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Emma no puede creer que tenga que volver a pasar las vacaciones de verano junto a Niko. Aparentemente, es el chico perfecto (guapo, inteligente, ingenioso y con una habilidad especial para hablar mediante frases de películas), pero Emma sabe que en realidad es un engreído insoportable.
Además, es impensable que se plantee una relación con él... Niko es el hijo de la esposa de su padre.
Pese a todo, este año está decidida a que las vacaciones en familia sean tranquilas y agradables: va a ser una hermana modélica.
Sin embargo, el pueblo levantino en el que veranean se verá afectado por una serie de terribles asesinatos... Nadie está salvo, ni siquiera la propia Emma. Anabel es una de las mejores autoras juveniles en la actualidad. Esta novela es un pequeño tesoro que seguro que te tendrá enganchado hasta el punto y final.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
COMO DESEES
Anabel Botella
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Título original: Como Desees
© Del texto: Anabel Botella
© De la cubierta: Munyx Design
Copyright © 2013 Anabel Botella
Copyright © 2019 Anabel Botella
Copyright Booktrailer: Editorial Tinturas
© De esta edición: Editorial Tinturas
Email: [email protected]
www.editorialtinturas.com
Impreso en España
ISBN: 978-84-122197-1-5
Depósito legal: V1075-2019
A mi padre, porque es un luchador como pocos, a mi madre, por ser tan especial. Os quiero mucho. Gracias por tanto.
ÍNDICE
Prólogo ........................................................................................9
Capítulo 1 ............................................…...........................…..13
Capítulo 2 ..................................................................................23
Capítulo 3 ..................................................................................33
Capítulo 4 ..................................................................................43
Capítulo 5 ..................................................................................55
Capítulo 6 ..................................................................................63
Capítulo 7 ..................................................................................73
Capítulo 8 ..................................................................................85
Capítulo 9 ..................................................................................89
Capítulo 10 ................................................................................99
Capítulo 11 ...............................................................................111
Capítulo 12 ...............................................................................125
Capítulo 13 ...............................................................................139
Capítulo 14 ...............................................................................151
Capítulo 15 ...............................................................................155
Capítulo 16 ...............................................................................171
Capítulo 17 ...............................................................................185
Capítulo 18 ...............................................................................189
Capítulo 19 ...............................................................................201
Capítulo 20 ...............................................................................213
Capítulo 21 ...............................................................................219
Capítulo 22................................................................................235
Capítulo 23 ...............................................................................249
Capítulo 24 ...............................................................................261
Capítulo 25 ...............................................................................271
Capítulo 26 ...............................................................................283
Capítulo 27................................................................................287
Capítulo 28 ...............................................................................301
Capítulo 29 ...............................................................................313
Capítulo 30 ...............................................................................325
Capítulo 31 ...............................................................................339
Capítulo 32 ...............................................................................351
Capítulo 33 ...............................................................................359
Capítulo 34 ...............................................................................369
Epílogo ......................................................................................383
PRÓLOGO
Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó.
Varón y mujer los creó. Génesis 1:27
Miércoles 28-06-2017
Andrea abrió los ojos asustada y agudizó el oído. Corría por el bosque y se había adentrado en una zona donde abundaban los pinos. Dejó atrás el camino de tierra que llevaba al pueblo. Algo se movía entre las ramas de los árboles. No habría sabido reconocer de qué se trataba, si de un animal o de una persona que se había perdido. La brisa de la mañana la hizo estremecerse.
―¿Hay alguien ahí? ―preguntó con temor.
Advirtió de súbito la respiración agitada de un joven, tan cerca de ella que podía notarla en su cuello.
―¿Hay alguien ahí? ―volvió a preguntar Andrea con un nudo en la garganta―. Por favor, responde.
La chica permaneció inmóvil. El corazón comenzó a bombearle frenéticamente. Ya no le parecía tan buena idea haber salido a correr por el bosque a primera hora de la mañana. Los pinos parecían cernirse sobre ella amenazadoramente.
—Esto no tiene gracia.
―«Yahvé puso su mano sobre mí» ―susurró la voz de un joven detrás de ella―. «Me dijo: Hijo de hombre, ponte de pie, te voya hablar. Te envío donde esa raza de cabezas duras y de corazones obstinados para que les digas: ¡Esta es la palabra de Yahvé...! Y tú, hijo de hombre, no les temas, no temas a sus amenazas; serán para ti como zarzas u ortigas, como un escorpión donde te hayas sentado. No tengas miedo de sus palabras, no temas ante ellos: ¡no son más que una raza de rebeldes!».
Sin vacilar un segundo más, Andrea echó a correr hacia el pueblo. No estaba tan cansada como para no intentar escapar de allí como alma que lleva el diablo. Gotas de sudor le perlaban la frente. Sentía que quienquiera que fuese ese joven le iba a la zaga, sin descanso detrás de ella, mucho más deprisa de lo que hubiera querido, pero en ningún momento se permitió el lujo de mirar hacia atrás. Fuera quien fuese no debía tener buenas intenciones, pensó.
―«Entonces pasé cerca de ti y te vi; era el tiempo de los amores, eché sobre ti mi manto, cubrí tu desnudez y te hice un juramento. Hice una alianza contigo, palabra de Yahvé, y tú pasaste a ser mía. Te vestí con ropajes bordados, con calzado de cuero fino, puse en tu cabeza un velo de lino y de seda…».
―¿Qué quieres de mí? Por favor, no me hagas daño.
Andrea sacó su Smartphone que tenía dentro de una funda de plástico sujeta a su brazo. No consiguió acertar a marcar el número de su padre y el móvil le resbaló de las manos cayendo al suelo. No se detuvo a recogerlo. El chico se acercaba cada vez más y más. Podía notar cómo la respiración de su perseguidor casi se confundía con la suya.
―Déjame en paz, por favor. No he hecho nada.
