Ejercicios espirituales - Ignacio de Loyola - E-Book

Ejercicios espirituales E-Book

Ignacio de Loyola

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Beschreibung

San Ignacio de Loyola traduce en método para otros su propio camino interior y sistematiza una serie de ejercicios que hay que realizar, y una serie de observaciones y prácticas para alimentar la disposición de quien ha de ejercitarse y la del que hade ayudarle. "Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola son la aportación más profunda a la reforma de la Iglesia, la más original y la de mayor alcance hasta nuestros mismos días. Su intención profunda con este método fue contribuir a la regeneración evangélica, persona a persona, de los cristianos, papa incluido". (De la Introducción).

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Ignacio de Loyola

Ejercicios espirituales

Introducción deIgnacio Iglesias,SJ (†)

Versión electrónica

SAN PABLO 2012

(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected]

[email protected]

ISBN: 9788428563505

Realizado por

Editorial San Pablo España

Departamento Página Web

INTRODUCCIÓN Noticia de un texto (1522-1548)

1. Autor y origen de un texto

Si hubiéramos de fijar una fecha de nacimiento al texto que tienes entre manos, habríamos de ponerle el ya lejano 1522, en la casa solariega de los Loyola, a dos kilómetros de Azpeitia.

Allí un capitán, de treinta y un años, convalece de las heridas de su pierna derecha destrozada en la defensa del castillo de Pamplona contra los franceses. Mitad humillado, mitad resignado, intenta evadirse de una realidad que le ha tronchado sus mejores planes. Y, para evadirse, sueña. Y, para soñar, lee.

No hay a mano otros libros que la Vita Christi del cartujo Ludolfo de Sajonia (†1377) y la Legenda aurea (una especie de Flos sanctorum) del obispo Jacobo de Vorágine (†1298). «Por los cuales leyendo muchas veces algún tanto se aficionaba a lo que allí había escrito» (Autobiografía 6). Y empiezan a abrírsele horizontes que no había soñado y a bullir en su interior sentimientos que no conocía. «Y empezó a maravillarse desta diversidad, y a hacer reflexión sobre ella, cogiendo por experiencia que de unos pensamientos quedaba triste y de otros alegre, y poco a poco viniendo a conocer la diversidad de los espíritus, que se agitaban, el uno del demonio y el otro de Dios» (ib 8).

Entonces y allí empezó este libro. Porque, observando estas cosas, «se pone a escribir un libro con mucha diligencia..., las palabras de Cristo de tinta colorada, las de nuestra Señora de tinta azul, y el papel era bruñido y rayado y de buena letra, porque era muy buen escribano. Parte del tiempo gastaba en escribir, parte en oración» (ib 11). Allí le nació el deseo de pasar página en su vida e iniciar otra historia. Su primer «propósito» es ir a Jerusalén, lugar de penitencia, de perdón y de renacimiento del hombre nuevo que quiere ser, y que ya no puede prescindir del Jesús que ha empezado a conocer.

Camino de Jerusalén recala en Montserrat, donde hace confesión de toda su vida y cambia su uniforme militar por el saco de peregrino. El confesor pone en sus manos un «Ejercitatorio», una especie de devocionario que los monjes utilizaban para instrucción espiritual de los peregrinos. Probablemente un «compendio breve» del Ejercitatorio del abad García Jiménez de Cisneros.

Tres días después Manresa comienza a ser su escuela y lugar de entrenamiento espiritual. Allí durante los diez meses últimos de 1522, dedicado a la oración, a la penitencia y a relaciones de ayuda con otras personas, vive experiencias humanas y espirituales de todo tipo, desde escrúpulos que le ponen al borde del suicidio, hasta iluminaciones interiores que marcan su vida definitivamente, desde oscuridades angustiosas a consolaciones, que no duda en interpretar como signo y lenguaje de Dios: «Se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas...» (ib 30).

