Dulces encuentros - Kristine Rolofson - E-Book
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Dulces encuentros E-Book

Kristine Rolofson

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Beschreibung

Había algo especial en el ambiente... ¿De quién era aquella niña? Melanie Briggs y su pequeña armaron un buen revuelo al aparecer de pronto en el Rancho Stone. Para Jared Stone, era la esposa perfecta, aunque él no tenía la menor intención de casarse o de convertirse en padre. Por eso se resistió con todas sus fuerzas a dejarse llevar por el deseo que sentía por Melanie. Sin embargo, estaba claro que hay cosas que no pueden evitarse... Estaré en casa por Navidad... De camino a Montana, Will Stone se quedó atrapado en mitad de la tormenta con la rebelde prima de Melanie, Dylan Briggs. Aunque deseaba que la nevada acabara lo antes posible, Will no tardó en darse cuenta de que compartir cama con la sexy Dylan podría ser la mejor manera de pasar el tiempo.

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Seitenzahl: 208

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Kristine Rolofson

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Dulces encuentros, n.º 1265 - mayo 2015

Título original: A Montana Christmas

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2003

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-6260-9

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

¿De quién es esta niña?

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Volveré a casa por Navidad

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

¿De quién es esta niña?

Capítulo Uno

Lunes, dieciséis de diciembre.

Havre, Montana.

«Cuida bien de ella».

Aquellas habían sido las palabras de Will por teléfono. Estaba claro que haría lo que le había pedido Will. Era su deber como hermano; y Jared Stone se tomaba los deberes familiares muy en serio. Tal vez algunos dirían que demasiado en serio. Mientras avanzaba por la estación de tren llena de gente que llegaba o que se marchaba a pasar las vacaciones, Jared se decía que eso no tenía nada de malo. Un hombre debía cuidar de los suyos.

Jared se fijó en la variada muchedumbre. Había muchos esquiadores. En Montana siempre había esquiadores que se dirigían a algún lugar del estado. Jared volvió la cabeza para echarle un segundo vistazo a una rubia de piernas largas con unos esquís en la mano, pero continuó avanzando hacia el panel donde se anunciaban las salidas y llegadas de los trenes. El tren llamado Empire Builder de Chicago acababa de entrar.

Se llamaba Melanie Briggs, y era especial. Jared deseó que Will le hubiera dado más detalles, pero la tía Bitty se había puesto al teléfono y había empezado a hablar de galletas y de regalos, y de lo mucho que a Fluffy le gustaba la Navidad. Will no había podido añadir más atributos a su invitada misteriosa, pero todos en el rancho asumían que Will había encontrado finalmente una mujer. Una mujer especial, según él mismo había dicho.

Mientras Jared miraba a su alrededor en el vestíbulo, deseó que su hermano pequeño le hubiera dado una descripción mejor de su invitada. Había dicho algo de una cazadora roja, pero mamá le había quitado entonces el teléfono a Bitty y le había preguntado a Will si prefería el verde musgo o el verde agua para las paredes de la habitación de invitados. Entonces el tío Joe se había puesto por la extensión de la cocina y le había preguntado si la futura invitada jugaba al bridge.

En ese momento a Will se le había estropeado el móvil, y la conexión se había cortado segundos después. Jared le habría preguntado por qué la mujer había escogido hacer un viaje en tren de tres días de duración en lugar de tomar un vuelo a Great Falls, que era lo que Will haría al día siguiente para pasar la Navidad en casa.

También le habría pregunto a su hermano cómo la había conocido. Y por qué la había invitado a pasar la Navidad en el rancho, aunque Will siempre invitaba a la gente a visitar Graystone. Su hermano, un aventurero nato, hacía amigos por donde iba. Pero hasta entonces nunca había invitado a casa a una mujer sola.

De modo que a la tarde siguiente, Jared condujo los ciento ochenta kilómetros que los separaban de Havre, una ciudad al sur de la frontera canadiense, a buscar a una extraña.

Casi había tenido que atar a su madre a la silla de la cocina para impedir que lo acompañara.

