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Una edición ilustrada inspirada en la original del siglo XIX de Pierre-Jules Hetzel. La edición más bella del mundo de la obra de Julio Verne. En Auckland, Nueva Zelanda, un grupo de quince estudiantes con edades comprendidas entre los ocho y los catorce años se embarcan en la goleta Sloughi para iniciar unas vacaciones de seis semanas en el mar. Mientras toda la tripulación se encuentra en tierra, el barco, que por alguna extraña razón no está bien amarrado, comienza a navegar a la deriva empujado por un viento tempestuoso. Sin saber cómo controlar la nave, los chicos pasarán varias semanas en el océano, hasta que encallarán en una isla desierta. Sin embargo, sus aventuras no habrán hecho más que comenzar...
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Seitenzahl: 585
Veröffentlichungsjahr: 2026
Título original: Deux ans de vacances
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OBDO384
ISBN: 978-84-918-7217-7
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PRÓLOGO
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
Notas
Muchos Robinsones han despertado ya la curiosidad de nuestros jóvenes lectores. Daniel Defoe, en su inmortal Robinsón Crusoe, ha puesto en escena al hombre solo; Wyss, en su Robinsón suizo, a la familia; Cooper, en El cráter, a una sociedad con sus múltiples elementos, y yo, en La isla misteriosa, he presentado a algunos sabios luchando con las necesidades de su penosísima situación.
Se ha escrito también El Robinsón de doce años, El Robinsón de los hielos, El Robinsón de las niñas, y otros; pero con ser tan grande el número de novelas que componen la serie de los Robinsones, no la considero completa, y he creído que para ello sería conveniente publicar un libro cuyos protagonistas fueran algunos jovencitos de ocho a trece años, abandonados en una isla, luchando por la vida en medio de las contrariedades ocasionadas por la diferencia de nacionalidad; en una palabra, un colegio de Robinsones.
Verdad es que en Un capitán de quince años procuré demostrar lo que pueden el valor y la inteligencia de un niño enfrente de los peligros y de las dificultades de una responsabilidad muy grande para su edad; pero se me ha ocurrido después que, si la enseñanza contenida en dicho libro ha de ser para muchos provechosa, se hacía necesario completarla.
He aquí los dos motivos que me han impulsado a escribir esta nueva obra, que me permito ofrecer al público bajo el título de: Dos años de vacaciones.
JULIO VERNE
En la noche del 9 de marzo de 1860, las nubes, que se confundían con elmar, limitaban a unas cuantas brazas el espacio que podía abarcar la vista.
Por aquel mar embravecido, cuyas olas mugían proyectando lívidos reflejos, huía un ligero barco, casi a palo seco.
Era un yate de cien toneladas, un schooner, como llaman a las goletas en Inglaterra y Norteamérica.
Este schooner era el Sloughi, nombre que se hubiera buscado en vano en el cuadro de popa, arrancado en parte por debajo del coronamiento a causa de algún accidente, que lo mismo pudo ser la marejada que un abordaje.
Eran las once de la noche. En la latitud en que se hallaban y a principios de marzo, las noches son bastante largas. Los primeros albores del día no se dejarían ver hasta las cinco de la madrugada. ¿Pero, serían acaso menores los peligros que amenazaban al Sloughi cuando el sol iluminase el espacio? ¿No se hallaría a merced de las olas constantemente la frágil embarcación? Era lo más probable, y sólo si disminuyera la resaca o amainase el huracán, podría salvarse del más horroroso de los naufragios; el que ocurre en medio del océano, lejos de toda tierra en la que a veces hallan su salvación los náufragos.
En la popa del Sloughi y en la rueda del timón se hallaban tres muchachos, uno de catorce años y otros dos de trece, acompañados de un grumete de raza negra, que contaba apenas doce. Reunían todos ellos sus fuerzas para impedir las inclinaciones del buque a babor o a estribor, que hubieran podido hacerle zozobrar. Ardua tarea, porque la rueda del timón, al girar, y pese a los esfuerzos de los niños, podía de un momento a otro lanzarlos por encima de la borda. Es más, poco antes de las doce, azotó tal golpe de mar al costado del yate, que fue milagro que no se rompiera el timón.
Los niños, que habían sido derribados por el agua, pudieron levantarse al instante.
—¿Funciona aún el timón, Briant? —preguntó uno de ellos.
—Sí, Gordon —respondió Briant, que tornó a ocupar su sitio y conservaba toda su sangre fría.
Luego, volviéndose al tercero, añadió:
—Agárrate bien, Doniphan, y no nos acobardemos, que hay otros a quienes salvar.
Estas frases fueron dichas en inglés; mas, por el acento de Briant, se notaba que era de origen francés. Éste se volvió al grumete y dijo:
—¿Estás herido, Mokó?
—No, señor Briant; pero procuremos mantener el buque de popa a las olas, si no queremos irnos a pique.
En aquel momento se abrió la escotilla que daba al salón del schooner, y aparecieron al nivel de la cubierta dos cabecitas, al mismo tiempo que labonachona cara de un perro cuyos ladridos empezaban a oírse.
—¡Briant...! ¡Briant...! —exclamó un niño de nueve años—. ¿Qué sucede?
—Nada, Iverson, nada —replicó Briant—. Baja otra vez con Dole... ¡Y a escape!
—Es que tenemos mucho miedo —añadió el otro niño, que era más pequeño.
—¿Y los demás? —preguntó Doniphan.
—Los demás también están asustados —respondió Dole.
—Vamos, volved abajo —dijo Briant—. Encerraos, tapaos con las sábanas, cerrad los ojos, y así no tendréis miedo. No hay ningún peligro.
—¡Cuidado...! ¡Otra ola! —exclamó Mokó.
Un violento choque se sintió en la popa; pero, por fortuna, no entró agua; pues de haber entrado por la escotilla, el barco, demasiado pesado, no hubiera podido mantenerse a flote.
—¡Volveos adentro —exclamó Gordon—, y no me hagáis enfadar! ¡Que no tenga que volver a repetíroslo!
—Vamos, niños, marchaos —añadió Briant con más dulzura.
Las dos cabecitas desaparecieron, al mismo tiempo que otro muchacho, que acababa de subir, preguntó:
—¿No nos necesitas, Briant?
—No, Baxter —respondió Briant—. Cross, Webb, Service, Wilcox y tú quedaos con los pequeños. Bastamos aquí los cuatro.
Baxter volvió a cerrar por dentro.
—Los demás también tienen miedo —había dicho Dole.
Pero, ¿acaso no había más que niños a bordo de aquel schooner llevado por el huracán? Sí; sólo había niños. ¿Y cuántos eran? Unos quince, contando a Gordon, Briant, Doniphan y el grumete. ¿Y en qué circunstancias se habían embarcado? Pronto lo sabremos. ¿Y no había ni un solo hombre en el yate? ¿No había un capitán para gobernarlo, ni un marinero para ayudar en las maniobras, ni un timonel que dirigiera el buque en medio de aquella tempestad? ¡No! ¡Ni uno!
Así, pues, ¡no había a bordo nadie que pudiese decir la posición exacta del Sloughi en medio de aquel océano...! ¡Y qué océano! El más grande de todos, el Pacífico, que tiene dos mil leguas de anchura desde las tierras de Australia y Nueva Zelanda hasta el litoral sudamericano.
