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¿Se puede encontrar todavía a Dios en esta sociedad líquida?La secularización y descristianización actual de Occidente, ¿son un signo del final de los tiempos, o simplemente de una época que se acaba y otra que comienza? La sociedad plural y relativista, ¿es el enemigo a combatir, levantando barreras y muros para defenderse de ella? ¿Cómo están llamados a vivir su fe quienes creen en Jesús en un momento histórico como el actual que, en muchos aspectos, se asemeja al de los comienzos del cristianismo? En intenso y lúcido diálogo con el conocido vaticanista Andrea Tornielli, Julián Carrón -responsable de Comunión y Liberación desde hace trece años- responde a estas y otras muchas cuestiones sobre el núcleo esencial de la fe cristiana, la dinámica propia con la que el cristianismo se comunica y la forma del testimonio en una sociedad que va camino de ser postcristiana. Todo ello sin eludir otros temas más espinosos y candentes relativos tanto a la vida de la Iglesia como a la del propio movimiento eclesial que él dirige. Es la realidad, que llama a la puerta de nuestra experiencia y hace que emerja toda nuestra exigencia de significado. Cuando trabajaba como profesor de Religión, un chaval que estaba en la cola del autoservicio de la escuela me preguntó un día: "Pero ¿está usted seguro de lo que dice acerca de Dios?". Le respondí: "Sí, porque mira, lo que diferencia mi posición es que no parto de Dios, sino que parto de la realidad".
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Julián Carrón
¿Dónde está Dios?
La fe cristiana en tiempos de la gran incertidumbre
Una conversación con ANDREA TORNIELLI
Traducción de Belén de la Vega
Título original: Dov’é Dio? Conversazioni di Andrea Tornielli con Julián Carrón
Por Andrea Tornielli y Julián Carrón
© Mondadori Libri S.p.A. bajo el sello de Piemme, 2017
© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2018
Este libro ha sido contratado a través de Ute Körner Literary Agent
– www.uklitag.com
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
100XUNO, nº 43
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN epub: 978-84-9055-868-3
Depósito Legal: M-17499-2018
Printed in Spain
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com
Índice
CUATRO DÍAS DE PREGUNTAS SIN RED
1. ENCONTRAR A DIOS HOY
2. LA LOSA DEL MAL Y LA MISERICORDIA
3. UN EXEGETA ENTRE LOS CEREZOS DE EXTREMADURA
4. EL MOVIMIENTO «QUE SE PERCIBE» Y EL MOVIMIENTO «REAL»
5. EN COMPAÑÍA DE LOS PAPAS
CUATRO DÍAS DE PREGUNTAS SIN RED
por Andrea Tornielli
¿Es posible todavía encontrar a Dios en estos tiempos que vivimos, en esta «sociedad líquida» en la que nos hallamos inmersos? La secularización y la descristianización, características de un Occidente antaño cristiano, ¿son signos del final de los tiempos o únicamente del final de un tiempo y del comienzo de otro? La sociedad plural y relativista, ¿es el enemigo a combatir, levantando barreras y muros, reforzando ciudadelas construidas sobre montes para rechazar los ataques, o bien puede ser la ocasión para anunciar el Evangelio de forma nueva? El final de la civilización cristiana, la dificultad para encontrar un denominador común en los «valores» y en la moral «natural», ¿marcan la imposibilidad de un diálogo sincero entre creyentes y no creyentes o reclaman que este se proponga con nuevas formas? ¿Por qué insiste tanto el papa Francisco en la misericordia, siguiendo la estela de sus predecesores del último medio siglo? Para encontrar a Cristo en nuestro camino, como les sucedía a quienes se cruzaban con él en los pueblos de Galilea hace dos mil años, ¿se necesitan condiciones previas? El encuentro con Él, ¿es fruto de estrategias de marketing, es el resultado de un método que hay que poner en práctica como si se tratase de un manual de instrucciones, o es un don de pura gracia, que como tal no nos pertenece ni antes ni después? ¿Es acaso la Iglesia la sociedad de los «perfectos», que pasa su tiempo juzgando todo y a todos, quizá con invectivas cotidianas contra los tiempos modernos y a la vez con nostalgia del pasado, o está compuesta por cristianos que se consideran a sí mismos sobre todo como pobres pecadores, infelices que han sido agraciados por gracia y que, al tener necesidad cada día de perdón y de misericordia, reflejan a veces la mirada de la misericordia sobre los «demás», cercanos y lejanos, sin considerarse nunca mejores y más capaces?
