El arte de la guerra - Sun Tzu - E-Book

El arte de la guerra E-Book

Sun Tzu

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Escrito en la China del siglo VI a.C., «El arte de la guerra» es uno de los tratados estratégicos más influyentes de la historia. Sun Tzu expone una filosofía basada en la planificación, el conocimiento del enemigo y la adaptación al entorno como claves para alcanzar la victoria con el mínimo conflicto. Más que un manual militar, esta obra ofrece principios aplicables a la política, los negocios y la vida cotidiana, convirtiéndose en una fuente de inspiración para líderes y estrategas de todo el mundo. Un clásico atemporal sobre la inteligencia, la táctica y el poder que ha perdurado durante más de dos mil años.

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Seitenzahl: 174

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Sun Tzu

(Estado Qui, 544 a. C. – Gusu, 470 a. C.)

Fue un general, estratega militar y filósofo cuya obra sigue siendo un referente en el arte de la guerra. Nacido en el antiguo reino de Wu, en la China del siglo VI a. C., se convirtió en consejero de los gobernantes de su tiempo, aplicando sus conocimientos en conflictos clave. Su pensamiento, basado en la disciplina, la astucia y el conocimiento del enemigo, trascendió el ámbito militar y se ha aplicado en la política, los negocios y la estrategia moderna.

Escrito en la China del siglo VI a. C., El arte de la guerra es uno de los tratados estratégicos más influyentes de la historia. Sun Tzu expone una filosofía basada en la planificación, el conocimiento del enemigo y la adaptación al entorno como claves para alcanzar la victoria con el mínimo conflicto. Más que un manual militar, esta obra ofrece principios aplicables a la política, los negocios y la vida cotidiana, convirtiéndose en una fuente de inspiración para líderes y estrategas de todo el mundo. Un clásico atemporal sobre la inteligencia, la táctica y el poder que ha perdurado durante más de dos mil años.

EL ARTE DE LA GUERRA

Sun Tzu

EL ARTE DE LA GUERRA

Edición de Fernando Puell de la Villa

 

BIBLIOTECA NUEVA

 

 

Título original: Sūnzi bīngfǎ

©Sun Tzu

© Editorial Biblioteca Nueva S. L., Madrid

© Malpaso Holdings S. L., 2026

Riera de Sant Miquel, 30, sótano 3

08006 Barcelona

www.malpasoycia.com

ISBN: 979-13-88115-05-9

Primera edición: 2026

Producción del ePub: booqlab

Maquetación: Malpaso Holdings S. L.

Diseño de cubierta: Malpaso Holdings S. L.

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.

ÍNDICE

Cubierta

Sun Tzu

El arte de la guerra

Título

Créditos

Índice

I

NTRODUCCIÓN

B

IBLIOGRAFÍA

EL ARTE DE LA GUERRA

I

. L

OS TRECE CAPÍTULOS CANÓNICOS

Capítulo 1: Análisis de los factores

Capítulo 2: Normas operativas

Capítulo 3: Planes ofensivos

Capítulo 4: El despliegue

Capítulo 5: La maniobra

Capítulo 6: Puntos débiles y puntos fuertes

Capítulo 7: El combate

Capítulo 8: Las nueve circunstancias

Capítulo 9: El empleo del ejército

Capítulo 10: El terreno

Capítulo 11: La zona de operaciones

Capítulo 12: El combate incendiario

Capítulo 13: El empleo de agentes

II

. C

APÍTULOS ADICIONALES

Capítulo 1: Las preguntas de Wu

Capítulo 2: Los cuatro imponderables

Capítulo 3: El emperador Amarillo ataca al emperador Rojo

Capítulo 4: La organización [del terreno]

Capítulo 5: [Una entrevista con el rey Wu]

III

. O

TROS TEXTOS ATRIBUIDOS A

S

UN

T

ZU

1. Dinastía Han del Oeste (202 a. C.-9)

Textos caligrafiados en tablillas de Bambú

2. Dinastía Han del Este (25-220)

Libro titulado

Consejos al jefe militar

Libro titulado

Compendio simbólico de las costumbres

3. Dinastía Sui (581-618)

Libro titulado

El esquema del despliegue octogonal

Libro titulado

Recopilación de la biblioteca imperial

4. Dinastía Tang (618-906)

Libro titulado

El tratado clásico de los 32 baluartes

Libro titulado

Comentarios a zo-chuan

Libro titulado

Comentarios al wen xuan

Enciclopedia

Tong dian

5. Dinastía Song del Norte (960-1126)

Libro titulado

Tai ping Yu lan

6. Textos citados en recientes monografías

Libro titulado

Sun Tzu xi-lu

Libro titulado

Sun Tzu hui-chien

Libro titulado

Sun Tzu dao-tu

Guide

Cubierta

Título

Start

INTRODUCCIÓN

Nuestra cultura suele contemplar a la oriental bajo dos puntos de vista contrapuestos. Muchos occidentales tienden a mitificar cuanto proceda de Extremo Oriente. Otros, si bien cada vez menos, ponen en duda que China haya aportado novedad alguna a la civilización universal y sostienen que cuanto han formulado sus filósofos y pensadores ha sido también planteado por los europeos.

