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Álex, un adolescente aficionado a los videojuegos, no parece tener ningún problema... hasta que un día desaparece sin dar explicaciones. Sus amigos inician una búsqueda a contrarreloj salpicada de dificultades y atroces asesinatos. ¿Qué o quién está detrás de esas muertes? Una novela de misterio que destaca la fuerza de la amistad en la superación de dificultades.
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Seitenzahl: 394
Veröffentlichungsjahr: 2010
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A mis padres, por darme lo que soy,
y a quien me introdujo en la comida china,
por ser un apoyo constante.
A todos los que, un día, desaparecen de sus vidas.
Con el íntimo deseo de que, tarde o temprano,
logren encontrar el camino de vuelta a casa.
Quiero manifestar mi especial agradecimiento a Alberto por sus expertas valoraciones, a mis amigos y críticos tradicionales José Ángel e Íñigo, a mi hermano Carlos por sus comentarios sobre la primera parte, a Javier por el estimulante informe, a los funcionarios de infraestructuras del Ayuntamiento de Zaragoza por su asesoría, a mi hacker particular, Carlos, a Pepe y Asun por las fotos, a mis primeros lectores Gonso y Carlos, a Alfonso por la cita y a todos los que han creído en mi vocación como escritor durante estos años.
Ciertos lugares hablan con su propia voz. Ciertos jardines sombríos piden a gritos un asesinato; ciertas mansiones ruinosas piden fantasmas; ciertas costas, naufragios.
Dieciséis días antes...
Camelot es su juego de rol favorito sobre batallas medievales. Su personaje se llama Ralph. Esbelto, de cabellos muy claros que le caen sobre los hombros y armado con un arco, como corresponde a su raza élfica, recorre la pantalla del ordenador avanzando por un barranco encharcado de sangre. Allí se acaba de librar una batalla feroz. Ralph camina entre gruesos troncos, esquivando multitud de cadáveres de monstruos y de armas desperdigadas que no puede atrapar.
Como teme encontrarse con una emboscada, Álex opta por cambiar la dirección de los pasos de su rubicunda criatura, pero no llega a teclear el comando oportuno; en el recuadro del chat del juego, en la parte inferior izquierda de la pantalla, le acaba de llegar un mensaje:
Vamos a entrar en el castillo, ¿te apuntas?
Álex bosteza; aunque la propuesta le atrae, es tarde y se encuentra muy cansado, por lo que decide contestar a los miembros de su guild, sus aliados en el combate, que pasa del plan y se retira por esa noche. Guía al ratón para cerrar las ventanas correspondientes aunque, antes de apagar el ordenador, le apetece visitar unos minutos otro conocido chat sobre el juego. Será entonces el momento de saludar a algunos amigos que no ha detectado en la partida.
Ya en la página que buscaba, el ordenador le exige un nick. Álex todavía no tiene registrado ninguno en particular, así que utiliza uno que le llamó la atención en el mismo chat días antes, Necronomicón, título de un tenebroso libro sobre los muertos, inventado por el escritor americano Lovecraft. Álex lo conoce porque es un apasionado de las historias de miedo. Teclea aquel nombre y espera a ver si el ordenador se lo admite, lo que hace a los pocos segundos; tampoco está protegido.
Enseguida aparece en la pantalla el recuadro central de diálogos, en el que nacen palabras a borbotones, y a su derecha la casilla con la lista de todos los presentes en ese momento. Empieza a buscar el nick de su amiga Lucía, LadyLucy, auténtica experta informática y adicta al Camelot, cuando en medio de la pantalla surge de improviso el texto enmarcado de un mensaje privado. Qué raro; quien se lo envía se hace llamar Tíndalos, y él no sabe de nadie que utilice semejante nick. Además, no lleva mucho tiempo jugando y le conocen pocos. Tíndalos. El caso es que ese nombre le resulta familiar. Lee el texto:
Álex, perplejo, se da cuenta de que le han enviado aquel mensaje por error, y está a punto de cerrarlo y olvidarse del tema. Al final le seduce la curiosidad: «No habrás experimentado jamás nada tan fuerte». Suena bien.
¿A qué misteriosa página web conduciría aquella intraducible dirección? Además, ese privado lo firman como Lovecraft, uno de sus autores de terror preferidos, buena parte de cuyos relatos ha leído de una recopilación que conserva en su habitación titulada Los mitos de Cthulhu, una intuición le alcanza entonces y, levantándose, se aproxima con su cojera hasta la estantería para buscar aquel libro. En cuanto lo localiza y tiene su índice a la vista, repasa la lista de los cuentos allí contenidos, y a los pocos segundos sus ojos se clavan en uno concreto: Los perros de Tíndalos. Aja. Ahora sabe por qué le ha sonado ese nick. No le cuesta nada acordarse de aquella narración; trata de unos animales espantosos que viven en otra dimensión, y que representan el Mal. Mola.
Todo se ofrece muy interesante. Álex se mantiene dudando, fascinado ante aquel texto algo siniestro superpuesto en la pantalla. Le acaban de facilitar la clave para entrar en algún sitio que debe de ser cañero de verdad, ¿la va a desperdiciar? A sus diecinueve años, estas circunstancias son demasiado tentadoras. Al fin, toma la determinación de que solo accederá una vez y saldrá pronto, nada más. No cree que le puedan decir algo por ello. Además, tiene que aprovechar que está solo en casa. Ahora o nunca.
En el recuadro del misterioso privado brotan nuevas palabras:
¿Has recibido la información? Lovecraft
¿Otra vez se han confundido de destinatario? Aquello es muy raro, supone que le están tomando por otra persona. ¿Y por qué firman el mensaje como Lovecraft, si utilizan el nick de Tíndalos en el chat? Álex ignora la pregunta que le siguen haciendo y, sin perder más tiempo, apunta en un papel los datos que ha recibido del primer mensaje, manejando con agilidad el ratón para salir de la pantalla y del juego. Después, todavía en el Internet Explorer, teclea la extraña dirección para terminar aplastando el enter.