La joven estaba al borde de un ataque de pánico.
―«Tu belleza se hizo célebre entre las naciones: era una belleza perfecta gracias a mi esplendor que derramaba sobre ti, palabra de Yahvé».
Andrea siguió avanzando sin detenerse. Su vida estaba en juego.
―«Pero luego pusiste tu confianza en tu belleza, tu fama te permitió prostituirte; prodigaste tus encantos a cualquiera que pasaba y te fuiste con Él».
Entonces notó que algo la detenía agarrándola del pelo. Perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el suelo. En un movimiento rápido, el chico que la perseguía se colocó a horcajadas sobre ella. Llevaba el rostro cubierto con un pasamontañas, aunque Andrea pudo ver que tenía los ojos azules, de un color tan intenso como un mar embravecido.
―Por favor… por favor… ―empezó a gimotear como si aquellas palabras pudieran salvarla de la situación en la que estaba―, deja que me vaya… No sé qué quieres de mí…
Andrea comenzó a golpearle en el pecho con ambas manos hasta que su opresor se las inmovilizó por detrás de la cabeza. Él se acercó hasta su oído para murmurarle.
―«Si decimos que no tenemos pecado, nos estamos engañando a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». ―El chico elevó la voz cuando los sollozos de Andrea se hicieron insoportables―. «Andrea, pero si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad. Si dijéramos que no hemos pecado, sería como decir que Él miente, y su palabra no estaría en nosotros. Si alguien dice: Yo lo conozco, pero no guarda sus mandatos, ese es un mentiroso y la verdad no está en él. En cambio, si uno guarda su palabra, el auténtico amor de Dios está en Él. Y vean cómo conoceremos que estamos en él. Si alguien piensa que está en la luz mientras odia a su hermano, está aún en las tinieblas…».
Andrea vio cómo su captor alzaba el puño. Solo pudo gritar con todas sus fuerzas antes de desmayarse. Lo último que contempló fueron sus ojos azules encolerizados. Después todo se hizo oscuro.
1
EN EL TREN
Dios vio que todo cuanto había hecho era muy bueno.
Y atardeció y amaneció: fue el día Sexto. Génesis 2:3
Sábado, 1-07-2017
Llegué a la estación de Atocha, atestada de viajeros, arrastrando mi maletón con tiempo suficiente para entrar en una cafetería y pedirme un té con leche. Las paredes del local eran cálidas, decoradas con cuadros de diferentes ciudades del mundo, y tenía asientos de madera.
Saqué la novela que estaba leyendo, Emma, de Jane Austen, tras sentarme en la única mesa libre que había en el bar. Después de leer el libro durante el embarazo, mi madre, por un capricho, decidió ponerme este nombre en honor a la protagonista. Desde el desayuno no había tomado nada, y de eso ya hacía más de siete horas. Aunque mamá me había preparado unos sándwiches para el viaje no podía probar bocado. Ni siquiera Nat, mi mejor amiga, con la que quedé para despedirme, consiguió que probara los deliciosos macarrones que había preparado su madre. En eso no se parecía a la mía, que, como ama de casa, era un desastre. Su idea de cocinar consistía en calentar platos precocinados al microondas. Desde que salió a la venta la tortilla de patatas, proclamó a los cuatro vientos y dejó bien claro que era la mejor cocinera del mundo.
Lo cierto era que solo de pensar que tenía que convivir casi dos meses bajo el mismo techo con Nikola, el hijo de la esposa de mi padre, se me hacía un nudo en el estómago. No sé por qué motivo este año alargaba sus vacaciones de verano en Caños del Agua. Todos los años se me hacía insoportable compartir con él cuatro semanas en el mes de agosto, por lo que no quería ni imaginar otras cuatro más. No sé cómo lo hacía, pero ningún verano podía librarme de su presencia. De una u otra manera siempre hacía coincidir sus vacaciones conmigo.
Cada vez que la madre de alguna de mis amigas del pueblo lo conocía caía rendida a sus encantos, pero a mí me parecía irritante. Una vez tras otra veía cómo a todas se les hacían chiribitas los ojos y cómo aprovechaban cualquiera de sus tonterías para acariciarle el brazo.
Para colmo era educado, ocurrente y aparentemente gracioso. En más de una ocasión me había preguntado si no sacaba sus chistes del repertorio de Ignatius, un cómico sin gracia que yo detestaba y que salía en Paramount Comedy.
Por otro lado, sabía hablar de cualquier tema, aunque a mí me parecía que era un pedante que se pasaba el día estudiando o absorto en su larga lista de películas que tenía que ver antes de morir. También tenía la habilidad de sacarme de mis casillas. Desde que se levantaba hasta que se acostaba le gustaba chincharme. Con el tiempo había llegado a la conclusión de que esta era la afición que más le satisfacía. Era su deporte favorito. Sin embargo, había que reconocer que tenía una sonrisa perfecta. No lo decía yo, claro, lo decían todas mis amigas de Caños del Agua, que babeaban cuando venían a casa para celebrar nuestras fiestas de pijamas.
Nadie veía la otra cara de Niko, salvo yo. Desde que lo conocía me trataba como a una niña. No había cosa que odiara más que alguien me tratara con condescendencia.
Mis padres se divorciaron cuando yo era una cría. A los once, mi padre conoció a Ana, que tenía un hijo de un matrimonio anterior con un estadounidense, Niko, cuatro años mayor que yo. Su amor fue tan fuerte que al poco tiempo se casaron. Fruto de esa relación nació mi medio hermana Carlota. Para mi alegría, Niko y yo no compartíamos ningún vínculo de sangre y solo teníamos que vernos una vez al año, durante las vacaciones de verano. Como mucho nos veíamos dos, pues también hacía coincidir sus vacaciones de navidad cuando yo iba a Valencia. Él regresaba de la Universidad de Columbia donde estudiaba segundo de medicina y yo viajaba desde Madrid, donde vivía con mi madre y su recién estrenado marido, Roberto.
