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Este libro propone una lectura y experiencia de las Confesiones de san Agustín como un ejercicio espiritual de búsqueda de Dios. Estructurado en siete pasos que implican un aprendizaje progresivo (recordar buscando a Dios, conocerse, retornar a la interioridad, amar, ser discípulos del Maestro, construir y participar en la comunidad de fe, y vivir en peregrinaje hacia Dios), el libro se apoya sólidamente en el texto de las Confesiones, en el cual san Agustín expresa sus propias reflexiones sobre su encuentro con Cristo para suscitar a su vez las de sus lectores. Incluye una introducción sobre san Agustín y su obra, la traducción de la Regla de san Agustín, una cronología de los acontecimientos de su vida con referencia en las Confesiones, y una amplia bibliografía.
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Seitenzahl: 464
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
Nota bibliográfica
SAN AGUSTÍN Y SUS CONFESIONES
EJERCICIOS ESPIRITUALES Y PRÁCTICAS FORMATIVAS
Ejercicio I. Memoria
EJERCICIO II. DISPERSIO
EJERCICIO III. INTERIORITAS
EJERCICIO IV. ORDO AMORIS
EJERCICIO V. MAGISTER
EJERCICIO VI. COR UNUM
EJERCICIO VII. PEREGRINATIO
AGUSTÍN Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
APÉNDICES
El proyecto de las Confesiones
Cronología de los acontecimientos de la vida de Agustín con referencia en las Confesiones
Regla de san Agustín (traducida por Pío de Luis)
Bibliografía selecta en español (Rafaél Lazcano)
Biografía del autor
Notas
© SAN PABLO 2016 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)
Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
E-mail: [email protected] - www.sanpablo.es
© Andrés G. Niño, OSA 2016
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-285-6155-6
Depósito legal: M. 23.267-2016
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
El imperativo de leer para vivir nos lleva en direcciones muy dispares y podemos descubrir, a veces por sorpresa, la relevancia que tienen los autores antiguos en los tiempos modernos. Agustín aparece con frecuencia entre las figuras prominentes de la cultura clásica y de la cristiandad que ha mantenido su fama a través de los siglos, principalmente por la originalidad, humanismo y profundidad de sus Confesiones1. Es un homenaje que se repite constantemente y que subraya el hecho de que el autor y su obra maestra, escrita en el 397 siguen ejerciendo una gran influencia en la vasta esfera de preocupaciones religiosas y culturales de nuestra época. Modernamente, más que nunca, es objeto constante de estudio en las disciplinas humanísticas que exploran y aclaran los aspectos de la inmensa complejidad y riqueza que encierran. No es extraño que precisamente ese infatigable interés genere una variedad de perspectivas desde las cuales se llega a una interpretación particular del texto. En ese sentido las Confesiones son un libro moderno porque asume una amplia actividad de lectura interdisciplinaria a través de la cual se mantiene la conversación con Agustín en nuestro tiempo2.
Proyecto de Ejercicios Espirituales
La perspectiva concreta que propone este proyecto es la de una lectura y experiencia de las Confesiones como ejercicio espiritual en búsqueda de Dios. Un «ascenso» –como enseñaba la filosofía antigua– al cual Agustín impone el carácter de peregrinación en el sentido cristiano (X,5, 7), desde lo profundo del «hombre viejo», a través de la conversión, hacia la reforma según la imagen de Dios en quien reside la verdad y la felicidad, aspiración fundamental de la vida humana (XII 11, 13)3.
El proyecto de Ejercicios Espirituales que aquí ofrecemos reconstruye, en un modelo coherente y didáctico, las experiencias más sobresalientes sobre el ascenso meditativo de Agustín en las Confesiones, su obra clásica y fundamento principal de una sólida tradición en la espiritualidad cristiana. La exposición ha sido completada con las observaciones que han hecho numerosos expertos en fuentes de rigor académico4. Y la referencia constante que se hace al texto original de las Confesiones provee de un soporte bien trabado al proyecto y al mismo tiempo recuerda al lector que, en estos Ejercicios, es Agustín el maestro espiritual que le habla. Nos obliga a ello la solicitud cada vez más imperiosa de un laicado cristiano culto e interesado en la espiritualidad que ofrece Agustín en sus escritos. De esa forma nos acercamos a la audiencia heterogénea que él mismo tuvo en su tiempo: la humanidad marcada con la huella de la mortalidad, sus «compañeros y peregrinos con él» (X 4, 6), a quienes instruye con un estilo intelectualmente lúcido y pastoralmente relevante.
El paradigma agustiniano
Agustín ha vivido intensamente la trama de la conversión que detalla en la narración de su vida. Su experiencia intelectual, psicológica, moral y religiosa nos ofrece un paradigma que ilustra el plan restaurador de Dios realizado en su propia historia pero que atañe igualmente a la vida de todos los que le buscan y a quienes el evangelio asegura que lo hallarán (I 1, 1). Los aspectos fundamentales de esa compleja experiencia forman un relato distintivo de sanación y liberación. Y aunque él no los desarrolla de una manera sistemática, igual que con otros tópicos en su filosofía y teología, Agustín incide una y otra vez en ellos según lo requiere la circunstancia que está narrando y adopta en cada ocasión un lenguaje variado en su forma y contenido. El objetivo central, sin embargo, presenta un movimiento continuo de progreso, a lo largo del cual Agustín se constituye espiritualmente como persona y creatura nueva.
El contenido del paradigma agustiniano, sustrato de estos Ejercicios Espirituales, lleva consigo un elemento teológico y experiencial sobre el que se desenvuelve el significado de las Confesiones. Para situar al lector, lo enunciamos escuetamente en estos términos: 1) El ser humano ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza, con imborrable huella en la memoria, y está orientado radicalmente hacia Él; 2) pero se ha alejado y olvidado voluntariamente de Él, llevado por la ilusión de una felicidad engañosa. En su dispersión, siguiendo su propio camino, se ha perdido en la región de la desemejanza y la imagen prístina de criatura espiritual se ha deformado. 3) A pesar de ello, el ser humano no queda desarraigado totalmente de su Creador y es objeto de la «Providencia escondida» que no cesa de llamarle. La respuesta a esa llamada se efectúa en el retorno a la interioridad donde encuentra a Dios que puede reformarle y aliviar su radical inquietud. 4) Por la conversión, en la que colaboran la voluntad humana y la gracia de Dios, se establece un orden en el amor, fundamento transformador de la vida entera. 5) Para mantener la decisión inicial y progresar en ella es necesaria la mediación de Cristo, Maestro único que, con palabras y hechos, muestra que él es el verdadero camino a seguir. 6) El ser humano, como nueva criatura, se integra en la comunidad de fe que, con un solo corazón, alaba a Dios y se fortalece por la Palabra y el sacramento en su Iglesia. 7) De este modo los creyentes dan testimonio de un estilo de vida cristiana, en peregrinación hacia a Dios, origen y término de la existencia humana.