¿Qué había ocurrido? ¿Había desaparecido en alguna catástrofe la tripulación del schooner? ¿La habían raptado, acaso, los piratas de Malasia, no dejando a bordo más que unos cuantos niños entregados a sí mismos y el mayor de los cuales no pasaba de catorce años? Un yate de cien toneladas necesita, por lo menos, un capitán, un contramaestre y cinco o seis hombres; y de ese personal indispensable para maniobrar, ya no quedaba más que un grumete. Por último, ¿de dónde venía el schooner, de qué paraje de Australia o de cuál de los archipiélagos de Oceanía? ¿Cuándo había zarpado y para qué destino? A esas preguntas, que cualquier capitán hubiese hecho, si hubiera encontrado el Sloughi en tan lejanos mares, seguramente habrían podido responder aquellos niños; mas no se divisaba ningún barco ni de los transatlánticos, cuyos itinerarios se cruzan en los mares oceánicos, ni de esos buques mercantes, de vapor o veleros, que Europa y América mandan a centenares hasta los puertos del Pacífico. Y aun cuando uno de tales buques, tan potentes por su máquina o por su velamen hubiera estado en aquellos parajes, harto trabajo tendría en luchar a su vez contra la tempestad, y, por consiguiente, no podría socorrer al yate agitado por el mar.
Entretanto, Briant y sus compañeros se esforzaban por evitar las inclinaciones del barco.
—¿Qué hacemos? —dijo Doniphan.
—Todo lo que sea posible para salvarnos, con la ayuda de Dios.
Así respondió el joven Briant, cuando el hombre más enérgico apenas hubiera podido conservar alguna esperanza.
En efecto, la tempestad era cada vez más violenta y el viento amenazaba fuertemente al Sloughi, ya medio desmantelado hacía cuarenta y ocho horas, y en cuyo palo mayor, roto a cuatro pies de altura por encima de la fogonadura, no se podía izar ninguna vela de capa con que poder gobernar más seguramente el buque. El palo de mesana, al que faltaba el galope, resistía aún, pero veíase acercarse el momento en que, falto de los obenques, caería sobre cubierta. A proa, las tiras del petifoque batían con detonaciones comparables a las armas de fuego. No quedaba ya más vela que la mesana, pronta a desgarrarse también; pues los pobres chicos no habían tenido suficiente fuerza para tomar el último rizo, y disminuir su superficie. Si aquella vela se rompía, el schooner ya no podría resistir el viento, y las olas le atacarían de costado, lo echarían a pique y los pasajeros desaparecerían con él en el abismo.
Hasta entonces no se había visto, mar adentro, ni una isla, ni había aparecido al Este ningún continente. Terrible eventualidad era el encallar, y, sin embargo, los niños no la hubieran temido tanto como a los furores de aquel interminable mar. Un litoral cualquiera con sus escollos, sus rompientes, los constantes ataques de la marejada, era preferible a aquel océano pronto a abrirse bajo sus pies.
Así, pues, los muchachos miraban siempre al horizonte, esperando ver adónde encaminarse.
Pero nada se distinguía en aquella profunda oscuridad.
De pronto, hacia la una de la madrugada, un chasquido espantoso dominó el silbido del huracán.
—¡Se ha roto el palo de mesana! —exclamó Doniphan.
—¡No! —respondió el grumete—. Es la vela, que se ha soltado de las berlingas.
—¡Hay que quitarlas! —ordenó Briant—. Gordon, ponte en el timón con Doniphan; y tú, Mokó, ven a ayudarme.
Si Mokó, como grumete, debía tener nociones de náutica, tampoco carecía de ellas Briant, por haber cruzado ya el Atlántico y el Pacífico cuando fue de Europa a Oceanía, habiéndose familiarizado algo con las maniobras de un barco. Esto explica el porqué los demás, que no sabían nada de eso, habían tenido que confiar a Briant y a Mokó la dirección del schooner.
En un instante, Briant y el grumete corrieron valerosos hacia el palo, pues era preciso deshacerse a toda costa de la mesana, que formaba una bolsa en su parte inferior y exponía al buque a caer de lado. Si esto llegara a suceder, sería de todo punto imposible levantarlo, a menos que cortaran del todo el palo por su pie, después de quitarle los obenques metálicos, cosa que no hubieran podido conseguir unos niños.
En tales condiciones, Briant y Mokó dieron pruebas de notable destreza. Resueltos a conservar todo el trapo posible para mantener al Sloughi viento en popa mientras durase la borrasca, consiguieron largar la driza de la verga, que cayó a cuatro o cinco pies de la cubierta. Los jirones de la mesana, cortados con un cuchillo por su parte inferior y sujetos por algunas abrazaderas, fueron amarrados a las cabillas de empavesado, no sin que ambos intrépidos muchachos estuvieran veinte veces a punto de ser arrastrados por las olas.
Con tan reducido velamen, el yate pudo conservar la dirección que seguía desde hacía ya largo tiempo; pues sólo la masa de su casco ofrecía bastante presa al viento para correr con la velocidad de un torpedero. Lo que importaba, sobre todo, era poder librarse de las olas huyendo con más rapidez que ellas, para evitar algún golpe de mar por encima del coronamiento.
En tales condiciones, Briant y Mokó dieron pruebas de notable destreza.
Hecho esto, Briant y Mokó se reunieron con Gordon y Doniphan para ayudarles a gobernar.
En aquel momento, la puerta del tambucho abrióse por segunda vez, y asomó por ella una cara infantil. Era Santiago, hermano de Briant, tres años menor que él.
—¿Qué quieres, Santiago? —le preguntó el mayor.
—¡Ven..., ven! —respondió el niño—. ¡Hay agua hasta en el salón!
—¿Será posible? —exclamó Briant.
Y precipitándose hacia el tambucho, bajó casi de un salto.
El salón estaba confusamente alumbrado por una lámpara que el balanceo mecía con frecuencia. Esta luz permitía distinguir una decena de niños tendidos en los divanes o en las literas del Sloughi. Los más pequeños (los había de ocho y nueve años), apretados unos contra otros, estaban aterrorizados.
—No hay peligro —les dijo Briant, con intención de tranquilizarlos—. Estamos aquí nosotros... No tengáis miedo...
Entonces, paseando por el suelo del salón un farol encendido, vio que cierta cantidad de agua corría de un lado a otro del yate.
¿De dónde venía aquella agua? ¿Había penetrado por alguna grieta? Era menester averiguarlo.
Junto al salón estaba la gran cámara, luego venía el comedor y, por último, a proa, el camarote de la tripulación.
Briant recorrió esos diversos departamentos y observó que el agua no penetraba ni por encima ni por debajo de la línea de flotación. El agua, despedida hacia proa por la inclinación del yate, provenía de los golpes de mar que entraban por la proa y se filtraban por las rendijas del tambucho del castillo de proa. Por lo tanto, no había ningún peligro por ese lado. Briant tranquilizó a sus compañeros cuando volvió a pasar por el salón, y, algo menos inquieto, ocupó de nuevo su sitio en el timón. El schooner, muy sólidamente construido, forrado recientemente con buenas planchas de cobre, no podía hacer agua, y se hallaba en estado de resistir los golpes de mar.
Era la una de la madrugada. En aquella hora de la noche, más oscura aún por el espesor de las nubes, la borrasca se desencadenaba furiosamente y el yate navegaba como si todo él estuviera sumergido en un elemento líquido. Gritos agudos de preteles rasgaban los aires. ¿Podía deducirse de la aparición de estas aves que la tierra estuviese cerca? No, porque se las encuentra a veces a varios centenares de leguas de la costa. Además, impotentes para luchar contra la corriente aérea, esos pájaros de las tempestades la seguían como el schooner, cuya velocidad no hubiera podido disminuir ninguna fuerza humana.
Una hora más tarde oyóse a bordo otro desgarro; acababa de romperse lo que de la mesana quedaba, esparciéndose los pedazos por el espacio como si fuesen enormes gaviotas.
