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SINOPSIS: Es complicado asistir a una boda en la que el hombre que amas se casa con una mujer. Ariel pensaba que lo tenía todo: fama, talento y amor. Pero cuando Mario, su pareja, le confiesa que se va a casar para silenciar rumores, su mundo se viene abajo. Roto y traicionado, Ariel decide empezar de cero, pero no es fácil cuando el ruido invade tu cabeza. Una noche de alfombra roja, el destino le brinda otra oportunidad, lo empuja hacia Mike, un hombre tan atractivo como hermético, que carga con su propio secreto. El primer encuentro entre ellos es un choque de mundos, pero sus miradas cuentan la misma historia de dolor y deseo. ¿Crees en las segundas oportunidades? ¿Es posible volver a amar cuando ya lo has perdido todo? Atrévete a descubrir esta historia sobre la redención y la valentía de amor en voz alta. Atrévete a leer la nueva novela de Anabel Botella, autora de Ojos azules en Kabul, Cuervo Negro y Fidelity, que te enamorará desde la primera página.
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Seitenzahl: 350
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Título: Después del ruido
© Anabel Botella
ISBN: 979-13-990419-9-6
Primera edición: octubre 2025
Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com
Correcciones: Marta Mozo
Ilustrador: Ismael Álvarez
Maquetación: D. Márquez
Editorial siete islas, premio a la iniciativa empresarial en favor de la inclusión y la visibilidad del colectivo LGTBIQ+ en la tercera edición de los premios Fundación Manolita Chen
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.
A Juanjo, porque siempre eres la calma en mi caos. Gracias por tomar mi mano cuando te necesito.
Prólogo
Ariel
Otoño de 2020
Tan pronto me subía el corazón a la garganta como me bajaba a los pies.
Mi hermana me tenía cogido de la mano y, a medida que Mario avanzaba hacia el altar junto a su madre, notaba que la presión en el pecho aumentaba. El estómago no hacía más que dar saltos mortales y yo solo quería encontrar una salida que me alejara de aquel lugar.
No podía apartar los ojos de él. Estaba guapo, vaya si lo estaba. De los dos, Mario siempre había sido el guapo y yo, el interesante. Aunque a él le gustara ir siempre con pantalones vaqueros y una camiseta negra, el traje que vestía le sentaba muy bien. La corbata que llevaba se la había regalado yo. Era dorada, como el color de sus pupilas.
Mis ojos se encontraron con los de Mario y, por un momento, titubeó. Se quedó parado y se mordió el labio. Sus ojos se iluminaron como lo hicieron dos noches antes, después de que nos corriésemos en la ducha que nos habíamos dado tras el concierto.
Solíamos pedir dos camerinos, uno para cada uno, pero a él gustaba vestirse en el mío, ya que antes de salir al escenario le daba un beso en los labios. Era una tradición entre nosotros.
Mario se llevó una mano a la boca para toser. Estaba nervioso. Podía engañar a todo el mundo, pero yo sabía que no deseaba estar allí. Ni siquiera se quería casar con Sandra.
Yo quise correr hacia él, abrir los brazos y que se perdiera en mi pecho. Necesitaba oler el aroma de su pelo, rozar la piel de sus mejillas, saborear sus labios sin tener que esconderme. No había nada que deseara más que Mario diera un paso atrás y fuera un novio a la fuga; pero eso solo pasaba en las películas, en las novelas románticas que leía mi hermana. La puta realidad era bien distinta.
Apreté los labios.
—Ariel, ¿estás bien? —preguntó mi hermana.
La voz no me salía del cuerpo a pesar de dedicarme a ello y ser el cantante de una banda de música pop. Algo me estrangulaba la garganta. Negué con la cabeza.
—¿Quieres que nos vayamos?
Oí la pregunta, pero era incapaz de responder.
Me ahogaba.
La corbata que tenía en el cuello me apretaba cada vez más. Sin embargo, lo peor era la soga que había entre nosotros dos. Nos queríamos, pero no podíamos estar juntos, aunque lo justo habría sido decir que Mario no quería apostar por lo nuestro.
Cada vez que nos acostábamos, Mario siempre me decía que no habría una siguiente vez, que lo nuestro había terminado y que teníamos que seguir con nuestras vidas, como él había hecho con la suya. Yo no me lo tomaba en serio, porque de alguna manera él acababa buscándome y siempre había una llamada a la que yo acudía.
Él llevaba viviendo con Sandra más de tres años, desde que cumplió los veintidós. En apariencia, eran la pareja perfecta. Y lo serían realmente si él no fuera gay por mucho que se empeñara en decir lo contrario. Me había asegurado más de un millón de veces que a él no le gustaban los tíos, que solo le gustaba yo. Para él eso no era ser gay.
Incluso le gustaba ponerse bragas de encaje blancas y de seda. Se sentía bien cuando las llevaba. No tenía muy claro si Sandra vería con buenos ojos que compartieran ropa interior.