De lo que allí vive, observa, anota y comparte con otras personas, va creciendo el núcleo fundamental de este libro. «Él me dijo que los Ejercicios no los había hecho todos de una sola vez, sino que algunas cosas que observaba en su alma y las encontraba útiles, le parecía que podrían ser útiles tambien a otros, y así las ponía por escrito...» (ib 99). Un año después, ya en 1524, de vuelta de Jerusalén, frustrado en su deseo de permanecer allí rehaciendo su camino personal y dando noticia del Señor, las notas de su cuaderno seguirán engrosando, primero en Barcelona y pronto en Alcalá, corregidas sobre la base de las experiencias que van provocando en otros.

En su breve paso por Salamanca, en el verano de 1527, el cuaderno de notas pasa con éxito la primera prueba: «El bachiller Frías les vino a examinar uno por uno, y el peregrino (Ignacio) le dio todos sus papeles, que eran los Ejercicios para que los examinasen» (ib 67). Como en Salamanca tampoco se le posibilitaba la realización de su llamada personal, «aprovechar a las ánimas» (ayudar espiritualmente a los demás), decidió continuar su formación teológica en París. ¿Quedaron «todos sus papeles» en Salamanca? o ¿formaban parte del exiguo equipaje con que «se partió solo, llevando algunos libros en un asnillo» (ib 71)?

En todo caso, renace de nuevo el texto y sigue siendo completado y reformulado una y otra vez, al tiempo que sirve de «modo y orden» para ayudar a muchos a una relación personal con Dios, que se parte de la convicción de que puede ser «inmediata» (Ejercicios espirituales, [EE] 15). En tiempos de «iluminados» este planteamiento-base necesitaba ser muy matizado para no levantar sospechas en el entorno de la Inquisición, cosa que no se conseguiría del todo.

Durante los siete años de París (1528-1535), el texto quedará cuajado prácticamente en su totalidad. Y empezará su divulgación. Los mismos que han sido ayudados por Ignacio mediante estos «ejercicios» comenzarán ya enseguida a ayudar a otros con ellos. Cuando dos años más tarde, Ignacio y nueve universitarios se encuentren en Venecia y Roma y maduren el formar un grupo identificado por una misma intención y proyecto de seguimiento cristiano, que se llamará «Compañía de Jesús», este librito será su instrumento básico.

El acabado definitivo lo recibirá en Italia entre 1544 y 1548. Circula manuscrito, pero ya se han hecho dos traducciones latinas, porque Ignacio tiene prisa en su aprobación y en su divulgación. La más literaria será presentada para la aprobación pontificia, que llegará el 31 de julio de 1548. Ese mismo año es impresa en Roma en una tirada de quinientos ejemplares, de los que hoy se conservan seis u ocho autenticados.

2. El texto en su contexto cultural y eclesial

El texto nace, crece y madura en uno de los momentos más convulsivos y, a la vez, más creativos de la historia humana.

Por un lado Europa se alarga y se abre en los descubrimientos de nuevos continentes, al este, al sur, al oeste. Ignacio nace un año antes de que Colón pisara tierra americana. Por otro lado el viejo Imperio se desintegra, entre violencias de todo tipo, en los nuevos Estados, cuyo asentamiento sigue sin acabar del todo hasta nuestros días.

Explotan con fuerza los nuevos humanismos, en los que alborea la modernidad, en tensión con la Iglesia, no bien discernida por ésta. Ignacio de Loyola conocerá a Erasmo en sus escritos, apenas puesto en estudios, ya en Barcelona, y después en Alcalá y París. Hay quienes creen haber encontrado afinidades de visión, e incluso de formulación, en algunos momentos de los Ejercicios (Principio y Fundamento, Llamamiento...). Mayor sintonía cristiana siente Ignacio, sin duda, con Luis Vives, con quien se encuentra personalmente en Brujas en la cuaresma de 1529.

Contemporáneos de Ignacio fueron también hombres cuya presencia no ha sido indiferente para la humanidad –y varios de ellos incluso para el propio Ignacio–, por ejemplo, los ya referidos Erasmo y Luis Vives, Lutero, Calvino, Melanchton, Juan Valdés, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Maquiavelo, Carafa (más tarde papa Paulo IV), Felipe de Neri...

