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En este libro, Darío López explora el papel crucial que desempeñaron las mujeres que acompañaron a Jesús en su ministerio y las mujeres que formaron parte de la iglesia primitiva. Con una hermenéutica contextualizada, el autor demuestra cómo Jesús promovió su protagonismo, contra las costumbres de la época que las marginaban en su práctica religiosa pública. López también destaca la labor de las mujeres cristianas de hoy, que siguiendo el ejemplo de sus predecesoras, asumen el liderazgo en la iglesia, predicando y enseñando el evangelio. El autor aboga contra aquellos que, según Nancy Bedford, utilizan versículos fuera de contexto para distorsionar el mensaje liberador de Jesús y sus implicaciones para las mujeres. A través de conmovedoras historias de mujeres cristianas contemporáneas, Darío López establece un vínculo entre ellas y las mujeres del Nuevo Testamento, y celebra su protagonismo en la misión de llevar la Palabra de Jesucristo a toda la humanidad.
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Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Este libro de Darío López es una preciosa carta de amor y agradecimiento dirigida a las mujeres pentecostales andinas que han seguido y siguen a Jesús.
En su camino de seguimiento a Cristo por la fuerza del Espíritu, las mujeres pentecostales andinas iluminan el papel protagónico que en la iglesia primitiva tuvieron las mujeres galileas que acompañaban a Jesús. A su vez, las mujeres del Nuevo Testamento del título —discípulas y colaboradoras de Jesús, beneficiarias de su evangelio— alumbran el rol que cumplen las mujeres que hoy experimentan el camino liberador de Jesús.
La gran contribución de este libro es precisamente acompañarnos y guiarnos, con un paso certero y alegre, por la espiral hermenéutica entre el entonces y el ahora, entre el Nuevo Testamento y nuestra realidad cotidiana, entre las discípulas de la Biblia y las discípulas latinoamericanas de la actualidad.
Discípulas de Jesús
De invisibilizadas a protagonistas
© 2023 Darío López Rodríguez
© 2023 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2023-02526
Primera edición digital, marzo 2023
Categoría: Religión - Estudios bíblicos - Nuevo Testamento
ISBN N° 978-612-5026-28-6 | Edición digital
ISBN N° 978-612-5026-27-9 | Edición impresa
Editado por:
© 2023 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
Av. 28 de Julio 314, Int. G, Jesús María, Lima
Apartado postal: 11-168, Lima - Perú
Telf.: (511) 423–2772
E-mail: [email protected] | [email protected]
Web: www.edicionespuma.org
Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)
Edición: Alejandro Pimentel
Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla
Reservados todos los derechos
All rights reserved
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización de los editores.
Salvo cuando se indique expresamente otra versión, las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera 1960 (rv60).
ISBN N° 978-612-5026-28-6
Disponible en: www.edicionespuma.org
A las mujeres pentecostales de la Patria Grande, herederas de las discípulas galileas respondonas, primicias del reino de vida.
A Ida, ayacuchana combativa que, como parte del pueblo de a pie, ama y sirve al Dios de la vida siguiendo el ejemplo de las discípulas galileas.
Mujer del sur
Amiga:
Las historias comunes se tejen en el encuentro con la vida. Comienzan cuando nos despojamos de todo lo que nos ata a la antivida. Se tejen cuando se tiene el coraje de no esconderse en los silencios que asesinan la conciencia y mutilan las palabras.
Tú tienes la fuerza insobornable de los que aman la vida. Te acompaña la imaginación profética de los que construyen surcos de justicia. La voz incansable de los que militan en la vereda de la libertad plena. Una mirada firme que denuncia las violencias visibles y ocultas del patriarcalismo social, cultural y religioso que cosifica a las mujeres.
Te acompaña una sonrisa sincera como la de los pobres de la tierra, una sonrisa que invita a un compromiso con la vida y la justicia del reino.
Sigues así el ejemplo del Carpintero galileo que jalona tu peregrinaje, acompañada de otros militantes, mientras siembras vida, alegría y esperanza para todos.
Prólogo
Este libro de Darío López es una preciosa carta de amor y agradecimiento dirigida a las mujeres pentecostales andinas en su camino de seguimiento a Jesús. A quienes, guiadas por la fuerza del Espíritu, echan luz en el papel protagónico de las mujeres galileas que acompañaron a Cristo y también en el de aquellas que fueron parte de la iglesia primitiva. Se trata de la presentación de una realidad que salta a la vista de los que tienen ojos para ver y oídos para oír las buenas nuevas en su sentido más integral.
