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Nos encontramos ante seiscientos años de voz profética, una misma voz, pero con variados tonos, que recorren los libros de los Doce, conocidos como los Doce profetas menores, y el de Daniel. En el coro de voces distintas y en ocasiones disonantes entre sí, el oído creyente identifica la esperanza, aprende a confesar su relajamiento y a comprometerse a favor de una humanidad más justa. La redacción de cada librito profético en la colección y la de Daniel es compleja. El autor nos lleva en cada caso a descubrir su contexto histórico y sus ampliaciones, lo mismo que la resonancia que tuvo. Además nos introduce en el análisis de algunos de sus textos provocando en nosotros un contacto fuerte y una amistad más estrecha con la Palabra de Dios.
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Seitenzahl: 582
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Presentación de la colección por los directores
Preámbulo
Introducción
I. Doce libritos con un argumento
1. Período que comprenden
2. Aspectos literarios
II. Breve recorrido histórico (siglos VIII-IV)
1. Siglo VIII
2. Siglo VII
3. Siglo VI
4. Siglos V-IV
5. Los escritos proféticos en la historia
III. El enfoque del comentario
CAPÍTULO I. OSEAS
I. El profeta y su trasfondo histórico
II. El librito
III. La parábola del matrimonio y su mensaje
IV. Prosperidad económica y corrosión religiosa y social
V. La teología vuelca la lógica y anticipa el Nuevo Testamento
VI. Tres textos del leccionario y el oráculo final
1. Os 2,4-25. Un litigio entre el esposo y la esposa infiel
2. Os 6,1-7. Vuelta superficial al Señor
3. Os 11,1-11. El amor de Dios vence la ingratitud
4. Os 14,2-9. Página final: Conversión y consolación
5. Os 14,10. Colofón
CAPÍTULO II. JOEL
I. La trama
II. Autor y fecha
III. Mensaje teológico
IV. El Nuevo Testamento, la tradición cristiana y el uso litúrgico
V. Comentario selecto
1. El cuadro histórico (Jl 1,2–2,27)
2. El cuadro apocalíptico (Jl 3,1–4,21)
CAPÍTULO III. AMÓS
I. El león rugiente
II. La trama
III. Teología
IV. Día del Señor (hebreo, yôm Yhwh) en Amós
V. Tres Textos del leccionario
1. Am 6,1a.4-7. Una falsa seguridad conducirá al destierro
2. Am 7,12-15. Entre el profeta y la institución
3. Am 8,4-7. Contra los que explotan al pobre
CAPÍTULO IV. ABDÍAS
I. Edom e Israel, una hermandad tensa
II. Contenido y Fecha de composición
III. Teología
CAPÍTULO V. JONÁS
I. Seudónimo del protagonista
II. Trasfondo histórico de la parábola
III. Trama
IV. Carácter literario
1. Vocabulario selecto
2. Ironía y parodia
3. Simbología
V. El despecho de Jonás
1. Jon 4,1-11
2. La conversión, el cambio de actitud, le toca a Jonás
VI. La figura de Jonás recuerda a Elías y a Jeremías
VII. Teología
CAPÍTULO VI. MIQUEAS
I. El profeta
II. Marco histórico
III. El bosquejo del librito
IV. Teología comparada, los capítulos 6–7 y los capítulos 1–5
V. Proceso fiscal
1. Rîb, litigio contra Israel (Miq 6,1-8) (traducción propia)
2. Actualidad
CAPÍTULO VII. NAHÚM
I. Trasfondo histórico, el profeta Y el título
II. Bosquejo del librito
1. Nah 1,2–2,3
2. Nah 2,4–3,19
III. Estilo y técnicas poéticas
IV. Teología. Juicio y esperanza
CAPÍTULO VIII. HABACUC
I. El profeta de sabor nuevo
II. Trasfondo histórico
III. Bosquejo del librito y el culto
IV. Reclamo profético
V. Síntesis teológica y repaso del contenido
1. Diálogo con Dios (1,1–2,5)
2. Anatema del opresor (2,5-20)
3. Cántico del profeta (capítulo 3)
CAPÍTULO IX. SOFONÍAS
I. Las profecías de Sofonías
II. Bosquejo del librito
III. Mensaje y teología
IV. Día del Señor en Sofonías
V. Textos del leccionario dominical
1. Sof 2,3; 3,12-13. Busquen la justicia, busquen la humildad
2. Sof 3,14-18a. El Señor se alegrará en ti
CAPÍTULO X. AGEO
I. El librito
II. Teología
III. Breve comentario
1. Ag 1,1-15. Exhortación a reconstruir el templo y la respuesta
2. Ag 2,1-9. La gloria del templo y la confluencia hacia Jerusalén
3. Ag 2,10-19. Sin el empeño personal todo es impuro
4. Ag 2,20-23. Pronóstico escatológico y mesiánico
CAPÍTULO XI. ZACARÍAS
I. Una tradición profética, composición y crecimiento
II. El librito del profeta Zacarías
1. Características
2. Estructura
3. Autor
4. Contexto histórico y literario
III. Teología
1. Las visiones (Zac 1,7–6,15)
2. Déutero y trito-Zacarías (capítulos 9–11 y 12–14)
IV. Breve comentario
1. El primer Zacarías (1–8)
2. El segundo Zacarías (9–11)
3. El tercer Zacarías (12–14)
CAPÍTULO XII. MALAQUÍAS
I. Bosquejo del librito
II. Malaquías y el Nuevo Testamento
III. Breve comentario
IV. Textos del leccionario dominical
1. Mal 1,14b–2,2b.8-10. Ustedes se apartaron del camino
2. Mal 3,1-4: Yo envío a mi mensajero
3. Mal 3,19-20a. El sol de justicia brillará para ustedes
CAPÍTULO XIII. DANIEL
I. En el canon
II. Aspectos literarios
1. Estructura
2. Un libro en tres idiomas
3. Recursos literarios
4. Contenido
5. Géneros literarios y dimensión sapiencial
III. Datos históricos
IV. Autor y fecha
V. La Apocalíptica
VI. Propósito del libro
VII. Antíoco IV Epífanes
VIII. Teología
1. El único Dios
2. El teólogo de la esperanza
3. El teólogo llama a la fidelidad
IX. Daniel en el Nuevo Testamento
X. Comentario
1. Dn 1,1–6,29. Historias o relatos de Daniel
2. Dn 7,1–12,13. Sueños y visiones
3. Dn 13,1–14,42. Leyendas de Susana, de Bel y del dragón
Bibliografía
Vocabulario básico
Índice de recuadros
Créditos
Los acontecimientos eclesiales que estamos viviendo en este año 2013 nos abren un panorama nuevo en nuestra historia. La renuncia humilde y valiente al ministerio petrino por parte de Benedicto XVI conmovió al mundo y a la Iglesia, y rompió una larga tradición eclesiástica. Sabemos que fue una decisión muy bien reflexionada y orada descubriendo en ella la Palabra de Dios en las circunstancias que él, en unión con toda la Iglesia, vivía y experimentaba. Sin lugar a dudas, su gesto fue profético y revolucionario.
También profética fue la elección a la sede de Roma de Jorge Mario Bergoglio, encontrado «casi al fin del mundo». Primer latinoamericano que recibe esta encomienda. Primer jesuita llamado a presidir en nombre de Cristo a la Iglesia de Roma, y en ella servir al ministerio de fe y amor a todas las Iglesias.
El nombre que asumió, Francisco, en memoria del joven rico de Asís, que supo despojarse de todo para servir a Cristo en los más pobres, resalta ya un programa ministerial, llamándonos a todos los miembros de la Iglesia a vivir la austeridad, la solidaridad cristiana y la radicalidad evangélica. Es invitación a salir de nosotros mismos para ir a las periferias existenciales de nuestro mundo a ser testigos y servidores del evangelio de Cristo. Es llamada a que la Palabra de Dios impregne y penetre nuestra vida personal y eclesial, para que, con su fuerza, se construya nuestra Iglesia más acorde al Evangelio.