Mientras el ordenador procesa la orden, Álex intenta adivinar cómo se ha producido el malentendido por el cual ese Tíndalos le ha pasado las claves. El desconocido, en su mensaje inicial, no le ha saludado ni se ha entretenido con presentaciones, lo que le induce a pensar al chico que se acaba de inmiscuir en una conversación privada ya iniciada entre Tíndalos y el auténtico Necronomicón. ¿Pero cómo es eso posible, si él se ha metido al chat con ese mismo nick y no se admiten dos iguales? La única posibilidad que explica lo ocurrido supone una tremenda coincidencia: que justo al entrar él en el chat, el verdadero Necronomicón, aquel a quien ha usurpado el nombre, se haya caído de la red, instantes antes de que Tíndalos le enviara unos datos por los que, en apariencia, ha pagado pasta. Y este último sigue sin percatarse de la fortuita suplantación. De momento.
En cualquier caso, Álex no está dispuesto a quedarse sin averiguar qué se oculta en esa dirección que se vende. El ordenador, tras varios minutos de trabajo a pesar de que en casa disponen de banda ancha, muestra ya la presentación: una foto de excelente calidad donde se ve la puerta de un viejo panteón rodeado de oscuridad, todo muy tétrico. No se lee ningún título ni nombre. Esto promete.
«Aquí dentro tiene que haber algo muy gordo para que al procesador le cueste tanto abrirlo», aventura Álex, mientras guía la flecha del ratón hasta situarla sobre la imagen de un pomo de piedra donde se distingue la palabra enter. En cuanto pulsa encima, se le pide el nombre de usuario y contraseña, información que Álex copia del papel donde la tiene apuntada, presionando de nuevo el intro del teclado. Aguanta la respiración, deseando que el contenido que va a descubrir merezca tantas expectativas.
Una hora más tarde, con el cuerpo encogido frente al monitor y una atmósfera en la casa que parece congelada, su rostro se ha convertido en una máscara temblorosa de ojos enrojecidos que le escuecen por el tiempo que lleva sin pestañear. Está alucinado y arrepentido de haberse colado en aquella página web. Su estómago se revuelve, advirtiéndole con arcadas que a duras penas logra reprimir. Jamás habría imaginado las atroces imágenes que se suceden ante su vista, encerradas en la pantalla del ordenador y acompañadas por sonidos inhumanos que casi retuercen los pequeños altavoces del equipo. Su mente, como mecanismo de protección, se empeña en no asumirlas, en argumentar que todo es un montaje. Pero, en lo más íntimo, sabe que esas imágenes no pueden estar trucadas. Y vomita.
Termina de limpiarse en el baño cuando un violento apagón sume toda la casa, incluido el jardín, en la oscuridad. Álex, a pesar de la ávida inquietud que lo va carcomiendo, pues empieza a ser consciente de lo que ha visto, siente un profundo alivio al comprender que, gracias a aquel fallo eléctrico, su ordenador habrá enmudecido. «Ojalá que para siempre», implora.
Lo siguiente es el ruido de la puerta de la casa, inconfundible para él, que lleva quince años viviendo allí. Se ha abierto.
-¿Papá? -pregunta con voz sofocada, tan débil que apenas arrastra aire de sus pulmones- ¿Sois vosotros?
Nadie contesta; sin embargo, junto a los brutales latidos de su corazón, alcanza a captar presencias extrañas que se aproximan.
1
DOS DÍAS ANTES...
A pesar de que aquel sótano solo invitaba a la serenidad, Gabriel recibió de golpe el impacto del miedo, como si una especie de percepción le advirtiese de que la paz que le rodeaba era falsa, que debía largarse de allí cuanto antes. Sin embargo, el lugar en el que se encontraba pareció entonces imaginar lo que pensaba y, antes de que él pudiese reaccionar, comenzó a cambiar.
El joven, paralizado por el susto ante la repentina transformación que sufría su entorno, se percató de que a sus espaldas la pared iba desvaneciéndose emitiendo un rugido cavernoso, y en su lugar tan solo quedaba un gran agujero, una boca negra cuyas fauces abiertas despedían un aliento pestilente. Mientras, la luz de la estancia desaparecía por completo, contribuyendo así al ambiente lúgubre, aislado por unas tinieblas pegajosas sobre las que se dejó oír una voz que transmitía apetito de sangre: «Veeeennnn...», le susurraba con tono carroñero, «veeennn hacia mííí...».
Él quería correr, escapar, pero resultaba imposible zafarse de la extraña atracción del cráter del que procedía la llamada. Era como si hubiese perdido la capacidad para moverse, para mandar sobre su cuerpo. No lograba avanzar un solo paso, únicamente podía girar la cabeza en medio del pánico que le dominaba, siendo testigo de que, tras él, esa mancha de oscuridad iba aumentando, expandiéndose.
Como hipnotizado, el joven se descubrió a sí mismo aproximándose hacia el graznido que seguía pronunciando su nombre con ansia. La oscuridad del centro del agujero comenzó en aquel instante a condensarse, adoptando una misteriosa forma alargada que, al hacerse más nítida, dejó adivinar una garra de retorcidos dedos, que se extendían y cerraban buscando el cuerpo de su víctima. El chico gritaba, intentando rebelarse contra su avance hambriento, pero los chillidos se apagaban pronto en aquella bruma sobrenatural.
Fue entonces cuando Gabriel despertó, envuelto en un amasijo de sábanas y cubierto de sudor. Todavía tardó unos minutos en comprender, aliviado, que todo había sido una pesadilla que ya conocía de otras veces. Luego, soltó un prolongado suspiro.
El no lograba olvidar aquel estremecedor sueño ni la fecha en la que lo tuvo por primera vez: el pasado ocho de octubre. Y es que durante aquella noche, mientras él se debatía inconsciente en la cama, Álex, uno de sus mejores amigos, desaparecía sin dejar rastro abandonando la casa de sus padres. Como despedida solo dejó una breve carta, en la que advertía de que no se molestasen en buscarlo, que estaba harto y que con su marcha pretendía romper con todo y empezar una nueva vida. Nada más. Ni un teléfono, ni una dirección, ni un nombre de persona o destino. Extraño plan que, algo sorprendente, Álex no había compartido con nadie, ni siquiera con su novia.
