Eisejuaz - Sara Gallardo - E-Book

Eisejuaz E-Book

Sara Gallardo

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Si un libro puede ser un rayo fulminante, un tsunami, un terremoto, eso es Eisejuaz. Leer esta novela es internarse en los impenetrables del lenguaje y salir al claro, gracias a la guía de Sara Gallardo, en estado de transformación.  Eisejuaz cuenta la historia de Lisandro Vega, un indígena mataco de nombre Eisejuaz en quien recaen, como en una tragedia griega, todos los males: la envidia de sus pares, la muerte de su compañera, la enfermedad, la pérdida de la cultura y la memoria de su pueblo, la explotación, la vergüenza. En su discurso, atravesado por el imaginario cristiano y la retórica misional tanto como por la cosmovisión de los pueblos originarios de la región chaqueña, los bichos del monte son mensajeros del Señor que traen buenos y malos augurios que se cumplen con la puntualidad de los sucesos míticos y la obscenidad de los procesos de extracción y expoliación. Tan desoladora como inmensamente sabia, Eisejuaz fue un punto de inflexión en la narrativa de Sara Gallardo. La publicó en 1971, dos años después de su viaje al Chaco salteño.  Hoy, ya convertida en clásico de la literatura argentina, resulta una lectura indispensable.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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EISEJUAZ

SARA GALLARDO

FIORDO

ÍNDICE

Sobre este libro

Sobre la autora

Otros títulos de Fiordo

El encuentro

Los trabajos

La pererinación

Agua Que Corre

Paqui

Las tentaciones

El desierto

La vuelta

Las coronas

SOBRE ESTE LIBRO

Si un libro puede ser un rayo fulminante, un tsunami, un terremoto, eso es Eisejuaz. Leer esta novela es internarse en los impenetrables del lenguaje y salir al claro, gracias a la guía de Sara Gallardo, en estado de transformación. 

Eisejuaz cuenta la historia de Lisandro Vega, un indígena mataco de nombre Eisejuaz en quien recaen, como en una tragedia griega, todos los males: la envidia de sus pares, la muerte de su compañera, la enfermedad, la pérdida de la cultura y la memoria de su pueblo, la explotación, la vergüenza. En su discurso, atravesado por el imaginario cristiano y la retórica misional tanto como por la cosmovisión de los pueblos originarios de la región chaqueña, los bichos del monte son mensajeros del Señor que traen buenos y malos augurios que se cumplen con la puntualidad de los sucesos míticos y la obscenidad de los procesos de extracción y expoliación.

Tan desoladora como inmensamente sabia, Eisejuaz fue un punto de inflexión en la narrativa de Sara Gallardo. La publicó en 1971, dos años después de su viaje al Chaco salteño.

Hoy, ya convertida en clásico de la literatura argentina, resulta una lectura indispensable.

SOBRE LA AUTORA

Nació en Buenos Aires en 1931. Nieta del célebre naturalista y ministro argentino Ángel Gallardo, bisnieta de Miguel Cané y tataranieta de Bartolomé Mitre, la amplia biblioteca de su casa familiar le abrió tempranamente las puertas de la literatura. Enero, su primera novela, apareció en 1958 y obtuvo excelente recepción crítica. Le siguieron Pantalones azules (1963) y la extraordinaria Los galgos, los galgos (1968), que la consagró ante el gran público y con la que ganó el Premio Municipal. Además de novelas, escribió literatura para niños y un libro de relatos (El país del humo, 1977). Fue también colaboradora de las revistas Primera Plana y Confirmado, entre otras, así como del diario La Nación. Eisejuaz (1971) la confirmó como una voz sin paralelo. En las últimas décadas gran parte de su obra se reeditó y comenzó a traducirse a otras lenguas. A fines de los años setenta dejó la Argentina y comenzó a trabajar como corresponsal en Europa. Murió en Buenos Aires en 1988.