Las mujeres del Nuevo Testamento del título —discípulas y colaboradoras de Jesús, beneficiarias de su evangelio— nos ayudan a dar cuenta de las mujeres que hoy experimentan el camino liberador de Cristo. La gran contribución de este libro es precisamente acompañarnos y guiarnos con un paso certero y alegre por la espiral hermenéutica entre ese entonces y el ahora, entre el Nuevo Testamento y nuestra realidad cotidiana, entre las discípulas de la Biblia y las discípulas latinoamericanas de la actualidad.
Por muchos motivos que se relacionan más con el poder y la conveniencia de unos pocos que con el mensaje transformador del Galileo, el protagonismo de las mujeres del Nuevo Testamento —y, por ende, el de las discípulas actuales— ha sido invisibilizado en la predicación y la enseñanza, así como en la teología y la ética de muchas de nuestras iglesias. De este modo, se han utilizado versículos aislados fuera de sus contextos para desvirtuar el mensaje liberador de Jesús y sus implicancias para las mujeres, muchas veces con el propósito de callarlas, ningunearlas y desmerecerlas, o bien para atraparlas en halagos abstractos que poco se relacionan con sus luchas diarias. Con su cuidadosa lectura del Nuevo Testamento, Darío López demuestra que la tendencia hermenéutica de invisibilizar el protagonismo de las mujeres, en cuanto discípulas de Jesús y líderes en su movimiento, no solamente es un error de interpretación, sino una traición a la buena noticia del evangelio y una herida abierta que reclama atención.
Urge, entonces, para aprender de ellas, escuchar el testimonio de las discípulas de Jesús, tanto las de ayer en Galilea y Asia Menor como las de hoy en Ayacucho, quienes nos muestran cómo nuestras iglesias pueden transformarse en espacios de vida abundante. Nuestras abuelas, madres y hermanas en la fe nos desafían a imaginar iglesias solidarias y una pastoral comprometida con las luchas reales y cotidianas de nuestros pueblos.
Este libro, de la mano de las mujeres que lo inspiran, nos remite al Nuevo Testamento. Nos ayuda a redescubrirlo, ya no como instrumento de control o de odio o como excusa para acallar y ningunear, ni como un texto donde solamente unos pocos tienen relevancia, sino como lo que es verdaderamente: el testimonio y el reflejo de una buena noticia que nos transforma y nos da vida.
Nancy Elizabeth Bedford
Introducción
Desde el reverso de la historia
Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. (Lc 1.52–53)
Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio. (Lc 7.22)
La historia temprana del pentecostalismo da testimonio de que, desde un inicio, fue un sujeto religioso que emergió desde el reverso de la historia, desde la cuna de los desheredados del mundo, desde el rincón de los ninguneados de la sociedad. El pentecostalismo fue heredero directo y seguía el surco de la impronta movilizadora y transformadora del movimiento de Jesús y de las primeras comunidades de discípulos. Germinó entre los pobres, los oprimidos y los explotados, como las bravas mujeres galileas que, siguiendo a Jesús el galileo, pusieron en tela de juicio a la sociedad patriarcal de su tiempo, una sociedad excluyente que invisibilizaba a las mujeres tratándolas como desperdicio social, cultural y religioso.
Las mujeres pentecostales tienen esa impronta. Ellas encontraron en la comunidad pentecostal una comunidad de iguales, una comunidad de hermanos y amigos, una comunidad en la que las relaciones mujer-hombre, hombre-mujer eran horizontales, y en las que ellas tenían voz propia e igualdad de oportunidades. Precisamente, todo lo que en las sociedades estamentales de los países del sur en los que se asentó el pentecostalismo se les negaba o regateaba impunemente. La comunidad pentecostal, siguiendo el surco labrado por Jesús y expresado en la presencia visible de las discípulas galileas respondonas, les dio voz, las visibilizó, las resucitó socialmente y las convirtió en protagonistas dentro de las sociedades patriarcales que las tenían como ripio social, material de relleno o piezas descartables.
