La Cronoagencia - Anabel Botella - E-Book

La Cronoagencia E-Book

Anabel Botella

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Un misterioso anuncio en el periódico lleva a Elia a La Cronoagencia, una organización secreta dedicada a proteger la línea temporal de la Historia. Su primera misión, en la helada Viena del siglo xx, donde Heddy Lamarr, una científica y famosa actriz está a punto de ser interceptada por La Retroagencia cuando se dispone a huir de los nazis, será más peligrosa de lo que imaginaba. ¿Será capaz Elia de restaurar el equilibrio de la Historia y encontrar su verdadero lugar?

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Seitenzahl: 130

Veröffentlichungsjahr: 2025

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anabel botella

CRÉDITOS

Primera edición: marzo 2025

© del texto: Anabel Botella

© de las ilustraciones y cubierta: Ayesha L. Rubio

© de la corrección: Milena Hidalgo

© de la maqueta: Diana Fernández

Pyjama Books, SL. 2025

Avenida de Menéndez Pelayo, 67

28009 Madrid, España.

[email protected]

Todos los derechos reservados.

ISBN: 978-84-19135-48-3

THEMA: YFB

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de los titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

SINOPSIS

Un misterioso anuncio en el periódico lleva a Elia a La Cronoagencia, una organización secreta dedicada a proteger la línea temporal de la Historia. Su primera misión, en la helada Viena del siglo xx, donde Heddy Lamarr, una científica y famosa actriz está a punto de ser interceptada por La Retroagencia cuando se dispone a huir de los nazis, será más peligrosa de lo que imaginaba.

¿Será capaz Elia de restaurar el equilibrio de la Historia y encontrar su verdadero lugar?

Para Juanjo

por muchos viajes juntos

en los que nos riamos sin parar

PRÓLOGO

Todo empezó por un anuncio en la edición del domingo del periódico local: El diario de Valentaville. Podría haber sido en cualquier otro día, pero Carola Smith pensó que los domingos la gente tenía tiempo para leer más detenidamente y así obtendría la respuesta que buscaba. Como cobraban por palabras, Carola quiso que fuera corto y muy claro. «A buen entendedor pocas palabras bastan».

Poco se conocía sobre esta mujer en el vecindario donde vivía, salvo que nunca se había casado y que estaba orgullosa de ser la madre de trece gatas, ni una más ni una menos. Ese era su número de la suerte. Se la conocía como «La loca de las gatas». Se pasaba el día metida en su casa, junto a sus mininas, un dálmata y una cacatúa que despertaba al vecindario a las siete y trece de la mañana. Carola siempre se levantaba a esa hora, hiciera frío, calor, viento o nevara.

Claro, ella se podía permitir tener todos esos animales porque tenía una casa con un jardín enorme, que una jardinera se encargaba de mantener en perfecto estado.

Todas las tardes salía a la terraza a tomarse su té de las siete y trece mientras lo contemplaba. Tenía muchas estatuas con setos repartidos por aquí y por allá. Todas ellas eran réplicas de personas célebres que habían pasado a la historia por sus logros.

Le gustaba vestir de verde. Decía que le pegaba con el color de sus ojos y creía que le daba suerte. No es que fuera supersticiosa, más bien era que veía la vida en verde. Solo utilizaba el rojo frambuesa para los labios, y lo hacía por pura coquetería.

Nadie sabía a qué se dedicaba. Corrían rumores sobre si era la hija de un magnate que le había dejado una herencia millonaria. ¡Como si ella no pudiera tener una casa con ese jardín! ¡Como si una mujer no pudiera valerse por sí misma!

Lo cierto es que llevaba años dedicada a un proyecto súper secreto. Se metía en su laboratorio a las ocho y trece de la mañana, pero no se sabía cuándo salía. Bueno, sí. Para su pausa del té a las siete y trece de la tarde, pero luego volvía a su trabajo. El tiempo transcurría diferente en su vida.