Aquel era el día de su boda. Mi mejor amigo, el chico de los ojos tristes, se casaba con alguien que no era yo. A pesar de que nuestro representante dijera que a nadie le importaba con quién follásemos, tenía claro que por Mario habría dado un paso más, aunque eso hubiera ido en contra de nuestras carreras. Éramos el grupo de moda y miles de chicas estaban enamoradas de nuestras letras, de nosotros. ¿Cómo íbamos a salir del armario y ser una decepción para nuestras fans? Esa era la frase que nos repetía todos los días Emilio, el hombre que nos descubrió y nos lanzó a la fama.
El último concierto de aquella gira lo habíamos dado en Valencia, en nuestra ciudad. Había sido un final de gira apoteósico. Hacía ya dos años que Los Martes era el grupo de música que habíamos soñado Mario y yo en casa de mis abuelos. Empezamos él y yo en el garaje y quedábamos los martes después de clase. Yo le mostraba mis letras y le poníamos música. Al principio lo hacíamos porque nos divertía y porque nos lo pasábamos genial juntos.
En plena gira nos enteramos de que estábamos nominados a los Grammy Latinos como mejor álbum del año, mejor grabación y canción del año con Viaje al centro de tus ojos. Ni en nuestros mejores sueños habríamos pensado que llegaríamos a tener un disco de diamante. Habíamos vendido copias en todo el mundo.
A mí se me daba bien cantar, componer letras y tocar el bajo, y a él le gustaba la batería. Después encontramos a Martín, que era un virtuoso de la guitarra y a Carlo, la segunda guitarra y con el que yo conectaba mucho musicalmente hablando. Las letras de las canciones eran mías, como también lo era la música, pero nuestras canciones brillaban gracias a Carlo. Hacía muy buenos arreglos y encontraba siempre lo que yo quería transmitir.
Mario y yo llevábamos más de ocho años juntos, desde los dieciséis, cuando terminamos primero de Bachiller. Bien es cierto que teníamos nuestras idas y venidas, pero lo que sentíamos era fuerte. Todas mis primeras veces importantes habían sido con Mario: el primer beso, el primer polvo, la primera borrachera, la primera noche que dormí con alguien, los primeros éxitos de Los Martes, la primera canción que le dedicaba a alguien. En cambio, yo no era la persona con la que él quería pasar toda su vida.
Podía recordar cuando nos reunimos por primera vez con Emilio y lo nerviosos que estábamos. Nos había visto tocar en una terraza de verano pasando la gorra y le gustó nuestro estilo casual y joven.
Como era un estudiante al que le habían concedido una beca, no tenía dinero para un traje en condiciones. Creíamos que teníamos que dar una buena imagen, así que fuimos a un Zara y nos compramos trajes de chaqueta: él, azul marino y yo, gris medio. Hicimos la entrevista, sudamos las camisas y luego devolvimos las prendas. Días después, Emilio nos llamó para decirnos que éramos lo que estaba buscando. Así empezó la banda.
Para el resto del mundo, Mario era mi mejor amigo. Para mí era algo más.
No sé en qué momento Sandra cruzó el pasillo y se colocó al lado de Mario. Estaba radiante y, en ese momento, pensé que no se merecía que Mario la engañara. Sin embargo, no sería yo quien rompiera sus ilusiones, quien le dijera que estaba viviendo una gran mentira junto a un hombre que nunca la iba a querer.
Todo estaba pasando demasiado deprisa. Aún tenía la esperanza de que se anulara la boda. El cura empezó a hablar, pero yo solo escuchaba cómo me retumbaban los latidos del corazón en los oídos.
Me temblaron las manos cuando el cura hizo la pregunta que no quería que Mario respondiera. Cerré los ojos durante unos segundos cuando en la iglesia todo el mundo enmudeció. Solo se escuchaba el ruido de varios abanicos.
—Sí… prometo serte fiel y respetarte…
Se me paró el corazón durante un segundo o puede que dejara de latir para siempre. Me levanté al tiempo que Mario giraba la cabeza hacia mí y cruzaba durante un segundo su mirada con la mía. Los invitados que tenía por delante de mí se me quedaron mirando.
Noté que los ojos se me aguaban, aunque pude contener las lágrimas que derramaría cuando estuviera solo. Carol hizo que la mirara y me preguntó con gestos que qué estaba haciendo. No entendía nada.
—Nos vamos —le dije tendiéndole la mano.
No hizo falta que le explicara nada más. Él había tomado su decisión y yo había tomado la mía. Sabía lo que esa decisión significaba para nosotros dos. Ya no era solo que la prensa rosa hablara de que yo había abandonado la boda de mi mejor amigo y de que se especularan los motivos, también era que lo mío con Mario había terminado en todos los sentidos. Yo no pensaba ser el tercero en aquella relación. No podía hacerle eso a Sandra. No quería convertirme en lo que siempre había detestado de mi padre, que nos abandonó a mi madre, a Carol y a mí cuando yo tenía siete años. Se marchó con otra mujer y se olvidó de nosotros. En dieciocho años solo había venido a vernos dos veces. Cuando quiso verme una tercera vez, yo no le abrí la puerta. El hombre que me había tratado como padre había sido mi abuelo materno y después Ralf, el segundo marido de mi madre.
