones, los robos y los asesinatos. Prácticamente gratuitos en la mayoría de los casos.

El frío acero rozó la nuca de Sánchez, produciéndole un leve escalofrío. Todo su cuerpo se estremeció en aquel contacto previo del arma ejecutora con su piel. Quedaba tan solo un instante para que todo se fundiese en una negrura inimaginable. Para que todo terminase y él tuviera, por fin, el dulce descanso de la muerte.

Apretó los dientes, luchando para que el irracional miedo que estaba inundando su mente, no se apoderase de sus esfínteres. Lo último que deseaba era que su imagen se emborronara con un charco de orín en sus pantalones.

El reo ya se había puesto a buenas con su dios. Conocía todos y cada uno de sus pecados y estaba dispuesto a pagar el precio por ellos. Era plenamente consciente de que cada una de sus, como mínimo, cuestionables decisiones, lo llevarían directamente al infierno del que brotaban los demonios que habían causado todo.

Ansioso, esperó que se cumplieran las habladurías de los más viejos, que dicen que los instantes antes de morir, ves en tu mente un amplio resumen de tu vida. No sintió nada místico. Solo dolor en la mandíbula y el sudor frío que resbalaba por su rostro, que parecía estarse produciendo por galones en su frente. Se colaba entre sus pestañas, a pesar de estar haciendo toda la fuerza que podían desarrollar sus párpados, para mantener sus globos oculares herméticamente cerrados. Como si la negrura que le impedía percibir nada fuera de su propia mente, lo fuese a proteger de lo que ocurriría segundos después.

El ruido de la muchedumbre era atronador. No se distinguía una sola palabra entre los gritos y chillidos de los aldeanos, que se afanaban en apresurar al verdugo para que cumpliese su cometido. Rítmicos golpeteos sobre lo que parecían cachivaches metálicos, trataban de convertir en música el sonido de la muerte. La canción de la venganza de la sociedad que anhelaba aquel baño de sangre. Hasta los más pequeños parecían disfrutar del momento, inocentes dentro de lo que cabe, como si el acabar con la vida de un hombre fuese un juego más. Un entretenimiento como cualquier otro, entre los pocos de que disponían unos infantes a los que el mundo les había arrebatado todo.

Sánchez continuaba sin mover un dedo. Rendido, preparado para el desenlace. Se centró en las voces, para tratar que su último instante no fuese tan desesperadamente terrorífico y, de pronto, todo quedó en silencio.

Capítulo II(Sánchez. Día del evento.)

Todo iba viento en popa. Sánchez salía, como cada día, de su empleo como administrador de una empresa de transportes, en el polígono industrial de su ciudad. Un trabajador más, ni querido ni odiado por sus compañeros. Un currante, que fichaba a su hora cada día para poder irse a su casa a disfrutar de la compañía de sus seres queridos. Carente de vicios más allá del tabaco, que se juraba a sí mismo abandonar cada semana. Aunque nunca lograba abstenerse de usarlo durante más de cuatro o cinco horas, sin caer en la tentación de encenderse un pitillo.

Era un viernes primaveral, cerca de las dos de la tarde. Todos los envíos habían llegado con éxito a su destino y no se esperaba ningún camión hasta el lunes siguiente, con lo que decidió darse el lujo de volver a su casa dando un paseo, en lugar de coger el autobús.

El sol calentaba la cara del hombre, mientras caminaba por las calles del polígono industrial. Hacía años que habían sido reformadas, para parecerse más a las avenidas de una gran ciudad que a las calles de una zona de tránsito de maquinaria pesada. Grandes árboles crecían en las aceras, dificultando el paso, en ocasiones, a los centenares de trabajadores que se apiñaban en las horas punta, en dirección a las naves en las que desempeñaban su jornada laboral.

Sánchez sabía que nadie le esperaba en casa. La niña comía en el colegio y Margarita, su mujer, no llegaría hasta la hora de la cena. Pues tenía una de aquellas jornadas intensivas que a veces le toca hacer al personal sanitario. Día feliz pues, para él, que podría dedicar un par de horas a ver alguna serie en las plataformas de streaming que tenía contratadas.