Era una mujer de costumbres.

También se decía que entraban y salían muchas personas de aquella casa. Nadie sabía el porqué, pero todas tenían un aspecto peculiar. En algunas ocasiones, aquello parecía más un desfile de carnaval por cómo iban vestidos. Se podían observar a flacos, altos, delgados, rubios, con barba o jóvenes pasar por esa casa.

A Carola Smith no le gustaban los niños, algo que nadie entendía. A todo el mundo le gustan. Pero eso no lo sabía Elia cuando leyó el anuncio en el periódico. Llevaba desde los cuatro años tocando el piano y tenía muy buen oído musical. También se le daban genial las matemáticas y los ordenadores. Pensó que esta era su gran oportunidad de ganar dinero para comprar ese con el que soñaba y poder crear su software. Estaba elaborando una base de datos a partir de los patrones de conducta de su gata para establecer reglas y algoritmos que le permitieran desarrollar un programa para hablar con ella. Para ello, necesitaba un ordenador mucho más potente que el que tenía para el colegio. Ya sabía reconocer cuándo su gata estaba triste y cuándo no.

Así que ni corta ni perezosa, respondió al correo. Ese puesto iba a ser suyo. No podía ser de otra manera. Ella, a sus once años, daba el perfil que estaba buscando: Le gustaban los gatos, escribía sin faltas de ortografía, le encantaba la historia y vivía en Valentaville. ¿Qué podía salir mal?

Carola sonrió satisfecha cuando los mails empezaron a llegar. Era hora de elegir a una candidata.

Pero esta historia empieza un poco antes. No es bueno empezar una casa por el tejado, ¿verdad?

CAPÍTULO 1

Desde bien pequeña, todos los sábados y domingos por la mañana que puedo, acompaño a mi abuela a realizar unas rutas culturales que tiene contratadas en Valentaville. Le gusta que la acompañe y a mí me encanta escuchar cómo explica las miles de anécdotas que no conozco. En algunas ocasiones me deja comentar algunos sucesos.

Tengo la abuela más guay de todo el mundo. Mola mucho, y no me refiero a su nombre, ya que ella se llama Custodia. Estoy hablando de cómo es como persona. No he conocido a nadie como mi abuela. Mi afición de inventar cosas viene de ella. A sus setenta y tres años lleva el pelo de color azul.

Siempre viene a por mí al colegio en su Pegaso, que es como llama a su sidecar. La gente nos mira por donde pasamos, ya que nadie usa ya un sidecar para moverse por la ciudad y tampoco están acostumbrados a ver a una mujer como mi abuela. Incluso mi madre se empeña en que ya no tiene edad para hacer según qué cosas.

Se pasan el día discutiendo.

Mi abuela tiene un espíritu tan joven como el mío.

Como me gusta mucho Harry Potter, en concreto el personaje de Luna Lovegood, mi abuela pintó nuestros cascos a juego.

Tiene una banda de jazz y toca el contrabajo, aunque también sabe tocar el piano. Ella fue la que me enseñó cuando era más pequeña.

Al terminar la ruta, mi abuela suele comprar el periódico y una revista científica, que leemos mientras nos tomamos un refresco en un bar. Esa mañana me dio la sección de anuncios. Yo buscaba un trabajo que se ajustara a mí: como pasar a ordenador un proyecto que estuviera escrito a mano, sacar perros a pasear, hacer recados a gente mayor o leer cuentos a los más pequeños. Esto último se me da genial.

Pero todos los que vi eran para trabajar de camarera, para cuidar a gente mayor en un hospital o para cocinar en un restaurante.

Entonces, un anuncio llamó mi atención. Era mejor de lo que me había imaginado y cumplía todos los requisitos que pedía.

Quería llegar cuanto antes a casa para responder al anuncio, así que acabé deprisa el refresco y le metí prisa a mi abuela.

