3,99 €
Sara es psicóloga, y aunque dentro y fuera de la consulta se pasa la vida dando consejos a todo el mundo, le cuesta aceptar los cambios. Sin embargo, vive rodeada de ellos: su abuela anuncia su inminente boda; su mejor amiga se arma de valor y rompe por fin una tormentosa y frustrante relación; otros dos amigos empiezan a mirarse con nuevos ojos de enamorados; y ella… sigue soltera. En la fiesta de cumpleaños de Marcos conoce a Jorge, un atractivo chico digno de posar en una revista, e inician un tórrido romance que dura el tiempo que Sara tarda en meter la pata cuando Jorge la sorprende probando los labios de otro hombre. Pero aunque Sara no lo crea los cambios suceden, y la vida a veces lo pone todo patas arriba y fluye para encontrar nuevos y felices rumbos. Dulce Sara es una historia que aborda temas como la amistad, la inseguridad, el miedo a lo desconocido, los prejuicios de una hija porque su madre de setenta años vuelva a casarse... Una historia recomendable que nos sumerge en los problemas de las personas pero que nos hace pensar en que en ocasiones no centramos tanto en los demás, que nos olvidados de nosotros mismos. El coleccionista de relatos - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Mercedes Alonso
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Dulce Sara, n.º 125 - julio 2016
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-687-8672-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Capítulo 85
Capítulo 86
Capítulo 87
Capítulo 88
Capítulo 89
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Si hace unos meses alguien me hubiese dicho que mi vida daría un giro de ciento ochenta grados le habría respondido que esas cosas siempre les pasan a otros y probablemente me habría reído a carcajadas. Nada me hacía pensar que existía esa posibilidad, aunque siendo psicóloga debería haberla tenido en cuenta. Tratar a personas cuyas vidas cambian de repente y no saben cómo afrontarlo siempre ha formado parte de mi trabajo y yo, más que nadie, debería saber que los cambios forman parte de la vida de todo el mundo.
Hasta aquel momento mi vida había sido muy estable, y si dejaba a un lado los episodios dramáticos a los que me tenía acostumbrada mi madre, que era muy dada a dramatizar tanto una visita al médico como a la peluquería, hasta un poco aburrida últimamente.
El día en que las cosas comenzaron a cambiar llegué a casa tras una larga jornada laboral en la clínica en la que trabajo como psicóloga. Recuerdo que era primavera, uno de esos días calurosos en los que el termómetro alcanza unas temperaturas demasiado altas para esa época del año. Acababa de quitarme la ropa con la que había ido a trabajar para después tumbarme en el sillón con una bebida bien fría y ni siquiera había puesto la televisión o algo de música como hacía habitualmente. Estaba cansada y un poco nerviosa, así que cerré los ojos intentando relajarme y utilicé un método que hasta el momento me había resultado infalible y que consistía en imaginarme tumbada en una playa desierta, de arena cálida, blanca y fina, con un inmenso océano de aguas azules al fondo. Como banda sonora, el sonido del agua y de las olas rompiendo contra las rocas. Una vez puesta en situación, visualicé mi cuerpo hundiéndose en la arena muy lentamente y esperé a sentir la paz y la calma que necesitaba. Esto era algo que siempre conseguía relajarme, pero aquel día no lograba sacudirme de encima esa sensación de zozobra que me acompañaba desde hacía varios días, y solo podía pensar en lo monótono que me resultaba todo a pesar de no tener un motivo real de queja.
A los veintinueve años tenía un trabajo que me encantaba, y aunque en primavera el número de pacientes aumentaba considerablemente, y a veces sentía un deseo casi irrefrenable de abandonarlo todo y huir, la mayor parte del tiempo me sentía afortunada porque podía dedicarme a hacer aquello que me gustaba.
Tampoco tenía ninguna queja en lo referente a la familia y amigos. Aparte de los ya mencionados episodios dramáticos, o más bien esperpénticos, de mi madre y de los dolores de cabeza que últimamente solía ocasionarme el novio de Elia, una de mis mejores amigas, el resto de las personas que formaban parte de mi vida eran bastante normales y mantenía con todos ellos una estupenda relación.
Llegados a este punto tengo que hablar de Juanjo, el horripilante novio de Elia. Mi amiga y él se habían comprado un piso, y se habían ido a vivir juntos hacía más de un año. Pero las cosas entre ellos no iban bien, y mientras Elia se mataba a trabajar en su peluquería, él dormitaba en el sillón de tres plazas de la casa que ambos compartían respondiendo únicamente a dos estímulos: el fútbol y las aceitunas de Campo Real.
Por otra parte, tenía mi propia casa, sin hipotecas que me asfixiaran ni bancos que me persiguieran para abonar la cuota mensual. A los veintinueve, tener un piso propio es un sueño inalcanzable para muchos jóvenes, y yo se lo debía a mi abuela Charo.
