Divina Comedia - Dante Alighieri - E-Book

Divina Comedia E-Book

Dante Alighieri

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Beschreibung

La "Divina Comedia" es la obra cumbre del poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321), y fue completada en 1320, un año antes de su muerte. Es considerada por muchos como la primera gran obra italiana y responsable de estandarizar el idioma italiano. También es reconocida como una joya de la literatura universal. La "Divina Comedia" narra la historia del propio autor en su viaje a través del infierno, el purgatorio y el paraíso, en búsqueda de Beatriz, su amor, y guiado por Virgilio, el poeta romano. Durante el largo y tortuoso camino, Dante encuentra a figuras de la historia italiana, sufriendo por sus pecados o disfrutando de la gloria de Dios, al tiempo que describe la composición y estructura del infierno, el purgatorio y el paraíso. Parte poema épico, alegoría y tratado de teología, Dante explora una serie de temas sobre la naturaleza del hombre, las instituciones humanas y el estado del mundo y la sociedad en la que vivió, sirviendo casi de profeta de lo que vendría con el Renacimiento. El presente volumen recoge la historia en su totalidad con ilustraciones de Gustave Doré.

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© Plutón Ediciones X, s. l., 2020

Traducción: Celia Akram

Diseño de cubierta y maquetación: Saul Rojas

Edita: Plutón Ediciones X, s. l.,

E-mail: [email protected]

http://www.plutonediciones.com

Impreso en España / Printed in Spain

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

I.S.B.N: 978-84-18211-36-2

Estudio Preliminar

Se trata de un enorme poema épico-alegórico (nada menos que 14.333 versos endecasílabos, distribuidos en cien cantos: treinta y cuatro para el Infierno, treinta y tres para el Purgatorio y treinta y tres para el Paraíso) escrito por el florentino Dante Alighieri (1265 – 1321) en el exilio. Iniciado quizás hacia 1304 y finalizado en 1321, poco antes de la muerte de su autor.

Reproducido en numerosos manuscritos, se imprimió por primera vez en 1472 y desde entonces ha conocido innumerables ediciones, tanto en su texto original italiano, como en sus numerosas traducciones a la mayoría de las lenguas del mundo, así como versiones en prosa para su mejor comprensión y amenidad lectora.

La obra en rigor carece de título, porque comedia, en realidad, no es más que el subtítulo que indica al género literario a que pertenece, con un comienzo infausto y un final feliz. Fue Boccaccio el que le añadió el adjetivo de Divina por primera vez y no se generalizó hasta la edición veneciana de 1555.

Su estructura es sorprendente, matemática, cabalística. Tres personajes principales: Dante que simboliza al hombre; el poeta romano Virgilio, que representa la razón y su amada Beatriz, que encarna la fe. Tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. A su vez el Infierno se divide en nueve círculos, el Purgatorio en nueve partes y el Paraíso en nueve cielos. Además hay tres tipos de condenados en el Infierno, tres grupos de almas en el Purgatorio y tres clases de bienaventurados en el cielo. El tres es repetido hasta la saciedad como símbolo de la perfección y de la trinidad cristiana.

El contenido del poema se trata de un tema frecuente en la literatura medieval: un viaje al mundo de ultratumba con precedentes en la tradición clásica (Odisea, Eneida) y relacionado también con la literatura escatológica (El Apocalipsis) y las visiones legendarias (Navegación de SanBrandán, Purgatorio de San Patricio, etc.), abundantes sobre todo en el Norte de Europa y también, fuentes árabes (Libro de la Escala).

El poeta narra en primera persona una visión que se sitúa en la semana santa del año 1300, cuando él contaba con 35 años y “en la mitad del camino de la vida” (según propia expresión) se encontró extraviado en una selva oscura (la de los vicios humanos) y amedrentado por la amenaza de unas fieras que simbolizan los pecados capitales. Por intercesión de su amada Beatriz, que se halla en el Paraíso, acude en su ayuda el poeta Virgilio, considerado en la Edad Media como profeta (la sabiduría humana) que guía al poeta por el Infierno y Purgatorio hasta el Paraíso en el que el poeta purificado entra en él acompañado de su amada Beatriz, ya que Virgilio, por su condición de pagano queda relegado al Limbo. En el Paraíso, Beatriz y Dante se extasían ante la contemplación de la Santísima Trinidad, ayudados por la mística (San Bernardo).

Dante en su grandioso poema consiguió dar forma plástica a las ideas de Santo Tomás que cristianizó a Aristóteles. Sin embargo, la Divina Comedia no es una simple exposición de las ideas científicas del momento, ni de las doctrinas escolásticas del siglo XIII, sino una extraordinaria obra de arte en una de las lenguas románicas más musicales: el italiano (en su versión toscana). El autor emplea intensamente su fantasía imaginando ambientes y escenas dotadas de un atroz dramatismo en el Infierno, de una exquisita dulzura en el Purgatorio y de una resplandeciente belleza en el Paraíso, intentando reparar (ya lo había hecho en La Vida Nueva) el despecho por Beatriz (al haberse casado con otra, por imperativo paterno).

Pretensión que sirvió además a Dante para atacar implacablemente las bajas pasiones de su tiempo, las inútiles guerras de banderías desde las de su ciudad natal a las del resto del territorio italiano, la necia pugna por el Papado, el Imperio, pasiones que agranda (o no) en sus enemigos políticos a los que sin remisión, sitúa en el Infierno y al mismo tiempo para cantar con fervoroso entusiasmo el amor de Dios y los más nobles y puros impulsos del alma, personalizadas por él en la figura de Beatriz. Dante sintió ambas cosas con tanta fuerza que su obra se halla llena de la más viva emoción. Su poema es comparado con una catedral gótica por su grandeza y elevación espiritual.

La obra plantea conflictos eternos: la lucha entre la fe y la razón; la pugna entre la nada y la inmortalidad; la diatriba entre la predestinación y el libre albedrío; habla de la influencia de los astros y de la capacidad del ser humano, gracias a su inteligencia de sobreponerse a su destino. Temas todos que comenzaban a aflorar en el pensamiento bajomedieval y que anunciaban ya la eclosión del Renacimiento.

En la maestría con que Dante combina estos elementos radica el éxito de la obra, pero también en el dominio del lenguaje. Dante es un maestro capaz de transmitir con tremenda fuerza expresiva, tanto lo más abyecto, como lo más admirable. Por todo ello, la Divina Comedia es considerada la obra maestra de la literatura italiana y una de las cumbres de la universal. Y su autor uno de los vértices de la tríada magistral con Petrarca y Boccaccio.

Durante su viaje a las regiones de ultratumba, en los distintos círculos que componen cada reino, Dante coloca a figuras sobresalientes de su tiempo y de todas la épocas, y las juzga a la luz de la filosofía y de la moral cristianas, las condena o las exalta. Pero jamás se muestra ajeno al dolor y a la desgracia de los condenados.

Reyes, Papas, emperadores, guerreros, políticos, mujeres, figuras míticas… Dante los sitúa en inmensos frescos (como hicieron ilustradores y pintores de todos los tiempos y países): sombrío y trágico el Infierno, en el que se castigan los delitos y vicios de la humanidad; sereno y tierno el segundo, mostrando cómo a través del dolor y de la purificación se nos prepara a la contemplación de Dios, que culmina en el tercer reino resplandeciente de luz y de gloria.

El mundo al que la Divina Comedia nos transporta es visible a los ojos de la imaginación y la fe. No está poblado de sombras metafísicas, sino de realidades humanas y sobrenaturales, pero igualmente vivas y concretas: toda una mitología popular creada antes del poeta, responde de sus más audaces invenciones, una filosofía que en sus últimas conclusiones, había llegado a ser también popular, se viste en sus versos de músculo y de sangre; su Infierno en trasunto de la tierra tuvo Dante, además de la superioridad del genio, la superioridad del argumento, que es a un tiempo humano y divino, por eso dijo que “en su obra pusieron mano cielo y tierra”.