A quienes todavía tienen reparos para aceptar y reconocer esta realidad, habría que decirles que bastaría prestar atención a la información que nos proporciona el Nuevo Testamento sobre la comunidad de Jesús y las primeras comunidades cristianas para darse cuenta de que, desde su surgimiento en el primer siglo, el protagonismo de las mujeres fue central para el avance del testimonio cristiano en distintas fronteras sociales, culturales y religiosas.1
Por ejemplo, sobre la participación y el protagonismo de las mujeres en la comunidad de Jesús y en las primeras comunidades de discípulos, se afirma:
El Nuevo Testamento nos informa acerca de las mujeres que trabajaban en la evangelización, actuaban como anfitrionas en nombre de la iglesia ofreciendo sus propios hogares, profetizaban y hablaban en lenguas y actuaban como diaconisas. Esta prominencia de las mujeres prosiguió […] durante el siglo ii. A veces se ejercía hablando en público, a veces por medio del martirio. Las predicaciones de Maximilla, de Tecla o de las cuatro hijas de Felipe el evangelista, tuvieron una fuerza que no se puede negar […]. Los Hechos de Pablo y de Tecla, tal como lo tenemos, son puro romance; pero la figura de una mujer predicando, bautizando y siendo martirizada por su fe no es mero fruto de la imaginación. (Green 1979: 35)
Se acentúa, además, lo siguiente:
En la búsqueda de esta prominencia de las mujeres podemos remontarnos hasta el ministerio de Jesús, quien atrajo a muchas de ellas, haciéndolas participar en su movimiento, y ellas se mostraron consagradas y constantes en su lealtad hacia él. Sus discípulas estuvieron presentes en la crucifixión; manos femeninas ayudaron a José de Arimatea a colocar a Jesús dentro del sepulcro. Ellas estuvieron en el primer día de la pascua y las subsiguientes semanas de espera en Jerusalén. Ellas hicieron acto de presencia el día de Pentecostés, y en la casa de una mujer tuvo su sede la jefatura de la iglesia de Jerusalén. Un vistazo al libro de Hechos confirmará esta impresión en cuanto al importante rol desempeñado por las mujeres en la difusión del evangelio: Dorcas, Priscila, las cuatro profetisas, hijas de Felipe, cuya fama se divulgó en el siglo ii, las mujeres de la clase alta de Berea y Tesalónica y otras. Las Epístolas nos ponen frente a una diaconisa, posiblemente hasta una mujer apóstol [Junias]. Ocho de las veintiséis personas mencionadas en las salutaciones de Romanos 16 son mujeres, y las rivalidades entre las obreras cristianas dedicadas al evangelismo se censuran en Filipenses 4. El papel desempeñado por las mujeres es aún más notable si se tiene en cuenta que tanto los círculos judíos como los paganos constituían mayormente un mundillo masculino. Era muy fácil burlarse de las «estúpidas mujeres» que chismorreaban acerca del cristianismo en los cuartos de lavado; pero pese a ello estas mismas mujeres se contaban entre los más fructíferos evangelistas. (Green 1979: 32–33)
Entre las mujeres que se relacionaron con el movimiento de Jesús y participaron visiblemente en él, destacan, en primer lugar, las galileas que lo seguían y servían (Lc 8.1–3; 23.49; Mr 15.41). Ellas estuvieron con Él hasta el final, acompañándolo al pie de la cruz (Mt 28.55–56; Mr 15.40–41; Lc 23.49; Jn 19.25) y fueron las primeras testigos de su resurrección (Mt 28.1; Mr 16.1; Lc 24.1–10; Jn 20.1). Los cuatro evangelios, unánimemente, dan testimonio de que María Magdalena fue la más notoria entre ellas. Marta y María, hermanas de Lázaro, se cuentan también entre las discípulas de Jesús (Lc 10.38–42; Jn 11.17–27), así como la madre de Juan Marcos, en cuya casa de Jerusalén se reunían los primeros discípulos (Hch 12.12).
Cuando la buena noticia de la salvación se fue expandiendo a lo largo del Imperio romano, según se registra en Hechos de los Apóstoles, las mujeres estuvieron en primera línea como discípulas, colaboradoras, misioneras y activistas en favor de los sectores menos favorecidos (como Dorcas o Tabita). En el libro mencionado, sobresalen como discípulas destacadas Dorcas, Priscila, Lidia y las hijas de Felipe, así como las mujeres de Berea y Tesalónica, entre otras, cuyos nombres no están registrados y que contribuyeron directamente en la expansión del mensaje acerca de Jesús en distintos contextos y entre diversos públicos.