Pero el acontecimiento que convulsiona más profundamente su vida hasta convertirse en una de las llamadas fuertes e ineludibles del Señor, para él y para sus compañeros, a la propagatio y defensio fidei, es la ruptura eclesial producida por la reforma protestante. El tema, en sus aspectos intra y extraeclesiales, está muy en primer plano en la planificación apostólica inicial de la Compañía de Jesús, y es objeto de su relación frecuente con hombres tocados de la misma sensibilidad o con autoridad para poder actuar en ese campo.

En torno a la reforma protestante y a la «reforma» interna de la Iglesia girará correspondencia suya con san Juan de Ávila o santo Tomás de Villanueva, con Pedro Canisio y los jesuitas enviados a Alemania, o numerosas propuestas a Carlos V, a Fernando, rey de los romanos, al príncipe Felipe (luego Felipe II), a Juan de Vega virrey de Sicilia... Sin olvidar las orientaciones de vida, en este sentido, dadas a los hombres que él mismo había ofrecido para el concilio de Trento.

Pero, a mucha distancia de todas las demás, su aportación más profunda a la reforma de la Iglesia, la más original y la de mayor alcance hasta nuestros mismos días, es precisamente este texto de los Ejercicios. Su intención profunda con este método fue contribuir a la regeneración evangélica, persona a persona, de los cristianos, Papa incluido. No disimula esta intención cuando escribe: «Dos y tres y otras cuantas veces puedo os pido por servicio de Dios N. S. lo que hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su divina Majestad por qué no os lo pido con todas las fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a otros muchos, como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos; que cuando para lo primero no sintiésedes necesidad, vereis sin proporción y estima cuánto os aprovechará para lo segundo»[1].

O veinte años más tarde, muy próximo ya a su muerte: «Entre otras cosas que suelen mucho ayudar, e intrínsecamente, los hombres, V. R. sabe que hay una muy principal: los Ejercicios. Os recuerdo, pues, que hay que emplear esta arma...»[2].

3. Dar «a otro modo y orden» (EE2)

Esta necesidad de «ayudar» a todos, que Ignacio siente como una fuerza interior, brota incontenible no de un discurso teórico-teológico, sino de experimentarse a sí mismo una y otra vez ayudado por Dios, perdonado, convertido, salvado. Por eso a la hora de ayudar a otros no utiliza ningún discurso filosófico-teológico, ni siquiera desahoga en literatura espiritual sus propias vivencias, como han sentido necesidad de hacer otros, también en parte contemporáneos, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz...

Hombre de observación y de acción –o de observación para la acción–, por temperamento y por formación, traduce sencillamente en método para otros su propio camino interior y sistematiza una serie de «ejercicios» que hay que realizar y una serie de observaciones y prácticas para alimentar la disposición de quien ha de «ejercitarse» y la del que ha de ayudarle. El texto resultante es más bien un «libro del profesor». Habrá de ser completado por el texto «oral» del que da Ejercicios en orden a provocar en el ejercitante un dinamismo interior de escucha y de respuesta, que generará en él un nuevo texto propio, original e irrepetible.

Estudiosos del lenguaje, y particularmente del lenguaje de Ignacio, han descrito a éste –precisamente por el texto de los Ejercicios, literatura para hacer–, como un gran creador de lenguaje[3]. Para Barthes, cuando tenemos el libro de los Ejercicios en la mano, no tenemos un texto, sino cuatro. Primero el texto literal, objetivo, histórico, destinado al que da Ejercicios; el segundo, que llama semántico, es el texto que el que da Ejercicios transmite al que se ejercita, cuando desentraña y explica el sentido de cada ejercicio y lo adapta al ejercitante concreto.

El tercero es el producido por el propio ejercitante, el de su oración propia, en todas sus formas –por eso el nombre de alegórico–, con la que se dirige a Dios. Aquí es donde resultan particularmente geniales las técnicas ignacianas descritas en el libro como preámbulos de cada ejercicio, anotaciones, adiciones, reglas, notas... Y, finalmente, el texto que percibe el ejercitante como respuesta de Dios en los signos y movimientos de espíritu que suceden en él de forma imprevista y a los que debe ser especialmente atento (aquí la importancia de los exámenes), texto al que Barthes da el nombre de anagógico (el que viene de arriba).