Frente a una situación que en ciertos aspectos se asemeja cada vez más a la que se vivía en los inicios del cristianismo, ¿cómo están llamados a vivir los que creen en Jesús? El padre Julián Carrón se halla al frente del movimiento de Comunión y Liberación desde hace doce años. Ha asumido la tarea no fácil de recoger el testigo de don Luigi Giussani, el cual, aunque no tuvo intención de «fundar nada» porque quería únicamente volver a proponer los elementos esenciales del cristianismo y de la pertenencia a la Iglesia, dio vida a un movimiento que, como todas las realidades nuevas, ha suscitado y suscita discusiones. Un movimiento estructurado que ha dado y da que hablar.
Me parecía interesante conversar con él, sacerdote español nacido entre los cerezos de Extremadura, al que Giussani, sorprendiendo a más de uno, decidió en el último periodo de su vida confiar la guía del movimiento. No tanto con el objetivo de afrontar los temas más espinosos e internos de la vida de CL y más en general de la Iglesia —que, sin embargo, no faltan en este libro, con preguntas y respuestas incluso incómodas—, sino sobre todo de reflejar cuál es la mirada del movimiento sobre el momento histórico que estamos viviendo. Para escuchar, posiblemente sin lenguajes autorreferenciales o para expertos ya «fidelizados», cuál es el núcleo esencial de la fe cristiana. Con una atención particular a la dinámica con la que el cristianismo se ha comunicado y se comunica.
Este libro-entrevista es fruto de cuatro días de conversaciones que han tenido lugar en una gran sala en el último piso del Instituto Sacro Cuore de Milán, con vistas a la Tangencial Este y un ligero temblor del suelo cada vez que pasa un TIR a gran velocidad. Una sala de reuniones como cualquier otra, sin una decoración especial. Tan solo el último día me dijo don Julián que en ese lugar vivió los últimos meses de su vida y murió don Giussani que, debido a las consecuencias de la enfermedad de Parkinson, necesitaba una asistencia especial.
En la conversación con el padre Carrón, más que dirigir nuestra mirada a los comienzos del movimiento, hemos vuelto con frecuencia a los comienzos del cristianismo, a los relatos evangélicos. Porque ahí, en el hecho de redescubrir hoy de forma profunda y viva el origen, está la respuesta a la pregunta sobre el testimonio de los creyentes en Cristo en nuestro tiempo.
Frente a los que parecen necesitar cada día un «enemigo» contra el que lanzarse en nombre de los valores cristianos, frente a los que parecen encontrar su consistencia únicamente en esta posibilidad de oponerse, resultan más pertinentes que nunca las palabras que don Giussani pronunció en agosto de 1982 refiriéndose a la Acción francesa de Charles Maurras que, a comienzos del siglo XX, quería reformar el mundo en nombre de los valores cristianos. «Pero aquello no era fe», comentaba Giussani, «la fe solo es esto: [...] ‘la apertura enérgica a una Presencia’», a la presencia de Cristo. «La objeción fundamental a la recuperación continua» de una conciencia semejante «nace de [...] una inseguridad existencial, es decir, de un miedo profundo, que nos hace buscar el apoyo en las cosas que hacemos», en nuestras realizaciones: «la cultura y la organización. [...] Es una inseguridad existencial, es un miedo de fondo lo que nos hace concebir como punto de apoyo, como razón de nuestra consistencia, las cosas que hacemos en el ámbito cultural y organizativo. De este modo, las actividades culturales y organizativas no llegan a ser expresión de una fisonomía nueva, de un hombre nuevo. Si fuesen la expresión de un hombre nuevo podrían incluso no existir, si las circunstancias no lo permitieran, pero ese hombre se mantendría en pie. Mientras que, en cambio, mucha gente nuestra aquí presente, si no existiesen estas cosas, no se mantendría en pie, no sabría para qué está aquí, no sabría a qué adherirse: no se mantiene, no tiene consistencia»1. Habría que añadir: si no tuviesen «enemigos» contra los que lanzarse cotidianamente, no sabrían ya cuál es su consistencia.
En su obra L’avventura cristiana, Emmanuel Mounier había predicho: «El portero de la historia no escuchará vuestros argumentos, mirará vuestros rostros»2. Y antes incluso que el «portero de la historia», las personas con las que nos encontramos cada día miran el rostro de los cristianos más que escuchar sus lecciones de doctrina, captando la simpatía humana y la compasión sincera de quien abraza sin juzgar porque ha sido, a su vez, continuamente abrazado y perdonado.
El diálogo que el lector encuentra en estas páginas no es un libro sobre la historia de CL (existen ya algunos), no es una biografía de Julián Carrón (al que agradezco que haya aceptado mi propuesta y que no se haya sustraído a ninguna pregunta) y no es tampoco un libro sobre el movimiento. Representa sobre todo el intento —será el lector quien juzgue si se ha conseguido— de plantear y suscitar preguntas para descubrir o redescubrir contenidos y dinámicas propias del cristianismo. Para preguntarse si pueden ser interesantes estas preguntas y de qué modo se pueden testimoniar nuevamente en una sociedad que no es todavía poscristiana, pero que va camino de serlo.