—Ya no tenemos vela —exclamó Doniphan—, y es imposible colocar otra.
—¿Qué importa? —respondió con aplomo Briant—. Ten la seguridad de que no dejaremos de ir deprisa.
—¡Vaya una contestación! —replicó Doniphan—. ¡Si es ése tu modo de maniobrar!
—¡Cuidado con las olas! —dijo Mokó—. Es necesario que nos atemos fuertemente, si no queremos que nos arrastren.
No bien había terminado de pronunciar estas palabras el grumete, entraron por encima del coronamiento muchas toneladas de agua. Briant, Doniphan y Gordon fueron despedidos contra el tambucho, al que se agarraron, pero el grumete desapareció con aquella masa líquida que barrió de popa a proa el Sloughi arrastrando parte de la obra muerta, dos botes y la chalupa, a más de algunas berlingas y la bitácora. Sin embargo, como las empavesadas habían sido levantadas de pronto, el agua pudo salir rápidamente, lo cual salvó al yate del peligro de zozobrar bajo aquel exceso de carga.
—¡Mokó...! ¡Mokó...! —exclamó Briant, en cuanto pudo hablar.
—¿Se habrá caído al mar? —preguntó Doniphan.
—No, no se le ve ni se le oye —repuso Gordon, que acababa de asomarse a la borda.
—Hay que salvarlo... Echemos una boya y cuerdas por si acaso —respondió Briant.
Y con una voz que retumbó con fuerza, durante unos segundos de calma, gritó de nuevo:
—¡Mokó...! ¡Mokó...! —¡A mí! ¡A mí...! —respondió el grumete.
—No está en el agua —dijo Gordon—. Su voz viene de proa...
El agua provenía de los golpes de mar.
—Yo le salvaré —exclamó Briant.
Y se arrastró por la cubierta, evitando como pudo el choque de las poleas que se columpiaban al extremo de las jarcias, procurando librarse de las caídas casi inevitables en aquella cubierta resbaladiza por el balanceo del buque.
La voz del grumete cruzó otra vez el espacio y luego quedó en silencio. Después de muchos esfuerzos, Briant llegó al tapacete de la tripulación.
Llamó...
No obtuvo respuesta.
¿Sería que el mar se había llevado a Mokó, después de proferir éste su último grito? En ese caso, el desgraciado niño debía de estar ya muy lejos a barlovento, porque el viento no podía empujarle con tanta violencia como al schooner. Y en ese caso... estaba perdido...
¡No! Otro grito más débil llegó hasta Briant e hizo que éste se precipitase hacia el cabrestante, en cuyo montante se empotraba el pie del bauprés. Allí sus manos encontraron un cuerpo que se debatía.
Era el grumete, cogido en el ángulo que formaban las empavesadas al juntarse en la proa. Además, una nodriza, que con sus esfuerzos se ponía cada vez más tirante, le rodeaba el cuello, exponiéndole a morir por estrangulación después de haberlo librado de que las olas lo arrastrasen al mar.
Al verlo, sacó Briant el cuchillo y cortó, no sin trabajo, la cuerda que sujetaba al grumete.
Mokó fue llevado hacia la popa, y cuando tuvo bastante fuerza para hablar, exclamó:
—Gracias, señor Briant, gracias.
Volvió a su puesto del timón, y los cuatro se amarraron para resistir las enormes olas que se alzaban contra el Sloughi.
Al contrario de lo que había creído Briant, la velocidad del yate disminuyó algo desde la desaparición de la mesana, y esto constituía un nuevo peligro. En efecto; las olas, más veloces que el yate, podían asaltarle por la popa e inundarlo. Pero ¿qué podían hacer ellos? Era imposible izar nada que tuviera la menor apariencia de vela.
En el hemisferio austral, el mes de marzo corresponde al mes de septiembre del hemisferio boreal; y como ya eran las cuatro de la mañana, la luz del día no tardaría en aparecer por el Este, es decir, sobre aquella parte del océano hacia donde la tempestad empujaba al Sloughi. Tal vez al amanecer disminuiría en intensidad el huracán o se divisaría la tierra, y en ambos casos la suerte de aquella tripulación de chiquillos se decidiría en algunos minutos. Y lo verían al asomar el alba en la lejanía.
A eso de las cuatro y media, deslizáronse por el cenit algunas luces difusas; pero, por desgracia, las tinieblas limitaban el alcance de la vista a menos de un cuarto de milla. Pasaban las nubes con una velocidad espantosa. El huracán no había perdido nada de su fuerza, y a lo lejos el mar desaparecía bajo la espuma de las olas al romperse. El schooner, tan pronto levantado en la cresta de una ola como hundido en el fondo de un abismo, hubiera zozobrado veinte veces si el viento le hubiese cogido de través.
Los cuatro muchachos miraban atónitos aquel caos de olas desordenadas, comprendiendo muy bien que si no volvía pronto la calma la situación era desesperada, pues el Sloughi no resistiría veinticuatro horas la marejada, que acabaría por arrancar totalmente los tapacetes.
En aquel mismo instante gritó Mokó:
—¡Tierra...! ¡Tierra...!
A través de un desgarrón de la niebla creyó el grumete divisar al Este los contornos de una costa. ¿No se equivocaba? Nada más difícil de reconocer que esos vagos lineamientos que se confunden tan fácilmente con pequeñas nubes.
—¿Tierra? —preguntó Briant.
—Sí —respondió Mokó—; tierra al Este.
E indicaba un punto del horizonte oculto en aquel momento por la bruma.
—¿Estás seguro? —preguntó Doniphan.
—Sí... Sí... Segurísimo —respondió el grumete—. Si la niebla se vuelve a despejar, mire usted bien allí... Un poco a la derecha del palo de trinquete... Mire... Mire...
La bruma, que acababa de aclararse, empezaba a despegarse del mar para remontarse a las zonas superiores. Y momentos después reapareció en el océano un espacio de varias millas delante del yate.
—Sí, tierra... Es tierra, en efecto —exclamó Briant.
—Y una tierra muy baja —añadió Gordon, que acababa de observar con más atención el litoral señalado.
Esta vez no cabía duda. Esa tierra, continente o isla, se perfilaba a cinco o seis millas en un amplio sector del horizonte. Con la dirección que llevaba, y de la que la borrasca no le permitía apartarse, el Sloughi no podía dejar de ser llevado hasta allí en menos de una hora; pero era de temer que se destrozara al llegar, sobre todo si los rompientes lo detenían antes que llegase a la tierra franca. Pero los pobres chicos no pensaban en semejante cosa; en aquella tierra que se ofrecía a sus ojos, les parecía que se cifraba toda su salvación.
En aquel instante, el viento se puso a soplar con más furia; el Sloughi, llevado como una pluma, se precipitó hacia la costa, que destacaba claramente como un trazo de tinta en el fondo blancuzco del cielo. En lontananza se elevaba un acantilado, cuya altura no pasaría de ciento cincuenta a doscientos pies; por delante extendíase una playa amarillenta orillada a la derecha por masas redondas que parecían pertenecer a algún bosque del interior.
Si el Sloughi pudiera llegar a aquella playa arenosa sin encontrar un banco de arrecifes, si la desembocadura de algún río les ofreciese un refugio, tal vez los jóvenes pasajeros podrían salir sanos y salvos.
Mientras Doniphan, Gordon y Mokó se quedaban en el timón, Briant se fue a proa, y examinó aquella tierra que se acercaba a simple vista por la enorme velocidad con que navegaba el yate; pero buscaba en vano un sitio donde poder encallar en condiciones favorables. No se veía una desembocadura de río o de riachuelo ni una faja de arena en donde se pudiera embarrancar de golpe. En efecto, delante de la playa se extendía una fila de escollos cuyas negras cimas salían de las ondulaciones de la marejada, sacudidas sin cesar por la monstruosa resaca. Allí, al primer choque se haría pedazos el Sloughi.
