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Días oscuros es la cuarta novela protagonizada por Skulduggery Pleasant y su ayudante de 13 años, Valquiria Caín. La lucha contra las fuerzas del Mal prosigue pero, en esta ocasión, el detective esqueleto está perdido en una dimensión paralela y sus amigos tendrán que utilizar su calavera para traerlo de vuelta. Y al mismo tiempo... asesinos vengativos, zombis sedientos de sangre, vampiros neonatos, detectives corruptos y algunos monstruos más harán todo lo posible para desbaratar sus planes. Un libro divertido, trepidante y original que no deja indiferente.
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Seitenzahl: 402
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Este libro está dedicado a Laura.
No voy a hacer ningún chiste porque, al parecer, tú eres la única persona sobre la faz de la Tierra que no me encuentra gracioso.
Soy HILARANTE. Pregunta a cualquiera. Pregúntale a tu hermana: ella cree que soy DESTERNILLANTE. ¿A que sí, Katie?
Y aun así, aunque te niegues a reconocer mis dotes para la comedia, y a aceptar públicamente lo impresionada que estás por todo lo que hago, te dedico este libro. Porque sin ti, Skulduggery no habría tenido su Valquiria.
Eres mi mejor amiga y mi musa, y te debo mucho.
(«Mucho» entendiéndose, por supuesto, en sentido figurado, y no de una manera que implique que te vayas a llevar una parte de los derechos de esta novela.)
1
EYLAN Scarab no había pensado en otra cosa más que en asesinar durante todo el tiempo que había pasado en su pequeña celda. Le gustaba asesinar. De joven, sus actividades favoritas eran asesinar y dar largos paseos. Solía decir que se daría una buena caminata con tal de matar a alguien, y que mataría a alguien por una buena caminata. Después de casi doscientos años encerrado, había perdido cierto interés por los paseos. Sin embargo, su pasión por asesinar latía más fuerte que nunca.
Hacía unos días que le habían liberado y ahora caminaba, renqueante, bajo el sol de Arizona. Parecía un viejo. Le habían arrebatado su poder y, sin él, su cuerpo se había marchitado... Pero su cabeza se mantenía lúcida: el paso de los años no había oscurecido su mente. Aun así, no le gustaba nada ser un anciano. Calculó el tiempo que había tardado simplemente en cruzar la carretera, y el resultado no le agradó.
Estuvo allí de pie durante dos horas. El viento levantaba nubes de polvo y se le metía en los ojos. Buscó con ansia a su alrededor algo que pudiese matar... pero tuvo que aplacar su impulso. La entrada de la prisión subterránea estaba muy cerca, y matar mientras los guardias lo miraban no parecía una buena idea. Además, su magia no había regresado todavía, así que, aunque hubiera algo en ese desierto digno de ser asesinado, lo más seguro es que no hubiese sido capaz de hacerlo.
Una forma emergió de la calima, a lo lejos, y fue definiéndose a medida que se acercaba: era un coche negro, seguramente con aire acondicionado. Se paró a un metro de él y un hombre salió, despacio, de su interior. Scarab tardó unos segundos en reconocerle.
–¿Por qué demonios no me sacaste de ahí dentro? –rugió. Oír su propia voz le deprimió. Al aire libre, fuera de los muros de la prisión, hasta su gruñido sonaba frágil y decrépito.
El hombre se encogió de hombros.
–Para serte sincero, esperaba que murieses allí. Y por tu aspecto... ¿Seguro que estás vivo? Pareces un cadáver. Y hueles a muerto.
–Me mantendré vivo el tiempo necesario para hacer lo que tengo que hacer.
El hombre del coche movió la cabeza, asintiendo.
–Ya me imaginaba que querrías vengarte. Eachan Meritorius está muerto. Nefarian Serpine lo mató. Y muchos otros han sido asesinados mientras estabas encerrado.
Scarab entrecerró los ojos.
–¿Skulduggery Pleasant?
–Desaparecido –contestó el hombre–. Un par de Sin Rostro salieron del otro lado hace diez u once meses. El esqueleto los obligó a regresar... pero se lo llevaron con ellos.
–He echado de menos ese tipo de entretenimientos –dijo Scarab con humor negro.
–Sus amigos han estado buscándole desde entonces. Si quieres mi opinión, está muerto. Esta vez de verdad. Pero puede que tengas suerte: quizá lo encuentren, lo traigan de vuelta... y entonces puedas matarlo tú.
–¿Qué hay de Guild?
Una sonrisa blanca y brillante se dibujó en la cara del hombre.
–Es el nuevo Gran Mago de Irlanda... Un objetivo prioritario, ¿eh?
Scarab sintió un cosquilleo súbito, como una ligera vibración en los huesos, y el corazón se le aceleró. Era la magia, que regresaba a él después de tanto tiempo. Le costó contener su entusiasmo.
–No solo él. Todos van a pagar por lo que me han hecho. Su mundo se va a desmoronar.
–¿Acaso tienes un plan? ¿Formo yo parte de él? –se interesó el hombre.
–Voy a destruir el Santuario –sentenció Scarab.
El hombre se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas cuidadosamente.
–Entonces vas a necesitar algo de ayuda.
–No tengo nada con qué pagarte... –apuntó Scarab, desconfiado.
–Será gratis, viejo. Es más, conozco a algunos que estarían dispuestos a colaborar. Todos tenemos cuentas pendientes en Irlanda –sentenció Billy-Ray Sanguine colocándose las gafas sobre las cuencas donde una vez habían estado sus ojos–. De hecho, ahora mismo estoy pensando en una pequeña dama en particular.
2
UÁNTO le echaba de menos.
Echaba de menos su voz, su sentido del humor, su cálida arrogancia y aquellos momentos en los que, junto a él, se sentía viva... Qué ironía, justo al lado de un muerto.
Hacía once meses ya. Valquiria había estado buscando su calavera durante todo ese tiempo para usarla como llave y abrir aquella Puerta que lo traería de vuelta. Dormía cuando tenía que hacerlo y comía cuando lo necesitaba; el resto del tiempo lo dedicaba a la búsqueda. Cada vez pasaba menos tiempo con sus padres. Había ido a Alemania, a Francia y a Rusia, había pateado puertas putrefactas y corrido por oscuros callejones, había seguido las pistas como él le había enseñado y ahora, por fin, estaba cerca.
