Dios existe - Javier Arias Artacho - E-Book

Dios existe E-Book

Javier Arias Artacho

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Beschreibung

La inmensa mayoría de jóvenes –y no tan jóvenes– vive al margen de la trascendencia. Algunos de ellos, no encuentran razones que justifiquen la esperanza en otra vida. Para ellos va dirigido este libro. Con un lenguaje cercano, pero bien documentado, el autor demuestra que la verdad puede deslumbrar de la mano de la razón. ¿Tienen alguna credibilidad histórica los Evangelios? ¿Existieron realmente los apóstoles? ¿Es posible creer hoy el descabellado discurso de que vieron a su maestro resucitado? ¿Es posible que la ciencia nos dé pistas evidentes de la existencia de Dios? ¿Podemos esperar que la razón pura nos aboque a ello sin remedio? ¿Acaso las experiencias cercanas a la muerte son algo más que sueños? Las respuestas están en estas páginas. Un desafío a la inteligencia de los que buscan la verdad.

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Seitenzahl: 154

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Portada

Portadilla

Créditos

Necesidad de porqués

LA LUPA DE LA HISTORIA

Jesús, nuestro influencer

Detectives del pasado

Toda la verdad y nada más que la verdad

Los apóstoles, ese atajo de locos

¿Qué vieron para que yo les crea?

Esos hombres que se convirtieron en leyenda

Pedro, el líder

Andrés, el hermano del líder

Santiago, el hijo de Zebedeo

Juan, el hermano de Santiago

Felipe, un galileo con aires griegos

Bartolomé (Natanael)

Tomás, ese viajero incansable

Jacobo, el hijo de Alfeo

Mateo, el recaudador de impuestos

Judas Tadeo

Simón, el cananita

Judas Iscariote, el traidor

Matías, el apóstol

LOS ECOS DE LA RAZÓN

Tierra a la vista

Las luces fluorescentes

A la luz de la ciencia

La ciencia de la imaginación

Ese gran desconocido: el cerebro

Fogonazos de otra vida

Traspasar el velo

Notas

© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected] - sanpablo.es

© Javier Arias Artacho 2021

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-285-6050-4

Depósito legal: M. 12.502-2021

Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

A mi mujer, a mis hijas y,

cómo no, a cada uno de mis alumnos,

pero sobre todo a aquellos que buscan.

En una época de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario.

George Orwell, 1984

Necesidad de porqués

Vivimos una urgencia de esperanza ante la que no podemos cerrar los ojos. Ahí fuera, una inmensa multitud de hombres y mujeres de buena voluntad no aceptan ni comprenden el mensaje de la Iglesia. Su discurso –siempre bien intencionado y la mayoría de las veces acertado– les suena como una lengua arcaica y, lo que es peor, causa rechazo social a una gran parte de la población.

Se parece a ese santo varón que se presenta en una fiesta de la alta sociedad vestido con una sencilla túnica de lino, en sandalias y con barbas y cabellos reñidos con la higiene y la estética. Es un hombre de oración y vida ascética que lo único que conseguirá es que lo observen con escepticismo. A él no le importa, bien es verdad, pero ¿qué sucedería si tuviese que comunicar un mensaje de vital importancia para vencer la superficialidad que ahoga a aquellos asistentes? ¿Si fuera un misionero en unas tierras lejanas no aprendería la lengua de los nativos?

El mundo ha cambiado. Esta es una obviedad que nadie discute, pero que se puede afrontar de formas diversas. Aquellos que tercamente consideran que los odres viejos sirven para beber el vino nuevo, desde mi punto de vista, se equivocan. Las antorchas y las lámparas de aceite tienen una estética que nos seduce a muchos, pero para iluminar un campo de fútbol creo que son mucho mejores los vatios y los focos.

Por supuesto que el cambio no es ninguna novedad. Es algo que ha sucedido siempre. La amnesia histórica nos hace mirar hacia atrás como si lo hiciésemos a través de un velo que convierte el pasado en una película en blanco y negro. Cuando eres joven, parece que lo que estaba antaño nunca existió y, cuando maduras, tiendes al tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo cierto es que, lo ignoremos o lo idolatremos, el pasado es un engranaje que nunca se ha detenido. Permitidme, pues, esta sencilla imagen para ilustrar el paso del tiempo: las primeras comunidades cristianas se reunían para partir el pan en domicilios particulares y, en algunas ocasiones, incluso en lugares recónditos como las catacumbas romanas; en la alta Edad media, en modestos templos rurales y, hacia el siglo XIV, en inmensas catedrales que se llenaban de gente, sin bancos, donde se ponía el mercado si hacía falta.