La abuela, madre de mi madre, apareció un día en el piso de mis padres con varias maletas, se instaló en mi habitación, porque a su parecer era más luminosa y más amplia que la de mi hermana Ana, y acto seguido vendió su piso sin consultar a nadie. Después de llevar viuda casi veinte años, esta hazaña no dejó a ningún miembro de mi familia indiferente, mi madre se quedó estupefacta, mi padre profundamente conmocionado y yo totalmente confusa y hasta un poco cabreada porque me había echado del que hasta entonces había sido mi dormitorio durante toda la vida. La única que no se vio afectada fue Ana, que acabada de casarse y había abandonado el nido familiar hacía un tiempo. Después de aquellos primeros momentos de confusión la abuela nos sorprendió comunicándonos que había decidido repartir el dinero de la venta de su piso a partes iguales entre mi hermana y yo. Mi habitación, aunque bastante soleada, no podía compararse con el precio de mi libertad e independencia, y lo que al principio me dejó confusa y cabreada, finalmente se convirtió en un sueño hecho realidad.
A casi todos mis amigos su independencia les estaba costando un enorme esfuerzo, empezando por Lucas, que tenía dos trabajos, uno a tiempo completo y otro los fines de semana, para poder pagar la hipoteca de la diminuta caja de cerillas en la que vivía. Siguiendo con Susi, que por aquel entonces se veía obligada a alquilar habitaciones a estudiantes para poder llegar a fin de mes y desde entonces vivía en el más absoluto caos, en un piso en el que la limpieza y la ropa limpia escaseaban a favor de la proliferación del moho, el polvo y las pelusas rodantes. O Elia, que había decidido comprar un piso con Juanjo y para afrontar los pagos trabajaba de sol a sol y hacía tiempo que había perdido su buen humor. Así que Marcos, con quien nuestra crueldad no tenía límites porque a sus treinta años aún no había salido del nido familiar, era el que vivía más despreocupado y cómodo, y quien de ningún modo pensaba cambiar esa tranquilidad por un piso en el que empeñarse o una novia con quien compartir gastos.
Resumiendo, mi vida no estaba nada mal y las cosas, básicamente, funcionaban. Todo era un poco aburrido, sí, y hacía siglos que no tenia pareja, también, aunque esto último no me quitara el sueño y solo lo pensara en momentos de bajón emocional en los que al llegar a casa me habría encantado encontrar un oído atento y un buen masaje en la espalda.
Entonces, un buen día, todo comenzó a cambiar a mi alrededor y mi vida y la de todos aquellos que me rodeaban dieron un auténtico giro teatral. Fue como si de repente un virus se apoderara de nosotros, metiéndose bajo la piel, dominando nuestro cerebro y volviéndonos locos. Un virus llamado amor. Y todo comenzó aquel día de mayo, con una llamada de mi madre.
Como diría mi abuela: “No es posible prevenir misterios del porvenir”.
—Tu abuela está saliendo con alguien —dice mi madre al otro lado de la línea telefónica con un toque de histeria en la voz que, supongo, ira in crescendo según aumente el ritmo de la conversación.
—¿Quieres decir que la abuela tiene novio? —pregunto con sorpresa, puesto que desde que la abuela Charo enviudó hace más de veinte años nunca ha salido con ningún hombre.
—Si a su edad puede llamarse novio a un hombre que sale con ella, que la lleva a cenar, a bailar y a pasear, y es el motivo por el que ya nunca está en casa, entonces sí.
—Pero mamá, eso es fantástico —respondo sintiéndome muy bien por mi abuela, que a sus setenta años ha decidido que ya era hora de enamorarse de nuevo.
—¿Cómo puedes decir que te parece fantástico? —se sorprende mi madre comenzando a elevar el tono de voz.
—Siempre te quejas de que la abuela te vuelve loca porque esta todo el día a tu alrededor y no paráis de discutir. Ahora tiene algo con lo que entretenerse, lo cual te deja a ti tiempo libre para hacer lo que quieras. Además, me parece muy positivo que a su edad tenga ilusiones y ganas de hacer cosas más allá de ir al médico y a la farmacia —mi tono de voz es tranquilo, pues intento que mi madre se relaje y no dramatice como hace siempre.
—Mira, Sara, no soy uno de tus pacientes y no necesito que me hables con ese tono condescendiente que utilizas con ellos. La situación es grave, la abuela ha cambiado de un día para otro, parece una niña de quince años, se arregla excesivamente para salir con ese hombre, se ha comprado ropa nueva e inapropiada para su edad y hasta se ha apuntado a yoga —pone todo su énfasis en la última frase, como si el hecho de apuntarse a yoga fuese motivo para convocar una cumbre europea.
—Mamá, soy tu hija y te hablo como tal. No veo problema alguno en que la abuela salga con alguien y se divierta.
—Pero lleva veinte años viuda, nunca ha salido de casa e, incluso, vendió su piso para trasladarse al nuestro. No te imaginas la cantidad de discusiones que esa decisión que tomó unilateralmente ha causado entre tu padre y yo, y ahora, de un día para otro, me dice que es muy probable que se vaya a vivir con Fabio.
—¿Quién es Fabio? —Pregunta retórica, puesto que imagino a quién corresponde ese nombre.
—Pues el novio de tu abuela. ¿Quién iba a ser si no?—responde mi madre comenzando a sollozar.