Cuando llegamos a casa, mi madre volvió al ataque contra mi abuela con que si no tenía edad para ir en sidecar. Y otra vez empezaron a discutir. Me hubiera gustado salir en defensa de mi abuela, pero quería mandar el correo cuanto antes a esa tal Gata Verde.

—Me he ganado el derecho de hacer lo que me salga de las narices. —Escuché decir a mi abuela antes de entrar en mi habitación—. Cuando me muera, me he muerto. Ya está. Me incineráis y os repartís las cenizas. Así tenéis a Custodia compartida.

Me entró la risa. A mi abuela, además de dársele genial los juegos de palabras, también le gusta el humor negro.

—No bromees con esos temas —dijo mi madre.

—Una vez que me muera me da igual lo que hagáis. Total, no me voy a enterar. —Mi abuela soltó una carcajada.

Cerré la puerta de mi habitación y me recibió con un maullido Fridaghato: mi gata atigrada. La llamé así porque me gustaba mucho esta pintora mexicana.

Se alegraba de verme tanto como yo a ella. Se enroscó entre mis piernas y después dejó que la cargara en brazos.

—¿Me has echado de menos? Yo a ti sí. ¿Sabes? Creo que he encontrado el trabajo perfecto para mí. Nuestro software está cada vez más cerca. ¿No es maravilloso?

Si algo me enseñaron las películas y los libros es que una idea loca puede funcionar. Y la mía era de lo más loca que había tenido nunca. Además de crear un software también me apasionan los juegos de palabras.

Quería escribir una buena carta de presentación para que Gata Verde me eligiera. Para eso necesitaba estar concentrada y que nadie me molestara. Supuse que recibiría muchos mails y yo quería destacar. Internet empezó a fallar un poco. La conexión iba y venía.

—Vaya, no sé qué le pasa hoy a internet.

Durante un buen rato, estuve pensando las palabras adecuadas para empezar:

«Querida Gata Verde», enseguida deseché esa idea porque no conocía a esa persona. Seguí con: «Hola, Gata Verde», aunque me pareció muy impersonal. Se me ocurrió entonces poner lo de «Estimada gata verde». Era un poco más formal, pero no tanto como querida. Empecé a usar palabras rimbombantes, de esas que solo había oído una vez en mi vida para impresionarla, pero cuando estaba a punto de enviar el correo, lo leí y me di cuenta de lo ridículo que era.

Yo no soy así y no quería dar una imagen de alguien diferente a mí.

Así que borré todo, respiré hondo y empecé a teclear:

«Estimada Gata Verde:

Me llamo Elia y soy tan curiosa como una gata. Soy la candidata perfecta para el trabajo. Cumplo con todos los requisitos que pides en el anuncio —Pensé en tutearla, como les gustaba a mi madre y a mi abuela. A ellas les molestaba si las trataban de usted, porque pensaban que eso les añadía más años de los que tenían—. Me gusta tanto la Historia que hago rutas turísticas por Valentaville —En realidad no le estaba mintiendo, solo adornaba un poco mi presentación—. Tengo una gata que se llama Fridaghato. Por la pintora, por supuesto. Estoy creando un software para poder comunicarme con ella. Son muchos los que dudan de que sea capaz de hacerlo, pero estoy empeñada en desarrollarlo. ¿No ha sido el hombre capaz de llegar a la luna, algo que era impensable hace un siglo? Julio Verne creyó en esta idea disparatada e imaginó que sería posible. Reconozco cuándo está contenta y cuándo no. Eso ya es un gran avance. Y ahora es cuando te preguntas por qué lo sé. Desde pequeña, toco el piano y tengo un buen oído musical. Estoy creando una base de datos con todos los sonidos que voy recogiendo.

Espero que estas palabras hagan que quieras contratarme. Yo estoy deseando saber de qué trabajo se trata. Espero tu respuesta.

Muchas gracias,

Elia Lucano.

Lo leí en voz alta antes de enviarlo.