El Infierno, la parte más accesible, “entretenida” y estremecedora, se halla dedicado a la Política, en él da desahogo el poeta a sus odios y preferencias partidistas. El Purgatorio es un canto sublime al amor puro que ensalza la figura de Beatriz por encima de las estrellas hasta colocarla entre los ángeles del Señor. El Paraíso con sus resplandores de hoguera, se haya consagrado a la Teología, el conocimiento de la Divina Comedia.

Infierno

Canto I: Proemio General

A mitad del camino de nuestra vida, en una selva oscura me encontraba porque mi senda había extraviado1. ¡Cuán penosa cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y salvaje que me vuelve el recuerdo al pensamiento! Es tan amarga casi cual la muerte; pero por tratar del bien que allí encontré, de otras cosas diré que me ocurrieron.

Yo no sé explicar cómo entré en ella pues tan dormido me hallaba en el punto que abandoné la senda verdadera. Pero cuando hube llegado al pie de una cuesta, allí donde aquel valle terminaba que el corazón me había llenado de terror, hacia lo alto miré, y vi que su cima ya vestían los rayos del planeta2 que lleva recto por cualquier camino.

Entonces se calmó algo aquel miedo, que en el lago del alma había entrado la noche que pasé con tanta angustia. Y como quien con aliento anhelante, ya salido del marasmo cenagoso a la orilla, se vuelve y mira al agua peligrosa, tal mi ánimo, huyendo todavía, se volvió por mirar de nuevo el sitio que a los que viven traspasar no deja. Tras reposar un poco el cuerpo fatigado, seguí el camino por la estéril loma, siempre afirmando el pie de más abajo. Y vi, casi al principio de la cuesta, una pantera3 ligera y muy veloz, que de una piel con pintas se cubría; y de delante no se me apartaba, pero de tal modo me cortaba el paso, que en muchas ocasiones quise dar la vuelta. Entonces empezaba un nuevo día, y el Sol se alzaba a la vez que las estrellas que junto a él el gran amor divino sus bellezas movió por vez primera; así es que no auguraba nada malo de aquella fiera de la piel manchada la hora del día y la dulce estación; pero no tal que terror no produjese la imagen de un león4 que después apareció a mi vista.

Me pareció que contra mí venía, con la cabeza erguida y hambre fiera, y hasta temerle parecía el aire. Y una loba5 que todo el apetito parecía cargar en su debilidad, que ha hecho vivir a muchos en la miseria. Tantos pesares esta me produjo, con el pavor que verla me causaba que perdí la esperanza de alcanzar la cima. Y como aquel que alegre se hace rico y llega luego un tiempo en que se arruina, y en todo pensamiento sufre y llora: tal la bestia me hacía sin dar tregua, pues, viniendo hacia mí muy lentamente, me empujaba hacia allí donde el Sol no brilla. Mientras que yo bajaba por la cuesta, se me apareció delante de los ojos alguien que, en su silencio, creí mudo.

Cuando vi a ese en aquel gran desierto «Apiádate de mí —yo le grité—, seas quien seas, sombra u hombre vivo». Me dijo: «Hombre no soy, mas hombre fui, y a mis padres dio cuna Lombardía pues Mantua fue la patria de los dos. Nací bajo Julio César, aunque tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto: tiempos de falsos dioses engañosos. Poeta fui, y canté de aquel justo hijo de Anquises6 que regresó de Troya, cuando Ilión la soberbia fue abrasada. ¿Por qué retornas a tan grande pena, y no asciendes al monte deleitoso que es principio y razón de toda alegría?».

«¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente de quien mana tal río de elocuencia? —respondí yo con frente turbada—. Oh luz y honor de todos los poetas, válgame el gran amor y el gran trabajo que me han hecho estudiar tu gran volumen. Eres tú mi modelo y mi maestro; el único eres tú de quien tomé el dulce estilo que me ha dado honra. Mira la fiera por la cual me he vuelto: sabio famoso, de ella ponme a salvo, pues hace que me tiemblen pulso y venas».

«Es preciso que sigas otra ruta —me repuso después que vio mi llanto—, si quieres huir del lugar salvaje; pues esta bestia, que gritar te hace, no deja a nadie andar por su camino, mas tanto se lo impide que los mata; y es su instinto tan cruel y tan perverso, que nunca sacia su ansia codiciosa y después de comer más hambre aún tiene. Con muchos animales se une, y serán muchos más hasta que venga el mastín que la hará morir con dolorosa muerte. Este no comerá tierra ni metal, sino virtud, amor, sabiduría, y su cuna estará en la pobreza. Ha de salvar a aquella humilde Italia por quien murió Camila, la doncella, Turno, Euríalo y Niso con heridas7. Este la arrojará de pueblo en pueblo, hasta que dé con ella en el abismo, del que la hizo salir el Envidioso. Por lo que, por tu bien, pienso y decido que vengas tras de mí, y seré tu guía, y he de llevarte por lugar eterno, donde oirás el lamento desesperado, verás, desconsolados, las antiguas sombras, gritando todas la segunda muerte; y podrás ver a aquellas que contenta el fuego, pues confían en llegar a bienaventuras cualquier día; y si ascender deseas junto a estas, más digna que la mía allí hay un alma: te dejaré con ella cuando marche8; que aquel Emperador que arriba reina, puesto que yo a sus leyes fui rebelde, no quiere que por mí a su reino subas. En toda parte impera y allí rige; allí está su ciudad y su alto trono. ¡Cuán feliz es quien él allí llama!».

Yo contesté: «Poeta, te suplico por aquel Dios que tú no conociste, para huir de este o de otro peor mal, que me lleves allí donde me has dicho, y pueda ver la puerta de San Pedro9 y aquellos infelices de que me hablas». Entonces se echó a andar, y yo le seguí.

Canto II: Proemio del Infierno

El día declinaba, el aire oscuro a los seres que habitan en la tierra invitaba a descansar; y yo solo me disponía a sostener los combates, contra el camino y contra el sufrimiento que sin errar evocará mi mente. ¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme! ¡Memoria que escribiste lo que vi, aquí se advertirá tu gran nobleza!

Yo empecé diciendo: «Poeta que me guías, mira si mi virtud es suficiente antes de comenzar tan ardua empresa. Tú explicaste que el padre de Silvio10, sin estar todavía corrupto, al inmortal reino llegó, y lo hizo en cuerpo y alma. Pero si el adversario de todos los males le hizo el favor, pensando el alto efecto que de aquello saldría, el qué y el cuál, no le parece indigno al hombre sabio; pues fue de la alma Roma y de su imperio escogido por padre en el Empíreo. La cual y el cual, a decir la verdad, como el lugar sagrado fue elegida, que habita el sucesor del mayor Pedro. En el viaje por el cual le alabas escuchó cosas que fueron motivo de su triunfo y del manto de los papas. Allí fue luego el Vaso de Elección, para llevar conforto a aquella fe que de la salvación es el principio. Pero yo, ¿por qué he de ir? ¿Quién me lo discute? Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas: y ni yo ni los otros me creen digno. Pues temo, si me entrego a ese viaje, que ese camino sea una locura; eres sabio; ya entiendes lo que callo». Y cual quien ya no quiere lo que quiso cambiando el parecer por otro nuevo, y deja a un lado aquello que ha empezado, así hice yo en aquella playa oscura: porque, al pensarlo, abandoné la empresa que tan aprisa había comenzado.