Al final tanto mamá como yo nos habíamos acostumbrado a que papá hablara de Ana cada vez que venía a Madrid a hacerme una visita.
Divorciarse fue una buena decisión, porque, aunque mis padres eran buenos amigos y se reían mucho juntos, como pareja resultaban un desastre. Papá era veterinario. Amaba la tranquilidad, la rutina y que sus cosas estuvieran tal y como las dejaba él, o sea, le gustaba el orden. Por eso tenía una casa en Caños del agua, un pueblecito pequeño del interior de Valencia, en la que pasaba los fines de semana y las vacaciones. En cambio, mamá era toda una urbanita que adoraba el bullicio de la gente. Era de las que pensaba que Valencia era un pueblo grande. Incluso Madrid se le quedaba pequeña. De la única manera que se podía concentrar para su trabajo era oír el continuo ajetreo de una gran ciudad. Era ilustradora de libros infantiles y de portadas para distintas editoriales.
Ahora ella había decidido perderse por Italia con Roberto durante un mes, en una intensa luna de miel. Por desgracia, no había colado mi sugerencia de pasar julio sola en Madrid, ni tampoco que se viniera Nat a casa durante este tiempo. Así que me enviaban al pueblo con papá.
La última vez que tuve noticias de Niko fue antes de salir de casa, cuando me envió un WhatsApp en el que me decía: «Te haré una oferta que no podrás rechazar 😆…». ¿A quién se le ocurría utilizar la frase de Vito Corleone como saludo? Me habría gustado que me hubiera escrito algo así como: «¡Hola, Emma, ¿qué tal te ha ido el curso? ¡Te prometo que este año me portaré como un buen chico!».
Estaba claro que todas sus tonterías se las reservaba para mí. ¿Tanto le costaba ser un poco amable? Aún no nos habíamos visto y ya estaba ideando alguna jugarreta de las suyas, aunque ya no iba a entrar al trapo como otras veces. Mi respuesta no se hizo esperar: «Bonasera, ¿qué te he hecho para que me trates con tan poco respeto?». Era otra frase del Padrino, una de las películas en la que coincidíamos.
Dada su gran afición al cine, este último año me había puesto al día con un montón de películas y series que, según él, no debía perderme. Hacía un año y medio me había pasado una lista interminable de doscientos DVD’s, pero no me había dado tiempo a verlos todos. Supongo que contaba con que yo pasara de sus sugerencias, pero no fue así. Ese verano iba a demostrarle que estaba casi a su altura en cuestión de frases de cine y de series.
Tras mi mensaje su respuesta no se hizo de rogar: «Yasmine, yo no soy malo, es que me han dibujado así 😉». Volvía a utilizar sus típicas frases de cine, en concreto esta pertenecía a Jessica Rabbit cuando se justificaba ante el detective en: ¿Quién engañó a Robert Rabbit?
«Venga, va, alégrame lo que me queda de día 😜», le respondí inmediatamente, como si fuera Harry el Sucio, aunque me hubiera gustado mandarlo al quinto pino para no tener que verle la cara en los dos meses que tenía que pasar con él. A saber cuál era la oferta esa que no podía rechazar.
Su respuesta llegó en menos de diez segundos: «Antes de subir al pueblo, Alba y yo te invitamos esta noche al cine. Yo pongo las palomitas, las chocolatinas y tú el buen humor. ¿Qué te parece, Yasmine?».
Me alegré de que no pudiera verme la cara, porque si había alguien a quien no soportaba era a Alba. El sentimiento era mutuo. ¿Qué pintaba yo con ellos? Pasaba de ser la sujetavelas de nadie. No sabía que su última conquista fuese Alba, una auténtica arpía que se comportaba igual que si fuera una garrapata, todo el día detrás del chico que le gustaba. Ese verano ya había elegido a su víctima. Pero esto no era lo más importante, sino por qué no venía mi padre a por mí.
Enseguida lo llamé para saber qué pasaba. Me explicó que había tenido que salir urgentemente para atender a una yegua con un parto complicado. Niko se ofreció enseguida a venir a recogerme con el coche de su madre, cosa que a papá le pareció bien. Hubiera deseado que viniese Ana, pero desde la llegada de Carlota todo su tiempo se lo dedicaba a la pequeña.
Decliné la oferta de Niko y le dije que prefería esperarlo en la estación de Valencia y que, cuando terminara la película, pasara a por mí. No me apetecía ver a Alba. Desde que nos habíamos conocido no me soportaba, y todo porque el año pasado a las dos nos había gustado el mismo chico y Jorge me eligió a mí. Al final lo nuestro no duró más de dos semanas porque mi novio a la fuga se dedicó a tontear con otra chica. Afortunadamente, no fue con Alba, para disgusto de esta.
Lamenté que no hubiera a esa hora ningún autobús hasta el pueblo, porque de ser así, no habría consentido que Niko viniera a buscarme.
El último mensaje que recibí de él fue: «Como desees, Yasmine… 😟».
Me llamaba Yasmine, porque decía que le recordaba a la protagonista de Aladdin. En realidad, fue Carlota quien me lo puso, pero a él le pareció una idea genial.
Me llevé instintivamente, más por costumbre que por otra cosa, la mano a donde se suponía que debía estar mi larga cabellera negra. No obstante, hacía una semana que me la había cortado en una melena corta a la altura de la barbilla. Me apetecía un cambio. Mamá decía que me parecía a Audrey Tautou, la protagonista de Amélie. Lo que no sabía Niko era que ese año no le daría el gusto de que me volviera a llamar Yasmine. Me hacía sentir más pequeña de lo que era.