Lástima que precisamente aquel, no sería otro que el último día del mundo tal y como lo conocemos los lectores de estas líneas.

Los primeros en notar que se avecinaba un gran desastre fueron los animales. Los perros callejeros se pusieron a aullar desesperados. Eran decenas de ellos. Al unísono. Interpretaban una canción que ningún humano lograba comprender, aunque el resto de las bestias, captaron sin problema. Al instante, bandadas de pájaros echaron a volar, como si una bomba hubiese explotado en las inmediaciones. Los gatos huían en la misma dirección, saltando entre el mobiliario urbano a toda velocidad, como si se tratara de un grupo de esos molestos chavales que se dedican a corretear por la ciudad, tratando de saltar por encima de todos y cada uno de los obstáculos que logran encontrar. Hasta animales más grandes y salvajes abandonaron sus escondites entre la maleza, para cruzar las calles ante la atónita mirada de los transeúntes, que se paraban frente a las colas de jabalíes que se desplazaban en fila india sobre el asfalto. Aquella insólita migración debió ser la primera pista para el ser humano que, como era de esperar, hizo caso omiso a los avisos de la madre naturaleza.

Sánchez, como el resto, siguió con su paseo. Para él, aquello no era más que una anécdota que llenaría los tensos silencios en la convivencia con Marga. Era evidente que no estaban bien. Hacía mucho tiempo que su relación había perdido la chispa, ya no solo en el ámbito sexual. Las pocas veces que hacían el amor parecía más bien un acto rutinario, con el único objetivo de obtener un orgasmo rápido para ambos y poder irse a dormir lo antes posible.

Se aproximaba el único tramo del camino que Sánchez odiaba transitar. Un kilómetro en el que la zona industrial se unía con las afueras de la ciudad, donde se había asentado hacía relativamente poco, un grupo étnico que se jactaba de vivir exento de las normas establecidas. Chabolas hechas con restos de madera y chapa, que robaban de los edificios en construcción. Niños sin escolarizar, que correteaban semidesnudos de un lado a otro, cruzando sin el más mínimo cuidado por una carretera nacional, cuyo límite de velocidad estaba fijado en los cien kilómetros por hora. Las mascotas de estos individuos habían formado una gran manada de perros prácticamente salvajes, que iban y venían en busca de alimento, trasladando sus parásitos allí donde paraban. Aquellas personas, que a pesar de todo no eran violentas, ni mucho menos, no le quitaban ojo cada vez que pasaba por allí. Lo juzgaban, como si aquel cómplice del sistema estuviese invadiendo su territorio, como si quisieran, con la mirada, cobrarle un peaje por atravesar sus dominios.

A pesar del nerviosismo, el administrativo no estaba dispuesto a permitir que un grupo de desaliñados variase su ruta. Un camino que llevaba disfrutando muchos años, y que no pensaba abandonar.

En cualquier caso, aquel día no era como los demás. Los salvajes no miraban a Sánchez, pues estaban más preocupados de tratar de mantener a salvo a sus perros, que, desbocados, corrían fuera de control. Se lanzaban a los coches, como si quisiesen destrozarlos a dentelladas. Ladraban a los niños con los que a diario dormían en sus refugios. Incluso se atacaban entre ellos, propinándose bestiales mordiscos y dejando a otros chuchos, heridos en mitad del asfalto. Sus dueños los ataban con cuerdas. Tiraban con fuerza de los animales hacia su poblado, donde tratarían de apaciguarlos. El nerviosismo era palpable entre los habitantes del asentamiento. Sánchez pudo ver la desesperación en hombres adultos, que luchaban con todas sus fuerzas, pero eran incapaces de poner solución a una situación que ya se les había ido de las manos.