«Si he comprendido bien lo que me has dicho —contestó del magnánimo la sombra— la cobardía te ha atacado el alma; la cual estorba al ser humano muchas veces, y de empresas honradas le desvía, cual reses que ven cosas en la sombra. Para librarte de este miedo, te diré por qué vine y qué entendí desde el momento en que lástima te tuve. Me encontraba entre las almas suspendidas y me llamó una dama tan pura y bella, de forma que a sus órdenes me puse. Brillaban sus pupilas más que los luceros; y a hablarme comenzó, clara y suave, angélica voz, en este modo:

“Alma cortés de Mantua, de la cual aún en el mundo dura la fama, y ha de durar a lo largo del tiempo: mi amigo, pero no de la ventura, tal obstáculo encuentra en su camino por la desierta playa, que asustado vuelve: y temo que se encuentre tan perdido que tarde me haya dispuesto al socorro, según lo que escuché de él en el cielo. Ve pues, y con palabras elocuentes, y cuanto en su remedio necesite, ayúdale, y consuélame con ello. Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar; vengo del sitio al que volver deseo; amor me mueve, amor me lleva a hablarte.

Cuando vuelva a presencia de mi Dueño le hablaré bien de ti frecuentemente.” Entonces se calló y yo le respondí: “Oh dama de virtud por quien supera tan solo el ser humano cuanto se contiene con bajo el cielo de esfera más pequeña, de tal modo me agrada lo que mandas, que obedecer, si fuera ya, es ya tarde; no tienes más que abrirme tu deseo. ¿Pero dime la razón que no te impide descender aquí abajo y a este centro, desde el lugar al que volver deseas con tanta vehemencia?”

“Lo que quieres saber tan por entero, te diré brevemente —me replicó— por qué razón no temo haber bajado. Temer se debe solo a aquellas cosas que pueden causar algún tipo de perjuicio; pero a las otras no, pues mal no provocan. Dios con su gracia me ha hecho de tal manera que la miseria vuestra no me contagia, ni llama de este incendio me consume. Una dama gentil hay en el cielo que compadece a aquel a quien te envío, mitigando allí arriba el duro juicio11. Esta llamó a Lucía12 a su presencia; y dijo: ‘necesita tu devoto ahora de ti, y yo a ti te lo encomiendo’. Lucía, que aborrece el sufrimiento, se alzó y vino hasta el sitio en que yo estaba, sentada al par de la bíblica Raquel13. Dijo: ‘Beatriz, del Dios verdadera alabanza, ¿cómo no ayudas a quien te amó tanto, y por ti se apartó de los vulgares? ¿Es que no escuchas su llanto angustioso? ¿No ves la muerte que ahora le amenaza en el torrente al que el mar no supera?’. No hubo en el mundo jamás persona tan ligera, buscando el bien o huyendo del peligro, como yo al escuchar esas palabras. Acá bajé desde mi dulce escaño, confiando en tu discurso virtuoso que te honra a ti y aquellos que lo han escuchado.”

Después de que dijera estas palabras volvió llorando sus brillantes ojos, haciéndome venir todavía más presuroso; y vine a ti como ella lo quería; te aparté de delante de la fiera, que alcanzar te cerraba el monte bello. ¿Qué te ocurre pues?, ¿por qué, por qué vacilas?, ¿por qué tal cobardía hay en tu corazón?, ¿por qué no tienes osadía ni arrojo? Si en la corte del cielo te apadrinan tres mujeres tan bienaventuradas, y mis palabras tanto bien prometen». Cual florecillas, que el nocturno hielo abate y cierra, luego se levantan, y se abren cuando el Sol las ilumina, así hice yo con mi ánimo abatido; y tanto se encendió mi corazón, que exclamé como alguien valeroso: «¡Ah, cuán piadosa aquella que me ayuda! y tú, cortés, que pronto obedeciste a quien dijo palabras verdaderas.

El corazón me has puesto tan ansioso de echar a andar con eso que me has dicho que he vuelto ya a la decisión primera. Vamos, que mi deseo es como el tuyo. Sé mi guía, mi señor, y mi maestro». Así le dije, y en cuanto echó a andar, entré por el camino difícil y silvestre.

Canto III: La Puerta del Infierno

Por mí se va hasta la ciudad doliente, por mí se va al eterno sufrimiento, por mí se va a la raza condenada.

La justicia movió a mi alto arquitecto. Me hizo la divina potestad14, el saber sumo15 y el amor primero16.

Antes de mí no fue cosa creada sino lo eterno y duro eternamente. Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza.

Estas palabras sombrías vi escritas en lo alto de una puerta; y yo: «Maestro, me espanta su sentido». Y, cual persona prudente, él me repuso: «Debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte aquí a tu cobardía. Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás gente dolorida, que perdieron el bien del intelecto». Después tomó mi mano con la suya con gesto alegre, que me reanimó, y en las cosas secretas me introdujo.

Allí suspiros, llantos y crispados ayes resonaban al aire sin estrellas, y yo me eché a llorar al escucharlo. Diversas lenguas, espantosas blasfemias, palabras de dolor, acentos de ira, roncos gritos al son de manotazos, un tumulto formaban, el cual gira siempre en el aire eternamente oscuro, como arena al soplar el torbellino. Con el terror ciñendo mi cabeza dije: «Maestro, ¿qué es lo que yo escucho, y quiénes son estos que el dolor les vence?».

Y él me repuso: «Esta mísera suerte tienen las tristes almas de esa gente que vivió sin gloria y sin infamia. Están mezcladas con el coro infame de ángeles que no se rebelaron, no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos. Los castigó el cielo, porque menos bello no sea, y el Infierno los rechaza, pues podrían dar gloria a los caídos». Y yo: «Maestro, ¿qué les pesa tanto y provoca lamentos tan amargos?». Respondió: «Brevemente he de decirlo. No tienen estos de muerte esperanza, y su vida empecinada es tan rastrera, que envidiosos están de cualquier suerte. Ya no tiene memoria el mundo de ellos, compasión y justicia les desprecia; de ellos no hablemos, sino mira y pasa».

Y entonces pude ver un estandarte, que corría girando tan deprisa, que parecía indigno de reposo. Y venía detrás tan larga fila de gente, que creído nunca hubiera que hubiese a tantos la muerte deshecho. Y tras haber reconocido a alguno, vi y conocí la sombra del que hizo por cobardía aquella gran renuncia17. Al punto comprendí, y estuve cierto, que esta era la secta de los reos a Dios y a sus contrarios desagradables.

Los desgraciados, que nunca vivieron, iban desnudos y azuzados siempre de moscones y avispas que allí había. Estos de sangre el rostro les bañaban, que, mezclada con llanto, asquerosos gusanos a sus pies la recogían.

Y después que a mirar me puse a otros, vi gente en la orilla de un gran río y yo dije: «Maestro, te suplico que me digas quiénes son, y qué designio les hace tan ansiosos de cruzar como puedan entre la luz escasa». Y él repuso: «La cosa he de contarte cuando hayamos parado nuestros pasos en la triste ribera de Aqueronte18».

Con los ojos ya bajos de vergüenza, temiendo molestarle con preguntas dejé de hablar hasta llegar al río. Y he aquí que viene en bote hacia nosotros un anciano cano de cabello antiguo, gritando: «¡Ay de vosotras, almas perversas! No esperéis nunca contemplar el cielo; vengo a llevaros hasta la otra orilla, a la eterna tiniebla, al hielo, al fuego. Y tú que aquí te encuentras, alma viva, aparta de estos otros ya difuntos». Pero viendo que yo no me marchaba, dijo: «Por otra vía y otros puertos a la playa has de ir, no por aquí; una más leve barca tendrá que llevarte».

Y el guía a él: «Caronte, no te irrites: así se quiere allí donde se puede lo que se quiere, y más no me preguntes». Las peludas mejillas del barquero de la pálida laguna, cuyos ojos rodeaban las llamas, se aplacaron. Pero las almas desnudas y contritas, cambiaron el color y rechinaban, cuando escucharon las palabras juiciosas. Blasfemaban de Dios y de sus padres, de la hora en que nacieron y la simiente que los sembrara, y de la especia humana. Luego se recogieron todas juntas, llorando fuerte en la orilla malvada que aguarda a todos los que a Dios no temen. Caronte, demonio, con ojos de fuego, llamándolos a todos recogía; da con el remo si alguno se sienta. Como en otoño caen las hojas unas tras otras, hasta que la rama ve ya en la tierra todos sus despojos, de este modo de Adán las malas siembras, se arrojan de la orilla de una en una, a la señal, cual pájaro que acude al reclamo.