En una ocasión, Skulduggery le había contado que la cabeza que él llevaba no era suya, que la había ganado en una partida de póquer. Unas pequeñas criaturas le habían robado su verdadera cabeza mientras dormía, y habían huido con ella. En aquel momento, el detective no había entrado en muchos detalles, pero después, poco a poco, fue narrándole la historia completa.
Todo había ocurrido veinte años atrás. Se decía que un poltergeist estaba causando estragos en una pequeña iglesia situada en medio de la campiña irlandesa. Aterrorizaba a los vecinos y ahuyentaba a la policía cuando aparecía por allí para investigar.
Skulduggery acudió con su bufanda y su sombrero bien calado respondiendo a la llamada de un viejo amigo de la zona.
Lo primero que averiguó fue que el culpable no era un poltergeist. Lo segundo fue que seguramente se tratara de algún tipo de duendecillo. De hecho, era probable que hubiese más de uno. Y lo tercero, que la iglesia, por pequeña y espartana que pareciese, tenía una interesante cruz de oro macizo en el altar... Y si había algo que los duendecillos amaban, era el oro.
–En realidad, lo que más les gusta a los duendes es comerse a los bebés –había especificado Skulduggery–, pero el oro es lo segundo entre sus preferencias.
Los duendes intentaban ahuyentar a todo el mundo el tiempo suficiente para desprender la cruz de su pedestal y llevársela, así que Skulduggery plantó su campamento delante de la iglesia y esperó. Se sumió en un estado meditativo y se mantuvo alerta a cualquier movimiento.
Los duendes aparecieron la primera noche y él los expulsó de allí chillando y lanzando bolas de fuego. Eran necios y fáciles de asustar. La segunda noche llegaron sigilosos, susurrándose palabras de ánimo para volver a entrar en la iglesia después del incidente del día anterior, pero él surgió por su espalda profiriendo insultos y amenazas, y los hizo huir despavoridos. La tercera noche, sin embargo, le sorprendieron: en vez de intentar entrar en la iglesia, se acercaron a él muy sigilosos mientras permanecía en trance y se llevaron su cabeza. Cuando quiso darse cuenta, ya habían desaparecido y Skulduggery no tenía dónde ponerse el sombrero.
Después, ya con una cabeza que no era la suya, inició las pesquisas. Al parecer, los duendecillos habían tenido problemas con un mago llamado Larks, quien les había robado sus insignificantes posesiones y las había vendido. Y hasta aquí habían llegado sus investigaciones, pues otros asuntos habían empezado a requerir su atención. Skulduggery siempre había pensado en retomar su búsqueda, pero nunca lo hizo. Así que todo lo demás dependía de Valquiria.
La calavera, según había averiguado ella, fue comprada por una mujer para ofrecérsela a su prometido como regalo de bodas, algo muy poco convencional. La señora terminó usándola para golpear a su futuro marido hasta matarlo de forma sangrienta y escandalosa. Le había pillado intentando robarle. La investigación del asesinato la había llevado a cabo la policía «mortal» –Valquiria odiaba esa expresión–, y la calavera había quedado archivada como prueba. A partir de entonces se la empezó a llamar «la Calavera Asesina». Terminó, no se sabe muy bien cómo, en el mercado negro, pasando de mano en mano al menos en cuatro ocasiones antes de que un mago llamado Umbra percibiera los rastros de magia que había en ella. Un año después se hizo con la calavera Thames Chabon, un negociante sin escrúpulos de carácter sombrío. Por lo que se sabía, Chabon todavía la tenía en su poder. A Valquiria le había resultado realmente difícil contactar con él. Había tenido que utilizar métodos muy poco ortodoxos.
Los «métodos poco ortodoxos» estaban ahora de pie, en un callejón solitario, con las manos en los bolsillos. Se llamaba Caelan y tendría unos diecinueve o veinte años cuando murió. Era alto, de pelo negro, y sus pómulos afilados le marcaban el rostro. Le echó un vistazo a Valquiria mientras caminaba hacia él y, de inmediato, miró a lo lejos. Estaba a punto de anochecer y probablemente le estuviera entrando hambre. A los vampiros solía ocurrirles eso.
–¿Lo has arreglado? –preguntó Valquiria.
–Chabon se reunirá contigo mañana por la mañana. A las diez en punto. En el Bailey, junto a la calle Grafton –murmuró.
–Vale.
–Asegúrate de ser puntual. No le gusta esperar.
–¿Y tú estás seguro de que esa cabeza es la de Skulduggery?
–Eso es lo que dijo Chabon. Lo que no entiende es por qué te resulta tan valiosa.
Valquiria asintió, pero no abrió la boca. No le contó nada sobre el Ancla Istmo, un objeto que reside en una realidad pero que pertenece a otra. No le dijo que ese objeto podía mantener abiertas las Puertas de esas dos realidades, o que todo lo que ella necesitaba para abrir una Puerta que la llevara junto a Skulduggery era su calavera original y un teletransportador dispuesto a ayudar. Ya tenía al teletransportador, ahora solo necesitaba la calavera.
Caelan miró la puesta de sol en el horizonte.
–Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya.
–¿Por qué estás haciendo esto? –le preguntó Valquiria de sopetón–. No estoy acostumbrada a que la gente me ayude sin motivo.
Caelan mantuvo los ojos apartados de ella.
–Hace tiempo encerraste a un tipo llamado Dusk. No me gusta ese tipo.
–A mí tampoco me gustaba mucho.
–He oído que le hiciste una cicatriz.
–Se lo merecía.
–Sí, se lo merecía.
Se quedó parado y en silencio unos segundos, y después echó a andar. Por su forma de moverse, elegante y salvaje, parecía un gran felino.
Tanith apareció cuando él ya se había ido. Emergió del callejón que había al otro lado de la calle enfundada en cuero marrón, con su pelo rubio ondeando y su espada oculta bajo el largo abrigo. Después, la llevó a casa.
Valquiria se paró debajo de la ventana de su dormitorio; aleteó con los brazos, impulsándose en el aire, y ascendió hasta el alféizar. Tocó con suavidad en el cristal y una pequeña luz se encendió dentro. La ventana se abrió y su propia cara, con sus mismos ojos marrones, se quedó mirándola fijamente.
–Pensé que ya no vendrías a casa esta noche –dijo su reflejo.
