Ecociudadanía - Dolores Limón-Domínguez - E-Book

Ecociudadanía E-Book

Dolores Limón-Domínguez

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Beschreibung

EL PLANETA NO PUEDE ESPERAR. Esta obra busca el interés y la complicidad de docentes, estudiantes y ciudadanía comprometida con el bienestar ambiental. La consecución de los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) son una necesidad urgente en nuestro planeta. Necesitamos un compromiso ético, un análisis de nuestra realidad que nos acerque a tomar iniciativas con las que mejorar nuestras condiciones ambientales. La participación ciudadana en la toma de decisiones, la resolución de conflictos ambientales y la dignificación de todas y cada una de las personas en nuestro planeta nos compromete con una democracia ambiental que asegure una justicia social que ponga en valor el reparto equitativo de recursos culturales, tecnológicos, económicos y vitales. Por otro lado, puede ser una herramienta para propiciar una formación desde prácticas que dinamicen y evalúen estrategias de concienciación y cooperación, que potencie una acción comunitaria que favorezca la implantación de los objetivos para un desarrollo sostenible. Tienes en tus manos una invitación a consolidar una ecociudadanía activa y dinámica que sea protagonista de una mayor calidad ambiental.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Colección Universidad

Título original: Ecociudadanía. Retos de la educación ambiental ante los objetivos de desarrollo sostenible

Primera edición: octubre de 2019

© Dolores Limón-Domínguez (dir.)

© De esta edición: Ediciones OCTAEDRO, S.L. C/ Bailén, 5 – 08010 Barcelona Tel.: 93 246 40 02http: www.octaedro.com e-mail: [email protected]

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ISBN (papel): 978-84-17667-76-4

ISBN (epub): 978-84-18083-05-1

Diseño y producción: Ediciones Octaedro

Maquetación: Fotocomposició gama, sl

Sumario

Prólogo

JOSÉ ANTONIO CARIDE

Introducción

DOLORES LIMÓN-DOMÍNGUEZ

1. Una ciudadanía activa para conseguir el desarrollo de los objetivos de desarrollo sostenible

DOLORES LIMÓN-DOMÍNGUEZ, JORGE RUIZ-MORALES, CRISTÓBAL TORRES FERNÁNDEZ

2. Ética ambiental y ética de cuidado: una base democrática para los objetivos de desarrollo sostenible

DOLORES LIMÓN DOMÍNGUEZ, LUCÍA ALCÁNTARA RUBIO

3. Educación ambiental: investigación y procesos participativos

ROCÍO VALDERRAMA-HERNÁNDEZ, JORGE RUIZ-MORALES

4. Educación ambiental y género, un desafío hacia la sostenibilidad

CARMEN SOLÍS-ESPALLARGAS

5. Ecociudadanía y desarrollo humano: la construcción de un modelo de turismo local sostenible

MANUELA PABÓN-FIGUERAS, MIGUEL ÁNGEL PINO-MEJÍAS

6. Un diálogo urgente entre el ser y otras economías

MAR LUGO-MUÑOZ, DOLORES LIMÓN-DOMÍNGUEZ

7. Participación escolar: el papel docente desde la participación para una educación de calidad

MERCEDES RUBIO JUÁREZ, ROCÍO VALDERRAMA-HERNÁNDEZ, LUCÍA ALCÁNTARA RUBIO

8. Evaluación en educación ambiental y los objetivos de desarrollo sostenible

JUAN CARLOS TÓJAR HURTADO, LETICIA C. VELASCO MARTÍNEZ

9. Desarrollo humano local y acción comunitaria: experiencias que promueven la sostenibilidad del territorio

NOELIA MELERO AGUILAR

10. Buenas prácticas de sostenibilidad comunitaria y participación ciudadana en la recuperación del río Guadaíra

MANUELA PABÓN-FIGUERAS, MIGUEL ÁNGEL PINO-MEJÍAS

11. Las tecnologías de la información y comunicación: vías de accesibilidad y desarrollo sostenible

MARÍA DOLORES DÍAZ-NOGUERA, CARLOS HERVÁS-GÓMEZ, CRISTÓBAL TORRES FERNÁNDEZ, GLORIA LUISA MORALES-PÉREZ

Prólogo

JOSÉ ANTONIO CARIDE

Premio Sarmiento 2019 Universidad de Santiago de Compostela

Lento, pero viene,

el futuro se acerca

despacio, pero viene

lento, pero viene.