Así se fueron por las negras ondas, y aún antes de que hubieran descendido a la otra orilla ya un nuevo grupo se había formado.

«Hijo mío —dijo el maestro amablemente— los que maldiciendo a Dios hallan la muerte, llegan aquí de todos los países: y están ansiosos de cruzar el río, pues la justicia santa les empuja, y así el temor se transforma en deseo. Aquí no cruza nunca un alma justa, por lo cual si Caronte de ti se enfadó, comprenderás qué cosa significa».

Y dicho esto, la región sombría tembló con fuerza tal, que del espanto la frente de sudor aún se me baña. La tierra anegada en llanto lanzó un viento que hizo brillar un relámpago rojo y, venciéndome todos los sentidos, me caí como el hombre rendido por el sueño.

Canto IV: Primer Círculo - El Limbo

Rompió el profundo sueño de mi mente un pavoroso trueno, de modo que cual hombre que a la fuerza despierta, me repuse; la vista recobrada volví en torno ya puesto en pie, mirando fijamente, pues quería saber en dónde estaba. En verdad que me hallaba justo al borde del valle del sufriente abismo, que atronaba con ayes infinitos. Oscuro y profundo era y nebuloso, de modo que, aun mirando fijo al fondo, no distinguía allí cosa ninguna.

«Bajemos ahora al ciego mundo —dijo el poeta todo pálido—: yo iré primero y tú vendrás detrás». Y al darme cuenta yo de su color, dije: «¿Cómo he de continuar si tú te asustas, y tú a mis dudas sueles dar consuelo?». Y me dijo: «La angustia de la gente que está aquí en el rostro me ha pintado la piedad que tú piensas que es miedo. Vamos, que largo camino nos espera».

Así me dijo, y así me hizo entrar al primer círculo que el abismo ciñe. Allí, según lo que escuchar yo pude, llanto no había, mas suspiros solo, que al aire eterno le hacían temblar. Lo causaba la pena sin tormento que sufría una grande muchedumbre de mujeres, de niños y de hombres. El buen Maestro a mí: «¿No me interrogas sobre qué espíritus son estos que contemplas? Quiero que sepas, antes de seguir, que no pecaron: y aunque tengan méritos, no son suficientes, pues están sin el bautismo, donde la fe en que crees principio tiene. Al cristianismo fueron anteriores, y a Dios debidamente no adoraron: a estos tales yo mismo soy de ellos. Por tal defecto, no por otra culpa, perdidos somos, y es nuestra condena vivir sin esperanza en el deseo».

Sentí en el corazón un gran dolor, puesto que gentes de mucho valor vi que en el Limbo estaba suspendidos.

«Dime, maestro, dime, mi señor —yo comencé por querer estar cierto de aquella fe que triunfa de todo error—: ¿salió alguno de aquí, que por sus méritos o los de otro, se hiciera luego santo?». Y este, que comprendió mi hablar cubierto, respondió: «Yo era nuevo en este estado, cuando vi aquí bajar a un poderoso, coronado con signos de victoria19.

Sacó la sombra del padre primero20, y las de Abel, su hijo, y de Noé, del legislador Moisés, el obediente; del patriarca Abraham, del rey David, a Israel con sus hijos y su padre, y con Raquel, por la que tanto hizo, y de otros muchos; y les hizo santos; y debes de saber que antes de eso, ni un espíritu humano se salvaba».

No dejamos de andar porque él hablase, más aún por la selva caminábamos, la selva, digo, de almas apiñadas. No estábamos aún muy alejados del sitio en que dormí, cuando vi un fuego, que al fúnebre hemisferio derrotaba.

Aún nos encontrábamos alejados, pero no tanto que en parte yo no viese cuán digna gente estaba en aquel sitio.

«Oh tú que honoras toda ciencia y arte, estos ¿quiénes son, que tal grandeza tienen, que de todos los otros les separa?». Y respondió: «Su honrosa fama, que allí en tu mundo sigue resonando gracia adquiere del cielo y recompensa». Entre tanto una voz pude escuchar: «Honremos al altísimo poeta; vuelve su sombra, que marchado había». Cuando estuvo la voz quieta y callada, observé cuatro grandes sombras que venían: ni triste, ni feliz era su semblante.

El buen maestro empezó a decirme: «Fíjate en ese con la espada en mano, que como señor va delante de ellos: Es Homero, el mayor de los poetas; el satírico Horacio luego viene; tercero, Ovidio; y el último, Lucano.

Y aunque a todos igual que a mí les cuadra el nombre que sonó en aquella voz, me hacen honor, y con esto hacen bien».

Así reunida vi a la escuela bella de aquel señor del altísimo canto, que sobre el resto cual águila vuela.

Después de haber platicado un rato entre ellos, con gesto amistoso me miraron: y mi maestro, en tanto, sonreía. Y todavía aún más honor me hicieron porque me condujeron en su hilera, siendo yo el sexto entre tan grandes genios.

Así caminábamos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es bueno, tal como era el hablarlas allí mismo.

Al pie llegamos de un castillo21 noble, siete veces cercado de altos muros, guardado entorno por un bello riachuelo.

Lo cruzamos igual que tierra firme; crucé por siete puertas con los sabios: hasta llegar a un prado fresco y verde.

Gente había allí de mirar reposado y grave, con gran autoridad en su semblante: hablaban poco, con dulces voces. Nos apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto, tal que ver se podían todos ellos. Erguido allí sobre el esmalte verde, las magnas sombras me fueron mostradas, que de placer me colma haberlas visto.

A Electra22 vi con muchos compañeros, y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas, y armado a César, con ojos de águila. Vi a Pantasilea23 y a Camila24, y al rey Latino vi por la otra parte, que se sentaba con su hija Lavinia. Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino, a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia; y a Saladino vi, que estaba solo.

Y al levantar un poco más la vista, vi al maestro de todos los que saben, sentado en filosófica familia.

Todos le miran, todos le dan honra: y a Sócrates, que al lado de Platón, están más cerca de él que los restantes; Demócrito, que el mundo pone en duda, Anaxágoras, Tales y Diógenes, Empédocles, Heráclito y Zenón; y al que las plantas observó con tino, Dioscórides, digo; y vi a Orfeo, Tulio, Livio y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, a Tolomeo, a Hipócrates, a Galeno y Avicena, y a Averroes que hizo el «Comentario del gran maestro Aristóteles».

No puedo detallar de todos ellos, porque así me encadena el largo tema, que dicho y hecho no se corresponden.

El grupo de los seis se partió en dos: por otra senda me llevó mi guía, de la quietud al aura temblorosa y llegué a un sitio privado totalmente de luz.

Canto V: Segundo Círculo - Los Lujuriosos

Así bajé del círculo primero al segundo que menos espacio ciñe, y tanto más dolor, que al llanto mueve. Allí el horrible Minos25 rechinaba sus dientes.

A la entrada examina los pecados; juzga y ordena el destino del condenado según las vueltas que da su cola.

Digo que cuando un alma mal nacida llega delante, todo lo confiesa; y aquel conocedor de los pecados ve el lugar del Infierno que merece: tantas veces se ciñe con la cola, cuantos grados él quiere que sea colocada.

Siempre delante de él se encuentran muchos; van esperando cada uno su juicio, hablan y escuchan, después las arrojan.

«Oh tú que vienes a la mansión del dolor —me dijo Minos en cuanto me vio, dejando el acto de tan alto oficio—; mira cómo entras y de quién te fías: no te engañe la anchura de la entrada». Y mi guía le replicó: «¿Por qué le gritas tanto? No le entorpezcas su fatal camino; así se quiso allí donde se puede lo que se quiere, y más no me preguntes».