—¡Oh, vamos, mamá! No es tan grave. ¿Por qué no respiras hondo e intentas tranquilizarte? —digo en un intento de calmarla, aunque desde el principio he sabido cómo acabaría esta conversación que aún puede darme tantas sorpresas—. ¿Dónde le ha conocido? —pregunto con curiosidad, puesto que mi abuela no sale demasiado de casa y cuando lo hace suele ir acompañada de mi madre.
—En la consulta del traumatólogo —solloza—. Fabio es su traumatólogo, ¿puedes creerlo? Por eso últimamente no quería que la acompañara a la consulta. Además, él tiene sesenta y cinco años, ¡cinco años menos que ella! —grita—. Y no escucha a nadie… sé que él solo intenta aprovecharse de ella… y…
—¿Está casado? —Intento añadir un poco de cordura a esta conversación que se me está yendo de las manos.
—Pues claro que no. Es viudo —dice dejando de llorar de repente.
—Entonces, ¿cómo puede aprovecharse de ella? Los dos son mayores, viudos y pueden tomar sus propias decisiones. La abuela no es precisamente rica, y supongo que él, siendo traumatólogo y estando aún en activo, tiene una posición económica más desahogada que ella, así que solo queda una opción, y es que sienten algo el uno por el otro —digo intentando simplificar las cosas.
—Pues a mí sigue sin parecerme bien que tu abuela, a los setenta años de edad, vaya por ahí con esa especie de medias transparentes contoneándose como una adolescente y jugando a las parejitas felices con un hombre más joven. ¡Es ridículo!— exclama.
—Quizá deberías seguir su ejemplo y apuntarte a yoga, va muy bien para relajarse —añado con segundas intenciones, ya que mi madre, como siempre, tiende a llevar las cosas al extremo.
—¿Qué tonterías dices? ¿Estás de su parte o de la mía?
—No hagamos de esto una guerra a dos bandos. Os quiero a las dos, mamá, y no puedo decir que lo que hace la abuela me parezca mal.
—¡Pues que sepas que no pienso dejar de la abuela se salga con la suya! —grita, y cuelga el teléfono dejando claro que es ella quien tiene la última palabra.
Me acomodo en el sillón mirando hacia la ventana y doy un largo trago a mi bebida, lo cual resulta poco reconfortante porque el hielo se ha deshecho aguando el transparente líquido y acabando con todas las burbujas.
Mi madre está enfadada, pero sé que pronto se le pasará y volverá a llamarme. Miro el reloj, calculo que aún quedan un par de horas para que lo haga, y las aprovecharé para tomar un largo y relajante baño.
Ojalá tuviera una de esas maravillosa bañeras de patas que aparecen en tantas películas americanas. Podría llenarme una copa de champán y soñar que soy una de esas glamurosas actrices. Pero solo tengo una bañera normalita en la que sería imposible albergar a más de una persona, y por supuesto, mi vida no tiene nada que ver con una película.
Como mi abuela diría: “Más vale pájaro en mano que ciento volando”.
Son las dos de la tarde y estoy atendiendo a mi último paciente. Manuela, sesenta y cinco años, viuda, vive sola y últimamente sufre episodios de ansiedad y se encuentra un poco deprimida.
Aunque me considero una profesional cualificada y siempre escucho a mis pacientes con la atención que merecen, hoy estoy bastante cansada después de un día en el que las citas se han ido retrasando y me he visto obligada a saltarme el desayuno para ponerme al día con los expedientes. Por eso, cuando Manuela comienza a hablar soy incapaz de seguir el ritmo de la conversación y al principio solo acierto a escuchar breves retazos de la misma. Pero cuidado, soy una profesional y ahora mismo voy a poner todos mis sentidos en esta consulta.
— …me mareo, me falta la respiración y a veces creo que voy a asfixiarme —me dice Manuela con voz queda.
—¿Cuándo le sucede? —le pregunto intentando parecer concentrada.
—A todas horas, de repente, no sé decirle. Los médicos me han hecho pruebas de todo tipo y al parecer estoy muy sana, por eso me derivaron al psiquiatra, y él, a su vez, al psicólogo. Pero el caso es que nadie consigue acabar con esta sensación de ahogo.
—¿Hay algo que le preocupe especialmente? Quizá ha habido algún cambio en su vida, un cambio de casa, una perdida, cualquier cosa que se le ocurra, aunque parezca no ser importante —sugiero.
—Vivo en la misma casa desde hace casi cuarenta años y no se ha muerto nadie en la familia si a eso se refiere —dice suspirando.
—Usted es viuda y vive sola, ¿tiene hijos?
—Tengo cinco hijos, todos casados, incluso el más pequeño, que se casó hace apenas dos meses. —Y suspira de nuevo.
—Así que su hijo se ha casado hace poco —hago una pausa y asiento con la cabeza—. ¿Antes de casarse vivía con usted?
—Raúl ha vivido siempre conmigo, por supuesto, hasta el día de su boda, nada de esas modernidades de vivir en pareja, no. Raúl salió de mi casa el día de su boda, como Dios manda —responde con vehemencia.
