Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Diario del destierro narra, desde la mirada en primera persona del padre Peramás, el viaje de peregrinación de los jesuitas expulsados de América en tiempos de Carlos III, posterior a la creación de la Compañía de Jesús y la instalación de la comunidad jesuítica en América. El relato se extiende desde el 12 de junio de 1767 hasta septiembre de 1768, tiempo en que transcurre el viaje desde Córdoba hasta Faenza. El autor, en su tiempo dentro de la compañía, se destacó particularmente en las humanidades, por lo que le fue confiada la redacción de las Cartas Annuas de la Provincia de Paraguay. Su relato nos permite conocer el pasado y entender mejor nuestro presente: el valor del patrimonio concretado en monumentos de la ciudad de Córdoba (Colegio Monserrat, Universidad, Residencia de la Compañía). A su vez este texto nos abre a la comprensión de la experiencia de desarraigo sufrida por sus protagonistas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 370
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Peramás, José Manuel
Diario del destierro / José Manuel Peramás. - 1a ed - Córdoba : EDUCC - Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, 2024.
Libro digital, EPUB - (Jesuitas / Nelsón Gustavo Specchia ; 2)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-626-557-7
1. Jesuitas. I. Título.
CDD 271.53
De esta edición:
Copyright © by Educc Editorial de la Universidad Católica de Córdoba.
Está prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier método fotográfico, fotocopia, mecánico, reprográfico, óptico, magnético o electrónico, sin la autorización expresa y por escrita de los propietarios del copyright.
ISBN edición digital: 978-987-626-557-7
Obispo Trejo 323. X5000IYG Córdoba. República Argentina
Tel./Fax: +(54-351) 4286171
[email protected] librosucc.ucc.edu.ar
JOSÉMANUELPERAMÁSS.J.
Turín y Diciembre 24 de 1768. Muy Señor mío:
Obedeciendo lo más pronto que he podido á la petición que V.
M. me hace sobre la narración de todo lo acaecido desde el primer día de la fatal desgracia de los PP. Jesuitas Españoles hasta su destino, la remito luego del modo que V. M. me parece insinua en la suya, que tan apreciable me ha sido, tomando con mucho gusto este tal cual trabajo que he tenido en sacar este trasunto, pues de otro modo, ¿cómo correspondería yo á las muchas obligaciones en que me veo de servir a V. M.?
Viniendo, pues, a la narración digo que
Adelántaselaejecución.
1. Luego que D. Francisco Bucareli Gobernador de Buenos Aires, recibió orden para nuestro arresto, determinó su Excia, que en toda la Provincia se ejecutase en un día determinado, mas no tuvo efecto, porque habiendo salido del Ferrol un Jabequín, zozobró éste en el banco inglés, no muy distante de Montevideo y la gente o tripulación arribó a Buenos Aires. Con esta novedad temió Bucareli no llegase á nuestra noticia lo sucedido en España y por consiguiente ocultásemos los tan decantados tesoros y reservásemos los sospechosos papeles, y así se dió prontamente orden para que se arrestasen los sujetos de los Colegios de Buenos Aires, y la envió para que se fuese ejecutando en los demás Colegios y Residencias de su jurisdicción.
¿Qué tropa? Comandante D. Fernando Fabro – 11 de Julio 1767 – Envía exploradores
2. A nuestro Colegio de Córdoba, como el principal de la Provincia y contra quien tenía especial ojeriza, por residir en él los sujetos más graves, envió 80 soldados con los oficiales correspondientes bajo la conducta y mando de D. Fernando Fabro que juntamente iba á ejercer el cargo de Teniente del Rey de dicha ciudad. Los soldados llegaron el día 11 de Julio del presente 1767. Llegaron cerca de la ciudad y no quiso Fabro pasar adelante hasta ver primero en qué estado estaba la ciudad: para este fin envió dos soldados para que explorasen el campo; llegaron éstos, y ¿cómo hallaron la ciudad? Quieta y sosegada. ¿Y el Colegio? Del mismo modo; porque pasaron á tiempo que los maestros de facultades mayores estaban en sus respectivas clases afanados con el ergo, y los de menores en las suyas cantando las Letanías de la Ssma. Virgen, por ser sábado. Al Ho. Jaime Bartoli (que los vió pasar) dirigiendo la obra que actualmente se hacía. Señales todas, que en nosotros no había la menos sospecha del golpe que nos amenazaba. Se volvieron, pues, los exploradores y dieron cuenta á Fabro y éste enterado, se mantuvo en el monte, como en emboscada, hasta las 11 de la noche.