Briant pensó entonces que más valía que todos sus compañeros estuvieran sobre cubierta en el momento en que el buque encallara; y, abriendo la puerta del tapacete, gritó:
—¡Arriba todos!
El perro se lanzó inmediatamente fuera, seguido de diez niños que se arrastraron hasta la popa. Los más pequeños, al ver las olas, que el escollo hacía más temibles, profirieron gritos de espanto.
Poco antes de las siete de la mañana, el Sloughi llegó al lado de los rompientes.
—¡Agarraos, agarraos bien! —gritó Briant.
Y medio despojado de sus vestidos, se apercibió a socorrer a los que la resaca arrastrase; porque seguramente el yate iba a rodar por los arrecifes.
Sintióse de repente una primera sacudida; el Sloughi dio un golpe con la popa, y aunque su casco se resintió algo, no penetró el agua por el forro exterior.
Levantado por una segunda ola, fue llevado a unos cincuenta pies hacia adelante, sin rozar siquiera con las rocas, cuyas puntas sobresalían por mil sitios. Luego, inclinado a babor, quedó inmóvil en medio de la resaca.
Si bien no estaba en alta mar, hallábase todavía a un cuarto de milla de la playa.
En aquel momento, el espacio, libre ya de su cortina de bruma, permitía abarcar con la mirada un vasto radio alrededor del schooner. Las nubes seguían corriendo con suma rapidez y la borrasca no había perdido aún nada de su furor; sin embargo, tal vez diera ya sus últimos golpes contra aquellos desconocidos parajes del océano Pacífico. Y era de esperar, porque la situación no ofrecía menos peligro que durante la noche, cuando el Sloughi luchaba contra las violencias del mar.
Reunidos unos junto a otros, aquellos niños debían de creerse perdidos cuando rompía alguna ola sobre cubierta y los llenaba de espuma, y eran tanto más rudos los choques cuanto que el schooner no podía esquivarlos. Sin embargo, aunque se estremecía hasta las cuadernas cada vez que era atacado por el mar, no parecía que se le hubiera abierto el casco ni al rozar contra el borde de los arrecifes ni en el momento en que se había incrustado, por decirlo así, entre las crestas de la roca. Briant y Gordon, después de bajar a sus camarotes, habíanse percatado de que el agua no entraba en la cala, por lo cual tranquilizaron como pudieron a sus compañeros, en particular a los pequeños.
—No temáis —repetía constantemente Briant—, el yate es muy sólido, y no está lejos la costa... Esperaremos y procuraremos llegar a la playa.
—¿Y por qué hemos de esperar? —preguntó Doniphan.
—Eso es, ¿por qué? —añadió un niño de unos doce años, llamado Wilcox—. Tiene razón Doniphan... ¿Por qué esperar?
—Porque el mar está aún muy agitado y nos arrastraría a las rocas —respondió Briant.
—¿Y si el yate se destroza? —exclamó otro muchacho llamado Webb, poco más o menos de la misma edad que Wilcox.
—No creo que eso sea de temer —replicó Briant—, cuando menos mientras baje la marea. En cuanto ésta se retire todo lo que el viento permita, nos cuidaremos del salvamento.
Briant tenía razón. Aunque las mareas son relativamente poco considerables en el océano Pacífico, pueden producir una diferencia de nivel bastante importante entre la pleamar y la bajamar. Así, pues, adelantarían mucho con esperar algunas horas, sobre todo si aflojaba el viento. Tal vez la resaca dejase en seco parte del banco de arrecifes, y entonces no sería tan peligroso salir del schooner y se les haría mucho más fácil salvar el cuarto de milla que les separaba de aquella playa.
Sin embargo, por razonable que fuera ese consejo, Doniphan y otros dos o tres no parecían muy inclinados a seguirlo; agrupáronse a proa y hablaron en voz baja. Lo que ya se veía claramente es que Doniphan, Wilcox, Webb y otro muchacho llamado Cross, no estaban muy dispuestos a entenderse con Briant. Durante la larga travesía del Sloughi, si habían consentido en obedecerlo, era porque Briant, como hemos dicho, estaba algo acostumbrado a navegar; pero siempre pensaron que, en el momento en que se hallaran en tierra, volverían a su libertad de acción, sobre todo Doniphan, quien, por su instrucción e inteligencia, se creía superior a Briant, como también a todos sus demás compañeros. Esto aparte, la envidia de Doniphan a Briant databa de larga fecha, y por el mismo hecho de ser francés, aquellos ingleses jóvenes se mostraban poco inclinados a sufrir su dominio.
Así, pues, era de temer que aquellas disposiciones aumentasen la gravedad de una situación ya bastante inquietante.
Mientras tanto, Doniphan, Wilcox, Cross y Webb, miraban aquella sabana de espuma sembrada de torbellinos, surcada por corrientes, que parecía muy peligrosa de cruzar. El más hábil nadador no hubiera resistido a la resaca de la marea que bajaba y que el viento azotaba de través. La recomendación de esperar algunas horas estaba muy justificada, y Doniphan y sus compañeros tuvieron que rendirse a la evidencia y acabaron por ir a popa, donde estaban reunidos los más jóvenes. Briant decía entonces a Gordon y a algunos otros de los que le rodeaban:
Gordon.
—No nos separemos por nada del mundo... Permanezcamos juntos o estamos perdidos.
—Supongo que no pretenderás imponernos la ley —exclamó Doniphan, que acababa de oírle.
—Yo no pretendo nada —respondió Briant—, salvo que es menester proceder de común acuerdo para la salvación de todos.
—Tiene razón Briant —añadió Gordon, muchacho frío y serio, que nunca hablaba sin meditar bien lo que decía.
—Sí... Sí —exclamaron dos o tres de los menores, a quienes un secreto instinto inducía a acercarse a Briant.
No replicó Doniphan; pero él y sus compañeros persistieron en mantenerse aparte, esperando la hora de proceder al salvamento.
Y ahora, ¿qué tierra era aquélla? ¿Pertenecía a una de las islas del océano Pacífico o pertenecía a algún continente? Esa cuestión no podía resolverse, por hallarse el Sloughi demasiado pegado a la costa para poder observarla en un perímetro suficiente. Su concavidad, que formaba una ancha bahía, terminábase por dos promontorios, uno bastante elevado y cortado a pico hacia el Norte, y el otro con una punta afilada hacia el Sur; pero, al otro lado de esos cabos, ¿no se redondearía el mar de manera que bañase los contornos de una isla? Esto es lo que en vano intentó Briant reconocer con los anteojos de a bordo.
Doniphan.
En efecto, en caso de que aquella tierra fuera una isla, ¿cómo llegarían a dejarla, si fuese imposible desencallar el barco, que la marea ascendente no tardaría en demoler arrastrándolo contra las rocas? Y si aquella isla estaba desierta —como las hay en los mares del Pacífico—, ¿cómo podrían aquellos niños, reducidos a sí mismos y sin más recursos que los que salvasen de las provisiones del yate, cómo podrían, digo, hacer frente a sus múltiples necesidades?
En cambio, en un continente, serían mucho mayores las probabilidades de salvación, ya que ese continente tendría que ser el de América del Sur. Allí, a través de los territorios de Chile o de Bolivia, encontrarían asistencia, si no inmediatamente, a lo menos algunos días después de tomar tierra. Verdad es que en aquel litoral, próximo a las Pampas, eran de temer muy malos encuentros; pero, a la sazón, sólo se trataba de llegar a tierra.