El apóstol Pablo en su Epístola a los Romanos se refiere, además, con nombre propio, a ocho mujeres discípulas, mencionando alguna característica particular respecto a cada una de ellas (Febe, Priscila, María, Trifena, Trifosa, Pérsida, la madre de Rufo, Julia).2 Por ejemplo, dice: «Saludad a María, la cual ha trabajado mucho entre vosotros» (Ro 16.6). Y en su Epístola a los Filipenses, menciona a Evodia y Síntique como dos de sus colaboradoras cercanas en el anuncio de la buena noticia: «… que combatieron juntamente conmigo en el evangelio […]» (Fil 4.3).
Destacan también en los primeros años de la expansión del movimiento de Jesús, mártires de la fe cristiana como Perpetua y Blandina, cuyo ejemplo de vida motivó la incorporación de más personas a la naciente comunidad cristiana. Del testimonio de vida de Perpetua,3 una aristócrata convertida a la fe cristiana, y de otras mujeres, se expresa:
La consagración casi sobrehumana de la cual las primeras mujeres cristianas eran capaces está ilustrada por los relatos de algunos martirios. La Pasión de Perpetua es una de las joyas de la literatura cristiana primitiva. A la edad de 22 años, casada el año anterior y con una criatura en las entrañas, Perpetua fue martirizada en Cartago a causa de su fe en el año 203 d. C. […]. Su padre lo intentó todo con el propósito de lograr que se retractara […]. Ella se mantuvo firme y con valerosa dignidad fue al encuentro de su muerte. Bien podemos imaginar el efecto de tal devoción a Cristo. (Green 1979: 37)
Además de Perpetua, Blandina, una esclava convertida a la fe cristiana, selló con su vida el compromiso firme que tenía con su Señor Jesús:
Un cuarto de siglo antes, la joven esclava gala Blandina murió mostrando tanto valor y fidelidad como Perpetua, la aristocrática dama africana. La conmovedora historia narrada por un testigo ocular, en Viena, en el año 177 d. C., y su carta fue reproducida íntegramente por Eusebio […]. Torturada con cruel refinamiento, Blandina serenamente declaró: «Soy una mujer cristiana y nada malo ocurre entre nosotros». Colocada sobre instrumentos de tortura, arrojada a las fieras de la arena, obligada a presenciar la muerte de otras compañeras cristianas, sometida a la estaca, esta notable niña […] finalmente, encontró la muerte al ser introducida en una red y embestida por un toro. Su ejemplo llevó a Ponticus, un muchacho de quince años a enfrentar el martirio, al tiempo que oraba, amante y persistente, por sus perseguidores. (Green 1979: 37–38)
Acerca de Blandina, de su historicidad y de la textura de compromiso cristiano, se puntualiza:
Eusebio nos ha conservado en su Historia eclesiástica la mayor parte de la carta que las iglesias de Lyon y Viena dirigieron a los hermanos de Asia y Frigia […] se nos describe en ella el martirio de cierto número de cristianos acaecido el año 177 […] Blandina aparece no solamente como una imagen de Cristo crucificado, sino como una oración viva, la oración encarnada. «No cesaba de orar con fuerte voz». (Hamman 1967: 578–579)
Aparte de Perpetua y Blandina, Eusebio, en su Historia eclesiástica, registra también el martirio de la doncella Potamiana, en Alejandría el año 202. Sobre su fe y su compasión cristiana, puntualiza que Potamiana expresó lo siguiente acerca del soldado encargado de conducirla al martirio y que la defendió de la muchedumbre: «Conmovida por esta simpatía, anima al soldado a que tenga confianza; ella rogará por él cuando se halle cerca de su señor y le pagará sin tardanza su noble actitud» (Hamman 1967: 582).
Teniendo en cuenta estos testimonios, sería difícil negar el protagonismo que tuvieron las mujeres tanto en el movimiento de Jesús como en el establecimiento de las primeras comunidades cristianas en distintas ciudades y regiones del Imperio romano. Ellas fueron discípulas, misioneras, mártires y pregoneras de la buena noticia de salvación, dentro y fuera de sus hogares. De estas mujeres, de su compromiso cristiano, de la textura de su testimonio, de su calidad de vida ejemplar, se subraya:
Si mujeres como éstas eran típicas a través de todos los variados estratos sociales de la iglesia, no debe causar sorpresa alguna que el evangelio derrotase los enormes obstáculos que se oponían a su paso y comenzase a conquistar al Imperio Romano. (Green 1979: 38)
Las mujeres pentecostales son herederas de esta larga tradición cristiana de compromiso inquebrantable con el Dios de la vida. Ellas, como las mujeres del movimiento de Jesús y las mártires de la fe cristiana en los primeros siglos, tienen también un compromiso inquebrantable con el Señor que las liberó de las opresiones que las cosificaban y que las mantenían postradas como cosas descartables antes de su encuentro con el Dios de la vida. Esto explica su compromiso con la vida y la justicia, su solidaridad con quienes sufren distintas formas de violencia, visible o disfrazada, su terca apuesta por una sociedad en la que no exista ninguna forma de injusticia institucionalizada.