1. ENCONTRAR A DIOS HOY
Cuando la secularización se convierte en una ocasión
Don Julián, vivimos en un mundo destrozado por guerras, terrorismo, hambre, migraciones... ¿Cómo ve el futuro un cristiano desde un panorama como el actual?
Un cristiano ve el futuro con realismo y con esperanza. Dos términos que parecen casi estar en conflicto entre ellos: de hecho, para algunas personas albergar esperanzas significa tener una mirada edulcorada sobre la realidad; para otras, ser realistas comporta necesariamente no tener esperanza. En cambio, es precisamente la esperanza lo que permite un auténtico y radical realismo en el que no hace falta eliminar nada de lo que hay, en un sentido o en otro. Por eso la única mirada realista es la mirada cristiana. Al comienzo de la Carta a los Romanos, san Pablo nos ofrece quizá la descripción más apocalíptica del mundo que le tocó vivir, no porque fuese un observador más agudo que los demás, sino porque la esperanza que había suscitado en él el encuentro con Cristo resucitado le permitía no echarse para atrás ante los hechos y los problemas y le hacía darse cuenta de lo que no funcionaba a su alrededor. No necesitaba edulcorar la realidad.
Hoy vemos la misma actitud en el papa Francisco, que habla con gran realismo de la situación que estamos viviendo: tercera guerra mundial a pedazos, tráfico de armas, violencia, descarte de personas, fenómenos migratorios, injusticias, hambre, corrupción. Interesado tanto en las circunstancias particulares de las personas como en los escenarios globales, se ha convertido en un dirigente mundial reconocido por todos precisamente por su mirada llena de ese realismo que nace de la esperanza cristiana. Si un cristiano vive de verdad una experiencia de fe, la certeza que dicha experiencia lleva consigo se extiende hasta el futuro: funda una esperanza que permite afrontarlo todo con una mirada nueva.
¿Está diciendo que el cristianismo no es pesimista, pero tampoco optimista?
Al final, es fundamentalmente optimista, pero no por ingenuidad, sino porque la última palabra sobre la vida y sobre la realidad es el acontecimiento de Cristo, un hecho que ha sucedido y que ha introducido en la historia una esperanza que de otro modo sería imposible. Lo expresa muy bien una frase de Charles Péguy: «Para esperar [...] hace falta [...] haber recibido una gran gracia»3.
¿Qué significa «una gran gracia»? ¿Puede explicarlo brevemente?
Es la gracia del encuentro con Cristo. Como el encuentro de los dos primeros discípulos, Andrés y Juan, con Jesús, a orillas del río Jordán —un encuentro humanísimo—, que cambió su vida por completo. Como el encuentro desconcertante de san Pablo en el camino de Damasco, que cambió radicalmente la mirada que había tenido hasta ese momento. El encuentro con Cristo vivo determina su forma de mirarlo todo, abre sus ojos para captar la positividad irreductible de la realidad. Es decir, el punto último que define la realidad ya no es el mal, el sufrimiento, sino la victoria de Cristo resucitado. Quien recibe la gracia —el don gratuito e inmerecido, que no depende de nuestra capacidad— del encuentro con Cristo y lo acoge vive con su presencia en la mirada, en cada fibra de su ser, y dicha presencia plasma el modo con el que mira la realidad.
En el fondo, la misma palabra «conversión» hace referencia justamente a este ver todo con otra mirada, desde otra perspectiva...
Sí, la palabra griega metànoia («conversión») quiere decir cambio del nous, de la mente, del modo de concebir, por la introducción de un factor nuevo, imprevisto —una presencia—, que es fuente de un conocimiento nuevo.
¿Qué tiene que decir la fe cristiana a los hombres y mujeres de hoy, en un mundo tan irregular y problemático, en una sociedad definida como «líquida», en la que han desaparecido ciertas evidencias reconocidas por todos? Su libro La belleza desarmada comienza justamente con la pregunta acerca de si es posible un nuevo inicio para la fe en un momento en el que han caído las convicciones de fondo creadas por el cristianismo...