–Entonces os tendré preparada la cena –había dicho Jenna Stone mientras le echaba una mirada de reojo a la tía Bitty, que estaba enchufando su receptor de radio sobre la encimera–. Aunque no me habría importado salir de casa un rato.

Jared continuó buscando con la mirada a una mujer especial que podría o no llevar un abrigo rojo. Debería haberse llevado uno de esos carteles con su nombre que utilizaban los chóferes. La ocurrencia lo hizo sonreír.

Rodeó un grupo grande y atisbó un pedazo de abrigo o cazadora de color rojo y una melena negra ondulada por los hombros, y se apresuró hacia ella. Si se diera la vuelta, iba pensando, al menos podría preguntarle si estaba esperando a un tal Jared Stone.

Se volvió hacia él, casi como si hubiera oído su ruego silente. Tenía la cara en forma de corazón, la tez pálida y los ojos muy grandes, y a Jared le pareció casi perfecta. El abrigo rojo, su edad y su expresión, como si estuviera esperando la ayuda de alguien, le dieron la seguridad de que había dado en el clavo.

Cuando aquella joven tan preciosa y de aspecto frágil lo vio a unos metros de ella, abrió los ojos como platos. Jared sabía que nadie podría negar el parecido entre los miembros de la familia Stone. Will y él se parecían a su padre, aunque Will era más delgado. Jared sonrió, pero al ir a saludar a la mujer lo interrumpieron dos señoras mayores que le bloquearon el paso con sus maletas mientras agitaban la mano hacia la salida. Jared fue a ayudar a las hermanas Bailey, viejas amigas de sus abuelos, que se habían mudado a Havre hacía unos años.

–Eres igual que tu abuelo –le dijo una de ellas–. Reconocería ese mentón de los Stone en cualquier parte.

–¿Están buscando a alguien? –les preguntó Jared, deseoso de poder verse libre para recibir a su invitada propiamente.

–Allí está el señor Perkins –le dijo una hermana a la otra–. Ha venido a recogernos, pero no creo que nos haya visto aún.

–Creo que el portero viene a recogerles las maletas –dijo Jared–. De modo que quédense donde están.

–Gracias, querido –le dijo la más alta–. Por favor, felicita las Navidades a tu madre de nuestra parte.

–Sí, señora –contestó mientras se tocaba el sombrero texano momentos antes de darse la vuelta hacia la belleza de cabello negro.

Pero a ver que la mujer del abrigo rojo había volado Jared se asustó enseguida. Él no era un hombre que se asustara con facilidad, pero desde luego no quería perder a aquella invitada tan especial para su hermano.

Jared se abrió paso entre la muchedumbre cada vez más escasa y vio a la mujer del abrigo rojo sentada en un banco junto a la pared con un rebujo de mantas sobre el regazo. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, sobre la pared, casi como si se hubiera resignado a descansar allí durante mucho tiempo. Agarraba el rebujo que tenía en sus brazos como si fuera su posesión más preciada.

Aquella vez empezó llamándola por su nombre.

–¿Melanie Briggs? –como la mujer no se inmutó, lo dijo en voz alta–. ¡Melanie! –repitió, satisfecho al ver que ella alzaba la cabeza y lo miraba a los ojos.

Sonrió, aunque en ese momento sintiera como si le hubiera caído encima un relámpago, allí en plena estación. Cuando ella lo saludó volvió a recrearse en lo guapa que era. Jared terminó entonces de salvar la distancia que los separaba.

–Usted es Melanie Briggs, espero –le dijo.

–Sí. ¿Y usted es Jared Stone?

–Eso es.

–Me alegro de verlo.

–Lo mismo digo.

Jared deseó haberse llevado algún almohadón. La mujer parecía lo bastante cansada como para dormir todo el trayecto de regreso al rancho.

–Lo he visto hace un momento –le dijo con su voz baja y suave–. Pero como se entretuvo saludando a esas señoras mayores, pensé que me habría equivocado de persona.

–Me parezco demasiado a mi hermano como para poder engañar a nadie –dijo Jared, preguntándose por qué tendría ganas de levantarla en brazos para llevarla hasta el coche.

–Will me dijo que lo reconocería en cuanto lo viera, pero no lo creí.