El tiempo era bastante claro para dejar ver todos los detalles del lugar; distinguíase nítidamente el primer plano de la playa, el acantilado que se hallaba detrás de ella y también los macizos de árboles agrupados en su base. Es más, Briant indicó la desembocadura de un río a la derecha de la orilla.
En resumen, si el aspecto de aquella costa no tenía nada de atractivo, la cortina de verdor indicaba cierta fertilidad, comparable a la de las zonas de latitud media. Sin duda, más allá del acantilado, al abrigo de los vientos del mar, debía desarrollarse la vegetación con cierto vigor, por hallarse un suelo más favorable.
En cuanto a estar habitada, no lo parecía aquella parte de la costa, en la que no se veía ni casa ni cabaña, ni aun en la desembocadura del río. Quizá los indígenas, si los había, residieran con preferencia en el interior del país, donde no estarían tan expuestos a los bruscos ataques de los vientos del Oeste.
—No veo la menor señal de humo —dijo Briant, bajando el catalejo.
—Ni hay ninguna embarcación en la playa —añadió, Mokó.
—¿Cómo podría haberla, si no hay puerto? —dijo Doniphan.
—No es necesario que haya puerto —repuso Gordon—. Las barcas de pesca pueden hallar refugio a la entrada de un río, y podría ser que la tempestad hubiera obligado a meterlas en el interior.
No era desacertada la observación de Gordon. El caso es que, sea por la causa que fuere, no se descubría ninguna embarcación, y, en realidad, aquella parte del litoral parecía totalmente desprovista de habitantes. ¿Sería habitable, en caso de que los tiernos náufragos tuvieran que permanecer allí unas semanas? He ahí lo primero que debía preocuparles.
Entre tanto, la marea se iba retirando poco a poco, demasiado lentamente, porque el viento del mar se lo impedía, aunque parecía aflojar soplando hacia el Noroeste. Importaba, pues, estar preparados para el momento en que el banco de arrecifes ofreciera un paso transitable.
Eran cerca de las siete. Todos se cuidaron de subir a la cubierta del yate los objetos de primera necesidad reservándose el recoger los demás cuando el mar los llevase a la costa. Grandes y chicos se dedicaron a esa tarea. Había a bordo bastantes provisiones de conservas, galletas y carnes saladas y ahumadas. Formaron con ellas unos cuantos bultos destinados a ser distribuidos entre los de más edad que se encargarían de trasladarlos a tierra. Mas para poder efectuar ese traslado era menester que el banco de arrecifes quedara en seco, y confiaban en que la marea baja y el reflujo bastarían para dejar al descubierto las rocas hasta la playa. Briant y Gordon observaron cuidadosamente el mar. Con la modificación en la dirección del viento dejábase sentir la calma y empezaban a apaciguarse los hervores de la resaca al mismo tiempo que se advertía fácilmente la disminución de las aguas a lo largo de las puntas emergentes. Esto aparte, el schooner se resentía de los efectos de aquella disminución, inclinándose más hacia babor. Y hasta era de temer, si la inclinación se acentuaba, que cayera de lado; porque era de formas muy finas y tenía la quilla alta, como los yates de marcha rápida.
En ese caso, si el agua invadía la cubierta antes de que los niños pudieran salir de la embarcación, la situación llegaría a ser sumamente grave.
Era lamentable que la tempestad se hubiera llevado los botes; porque, con estas embarcaciones, capaces de contenerlos a todos, Briant y sus compañeros ya hubieran podido intentar llegar a la costa. Además, ¡qué facilidad para establecer comunicación entre el litoral y el schooner, para transportar tantos objetos útiles como tendrían que dejar ahora a bordo! Y, aparte de esto, la próxima noche, si se destrozaba el Sloughi, ¿de qué valdrían sus restos, cuando la resaca los hubiera arrojado contra los arrecifes? ¿Podrían seguir utilizándolos? ¿No quedarían totalmente averiadas las provisiones que se salvasen? ¿No se verían reducidos los jóvenes náufragos únicamente a los recursos de aquella tierra?
Era una circunstancia bien enfadosa no tener embarcación para proceder al salvamento.
Briant y su hermano Santiago.
De pronto oyéronse gritos a proa. Baxter acababa de hacer un descubrimiento de gran importancia.
La canoa del schooner, que se creía perdida, hallábase metida entre las jarcias del bauprés. Esa canoa no podía llevar más que a cinco o seis personas; pero como estaba intacta —según observaron al ponerla sobre cubierta— no sería imposible utilizarla en caso de que el mar no permitiera pasar a pie enjuto los rompientes. Por lo tanto, convenía esperar el momento en que estuviera más baja la marea; y, sin embargo, esto dio motivo a una discusión en la que se pelearon de nuevo Briant y Doniphan.
En efecto, Doniphan, Wilcox, Webb y Cross después de apoderarse de la canoa preparáronse a echarla al agua, cuando se les acercó Briant.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó.
—Lo que se nos antoje —respondió Wilcox.
—¿Vais a embarcaros en esa canoa?
—Sí —contestó Doniphan—, ¡y no serás tú quien nos lo impida!
—¡Pues seré yo —replicó Briant—, yo y todos a los que tú quieres abandonar!
—¿Abandonar...? ¿De dónde has sacado eso? —respondió altivamente Doniphan—. Yo no quiero abandonar a nadie, para que lo sepas... Una vez en la playa, uno de nosotros volverá a traer el bote.
—¿Y si no puede venir? —exclamó Briant, que a duras penas se contenía—. ¿Y si se rompe contra esas rocas?
—¡Embarquémonos! ¡Embarquémonos! —exclamó Webb, que acababa de dar un empujón a Briant.
Y, ayudado de Wilcox y de Cross, levantó la embarcación para arrojarla al mar.
Pero Briant la agarró por uno de los extremos, gritando:
—¡No os embarcaréis!
—¡Eso lo veremos! —dijo Doniphan.
—¡No embarcaréis! —repitió gritando Briant, muy decidido a resistir por interés de todos—. La canoa ha de estar reservada a bordo para los más pequeños, por si, al bajar la marea, queda bastante agua para poder llegar a la playa...
—¡Déjanos en paz! —exclamó Doniphan, arrebatado por la cólera—. Te repito, Briant, que no serás tú quien nos impida hacer lo que queramos.
—Y yo te repito —exclamó Briant— que te lo impediré.
Los dos mozalbetes estaban prontos a lanzarse uno contra el otro. En esta disputa, Wilcox, Webb y Cross iban a ponerse, naturalmente, de parte de Doniphan, en tanto que Baxter, Service y Garnett se pondrían a favor de Briant, de lo cual podían resultar consecuencias deplorables; pero en este preciso momento intervino Gordon.
Gordon, el de más edad y también el más dueño de sí, comprendiendo lo lamentable de semejante precedente, tuvo el buen acierto de interponerse en favor de Briant.
—Vamos, vamos —dijo—, un poco de paciencia, Doniphan. Bien ves que el mar está aún muy furioso y que nos expondríamos a perder la canoa.
—¡No quiero que Briant nos imponga la ley —exclamó Doniphan—, como ha tomado la costumbre de hacer de algún tiempo a esta parte!
—¡No...! ¡No...! —replicaron Webb y Cross.
—Yo no quiero imponer la ley a nadie —respondió Briant—; pero tampoco consentiré que nadie la imponga cuando se trata del interés general. —De este interés nos cuidamos nosotros lo mismo que tú —repuso
Doniphan—; y ahora que estamos en tierra...
—Todavía no, por desgracia —respondió Gordon—. No te obstines, Doniphan, y aguardemos un momento favorable para emplear la canoa.