La lectura reflexiva de la historia de Agustín nos descubre también ciertas prácticas formativas que se derivan de la dinámica de los mismos Ejercicios. Su objetivo es sostener y consolidar el esfuerzo de conversión a través de unas conductas metódicas al servicio del progreso en la madurez espiritual, entre ellas: 1) la construcción de un relato personal con ayuda de la memoria, donde se encuentra uno a sí mismo y a Dios que es radicalmente íntimo al ser humano; 2) la práctica contemplativa del silencio que contrarresta los efectos de la dispersión; 3) la lectio divina en la que la palabra de Dios confiere significado y orientación al peregrinaje espiritual; 4) el consejo y discernimiento que interpretan e integran los aspectos de la experiencia humana en la relación con Dios; 5) el ministerio de instrucción y servicio que configuran la identidad del discípulo de Cristo; 6) la oración contemplativa y la liturgia comunitaria que sostienen la vida fe; y 7) una Regla de vida que fortalece el testimonio de la conversión.
La decisión de enfocarnos en estos siete ejercicios y prácticas está en consonancia con el referente bíblico que Agustín adopta en el amplio cuadro teológico de su pensamiento sobre la vida cristiana, particularmente, en su meditación sobre los siete días del Génesis (libro XIII)5. En cada uno de ellos se destacan temas claves en la experiencia de Agustín con el propósito de formar al lector en un estilo de vida que concierta el esfuerzo de la mente y de los afectos con la conducta personal y el modo de testimonio cristiano. Al final de cada ejercicio y práctica, incluimos el método agustiniano del diálogo interior, sobre un eje de cuestiones y sugerencias, en torno al texto de las Confesiones y las citas bíblicas que Agustín utiliza con frecuencia característica. El objetivo es mantener la motivación del ejercitante para ir progresando, al mismo tiempo que revisa su historia personal en busca de Dios.
Y a propósito, hemos mantenido un criterio de referencia que concede prioridad a la expresión de Agustín con su lenguaje y sus afectos, sobre un comentario meditativo personal, dando paso a un equilibro entre contenido y brevedad. El objetivo es facilitar que su palabra empatice directamente con el lector y le lleve a interiorizarlo en su diálogo con Dios. Pero, dentro de ese margen –insistimos desde un principio–, en la lectura pausada y completa de las Confesiones con atención a las fuentes consultadas que ofrecen materia para profundizar en su reflexión y el estudio.
Una tarea común
El inmenso interés que las Confesiones suscitan entre los estudiosos de Agustín es evidente en todas las disciplinas. Desde esa observación que anotaba en el primer ensayo sobre los Ejercicios en 20066 surgen interrogantes sobre el impacto que la obra y la experiencia de Agustín tiene en las creencias religiosas y la espiritualidad del público en general. ¿Llega en realidad su mensaje a nuestros contemporáneos? ¿Qué recursos didácticos y contextos pueden ser efectivos para ello? ¿Los que conocen la obra de Agustín se animarán a ser pedagogos de la interioridad para la gente de nuestra época? He intentado dar respuesta a estas preguntas desde una perspectiva interdisciplinar elaborando este proyecto de las Confesiones.
La meditación personal sobre el texto agustiniano y el diálogo con otros muchos que han utilizado los Ejercicios para una experiencia directa en días de retiro han impuesto un ritmo de maduración, sin prisa ni descanso, a este libro. Por otra parte el interés que el proyecto despertó desde un principio tuvo un impacto significativo en el empeño puesto en su realización7. Durante el proceso, este trabajo se ha beneficiado de valiosas aportaciones –con admirable sentido de una «tarea común» en la familia agustiniana– que ahora quiero agradecer. Particularmente el afán editorial que inicialmente pusieron Gonzalo Tejerina y Pedro Luis Moráis, respectivos directores de Revista Agustiniana, y también Enrique Eguiarte, director de Mayéutica, donde se publicaron artículos sobre estos Ejercicios Espirituales.
Agradezco especialmente a Félix Rodríguez, que organizó programas de retiros en el Centro de Espiritualidad agustiniano en Guadarrama-Madrid y a Domingo Natal, profesor de Filosofía en la Facultad Agustiniana de Teología en Valladolid por su participación en el proyecto desde un principio. Igualmente agradezco la colaboración de los que se responsabilizaron de los programas que he dirigido con estos Ejercicios en diversos países con diferentes grupos de estudiantes, comunidades femeninas de vida apostólica y contemplativa y laicos comprometidos. En la primavera de 2012, la Comisión del Instituto de Espiritualidad Agustiniana en Roma ofreció estos ejercicios a un grupo de habla inglesa en Casia. Y, en constante preocupación por la juventud, se han organizado en Estados Unidos para estudiantes universitarios8.
En una línea de trabajo académico, debo un reconocimiento especial al profesor Modesto García Grimaldos, por el extenso análisis y evaluación de la experiencia descrita por cientos de ejercitantes9. Igualmente la contribución del experto agustiniano Pío de Luis, con la traducción de la Regla de San Agustín; la del eminente historiador Rafael Lazcano con su bibliografía selecta en español, ad hoc para este proyecto, y la del filólogo Antonio Garrosa que ha dado al texto una mayor fluidez gramatical. El acceso a los trabajos más importantes para consulta en la realización de este proyecto es un privilegio que agradezco a la experta ayuda de Renata Kalnins y Gloria Korsman en la biblioteca Andover-Newton de la Universidad de Harvard y también el servicio de investigación en la Cambridge Public Library. El apoyo constante de Ken Kreiling, Blanche Podhajski y Vjera Bakovic ha hecho posible mantener el esfuerzo a lo largo de este proyecto.
La publicación que presenta ahora la editorial San Pablo, consolida la forma y contenido que han tomado estos Ejercicios Espirituales sobre la experiencia personal de mucha gente seriamente comprometida con la vida cristiana. Ellos se identifican como «peregrinos con san Agustín» en el camino de Cristo, el único Maestro. Un audaz modo de ser, que me ha animado a corresponder por mi parte con una dedicación constante, asumiendo la motivación que Agustín tuvo al escribir sus Confesiones de «estimular la mente y el corazón de todos mis lectores hacia Dios» (XI 1, 1). Quizá, a partir de ahí, y desde la interioridad, empezaremos cada uno nuestro peregrinaje.