—Y supongo que mientras que vivió con usted le preparaba la comida, le lavaba la ropa y todas esas cosas que habitualmente las madres hacen por sus hijos, ¿verdad? –Y sonrío levemente, con complicidad, para que sea consciente de que la entiendo.
—Por supuesto. Ya sabe cómo son los jóvenes, que le voy a contar, si usted es jovencísima —dice sonriendo—. Yo siempre me ocupaba de todo, pero ahora que se ha casado… —Su voz comienza a temblar y no consigue acabar la frase.
—Le echa de menos —acabo—. Y es normal que esté un poco deprimida por ese motivo, pero analicemos la parte positiva: usted es joven, está sana tal y como demuestran todas las pruebas que acaban de hacerle, tiene a sus hijos y supongo que también nietos, ¿no es así?
—Sí, tengo cuatro nietos preciosos.
—Debemos centrarnos en los aspectos positivos y encontrarle algo que hacer, algo que pueda entretenerla, que le haga salir de casa, como bailar, viajar, apuntarse a un curso de algo que pueda interesarle… Ya sé que puede parecerle complicado, ha dedicado su vida a la familia y es normal que se sienta sola y que no sepa en qué ocuparse.
—¿No va a recetarme alguna pastilla? — me interrumpe.
—Manuela, el psiquiatra le ha recetado ya unas pastillas para la ansiedad y por ahora eso es suficiente. Las pastillas la ayudarán, pero no acabarán con el problema, para ello debemos trabajar duro, pero estoy aquí para apoyarla —le digo, y veo cómo su cara se tiñe de decepción.
—Pero es que yo solo sé cuidar de mis hijos y ahora que ya no me necesitan, ¿qué puede hacer una vieja inútil como yo?
—No es usted ni vieja ni inútil. Seguro que encontramos algo que pueda hacer. Aunque quizá nos cueste un poco. Veamos, ¿no hay algo que haya querido hacer toda su vida pero que ha tenido que dejar a un lado porque no tenía tiempo para dedicarle?
Manuela se queda pensativa, supongo que quiere tomarse su tiempo, buscar en su mente ese algo que tanto le gustaba y que nunca tenía tiempo para dedicarle porque su casa y sus cinco hijos centraban todas sus energías.
—Siempre he querido pintar —dice de pronto, pillándome por sorpresa, porque creía que llegar a ese algo nos iba a costar muchas sesiones.
—¿Pintar? —pregunto con curiosidad.
—Sí, ya sabe, pintar, dibujar. Siempre me gustó la pintura y hubo un tiempo en el que lo hacía realmente bien. Después empezaron a llegar los niños y… —Suspira otra vez y yo muevo la cabeza de arriba abajo.
—Está bien. En ese caso debería apuntarse a un taller de pintura, de esa forma no solo logrará cumplir ese deseo que hace tiempo tuvo que abandonar, también la obligará a salir de casa, a conocer a gente de su edad y, estoy segura, a sentirse mucho mejor —le digo con tono risueño.
Nunca he tenido un caso tan sencillo, al menos en apariencia, y aunque tendrá que venir más veces a consulta, si todo sigue bien pronto estará lista para seguir su camino sin mi ayuda.
Manuela no parece tenerlo claro y me mira de reojo, decepcionada en cierto modo porque la consulta del psicólogo no ha resultado ser el milagro que esperaba. Pero le he puesto unos deberes y sé que una mujer como ella, siempre activa y cumplidora, no me defraudará. Eso espero.
Como diría mi abuela: “El que algo quiere, algo le cuesta”.
Al llegar a casa estoy destrozada. Necesito beber algo fresco, una buena ducha y no estaría de más un buen masaje. El problema es que para cumplir este último deseo tendré que pedir cita con mi fisioterapeuta porque no hay ningún hombre de dedos hábiles deseoso de cumplir mis necesidades esperándome en casa. Probablemente porque un hombre así ni siquiera existe, me digo. El trabajo me estresa porque desearía poder obrar milagros con todos mis pacientes, pero no es así y tengo con conformarme con ayudarles a resolver sus problemas, y en los casos más favorables, con darles el alta y desearles la mejor de las suertes.
Ni siquiera poseo la receta mágica que acabe con mis propios problemas y, en estos casos, solo Lucas con su inmejorable humor puede hacer que mi ansiedad se disipe. Como si tuviésemos telepatía el timbre de mi teléfono móvil se alza en el angustioso silencio de mi casa y veo su nombre en la pantalla.
—¿Cómo está mi chica favorita? —pregunta, y puedo imaginarle sonriendo perezosamente al otro lado del teléfono.
—Podría estar mejor —respondo tumbándome en el sillón y comenzando a enrollar y desenrollar un mechón de mi largo pelo. Un tic que tengo desde tiempos inmemoriales.
—Conozco ese tono de voz. La última vez que lo escuché fue cuando uno de tus pacientes te dijo que iba a suicidarse y a lo más que llegó fue a darse un atracón de comida y se pasó dos días vomitando. A veces pienso que deberías cambiar de profesión. No sé cómo soportas escuchar todos esos problemas cada día. —Suspira—. ¿Qué ha pasado esta vez?
