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Olga Cebrián se adentra con este libro en la misteriosa experiencia del desierto. El desierto posibilita ser nada: una hoja en blanco para reescribir la propia historia. Se va –o se viene–al desierto para escuchar, para entender que en el propio vacío habita una posibilidad, para emprender, a partir de ese momento, la aventura de la libertad. A partir del testimonio de 17 personas, algunos de ellos miembros de la red de meditación Amigos del Desierto fundada por Pablo d'Ors, la autora guía al lector por la gran paradoja de la vida: solo vaciándose uno mismo de lo que cree que es puede llenar su corazón y descubrir las riquezas que le esperan. Soltar y vaciar para salir de la prisión que tiene como rehén el corazón.
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Colección dirigida por Luis López González
Olga Cebriánes emprendedora, coach humanista, conferenciante, mentora, profesora de meditación y terapeuta humanista Gestalt. Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la UOC, posee Formación en Psicología Gestalt (IPG, Madrid) y certificación en coaching (CEC). Formada en Máster de Mindfulness terapéutico por la Universidad de Deusto Salud, en MBSR (Mindfulness Basic stress reduction) por el Instituto Nirakara (UCM) y en Senior Management Program (SMP) por el Instituto de Empresa (IE). Tras más de 20 años trabajando como directiva en las áreas de marketing y comunicación en empresas multinacionales, emprendió como co-fundadora la creación de una startup de difusión internacional www.aomm.tv (plataforma de clases de yoga y meditación online). Se dedica al mundo del acompañamiento a personas y grupos y a la difusión de la meditación y el silencio y da conferencias, retiros y talleres en España y América Latina. Es miembro de la red «Amigos del Desierto».
© SAN PABLO 2020 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected]
www.sanpablo.es
© Olga Cebrián 2020
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6411-3
Índice
Introducción
I. Algunos días antes del desierto
1. El mundo en que vivimos
2. ¿Quién soy yo? ¿Qué quiere la vida de mí?
3. Miedo a la realidad: Proteger mi ilusión
4. ¡Despierta y atrévete a nombrar la realidad!
II. Cuando todo se derrumba
5. Grietas para que entre la luz
6. Del temblor a la liberación
III. Me voy al desierto
7. Me retiro
8. Meditar en el desierto: Un retiro de silencio
9. Lo que es dentro es fuera
10. Un contexto histórico
11. ¿Qué voy a encontrar en el desierto?
12. Somos una nada maravillosa
13. Todo nace de la nada
14. Aprender a sufrir es aprender a vivir
15. Sombras en el desierto
16. La tentación vive dentro
17. Morir antes de morir
IV. El día después
18. Espacio de encuentro y acogida
19. Flores en el desierto
20. La compasión nace en el desierto
21. Unas últimas palabras
V. Los desiertos
El desierto de Mardía: «Una peregrina sufí»
El desierto de Jacobo: «Una ausencia rebosante»
El desierto de Carmen:«El camino de las emociones»
El desierto de Fernando: «La conciencia de la noche»
El desierto de Belén (La Niña Vintage): «Lo que es dentro es fuera»
El desierto de Rafa: «La mirada del maestro»
El desierto de Cus: «Un anhelo íntimo»
El desierto de Frederick: «Un silencio carmelitano»
El desierto de Eugenia: «Un presente eterno»
El desierto de Gopala: «La poesía del silencio»
El desierto de Ana: «Las ganas de llorar»
El desierto de Juan D.: «Un encuentro con el miedo»
El desierto de María Antonia: «La mística cotidiana»
El desierto de Amalia: «El próximo Sáhara»
El desierto de Juan M.: «La pérdida y el encuentro»
El desierto de María: «Una Madre del desierto»
El desierto de Giorgio: «La mística de Foucauld»
Epílogo: Un homenaje a la necesidad de escuchar
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Datos biográficos
Bibliografía
Para Mayte, mi madre,
por atreverse a darme la vida.