Gordon acababa de representar muy oportunamente el papel de moderador entre Doniphan y Briant —lo cual le había ocurrido más de una vez—, y sus compañeros se rindieron a su observación.
La marea había bajado ya dos pies. ¿Habría algún canal entre los rompientes? Convendría mucho averiguarlo.
Briant, pensando que podía comprender mejor la posición de las rocas si las examinaba desde el palo de mesana, llegóse a la popa del yate, cogió los obenques de estribor y, a fuerza de puños, se elevó hasta la cruceta.
A través del banco de arrecifes, dibujábase un pasaje cuya dirección indicaban las puntas que emergían a cada lado y que convenía seguir si se quería llegar a la playa embarcándose en la canoa; pero a aquella hora había aún demasiados remolinos en la superficie de los rompientes para aprovecharlo con buen resultado. Indefectiblemente, la embarcación hubiera sido arrojada contra alguna punta y se hubiera abierto en un instante. Además, era preferible esperar, por si el mar, al retirarse, dejaba un paso transitable.
Desde lo alto de las crucetas en que se había puesto a horcajadas, empezó Briant a examinar más detenidamente el litoral. Paseó el anteojo a lo largo de la playa y hasta el pie del acantilado. La costa parecía absolutamente inhabitada entre los dos promontorios, separados por una distancia de ocho a nueve millas.
Al cabo de media hora de observación, bajó Briant y fue a comunicar a sus compañeros lo que había visto. Si Doniphan, Wilcox, Webb y Cross afectaron escucharle sin decir nada, no sucedió lo mismo con Gordon, que le preguntó:
—¿No eran las seis de la mañana cuando encalló el Sloughi, Briant?
—Sí —respondió el último.
—¿Y cuánto tiempo se necesita para la bajamar?
—Creo que cinco horas... ¿No es así, Mokó?
—Sí... De cinco a seis horas —respondió el grumete.
—Entonces, a eso de las once —dijo Gordon— será el momento más favorable para intentar llegar a la costa.
—Así lo he calculado —contestó Briant.
—Pues bien —añadió Gordon—, estemos preparados para ese instante y tomemos algún alimento. Si nos vemos obligados a echarnos al agua, al menos no lo hagamos hasta algunas horas después de la comida.
Buen consejo que había de venir, naturalmente, de aquel prudente muchacho. Cuidáronse, pues, del desayuno, compuesto de conservas y galletas. Briant vigiló particularmente a los pequeños Jenkins, Iverson, Dole y Costar. Con esa despreocupación natural a su edad, empezaban a tranquilizarse, y tal vez hubieran comido sin medida alguna, porque no habían tomado nada en veinticuatro horas, por decirlo así; pero no se excedieron, y algunas gotas de brandy, suavizadas por un poco de agua, les proporcionaron una bebida confortante.
Hecho esto, Briant fue a la proa del schooner, y allí, acodado sobre el empavesado, volvió a examinar los arrecifes.
¡Con qué lentitud se efectuaba el decrecimiento del mar! Sin embargo, veíasele claramente bajar de nivel, puesto que la inclinación del yate se acentuaba. Mokó echó una sonda y reconoció que aún quedaban por lo menos ocho pies de agua sobre el banco. ¿Podrían esperar que bajase el reflujo lo bastante para dejarlo en seco? No lo creía Mokó, y opinó que debía decírselo a Briant en secreto, para no alarmar a nadie.
Entonces, Briant fue a participárselo a Gordon, y ambos comprendieron en seguida que el viento, aunque hubiera variado algo hacia el Norte, impediría que el mar bajase tanto como lo hubiera hecho con tiempo de calma.
—¿Qué hemos de hacer? —dijo Gordon.
—No lo sé... No lo sé... —respondió Briant—. ¡Y qué desgracia es no saber...! ¡No ser más que unos niños, cuando nos convendría ser hombres! —La necesidad nos instruirá —respondió Gordon—. No desesperemos,
Briant, y obremos con prudencia.
—Sí, obremos, Gordon. Si no salimos del Sloughi antes de que vuelva la marea, si aún tenemos que permanecer una noche a bordo, estamos perdidos.
—Es evidente; porque el yate quedará destrozado. Por eso debemos salir de él a toda costa.
—Sí, a toda costa, Gordon.
—¿No convendría construir una especie de balsa?
—Ya lo había pensado —respondió Briant—; por desgracia, la tempestad se nos ha llevado casi todas las berlingas, y en cuanto a romper los empavesados para intentar construir una balsa con sus restos, no tenemos ya tiempo. Queda la canoa, y ésta no la podemos emplear, porque la mar está muy alborotada. No. Lo que sí podríamos intentar es tender un cable hasta una roca, y así tal vez podamos llegar cerca de la playa.
—¿Y quién llevará el cable?
—Yo —respondió Briant.
—Y yo te ayudaré.
—No, yo solo —repuso Briant.
—Vete en la canoa.
—Sería exponernos a perderla, Gordon, y vale más conservarla como último recurso.
Pero antes de poner en ejecución tan peligroso proyecto, Briant quiso tomar una precaución muy útil, para evitar toda eventualidad.
Había a bordo cinturones salvavidas, y obligó a los pequeños a que se los pusieran inmediatamente. En caso de que tuvieran que salir del yate, cuando por la excesiva profundidad del agua no pudiesen caminar a pie los niños, esos aparatos los mantendrían a flote, y los más crecidos les empujarían hasta la orilla, agarrándose ellos al cable.
Entonces eran las diez y cuarto. Antes de cuarenta y cinco minutos la marea alcanzaría su más baja depresión. En el estrave del Sloughi ya no se acusaban más que cuatro o cinco pies de agua; pero no parecía que el mar hubiera de perder más que algunas pulgadas. A unas sesenta yardas el fondo volvía a subir sensiblemente, lo cual podía verse por el color negruzco del agua y por las numerosas puntas que emergían a lo largo de la playa. Lo difícil sería pasar por las profundidades que el mar acusaba a proa del yate. No obstante, si Briant conseguía largar un cable en aquella dirección y fijarlo sólidamente en una de las rocas, este cable, después de sujetarlo a bordo por medio de un guindaste, permitiría llegar a algún lugar en que pudieran sentar pie. Además, dejando resbalar por el cable los fardos que contenían las provisiones y los utensilios indispensables, llegarían sin daño a tierra.
Por muy peligrosa que fuera esa tentativa, Briant no quiso dejar a nadie el cuidado de remplazarle, y tomó sus disposiciones en consecuencia. Había a bordo muchos de esos cables de unos cien pies de largo, que se usan como guindaleras o remolques, y Briant tomó uno de mediano grosor que le pareció conveniente y cuyo extremo se enrolló en la cintura después de haberse desnudado.
—¡Eh, vosotros! —gritó Gordon—. Venid a proa para lanzar el cable. Doniphan, Cross y Webb no podían negar su concurso a una operación cuya importancia comprendían. Por eso, sean cuales fueren sus discusiones, se prepararon a desenrollar el cable necesario, con objeto de ahorrar esfuerzos a Briant.
En el momento en que iba a meterse en el agua acercósele su hermanito, exclamando:
—¡Hermano! ¡Hermano!
—No temas, Santiago, no temas por mí —respondió Briant.
Un instante después, veíasele en la superficie del agua nadando vigorosamente, en tanto que el cable se desenrollaba detrás de él.
Aun con la mar en calma, hubiera sido difícil aquella maniobra; porque la resaca batía con violencia a lo largo de las rocas. Corrientes y contracorrientes impedían al atrevido muchacho mantenerse en línea recta y, cuando lo envolvían, costábale gran trabajo salir.