Estoy convencido de que la fe puede decir y dar mucho a los hombres de hoy si la encuentran encarnada en la vida, en la experiencia de otras personas. De hecho, la vida que genera la fe es una vida que lleva dentro de sí un atractivo: ¡todos los que se encuentran con ella no quieren perderla! Por desgracia, no es infrecuente que nuestros contemporáneos entren en contacto con una fe reducida en sentido moralista o nocional. Pienso en todo lo que ha influido en nuestra mentalidad la versión kantiana de un cristianismo «ético». O en la identificación del cristianismo con un elenco de doctrinas abstractas, cuya conveniencia humana para la vida de cada uno es imposible de percibir. Y cuando esto sucede, el cristianismo no nos toca, no podemos ver el nexo que existe entre la fe y la vida. En cambio, cuando nos encontramos con personas que, gracias a que viven la fe, afrontan las circunstancias de todos —dificultades, cansancio, desilusiones, enfermedades— de forma distinta, testimoniando una mayor intensidad humana, una alegría última, entonces todo cambia: nos quedamos asombrados, impactados, nos vemos implicados. De ese impacto nace un atractivo, una curiosidad que puede convertirse en una pregunta explícita sobre el origen de lo que vemos. Esto es el cristianismo, que sucede de nuevo y que no necesita de ningún requisito preliminar para despertar la atención del hombre de hoy. Basta incluso con ver el modo con el que una determinada persona va a trabajar para experimentar una curiosidad imprevista: «¿Cómo es posible que a las ocho de la mañana entres siempre en el quirófano cantando?». Estoy hablando de un caso concreto, con nombre y apellido. Si una persona que llega al trabajo apesadumbrada se encuentra con otra persona que afronta su misma circunstancia de forma totalmente distinta, más humana, resulta difícil que no se pregunte: «¿Cómo es posible? ¿Qué te ha sucedido?». Cuando nos topamos con otra forma de estar delante de esa vida cotidiana que, como decía Cesare Pavese, «nos paraliza»4, podemos darnos cuenta de que la fe tiene que ver con la vida en su concreción y en su totalidad.
En el fondo, y esto se puede ver en la historia, el cristianismo ha sido capaz de transformar la realidad no cuando se ha difundido por la conversión y el bautismo de un rey que obligaba a sus súbditos a hacer lo mismo, sino cuando se ha comunicado poco a poco, como por ósmosis, de persona a persona, de familia a familia, sobre todo gracias a las mujeres, a las madres.
En los primeros siglos, el cristianismo experimentó quizá su máxima difusión gracias a los mercaderes, a los esclavos, a las madres de familia. Personas absolutamente normales que, al vivir la vida de todos, testimoniaban, como se lee en la Carta a Diogneto, esa diferencia a la que acabo de hacer referencia. Y no por un esfuerzo suyo o una capacidad especial. No por mérito alguno o por superioridad intelectual alguna. No porque tuviesen nada especial. No porque fuesen perfectos. No, tenían los mismos límites que todos, pero habían tenido un encuentro que les había transformado.
Es lo que afirma Emmanuel Carrère en su libro Il Regno a propósito de la reacción que suscitaban los primeros cristianos: «Al principio nadie entiende sus razones [...]. Luego alguno empieza a ver claro, empieza a ver para qué sirve: cuánta alegría, cuánta fuerza, cuánta intensidad gana la vida por esa conducta aparentemente insensata. Y entonces no tiene más que un único deseo: hacer lo mismo que ellos»5.
Probablemente, testimoniaban una capacidad de quererse los unos a los otros, una capacidad de compartir..., tal como se lee en los Hechos de los Apóstoles.
Esta es precisamente la cuestión. Cuando era profesor de Religión en un colegio de Madrid, les repetía con frecuencia a mis alumnos: «Cristo debería interesaros justamente para que las cosas más bellas de la vida puedan durar». Enamorarse es una de ellas. Pero el ímpetu que tiene uno cuando se enamora, muchas veces no se mantiene con el tiempo. ¿Quién puede hacer que dure? Amar a la persona que se ha deseado tanto, amarla verdaderamente sin someterla a uno mismo, a las propias pretensiones, se revela como una empresa imposible. Y lo que sucede con el amor sucede con el resto de la vida: con el trabajo, con las relaciones personales, con todo. Las cosas no duran, y no somos capaces de frenar esta situación. ¿Qué es lo que permite que las experiencias más bellas de la vida puedan durar? Hemos de reconocer que todos nuestros esfuerzos, nuestros intentos, no son suficientes. Hay una frase de T.S. Eliot que me gusta mucho: «¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?»6. De hecho, uno tiene con frecuencia la sensación de que pierde la vida viviendo. Es como si no consiguiésemos evitar que lo que empieza de forma fresca, atractiva, se convierta con el tiempo en rutina y se agote, perdiendo su fascinación. Se necesita algo distinto de nosotros, más grande. Esto es Cristo presente para el hombre.
¿Qué significa entonces vivir la experiencia cristiana en un contexto como el de la sociedad occidental, marcada por la secularización?
