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Don Gius, como le llamaban coloquialmente, fue una compañía fundamental para miles de personas que se acercaron a él siguiendo su itinerario humano y religioso. Su perspicacia y delicadeza, el temperamento que lo caracterizaba, también su ironía, su vivacidad y su capacidad de leer en profundidad el alma del que tenía delante y de dar siempre un consejo adecuado son algunas de las cualidades más reconocidas de quien dio origen a Comunión y Liberación. Si bien hay mucho escrito sobre la obra y el pensamiento de don Giussani, este libro pretende hacer accesible a los lectores su dimensión más íntima, popular y cotidiana. El resultado es un retrato vívido y sorprendente de una de las personalidades más importantes del catolicismo del siglo XX. A través de anécdotas y episodios aparentemente sencillos, pero también de recuerdos personales en encuentros oficiales, conversaciones y gestos de atención y caridad, emerge toda la humanidad de don Giussani. Editado por Carmen Giussani, traductora al castellano de muchas de sus obras, y con prólogo del poeta Davide Rondoni, el libro recoge cerca de un centenar de testimonios de personas que, a largo de su vida, compartieron un tramo de camino con él. Un libro único y precioso que, con motivo del centenario del nacimiento del fundador de CL, proporciona al lector las herramientas para conocer de cerca al hombre y apreciar así plenamente su obra.
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Seitenzahl: 225
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Carmen Giussani
Don Gius
Luigi Giussani, una vida apasionante
Prólogo de Davide Rondoni
Título en idioma original: Il Gius. Don Giussani. Una vita appassionante
© La autora y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2022
Edición original publicada por Baldini+Castoldi, Milán 2022
Prólogo de Davide Rondoni
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección 100XUNO, nº 107
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-123-6
ISBN EPUB: 978-84-1339-456-5
Depósito Legal: M-24349-2022
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
INTRODUCCIÓN
QUIÉN ESCRIBE Y POR QUÉ
LOS COMIENZOS EN EL LICEO BERCHET
EL PROFESOR DE RELIGIÓN
LA CRISIS Y LA REANUDACIÓN
CON LOS UNIVERSITARIOS
LA MADUREZ. HASTA LAS PUERTAS DEL PARAÍSO
BREVE NOTA BIOGRÁFICA
ÍNDICE DE NOMBRES
Heredera de mi nombre, en ti yo seré dado a otro.
P. Claudel, La Anunciación a María
INTRODUCCIÓN
I.
Una vez me encontré con Dios en el bar. Y me confesó una cosa. No soporta el amor obligatorio, no soporta la sumisión. Hubiera apostado por ello. No sería Dios, sino un amo idiota e insoportable. En cambio, ama los amores libres, verdaderamente libres. Y por encima de todo desea, como cualquiera de los que estamos allí en el bar, ser amado libremente.
Por ello hizo lo más extraño que se pueda imaginar.
Se dice que Luigi Giussani tenía lo que se llama «un carisma».
Es una palabra sugerente, que hoy se utiliza a menudo (parece ser que circulan por ahí tipos carismáticos en muchos ámbitos, desde el mundo del espectáculo al de la política, desde el del deporte al business). Sospecho que se abusa un poco de esta palabra, como sucede con las palabras que señalan algo que falta y, por ello, se evoca continuamente. Sucede también, por ejemplo, con la palabra «evento» o «acontecimiento», por otra parte muy queridas por don Gius. Ahora se llama evento a cualquier conciertillo o inauguración de perfumería. A lo mejor porque la existencia del hombre contemporáneo parece vacía de eventos reales, de acontecimientos que marcan la vida y la cambian. O quizá porque a tales eventos, que a veces se ocultan en detalles discretos o presencias insospechadas, nuestra existencia se ha vuelto insensible. Un acontecimiento es tal si cambia la perspectiva del vivir, si introduce de verdad algo nuevo. No es solo algo que sucede.