La primera postura es muy característica de la época actual, difundida por los numerosos seguidores y admiradores de la cultura china que han proliferado en los Estados Unidos. La segunda fue más propia de los intelectuales del siglo XIX, quienes, ensoberbecidos, llegaron incluso a negar las propias raíces de aquella civilización milenaria:

Los chinos proclaman —estableció un afamado autor de la Inglaterra victoriana— que su ser nacional se remonta a la más remota antigüedad. Gran parte de lo que registran esas antiguas crónicas es, no obstante, objeto de controversia hasta para los propios historiadores de aquel país. En realidad, cuantos autores del resto del mundo se han ocupado de investigar el tema, han llegado a la unánime conclusión de que únicamente el mito y la leyenda sustentan lo que los chinos llaman historia.1

Todavía hoy permanece abierto el debate en el interior de la propia China. Hace dos siglos, cualquier ciudadano de aquel país hubiese antepuesto sus valores culturales a los de Occidente. Desde tiempo inmemorial, todos ellos se habían sentido más inteligentes, cultivados y hábiles que el resto de los pueblos bárbaros, como llamaron y siguen llamando a los extranjeros. Después, a lo largo del siglo XIX, una serie de reveses políticos, económicos y militares fue minando su autoestima.

Debido especialmente a estos últimos, el decadente Celeste Imperio se vio obligado a aceptar el vejatorio protectorado de las grandes potencias del momento —Francia, Gran Bretaña y, en menor medida, Estados Unidos—, cuando se sintió incapaz de hacer frente por sí mismo a las pretensiones territoriales de rusos y japoneses.

Los occidentales se instalaron en China llevando una vida aparte y se consideraron más amos que huéspedes del país. La prolongada estancia de aquellos interesados protectores trajo consigo una soterrada colonización ideológica, de efectos letales para la cultura del inmenso y, hasta entonces, aislado imperio.

Sus habitantes, aunque reconocían la humillante situación del régimen impuesto por los extranjeros en ciudades como Shanghai o Tianjin, empezaron a pensar que la vieja China no era más que un sublime monumento cultural, digno de admiración y respeto, pero poco práctico.

La observación directa del dinamismo vital de los extranjeros, de los adelantos técnicos que poseían y de su capacidad de organización les indujo a poner en entredicho la posibilidad de aplicar su multisecular herencia cultural a la resolución de problemas de la vida cotidiana.

La constatación de esa realidad no les llevó, sin embargo, a abjurar de su ancestral conciencia de superioridad sobre todo lo foráneo y los líderes de las nuevas generaciones pretendieron aunar tradición y modernidad para reconstruir la nación.

Podemos aprender fácilmente lo que los diablos estúpidos saben —ponía en boca de uno de sus personajes la escritora Vicky Baum, en su conocida novela Shanghai Hotel, haciéndose eco de la opinión de muchos chinos en los albores del siglo XX— pero lo que nosotros sabemos no podrán ellos aprenderlo nunca.

Origen y causas de la repercusión de la obra de Sun Tzu

Lo sucedido con el tratado sobre El arte de la guerra de Sun Tzu es muy representativo del proceso expuesto.

Durante dos mil años, los líderes del Lejano Oriente estudiaron y aplicaron aquella original fórmula estratégica con notable éxito. Sin embargo, cuando al inicio del siglo XX Japón tomó prestada la doctrina militar de Occidente y comenzó a descollar como gran potencia, los chinos pusieron en duda, entre otras muchas cosas, la eficacia de su peculiar estilo de guerrear.

Tras la resonante invasión y derrota de Rusia por el ejército japonés en 1905, la opinión pública se movilizó. Miles de chinos, espoleados por un alud de manifiestos y llamamientos, exigieron seguir el ejemplo nipón y librar a China de su vergüenza, es decir, de la humillación a que la sometían los extranjeros.