No obstante, Briant se acercaba poco a poco a la playa, mientras sus compañeros iban desenrollando el cable; pero era evidente que empezaban a agotársele las fuerzas, a pesar de que aún sólo se hallaba a unos cincuenta pies del schooner. Ante él ahondábase una especie de torbellino, producido por el encuentro de dos marejadas contrarias. Si conseguía contornearlas, tal vez lograra su objeto, porque, pasadas esas marejadas, el mar parecía más tranquilo. Así, pues, intentó echarse a la izquierda con un violento esfuerzo; pero inútilmente, pues ni aun hubiera podido conseguirlo un nadador vigoroso en toda la fuerza de la edad. Cogido por el enlace de las aguas, Briant fue llevado irresistiblemente al centro del torbellino.
Briant nadaba vigorosamente.
—¡A mí...! ¡Halad...! ¡Halad...! —gritó antes de desaparecer.
A bordo del yate, llegó a su colmo el espanto.
—¡Halad! —ordenó fríamente Gordon.
Y sus compañeros apresuráronse a volver a arrollar el cable, con objeto de traer de nuevo a Briant a bordo, antes de que le asfixiase una larga inmersión.
En menos de un minuto, subieron a Briant a cubierta, aunque sin conocimiento; pero pronto volvió en sí en brazos de su hermano.
La tentativa que tenía por objeto fijar el cable en la superficie del banco del arrecife, había fracasado. Ninguno hubiera podido emprenderla de nuevo con probabilidades de éxito. Por consiguiente, los desdichados niños veíanse reducidos a esperar... ¿A esperar qué? ¿Algún socorro? ¿Y de dónde podría venirles?
Eran ya más de las doce del mediodía y la marea se dejaba sentir y aumentaba la resaca. Al mismo tiempo, como había luna nueva, la marea iba a ser mucho más viva que la víspera; por lo cual, a poco que el viento volviera a soplar del mar, el schooner se expondría a salir de su lecho de roca..., resbalaría de nuevo y zozobraría en la superficie del arrecife, y nadie sobreviviría al naufragio. Y no podían hacer nada, nada.
Todos los niños, en la popa, los pequeños rodeados por los mayores, contemplaban el mar, que iba engrosando, al tiempo que las puntiagudas rocas desaparecían una tras otra. Por desgracia, el viento había vuelto al Oeste y, como en la noche anterior, azotaba sobremanera la tierra. Con el agua más profunda, las olas, más altas, cubrían el Sloughi con su rocío y no tardarían en reventar contra él. Sólo Dios podía venir en ayuda de los jóvenes náufragos, cuyas oraciones se mezclaban con sus agudos gritos de espanto.
Poco antes de las dos, el yate, levantado de nuevo por la marea, dejaba de inclinarse a babor; pero, a consecuencia del cabeceo, la proa chocaba contra el fondo, mientras que a popa el codaste permanecía aún fijo en el lecho de rocas. Poco después sucediéronse sin tregua los choques del extremo de la quilla, y el Sloughi empezó a moverse con un balanceo horroroso. Los niños tuvieron que agarrarse unos a otros para no ser despedidos por la borda.
En aquel momento, una montaña de espuma que venía de alta mar alzóse a dos cables del yate. Parecía un enorme macareo cuya altura pasaba de veinte pies, y llegó con la furia de un torrente, cubrió el banco de arrecifes, levantó el Sloughi y lo arrastró por encima de las rocas, sin rozar siquiera su casco.
En menos de un minuto, en medio de los hervores de aquella masa de agua, el Sloughi, llevado hasta el centro de la playa, fue a chocar contra un montículo de arena a doscientos pies de los primeros árboles agrupados al pie del acantilado. Y allí permaneció inmóvil, esta vez en tierra firme, en tanto que el mar, al retirarse, dejaba en seco toda la playa.
En aquella época, el colegio Chairman era uno de los más estimados de la villa de Auckland, capital de Nueva Zelanda, importante colonia inglesa del Pacífico. Había en él un centenar de alumnos pertenecientes a las mejores familias del país. Los maoríes, que son los indígenas de ese archipiélago, no hubieran conseguido meter en aquel colegio a sus hijos, para quienes, por lo demás, estaban reservadas otras escuelas. En el colegio Chairman no había más que muchachos ingleses, franceses, norteamericanos y alemanes, hijos de propietarios, rentistas, negociantes o funcionarios públicos del país, y en él recibían una educación completísima, idéntica a la que se da en los establecimientos similares del Reino Unido.
El archipiélago de Nueva Zelanda se compone de dos islas principales: la Norte, Ika-Na-Mawi, o isla del Pez, y la Sur, Tawai-Ponamu, o tierra del Jaspe Verde. Separadas por el estrecho de Cook, hállanse entre los 34 y 45 paralelos Sur, situación equivalente a la que en el hemisferio boreal ocupa la parte de Europa que se comprende entre Francia y el Norte de África.
La isla de Ika-Na-Mawi, muy recortada en su parte meridional, forma una especie de trapecio irregular que se termina por el cabo Van Diemen; y poco más o menos en el nacimiento de esa curva, en un punto en que la península no mide sino algunas millas, está edificada Auckland. Así, pues, la ciudad está situada como lo está en Grecia Corinto, lo que le ha valido el nombre de «Corinto del Sur». Tiene dos puertos abiertos, uno al Este y el otro al Oeste; aquél, en el golfo de Hauraki, es poco profundo, por lo cual ha habido que proyectar alguno de esos largos piers, a la moda inglesa, donde puedan atracar los buques de regular tonelaje. Entre otros se cuenta el Commercial pier, al cual llega Queen’s street, una de las principales calles de la población.
Hacia el centro de esa calle se encuentra el colegio Chairman.
Ahora bien, en la tarde del 15 de febrero en 1860, salían de dicho colegio un centenar de niños acompañados de sus padres. Iban muy alegres, muy contentos, como pájaros a quienes acaban de abrir la jaula.
Y es que comenzaban las vacaciones. Dos meses de independencia, dos meses de libertad. Y para cierto número de aquellos alumnos, había también la perspectiva de un viaje por mar, del que hacía mucho tiempo se hablaba en el colegio Chairman. Excusado es decir la envidia que excitaban aquellos a quienes su buena suerte iba a permitir tomar pasaje a bordo del yate Sloughi, que se disponía a visitar las costas de Nueva Zelanda en una travesía de circunnavegación.
Ese lindo schooner, fletado por los padres de los colegiales, estaba preparado para una campaña de seis semanas. Pertenecía al padre de uno de ellos, el señor William H. Garnett, antiguo capitán de la marina mercante, en quien se podía tener absoluta confianza. Una subscripción abierta entre las distintas familias había de sufragar los gastos del viaje, que se realizaría en las mejores condiciones de seguridad y comodidad. Gran alegría era ésa para aquellos muchachos, y difícil hubiera sido emplear mejor algunas semanas de vacaciones.
En los colegios ingleses, la educación difiere muy sensiblemente de la que se da en los colegios de Francia. Allí dejan a los alumnos más iniciativa y, por consiguiente, una libertad relativa que influye bastante felizmente en su porvenir. Son niños mucho menos tiempo. En una palabra, la educación va allí pareja con la instrucción. De ahí viene que, en su mayor parte, sean corteses, atentos, cuidadosos en el vestir y, lo que es digno de notarse, poco propensos al disimulo o la mentira aun cuando se trate de eludir algún justo castigo. Hay que observar también, en esos establecimientos escolares, que los niños no se hallan tan sujetos a la vida común y a las leyes del silencio que de ella derivan. Las más de las veces, ocupan cuartos aparte, toman en ellos sus comidas y, cuando se sientan a la mesa de un refectorio, pueden hablar en completa libertad.