MARIO BENEDETTI

El desafío de vivir con dignidad en todo tiempo y lugar. Esta es, o debería ser, la tarea que ilumine cotidianamente cualquier desarrollo que se declare sostenible: sin fronteras, cerca o lejos, dándonos la oportunidad de abrazar a la humanidad, humanizándonos. Un propósito elogiable, al que nada –o muy poco– de lo que se plantea y dispone en nombre de la educación le resulta ajeno. No lo fue en el pasado, por mucho que sus circunstancias deparasen modos de educar indiferentes a lo que, individual y colectivamente, necesitamos. No podrán serlo en el futuro si en verdad aspiramos a ser congruentes con formas de pensar, actuar y desarrollarnos que sean estimables ecológica y socialmente.

Lo proclamamos y, aunque menos de lo que sería deseable, reivindicamos desde hace décadas, poniendo énfasis en la urgencia de construir respuestas alternativas a las complicadas –y siempre complejas– realidades locales y globales del mundo desorientado y desbocado que habitamos. En sus escenarios, entre lo ideal y lo material, la civilización y la barbarie comparten el mismo relato. No hay crisis que, para bien o para mal, esté al margen de los itinerarios que han ido trazando o recorriendo con el afán, siempre inconcluso, de reconciliarnos con la Naturaleza y la vida en toda su diversidad; o, si se prefiere, de ser más sin renunciar a lo mejor, llámese progreso, prosperidad, bienestar, calidad de vida o felicidad.

Cuando pronto sobrepasaremos los 8000 millones de personas poblando la Tierra, con la previsión de llegar en 2050 a los 10 000 millones, las cantidades importan. Más que nunca; pero también, por mucho que nos contraríen, lo que significan –ética y ambientalmente– sus magnitudes hoy, rebasando los límites de los ecosistemas que nos mantienen: entre la pobreza y la riqueza, la expansión y la extinción, el equilibrio y el caos. El uso y abuso de los recursos extraídos de la biosfera no solo no ha resuelto las desigualdades, sino que las ha incrementado y ha provocado impactos –huellas, en el sentido más primigenio del término– en el entorno, muchos de ellos sin vuelta atrás. Además de devastar el pasado y de poner en riesgo el presente, amenazan cualquier futuro.

Mencionamos extremos que se tocan, situándonos al borde del colapso: las disparidades dentro de los países, y entre ellos, han ido creciendo cada vez más; la población y la utilización de los bienes comunes está por encima de la capacidad de carga del planeta y, aun así, casi mil millones de personas perecen por causas relacionadas con la falta de alimentos; la temperatura media global ha subido casi un grado desde los primeros años del pasado siglo; hay más de 7000 especies en peligro de desaparición y más de 70 000 amenazadas; en 2020 nos aproximaremos a los 250 millones de migrantes internacionales y cerca de 800 lo serán dentro de su país, de los que un tercio son jóvenes, casi el 50 % mujeres y en torno a un 40 % de áreas rurales. Se espera que, a mediados de este siglo, dos tercios de la población mundial vivirá en ciudades con distintos tamaños e importancia. Los conflictos y las guerras están aumentando en número (un 125 % desde 2010) y en invisibilidad, por lo que se amplían e intensifican los conflictos entre grupos armados que no forman ni gobiernos ni estados. Estos son, entre otros, algunos de los «indicadores» que (de)muestran la fragilidad a la que estamos expuestos cada día y todos los días, de la cabeza a los pies.

Como podría suscribir Ludwig Wittgenstein, ya no bastan las palabras a las que acudimos desde hace siglos para leer e interpretar el mundo, con las que obligamos al lenguaje a romper sus propias reglas. Sucede, sin embargo, que ante su recomendación de callar ante lo que no se pueda hablar, lo preferible no es callarse, sino revelarse. Y rebelarse. Contra todo esto –como diría Manuel Rivas– hay que llenarse de razones y sensibilidades para denunciar, sin concesiones, que vivimos en tiempos de retrocesos, de sustracción de libertades, con destrozos ecológicos y humanos irreparables. Una encrucijada histórica –afirmábamos no hace mucho, tomando nota de las advertencias del filósofo coreano Byung-Chul Han– en la que se negocian los derechos de los sujetos como si fuesen objetos, y estos como meras mercancías, por lo que convertimos a los seres humanos en víctimas y verdugos de una productividad que no distingue entre el derecho y el deber, la existencia y la subsistencia, la experiencia y el experimento.