OTROS TÍTULOS DE FIORDO

Ficción

El diván victoriano, Marghanita Laski

Hermano ciervo, Juan Pablo Roncone

Una confesión póstuma, Marcellus Emants

Desperdicios, Eugene Marten

La pelusa, Martín Arocena

El incendiario, Egon Hostovský

La portadora del cielo, Riikka Pelo

Hombres del ocaso, Anthony Powell

Unas pocas palabras, un pequeño refugio, Kenneth Bernard

Stoner, John Williams

Pantalones azules, Sara Gallardo

Contemplar el océano, Dominique Ané

Ártico, Mike Wilson

El lugar donde mueren los pájaros, Tomás Downey

El reloj de sol, Shirley Jackson

Once tipos de soledad, Richard Yates

El río en la noche, Joan Didion

Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates

Enero, Sara Gallardo

Mentirosos enamorados, Richard Yates

Fludd, Hilary Mantel

La sequía, J. G. Ballard

Ciencias ocultas, Mike Wilson

No se turbe vuestro corazón, Eduardo Belgrano Rawson

Sin paz, Richard Yates

Solo la noche, John Williams

El libro de los días, Michael Cunningham

La rosa en el viento, Sara Gallardo

Persecución, Joyce Carol Oates

Primera luz, Charles Baxter

Flores que se abren de noche, Tomás Downey

Jaulagrande, Guadalupe Faraj

Todo lo que hay dentro, Edwidge Danticat

Cardiff junto al mar, Joyce Carol Oates

Sobre mi hija, Kim Hye-jin

Todo el mundo sabe que tu madre es una bruja, Rivka Galchen

El mar vivo de los sueños en desvelo, Richard Flanagan

Un imperio de polvo, Francesca Manfredi

Dios duerme en la piedra, Mike Wilson

Yo sé lo que sé, Kathryn Scanlan

Historia de la enfermedad actual, Anna DeForest

Desolación, Julia Leigh

Soy toda oídos, Kim Hye-jin

Los galgos, los galgos, Sara Gallardo

La ficción del ahorro, Carmen M. Cáceres

Perturbaciones atmosféricas, Rivka Galchen

López López, Tomás Downey

Criatura, Amina Cain

Eisejuaz, Sara Gallardo

La biblioteca del censor de libros, Bothayna Al-Essa

Los Ecos, Evie Wyld

La región de la desemejanza, Rivka Galchen

No ficción

Visión y diferencia. Feminismo,

feminidad e historias del arte, Griselda Pollock

Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956, Ennio Flaiano

Páginas críticas. Formas de leer y

de narrar de Proust a Mad Men, Martín Schifino

Destruir la pintura, Louis Marin

Eros el dulce-amargo, Anne Carson

Los ríos perdidos de Londres y El sublime topográfico, Iain Sinclair

La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, Andrés Barba

La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, Al Alvarez

Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit

Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit

Nuestro universo. Una guía de astronomía, Jo Dunkley

El Dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, Al Alvarez

La mente ausente. La desaparición de la interioridad en el mito moderno del yo, Marilynne Robinson

Islas del abandono. La vida en los paisajes posthumanos, Cal Flyn

Un caballo en la noche. Sobre la escritura, Amina Cain

Correr hacia el peligro. Encuentros con un cuerpo de recuerdos, Sarah Polley

Cómo estar en soledad, Sara Maitland

Legua

Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate, Carmen M. Cáceres

El viento entre los pinos. Un ensayo acerca del camino del té, Malena Higashi

Escribir un vino. Relato de la gestación de un vino natural, Federico Levín

Lateral

La senda del solitario, O. Henry

El optimista, E. M. Delafield

ELOGIO DE EISEJUAZ

«Creo conocer bien la narrativa latinoamericana, no solamente la argentina, sobre todo en estos últimos años en que muchos escritores me envían sus libros. Por eso me siento seguro de lo que digo cuando afirmo que Eisejuaz es una empresa por completo diferente a todo lo que se escribe en nuestras tierras; diferente por la audacia de su idea central (que hubiera desanimado a tantos) y por la invención de una escritura perfectamente adecuada al relato. Empecé a leer el libro con esa inevitable distancia que ponemos frente a lo insólito y casi de inmediato pasé al otro lado, estuve en la trama misma y todavía no he podido salir de ella después de muchas semanas. No soy ingenuo en materia literaria, y el sentido crítico me estropea a veces lecturas que fascinan a otros. Con su libro, me ha ocurrido identificarme y padecerlo página a página. No puedo decirle más, pero quería que lo supiera».