—¿Tú añadirías algo más? No se me ocurre qué más poner. En realidad soy buena inventando historias. En cambio, no me gustaría que supiera que soy un desastre con los calcetines. Tengo una habilidad especial para perderlos y por eso siempre llevo uno de cada color, pero creo que eso no le interesaría. Tampoco quiero que sepa que soy un poco despistada y que, a veces, me pongo la ropa del revés. Igual cree que no soy perfecta para el trabajo.

Fridaghato se me quedó mirando. Entonces agarré su patita y envié el mail.

Mi gata soltó un maullido. Tenía tanta hambre como yo y para eso no necesitaba ningún software que me lo dijera. Sus tripas rugían como las mías.

Mi madre me llamó para que fuera a comer. Menos mal que mi abuela había llevado un táper grande de croquetas y unas magdalenas de brócoli con queso de cabra que son un vicio. Quería comer deprisa para volver a mi habitación cuanto antes. No podía dejar de pensar en el correo de Gata Verde.

Lo primero que hice al sentarme a la mesa fue atacar las croquetas. A mí me ponen una fuente de croquetas delante y soy feliz. Me chiflan, podría comerme veinte y que me sigan pareciendo pocas.

—¿Quieres comer un poco más despacio? — sugirió mi madre cuando llevaba más de cuatro croquetas.

—Lo inftento —respondí con la boca llena—. Esff que esfftaán muy ricas. Cada fffez te ffalen mejor.

—Mira que las hago con tu receta, pero no me salen igual. Tiene que haber algo que no me estás diciendo —comentó mi padre en tono inquisitivo, que era el que cocinaba en casa.

—Yo solo le pongo amor. —Mi abuela se encogió de hombros—. Y un poco de nuez moscada. Ese es el secreto.

Después de comer, mi madre, como es de la secta de la comida sana, trajo un poco de fruta por el tema de que necesitaba vitaminas para seguir creciendo.

Enseguida tomé un racimo de uva y me las fui metiendo en la boca con ganas.

—Como fruta, es uva delicia.

Mi abuela soltó una risilla y mi madre puso los ojos en blanco. A ella no le hacían tanta gracia mis juegos de palabras. Aun así, advertí que ella bajó la cabeza para que no la viera cómo se reía.

—Ha tenido su gracia —afirmó mi abuela mirando a mi madre.

—No ha estado mal.

—¡Cómo que no ha estado mal! Si hasta te estás riendo, aunque trates de disimularlo.

—Vale, sí, es gracioso. La de juegos de palabras que se te ocurren.

Me terminé las uvas y llegó la hora del postre, mi momento favorito de la comida. Mi abuela había hecho un bizcocho de berenjena con chocolate que quitaba el sentido.

Os aseguro que no sabe a berenjena.

Al terminar de comer, mis padres se quedaron en el comedor tomando café y mi abuela se marchó con sus amigas del jazz.

Volví a mi habitación al trote y miré la pantalla del ordenador, que la había dejado encendida con las prisas. La bandeja de entrada estaba vacía. Le volví a dar al botón de actualizar. Nada.

—¿Crees que ya lo ha leído? ¿Por qué no responde? Estoy segura de que no encontrará a nadie como yo. ¿Cuántos correos habrá recibido? Igual ella también tiene problemas con la conexión a internet.

—Elia —dijo mi madre desde el otro lado de la puerta—, tu padre y yo queremos ir a cine y hemos pensado que igual te apetece venir con nosotros.

Abrí la puerta.

—¿Qué película vais a ver?

—Te dejamos elegir la que quieras, aunque la última de superhéroes tiene muy buena pinta.

Di un salto de la emoción. Si me quedaba en casa, estaría pendiente del ordenador y si me iba con ellos, no, aunque no dejaría de pensar en la respuesta.

—Me apunto. —Pensé en lo que podría comer si los acompañaba—. ¿Puedo pedirme un cubo grande de palomitas y una bolsa de chocolatinas?

—Uno grande para las dos y compartimos las chocolatinas, ¿te parece?