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Una historia llena de misterio e imaginación, en la que se cuentan las aventuras de Flipper y Miaja, dos personajes tan cercanos y humanos como cualquiera de los lectores. Los avances tecnológicos de ordenadores y medios audiovisuales son el hilo conductor de toda la intriga, que comienza en el primer capítulo y no cede hasta las últimas páginas. Con esta novela, Enrique Páez se revela como un ágil narrador, capaz de describir personajes y ambientes a base de acción y diálogos sin concesiones.
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Seitenzahl: 90
Veröffentlichungsjahr: 2013
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El autor
Para ti…
1. La guerra de los canales
2. Un programa en cuarentena
3. La Sociedad de Autores interviene
4. Dos escondites para un anillo
5. Un fotógrafo algo especial
6. Una noche muy movida
7. Una entrevista diabólica
8. Hay un fantasma en casa
9. Más cerca de los brujos
10. Un callejón sin salida
11. Otra noche sin dormir
12. Un ingeniero muy peligroso
13. El código secreto
14. Las músicas siderales
15. Tendiendo la trampa
16. Dos programas y una aspirina
Créditos
Nació en Madrid y se licenció en Literatura Hispánica. Trabajó de casi todo: periodista, librero, astrólogo, fotógrafo, profesor, informático, contable y editor. Lo que más le gusta es leer, escribir libros, las chicas y pasar calor hasta en verano. Ha escrito varias obras, entre las cuales figura El Club del Camaleón, publicada en esta misma colección. Actualmente dirige un Taller de Escritura donde enseña técnicas de creación literaria.
En este libro he querido contarte una historia con cosas que sé que te interesan: cómo se hace un programa de televisión, qué es capaz de hacer un ordenador, cómo fabricar y descifrar mensajes secretos, y algunas más.
Porque las hadas y las princesas están bien, pero hay otros asuntos de los que se puede hablar cuando uno va creciendo, ¿verdad?
Flipper y Maija, los dos personajes principales de esta historia, no son totalmente inventados; no tuve más que fijarme en ti para descubrir cómo iban a actuar. Y es que tú habrías hecho exactamente lo mismo. Lo único que necesitas es una oportunidad para demostrarlo.
¿Cuándo se van a dar cuenta los mayores de que no somos tan inútiles como ellos piensan? A veces hay que dejarles por imposible. ¡Son tan cabezotas!
Para Elías y Marisa,sin duda.
—HEMOS terminado, Maija —sonó a través del altavoz del estudio la voz vigorosa del productor técnico.
—¿Ha quedado bien la última toma del cangrejo? —quiso confirmar Maija.
—Perfecta. Va a ser la mejor.
—Los de escenario pueden irse hasta el lunes. Los montadores que se queden. Quiero ver el máster dentro de quince minutos en la sala de montaje. Feliz fin de semana.
Maija Varela, directora y guionista del programa Devuélveme el anillo, pelo cepillo, siempre daba las órdenes a ráfagas, en forma de telegrama, pero con resultados precisos y calculados. Era la estrella de CANAL 12, pues gracias a la publicidad y las cotas de audiencia de su programa, se mantenía más de la mitad de la producción de toda la emisora. Era una mujer delgada y fibrosa, una belleza inquietante con rasgos y movimientos que tenían algo de felino. A pesar de las generosas ofertas que le hacían, se negaba sistemáticamente a salir a través de la pequeña pantalla. Lo suyo era la creación de ambientes y situaciones insólitas.
CANAL 12 era una cadena de televisión pequeña que había empezado a funcionar solo en Madrid y Barcelona, pero que gracias a los beneficios que obtenía últimamente con el programa de Maija, estaba a punto de instalarse en casi todo el país. Eso significaría multiplicar por diez la construcción de instalaciones y cientos de nuevos técnicos a contratar. En fin, un dineral. Pero también los ingresos aumentarían, incluso más que los gastos. Así que saldrían ganando y podrían competir con las grandes cadenas de televisión, como Tele 5 o Antena 3. Esos eran los pensamientos que ocupaban a Pedro F. Cardenal, presidente de la compañía, cuando Maija entró en su despacho.
—Pedro, ¿sabes algo sobre ese rumor de que Canal Total va a revelar el escondite del anillo media hora antes de que lo haga nuestro programa?
—Algo he oído, pero nada serio. Por lo visto se trata de dos humoristas mediocres, que se hacen llamar Poco y Moco, que quieren aumentar su público a nuestra costa. No temas. ¡Ah!, y un tal doctor Crowley, que se anuncia como visionario y adivino.
—Pero tú no crees que tengan las claves, ¿verdad?
—Es imposible, Maija. Lo sabes mejor que nadie, porque la única que conoce el secreto eres tú, que para eso te lo inventas. Tendría que preguntártelo yo a ti, en todo caso.
Maija salió nerviosa del despacho. No tenía que haberle dicho nada a Pedro, porque daba una sensación de debilidad que no la beneficiaba lo más mínimo en su carrera. Tenía que demostrar mayor seguridad en sí misma si quería mantener el puesto privilegiado que le concedían en CANAL 12. Y más aún ahora que estaban a punto de dar el gran salto a escala nacional.
De ocho a nueve, mientras la noche se apretaba sobre los tejados de la ciudad, en la sala de montaje de CANAL 12 los técnicos terminaban de realizar los últimos cortes y empalmes. Anuncios, aplausos, textos sobreimpresos y cosas así. A pesar de que intentaban disimularlo, en el ambiente persistía la amenaza de la competencia. Los de Canal Total tenían fama de jugar duro y sucio, y a nadie le iba a extrañar que hubiesen robado el guión de Devuélveme el anillo, pelo cepillo.