–Vamos –fue a recoger la maleta grande que estaba a los pies de Melanie–. Salgamos de aquí.

–Me encantaría –dijo mientras se colocaba mejor el rebujo que tenía en brazos.

Fue entonces cuando él se asomó a mirar y vio la carita rosada de un bebé dormido. El corazón dejó de latirle unos segundos, lo suficiente como para asustarlo, y se quedó mirando al bebé que la invitada de su hermano llevaba en brazos.

–¿Will no le dijo que tenía una hija?

–No –Jared levantó la vista–. La conexión telefónica no era buena; además se cortó de pronto.

–Me dijo que no pasaría nada, que a nadie lo importunaría.

–A nadie lo va a importunar –le respondió, maldiciendo en silencio a su hermano por no haberlo avisado.

Melanie se puso de pie, pero el bebé ni se movió.

–El asiento para el automóvil de bebé también es mío –dijo la mujer, de modo que Jared se hizo también cargo de ello.

Mientras conducía a la mujer hacia la salida se iba diciendo que aquel bebé no era de Will. Era imposible que su hermano le hubiera ocultado a la familia algo tan importante durante tanto tiempo. Además, si fuera hijo de Will, Melanie Briggs ya sería señora de Stone y estaría viviendo en el rancho Graystone.

–La maleta tiene ruedas –le dijo Melanie–. Puede agarrarla del asa y…

–Así es más rápido –contestó con la maleta y el asiento del bebé en la mano–. Vaya hacia la puerta. Yo voy detrás.

Estaba lo bastante cerca para rozarle la melena negra con los dedos; claro que no lo hizo. Will le había dicho que aquella mujer era especial. Esa mujer era de Will y debía ser, ante todo, protegida. Aunque fuera una extraña con un bebé.

Su madre iba a ponerse la mar de contenta. Hacía años que quería tener nietos, desde que sus hijos habían sido lo suficiente mayores para casarse y llevar novias al rancho. Pero hasta el momento no había habido ninguna. Los varones Stone no parecían inclinados a sentar la cabeza.

Melanie se paró delante de la puerta y se afanó en colocar mejor las mantillas que cubrían al bebé, y Jared se adelantó para abrirle la puerta. Al salir el viento frío los golpeó con fuerza, y Melanie se echó sobre el bebé, totalmente ajena al detalle de que Jared le había echado el brazo por los hombros de camino al aparcamiento. Cuando dieron la vuelta al edificio el viento amainó un poco, y él le retiró el brazo de la espalda.

–Así que esto es Havre –dijo, mirando al otro lado de las vías hacia un restaurante conocido por vender comida a los viajeros que continuarían hacia el oeste después de una parada en el norte de Montana.

–¿Quieres que demos una vuelta por la ciudad?

Ella se estremeció.

–Otro día.

–Entonces, marchémonos –dijo Jared mientras cruzaban de nuevo la calle, colocándole otra vez la mano sobre la espalda.

Le pareció menuda y delicada, como si el viento del norte pudiera levantarla y llevarla hasta Wyoming de no tener a un niño de mantilla en brazos. ¿Por qué habría Will invitado a esa mujer y a su bebé a Graystone? Su hermano tendría que responder a muchas preguntas.

Melanie decidió que cualquiera que los viera se daría cuenta enseguida de que eran hermanos. Will y su hermano mayor compartían los mismos hombros anchos, el mismo cabello negro, idéntico mentón fuerte y el color de la piel. Will tenía los ojos marrones, y no esa tonalidad oscura de verde tan poco habitual de Jared. También tenía la cara más estrecha y su expresióin parecía más relajada, aunque ambos hermanos caminaban por la vida con la misma seguridad en sí mismos.

Cuando llegaron a la furgoneta de Jared, este las ayudó a acomodarse en el amplio asiento del pasajero, y después fue al otro lado para ver cómo podía instalar el asiento del bebé en el asiento trasero.

–Es un viaje largo –fue todo lo que dijo el hombre–. ¿Quiere sentarla antes de que nos pongamos en camino?

–Sí. Muchas gracias.