—Lo siento mucho —me comentó Carol cuando salimos de la iglesia.
Los flashes de las decenas de paparazzi que esperaban a la puerta de la iglesia me cegaron por un momento. Me puse las gafas de sol y me pasé la mano por mi pelo ensortijado. Varios periodistas me metieron el micro casi en la boca. No presté atención a las preguntas que me hicieron. Tampoco tenían tanta importancia.
—No voy a hacer declaraciones —solté después de apartar varias veces los micrófonos de mi cara.
Carol se me adelantó en busca del coche. En cuanto la vi aparecer, me metí dentro y dejé que mi hermana me llevara a donde quisiera. Me daba igual donde fuera, siempre que fuera lejos de Mario, lejos de sus brazos, lejos de sus besos.
Y ya lo echaba de menos. Nunca me había sentido tan solo como en aquellos momentos.
Capítulo 1
Ariel
Nada más subir al coche de Carol, unas lágrimas resbalaron por mis mejillas. Mi hermana me tendió un pañuelo de papel.
—Ha sido un error venir —solté con un hilo de voz.
Carol se mantuvo callada.
—Sabía que iba a llegar hasta el final, pero tenía la esperanza de que se echara atrás en el último momento. ¿Qué hay de malo en mí?
—Nada. Tú eres perfecto tal y como eres, salvo cuando me robas las patatas fritas de mi plato.
El comentario me hizo reír. Cuando éramos pequeños siempre nos peleábamos por quién tenía más patatas en el plato. Un día, mi abuela las contó y durante más de un año dejó de hacerlas, hasta que le prometimos que no nos íbamos a enfadar nunca más.
—¿Sabes? No sé cuántas veces me dijo Mario que en Sandra quería encontrar la familia que nunca tuvo. Se ha agarrado a ella como a un clavo ardiendo. Cree que ella le dará todo el cariño que no tuvo de niño. Muchas veces me decía que quería tener una familia, dos hijos y un perro; una casa con piscina, viajar por todo el mundo.
—¿Eso es lo que quieres tú? ¿La familia de revista que posa sonriente, pero que es infeliz de puertas para dentro? No es sincero. Todo lo que busca no lo va a encontrar con ella.
Lo pensé durante unos instantes. Entendí lo que quería decirme. Claro que quería una familia, pero no en ese momento en que Los Martes acababa de despegar. En ese momento, mi carrera era más importante. Solo tenía veinticinco años.
—No teníais los mismos planes de futuro. ¿Cuántos años les das?
—No lo sé.
—Venga, di una cifra. No es difícil. Para él también es importante su carrera artística. Buscará excusas para no estar en casa. Será un marido ausente y luego un padre que no tendrá tiempo para sus hijos. ¿Crees realmente que tienen futuro?
—Diez años.
—Eres demasiado optimista.
—Ese ya no será mi problema.
Le pedí a Carol que me llevara a mi casa para tener mi propia fiesta privada. No me apetecía seguir con la conversación. Tenía una botella de vodka rojo en la nevera que pensaba beberme tirado en el sofá, pero mi hermana tenía otros planes para mí.
—¿Se puede saber qué cojones haces? Te agradezco que me hayas acompañado, pero me las puedo apañar solo. No te necesito para lamerme las heridas.
—Créeme, no quieres ir a tu casa.
—No te comportes como mamá, porque no lo eres. Tienes dos años menos que yo.
—En realidad son diecisiete meses.
—No te pases de lista conmigo.
Odiaba cuando tenía razón y me hablaba con esa voz dulce que, con toda seguridad, usaba en sus sesiones.
—Te estoy haciendo un favor. Si no quieres que me comporte como lo haría mamá, no seas un niñato. Mario solo se quiere a sí mismo. No sé cómo aún no te has dado cuenta. Tú mereces que te quieran bien, no ir mendigando lo que Mario te da.
—No me des lecciones de amor. Esta no es una de esas estúpidas novelas románticas que lees.
—Si las leyeras, igual te iría mejor. Un poco de amor propio es lo que te hace falta. Ahora, las protagonistas de estas historias son mujeres empoderadas. Siempre me he preguntado cómo lo haces. Eres dos Ariel en uno. El que se sube a los escenarios es brillante, ocurrente, poderoso y se come el mundo. Todos lo adoran. El que está sentado a mi lado tiene miedo de dejar que veamos lo grande que es. No sé por qué te haces pequeño. Cuando te des cuenta de que eres el mismo, vas a comerte el mundo entero. Siempre, siempre tienes que priorizarte. Si no te eliges en primer lugar no lo va a hacer nadie. Deja de ir detrás de él. ¿A qué le temes? No hace falta que me respondas. Te hago esta pregunta para que pienses en ella.
—¿Me estás haciendo una sesión de psicología?
—Sí, llevo un año trabajando de ello. Y agradécemelo, porque te la estoy dando gratis.
—Algún privilegio deberé tener al ser tu hermano —bromeé.
—¡Qué morro tienes! Con la pasta que ganas.
—No tanta como piensas.