Como he observado anteriormente, diría ante todo que el contexto de la secularización en el que todos nos hallamos inmersos hace que paradójicamente nos resulte más fácil captar y vivir aquello en lo que consiste la experiencia cristiana. De hecho, precisamente en este contexto, por contraste, se puede percibir con más claridad, allí donde sucede, esa intensidad humana, esa capacidad mayor de afecto y de libertad, esa posibilidad de afrontar con esperanza incluso circunstancias adversas, de usar la razón de forma no reducida, que nace del acontecimiento cristiano. Han desaparecido ideales e ideologías, se han desmoronado valores y evidencias que nos han acomunado durante siglos, pero el corazón del hombre sigue deseando: por ello la secularización puede transformarse verdaderamente en una gran ocasión de testimonio para nosotros los cristianos.
¿Cómo definiría el fenómeno de la secularización? ¿Qué significa vivir en un contexto secularizado?
La secularización es un fenómeno muy complejo cuyos efectos podemos constatar todos: mucho de lo que el cristianismo había contribuido a construir está desapareciendo. Para comprenderlo es necesario remontarse a los umbrales de la modernidad: gran parte de la sociedad de entonces, si no toda, estaba de algún modo permeada y determinada por la fe cristiana. Pero la ruptura de la unidad de los cristianos con la Reforma protestante creó las condiciones para las llamadas «guerras de religión». Si ya no se compartía la religión, ¿qué quedaba como posible aglutinante? La razón. El título de una conocida obra de Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, permite comprender bien (a posteriori) cuál era la dirección que se había emprendido. En una famosa intervención en Subiaco, el entonces cardenal Ratzinger explicaba de forma muy sintética cuál fue la intuición de la Ilustración: «En la época de la Ilustración [...] en la contraposición de las confesiones y en la crisis correspondiente de la imagen de Dios, se intentó mantener los valores esenciales de la moral por encima de las contradicciones y buscar una evidencia que los hiciese independientes de las múltiples divisiones e incertezas de las diferentes filosofías y confesiones. Se quiso de este modo asegurar las bases de la convivencia y, más en general, las bases de la humanidad. En aquella época pareció posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables»7. El reconocimiento común de estos valores permitió superar las divisiones y las oposiciones derivadas del enfrentamiento entre las religiones, pero separándolos de ellas.
Es decir, ¿se intentó separar los valores de su origen?
Sí, el intento de la Ilustración fue en cierto sentido preservar el fruto de la experiencia histórica precedente, pero sin los vínculos con la historia determinada y concreta en la que dicho fruto se había originado. Es interesantísimo leer a este respecto una frase de Kant que lo aclara perfectamente: «De hecho, se puede creer tranquilamente que, si el Evangelio no hubiese enseñado primero las leyes éticas universales en su pureza integral, la razón no las habría conocido en su plenitud». Por tanto, Kant reconoce que el Evangelio es el origen de ciertos valores. Pero añade a continuación: «Aunque ahora, dado que ya existen, cada uno puede estar convencido de su adecuación y validez mediante la mera razón»8. He aquí el punto neurálgico. Los valores esenciales que habían sido dados a conocer por el Evangelio, podían ahora gozar de una evidencia autónoma: no se necesitaba más que la razón para reconocerlos, pues parecían innegables. Sin embargo, también este intento ilustrado —al igual que cualquier otro intento humano— ha tenido que vérselas con la historia.
¿Qué ha sucedido desde entonces, desde la Ilustración hasta hoy? ¿Han resistido estas grandes convicciones a los cambios de la historia? Como conclusión de su argumentación, Ratzinger afirma: «La búsqueda de una certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de todas las diferencias, ha fracasado»9. Esos valores, que antes eran compartidos y reconocidos por todos, hoy ya no lo son. Es lo que he llamado el «desmoronamiento de las evidencias». Pensemos en el valor de la persona, que sufre restricciones de diverso tipo (en cuanto a la libertad de expresión y de asociación, al derecho a profesar públicamente su propia fe, a la tutela del trabajo y de la familia, etc.) en muchos países occidentales, cuando no es negado por completo, como en ciertos países del mundo. O en el valor de la solidaridad, que se pone en cuestión con el levantamiento de nuevos muros, después de que habíamos saboreado la alegría de ver caer por fin el Muro de Berlín. Más aún, ¿quién habría podido pensar que se perdería el valor de la vida o que se pondría en discusión la democracia? Hasta hace tan solo unas pocas décadas todo esto habría parecido una exageración, mientras que ahora resulta claro para todos: ciertos valores fundamentales han desaparecido.