Al instante estaba junto a su puerta para ayudarla a bajar. Melanie ajustó los cinturones al cuerpo diminuto de su hija, mientras pensaba con alivio la suerte que tenía de que Beth siempre se durmiera en el coche.

–¿Listas?

–Sí –contestó Melanie.

El sábado por la tarde, cuando Will la había ayudado a subir al tren, le había prometido que todo se arreglaría, que debía dejar de preocuparse, que todo iría bien.

–Imagino que es la primera vez que viene a Montana –le dijo en tono cortés mientras ponía el vehículo en marcha y salía del aparcamiento.

–Sí, es la primera vez. Will me advirtió que haría frío.

También que allí tendría discreción. Limpió el vaho de la ventanilla y vio algo de Havre antes de que Jared se incorporara a la autopista. Pero no había mucho que ver, aparte de campos nevados y alguna casa de vez en cuando. Se desabrochó el cinturón para ver si Beth respiraba bien. Efectivamente, la niña dormía tan tranquila, con los labios fruncidos como si estuviera soñando con el biberón.

–¿Qué más le dijo?

–Que a su madre le gusta la Navidad.

Le había dicho que podría esconderse; curar sus heridas, y fingir que el agujero negro en el que se había convertido su vida era invisible.

Él se echó a reír.

–¿Gustarle la Navidad? Eso es decir poco. Nuestra madre es una mezcla de Santa Claus, Martha Stewart y Bing Crosby.

–¿Por qué Bing Crosby?

–Porque se pone el CD de Bing Crosby y canta mientras cocina. En este momento está decorando la habitación de invitados para usted.

–No quiero ser una molestia.

Le había prometido a Will que su visita no incomodaría a su familia.

–No se preocupe. Desde que compramos la antena satélite se lo pasa pipa. Mamá descubrió unos canales de decoración y diseño, y desde entonces no ha parado de decorar la casa –dijo en tono divertido y afectuoso.

–Siento que Will no les dijera que venía con un bebé. Sencillamente asumí que habría dicho algo antes de invitarnos.

–Mi madre está acostumbrada a las sorpresas de Will –presionó el botón para desempañar la luneta trasera y pisó el acelerador para adelantar a un camión.

Melanie apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana y cerró los ojos un momento. Sería tan fácil dormirse. Pero para ser cortés decidió que debía permanecer despierta. Miró el reloj. Las cuatro de la tarde, y ya estaba oscureciendo. Hacía más de veinticuatro horas que Beth y ella habían tomado el tren en la estación de Chicago. A su prima Dylan le daría un infarto, pero tendría que entender que no estaba lista para pasar la Navidad en familia. Aún no.

–El viaje durará unas dos horas y media –dijo Jared tras unos minutos de silencio–. Tal vez más, porque seguiré por la autopista y después tomaré la carretera 200 en Great Falls.

–De acuerdo –respondió, sin saber de lo que le estaba hablando.

–Nos pararemos a tomar café y, bueno, lo que necesite para el bebé –se volvió un momento a mirarla, y a Melanie le sorprendió ver lo serio que estaba–. ¿Cree que va bien ahí?

–Está dormida –le aseguró–. Le gusta viajar.

–Qué bien –murmuró él–. ¿Ve el cielo? Va a nevar, y muy pronto.

Melanie miró por la ventanilla y estiró el cuello para ver unos nubarrones que se acercaban.

–No nos quedaremos aquí atascados ¿verdad?

–No, llegaremos a casa a la hora de la cena. A no ser que quiera parar a que comamos algo en ruta. Debería haberle preguntado si tiene hambre.

–Estoy bien –respondió, aunque hacía horas que había desayunado.

Beth se había pasado la tarde lloriqueando, y ella no había tenido tiempo de tomarse el sándwich que otro viajero le había comprado en el vagón-restaurante.

–Si cambia de opinión, dígamelo –encendió la radio y se oyó la voz de una mujer interpretando una canción de amor; Jared la quitó inmediatamente–. Lo siento. Había olvidado que el bebé está durmiendo. ¿Cómo se llama?

–Beth. Y la música no la molesta.