Frente a todo ello y a sus incómodas verdades, es tiempo de acción. Pero también de reflexión. De palabras que salgan al encuentro de las realidades, que vayan de las ideas a los hechos, de lo coyuntural a lo atemporal, de lo efímero a lo duradero. No tanto para que sean percibidas como dualidades inevitablemente confrontadas, sino más bien como ámbitos que dibujan las transiciones entre el desarrollo conocido y el que es posible, por necesario. Un desarrollo que comenzó concretándose en los ocho objetivos del milenio (ODM), reconociendo sin excusas que debía garantizarse su logro en 2015; un desarrollo que, invocando su sostenibilidad, comprometió a casi 200 líderes mundiales con una nueva agenda para la convivencia entre las personas, los pueblos y el planeta. En los que ahora identificamos como objetivos de desarrollo sostenible (ODS), tras aprobarse en la Cumbre de las Naciones Unidas la Agenda post-15, se admite en la redacción de su párrafo 50 que «tal vez seamos la primera generación que consiga poner fin a la pobreza, pero quizás también seamos la última que todavía tenga posibilidades de salvar el planeta. Si logramos nuestros objetivos, el mundo será un lugar mejor en 2030». De ser creíbles, aún estamos a tiempo.

Retornamos a las palabras para pensar y actuar en la «era del darse cuenta». Una expresión en la que inscriben sus aportes las autoras y los autores de esta obra, a cuya generosidad científica y académica debo el privilegio de escribir este prólogo, en el que la ecociudadanía, más allá de hacernos partícipes de los retos de la educación ambiental en la formación de una ciudadanía democrática, nos pide que prestemos atención al inexcusable compromiso que tenemos adquirido con la construcción de una sociedad sustentable, convergente –desde posicionamientos críticos y dialogantes– con los ODS. No de cualquier modo, sino como ya nos anticiparon iniciándose los años 2000 la profesora Dolores Limón-Domínguez y sus colaboradores Laura García Rebolo y Jorge Ruiz Morales, con las claves que aportan, en toda su complejidad, la perspectiva de género, la acción-intervención comunitaria local, el conocimiento fundamentado en la investigación y su transferencia a la sociedad, las tecnologías de la información y la comunicación, las prácticas docentes o la opción por un turismo local sostenible.

Palabras que convocan a la civitas y a la ciudadanía como uno de los mayores logros sociopolíticos de la civilización moderna, en el que cada persona y todas las personas se juegan y nos jugamos como sociedad su/nuestra verdadera razón de ser, con la apertura cognitiva y emocional que se requiere para repensar la condición humana y las consecuencias prácticas de sus/nuestras actuaciones en los ecosistemas a los que alude la biodiversidad.

Palabras que también convocan a la educación, a todas las educaciones: en el currículum y en las escuelas, en las ciudades y en los pueblos, siendo escolar y social. De un lado, para aceptar –sin ambigüedades– que precisamos nuevos enfoques, asegurando, tal y como se acordaba en el Foro Mundial sobre la Educación celebrado en Incheon (19-22 de mayo de 2015), que sea de calidad y fomentar el aprendizaje durante toda la vida, para todas las personas.

Se trata, por tanto, de cambiar la manera de concebir la educación y su función en el bienestar humano y el desarrollo mundial, promoviendo actitudes y comportamientos que construyan sociedades más justas, equitativas e inclusivas. Un quehacer pedagógico y social en el que la educación ambiental (EA) acredita una apreciable trayectoria histórica, con teorías y prácticas que han ido adquiriendo múltiples adherencias: éticas, cívicas y existenciales. Una EA que merece ser observada como un elemento nodal de la educación –según Lucie Sauvé– y no un simple accesorio, ya que las relaciones que establecen entre sí las personas comportan una revisión profunda de estas con la sociedad y con el ambiente que las envuelve. Refiriéndose a los contornos educativos de la sustentabilidad, Javier Reyes y Elba Castro,1 dos de los principales protagonistas en el quehacer investigador y formativo de la educación ambiental en México, insisten en que «el compromiso ambiental de la ciudadanía no se va a generar con una educación basada solo en la razón; resulta indispensable sacudir la esfera de las emociones, el placer creativo o el goce imaginativo, pero no vistos como entidades separadas, sino como componentes de una unidad indisoluble... La educación ambiental solo alcanzará un resultado trascendente si enfatiza su esfuerzo para que la ciudadanía comprenda de manera integral a la naturaleza y a la vida misma».

La escritura y lectura del texto que abren estas páginas nos ofrece una excelente ocasión para aprender y enseñar acerca de sus realidades en las coordenadas espaciotemporales del mundo finito que nos acoge. Gracias a quienes nos dan la posibilidad de transitar por sus paisajes, oteando un futuro más y mejor habitable. Aunque forme parte de los anhelos utópicos y las utopías sean inalcanzables, siempre servirán, al menos y como decía Eduardo Galeano, para caminar. La ecociudadanía nos sitúa, con este libro, en algunos de sus caminos.

1. Reyes, J.; Castro, E. (2011). «La praxis de la educación ambiental: dualidades en conflicto». En: Reyes, J.; Castro, E. (coords.). Contornos educativos de la sustentabilidad (pág. 386). Guadalajara-Jalisco: Universidad de Guadalajara.