De las mujeres pentecostales como protagonistas, antes que simple material de relleno o personajes anecdóticos, se enfatiza:
Las mujeres han desempeñado un papel preponderante en el origen y desenvolvimiento del pentecostalismo, como pastoras, evangelistas, fundadoras de iglesias y misioneras. El pentecostalismo autóctono no hubiera sobrevivido sin el liderazgo femenino, especialmente de la misionera (de la iglesia local), siempre presente en el culto y en la visita a hogares y hospitales. (Villafañe 1996: 116)
¡Así ha sido y así es actualmente! Las mujeres pentecostales son la avanzada social y misionera de estas iglesias. Ellas son las que comienzan las escuelas dominicales y los cultos en casas, las que reúnen fondos para la compra de terrenos o para mejorar la infraestructura de los templos, las que comienzan nuevas congregaciones, las que inician programas sociales de atención a personas vulnerables (niños, viudas, ancianos, madres solteras, etc.). ¡Siempre estuvieron y están en primera línea! La impronta pentecostal, su fuerza movilizadora y transformadora, genera así, entre las mujeres pobres y ninguneadas del sur del mundo, un capital social y político que coadyuva al fortalecimiento de la democracia y a una revaloración del testimonio cristiano en la plaza pública. ¡Benditas sean las mujeres!
1 Al respecto se dice que uno «de los hechos más notables de la historia de las religiones es el entusiasmo por evangelizar que caracterizó a los cristianos primitivos. Eran hombres y mujeres de todo rango social y edad, de todos los países del mundo conocido, tan convencidos de que habían encontrado la esencia del universo, tan seguros del único Dios verdadero que habían llegado a conocer, que nada debía impedirles transmitir a otros esas buenas nuevas» (Green 1979: 79).
2 Incluso se podría añadir a esta relación de mujeres a Junias (Ro 16.7), quien, probablemente, fue una mujer apóstol.
3 Sobre esta mártir cristiana se menciona además que el «relato de Perpetua, cuyo carácter autobiográfico no ha sido nunca puesto seriamente en duda, nos ofrece el primer testimonio personal de un mártir sobre su vida interior. No oímos ya a un historiador, sino a la propia interesada. Este diario atestigua una vida de oración intensa […]» (Hamman 1967: 583).
Capítulo 1
Las bravas discípulas galileas
La horizontalidad de la comunidad de Jesús
El resultado de la actitud de Jesús fue que las mujeres se volcaron sobre él; como vemos por la historia de la pasión, las mujeres le mostraron a Jesús una fidelidad de la que sus discípulos [hombres] no fueron capaces. (Jeremias 2009: 265)
Introducción
En la sociedad patriarcal del primer siglo las mujeres estaban consideradas como propiedad de sus padres o esposos,4 como descartables, infravaloradas, prescindibles y de escaso valor. Las mujeres, como los samaritanos y los cobradores de impuestos, formaban parte de la basura social desechable o del desperdicio humano que podía ser expectorado cada vez que los poderosos así lo decidieran. La mujer no participaba en la vida pública y «debían pasar en público inadvertidas» (Jeremias 2000: 449–450). En la sociedad judía y en la griega y romana en menor medida:
… las mujeres respetables estaban confinadas al espacio privado de sus casas. El espacio público era dominio de los varones. Las mujeres podían salir a dicho espacio solo si iban «debidamente» acompañadas de sus esposos o de un varón de la familia. No estaba bien visto que un varón hablara públicamente con una mujer. (Conti 2003: 55)
En ese contexto de violencia visible o encubierta en contra de las mujeres y de otros seres humanos considerados como menos importantes, Jesús irrumpió con una buena noticia de liberación, la cual niveló las relaciones mujer-hombre, forjando una comunidad de iguales, una comunidad horizontal en la sociedad piramidal de aquel tiempo. Jesús desmanteló, con palabras y gestos visibles de liberación, las diversas formas de violencia social, cultural y religiosa que relegaban y confinaban a las mujeres a la escala más baja de la pirámide social. De la actitud y práctica de Jesús se afirma que:
Jesús reacciona verdaderamente contra todas las desigualdades de que era víctima la mujer y, sin hacer concesiones a la mentalidad de su medio, sin admitir ninguno de los prejuicios que servían de apoyo a los privilegios masculinos, manifiesta claramente su voluntad de restablecer la igualdad de la mujer cada vez que se encuentra ante una situación desfavorable a ella. (Bautista 1993: 40)
Esta práctica liberadora de Jesús resalta más todavía cuando se la sitúa en el marco temporal en el que vivió y proclamó la buena noticia de salvación:
En términos generales, Jesús vivió en un contexto sociocultural (el contexto judío y la extensa sociedad grecorromana) en la que la visión masculina de la mujer era usualmente negativa y el lugar de la mujer se limitaba mayormente a las funciones domésticas de esposa y madre. (Scholer 1992: 880)
Cuando se encontraron con Jesús, la calidad y condición de vida de las mujeres cambió notablemente, tal como lo atestigua Lucas en su evangelio (Mittelstadt 2010: 105). Más aún, todos los evangelios sin excepción dan cuenta de esta nueva realidad que transformó el destino de las mujeres. Aquí se tiene que puntualizar que, a pesar de que los autores humanos de los evangelios habían sido formados y socializados en un clima patriarcal excluyente, no silenciaron ni ningunearon ni invisibilizaron a las mujeres de diverso trasfondo social y cultural con las que Jesús se relacionó públicamente, como las discípulas galileas que lo seguían y servían.
Lo señalado hasta este momento ayuda a comprender por qué:
… en el ámbito de la basileía [reino] cambia la postura con respecto a la mujer. Aquí se ve con especial evidencia que el hecho de pertenecer a la basileía es algo que transforma la conducta. (Jeremias 2009: 261)
La práctica concreta de Jesús ilustra claramente esta realidad:
Por los relatos de los evangelios vemos que en este mundo ambiente [el mundo patriarcal del primer siglo] ocurre ya algo asombroso: hay muchas historias que nos hablan de encuentros de Jesús con las mujeres. Así lo vemos especialmente en el material propio de Lucas. En estas historias se expresa la idea de que Jesús tiene conciencia de venir para ayudar a todos, también a las mujeres (Lc 7.36–50; Mr 1.31 par., etc.). He aquí una característica del tiempo de salvación, como lo muestra Joel 3.1–5 (citado en Hch 2.17–21). Por eso, ocurre algo verdaderamente asombroso: Jesús se desliga de la costumbre de excluir a la mujer […] Jesús habla espontáneamente —según el evangelio de Juan— con una mujer, hasta el punto de que los discípulos se admiran (4.27). Las mujeres se cuentan entre el auditorio de Jesús (Lc 11.27s). Él tiene amistad con las hermanas María y Marta (Lc 10.38–42). Unas mujeres le siguen y le asisten (Mr 15.40s par: Lc 8.1–3). Esto debió de suscitar gran sensación […]. (Jeremias 2009: 264–265)
Una evidencia innegable de la forma como Jesús dignificó, niveló y visibilizó a las mujeres son las historias de la sanidad de la suegra de Pedro (Mt 8.14–17; Mr 1.29–34; Lc 4.38–41); la resurrección de la hija de Jairo y la sanidad de la mujer que tenía flujo de sangre (Mt 9.18–26; Mr 5.21–43; Lc 8.40–56), la sanidad de la hija de la mujer cananea (Mt 15.21–28; Mr 7.24–30), la mujer que ungió a Jesús en Betania (Mt 26.6–13; Mr 14.3–9), la viuda pobre (Mr 12.41–44; Lc 21.1–4) y las mujeres galileas que fueron las primeras testigos de la resurrección de Jesús (Mt 28.1–10; Mr 16.1–8; Lc 24.1–12). Estas historias de vida paradigmáticas expresan que, en efecto, las mujeres aparecen como protagonistas, beneficiarias, discípulas, colaboradoras, lo cual es señal indudable de que la proclamación pública de la buena noticia del reino de Dios pone en tela de juicio y desmantela las diversas violencias que las cosifican y deshumanizan.