Catorce largos días habían transcurrido desde la inesperada marcha de Álex aquel ocho de octubre; y en ese tiempo, de aquel traumático modo, Gabriel descubría lo mucho que le importaba su amigo. Se había ido sin avisar, sin decir adiós. Dos semanas. De repente ya no estaba, el grupo de colegas perdía un miembro como si se lo amputasen, dejando en su lugar un feo muñón donde se distinguían muchos interrogantes. Catorce días. El plazo suficiente para descartar una broma pesada, una tardía rabieta adolescente o, al menos, un rápido arrepentimiento. Álex, frente a todas las conjeturas, no había regresado durante ese tiempo ni había dado más señales de vida que la carta que dejó sobre su cama la noche de su marcha. Gabriel, además de preocupado, estaba muy dolido.
Nadie parecía saber por qué ni hasta cuándo Álex había decidido desaparecer; a lo mejor lo había hecho para siempre, renunciando a su familia con tan solo dieciocho años y, lo que más escocía, dejando a sus amigos con un agrio sabor a traición. ¿Por qué no les dijo nada, si tan mal lo estaba pasando como para tener que huir? ¿Es que no confiaba en ellos, que tantas experiencias habían compartido?
Harto de permanecer comiéndose la cabeza en casa, Gabriel se había acercado a la zona de la Junquera, a pesar de las gélidas ráfagas de cierzo. Así llegó, paseando, a la antigua casa de Álex, un chalé pequeño casi invisible por la vegetación que tapizaba las verjas. Lo cierto es que no le motivaba la idea de encontrarse ante sus padres, que estaban destrozados, pero la posibilidad de permanecer una última vez en la habitación de su amigo ausente le resultó importante para su estado de ánimo, por lo que acabó entrando en aquel domicilio. Podía no haber, aventuró con pesimismo, más ocasiones de volver a visitarlo. Se preguntó por enésima vez: «¿Se puede pasar así de los colegas de toda la vida?».
Minutos después, tras el mal trago de hablar, a trompicones, con los padres del desaparecido, Gabriel cruzó los umbrales del que fuera el cuarto de su amigo. Necesitaba estar allí y solo.
Como era previsible, el dormitorio permanecía igual a como lo había dejado Álex el día de su enigmática marcha. Su madre se había apresurado a recuperar el recuerdo de su hijo manteniendo viva aquella habitación como cuando su inquilino la ocupaba, con la esperanza de que apareciese cualquier día. Y lo había conseguido: por el estado de la habitación de Álex, daba la impresión de que nada había cambiado. La evocación era tan vivida, que Gabriel habría jurado que el respaldo de la silla de ordenador que tenía frente a él, situada ante el escritorio, todavía se movía fruto de la inercia de la última vez que Álex se levantó de allí. Era inquietante. El saber que contemplaba algo irreal, un espacio fuera del tiempo, no ayudó a Gabriel a esquivar la pena incisiva que le atravesó, y con vergüenza se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Dónde estabas, amigo?
El efecto de aquel dormitorio era, en definitiva, muy fuerte. De un momento a otro parecía que iba a surgir Álex, con la cojera que arrastraba desde pequeño, y le iba a saludar al igual que hacía siempre: «Cómo va eso, tío». La sensación sobrecogió a Gabriel, y tardó en reponerse mientras iba girando sobre sí mismo, avanzando indeciso, para observar toda aquella abundancia de resquicios de su amigo.
No es que no encontrase lo que buscaba, es que no sabía si buscar algo era lo que estaba haciendo o solo miraba. Pasó una mano con lentitud sobre el edredón que cubría la cama, y acercó los ojos a la corchera donde permanecían, atravesadas de chinchetas, fotografías de un pasado que era reciente pero que a él se le antojó remoto. Eran imágenes inmortalizadas que Álex, al librarlas de la ingrata prisión de un álbum cerrado y colocarlas tan a la vista, había querido tener presentes en su vida diaria. Aparecían todos los amigos. También localizó el primer plano que había hecho Lucía a Álex hacía tres semanas (¿habría tomado ya, por aquel entonces, la determinación de largarse de casa, o fue una decisión que adoptó sin premeditación?).
Gabriel se detuvo ante esa foto. Se le hizo curiosa su autenticidad teniendo en cuenta que, por una vez, Álex estaba serio, sin sonreír. Su mirada, en medio de un rostro con su típica traza irónica, era penetrante, simpática y traviesa, con ese vitalismo sin límites que les insuflaba a todos cuando llegaba, por muy bajos de moral que pretendiesen mostrarse. Sin embargo, aquellos ojos castaños enérgicos no fijaban la vista en algo cercano, no; reflejaban una profundidad recóndita, estaban muy lejos. Álex se hallaba cerca de la cámara, pero sus pupilas escudriñaban algo mucho más distante: el horizonte.
«Sí, es probable que ya tuviese planeada su marcha», concluyó Gabriel, apesadumbrado. «Y nadie fue capaz de darse cuenta.»
Lo que en ocasiones hace que una foto sea buena no es tanto la calidad, sino la capacidad del que se sitúa tras el objetivo de captar a través de él un instante que no se repetirá. Cabía la posibilidad de que Álex, a lo mejor sin ser consciente de ello, los hubiera avisado con sus ojos de sus planes durante una fracción de segundo. Gabriel dudó, semejante idea suponía demasiada premeditación y eso amenazaba con provocarle un espectacular cabreo.
«¿Qué te ocurre, Álex? ¿Qué acontecimiento poderoso te ha forzado a cambiar de vida?»
2
DÍA CERO
En plena noche, el viento gemía. Balanceaba las ramas de los árboles como amenazadoras extremidades de fantasmas borrosos, que se quejaban rechinantes, mientras intentaban alcanzar a los incautos visitantes. A Mateo siempre le habían inquietado los bosques cuando la luz del día desaparece; y, a pesar de su edad, no podía evitar caminar nervioso hacia donde debía encontrarse con Gabriel y Lucía. Por si fuera poco, el resplandor de la luna, que colaboraba al ambiente tenebroso con su luz pálida cuando la vegetación no lo impedía, multiplicaba las sombras que se retorcían a su alrededor. Él se consideraba un simple tipo de ciudad. Desde luego, con sus ojos azules, su ropa recién planchada, sus mejillas imberbes y su delgadez, no daba el tipo de curtido explorador. Aceleró el paso y por fin alcanzó la explanada en la que habían quedado a pesar del frío.
-Ya era hora.