Carta de Julio Cortázar a Sara Gallardo,

7 de septiembre de 1975

COPYRIGHT

Primera edición en Argentina por Sudamericana, 1971

Primera edición en Fiordo, julio de 2025

© Herederos de Sara Gallardo, 1971

© de esta edición, Fiordo, 2025

Paroissien 2050 (C1429CXD), Ciudad de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.fiordoeditorial.com.ar / www.fiordoeditorial.com.es

Dirección editorial: Julia Ariza y Salvador Cristofaro

Diseño de cubierta: Pablo Font

ISBN 978-631-6630-15-5 (libro impreso)

ISBN 978-631-6630-25-4 (libro electrónico)

Hecho el depósito que establece la ley 11.723

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

sin permiso escrito de la editorial.

Gallardo, Sara

Eisejuaz / Sara Gallardo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fiordo, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6630-25-4

1. Literatura Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A860

EL ENCUENTRO

Dije a aquel Paqui:

—Procurá no morirte. A la tarde te ayudaré.

Había llovido mucho por esos días y los camiones no podían entrar en el pueblo. Renegaban los camioneros a causa de la lluvia; renegaban, por tanta agua.

Yo no conocía a Paqui. Lo creí muerto, en el barro.

Pero me dijo:

—Algún día podés encontrarte como estoy yo.

Iba a mi casa, al otro lado del aserradero de don Pedro López Segura, donde fui motorista cuando tuve los sueños. Manejaba la caldera en aquel tiempo de los sueños, ya pasado. Iba a mi casa y pensé: «¿No será el que estoy esperando?».

Por eso volví atrás:

—Procurá no morirte. A la tarde te ayudaré.

Un camionero dijo entonces:

—Yerba mala nunca muere.

Él ni nada. Como muerto. Y semejante mugre.

Llegué a mi casa y dije al Señor. «Si es este, hacémelo saber». Tres, diez veces, veinte pedí: «Si este es, que yo lo sepa». Y nada no pasó. Ni paró la lluvia. Puse a cocinar el pescado, y nada. Tenía un trabajo urgente, hice mi trabajo. Fui a buscar a aquel Paqui.

Los camioneros estaban en el almacén de Gómez esperando que parara la lluvia. «Ahí va Vega». Otro: «¿Buscás un tesoro?». Nada no hablé. Llevaba una hamaca para envolverlo, porque no podía caminar.

—¿Estás vivo? Vine a ayudarte.

No contestó.

—¿Estás vivo? Vine, como te dije.

No contestó. Entonces pensé que me había equivocado, que no era el mandado por el Señor. «Mejor para mí —pensé—. Mejor». Iba a alegrarme. Pero vi que había abierto un ojo y que lo cerró. Entonces lo envolví en la hamaca y lo cargué en mi espalda.

Había mucho barro. Me caí. Aquel hombre se quejó. También me caí otra vez. También se quejó. Quedé lleno de barro entonces, con semejante mugre. Cuando pasamos por el almacén de Gómez los camioneros dijeron: «Ahí va Vega. Encontró su tesoro». Y a Paqui: «Vas en carroza, carroña».

Di una vuelta grande para no cruzar por el aserradero, llegué a mi casa, dejé a ese Paqui en un rincón, calenté la sopa de pescado, hablé al Señor. No supe con qué palabras, solamente le dije: «Aquí estoy, aquí estoy».

Llovió mucho esas noches, llovió esos días, ya no había ropa seca, nada no había.

El Paqui era un estropeado, un paralizado, un enfermo. Yo no sabía su nombre. Le saqué las ropas y las puse al lado del fuego. Me saqué las ropas y las puse al lado del fuego. Pero el agua entraba por la puerta.

Dijo:

—Algún día podés encontrarte como estoy yo.

Dije:

—Ya estuve sucio, ahora estoy desnudo. ¿Qué más querés?

Dijo:

—Todos ustedes son sucios y desnudos. Te podés quedar duro, y hacerte encima las suciedades; tener hambre y morder el bocado en la tierra. Y tener a las mujeres con el pensamiento. Es lo que te digo. Así podés quedar. Así quiero verte.