Valquiria entró sin contestar. Su reflejo la miró mientras cerraba la ventana y se quitaba el abrigo. Hacía tanto frío dentro de la casa como fuera, y Valquiria se estremeció. Su reflejo hizo lo mismo, imitando una respuesta humana a una sensación que nunca había experimentado.
–Hemos cenado lasaña –la informó el reflejo–. Papá ha intentado comprar entradas para el All-Ireland, la final de fútbol gaélico del domingo, pero de momento no lo ha conseguido.
Valquiria estaba cansada. Señaló el espejo de cuerpo entero situado en el interior de su armario. Su reflejo, que no sentía ningún tipo de emoción, se metió dentro del espejo tranquilamente, se dio la vuelta y esperó. Valquiria tocó el espejo y todos los recuerdos de su reflejo pasaron a su mente, mezclándose con los suyos. Mientras cerraba el armario, cayó en la cuenta de que llevaba ocho días fuera de casa y le entró un repentino deseo de estar con sus padres y no conformarse con unos recuerdos vistos a través de los ojos de una sustituta. Pero ellos estaban dormidos abajo, en el salón, así que tendría que esperar hasta la mañana.
Se quitó el anillo negro del dedo y lo dejó en la mesilla de noche. Ni a Abominable ni a China ni a Tanith les gustaba ese anillo (al fin y al cabo, se trataba de una herramienta propia de un nigromante), pero Valquiria había tenido que enfrentarse a muchas cosas en los últimos once meses, y un poco de ayuda extra no le había venido mal. Sobre todo, teniendo en cuenta su natural aptitud para la nigromancia.
Se desvistió y dejó caer los pantalones y la camiseta sin mangas al suelo, sobre las botas. Agradeciendo que ninguna de las prendas que confeccionaba Abominable Bespoke se arrugase nunca, se puso unos pantalones cortos y la sudadera del equipo de fútbol de Dublín que su padre le había regalado las pasadas Navidades. Después se metió en la cama y se estiró para apagar la luz antes de acurrucarse bajo las mantas.
«Mañana», se dijo. Mañana encontrarían la calavera y la usarían para abrir la Puerta más próxima a dondequiera que estuviese Skulduggery. Valquiria pensó en lo que haría cuando le viese de nuevo. Se visualizó corriendo hacia él y abrazándolo, sintiendo la armazón de sus huesos bajo las ropas, e intentó imaginar lo primero que él le diría. Algo cortante, de eso estaba segura. Algo irónico y gracioso. Probablemente, alguna chulería.
Cuando miró el despertador se dio cuenta de que ya llevaba una hora en la cama. Suspiró y le dio la vuelta a la almohada para sentir el tacto fresco de la tela y liberar su cabeza de aquellos pensamientos. Finalmente, se entregó al sueño.
Durmió de forma intermitente, incómoda, y despertó en medio de la noche para ver una figura de pie frente a ella. Su corazón se disparó, pero incluso en medio del sobresalto, su cabeza se puso a barajar posibilidades: su padre, su madre, Tanith...
Y entonces el hombre se agachó y la agarró del cuello con sus frías manos.
Valquiria empezó a retorcerse y patalear, pero las sábanas la tenían atrapada. Luchó para librarse del estrangulamiento mientras su agresor, que era muy fuerte, le clavaba los dedos en la garganta. Ella notaba cómo la sangre le latía con fuerza en las sienes. Estaba a punto de desmayarse.
De pronto, las sábanas se aflojaron y pudo darle una patada en el muslo. Él retiró la pierna, pero siguió apretándole el cuello. Ella apoyó las dos piernas en su estómago y empujó con fuerza para librarse de él. La oscura silueta seguía sobre ella, sin moverse.
Iba a morir.
Dobló una mano para lanzar el aire contra el hombre, pero fue un golpe muy débil. Desesperada, alcanzó el anillo de nigromante de su mesilla y deslizó el dedo dentro de él. De repente sintió la oscuridad en su interior, fría y creciente, como un remolino. Engarfió su mano y la dirigió contra su agresor. Un puño de sombras le golpeó el pecho y él soltó su cuello de inmediato y retrocedió, tambaleante. Valquiria saltó de la cama, empujó otra vez el aire con sus manos y el hombre voló hasta golpear la pared y caer sobre el escritorio, rompiéndolo. Ella chasqueó los dedos y una llama apareció en su palma para iluminar la estancia.
Valquiria tardó en reconocerlo. Sus ropas estaban rotas y sucias; las botas, llenas de barro; los guantes, sin dedos, y el pelo, largo y revuelto. Fue su barba lo que le hizo caer en la cuenta. La pequeña barba puntiaguda que Remus Crux había llevado siempre para esconder su frágil mandíbula.
Oyó a su padre gritar su nombre e hizo desaparecer el fuego de su mano. Estaba a punto de entrar en la habitación. Lanzó una sombra a la cama y la arrastró rápido contra la puerta, bloqueándola.
–¡Stephanie! –gritó su madre desde el otro lado de la puerta mientras la manilla subía y bajaba inútilmente.
Valquiria se giró hacia Crux en el momento en que él la agarraba para lanzarla contra la pared. Ella rebotó en el muro, saltó hacia él y le dio con la rodilla. Después saltó otra vez, ahora con las piernas extendidas, y le golpeó en el pecho. Crux caminó hacia atrás a trompicones, tropezó con los jirones de su ropa y cayó. Su cabeza impactó en la mesita con un golpe seco.
Mientras, sus padres intentaban abrir la puerta con todas sus fuerzas.
Valquiria no podía terminar el trabajo con su magia elemental: no tenía suficiente poder, y menos dentro de un espacio cerrado. Notó el anillo de nigromante, frío en su dedo, mientras dibujaba en la oscuridad un golpe contra el hombro de Crux que lo hizo caer de nuevo. Volvió a hacerlo; en esta ocasión le dio en la pierna izquierda, que se dobló bajo su peso.
–¡Steph! –rugía su padre–. ¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta AHORA MISMO!
Crux se abalanzó sobre ella antes de que pudiese atacarle otra vez. Con una mano le cogió la muñeca, manteniendo el anillo alejado de él, y con la otra la agarró por la garganta. Inmovilizada contra la pared, sin fuerzas para usar sus armas, Valquiria pudo distinguir la maldad que brillaba en sus ojos entornados.
La ventana se hizo añicos sobre ellos. Crux la soltó de golpe y Valquiria cogió aire. Una ráfaga de sombras se arremolinó y miles de flechas oscuras volaron hacia él, que se tiró al suelo para evitar el ataque. Después, con un gruñido, se lanzó por la ventana rota.