Aquel primer kerigma apostólico ha llegado hasta nosotros en vasijas de barro, ¡pero después de que se hubiesen ido rompiendo una tras otra! El cambio y el movimiento social siempre han tenido su influencia a lo largo de estos dos mil años –no siempre positiva– y es por ello que, entre otras cosas, ha ido cambiando su lenguaje durante el transcurso de los siglos: desde el arameo y el griego, pasando por el latín, hasta llegar a las múltiples lenguas románicas, entre otras.

No es mi propósito abordar la desmesurada tarea de contar los cambios que ha sufrido la Iglesia a lo largo de los siglos, pero fueron muchos y muy importantes. Dos milenios no dan para menos. Estos cambios siempre fueron lentos, como los pasos de pesados paquidermos avanzando majestuosos. Sin embargo, los progresos tecnológicos sin precedentes que se sucedieron desde el siglo XX han contribuido a cambios tan rápidos y vertiginosos en nuestra sociedad que a veces no somos capaces de percatarnos de ellos. Más que una época de cambios, vivimos un cambio de época, donde el poder de la ciencia es absoluto e Internet y lo digital lo han transformado todo.

Durante más de veinte años dando clases a jóvenes, he acabado comprendiendo que ellos agradecen y valoran la cercanía y la buena voluntad de la Iglesia. ¡Pero no la comprenden! Las respuestas teológicas, morales y tradicionales les resultan tan lejanas como inútiles. Los andamiajes de la historia de la Iglesia tales como concilios, papados y dogmas les son indiferentes. Y no es que todo esto ya no sea importante. Nuestra historia es importante. Somos fruto de un devenir que nos aporta identidad, claro que sí. Sin embargo, si se trata de una nueva evangelización, de salir a la periferia y abrirlos a la trascendencia, es necesario aportar luces nuevas.

Y no me refiero a esa juventud que ha crecido en el seno de una familia cristiana que los ha ido acompañando en un ambiente parroquial –aunque algunos de ellos también–, sino a esa gran masa de escépticos de buena voluntad que ansían descubrir la verdad, pero que a la vez la rechazan. Se trata de generaciones de jóvenes –y no tan jóvenes– que solo son capaces de creer lo que comprenden, lo que razonan, lo que entienden. Hace muchos años que saben que somos fruto de la evolución, que sobre el cielo está la estratosfera y que al morir ponen las cenizas de nuestros seres queridos en una urna. Fin de la historia.

Es evidente que conocer y saber no es lo mismo que experimentar. Muchos llegan a la fe alentados por esas profundas vivencias que transforman sus vidas. Sin embargo, la mayoría vive del otro lado de la frontera, sin la más mínima esperanza de entender lo que sienten esos iluminados que creen en un ser inverosímil. Para muchos, se trata de la candidez de los poco inteligentes, de aquellos que necesitan creer en algo y se fabrican un Dios como hace más de tres mil años los hebreos se fabricaron un becerro de oro en su huida de Egipto.

Para ellos escribo este texto. Para ellos y para cualquier persona de buena voluntad que se encuentre observando el cielo de la vida esperando divisar alguna estrella fugaz que le envíe una señal. La verdad deslumbra cuando abres los ojos y, si quieres certezas absolutas, deja inmediatamente de leer. Ni la ciencia llena de miles de teorías puede dártelas. No hay certezas absolutas. Solo que un día moriremos. Pero si quieres que te guíe hasta ese misterioso umbral de la mano de la razón, te animo a que seas paciente y continúes leyendo.

Por poco que te pares a pensar, descubrirás que hay algo más que lo que vemos, aunque cada uno le dé un nombre diferente. En ese sentido, yo parto de mi formación cristiana. Es mi forma de ver el mundo, es mi forma de conocer a Dios… Pero también hay otros caminos, también puede haber otras respuestas religiosas y, quizás, no religiosas también. En cualquier caso, si tú estás en uno de estos caminos, te pido que le des una oportunidad. Solo intento desafiarte para que pienses y construyas tu forma de ver a Dios, o como decidas llamarlo, que creo que poco le importa.

LA LUPA DE LA HISTORIA

Jesús, nuestro influencer

Y como no podía ser de otra manera, comenzaré por lo que conozco, aquello que recibí como cristiano y a lo que le dediqué mucho tiempo de mi vida para aprenderlo y comprenderlo mejor. Por ello debemos comenzar por el principio: el hecho histórico de la existencia de Jesús de Nazaret.