«Aquí estoy, aquí estoy». Di la sopa de pescado a aquel hombre y se quedó dormido en el rincón. Dormido, en aquel rincón.

Dije al Señor: «No dejes que me arrepienta».

Al otro día entraron los camiones en el aserradero. Traían cedro, quebracho, lapacho, palosanto, algarrobo, pacará, mora, palo amarillo, palo blanco, incienso. Cargaron las tablas y se fueron para Salta.

Había sol ese día, y Mauricia Suárez bajó con las otras a la canilla del agua. Yo estaba con mi botijo buscando agua. Y me habló:

—Las cosas van mal. ¿Cuándo vas a volver?

—No voy a volver, Mauricia, ya sabés. Decile a tu marido que se ocupe.

—Mi marido no sirve. ¿Cuándo vas a volver?

—Ya sabés que no puedo volver. Ya no voy a volver a ese campamento. Ya no vuelvo a esa misión.

—Se vamos a morir todos si no volvés.

Yo me tapé las orejas y me fui con el agua. Las mujeres se rieron. Por el camino dije al Señor: «¿Hasta cuándo tanta mala sangre? ¿Hasta cuándo?». Lo decía por los paisanos, tanta miseria, y por mí, tanto dolor.

Paqui siempre dormido en su rincón. Y tuve un pensamiento: «¿No he visto a este hombre en alguna parte?».

Yo soy Eisejuaz, Este También, el comprado por el Señor, el del camino largo. Cuando he viajado en ómnibus a la ciudad de Orán he mirado y he dicho: «Aquí descansamos, aquí paramos». Allí mi padre, ese hombre bueno, allí mi madre, esa mujer animosa con el hijo de encargue, allí tantos kilómetros saliendo del Pilcomayo a pies hicimos por la palabra del misionero. Allí mis dos hermanos. Allí yo, Eisejuaz, Este También, el más fuerte de todos. Veo y digo: «Aquí se descansamos, aquí paramos». Los lugares no tenían nombre en aquel tiempo.

He visto esos lugares desde el ómnibus una vez, cuando fui a la ciudad de Orán a pedir el primer consejo, en aquel tiempo en que tuve los sueños. Pero llegó un día en que no fui a ninguna parte: ni a Orán, ni a Tartagal, ni a Salta, ni tampoco trabajé más en el aserradero. Hice la casa de paja colorada pasando las vías del tren, y esperé el momento que el Señor me anunció. Esperé al que me iban a mandar.

Paqui, en su rincón:

—¿Para qué me trajiste aquí, che, decime?

El fuego no había secado las ropas; le pasé un diario bajo del cuerpo y otro por encima. «¿No he visto a este hombre en alguna parte?».

—¿Qué podés mover? Las manos, las patas, decí: qué.

Se puso a gritar.

—No voy a vivir aquí, no voy a vivir aquí. Aquí no.

Le di la sopa y moví las ropas en el sol. Gritó:

—Salvaje. No sabés quién soy.

Colgué las ropas en el viento y me fui al pueblo.

En la puerta del hotel, doña Eulalia. Ingrato, me dijo. Yo la saludé.

—Ayer cumpliste años. ¿Te acordaste?

Yo no me había acordado.

—Quince cumplías el día que te tomé en el hotel. Treinta y cinco has cumplido ayer. El tiempo pasa.

—No se cumplimos años los que nacemos en el monte, señora.

Dijo:

—No hay que ser agreste, hijo, hay que agradecer.

Supe en esa hora que sí era Paqui aquel que me mandaba el Señor, aquel que había esperado, y que podía tratarlo como mío. Dije:

—En ese tiempo empezaba el segundo tramo de mi camino, señora. Hoy empezó el último.

Doña Eulalia me llamó incorregible.

—Siempre estás alto como la puerta, ancho como un caballo, pobre Lisandro. El tiempo pasa. Ya me ves viejita y pesada. Pero San José castísimo no abandona a sus corderos.