Solomon Wreath se giró hacia ella para ver si estaba bien. Las sombras se enroscaron en el bastón que llevaba en la mano. De repente, la puerta se abrió y golpeó la cama que la bloqueaba. Wreath se lanzó por la ventana persiguiendo a Crux y Valquiria empujó su cama para despejar el umbral. Su madre la envolvió en sus brazos mientras su padre escrutaba la habitación en busca del intruso.
–¿Dónde está? –chillaba.
Valquiria lo miró por encima del hombro de su madre.
–¿Dónde está quién? –le preguntó, sin tener que fingir demasiado para parecer asustada.
Su padre se giró hacia ella.
–¿Quién estaba aquí?
–Nadie.
Su madre la agarró por los hombros y se echó hacia atrás para mirarla bien a los ojos.
–¿Qué ha pasado, Steph?
Valquiria echó un vistazo a la habitación.
–Un murciélago –decidió.
Su padre se quedó helado.
–¡¿Qué?!
–Un murciélago... Entró por la ventana.
–Un... ¿murciélago? Parecía que te estuviesen atacando.
–Espera... –dijo su madre–. Oímos el ruido de cristales después de todo el jaleo...
«Mierda».
Valquiria asintió con la cabeza.
–El murciélago estaba dentro; escondido en algún rincón, supongo. Debió de entrar hace días y, no sé, habrá estado hibernando o algo así...
–Stephanie –repuso su padre–. Parece que haya habido una batalla en esta habitación.
–Me entró pánico, papá. Era un murciélago. Enorme. Me levanté y estaba revoloteando por la habitación. Me puse histérica y me caí sobre el escritorio. Después se posó en el suelo e intenté empujar la cama sobre él. Supongo que se asustó y voló directo contra la ventana... y la atravesó.
Valquiria rezó para que sus padres no se dieran cuenta de que todos los cristales estaban dentro de la habitación.
Él soltó aire, aliviado.
–Pensé que estaba pasando algo horrible aquí dentro.
Ella frunció el ceño.
–Estaba pasando algo horrible, papá. Se me podía haber enredado en el pelo.
Valquiria pasó varios minutos más soportando la preocupación de sus padres. Querían estar seguros de que no se había cortado los pies con los cristales. Después, su madre la ayudó a hacer la cama en la habitación de invitados y, por fin, se dieron las buenas noches.
Una vez comprobó que estaban de vuelta en la cama, Valquiria salió a hurtadillas por la ventana y se dejó caer, usando el aire para frenar el descenso. Sus pies descalzos tocaron la hierba húmeda y cruzó los brazos sobre el pecho para protegerse del frío.
–Se ha ido –dijo alguien a su espalda.
Se giró. Wreath se erguía frente a ella, atractivo a pesar de su palidez, todo vestido de negro. Era tan alto y sereno como Skulduggery. Y tenían más cosas en común: los dos eran excelentes profesores. Skulduggery le había enseñado magia elemental y Wreath le estaba enseñando nigromancia. Y ambos la trataban como a una igual. No todos los magos que conocía lo habían hecho. Otra de las virtudes que Wreath compartía con Skulduggery era la de aparecer justo en el momento necesario, algo que Valquiria agradecía particularmente.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó sin más. A Wreath no le gustaban los agradecimientos.
Sus ojos brillaron mientras la miraba.
–Oí que Remus Crux andaba por la zona. Y naturalmente, asumí que vendría a por ti. Parece que estaba en lo cierto.
–¿Y por qué no me avisaste? –preguntó Valquiria. Los dientes le castañeteaban.
–El cebo no tiene por qué saber que es cebo. Crux se habría dado cuenta de que era una trampa y no habría aparecido.
–No me gusta mucho eso de ser el «cebo», Solomon. Crux podría haber ido a por mi familia.
–Él no quiere hacer daño a tu familia. No sabemos por qué te persigue, pero, por lo menos, ahora estamos seguros de que lo hace.
Wreath no le había ofrecido su abrigo. Skulduggery ya lo habría hecho.
–No quiero que esto vuelva a ocurrir –dijo ella–. Mi pueblo debe quedar fuera de todos estos asuntos. China Sorrows puede poner símbolos para asegurarse de que Crux no llegue hasta Haggard. Mañana le pediré que lo haga.
–Muy bien.
–Solomon, la próxima vez que te enteres de que va a pasar algo así, espero que me avises antes de que me ataquen.
Él sonrió.
–Intentaré recordarlo. Ya no hay peligro, puedes regresar a casa. Me quedaré vigilando hasta que amanezca.
Valquiria asintió y se situó bajo la ventana de la habitación de invitados.
–Ah, ¿y la calavera? –le preguntó él–. ¿La has encontrado ya?
–Mañana nos reuniremos con el vendedor.
–¿Y estás segura de que es la que buscas? Ya te has llevado varias decepciones.
–Ahora es distinto. Tiene que serlo.
Solomon le hizo una reverencia a modo de despedida y golpeó con su bastón el suelo para invocar a las sombras, que se arremolinaron en torno a él. Cuando se dispersaron, él ya había desaparecido. Era un truco nigromántico, parecido a la teletransportación pero de menor categoría. Lo usaba para impresionarla. Aunque ya no lo conseguía.
Valquiria dio un lento aleteo con los brazos y el aire frío la aupó a la ventana. Entró en la habitación y la cerró mientras frotaba los pies en la alfombra para quitarse el verdín y la humedad. Se metió bajo el edredón y se quedó quieta, hecha un ovillo, sin parar de tiritar.
No consiguió dormir mucho.
3
la mañana siguiente, Valquiria volvió a su habitación. Hacía muchísimo frío y el suelo estaba cubierto de trocitos de cristal; el escritorio, destrozado. Telefoneó a China y le dijo lo que necesitaba. Durante los últimos seis meses, China había estado entrenando a un grupo de jóvenes magos en el uso del lenguaje mágico, así que le pidió que enviase a algunos de sus estudiantes para que levantaran un perímetro de seguridad que protegiese el pueblo.
Valquiria le dio las gracias y colgó. Luego abrió el armario y tocó el espejo. Su reflejo salió de él y se escondió debajo de la cama. Ella se puso el uniforme del colegio y bajó. Hacía una semana que no desayunaba con sus padres y le apetecía mucho pasar un rato con ellos; además, estaba convencida de que ese era el día en que traería a Skulduggery de vuelta.