Ahora comienzan las dolientes notas a hacérseme sentir; y llego entonces allí donde un gran llanto me golpea.

Llegué a un lugar de todas luces mudo, que mugía cual mar embravecido en la tormenta, si los vientos contrarios le combaten. La borrasca infernal, que nunca cesa, en su rapiña lleva a los espíritus; volviendo y golpeando les acosa. Cuando llegan delante de la ruina, allí los gritos, el llanto, el lamento; allí blasfeman del poder divino. Comprendí que a tal clase de martirio los lujuriosos eran condenados, que la razón somete al deseo carnal y a sus lascivos apetitos.

Y cual los estorninos forman de alas en invierno bandada larga y prieta, así aquel torbellino a los malos espíritus: arriba, abajo, acá y allí les lleva; y ninguna esperanza les alivia, no de descanso, sino de menor pena.

Y cual las grullas cantando sus tristes acentos largas hileras hacen en el aire, así las vi venir lanzando ayes, a las sombras llevadas por el viento.

Y yo dije: «Maestro, quién es esa gente que el aire negro así castiga?». «La primera de la que las noticias quieres saber —me dijo aquel entonces— fue emperatriz sobre muchos idiomas.

Se inclinó tanto al vicio de lujuria, que la lascivia licitó en sus leyes, para ocultar el asco al que era dada: Semíramis26 es ella, de quien dicen que sucediera a Nino y fue su esposa: mandó en la tierra que el sultán gobierna.

Se mató aquella otra, enamorada, traicionando el recuerdo de Siqueo27; la que sigue es Cleopatra lujuriosa.

A Elena28 ve, por la que tanta víctima el tiempo se llevó, y ve al gran Aquiles que por Amor al cabo combatiera; ve a Paris, a Tristán». Y a más de mil sombras me señaló, y me nombró, a dedo, que Amor de nuestra vida les privara.

Y después de escuchar a mi maestro nombrar a antiguas damas y caudillos, les tuve pena, y casi desfallezco.

Yo comencé: «Poeta, de buena gana hablaría a esos dos que vienen juntos y parecen al viento tan ligeros». Y él a mí: «Los verás cuando ya estén más cerca de nosotros; si les ruegas en nombre de su amor, ellos vendrán».

Tan pronto como el viento allí los trajo alcé la voz: «¡Oh almas en pena!, hablad, si no os lo impiden, con nosotros». Tal palomas llamadas del deseo, al dulce nido con el ala alzada, van por el viento del querer llevadas, ambos dejaron el tropel de Dido y en el aire malsano se acercaron, tan fuerte fue mi grito afectuoso:

«Oh criatura graciosa y compasiva que nos visitas por el aire tenebroso a nosotras que el mundo ensangrentamos; si el Rey del Mundo fuese nuestro amigo rogaríamos de él tu salvación, ya que te apiada nuestro acerbo dolor.

De lo que oír o lo que hablar os guste, nosotros oiremos y hablaremos mientras que el viento, como ahora, calle. La tierra en que nací está situada en la Marina donde el Po desciende y con sus afluentes se reúne29. Amor, que al noble corazón se agarra, a este prendió de la bella persona que me quitaron; aún me ofende el modo. Amor, que a todo amado a amar le obliga, prendió por este en mí pasión tan fuerte que, como ves, aún no me abandona. El Amor nos condujo a morir juntos, y a aquel que nos mató Caína espera». Estas palabras ellos nos dijeron30.

Cuando escuché a las almas doloridas bajé la cabeza y tanto tiempo lo tuve así, que el poeta me dijo al fin: «¿Qué piensas?». Al contestarle comencé: «Qué pena, cuánto dulce pensar, cuánto deseo, a estos condujo a paso tan doloroso». Después me volví a ellos y les dije, y comencé: «Francesca, tus pesares llorar me hacen triste y compasivo; dime, en la edad de los dulces suspiros ¿cómo o por qué el Amor os concedió que conocieses tan turbios deseos?». Y repuso: «Ningún dolor más grande que el de acordarse del tiempo dichoso en la desgracia; y tu guía lo sabe.

Mas si saber la primera raíz de nuestro amor deseas de tal modo, hablaré como aquel que llora y habla: Leíamos un día por deleite, cómo hería el amor a Lanzarote; solos los dos y sin recelo alguno.

Muchas veces los ojos suspendieron la lectura, y el rostro empalidecía, pero tan solo nos venció un pasaje. Al leer que la risa deseada era besada por tan gran amante, este, que de mí nunca ha de apartarse, la boca me besó, todo él temblando. Galeotto31 fue el libro y quien lo hizo; no seguimos leyendo ya ese día».

Y mientras un espíritu así hablaba, lloraba el otro, tal que de piedad desfallecí como si me muriese; y caí como un cuerpo muerto cae.

Canto VI: Tercer Círculo - Los Glotones

Cuando cobré el sentido que perdí antes por la piedad de los cuñados, que todo en la tristeza me sumieron, nuevas condenas, nuevos condenados veía en cualquier sitio en que anduviera y me volviese y a donde mirase. Era el tercer círculo, el de la lluvia eterna, maldecida, fría y densa: pertinaz y constante, sin cambiar nunca. Grueso granizo, y agua sucia y nieve descienden por el aire tenebroso; hiede la tierra cuando esto recibe. Cerbero32, fiera monstruosa y cruel, caninamente ladra con tres fauces sobre la gente que aquí es sumergida. Rojos los ojos, la barba cerdosa y negra, y ancho su vientre, y uñosas sus manos: clava a las almas, desgarra y descuartiza. Los hace aullar la lluvia como a perros, de un lado hacen al otro su refugio, los míseros condenados se revuelven sin cesar.

Al advertirnos Cerbero, el gran gusano, la boca abrió y nos mostró los colmillos, no había un miembro que tuviese quieto.

Extendiendo las palmas de las manos, cogió tierra mi guía y a puñadas la tiró dentro de las fauces de la fiera.

Cual hace el perro que ladrando rabia, y mordiendo comida se apacigua, que ya solo se afana en devorarla, de igual manera las bocas impuras del demonio Cerbero, que así aturde las almas, que quisieran verse sordas.

Pasábamos sobre sombras agobiadas la densa lluvia, poniendo las plantas en sus fantasmas que parecen cuerpos.

En el suelo yacían todas ellas, salvo una que se alzó a sentarse al punto que pudo vernos pasar por delante.

«Oh tú que a estos infiernos te han traído —me dijo— reconóceme si puedes: tú fuiste, antes que yo deshecho, hecho». «La angustia que tú sientes —yo le dije— tal vez te haya sacado de mi mente, y así creo que no te he visto nunca.

Dime quién eres pues que en tan doloroso lugar te han puesto, y a tan grandes males, que si hay más grandes no serán tan tristes».

Y él me contestó «Tu ciudad, que tan repleta, de envidia está que ya rebosa el saco, en sí me tuvo en la vida serena.

Los ciudadanos Ciacco33 me llamasteis; por la dañosa culpa de la gula, como estás viendo, en la lluvia me arrastro.

Mas yo, alma triste, no me encuentro sola, que estas se hallan en pena semejante por semejante culpa», y más no dijo.

Yo le repuse: «Ciacco, tu sufrimiento tanto me pesa que de llanto me llena, pero dime, si sabes, qué han de hacerse de la ciudad partida los vecinos, si alguno es justo; y dime la razón por la que tanta guerra la ha asolado».

Y él a mí: «Tras de largas disensiones ha de haber sangre, y el bando salvaje echará al otro con grandes ofensas; después será preciso que este caiga y el otro ascienda, después de tres soles, con la fuerza de Aquel que tanto alaban34.

Alta tendrá largo tiempo la frente, teniendo al otro bajo grandes pesos, por más que de esto se avergüence y llore.