—Sabes que no hablo de mis pacientes con nadie y afortunadamente aquello sucedió hace mucho tiempo, cuando yo apenas tenía experiencia. —Sonrío al pensar en la cantidad de anécdotas divertidas que podría contar sobre mi trabajo a pesar de ser algo tan serio y delicado—. Mis pacientes están genial, se trata de mi abuela, tiene novio y mi madre amenaza con uno de sus sainetes.
—¿La abuela Charo se ha echado un noviete? —pregunta soltando una carcajada.
—Tu ríete, pero a mí no me hace ninguna gracia. Me parece perfecto que la abuela tenga novio, eso es mucho más de lo que yo he podido conseguir en toda mi vida, pero conociendo a mi madre le hará la vida imposible y, como siempre, yo estaré en medio de la batalla.
—Deberías quitarte del medio una temporada.
—Quizá sea una solución. —Suspiro pensando en lo mucho que me gustaría escaparme a una bonita playa del Caribe—. ¿No trabajas hoy?
—Es mi día libre y me he quedado en casa tumbado en el sillón cambiando de canal.
—Te mereces un descanso. Espero que el próximo día que libres me llames y podamos quedar. Hace siglos que no nos vemos —me quejo.
—Por eso te he llamado, seguramente libraré el domingo y he pensado que podríamos quedar todos para cenar el sábado.
—Me parece una idea maravillosa, te echamos mucho de menos.
—Entonces hablamos el fin de semana.
—Te llamaré.
Cuelgo el teléfono con una sonrisa en los labios. Lucas siempre me pone de buen humor. Contrariamente a lo que las pervertidas mentes de mis amigos piensan, él y yo nunca hemos tenido una aventura. Puede parecer raro que un hombre y una mujer sean simplemente amigos, pero nosotros lo somos desde hace más de ocho años. Durante todo ese tiempo hemos viajado juntos a Egipto, Nueva York y Escocia y hecho múltiples escapadas de fin de semana a la playa y a la montaña. Hemos compartido habitación y tienda de campaña cuando estábamos escasos de fondos y reconozco que una vez, una única vez, nos besamos. Pero aquello sucedió una noche en la que habíamos bebido más de la cuenta y ninguno de los dos le dimos mayor importancia.
Supongo que si Elia y Susi supieran de la existencia de ese beso comenzarían a decirme, una vez más, que es imposible que ese tipo de amistad que mantengo con Lucas sea solo eso. Pero yo creo en la amistad simple y pura.
Como diría mi abuela: “Entre una hombre y una mujer no hay amistad posible”. Pero mi abuela no siempre tiene razón.
Apenas me relaciono con algunos compañeros de trabajo puesto que tienen turno de tarde y, aunque mi jornada laboral a veces se prolongue más allá del horario establecido, yo tengo turno de mañana. Sin embargo, todos nos conocemos porque coincidimos en las cenas que se organizan en Navidad, las fiestas de despedida de aquellos que se jubilan e, incluso, de los que se cambian de trabajo.
Esta mañana me sorprendo al encontrar una cara nueva. Se trata de un hombre alto, moreno y atractivo que aparenta unos treinta y cinco años. Tiene una bonita sonrisa, de esas de dientes blancos y perfectos que al menos a mí me cautivan. Lleva bata blanca, por lo que supongo que es médico, y está hablando con Marga, una de las recepcionistas del centro médico a la que secretamente llamo La Gaceta de Sagasta (Sagasta es el nombre de la clínica), porque es una fuente inagotable de noticias de la clínica y todos los que allí trabajamos. A Marga no hay tema que se le escape y cuando no es así su prolífica imaginación le lleva a inventar cualquier cosa que le permita distraerse de su trabajo.
Como cada mañana, me paro en recepción para saludar, coger mi agenda y el correo. El hombre que parece médico me mira con cierto descaro, estudiando primero mi rostro y bajando después la mirada hacia el resto de mi cuerpo. Me siento un poco molesta por el detallado escrutinio al que estoy siendo sometida, pero cuando levanto la vista él me está sonriendo y me resulta imposible enfadarme ante una sonrisa tan encantadora. O tal vez es que ocho meses sin sexo me están volviendo loca.
—Buenos días, Sara —dice Marga rompiendo la magia del momento—. Este es el Doctor Luis Ibarra, el hijo del doctor Ibarra, al que va a sustituir durante un tiempo.
—Bienvenido. —Le tiendo una mano que él estrecha entre la suya con un apretón fuerte y firme—. Soy Sara, una de las psicólogas, y supongo que si vas a sustituir a tu padre, serás traumatólogo.
—Tradición familiar, ya sabes —responde encogiéndose de hombros y sin dejar de sonreír.
—Espero que te sientas cómodo entre nosotros —le digo, y camino hacia mi despacho con paso firme, contoneándome un poco porque sé que Luis me está siguiendo con la mirada y sintiéndome de lo más tonta porque después de mi último ligue apenas recuerdo lo que hacer en estas situaciones para no parecer ridícula.
—¡Sara! —me llama Luis cuando estoy abriendo la puerta de mi consulta.
—¿Si? —pregunto volviéndome hacia él.
—Podríamos desayunar juntos. No conozco a nadie más por aquí y sería una buena oportunidad para ponerme al día.