«Quien no conoce el desierto no conoce el silencio».Proverbio argelino
Introducción
«¿Hablar del desierto no sería, ante todo, callarse como él?» Théodore Monod.
Escribir sobre el desierto es hablar de la riqueza de la pobreza. Es hablar del interior que habita en el ser humano. El desierto es un lugar misterioso. Un espacio de contrastes donde conviven finitud y eternidad. Es una forma de vivir y una forma de dejar de vivir al mismo tiempo.
La escritura y edición de este libro ha sido una tarea hercúlea. Mi idea era trazar un mapa para ayudarte a entrar en el desierto y hacerlo con la mayor pureza posible. El desierto es un viaje que necesita un contexto: antes, durante y después del desierto. El desierto como un camino de un lado a otro de la vida.
Con la escritura de Desierto, he querido ser fiel a la tradición y compartir, de la mejor manera posible, una experiencia real de desierto. Lo mejor del libro son los diecisiete testimonios que encontramos al final. Personas reales con verdaderos desiertos. Esto, a mi modo de ver, es lo más enriquecedor del proyecto.
En este Desierto han participado personas muy diferentes: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, cristianos, ateos, agnósticos, budistas, sufís, hindúes, escritores, psicólogos, abogados, empresarios, productores de series, jubilados, profesores de yoga, maestros... Todos en busca de lo mismo: una verdad interior que no se mueve al antojo de lo externo. Todos comparten sus propios desiertos.
Para algunos el desierto es una elección, para otros un tránsito obligatorio por la vida. En todos vamos a encontrar desnudez y sufrimiento. Estos desiertos están llenos de riqueza y preñados de verdad. Todos con la humildad y honradez que exige el desierto.
Quiero daros las gracias por este regalo tan grande. Espero que sirva de acicate a las personas que vayáis a leerlo y que os ayude a vivir. Espero que os dejéis tocar por el silencio; que estas experiencias colonicen vuestro corazón, y os sirvan para adentraros en las arenas escurridizas del desierto.
He tomado muchas notas para escribir este libro. He asistido a cursos y conferencias. He dado o recibido más de cuarenta retiros de silencio en este tiempo. Todos ellos me han servido de inspiración para poder dar forma a este Desierto.
He vivido obsesionada por habitar el desierto y conocerlo. Por desvelar sus secretos y contároslos luego. He pasado un mes y medio en el desierto carmelitano de las Batuecas y he viajado por medio mundo habitando más de una decena de desiertos. El desierto habita en todas partes, no necesitas ir al desierto geográfico para conocerlo.
La vida iba pasando y todo iba sucediendo en mi interior: He desbrozado sombras, he conocido el desierto –mi desierto interior– y he podido descubrir algunas capas que me envolvían y que me estaban separando de la vida. Puedo decir que he atravesado el desierto: sombra a sombra, herida a herida, respiración a respiración.
Espero que la lectura de este Desierto sea de vuestro interés. He pretendido que no fuera un proyecto vasto y denso, y para eso, he tratado de ir a la esencia. He querido sintetizar, también, las ideas más importantes que he ido aprendiendo estos años sobre el desierto.
Quiero dar las gracias a Pablo d’Ors, a quien hace ya unos años me ha unido la vida. Pablo es mi amigo, un gran maestro y, sobre todo, un increíble compañero de vida. Pablo ha seguido mis pasos pacientemente en estos meses. Me ha sostenido y ayudado durante la escritura de Desierto. Sin él no habría conocido el desierto.
También quiero dar las gracias a mi familia, a mis amigos de siempre y a mis nuevos amigos de camino. Gracias por alentarme y perdón por el poco caso que os he hecho mientras trabajaba en este Desierto. Gracias a la editorial San Pablo por el aliento al confiarme este Desierto. Y, sobre todo, gracias a los que me disteis un sí quiero cuando os pedí vuestra participación en el proyecto. Gracias por compartir vuestra desnudez y vuestros desiertos.
Sobre Desierto diré: que es un libro que va de verdades, de desnudos y de desiertos. En el desierto no hay más que verdad, sin verdad no hay posibilidad alguna de desierto.