Yo le dije hasta luego señora. Doña Eulalia: si trabajaba de nuevo en el aserradero, si era motorista otra vez, si hacía otro trabajo. «No, ya no». «Es feo ser haragán, Lisandro. Has sido buen trabajador». Pero yo seguí mi camino, y cuando estuve solo dije al Señor: «Era el que me mandabas; aquel que me anunciaste. Bueno. Cumpliré. Bueno».

Caminé hacia el río por dentro del monte para no encontrar gente ni camiones, y levanté los brazos. Y saludé al río porque es hermano del Pilcomayo, y la tristeza me echó al suelo. Dije al Señor: «¿De dónde lo sacaste así, tan malo?». Por Paqui lo decía. «¿Cómo lo pensaste así? ¿No pudo ser de otro modo? ¿Por qué pensaste tu promesa de esta forma?».

Lloré: «¿No podía ser de otro modo?».

Me golpeé la frente y grité:

—¿No podía ser de otro modo?

El Señor brilló sobre el río pero no me habló, movió el monte pero no me habló.

—Aquí está Eisejuaz, Este También, tu servidor, ¿y no le hablás? Ya empezó el último tramo de su camino, ¿y no le hablás? Pero Eisejuaz, Este También, fue comprado por tu mano. Y en el hotel, lavando las copas, oyó tu palabra.

Así lloré. El Señor movió el monte, y me sonrió.

Y me volví al pueblo sin secarme las lágrimas.

Los camiones pasaban para Salta llevando tablas. «¿Dónde dejaste la bicicleta, Vega?». Y levanté el brazo para decir adiós. «Empezó el tramo final», quería decir. Caminaba, y el barro me puso blancas las zapatillas.

Tanta mosca y tanto olor del Paqui saliendo por la puerta de mi casa. Y no era la puerta de mi casa, era la casa de los dos. Sin hablar quité los diarios sucios, le eché agua, lo sequé con pasto, con papeles, le di el cabo del pescado, el final, lo que quedaba del pescado. Y ya no quedó pescado. Gritó de nuevo:

—Aquí no voy a vivir, aquí no. Ni sabés quién soy.

Comí afuera de la casa una papa que tenía, pensando. Afuera de la casa, pensando: «Hay que trabajar ahora, Eisejuaz, hay que alimentar, hay que cuidar».

Me levanté:

—¿Cuál es tu nombre?

Cerró los ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

Se puso a gritar:

—¡No voy a vivir aquí! ¡Aquí no; aquí no voy a vivir; aquí no!

Busqué la hamaca, se la eché encima sucia como estaba, lo cargué en la espalda.

Lo dejé cerca del zanjón.

—¡Eh, ayudá, loco, ayuden, no me dejen morir!

Lo dejé allí, aunque llegaba la noche.

Vino Mauricia, y yo en la casa.

—Mauricia, ¿qué hacés aquí?

—Ya sabés, vos. Ya sabés qué hago aquí.

Como su hermana, para turbar el corazón. Linda, para turbar el corazón.

—Andate, che, tu marido te va a matar.

—¿Dijiste alguna vez: tu marido te va a matar? El reverendo quiere que vayas. Él me manda.

—No te manda, che, andate. No tengo dos palabras.

Se echó al suelo como hacía antes, igual que antes. Yo salí afuera de la casa. Le dije:

—Andate.

Ella me quiso arañar la cara. Le dije:

—Ya empezó el último tramo de mi camino. Ese que esperaba ya llegó.

Ella:

—Un día te pesará lo que me has hecho.

Tenía la cara de su hermana, y yo quedé con el corazón turbado, porque su hermana fue mi mujer y fue mi compañera y tuvo más conocimiento de todas las cosas. Pero eso también terminó. Y Mauricia, esa muchacha linda, siempre nos envidió.

Cuando vino la noche bajé al zanjón. Me senté a escuchar qué hablaba solo aquel Paqui en aquel sitio, y hasta la medianoche lo escuché sin entender lo que decía. Fue mejor; solo maldades salían de su boca. Y después me vio, porque la luna había subido. Y gritó:

—¡Otra vez!

Nada no hablé.

—¡Tengo hambre! ¡Tengo frío!

Nada no dije. Lo miré y no hablé.

—Mátenme, entonces. Matame vos, que ni sabés quién soy.