Mateo identificó la voz grave de Gabriel, y en su tono intuyó un leve reproche. ¿Tan serio era el asunto? Encima de que le dejaba las llaves del chalé de sus padres para que pudiesen estar allí pronto...
-Ya os dije que no me venía bien la hora de la reunión -se defendió el recién llegado-. Además, había quedado para jugar al Camelot y al final he tenido que faltar a la sagrada partida de los viernes. Así que no te quejes tanto.
Gabriel gruñó, murmurando algo inaudible sobre el carácter insoportable de los pijos y de aquella panda de viciosos del rol por ordenador, entre los que también se encontraban Lucía y Raquel, la novia del desaparecido Álex.
Mateo reparó entonces en que Lucía no había podido acudir a la cita, pues su amigo se encontraba solo. Sin hacer ningún comentario, se sentó en una silla con una manta mientras el otro, agachado y en cuclillas, intentaba encender una vela muy gruesa. Cuando lo hubo conseguido, se apresuró a depositarla en medio de los dos, en un rincón protegido que mitigase las ráfagas de aire. Un matiz amarillento que danzaba al son del viento tiñó sus rostros.
-Supongo que te preguntas por qué he convocado esta reunión, que he preferido no aplazar aun con la ausencia de Lucía.
De nuevo hablaba Gabriel, serio tras unas gafas negras de pasta que le daban un aspecto intelectual que no distaba de la realidad. De hecho, a pesar de pasar bastantes horas ayudando en la cafetería de sus padres, siempre había sido un auténtico devorador de libros, gracias a lo cual podía presumir ahora de una cultura asombrosa y una forma de hablar que impresionaba. Algo grueso y muy despistado, Mateo le admiraba, aunque tuviese que soportar sus frecuentes bromas acerca de los pijos. Y es que los padres de Mateo tenían mucho dinero.
-¿Te lo preguntas o no, tío?
El aludido volvió de sus cavilaciones:
-Perdona, me he distraído un momento. ¿Qué decías?
Gabriel hizo una mueca.
-Que si te ha extrañado lo de esta reunión.
Mateo asintió, muy consciente de que desde la marcha de Álex los encuentros periódicos de aquel peculiar grupo de amigos que formaban no habían vuelto a producirse.
-No me la esperaba. Como ya no estamos todos...
-Sí -reconoció el primero, continuando-, yo también estoy pensando en Álex. De hecho, él es la causa de que estemos aquí.
-No sé -opinó Mateo, con un repentino hastío-. Creo que deberíamos ir pensando en disolver este grupo. Ya no tiene mucho sentido seguir, solo somos tres. Hoy, ni siquiera eso.
Gabriel le miró con detenimiento.
-No es cuestión de número, Mateo. Aunque falte Álex, el resto seguimos siendo amigos, ¿no? ¿Vamos a permitir que su decisión destruya lo que tenemos? Su salida nos afecta mucho a todos, pero eso no es motivo para que nuestras vidas se vean arrastradas por ella; al contrario, hemos de unirnos más que nunca. Estoy convencido de que este grupo merece la pena. ¿Acaso echarías por la borda estos cuatro años? Estás resentido con Álex, eso es todo.
El aludido reflexionó unos instantes, recordando la cantidad de momentos geniales que habían compartido juntos. Curiosa unión la suya, teniendo en cuenta lo distintos que eran a pesar de tener todos la misma edad, cosecha del ochenta y siete: Gabriel, el camarero intelectual; Lucía, la informática repleta de energía; Mateo, el pijo vago, con un físico envidiable y una portentosa red de contactos. Y, claro, luego estaba Álex, el aventurero optimista. Vaya «patrulla» de adultos recientes.
-Eso es verdad, Gabriel -acabó conviniendo Mateo-. Al menos defendamos lo que queda, está bien. A fin de cuentas, nosotros estamos aquí, ¿no? Si Álex no va a volver, por mucho que duela, tenemos que acostumbrarnos a ello. Además, peor para él.
Gabriel se encogió de hombros, atento a la llama temblorosa de la vela.
-Comenzamos una nueva etapa -se volvió hacia Mateo-. Bueno, ya tendremos tiempo de hablar con más calma y organizamos. Ahora será mejor que vayamos al grano: hay algo importante que decir y mañana tengo que madrugar mucho.
-Sí, entremos en materia. ¿A qué viene todo esto? -adoptó un gesto suspicaz-. ¿Qué has querido decir con eso de que Álex es la causa de esta reunión? ¿No se supone que hemos de pasar de él?
Gabriel no contestó enseguida, sino que se entretuvo observando la arboleda negra que se extendía brevemente a espaldas de su amigo, y el perfil confuso de la casa cincuenta metros más allá. Durante bastante tiempo se habían reunido allí cada semana, formando una suerte de club donde la confianza era absoluta, razón, por otra parte, que justificaba lo mal que les había sentado la maniobra de Álex. Cuántas cosas habían vivido en aquel chalé... aunque ninguna como la que se proponía comunicarles, desde luego. Gabriel suspiró.
-Ha costado -comenzó-, pero ya estamos aceptando el giro que han dado nuestras vidas a raíz de la desaparición de Álex, ¿verdad? Hemos asumido su incomprensible fuga.
A Mateo le llamó la atención aquella introducción, y por primera vez se percató de que algo serio de verdad pasaba por la cabeza de Gabriel. Asintió sin interrumpirle, arrebujándose en su manta.
-Ayer encontré mi móvil en la conserjería del club Helios -continuó el otro-. Como recuerdas, lo extravié el mismo día en que Álex se fue de casa, la última vez que acudí a nadar allí. ¿Y sabes qué? -le miró a los ojos con intensidad, como calibrando por última vez sus pensamientos-. Tenía llamadas perdidas suyas de la misma noche de la desaparición.
Su interlocutor se puso en pie de un respingo.
-¿Te dejó Álex algún mensaje de voz? ¿De texto? ¿Sabes dónde está?
Apesadumbrado, Gabriel meneaba la cabeza hacia los lados.
-Me temo que no -con un gesto, le instó a que se sentara de nuevo-. Tranquilízate, la cosa no es para tanto. O a lo mejor -añadió, intrigante- sí que lo es.