Apuró el paso. No le quedaba más remedio que pasar por allí. El autobús de vuelta ya estaría llegando a la parada frente a su oficina, y no habría ningún otro hasta bien entrada la tarde. De modo que se arriesgó en un instante en que le pareció que todos los canes estaban bien sujetos. Corrió varias zancadas antes de perder el aliento y tener que volver a su ritmo habitual. Todos los años en los que había cambiado el hábito de hacer deporte por el de beber cerveza sentado en un sillón, le pasaban factura. Casi estaba fuera de peligro. Unos metros más y llegaría al abrigo de las calles de la ciudad. Las aceras se le antojaban, en aquel momento, la mayor de las garantías de seguridad. Como a un niño que juega a pillar con sus amigos y grita: “¡casa!”; al subirse a cualquier altura.

Por desgracia, la situación era mucho más precaria que la de unos críos jugando. En el mismo instante en que Sánchez logró llegar hasta los primeros adoquines, un todoterreno se estampaba, a gran velocidad, justo en frente de sus narices.

Dos metros. Esa fue la distancia que salvó la vida al hombre. De haber muerto bajo el chasis de aquel monstruoso coche, los acontecimientos de los siguientes años habrían sido muy distintos. Pero el destino, o el azar, quisieron que sobreviviera para poder convertirlo en el mayor de los salvajes. Para que un hombre que estaba destinado a ser un mindundi el resto de su vida, se viera de repente, al frente de un puñado de supervivientes al mismísimo fin del mundo.

El vehículo no se estrelló sin una razón. Algo había asustado tanto al conductor, que éste había obviado su propia seguridad y, había terminado por perder el control. En aquel momento Sánchez no tenía ni idea de qué habría podido causar aquel accidente, pero no tardaría en descubrirlo. Se acercó con cautela al lugar de los hechos. La cabina estaba destrozada, completamente contraída por el tremendo golpe. En su interior, inmóvil, el accidentado perdía sangre en grandes cantidades. Tanta, que no tardó en escurrirse a través de la ranura de la puerta. No había gran cosa que hacer. Aquella persona estaba, con mucha probabilidad, muerta. No obstante, Sánchez trataba de socorrerla.

Habría hecho falta una herramienta específica para abrir aquel ataúd de hierro. A pesar de lo mucho que se esforzaba, Sánchez era incapaz de desatascar la puerta del conductor, que se había transformado en un amasijo de metal, totalmente doblado y retorcido, que de ninguna manera haría el movimiento para el cual estaba diseñado. Gritaba palabras de aliento al accidentado, a pesar de que era consciente de que ya nadie podía escucharlas. Entonces pasó algo que recordaría el resto de su vida.

Fue como si el aire se volviese frío de repente. Como si una enorme bolsa de viento congelado azotase de pronto su cuerpo, haciendo descender la agradable temperatura de aquel mediodía primaveral, bruscamente. De repente, parecía estar sujetando la puerta destrozada de un coche accidentado en el polo norte. Pudo ver el vaho salir expulsado de su boca como una nube de humo que le empañó de repente las gafas. Notó cómo se le erizaban el vello de los brazos y la nuca. Un cosquilleo en sus brazos hizo que se encogiera de repente, hasta el punto de tener que abrazarse, en un vano intento por entrar en calor. En aquel instante, una horripilante garra se clavó en la chapa. Rasgó el techo del todoterreno como si estuviera hecho de mantequilla. El movimiento de aquellas uñas negras hizo que el material chirriase tan agudo que nuestro protagonista se vio obligado a taparse los oídos. A la mano, le siguió el resto del cuerpo de un ser repugnante. Antropomórfico, pero muy lejos de parecer humano. De piel gris, chorreaba algún tipo de baba que, al caer resbalando por su piel, se estrellaba en el hierro, emitiendo un sonido de agua en estado de ebullición y dejando escapar una pequeña nube de gas, al tiempo que se evaporaba casi al instante. Cada una de aquellas gotas creaba un diminuto cráter en el capó del coche, como si se tratase de un ácido que corroía el material al entrar en contacto con el mismo. Pronto, aquel engendro asomó la cabeza. Un rostro sin ojos y con una boca enorme, mucho más grande de lo que cabría esperar. Carente de labios ni mejillas, la mandíbula se abría prácticamente noventa grados, dejando ver varias filas de dientes afilados como cuchillas, como si se tratase de la boca de un tiburón. Diseñada especialmente para evitar que sus presas pudiesen huir una vez las hubiese alcanzado.