Los tres últimos, provocados por el primero, el texto propiamente tal puesto en acción, resultan altamente «dramáticos». Como relación entrecruzada de personas libres (Dios, el que hace ejercicios, el que los da), y como dinamismo de reacción no programada, sino vital, el sujeto humano entero del ejercitante entra en juego con todas sus capacidades de captación y de respuesta, y el «Dios siempre mayor» sorprende continuamente al sujeto humano dándose a conocer en inesperadas formas de iluminación interior a través de numerosos «signos».

Es necesario tomar conciencia de que, en todo caso, se trata de textos «históricos», es decir, el proceso aludido no versa sobre disquisiciones teóricas, ni teológicas ni filosóficas, sino sobre acontecimientos ya sucedidos en el pasado, sobre los que suceden en el que se ejercita durante los mismos Ejercicios, o los que se dispone a vivir el ejercitante. El párrafo más afín a una concepción e interpretación teórica, el del Principio y Fundamento (EE 23), tiene su sentido verdadero, no como teorización, sino como «ejercicio», verificado no en el universal «el hombre», sino en el concreto de la historia de una persona, la que se ejercita, «un hombre», «este hombre».

El ejercitante toma conciencia de la historia de salvación en la que está inmerso y de la realización de esta historia en sí mismo día tras día[4]. Por una especie de inmersión en ella («traer a la memoria»), conoce experiencialmente al Dios por el que es creado, perdonado, liberado «en el Hijo», y lo verifica en su historia ya vivida. Precisamente esta verificación constituye la esencia de la historia que se está realizando en él durante los Ejercicios mismos, historia que, finalmente, conduce al proyecto histórico personal de la elección o de la reforma de vida como voluntad histórica de Dios, encontrada y querida por el ejercitante, para el futuro.

Este conocimiento experiencial de Dios es ciertamente un don gratuito, no impuesto, sino ofrecido, que requiere ser acogido libremente. Esta acogida es la razón de ser del proceso, que pivota sobre tres convicciones básicas: la de que Dios se comunica «inmediatamente» (EE 15), sin intermediarios, con el ser humano; la de que es imprescincible la cooperación libre de éste para que esa comunicación se plenifique y sea comprendida y realizada; y la de que es sumamente importante la intervención objetivadora del que da ejercicios, que contrasta y ayuda a descifrar la historia que se va produciendo.

4. «Buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida» (EE 1)

Éste es, nada menos, el objetivo que se proponen los Ejercicios desde la primera línea: el de la realización humana plena, según el proyecto de Dios, que se ha visto alterado básicamente en la historia por la libertad humana. Proyecto reconstruido «en el Hijo». Por eso el proceso conduce al ejercitante al proyecto, que es Jesús, mediante la fe en Él, es decir, mediante una adhesión personal transformante a la persona del Salvador. El camino cristiano, que los Ejercicios quieren servir, discurre como un desplazamiento progresivo desde el endiosamiento, que cada ser humano lleva dentro (cf Gén 3,5), al reconocimiento del Dios único y de su propia condición de creatura predilecta de ese Dios.

Experimentarse en lo concreto de su historia desbordado por la misericordia de Dios constituye la experiencia fundante, comienzo del proceso de Ejercicios, que provoca en el ejercitante el deseo y la necesidad vital de responder. Este diálogo de vida es la esencia de la relación personal, que puede decirse el hilo conductor de todo el proceso de Ejercicios. Desde el comienzo de los mismos (cf EE 53-54), se hace presente en el «por mí-por Ti» (EE 53) de la primera meditación del pecado, verdadero eje de fe de todo cristiano.