Estaban hablando de la ventana rota. Su padre creía que podría arreglarla, pero su madre lo dudaba. Después, él comentó los planes de la jornada.
–Cogeré medio día libre –dijo–. Me llevo a unos clientes a hacernos nueve.
La madre de Valquiria le miró extrañada.
–¿Nueve qué?
–No estoy seguro –admitió–. Es un término de golf. La gente de mi edad lo usa constantemente. Me hubiera gustado llevarlos a la final del All-Ireland, al partido del domingo, pero tendrán que conformarse con el golf.
–Pero si tú no juegas al golf... –apuntó su mujer.
–Ya, pero lo he visto en la tele, y parece bastante sencillo darle a la bola con esa cosa.
–Con el palo.
–Pues eso. Facilísimo, ¿no?
–Tu coordinación ojo-mano no es muy buena, odias las caminatas y no te gusta nada llevar cosas al hombro. Además, ¿no sueles decir que el golf es un deporte para tontos?
–Es que es un deporte para tontos –admitió.
–Entonces, ¿por qué llevas a tus clientes a jugar al golf?
–Básicamente por la indumentaria. Por los jerséis de rombos con cuello de pico y los pantalones bombachos con los calcetines por encima.
–No creo que la gente juegue así vestida hoy en día.
–¿No?
Valquiria pensaba a menudo en lo bien que encajaban sus padres, pero también creía que nadie más en el mundo se daba cuenta de lo raros que eran en realidad.
Terminó el desayuno y volvió a su cuarto a cambiarse de ropa. Su reflejo se fue poniendo cada prenda del uniforme a medida que ella se las iba quitando.Hacía al menos dos años, en una población llamada Roarheaven, Skulduggery había disparado al reflejo de Valquiria y lo había matado.
El reflejo servía para sustituirla en casa y en el colegio mientras ella andaba en alguna investigación; pero, por exceso de uso, el reflejo había desarrollado algunas anomalías en su comportamiento, un problema que se vio agravado cuando «murió». Llevaron su cuerpo de nuevo al espejo, y allí volvió a ser una realidad duplicada de Stephanie, pero a partir de ese momento se volvió más errático y extraño. Comenzó a traspasar incluso algunos de sus propios límites, como, por ejemplo, cambiarse de ropa cuando le apetecía. Además, de vez en cuando mostraba pequeñas lagunas en su memoria.
Pero Valquiria no tenía tiempo para preocuparse de ese tema. Debía recuperar la cabeza de Skulduggery y, al mismo tiempo, ir al colegio; aunque, desde luego, no iba a ser ella quien asistiera a clase.
Se abotonó los pantalones negros y se puso las botas, dejando caer las perneras por encima de ellas. La camiseta no tenía mangas, pero abrigaba, y cuando se puso el abrigo tuvo, como siempre, la sensación de que llevaba ropa térmica. El material con el que estaban confeccionadas las prendas reaccionaba al ambiente y a su temperatura corporal, y la mantenía siempre confortable, hiciese frío o calor. El abrigo era negro en contraste con las mangas, de color rojo oscuro como la sangre seca. Un diseño de Abominable Bespoke.
El reflejó cogió la mochila de Valquiria y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Valquiria llamó a Fletcher Renn y este apareció a su lado. El móvil chisporroteó en sus manos como si hubiese interferencias. Su pelo rubio estaba estudiadamente despeinado y su sonrisa tenía un deje de chulería burlona. Llevaba unos vaqueros viejos, unas botas gastadas y una chaqueta militar. El único problema con su aspecto es que Fletcher sabía lo bien que le sentaba todo aquello.
Pero su sonrisa se desvaneció en cuanto vio el jaleo de la habitación.
–¿Qué ha pasado aquí?
–Me atacaron.
Los ojos del chico se abrieron de par en par y la agarró de los brazos. Parecía que quisiera asegurarse de que estaba allí, viva.
–¿Te encuentras bien? ¿Estás herida? ¿Quién fue?
–Estoy bien, Fletcher. Te lo contaré después, cuando se lo diga a los demás.
–Pero no fue el vampiro, ¿verdad?
–¿Qué?
Fletcher soltó a Valquiria y retrocedió unos pasos.
–El... como se llame de ayer, el chico vampiro con pinta de infeliz.
–Se llama Caelan. Y no, por supuesto que no fue él.
Él asintió lentamente.
–Vale, entonces. ¿Seguro que estás bien?
–Que sí, estoy bien.
–De todas formas, ¿qué te contó? El vampiro, digo.
–Arregló el encuentro, como dijo que haría.
–¿No hubo nada de charla, entonces?
–Él... no es de ese tipo.
–Ya. Duro y silencioso, ¿no?
–Supongo. Además, estaba oscureciendo...
–Probablemente no quería convertirse en un monstruo terrible delante de ti y destrozarte en vuestra primera cita.
–Me da la sensación de que no te gusta mucho, ¿no?
–Bueno, no, por lo menos la parte de monstruo terrorífico. ¿A ti?
–¿Que si me gusta? No. Ni siquiera le conozco.
–Bien, vale –Fletcher parecía satisfecho–. ¿Puedo hacerte una pregunta?
–Ya lo estás haciendo.
–¿Puedo hacerte otra?
–¿Podrías hacérmela en algún sitio donde no nos oigan mis padres?
La cogió de la mano y en un abrir y cerrar de ojos estaban en el tejado de la sastrería de Bespoke. Ahora Valquiria ni siquiera se mareaba con la teletransportación.
–Pregunta.
Él dudó un segundo. Y después, como de pasada, dijo:
–¿Crees que las cosas volverán a la normalidad cuando consigamos traer a Skulduggery? Me refiero a que si estaréis otra vez vosotros dos, por ahí, resolviendo crímenes y todo eso.
–Eso espero. No veo por qué no.
–Eso... está bien –dijo moviendo la cabeza de arriba abajo–. Está bien que por fin nos vayamos acercando al final. Después de todo lo que hemos hecho y todo lo que hemos vivido...
–Los meses pasados han sido horribles, la verdad –admitió Valquiria.
–Sí. Pero a la vez, no sé... Yo... lo he disfrutado.
Valquiria se quedó callada.