—Esto… sí, claro. Nos vemos más tarde.
La idea de tomar café con un compañero de trabajo no me atrae demasiado, y mucho menos si ese compañero es alto, atractivo y encantador. Siempre he pensado que mezclar el trabajo con la vida privada es un error en el que no se debe caer, pero mira por dónde acabo de tropezar con la piedra que llevo esquivando todos los años que hace que trabajo en la clínica
Como diría mi abuela: “Donde tengas la olla no metas….”.
A las 11:30, hora a la que habitualmente salgo a tomar café, estoy aún con un paciente y no es hasta las 12:00 cuando consigo hacerme un hueco para bajar a la cafetería.
Para mi sorpresa Luis me está esperando y más sorprendente resulta aún el hecho de que acepte el brazo que me tiende y salga con él a tomar ese prometido café que no sé dónde va a conducirme, pero que algo me dice es la peor idea que he tenido en mi vida.
—¿Mucho trabajo? —me pregunta Luis mientras caminamos hacia la cafetería.
—Demasiado. Siempre pasa en esta época del año. ¿Qué tal tu primer día?
—Bastante bien, teniendo en cuenta que la mayoría de mis pacientes me considera demasiado joven para este trabajo —dice soltando una carcajada. Y su risa es alegre y contagiosa.
—No te preocupes, siempre que tengo un paciente nuevo me pasa lo mismo, pero al final terminan confiando. Supongo que no les queda más remedio.
En la cafetería pedimos dos cafés y una tostada para mí. No he tomado nada más que un zumo esta mañana y a estas horas estoy tan hambrienta que podría devorar cualquier cosa que me pusieran delante. Aún me queda una larga lista de pacientes que atender y es muy probable que me pase la hora de la comida poniendo al día los expedientes atrasados.
—¿Dónde trabajabas antes de venir a sustituir a tu padre? —le pregunto con curiosidad.
—He estado trabajando en Miami los últimos cinco años, pero últimamente echaba de menos volver a casa y mi padre me propuso sustituirle durante un tiempo. Me dijo que a su edad el trabajo del hospital y el de la clínica son demasiado para él, aunque sospecho que solo quería ponerme las cosas fáciles para que volviera. Si le conoces sabrás que el trabajo es su vida, especialmente desde que mi madre falleció.
—Son cosas que los padres siempre hacen por los hijos —le aseguro.
—Pero dejemos de hablar de la familia. Cuéntame qué tal se trabaja en este lugar.
Y aunque no soy muy dada a hablar sobre la clínica y el equipo que la compone, enseguida comienzo a responder a las preguntas de Luis acerca del trabajo y de mis compañeros.
Como diaria la abuela: “La oportunidad la pintan calva”.
—Elia, no quiero un nuevo corte de pelo, solo que cortes un poco las puntas —le digo a mi amiga por la tarde en la peluquería, pues me temo que en cuanto coja la tijera se convertirá en Eduardo Manostijeras y no verá el momento de parar.
Elia está detrás de mí, mirándome a través del espejo y estudiando mi pelo detenidamente. Me echa el flequillo hacia delante, después hacia atrás, me cepilla el pelo, lo peina hacia un lado, luego hacia el otro, para después sujetarlo con varias pinzas.
—Déjame entonces que te corte el flequillo —dice cogiendo las tijeras con mano experta.
—Pero si hace solo tres meses que empecé a dejarme crecer el flequillo porque me dijiste que no me quedaba bien —digo girándome en la silla.
—Tendría un mal día porque, si no recuerdo mal, el flequillo te queda realmente bien, y si a eso añadimos unos reflejos y….
—Nada de reflejos —la interrumpo—. Ahora que he conseguido tener el pelo de un solo color no estoy dispuesta a empezar de nuevo con los tintes.
—Está bien. Nada de reflejos —dice echándome el flequillo hacia delante con los dedos—. Deberías confiar más en mí, pero no tengo ganas de discutir.
—Siempre estás haciéndome cosas nuevas. En realidad para ti soy solo un conejillo de indias —me quejo, y es cierto, ir a la peluquería de Elia es una aventura digna de Indiana Jones—. Además, no necesito un corte de pelo, solo he venido a hablar contigo porque estoy preocupada por ti.
—¿Por qué ibas a estar preocupada por mí?
—Porque ayer me llamaste en un estado de nervios considerable después de la pelea con Juanjo.
Elia no responde inmediatamente. En realidad no le gusta hablar de los problemas que tiene con Juanjo, ni siquiera conmigo, que soy su mejor amiga. Sin embargo, ayer por la noche me llamó muy alterada porque se encontraba realmente mal y necesitaba desahogarse, aunque ahora le cueste reconocerlo.
—En realidad fue algo sin importancia.
—Pues ayer por la noche parecía muy importante. Elia, por favor, estabas hecha polvo e, incluso, dispuesta a echar a Juanjo de casa.
—Estaba un poco enfadada, lo reconozco, ¿acaso tú nunca te enfadas y dices cosas de las que después te arrepientes?