Volviendo a su silla, Mateo hizo un esfuerzo por serenarse. Reparó en que, desaparecido Álex, que había sido en cierto modo el líder del grupo, de alguna manera Gabriel estaba adoptando el papel de nuevo cabecilla. Lo vio natural: ni Lucía ni él mismo valían para eso, aunque le asombró la facilidad con que el reajuste se había producido. Aquellos mecanismos automáticos de adaptación solo eran posibles entre clanes de auténtica confianza, de verdadera amistad. No, no debían permitir que aquel pequeño grupo desapareciese. Sin ser muy conscientes de ello, durante los cuatro años anteriores habían construido algo que valía la pena.
Gabriel cortó las reflexiones de su amigo volviendo a suspirar, lo que produjo la impresión de que necesitaba reorganizar sus ideas. La expectación había llegado a su punto culminante.
-Te escucho -susurró Mateo.
-Álex me llamó cinco veces -reconoció al fin Gabriel, provocando un gesto anonadado frente a él-. Pero eso no es todo.
El silencio había pasado a hacerse blindado. Hasta el viento parecía haberse detenido. Mateo permanecía quieto como un fósil, con los ojos muy abiertos.
-Además, las cinco llamadas se produjeron -terminó Gabriel, solemne- en un lapso de tiempo de cuatro minutos. Desde la una y cinco hasta la una y nueve de la madrugada. Alucinante, ¿eh? ¿Qué conclusión sacas de ello?
La respuesta no se hizo esperar:
-Está claro que Álex tenía mucho interés en hablar contigo. No se trata de simples llamadas perdidas.
Gabriel sonrió, al tiempo que rechazaba con la mano tal hipótesis.
-Mateo -advirtió-, hemos de ser más rigurosos. No es que Álex tuviese interés en hablar conmigo, es que necesitaba hacerlo. Que no es lo mismo. Y tenía que conseguirlo justo en aquel momento, no más tarde. Solo así se puede justificar semejante ritmo de llamadas.
-Y que no volviera a intentarlo más tarde -completó Mateo, acariciándose la nariz sin poder disimular su desconcierto-. No entiendo nada.
Gabriel estuvo de acuerdo:
-Es que no tiene mucho sentido. ¿Por qué una persona que decide marcharse en secreto de casa por voluntad propia, y que tiene toda la noche para hacerlo, de improviso necesita contactar con un amigo al que ha decidido mantener al margen de su plan, y con el que, para colmo, solo precisa hablar entre la una y cinco y la una y nueve de la madrugada? Tampoco os llamó a vosotros ni a Raquel, su reciente novia. Es absurdo.
-Es absurdo -los dos se sobresaltaron al oír aquella voz ajena, proveniente de la arboleda- si mantenemos la convicción de que Álex se marchó de casa por su propia voluntad, chicos. Si no, no.
Se trataba de Lucía, la informática, que acababa de llegar y había logrado escuchar la última parte de la conversación de los amigos. El viento, que volvía a hacer acto de presencia, le dio la bienvenida revolviendo su melena pelirroja.
-Explícate -pidió Mateo, sin más preámbulos.
Ella se fue a sentar sobre la hierba, adoptando la postura más cómoda.
-Perdona -se apresuró a excusarse Gabriel, acercándole una manta que sobraba-, creí que al final no vendrías. ¿Quieres una silla?
-Tranquilo, no hace falta. Lo que decía es que las llamadas de Álex resultan extrañas, sí, pero solo si intentamos razonarlas partiendo del supuesto de su marcha voluntaria.
Gabriel la apoyó:
-Lucía acaba de adelantar la causa de esta reunión -extendió un brazo, mostrando su móvil-. Es posible que las llamadas de Álex constituyan un indicio de que algo extraño pasó la noche del ocho de octubre en su casa. Algo que nadie ha imaginado... hasta ahora.
Mateo estaba boquiabierto.
-¿Insinuáis... insinuáis que la versión oficial de la policía es falsa? -preguntó-. Eso es muy fuerte, tíos.
Gabriel lo sabía muy bien, apenas había podido dormir la noche anterior pensando en las consecuencias que se podían desatar de ser cierto lo que sospechaba. ¿Por qué tuvo que perder el móvil justo el ocho de octubre? Si hubiera podido hablar con Álex durante aquellos valiosos minutos... Seguro que su amigo le intentó localizar primero en casa, pero aquella noche tuvo una cena y volvió tarde. Era increíble lo que las circunstancias se podían complicar por azar. Realmente, aquella madrugada del ocho de octubre, Álex estaba predestinado a encontrarse solo, sin ayuda, frente a algo. Pero ¿qué era ese algo? ¿Dónde estaba ahora Álex? ¿Por qué no había intentado de nuevo ponerse en contacto con ellos? Demasiados interrogantes.
Lucía ofrecía un aspecto de intensa concentración.
-Fijaos en que si en algo coincidimos todos cuando nos enteramos de la desaparición de Álex -advirtió-, es en que su comportamiento había sido raro, él nunca habría actuado así... con nosotros.
-Oye, no os paséis -matizó Mateo-. A mí también me ha dejado de piedra su desaparición, pero no olvidéis que hace años ya se escapó de casa, no lo vayamos a poner como un mártir. Era un poco especial, todo hay que decirlo.
-Sí, Álex es muy suyo, pero esa fuga de casa no fue algo tan... inesperado -argumentó Lucía-. Además, en aquella ocasión el motivo era que sus padres no le dejaban ir al pueblo donde veraneaba su primera novia. Y nos lo
dijo el día anterior. Ahora no ha sido igual; ni hay causa para desaparecer, ni nos comentó nada la víspera.
«Causa para desaparecer»: a Gabriel le vino a la mente la palabra «móvil», término que utiliza la policía cuando se investiga la razón de un crimen. Sin saber por qué, sintió un escalofrío.
-Lucía tiene razón -adelantó, en tono grave-. Esta vez no es igual; hay algo extraño en todo esto.
* * *
Diario, I
Bueno, por fin les he contado a Lucía y Mateo lo que me rondaba en la cabeza acerca de la fuga de Álex, y, por suerte, no me han tratado como a un idiota que ha visto demasiadas pelis, lo que podría haber ocurrido. Yo mismo me lo planteo. Qué nervios.
También hemos acordado, de momento, no decirle nada a la novia de Álex, que bastante mal lo ha pasado ya. Tampoco la conocemos mucho.