En las citas de las Confesiones de este trabajo he consultado varias traducciones para utilizar la palabra o expresión más acertada: en español las de José Cosgaya (BAC, Madrid 201010) y José Anoz (San Pablo, Madrid 2014); en inglés, Maria Boulding (New City Press, Nueva york 1997) y el texto crítico latino de James O’Donnell (Clarendon Press, Oxford 1992)1. El lector puede consultar también la edición crítica bilingüe de Ángel Custodio Vega, actualizada por José Rodríguez Díez (BAC, Madrid 20132).
La traducción de la citas de las obras en inglés y francés es mía.
Las Confesiones se referencian incluyendo libro, capítulo y párrafo (X 4, 6) y van insertas en el texto de los Ejercicios sin repetir la abreviación «Conf.». Las citas bíblicas que acompañan el texto de las Confesiones son numerosas e indispensables para entender la fuente de inspiración y el significado de la narración. A ese respecto el lector debe tener en cuenta que la numeración de los Salmos que aparece en las traducciones modernas corresponde a la versión latina llamada Septuaginta (LXX) que se usa en la liturgia. En ella, desde el salmo 9 al 147 los números son uno menos que en las traducciones del hebreo de otras ediciones de la Biblia y van entre paréntesis, así Sal 47 (48).
Debemos una nota de clarificación al lector a propósito de las citas que se referencian a pie de página. Aunque en su mayoría reflejan mi tarea académica en lengua inglesa, las experiencias y contactos posteriores han permitido hacer referencia a trabajos de algunos distinguidos expertos agustinianos que escriben en español. La bibliografía que ha recogido Rafael Lazcano en el Apéndice 4 hace justicia apropiadamente a su contribución en el área concreta de este proyecto y en el marco de la espiritualidad agustiniana.
La inquietud humana
La línea principal de las Confesiones discurre a través de una profunda tensión entre la tendencia humana hacia la trascendencia y la experiencia recurrente de dispersión que trastorna la consecución de ese objetivo. Concretamente, en la primera página Agustín, dialogando con Dios, establece una premisa clave en su antropología que se ha convertido en axioma fundamental de la espiritualidad cristiana: «Tú nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I 1, 1). Él constata un hecho de la experiencia y una condición que revela a un ser humano fundamentalmente intranquilo y con un deseo de relación trascendente que no puede extirpar. Esta observación de principio que hace Agustín expone la raíz de la fragmentación espiritual y psicológica que experimenta el ser humano.
Aunque cada uno pueda aplicar connotaciones muy personales a la idea de «inquietud», las palabras de Agustín declaran una malaise espiritual universal que resuena de modo inequívoco en nuestra mente a través de los siglos. O’Donnell, en su cabal análisis de las Confesiones comenta que el término «corazón» en la historia de Agustín se refiere al «indivisible y auténtico centro de la vida humana, donde se sienten directamente las tensiones de un mundo en dispersión»1. Entre otras disciplinas humanistas, la psicología moderna explora esta realidad y, en línea con la experiencia agustiniana, la considera una consecuencia del abandono de los valores e ideales que constituyen una tendencia fundamental y fuente de coherencia interior2.
La tensión inherente a la inquietud humana no es un concepto que cuelgue en el vacío. Al contrario, es una realidad densamente tramada en la existencia que se activa en múltiples formas bajo la influencia de fuerzas internas y externas a la persona. Y esa realidad es la que se refleja agudamente en la historia de las Confesiones. Por una parte, la experiencia de inquietud, tal como Agustín la describe, es un testimonio en profundidad que se extiende sobre la extraordinaria gama de dinámicas cognitivas y afectivas que resultan en cada individuo de su búsqueda de felicidad y verdad. Objetivos fundamentales que aparecen lejos de su alcance a pesar del panorama atractivo que elabora y reinventa la sociedad a través de los tiempos. Los historiadores con un esfuerzo diligente han proporcionado amplia información sobre el ámbito social del África romana en que vivió Agustín. En particular, nos detallan el cambio dramático que se produjo en el mundo occidental en torno al progresivo agotamiento y dislocación del Imperio romano. Y, paralelamente, la influencia que adquiere un cristianismo con raíces de conversión. La perspectiva que desvelan permite hacer una referencia con las observaciones sobre nuestra época para encuadrar la universalidad de la inquietud humana3.
Las tensiones de nuestra época
Han pasado siglos desde entonces pero la inquietud humana y las tensiones a que da lugar se sitúan en un denominador común que no ha cambiado y del cual es necesario tomar conciencia4. Un peregrinaje espiritual, como el que presentan las Confesiones, requiere hoy una visión amplia del contexto en el cual ocurre y una reflexión con la que se puedan elaborar respuestas –de carácter personal y común– a los problemas que se presentan. La invitación evangélica a examinar los signos de los tiempos –signa temporum– (Mt 16,3; Lc 12,56) está siempre al orden del día. Cristo recrimina a sus oyentes, que parecen buenos observadores de los hechos y los cambios en un nivel ordinario, que no sean capaces de interpretar los signos que ocurren en otro nivel más profundo, donde el espíritu de Dios no cesa de actuar.
Quizá el mejor testimonio al respecto se halle recogido en los documentos del Vaticano II, particularmente en la Constitución pastoral Gaudium et spes5, que tiene como objetivo una reflexión sobre el papel de la Iglesia en el mundo moderno. Ahí es donde se evalúan, en su verdadero alcance, algunos de los factores predominantes en las tensiones de la modernidad como la masiva fascinación por los ídolos culturales en tándem con un ateísmo incontestado o el lastre de ambiciones acuciadas por la avidez de riqueza material y de poder que se filtran en las más recónditas esferas de la actividad sociopolítica. La interacción que de ahí resulta, en complicidad con las ideologías y los intereses maléficos, sumerge nuestra existencia en una niebla de dispersión e incertidumbre. Especialmente porque todo ello está ocurriendo en un contexto histórico de rápidos cambios y de un persistente debilitamiento o desaparición de elementos críticos para la supervivencia espiritual de una época. El objetivo es tomar una conciencia adecuada acerca de la importancia de estos factores y su impacto en la experiencia humana.
Charles Taylor es uno de los pensadores más influyentes en el mundo cristiano y católico que explora y analiza en detalle estos síntomas que califica como un «secularismo» con manifestaciones de «humanismo exclusivo». En su obra, enfatiza reiteradamente el hecho de que nuestra sociedad está dominada por una «actitud instrumental», es decir, en ella predomina la enajenación, el desprecio o la supresión de la trascendencia. Taylor afirma que ese modo de vida –tan preponderante hoy– disuelve las comunidades tradicionales y amenaza con la destrucción de las «fuentes de significado», lo que a su vez conduce a una división y fragmentación a gran escala. Como resultado observamos «una pérdida de resonancia, profundidad o riqueza en el contexto humano, tanto en las cosas [materiales] que usamos como en los lazos que unen a unos y otros»6.