Se movía rápido. Tanto que casi parecía estar dando saltos en el tiempo. Como si su mera existencia no fuese del todo continua, como si su imagen apareciese y dejase de estar, cada pocas milésimas de segundo, en este mundo.

Las fosas nasales del hombre se inundaron con el pútrido olor que desprendía el demonio. Un hedor tan fuerte a podredumbre, que el hecho de respirar cuando estaba cerca resultaba incluso doloroso.

Sánchez reaccionó muy rápido. Es imposible discernir si fue instinto de supervivencia o simple cobardía, pero el hecho es que salió corriendo como alma que lleva el diablo. No miró hacia atrás en ningún momento. Regresó sobre sus pasos, pasando de nuevo entre los salvajes, que miraban atónitos al monstruo que había salido de la nada, mientras sus perros luchaban por huir del lugar, a pesar de las ataduras que los retenían. Los animales mordían las correas, desesperados por liberarse, mientras sus dueños continuaban paralizados, sin saber cómo actuar.

Pronto, el ser se plantó frente al primero de los salvajes de un salto. Un movimiento de una potencia física muy fuera del alcance de los mejores atletas de entre los hombres. Un alarde de fuerza, que solo fue superado por su siguiente movimiento, cuando, de un zarpazo, arrancó la cabeza del pobre humano que tenía delante, solo para darse un festín con sus entrañas, mientras sus compañeros de etnia corrían de un lado a otro como pollos sin cabeza. Huían del lugar, pero solo consiguieron toparse de frente con otras tres bestias, que habían salido de la nada. Aquellos seres evisceraron a sus víctimas en cuestión de segundos. Huesos, piel y órganos salían despedidos a cada furiosa dentellada, como si en lugar de comérselos pretendiesen triturarlos para dejar sus restos lo más esparcidos posible sobre el asfalto.

Sánchez continuaba corriendo. Los gritos de terror de los que estaban siendo masacrados no hicieron más que espolear su huida. De pronto, la adrenalina generada por el pánico hizo que su sedentarismo no tuviese las consecuencias físicas de la última vez. Corría. ¡Caramba si corría! Se desplazaba a enormes zancadas, como si el dolor en sus piernas o el ardor en su pecho no significasen absolutamente nada. Podía notar los latidos de su corazón en la cabeza, acompañados de un intenso dolor. Se le nublaba la vista. Estaba al borde de la lipotimia y las náuseas amenazaban con frenar su carrera, pero él se negó a detenerse. Sabía que, si paraba, probablemente acabaría desmembrado igual que las pobres almas que no habían tenido los reflejos de huir a tiempo. Podía notar el frío a su espalda. Sabía que no andaban muy lejos. No podían verle, pues estaban demasiado ocupados destrozando cualquier presa que se cruzase en su camino, pero se acercaban más y más. Era imprescindible dar con un escondite. Algún lugar oculto que los monstruos no pudiesen localizar al estar privados del sentido de la vista.

Un pobre hombre caminaba en la dirección contraria, ajeno al peligro que acechaba pocos metros más allá. Sánchez le miró. Estuvo tentado de alertar a aquel desgraciado, pero pronto cayó en la cuenta de que el desdichado podría hacer de escudo humano. Que, quizás, aquellos bichos se entretendrían con su cuerpo lo bastante como para darle una ventaja sustancial.

Nada más lejos de la realidad. Cuatro bestias avanzaban en la misma dirección que él. Solo una se paró con el transeúnte lo suficiente para destrozarlo y continuar su camino. Podía escucharlos. Avanzaban apoyando manos y pies en el suelo, como híbridos entre perro y hombre, que se desplazaban al doble de velocidad que un cuarentón poco preparado físicamente, por mucho que el pánico le hubiese dotado de capacidades que ni sospechaba que tenía.