–Oye, no me refería a que... –soltó una risilla nerviosa–. O sea, no me gusta nada el hecho de que Skulduggery esté perdido, ni que tú hayas estado tan preocupada por él. Solo digo que, para mí, haber colaborado con todo esto ha estado bien. Me ha gustado sentirme parte de un equipo...
–Bien.
–Lo que quiero decir es que he estado pensando... Bueno, me preguntaba si crees que él me dejaría participar en vuestros casos.
Valquiria inspiró profundamente.
–Yo... la verdad es que no lo sé.
–Sería bastante útil, no me digas que no. Se acabaría eso de ir a todos lados en esa antigualla de coche.
–Él adora el Bentley. Y a mí también me gusta.
–Lo sé, lo sé. Pero bueno, quizá tú podrías decirle algo cuando vuelva...
–Lo haré.
–A no ser que tú no me quieras cerca.
Valquiria enarcó una ceja.
–¿Alguna vez he dicho yo eso?
–No. Bueno..., en realidad sí que lo has dicho, bastantes veces.
Ella se encogió de hombros.
–Solo cuando me tocas las narices.
–¿Te he tocado las narices últimamente?
–Me las estás tocando ahora...
Fletcher sonrió y Valquiria le tendió la mano.
–Bajamos –dijo ella.
Él le cogió la mano y le hizo una reverencia.
–Como desee, señorita.
Al instante aparecieron en la trastienda de la sastrería.
–Ya puedes soltarme la mano –dijo Valquiria.
–Ya sé que puedo –respondió Fletcher–. Simplemente he preferido no hacerlo.
Ella giró su muñeca y le forzó a soltarla sin demasiada rudeza.
Les llegó el olor del café y oyeron a alguien hablando, así que pasaron a la parte delantera de la tienda. Tanith y Abominable Bespoke estaban sentados en la mesita que había junto a la pared. Él meneaba la cabeza, preocupado.
–¿Qué pasa? –preguntó Valquiria.
–Ayer salió de prisión Dreylan Scarab –le dijo Tanith.
–¿Quién es Dreylan Scarab? –preguntó Fletcher.
–El asesino de Esryn Vanguard.
–¿Y quién es Esryn Vanguard? –preguntó de nuevo Fletcher.
Valquiria se sintió contenta porque al fin había alguien que sabía, incluso, menos cosas que ella.
–Vanguard era un ex soldado que se hizo pacifista –explicó Abominable mientras Valquiria se fijaba, sin decir nada, en un trozo de venda que le sobresalía por el cuello de la camisa–. Eso fue hace doscientos años. Él proponía un final pacífico para la guerra contra Mevolent, algo que no implicase que una facción acabara con la otra.
–Sentido común –intervino Tanith–. Ocurrió antes de que yo naciera, pero recuerdo a mis padres hablando de él.
Abominable continuó.
–Mevolent se cansó de que, con sus ideas, fuese minando la confianza y la moral de sus tropas, así que envió a Scarab para asesinarlo.
–Y doscientos años más tarde –añadió Tanith–, Scarab termina su condena y es liberado. Me sorprende que haya aguantado tanto, la verdad. Después de un par de años en una de esas celdas, hasta los magos empiezan a envejecer de nuevo. Creo que todos esperábamos que aquello terminase con él.
–Debería estar muerto –dijo Abominable muy serio–. Mató a un gran hombre.
–¿Sabes quién más debería estar muerta? –preguntó Fletcher alegremente–. Valquiria. Alguien la atacó anoche.
Tanith y Abominable volvieron los ojos hacia ella, que suspiró y les contó lo de Crux.
Abominable frunció el ceño.
–Así que Wreath pasaba casualmente por allí justo cuando te estaba atacando Crux. Por lo que sabemos, bien podría haber tramado todo esto solo para aparecer en el momento adecuado y hacerse el héroe.
–No fue ningún héroe. Yo habría encontrado el modo de acabar con Crux sin ayuda.
–Abominable tiene razón –dijo Tanith–. No sabemos en qué ha estado metido Crux desde lo de Aranmore. Ese vistazo que le echó a los Sin Rostro le volvió loco, Val. Ha podido caer bajo la influencia de Wreath.
–Solomon Wreath está de nuestro lado –repuso Valquiria, cansada de una conversación que ya habían tenido media docena de veces–. Además, ¿para qué habría mandado a Crux contra mí? ¿Qué ganaría él?
Tanith se encogió de hombros.
–Estamos a punto de traer a Skulduggery de vuelta y Solomon puede perder a su alumna más aventajada. Ganaría tu confianza y que, si tiene suerte, elijas la nigromancia frente a la magia elemental.
Valquiria sintió el anillo en su dedo. No se lo había quitado en toda la noche.
–Bueno, ya nos preocuparemos de lo que ocurrió anoche más adelante.
–Un loco te ataca en tu casa –dijo Tanith, con los ojos como platos–, un loco que, incluso cuando estaba cuerdo, te detestaba... ¿y quieres que lo olvidemos?
Fletcher, que llevaba un rato escrutando a Abominable, se decidió a hablar con su falta de tacto habitual.
–¿Por qué llevas esa venda?
Abominable se colocó el cuello de la camisa.
–No es nada –contestó molesto.
–¿Te has cortado afeitándote?
Abominable suspiró.
–Le pedí a China que me ayudara con lo de poder mezclarme entre la gente normal, porque estoy harto de tanto disfraz. Y me propuso un tatuaje fachada. Eso es todo.
–¿Qué es eso de «un tatuaje fachada»? –preguntó Tanith.
–Nada importante.
–Bueno, entonces cuéntamelo, y así podremos pasar a hablar de algo que sí sea importante.
–Es una cara falsa –contesto de forma acelerada, intentando disimular su vergüenza–. Me tatuó dos símbolos sobre las clavículas, y cuando cicatricen del todo, se supone que me harán parecer normal durante un rato.
–¿Normal?
–Sin cicatrices.
–¡Hala!
–Como os he dicho: no tiene importancia.
–¿Cuándo puedes probar si funciona?
–Dentro de unas horas. Tal vez no sirva para nada, pero merecía la pena probar. Es mejor que tener que llevar una bufanda cada vez que salgo a la calle. Bueno..., creo que ya podemos pasar al tema que nos ocupa. El avión de Chabon aterriza en una hora, ¿no?
–Ya estaría aquí si me hubiese dejado traerle –dijo Fletcher con aire de suficiencia.
–No se fía –le contestó Valquiria–. La gente con la que habitualmente hace negocios no suele ser tan honesta y digna de confianza como nosotros.