Hay dos justos35, mas nadie les escucha; son avaricia, soberbia y envidia las tres antorchas que arden en los pechos». Puso aquí fin a la lagrimosa perorata.

Y yo le dije: «Aún quiero que me informes, y que me hagas merced de más palabras; Farinatta y Tegghiaio, tan honrados, Jacobo Rusticucci, Arrigo y Mosca36, y los otros que en bien obrar pensaron, dime en qué sitio están y hazme saber, pues me aprieta el deseo, si el Infierno los amarga, o el cielo los endulza». Y aquel: «Están entre las más perversas almas; culpas varias al fondo los arrojan; los podrás ver si sigues más abajo.

Pero cuando hayas vuelto al dulce mundo, te pido que a otras mentes me recuerdes; más no te digo y más no te respondo».

Entonces desvió los ojos fijos, me miró un poco, y agachó la cara; y a la par que los otros cayó ciego.

Y el guía dijo: «Ya no se levanta hasta que suene la angélica trompa del juicio, y venga la enemiga potestad del pecado.

Cada cual regresará a su triste tumba, retomarán su carne y su apariencia, y oirán aquello que atruena por siempre». Así pasamos por la sucia mezcla de sombras y de lluvia a paso lento, tratando sobre la vida futura.

Y yo dije: «Maestro, estos tormentos ¿crecerán después de la gran sentencia, serán menores o tan dolorosos?». Y él contestó: «Recurre a lo que sabes37: pues cuanto más perfecta es una cosa más siente el bien, y el dolor de igual modo.

Y por más que esta gente maldecida la verdadera perfección no encuentre, entonces, más que ahora, esperan serlo». En redondo seguimos nuestra ruta, hablando de otras cosas que no cuento; y al llegar a aquel sitio en que se baja encontramos a Plutón: el gran enemigo38.

Canto VII: Cuarto Círculo - Los Avaros

«¡Papé Satán, Papé Satán aleppe!39» dijo Plutón con ronca voz; y aquel sabio gentil que todo sabe, me quiso confortar: «No te detenga el temor, que por mucho que pudiese no impedirá que bajes a ese círculo». Después se volvió a aquel hocico hinchado, y dijo: «Cállate maldito lobo40, consúmete tú mismo con tu rabia.

No sin razón por el Infierno vamos: se quiso en lo alto allá donde Miguel tomó venganza de la soberbia rebelión».

Cual las velas hinchadas por el viento revueltas caen cuando se rompe el mástil, tal cayó a tierra la fiera cruel. Así bajamos por la cuarta fosa, entrando más en el doliente valle que traga todo el mal del universo.

¡Ah justicia de Dios!, ¿quién amontona nuevas penas y males cuales vi, y por qué nuestra culpa así nos destroza? Como la ola que sobre Caribdis41, se rompe con la otra que se encuentra, así viene a chocarse aquí la gente.

Vi aquí más gente que en las otras partes, y desde un lado al otro, con chillidos, haciendo rodar pesos con el pecho.

Entre ellos se entrechocaban; y después cada uno se volvía hacia atrás, gritando «¿Por qué agarras?, ¿por qué derrochas?». Así giraban por el foso tétrico de cada lado a la parte contraria, siempre gritando el estribillo odioso.

Al llegar luego todos se volvían para otra justa, a la mitad del círculo, y yo, que estaba casi conmovido, dije: «Maestro, quiero que me expliques quiénes son estos, y si fueron clérigos todos los tonsurados de la izquierda».

Y él a mí. «Fueron todos tan cortos de la razón en la vida primera, que ningún gasto hicieron con medida.

Bastante claro lo dicen sus voces, al llegar a los dos puntos del círculo donde culpa contraria los separa. Clérigos fueron los que en la cabeza no tienen pelo, papas, cardenales, que están bajo el poder de la avaricia». Y yo: «Maestro, entre tales sujetos debiera yo conocer bien a algunos, que inmundos fueron de tan grandes males». Y él repuso: «Es en vano lo que piensas: la vida abyecta que los ha ensuciado, a cualquier conocer los hace imposibles.

Se han de chocar los dos eternamente; estos han de surgir de sus sepulcros con el puño cerrado, y estos, con el cabello rapado; mal dar y mal tener, el bello mundo les ha quitado y puesto en esta lucha: no empleo más palabras en describirlo.

Hijo, ya puedes ver el corto aliento, de los bienes fiados a Fortuna, por los que así se enzarzan los humanos; que todo el oro que hay bajo la Luna, y existió ya, a ninguna de estas almas fatigadas podría dar descanso».

«Maestro —dije yo—, dime ¿quién es esta Fortuna a la que te refieres que el bien del mundo tiene entre sus garras?». Y él me repuso: «Oh locas criaturas, qué grande es la ignorancia que os ciega; quiero que tú mis palabras incorpores.

Aquel cuyo saber trasciendo todo, los cielos hizo y les dio quien los mueve tal que unas partes a otras se iluminan, distribuyendo igualmente la luz; de igual modo en las glorias mundanales dispuso una ministra que cambiase los bienes vanos cada cierto tiempo de gente en gente y de una a la otra sangre, aunque el seso del ser humano no lo entienda; por lo que imperan unos y otros caen, siguiendo los dictámenes de aquella que está oculta en la yerba tal serpiente. Vuestro saber no puede conocerla; y en su reino provee, juzga y dispone cual las otras deidades en el suyo.

No tienen tregua jamás sus cambios, necesidad la obliga a ser veloz; y aún hay algunos que el triunfo logran. Esta es aquella a la que ultrajan tanto, aquellos que debieran alabarla, y sin razón la vejan y maldicen. Pero ella en su alegría nada escucha; feliz con las primeras criaturas mueve su esfera y alegre se complace.

Ahora bajemos donde hay penas mayores; caen las estrellas que salían cuando eché a andar, y han prohibido entretenerse».

Del círculo pasamos a otra orilla sobre una fuente que hierve y rebosa por un canal que en ella da comienzo.

Aquella agua era negra más que azulada; y, siguiendo sus ondas tan oscuras, por extraño camino descendimos. Hasta un pantano va, llamado Estigia, este arroyuelo triste, cuando baja al pie de la maligna cuesta gris. Y yo, que por mirar estaba atento, gente enfangada vi en aquella Ciénega toda desnuda, con airado rostro.

No solo con las manos se pegaban, sino con los pies, el pecho y la cabeza, trozo a trozo arrancando con los dientes.

Y el buen maestro: «Hijo, mira ahora las almas de esos que venció la cólera, y también quiero que por cierto tengas que bajo el agua hay gente que suspira, y al agua hacen hervir la superficie, como descubrirá tu vista a donde mire».

Metidos en el lodo exclamaban: «Triste hicimos el aire dulce que del Sol se alegra, llevando dentro acidioso humo: tristes estamos en el negro cieno». Se atraviesa esta lamentación en su gaznate, y enteras no les salen las palabras.

Así dimos la vuelta al inmundo pozo, entre la orilla seca y la ciénaga; mirando a quien del fango se atraganta: y al fin llegamos al pie de una inmensa torre.

Canto VIII: Quinto Círculo - Los Irascibles

Digo, para seguir, que mucho antes de llegar hasta el pie de la alta torre, se encaminó a su cima nuestra vista, porque vimos allí dos lucecitas, y otra que tan de lejos daba señas, que casi nuestros ojos la veían.

Y yo le dije al maestro de todo saber: «Esto ¿qué significa? y ¿qué responde el otro foco, y quién es quien lo hace?». Y él respondió: «Por estas ondas sucias ya podrás divisar lo que se espera, si no te lo ocultan los vapores del pantano».

Cuerda no lanzó nunca una saeta que tan ligera fuese por el aire, como yo vi una nave pequeñita por el agua venir hacia nosotros, al gobierno de un solo galeote, gritando: «Al fin llegaste, alma alevosa». «Flegias42, Flegias, en vano estás gritando —le dijo mi señor en este punto—; tan solo nos tendrás cruzando el lodo». Cual es aquel que gran engaño escucha que le hayan hecho, y luego se contiene, así hizo Flegias conteniendo su cólera.