Todos estamos llamados a vivir el desierto. Lo elijamos o no, todos vamos a pasar por el desierto. La vida nos lleva al desierto para que no nos resistamos a ella. Otros viajamos en busca de sentido: la búsqueda de sentido es una de las principales razones por las que vamos al desierto. Para encontrar sentido a lo que ya existe, a lo que ya tenemos en la vida. Buscar fuera de la vida no nos acerca a ella. Los buscadores queremos encontrar lo que se encuentra detrás de ella. Ahí detrás está la verdadera vida.
El desierto puede adoptar muchas formas: un duelo, una enfermedad, un fracaso escolar, un despido, una depresión, un ataque de ansiedad, la desesperación, el desamor... todos iguales y distintos. Pero en todos ocurre lo mismo: en todos hay sufrimiento, vacío y una posibilidad.
El desierto se repite circularmente. Iremos más de una vez. Siempre dentro y siempre fuera: dentro de casa, fuera de casa. Dentro de mí, fuera de mí... Dentro y fuera del desierto. Vivimos así: saliendo y entrando de nuestra existencia. La vida es un círculo virtuoso: dar y recibir, amar y ser amado... Viajamos de la vida al desierto y del desierto a la vida. De la vida a la muerte y de la muerte a la vida.
Hablar del desierto es hablar de lo que nos ocurre antes, durante y después del desierto. Un desierto no es algo descontextualizado. Es más que un espacio de tiempo. Es el marco donde habita el silencio, porque sin silencio no hay desierto. Es un viaje de un lugar a otro de la vida. Un antes, un desierto y un después.
El desierto es vacío y es amor. Lo más probable es que encuentres grandes amigos en el desierto. El desierto nos hace regalos increíbles. Es sorprendente reconocer a un amigo en el desierto. La amistad es la otra cara del desierto, es el secreto del silencio. En el silencio no hay fisuras, no hay división posible. La unidad nace en el desierto y la amistad, como consecuencia inmediata, es la hija predilecta del desierto. Toda sabiduría se verifica en compasión, todo el desierto se verifica en amistad y verdadera alteridad. En el desierto se nos enseña lo esencial: aprendemos a escuchar y a atender a la verdad. En el desierto, realmente, a lo que aprendemos es a amar.
Hablar del desierto es hablar de interioridad y de verticalidad: viajamos a las entrañas de nuestro ser. Vamos al desierto en busca de la verdad, pero a veces es el desierto el que nos encuentra antes a nosotros. El desierto tiene dos vías posibles de acceso: buscarlo voluntariamente o dejar que él te encuentre. Si voy a buscar algo lo haré a una edad madura: ya no nos conformamos con nuestra pequeña vida; ya no queremos sucedáneos de vida. Pero lo más seguro es que sea el desierto el que te encuentre a ti: una crisis, una decepción, un diagnóstico médico, el desamor... Existen muchas formas de desierto. En ese momento, cuando todo se derrumba, estarás entrando en el desierto.
Un contexto, un marco, un antes y un después sitúan al desierto en el centro, en el lugar de encuentro de dos destinos. De la indigencia a la riqueza, de la carencia a la plenitud, de la mentira a la verdad y de la sombra a la luz. En toda transformación hay un paso previo por el desierto.
El desierto es un lugar de encuentro. No es de extrañar que sea el lugar «donde ocurre todo» para las religiones monoteístas, que aseguran que el encuentro con el misterio solo puede tener lugar en el desierto. En cualquier caso, este no es un libro sobre religión, este es un libro que habla sobre el viaje a la interioridad de nuestros desiertos.
Buscamos la paz y para alcanzarla debemos mirar dentro. Pero para eso hemos de dejar de escapar de nosotros mismos. Solo alcanzaremos la paz si emprendemos la vuelta a casa (a nuestra interioridad). El camino de vuelta a casa –al encuentro del yo supremo y verdadero– es un camino arduo, complejo, incómodo y seco. Te confrontará contigo mismo y te mostrará tu propia estupidez. En ese momento has llegado al desierto.
«Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro de si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa sí es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella...» Haruki Murakami.
La única verdad del desierto es que nadie sale de él igual que entró. El desierto es pura transformación. Es importante saber que a medida que seguimos avanzando, evolucionamos más allá de nuestro ego, que continuamente está buscando formas en las que encontrarse cómodo. Poco a poco descubriremos que somos mucho más grandes que él. Que lo que contenemos en nuestro interior no es verdad ni mentira, ni bueno ni malo. Pero es nuestro y debemos apreciar su riqueza. Llega un día en que el desierto termina y en ese momento se nos abre un horizonte nuevo, un horizonte lleno de posibilidades.
La única forma de conocer el desierto es viviéndolo. El desierto hay que vivirlo, no leerlo. Espero, no obstante, que este libro te ayude a descifrar alguna de las misteriosas claves del desierto. Viajamos al desierto para desvelar el secreto de nuestras almas porque toda alma guarda un secreto.
Con este libro quiero poner a prueba tu resistencia. Ojalá te atrevas a cambiar alguna de las ideas y creencias que abrigas. Te invito a desprenderte de lo que eres y de la idea domesticada que tienes sobre tu vida. La vida no se puede domesticar, no está para eso, lo siento. La vida está para vivirla.
El desierto te va a cambiar. Va a modificar tu imagen del mundo y la de ti mismo. ¡Bienvenido al desierto!
I. Algunos días antes del desierto
«He sido un hombre afortunado en la vida: nada me fue fácil» Sigmund Freud.
«Lo bello del desierto es que en algún lugar esconde un pozo» Antoinede Saint-Exupéry.
«La vida es un banquete. Y la tragedia es que la mayoría de la gente se está muriendo de hambre» Anthony De Mello.
«Nuestros enemigos no son los que nos odian, sino aquellos a quienes nosotros odiamos» Anthony De Mello.
1. El mundo en que vivimos
Hoy en día, algunas personas deseamos más silencio y mayor libertad. Unos nos llaman viajeros del desierto, otros nos llaman locos y poco más. Tenemos un anhelo de vivir más libremente y descargar nuestra mochila de esos asuntos que no son esenciales para la vida. Queremos reducir nuestro peso para habitar en la esencia. Nos hemos dado cuenta de que el mundo en que vivimos está lleno de ruido y de dolor. Viajar a la esencia y descargar todo eso que no necesitamos. No queremos huir del mundo, lo que queremos es cambiar nuestro mundo interior. La esencia es todo porque no tiene nada.
Vivimos en un mundo en el que valemos lo que hacemos. En el que, si no hacemos, ni somos, ni valemos. Hemos cifrado nuestra identidad en nuestra capacidad de producir. No en nuestra forma de vivir. En nuestro pequeño mundo occidental vivimos haciendo y no siendo.
Comercializamos con el miedo en un mundo dominado por él. Un mundo que te asegura todo. Un mundo donde se nos vende seguridad y se nos quita para vendérnosla de nuevo. Distribuimos miedo y vendemos las soluciones para acabar con él. Vivimos esclavizados por la tiranía de nuestras emociones: queremos poseer riquezas, honores, poder y seguridad. Pero no nos poseemos a nosotros mismos.
Tenemos miedo a la aventura. Tenemos miedo a la libertad. Queremos recetas seguras para todo y con eso no hacemos más que dinamitar nuestra capacidad de confiar. La seguridad es la mayor enemiga de la confianza. La libertad nos turba, nos altera y nos pone nerviosos. No queremos libertad porque también nos responsabiliza. En vez de ser libres, elegimos huir y apegarnos a todo, incluso a lo que nos hace daño. El ser humano es tan libre que puede escoger su propia esclavitud.
Buscamos una felicidad estéril que no pasa por crecer en libertad, y eso nos convierte en personas dependientes que sentimos mucha soledad emocional, la soledad de nuestro corazón al que sometemos a grandes agresiones.