—¡Pero si llevas un año dando conciertos y habéis vendido más de un millón de copias!
—Aún no hemos recibido los royalties que nos corresponden y tenemos que repartirlo entre cuatro, más nuestro representante, la casa de discos…
—Chorradas. Acabas de comprarte un ático y has podido pagar la mitad.
La miré. ¿Cuándo se había vuelto tan sabia? Hasta hace dos días era una niñata a la que le gustaba colarse en nuestros ensayos y quería acompañarme a todos los conciertos que dábamos en pubs. Aunque ella no me lo dijera, había estado enamorada de Mario durante parte de su adolescencia, hasta que nos pilló besándonos en mi habitación. Así fue como se enteró de que me gustaban los chicos. Sin embargo, a mi madre, cuando se lo comenté, me respondió: «Siempre lo he sabido. Una madre sabe ver en el interior de sus hijos».
Nos paramos en un semáforo. Desde el coche se podía escuchar el estribillo de Viaje al centro de tus ojos, que sonaba en el vehículo de al lado.
«Sé que tu nombre me persigue
En mis sueños te cuelas
En mis pensamientos siempre estás
Y solo quiero viajar al centro de tus ojos».
Recordé cuando le canté por primera vez la canción a Mario y lo que ocurrió después. Me hizo una mamada y después follamos en mi cama. Ese día nos hicimos un tatuaje juntos con una misma frase: «El amor es una elección». Dolía saber que nunca me elegiría a mí.
No quería que Carol se sintiera obligada a cuidar de mí. Solo necesitaba una borrachera y olvidarme de él.
—Te agradezco esta charla. Me ha venido bien, pero llévame a casa.
Carol negó con la cabeza.
—Es posible que haya más de veinte paparazzi en la puerta de tu casa. ¿Quieres ser portada de todas las revistas y que los lectores vean lo hecho polvo que estás mientras sale la foto de Mario besando a Sandra? Puede que alguien quiera ver esa imagen de cantante desconsolado, pero cuando pasen unos años, me agradecerás que no te hayan tomado esa foto. Tú eres más fuerte que eso.
—Hoy me da igual.
—Pero a mí no. Ariel Cooper está de vuelta de todo.
No respondí. Sabía que tenía razón.
Enfiló hacia la carretera de L’Eliana, donde mi madre tenía una acogedora casa que había comprado después de casarse con mi padrastro. En esos momentos estaban de viaje en Nueva York, de donde era Ralf. Teníamos una llave y a mi madre no le importaba que ocupásemos la casa. Desde luego, era la mejor opción para que la prensa no supiera de mí.
Antes de llegar, recibí una llamada. Miré su nombre en la pantalla.
—¿No vas a responder? —quiso saber mi hermana después de que Mario insistiera cuatro veces más.
Lo desconecté. No tenía ganas de oír sus excusas.
—No has hecho nada malo. ¿Por qué lo evitas?
—Siempre que me ha llamado, fuera la hora que fuera, yo he estado disponible para él. No sé si voy a ser lo suficientemente fuerte como para decirle que no.
—En algún momento tendréis que hablar.
Me presioné la frente con los dedos de una mano ante la amenaza de una migraña y cerré los ojos.
Cuando mi hermana detuvo el coche, salí y vomité lo que había cenado la noche anterior. Esa mañana no había podido comer nada. Ni siquiera me había tomado un café.
Carol aparcó en el garaje y después llegó a mi lado.
—Voy a prepararte una manzanilla.
—Échale un buen chorro de whisky.
—No necesitas whisky; lo que necesitas es una tarde de palomitas y una película de tiros y puñetazos, como en los viejos tiempos.
Atravesamos el jardín, aunque antes de entrar en la casa, mi hermana se adelantó y yo me recosté en una de las tumbonas que había junto a la piscina.
—Te espero dentro. Tómate el tiempo que quieras, pero si en media hora no has pasado, vendré a por ti y te daré una patada en el culo para que entres en el comedor.
Miré la pantalla del móvil y volví a encenderlo. Enseguida me entraron todas las llamadas que me había hecho, que eran mucho más de veinte.
Cuando volvió a llamarme, descolgué al tercer tono.
—Ariel, ¿qué cojones ha sido eso? —me gritó en el oído—. ¿No podías esperar a que terminara la ceremonia para marcharte? Siempre te ha gustado montar el espectáculo en todas partes.
—¡Que te jodan, Mario! ¿Es eso lo que te preocupa?
—Creí que había quedado claro que siempre la elegiría a ella. ¡Que te jodan a ti, Ariel!
—Ya estoy jodido.
—¿No puedes aceptar que la quiero a ella? No te debo nada.
—Tienes razón, no me debes nada. El amor es una elección —le recordé.
Nos quedamos callados durante unos segundos. Yo sabía por qué me llamaba y él también lo sabía. Esperé a que fuera él quien lo dijera.
—Quiero verte.
Agité la cabeza al tiempo que se me quedaba atascado el aire en los pulmones.
—¿Por qué me haces esto?
—Será la última vez. Esta vez es cierto.
—¿Por qué no puedes dejar las cosas tal y como están?