La espiral de la reflexión que hace Taylor se expande en Fronteras de inquietud en la modernidad, donde utiliza categorías agustinianas tales como «tiempo» (con sus ciclos de hechos y prácticas establecidas a través de los años) y «narración» (que unifica cambios, crecimiento, realización del potencial humano) para demostrar cómo la modernidad «instrumental» ha desconectado radicalmente esas categorías del orden de la continuidad o del principio trascendente que les confiere su significado. Por eso, en el lugar de las grandes narrativas Taylor ve surgir «el espectro de la irrelevancia que sigue a la negación de la trascendencia, del heroísmo, del sentimiento profundo. Y nos deja con una visión de la vida humana vacía, incapaz de inspirar compromiso, de ofrecer algo que valga la pena, y sin una respuesta para las aspiraciones hacia las causas dignas de una dedicación personal»7. De este modo se establece una corriente de reciprocidad entre la «inquietud primordial del corazón humano» de la que habla Agustín y las tensiones de la cultura moderna para constituir la realidad de la condición humana.
A contraluz de este panorama, también se observa en mucha gente la necesidad insondable de interioridad, el espacio donde el ser humano puede reencontrarse con Dios y consigo mismo. La necesidad de crear un sentido para la vida a través de la trascendencia penetra las fibras más profundas del corazón humano y los más insólitos baluartes de la sociedad moderna. De ahí surgen cuestiones y planteamientos en relación a la naturaleza del ser humano que llevan consigo nociones e imágenes de redención, de paz, de coherencia interior y de felicidad, dotadas de profundo significado e implicaciones para el individuo y la sociedad. Es un dato que se refleja ahora en las preocupaciones de carácter «espiritual» que aparecen en ese flujo constante de nuevos libros, revistas, conferencias, programas académicos y fundaciones dedicadas a promover la investigación y la práctica de la espiritualidad en su sentido más amplio.
La relevancia que, indudablemente y pese a todo, tiene lo espiritual en una época de secularismo, continúa siendo una de las grandes paradojas de la vida pública moderna. Durante mucho tiempo hemos creído que una mayor presión de las fuerzas de la modernidad tiene como consecuencia la expansión dominante del secularismo. Pero la realidad es más compleja. El sentido de que hay algo más que todo eso, se hace también evidente. Taylor sostiene:
Mucha gente lo percibe en momentos de reflexión sobre su vida, en contacto tranquilo con la naturaleza, en momentos de dolor y de pérdidas; y esto ocurre de manera intensa e impredecible. Nuestra época no está aún decidida a establecerse en simple y total incredulidad. Aunque un gran número de individuos lo proclaman así, especialmente hacia el exterior, la inquietud sigue, interiormente, haciendo su efecto8.
La religión y la fe no han desaparecido del mundo moderno, sino que permanecen en el centro del debate público y en todas las sociedades. Taylor llama a este fenómeno «la persistencia de la fe», que tiene su impacto no solo en nuestros objetivos personales, sino también en la aspiración cristiana hacia un mundo que refleje la presencia de su Creador.
Las tensiones derivadas de la inquietud que describe Agustín en sus Confesiones persisten con mutaciones propias de los distintos tiempos históricos y son parte del movimiento reformativo de la humanidad hacia su plenitud9. Ahí se activan inevitablemente las fuerzas de oposición, resistencia o apatía que complican la orientación radical hacia la trascendencia. Esto es ahora un signo a descifrar por una Iglesia que atraviesa tiempos de debilidad interna, hasta parecer irrelevante para un mundo que se afirma con un poder impresionante en otras esferas. Pero quien esté atento y observe, descubrirá allí mismo otras fuerzas en acción, pues, paradójicamente, también se reaviva la motivación hacia la continuidad de las convicciones que se cultivan in interiore homine, en la interioridad del ser humano.
Esta es la situación primordial desde la cual Agustín interpreta la realidad definitiva y determinante del ser humano «marcado con la huella de la mortalidad» (I 1, 1) y que, a pesar de ello, desea ascender desde esa profundidad y más allá de sí mismo, hacia una dimensión donde su inquietud encuentra descanso. Agustín nos presenta aquí un principio con el cual podemos examinar la experiencia esencial del ser humano en su búsqueda de Dios.
Lecciones de sabiduría antigua
Los filósofos antiguos que precedieron a Agustín meditaron, desde su contexto histórico, social y religioso, sobre el predicamento humano que aquí destacamos y propusieron un camino de ascenso a lo divino. Con ese objetivo desarrollaron unos principios de formación personal para facilitar la búsqueda de la sabiduría, un ideal de perfección que el ser humano se esfuerza por alcanzar, aunque no sea accesible totalmente; lo importante es el progreso que hace y consigue cada persona. Pierre Hadot10 es autor de una interpretación magistral de los textos más conocidos de las principales escuelas filosóficas de la antigüedad. Concretamente ha dedicado su trabajo de investigación a una serie de ejercicios a los que atribuye el calificativo común de «espirituales», porque es el término más apto para integrar sus diversos aspectos cognitivos, éticos, terapéuticos, físicos y sociales. En su obra demuestra, principalmente, la continuidad de pensamiento que existe acerca de esos ejercicios desde los filósofos de la cultura greco-romana que influyeron en los Padres de la Iglesia. Agustín, particularmente, ha leído y asimilado algunos de esos textos, de modo que en su obra se puede ver la huella literal y espiritual que han dejado. Y en una línea consistente e ininterrumpida, la influencia llega hasta los monjes de la Edad media que a su vez influirían en otros autores, entre los que destaca Ignacio de Loyola11.
Hadot dedica una atención especial a la obra de Agustín en una serie de brillantes conferencias aunque la mayor parte no están publicadas. Arnold Davidson ha recogido algunas de ellas y otros ensayos publicados en revistas poco conocidas para orientar al lector sobre la labor de Hadot y su referencia a Agustín12. En particular observa que Hadot inició un proyecto de traducción y comentario a las Confesiones, que desafortunadamente no pudo terminar. Pero ha abierto una línea de trabajo de gran importancia para la espiritualidad agustiniana y se refleja con particular énfasis en este proyecto.