Así que hasta de carisma se habla hoy mucho, entre programas de televisión, medios de comunicación y redes sociales.
El término indica que, por motivos no muy bien distinguibles y analizables, aquel tipo o aquella tipa ejerce una atracción mayor que otros.
En un cierto sentido, un carisma es una dote, un don que puedes usar, como todos los dones y las dotes, bien o mal. En fin, se lo puede vivir de modo fértil o estéril, generoso o egoísta. Los hay que «explotan» el propio carisma para ganar algo —ya sea dinero, fama o vanidad— pasando muchas veces de carismáticos a grotescos. Y los hay que del propio carisma tratan de sacar frutos buenos para todos. Y, con el tiempo, muchas veces pasan de simples desconocidos a ser puntos luminosos de la historia.
Luigi Giussani era un muchacho despierto de Desio, un pueblo de Brianza perdido entre unos cuantos pueblos similares, al norte de la Gran Milán. Ahora Giussani es un nombre muy querido, querido hasta las lágrimas y con una sonrisa, para decenas de miles de personas en todo el mundo.
En el ámbito de la fe cristiana, el carisma se entiende como un don concedido a una persona para que anime la vida de muchos.
Su misterio inasible (¿por qué? ¿por qué a él, a ella? ¿por qué en este momento histórico?) se hunde en el secreto mismo de la paternidad y maternidad de Dios hacia su criatura amada. Hacia nosotros, los seres humanos.
En aquel bar, Dios tenía ojos maravillosos e inaferrables mientras me hablaba de su problema.
En efecto, ¿cómo es posible para Dios persuadir a este ser peculiar, inestable, a veces maravilloso y a veces horrendo, este ser humano que somos, a que reconozca el Ser del que surge? ¿Cómo es posible para Dios invitarlo a amar a su Destino, a su PadreMadre? Invitarlo, no obligarlo. Pues bien, para afrontar este problema Dios ha hecho la cosa más extraña. Y sigue haciéndola. De esta extraña iniciativa de Dios han nacido historias y personalidades singulares. Figuras «imprevistas», aun más en un mundo donde se vive como si Dios no existiera y donde se parlotea mucho de amor, pero de amor verdaderamente libre vemos muy poco.
En resumen, apremiándole mucho a Dios este problema de hacerse amar libremente, se inclinó ante una chiquilla de quince años, María. Se inclinó como un enamorado cualquiera para pedirle: oye, ¿me dices que «sí»? Se inclinó con sus ángeles en lágrimas y en fiesta, porque sabía que el «sí» de ella iba a dar inicio a una historia tremenda y maravillosa.
Una historia en donde Su Hijo iba a obrar cosas milagrosas, delicadísimas y poderosas, e iba a pasar también por un montón de problemas, antes de salir airoso, resucitando, descorchando el tapón para elevar el primer brindis, verdadero y absoluto, a la vida.
En fin, Dios tuvo que inclinarse ante ella, «término fijo del consejo eterno», como dice Dante, nombre fijado desde la eternidad. Porque si ella le decía que «sí» podía arrancar una historia de amor libre entre los seres humanos y Dios. Un amor no obligado, un amor que tiene el sí del enamorado y del hijo, de la hija y de aquel que es perdonado. No el del esclavo. Un sí ajeno a la sumisión.
II.
No soy un teólogo, y se nota. Cuando me preguntan por mi fe digo que soy un cristiano católico de rito romagnolo1.
Sin embargo, ciertas cosas se admiran y, si profundizas en ellas, te marcan para siempre. He tenido la suerte de conocer y frecuentar a un hombre que, como veréis más adelante en este libro, a la pregunta de si lo que había nacido de él como un Movimiento tenía una novedad y una sustancia más ética, filosófica o poética, contestó enseguida: «Poética», para añadir, yendo a lo esencial: «Religiosa». No tendría ni la pizca de fe que tengo si no hubiera encontrado a este hombre. Hubiera sido simplemente un anárquico romagnolo.