El Guomidang —el Partido Nacional del Pueblo— asumió estos planteamientos y lideró el movimiento del 10 de octubre de 1911, que provocó la caída de la dinastía Qing en 1913. El hundimiento del bimilenario imperio arrastró consigo la de aquella particular forma de hacer y entender la guerra, más antigua aún que la propia estructura dinástica.

Inmediatamente, el territorio de los derrocados manchúes quedó fragmentado y unas cuantas docenas de señores de la guerra se enzarzaron en devastadoras luchas por la hegemonía.

A partir de 1925, la situación se hizo insostenible. De una parte, Japón decidió sacar provecho de la debacle e invadió el territorio chino. De otra, el general Jiang Jieshi se autoproclamó líder del Guomidang y se erigió en dictador de la zona de China que dominaba, guerreando con ferocidad y simultáneamente contra los nipones y contra el resto de los señores de la guerra. Por si ello fuera poco, después de que la policía extranjera disolviera a tiros dos manifestaciones de trabajadores y estudiantes en Shanghai y en Guangzhou, causando decenas de muertos, los campesinos del sur se sublevaron y organizaron un movimiento de raíz marxista-leninista.

En esta caótica situación, en la que todos parecían luchar contra todos, Mao Zedong —un oscuro maestro de la provincia meridional de Hunan— tuvo el acierto de intentar combinar tradición y progreso, de aplicar doctrinas ancestrales para transformar a su país en momentos en los que la propia cultura se encontraba muy desacreditada.

El futuro presidente de la República Popular China había tomado conciencia de la importancia de la propia historia desde su juventud. En su obra se advierte que criticó con dureza la falta de interés por el pasado de sus compañeros, su desprecio hacia las peculiaridades y preciosidades de la inmemorial herencia cultural.

Desde el punto de vista militar, Mao supo adaptar al combate moderno principios extraídos de la escuela estratégica tradicional, mucho más eficaces que la trasnochada doctrina sobre la guerra de trincheras —vestigio de la primera Guerra Mundial—, que utilizaba el resto de sus competidores.

El elemento innovador de su lucha revolucionaria, su gran aportación al arte militar de nuestra época, fue la guerra prolongada de guerrillas, con puntos estratégicos fijos. En contraposición con lo sucedido durante la Guerra de la Independencia española, donde las guerrillas desempeñaron un papel secundario y auxiliar de las tropas regulares hispano-británicas, el grueso del ejército maoísta estuvo integrado por unidades de guerrilleros, que llevaron el esfuerzo principal del combate.

Su otra gran aportación, el elemento ancestral de la misma, consistió en transferir a tan original forma de combate métodos extraídos de la doctrina de los antiguos maestros guerreros de la época predinástica.

En el verano de 1927, Mao se valió por primera vez de uno de los principios básicos de El arte de la guerra de Sun Tzu, gracias al cual sus mil seguidores y él mismo evitaron ser aniquilados por un enemigo que les superaba en cualquier aspecto.

En aquella ocasión, el todavía joven y controvertido dirigente, consciente de su inferioridad frente al generalísimo Jiang Jieshi, abandonó la lucha y se retiró al escarpado territorio de Jinggang —la infranqueable cordillera de las Fuentes—, maniobra inspirada en uno de los preceptos del capítulo 4 del milenario tratado:

Cuando estés en condiciones de inferioridad, evítale [al ejército contrario]. Porque la defensa solo es útil para contener a un ejército pequeño, pero te convertiría en presa fácil de un gran ejército.

En 1930, Mao se consagró como caudillo indiscutible del movimiento comunista, tras poner en desbandada al grueso del ejército de Jiang Jieshi. Cuando el ejército rojo conquistó la ciudad de Changsha, capital de la provincia de Hunan, el líder nacionalista preparó un extenso y enérgico contraataque. Mao acudió de nuevo a Sun Tzu y, gracias a la doctrina elaborada hacía 2.500 años, los 30.000 hombres de que disponía se impusieron sobre los 200.000 soldados del generalísimo.

Jiang dispuso el ataque al territorio dominado por los comunistas, desplegando su ejército a manera de tenaza: las tropas de elite en ambos extremos y las bisoñas en el centro. Mao logró desbaratar la pretendida maniobra envolvente. Desplazó sus efectivos a gran velocidad, en sentido paralelo a los 350 kilómetros del frente enemigo, al tiempo que ordenaba atacar una por una a las unidades del centro, mediante acciones tan rápidas que las situadas a derecha e izquierda del objetivo no fueron capaces de reaccionar.2

Debió sentirse tan ufano de su victoria que, años después, la recordaba así en uno de sus poemas:

Barrimos al enemigo como se enrolla una estera.