Para dar una visión de conjunto, Hadot presenta el fenómeno de los ejercicios en la filosofía antigua bajo cuatro tópicos fundamentales hacia los que se orienta su actividad: aprender a vivir, aprender a dialogar, aprender a leer y aprender a morir. El análisis que nos sirve de referente destaca las principales características que presentan, con sus particulares variantes, en todas las escuelas filosóficas13. Aquí nos limitamos a apuntar algunas que se relacionan con la ascensión meditativa de las Confesiones:
1. La filosofía antigua establece el principio básico de que los seres humanos se encuentran en un estado de angustiosa infelicidad; y las pasiones, preocupaciones y deseos son la causa principal de sufrimiento, desorden y falta de conciencia. Para conseguir la verdadera felicidad, la libertad, la paz interior y la sabiduría, tienen que transformar totalmente su modo de ver y de ser, adoptando un «arte de vivir» que implique la existencia entera. Con ese objetivo, los ejercicios espirituales promueven un retorno al interior de uno mismo, por el que el ser humano consigue liberarse del estado de alienación en que le han hundido sus pasiones, preocupaciones y deseos. Y, apartándose de la vida ordinaria, se orienta hacia «una conversión, una transformación total de la visión, el estilo de vida y la conducta de la persona»14. La razón principal que lo justifica es la adquisición de la autenticidad en uno mismo, lo cual, a su vez, implica la necesidad de renunciar a los falsos valores que proclaman la riqueza, los honores y los placeres, en favor de los verdaderos que residen en la virtud, la simplicidad y la contemplación15. Este proceso constituye la áskesis, noción original griega que significa «ejercicio, práctica, entrenamiento», todo apropiado para ese fin, pero diferente a la práctica cristiana considerada como ascetismo16.
2. Los textos antiguos presentan los ideales de la filosofía como una elección de vida fundamental, una actitud existencial con una determinada representación del mundo que se expresa necesariamente a través de una dialéctica para razonar esa elección de vida y comunicarla a otros. En este sentido, los ejercicios presentan una doble vertiente: en el orden del diálogo interior y de la actividad espiritual que incluyen la meditación, el examen de conciencia, los ejercicios de imaginación [...]; y en el orden de la acción y de la conducta diaria para crear hábitos en el terreno de la disciplina personal y las obligaciones sociales17. Respecto de la reciprocidad que existe entre ellos, escribe Hadot:
La conexión íntima entre el diálogo con otros y el diálogo con uno mismo es profundamente significativa. Solamente aquel que es capaz de un encuentro genuino con el otro será capaz de un auténtico encuentro consigo mismo; y a la inversa es también verdad. Desde esta perspectiva, todo ejercicio espiritual es un diálogo, en tanto que es un ejercicio de presencia auténtica para uno mismo y para otros18.
3. Habitualmente, los ejercicios en la antigüedad integraban una variedad de técnicas, con el objetivo de entrenar la mente para un ascenso hacia una experiencia intelectual y espiritual. Algunas técnicas se apropian de ideas, imágenes, metáforas, expresiones y palabras que se encuentran en los textos de la tradición antigua, y a las que el autor, por medio de citas directas o paráfrasis, les da un nuevo significado en consonancia con la idea que él mismo está desarrollando19.
En la misma línea, la meditación nos permite estar preparados para enfrentarnos a las vicisitudes de la vida, para lo cual es importante tener presente en la memoria ciertas máximas (apóphthegmata) que nos ayuden a superar el miedo, la ira o la tristeza. Tanto la imaginación como la afectividad tienen aquí una importancia decisiva: cada uno debe representar vívidamente los peligros de ciertas pasiones y usar expresiones con ideas incisivas que le sirvan como exhortación para sí mismo. La meditación se nutre de la lectura, la escucha y la investigación, actividades que se consideran como ejercicios más intelectuales20. Otra técnica clave para estos ejercicios es la atención al momento presente, que nos libra de las pasiones que se agitan entre el pasado y el presente, incrementa nuestra vigilancia y nos facilita el acceso a una consciencia universal. A este fin debemos crear hábitos y fortalecernos con anticipación a las pruebas que nos puedan surgir21.
4. Hadot, subraya que «lo más interesante respecto de la idea de los ejercicios espirituales es que no es asunto de una consideración puramente racional, sino de poner en acción todos los recursos posibles para mantener la disciplina sobre uno mismo». El ser humano recae en las viejas costumbres, por lo cual los ejercicios y las prácticas deben hacerse una y otra vez, manteniendo un esfuerzo y atención constante. En ese sentido hay que tener en cuenta que «el texto está escrito no tanto para informar al lector sobre un contenido doctrinal, sino para formarlo y ayudarle a que recorra un determinado itinerario, en el transcurso del cual el discípulo hará un progreso espiritual [...] una táctica que aparece claramente en las obras de Plotino y Agustín, donde todos los giros, repeticiones, conclusiones y digresiones del texto son elementos formativos»22.
5. En un brillante texto, Filón de Alejandría, explica la razón última de estos ejercicios que es «entrenar para la sabiduría» y es que la característica que distingue a los «amantes de la sabiduría» es «encontrar felicidad en la virtud». Esto es lo que esencialmente se consideraba como «un estilo de vida», un modo de «existir-en-el-mundo, que hay que mantener activo en todo momento y cuyo objetivo era transformar toda la vida del individuo [...] porque la verdadera sabiduría no solamente nos ayuda a conocer, sino más bien nos ayuda a “ser” de un modo diferente». A este respecto, Hadot comenta que los antiguos eran conscientes de que nunca llegarían a poseer esta sabiduría de una forma estable y definitiva, pero al menos vivían con la esperanza de tener acceso a ella en momentos privilegiados y con la convicción de que la sabiduría era la norma trascendente y guía de sus acciones23. Estas ideas se reflejan bien en el fervor que despiertan en Agustín durante el tiempo que lee el Hortensio de Cicerón (III 4, 7).
6. Los ejercicios espirituales de la antigüedad eran bien conocidos y ampliamente practicados por los estoicos y los neoplatónicos. Y entre las figuras egregias que tuvieron una profunda influencia en Agustín destaca Plotino, para quien, según afirma Hadot, «los ejercicios espirituales son de una importancia fundamental». A través de ellos, Plotino elabora con detalle una gradación en el progreso espiritual, un ascenso que empieza por el retorno hacia uno mismo seguido de una purificación moral, con el fin de que el ser humano se capacite para entender no solo la naturaleza del alma inmortal sino, sobre todo, el conocimiento y la unión con el Uno, principio de todas las cosas. Ese objetivo no depende de un sistema de ideas, sino de una experiencia.
Tomados en conjunto, los ejercicios de la antigüedad se orientan hacia una conversión total de la persona y a la afirmación de una forma de vida, un ars vivendi, que envuelve la existencia entera. Es una lección que ha quedado en la historia como respuesta a la inquietud humana y en su perenne búsqueda de la felicidad, la verdad y la trascendencia de la vida. Hadot concluye:
El cristianismo se ha presentado desde el principio como philosophía (una forma de ser y un estilo de vida) en cuanto que ha asimilado en sí mismo las prácticas y ejercicios espirituales tradicionales, aunque con su característica propia de estar enraizada en la Biblia y en los evangelios, como puede verse en la obra de Clemente de Alejandría, Orígenes, Agustín y también en la vida monástica24.