Mateo, como siempre a través de las influencias de su padre, se ocupará mañana de que nos reciba sobre la marcha el inspector de policía que se encarga del caso, y a ver qué pasa. Conocemos a ese hombre porque nos hizo bastantes preguntas cuando desapareció nuestro amigo. Espero que nos tomen en serio, en estas cosas no es una ventaja ser tan joven.
Sigue siendo de noche, me voy a acostar ya. Acabo de llegar del chalé de Mateo, y me he entretenido mirando las farolas encendidas desde la ventana de mi habitación, me ayuda a pensar. También tengo puesta música de fondo, aunque a poco volumen porque es tarde. Vaya sueño voy a tener mañana, pero no queda más remedio: mi padre no puede ir a currar a primera hora, y hay que abrir el bar. Con los desayunos de los que trabajan cerca hacemos bastante caja. En fin, hay que ganarse el pan, como dice él. Algunos no tienen que hacerlo, como Mateo. Qué perro. Me pregunto si mañana haremos el ridículo. Me refiero a que, a lo mejor, nos hemos pasado con nuestras suposiciones. La imaginación puede jugar malas pasadas, y desde luego tenemos mucha. Me da miedo pensar que, en el fondo, lo que ocurre es que nos negamos a aceptar que Álex nos haya traicionado, y por eso estamos envolviendo su marcha en un halo de enigma que la hace más digerible. Si en vez de enfrentarnos a un abandono a palo seco, cutre de tan simple y vulgar (la policía dijo que mucha gente se va de casa cada año, es increíble), nuestras miradas asisten a un episodio romántico en el que un amigo necesita nuestra ayuda, todo es menos duro. Por eso no sé si estamos siendo objetivos o si nos dejamos llevar por nuestras emociones. Y es que fastidia decirlo, pero queríamos mucho a Álex. Qué complicado es todo.
3
Primer día
-¿Qué tenían?
Gabriel se dirigía a aquellos clientes desde el lugar de la caja registradora, al otro lado de la barra.
-Tres pinchos, dos coca-colas y una caña.
Los miró sin verlos, ausente. Llevaba toda la mañana así, con la mente en la comisaría de policía donde debían de encontrarse Mateo y Lucía.
-Son ocho con treinta.
-Tome, no nos devuelva.
-Gracias, que pasen un buen día.
Nervioso, saltó de aquel rincón y comenzó a recoger platos y vasos sucios de las mesas ya vacías, mientras su padre atendía a nuevos clientes. El local no era muy grande, pero aún tenían nueve mesas más la barra, suficiente para sufrir largas jornadas de trabajo. Gabriel aceptaba la labor respondiendo a su obligación en el negocio familiar, a pesar del duro horario de la hostelería, a la vez que se animaba con la perspectiva de abandonar aquella esclavitud en cuanto terminase los estudios. Sus padres ya contaban con ello. Por otra parte, el dinero que le daban porayudar le permitía comprar libros y viajar, sus grandes pasiones.
Iba a coger la bayeta para limpiar unos restos de líquido desparramado en dos sillas cuando le alcanzó una conocida melodía, el sonido breve y agudo que le informaba de que acababa de recibir un mensaje por el móvil. Su padre, que también lo había oído, puso mala cara. Ya le había advertido de que nada de móviles mientras trabajaba, que era una falta de respeto hacia la clientela y una distracción muy cara. Gabriel, por una vez, hizo caso omiso de sus tareas y se abalanzó hacia la estantería donde dejaba siempre su teléfono. Efectivamente, en la pantalla parpadeaba el símbolo de un sobre.
-Perdone, ¿puede atendernos?
Gabriel maldijo por lo bajo ante la interrupción, barajando la posibilidad de que el mensaje que acababa de llegarle pudiese ser de Mateo o de Lucía. Pero contuvo su curiosidad y se giró sonriente hacia la mujer que esperaba apoyada en la barra. Había que comportarse en plan profesional. Además, su padre vigilaba, por supuesto.
-¿Sí, señora?
-Me pondrá dos raciones de ensaladilla rusa, por favor.
-Cómo no, marchando.
«Ojalá se atragante, señora», deseó conforme le preparaba los platos, arrepintiéndose enseguida. Tras dejar la cesta con el pan y los tenedores, lanzó rápidas ojeadas y, confirmando que no había más clientes a la vista, volvió a recoger su móvil. Pulsó el okay, y lo que leyó a continuación, contra lo que suponía, le dejó de una pieza: el mensaje provenía del móvil de Álex. Impactante. Atacado de los nervios, respiró profundo y presionó otra vez el okay, preparándose para leer lo que le comunicaba su amigo perdido.
-¿Tendrá servilletas, por favor?
* * *
Lucía y Mateo se encontraron con una comisaría en ebullición, con movimiento por todos lados al ritmo de la caótica sinfonía que dominaba aquella atmósfera saturada: teléfonos, timbres, impresoras escupiendo papel... El inspector Garcés, que recibía la cuarta llamada en tres minutos, a la que no hizo caso, sonrió al verlos aguardando en una improvisada salita entre pasillos, y los invitó a pasar a un pequeño despacho tres puertas más allá. Mientras encendía el interruptor, se disculpó:
-Chicos, perdonad la espera, pero hoy es mal día. Como ayer, anteayer... -soltó una potente carcajada, que hizo temblar la papada que casi ocultaba su cuello-. Y como mañana, pasado y al otro. Seguro. Menuda temporada llevamos. ¿Sabíais que en la policía no cobramos las horas extra?
Ellos negaron con la cabeza, sorprendidos en fuera de juego ante aquella cuestión inesperada. Lucía suspiró, impaciente; había asuntos más importantes de los que hablar, bastante valor le habían echado para ir hasta allí.