Subió mi guía entonces a la barca, y después me hizo entrar detrás de él; y solo entonces pareció cargada.

Cuando estuvimos ambos en la barca, hendiendo se marchó la antigua proa el agua más profunda que suele con los otros.

Mientras aquel canal de agua estancada recorríamos uno, lleno de fango vino y dijo: «¿Quién eres tú que vienes antes de tiempo?». Y le dije: «Si vengo, no me quedo; pero ¿quién eres tú que estás tan lleno de lodo?». Dijo: «Ya ves que soy uno que llora». Yo le dije: «Con lutos y con llanto, puedes quedarte, espíritu maldito, pues aunque estés tan sucio te conozco».

Entonces tendió la barca hacia las dos manos; pero el maestro lo evitó prudente, diciendo: «Vete con los otros perros». Al cuello luego los brazos me echó, me besó el rostro y dijo: «¡Oh desdeñoso, bendita la que estuvo de ti encinta! Aquel fue un orgulloso para el mundo; y no hay bondad que su memoria honre: por ello está su sombra aquí furiosa.

Cuantos por grandes personajes se tienen allá arriba, aquí estarán cual puercos en el cieno, dejando de ellos un desprecio horrible». Y yo: «Maestro, mucho desearía el verle zambullirse en este lodo, antes que de este lago nos marchemos». Y él me repuso: «Aún antes que la orilla de ti se deje ver, serás saciado: de tal deseo conviene que goces». Al poco vi la gran carnicería que de él hacía la fangosa gente; a Dios por ello alabo y doy las gracias.

«¡A por Felipe Argente43», se gritaban, y el florentino espíritu altanero contra sí mismo se desgarraba con los dientes.

Lo dejamos allí, y de él más no cuento. Pero el oído me hirió con un lamento, y miré atentamente hacia adelante.

Exclamó el buen maestro: «Ahora, hijo, se acerca la ciudad llamada Dite44, de rebeldes habitantes y poderoso ejército». Y yo dije: «Maestro, sus mezquitas en el valle distingo claramente, rojas cual si salido de una fragua hubieran». Y él me dijo: «El fuego eterno que dentro arde, rojas nos las muestra, como estás viendo en este bajo Infierno». Así llegamos a los profundos fosos que ciñen esa tierra sin consuelo; de hierro aquellos muros parecían.

No sin dar antes un rodeo grande, llegamos a una parte en que el barquero «Salid —gritó con fuerza— aquí es la entrada». Yo vi a más de un millar sobre la puerta de llovidos del cielo, que con rabia decían: «¿Quién es este que sin muerte va por el reino de la gente muerta?». Y mi sabio maestro hizo una seña de quererles hablar secretamente.

Contuvieron un poco su actitud hostil y dijeron: «Ven solo y que se marche quien tan osado entró por este reino; que vuelva solo por la loca senda; pruebe, si sabe, pues que tú te quedas, que le enseñaste tan oscura zona».

Piensa, lector, el miedo que me entró al escuchar palabras tan malditas, que pensé que ya nunca a la tierra regresaría.

«Guía querido, tú que más de siete veces me has tranquilizado y hecho libre de los grandes peligros en que he tropezado, no me dejes —le dije— así abatido; y si seguir más lejos nos impiden, juntos volvamos hacia atrás los pasos». Y aquel señor que allí me condujera! «No temas —dijo— porque nuestro paso nadie puede parar: tal nos lo otorga.

Aguárdame aquí, y tu ánimo flaco conforta y alimenta de esperanza, que no te dejaré en el bajo mundo».

Así se fue, y allí me abandonó el dulce padre, y yo me quedé en duda pues en mi mente el no y el sí pugnaban. No pude oír qué fue lo que les dijo: mas no habló mucho tiempo con aquellos, pues hacia adentro todos se marcharon. Le cerraron las puertas los demonios en la cara a mi maestro, y quedó afuera, y se vino hacia mí con pasos lentos. Baja la vista y privado su rostro de osadía ninguna, y suspiraba: «¡Quién la doliente casa me ha cerrado!». Y él me dijo: «Tú, porque yo me irrite, no te asustes, pues venceré la prueba, por mucho que se empeñen en prohibirlo. No es nada nueva esta osadía suya, que ante menos secreta puerta usaron, que hasta el momento se halla sin cerrojos45. Sobre ella contemplaste el triste escrito: y ya baja el camino desde aquella, pasando por los cercos sin escolta, quien la ciudad al fin nos abrirá46.

Canto IX: Las Puertas de Dite

Aquella palidez que sacó a mi cara el miedo cuando vi que mi guía se volvía atrás, lo quitó de la suya con presteza. Atento se paró como escuchando, pues no podía atravesar la vista el aire negro y la neblina densa.

«Deberemos vencer en esta lucha —comenzó él— si no... Es la promesa. ¡Cuánto tarda en llegar quien esperamos». Y me di cuenta de que me ocultaba lo del principio con lo que siguió, pues palabras distintas fueron estas; pero no menos miedo me causaron, porque pensaba que su frase cortada tal vez peor sentido contuviese.

«¿En este fondo del triste abismo bajó algún otro, desde el Purgatorio donde es pena la falta de esperanza?». Esta pregunta le hice y: «Raramente —él respondió— sucede que otro alguno haga el camino por el que yo ando.

Verdad es que otra vez estuve aquí, por la cruel Erictón47 conjurado, que a sus cuerpos las almas reclamaba.

Poco tiempo hacía que mi carne estaba despojada de su alma, cuando ella me hizo entrar tras aquel muro, a traer un alma del círculo de Judas.

Aquel es el más profundo, el más sombrío, y el lugar de los cielos más lejano; bien sé el camino, puedes ir sin miedo. Este pantano que gran fetidez exhala en torno ciñe la ciudad doliente, donde entrar no podemos ya sin ira».

Dijo algo más, pero no lo recuerdo, porque mi vista se había fijado en la alta torre de cima ardiente, donde al punto de pronto aparecieron tres furias infernales tintas en sangre, que cuerpo y porte de mujer tenían, se ceñían con serpientes verdes; su pelo eran culebras y víboras cornudas con que peinaban sus horribles sienes: Y él que bien conocía a las esclavas de la reina del llanto sempiterno Las Feroces Erinias —dijo— mira: Meguera es esa del izquierdo lado, esa que llora al derecho es Alectón; Tesifone está en medio». Y más no dijo.

Con las uñas el pecho se rasgaban, y se azotaban, gritando tan alto, que me estreché al poeta, atemorizado.

«Ah, que venga Medusa a convertirle en piedra —las tres decían mientras me miraban— malo fue el no vengarnos de Teseo48». «Date la vuelta y cierra bien los ojos; si viniera Gorgona y la mirases nunca podrías regresar arriba». Así dijo el Maestro, y en persona me volvió, sin fiarse de mis manos, que con las suyas aún no me tapase.

Vosotros que tenéis sano entendimiento, observad la doctrina que se esconde bajo el velo de versos enigmáticos49.

Mas ya venía por las turbias olas el fragor de un sonido horrendo lleno, por lo que retemblaron ambas orillas; hecho de forma semejante a un viento que, impetuoso a causa de corrientes contrarias, hiere el bosque y, sin descanso, las ramas troncha, abate y lejos lleva; polvoroso va soberbio, y hace ahuyentar a fieras y a pastores.

Me descubrió los ojos: «Lleva el nervio de la vista por esa espuma antigua, hacia allí donde el humo es más espeso».

Como las ranas ante la enemiga culebra, en el agua se sumergen todas, hasta que todas se juntan en tierra, más de un millar de almas destruidas vi que huían ante uno, que a su paso cruzaba Estigia con los pies enjutos.