A este respecto, existe un hecho del que he sido testigo y que siempre llevaré conmigo, porque habla más que mil razonamientos. Hace algunos años, durante un viaje por Uganda, conocí a algunas mujeres de Kampala, todas ellas enfermas de sida. Una amiga mía enfermera se había desvivido por hacer que tuvieran las medicinas más avanzadas, que les asegurarían un estado de vida más aceptable. Pero después de tomarlas una o dos veces, abandonaban el tratamiento: ya no sabían qué hacer con su vida, y por eso se estaban dejando morir. Para ellas, se había ofuscado incluso la evidencia del valor de la vida.
Me asombra que algunos grandes pensadores cristianos, hacia finales de los años cuarenta y en los años cincuenta del siglo pasado, intuyeran ya lo que estaba sucediendo.
¿A quién se refiere?
Pienso en Montini, en De Lubac, en Giussani, pienso en Guardini y en von Balthasar. Cada uno de ellos, a través de caminos distintos, había percibido los signos de un desmoronamiento que empezaba a verificarse en un tiempo en el que parecía que todo resistía aún. Me asombra por ejemplo una expresión de De Lubac que he releído recientemente (se halla en El drama del humanismo ateo): todos los intentos de matriz ilustrada, por decirlo sintéticamente, «frecuentemente conservan muchos valores de origen cristiano, pero dado que se separaron de su fuente, son impotentes para mantenerse en su vigor y rectitud auténtica». Estamos hablando de razón, libertad, verdad, hermandad, justicia, es decir, de las grandes cosas sin las cuales no hay vida ni humanidad verdadera. Ahora, separadas de su fuente, estas grandes cosas «se convierten en forma vacía. Muy pronto se reducen a ideal sin vida», hasta llegar a parecer «irreales»10. Es exactamente lo que estamos viviendo ahora.
Y entonces, ¿qué es lo que necesitamos en este contexto, en esta situación?
Necesitamos que las formas vacías recobren vida. Que los valores se vuelvan nuevamente reales, carnales, concretos e históricos en la experiencia de alguien. Como sucedió cuando aquella enfermera ugandesa empezó a mirar a las mujeres enfermas de sida con un interés por su persona que les permitió redescubrir que su vida tenía un valor, que eran más grandes que su enfermedad; desde ese momento se despertó en ellas el deseo de vivir, y empezaron a tomar nuevamente las medicinas. El encuentro con la mirada de aquella enfermera había dado nuevamente carne a un valor que se había vuelto «irreal», haciendo que fuese otra vez visible a sus ojos y deseable.
Los valores de la persona, de la solidaridad y de la libertad que todos estamos interesados en defender, hacen la vida más humana. Pero el hecho mismo de que se planteen ciertas cuestiones nos dice que esos valores se han vaciado, se han vuelto «irreales». Este es el desafío que debemos afrontar. ¿Qué está sucediendo? ¿Cómo podemos afrontar la situación sin volver a proponer «soluciones» que ya han demostrado su fracaso? Viajando por el mundo en estos años he conocido a muchas personas dispuestas a dialogar sobre esto, porque ciertas preguntas e inquietudes las compartimos todos, nos afectan a todos, desde los partidos políticos a las instituciones, desde los ciudadanos a las asociaciones culturales. Creo que la situación actual representa una gran oportunidad para establecer una relación con personas que tienen orígenes e historias distintas. En este contexto, el cristianismo puede ofrecer una contribución, pero solo si es testimoniado en su verdadera naturaleza, si es vivido en su esencialidad. Es a esto a lo que el Papa nos está invitando una y otra vez. Allí donde el cristianismo se propone en su forma original, como acontecimiento de vida, como presencia fascinante concreta de una humanidad nueva, es capaz de suscitar nuevamente interés en la sociedad secularizada. Una situación como la que estamos viviendo nos apremia para que descubramos de nuevo nuestro origen.
¿Cree usted entonces que la secularización puede llegar a ser una ocasión?
Sí, desde luego.
¿Me está diciendo que no tiene una mirada negativa sobre la situación que vivimos actualmente?
Ningún cristiano puede alegrarse de una situación como la que estamos viviendo actualmente, que pone en riesgo muchas cosas bellas y fundamentales para nuestra vida. Pero está bien que se ponga al desnudo, como dice Guardini, la «deslealtad» que se ha tenido muchas veces al considerar ciertos valores, atribuyendo a una especie de «evolución de la naturaleza humana» y de progreso de la historia muchas de las cosas que en realidad están ligadas a la Revelación cristiana. Cuando esta deslealtad, «característica de la imagen de la época moderna»11, se vuelva evidente para todos, podremos comprender qué novedad y qué contribución ha ofrecido el cristianismo al surgimiento de valores fundamentales como el de la persona, el de la libertad, el del trabajo, y a la posibilidad de vivir con esperanza; se verá con más claridad cuál es la razón fiable de la esperanza.
Dicho así, ¿no corre el riesgo de ser una reivindicación?