En la construcción de una Iglesia más cercana a la Palabra viva y transformadora de Dios, esta colección «Biblioteca Bíblica Básica» (BBB) ha querido ser un granito de arena. Sabemos que muchas personas y comunidades están ávidas del contacto vivo con esta Palabra. A todas ellas se ofrece esta colección.
Estos libros están destinados a quienes ya tienen una iniciación bíblica fundamental y quieren profundizar en la Palabra de Dios.
Este volumen 9, que es el duodécimo en ser publicado, de los 21 que formarán esta Biblioteca Bíblica Básica, aparece en este contexto singular del 2013, como una ayuda al acercamiento vivo con el Señor.
Esta obra nos acerca a la multiforme voz de Dios, proclamada por algunos de sus profetas que se esparcen por un período de más de cinco siglos. Son voces que resuenen en contextos diversos a diferentes auditorios originales, pero que conservan la frescura de la palabra siempre viva y actual del Señor que sigue interpelándonos hoy a nosotros.
El autor, Konrad Schaefer, es el prior del monasterio benedictino de Nuestra Señora de los Ángeles, ubicado en Cuernavaca, Morelos (México). A él lo conocemos ya por haber sido quien, en el primer volumen publicado, el BBB 10, nos ha ofrecido una guía de interpretación de los Salmos, para su lectura y su proclamación orante litúrgica, así como un acercamiento a los libros del Cantar de los Cantares y de las Lamentaciones.
En esta su nueva obra, Konrad nos ayuda a descubrir la Palabra proclamada por los profetas que está plasmada en el libro de los Doce, que solemos identificar como los doce profetas menores, y también en el libro de Daniel compuesto en el siglo II a.C. Además de presentarnos elementos históricos, literarios y teológicos para comprender mejor esos libros, su autor nos ayuda a acercarnos más detalladamente a algunos de sus textos, dando especial relieve a los textos que se leen en nuestras asambleas litúrgicas, en especial los domingos. Sin duda, sus acercamientos nos brindarán la oportunidad de adentrarnos en la Palabra viva de Dios.
Deseamos que este nuevo volumen de nuestra colección se convierta en una ayuda específica para apropiarnos de la palabra profética, que simultáneamente es Palabra de Dios; Palabra que nos ilumine y fortalezca en nuestro caminar hacia el encuentro constante con Jesús en nuestros hermanos y hacia la meta definitiva que es él mismo, Palabra eterna y plena de Dios.
Los directoresCarlos Junco Garza Ricardo López Rosas
Nos encontramos ante seiscientos años de voz profética, una misma voz, pero con variados tonos, como el del amor, que, aunque herido, se mantiene fiel en la vida matrimonial de Oseas, que es una parábola del amor de Dios para con su pueblo, o los oráculos correctivos y condenatorios de Amós, el anatema de Abdías y la censura no mitigada de Nahúm. Entre estas voces se oyen la ironía de la parábola de Jonás, el pronóstico de purificación y conversión de Sofonías y las denuncias de Miqueas. Luego, las simpatías de los portavoces de Dios se patentan en la veneración por el templo en Ageo o el anhelo por un sacerdocio íntegro en Malaquías, el ansia por un juicio final en Joel y las esperanzas de una sociedad sana y santa que se renuevan en Joel y Zacarías. Otra voz y otro libro, Daniel se distingue por sus sueños y visiones originales que apremian una toma de conciencia frente a la realidad áspera del pueblo y que ansían una intervención definitiva de parte de Dios en la historia. En el coro de voces distintas y en ocasiones disonantes entre sí, el oído creyente identifica la esperanza, aprende a confesar su relajamiento y a comprometerse a favor de una humanidad más justa.
El presente estudio expone doce voces del Antiguo Testamento que se oyeron entre los años 760 y 300 a.C., o desde el siglo VIII hasta el III, voces desemejantes entre sí, pero que desde pronto se colocaron en un solo volumen que se conoce como los Doce profetas o bien los Profetas menores –menores no por la pobreza de su mensaje sino por el volumen de sus oráculos que en su conjunto comprenden apenas 77 capítulos, casi igual que el volumen del profeta Isaías–. Para la composición del libro de Isaías se atribuye un período de unos tres siglos; para los Profetas menores, unos cinco.
La redacción de cada librito en la colección es compleja. Análogo a Isaías, se encuentran en Zacarías unos oráculos originales, los cuales fueron reinterpretados y ampliados durante unos doscientos años después del núcleo original de la profecía. Similar evolución aconteció con otros libritos de la colección, los cuales se ampliaron con nuevos oráculos para ponerlos al día; por ejemplo, oráculos que en su origen fueron destinados a Israel del norte, después de que aquella entidad desapareció del mapa político-religioso del pueblo de Dios, fueron releídos y aplicados al reinado del Sur; o bien, oráculos en sus orígenes destinados a una población preexílica fueron releídos y aplicados para una población posexílica. Cada librito en el tomo de los Doce lo ubico en su trasfondo histórico donde surgió, donde se gestó o fue concebido, expongo de un modo cursorio su ampliación, con el fin de identificar las vertientes teológicas sobresalientes de la obra y dar una pauta para su aplicación en el día de hoy.
Selecciones de los Doce profetas no tienen un mayor realce en el leccionario litúrgico dominical, pero sí algunas son elegidas a propósito de su relación con el evangelio del día. En breve despliego estos textos que figuran en el leccionario.
En el apartado final presento el libro de Daniel con un breve comentario al texto, en el cual señalo la hermenéutica de este magnífico libro, donde ya se entra en el arcano mundo simbólico del apocalíptico.
Para elaborar este estudio he disfrutado del contacto con varios autores; algunos están señalados en la breve bibliografía, que ofrezco para que el estimado lector amplíe su aprecio de los Doce profetas y Daniel. He presentado los profetas con el fin de que el lector tome la Biblia en mano y lea las partes señaladas, y entre en amistad más estrecha con la Palabra de Dios. Las citas de la Escritura están tomadas de la Biblia de Jerusalén, edición latinoamericana (Desclée de Brouwer, Bilbao 2001).
Este volumen ha llegado a la luz gracias a las invaluables aportaciones y ánimos del amigo y editor Carlos Junco Garza, quien con tanto esmero ha leído el manuscrito y a quien agradezco su diligente apoyo.
Konrad Schaefer, OSB Monasterio benedictino NSLA, Cuernavaca
Los Doce, así se denomina esta colección en el canon hebreo. El autor del Eclesiástico (Eclo 49,10), en el siglo III a.C., los trata como un conjunto; la tradición griega le añade «profetas» y la tradición cristiana completa la designación, añadiendo «menores» (véase Agustín, Ciudad de Dios, 18:29). En comparación con los libros más extensos que llevan los nombres de Isaías, Jeremías, Ezequiel y, a los que la tradición cristiana añade el de Daniel, cada uno de los Doce, aun siendo breve en volumen, no es menos apreciado por su mensaje.
El orden de los doce libritos varía en distintas tradiciones: la versión hebrea, seguida por la latina, y la versión griega (de los Setenta). El de la Biblia de Jerusalén y de la mayoría de las Biblias de editorial cristiana presentan los Doce en el mismo orden que la tradición hebrea: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
Profeta
Lugar del ministerio
Fecha a.C.