Tras doblar la siguiente esquina, le esperaba un tramo de varios kilómetros en línea recta. Nada se interpondría entonces entre perseguido y captores, y dada la velocidad de las alimañas, estaba convencido de que no lograría sobrevivir.

De nuevo, actuó su marcado instinto de supervivencia, para pasar del pánico a la genialidad en un instante.

Recorridos unos cien metros de la avenida principal, Sánchez frenó en seco su carrera para empujar con todas sus fuerzas la tapa de alcantarilla en la que habían estado trabajando esa mañana dos operarios del ayuntamiento. Los había visto a la ida y, como esperaba, ya se habían ido corriendo al escuchar los gritos del gentío un poco más hacia el sur. Retiró, apresuradamente, todos los elementos de señalización que habían dejado colocados, para balizar su lugar de trabajo y que el tráfico pudiese rodear la zona de la intervención. Se giró para posicionarse de frente a los monstruos y colocó las manos en sus caderas, adoptando una postura desafiante. Con el pecho completamente hinchado y la cabeza bien alta, esperó hasta que el primero de aquellos seres apareciese tras la curva, para quedarse justo en frente suya.

Se quedó paralizado, como un conejo al que le dan las luces en la autovía. Totalmente atónito, al ver un individuo que no huía despavorido nada más verlo. Meneaba la cabeza de lado a lado, como un ave de presa que trata de analizar la situación antes de lanzarse en picado a la caza. Dos más no tardaron en llegar. Se colocaron a ambos lados de primero, como si se tratase de una formación ofensiva, como si de repente, hubieran encontrado un enemigo y necesitaran hacer gala de todas sus dotes para la batalla, en lugar de lanzarse a bocajarro contra la presa.

Durante unos extraordinariamente tensos segundos, los dos bandos permanecieron inmóviles, casi como si se tratase de la escena de un duelo en un western clásico. Los gritos de terror que arrastraba el viento, casi se hubiesen podido confundir con la banda sonora de este tipo de filmes.

Entonces, los tres engendros se lanzaron a la ofensiva a gran velocidad. Sánchez aguantaba la posición. Debía calcular el momento exacto, o su plan no surtiría efecto, y las consecuencias serían nefastas. Mantuvo la sangre fría, mientras observaba la anatomía de aquellos seres que, pese a lo inexpresivo de sus rostros, transmitían auténtica maldad. Se notaba su deseo de descuartizar al hombre. Nada les hubiese gustado más que atraparlo entre sus garras y eviscerarlo con furia en plena calle.

Por desgracia para los monstruos, no tuvieron esa suerte. El autobús transitaba por su ruta habitual. Sánchez reconoció el sonido del trasto obsoleto en el que montaba cada día para volver a su hogar, y pudo calcular el momento exacto en el que taparía, con su chasis, la entrada a la alcantarilla, el tiempo suficiente para que él pudiese entrar y taparla. Como si de un truco de ilusionismo se tratase, desapareció ante sus captores, que no lograban comprender dónde se había metido. Sabían que andaba cerca. Lo olían, lo oían, pero invidentes, no eran capaces de comprender qué era una tapa de alcantarilla o cómo llegar a dar caza al hombre, que se escapaba por los túneles de saneamiento a toda velocidad.

Capítulo III(Sánchez, en la actualidad)

-¡Alto! ¡No podemos matarlo! ¡Este grandísimo hijo de puta se la ha llevado! ¡Es el único que sabe dónde está!

La turba enfurecida acalló de repente. Aquella información fue lo bastante efectiva como para sembrar la duda en el populacho que, hacía solo un instante, bramaba por la inminente decapitación.

La tensión se podía palpar en el ambiente, por lo que nadie se atrevía a emitir un solo sonido. Lentamente y con sus miradas clavadas en el suelo, los espectadores fueron creando un pasillo para el hombre que acababa de detener la ejecución.

-¡Ya ha aparecido el héroe! – Sánchez reía a carcajadas, consciente de que su retorcido plan estaba saliendo exactamente como lo había previsto. - ¿Qué vas a hacer ahora, Saúl?