—¿Cómo es tu nombre?

—Paqui es.

—¿Y qué es lo que vos querés?

—Morirme, eso quiero.

—Te mato ahora.

—¿Para qué? —Asustado—. No te sirvo de comida.

—No se comemos gente pero sabemos matar.

—No soy gente.

—Ya sé.

—Soy una carroña.

—Ya sé. ¿Y qué es lo que querés?

—¿Qué es lo que querés vos, así pegado a mí?

He hablado a Paqui en esa noche.

Dice Eisejuaz:

Yo le entregué mis manos al Señor, porque me habló una vez. Me habló otras veces, antes, pero usando sus mensajeros. Me habló con sus mensajeros en el Pilcomayo, cuando fui chico y anduve con las mujeres juntando los bichos del monte. Me habló con sus mensajeros en la misión, y el misionero me puso siete días en penitencia. Pero lavando las copas en el hotel me habló Él mismo. Tenía dieciséis años; recién casado estaba con mi mujer. El agua salía por el desagüe con su remolino. Y el Señor de pronto, en ese remolino. «Lisandro, Eisejuaz, tus manos son mías, dámelas». Yo dejé las copas. «Señor, ¿qué puedo hacer?». «Antes del último tramo te las pediré». «Ya te las doy, Señor. Son tuyas. Te las doy ya». El Señor se fue. Quedó el remolino con la espuma del jabón brillando. Gómez, el que tiene boliche, era mozo allí. Vio las copas sin secar, las secó y las llevó sin hablar. Siempre me tuvo miedo. Porque yo, Este También, Eisejuaz, sin ayuda arrastré la segunda viga desde el camión hasta el comedor. La viga segunda de quebracho, grande como cuatro hombres, yo solo, cuando hicieron la ampliación. La viga primera se puso hace treinta años, cinco peones de doña Eulalia la movieron. Por eso Gómez no dijo nada. Por la fuerza que tengo, y si alguno dice que fueron varios hombres los que movieron la viga, miente. Gómez nada habló. Yo salí del hotel. Pasé tres días sin hablar, sin mirar, sin comer. Mi mujer:

—¿Qué hay en tu cara que no conozco?

Fue al hotel. «Mi hombre está enfermo. No habla, no mira, no come». «Llevalo al médico». Yo no fui. No hablé. Era el cuarto día.

Doña Eulalia en nuestra casa. «¿Cómo quieren civilizarse? Nadie los va a comer en el hospital. Siempre lo mismo. Si no van, no pagaré estos días de falta». Nada no hablé. Mi mujer era buena, tenía conocimiento de las cosas, y lloró. Tampoco esa noche hablé, ni comí.

El quinto día le dije:

—¿Hay agua? Traé agua.

Trajo el agua. Era poca.

—Aquí el agua es poca. Aquí no hay agua. Ya lo sabés.

Solo había un botijito de agua. Me levanté. Eché el agua sobre mi cabeza y sobre mis manos. Y no hubo más.

—Prepará comida.

—Solo hay una galleta y dos batatas.

—Es bastante.

Comimos la galleta y las batatas. Dije a mi mujer:

—El Señor me habló cuando lavaba las copas.

—Y ahora —dijo mi mujer—. ¿Qué vamos a hacer?

«¿Qué vamos a hacer?», es lo que dijo.