Sin lugar a dudas, fue crucificado en Jerusalén siendo Poncio Pilato gobernador de Judea. ¿El año? De esto no tenemos una certeza absoluta, pero muy probablemente sucediese entre el año 30 y 33 de nuestra era. Este será nuestro punto de partida, evidentemente, porque, sin él, toda nuestra cultura sería fuego fatuo.

En este sentido, no pretendo construir un texto plagado de datos que entorpezcan la lectura. Existe una extensa bibliografía que documenta lo que explico. Sin embargo, es necesario aportar la información adecuada para argumentar la solidez del mensaje que ha llegado hasta nosotros. El virus del relativismo que se expande ciegamente por nuestra cultura exacerba tumores de ignorancia –permítaseme este símil– sin ser conscientes de ello. Hay personas que no quieren saber o simplemente viven ajenos a cualquier interés sobre el tema. Por otra parte, otros dan por supuesto barbaridades históricas que sonrojan.

Creer que Jesús de Nazaret no existió o que los evangelios no fueron escritos en el siglo I obedece a la falta de formación y al exceso de imprudencia a la hora de tratar el tema. Como bien decía, en esta sociedad relativista, todo es aceptable, todo puede ser cuestionado. Pero no es así. Las cosas son una. La verdad es solo una y no es cuestionable. Bien es cierto que puede tener diferentes enfoques, igual que las caras de la Luna. Pero la Luna es la Luna y cuestionarla es un sinsentido.

Hoy nos encontramos con sólidos argumentos que cuestionan que Neil Armstrong pisara la Luna en julio de 1969, o teorías conspiratorias que consideran que el derrumbado World Trade Center en Nueva York no cayó por el impacto de los aviones en 2001, sino por explosiones controladas dentro de los edificios. O que no fue un vuelo de American Airlines el que se estrelló en el edificio del Pentágono, en Washington, sino un misil. ¿Y qué decir de aquellos que se alejan de la órbita del sentido común y, bien por falta de riego sanguíneo o por alguna notoriedad efímera, mantienen obstinadamente en el siglo XXI que la Tierra es plana? ¿Y de los negacionistas que se atrevieron con la pandemia más globalizada de la historia y negaron el virus de la COVID-19? Evidentemente, no tengo ningún interés en debatir todo esto, sino en reflexionar sobre la idiosincrasia de nuestro mundo donde todo es cuestionable y opinable. ¿Cómo no iba a serlo algo que sucedió hace dos mil años?

El problema del mundo de hoy es que, para muchos, el mensaje de esperanza primigenio queda invalidado ante la cuestionabilidad de que dicho mensaje haya existido de verdad. Es parecido a lo que sucedería si una mañana te asomas a la puerta de tu unifamiliar y ves a un hombre con aspecto de vagabundo dejando una servilleta con un número de teléfono y un mensaje:

¿Quieres ser millonario?

Probablemente aquel mensajero te echaría para atrás. ¿Quién invertiría un minuto en llamar a ese número? Un cándido, un pobre iluso, solo alguien desesperado. Así percibe el mundo a los que creen en la resurrección de Jesús. Pero, ¿y si nada fuese lo que parece? ¿Y si resulta que el sueño no te hubiese permitido observar correctamente que se trata de tu vecino que había salido a correr temprano como todas las mañanas? ¿Y si resulta que es Navidad y había comprado un número de lotería que fue premiado? ¿Se te podría pasar por la cabeza que te hubiese incluido porque le caes bien? ¿Podrías esperar semejante sorpresa? Es difícil creer que te haga partícipe de algo así y de esa manera, ¿verdad? Pero no es imposible. Quizás haya alguna razón. Solo se trata de mirar bien, de investigar bien y salir de dudas.

Pues bien, salvando este ejemplo más o menos acertado, me gustaría que te sirviese para abordar el hecho histórico de Jesús de Nazaret de la misma manera. Te invito a que prestes atención al mensaje y al mensajero, más allá de las ideas preconcebidas que hayas ido construyendo durante este tiempo. Como en esta historia, quiero detenerme contigo para que identifiques a ese vecino en forma, que te quiere –más de lo que tú esperabas– y que sale a correr todas las mañanas. Pues resulta que ese día no quería llamar al timbre y molestarte temprano, o simplemente quería despertar tu curiosidad con un acertijo. Podría ser la publicidad de la lotería nacional, ¿verdad?, y la verdad es que no sabemos por qué el protagonista actúa de esa manera. Sinceramente, para mi propósito no es relevante. Lo interesante es esta reflexión:

El hecho de que yo no pueda entender algo,

no quiere decir que no exista.