Saúl Suárez. Un hombre alto, musculoso, quizás en demasía, de larga melena morena, que ondeaba al viento, tapando en ocasiones su apolíneo rostro. Subió al área de la ejecución de un portentoso salto, y se plantó justo frente al reo, que continuaba arrodillado. El verdugo se ensañaba con su cabeza, agarrándola con todas sus fuerzas para garantizar que los ojos del condenado, que aún estaban vendados, continuasen apuntando hacia el suelo, en señal de respeto por el intachable líder que se estaba tomando la molestia de dirigirse a semejante calaña.

-¿Dónde la tienes? -Preguntó sin rodeos.

-Donde no podrás encontrarla. Si me matas, ella morirá de hambre. ¿Podrás vivir con eso?

La mezquindad de Sánchez no era un secreto. Con el paso de los años había demostrado ser una vil alimaña, que rara vez daba puntada sin hilo. Y aquella no era una excepción.

-¿Qué tengo que hacer? ¿Torturarte?

-Si quieres…, a ver cómo reúnes las agallas para hacerlo. Me tacháis de cobarde y de mala persona, pero soy el único que tiene los cojones de hacer lo que hay que hacer. -Se tomó un momento, para inhalar el aire suficiente para que su voz llegase hasta el último de los espectadores. – ¡Sin mí todos estaríais muertos! ¡No finjáis que no lo sabéis! ¡Atajo de desagradecidos!

No parecía una gran idea faltar al respeto al pueblo que unos segundos antes quería ver rodar tu cabeza, pero el carisma de Sánchez, le permitía darse esa clase de lujos cuando se dirigía a las masas.

No había mucho más que decir. Estaba claro que se encontraban en un impasse. Ni el héroe consentiría en la ejecución, ni el villano le revelaría el paradero de la chica. Sánchez se sabía a salvo, de modo que se permitió la osadía de incorporarse, ante la mirada de desprecio del verdugo, que aún sostenía la enorme arma con el que a punto estuvo de rebanarle la cabeza.

A pesar de estar maniatado, se las arregló para quitarse la venda de los ojos y echar un vistazo a las personas que años antes le habían vitoreado, que habían bebido sus palabras, que cantaron sus alabanzas por haberlos puesto a salvo de los demonios. Le habían admirado por haber logrado encontrar un diminuto lugar relativamente libre de monstruos, en el que empezar a soñar con una nueva vida.

Las promesas políticas no durarían para siempre. Los pecados del antiguo líder lo habían puesto en contra de sus electores y él, al ver cercano el fin de su mandato, había tomado medidas.

-Sánchez…, tú crees que no dejaré que te decapiten, pero te equivocas. He terminado con tus juegos. Si no me dices dónde está, la encontraré por mis propios medios.

-¡Madre mía! ¡Qué pena no haber organizado una timba de póquer contigo, Saúl! Te hubiera desplumado, porque anda que no eres malo marcándote faroles.

-Esta conversación no tiene sentido. Si no vas a colaborar, no puedo ayudarte. Adiós.

Saúl se dio la vuelta, con la mirada fija en el suelo. Respiró hondo, en un gesto exageradamente intenso. A pesar de lo ridículo que le pudiera parecer a su contrincante, aquella pose propia de las películas de acción de antes del evento, logró arrancar los vítores de todos los asistentes. Sin decir nada más, abandonó el escenario, dando por finalizada la interrupción.

Solo cuando el mandamás hubo abandonado la escena, el verdugo volvió a sus tareas. Recolocó al reo de un solo movimiento de su enorme brazo izquierdo, le puso un pie sobre la cara, para evitar que se moviese, y levantó el hacha tan alto como fue capaz. En aquel instante de incertidumbre, la tensión y el terror se apoderaron del cuerpo del condenado. Sus esfínteres, en previsión de lo que estaba a punto de ocurrir, se relajaron de manera inconsciente, creando un soberbio charco de orín que manchó los pantalones de Sánchez. Justo cuando el hacha alcanzaba el cenit, el punto más alto, desde el que caería con todo el peso de la justicia para seccionar el cuello del delincuente, fue cuando Sánchez se dio por vencido y alzó la voz para salvar su vida.