—Lo siento, Ariel, ni yo mismo sé lo que deseo, solo sé que quiero pasar un rato contigo. Sabes cómo soy. No puedo cambiar esto que siento. No soy perfecto. Te deseo, pero…
Pasaron dos segundos, tres y cuatro.
—Pero quieres dejar de pensarme, de desearme, quieres no tener que llamarme para que me meta en tu cama.
Una última vez. Solo necesitaba una vez más. Pero acceder a su petición era volver otra vez al infierno.
—La única manera de seguir adelante es dejarte atrás, Mario.
—No te atrevas a colgarme.
—Adiós, Mario. Sé feliz.
Era el momento de volar solo, de atravesar el cielo, flotar en el viento y dejarme llevar por la vida.
Capítulo 2
Ariel
Gala de los Grammy Latinos
Desde que Mario se había casado no nos habíamos visto, y no porque él no lo hubiera intentado. Yo lo había evitado durante un mes y medio, aunque él se había presentado varias veces en la puerta de mi casa. Tenía llaves de mi piso, pero cambié la cerradura cuando regresé de L’Eliana. En alguna ocasión había estado a punto de abrirle, pero sabía que hubiera sido un error y después me habría arrepentido.
Mi decisión era irrevocable. En ese mes y medio había recuperado parte de mi humor y de mi sarcasmo. Me había echado de menos en todas las semanas previas al enlace, donde se me había agriado el carácter.
Había llegado el momento de acudir a la entrega de los Premios Grammy. Estaba nervioso no solo por si sonaba la flauta y recibíamos algún premio —habría sido otro sueño cumplido desde que empezamos conLos Martes, pero era consciente de lo difícil que iba a resultar y de que era nuestro segundo álbum en el mercado— sino también porque Mario y yo nos veríamos las caras.
Cuando terminara la gala, después de ir a la fiesta, les diría a los chicos que me marchaba, que emprendía mi camino en solitario. Había llegado el momento de no mirar nada más que por mí. Sonaba egoísta, pero sabía que si me quedaba lo haría por miedo y mi carrera se estancaría.
Aún no se lo había dicho a Emilio y no tenía mucha idea de cómo se lo iba a tomar, pero me daba igual. No volvería a compartir escenario con Mario. Puede que me estuviera cerrando puertas y mi carrera se hubiera acabado, aunque si había empezado una vez, lo volvería a hacer. Nada ni nadie me detendría y no me importaba si tenía que tocar en la calle.
Aunque Emilio quería que volásemos todos juntos y me hizo llegar mi billete de avión, yo había viajado solo con mi hermana hasta Las Vegas, donde se celebraría la gala. Procuré que nuestros vuelos no coincidieran, así que salí un día antes que los chicos. En cambio, Mario había acudido con Emilio, Martín y Carlo. Era importante para mí que Carol fuera el hombro en el que podría apoyarme en cuanto Mario y yo nos encontrásemos. No me fiaba de mí, de no tirarme a sus brazos en cuanto él chasqueara los dedos. Siempre había pasado así: yo iba detrás de él cuando había un problema entre nosotros. Esta era la primera vez desde que nos conocíamos que Mario insistía en verme. Me lo podía imaginar desesperado y muy cabreado.
Aun así, de vez en cuando leía algunos de los mensajes que me había ido enviando desde que le colgué el teléfono el día de su boda. Nunca había estado tanto tiempo sin hablar con él. Mario era como una droga de la que me tenía que desenganchar.
«Necesito verte. Sé que tú también lo quieres». Yo también lo necesitaba. Me moría por estar con él, claro que sí.
«Solo pienso en ti. Dime que tú también. Nadie te va a follar como yo».
Yo también pensaba en él. Lo que los dos habíamos construido se había esfumado. Quería que lo entendiera. Había tirado a la basura nuestro amor y después se lo había llevado el viento.
«¿Por qué me castigas? ¿Por qué rechazas mis llamadas? Sé que lees mis mensajes. Contéstame».
«Joder, Ariel, déjate de gilipolleces y respóndeme a las llamadas».
«Mañana voy a estar todo el día solo. Te espero en casa. No seas capullo y no me dejes colgado».
Y unas horas antes de subirme al avión, me había enviado un último mensaje: «No soporto estar cerca de ti y no poder verte. ¿Compartimos cama en Las Vegas? Dime que sí».
Con ese último wasap había estado a punto de responderle. De hecho, había escrito varias veces un mensaje, lo había reescrito infinidad de veces y lo había borrado otras tantas. Menos mal que Carol interceptó mi mensaje.
—¿Por qué pierdes el culo por Mario? Deja que siga su vida y no eches por tierra todos estos días que has pasado de él. Vuelves a ser tú.
Tuve que darle la razón. Lo dejé en visto y después lo bloqueé.
Nada más llegar al aeropuerto internacional Harry Reid, un hombre nos esperaba con un cartel con mi nombre y el de Carol para recogernos. Se me hizo un nudo de emociones en el estómago. Aquello iba en serio y en dos días iba a encontrarme con un montón de artistas a los que admiraba.