Algunossecularesnosavisan…
3. Algunos que tenían más noticias que nosotros y que sospecharon el intento de los soldados, movidos del grande afecto que nos tenían vinieron á darnos parte del rumor que se había levantado en la ciudad con la novedad de los soldados acerca de nuestra prisión. Los Jesuítas, cuya integridad de vida es á todo el universo notoria, no dieron del todo asenso ni dejaron por eso cautos de esperar el P. Rector y el P. Ministro aquella noche en el coro, por lo que pudiese suceder, observando por las ventanas si se sentía algún ruido en la ciudad, de la cual no oyendo nada, ni viento algo, se fueron á descansar.
¿Quién fué Barzola? – Odio que nos tenía – Instruye áFabro – El asalto.
4. Fabro desde aquel monte, se informó de varios, que hizo llamar, de nuestro Colegio, pero principalmente de un Fraile Franciscano llamado F. Barzola. Este religioso había pretendido entrar en la Compañía, mas por justos respetos no fué admitido; por esto concibió tal odio contra nosotros, que no perdía ocasión en que no lo mostrase; ahora que se le ofreció tan buena, hizo cuanto pudo y supo, persuadiéndose sin duda que cuanto más enemigo nuestro se mostrase, tanto más subiría; por esto señaló á Fabro la hora en que había de ir al Colegio, le dió el nombre del P. para la confesión, le advirtió los sitios donde había de poner centinela, le hizo enviar tropa con sus cabos para que se apoderasen de las Estancias y de los sujetos, y por último se ofreció á ser la guía hasta dar el asalto al Colegio.
Es señalado Rector de Monserrate – Llora Fabro – Anímale Barzola.
5. Dispuestas así las cosas, marchan todos en buena compañía. Ya se ve cuán ufano iría nuestro Barzola, viéndose elegido para dirigir un negocio de tanto peso y que tanto ruido había de hacer en Europa y fuera de ella. Oh! y qué esperanzas no concebiría! Qué alto no asestaría el punto! y más, cuando se veía señalado por Bucareli Rector del Real Colegio de Monserrate, que gobernaban los Nuestros, y veía empezaba á coger los frutos de sus desvelos. Instruído Fabro de nuestro Barzola, al llegar á un sitio que llaman el Alto, que está á un tiro de fusil del Colegio, dicen que lloró Fabro: qué indicasen estas lágrimas lo ignoro; pero sé que en la Scythia hay una nación, que cuando ha de pelear con su enemigo, llora á su vista, pero trabada la pelea, no da lugar á la clemencia. Mas nuestro Barzola que advierte estas lágrimas, enardecido de la gloria del Rey (no del cielo), le hizo un razonamiento eficaz animándole á la empresa, como pudiera hacerlo un capitán católico estando para asaltar una fortaleza de herejes.
Sentimiento nuestro por el proceder de Barzola – Beneficios del Colegio para con la casa y convento de Barzola –Su ingratitud.
6. Este proceder de Barzola, mucho lo hemos sentido, porque fuera de ser estas acciones indignas de su profesión, pudiera tener presente que el Colegio que iba á entregar le había mantenido á él mientras estudió Gramática, había socorrido á su madre hasta que murió, con diarias limosnas, que al presente hacía lo mismo con una hermana suya, que a su convento de Córdoba socorría con copiosas limosnas. Estos respetos que pudieran moverle á obrar, si no como cristiano y religioso, á lo menos como racional, pues aún á las más bravas fieras ablanda el beneficio, estuvieron tan lejos de ablandarle á él, que antes endurecieron más su corazón. Y si este proceder provenía de no haber sido admitido en la Compañía, porque lo juzgaría como una grave injuria, no lo extrañamos, pues es muy cierta la sentencia que dice: Beneficiimemoriabrevissima;atinjuriaesoletessetenacissima.
Día 12 – Fabro llega al Colegio – Llaman para una confesión.