Los niños se clasifican en divisiones, según su edad. En el colegio Chairman había cinco divisiones. Si en la primera y la segunda, se agrupaban niños que aún besaban a sus padres en las mejillas, ya en la tercera, los mayorcitos remplazaban el beso filial por el apretón de manos de hombres hechos. No tenían pasante que los vigilase, se les permitía la lectura de novelas y periódicos, tenían días de asueto renovados con frecuencia, horas de estudio bastante restringidas, ejercicios corporales bien entendidos, gimnasia, boxeo y toda clase de juegos; pero como correctivo a esa independencia, de la que rara vez hacían mal uso los alumnos, eran de rigor los castigos corporales, principalmente los azotes. Por lo demás, el ser azotado no es nada deshonroso para jóvenes anglosajones, y se someten sin protesta a ese castigo, cuando comprenden que lo han merecido.
Nadie ignora que los ingleses respetan mucho las tradiciones, tanto en la vida privada como en la vida pública, y esas tradiciones, aun cuando sean absurdas, no son menos respetadas en los establecimientos escolares, pero no se parecen nada a las novatadas francesas. Los antiguos alumnos están encargados de proteger a los novatos, mas lo hacen a condición de que éstos les presten en pago ciertos servicios domésticos, a los que no pueden sustraerse. Estos servicios, que consisten en llevarles el desayuno por la mañana, en cepillarles las ropas, en limpiarles el calzado, en hacer recados, se conocen con el nombre de faggisme, y los que han de prestarlos se llaman fags. Los más pequeños, los de las primeras divisiones, son los que sirven de fags a los alumnos de las divisiones superiores, y si aquéllos se niegan a obedecer, se les hace la vida insoportable; pero ninguno de ellos piensa en la desobediencia y esto los acostumbra a doblegarse a una disciplina que casi no se conoce entre los alumnos de los colegios franceses. Además, la tradición lo exige, y si hay algún país que la observe de veras, es el Reino Unido, en donde se impone lo mismo al más humilde cockney de la calle, que a los lores de la Alta Cámara.
Los alumnos que habían de tomar parte en la excursión del Sloughi pertenecían a las diferentes divisiones del colegio Chairman, y, como se ha podido observar, a bordo del schooner los había desde la edad de ocho años hasta la de catorce. ¡Y estos quince muchachos, comprendido el grumete, iban a ser arrastrados muy lejos y por mucho tiempo a unas terribles aventuras!
Conviene dar a conocer sus nombres, su edad, aptitudes, caracteres, la posición de sus familias y las relaciones que existían entre ellos, en el colegio que acababan de dejar en la época habitual de las vacaciones.
A excepción de dos franceses, los hermanos Briant, y de Gordon, que era yanqui, todos los demás eran de origen inglés.
Doniphan y Cross pertenecían a una familia de ricos propietarios que ocupaba un lugar preeminente en la sociedad de Nueva Zelanda. Tenían trece años y algunos meses de edad, eran primos y pertenecían ambos a la quinta división. Doniphan, elegante y cuidadoso de su persona, era, sin duda alguna, el alumno más distinguido del colegio. Inteligente y estudioso, procuraba no decaer nunca, tanto por el placer de instruirse como por el deseo de sobresalir entre sus compañeros. Cierta altivez aristocrática le había valido el apodo de Lord Doniphan, y su carácter imperioso le inducía a querer dominar en cualquier sitio en que se hallase. De ahí venía la rivalidad entre él y Briant, que se remontaba a muchos años y que se había acentuado, sobre todo, desde que las circunstancias acrecieran la influencia de Briant en sus compañeros. En cuanto a Cross, era un alumno ordinario, pero lleno de admiración por todo cuanto pensaba, decía o hacía su primo Doniphan.
Baxter.
Baxter, de la misma división y de trece años de edad, muchacho frío, reflexivo, trabajador, muy ingenioso, muy diestro, era hijo de un comerciante de bastante modesta fortuna.
Webb y Wilcox, de doce años y medio, se contaban entre los alumnos de la cuarta división. De inteligencia mediana, bastante voluntariosos y de carácter pendenciero, siempre se habían mostrado muy exigentes en la observancia de las prácticas del faggisme. Pertenecían a familias ricas que ocupaban un lugar principal entre la magistratura del país.
Garnett, de la tercera división, como su compañero Service, ambos de doce años, eran hijos, uno de un capitán de marina retirado y el otro de un colono acomodado, que vivían en North Shore, en la costa septentrional del puerto de Waitemala. Las dos familias estaban muy unidas, y a esa intimidad se debía que Garnett y Service hubiesen llegado a ser inseparables. Tenían un corazón noble, pero poca afición al trabajo, y, si les hubiesen dado libertad, habrían abusado seguramente de ella. Garnett era, sobre todo, un apasionado —pasión lamentable— del acordeón, tan apreciado en la marina inglesa. Y así, como hijo de marino, tocaba a ratos perdidos su instrumento predilecto y no se había olvidado de llevarlo a bordo del Sloughi. En cuanto a Service, indudablemente era el más alegre de la cuadrilla, el verdadero gracioso del colegio Chairman, sólo pensaba en aventuras de viajes y estaba sugestionado por el Robinsón Crusoe y el Robinsón Suizo, de los que había hecho su lectura favorita.
Hay que citar también a otros dos muchachos, de nueve años. El primero, Jenkins, era hijo del director de la Sociedad de Ciencias, la NewZeeland-Royal-Society; el otro, Iverson, hijo del pastor de la iglesia metropolitana de San Pablo. Aunque se hallaban todavía en la tercera y en la segunda división, respectivamente, se les citaba entre los mejores alumnos del colegio.
Venían luego dos niños, Dole, de ocho años y medio, y Costar, de ocho años, hijos ambos de oficiales del ejército anglo-zelandés, que vivían en la pequeña ciudad de Uchunga, a seis millas de Auckland, en el litoral del puerto de Manukau. Eran dos chiquillos de los cuales nadie decía nada, a no ser que Dole era muy testarudo, y Costar, demasiado goloso. Si no brillaban apenas en la primera división, no dejaban, sin embargo, de creerse muy adelantados, porque sabían leer y escribir, lo cual, a su edad, no era para vanagloriarse mucho.
Como se ve, todos esos niños pertenecían a familias respetables, establecidas de tiempo atrás en Nueva Zelanda.
Falta hablar de los otros tres muchachos embarcados en el schooner, el norteamericano y los dos franceses.
El americano era Gordon, de catorce años, y tanto su semblante como su figura llevaban ya impreso el sello de una rudeza muy yanqui. Aunque algo torpe y pesado, era, indudablemente, el más juicioso de los alumnos de la quinta división. No brillaba tanto como su compañero Doniphan, pero poseía, en cambio, un espíritu justo y un sentido práctico del que con frecuencia había dado pruebas. Le gustaban las cosas serias, por ser de carácter observador y de temperamento frío. Metódico hasta la minuciosidad, ordenaba las ideas en su cerebro como los objetos en su pupitre, en donde todo estaba clasificado, rotulado y anotado en un cuadernito especial. En resumen, sus compañeros le estimaban y reconocían sus buenas cualidades y, aunque no fuera inglés de nacimiento, siempre le recibían muy bien. Gordon era originario de Boston; pero, huérfano de padre y madre, no tenía más pariente que su tutor, antiguo agente consular que, después de haber hecho fortuna, se había domiciliado en Nueva Zelanda, y hacía ya muchos años que habitaba en una de aquellas lindas villas diseminadas por las alturas, cerca del pueblo de Mount-Saint-John.