No, no lo digo como una reivindicación por parte del cristianismo, sino como la posibilidad de comprender qué contribución ha ofrecido el cristianismo y puede ofrecer también hoy frente a muchos de los problemas que tenemos que vivir. Lo reconocen incluso historiadores laicos, como el gran Le Goff: «Yo no soy creyente ni practicante, pero como historiador y medievalista debo ser consciente [...] del papel que ha jugado el cristianismo como fuerza espiritual y creadora de valores a la hora de determinar la originalidad de Europa»12. A propósito de esto, pienso en esta paradoja: durante mucho tiempo, y no sin polémicas, se ha rechazado discutir sobre las raíces cristianas de Europa, y en los mismos ambientes en los que encalló la discusión se toma la decisión de entregar al Papa el premio Carlomagno. No estoy diciendo que lo hayan hecho para volver a conectar ciertos valores con sus raíces cristianas. Digo únicamente que cuando nos topamos con un testimonio como el del papa Francisco, el cristianismo se vuelve de nuevo «real», se muestra con su capacidad de contribuir a afrontar los problemas de los hombres, y vuelve a ser interesante a los ojos incluso de los que menos esperábamos. Es solo un ejemplo de lo que sucede, y es mucho más frecuente de lo que pensamos. Muchas personas creen que saben ya qué es el cristianismo, se han hecho ya un juicio propio, o prejuicio, en base al cual deciden que es algo que no les afecta. Pero luego, cuando se encuentran delante de personas que, en la concreción de los problemas y de los desafíos, testimonian la ganancia humana que procede de una mirada de fe, empiezan a interesarse nuevamente por el cristianismo. Siempre les repito a mis estudiantes que el cristianismo, en el fondo, se comunica «por envidia»: al ver que la vida de un cristiano es más plena, más intensa, más capaz de abrazar al que es diferente, de amar al otro, se enciende el deseo de vivir así.
Giovanni Battista Montini llega como arzobispo a Milán a mediados de los años cincuenta y se da cuenta de algo que no era tan evidente en Roma en el mismo periodo. La imagen de la Iglesia era todavía la de un conjunto fuerte, estructurado, capaz de mover a las masas: pensemos en los grandes encuentros en torno al papa Pío XII. En cambio, en Milán se podían percibir mejor los signos de la secularización. Era un fenómeno del que se dio cuenta de forma dramática incluso don Lorenzo Milani. La secularización no se produjo después del Concilio, como sostienen ciertos ideólogos.
El arzobispo Montini se dio cuenta en Milán de que existían mundos que se habían vuelto impermeables a la fe cristiana: el de las finanzas, el de la moda, el de las periferias obreras. No se habían vuelto anticristianos. Simplemente la fe cristiana interesaba menos o había dejado de interesar. Todo el episcopado de Montini y después su pontificado fueron el intento de responder a esta pregunta: ¿Cómo anunciar el Evangelio a los hombres de hoy? Siempre me ha impresionado en Pablo VI un cierto tipo de mirada con relación a la realidad del mundo. En un editorial publicado en Azione Fucina en 1929 —nos hallamos, por tanto, muchos años antes— el padre Battista Montini escribía que el cristiano mira el mundo no como un «abismo de perdición», sino como un «campo de mieses»13. El mundo sigue siendo el mundo tal como lo describe el Apocalipsis. Lo que cambia es la mirada positiva del cristiano.
En estas décadas hemos vivido una aceleración de lo que Montini había intuido ya en los años cincuenta, cuando la situación parecía sólida, las asociaciones católicas tenían todavía un gran número de afiliados y todo parecía indicar que después de las dos guerras mundiales se produciría un renacimiento religioso. Solo los espíritus más agudos empezaban a ver que algo no marchaba, que algo se había roto, que la transmisión de la fe como experiencia vivida se había interrumpido. Ahora todo el mundo lo puede percibir. El proceso al que hemos asistido en los ultimísimos años es, en definitiva, el desvelarse evidente de lo que hace muchas décadas algunas personas habían empezado a percibir. Montini se dio cuenta muy pronto del vaciamiento y de los deslizamientos que se estaban produciendo en la sociedad y en el pueblo cristiano. Pero, como ha observado usted, es muy significativa para nosotros la actitud que él asumió frente a las dificultades y las contradicciones que veía surgir: una mirada llena de compasión, de ternura, de simpatía. Por eso —decía y repito—, la situación en la que vivimos hoy representa una auténtica ocasión para ser nuevamente conscientes de cuál es la naturaleza del cristianismo. De hecho, puede darse una actitud de intransigencia ante la secularización, una mirada absolutamente negativa, que ve el mundo como «abismo de perdición», por usar las palabras del editorial de Montini. O bien puede verse el mundo como un «campo de mieses», con la mirada que testimoniaron Pablo VI y el Concilio.