Con sus mensajeros, dos veces me había hablado el Señor. Andaba en el monte juntando bichos con las mujeres. Langostas, hormigas, lagartijas. Mi madre me dijo: «Sos grande, pronto cazarás con los hombres sin tener la edad. Algún día serás jefe». Una mujer, madre de varones, la oyó y se puso a gritar, la golpeó, se cazaron del pelo. Mi madre era fuerte y le rompió cuatro dientes. Vino el jefe, porque no nos habíamos alejado todavía, vino y gritó fuerte, pero no lo escucharon. Así que alzó el bastón y rompió un brazo de la mujer que había pegado a mi madre: una parte del hueso salía por abajo y la otra apuntaba por arriba. Todas las mujeres empezaron a llorar y a gritar, y dos que eran viejas buscaron cómo arreglar el brazo roto. «¡Quiere verte muerto! —gritó la mujer—. ¡Quiere que el hijo sea jefe!». Quedó como muerta. Cric, cric, hacía el brazo. Los pedazos de sus dientes rotos en la tierra. El jefe me miró. Nada dijo. Las mujeres lloraban. Él levantó el bastón para pegar a mi madre, y mi madre no escapó, no saltó, no huyó. Pero él no golpeó. Solo dijo: «¿Recién cambiaste los dientes y ya querés ser jefe?». Nada dije. Y gritó a las que lloraban: «¡Silencio!». Una vieja, que era su madre, levantó mucho la voz: «¿Quebrás los huesos de una mujer y no debemos llorar?». Él alzó de nuevo el bastón. «¡A tu madre, sí, golpeala, rompele los huesos —gritó la madre vieja— y no a aquella que busca tu muerte!». Él dijo: «Su cachorro apenas ha cambiado los dientes. Su pichón no está emplumado todavía».

Entonces un mensajero del Señor pasó para hablarme. Era una lagartija. Pero con su color igual que el sol. Yo la seguí, la corrí. Llegué a un claro. En ese claro no la encontré. La busqué y no la encontré.

Entonces, cuando vino la hora de comer, toda la gente estaba enojada. Los hombres habían vuelto sin caza, la mujer del brazo roto gritaba: «Uuu Uuu», y a mi madre, aunque no fue quien rompió el brazo, la amenazaron: «Te mataremos». Mi padre quiso golpear a mi madre también, y ella no se movió, no huyó. Había mucho humo, humo sobre la mujer enferma, y humo de los fuegos porque la leña estaba verde. Y la gente seguía enojada, y solo se comía lo que juntamos con las mujeres: langostas, lagartijas, las echábamos en las brasas, se retorcían, las comíamos. Y yo recordé al mensajero del Señor que pasó esa tarde para hablarme. Era noche ya. En el monte anochece muy temprano. Corrí para buscarlo. Estaba en el tronco de un cevil, brillando. Nada dije, ni me moví tampoco. Esa lagartija tampoco. «Te va a comprar el Señor —me dijo—, le vas a dar las manos». Nada dije. «El Señor es único, solo, nunca nació, no muere nunca». Yo la oía. Brillaba. Dijo: «Ahora hablá». Yo le dije: «Sí. Bueno».

Pero todos habían salido con mucho ruido a buscarme, con luces, por miedo al jaguar. Caminé y corrí, y llegué a donde estaban y se enojaron. Mi padre: qué hacía. Mi madre, también. Nada dije.

A la mañana me llevaron a mirar las huellas. Fuimos hasta el cevil, y vi las huellas de mis pies. Y las huellas del jaguar daban cuatro vueltas alrededor de mis huellas y después las seguían cuando caminé y cuando corrí.

Yo no lo había visto. Él no me había tocado.

Desde ese día no me preguntaron nada.

Yo soy Eisejuaz, Este También, el del camino largo, el comprado por el Señor. Paqui está aquí. Ya sale el sol. Ya sale el tren. La campana del tren, la campana del franciscano. El último tramo del camino de Eisejuaz empezó. El auto del reverendo sale para Salta porque es la fiesta de los gringos noruegos; los hijos se ponen corbata de moño para la fiesta y son como cría de gallina. «Hoy es tu cumpleaños, Lisandro —decían— y pasado mañana la fiesta del noruego». Pero Eisejuaz no puede volver con los noruegos. Ya terminó el segundo y el tercer tramo de su camino.

Suena el tractor del misionero gringo inglés y va al aserradero. Suenan los camiones, temprano, por la bruta calor. Paqui ha hablado:

—Tengo hambre y frío; qué es lo que querés conmigo, indio de porquería, matame de una vez.

Puedo tratarlo como mío, es aquel que me mandó el Señor. Por eso lo echo al agua del zanjón. A mediodía se bañan las mujeres del campamento y los vestidos se les hinchan. Mi mujer se bañaba. Se alegraba. Jugaba en el agua con las mujeres y con los hijos de las mujeres. La Mauricia se baña. Mi mujer ya murió, pero las otras se bañan. Paqui abre la boca abajo del agua. Ya se va a morir.