Los carismas que surgen en la historia son una continuación, por así decir, de aquel evento de Dios que tiembla delante de la Virgen: ¿dirá que sí? De aquel «acontecimiento», como le gustaba decir a don Gius.
Son una reverencia de Dios ante alguien que, lleno de gracia, con su humanidad dice: «Sí».
Para que aquella historia de amor libre continúe a lo largo de los siglos.
No es un discurso, el carisma, no es una idea. Es una «personalidad» que recibe su animación de un don especial.
Y tal animación es querida por Dios. Porque, a través de ese don especial, Él mismo invita y provoca a quienes quedan tocados por él a dirigirse a Cristo, aunque solo sea por unos instantes. Que ese «revolvimiento» provocado por el encuentro con un carisma llegue a movimentar unos pocos instantes o el arco entero de una existencia, es un don, una historia de gracia y de libertad.
III.
Don Giussani ha sido un hombre que ha despertado y ha movimentado la vida de muchos. Encontraréis en este libro conciso los encuentros y los diálogos que han cambiado la vida de muchos jóvenes, hombres y mujeres. Lo ha hecho con su simpatía excepcional, con su finura, su coraje, sus palabras y su humanidad. Que se trasluce en sus discursos y en sus libros, en múltiples episodios, gestos y situaciones que han marcado la vida de las personas que lo han frecuentado durante años o solo unos instantes. Tenía carácter don Giussani, se apasionaba con aquello en lo que creía, era capaz de sorprendentes delicadezas.
Don Giussani ha generado a su alrededor un Movimiento. Análogamente a lo que sucedía con las primeras comunidades cristianas y con la misma comunidad que se reunió en torno a Jesús, la presencia excepcional de un hombre ha generado amistades (¡cuántas veces vuelve esta palabra a lo largo de estas páginas!, eco de la frase revolucionaria «os he llamado amigos» que Jesús dice a los suyos), pensamientos, obras, aventuras personales y colectivas. Un movimiento del ánimo y del pensamiento que pasa de una persona a otras. A lo largo de su existencia, durante décadas, y luego en el tiempo por venir. Para la Iglesia, la suscitación de estos carismas coincide con el devenir de su misma historia. Una historia que hace Dios. Innumerables son los carismas que en los siglos han movimentado la historia creando órdenes, grupos, comunidades. Sin ellos, la misma institución de la Iglesia, como han repetido los últimos papas, perdería algo de su naturaleza.
El carisma de don Giussani surgió en Italia en el momento en que la nación, desde siempre considerada católica por tradición, por la presencia y la importancia del papa y por vicisitudes políticas, llegaba a su cumbre y entraba en una crisis que muy pocos supieron interpretar.
Joven hombre de fuerte cultura, de lecturas extensas, don Giussani comprendió, sufriéndolo en la propia piel, que algo no funcionaba. El formalismo de ciertas prácticas —que a él mismo le quedaban estrechas ya desde el seminario—, la capa de respetabilidad burguesa a la que se reducía a menudo una fe privada de razones y de esperanzas vivas y operantes, y la consiguiente ceguera del mundo católico a la hora de interpretar los retos reales del tiempo, existenciales y culturales, lo impulsaron a asumir, con la audacia de los sencillos de corazón y el arrojo del guerrillero, un reto para muchos incomprensible e incluso absurdo. Y por lo tanto incómodo. Desafiar la modernidad —y las filosofías e ideologías que la vertebraban a menudo en abierta oposición al cristianismo— sobre el terreno en el que estaba entrando en crisis: la concepción misma de lo que es la libertad, y de lo que es la verdadera «liberación» de la persona humana.