SigloVIII(época asiria)
Amós de Técoa en Judá
Santuarios del norte
hacia 760-750
Oseas
Israel del norte
hacia 750-721
Isaías el profeta
Jerusalén
hacia 740-701
Miqueas de Moreset Gat
reino de Judá
hacia 725-705
Hacia 630-580 (época de las conquistas neobabilónicas)
Sofonías
Judá y Jerusalén
[antes de 622, postulada]
Nahúm de Elcós
Judá
[antes de 612, postulada]
Jeremías de Anatot
Jerusalén
627-584
Habacuc
Judá
[antes de 598, postulada]
598-538 (exilio babilónico –a partir de la primera deportación–)
Ezequiel de Jerusalén
a los exiliados
hacia 592-560
Isaías 40–55
a los exiliados
hacia 550-538
538-332 (época persa)
Ageo
Jerusalén
520
Zacarías 1–8
Jerusalén
520-515
Malaquías
[Jerusalén, postulada]
[500-450, postulada]
Isaías 56–66
Judá
siglo V
Abdías
Judá
finales del siglo IV
Joel
Judá, posible Jerusalén
décadas en torno a 400
Después de 332 (época helenística)
Zacarías 9–14
[hacia 300, postulada]
Jonás
[hacia 300, postulada]
Daniel
entre 167 y 164
Las profecías abarcan alrededor de cuatro siglos de vida del pueblo de Israel; comentan y confrontan situaciones sociales, políticas y religiosas muy desemejantes, y cada una responde a circunstancias concretas de la vida de Judá e Israel con la autoridad de la Palabra de Dios. El trasfondo histórico de los distintos oráculos no es del todo bien determinado, y el orden de los Doce no se compone a base de una cronología histórica. En el caso de algunos libritos se trata de una colección que fue asumiendo su forma actual durante varias generaciones o siglos; en algunos casos el mismo contenido y la forma de los oráculos, y su imprecisión, los hacen transhistóricos, sin raíces hundidas en alguna época precisa y, por eso, contemporáneos en cualquier época.
Para situar estos libros en el marco cronológico de la historia, el exilio (años 587-538) es el parteaguas que nos da la pauta para distinguir entre los profetas preexílicos y los posexílicos. Se nota que en el elenco de los Doce no hay profeta que se ubica durante el exilio, contemporáneo de Jeremías o Ezequiel.
Tres entre ellos, Amós, Oseas y Miqueas, se pueden situar con cierta confianza en el siglo VIII y se distinguen como clásicos, en cuyos escritos se encuentran los temas proféticos tradicionales, correspondientes a la situación social, religiosa y política –la justicia social, la idolatría, el culto vacío, las alianzas políticas– del primer período de la composición del profeta Isaías. Amós profetizó en Israel del norte durante el reinado de Jeroboán II (ca. 783-743 –las fechas son las de la Biblia de Jerusalén [ed. 1998]–), época célebre por su prosperidad económica; el profeta denunció las injusticias propiciadas por la monarquía: la riqueza que se iba concentrando cada vez más en manos de una élite al perjuicio de la mayoría. En defensa de los desamparados, este portavoz de Dios denunció la política y la economía del Reino del Norte.
Casi contemporáneo y también en el norte, la voz de Dios por Oseas se dejó oír hasta la caída de Samaría (año 722/721); su tema dominante fue la idolatría, que también se llama «adulterio». El símbolo de su propio matrimonio expresa el amor adúltero del pueblo hacia Dios y denuncia las prácticas e inclinaciones idólatras.
En el sur, Miqueas contemporáneo de Oseas y su paisano Isaías, ejerció su ministerio profético en los años de la crisis nacional, que dio como resultado la destrucción de Samaría. La superpotencia Asiria dominaba el mundo bíblico y su rey, Salmanasar V, después de tomar Samaría, convirtió a Judá en vasallo. El campesino Miqueas se sintoniza con Amós en la denuncia de la injusticia y su crítica social.
Otra voz del preexilio, la de Nahúm, interrumpe el prolongado silencio de la profecía, probablemente durante el reinado del apóstata Manasés (ca. 687-642), quien optó por una política proasiria. Nahúm nos introduce de lleno en el drama de Nínive anterior a la caída del Imperio asirio, ocurrida el año 612. Construida por Senaquerib (704-681) a orillas del Tigris, Nínive fue digna capital del imperio, que se extendió desde los altos de Ararte hasta la tierra baja del Nilo, desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. Dos fueron sus enemigos más tenaces, Babilonia y Egipto. Ambos pagaron cara su rebelión y sus intrigas políticas. Babilonia fue destruida el año 689 y Asurbanipal canceló el poder internacional de Tebas al desbordarse sus canales (ca. 663); las dos ciudades tardaron en ser reconstruidas. Tebas volvió a reconstruirse en 654; la reconstrucción de Babilonia, el año 626, marca el comienzo del fin asirio. Las proposiciones para la datación del profeta Nahúm oscilan entre los años 663 y 612.
Otras voces preexílicas son Sofonías y Habacuc, profetas de la segunda mitad del siglo VII, cuya actividad pudo coincidir con la primera parte de la actividad de Jeremías. Con su profecía, es probable que Sofonías intentase apoyar y promover la reforma que iba a emprender el rey Josías (ca. 640-609), en una época en que se esperaba la restauración nacional, debida al decaimiento de Asiria. El problema que atormenta a Habacuc es que el pueblo de Dios está siempre a merced de la superpotencia opresora de turno. El profeta tiene como trasfondo el ocaso del Imperio asirio y el surgimiento del nuevo Imperio babilónico-caldeo. Critica la injusticia interna del pueblo de Dios y cuestiona la legitimidad de restaurar la justicia con un instrumento opresor e injusto.
A partir de los primeros años del siglo VI, con la destrucción de Jerusalén y el resultante exilio, la situación del pueblo cambió por completo y, por consiguiente, el tono y el contenido de la profecía. Donde antes del destierro se denunciaban las injusticias actuales y se hablaba de castigo, durante el destierro el mensaje fue de consuelo y restauración; de este período, entre los Doce no hay voces representativas bien definidas.
Voces posteriores al exilio en el coro de los profetas son también el trío que cierra los Doce, Ageo, Zacarías y Malaquías. El meollo de la profecía de Ageo (fechada en el año 520), fue la restauración de la comunidad judía con la reconstrucción del templo como punto focal. Llegan a Judá desgracias naturales porque no había tomado su reconstrucción en serio. Contemporáneo de Ageo, a Zacarías (capítulos 1–8; en ocasiones llamado el primer Zacarías) también le impacienta el retraso que sufre la reconstrucción, debido a que no se materializó el mesianismo anunciado por Ageo. Zacarías adapta el mensaje a las circunstancias y da un plazo más amplio de cumplimiento a su profecía, que alcanza las expectativas mesiánicas; esto da a sus oráculos un matiz escatológico, a distinción de Ageo, que es más práctico y se preocupa por la reconstrucción material del templo. Frente al escepticismo por las esperanzas suscitadas por Ageo y la primera parte de Zacarías, otra voz reformadora, que se conoce como Malaquías, se deja oír, quizá en el siglo V, contemporáneo a la experiencia de Esdras y Nehemías. Se suele colocar la profecía de Abdías, que aparece como un alegato contra la conducta cruel de Edom, con motivo de la caída de Jerusalén (año 587), en torno al regreso del exilio; sus oráculos mordaces son una exaltada defensa de la justicia de Dios, teñida del particularismo nacionalista propio del posexilio. Postulo una fecha más tarde, posiblemente finales del siglo IV, dentro del clima de un judaísmo consolidado en su entidad en contra de los extranjeros. En la formación de los Doce, contra el particularismo notorio de la voz de Abdías, se oye la singular narración de Jonás, que un autor del siglo V, o con más probabilidad del siglo IV, compone en estilo de parábola, para afirmar, de manera contundente y con fina ironía, el universalismo, que los opresores pueden convertirse, un reto para el pueblo elegido a que admitan la compasión de Dios hacia sus enemigos.
Respecto a la historia y los oráculos de Joel, se supone que ya pasó la catástrofe –la caída de Jerusalén y la desaparición de la monarquía– y que Judá se está reconstituyendo después de la calamidad. En una situación de esta índole, lo que hace falta es esperar la irrupción definitiva de Dios, oráculo que se formula muy tarde, y toma consistencia en el siglo IV.
Posiblemente del siglo IV provengan también los oráculos que aparecen en el libro de Zacarías, en el que, en ocasiones, suele distinguirse un segundo Zacarías (9–11) y un tercero (12–14).