Aún quedaba más de media hora para que saliera el tren. El camarero me sirvió con una sonrisa el té y le guiñó un ojo a la joven que estaba delante de mí. A mí nunca me pasaban ese tipo de cosas con los chicos. Le puse un sobrecito de azúcar moreno al té y me perdí con el movimiento de la cucharilla. El timbre del WhatsApp me sacó de mi ensimismamiento. Mamá me comentaba que estaba disfrutando mucho y que me echaba de menos.
En menos de un parpadeo volvió a enviarme otro mensaje que decía: «Roberto y yo estamos probando algunas cosas que leímos en un libro 😌».
Cada vez que mamá me comentaba alguna de sus fantasías sexuales me moría de la vergüenza. Podía hablar de esos temas con mis amigas, pero hacerlo tan abiertamente con mi madre, no me apetecía demasiado. Así que le contesté: «Mamá, ese libro tiene un nombre. Es el Kamasutra y, por favor, no quiero saber qué haces con Roberto. Ya me lo imagino. Por si no lo recuerdas, ese es el motivo por el que no he ido con vosotros de viaje. Sigue disfrutando de tu luna de miel».
Antes de terminarme el té me llegó otro mensaje de ella: «Tranquila, ya sabes cómo me emociono. Dale un beso a papá y otro muy fuerte para ti. Ya te llamaré cuando tenga un rato».
O sea, no me iba a llamar porque estaría todo el rato probando posturas de esas raras que había encontrado en el Kamasutra, reflexioné.
Miré el reloj de pared que había en el bar. Aún quedaba un cuarto de hora para irme. Pagué el té, guardé la novela en el bolso y me dirigí hacia los andenes donde salía el AVE. Tuve problemas para subir el maletón al vagón en el que tenía mi asiento, aunque enseguida dos veinteañeros se ofrecieron a subírmelo.
―Estoy seguro de que la maleta pesa más que tú ―me dijo uno de ellos.
―Solo llevo lo imprescindible. ―Me encogí hombros.
―Me lo imagino ―respondió el otro chico―. Mi novia no sale nunca sin su alisador de pelo y sin sus modelitos.
Solté una carcajada. La novia del chico y yo éramos muy parecidas en ese aspecto.
Una vez que hube colocado la maleta en los compartimentos de la entrada, me abandoné en mi asiento. A medida que el tren se alejaba de la estación, veía cómo los edificios se quedaban atrás para dar paso a campos y más campos. Me coloqué los cascos y busqué en la lista de reproducción de mi Smartphone algún disco de La Oreja de Van Gogh. Me gustaba escucharlos cuando salía de viaje. Cerré los ojos cuando llegó la canción de: «A tu lado» y me dejé arrastrar por la sensualidad de la voz de Amaia Montero.
Pienso en ti,
Interminablemente en ti
Quiero ser, una respuesta para ti,
Pienso en ti, solo en ti.
Creo en ti (pienso en ti)
Inagotablemente en ti
Como tú, que confiaste en mi saber,
Creo en ti, solo en ti.
Y despertar a tu lado,
cada amanecer,
hacer rodar mis labios sobre tu piel, creo en ti…
Una vez que hubo terminado de sonar configuré la canción para que se repitiera una y otra vez. Así me quedé dormida, con una sonrisa, y pensando que quizás ese verano encontraría el amor. Dos meses daban para mucho.
2
EL REENCUENTRO
Unos dedos cálidos rozaron mi hombro. Abrí los ojos sobresaltada. Una chica me decía algo, pero no la entendía porque aún llevaba los cascos puestos y la música seguía sonando.
―Perdona que te haya asustado. Hace más de cinco minutos que hemos llegado a Valencia ―me dijo con una sonrisa afable cuando me quité los cascos.
Miré aturdida a través del cristal y luego giré la cabeza hacia a ella sin terminar de comprender qué quería decirme. Era un hecho comprobado que cada vez que me despertaba me costaba unos minutos despejarme del sopor. Mamá decía que esto era hereditario, porque en eso me parecía a ella.
―Sí, perdona. Muchas gracias por despertarme. ―Intenté esbozar una sonrisa y apagué el selector de música de mi Smartphone.
Enseguida me entró un WhatsApp. Supuse que era de mamá para saber si había llegado bien a Valencia. En cuanto lo abrí vi que me había equivocado, pues no era de ella, sino de Niko que me decía: «Yasmine, ¿dónde estás? No te veo 🙂».
Solté un bufido. Si él estaba esperándome en la estación, eso quería decir que también me esperaba Alba, con la que no me apetecía hablar. Desde luego, Niko sabía cómo alegrarme lo que me quedaba de tarde. Aceptaba que hubiera venido a recogerme, pero no iba a irme al cine con él y con su novia. ¡Vamos, ni loca!
El verano no había hecho más que empezar y ya intuía que se me iba a hacer muy largo.
«Estoy en el tren. Ahora salgo», le contesté.
Me levanté con un poco de dolor en el cuello. Había cogido una mala postura durmiendo. Me froté con la mano antes de coger la maleta y me dispuse a bajar del vagón con tranquilidad, alargando el momento del reencuentro. Al igual que me había pasado al subir, otro chico me ayudó a bajar la maleta. Y ocurrió lo que nunca antes me había pasado: me guiñó un ojo.
―Muchas gracias ―le dije agarrando el asa de mi maleta.
―Iván. ―Me tendió la mano antes de que yo empezara a caminar.
―Emma ―le correspondí ofreciéndole la mía.
Nos quedamos mirándonos a los ojos, sin saber qué hacer. Él tuvo el impulso de darme dos besos y se acercó a mi mejilla titubeando. Cuando nos dimos cuenta de que él seguía apretando mi mano me sonrió y la retiró.
Iván no era especialmente guapo, pero parecía que eso no le importaba porque hablaba como si fuera tan atractivo como Hugo Silva. Era flaco, muy moreno y llevaba el pelo cortado al uno. Lo que más llamaba la atención eran sus orejas, que se podrían haber comparado con las de Dumbo.