El testimonio de los evangelios
Cada evangelio tiene historias particulares de mujeres de distinto trasfondo en las que ellas son protagonistas centrales, antes que personajes de relleno, accidentales, anecdóticos o periféricos. Esta es una realidad que indica que para los autores de los evangelios las mujeres fueron sujetos del amor especial de Jesús y beneficiarias de sus acciones liberadoras, además de discípulas, colaboradoras y mensajeras.
Mateo, en la genealogía de Jesús (Mt 1.1–17), registra que entre los antepasados del Mesías había mujeres extranjeras (Tamar, Rahab, Ruth, Betsabé) y de dudosa reputación moral (Tamar, Rahab, Betsabé, María). Con esta información única que no se encuentra ni en Marcos ni Lucas, remarca que Dios es Dios de todos los pueblos, razas y culturas. Acentúa, además, que la buena noticia de salvación está al alcance de todas las personas, cualquiera sea su trasfondo social, cultural o religioso.
Marcos destaca especialmente a las mujeres galileas, subrayando que habían estado con Jesús en Galilea y que lo habían acompañado hasta Jerusalén, como discípulas y servidoras (Mr 15.41). Registra tanto su presencia en la crucifixión de Jesús como en su resurrección (Mr 15.40–41; 16.1–11). Menciona con nombre propio a varias de las discípulas y servidoras galileas: María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé (Mr 15.40–41; 16.1, 9), precisando además que hubo otras mujeres discípulas de Jesús: «… y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén» (Mr 15.41). ¿Cuántas fueron, además de las mujeres mencionadas con nombre propio, las discípulas galileas de Jesús? Ni Marcos ni los otros evangelios responden directamente esta pregunta; sin embargo, se puede inferir que no fueron pocas las que se integraron al movimiento de Jesús y que participaron activamente en él de manera pública y comprometida. Lucas 8.1–3 es un claro ejemplo de esa realidad.
Juan, en el evangelio que lleva su nombre, por su parte, registra la historia del encuentro del Mesías con una mujer samaritana (Jn 4.1–42). Con esta historia registrada únicamente por él, resalta que Jesús no margina ni discrimina a nadie. Indica además que, con sus palabras y gestos de amor y justicia, rompe con todo tipo de prejuicios y derriba los muros culturales y religiosos que separan a las personas. Juan brinda también información valiosa sobre la amistad que unía a Jesús con Lázaro y sus hermanas Marta y María (Jn 11.1–44), destacando las palabras y las acciones de estas como señal expresa de que las mujeres tienen voz propia en la comunidad de Jesús.
Aunque para algunos, teniendo en cuenta, entre otros relatos, la mención en la genealogía del Mesías a cinco mujeres, cuatro extranjeras y cuatro con una conducta indeseable (Mt 1.1–17), Mateo sería más favorable a las mujeres; para otros, sería más bien el Evangelio de Juan, el cual pone énfasis en el trato favorable que Jesús dio a las mujeres, porque registra su encuentro paradigmático con una mujer samaritana (Jn 4.1–42), el relato de la mujer adúltera perdonada públicamente por Él (Jn 8.1–11) y el relato de su diálogo teológico significativo con Marta, la hermana de Lázaro (Jn 11.20–27).5 Sin embargo, a diferencia de los otros evangelios, Lucas tiene información valiosa, única y paradigmática acerca de la amistad especial de Jesús con las mujeres, particularmente con las discípulas galileas. Este énfasis lucano nos servirá de piso teológico para reflexionar sobre el protagonismo de las mujeres galileas como modelo de discípulas y colaboradoras fieles, combativas, coherentes y comprometidas.
De la perspectiva lucana acerca de las discípulas galileas, se enfatiza lo siguiente:
Lucas describe a estas mujeres discípulas en el contexto galileo (Lc 8.1–3). Puntualiza que viajaban con Jesús y con los Doce y que los sostenían materialmente, lo cual parece indicar su alta posición social y económica. Estas mujeres aparentemente se hicieron discípulas de Jesús como consecuencia de la sanidad que habían recibido de parte de él. (Scholer 1992: 882)
Las mujeres galileas, entonces, desde la situación de opresión e indefensión en la que se encontraban, fueron capaces de revertir esa realidad, caminando al lado del Mesías que las había liberado para que vivieran como personas dignas y libres en un mundo de opresión y de desniveles inmensos entre hombres y mujeres. Mujeres dignas y libres cuyo presente y futuro comenzó a cambiar desde el momento en que escucharon la buena noticia del reino de Dios; una buena noticia de liberación que le dio un nuevo sentido a sus vidas, una calidad de vida completamente diferente, así como la garantía de un futuro distinto del que le ofrecía la sociedad patriarcal del primer siglo.