En cuanto al texto de los Doce, las secciones en prosa son pocas. Abdías, Miqueas, Nahúm, Habacuc y Sofonías están redactados por completo en poesía, menos en sus encabezados; gran parte de Oseas, Joel, Amós también están en poesía. Solo Jonás, Ageo, Zacarías y Malaquías están redactados en su mayor parte en prosa. En este aspecto, concuerdan con los libros de Isaías, en gran parte poesía, y Jeremías, la mitad del cual es poesía. Las partes en prosa corresponden a su uso tradicional en el texto bíblico. La composición de Jonás, con excepción de la liturgia en el capítulo 2, recuerda la historia de Elías en Reyes. Los dos profetas huyen de la escena de su servicio, y los dos son amonestados por Dios y luego utilizados para cumplir con sus designios. Ageo recuerda la narración de Reyes sobre la construcción del templo de parte de Salomón. La secuencia de las visiones en Zacarías recuerda la de Ezequiel (véase Ez 1,1-28). La serie de preguntas en Zacarías 7 y Malaquías es más bien única como forma profética.
La secuencia de los fascículos en la versión hebrea de los Doce no sigue intereses cronológicos. Si en la versión de los Setenta hay una clara distinción entre Israel, las naciones y Jerusalén en el orden de los libritos, la Biblia hebrea se enfoca en Jerusalén y Judá. Oseas presenta la experiencia de Israel del norte como un ejemplo para Judá, y Joel sigue de inmediato con su escenario de castigo y restauración para Jerusalén el Día del Señor. De nuevo, el anonimato de la amenaza viene en juego, pero la identidad de Jerusalén y Judá como el objeto de la amenaza y la restauración es evidente. Se aprecia el equilibro del libro de los Doce. Amós ve hacia el castigo del Reino del Norte, Israel, como una ocasión para restaurar «la cabaña ruinosa de David» (Am 9,11-15); Abdías condena a Edom por sus agresiones contra Jerusalén; Jonás proyecta la misericordia de Dios hacia Asiria aun siendo una amenaza para Israel y Jerusalén; Miqueas pinta la caída de Israel como un modelo para la caída y la restauración de Jerusalén como santuario internacional; Nahúm apunta el juicio de Asiria por su trato arrogante de Jerusalén; Habacuc pide el castigo de Babilonia por razones semejantes; Sofonías pide la purificación de Jerusalén; Ageo pide la reconstrucción del templo; Zacarías esboza la restauración de Jerusalén; Malaquías exige la purificación final de la ciudad. Dentro de la versión hebrea de los Doce, Joel presenta el modelo para el castigo y la restauración de Jerusalén como tema fundamental del conjunto.
De esta breve presentación se ve que el orden de los Doce como aparece en la Biblia griega o la hebrea no sigue los intereses históricos. En otro apartado introductorio se tratará el tema de la organización de los Doce desde los intereses del plan y de la visión diacrónica que se pueden indagar.
Me refiero al libro de los Doce, que está compuesto por este número de apartados; cada uno se distingue por su encabezado. Como en los libros de los profetas mayores, se entreteje temas dominantes o recurrentes a lo largo de la colección, pero cada teólogo o autor alarga su tema de manera propia y dentro de su trasfondo histórico, a veces difícil de precisar.
La tendencia en el estudio bíblico contemporáneo es tratar cada librito por separado, sin advertir la posible consistencia entre la colección. Tal énfasis refleja el afán en la exégesis de aislar el librito según su hipotético contexto original o histórico, e identificar las glosas o las añadiduras al texto, con un resultante estudio diacrónico del texto. En esta tendencia, se busca identificar y aislar la obra primera de editores posteriores a la redacción del librito, con un intento de apreciar su hipotética forma original y luego identificar y ubicar sus añadiduras y relecturas.
Actualmente en el estudio de los profetas, se ve un aprecio creciente en su forma final y el estudio sincrónico del texto. Por medio de los métodos de estudio crítico-redaccional, crítico-canónico y la crítica literaria, se aprecia el proceso composicional y editorial por el cual los textos se sujetaban a la relectura, la reinterpretación y la adaptación a nuevos contextos e intereses de lo original. Los redactores posteriores eran teólogos e historiógrafos, profetas y pensadores, quienes desempeñaban un papel importante en la proclamación de la Palabra de Dios, en la formación de los libros y en la forma final del texto de los Doce.
El libro de los Doce presenta tres profetas del siglo VIII hacia el inicio de la colección (Oseas, Amós y Miqueas), otros tres profetas situados en el siglo VII hacia la mitad de la colección (Nahúm, Habacuc y Sofonías), y tres más situados en los siglos VI y V hacia el final (Ageo, Zacarías 1–8 y Malaquías). No hay evidencia suficiente para precisar con seguridad el trasfondo histórico de los libros de Abdías, Joel y Jonás en la historia. Sin embargo, estos tres, junto con los nueve que tienen un enlace más estrecho con un contexto histórico, ocupan un contexto literario en su colocación entre los Doce y, como se aprecia, el contexto histórico no sigue la razón de su ubicación en el elenco de los Doce.
Varios temas y tradiciones recorren el libro de los Doce. El tema del Día del Señor conlleva un juicio de parte de Dios con enormes proporciones, de castigo a Israel y las naciones, de consecuente restauración y, como manifestación de la soberanía de Dios en Sión, el día fluye y refluye a lo largo de los Doce. Como tema repetido entre los oráculos, el Día del Señor ayuda a unificar las enseñanzas. Otros temas predominantes logran el mismo propósito, como el de la infidelidad de parte del pueblo de Dios; la denuncia del pecado, o del pueblo de Israel o de sus vecinos (cf. Am 1,3–2,16; la arrogancia de Edom en Abdías; la violencia de Nínive en Jonás); el anuncio de una invasión militar (Jl 1,6–2,9; 4,9-12; Zac 12 y 14); el juicio de todos los pueblos; el arrepentimiento de Dios (Jl 2,14; Jon 3,9-10; Zac 1,3; Mal 3,7); la infidelidad de los ancestros (Am 2,4; Zac 1,2.4-6; 8,14; Mal 3,7); el resto de Israel; la restauración del pueblo de Dios y de Sión, temas que se entretejen en los Doce y esbozan un retrato unificado de oráculos proféticos de diversas épocas.
En los profetas el juicio no tiene la última palabra; después del Día del Señor, hay perdón y restauración como una respuesta natural de parte de Dios hacia su pueblo. En su forma actual, varios libritos tienen una conclusión feliz, por lo cual se aprecia un énfasis de esperanza en la forma final del librito y de los Doce. Los textos de Os 14,1-9; Jl 4,17-21; Am 9,11-15; Abd 19-21; Miq 7,14-20 y Sof 3,9-20 representan una tradición teológica y literaria según la cual Dios restaurará a Israel y convertirá a las naciones después de o por medio de un castigo y una purificación; estos momentos breves reforzados por los oráculos recalcan los aspectos de la restauración. Por ejemplo, Ageo se centra en la restauración del templo; Zacarías pronostica la redención de Jerusalén y Malaquías recalca la restauración del pueblo de la alianza por el ministerio de un Elías que va a venir. El motivo de juicio y castigo es evidente en los libritos, pero no es conclusivo. Se esperan mejores tiempos, días de luz y de prosperidad, de acuerdo con el plan de Dios.
La forma hebrea, seguida por la latina, de los Doce sigue un principio de organización. Los libritos iniciales que tratan del reinado del norte de Israel están intercalados con los que se centran en Jerusalén y las naciones. Pero también, en los libritos individuales, en las relecturas y añadiduras al texto, se inserta oráculos sobre Judá, dentro de contextos donde inicialmente se evidencia un mayor interés por Israel y el reinado del norte, que fue derrotado por Nínive en el año 722/721, unos ciento cuarenta años antes de la caída de Jerusalén y del reinado del sur. El resultante es una secuencia que recalca el papel de Jerusalén y su relación tanto con Israel como con las naciones a lo largo de los Doce, y culmina con la peregrinación anual de todas las naciones hacia la nueva Jerusalén, la ciudad dotada con la santidad hasta en las cosas profanas, como los frenos de caballos y las ollas (Zac 14,20-21).