Introducción

DOLORES LIMÓN-DOMÍNGUEZ

Universidad de Sevilla

Este libro pretende llamar la atención sobre unas señales que, como en los caminos, en la vida nos faciliten la visibilidad, la visión más clara de lo que es importante, urgente e imprescindible para tomar decisiones.

La finalidad de este trabajo puede ser la búsqueda de estrategias que nos ayude a ser más coherentes, más conscientes de participar desde nuestra cotidianidad, sobre todo para salvar nuestro planeta.

Al dejar de ser invisibles las tareas de cuidados, los compromisos ciudadanos que facilitan la convivencia general, dejamos atrás la resignación y otorgamos poder a las miradas, la presencia cómplice, corresponsable y generosa con «la persona» y nuestro planeta.

El recorrido que tratamos de realizar en estas páginas se nutre de un grupo de investigación, Educación de Personas Adultas y Desarrollo HUM596, que tengo el honor de dirigir, cuyas investigaciones y compromiso con los objetivos de desarrollo sostenible (en adelante ODS) nos llevan a ilusionarnos con el trabajo que presentamos.

La visión y apoyo necesario desde la educación superior anima la capacidad de impacto recogida en diferentes tesis doctorales que enriquecen los diferentes capítulos.

En este sentido, en los cuatro primeros capítulos, se enmarca una educación ambiental (en adelante EA) como materia de estudio en el contexto universitario, Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), generadora de corresponsabilidad, liderazgo social e interés por la transformación del medio. La EA, en su quehacer más general, se pone en marcha como forma de dar alternativas a la apatía y al desinterés de la ciudadanía.

Así, podemos afirmar que la insostenibilidad social y ambiental generada por la sociedad neoliberal actual, nos compromete a establecer una ética socioambiental desde la que emerjan nuevas herramientas para comprender y transformar la realidad (Collado, 2016). Necesitamos fundamentar una nueva forma de relacionarnos, de recibir afectos y cuidados; en definitiva, de abrir nuevas vías que mejoren nuestra calidad de vida.

Hay que buscar nuevos procesos participativos, como señalamos en distintos capítulos, que permitan desarrollar nuevas sinergias integrales y sistémicas de carácter glocal, entre la ciudadanía planetaria actual y futura (Caride, 2016, 2017). Tal como se explica más adelante, nos encontramos en la era de la corresponsabilidad del bien común, sostenido por mujeres y hombres en igualdad de responsabilidad.

En los capítulos quinto y sexto se abre una revisión necesaria ante una realidad económica: uno de los pilares económicos en nuestro país es el turismo, sin revisión en muchas ocasiones, y con unas consecuencias muy difíciles de reparar, de ahí el nacimiento de un problema socioambiental como la «turistificación». Podemos señalar que trae consigo la crisis ambiental y civilizatoria, donde las voces dominantes tratan de «vender la felicidad» a cualquier precio. El crecimiento económico sin límites pone en riesgo el medio natural y la estabilidad emocional del ser humano. Nos invita a sostener un diálogo urgente ante una economía que no tiene en cuenta a las personas, que invisibiliza a la ecociudadanía, al ser ecomunitario, y pone en riesgo el equilibrio planetario.

Invitamos con su lectura a una construcción ecociudadana, a través de modelos educativos fundamentados en el equilibrio entre lo ecológico, lo social, lo económico, lo político y lo cultural. La formación y el compromiso de los docentes es inestimable, los capítulos séptimo y octavo nos sitúan en una participación en la formación y evaluación de los procesos de enseñanza-aprendizaje, que ponen en valor el desarrollo de la autonomía personal, la creatividad social e incluso la dinamización de un pensamiento colectivo de nuestros estudiantes; en definitiva, consolidan una ciudadanía en presente.

Las experiencias en los capítulos noveno y décimo apoyan el desarrollo local desde la acción comunitaria y muestran cómo los procesos participativos pueden generar elementos interesantes y valiosos para el posterior crecimiento de los pueblos.

Creemos, por tanto, que la facilitación de espacios participativos en los centros escolares es condición necesaria para la promoción de la formación ciudadana que favorezca una educación de calidad y, por tanto, el desarrollo de una ciudadanía activa y comprometida.

La interconexión de los diferentes capítulos nos permite facilitar una noción de evaluación en educación ambiental, no solo para valorar los éxitos obtenidos por los programas educativos que se aplican, sino también para usarlos como un instrumento de desarrollo que puede mejorar la calidad y eficacia de este campo de la educación. A partir de determinados procesos evaluadores, hemos de prestar especial atención a las buenas prácticas participativas, como es el caso del movimiento reivindicativo del Guadaíra, que ha venido desarrollándose desde principios de los años ochenta; todo un aprendizaje de cómo han ido conformándose la cooperación, la corresponsabilidad y el desarrollo humano y local desde la participación.