―¿De vacaciones?
―Sí, voy a casa de mi padre a pasar dos meses... ―respondí sin mucho ánimo.
―Seguro que no es tan horrible como me quieres hacer creer.
Si él supiera los dos meses que me esperaban no me hubiese contestado así. Habría sido capaz de aceptar una oferta de Iván con tal de no ver a Niko, porque cualquier cosa que me propusiera tenía que ser más divertido que irme a Caños del Agua. El pueblo donde vivían practicamente todo el año papá y Ana llegaba a alcanzar los cuatro mil quinientos habitantes en verano, de los cuales un tercio tenían más de sesenta años. ¡Vamos, lo que cualquier chica de dieciséis años soñaba!
―Bueno, pasar dos meses en un pueblo perdido de la sierra no es precisamente para dar saltos de alegría.
Pasamos la línea de las canceladoras y al otro lado me esperaba Niko. Conforme nos acercábamos Iván y yo, Niko desplegó esa sonrisa tan espléndida que solo él sabía poner. Tenía que reconocer que me encantaba cómo sonreía y el brillo de sus ojos cuando nos mirábamos. Llevaba dos vasos del Starbucks, uno en cada mano.
―Yo voy a Cullera. Mi tía me ha encontrado un trabajo de camarero en la cafetería de unos amigos.
―Tus vacaciones tampoco son para dar palmas de alegría.
―¡Qué dices! Voy a estar en primera línea de playa sirviendo a chicas en bikini, poniendo cañitas, ofreciendo pescaíto, ligando con madrileñas, alemanas y suecas. Y por la noche a lo que salga.
―Claro. Te deseo un buen verano. Parece que el tuyo será mejor que el mío. Seguro que ligas mucho más que yo.
―Con ese tipazo cualquiera liga. Acepto propuestas indecentes.
Iván volvió a guiñarme un ojo.
―Si no me estuvieran esperando sería capaz hasta de aceptar irme contigo a Cullera.
―No te lo pienses. En mi cama siempre hay sitio. Yo ocupo muy poquito.
Solté una carcajada. De reojo vi cómo el semblante de Niko se había vuelto serio.
―Suena muy interesante…
―Hola, qué tal, soy el doctor Jones, Nikola Jones. Afortunadamente, Emma ya tiene planes para este verano ―nos interrumpió con un poco de acento americano. Se había puesto sus gafas de montura redonda, que le hacían parecer mayor de lo que era. Para ello se había colocado los dos vasos en una mano―. A la pobre le da aprensión decir que trabaja en una casa de reposo cuidando a enfermos de funghicocos, una enfermedad desconocida para la gran mayoría, aunque muy contagiosa.
Bajé la cabeza intentando contener la risa. Sin embargo, me sentí un poco desilusionada porque no me había dicho la frase con la que siempre me saludaba. Me había acostumbrado a que me la dijera.
―Doctor Jones, no hacía falta que fuera tan explícito —comenté conteniendo la respiración.
―La hemos seleccionado entre más de doscientos candidatos. Hemos sido muy minuciosos para encontrar a la candidata adecuada. ―Le ofreció una tarjeta falsa con su nombre que utilizaba en casos como estos―. Perdona que no te dé la mano, pero no podemos estar seguros al cien por cien de que no seas portador de la enfermedad.
Iván lo miró de arriba abajo sin terminar de creerse lo que le estaba contando Niko.
―Todos los pacientes que tenemos son menores de veinticinco años ―dije asumiendo mi papel de enfermera. Era la primera vez que compartía un juego con él y me lo estaba pasando genial. Me resultaba divertido jugar a ser otra persona que no era y con Niko todo parecía más fácil―. Pero no te preocupes. No presentas los primeros síntomas.
―¿Qué síntomas son? —Su cara enrojeció.
―Picor en las piernas y enrojecimiento de las mejillas. —Me acerqué hasta él para examinar sus mejillas—. ¿Qué le parece este rubor, Doctor Jones?
Niko se ajustó las gafas, se aproximó hasta Iván para analizarlo. Hizo un mohín con la boca.
—No sabría decirte, pero yo diría que es algo pasajero. En cualquier caso, si persisten los síntomas, no dudes en llamar a este número. Es importante tratar esta enfermad desde el inicio.
Iván decidió coger la tarjeta que Niko le estaba tendiendo con un gesto de interés.
―No te dejes engañar por mi aspecto. A pesar de mi juventud, soy el mayor experto que hay ahora mismo en España ―insistió al ver la duda en la cara de Iván―. La funghicocos es una enfermedad reciente.
Asentí con la cabeza cuando Iván buscó en mi mirada confirmar que todo lo que decía Niko era cierto.
―Encantado de conocerte —repuso Iván.
―Lo mismo digo.
Le fui a dar dos besos, pero Iván me esquivó como si fuera una apestada y se despidió con un gesto de la mano. Se encaminó hacia la puerta a toda prisa sin mirar hacia atrás.
Niko me ofreció uno de los vasos que sostenía en la mano. Mi hermanastro, como a él le gustaba llamarse, me sacaba un palmo. Podía presumir de un cuerpo esbelto y bien definido. Ya se encargaba de salir tres veces por semana a correr por Central Park. Era moreno, de pelo liso. El flequillo le caía a un lado de la cara y casi le tapaba una ceja. Tenía los ojos azules, una mirada desconcertante que te traspasaba cuando te ponías en su punto de mira.
―Hola, Yasmine. Cógelo. Es un frapuccino de fresa, tu favorito. ―Su voz era cálida a la vez que grave.
Miré hacia atrás por si estaba Alba. Por un momento, mientras hablábamos con Iván, me había olvidado de ella. Me relajé cuando advertí que no estaba en la estación, aunque era posible que estuviera en el coche esperándonos.
―¿Para mí?