El libro de los Doce comienza con Oseas, que desarrolla la alegoría del matrimonio del profeta y Gómer para plasmar la alianza entre Dios e Israel, y la subsiguiente infidelidad de parte de Israel, la ruptura del matrimonio y la nueva unión gracias a la iniciativa de Dios; concluye con Malaquías, en donde Dios se opone al divorcio e invoca al pueblo a mantenerse firme a la alianza ahora que el enviado del Señor se acerca. La alegoría del matrimonio entre Oseas y Gómer pronostica la posible disolución de la alianza entre Dios y su pueblo, y luego la potencial base para la reanudación de la alianza. Dentro de la colección, no hay realce del tema del matrimonio, infidelidad y divorcio, más que en el primero y el último librito; el tema de la alianza sirve como sujetalibros.
La alegoría de la alianza entre Dios y su pueblo como un matrimonio que potencialmente acaba en el divorcio, se presenta al inicio como el gesto del matrimonio entre Oseas y Gómer, una persona incapaz de ser fiel en la unión matrimonial y que representa la infidelidad del pueblo de Israel a su esposo, Dios. El último libro, Malaquías, ofrece una resolución latente del asunto al constatar que el Señor odia el divorcio e invoca al lector u oyente a cumplir con los preceptos de la Torá. Oseas se centra en el reinado del norte de Israel y lo llama a volver a Dios, pero su profecía tiene implicaciones para Jerusalén y Judá y además anticipa el castigo de Judá por trasgredir los mandamientos (1,7; 5,5.10.14; 6,4.11; 8,14; 10,11; 12,13) y anticipa la restauración del dominio de David sobre Israel (3,1-5).
El siguiente librito, Joel, de fecha de composición indeterminada pero que se encuentra entre las últimas profecías en el Antiguo Testamento, se centra en la amenaza a Jerusalén por parte de las naciones y la cercanía del Día del Señor. Oseas aclaró que las naciones castigarán a Israel, sin mencionar a Jerusalén. Joel hace explícita la amenaza contra la ciudad santa y la esboza en términos generales para que no se fije en alguna situación histórica específica. De esta forma, Joel define el argumento subyacente en la forma hebrea y latina de los Doce: Jerusalén será amenazada por las naciones y el orden natural será amenazado por las fuerzas del caos, pero Dios intervendrá para rescatar a Jerusalén y la creación del venidero Día del Señor, cuando las fuerzas de las naciones y el caos sean derrotados y sometidos a la soberanía de Dios en Sión. Este tema ya está latente en Oseas en su bosquejo de la amenaza que surge de las acciones de Israel al mundo natural en contraposición a los esfuerzos de Dios por restaurar a Israel y el mundo natural. Además funciona como tema repetido a lo largo de los Doce que afirma que, coincidente con la destrucción del mundo viejo, nacerá un mundo nuevo.
En la edición masorética de los Doce, Amós viene colocado en tercer lugar, después de su contemporáneo Oseas y después del más tardío Joel, que concluye con el juicio de los pueblos; Amós comienza con los oráculos contra las naciones vecinas. Se oye la frase «El Señor ruge desde Sión» (Am 1,2 con Jl 4,16) en los dos. Joel se ocupa de las amenazas a Jerusalén tanto por la catástrofe natural, las langostas (Joel, capítulos 1–2), como por las naciones enemigas, mientras Amós desglosa su visión de las langostas que acaban con la tierra (7,1-2) como castigo inminente. La visión de la esperanza posexílica en Amós (9,11-15) es semejante a la descripción de la restauración de Israel que culmina Joel (4,18-21), quien imagina el rescate de Jerusalén y la próxima fecundidad de la tierra, con énfasis en las montañas que derraman el vino (Jl 4,18); Amós ve el resultado del castigo de Israel en la restauración de un estado regido por un monarca davídico y la fertilidad agrícola en que los montes derraman vino (9,13). Ambos aluden a la venganza contra Edom (Jl 4,19; Am 1,11-12; 9,12), a la cual está dedicada el siguiente fascículo de la colección hebrea, Abdías. Estos tres enfocan el tema del Día del Señor como un castigo (Jl 1,15; Am 5,18-20; Abd 15).
El librito de Amós encuentra varios puntos de contacto con Oseas. Ambos mencionan las «balanzas falsas» (Am 8,5; Os 12,8); esbozan la caricatura de la justicia que se convierte en veneno (Am 6,12 y Os 10,4), y presentan polémicas contra el culto en Betel y Guilgal (Am 4,4; 5,5; Os 4,15; 5,8; 6,10). La «soberbia de Jacob» corresponde al «orgullo de Israel» (Am 6,8; Os 5,5). Ambos llaman a Betel («casa de Dios») con el apodo Bet-avén («casa de nada»; Am 5,5 y Os 4,15; 5,8); los dos aluden al fuego que Dios prende a una nación a fin de quemar sus fortalezas (Am 1,4.7.10.12.14; 2,2 y Os 8,14) y hacen referencia a Dios que restaura la prosperidad de su pueblo (Am 9,14 y Os 6,11; 11,11; 14,7-8). Es probable que unos redactores posteriores introdujeran en ambos el tema de la esperanza.
La afirmación sobre la ocupación de Edom por parte de Israel al final de Amós, da paso a Abdías, el cuarto librito; Amós promete que Israel conquistará «lo que queda de Edom y todas las naciones sobre las que se ha invocado mi nombre» (9,11). Abdías retoma esta idea y condena a Edom, el representante de las naciones sancionadas en Amós 1–2. La sumisión de Edom como antiguo vasallo de la casa de David que se liberó en el siglo VIII, tiempo de Oseas y de Amós, es un detalle importante; su sumisión en Sión constituye un elemento en la restauración de la casa de David y el papel clave de Jerusalén como centro santo de Israel y del mundo, en la versión hebrea de los Doce. De nuevo en el último librito que es de Malaquías, Edom aparecerá como objeto de la ira del Señor (Mal 1,2-4).
En el quinto librito, Jonás, surge la cuestión de la misericordia de Dios hacia las naciones, aquí representadas por Nínive, y su afirmación templa el retrato del juicio contra Edom de Abdías. La posición del librito de Jonás, justo antes de Miqueas, es interesante en tanto que Miqueas resume el tema del castigo y la restauración de Israel y Jerusalén, y Nínive, la capital del Imperio asirio, es una figura mayor en la realización de aquel escenario. El lector de Jonás y de los Doce es consciente del valor teológico de Nínive, de su papel en el derrumbe de Israel del norte y la consecuente amenaza que representa para Jerusalén. El reconocimiento de que aún Nínive podría arrepentirse y recibir la compasión de Dios inspira la reflexión, porque el arrepentimiento de Nínive en Jonás permite que la ciudad continúe en existencia y posteriormente devastará la tierra nativa de Jonás. Dentro del argumento de los Doce, Jonás apunta el proyecto de Dios de castigar a Israel y a las naciones como incentivo para que reconozcan su soberanía en Sión.
Miqueas, el sexto fascículo en el canon hebreo de los Doce, señala la destrucción de Jerusalén como analogía de la de Samaría. Pero Miqueas además esboza el proceso por el cual un nuevo y justo monarca davídico surgirá para someter a las naciones que castigaron a Israel y Jerusalén; el resultado será la paz universal cuando tanto las naciones como Israel se sometan a la soberanía del Señor en Sión (Miq 4,1-2; 7,17, anticipando Sof 3,9 y Zac 8,21-23 y 14,16). Este retrato anticipa el escenario de las naciones e Israel como se las presentan en Zacarías 12 y 14.
Los primeros capítulos de Amós, los escritos de Joel, Abdías, Nahúm y Habacuc, y varios textos proféticos, nos dejan oír duras amenazas contra pueblos extranjeros. Entre tantas voces contra las naciones encontramos a Jonás, que trae un mensaje de misericordia para el adversario más cruel. Jonás sirve como bisagra en el libro de los Doce, anuncio de la destrucción, de la restauración y salvación para todos, menos para aquellos que no se convierten.