-Un compañero que lleva trabajando en la unidad de drogas veinte años siempre me lo dice -continuó el inspector, ajeno a los pensamientos de sus oyentes-: «Nos jugamos la vida, curramos hasta doce y quince horas diarias por mil doscientos cochinos euros al mes, trienios incluidos, y a mí me viene un tío al que acabo de pillarle veinte quilos de coca y, ¿sabes qué?, me ofrece para que lo suelte más pasta de la que veré en toda mi puñetera vida». Luego dicen que hay corrupción... Ya sé que suena a serie de la tele, pero es que ocurre así, de verdad. La gente piensa que eso solo pasa en Los Ángeles o Nueva York, pero se equivocan. En Zaragoza también, desde luego. No te digo ya en Madrid o Barcelona. ¿Sabéis cuánto gana un tipo que trafica con éxtasis? El otro día pillamos a dos con treinta mil pastillas en una bolsa... Menudo Mercedes conducía el muy...
Mateo asistía atónito a aquel borbotón de palabras, incapaz de cortar al policía para reconducir la conversación. Garcés, milagrosamente, era capaz al mismo tiempo de mirar papeles, hacer gestos a otros compañeros que pasaban frente a la puerta y encender un cigarrillo. Era un verdadero ciclón.
-¿Os molesta? -preguntó, mostrándoles el paquete de tabaco-. Solemos cumplir las normas, pero en días como este...
-No, no -respondieron ellos al unísono.
Lucía decidió aprovechar el breve instante que el inspector perdió aspirando la nicotina para entrar en materia:
-Inspector, hemos venido a verle para hablar del caso de Álex Urbina, ¿lo recuerda?
El aludido asintió, exhalando el humo con lentitud. ¿Cómo no iba a recordarlo? Garcés nunca se encargaba de expedientes de desapariciones, pero de aquel sí se hizo cargo porque el compañero experto en esos temas, el detective Ramos, estuvo enfermo aquellos días. A la semana siguiente, ya recuperado, Ramos pidió al inspector asumir la investigación del caso, pero Garcés prefirió terminar lo que había empezado. ¡Menuda bronca inesperada tuvieron a raíz de aquella decisión! Por lo visto, al otro detective le sentó fatal que alguien que no fuera él se dedicase a una desaparición. Garcés alucinó ante aquel comportamiento: ¡jamás había presenciado una reacción tan exagerada! Ramos era un buen policía, pero estaba claro que se mostraba demasiado celoso en lo relativo a sus competencias.
-Es un caso muy reciente -observó Garcés, dirigiéndose a los chicos-. Bueno, en realidad no hay mucho que recordar, ¿verdad? Perdonad que os lo diga, pero fue casi un mero trámite -se detuvo, como si cayese en la cuenta de algo-. Oye, ¿no erais tres los amigos del fugado? Estabais la informática pelirroja, el pijo deportista...
-Falta Gabriel -aclaró Mateo, ignorando su propia alusión-, que está trabajando en la cafetería de sus padres. Buena memoria.
-¡Eso! -el policía orientó ahora el humo hacia arriba-. El intelectual, ¿verdad? Me gusta cómo funciona la cabeza de ese chico, me dejó muy buena impresión. Je, je. Un intelectual que trabaja en una cafetería, interesante mezcla. Bueno -Garcés modificó su postura tras dejar el pitillo en un cercano cenicero de cristal, echándose para atrás y juntando sus manos tras la nuca; solo le faltó poner los pies encima de la mesa-, vosotros diréis. ¿Hay novedades? ¿Álex ha dado ya señales de vida?
Lucía le contempló antes de contestar. El inspector, de unos cuarenta años, ofrecía una imagen poco prometedora: en mangas de una camisa abombada por los costados debido a gruesos michelines, los visibles manchurrones de sudor que se distinguían en sus axilas eran todo un espectáculo. Sin embargo, ella no se dejó engañar por las apariencias; sabía de buena tinta que Garcés tenía fama como policía, algo que sus ojos delataban: de un negro intenso, nunca perdían el brillo que caracteriza a un observador sagaz. Lucía recordaba aquella mirada certera, de cuando lo vio trabajar en casa de Álex. Aunque fuese un charlatán, el inspector contaba con una inteligencia fuera de serie. Eso le habían comentado.
-Pues sí -respondió ella, al fin-, Álex ha dado señales de vida. Bueno, no recientemente, claro. Quería decir que acabamos de descubrir que intentó ponerse en contacto con nosotros la misma noche de su desaparición.
Garcés frunció el ceño.
-Así que «desaparición». Ya veo que seguís utilizando ese término para aludir a su marcha, ¿eh?
-Para nosotros, Álex no se fue por su propia voluntad, inspector -intervino Mateo-. Por eso continuamos pensando que se trata de una desaparición, no de una fuga.
-¿Y la carta de despedida que dejó? -insistió el detective.
-Alguien le pudo obligar a escribirla -Lucía entraba de nuevo en la conversación-. No tenía por qué estar solo aquella noche.
El policía se encogió de hombros.
-Espero que hayáis traído algo más para convencerme, aparte de vuestras palabras -advirtió-. Que yo recuerde, estaba todo muy claro.
-Aquella noche, Álex llamó al móvil de Gabriel cinco veces en cuatro minutos -afirmó Lucía, con tono serio, mientras depositaba su bolso encima de la mesa-. La hora de las llamadas es desde la una y cinco hasta la una y nueve de la madrugada, imaginamos que justo cuando se iba a ir de casa.
Lucía no dijo nada más, y junto a Mateo estudió expectante la reacción del policía, que para su decepción se mantuvo tranquilo.
-¿Eso es todo? -indagó este, con suavidad-. ¿Habéis procurado devolver las llamadas a vuestro amigo, al menos?
-Gabriel lo hizo cuando descubrió que Álex le había intentado localizar con esa urgencia, pero no obtuvo respuesta -reconoció Mateo-. No sabemos nada más.
-No sabemos nada -corrigió Garcés-, nada de nada. Además, como el móvil de Álex, si no recuerdo mal, no es de los que tienen GPS, tampoco podemos intentar localizarlo. Y a pesar de lo que afirmas, Lucía, si somos honestos, ni siquiera podemos estar seguros de que Álex estuviese en casa cuando hizo esas llamadas, porque tampoco conocemos el momento exacto de su marcha. Podía estar ya bastante lejos de su domicilio. Una fuga no es como un cadáver, cuya hora de defunción puede concretarla un forense con bastante precisión. Si no me equivoco, lo único que quedó demostrado en la investigación es que Álex estaba en su casa a las diez de la noche, y que a las nueve de la mañana del día siguiente no. Es decir, no tenemos ni idea de cuándo abandonó su casa esa noche.