Niko asintió con la cabeza y se acercó a darme dos besos. Seguía oliendo a colonia Nenuco. En eso no había cambiado. Estaba asombrada. No me esperaba ese gesto de él. ¿Eso quería decir que había decidido ser amable conmigo y había enterrado el hacha de guerra?
―No puedo creer que aún te acuerdes de mi sabor favorito. Si hace un año y medio de aquello.
Me cogió la maleta y comenzó a caminar hacia la puerta.
―Espera, Niko, no voy a ir al cine con Alba y contigo. ―Lo detuve y agarré de nuevo la maleta―. Os esperaré aquí.
―¡Qué despiste el mío! Al final Alba se ha quedado en el pueblo. No quería venir. No lo entiendo. ―Se pasó una mano por el pelo―. Lleva unos días insistiendo en que la lleve al cine.
No dije nada, pero estuve a punto de pegar un salto de alegría y sacar mis pompones imaginarios.
―Vaya, siento mucho haberte estropeado la cita.
―Ya me lo pagarás cualquier día de estos. —Chasqueó los labios tirando de nuevo de mi maleta —. Por cierto, ¿me has echado de menos?
Elevé los ojos al techo y esbocé una sonrisa.
―¡Más quisieras tú! ¿Qué te hace pensar en eso? Anda, deja. Puedo llevarla yo ―insistí agarrando la maleta.
Nuestros dedos se entrecruzaron y él me retiró un mechón de pelo de la cara con su dedo índice para pasármelo por detrás de la oreja.
―Te noto distinta y no sé qué es.
Me llevé una mano a mi melena. Al fin se había dado cuenta de que me la había cortado.
―Ya está, has cambiado de perfume.
Me mordí el labio.
―No, espera, has crecido dos centímetros… ―Se golpeó la cabeza con la palma de la mano―. Ah, no, son los tacones que llevas.
Estaba haciendo verdaderos esfuerzos para no mandarlo a paseo. El viejo Niko que yo conocía volvía a aflorar de nuevo.
―Ya sé lo que te pasa. ¿Dónde te has dejado las pecas? ¿Verdad que es eso?
―No ―respondí―. Me he cambiado el color de ojos.
―Eso debe de ser. ―Se giró y siguió caminando arrastrando nuevamente mi maleta. Cuando me sacaba cinco metros volvió a hablar―: Por cierto, me encanta tu corte de pelo.
Me quedé clavada donde estaba. Volvía a jugar conmigo y yo había caído en la trampa. Estaba segura de que estaba muerto de risa.
―¡Ay! Yasmine, ya sabes que estoy muy perdido. ―Hizo un gesto melodramático―. ¿Crees que esto tiene arreglo?
―El qué, ¿tu idiotez?
―No, mi despiste. Mira que olvidarme de qué color eran tus ojos. Hubiera jurado que eran verdes.
―No, mis ojos eran amarillos, pero era un color difícil de combinar. Así que decidí darme el capricho de cambiármelos.
―Has hecho bien, porque ese verde que te has puesto te queda bien con los zapatos.
Reprimí una carcajada.
Al salir de la estación, Niko se adelantó al tiempo que una mujer extraña se acercaba a mí. Tenía las pupilas dilatadas y parecía estar como en trance. No tenía pinta de estar bebida, su aliento era agradable y olía a menta. Me agarró la mano con fuerza y con la yema de los dedos recorrió las líneas de mi palma.
―Perdone, no tengo dinero…
La mujer hizo caso omiso de mi comentario. Sufrió un escalofrío y estuvo a punto de caer al suelo.
―¿Se encuentra bien?
Rechazó mi ayuda y siguió observando las líneas o lo que fuera que estuviera mirando. Niko todavía no se había dado cuenta de que me había quedado atrás. De repente, la mujer me miró a los ojos y me dijo:
―Hay alguien que está en peligro.
Esta vez fui yo la que sufrió un escalofrío. Su voz era ronca y muy profunda.
―Por favor, me tengo que ir ―le supliqué cuando ella no quiso soltarme. Su mano parecía una garra que tiraba hacia ella.
―Niña, escucha mis palabras. Hay alguien que está en peligro. ―Me soltó la mano con una suavidad que me sorprendió.
Y tal como llegó se fue. Ni siquiera me pidió una propina. Todavía no tenía muy claro qué había pasado. Lo cierto era que me había dejado con mal cuerpo. Podía sentir aún el calor de su garra en mi mano. Me la froté varias veces porque la tenía marcada.
―¿Quién era? ―me preguntó Niko cuando estuvo a mi altura.
―No lo sé.
―¿Qué quería?
―No lo sé —repetí.
Observé detenidamente a la mujer, que se alejaba hacia la avenida. Y como había hecho conmigo, detuvo a otra persona, pero esta vez fue a un hombre de unos cuarenta años.
―Me ha dicho que hay alguien en peligro, y no me preguntes por qué, pero la creo.
3
YASMINE
.
Jueves, 24-12-2015
Papá se había empeñado en que quería que celebrara la Nochebuena y la Navidad con ellos, ya que desde que se había casado con Ana yo la había pasado con mamá. Después de que terminara el verano me lo había estado recordando cada vez que me llamaba. A pesar de que no me apetecía mucho celebrar las fiestas en familia, no había podido decirle que no y había terminado por aceptar su invitación. Ana había jugado la baza de que llevaríamos a Carlota a ver Papá Noel y que la niña me echaba de menos. Ese año también iba a estar Niko, que al igual que yo, solía pasar con su padre sus vacaciones de Navidad en Nueva York. Así que papá, Ana y Carlota habían ido a por mí en coche a Madrid, y de paso, también recogíamos a Niko en el aeropuerto, que llegaba en un vuelo a primera hora de la mañana.
Cuando llegamos al aeropuerto, el avión de Niko ya había aterrizado. Miramos los paneles de llegada y nos encaminamos hacia la puerta por la que saldría. Por fortuna, fue de los primeros cruzar en salir.