7. Animado, pues, Fabro con el razonamiento llegó finalmente al Colegio y hoy, en el 12 Domingo, y puestas las centinelas por afuera y la ranchería (así llaman la casa de los esclavos), él con el resto de tropa, con la bayoneta calada y con orden de hacer fuego á la menor resistencia, se vino á la portería, á donde se estuvo hasta las 3. A esta hora, estando el cielo nublado, que parecía tener sentimiento de nuestra desgracia, tocan la campanilla de la portería y llaman el P. José Paez para una confesión; avisó el portero al P. Rector Pedro Juan Andreu, quien le señaló compañero: acudieron los dos, y al abrir el portero, he aquí que entran en tropel y Fabro pidiendo paso franco le puso dos pistolas á los pechos al pobre portero. Pregunto: ¿para qué fué esta precipitación y aparato de armas? acaso para resistir á 112 sujetos, la mayor parte jóvenes, que, noticiosos de lo que pasaba, saldrían á impedir la entrada? No por cierto; pues todos muy descuidados estaban en sus lechos entregados al descanso. Pues ¿para qué fué? Para resistir á sólo tres sujetos, de los cuales dos pasaban de 60 años. Y para tan pocos y tan flacos ¿tanto aparato? Oh! qué tímido es el corazón humano, cuando en lo que emprende no lo acompaña la razón ni la justicia!
EntranenelaposentodelP.Rector.
8. El P. Paez, aunque vió tal atropellamiento, sin perturbarse dijo á Fabro: «Señor, mire V. M. que voy á una confesión; permítame que salga». «No es menester, respondió, no faltará quien vaya á la confesión». Pidió las llaves al portero y, cerrando la portería, mandó le condujesen al aposento del P. Rector; lo mismo mandó al P. Ministro Ignacio Deya, que medio vestido acudió á la portería por ser tan repetido el toque de la campanilla y juzgó no haber oído el portero. Todos juntos llenos de miedo los soldados, por haber esparcido nuestros émulos que teníamos un aposento lleno de armas para la defensa, fueron al aposento del P. Rector, á quien dijo Fabro se vistiese y mandase juntar la Comunidad para leerle una cédula del Rey. Vestido el P. Rector le dijo al Comandante se esperase un poco para ofrecer las obras del día á Dios como tenía de costumbre. Y ciertamente que tenía que ofrecer más de lo que pensaba.
9. Quedáronse los oficiales con el P. Rector y el P. Ministro, y el dispertador con soldados con bayoneta calada fueron á despertar la Comunidad. El dispertador no podía hablar, por lo que se quedaban admirados los estudiantes, y más oyendo que bajasen á toda prisa al refectorio; pues, y cuando veían á los soldados, se quedaban pasmados. Entre tanto fué conducido el P. Rector al refectorio. Como era hora intempestiva, tardó en juntarse la comunidad: algunos se aturdían viendo la casa llena de soldados y oyendo tanto ruido de armas.
Léeseeldecreto.
10. Al fin juntos todos, se levantó el Comandante Fabro y dijo á la Comunidad oyese las providencias del Rey: pusimos todos en pie y leyó el escribano en alta voz la Cédula Real de estrañamiento y secuestro. Oída, respondió el P. Rector que la obedecía; concluyó Fabro que nos quedásemos allí, que se nos trataría con toda decencia y cortesía, como lo mandaba el Rey en su pragmática. Mandó después tomar los nombres con distinción de grados, en cuyo ejercicio llegando el escribano al Ho. Domingo Paz, le dijo que siendo novicio tenía elección de quedarse, y él le respondió con tal sacudimiento: «Vm. escriba mi nombre y déjese de lo demás, que no se le preguntó á los demás novicios». Al salir Fabro le pidió el P. Rector nos dejase decir Misa, pues era Domingo, mas él encogiéndose de hombros respondió que no podía y así se salió cerrando las puertas del refectorio: á poco rato volvió y pidió las llaves de los aposentos.
ApodérasedelColegio.
11. Luego que salió Fabro del refectorio fué á entregarse del Colegio, y en este punto se vió arruinado lo que con tantos sudores habían allegado en 200 años (que en éste se cumplían) nuestros primeros PP. En este punto nos vimos reducidos á la mayor miseria los que habíamos socorrido á tantos en las suyas. En este punto nos vimos encarcelados y presos los que habíamos librado á tantos de sus prisiones. Finalmente se vió en este punto aquel Colegio, que había sido escuela de virtud y letras, convertido en teatro de disolución, de libertad y del vicio, pues fué hecho cuartel de soldados.
Fortalezadeánimoenlossujetos.