La respuesta del ejercitante toma forma en la palabra bíblica «creer en el Hijo» (cf Jn 6,28-29), que significa fiarse de Él, arriesgarse en persona a la lógica de vivir como vivió Él (cf 1Jn 2,6). Para lo cual es imprescindible conocerle, pero no con un conocimiento cualquiera, por más erudito que sea, sino con un «conocimiento interno», que va a ser ya necesidad permanente y que sucede en lo más profundo de la persona alterándola y transformándola.

La afinidad personal, que resulta de esta transformación, con Quien no vivió para otra cosa que para la voluntad de su Padre (cf Jn 4,34; 5,30; 6,38-39) va capacitando al ejercitante para descubrir también él la voluntad de Dios sobre lo concreto de su vida y le va llevando a la madurez de una elección libre o alimentando el dinamismo de una reforma de vida al final de la segunda semana.

Finalmente, adentrarse contemplativamente en la Pascua (objeto de la tercera y cuarta semanas) tiene, como experiencia, una función confirmadora del ejercitante, que le permita atreverse a la elección o a la reforma de vida, descubierta y decidida ya, en nombre del Señor, con Él y por Él.

El nuevo talante del hombre o de la mujer renacidos en el proceso, y con el que se disponen a continuar su historia iluminados y fortalecidos, es alimentado en la Contemplación para alcanzar amor, que cierra el camino abierto por el Principio y Fundamento. Ambos momentos no son paréntesis que recogen, cierran y fijan un proceso, sino puertas siempre abiertas de un método, que permiten su utilización indefinidamente, aplicándolo a la realidad viva de una historia, nueva siempre de parte de Dios, y campo de sorpresa y de riesgo siempre para el ser humano. La Contemplación para alcanzar amor es en realidad Principio y Fundamento para otro momento en el que el ser humano quiera seguir ayudándose de este método para tomar conciencia de la historia de salvación que se va realizando en él, pero que no madura sin su cooperación voluntaria.

5. Las semanas y los días

San Ignacio organiza el itinerario de sus Ejercicios distribuyéndolo en cuatro semanas, no de calendario, sino de unidad de proceso, que quien los da ha de aplicar con flexibilidad, según el ritmo de la experiencia que sucede en el que se ejercita. Precisamente una de las normas básicas de la pedagogía ignaciana de Ejercicios reza así: «Segun la disposición de las personas, que quieren tomar ejercicios espirituales, (...) se han de aplicar los tales ejercicios» (EE 18).

La primera semana (cf esquema), enmarcada en la toma de conciencia del «primero de Dios» (cf 1Jn 4,10.19) del Principio y Fundamento (EE 23), trata de despertar al ejercitante al hecho de la comunicación permanente de Dios, por inmersión en su gratuidad, su misericordia, su fidelidad..., como realidades históricas que forman su propia trama existencial, experimentada precisamente en la historia de su egoísmo (pecado). El ejercitante se vuelve («convierte») a un Dios que experimenta permanentemente vuelto a él y desbordándole. Se pone en marcha así un proceso de liberación de su pecado, de su egoísmo, de su involución personal sobre sí mismo y le nace la necesidad de preguntarse una y otra vez: ¿qué debo hacer por Cristo? (EE 53).

Este impulso interior, que empieza a liberar su libertad y le mueve a salir de sí, es recogido expresamente en el ejercicio del «Llamamiento» (EE 91-98), con el que se inicia la segunda semana y que lleva al ejercitante a poner libremente su persona entera en el camino que es Jesús, fidelidad y misericordia del Padre, y modelo de realización y de respuesta de toda persona humana.

Una vez en camino, manteniendo abierta la pregunta: ¿cuál es la voluntad de Dios sobre mí en esta historia?, el ejercitante se adentra contem-plativamente en los misterios evangélicos de la Encarnación, Infancia, vida oculta, vida pública... Busca ansiosamente no una erudición (información) acerca de Jesús, ni una reflexión doctrinal (formación) sobre Él, sino una «sabiduría», «conocimiento interno» (EE 102) que altera el «yo» más profundo (transformación) por adhesión cordial con la persona del Señor, configurándolo (conformación) según Él. El ejercitante está de lleno y se mueve ya en el nivel más radical del seguimiento de Jesús.