—¡Iko! —exclamó Carlota extendiendo los brazos hacia él—. ¡Iko!
Unas marcas oscuras alrededor de los ojos indicaban que estaba cansado, pero en cuanto advirtió nuestra presencia nos dedicó una sonrisa que borró todo rastro fatiga. Había que reconocer que nadie sonreía como él. Puede que fuera lo único que me gustaba de él.
Noté, de repente, una sensación extraña en el estómago conforme se acercaba a nosotros. Era la primera vez que me ocurría algo así y no sabía muy bien qué nombre ponerle a lo que me estaba ocurriendo. Me llevé las manos al estómago, era como si tuviera unos nervios incómodos que aleteaban sin control. Así mismo, también advertí que el corazón me bombeaba más deprisa de lo que habría deseado. Tomé varias bocanadas de aire para tratar de calmarme.
A medida que llegaba, Carlota se bajó de su carrito y corrió hacia él con los brazos abiertos. Niko soltó la bolsa que llevaba colgada en un hombro en el suelo y se arrodilló para abrazarla.
—¿Cómo está mi niña? —La levantó por encima de su cabeza y dio una vuelta completa. Después la cubrió de besos.
—No, toy una printesa.
—¡Es cierto, eres toda una princesa! —La tiró por los aires y después le pegó otro achuchón—. ¡Vaya, sí que has crecido!
Carlota asintió con la cabeza.
—Es que como mucho.
Contuve el aliento y elevé los ojos al techo cuando su mirada se cruzó con la mía.
—Ya lo veo. Si estás casi tan alta como yo.
Carlota se abrazó a él como si fuera un monito. Después Niko se acercó a su madre y le dio dos besos.
—¿Solo dos besos?
Niko tiró de ella y la agarró de la cintura para pegarle un fuerte abrazo.
—¡Ya estás en casa! Por fin vamos a pasar una Navidad como la familia que somos. No sabes cómo he soñado con este momento. —Ana le dio otro abrazo—. ¿Cómo está tu padre?
—Ya lo conoces, se pasa el día trabajando.
—¿Y Nancy?
Abrí los ojos. Me pregunté si esa Nancy no sería su novia. No sé por qué razón, pero me molestaba que tuviera novia.
—Nancy insistió en que me quedara en Nueva York, pero esta vez no te podía decir que no —dijo mirándome.
—Las veces que he hablado con ella siempre me ha parecido maja —respondió Ana.
—Sí, es maja. Supongo que Nancy es lo que necesita papá. Pasan los fines de semana juntos y poco más. De momento no quiere compromisos.
Bajé los hombros cuando me di cuenta de que Nancy no era su novia.
—Tu padre siempre ha sido un espíritu libre.
Mi padre le tendió una mano, cuando Ana se desembarazó del abrazo de Niko. Yo fui la última a la que saludó. Se acercó a mí elevando una ceja.
—Dime, ¿me has echado de menos? —Me pegó un leve empujón.
Apreté los puños y contuve el aliento. Cada vez que nos veíamos, después de un tiempo, me preguntaba lo mismo. Puede que a él le hiciera gracia, pero a mí no.
—¿Tú qué crees?
—Quizá me equivoque, pero diría que sí, aunque, por otra parte, no soy adivino. —Volvió a sonreír—. ¿Tú qué crees, Carlota? ¿Me ha echado de menos?
—Sí —respondió mi hermana con una alegría desbordante que me sorprendió.
Ya me habría gustado sentir la mitad de felicidad que sentía Carlota.
—Te equivocas, no te he echado menos —mascullé entre dientes.
Niko se encogió de hombros.
—¿Seguro? Te crecerá la nariz como a Pinocho si mientes.
—Te he dicho que no te he echado de menos. ¿Por qué te iba a echar de menos? Ni siquiera somos hermanos.
Negué con la cabeza y me crucé de brazos. Niko tenía la habilidad de sacarme de mis casillas en menos cinco minutos. Lo peor era que tendría que soportarlo sí o sí y que aún quedaban siete largos días por delante. ¡Qué larga se me iba a hacer la Navidad en Valencia!
—Si te soy sincero, yo sí que te echaba de menos, sobre todo cuando pones esa cara de acelga agria. —Me revolvió el pelo—. Me alegro de que tu sentido del humor siga intacto.
—Tengo sentido del humor, pero el problema no es mío, es tuyo. No tengo la culpa de que tus tonterías no me hagan gracia.
—¡Chicos, haya paz! Trata mejor a tu hermano. —Mi padre se colocó entre medias de nosotros.
—No somos hermanos —repliqué cansada de repetir cada cierto tiempo esta cuestión.
—Como si lo fuera. Solo está tratando de ser simpático contigo.
Me di media vuelta para no tener que verle la cara.
—Venga, vamos a desayunar algo —dijo papá—. Con el estómago lleno se ven las cosas de otra manera.
—¿Qué os parece si tomamos algo en alguna cafetería de por aquí? —preguntó Ana intentando poner paz entre nosotros—. Aún nos quedan cuatro horas de viaje.
—Si sirve de algo mi opinión, me gustaría desayunar un frapuccino de fresa. Me he aficionado a su sabor. —Me encaminé hacia la puerta que llevaba al parking—. Mamá me lleva a desayunar todos los domingos al Starbucks.
—Está bien, vamos a buscar un Starbucks —comentó mi padre armándose de paciencia.
—Las cafeterías están en la zona de salidas —repuso Niko yendo en sentido contrario al que yo iba.
Volví a tomar aire y comencé a caminar apresuradamente hacia los ascensores.
—Podrías darte un poco más de prisa. —Lo miré por encima del hombro.
—Y tú podrías hacer algo con esa cara de perro y con ese tono tan desagradable —respondió sacándome la lengua.
—Sí, podría hacerlo, pero no me da la gana. Y ya de paso podrías dejar de meterte conmigo.