En el fondo, la Iglesia nunca ha perdido esta actitud positiva. Y algunas grandes personalidades cristianas contemporáneas han encarnado esta claridad de juicio, esta simpatía original hacia la realidad humana. Pienso en Péguy, en ese famoso pasaje de Verónica que describe la posición de Jesús ante el mundo. De hecho, existe una analogía profunda entre la época del Imperio romano y la nuestra. Jesús vino y no pasó los tres años de su vida pública maldiciendo la maldad de los tiempos o plañendo. «Él lo atajó (en seco). ¡De una manera bien simple! Constituyendo el cristianismo»14, dice Péguy. Es exactamente lo que está haciendo ahora el papa Francisco, lo que hicieron sus predecesores antes de él, en la relación con un mundo que está revuelto, que busca un puerto, una mirada llena de misericordia que permita a cada uno ponerse nuevamente en camino, sin verse destruido por sus propios errores. Como cristianos, hoy tenemos la posibilidad de redescubrir y revivir el modo con el que Jesús miró el mundo. Cuántas veces nos sorprende el Evangelio: «Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas»15. Todo está contenido en esta mirada de misericordia que Cristo ha introducido en el mundo.
Pero ¿cómo podemos redescubrirla y comunicarla? Ante todo, haciendo experiencia de ella, topándonos con alguien a través del cual nos veamos alcanzados, nosotros en primer lugar, por la mirada que Jesús dirigió a las muchedumbres o a Zaqueo. En la medida en que la aceptemos, empezaremos a mirarnos a nosotros mismos y al mundo como Jesús. El papa Francisco nos lo muestra en cada gesto que realiza. Y sabemos perfectamente que no es algo obvio mirar como mira el Papa, porque a veces el cristiano puede tener una actitud llena de rigidez.
El verbo griego que describe esta compasión de Jesús nos habla de un amor visceral, de una compasión que nace de las entrañas maternas y paternas de los padres frente a su hijo pequeño recién nacido. Dios se mueve y se conmueve frente al hombre.
En mi opinión, esto expresa perfectamente para qué se hizo carne el Misterio, para qué se hizo hombre. Dios se encarnó para que nosotros pudiésemos experimentar, «ver» su misericordia, su amor infinito por nosotros, su conmoción frente a nuestra nada. Cuando lo Invisible se hizo visible a través del nacimiento de Jesús —un niño que después creció, que iba por los caminos de Galilea—, nosotros pudimos ver a Alguien que se conmovía ante el dolor de una madre viuda en el funeral de su único hijo, en Naín. Esa mujer se sintió mirada de un modo sin igual. Jesús, con una ternura incomparable, de un modo para nosotros inconcebible, le dijo: «Mujer, ¡no llores!», y después le devolvió a su hijo vivo; pero primero le dijo, movido por la conmoción: «¡No llores!». Pienso también en la ternura que Jesús experimentó con relación a María Magdalena, que lloraba ante el sepulcro vacío, cuando le dijo: «¡María!». Porque era como si todo lo que ella había vivido con Él en tantas ocasiones no hubiese bastado frente al drama de su muerte. Y entonces María Magdalena, mientras llora, mientras mira todo lo que le rodea partiendo de su llanto, de ese dolor, de esa herida que le ha provocado la muerte de Cristo, siente despertar en ella toda su esperanza cuando escucha ese: «¡María!». Esto es Dios con nosotros. Como ha dicho recientemente el papa Francisco: «Intentad pensar también vosotros, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en su corazón, que hay un Dios cercano a nosotros que nos llama por nuestro nombre y nos dice: ‘¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!’»16.
A través del acontecer de esta mirada de amor y de misericordia Cristo se hace presente y experimentable ahora; no permanece como un recuerdo del pasado escrito en los Evangelios, sino que es una «presencia presente». Por ello, diría que aquello que los hombres y las mujeres de nuestro tiempo necesitan no es tanto la repetición verbal del anuncio cristiano, sino más bien encontrar a personas cambiadas por Cristo en las cuales se encarne esa mirada. Por otra parte, como decía, esto vale sobre todo para nosotros los cristianos: de hecho, esta es la mirada que el cristiano descubre dentro de sí como un don tan deseable como imprevisto, gracias al cual puede mirar con esperanza cualquier circunstancia, cualquier error y cualquier dolor.
Efectivamente, san Agustín decía: «In manibus nostris sunt codices, in oculis nostris facta»17. Es decir, tenemos en nuestras manos la Biblia, la Escritura, el relato de los Evangelios que nos habla de Jesús. Pero en nuestros ojos tenemos los «hechos», es decir, testimonios reales y contemporáneos...