12. Luego, pues, que nos vimos encerrados, mandó el P. Rector tener la oración ordinaria; no faltaban puntos ni materias. En los sujetos, cogiéndoles todos tan de nuevo, se reconocía una resignación muy grande; y luego que se permitió hablar, se iban exhortando unos á otros á la perseverancia, dando prueba de aquella fortaleza y constancia, de aquello que dijo el otro: Justum et tenacem propositi virum Si fractus illabatur orbis Impavidum ferient ruinae (Horat. 23. Ad. 3). Que no eran capaces de alterar los ánimos las ruinas de todos los Colegios del nuevo mundo y parte de los del viejo. Prueba fué de esta constancia que, ofreciendo sus amigos á muchos sujetos nuestros comodidad para desaparecer, no lo quiso admitir alguno. A uno se hizo su disfraz á propósito, bien costoso, ofreciendo ponerle en parte bien segura; y no sólo á uno, sino á todos, si queríamos irnos aún desde el refectorio, cuyas ventanas estaban á pié llano y no se puso en ellas cuidado alguno, que esta centinela se le escapó á Barzola. A otro Jesuita se le trajo vestido nuevo, para que siquiera por una noche fuese desconocido á despedirse de su señora madre, mas de ningún modo lo admitió.
VienenalrefectorioelP.SantosyHo.Valdivielso.
13. Vino después al refectorio el P. Luis de los Santos quien, por actualmente indispuesto, no se había levantado con la Comunidad, y á media mañana salía muy fresco á decir Misa; mas luego le salieron al encuentro cuatro leones que lo enderezaron al refectorio. Vino también el H. Juan Valdivieso, que estaba enfermo en el noviciado, pasando su tercera probación. Le dijeron que si quería quedarse allí que se le atendería; mas respondió que quería estar y padecer con sus HHos.; vino, y este día y en los tres siguientes no le dió calentura, dándole antes todos los días.
PasaFabroalConvictorio.
14. Hecha la ejecución en nuestro Colegio, pasó Fabro con tropa á nuestro Convictorio de Monserrate de señores colegiales. Mandó juntar los sujetos en el aposento del P. Rector, Gaspar Pfitzer; leyóles el decreto, pidióles las llaves y los trajo al Colegio grande escoltados de soldados. A los señores colegiales no se les permitió salir y se les puso centinela. Esto hecho, pasó Fabro á hacer el inventario del Colegio para lo cual se halló presente la Justicia de Córdoba.
OrdenesalClero.
15. Aun quedaba que hacer una cosa muy importante y fué publicar un bando en la ciudad, que ninguno, pena de la vida, se opusiese á las disposiciones del Rey, ni mostrase disgusto alguno; para este intento mandó al Arcediano, por estar ausente el Obispo y Deán, que juntase el clero y le propusiese la real determinación y que la promoviese de su parte, y no dudo que la promovería bien, pues era en todo discípulo del Obispo, quien dijo que no volvería á Córdoba hasta que los Jesuitas hubiesen salido.
Sentimientoenlaciudadylacausa.
16. No obstante la pena impuesta en la ciudad, luego que supieron nuestro arresto, parece no haber consejo, pues aquí manifiestan el Ssmo., allí descubren la Ssma. Virgen, en otro tocan á rogativa, y en toda pidiendo por nosotros. No lo estrañamos, aunque lo agradecimos, pues en Córdoba estábamos bien vistos y estimados porque á los ciudadanos les constaba nuestra fatiga en los púlpitos, nuestra solicitud en la enseñanza de sus hijos, nuestro desvelo en asistir á los moribundos, y nuestra caridad para con los pobres. A vista de esto y, previendo lo que había de ser adelante lloraban aquellos ciudadanos sin consuelo. Venían llevados de la costumbre á nuestra Iglesia, y al ver las puertas cerradas y acordonadas de soldadas se deshacían en lágrimas.
Dosmuertesrepentinas.
17. Esto lo confirma uno ú otro caso que se tiene por cierto. A una señora de Córdoba le contaron luego lo que pasaba, cómo nuestra Iglesia estaba cerrada, el Colegio saqueado y los Padres presos; fué tan grande el sentimiento que concibió, que encogiéndosele el corazón entregó el alma al Señor. Aun no pudo hacer tanto una pobre esclava que pasando por nuestra Iglesia y viéndola cerrada y con tantos soldados no pudo articular más palabra: Oh! Padre mío S. Ignacio! oh! Padre mío! pues decir esto y espirar fué todo uno.