Sobre el terreno de este desafío, se pueden leer la riqueza de gracia, la inteligencia cultural y también las polémicas que acompañaron la vida de don Giussani y de sus «muchachos». Había apuntado, por así decir, al premio gordo, dando en la diana: a la pretensión de las filosofías e ideologías imperantes de representar la verdadera liberación de la vida humana. La polémica anticristiana, que venía de siglos, y las astucias del poder invasivo en las formas que adquirió en el siglo XX, eran el blanco adonde apuntaba no solo el «discurso» de don Giussani, sino la presencia misma de sus jóvenes, con su alegría y la fertilidad positiva de su existencia. Incluso los que se oponían con furia a la vida que nacía de don Giussani no podían y no pueden sustraerse a una cierta fascinación humana que de ella proviene. Giussani lo sabía y custodiaba (y supo custodiar siempre aún en circunstancias turbulentas y en la opacidad de la historia) la fuente auténtica de esa «fascinación»: el acontecimiento cristiano, la noticia increíble de la encarnación, la figura de Jesucristo capaz de pasión y entrega por la vida humana como ninguna otra en la historia. Y fijó en un nombre, que por otra parte no inventó él, el sentido profundo de su carisma y de la vida que este moviliza: comunión y liberación. No viene de la política, ni de la burocracia perfecta, ni del esfuerzo moral, ni de la ciencia o de la tecnología, no viene de la sumisión a un Dios lejano «la liberación»: viene de la comunión, de una vida entendida como amistad en camino hacia el destino. Una amistad liberadora, porque no se apoya en un proyecto social o en una preferencia psicológica, sino en el acontecimiento de Cristo presente.
IV.
No es este el lugar en el que describir las etapas de una aventura que, partiendo de un vagón de tren de cercanías y de los escalones de un liceo milanés, llevaron la figura de don Giussani a ser percibida como cercana, cargada de autoridad, afectiva y movilizadora para miles de personas en todo el mundo, en contextos culturales y civiles diferentes, y que lo llevaron a ser de distintas formas una «referencia» para los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Para ello existen documentadas publicaciones.
«Nunca pretendí fundar nada», repetía. Había asistido, maravillándose él el primero, al surgir de muchas personas, amistades, obras y aventuras sociales que extraían su savia de la relación con su humanidad y sus palabras. Era un guerrillero, en cierto sentido. El desafío, al que aludíamos antes, absorbía todo su espíritu animado por una fe niña, toda su inteligencia febril y profunda, toda su pasión humana, con el tiempo consciente de la excepcionalidad que lo había conformado. Un temperamento nutrido de raíces familiares —la madre creyente, el padre ebanista anárquico—, de estudios con grandes maestros a los que estuvo siempre agradecido, de un rechazo personalísimo hacia lo inauténtico, y de un coraje y una delicadeza especiales a la hora de afrontar situaciones complicadas, colectivas e individuales. Un temperamento que se había apasionado por Cristo como la respuesta a la potentísima demanda de sentido y de belleza que lo habitaba desde que era un muchacho. Aquella demanda de sentido que descubría en los poemas de Leopardi, en la música de Donizetti y en los rostros de las personas en los que se fijaba. De este temperamento conquistado por la fe dan testimonio muchos hechos, muchos elementos que inducen a rastrear señales de santidad, y muchos recuerdos que quedan guardados en la memoria de sus amigos e hijos. Es como un tesoro que no cesa de ser una «fuente viva de esperanza».
Son escenas que se relatan en modo análogo a las escenas del Evangelio, o de muchos otros libros que narran una vida especial.
Las escenas están suspendidas en un punto del relato, no lo cuentan todo. No se trata, por lo tanto, de narrar una historia para magnificar a su protagonista. Si acaso, lo contrario. Se captan las señales, los reflejos que de su vida llegan hasta nosotros.
Tampoco se trata de reconstruir —de un modo que, por otro lado, tendría siempre lagunas— un exhaustivo retrato de una figura rica y sorprendente, viva al modo de una figura michelangiolesca como don Giussani, sino de reconocer, de registrar como un sismógrafo algunas de las ondas de aquel «terremoto» que ha alcanzado a muchos.
V.