Esto no implica que sus obras deban interpretarse en referencia a los autores de la filosofía antigua. Al contrario, Wilken enfatiza que «la energía, la vitalidad, el poder imaginativo del pensamiento cristiano proviene de su propio centro, de la persona de Cristo, de la Biblia, de la liturgia, de la vida de la Iglesia»25. Estos autores de la cristiandad latina, de la que Agustín es el portavoz más influyente, elaboraron en sus escritos una tradición independiente y original que ha inspirado el pensamiento y la experiencia cristiana hasta nuestra época.
Agustín, maestro espiritual
Agustín surge ante nosotros como insigne maestro espiritual26 en la más noble tradición de los representantes de la sabiduría antigua, dotado de una inteligencia excepcional, la prerrogativa de una educación clásica y una carrera profesional como orador. Pero más admirable aún es el hecho de que, a lo largo de toda su vida, demuestra una motivación incansable en búsqueda de la verdad. Él leyó ávidamente y asimiló con entusiasmo, desde su juventud, los clásicos de la oratoria y la literatura de su tiempo –multa philosophorum legeram memoriaeque mandata retinebam (V 3, 3)– convencido de que la búsqueda de la sabiduría le brindaba un ideal basado en la purificación moral y en la prominencia intelectual. Por su parte quiso ir más allá de las aspiraciones de fortuna y prestigio comunes a su clase, más allá de las verdades que se ofrecían diseminadas por las escuelas de los filósofos, urgido por una insatisfacción interna y por el deseo persistente de encontrar la sabiduría misma (III 4,7-8). Desde el principio, Agustín se presenta ante sus lectores no como el hombre que sabe, sino como el que busca. En consecuencia, arriesga todo en una larga peregrinación intelectual y espiritual por un camino inexplorado. Y desde esa experiencia habla a la generación de este tiempo.
Cultura antigua y fe cristiana
Las vicisitudes del desarrollo intelectual y espiritual de Agustín llegan a su punto culminante con su conversión al cristianismo en el año 386. Fue una transformación dramática que tuvo un poderoso impacto no solo en él, sino también, a través de sus escritos, en la Iglesia católica y en la cultura occidental. Con tenacidad, Agustín interpreta y utiliza los textos de la sabiduría antigua a la luz de los nuevos descubrimientos y experiencias de la fe. Desde esa experiencia, y desviándose de otros ejemplos de autobiografías y técnicas reflexivas de la literatura antigua, escribe sus Confesiones. Esencialmente, afirma O’Donnell, «lo que se nos describe en las Confesiones es la transformación del ascenso de la mente que proponía la filosofía tradicional hasta un summum bonum específicamente cristiano que combina los dos caminos que Agustín ha seguido en su vida»27. De ese modo logra desarrollar un peculiar humanismo cristiano en el que se integran elementos de una cultura antigua (particularmente los ejercicios que proponían las escuelas filosóficas), en síntesis con su fe cristiana. Stock escribe al respecto:
Agustín hace uso de ellos, junto con los escritos bíblicos como fundamento de su formulación original del concepto de ejercicios que consiste en un autoescrutinio confesional por medio del soliloquio. Entre las ideas que Agustín tomó de los filósofos está la noción de que la perfección del ser es cuestión de práctica28.
La influencia intelectual de los clásicos da solidez a la búsqueda espiritual de Agustín con su original articulación y su orientación hacia Dios. La «cristianización» de la cultura antigua, tal y como se ha caracterizado, ha sido una obra colosal realizada por los grandes pensadores, como Orígenes y Ambrosio, pero la resonancia que la obra de Agustín ha conseguido no tiene paralelo en la historia de la literatura cristiana. Esa labor enriquece la tradición en la que él establece su vida y constituye un puente firme por el que pasarán después generaciones de creyentes y lectores de sus obras.
Hacer la verdad
Agustín ha escrito las Confesiones para «hacer la verdad» en su vida (X 1, 1), explorando lo más recóndito de su memoria con impresionante perspicacia y honestidad. Y en esa tarea se descifra su mensaje del retorno a la interioridad, como principio de coherencia y de estabilidad personal, sobre el cual pueden configurarse relaciones humanas con garantía de autenticidad y madurez. El ejercicio promueve la capacidad de crear un espacio donde las tensiones se diluyan y los individuos puedan reconocerse y dilucidar modos de convivencia y mutuo enriquecimiento. No es extraño que la psicología moderna, que ahora ya integra en su área de competencia las implicaciones de esa dimensión de «preocupaciones trascendentes», considere a Agustín como el principal referente en el estudio de la experiencia humana en su totalidad29.
Agustín, maestro espiritual, es también, sin duda, un retórico consumado, tanto por el contenido de sus enseñanzas como por la forma de presentarlas. Hablando en primera persona, muestra su «yo» auténtico, al paso que detalla, con el «alma abierta», sus motivaciones, dudas, sorpresas, afectos y su íntimo diálogo con Dios. De ese modo, no solo confiere una originalidad inconfundible a su obra, sino que crea un espacio en el cual el lector puede explorar, identificar y expresar su propia dinámica interior. Más aun, Agustín insiste en la necesidad de un retorno a la interioridad para su restauración moral y espiritual; pero también insiste en que los seres humanos no pueden conseguirlo por sí mismos, sino por la gracia de Dios (VII 21, 27). Con este principio establece la diferencia esencial entre su obra y todo lo que la precedió en la cultura a la que él debe su formación.
Trasmitir el mensaje
En Agustín reconocemos a un hombre de fe, con profundas convicciones, capaz de hacer frente a la complejidad religiosa, política y cultural de su tiempo y de trasmitir su mensaje a la posteridad sin desviarse de sus ideales. Alguien con valentía para dar testimonio de su inquebrantable convicción de que «la felicidad y la paz verdaderas para la inquietud humana, solo y finalmente se encuentran en Dios (X 20, 29; 22, 32; XIII 16, 19) Y esto lo hace, –escribe Meilander– «hablando no como quien elabora un tratado doctrinal, sino como quien recurre a su propia experiencia y quiere ser oído y comprendido»30. La juventud que se encuentra en periodo de formación responde a estas cualidades con una atracción que sorprende a veces a los mismos educadores. Y la razón es que cuando llegan a conocer a Agustín tienen la impresión de descubrir los valores y la actitud personal que dan significado a la vida. Eso convence y mueve a la acción. Stanley Hauervas, en una magnifica carta dirigida a esa juventud dice:
Tenéis que buscar educadores que tengan amigos intelectuales y quieran compartirlos con sus estudiantes. Si uno de ellos ofrece un syllabus en el que prescribe la lectura de las Confesiones de san Agustín, podéis pensar razonablemente que san Agustín es alguien que él mismo conoce y quiere hacerlo llegar a sus estudiantes. [...] ¡Qué gran aventura tenéis por delante!31.