Llega el H. Lazcano – Demostración de afecto del P.Prior F. Lorenzo Tejeda, Dominicano – Asiéntanos en la Hermandad del Rosario.
18. Por la tarde vino el Ho. Agustín Lazcano. Este Jesuita estaba en Sta. Ana, huerta que tenía el Colegio un cuarto de legua de la ciudad; no sabía lo que pasaba y por la mañana venía á oir Misa. Los soldados ó porque no lo conociesen, ó por otro motivo que no sabemos, le dejaron entrar: el Ho. que es Vizcaino cerrado, medio en castellano y medio vazcuense, le dijo: “Señores, yo venir á misa”: ellos le respondieron: «vaya á oirla á otra parte, porque aquí no entra nadie hoy». Ibase á Santo Domingo y el negrito que le acompañaba le dijo: «mire P. que los Jesuitas no van á otra parte á misa». Dióle que pensar y volviéndose fué á la portería y con santa simplicidad preguntó á un soldado: “puedo yo ir misa Sto. Domingo?» El soldado le respondió: «vaya V. donde quiera, que nadie se lo quita». Se fué á Sto. Domingo, se confesó con el Prior, oyó su misa y comulgó, y cuando se venía, lo llamó un religioso diciéndole que el P. Prior, F. Lorenzo Tejeda, lo llamaba; luego fué á su celda, adonde después de haberle dado de desayunar le dijo, que luego que supo lo que nos sucedía, había juntado su Comunidad y descubierto la Virgen del Rosario, delante de cuya imagen había hecho oración por nosotros y que tocasen á rogativa por todo el día. Nuestro H. Agustín después se volvió á su huerta, de donde le trajeron esta tarde.
19. El dicho Prior que nos quería de veras le envió á decir al P. Rector le enviase lista de todos los sujetos porque quería asentarnos en la Hermandad de la Virgen del Rosario, para que la SSma. Virgen nos mirase con especial protección en nuestras peregrinaciones de mar y tierra: todo lo cual hizo el P. Rector.
Refectorio;sugrandeza–Incomodidaddelrefectorio.
20. Por la noche nos trajeron los colchones al refectorio, aunque no todos. El refectorio tiene 32 varas de largo y 7 1.2 de ancho; mas las 13 mesas con sus asientos fijos hacia la pieza muy incómoda para 133 sujetos que nos hallábamos en Córdoba. Los colchones se tendían por en medio, por debajo y por encima de las mesas y no quedaba lugar para una aguja; en el púlpito dormía uno con mucha incomodidad, pues era el almacén de los trebejos; en la escalera dormían dos; en dos colchones 3, y otros en nada. Las esquinas últimas se destinaron para los vasos inmundos, que nos trajeron para las precisas necesidades. Por esto era insoportable el hedor, pues para la respiración de los cuerpos y del hedor de lo que no podíamos escusar, era muy poco desahogo el de las ventanas. Viendo estas incomodidades, clamábamos á Fabro para que nos concediese el ante-refectorio, pero él con arquear de cejas, un encogerse de hombros y conunnopuedo más y hago más de lo que puedo, nos dejaba más desconsolados, pues no ignorábamos que la instrucción de la Corte señalaba una ó dos piezas según el número de sujetos. Por la mañana, luego que nos levantamos, se ponían los colchones de arriba á abajo en forma de muralla, dejando dos callejones para podernos revolver, pero al menor encuentro venían los colchones á tierra y no nos daban menos risa que trabajo.
Guardiadesoldados.
21. En la puerta del refectorio se puso un buen piquete de soldados, que le defendían con bayoneta calada, si bien los soldados eran tales que uno de los nuestros, mirándolos muy despacio, dijo: «de un puñetazo me atrevo á meterlos todos por tapón de las casillas de las servilletas». Fabro tomó por habitación al aposento del P. Rector y el ayudante el de mi P. Maestro Ramón Rospigliosi, hoy expulso de la Compañía. La comida que se nos dió fué bastante decente, si bien esto á quien lo agradecemos fué á nuestro H. Vega el despensero, que éste solo logró andar por afuera.
Día13–LlegaelP.LuisVázquez.