Jenna miró su reloj de pulsera y después al reloj de la cocina sobre el frigorífico. Jared y la invitada deberían haber llegado ya. No le entraban ganas de engomar más pedazos de papel pintado cuando se anunciaba otra tormenta y ninguno de sus hijos estaba a salvo en casa.

–No les pasa nada. No hay nadie más seguro en este mundo que Jared –dijo el tío Joe, que en ese momento accedía a la amplia cocina para servirse una taza de café; hizo una pausa antes de colocar la cafetera en su sitio–. ¿Quieres un poco, cariño?

–No, gracias. Ya estoy bastante nerviosa.

Pero sonrió al tío Joe. Era el último miembro que le quedaba de su parte de la familia. A sus ochenta y dos años, el tío Joe estaba orgulloso de su longevidad y de su habilidad para los juegos de cartas. Había llegado la semana antes del Día de Acción de Gracias y, diciendo que se sentía solo, se había mudado a la enorme casa del rancho «hasta Año Nuevo», según había dicho él.

–No hay razón para estar nerviosa, cariño. La Navidad en el rancho siempre es una ocasión muy especial, gracias a ti –el tío Joe sacó una silla y se sentó a la larga mesa de cocina que llevaba ya más de cuatro generaciones en Graystone–. Y Will solo lleva seis semanas en Washington. Es imposible que en tan poco tiempo se haya puesto a salir en serio con ninguna joven.

–No lo sé –respondió Jenna mientras se preparaba una infusión de hierbas–. Mis hijos tienen el corazón grande, aunque Jared intente ocultarlo más que Will. Y desde luego a mí no me importaría en absoluto tener una nuera. Casi estaba a punto de perder la esperanza de tener la compañía de una mujer en el rancho.

–¿Y Bitty no cuenta? –el viejo le echó una sonrisa pícara.

–La tía Bitty es distinta.

–¿Dónde está la vieja bruja?

–Tío Joe… –empezó a decir en tono de reproche, deseosa de que fuera amable con la tía de su marido.

–Lo sé, lo sé –levantó una mano nudosa como para defenderse de sus palabras–. Es una pariente política y no se puede hacer nada. No me importa que escuche la radio, pero esa rata suya que no deja de ladrar me resulta insoportable.

Jenna no pudo ocultar una sonrisa. La «rata» que no dejaba de ladrar era el viejo perro de Bitty, un animal de dieciocho kilos que siempre andaba junto a su ama.

–Fluffy no ladra tanto –comentó Jenna.

Miró de nuevo el reloj mientras pensaba que debería haberle dicho a Jared que la llamara desde Havre. Su hijo mayor no era muy partidario de los teléfonos móviles; a regañadientes llevaba uno en la guantera de su furgoneta, pero raramente lo utilizaba.

–Nos tienes muy mimados a todos, Jenn –declaró mientras daba otro sorbo de café–. Igual que mimarás demasiado a la chica de Will en cuanto llegue. ¿Has terminado la pintura?

–Ayer.

Esperaba que a Melanie Briggs le gustara el lila.

–Y la cena huele a gloria.

–Sí –dijo mientras retiraba el hervidor de la lumbre–. Preparé un asado hace unas horas, para tener la cena lista cuando lleguen.

–Piensas en todo –declaró el viejo sonriéndole; entonces sacó una baraja de cartas del bolsillo de su camisa–. ¿Quieres jugar una partida, para que pase más rápido el tiempo?

–Claro.

Entre las cartas de Joe, la radio de Bitty y Fluffy pidiéndole caprichos constantemente, Jenna esperaba no tener tiempo para preocuparse tanto por sus hijos.

Capítulo Dos

¿Y qué pasaba si era una de las mujeres más bellas que había visto en su vida? Sí, en el pasado había estado con algunas reinas del rodeo, y también recordaba aquel verano de hacía siete años, cuando había salido con la candidata a Miss Montana. Pero Melanie tenía una suavidad que lo urgía a estar cerca de ella, aunque sabía de sobra que su obligación era precisamente lo contrario. Después de todo, era su hermano el que la había invitado al rancho, el que sin duda estaría colado por ella.