Jonás sigue a Abdías en el orden de la Biblia hebrea y suaviza la diatriba de Abdías contra Edom con una muestra de la misericordia divina hacia la ciudad de Nínive. Jonás precede a Miqueas, que trata del juicio del reino de Israel como modelo para aquel juicio contra Judá, así como con la restauración final de Israel y Judá en torno al templo de Jerusalén y la casa real de David. En tanto que Jonás apunta la misericordia de Dios hacia Nínive, prepara el escenario de Miqueas de destrucción y restauración para Israel y Judá. Más tarde Nínive fue la capital del Imperio asirio que inició este proceso al conquistar el reino de Israel y deportar a muchos de sus habitantes. Jonás se relaciona con la pregunta en Jl 2,12-14 si, al ver el arrepentimiento de un pueblo, Dios cambiará su decisión de castigarlo; precede el libro de Nahúm, que celebra la destrucción de Nínive de parte de Dios por sus crímenes contra Israel, contra el mismo Dios y contra el mundo en general, y así apunta a la relación necesaria entre la justicia de Dios junto con su misericordia. Dios puede mostrar misericordia a Nínive cuando ella se arrepienta, pero castigará con Nínive cuando ofenda la justicia. Jonás comparte un pensamiento que se oye de nuevo en Zac 8,20-22, la reunión de las naciones en Jerusalén por la fe en el Señor.
La secuencia de los últimos seis libritos es la misma en las dos tradiciones, hebrea y griega. Nahúm celebra la derrota de Nínive como expresión del poder decisivo y justicia universal de Dios. El juicio es duro hacia Nínive por su abuso de poder, su crueldad en la destrucción de Israel y su tenaz oposición al Señor. Así Nahúm señala la justicia como principio de la creación y fundamento para la restauración final de Judá y Jerusalén.
Los siguientes cuatro libritos vuelven su mirada hacia Jerusalén. Habacuc dirige la atención a la aparición del Imperio neobabilónico (caldeo) como la bancarrota de la justicia y una amenaza a Judá (Hab 1,6; cf. 1,2-4). Por medio del diálogo entre el profeta y Dios, se aclara que el Señor es el autor permisivo para el surgimiento de los babilonios, pero el profeta trata el asunto desconcertante hasta señalar la caída del opresor como resultado de su avaricia excesiva. No es evidente que Judá merezca el castigo. Siguiendo las huellas de Habacuc, Sofonías da la llamada a la purificación de toda influencia de los dioses extraños de Jerusalén y Judá. Desde una consideración meramente cronológica, Sofonías, que profetiza durante el reinado de Josías y antes de la aparición de Babilonia como enemigo de Judá, debería preceder a Habacuc, pero su ubicación actual entre los Doce justifica la destrucción de Jerusalén a manos de los babilonios. De nuevo, el Día del Señor se realza como un acontecimiento de juicio con su subsiguiente restauración.
El salmo final de Habacuc, en el que se pide la intervención de Dios, tiene su respuesta en el tema del juicio de Dios de Sofonías, quien sirvió de inspiración para voces proféticas posteriores. Joel se hace eco de la descripción que Sofonías hace del Día del Señor (Sof 1,15; cf. Jl 2,2). Si Habacuc anunció el surgimiento de Babilonia y la subyugación de Judá, el librito después de Sofonías, Ageo, presenta como tema central la construcción del templo y la restauración de la monarquía. Entre los dos, se entiende el cataclismo de Jerusalén y la destrucción del templo; así se justifican las implicaciones cronológicas y teológicas del lugar de Sofonías en los Doce y, en particular, su asociación con el exilio babilónico. Varios intérpretes entienden Sofonías como un escenario posexílico del juicio escatológico y restauración del cosmos, en que Israel y las naciones serán juzgados y castigados en preparación para la restauración de Jerusalén e Israel como el centro litúrgico por todos los pueblos, una interpretación paralela a la de Is 2,2-3; 56,6-8; 60,10-14; Miq 4,1-2; Zac 8,2-8.20-23; 14,16-21. Varios temas encontrados en Sofonías, que incluyen el castigo de toda la creación y de la humanidad, el Día del Señor como Día de sacrificio y teofanía, el juicio de las naciones, la restauración de los exiliados y la alabanza universal de Dios por las naciones, argumentan a favor de esta interpretación.
Algunas temáticas comunes vinculan los libros de Ageo, Zacarías y Malaquías. El librito décimo de los Doce, Ageo, introduce el tema de la restauración del templo de Jerusalén como el santuario de Israel y las naciones, un tema que debe algo al himno de Sofonías y que promete una gran fiesta en el templo en Sión, cuando Dios en persona estará en medio de su pueblo (Sof 3,17-18); del mismo modo la comunidad de Ageo podía anticipar la presencia de Dios en medio de ella, que será como un imán para atraer a todas las naciones hacia el templo de Jerusalén (Ag 2,5-7). La destrucción de Jerusalén y el saqueo del templo no son recordados en los Doce, pero la restauración de los exiliados desde las naciones presupone los acontecimientos en torno al año 587. El profeta concibe la reconstrucción del templo como símbolo de la soberanía universal de Dios que concluirá en la peregrinación de todas las naciones a Jerusalén. El objetivo es el reconocimiento del Señor como único soberano por parte de las naciones.
El derrocamiento del dominio de los reinos extranjeros y la toma de posesión de Zorobabel como el sello hacen una llamada clara para la restauración de la dinastía de David en Jerusalén. Zacarías, contemporáneo de Ageo (años 520-518), señala el combate escatológico que tendrá lugar contra Judá, Israel y las naciones, mientras la soberanía del Señor se establezca y se reconozca en Sión. Zacarías retrata el significado del templo en una serie de visiones en que su reconstrucción se ve como un suceso de impacto universal. En la segunda parte del librito, los capítulos 9–14, el profeta retrata a Sión como la escena de combate en que los antiguos líderes o «pastores» se quitan, y tanto Israel como las naciones se sometan a Dios en Sión, en medio de la convulsión cósmica que culmina con la fiesta de Sucot (Zac 14,16-18). Las alusiones al escenario de Miqueas en que Israel y las naciones son purgados antes del establecimiento del bienestar universal en Sión (Zac 8 y 14; Miq 4–5), desempeñan un papel importante en la cohesión de los Doce; el retrato constituye el resultado definitivo del Día del Señor.
La visión apocalíptica de Zacarías (capítulos 12–14) y Joel dirigen la óptica hacia el triunfo definitivo de Dios. En Sofonías el inminente Día del Señor es concebido, siguiendo Am 5,18-20, como un «día de cólera» en que Judá y todo el mundo serán juzgados «cuando el fuego de su celo devore la tierra entera» (Sof 1,18), una profecía que anticipa la del Zac 14.
Los detalles lingüísticos entrelazan las colecciones de los últimos oráculos en el libro de los Doce, por ejemplo, el encabezado maśśa’, «oráculo» (Zac 9,1; 12,1; Mal 1). Malaquías presenta un resumen de los temas clave esbozados en los Doce, comenzando con el divorcio latente o la ruptura de la alianza entre Israel y el Señor, la corrupción del templo, la relación entre el sacerdocio y la tierra, el Día del Señor y la llamada a una nueva fidelidad a la alianza. Anticipa una época cuando el «Enviado» (significado del nombre Malaquías) llegará a anunciar la presencia del Señor y pide la observancia a la Torá, de acuerdo con el escenario desarrollado en Miq 4–5 (cf. Miq 4,2). Su retrato del juicio de Dios contra Edom prende una amenaza para motivar a los descendientes de Jacob a mantenerse firmes en su amistad con Dios. El auditorio del librito tiene una opción: sufrir como Esaú o volver como Jacob y cosechar los beneficios de vivir bajo la regla del Señor. El día venidero del regreso del Señor es el broche de oro para el tema subyacente del Día del Señor a lo largo de los Doce y la profecía está abierta al futuro, al retorno de Elías: «Voy a enviarles al profeta Elías antes de que llegue el Día de Yahvé, grande y terrible» (Mal 3,23). Además, las referencias finales a Moisés y Elías conectan el libro de los Doce a la Torá y a los primeros profetas.