—¿Un poco enfadada? —pregunto con incredulidad recordando la conversación que mantuvimos la noche anterior—. Yo también estaría enfadada en tu lugar, y tienes motivos de sobra. No deberías culparte por ello.
—El problema es que Juanjo no te gusta y nunca te ha gustado.
—Sí, tienes razón, no me gusta, porque no te hace feliz y creo que mereces algo mejor.
—Estamos enamorados —se defiende ella con poca convicción.
—No creo que estés enamorada de una persona que te aporta tan poco. Y con respecto a él, tampoco creo que lo esté si mientras tú te dejas la piel en el trabajo no mueve un solo dedo para buscar trabajo o colaborar en casa. Vamos, Elia, reconócelo, es un parásito.
—Déjalo, no quiero discutir contigo porque no vas a entenderlo —dice dándome un tirón de pelo.
—Entiendo que no eres feliz y eso me basta. ¿Cómo podrías serlo con un hombre que solo piensa en fútbol y con esa extraña afición suya a las aceitunas de Campo Real?
—No hay nada malo en que le gusten las aceitunas.
—Las aceitunas son solo un ejemplo de esta relación sin sentido.
—¿Acaso ahora te dedicas a visitar a tus pacientes a domicilio? Porque, que yo sepa, no soy tu paciente y ni siquiera te he pedido cita —me dice mientras me corta el pelo cada vez con más furia y yo cierro los ojos temiendo que en cualquier momento me haga un trasquilón.
—Sabes que solo soy tu amiga y por eso deseo que seas feliz, que vuelvas a ser tú, esa mujer alegre y risueña que eras hasta hace muy poco.
—Está bien, lo reconozco, ayer estaba enfadada, necesitaba desahogarme con alguien y quizá no debí llamarte.
—¡Pues claro que hiciste bien en llamarme! De hecho, debes hacerlo siempre que lo necesites, prometo no volver a juzgarte —le digo mirándola a los ojos a través del espejo.
—Gracias, Sara, no debería haber sido tan borde contigo y realmente agradezco que siempre estés ahí para escucharme.
—¿Por qué no vamos a cenar el sábado por la noche? Lucas me ha dicho que se apunta y hace mucho tiempo que no salimos todos juntos —le digo sonriendo.
—Ya sabes que Juanjo…
—Por supuesto que la invitación incluye a Juanjo —la interrumpo intentando evitar una nueva excusa para no acudir a la cena.
—¿De verdad no te importa?
—Claro que no —miento—. Estoy segura de que nos divertiremos.
No creo que Elia crea en mis palabras, ella sabe perfectamente que Juanjo y yo apenas podemos soportarnos, pero está claro que necesita un respiro y ¿qué mejor que una noche de juerga con los amigos? En cuanto a mí, tendré que hacer de tripas corazón y fingir que Juanjo me cae fenomenal.
Pero como diría mi abuela: “La mentira tiene las patas muy cortas”.
El sábado por la noche, mientras termino de vestirme y dar los últimos retoques a mi maquillaje, espero la llegada de Lucas, que me ha llamado por la mañana para decirme que pasaría por casa a recogerme para salir a cenar. Por lo visto me tiene preparada una sorpresa, aunque no he conseguido sonsacarle ni una sola palabra al respecto, aparte de que la noticia me va a encantar.
Estoy de muy buen humor porque en el último año nuestras animadas cenas y salidas en grupo de los fines de semana han quedado reducidas a Susi, Marcos y una servidora, y esta noche volveremos a estar todos juntos. No quiero ser quejica, Lucas se deja ver siempre que sus dos trabajos se lo permiten, aunque Elia ha ido reduciendo cada vez más sus salidas con nosotros y sospecho que tampoco sale demasiado con Juanjo .Últimamente es más fácil ver a Rajoy en rueda de prensa que a mi amiga.
Cuando el timbre de la puerta suena no puedo evitar salir corriendo como una quinceañera. Tras un mes desde nuestro último encuentro mis ganas de ver a Lucas son enormes, pero la sonrisa se me congela en la cara cuando detrás de mi amigo advierto la presencia de una mujer que no conozco y que, no sé por qué, me hace pensar en el libro Sin noticias de Gurb, en el que un extraterrestre toma la apariencia de Marta Sánchez para comenzar sus andanzas por la tierra. Por supuesto, ella no se parece a Marta Sánchez, sino a la Barbie modelitos, con su largo y rubio pelo (teñido) cayéndole por la espalda; un ajustado y cortísimo vestido color rosa que no deja nada a la imaginación; altos zapatos del mismo color que el vestido y el bolso y una gruesa capa de maquillaje en el rostro. Sus labios parecen dos enormes salchichas de Frankfurt; sus pestañas dos tarántulas a punto de salir corriendo en uno de sus parpadeos; y sus tetas, dos enormes balones de rugby que resultan desproporcionados con el resto del cuerpo.
A su lado me siento insulsa con mi sencillo vestido de color rojo, que hasta ahora me parecía perfecto, y el ligero maquillaje que he aplicado a mi rostro en apenas unos minutos. Comparada con la Barbie modelitos parezco una tabla de planchar, a pesar de que el tamaño de mi pecho nunca ha sido motivo de preocupación por mi parte ni de queja por parte de los hombre con los que he mantenido relaciones.