Fletcher se encogió de hombros.
–Le hubiese birlado la calavera y me habría teletransportado de vuelta.
Valquiria suspiró ante tanta fanfarronería.
–¿Tenemos el dinero?
Tanith le pegó una patada a un petate que estaba bajo la mesa.
–Un pedacito de cada una de nuestras cuentas bancarias. Menos mal que nosotros no le damos mucha importancia al dinero.
–Habla por ti –refunfuñó Fletcher.
–Tú no has aportado nada –se quejó Tanith.
–¿Es que contribuir con mi tiempo no es suficiente? –contestó Fletcher de forma socarrona.
–Hombre, cuando se trata de comprar algo, no.
–Ah.
Tanith miró a Valquiria.
–Y tú, Val, relájate, ¿vale? Hemos pensado en todo.
–Skulduggery me dijo una vez que solo él puede pensar en todo, pero que no lo hace muy a menudo porque eso arruina las sorpresas.
Tanith esbozó una sonrisa.
–Entonces hemos pensado en todo lo que éramos capaces. Así que no podemos pensar en nada más. Esto solo es un encuentro comercial en el que nos saludaremos, le daremos el dinero, nos entregará la calavera, nos diremos gracias mutuamente y nos iremos. Por la tarde haremos una excursión hasta Aranmore. Fletcher abrirá la Puerta, después entraremos, encontraremos a Skulduggery y volveremos. Pan comido.
–A no ser que algo salga mal –repuso Valquiria.
–Bueno, sí, a no ser que algo salga fatal, horriblemente mal. Lo que, por otro lado, suele ocurrir.
4
HABON había elegido un café de la calle Duke para realizar el intercambio. Valquiria y Tanith se sentaron en una mesa mirando hacia la puerta. Fletcher estaba en otra, al lado de la ventana, leyendo un cómic frente a un refresco e intentando pasar desapercibido, algo bastante difícil con su peinado. Solo faltaba Abominable, pero sus cicatrices eran demasiado llamativas para dejarse ver en público durante tanto tiempo.
Cuando pasaban unos minutos del mediodía, un hombre entró en la cafetería con una maleta. Inmediatamente se fijó en ellas y caminó hacia la mesa. Valquiria se sorprendió por su aspecto: llevaba ropa informal y no tenía el bigotillo fino que ella había imaginado.
–Buenas tardes, señoritas –saludó con una sonrisa cortés–. ¿Tienen ustedes mi dinero?
–Primero, enséñanos la calavera –contestó Valquiria.
Chabon posó la maleta sobre la mesa y le dio unas palmaditas.
–No veréis la mercancía hasta que yo no compruebe que tenéis el dinero. Esto funciona así.
Tanith agarró el petate, que estaba en el suelo, bajo la mesa; lo levantó y lo abrió un poco para que Chabon pudiese echarle un vistazo. Después lo cerró rápidamente y se lo colocó en el regazo.
Valquiria intentó coger la maleta, pero Chabon la agarró por la muñeca.
–Pareces muy impaciente –dijo con frialdad, y le giró la mano para ver bien el anillo que llevaba–. ¿Eres una nigromante? Pensaba que los de tu clase no podían salir del Templo hasta los veinticinco años.
Ella retiró su mano.
–Solo soy una aficionada... Te toca enseñar tu parte del trato.
Chabon puso la palma de su mano sobre la maleta y las cerraduras se abrieron. Levantó la tapa lo suficiente para que Tanith y Valquiria viesen lo que había dentro.
–¿Es la Calavera Asesina? –preguntó Tanith–. ¿Estás seguro?
–Totalmente.
–Si nos estás mintiendo... –comenzó a decir Valquiria.
Chabon sacudió la cabeza.
–No me amenaces, niña. Ya lo han hecho antes que tú auténticos profesionales. Como sabes, hablé con tu amigo vampiro, y lo que le dije sigue en pie. Así que, a no ser que queráis darme el palo utilizando al tipo ese de pelo raro que está junto a la ventana, ¿por qué no terminamos con nuestra transacción y nos vamos cada uno por su lado? Yo tengo que coger un avión en un rato.
Valquiria movió la cabeza haciéndole una seña a Tanith, y esta puso el petate sobre la mesa. Chabon metió la mano y palpó su contenido.
–Está todo –dijo Tanith.
Tras unos segundos, Chabon asintió.
–Sí, está todo.
Retiró la mano del interior, cerró la bolsa y se levantó, dejando la maleta sobre la mesa.
–Ha sido un placer, señoritas –añadió mientras salía por la puerta.
Fletcher se acercó a la mesa y Valquiria abrió la maleta con suavidad. El interior estaba acolchado y forrado de terciopelo, y la calavera estaba cuidadosamente encajada dentro. Una gran sonrisa apareció en la cara de Valquiria.
La tenían.
La tenían, y en unas pocas horas atravesarían la Puerta y traerían a Skulduggery de vuelta. Todo su esfuerzo había merecido la pena, y para el final del día, su vida podría reanudarse. Cerró la maleta.
–Un segundo, solo quiero asegurarme –dijo de pronto. Se levantó y corrió hacia la puerta.
Ya fuera, pudo distinguir a Chabon entre la gente. Giraba hacia la calle Grafton.
–¡Eh! –le gritó con cara de cabreo.
Chabon se volvió. Si les había vendido la verdadera Calavera Asesina, no tendría motivos para asustarse. En caso contrario...
Chabon echó a correr a toda velocidad.
–¡Es falsa! –les dijo a los demás antes de salir disparada. Tanith y Fletcher la siguieron.
Valquiria se adentró en la multitud tratando de no perder de vista su objetivo. Saltó sobre la bandeja de un músico callejero y esquivó de milagro a un hombre estatua pintado de color plata. Chabon corría con el petate dando bandazos en su mano. Giró a la izquierda y se metió en una calle amplia y luminosa.
Si el lugar hubiese estado vacío, Valquiria le habría lanzado un lazo de sombras que se habría enredado en sus tobillos haciéndole caer de bruces. Pero había, por lo menos, una docena de personas paseando por allí y mirando escaparates; incluso una mendiga pidiendo, justo delante de ella. Por el rabillo del ojo Valquiria vio a Tanith entrar como una flecha por el hueco de uno de los edificios y trepar ágilmente hasta el tejado. Valquiria siguió corriendo detrás de Chabon hasta la calle siguiente, cuando este se percató de que Tanith avanzaba por los tejados e intentaba adelantársele y cortarle el paso. El negociante chocó con un anciano y, tambaleándose, se metió en el centro comercial Powerscourt. Valquiria tomó la calle adyacente y corrió en paralelo con él. A través de los escaparates le vio tropezarse con la gente que comía en el restaurante, dificultando su avance.