En resumen, el libro de los Doce no es una unidad de autor, y las secciones dentro de la colección son de distintas épocas y lugares; sin embargo, no es una colección de oráculos proféticos contrapuestos al azar. Al ver los Doce como una unidad, se hace aparente cómo ciertos temas se desarrollan a lo largo del libro. Así, el enemigo extranjero, espantoso y amenazante en Oseas, Joel y Amós, se transforma en un poder con el cual Israel puede vivir en paz; en la realización de esta trasformación se nota la posición clave de la profecía de Jonás. Se nota, además, las referencias a la dominación persa en Ageo y Zacarías; los pueblos extranjeros, inicialmente adversarios y motivos de la apostasía del pueblo judío, se transforman en gente que adoran al único Dios en Jerusalén. De un modo parecido, se aprecia un desarrollo en la actitud hacia la práctica religiosa del mismo Israel: las condenas de los primeros oráculos conducen a un castigo duro y la consiguiente purificación. Al final, en Malaquías como en la colección de oráculos en Isaías, una vez más previene al lector contra la corrupción (Mal 3,21-24; cf. Is 66,24).
¿Qué se concluye de una exposición de los Doce? En primer lugar, el método crítico reconoce su forma actual como libro y se nota que una antigua comunidad de fe los consideraba como un solo libro. De un modo más general, la prehistoria de los oráculos y sus palabras clave que resuenan en los oráculos dan una fisonomía a la configuración actual; sin embargo, no existe una teoría convincente de cómo los doce fascículos funcionan como una construcción unificada y canónica. La mayoría de los estudios de los Doce se concentran en su diversidad más que en su unidad. Así eran leídas en la liturgia, como secciones o partes desconectadas. En el presente comentario, después de una introducción a cada librito de modo general, presentaré algunos elementos característicos de cada profeta.
El contexto histórico de los Doce profetas se extiende desde el próspero reinado de Jeroboán II del norte de Israel (siglo VIII) hasta la ocupación de Alejandro Magno (siglo IV). Uno de los primeros, Oseas, ejercita su oficio profético en un período sombrío de Israel: la extensión imperial y las conquistas asirias (años 734-732) al mismo tiempo que crecía la rebelión interna del país y la corrupción religiosa y moral. Luego, los últimos oráculos de los Doce tienen su probable trasfondo en el siglo IV, con el alba de la cultura griega que se extiende por todo el Medio Oriente. En el presente recorrido de la historia, se ubica cada profeta en la historia en que surgió, y de ahí se recogen algunos aspectos que son relevantes para entender su mensaje. En los casos de Joel, Abdías, Jonás y Malaquías, no es posible precisar su contexto histórico.
Para entender a los profetas del siglo VIII se tienen presentes el desarrollo económico en tiempos de Jeroboán II (profeta Amós) y la cuestión de las alianzas políticas con o contra Asiria (profeta Oseas).
Después de un período difícil, a finales del siglo IX, en que Israel había perdido gran parte de su territorio y de su fuerza militar, la situación mejoró con Joás (ca. 798-783) y, sobre todo, con Jeroboán II que reconquistó territorios y propició la economía próspera. Sin embargo, la nueva riqueza no conllevaba una mejoría en la condición humana; al contrario, fue ocasión de la descomposición social. Los jefes, comerciantes y hacendados prosperaban a base de injusticias; los fiscales y jueces servían a los ricos, dejándose sobornar en perjuicio de los de abajo; la situación religiosa iba del mal al peor: a los que se daban a los cultos idólatras procedentes del extranjero se sumaban quienes en la religiosidad israelita descubrían una especie de seguro social para aprovechar la injusticia con impunidad, amparados por una falsa confianza en los privilegios del pueblo de la alianza.
El tiempo de Jeroboán II. El reino de Israel tiene la ventaja económica en comparación con el reino sureño de Judá. La relativa paz y el comercio extraterritorial permiten unos años de desarrollo y prosperidad bajo el norteño Jeroboán II (ca. 783-743) de la imponente dinastía de Jehú. El profeta Amós fue elocuente en su crítica del desarrollo comercial y expansión cívica de la época (por ejemplo, Am 5,11-12; 6,4; 8,4-6). La resultante prosperidad no fue equitativa en la sociedad y produjo una desigualdad marcada. Se experimentaron abusos en el comercio, la explotación de los desamparados, el olvido de los derechos humanos y la corrupción en la administración de justicia, males que Amós y otros profetas denunciaron rotundamente. Al abuso social se añade el materialismo cada vez más pronunciado en la práctica religiosa y la presunción en la sociedad a base de su elección como pueblo de Dios sin una referente a los valores inherentes en la alianza.
Inestabilidad política. El Reino del Norte vivió su apogeo bajo la sombra creciente causada por el sol de Asiria. Después de su primera incursión hacia el occidente en el siglo IX, Asiria, que tuvo que afrontar el ataque de los enemigos vecinos y que fue gobernada por reyes débiles, no ejerció ninguna presión durante la primera mitad del siglo VIII. Aprovechándose de este respiro, la dinastía de Jehú se consolidó en Israel, y bajo el reinado de Jeroboán II logró extender las fronteras del reino y realizó un impresionante crecimiento económico. La muerte de Jeroboán coincidió con la subida al trono de Asiria del triunfante Teglatfalasar III (años 745-727), y la nueva presión que este monarca ejerció sobre los estados de Siria y Palestina descubrió la debilidad de Israel. La vida política de la nación degeneró en una sucesión de luchas de poder, sucesivos asesinatos y golpes de estado. En los veinte años que transcurrieron entre la muerte de Jeroboán y la caída del reinado del norte, seis reyes ocuparon el trono de Israel, y el último de ellos, el vacilante rey Oseas (ca. 732-724), inicialmente pro asirio, se unió a los enemigos de Asiria después de la muerte de Teglatfalasar. Este acto sentenció a Israel. Se tomó al rey prisionero y, después de un largo asedio, la capital, Samaría, fue conquistada (años 722-721), la población fue exiliada y su territorio poblado con extranjeros. El profeta Oseas denuncia las conjuras continuas, así como la falta de lealtad (Os 4,1), pone en boca de Dios la queja: «han entronizado reyes sin contar conmigo» (Os 8,4), y registra el fatal comentario de parte del pueblo, «No tenemos rey, porque no hemos temido a Yahvé» (Os 10,3).
Dos partidos políticos se enfrentaron: los que abogaron por someterse a Asiria y los militares, que confiaban en su propio ejército, apoyado por las alianzas con Egipto y otros vecinos. Las alianzas, con Asiria o con su adversario Egipto, eran necesarias para la supervivencia del estado en la época y estas lealtades políticas eran la causa de la división interna. La progresiva debilidad del reinado fue ocasionada por los impuestos que se debían a los aliados, la corrupción de sus líderes y la complacencia en los cargos, y acabó por conducir al reino norteño al desastre. En este ambiente político y económico el profeta Oseas lanzó una predicación sobre la alianza. La imagen resultaba dura. Una alianza militar cobraba su precio, tanto económico como religioso, al tener que aceptar las religiones del aliado. En sus oráculos la alianza militar, aludida repetidas veces (cf. 5,13; 7,8.11; 8,9-10; 9,3; 10,5; 11,5; 12,2), se reviste de la alianza matrimonial, pues aliarse con otros pueblos es abandonar a su esposo Dios (4,10.18; 5,4.7 y pássim) o ser infiel a la alianza (8,1).