Este libro recoge algunos reflejos, entre muchos, de la propagación de esta onda sísmica. Son ejemplos que, ciertamente, pueden picar la curiosidad del lector acerca de la vida que en don Giussani ha gritado, rezado y amado, y que de él ha nacido y se ha transmitido a muchos.
Carmen, homónima en cuanto a apellido, ha recopilado de varios amigos, cercanos y lejanos, estos relatos de episodios, a veces mínimos, a veces aparentemente marginales, pero capaces de marcar una existencia.
Quien —como un servidor, su «hijo» más raro e impresentable— ha tenido la suerte de compartir durante años su cercanía y colaboración, conserva vivos en la memoria muchos episodios análogos. Detalles que ilustran la temperatura de vida y de fe de la que luego surgían las palabras, sus impetuosos y conmovedores discursos que han tocado el corazón y persuadido en la fe a miles y miles de personas que lo conocieron solo de lejos, en inmensos auditorios, o mediante esa extraña lejanía y proximidad que son los amigos y los libros que recogen sus pensamientos.
Recuerdo que un día teníamos que presentar uno de sus libros que le ayudé a «componer». Se trataba de la antología de poemas de su amadísimo Giacomo Leopardi, Cara Beltà... ¡Cómo le gustaba este título!, que le sugerí de golpe en el momento en que teníamos que elegir, teniendo en mente cómo se detenía en aquella expresión cuando leía en público la poesía «A su dama». «¡Y cómo quieres llamar a este bendito libro si no con aquel íncipit que te gusta tanto...!». Era uno de los poemas que citaba y comentaba más a menudo, por aquella nostalgia ardiente de una presencia... La evocación «Cara Beltà...» hacía temblar el corazón de don Giussani. No creo que se pueda acercar de verdad a la comprensión de su carisma quien no aprenda a temblar del mismo modo...
Estábamos entonces en la Feria de Milán para presentar aquel libro. Año 1993. En el pequeño cuarto en el que nos habíamos reunido antes de entrar en la sala, don Gius dijo que estaba despeinado y buscaba un peine. Entonces mi mujer extrajo del bolso un pedazo de peine de esos dorados, muy llamativo, del tipo de los que se usan en la playa, y se lo ofreció. Él lo agarró sonriendo y se arregló con ese artilugio dorado y pop. Luego salió al escenario. Y la conferencia fue bellísima, vibrante. Quienquiera que haya escuchado a don Giussani hablar de Leopardi y de ese anhelo que lo acompañaba desde que, siendo joven seminarista, repetía las palabras del poeta como agradecimiento después de haber comulgado (porque o Cristo es la respuesta a la petición de Leopardi, o bien no sirve para nada), pues bien, quienquiera que lo haya escuchado hablar de estas cosas, ha quedado marcado. Cada vez que hablaba de ello, se encendía un discurso vivo, palpitante, que te implicaba. Poético, en el sentido en que tuvimos ocasión de conversar un día, porque el modo de hablar de don Giussani era del rango de los poetas: cuando hablaba, se le veía comprometido en perseguir, en penetrar, en conocer aquello de lo que estaba hablando. Hay muchos que te «explican» el Evangelio (o la matemática o el vino). Y no sucede nada. En muy pocos ves la tensión por enfocar el objeto del que hablan mediante las palabras que usan y que por ello se «movimientan», se encienden, están vivas, porque cobran toda la vida del que habla. Don Giussani hablaba así, poéticamente. De Leopardi o del primer encuentro de Jesús con los discípulos o de una noticia de la prensa. De todo. Por eso, aquella vez fue bello y provocador escucharle. Al término, entre los muchos que se apiñaban en torno a la mesa de los ponentes para saludarlo, se abrió paso una señora anciana. Recuerdo todavía su rostro. No entendí bien quién era, si una antigua profesora o una compañera de los primeros años de escuela. Era, así me pareció, mayor que don Gius, que ya había superado los 70. Pero he aquí que, nada más presentarse ella, emocionada, él la recibió con un cumplido: «¡Qué frescura!», le dijo mirándola a los ojos. Temblé por la exactitud humana de aquellas palabras. Por la exactitud no solo y no tanto de la descripción sino, por así decir, de la puesta en valor, la exactitud en captar un deseo vital y una situación existencial. Una exactitud poética, es decir, humana.