Nuestro compromiso educativo nos lleva en el último capítulo a situar los procesos de enseñanza y aprendizaje en los momentos actuales buscando nuevos recursos educativos para la ciudadanía. La educación del siglo XXI reclama una acción formativa que potencie la creatividad y la búsqueda continuada del saber, así como su construcción y reconstrucción desde todos los ámbitos y áreas del ser humano.

Por tanto, iniciamos un recorrido por lecturas desde temáticas complementarias, necesaria para tejer redes. Los organismos del ámbito mundial buscan una sociedad integradora, inclusiva y solidaria, centrada en las personas. En este sentido, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) (2018) diseñó la Agenda 2030, a través de la cual todos los países persiguen conseguir las directrices económicas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), atendiendo, eso sí, al desarrollo sostenible y al incremento del papel de la ciudadanía a nivel mundial.

El reto para el siglo XXI, está ahí, en la construcción progresiva de una ecociudadanía glocal que haga realidad aquello que afirmó Joaquín Araujo (1996) en su libro XXI: el siglo de la ecología, nos jugamos mucho, el presente y el futuro, tal y como lo conocemos, será el siglo de la ecología o no será. Nuestro desafío es mejorarnos como especie, Homo sapiens-ecologicus, nuestros hijos e hijas, nietos y nietas nos lo agradecerán y reconocerán.

Confiemos en que la lectura de este texto, que es colectivo, sea de su interés y aprovechamiento.

1

Una ciudadanía activa para conseguir el desarrollo de los objetivos de desarrollo sostenible

DOLORES LIMÓN-DOMÍNGUEZ

Universidad de Sevilla, [email protected]

JORGE RUIZ-MORALES

Universidad de Sevilla, [email protected] Internacional de la Rioja, [email protected]

CRISTÓBAL TORRES FERNÁNDEZ

Universitat Internacional de València, [email protected]

1.1. Introducción: los retos de la sociedad

Uno de los retos en nuestra sociedad es la búsqueda de nuevos planteamientos educativos, sociales y culturales que sean capaces de favorecer una convivencia armónica donde todas las personas participen en la construcción conjunta de una mayor calidad de vida.

Lograr dar respuestas al gran desafío que representan los objetivos del desarrollo sostenible (ODS) es un sueño que nos ocupa y nos preocupa. Es una propuesta mundial obtenida del trabajo generado en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible Río+20 y concluyó con la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible (United Nations, 2015). Como eje central de este evento y esta agenda se encuentran los 17 objetivos de desarrollo sostenible (ODS) que abordan los principales desafíos de desarrollo para la humanidad, con planteamientos tan concretos como los de iniciar una convivencia donde se reconozca al otro, al vecino, como nuestro necesario aliado.

Conseguir una utopía viable pasa por reducir el consumo, aumentar la reutilización, generalizar el reciclaje y mejorar los niveles de autosuficiencia a escala local; en definitiva, poner en marcha nuestra creatividad social para que sea generadora de una transformación en el aquí y ahora.

La formación ciudadana dentro de la educación superior ha de contar con una participación directa (Limón y Ruiz-Morales, 2013), un compromiso de búsqueda de estrategias formativas que consoliden un análisis crítico de la realidad y, sobre todo, una toma de conciencia sobre la crisis social y ambiental actual, y la modificación de aspectos económicos, culturales y sociales, que desde una sociedad de consumo (Fernández Buey, 2004) ha ido produciendo bolsas de pobreza extrema y entornos vitales muy degradados. Tenemos el deber de buscar dentro de los objetivos para la sostenibilidad una educación de calidad, favorecedora de una democracia ética y comprometida con la justicia social.

La educación nos invita2 a situarnos en un compromiso ecológico y social desde donde potenciar una ecociudadanía que dinamice una ciudad cuidada, compartida, gestionada desde las necesidades y potencialidades de las personas y su entorno. Todos los asuntos públicos, han de ser tratados en pro del desarrollo humano, de todos los habitantes del planeta, mediante la satisfacción de sus necesidades, sin comprometer el equilibrio del planeta de las futuras generaciones.