Ya solo por eso valía la pena el viaje y pasar unos días en Las Vegas. Me tenía que concentrar en vivir mi sueño y disfrutarlo por todo lo alto, tanto si nos llevábamos un premio como si no.
Carol se metió una mano en el bolsillo y sacó una bolsita con confeti dorado, que tiró sobre nuestras cabezas.
—Ya que parece que tú no estás emocionado, lo haré yo por ti. ¡Bienvenidos a Las Vegas!
Levantó los brazos por encima de la cabeza y se puso a dar vueltas a mi alrededor. Me eché a reír. Era la mejor compañera de viaje que podría tener. En esos momentos me alegraba de haberle pedido a mi hermana que me acompañara. Aunque habíamos viajado en varias ocasiones a Estados Unidos, era nuestra primera vez en la Ciudad del Pecado.
No hizo falta que me presentara al chico que nos esperaba. Él fue quien me reconoció, y no fue el único; muchas chicas me pararon para pedirme una foto o un autógrafo. A pesar de estar viviendo el sueño de todo artista, no me terminaba de acostumbrar al éxito y a ser uno de los cantantes de moda.
Nuestras canciones habían llegado primero hasta Latinoamérica. En Colombia, Argentina, México, Brasil, Chile, Perú, Uruguay y Ecuador habíamos alcanzado el número uno al mes de haber sacado el disco. Después de ese éxito, nuestra música viajó a Florida, California y el resto del país. Bien es cierto que habíamos trabajado sin descanso en el segundo disco, que fuimos a todas las cadenas de radio que nos llamaban, por pequeñas que fueran, que intentamos estar en contacto con todos nuestros clubs de fans en todos los países, como nos había recomendado Emilio. Estuvimos muy metidos en redes sociales, hicimos concursos para regalar entradas en todas las ciudades en las que actuamos y tuvimos detalles con muchos de nuestros seguidores. Emilio solía decir que lo que habíamos logrado en tan poco tiempo no era fácil; era prácticamente un milagro.
Los Martes habían entrado por la puerta grande. Mi hermana siempre decía que era como si un hada madrina nos hubiera tocado con su varita mágica. Desde que decidimos subir nuestra primera canción a Spotify, YouTube, Instagram y TikTok, todo había salido rodado. Tenía la sensación de que la gente había estado esperando unas letras como las que cantábamos.
Después de montarnos en la limusina que nos esperaba en el aeropuerto, el chico nos llevó al hotel.
—Desde luego que en América saben hacerlo todo a lo grande —dijo Carol cuando entramos en la ciudad.
¿Qué podía decirle? Tenía razón. Las Vegas era una ciudad enorme y llena de luces. Daba igual que fuera de día o de noche: era luminosa allá donde miraras.
—Espera a ver el hotel —comenté.
—La verdad es que he mirado por internet cómo eran las habitaciones.
Yo también había echado una ojeada por las redes, pero para ella era la primera vez que dormía en un hotel de cinco estrellas. Era otro nivel y el lujo se pagaba.
—Pero una cosa es mirar unas fotos y otra muy diferente es oler cómo huele nuestra habitación, secarte con un albornoz que no te quitarías ni para dormir, meterte en unas sábanas de hilo egipcio o que te sirvan el desayuno en la cama. Y puedes pedir lo que quieras al servicio de habitaciones a la hora que sea; te lo van a servir sin problema. La primera vez que me alojé estaba tan perdido como un pingüino en un desierto.
—¿No te daba un poco de miedo tirarte un pedo?
Solté una carcajada.
—Solo un poco, pero ¿tú crees que los ricos no se los tiran?
—Sí, pero hay pedos que valen tres millones de dólares, como los de Taylor Swift o los de Adam Levine.
—Déjate de tonterías. Solo hay dos clases de pedos: los que huelen y los que no.
Llegamos al Encore at Wynn Las Vegas, el hotel donde había reservado una habitación con dos camas dobles. Era la manera de no caer en la tentación por si Mario decidía llamar a mi puerta. Ellos se alojarían en el Bellagio.
Lo que llamó mi atención fue la cantidad de agentes de seguridad que había a la entrada y en el hall. Me sentía alguien importante entre tantas celebrities.
Nuestra habitación estaba en el penúltimo piso, desde donde teníamos unas vistas sobre la ciudad alucinantes.
—Yo también quiero ser rica y famosa como tú, pero no tengo tu arte. No lo puedo tener todo. Yo me llevé la guapura, la inteligencia, la chispa, la elegancia, la simpatía, y tú, el talento —dijo cuando atravesamos el hall.
—Menos mal que me tocó algo a mí. —Me encogí de hombros.
—Bueno, eso es porque fuiste el primero de los dos. También tienes el cuerpazo de un dios griego. Lo que no sé es cómo no estás con un tipo cada día.
—Tengo suerte en todo, menos en el amor.
—Igual encuentras a alguien interesante aquí. Así podría venir a visitarte una vez al año. —Se tiró sobre la cama—. Quiero quedarme a vivir aquí.