Alguien gime desilusionado,

¿de qué te sirve montar un bastión a cada paso?3

Una vez más, en agosto de 1934, puso en práctica otro de estos principios, cuando el grueso de su ya respetable ejército se vio aprisionado en un espacio mínimo, en torno a la capital soviética de Ruijin. Según Sun Tzu, al quedar copado un ejército —la llamada «situación sin salida», descrita en el capítulo 11 del tratado—, la única posibilidad de sobrevivir consistía en luchar hasta la muerte para escapar de ella.4

A mediados de octubre de aquel año, Mao ordenó a sus hombres romper el cerco enemigo —colosal hazaña, que dio origen a la mítica Larga Marcha por el oeste de China y al triunfo definitivo del comunismo—, con el mismo resultado previsto en el siguiente pasaje:

Actúa en zonas de operaciones sin salida, donde los hombres se vean abocados a morir, por no tener posibilidades de escapar. Una vez que hayan asumido el riesgo de perecer, ¿no es cierto que oficiales y soldados se esforzarán al máximo por evitarlo?

Mao escribió más de un tercio de su obra entre 1936 y 1940. Entre ella destacan tres importantes tratados de estrategia: Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria en China (1936), Problemas tácticos de la guerra de guerrillas contra Japón (1938) y Sobre la guerra prolongada (1938). En ellos es fácil detectar las viejas fuentes chinas que le sirvieron de inspiración.

No hay que despreciar —reconocerá Mao en el tercero de dichos tratados— el proverbio del maestro Sun Wu, el gran experto militar de la China antigua: Conoce al enemigo y conócete a ti mismo, y podrás librar cien batallas sin conocer la derrota.

Pese a constituir una importante contribución a la tratadística militar contemporánea, la verdadera transcendencia de los escritos castrenses del dirigente comunista procede de haber sido utilizados como base doctrinal por los líderes guerrilleros del tercer mundo, en sus luchas contra las potencias colonialistas de Occidente durante los años 60 del siglo XX.

Gracias precisamente a esta última circunstancia, durante el último cuarto de este siglo, el tratado sobre El arte de la guerra de Sun Tzu alcanzó gran difusión en el mundo occidental, con especial resonancia en entornos empresariales altamente competitivos.

La repercusión se la debemos en particular al líder norvietnamita Ho Chi Minh, quien conoció el milenario librito a través de la obra de Mao, y después se preció de haber seguido sus recomendaciones para lograr la proeza de derrotar a la nación más poderosa del planeta.

Los militares norteamericanos tomaron buena nota de lo ocurrido y, aparte de encargarse de difundir y prestigiar el vetusto tratado por doquier, se apresuraron a aplicar su doctrina en la primera ocasión que se les presentó. En 1991, al término de la operación Tormenta del Desierto, sus diseñadores no tuvieron rebozo en reconocer que el arte de la ficción, al que se refiere el capítulo 1 de El arte de la guerra, fue la base de aquel increíble espectáculo de luz y sonido que derrotó al ejército iraquí. La Guerra del Golfo fue la realidad virtual puesta al servicio del conflicto bélico, la especulación al servicio de la propaganda, la perfecta confusión entre el hecho y su simulación.

Simultáneamente, en los Estados Unidos, las grandes multinacionales descubrieron el filón de las Fuerzas Armadas para nutrir sus cuadros directivos. El perfil del moderno militar profesional imponía una temprana edad de retiro, por lo que se convirtió en candidato idóneo de las grandes empresas, cuando precisaban contratar a técnicos con experiencia en aspectos logísticos y de organización.

De su mano, El arte de la guerra de Sun Tzu entró en el mundo de los negocios, donde llegó a convertirse en el vademécum de la estrategia empresarial. En la actualidad, el libro es lectura obligada para los cuadros directivos de las más prestigiosas empresas, y sus páginas son fuente de inspiración para los ejecutivos inmersos en la contienda cotidiana de obtener mayor cuota de mercado frente a los competidores.

Trayectoria del tratado en el mundo occidental

A finales del siglo XVI, unos cuantos jesuitas españoles, siguiendo los pasos de San Francisco Javier, fueron los primeros extranjeros que se establecieron en China. Al entrar en contacto con su cultura, conocieron y tradujeron las obras más sobresalientes de la filosofía oriental, dándolas a conocer en Europa. Sin embargo, los jesuitas o no conocieron la obra de Sun Tzu, o debieron considerar que su labor evangelizadora tenía poco que ver con la tarea de traducir libros de estrategia militar.