Más aún, Agustín demuestra su capacidad de entender la opinión de los otros y la pluralidad de significados inherentes en el diálogo entre seres humanos32. Hacia el final de sus Confesiones manifiesta ser muy consciente de que su historia será leída por diferentes lectores con una gran diversidad de criterios:
Por lo que a mí respecta, desde el fondo de mi corazón declaro decididamente que si escribiera algo con autoridad, preferiría escribir de modo que en mis palabras hallara eco todo cuanto de verdad pudiera captar cada persona en ellas, antes que darles un sentido verdadero único y excluyendo los demás sentidos que no fueran falsos (XII 31,42).
De ahí viene el carácter persuasivo que se filtra en la claridad, amplitud y profundidad de su pensamiento como se revela no solo en su narración personal, sino también a través de sus numerosos escritos. Esta afortunada conjunción de valores ayuda a que siempre pueda parecer contemporáneo a través de sucesivos periodos de la historia, Agustín aparece en perenne diálogo con sus lectores cuando se trata de lo que realmente importa en la vida humana33. Pero más particularmente cuando se trata de revitalizar el estilo de vida de acuerdo con el Evangelio. En ese sentido, la atención que prestan a los escritos de Agustín los más destacados pensadores nos ayuda a discernir una línea de continuidad entre las enseñanzas de Agustín y las necesidades y aspiraciones en el ámbito cristiano de hoy. Sobre esto el papa Francisco ha escrito:
Agustín es relevante de muchas maneras. Podemos recurrir a su teología, redescubrir la modernidad de su visión sobre la dinámica del espíritu humano o adaptar la brillantez de su comprensión sobre las vicisitudes históricas de su tiempo, tan semejante al nuestro [...]. Si Agustín es relevante, si es nuestro contemporáneo [...] se debe especialmente a que es capaz de enseñarnos cómo ser y seguir siendo cristianos en el tiempo de la Iglesia34.
El fundamento bíblico
La permanencia y actualidad de Agustín se comprenden principalmente al considerar la raigambre bíblica de su enseñanza que se enriquece a través de su constante y profunda reflexión sobre la palabra de Dios. Y esto es lo que confiere perenne solidez y dinamismo espiritual a sus Confesiones. Agustín, desde este criterio, es un extraordinario magister sacrae paginae35. La obra completa es sin duda la más extensa e iluminadora de la antigüedad latina cristiana. En ella nos ha dejado cientos de cartas y sermones; densos comentarios a los Salmos, los evangelios y un centenar de tratados, entre ellos los que versan sobre la Trinidad y la Ciudad de Dios. A través de todo ello Agustín configura, en un mundo secular, una sólida perspectiva espiritual que se considera como la mayor aportación hacia la definición teológica, filosófica e intelectual del sistema de creencias cristianas.
Y toda su obra podemos decir que se deriva de las Confesiones en donde se establece un estilo de vida cristiana consecuente con la fe y abierta a las posibilidades de una humanidad liberada y dispuesta a hacer la verdad36.
LasConfesiones:Lectura y experiencia
Una de las más serias consecuencias de la sociedad instrumental de la que habla Taylor es la pérdida de las narrativas clásicas. El contexto social en que vivimos, con su obsesión por la temporalidad, borra de la memoria, de muchas maneras, los recursos que nos han ayudado a sobrevivir espiritual y culturalmente a través del tiempo. Por eso se impone un esfuerzo personal y comunitario para volver a las raíces de la tradición escrita y rescatar la sabiduría allí acumulada para instrucción y beneficio de todos. Algunas de las obras que la constituyen, como las Confesiones, son producto de un tiempo lejano al nuestro y presentan peculiaridades diferentes a las de los textos que leemos hoy día. Especialmente nos sorprenden las repeticiones y digresiones, el trasiego de referencias entre el pasado y el presente, las exploraciones introspectivas y las muchas cuestiones que surgen en su razonamiento. Y, sin embargo, nada es arbitrario y de ahí precisamente viene la complejidad, la sutileza y el detalle en su contenido, que le ha dado un incomparable poder interno37. Esto mismo justifica un poco de preparación para no descartar su lectura y hacerlo como parte de una tarea que representa en sí misma un gran enriquecimiento intelectual y espiritual.
Interpretación y creatividad
Agustín, usando las técnicas literarias de su época, conduce de modo deliberado al lector por un sendero desigual –como la vida misma– desde el cual tiene que hacer sus propios descubrimientos y reflexiones. En este sentido requieren una labor interpretativa que se orienta a analizar y razonar la complejidad de su texto. Una labor específica desde el punto de vista intelectual, pero no por ello desprovista de sintonía espiritual. Los expertos en la obra agustiniana han trabajado de esa forma con admirable dedicación, especialmente sobre las Confesiones, para establecer líneas de investigación que, en este caso, requieren necesariamente una colaboración interdisciplinaria para sondear el contenido tanto de los segmentos particulares como del conjunto de la obra38.
Por otra parte, las obras clásicas nos ofrecen también preceptos valiosos para una transformación personal en el contexto de nuestro tiempo. Las Confesiones son, en ese sentido, una referencia popular que obliga a leerlas y comentarlas con una finalidad constructiva, es decir, utilizando creativamente las ideas, metáforas y enseñanzas que nos ofrecen. Hadot observa a este respecto:
Hay ciertas verdades cuyo significado no puede agotarlo el paso de las generaciones humanas [...]. Cada generación debe tomar, desde el principio, la tarea de aprender a leer y releer esas verdades [...]. Eso ya es, en sí mismo, un ejercicio espiritual [...]. Pero para que su sentido sea realmente comprendido es necesario que las verdades que lo constituyen se vivan y se reexperimenten39.
En su relato, Agustín alerta al lector sobre ciertas realidades que pueden estar latentes en su interior o quizá apremiando su conciencia, pero que todavía no las ha descubierto o no les ha dado respuesta. Esto es precisamente la labor básica a la que se orienta los Ejercicios Espirituales.
De la lectura a la vida
El significado trascendente de las Confesiones y su poder comunicativo se hace patente a través de las respuestas que provoca en quienes meditan y asimilan el sentido de los acontecimientos narrados, integrándolo en la dimensión de sus aspiraciones e ideales. Es decir, cuando progresan desde una lectura a una experiencia. O’Donnell observa:
Los sucesos que narra Agustín no son simplemente hechos que han ocurrido en su vida y en algún lugar y tiempo determinado, sino que el mismo texto escrito pasa de ser una experiencia de Agustín, para convertirse también en experiencia del lector40.