Todos volamos y utilizamos Internet y, probablemente, seríamos incapaces de explicar el mecanismo exacto de cómo suceden estos acontecimientos. Si yo no comprendo una realidad, esto no la deslegitima, evidentemente.

Quiero que este sea un buen punto de partida para ayudarte a reflexionar. El mensaje y el mensajero existen y pronto descubriremos que le ha tocado la lotería. ¿Acaso es imprescindible comprender los porqués desde el principio para aceptar un hecho verdadero?

Este es el inicio de nuestro camino: Jesús es ese hombre del que nos hablan los evangelios y, después de su muerte, algo inexplicable para nosotros sucedió. Algo que cambió las vidas de sus seguidores y que llamamos resurrección. A veces las palabras se quedan cortas para explicar lo que todavía no somos capaces de comprender.

Sígueme y lo entenderás mejor.

Detectives del pasado

Si has decidido avanzar es porque realmente quieres conocer la verdad. En este capítulo, igual que un investigador recopila pruebas para descubrir la responsabilidad de un crimen, intentaré ofrecer las suficientes pistas para que puedas estar completamente seguro, no de quién es el asesino, por supuesto, sino del origen de los evangelios.

En primer lugar, es imprescindible saber que los detalles más importantes y fundamentales del mensaje están contenidos en las fuentes históricas cristianas –de manera especial en el Nuevo Testamento–, pero son las fuentes no cristianas, desde mi punto de vista, las que aportan luz y desempolvan dudas sobre las primeras, en el caso de que las hubiese. Entendemos por fuentes no cristianas todos aquellos testimonios provenientes de autores ajenos al cristianismo y, por tanto, sin ningún tipo de intención religiosa. Ellos son los que respaldan la existencia de Jesús de Nazaret y la comunidad religiosa que surgió después. Son justamente estas fuentes las que certifican definitivamente la verosimilitud del relato cristiano: Plinio el joven –procónsul de Bitinia–, Tácito y Suetonio –historiadores romanos–, el Talmud –uno de los libros más importantes del judaísmo– y Flavio Josefo –historiador judío–. Todos ellos corroboran la existencia de Jesús de Nazaret y ninguno es sospechoso de haber mantenido algún vínculo con los apóstoles, ni mucho menos. Citaron a Jesús como una cámara rápida es testigo de algo extraordinario que es descubierto mucho tiempo después en un laboratorio y por casualidad. En este sentido, me gustaría que prestaras atención a lo que cita Flavio Josefo. En su libro Antigüedades judías escrito en el siglo I, muy pocos años después de la muerte de Jesús, nos cuenta esto:

Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. Delatado por los principales de los judíos, Pilato lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.

Flavio Josefo parece convertirse en uno de esos fisgones históricos que nos invitan a observar con atención lo que verás a través de los evangelios y de las cartas apostólicas. Si alguien pusiese en duda la antigüedad del contenido del Nuevo Testamento, las fuentes no cristianas se convierten en una prueba histórica que lo avalan.

Como ya mencioné anteriormente, no tengo la menor intención de escribir un texto que no sea de lectura ágil y, a la vez, certero en la búsqueda de la verdad. Dejo para el interés de cualquier curioso lector la investigación sobre el resto de las fuentes no cristianas –hay mucho y es fácil de encontrar1–. Lo más importante es que te sitúes en el siglo I, pocos años después de que Jesús de Nazaret fuese crucificado. ¿De verdad que los evangelios son tan antiguos? Pues sí. Lo son.

Debemos tener en cuenta el término sinóptico2, el cual hace referencia a los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas y su parecido entre sí. Hay diferentes teorías, pero la más extendida es la que propone un evangelio anterior a todos –desaparecido–, muy próximo a la muerte de Jesús, al que han denominado Fuente Q –abreviatura de Quelle, palabra que significa «fuente» en alemán3–. Según el escritor Papías hacia el 100 d.C., Mateo habría publicado un evangelio entre los judíos, escrito en su propio dialecto. También san Agustín a mediados del siglo IV mantendrá esta idea. Este texto primero habría servido como punto de referencia para los evangelios de Mateo y Marcos, escritos en griego –Lucas y Juan también–, y el evangelio de Lucas habría sido escrito teniendo en cuenta a Mateo y a Marcos –de ahí su parecido entre ellos–, así como también el testimonio de Pedro, tal como citan con posterioridad los santos padres Clemente y Papías, entre el siglo I y II.