Desearía poder sonreír y sentirme tan contenta como lo estaba hace unos minutos. Esta noche debía ser una noche especial que compartir con mis amigos, pero me siento decepcionada porque Lucas nunca había mostrado un gusto tan vulgar a la hora de elegir pareja como del que está haciendo gala esta noche. Desconozco el motivo, pero esta Barbie me cae mal nada más verla y sospecho que ella siente la misma aversión hacia mí.
Intentando recuperar el buen humor vuelvo a dibujar una sonrisa en mis labios y me lanzo a los brazos de mi amigo para darle la bienvenida. Él me devuelve el abrazo sin decir nada para después volverse hacia la Barbie y cogerla de la mano.
—Sara, quiero presentarte a Bárbara —dice sin soltarle la mano —. Y esta es Sara, la amiga de la que tanto te he hablado —añade volviéndose hacia ella.
—Encantada, Bárbara —saludo y beso sus mejillas con temor a dejar dos enormes surcos en su maquillado rostro—. Yo, en cambio, no he oído nunca hablar de ti a Lucas.
—Espero que eso cambie pronto —dice Bárbara con una horrible voz que parece una mezcla entre la duquesa de Alba y Penélope Cruz entregándole el Oscar a Pedro Almodóvar.
—Y bien, cuéntame ¿cuál es esa sorpresa que tenías para mí? —pregunto volviéndome hacia Lucas—. Te confieso que llevo todo el día dándole vueltas y estoy intrigadísima.
—¡No me lo creo! —se burla él.
—Pues es cierto, así que suéltalo ya antes de obligarme a sacártelo con métodos poco ortodoxos.
—Está bien… en ese caso… —Y coge a Bárbara por la cintura acercándola más a su cuerpo, si es que eso es posible—, Bárbara y yo nos vamos a vivir juntos.
—¿Quééééé? Quiero decir… Bueno… yo… no sabía que llevabais tanto tiempo juntos. —Por no decir que ni siquiera conocía la existencia de esa mujer hasta hace apenas unos minutos.
—Lo cierto es que solo hace dos semanas que nos conocemos —explica Bárbara rodeando con sus brazos la cintura de Lucas y besándole en los labios con sus dos enormes salchichas, quiero decir, con sus enormes labios. Y reparo en que estoy pensando en la cantidad de pintalabios que debe necesitar Bárbara cada día, lo cual quiere decir que la noticia no me ha sentado nada bien y que no puedo pensar con claridad.
—Supongo que esto es lo que se conoce como un… flechazo —digo sonriendo como una tonta y sintiendo unas repentinas ganas de vomitar.
Por toda respuesta Bárbara y Lucas vuelven a besarse y mi estómago vuelve a revolverse.
Como diría mi abuela: “El amor es ciego”, pero no me quedaría más remedio que corregirla diciendo aquello de: “Tiran más dos tetas que dos carretas”.
La cena no resulta tan exitosa como había planeado.
Por un lado, Lucas y Bárbara apenas consiguen quitarse las manos de encima en toda la noche, lo cual resulta de muy mala educación teniendo en cuenta que no están solos y que hacía meses que no estábamos todos juntos. Además, mire donde mire, toda la gente del restaurante parece tener los ojos fijos en nuestra mesa, y no es de extrañar, tal es el espectáculo que los dos tortolitos están dando.
Elia y Juanjo, por su parte, no han dejado de discutir desde que han llegado con casi media hora de retraso. La discusión ha comenzado porque esta noche hay un partido de fútbol y como en el restaurante no hay televisor Juanjo no podrá verlo. No soy nada futbolera, lo confieso, pero un sábado a las diez de la noche no creo que se esté disputando un importantísimo partido, o tal vez sí, pero no es motivo para no acudir a cenar con unos amigos y disfrutar de la noche. Elia está muy pálida y ni siquiera el rojo de su vestido consigue disipar el color casi marmóreo de su rostro, y Juanjo no ha hecho ningún esfuerzo por mantener una conversación con nadie de la mesa si exceptuamos sus continuas críticas a mi amiga.
Afortunadamente, Susi y Marcos son los de siempre y es gracias a ellos que la situación se ha hecho algo más soportable. Aun así, Marcos no consigue apartar la vista del escote de Bárbara y lo mismo le sucede al camarero, que regresa a nuestra mesa a rellenar la copa de vino de Bárbara cada vez que ella da un sorbito, por pequeño que este sea.
—¿Crees que son operadas? —susurra Marcos en mi oído.
—No sé de qué me hablas —respondo haciéndome la tonta.
—Las tetas de Bárbara. ¿Es que no te has fijado? —dice con una bobalicona sonrisa.
—Cómo no iba a fijarme si ha estado a punto de sacarme el ojo derecho cuando Lucas me la ha presentado y nos hemos dado un par de besos —bromeo.
—¿Sabes si tiene una hermana?
—Espero que no —respondo sin ocultar mi disgusto.
—¿Cómo dices? —pregunta Marcos, que como siga así se encontrará más cerca del escote de Bárbara de lo que ya lo está el propio Lucas.