Esto es patente ya desde el mismo día en que Agustín enviara una copia de las Confesiones a Consentius, un español de Baleares, para su lectura espiritual. Las dificultades de la lectura por la «brillantez» del texto y el estilo de vida poco ejemplar que por entonces lleva, le impulsan a abandonarlo. Cuando, ocho años después, vuelve a leerlo, da testimonio del cambio profundo que experimenta en su vida:
Las palabras del bienaventurado Agustín han enderezado el rumbo de la barca de mi fe41.
El problema es que hemos dejado de leerlas. No tenemos mucha paciencia para hacer una pausa, liberarnos de nuestras preocupaciones, volver al interior de nosotros mismos con el fin de meditar con calma, rumiar y dejar que el texto nos hable directamente. Pero solo de esa manera podemos explorar las posibilidades que ofrece para dar una respuesta personal al problema de la inquietud humana. Carl Vaught advierte en este sentido:
No podemos adentrarnos en las Confesiones sin antes cuestionarnos a nosotros mismos [...]. Si no estamos dispuestos a penetrar en las profundidades de nuestro ser, nunca entenderemos a Agustín, porque él nos exige sin cesar que reflexionemos sobre el itinerario que hemos recorrido en nuestro desarrollo intelectual y espiritual42.
El objetivo de este proyecto considera también la importancia que tiene la diseminación de la riqueza intelectual y espiritual de la obra de Agustín, en forma práctica y asequible para quienes se toman en serio la vida cristiana en nuestro tiempo. El mismo Agustín, de hecho, compartió por largos años su experiencia, su predicación y sus escritos con una multitud de todos los estratos sociales, atrincherados en las viejas costumbres e ideas, mezcla de santos y penitentes43. En nada diferente a la muchedumbre que formamos hoy día en las iglesias de la ciudad terrena. Juan Pablo II no tuvo duda alguna de ello y, con aguda visión de la validez de su mensaje a través de los tiempos, ofreció una reflexión a los frailes agustinos en la que enfatizaba:
La experiencia de Agustín se asemeja a la de muchos hombres contemporáneos y por eso vosotros podéis, con formas modernas de servicio pastoral, ayudarles a descubrir el sentido trascendente de la vida [...]. Extraed del inagotable tesoro de vuestro gran maestro sugerencias y propuestas para una acción apostólica renovada [...]. Salvaguardad, inalterada y viva, la herencia del mensaje doctrinal y práctico de san Agustín, en el cual puede encontrarse la humanidad de siempre, hambrienta de verdad, de felicidad y de amor44.
Pierre Hadot, en su análisis de los ejercicios en la antigüedad, nota una diferencia, basada en el comentario que hace Filón de Alejandría, entre «ejercicios específicamente más intelectuales» y «ejercicios más activos». La elección de vida fundamental del filósofo, nos dice, incluía una expresión «interior» y otra «exterior»: la primera permitía explicar y razonar la decisión misma y la segunda comunicarla a otros; una se sitúa en la categoría del diálogo con uno mismo y la otra en el orden de la acción y la conducta diaria. Ambas son inseparables para mantener el criterio de autenticidad en la vida1. Esta distinción, la que se establece entre ejercicios (del entendimiento y afecto) y prácticas (de la conducta), es básica para el diseño de este proyecto.
En primer lugar, la lectura de las Confesiones como exercitatio animae que proponemos es la esencia del ascenso meditativo de Agustín, que aquí se establece a través no de un argumento compuesto de una serie de afirmaciones bien razonadas, sino más bien de unos «descubrimientos» en los que, gradualmente, la verdad se revela a quien, siguiendo la urgencia del Evangelio, «busca, pregunta, llama» (Mt 7,7; I 1, 1).
Segundo, con esos Ejercicios se integran unas prácticas formativas que sostienen el esfuerzo hacia la conversión, a través de unas conductas metódicas al servicio del progreso en la madurez espiritual. Estas conductas expresan exteriormente lo que se ha interiorizado en los Ejercicios, configurando el estilo de vida que Agustín adopta a partir de su conversión. Esencialmente, ponen de manifiesto la disciplina y dedicación de la persona sobre la decisión que ha tomado. Las prácticas adquieren un valor distintivo por medio de palabras, de gestos y otras formas similares que la persona ejecuta en privado y con otros en público. La prioridad de algunas de ellas depende de las costumbres, las preferencias y las obligaciones que se asumen voluntariamente. En todo caso, las coordenadas de espacio y tiempo que les afectan regulan su actividad dentro de un particular contexto y regla de vida. Las prácticas, con su elemento de repetición y maestría, crean hábitos que proporcionan el sentido de estabilidad y continuidad. A medida que su efecto se consolida, llegan a formar parte del contexto íntimo de la persona, con lo que se robustece su sentido de identidad y el carácter de las virtudes cristianas que va adquiriendo. De ese modo consiguen también un efecto terapéutico que cohesiona la experiencia total del ser humano2.
Finalmente, proponemos esos conceptos de Ejercicios y prácticas como «distintos pero no separados» y en correspondencia con los procesos de conversión y formación, que son fundamentales para el propósito de las Confesiones. Agustín muestra cómo, con su entendimiento y voluntad –intellectum et affectum–3, articula una respuesta a la llamada de Dios y cómo la inseparable gracia de Dios la hace posible en la práctica. Todo el sentido de su obra está vinculado a este principio, al que Agustín recurre con insistencia. En este proyecto, la complementariedad de los Ejercicios y las prácticas se sustenta en las Escrituras que, como hilo conductor, orientan el pensamiento y la acción de Agustín para dar su testimonio como un estilo de vida cristiana. La palabra de Dios instruye al peregrino, estimulando su motivación para «hacer la verdad» en sí mismo (X 1, 1) y renovando en su interior la imagen de Dios que define una nueva creatura espiritual (XIII 22, 32; 23, 33). De esa manera la vida se va reformando de acuerdo con el propósito de su Creador y siguiendo sus caminos.
Aprender a recordar buscando a Dios
El peregrinaje espiritual de Agustín comienza con la memoria que es el instrumento de su búsqueda, desde las profundidades de la condición humana, para hacer la verdad en sí mismo y llegar al conocimiento de sí y de Dios, el referente de trascendencia. Es una actividad que se lleva a cabo través del diálogo interior.
A ese ejercicio inicial corresponde la práctica de narrar, un proceso de reflexión cuyo objetivo es reconstruir, interpretar y dar coherencia a los acontecimientos de la vida en la presencia de Dios. La memoria requiere una narración que consolide la continuidad en el peregrinaje.
Presencia radical
En un momento determinado de su vida. Agustín se sitúa ante la presencia de Dios para redactar sus Confesiones