Las mujeres en el Evangelio de Lucas
Si bien Mateo, Marcos y Juan en sus relatos acerca de Jesús registran historias en las que claramente Jesús tiene un trato preferencial con las mujeres, a diferencia de estos, Lucas va más allá, pues las coloca como protagonistas activas en la historia de Cristo. En el tercer evangelio ellas no son simples espectadoras, personajes secundarios, accesorios desechables o material de relleno. En el evangelio lucano las mujeres no son ninguneadas o tratadas como sobrantes, nunca están calladas, y no son amordazadas o invisibilizadas. Hablan con su silencio o con su voz, con sus gestos y con sus palabras, con su compromiso firme con la vida. Participan activamente en el movimiento de Jesús como discípulas, mensajeras y colaboradoras. Son puestas como ejemplo y modelo de confianza en Dios, estuvieron al pie de la cruz y fueron testigos de la resurrección.
De acuerdo con el testimonio lucano, Jesús las recibe en la comunidad de discípulos como iguales a los hombres en valor y dignidad, camina con ellas en lugares públicos y, a diferencia de los rabinos judíos de aquel tiempo,6 las acepta y reconoce como discípulas y colaboradoras. En otras palabras:
Jesús atraviesa ciudades y aldeas rodeado de los Doce y de algunas mujeres, que se han beneficiado de su poder taumatúrgico. Entre ellas, María de Magdala, Juana de Cusa, que estarán en el calvario, y Susana […]. Mujeres ricas asisten a Jesús y a los Doce con sus bienes. Jesús y los Doce no han rechazado la limosna para dedicarse libremente al servicio de Dios. (Rigaux 1973: 132)
De manera más precisa:
El Evangelio de Lucas tiene un gran interés en las mujeres en la vida y ministerio de Jesús, incluyendo varias historias y relatos sobre mujeres, únicos en su descripción. Lucas proporciona, además, más que los otros Evangelios, el nombre específico de mujeres en la vida de Jesús […]. El lugar de la mujer en el discipulado es enfatizado particularmente en Lucas, tanto en sus declaraciones generales (Lc 8.19–21; 11.27–28), en la historia de María y Marta (Lc 10.38–42) y en la información de las mujeres discípulas que viajaban con Jesús (Lc 8.1–3) y que son descritas en los relatos relacionados con la pasión y resurrección de Jesús (Lc 23.49; 23.55). Algunos de estos relatos son exclusivamente lucanos (Lc 8.1–3; 10.38–42; 11.27–28) […]. (Scholer 1992: 886)
Se afirma además que:
Lucas, especialmente sensible en este aspecto, destaca la presencia de mujeres como acompañantes y discípulas de Jesús (cf. Lc 8.1–3; 23.49). El solo hecho de que hubiera mujeres colaborando con Jesús nuestra la originalidad de su actitud […]. (Gutiérrez 2004: 317)
Además, dos parábolas exclusivamente lucanas en las que mujeres son protagonistas centrales expresan también que tienen iniciativa, decisión, coraje y esperanza para cambiar las situaciones de desventaja, opresión y maltrato en las que se encontraban (15.8–10; 18.1–8). La mujer que diligentemente buscó una moneda extraviada hasta encontrarla (15.8–10) y la viuda que insistentemente buscó y consiguió justicia en una realidad de exclusión y marginación (18.1–8) dan cuenta de las características particulares de las mujeres combativas y respondonas, como las galileas, que se encuentran también en las historias de mujeres que Lucas presenta en su historia de Jesús.
Historias de vida significativas
Lucas en su evangelio, además de destacar el protagonismo de mujeres como Elisabet, María y Ana en el evangelio de la infancia (1–2), registra también tres experiencias significativas que no se encuentran en los otros evangelios conectadas con el trato preferencial que Jesús tuvo con las mujeres: la resurrección del hijo de la viuda de Naín (7.11–17), su visita a la casa de Lázaro, Marta y María (10.38–42) y la sanidad de la mujer encorvada (13.10–17). Cada una de estas historias acentúa las acciones liberadoras en favor de las mujeres, así como la crítica frontal de Jesús a las prácticas deshumanizadoras en contra de la mujer que existían en la sociedad patriarcal judía del primer siglo.