1.2. Propuestas y estrategias para garantizar una ciudadanía democrática

El protagonismo para buscar alternativas de acción y mejoras, y, sobre todo, el compromiso para corresponsabilizarse por un cambio que mejore la cotidianidad. Necesitamos una democracia ambiental (Manzini y Beigues, 2000) que asegure un desarrollo humano: la formación de una ciudadanía que responda al cuidado y a la mejora de su hábitat. Este desarrollo que llamamos humano ha de encuadrarse en una revisión/disminución del nivel de consumo actual, ya que se corre el riesgo de olvidar los recursos finitos de nuestro planeta. La ciudadanía democrática ha de implicarse, por tanto, en una participación ética, dialógica e igualitaria que inexcusablemente tendrá consecuencias en mejoras ambientales. Se puede decir que la ecociudadanía exige un ejercicio activo de responsabilidades con el medio natural y social, y ha de reivindicar los derechos de una ciudadanía que se incorpore activamente en el proceso de toma de decisiones, que abra nuevos espacios en el que ejerza como protagonista de cambio.

La propuesta de análisis de nuestra sociedad nos invita a investigar y actuar para poder gestionar cambios. La dificultad de comunicación, el individualismo y la competitividad, fruto de un modelo económico insano para las relaciones humanas, nos apremian a tomar medidas de cambio y transformación. El medio social está tan degradado que se hace apremiante desarrollar estrategias de intervención social, pues sin actuar sobre las problemáticas sociales no podemos abordar las problemáticas ambientales. Los barrios, las aulas, las relaciones interpersonales han de desarrollar pautas de cuidados dentro de la formación de una ética ciudadana. Hablar de calidad de vida es también hablar de calidad ambiental.

Este libro trata de viajar desde reflexiones extraídas de revisiones académicas contrastadas con proyectos de cooperación nacional (barrios con vulnerabilidad socioeconómica) e internacional (en Marruecos, Senegal, Perú, Republica Dominicana y Cuba), a investigaciones refrendadas en tesis doctorales.

La búsqueda de nuevas propuestas metodológicas y de acción nos invita a abogar por una formación crítica del pensamiento que permita acercarnos a la realidad con un cuestionamiento de los valores imperantes para conseguir buscar, de forma autónoma, respuestas creativas viables que se traduzcan en la construcción de una nueva realidad alternativa a la ya existente.

Si queremos conseguir una ciudadanía activa, debemos comprometernos a producir nuevos conocimientos y nuevos métodos de investigación que nos permitan analizar, comprender y resolver los retos de la problemática cercana que siempre tienen repercusión en la globalidad desde los valores de la libertad y la autonomía.

1.3. Hacia nuevos planteamientos didácticos y metodológicos de las prácticas ciudadanas

Como venimos insistiendo, esta ciudadanía activa requiere una modificación de los planteamientos didácticos y metodológicos existentes en la educación, incluidos cambios y mejoras en los mismos, puesto que partimos de una realidad holística, con interacciones y necesidades comunicativas, donde nuestra visión dialógica de la educación ha de acercarse a la conformación de una nueva conciencia ecológica que nos comprometa con un desarrollo humano.

Surge, pues, el interrogante metodológico de cómo llevar a cabo estos cambios. La respuesta viene dada por proyectos participativos de construcción conjunta y, por tanto, proyectos de consenso que constituyen una apuesta clara por la democratización real en la formación de personas.

Estamos ante una nueva etapa de interrogantes, cuyas respuestas nos han de obligar a la resolución conjunta que parta por aceptar la complejidad y su inherente incertidumbre: lo certero, lo indiscutible, lo demostrado ha finalizado.

El pensamiento humano se desarrolla de forma creativa, cuestiona la realidad. El diálogo nunca concluye, forma parte de una discusión participativa continua. El concepto de democracia ha de ser entendido como proyecto de vida en todas sus vertientes, lejos de su mera significación únicamente como forma de gobierno (Peñalver, Borrego y Limón-Domínguez, 1994: 39).

Por eso unas prácticas ciudadanas que atiendan a todo lo anterior han de llevar, hasta sus últimas consecuencias esa nueva concepción del lugar y el sentido de la vida del hombre y de la mujer en el mundo de una forma más comprometida.

Para trabajar desde esta ciudadanía activa se ve pertinente organizar la vida cotidiana desde las comunidades, de tal forma que las personas puedan participar en la toma de decisiones de todos los aspectos que conforman su existencia: salud, deporte, educación, uso de los tiempos y de los espacios. En definitiva, hemos de generar procesos donde la ciudadanía construya su realidad en cooperación con los demás desde la responsabilidad.

1.4. Calidad de vida y sustentabilidad desde una perspectiva de género

La calidad de vida no solo se relaciona con asegurar el sustento a todas las personas del planeta, sino también la calidad del aire, del agua y de un hábitat no agresivo que facilite vivir en armonía con la naturaleza humana y natural.