—Tú haz lo que quieras, pero en cinco días regreso a Valencia. Necesito encerrarme para seguir componiendo. Esta vez mis letras hablarán de desamor y necesito concentrarme.
—¿Cuándo te vas a tomar unos días de descanso? Y no me estoy refiriendo a este viaje. Quiero decir a tomarte dos semanas o un mes para tocarte la barriga o lo que te dé la gana. Llevas trabajando en tus letras y en el anterior disco una media de trece horas diarias, si no son más. Te mereces un tiempo para ti.
¿Qué podía decirle?
—No es buena idea. Me gusta lo que hago. Si me tomo unos días de descanso, sé que voy a responder a algunas de las llamadas que me hace Mario. Necesito estar ocupado, necesito caer en la cama rendido para no pensar en él. ¿No lo entiendes?
—Lo único que entiendo es que necesitas pasar el duelo y no evitarlo. Porque cuanto antes lo asumas, antes pasarás página.
Tragué saliva. Tomé aire intentando aparentar que estaba tranquilo. No funcionó. No podía decirle que no estaba preparado para pasar página.
—Esta noche iremos a ver un espectáculo del Cirque du Soleil y mañana iremos a ver otro de magia. —Cambié de tema.
Aunque estábamos reventados del viaje y me habría tumbado en la cama, habíamos llegado por la mañana y teníamos que aprovechar las horas del día y dormir por la noche.
—¿Quieres que vayamos a comer algo? Tengo hambre —sugirió Carol.
—Te invito a lo que quieras. ¿Qué te apetece? ¿Pizza, una tortilla de patatas, tacos, fajitas, chino, japonés?
—Si te digo la verdad, me apetece comerme una buena hamburguesa con queso y patatas fritas. He venido a cebarme de comida basura. Ya haré dieta cuando llegue a casa.
—Entonces no necesitamos salir del hotel.
Bajamos al restaurante, donde nos sentamos en un jardín junto a una piscina. Había muy pocas mesas ocupadas, aunque Carol se fijó en una donde se sentaba una pareja.
—Pájaro a las seis. Está muy bueno.
Giré la cabeza hacia donde me decía mi hermana. Tenía que darle la razón.
Ella miraba su móvil y mordisqueaba una patata frita con desgana. No entendía que existiera gente que no saboreara con ganas unas buenas patatas fritas. No podía asegurarlo, pero me parecía que era Marita Nophal, una cantante mexicana que había estado nominada varias veces a los Grammy Latinos, aunque nunca se había llevado un premio. Me gustaban las canciones de Marita. La acompañaba un tipo de casi dos metros, un rubio que fumaba con la mirada perdida y tenía media camisa desabotonada. El plato que había pedido apenas lo había tocado.
Antes de sentarnos, mi mirada se cruzó con la suya. Me hizo un repaso de arriba abajo y se mojó los labios. Habría jurado que, de haber estado a solas, me hubiera dicho: «Mira lo que tengo entre las piernas». Y yo me hubiera lanzado. A un tipo como él no se le podía decir que no. Sus ojos verdes estaban apagados y todo él languidecía, como el vaso de whisky que tenía en la otra mano.
Le pedí al camarero que nos trajera un cuarto de libra, unos aros de cebolla, dos platos de patatas fritas —porque era lo único que no compartíamos— y unas costillas glaseadas al horno con una coleslaw1. De beber nos apetecían dos cocacolas con helado de vainilla. Carol y yo teníamos debilidad por esa bebida.
Cuando se marchó el camarero, me giré hacia la mesa del rubio. Estaba boqueando y se daba toques en el pecho; unos segundos después se llevó una mano al cuello y había dejado caer el vaso al suelo.
—Mike, ¿qué te pasa? —gritó Marita.
El tal Mike estaba bastante rojo y se estaba quedando sin aire. Hizo un gesto con las manos para que alguien le diera en la espalda. Marita se levantó y empezó a darle palmadas.
—¡Dime qué te pasa! ¡No sé qué quieres que haga! ¿Hay alguien que pueda ayudarnos?
—¡Tienes que hacer algo! —me animó Carol.
Por unos momentos me quedé bloqueado, pero pasado el primer momento de no saber qué hacer, me acerqué hasta ellos. Antes de sacar nuestro primer disco, me saqué un grado medio de auxiliar de enfermería. Hacía un tiempo que no practicaba. La piel de Mike estaba pasando de rojo a morado. Tenía que hacerle la maniobra Heimlich antes de que fuera más tarde. Le rodeé la cintura con los brazos. Le coloqué el puño de la mano derecha con el pulgar contra el vientre, justo por encima del ombligo, pero por debajo del esternón. Hice un movimiento rápido hacia arriba. Al tercer intento salió un trozo de carne de la boca de Mike.
Cayó de rodillas y luego perdió el sentido. Lo tumbé en el suelo. Tenía que hacerle el boca a boca con urgencia. Olía a alcohol y a tabaco, pero no me importaba, porque también percibía el aroma de su aftershave y de lo suave que eran sus labios. Tras unas cuantas bocanadas, abrió los párpados.