Era viernes, así que a las nueve y media, media hora antes del programa de Maija, se desvelaría si la amenaza era verdadera o falsa. Los de Canal Total habían titulado su programa ¿Dónde se esconde el anillo? Tenían muy mala uva. Además, como salían antes en antena, nadie podría acusarles de plagio. Incluso, si se ponían chulos, eran ellos los que podían denunciar a CANAL 12. Había una sensación de inquietud flotando en el estudio, pero solo a partir de las nueve y media se dieron cuenta del alcance del desastre.
Poco y Moco, los dos humoristas de Canal Total, saltaron a la pequeña pantalla entre un decorado que torpemente intentaba evocar un bosque encantado. Grotescos personajes disfrazados de Los Tres Cerditos, Cenicienta, Los Siete Enanitos, Caperucita, El Lobo Feroz, Blancanieves, Pulgarcito y Pinocho brincaban de acá para allá pretendiendo despistar a Poco y Moco para que no encontraran el anillo de diamantes. Los dos payasos fingían ser la pareja concursante, y se hacían ayudar por el doctor Crowley, que, entre visiones y con ayuda de una bola de cristal, les iba guiando en busca del anillo.
Todo era una copia ridícula del programa que CANAL 12 estaba a punto de emitir. Intercalaban entrevistas fingidas y actuaciones que eran parodias de las que iban a ocurrir media hora después en el programa de Maija. Cuando Poco y Moco metieron la mano en la cesta de Caperucita Roja y sacaron el anillo que buscaban, todos dieron un grito en los estudios de CANAL 12. Se había descubierto el escondite del anillo de diamantes, y el programa siguiente de CANAL 12 ya no tendría ningún interés para el espectador. Incluso cerraban la emisión con una toma muy parecida del cangrejo llevándose de nuevo el anillo para reutilizarlo la semana siguiente. «¿Cómo habían podido descubrir los de Canal Total las claves del programa?», se preguntaba Maija. «¿Habría un espía dentro de CANAL 12 pagado por la competencia?». Maija supo que su jefe, Pedro F. Cardenal, la estaría esperando en su despacho para pedir explicaciones sobre el asunto. Acababa de perder una batalla.
—NO sé quién es el responsable de este feo asunto, Maija, pero quiero que se le encuentre y se le ponga de patitas en la calle —gritaba el jefe desde su butacón de cuero negro—. Hay alguien dentro de la casa que le pasa información al enemigo, que para nosotros es Canal Total. A eso se le llama espionaje industrial, y está perseguido por las leyes.
—Tranquilízate, Pedro, por favor. Estoy tan interesada como tú en llegar al fondo del asunto. Me juego mi carrera —decía Maija.
—Según dice tu historial profesional, fuiste corresponsal de guerra durante algún tiempo.
—Así es. Durante diez años. Fueron tiempos difíciles —una sombra cruzó el rostro de Maija—. ¿Qué tiene que ver eso con el programa del anillo?
—Espero que mucho… —dijo enigmáticamente Pedro.
Por un momento, que bien pudieron ser tan solo algunos lentos segundos, los dos se quedaron mudos, cada uno sumido en sus propias cavilaciones. Maija regresó al pasado por unos instantes: los fríos inviernos en el frente, la censura de hierro a que estaba sometida, los trucos que usaba para informar de lo que no debía dar noticia. Malos tiempos aquellos, pensaba Maija, en los que ser independiente era un delito.
—Vas a tener que poner a todo tu equipo bajo sospecha.
—Yo no puedo dudar de mis compañeros, Pedro. Formamos un grupo perfecto.
—Lo siento, Maija, pero ahora se trata de cazar a un espía de verdad. La información que tienen los de Canal Total ha salido de alguien del equipo que hace Devuélveme el anillo, pelo cepillo. ¿No sospechas de nadie?
—No… La verdad es que por más que le doy vueltas a la cabeza y repaso mentalmente a los que tienen acceso al guión, no imagino quién puede traicionarnos. Todos son de confianza absoluta, en serio.
—Si te he hecho recordar tu época de corresponsal de guerra, no ha sido para hacerte pasar un mal trago gratuitamente. Lo que espero de ti es un plan seguro para que los secretos no traspasen las paredes de este edificio. Tú has conocido los sistemas más sofisticados para impedir que la información salga al exterior, e incluso has logrado burlar esas medidas de seguridad durante años y dar noticias en clave. Eres la única persona de CANAL 12 que puede llevar a cabo ese control. Tienes todo mi apoyo para tomar las decisiones que creas oportunas, pero quiero soluciones inmediatas.
Pedro F. Cardenal había ido subiendo lentamente el tono de voz hasta terminar en una especie de arenga militar, como incitando a los soldados a tener valor en la batalla. Maija lo percibió de ese modo, tal vez porque se iba a tener que enfrentar a una guerra de desconfianzas que nunca había podido soportar. Ante todos sus compañeros, ella iba a ser a partir de ahora la mala de la película, pero no estaba dispuesta a que le boicotearan su trabajo. Tenía que cambiar muchas cosas.
Después de recoger sus papeles diseminados por encima de la mesa y cerrar meticulosamente todos los cajones con llave, se abrochó la cazadora y salió a la calle enfundada en un pañuelo palestino. Una ráfaga de viento frío de febrero le azotó la cara hasta casi hacerle soltar un par de lágrimas. Le sentaba bien el frío para pensar, así que decidió volver a casa dando un largo paseo por las antiguas calles del Madrid de los Austrias.