El término sustentabilidad comienza a emplearse en la obra Estrategia mundial para la conservación... (Berkmuller, 1986), la cual contribuyó, entre otras cosas, a la inclusión del desarrollo económico y social en la conceptualización de la conservación de la naturaleza como condición indispensable para mitigar la pobreza y la miseria de millones de personas.

No disponemos de una revisión crítica de los modelos ni de una visión radical del entorno que, con profundidad y rigurosidad, se propongan analizar las estructuras socioeconómicas cuyo irracional funcionamiento está forzando el empleo, precisamente, de medidas excepcionales. Tanto el conocido como nuevo orden (económico) mundial como la democratización de las organizaciones internacionales han conducido a que el concepto de sustentabilidad sea empleado, incluso, por organismos como el Banco Mundial durante la última década, contribuyendo así a que el término sostenible pueda ser interpretado desde dos puntos de vistas muy diferentes: sustentabilidad ecológica y sustentabilidad económica.

Para la recuperación de modos de vida que nos devuelvan la esperanza para resolver los problemas actuales, han de ir en paralelo hombres y mujeres con la finalidad clara de cambiar el modelo de vida.

Lo que proponemos es rescatar el sentir femenino de las personas; es decir, si sabemos que la paz engendra paz y la violencia o el miedo generan aún más miedo, creemos que el sentir femenino nos aproxima a estereotipos de cuidados, que nos acercan a valores como la igualdad, la cooperación, la comprensión..., pero, sobre todo, a la generosidad y la justicia. No obstante, dicho sentir femenino no puede establecerse desde un principio hegemónico, sino desde una base dialógica y consensuada.

En definitiva, sostenemos que la identidad femenina incluye aspectos como protección, dignidad, autorrespeto, preocupación por el bienestar de los otros; y, en esa labor, las mujeres son capaces de asumir responsabilidades empleando un poder más sutil y cercano. Dicha dinámica de trabajo conforma un ejercitarse en la toma de decisiones desde la discusión y participación colectiva. Para ello, es vital incluir estas cualidades en la revisión del modelo de desarrollo actual.

Cuando hablamos de calidad de vida, por tanto, de calidad ambiental, hablamos de una ciudadanía democrática, comprometida con una legitimidad política desde la participación de todos, sin exclusión, con la legitimidad que procede del consenso como producto de un diálogo permanente.

1.5. La formación de una ecociudadanía autónoma

El gran reto de este siglo será afrontar los cambios económicos, sociales, culturales y ambientales originados por un modelo de desarrollo que nos ha dejado en una situación de crisis global. La revisión de los valores sobre los que se ha sustentado nuestra civilización es cada día más urgente.

Periódicamente se desarrollan manifestaciones en las que se reclaman acciones y medidas urgentes contra el cambio climático que constituyen nuevas formas de hacer frente a dichas situaciones de crisis. Sin embargo, lo más importante sería establecer nuevos modos de funcionamiento socioeconómico, desde una participación directa y colectiva; para ello no solo es necesario la existencia de una ciudadanía activa como estrategia adecuada para lograr salir de la situación actual, sino para establecer modos de vidas donde las crisis solamente estén motivadas por intentos de mejoras y cambios, no por el colapso del sistema económico.

Las acciones comunitarias han de tomar protagonismo social mediante la consolidación de redes sociales que vinculen lo común, lo colectivo, desde donde lo individual alcance su significatividad. Donde las emociones y afectos tamicen las relaciones entre las personas, independientemente del lugar o el rol que cada cual esté desempeñando.

La defensa de comunidades afectivas donde los seres humanos puedan expresar y vivenciar sus afectos sin temor a ser reprendidos crea las condiciones favorables para reconocer al otro como parte de uno mismo, reforzando con ello el sentimiento de comunidad y cuidado. En este sentido, los procesos participativos generarán una ciudadanía responsable que busque acuerdos comunes, tome decisiones compartidas y facilite la construcción colectiva de espacios de convivencias y de trabajo, donde cada persona se sienta como un ser único, autónomo, distinto, pero con capacidad para establecer objetivos comunes. Una ecociudadanía.

Mediante internet, las redes sociales nos permiten situarnos en tiempo real en cualquier lugar del mundo. Este potencial puede ser aprovechado por una ciudadanía activa y corresponsable para la búsqueda de soluciones y alternativas desde una creatividad social favorecida por un pensamiento colectivo.

En la actualidad existen movimientos de personas, como el movimiento slow, basado en la filosofía de la lentitud como oposición a un tipo de sociedad en la que impera la prisa, cuyo objetivo se ha convertido en uno de los más discutidos y compartidos por numerosas asociaciones, que no entran en el sistema por falta de medios o por convicción de propuestas alternativas más viables para el planeta: veganos y animalistas, entre otros; propuestas individuales, pero también colectivas (Fernández Aguinaco, 2014).