—¿Estás bien? ¿Quieres que llamemos a un médico? —dije en inglés—. No estaría mal que te hicieras un chequeo para descartar alguna enfermedad.
Él negó con la cabeza. Noté que le pesaban los párpados y puede que también la vida. Se mojó los labios y quiso incorporarse, aunque le puse mis dedos sobre el hombro. Tenía la piel cálida y suave. Mike siguió el movimiento de mi mano. Noté que se le erizaban los vellos y que uno de sus pezones se ponía duro. Cruzamos nuestras miradas al tiempo que apartaba mi mano con brusquedad. Él contuvo un suspiro.
—Lo siento.
—Tío, ¿me estás metiendo mano? —Me dio un empujón y caí de culo al suelo—. ¡Aparta! ¡No me pongas las manos encima, puto maricón! ¡Te rompo la crisma!
Abrí los ojos con asombro y me incorporé de un salto. Me había quedado sin palabras. Negué con la cabeza. Habría jurado que era gay, pero igual me había equivocado. Me separé de él.
—¿A ti qué te pasa, gilipollas? —Di varios pasos hacia atrás—. ¡Te acabo de salvar la vida! ¿Y es así como me lo agradeces? ¡No te estaba metiendo mano! ¡Que te jodan!
Se había puesto cachondo y me estaba vacilando. Yo lo sabía y él también.
—Eso es lo que te gustaría a ti, que te jodieran; pero no yo.
Eso me hubiera gustado verlo por escrito y firmado con sangre de unicornio.
Pasé de responderle. Que se las apañara como pudiera.
—¿Sabes lo que te digo? —Carol se acercó a mí—. Puede que no esperara que un tipo con un cuerpazo como el tuyo le hiciera el boca a boca. Ese gilipollas no sabe que has sido portada en varias revistas. Seguro que piensa en ti esta noche mientras se folla a la rubia.
—Ya da igual. No me interesa. No creo que volvamos a encontrarnos.
1Ensalada americana de col.
Capítulo 3
Mike
Mi vida era una puta mentira. Mi máxima siempre había sido la de no enamorarme para no sufrir. En la época de instituto me había pasado años enamorado de mi mejor amigo. Nunca le había podido decir lo que sentía por él. Para mí estar a su lado era suficiente. En el último año de instituto le diagnosticaron un cáncer de huesos y murió un año y medio después. Antes de que se marchara, me confesó que había estado enamorado de mí desde los doce años. Ni siquiera en esos momentos pude confesarle lo que sentía por él. No lo hice porque tuve miedo de dejarme ver, de que el mundo viera lo que soy: un puto maricón de mierda.
Cuando me di cuenta de que no me gustaban las mujeres, sino que me sentía atraído por las personas de mi mismo sexo, experimenté el mayor de los dolores. Era desgraciado y le dije a Dios infinidad de veces que aquello no podía ser, que algo estaba mal en mí. También le pregunté por qué me pasaba eso a mí. Por más que intentara sentirme atraído por una chica, el pensamiento me provocaba repulsión. A escondidas veía Revistas de porno gay. En realidad era solo una que le había robado a mi tío.
Más pronto que tarde, el mundo entero se daría cuenta de que era un fraude. Para todos mis fans, yo era la estrella de fútbol que llevaba una vida envidiable. Con veinte años empecé a jugar en el Shamrock Rovers y, dos años después, me casé con la hija del presidente del club por un desliz. A los seis meses llegó Ireland, nuestra pequeña, que ya había cumplido los once años. Si no me decidía a salir del armario era por ella… y por mi viejo; y porque en Irlanda era difícil enfrentarse a según qué tabúes.
Mi matrimonio con Riona duró un año más. En todo el tiempo que estuvimos juntos, solo me acosté con ella doce veces. Mi exesposa las contó. Al final se cansó de tener que ir detrás de mí para que me metiera con ella en la cama. Entendía que se hubiera liado con mi mejor amigo, Liam. Él, al menos, le daba lo que yo no podía darle.
Tras separarme, me había vuelto adicto a fingir en el sexo con las mujeres, a disfrazar mis sentimientos, y mi vida se me resbalaba de las manos. Para todo el mundo era un mujeriego y un promiscuo que cambiaba de pareja cada tres meses. Sin embargo, lo que no soportaba eran los dramas de las tías con las que había estado.
En la cumbre de mi carrera, el Manchester United y el Real Madrid me habían ofrecido unos contratos millonarios, pero yo no quería moverme de Irlanda.
Sin embargo, con Marita había llegado a un acuerdo y por eso llevábamos más de ocho meses juntos. Ella no me pedía que me metiera en su cama ni yo quería follar con Marita. Al menos no había tenido que fingir con ella en ese sentido. Solo nos mostrábamos cariñosos cuando estábamos en público y, después, cada uno hacía su vida.
Antes de salir del hotel hacia la gala, me metí en el baño y me hice una raya. Luego me bebí un vaso de whisky. Además, me tomé dos analgésicos para la pierna. El dolor me estaba matando. Como estaba lesionado de una rodilla, no tendría que pasar un control antidroga para jugar. Tenía para dos meses más antes de pisar el campo de juego.