Queremos entenderlo todo e intervenir constantemente en la vida (en la propia y la de los demás). Pero la vida no necesita que la arregles ni que la comprendas, la vida necesita que la escuches, que la ames y que la vivas. El problema es que pensamos demasiado en la vida y nos hemos olvidado de vivirla.
Nos pasamos el día en una búsqueda insaciable de amor, y cuando lo tenemos no queremos verlo. Nos pasamos el día exigiendo a los demás, con expectativas imposibles sobre ellos. Queremos exigir lo que se nos da gratuitamente. En occidente, además, nos alimentamos de drama y de intensidad, y estas son las causas principales de nuestro sufrimiento. El problema es que hemos construido un mundo sobre expectativas, y estas no hacen más que distraernos de las cosas esenciales de la vida.
La vida se burocratiza, hay tantas interferencias que ya no sabemos seguir nuestro propio camino. Nos encontramos perdidos sin conocer el sentido de nuestra vida. No sabemos para qué hemos venido.
Nuestro mundo es cambiante: eso nos produce estrés, incertidumbre y dispersión. Pero queremos resistirnos al cambio. Resistirse al cambio es resistirse a lo inevitable; lo mismo que la resistencia a la vida. Olvidamos que cada minuto es un minuto que no vuelve. Intentamos construir muros para detener el flujo de la vida, pero no hay muro posible para lo inevitable.
Estamos viviendo en un capitalismo emocional en que la conexión se vuelve exigencia. Generamos relaciones de dependencia. Abrazamos tan fuerte al otro que no nos damos cuenta de que podemos asfixiarlo. Somos adictos al enamoramiento, a las medicinas, a los tratamientos psicológicos, al móvil... Somos adictos a todo menos a la vida. Vivimos tiempos de exceso de exterioridad y de anemia espiritual (o de interioridad, cada uno que lo mire como quiera...). Hemos de aprender a cultivar el sentido real de la vida. El verdadero valor del otro: regalarle tiempo y atención. Una amistad verdadera. El otro es lo único que importa. Es lo único por lo que merece la pena la aventura cotidiana de un ser humano.
¡Urge un cambio! Hemos de recuperar el presente y el silencio. Ya no hablamos en el presente, no sentimos en el presente. Nos dolemos por el pasado o por el futuro. Hoy es cuando debo alimentar al hambriento y dar de beber al sediento. Hay poca vivencia del presente y el presente es la única forma posible de vivir la realidad.
La buena noticia es que existe el desierto. Podemos viajar al desierto a encontrarnos a nosotros mismos, a reconciliarnos con la vida y a dar espacio a nuestra alma que tiene un anhelo: quiere que la descubramos y que vivamos una vida auténtica. Quiere que seamos capaces de ver todo eso que antes no podíamos ver.
El desierto nos llama a vaciar la mente. Nos invita a dejarla en un estado fértil y de reposo. Es en la soledad, y el silencio del desierto, donde puedo escuchar la voz interior que cuestiona el valor de lo que antes anhelaba. Es ahí donde puedo descubrir el sentido de mi propia vida. Donde puedo encontrar la razón de mi existencia.
Recuerda que si no vas al desierto él se encargará de venir a buscarte.
2. ¿Quién soy yo? ¿Qué quiere la vida de mí?
¿Quién soy yo? ¿Qué quiere la vida de mí? Nos hemos perdido y ya no sabemos quiénes somos. Nuestras mentes están programadas, nuestras vidas también. Eso es lo que nos impide una entrega real a la vida. Tampoco nos hemos preguntado qué es lo que la vida necesita de nosotros. ¿Sabes lo que te está pidiendo la vida? ¿Qué necesita la vida de ti? Y si lo averiguas, ¿tendrás el coraje de dárselo? Para responder a esta pregunta has de mirarte dentro, con total honradez; has de tener el coraje de verlo. Tendrás que pararte y escucharte. Solo así podrás saber qué es lo que la vida necesita realmente de ti.