Los centros educativos que, tanto en nuestro país como en otros países, han adoptado un modo distinto de educar, como es el caso de las escuelas democráticas, comunidades de aprendizajes, empresarios y empresarias que entienden la economía de otro modo y han constituido las redes de economía social.

Por último, cabe señalar la implicación de millones de personas involucradas en asociaciones de todo tipo, en organizaciones no gubernamentales, cuyo fin principal es conseguir un mundo más justo.

Es preciso un análisis serio y riguroso sobre los valores de nuestra sociedad consumista para poder redefinirlos de manera que nos encaminemos hacia un estilo de vida más armónico y sustentable. Esto puede dar lugar a varios manuales y puede servir para que en las aulas de los centros educativos sea posible desarrollar procesos de aprendizaje donde los estudiantes puedan encontrar sus propias respuestas.

La escuela es el contexto adecuado para formar una ecociudadanía autónoma. A participar se aprende participando, pero para ello es necesario apostar ya por una forma distinta de organización escolar, una visibilización de las distintas aportaciones como valiosas, por un currículo democrático donde lo afectivo y relacional esté presente con todas sus consecuencias.

Hay que reconocer la ciudadanía democrática; es preciso alentarla, formarla y dar posibilidad a su expresión libre y autónomamente. Hay que prestar atención a las posibles redes sociales desde las cuales su expresión quede asegurada. Para favorecer dichas redes sociales hay que formarse en las tradiciones de participar, de buscar cómplices, de establecer cauces de comunicación lejos del academicismo, la competitividad y el individualismo educativo, fruto de la estratificación y la especialización excesiva.

Es preciso hablar de estilos nuevos de educación que rescaten la necesidad de trabajar en red, tomar medidas concretas, favorecer innovación educativa, donde la escuela, el barrio, el municipio, la comunidad se entiendan como tramas de contextos de enseñanza y aprendizaje dentro de redes comunitarias. Así nos aseguramos de llevar el análisis de la realidad a toda la ciudadanía, sin importar edad, sexo, categoría social, religión o lugar de procedencia.

Consideramos que ha llegado el momento de evidenciar la falta de funcionamiento democrático de nuestra sociedad y de nuestros centros educativos, donde nos hemos estancado en una democracia formal representativa que está dando lugar a que ciudadanos y ciudadanas no ejerzan su derecho al voto, ya que en numerosas ocasiones esto no es lo que va a determinar cómo vivir en su vida cotidiana.

1.6. La cooperación en la participación

El proceso progresivo de participación implica permitir a la ciudadanía tomar decisiones, favoreciendo, así, una mayor implicación en entender la realidad cercana, permitiendo ofrecer respuestas para realizar los cambios oportunos adaptados a cada realidad concreta.

La cooperación en problemas locales y globales puede tener un carácter colectivo compartido. Las hipotéticas soluciones de conflictos y problemas ambientales requieren una gestión colectiva. El ejercicio de la responsabilidad de cada persona puede fortalecer a cada uno de los componentes de la red ciudadana.

Numerosos autores han indagado sobre el binomio participación-cooperación. Cascante (2000), Mateos (2013) y Cabedo (2013) se han centrado en analizar experiencias enmarcadas en la educación, la universidad y la formación del profesorado, desde el punto de vista de la cooperación y la participación. Larrañaga (2011) ha realizado estudios sobre participación social, desarrollo humano local, cooperación y equidad de género; todos ellos en relación con esta temática.

Así pues, cuando la persona toma conciencia de poder participar, de gestionar iniciativas y resolver los problemas de forma autónoma, en relación con otros, independientemente de las instituciones, desarrolla un modo crítico de funcionamiento. Los principios clave que nos permiten establecer redes de cooperación pasan por identificar técnicas, competencias y habilidades necesarias para fortalecer un proceso participativo. De este modo estamos asegurando que dicho proceso avance con todas sus garantías, pues son numerosas las ocasiones en las que el fracaso está, y ha estado, motivado por el desconocimiento de las estrategias para desarrollarlo. En otras ocasiones, el fracaso tiene que ver con las decisiones tomadas por personas con responsabilidad (políticos, profesores, etc.), que, en vez de alentar estas medidas, son quienes ponen las barreras.

¿Cómo hemos de formarnos para consolidarnos como agentes autónomos? ¿Qué contextos han de crearse para que las personas tengan la oportunidad de elegir de una forma real? ¿Qué papel desempeña la cultura colectiva en la conformación de sujetos autónomos? ¿Por qué es preciso hablar de autonomía y cooperación en los procesos participativos?