Del rostro se apartaba el aire espeso de vez en cuando con la mano izquierda; y solo esa molestia le fatigaba.

Bien noté que del cielo era enviado, y me volví al maestro que hizo un signo de que estuviera quieto y me inclinase. ¡Cuán lleno de desdén me parecía! Llegó a la puerta, y con una varita la abrió sin encontrar oposición alguna. «¡Oh, arrojados del cielo, despreciados! —les gritó él desde el umbral horrible—. ¿Cómo es que todavía conserváis esta arrogancia? ¿Y por qué os resistís a aquel deseo cuyo fin nunca pueda dejar de cumplirse, y que más veces agrandó el castigo? ¿De qué sirve al destino dar de coces? Vuestro Cerbero, si bien recordáis, todavía el hocico y mentón lleva pelados50».

Luego tomó el camino cenagoso, sin decirnos palabra, pero con cara de a quien otro cuidado apremia y muerde, y no el de aquellos que tiene delante. A la ciudad los pasos dirigimos, seguros ya tras sus palabras santas.

Dentro, sin lucha alguna, penetramos; y yo, que de mirar estaba ansioso todas las cosas que la fortaleza encierra, al estar dentro miro en torno mío; y veo en todas partes un gran campo, lleno de dolor y reo de tormentos.

Como en Arles donde se estanca el Ródano, o como el Pola cerca del Cámaro, que Italia cierra y sus límites baña, todo el sitio ondulado los sepulcros, llenan allí por todas partes, salvo que de manera todavía más amarga, pues llamaradas hay entre las fosas; y tanto ardían que en ninguna fragua, el hierro necesita tanto fuego.

Sus lápidas estaban suspendidas en el aire, y salían de allí tales lamentos, que parecían de almas condenadas.

Y dije: «Maestro, ¿qué gente es esta que, sepultada dentro de esas tumbas, se hace oír con dolientes lamentos?». Y dijo: «Están aquí los heresiarcas, sus secuaces, de toda secta, y llenas están las tumbas más de lo que piensas. El igual con su igual está enterrado, y los túmulos arden más o menos». Y después de volverse a la derecha, cruzamos entre los sepulcros y altos muros.

Canto X: Sexto Círculo - Los Herejes

Avanzamos entonces por una escondida senda entre aquella muralla y los martirios mi Maestro, y yo fui tras de sus pasos.

«Oh virtud suma, que en los infernales círculos me conduces a tu gusto, háblame y satisface mis deseos: a la gente que yace en los sepulcros ¿la podré ver?, pues ya están levantadas todas las losas, y nadie vigila». Y él repuso: «Cerrados serán todos cuando aquí vuelvan desde Josafat con los cuerpos que allá arriba dejaron. Su cementerio en esta parte tienen, con Epicuro todos sus secuaces que el alma, dicen, con el cuerpo muere.

Pero aquella pregunta que me hiciste pronto será aquí mismo satisfecha, y también el deseo que me callas».

Y yo le dije: «Buen guía, no te oculta nada mi corazón, si no es por hablar poco; y tú me tienes a ello predispuesto». «Oh toscano que en la ciudad del fuego caminas vivo, hablando tan recatado, te plazca detenerte en este lugar, porque tu acento demuestra que eres natural de la noble patria aquella a la que fui, tal vez, harto dañoso». Este son escapó súbitamente desde una de las arcas; y temiendo, me arrimé un poco más a mi maestro.

Pero él me dijo: «Vuélvete, ¿qué haces? mira allí a Farinatta51 que se ha levantado; le verás de cintura para arriba».

Fijado en él había ya mi vista; y aquel se erguía con el pecho y frente cual si al Infierno mismo despreciase. Y las valientes manos de mi guía me empujaron a él entre las tumbas, diciendo: «Sé comedido en tus palabras». Como al pie de su tumba yo estuviese, me miró un poco, y como con desprecio, me preguntó: «¿Quiénes fueron tus antecesores?» Yo, que de obedecer estaba ansioso, no lo oculté, sino que se lo descubrí, y él arqueó las cejas levemente.

«Con fiereza me fueron adversarios a mí y a mi partido y mis antecesores, y así dos veces tuve que expulsarles». «Si les echaste —dije— regresaron de todas partes, una y otra vez; pero los vuestros tal arte no aprendieron».

Surgió entonces al borde de su sepulcro otra sombra, a su lado, hasta la barba: me hizo creer que estaba de rodillas.

Miró a mi alrededor, cual si propósito tuviese de encontrar conmigo a otro, y cuando fue apagada su sospecha, llorando dijo: «Si por esta ciega cárcel vas tú por nobleza de ingenio, ¿y mi hijo?, ¿por qué no está contigo?». Y yo dije: «No vengo por mí mismo, el que allá aguarda por aquí me lleva a quien Guido, tal vez, fue indiferente». Sus palabras y el modo de su pena su nombre ya me habían revelado; por eso fue tan clara mi respuesta.

Súbitamente alzado gritó: «¿Cómo has dicho?, ¿Fue?, ¿Es que entonces ya no vive? ¿La dulce luz no hiere ya sus ojos?». Y al advertir que una cierta demora antes de responderle yo mostraba, cayó de espaldas sin volver a alzarse52.

Mas el otro gran hombre, a cuyo ruego yo me detuve, no alteró su rostro, ni movió el cuello, ni inclinó su cuerpo. Y así, continuando lo de antes, «Que aquel arte —me dijo— mal supieran, eso, más que este lecho, me tortura.

Pero antes que cincuenta veces arda la faz de la señora que aquí reina, tú has de saber lo que tal arte pesa. Y así que vuelvas a ese dulce mundo, dime, ¿por qué ese pueblo es tan impío contra los míos en todas sus leyes?». Y yo dije: «La carnicería y la gran tortura que teñirse de rojo al Arbia hizo, obliga a tal decreto en nuestros templos».

Me contestó moviendo la cabeza: «No estuve solo allí, ni ciertamente sin razón me moví con esos otros: pero fui el único que, cuando todos en destruir Florencia consentían, defendiéndola a rostro descubierto». «Ah, que repose vuestra descendencia —yo le rogué—, esta confusión desliarla que ha enmarañado aquí mi pensamiento.

Parece que sabéis, por lo que escucho, lo que nos trae el tiempo de antemano, pero usáis de otro modo en lo de ahora». «Vemos, como quien tiene mala luz, las cosas —dijo— que se encuentran lejos, gracias a lo que esplende el Sumo Guía.

Cuando están próximas las cosas, o son, vano es del todo nuestro intelecto; y si otros no nos cuentan, nada sabemos de los sucesos humanos.

Y comprender podrás que muerto quede nuestro conocimiento en aquel punto que se cierre la puerta del futuro».

Arrepentido entonces de mi falta, dije: «Diréis ahora a aquel yacente que su hijo todavía se encuentra con los vivos; y si antes mudo estuve en la respuesta, hazle saber que fue porque pensaba ya en esa duda que me habéis resuelto». Y ya me reclamaba mi maestro; y yo rogué al espíritu que rápido me refiriese quién con él estaba.

Me dijo: «Aquí con más de mil me encuentro; dentro se halla el segundo Federico, y el Cardenal53, y de los otros callo».

Entonces se ocultó; y yo hacia el antiguo poeta volví el paso, repensando esas palabras que creí enemigas. Él echó a andar y después, caminando, me dijo: «¿Por qué estás tan pensativo?». Y yo le satisfice la pregunta.

«Conserva en la memoria lo que oíste contrario a ti —me aconsejó aquel sabio— y atiende ahora —y levantó su dedo—: cuando delante estés del dulce rayo de aquella cuyos ojos lo ven todo de ella sabrás de tu vida el viaje54».

Después volvió los pies a mano izquierda: dejando el muro, fuimos hacia el centro por un sendero que conduce a un valle, cuyo hedor hasta allí esparcía.

Canto XI: Sexto Círculo - Los Herejes