Si quieres responder a la vida con honestidad, has de peregrinar al núcleo silencioso que eres. En ese núcleo habita el centro de tu existencia. Solo ahí está el sentido de tu vida. Solo tras este viaje sabrás si has hecho un uso adecuado de tu vida. La vida es un regalo, pero también es una gran responsabilidad.
¿Quién soy yo? ¿A qué he venido aquí? Con estas dos preguntas empieza el camino de la búsqueda existencial. Son las dos preguntas que nos hacemos para descubrir quiénes somos. Si quieres saber quién eres, no te va a quedar más remedio que desaprenderlo todo; tendrás que abandonar la idea que tenías de ti, quien creías ser.
3. Miedo a la realidad: Proteger mi ilusión
«No pueden los humanos soportar demasiada realidad» T. S. Eliot.
La mayoría de nosotros hemos construido nuestra vida basándonos en ilusiones, creencias y opiniones. Eso nos obliga no solo a vivir alejados de la realidad, sino a huir permanentemente de ella. Hemos confundido la vida real con el mundo de los sueños. Para poder dar sentido a esta ficción, no nos ha quedado otra que proteger esos sueños. Vivimos protegiendo nuestros sueños porque creemos que eso nos hará sentir más vivos. Pero la realidad es otra: toda ilusión es la antesala de una desilusión.
La desilusión solo sobreviene cuando hemos esperado de la vida algo excepcional. La desilusión es como una caída, como un retorno doloroso a la realidad. ¿Por qué nos engañamos tanto? Porque a la mente no le gusta la verdad. Ese es el motivo por el que constantemente evitamos la realidad. Hemos de dejar de engañarnos y abrirnos a la realidad. Tenemos que dejar de proteger nuestras mentiras. La realidad no está fuera, está dentro. A la mayoría de nosotros nos aburre la verdad e incluso nos asusta. Por eso nos alejamos de ella. Pero mientras nos quedemos fuera, en la superficie, no seremos capaces de verla. Si no conectamos con nuestra verdadera esencia, no dejaremos que nuestra alma descanse. Recuerda que a tu mente no le gusta que tu alma descanse. A la mente le gusta la intensidad; por eso se ocupará de hacer todo lo posible por enturbiar la realidad y dificultarte que puedas verla.
Viajar al desierto es atreverse a recobrar la vista. Es tener la capacidad para salir de una vez por todas de la ceguera de las apariencias. Hemos de dejar de creer en las apariencias. Esta es una ardua tarea, puesto que las apariencias nos hacen creer que somos personas importantes. Pero eso es solo un espejismo. Lo único real es que todos somos iguales. Nos enfrentamos a un gran desafío: sentirnos unidos al otro, al distinto. Saber que el otro eres tú mismo.
4. ¡Despierta y atrévete a nombrar la realidad!
«Naciste con alas. ¿Por qué prefieres gatear por la vida?» Rumi.
¡Despierta! Primero la vida nos susurra, luego nos habla. Pero, como no hacemos caso, al final nos grita. Hasta cierto momento nos iba mandando señales; mensajes en forma de tristeza, desánimo, nerviosismo, ansiedad... Pese a todo, no quisimos escucharla. Estábamos dormidos –como decía anteriormente–, habitando nuestras ilusiones.
Hemos de despertar, abrir la ventana y asomarnos a la realidad. Hemos de abrir los ojos y mirar a la vida. Hemos de agarrarnos fuerte a la verdad. Cuando llegas al desierto, empiezas a despertar. Te das cuenta entonces de que ya no tienes forma de escapar. En el desierto la verdad emerge de forma inevitable y rotunda. En el silencio no caben ideas o creencias. No caben las ilusiones. Si te distraes, no sobrevivirás. En el desierto solo hay sitio para la verdad.
Lo creamos o no, una ilusión nos separa de la vida y nos conduce a la mentira. Nos aleja de la verdadera alegría de vivir. Por tanto, una de las tareas del desierto es hacerte ver tu verdad. Por fin vas a descubrir quién eres en realidad.