Aunque Oseas era oriundo del norte de Israel y no de Judá, los compiladores ignoraron en el título de su librito a los ambiciosos príncipes que sucedieron a Jeroboán; mencionan a los reyes contemporáneos del reino de Judá, y luego, «en el tiempo de Jeroboán, hijo de Joás, rey de Israel» (1,1). Oseas presenta el final de la monarquía de Israel como consecuencia de una derrota militar en el valle de Yizreel (1,5).
El rey asirio Salmanasar V (726-722) y luego Sargón II (721-705) conquistan Samaría y convierten a Judá en reino vasallo. En este trasfondo se sitúa los inicios de la obra profética de Miqueas (Miq 1,1; cf. Is 1,1), que coincide en parte con Isaías. Unos años de relativa calma permiten al rey Ezequías (716-687) ensanchar el territorio de Judá e iniciar una reforma religiosa. Sin embargo, a la muerte de Sargón II, se organiza una revuelta antiasiria, a la que se suma el rey Ezequías. Las consecuencias serán desastrosas: Senaquerib (704-681), sucesor de Sargón, invade Judá, conquista sus ciudades fuertes y llega a las puertas de Jerusalén, pero al final el ejército asirio, urgido por fuerzas mayores en el imperio, levanta el cerco, previo pago de un fuerte tributo por parte de Ezequías (véanse 2 Re 18–19; Is 36–37).
La hegemonía de Asiria en el mapa político del Medio Oriente sigue vigente a lo largo del siglo VII, pero pronto la política internacional experimentará un cambio radical, cuando el Imperio asirio cede el paso al nuevo Imperio babilónico.
Después del asesinato de Senaquerib, le sucedió Asaradón (680-669), que conquistó Egipto, donde instauró veintidós distritos con gobernadores asirios. Dominó toda la región, pero murió al intentar contener una rebelión egipcia. Su sucesor Asurbanipal (ca. 669-629) mantuvo fuerte el imperio, a pesar de las guerras constantes y el desasosiego en el territorio. El año 652, su hermano Asmas-Shum-Ukin se levantó contra él en Babilonia. En el frente del norte los medos hicieron sentir su presencia; en Siria y Palestina crecía el descontento. Quizá el mismo rey Manasés (687-642) colaboró en alguna rebelión, pues según 2 Cr 33,11-13 estuvo detenido por un tiempo en Babilonia.
En Judá, en la segunda mitad del siglo VII, la política de Amón (642-640) siguió la de Manasés, hasta que Amón fue asesinado, y en su lugar fue colocado el niño Josías (640-609). Mientras Manasés estaba en el trono, el Imperio asirio estaba en su apogeo, de modo que a Manasés no le quedaba opción; todo intento de revuelta hubiera sido una locura. Pero Manasés siguió en el campo religioso una política contraria a la de su abuelo Ajaz (736-716) y a la de su padre, Ezequías (716-687), que intentó una reforma religiosa, Manasés abrió las puertas del templo a todo lo pagano. El deuteronomista, desde su perspectiva religiosa, lo presenta como el peor elemento de la dinastía davídica. Pero desde el punto de vista material, su reinado floreció y prosperó. Durante medio siglo el país se vio libre de los estragos de la guerra y conoció un desarrollo económico y cultural. Sin embargo, la integridad moral y religiosa se corrompía a la par con el crecimiento de la prosperidad material.
Durante el reinado de Manasés no hay en Judá ninguna voz profética. Desde Isaías y Miqueas (año 700) hasta Sofonías (año 630) no se nombra ningún profeta, y la asignación de Nahúm en este período es a base de conjetura. Los tres cuartos de siglo del silencio de Dios se rompen con la voz profética de Sofonías y Jeremías.
En el tiempo de la minoría de edad del rey Josías (640-609), un consejo real gobernó Judá. El profeta Sofonías no nombra al rey reformador, limitándose a hablar de los «príncipes» y «los hijos del rey» (Sof 1,8); tampoco alude a la reforma emprendida por el monarca. Josías emprendió una reforma religiosa, basada en el rollo de la Ley descubierto en el templo (año 622; cf. 2 Re 22,8). Si la actividad de Sofonías tuvo lugar durante la minoría de edad del rey reformador, se piensa que su predicación tuvo influencia en la reforma y sus oráculos apremiaron el despertar religioso.
El rey de Asiria tuvo que desistir de luchar contra Egipto, en donde Psamético I (663-609) fundó la dinastía XXVI. A partir del año 630 el dominio asirio fue nominal. A la muerte de Asurbanipal, un hijo suyo, Sinsariskun (627-612), a quien había dejado al frente de Babilonia, cedió el trono al caldeo Nabopolasar (626-612) y marchó contra su hermano. A Sinsariskun le tocó la destrucción de Nínive (612) por los nuevos aliados, los medos y los caldeos. Después de él, Asurubal-lit (612-609) se refugió en Jarán, y fue el último rey de los asirios.
La aniquilación de Asiria se completa hacia el año 606, cuando sus territorios son repartidos entre los medos y Babilonia. Tomando en cuenta el hecho central de la profecía, la caída de Nínive, la actividad profética de Nahúm se sitúa en el siglo VII. Su profecía evoca la caída de la capital de Egipto, Tebas (Nah 3,8), ocurrida en el (ca.) 663, por lo cual su librito tiene que ser posterior a esta fecha. Se piensa en una fecha durante el reinado de Manasés, de cuya política pro asiria el oráculo es una velada crítica. Por entonces Asiria había alcanzado su máximo poderío y extensión. Asurbanipal había conseguido aplastar a Egipto y se apoderó de su capital. Se dio el lujo de creerse invencible.
El profeta Habacuc describe la desaparición del Imperio asirio y el nacimiento del Imperio babilónico, a finales del siglo VII, la época en que los caldeos, destruido el Imperio asirio, emprenden el dominio del Medio Oriente. Habacuc interpreta este acontecimiento histórico que tuvo graves consecuencias para Judá: las campañas militares del 610 y 600, la ocupación de Judá, el asedio de Jerusalén y las deportaciones (cf. 2 Re 23–25).
Se considera Nabopolasar como fundador del nuevo Imperio babilónico. Logró despojar a Babilonia de los asirios y se alió con los medos. A los diez años (616) atacó el corazón de Asiria pero los egipcios llegaron en ayuda de sus antiguos señores. Junto con los medos, Nabopolasar tomó Nínive (caída en otoño del año 612) tras solo tres meses de asedio. En este último período los asirios contaron con la ayuda de Egipto, que temía más a un gobierno babilónico fuerte que a la debilitada Asiria. El faraón Neco II (609-594), hijo de Psamético I, llegó en su auxilio en el año 609 y lo intentó de nuevo en 605. De la parte de los rebeldes el joven Nabucodonosor mandaba el ejército caldeo. Se había hecho famoso cuando en Carquemis infringió una severa derrota a los aliados de Asiria. Desde este momento Babilonia fue la única potencia política y militar de la región. El príncipe heredero Nabucodonosor no pudo perseguir entonces a los derrotados, porque hubo que apresurar su regreso a Babilonia a causa de la muerte de su padre, pero el año 604 ya estaba de nuevo en la llanura filistea y el 603 llamó a todos los reyes de la zona a Siria para que le rindieran vasallaje.
Nabucodonosor (605-562) fue el rey que tuvo influencia más directa en el reino de Judá, y el que causó la destrucción de Jerusalén y el final de Judá.
Llama la atención que en el libro de los Doce no se advierte al final del reino de Judá, la devastación de Jerusalén y la destrucción del templo. Los profetas Jeremías y Ezequiel sirven como puente en aquellos años oscuros de la destrucción y el destierro en Babilonia.
La figura de Nabucodonosor domina el período hasta la llegada de Ciro (rey de los persas, 555), pues a sus sucesores en el trono de Babilonia les faltó talla política. Fueron Avil-Marduk, transcrito como Evil Merodac en 2 Re 25,27-30, que reinó dos años (562-560); su cuñado Neriglisar-Usur, llamado Nergal Sareser en Jr 39,3.13, que reinó cuatro años (560-556); y, por último, Nabonid (556-539).
Ciro (550-530), fundador del Imperio persa.