—Lo intento, de verdad que lo intento, pero no sé hacerlo mejor —repuso Niko encogiéndose de hombros—. No es nada personal.
—¿Ah, no? ¿Entonces cómo lo llamarías tú?
—Tengo un pecado favorito: la vanidad.
—Por fin estamos de acuerdo en algo. Eres el mayor vanidoso que he conocido nunca.
Cuando pasó por mi lado me pegó un codazo de broma. Negué con la cabeza y puse los ojos en blanco.
—No hay Starbucks, así que decide, Emma —dijo mi padre.
Tras echar un vistazo a la zona de las cafeterías, señalé una.
—¿Os parece bien esa? —pregunté.
—Lo que te parezca bien, pero vamos a desayunar ya —repuso mi padre.
Ana ocupó una mesa y sentó a Carlota en su regazo.
—Te prometo que voy a ser un buen chico. —Niko me tendió la mano para sellar la paz antes de sentarnos—. ¿Qué me dices?
—Que llegas como dos años tarde.
Mi madrastra me suplicó con la mirada que enterrásemos ya nuestra hacha de guerra. Solté el aire y asentí. Cuando nuestros dedos se entrecruzaron noté una corriente rara, pero no retiré la mano. Nos miramos a los ojos durante unos segundos sin saber muy bien qué decir.
—Está bien. Acepto tus disculpas.
Cuando nuestras manos se separaron, advertí que se me había quedado pegado en la palma el papelito de un chicle.
—No sé por qué me fío de ti.
Lo iba a tirar a la papelera cuando él detuvo mi mano.
—Léelo.
—¿Para qué? Yo sigo viendo al mismo ca…
Niko me interrumpió posando un dedo sobre mis labios.
—No sigas por ese camino. Puedo ser mejor que tú en lo de ser borde, y lo sabes. Te estoy ofreciendo dejar de lado nuestras diferencias. Así que lee lo que pone en ese papel.
—¿Hasta cuándo?
Dudé durante unos segundos y me dijo:
—«Ya veo que solo te interesan los artículos excepcionales y únicos. En tal caso, valdría la pena que le echases un ojo a esto». —Me señaló el papel—. «No permitas que las apariencias te engañen. Como en muchos casos, lo que cuenta no es el exterior, sino lo que hay en el interior. Yo soy más de lo que aparento. Soy un diamante en bruto».
Solté una carcajada.
—Pero, ¿qué dices? ¿De dónde has sacado eso?
—Aladdín, ¿te suena?
—No.
—No puedo creer que no conozcas Aladdín. Si es una maravilla.
Ya estaba con sus dichosas frases de películas.
—No me gustan las pelis de críos.
—«Yo he visto cosas que tú no creerías...»
Abrí los ojos perpleja.
—¿Eso también es de una peli?
—Sí, de Blade Runner. Gracias a las series y las pelis siempre aprendo algo nuevo. Lo bueno del cine es que durante un rato los problemas son de los personajes. —Me mostró una sonrisa conciliadora—. Léelo, por favor.
—Está bien —murmuré desplegando el papel—. «Las cosas no son lo que parecen». —Alcé la mirada—. ¿Qué quieres decir?
—Que me des una oportunidad.
Tras hacer como que me lo pensaba, le respondí:
—¿Qué propones?
—Una película. Te aseguro que no te arrepentirás. ¿Confías en mí?
—Sí —por primera vez creí que no me la iba a pegar.
Después de desayunar, pusimos rumbo a Valencia. El coche de papá tenía dos pantallas para poner DVD’s en los reposacabezas de los asientos. A Carlota le gustaba ver películas cuando iban de viaje. Niko la convenció para ver Aladdín, así que nos librábamos de ver a su querida Peppa Pig.
Carlota iba al lado de una ventanilla, yo me había colocado en medio y Niko ocupaba el otro lado. Sentados tan juntos pude oler su colonia. Aunque tenía dieciocho años, le gustaba oler a Nenuco. Puede que eso también me gustara de él. Me cubrí la boca con la mano, alarmada. Eso significaba que había dos detalles que me gustaban de él. No podía dejar que me gustara nada más de él.
—¿Tú eres Asmín? —preguntó Carlota señalando a la princesa y sacándome de mis pensamientos.
—¿Yo? No, no soy Yasmine.
—Sí que lo eres —insistió mi hermana.
Niko se quedó mirándome.
—Es cierto, te pareces a ella.
—En lo único en lo que me parezco es en el pelo largo y negro. No soy ella.
—Eres Asmín.
—Está bien, soy Yasmine —dije para que Carlota nos dejara ver la película.
De vez en cuando Niko me sorprendía soltando parte de los diálogos. Incluso se atrevió a cantar, y no lo hacía nada mal. Carlota cantó con él algún coro. Aunque me costaba admitirlo, tenía que reconocer que Aladdín era una película estupenda. «¿Eso significaba que tendría que darle la razón a Niko?», me pregunté. «Ni de coña».
—¿Qué te ha parecido?
—Está bien.
—¿Solo bien, Yasmine? La película es una pasada.
—Deja de llamarme Yasmine.
—Eres Asmín —repitió Carlota.
Pensé unos segundos la respuesta perfecta.
—«¿Cómo os atrevéis? Que todos habéis pensado decidir mi futuro…». —Recordé una frase que decía Yasmine.
Niko alzó una ceja y después soltó una carcajada.
—Al final conseguiré hacer de ti alguien de provecho, joven Padawan.
—¿Ah, sí? —Me encogí de hombros—. Bueno, aprendo deprisa.
—Y que lo digas, Yasmine —dijo bostezando y antes de cerrar los ojos.
—¿Me mostrarás más películas?
—Como desees, Yasmine —murmuró.
Me gustó cómo sonó ese como desees. Después se quedó dormido posando su cabeza sobre mi hombro.
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