En muchos casos, ya hablara en público o en privado, lo he visto. Guardo en la memoria muchas respuestas dadas a mis interrogantes, a preguntas planteadas, al requerimiento de una confrontación. Y una multitud de episodios que nos contábamos entre amigos y seguimos contándonos. Pero no como se hace con «los famosos», sino como cuando se remueven las ascuas para avivar el fuego. Incluso anécdotas divertidas. Esas no faltan con una persona simpática como era don Gius, pero realmente simpática, no como esos curas medio humanos medio estatuas de cera y —como él mismo recordaba— en cuanto medio varoniles también medio curas. Porque era enteramente hombre, era enteramente sacerdote.
Entre los episodios graciosos, recuerdo el de un señor, Dino, que deseaba mucho conocerle personalmente y no había tenido la ocasión de hacerlo. Hasta que un día se encontró casualmente con don Gius en un ascensor. Como no sabía qué decir allí sobre la marcha, siendo él mismo físicamente no muy alto y con una cara simpática y no precisamente regular, dijo: «Dicen que me parezco a ti...». Y don Gius: «¡Qué va! Tú eres mucho más guapo». Final del viaje en el ascensor. Dino cuenta que desde entonces —y ya han pasado 50 años— todavía se pregunta cómo pudo, en lugar de usar el tiempo que tuvo para decir a don Gius algo importante, salirse con aquella tontería. Sin embargo, considerando la respuesta, tal vez no lo sea. Porque los encuentros con Giussani, los graciosos y los ásperos en donde se discutía, en donde se abordaban cuestiones espinosas o cosas delicadas y terribles, dejaban una huella. No te dejaban esa suerte de beatitud boba que aparece en los rostros de quien «ha visto» o ha estado por un momento con un vip, un famoso, un líder. Una beatitud que se esfuma a la primera de cambio. No, dejaba inquietudes, preguntas abiertas. Dejaba pistas, no puntos de llegada.
«Os deseo que no estéis jamás tranquilos», casi gritó, cerrando una de sus intervenciones más conocidas, en el Meeting de Rímini.
Pensando quizá en muchos, en especial en los más avispados, con más temperamento, gente con una marcha más que se había reunido en torno a él, decía: «Lo he apostado todo por la libertad». Como para decir que, análogamente a lo que sucede en el Evangelio, el hecho de Cristo y de sus testigos no «impone» nada a nadie, no pretende nada, no obliga. Vale para los pobres y para los ricos, para los mayor dotados y reconocidos públicamente, así como para los que todos ignoran y parece que no hacen nada extraordinario. Pero aquel hecho pide la sinceridad de reconocer los indicios de una «presencia excepcional». Luego la libertad siempre decide, «repica», diría el poeta Betocchi. Y hay quien se apega y quien se distancia, quien se queda y quien se va, aunque difícilmente olvida. Sin embargo, ¡cuántas pretendidas riquezas ha acumulado el hombre contemporáneo, casi a modo de trinchera, para no ver la mirada de Cristo! Para resistir a la fascinación de un encuentro que introduce una perspectiva distinta en la vida, en todo, en el amor, el dolor y la muerte.
Es cierto, dijo en una ocasión don Gius, que muchas veces ha sido la Iglesia la que se ha alejado de Cristo, la que se ha avergonzado de Él. Reducida a veces a una institución clerical, a poder, a aburrimiento, en lugar de ser el cuerpo de Cristo vivo y presente entre las personas. Al igual que muchas veces la Iglesia, a través de la fe incluso de una sola persona o de una pequeña comunidad, ha contribuido al bien de la vida de todos.