Valquiria llegó al final de la calle South William al mismo tiempo que Chabon conseguía salir del centro comercial. Él la vio, maldijo por lo bajo y siguió corriendo a través de Castle Market. Se metió de cabeza en el viejo edificio victoriano que albergaba el pasaje de la calle George. Sabía que ya era suyo. Chabon no tenía escapatoria.
Había una fila de tenderetes con ropa, bisutería... incluso una adivinadora detrás de una cortina roja. La gente miraba la mercancía a ambos lados de los puestos. Chabon eligió el lado izquierdo y siguió chocándose con los viandantes mientras corría. Tropezó violentamente con una pila de libros y Valquiria aprovechó para acelerar y saltar sobre él, ignorando las caras de asombro de la gente. Aterrizó con las rodillas en la espalda de Chabon, que cayó de bruces. Desde el suelo intentó alcanzar el petate, pero ella le pisó la mano. Él gritó, y con un movimiento rápido de piernas barrió a Valquiria, que cayó al suelo. Chabon se levantó y cogió el petate con su mano dolorida. Pero ella había agarrado una de las asas y le impedía salir corriendo. Además, Chabon había olvidado que Valquiria no estaba sola.
Tanith saltó por encima de Valquiria y clavó el tacón de su bota en el esternón de Chabon. Se oyó un chasquido y el hombre rodó sobre sí mismo antes de quedar encogido en el suelo. Valquiria se puso de pie justo en el momento en que Fletcher llegaba corriendo y resoplando con fuerza, algo normal teniendo en cuenta que nunca corría. No solía necesitarlo.
–Aquí lo tienes –dijo Valquiria lanzando el petate a los brazos de Fletcher. Después sonrió a la multitud, que los miraba sorprendida tras la persecución y la pelea.
–Este canalla le había robado la mochila al pobre chaval.
Fletcher la miró, sorprendido, mientras la gente aplaudía y Tanith arrastraba a Chabon fuera del centro comercial. Valquiria y Fletcher la siguieron.
–Eso no era necesario –le dijo Fletcher, enfadado.
–Si hubieses sido más rápido –le contestó condescendiente–, quizá habrías podido ser el héroe..., pero llegaste el último, así que te ha tocado ser la inocente víctima. Supéralo.
Tanith se llevó a Chabon a una zona libre de peatones para poder hablar tranquilos. Le levantó y estampó su espalda contra un muro. El hombre se sujetó las costillas con la mano y en su cara se reflejó el sufrimiento.
–¿Dónde está la Calavera Asesina? –le preguntó Valquiria en un susurro.
–¡Ya te la he dado! –contestó él con dificultad.
Valquiria le retorció una mano y él grito de dolor.
–¡Vale, vale! ¡Para! La tenía, te juro que la tenía. Cuando hablé contigo por teléfono la tenía...
–¿Entonces qué has hecho con ella?
Chabon estaba pálido y sudaba.
–Mira..., hay una regla en este negocio... Si tienes algo por lo que alguien está dispuesto a pagar, es raro que no haya otra persona... dispuesta a pagar más.
–¿La pusiste a la venta?
–No sabía que tuviera ningún valor hasta que aparecisteis, así que... Sí, lo comenté en un par de sitios... y alguien vino con una oferta mejor.
–¿Quién?
–No lo sé.
Valquiria volvió a apretarle la mano y a Chabon le fallaron las piernas. Tanith empezaba a tener dificultades para mantenerlo en pie.
–Una mujer –jadeó él–. La vi hace una hora. Me pagó el triple que vosotros. Creí que nunca os daríais cuenta... ¿Por qué es tan importante esa calavera?
–¿Cómo era esa mujer? –preguntó Tanith.
–De pelo oscuro, guapa, vestida de ejecutiva.
–Dime un nombre –dijo Valquiria–, una dirección, un número de teléfono... algo.
–Me llamó ella desde un número privado. Nos vimos en la zona de llegadas del aeropuerto. Me dio el dinero y yo le entregué la calavera; después compré otra para vosotros. Eso es todo.
–Más vale que nos des alguna pista para encontrarla –dijo Fletcher–, o te teletransportaré al centro del Sáhara y te dejaré allí.
Chabon le miró sopesando si la amenaza podía ir en serio. Decidió que sí.
–Era una americana. Por el acento diría que venía de Boston. Y tenía eso en los ojos..., uno era verde y el otro azul.
–Heterocromía –dijo Tanith–. Es Davinia Marr.
A Valquiria se le revolvió el estómago. Davinia Marr había venido de Estados Unidos para asumir el cargo de Primera Detective del Santuario irlandés. Ya había tenido algunos encontronazos con ella. No le gustaba. Pensaba que era ambiciosa, arrogante e implacable.
–Si ella ha comprado la calavera –dijo desalentada–, entonces ahora la tiene Guild, y seguramente la guardará a buen recaudo para asegurarse de que Skulduggery nunca regrese.
–¿Entonces qué hacemos? –preguntó Fletcher.
–Tendremos que robarla –sentenció Valquiria.
5
TRA vez lloviendo.
A Scarab no le gustaba Irlanda. Todas las grandes desgracias de su vida habían pasado allí. Todas sus derrotas. Aunque había pasado centenares de años preso en América, Irlanda había sido el país donde le habían arrestado. Y aquel día, el día que lo arrestaron, también llovía.
El castillo era frío y había goteras por todos lados. La mayoría de las puertas habían sido selladas para dejar aisladas las mazmorras y los lugares menos agradables, pero había algunos pasadizos secretos que seguían comunicándose con las celdas. También las cañerías estaban hechas un desastre.
El calabozo que había sido su hogar durante doscientos años le había permitido seguir vivo, le había alimentado y mantenido limpio, y había evitado que sus músculos se atrofiasen. En todo aquel tiempo no había tenido que ir al servicio ni una sola vez. ¿Adónde habían ido a parar los excrementos? ¿Había generado excrementos en esos doscientos años? No tenía ni idea y nadie había aparecido por allí para explicárselo.