-¡Está bien! ¡Te diré dónde está, pero tengo que ir yo contigo! ¡Es imposible que la encuentres sin mí!

El verdugo hundió su hacha en las tablas, justo frente las narices del hombre, para dejar claro, sin usar una sola palabra, que debía gritar las indicaciones pertinentes y dejar de demorar su trabajo.

-¡No pienso decirlo!- El prisionero comprendió a la perfección la comunicación no verbal de su captor. - ¡Son tablas! ¡O me llevas contigo, o se muere de inanición!

De nuevo, la comunicación carente de palabras fue suficiente para indicarle la orden al verdugo, que soltó a Sánchez. No sin propinarle un soberano puntapié en una de sus canillas, a modo de premio de consolación.

-Vamos, llevemos a este despojo a su casa. Por lo menos, para que se ponga unos pantalones limpios. Enseguida empezará a oler y no pienso andar por ahí con un cebo humano para demonios.

Las risas inundaban la plaza, que pasó de ser el escenario de un enjuiciamiento al de un circo, en cuestión de segundos. El payaso, al que todos señalaban y tiraban pequeñas piedras con intención de humillarlo, caminaba por entre la muchedumbre cabizbajo, tratando de que no vieran su rostro desencajado y avergonzado. Intentando, por todos los medios, conservar lo poco de dignidad que aún no se había ido por la pernera de su pantalón.

Tras unos minutos soportando zarandeos y escupitajos, protegido por el mismo bigardo que, minutos antes, había estado a punto de separar su cabeza de su cuerpo, cruzaron el diminuto asentamiento en dirección norte. Las casas, que antaño habían pertenecido a una lujosa urbanización a las afueras de la ciudad, estaban ahora habitadas por varias familias cada una. Seres humanos que preferían vivir apiñados, compartiendo cama y estancias, a alejarse de los enormes muros que les protegían.

Donde antes solo había un pequeño cierre de medio metro de alto, hecho con bloques de hormigón, para delimitar el recinto de la urbanización, se levantaba ahora una auténtica muralla hecha de metal y piedra, que impedía el paso a los ágiles demonios. Cuando las errantes bestias trataban de escalarlo, caían, al descender hacia el interior, en una enorme zona en la que se habían clavado a conciencia estacas afiladas. De modo que los seres quedaran empalados, luchando por zafarse hasta morir desangrados a las puertas de su festín de carne humana.

Centinelas vigilaban desde sus torretas día y noche, en completo silencio. De ver aparecer alguna sombra amparada en la oscuridad de las horas nocturnas, tenían orden de disparar flechas sin preguntar, pues el toque de queda impedía que ningún ser humano deambulase a esas horas. Absolutamente nadie se aventuraba fuera de los muros sin que toda la milicia estuviese previamente avisada. Toda la población, no solo de la aldea de Sánchez, sino de todos y cada uno de los asentamientos de los alrededores, estaba debidamente informada de que, de encontrarse fuera sin permiso significaba enfrentarse tanto a los demonios como a las personas. Nadie en su sano juicio desobedecería estas premisas. Nadie excepto el maldito Sánchez.

-¿La tienes fuera de los muros? ¿Cómo narices la has llevado hasta allí?

-Eso es cosa mía, ¿no crees? -El exalcalde había confesado, por fin, parte de la ubicación de la chica.

-¿No será uno de tus trucos? Como intentes algo raro, yo mismo te clavaré mi espada. No creas que me va a temblar el pulso.

-No es ningún truco, Saúl. ¿Quiénes vamos a ir?

-Eso es cosa mía, ¿no crees?

El nuevo dirigente sabía perfectamente que no convenía, en absoluto, dar demasiados detalles. Sánchez podía armar un plan de huida en un santiamén. Era capaz de prever acontecimientos a un nivel que el resto de los humanos no podría ni imaginar.