22. Saliónos el día 12, por todos títulos triste, pues á lo dicho se allega el haber estado lloviendo todo el día y de tal suerte nublado que parecía noche. Amanecía el 13 en el cual por la mañana llegó el P. Luis Vazquez que había ido el sábado á decir Misa á la Calera; encontróse con un chacuaco (así llaman los naturales á los del campo) y le preguntó qué hora era. Entonces él suspirando le dice: «Ah! Padre mío. Vengo de la ciudad y creo que el reloj no toca de pesadumbre». No le dijo más y el P. quedó confuso. El caso del reloj fué cierto, pues no le habían dado cuerda.
Al acercarse el P. á la ciudad, le salió un caballero y le contó lo que pasaba, le ofreció su casa si quería ir á ella, y que si quería desaparecer le pondría en parte segura. El P. agradeciéndole el favor, le dijo que quería ir á tener parte en el sentimiento con sus hermanos.
PropuestaálosSrs.Colegiales.
23. Hoy propusieron á los señores colegiales, que eran 66, que si querían quedarse en el Colegio se les proveería de todo; ellos, que nos amaban tiernamente, respondieron que «ellos estaban en el Colegio en atención al ejemplo que les habían dado los PP., y que faltándoles estos, se iban ellos también». Pidieron licencia á Fabro para vernos y para salir después á acompañarnos fuera de la ciudad; mas no se les concedió y sólo les permitió nos escribiesen una carta de despido, que tú verás, lector, en su lugar.
Plata del Colegio – Plata en la Procuraduría de la Provincia.
24. A mediodía vino Fabro á ver al Rector sobre el punto más crítico de todos, conviene á saber, la plata. Le preguntó al P. Rector que si no había más plata que los 1900 pesos por un lado y por otro 4000. Respondió el P. Rector que no había más. Replicó Fabro con alguna desconfianza diciendo: «P. dígame la verdad, porque importa mucho; y de lo contrario tomaré otras disposiciones y providencias para que me conste»: entonces el P. Rector, levantando la voz y con entereza, le dijo: «Señor Comandante, mire que soy religioso, que por ningún caso echaré una mentira; lo mismo que le he dicho á V. M. le vuelvo á decir, como si estuviera para morir: Hablo con toda sinceridad y estoy pronto para jurar una y mil veces lo mismo, que los 1900 son del Colegio y los 4000 se han pedido prestados al Sr. Deán y consta por el recibo». Entonces Fabro le dijo: «pues, qué quiere decir aquella llavecita del secreto?». Lo mismo hizo con el Procurador de Provincia P. Antonio Miranda, y él le respondió del mismo modo que no había más que 100 pesos que hallaron.
AdornodelaIglesia–Cilicios12docenas.
25. La admiración de no encontrar plata nacía de que venía persuadido que en el Colegio Máximo hallaría no más de dos millones de pesos, como el nos dijo, y que Bucareli le había escrito que por ahora prontamente le enviase medio millón, para pagar la tropa. Sólo la sacristía estaba verdaderamente rica de vestuarios riquísimos, plata y colgaduras de terciopelo para toda la Iglesia. Pero así como la Iglesia estaba tan rica, los aposentos por el contrario eran pobres, de cuya pobreza se admiraron mucho los oficiales, y los soldados por fiesta solían decir: aquí no hay más que hurtar que cilicios y disciplinas, de lo que en el inventario pusieron 12 docenas de cilicios. Dios quiera que los usen, que bien lo necesitan.
LlevanálosnoviciosáSanFrancisco.
26. Concluyóse este día llevando á los novicios á S. Francisco, sin saber nosotros á dónde ni á qué los llevaban. Les dijeron que era para que reflexionasen sobre su estado de seguir ó no á los Jesuitas; todos respondieron únanimemente que ellos habían elegido ya lo que les convenía y que por ningún caso mudarían de elección. Un Ho. Coadjutor sacó una estampa de los Santos de la Compañía y con santa sencillez dijo: cómo, tengo yo, señores, de dejarla, si llevo conmigo á toda la Compañía? El novicio H. Clemente Baigorri mandó decir á su padre que no se afligiese, pues él estaba muy contento y gozoso.
Día 14 – Llegan el H. Martorell y los PP.Vicente Sanz, Nolasco Lopez y Juan Molina – Plata de Altagracia. 10 pesos.
27. Vinieron hoy de la Calera el H. Martorell y de Altagracia los