Y la chica tenía un bebé, lo cual significaba que había un ex marido, o un ex amante por alguna parte para complicar las cosas. Melanie Briggs llevaba más equipaje de lo que parecía a simple vista, y esperaba que su hermano pequeño supiera dónde se estaba metiendo.

Echó un vistazo hacia la parte de atrás y vio que tenía los ojos cerrados. Sabía que si empezaba a charlar, ella se incorporaría y tomaría parte, solo por educación. Ya habría tiempo suficiente al día siguiente para preguntar, aunque no le haría las preguntas a ella, de eso estaba bien seguro. El avión de Will tenía prevista su llegada a las 5:38, y habría tiempo suficiente durante el trayecto a casa para averiguar qué estaba pasando.

Pasados unos cuarenta y cinco kilómetros, Jared la despertó.

–¿Le apetece un café o algo?

Aminoró la velocidad y tomó la salida que llevaba directamente a una cafetería muy grande. Nevaba, pero no con demasiada fuerza; claro que todavía les quedaba una hora para llegar a casa.

–Si va a tomarlo usted –dijo Melanie, que parecía contenta de poder parar un rato.

Al oír la voz de su madre, el bebé empezó a gimotear.

–¿Quiere venir o prefiere esperar aquí y se lo traigo? –aparcó el vehículo junto a la entrada del café.

–Iré con usted. Beth está empezando a cansarse –se desabrochó el cinturón y se volvió a ver a la niña; en ese momento la pequeña empezó a llorar, claramente incómoda por algo.

–¿Qué tiene que hacer?

–Cambiarla, alimentarla y hablar un poco con ella.

Lo decía como si fuera lo más sencillo del mundo, pero Jared sabía que cuidar bien de un bebé no era tan fácil. Había cuidado a suficientes terneros enfermos para saber que los bebés eran criaturas muy exigentes.

Antes de poder ofrecerle su ayuda, Melanie abrió la puerta y salió del coche; entonces corrió su asiento hacia delante para poder acceder al de atrás sin abrir la puerta. Una ráfaga de aire helado entró en la camioneta, pero Jared salió y se aseguró de que las dos puertas estuvieran cerradas para que el bebé no se enfriara.

Después de arropar a la niña hasta la cabeza, Jared tomó en brazos el rebujo de mantas para dejar que la madre bajara del coche cómodamente. Echó a andar hacia la puerta de la cafetería; no había necesidad de permanecer fuera ni un segundo más de lo necesario; además no quería arriesgarse a pasarle el bebé a su madre y que se le pudiera caer al suelo al hacerlo.

Enseguida accedieron al calor de una sala bien iluminada, con reservados naranjas, sillas de metal y mesas de formica. Una fila de taburetes negros rodeaba la barra, y una camarera de aspecto cansado les indicó que se sentaran donde les apeteciera.

–Démela si quiere –le dijo Melanie–. No se lo tome a mal; pero no le gusta tener el pañal mojado.

–Ah.

Observó a Melanie, que apartó las mantas con suavidad y después empezó a hacerle carantoñas al bebé.

–Enseguida te sentirás mejor, cariño. Te lo prometo. ¿Puede sujetarme las mantas? –le pasó las mantas a Jared y se apoyó en el hombro a la niña lastimera–. Ahora mismo vuelvo.

Fue al servicio de señoras, dejando a Jared allí de pie, con las mantas en la mano, mientras tres hombres más mayores que estaban sentados en una mesa cercana lo miraban con lástima. Él se encogió de hombros, se echó las mantas al hombro y fue hacia el reservado del rincón.

–¿Café? –le ofreció la camarera con la cafetera en la mano.

–Por favor –se sentó y dejó las mantas en el asiento junto a él.

–¿Y su esposa?

–No es… Puede servirle un poco también.

–Llámeme cuando quiera que le tome nota.

Sacó un par de vasos de plástico del bolsillo del mandil y los puso sobre la mesa.

Tenía un hambre de lobo, pero decidió esperar a que Melanie volviera para comer algo. En cuanto se sentara en el asiento frente a él, a lo mejor podría averiguar algo de lo que estaba pasando entre Will y ella.