El pequeño tratado no llegó a Europa hasta siglo y medio después, cuando Francia se había convertido en faro de la cultura y sus misioneros había sustituido a los españoles en China. El jesuita Joseph Marie Amiot, enviado a Pekín en 1740, donde logró granjearse la confianza del emperador, entretuvo sus ocios traduciendo algunas obras clásicas menores —entre las que se encontraba la de Sun Tzu—, que se editaron conjuntamente en París, en 1772, un par de años antes de la muerte de Luis XV.

Amiot, sorprendido del eco alcanzado por el minúsculo tratado militar incluido en el volumen anterior, decidió revisar la traducción y reeditarlo como libro singular cuatro años después.5 Se dice que el joven Napoleón Bonaparte leyó esta segunda edición y que sacó mucho provecho de ella. Sea o no así, el libro se difundió con bastante rapidez y, antes de finalizar el Siglo de las Luces, existían traducciones en ruso y en alemán.

Esta repercusión no debe ser motivo de extrañeza. El más brillante de los tratadistas militares del siglo XVIII, el teniente general de los ejércitos de Felipe V, Álvaro Navia Ossorio y Vigil, marqués de Santa Cruz de Marcenado, defendía principios muy similares a los propuestos por los filósofos-estrategas chinos de la antigüedad. Principios que, por otra parte, eran inherentes a la manera de hacer y entender la guerra propia de la Ilustración.

Las Reflexiones militares de Marcenado, publicadas en Turín en 1724, preconizaban conceptos —disuasión, prudencia, limitación, austeridad, entre otros—, que podrían proceder, si esto no fuera una hipótesis descabellada, del tratado escrito por los discípulos de Sun Tzu más de dos milenios antes.6

Comparar ambos textos sería objeto de una interesante monografía, pero es evidente que no es este el lugar más apropiado para ello. Valgan un par de pinceladas, para la ilustración del lector, y como llamada de atención para algún estudioso al que le atraiga tan sugerente tema.

No es tarea fácil seleccionar solo un par de pasajes de ambas obras, porque hay mucho donde elegir. Por ejemplo, tanto Marcenado como Sun Tzu quisieron alertar a los gobernantes de su tiempo de las gravísimas consecuencias derivadas de la ruptura de las hostilidades, y ambos utilizaron argumentos muy similares para disuadirles de tomar tal determinación y obligarles a reflexionar detenida y serenamente antes de adoptarla. Su pensamiento quedó resumido en las siguientes sentencias:

El que no sea consciente —escribía el tratadista chino— de los riesgos de iniciar una guerra, tampoco sabrá cómo resolverla con posibilidades de éxito.

Para no moverte ligeramente a entrar en una guerra —insistirá nuestro marqués— debes considerar que no estará tal vez en tu mano la salida.

Otros conceptos, tales como las virtudes del jefe, la relevancia del entorno sobre las operaciones bélicas, la importancia del secreto en las deliberaciones previas a la toma de decisiones, la necesidad de mantenerse bien informado sobre los planes y movimientos del adversario, la atención que había de prestarse al combatiente como individuo y a la tropa como colectivo social, fueron enfocados de igual modo por los dos tratadistas. Llama la atención que, incluso cuestiones de índole financiera, recibieran idéntico tratamiento:

Si hay que atender a su abastecimiento —decía Sun Tzu— el ejército arruina al país. Cuando actúa lejos de la frontera, porque los elevados costes de transporte empobrecen a la nación. Cuando actúa cerca, porque el precio de los alimentos sube. Su carestía agotará tus previsiones financieras, y cuando te hayas quedado sin fondos, te verás forzado a incrementar los tributos para poder mantener al ejército. Toda riqueza se desviará al campo de batalla; las haciendas de los habitantes de la frontera quedarán consumidas, y las familias del interior depauperadas. El pueblo perderá el sesenta por ciento de sus bienes. El tesoro gastará el sesenta por ciento de sus reservas.

El primer efecto de la guerra es hacer incultas las más fértiles provincias —dirá Marcenado— porque atemorizados de partidas enemigas los paisanos, abandonan los campos de la frontera; y disminuidos los pueblos de tierra adentro por medio de las levas u ocupados sus bagajes en transportes de convoyes y en conducción de equipajes de regimientos que transitan, no solo faltan hombres, sino ganados para trabajar las tierras. No solamente la guerra esteriliza los países, sino que agota los tesoros.

No deja de sorprender, sin embargo, que la salida al mercado del tratado chino pasara desapercibida para el capitán general conde de Aranda, embajador en París desde 1773 a 1788, porque está documentado que compraba cualquier cosa que le ofrecieran —libros, mapas, proyectos, dibujos, etcétera—, siempre que estuviera relacionada con su profesión.