«¿Es la humanidad la que ha abandonado a la Iglesia / o es la Iglesia la que ha abandonado a la humanidad?», escribe Eliot en sus Coros de «La Piedra».
Don Giussani no ha eludido jamás esta pregunta, al contrario, la ha enarbolado durante toda su vida como una antorcha para ver qué estaba haciendo con los suyos. Era un hombre cierto en la fe y decidido en el gesto y en la acción, pero estas eran constantemente meditadas y verificadas.
Ha propuesto el cristianismo, sin añadidos, sin desviaciones. Un cristianismo «genérico» decía, es decir, esencial. Dando razón de ello, mostrando cómo se puede ser plenamente hombres y mujeres y cristianos. Hombres razonables y ligados a Cristo. Como tantos otros en cualquier tiempo. Y presentes en cuanto tales en la época y en el contexto en que nos toca vivir.
Don Gius entregó su vida por el renacimiento de la Iglesia y su contribución está dando frutos y los dará con el tiempo.
VI.
Antes de caer de rodillas, anciano y sencillo como un niño, delante de Juan Pablo II que lo levantaba siendo viejos amigos, terminó uno de sus últimos discursos, pronunciado en la Plaza de San Pedro, con estas palabras: «El protagonista de la historia es el mendigo: Cristo, mendigo del corazón del hombre, y el corazón del hombre, mendigo de Cristo».
Aquellas palabras y aquel gesto están entre los más emblemáticos del hombre Luigi Giussani.
Una vez le pregunté, casi a quemarropa: «¿Por qué existe el dolor?» —tenía que escribir para su colección un prólogo a las terribles y magníficas cartas sobre el dolor de Mounier, el conocido filósofo francés—.
Y él: «No hay respuesta para esta pregunta».
¡Toma! Siglos de untuoso, melifluo, y banal «respuestismo» católico, entre apaciguador y grimoso, barridos por esa pasión y exactitud. «Tenemos el acontecimiento de la cruz al que mirar, a quien ofrecer esa perspectiva de dolor que él ha vencido con su resurrección…».
Su manera de hablar no te dejaba simples ideas o, mejor dicho, te dejaba ideas en el sentido literal del término, que viene del verbo griego que significa «mirar, saber». Don Gius te dejaba algo a lo que mirar, te hacía ver algo, alguien. Un camino. Nunca abstracto, puramente mental, sino vivo, existencial.
Por eso le gustaba decir, usando una metáfora: haciendo «el movimiento» hacemos poesía. Que para los de Brianza, trabajadores pertinaces de su generación, era como decir: una cosa inútil. Sin embargo, una vez más, él invertía precisamente el punto de vista. Sí, hacemos algo aparentemente inútil como la poesía, pero una de esas cosas «inútiles» que por su belleza y por la herida de cielo que conllevan dan sentido a la vida. Y así señalaba el camino a quien se quedaba tocado por él, remitía a Otro más allá de sí mismo. Hizo multitud de cosas, pero una la hizo siempre: sostuvo la esperanza de las personas.
¿Existe acaso una empresa, una obra, un mérito más bello?
Le di las gracias a mi manera, la noche en que nos dejó.
Davide Rondoni
Me visto en una habitación de hotel,
Milán
tiene una de sus muchas mañanas sin luz,
lloro pausadamente tu muerte,
esta noche millones de kilómetros
han quedado suspendidos
y todas las autopistas recorridas por ti
se han levantado como cintas
de niños saludando.
Había amistad incluso aquí
donde la ciudad se ramifica, te aturde,
lloro míseramente tu muerte
y abrocho la camisa ante el espejo
esta noche las estrellas han retenido
la fuerza de tu cuerpo
y las casas de tus muchachos
han percibido el susurro de las ramas –
lloro violentamente tu muerte,
el cielo hiere mi pecho, la gracia
es cosa de hombres sencillos, vivos.
Lloro dulcemente tu muerte,
y abro la puerta de cristal de este hotel2.
QUIÉN ESCRIBE Y POR QUÉ