-Pero eso tampoco es tan importante, ¿no? -cuestionó Lucía-. Al fin y al cabo, ¿qué más da desde dónde hiciese la llamada?
El inspector Garcés se echó el flequillo hacia atrás con una mano y se humedeció los labios.
-El teléfono móvil de vuestro amigo desaparecido no se encontró en el registro que efectuamos -aclaró-. La lógica nos hace pensar que se lo llevó con él, pero se trata tan solo de una suposición.
-¿Qué quiere decir? -Mateo se temió lo peor-. ¿Insinúa que Álex no hizo esas llamadas?
El policía asintió.
-Insinúo que pudo no hacerlo. Lo siento, chicos. Pero hay que tener claro con qué cartas jugamos, y con vuestra información hasta este instante no podemos estar seguros de que fuera él quien llamó.
-Pero entonces -Lucía se negaba a aceptar tal posibilidad-, ¿qué explicación tiene tal número de llamadas? ¿Por qué alguien desconocido iba a tener tantas ganas de hablar con Gabriel?
El inspector respondió al momento:
-Por ejemplo, imagina que Álex pierde el móvil al irse de casa, pongamos que sobre las doce y media de la noche, ¿vale? Alguien lo encuentra, y en un arranque de honestidad, como quiere devolverlo, para localizar al dueño se le ocurre llamar al último número que aparece como marcado en la agenda del móvil.
-Pero llamar cinco veces en tan poco rato... -volvió a objetar Lucía-. Demasiado interés en la búsqueda, ¿no?
-Las personas de cierta edad suelen tomarse estas cosas muy en serio. O a lo mejor era alguien que no sabía muy bien cómo funcionaba el móvil de Álex y, al juguetear con las teclas, se puso a hacer llamadas perdidas a saco, sin control.
-¿Y por qué no volvió a llamar al día siguiente, en ese caso? -planteó Mateo-. Si tantas ganas tenía de devolver el teléfono...
Garcés sonrió, moviendo la cabeza hacia los lados.
-No lo sé, Mateo, pero hay muchas posibilidades. A lo mejor decidió dejarlo donde lo encontró, por si el dueño volvía. O es posible que lo pensara mejor y se acabase quedando con el móvil. O incluso que él lo perdiera también más tarde, o que se lo robaran. Yo qué sé. De todos modos -reconoció-, tampoco descarto que fuese Álex el autor de las llamadas. Entendedme, tan solo me limito a demostrar la poca consistencia de vuestros argumentos para defender la hipótesis de... ¿qué? ¿Qué fue, si no aceptamos la posibilidad de una marcha voluntaria? ¿Un secuestro?
Mateo y Lucía se miraron en silencio, conscientes de sus propias dudas y del acento escéptico del inspector.
-Y aunque las llamadas fueran de vuestro amigo -concluyó Garcés, con gesto amable-, ¿qué prueba eso? Con toda seguridad, que Álex tuvo un momento de indecisión aquella noche, intentó hablar con Gabriel y no lo logró. Entonces tomó él solo la definitiva determinación de irse, y por eso ya no os volvió a llamar a ninguno de vosotros. ¿No lo veis así, chicos?
-Usted sabe tan bien como nosotros que no se puede confirmar al cien por cien lo que ocurrió, inspector -desafió Lucía-. Todo son conjeturas. ¿No le intranquiliza el hecho de albergar una mínima duda? ¡Hay un chico de dieciocho años en paradero desconocido! ¿Y si la versión oficial estuviese equivocada?
Garcés se levantó de la silla tras un largo suspiro y aplastó con fuerza la colilla de su cigarrillo en el cenicero.
-Pues claro que me intranquiliza -se sinceró, mirándoles a los ojos-. Lucía, ese es un fantasma con el que tenemos que lidiar en muchas ocasiones, como lo hacen los jueces al dictar sentencia o los médicos al realizar un diagnóstico. La posibilidad del error siempre está ahí, acechando. Son las reglas del juego. Bastante duro es ya, pero no podemos permitirnos el lujo de que una mínima in certidumbre nos bloquee. Observad aquello.
Garcés señaló con la cabeza hacia un pequeño escritorio que habían colocado junto a una de las paredes laterales de la habitación. El mueble permanecía casi invisible sepultado bajo cientos de carpetas y documentos, apilados en torres irregulares como pilares de una bóveda inexistente.
-Expedientes de casos pendientes de archivar -explicó el policía-, casos todavía sin resolver. Muchos de ellos tratan sobre desapariciones, chicos. Desapariciones de menores, desapariciones con signos de violencia, con rastros de sangre, desapariciones de enfermos. Supuestos sin carta de despedida. Desapariciones, y disculpad la licencia literaria, con gritos que aún retumban aquí. ¿Cómo vamos a detenernos por una ínfima probabilidad de error? Hay demasiado en juego.
La comisaría entera daba la impresión de ser consciente de la gravedad de lo que allí se estaba hablando, y un clima mudo se impuso. Garcés no sonreía, erguido ahora en el sillón frente a ellos, que contemplaban como hipnotizados aquellos montones dramáticos de papel, imaginando rostros anónimos, sonrisas olvidadas.
-Impacta, ¿verdad? -reanudó el inspector-. Pues eso no es nada -extrajo de un cajón una gruesa carpeta que dejó caer encima de la mesa-. Aquí dentro no hay expedientes, sino fotos de gente desaparecida que se han empleado en campañas de búsqueda. Fotos con nombre y apellidos, de personas como nosotros que un día fueron arrancadas de su vida cotidiana y a las que jamás se ha vuelto a ver. Mucho sufrimiento contenido en imágenes. Lo siento de veras -terminó, solemne-, pero en medio de semejantes circunstancias, que nos ahogan, me estáis pidiendo que dedique tiempo y esfuerzos para un caso de desaparición sin indicios sospechosos. Álex es mayor de edad, dejó una nota de despedida cuya letra hemos verificado, todo en su casa estaba en orden. Y había ya un precedente de fuga, ¿cierto? -los interpelados asintieron, sin fuerzas para replicar-. El caso está archivado. Me encantaría ayudaros, pero para eso me tendréis que convencer de que hay algo más que la escapada de un joven irresponsable. Esto es la vida real, y eso no puedo remediarlo.