-Preparad todo, por favor. Iremos Andrés y yo con la alimaña esta, para que nos diga dónde narices la tiene.

Tres personas se disponían a atravesar las recias puertas de la aldea. Siempre que alguien se aventuraba al exterior, el ambiente se volvía lúgubre por un tiempo. A pesar de que las comitivas se habían vuelto imprescindibles para el comercio entre las aldeas, los ciudadanos eran conscientes de que era muy posible que las personas que se iban podían no regresar jamás. Este caso era aún peor, pues se iba Saúl Suárez, un de los vecinos más queridos y admirados por allí. Saúl siempre estaba dispuesto a echar una mano, se desvivía por la gente de la comunidad. Los conocía a todos y los trataba como si fuesen sus mejores amigos en el mundo. Un hombre ciertamente notable en todos los aspectos de la nueva normalidad. Cazador, recolector, constructor..., y un líder natural, al que costaba negarle nada.

Con Saúl, se aventuraba su guerrero de confianza, el jefe de la milicia que protegía el lugar. Andrés Bonaparte, como se le conocía, era un hombre de formación militar. Había participado en docenas de batallas y crecido dentro del organigrama del ejército. Tras el evento, y la posterior derrota de todas las fuerzas del orden del mundo, personas como Andrés habían quedado a la deriva, en un mar de gritos y desesperación. Ávidos de lucha, pero sin un general al que seguir, la mayor parte de los soldados acabarían hechos pedazos o vagando sin más fin que el de mantenerse a salvo de los demonios. Andrés tuvo suerte. Encontró en Saúl a su superior nada más conocerse y, desde entonces lo ha seguido ciegamente, para construir la preciosa aldea en la que vivían. Aquella comunidad había salido de sus manos. Juntos, con la ayuda de otros muchos, habían logrado levantar un sitio en el que los civiles podían vivir y trabajar sin el terror a ser desmembrados por los demonios. No es que aquella aldea fuera el estado de bienestar precisamente. Todos debían colaborar. Las tareas ocupaban la mayor parte del día de cada uno de los adultos, que trabajaban de sol a sol para mantener bien cubiertas las necesidades de todos los habitantes. Se había extendido aquella manera de pensar: "Si no colaboras, no vales", y era el mismo populacho quien se mantenía a raya. Así, la milicia se ocupaba exclusivamente de vigilar, sin perder el tiempo en labores policiales.

Andrés y Saúl cruzaron el umbral sin temor. El soldado llevaba consigo al prisionero, que aún avanzaba encorvado, por temor a recibir alguna pedrada por parte de alguno de los chavales que se había congregado junto a las puertas. Los adolescentes son los más difíciles de contener. Más los del mundo tras el evento. Tienen las emociones a flor de piel, todos tienen en su memoria cientos de escenas devastadoras, que bien podrían hacer perder el juicio a cualquier adulto, y llevan viviendo en un mundo violento y despiadado desde que eran muy pequeños. Chavales de entre trece y dieciséis años que, en su mayoría, tuvieron que presenciar una década antes, cómo los demonios infestaban sus ciudades, la orgía de vísceras y mutilaciones que fueron los días del evento y posteriores. Muchos sufrieron incluso, cómo alguno de aquellos asquerosos seres, desgarraban a sus padres o hermanos. En definitiva, la ira y la rabia se habían enquistado en las mentes de aquellos jóvenes, que clamaban por una venganza que su supuesto líder les estaba arrebatando. Deseaban la muerte de Sánchez, pues habían vivido tanta maldad y violencia, que solo eran capaces de expresarse de aquel modo.

Un crujido metálico resonó por el bosque. Las puertas se habían cerrado y los tres estaban solos, expuestos en mitad de la nada. Sabían que, en cualquier momento un demonio podría localizarlos, y que, si aquello ocurría, deberían correr con todas sus fuerzas, lo más lejos de la aldea que pudiesen. Pues si te descubre uno de esos engendros, decenas aparecerán en cuestión de minutos, para hacerse cargo de la carroña que deje el primero.