El camino de la paradoja - Cyprian Smith - E-Book

El camino de la paradoja E-Book

Cyprian Smith

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Desde la aparición de este libro en lengua inglesa, la obra ha sido aclamada no solo como la introducción más autorizada y de fácil acceso al Maestro Eckhart, sino como una atractiva, erudita y profunda reflexión sobre la vida espiritual. Cyprian Smith explica lúcidamente los principales temas de la enseñanza del Maestro Eckhart, relacionándolos con las aportaciones de la psicología y de la espiritualidad modernas, lo que confiere a Eckhart una gran actualidad y una asombrosa capacidad de diálogo. Los dos primeros capítulos son introductorios, y tratan sobre el valor y el interés de la enseñanza espiritual de Eckhart en el mundo contemporáneo y sobre su visión de la vida espiritual como una tensión de opuestos. Los capítulos centrales se ocupan de los diversos elementos de esta tensión, culminando en la figura de Cristo, en quien la tensión alcanza su punto máximo y logra su reconciliación tanto en la historia como en el corazón humano. Los capítulos finales abordan algunos problemas especiales de la vida cotidiana y las implicaciones de la enseñanza de Eckhart para la espiritualidad de hoy y de mañana.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cyprian Smith, OSB

El camino de la paradoja

La vida espiritual según el Maestro

Eckhart

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

Índice

Introducción

Luz en la oscuridad

El ojo del corazón

El desierto silencioso

Fusión

La voz de Dios

La palabra encarnada

El camino y la meta

La gloria del Reino

Resonancias

Colección Espiritualidad

Introducción

Este no es un libro académico, aunque para redactarlo haya habido que investigar mucho. Su objetivo es, más bien, ayudar al buscador espiritual moderno haciéndole entrar en contacto con la mente del Maestro Eckhart, uno de los grandes maestros espirituales de todos los tiempos.

Dado que podemos acceder a muchas de las obras de Eckhart en excelentes traducciones, uno podría preguntarse si no sería mejor ir a ellas directamente. Pero Eckhart, aunque es un autor fascinante y magnético, no se entiende fácilmente sin algún tipo de explicación o introducción preliminar. No es que su estilo sea ampuloso u oscuro, ni mucho menos, sino que se ocupa de temas profundos que prueban al máximo nuestro poder de expresión lingüística, puesto que, a menudo, para poder transmitir su abrumadora visión de Dios, recurre al lenguaje metafórico y a la paradoja atrevida. Esto ha llevado a algunos a malinterpretarlo seriamente y a proyectar sus propias ideas en las de Eckhart. Ha habido casos lamentables de esta falta de comprensión en los últimos cien años. Por tanto, en este libro, trato de dar cuenta de su enseñanza de una manera clara y equilibrada, pues considero que es profunda, vivificante y de gran valor para el mundo moderno.

Como esta enseñanza espiritual es tan rica, multifacética y paradójica, tal vez sea necesario empezar por dar un consejo. Si algún lector lo empieza y no le gusta, que lo guarde y se olvide de él. Pero si le gusta y quiere continuar, entonces debe leerlo despacio, con cuidado y, sobre todo, leerlo hasta el final. Solo de esta manera podrá verlo desde la perspectiva adecuada..., y entender cómo encaja todo.

Una última palabra sobre la estructura general del libro. Los dos primeros capítulos son introductorios, y tratan sobre el valor y el interés de la enseñanza espiritual de Eckhart en el mundo contemporáneo y sobre su visión de la vida espiritual como una tensión de opuestos. Los capítulos centrales se ocupan de los diversos elementos de esta tensión, culminando en la figura de Cristo, en quien la tensión alcanza su punto álgido y logra su reconciliación tanto en la historia como en el corazón humano. Los capítulos finales abordan algunos problemas especiales de la vida cotidiana y las implicaciones de la enseñanza de Eckhart para la espiritualidad de hoy y de mañana.

Cyprian Smith

Luz en la oscuridad

El objetivo de este libro es muy sencillo. Trata de expresar, de forma clara e inteligible, los principales elementos de la enseñanza de Eckhart sobre la vida espiritual para que el lector de hoy pueda captarlos y utilizarlos. ¿Hay necesidad real de hacerlo? Creo que sí. Aunque Eckhart fue condenado ya en vida y casi completamente olvidado en los siglos posteriores, nunca llegó a desaparecer por completo del panorama, y durante los últimos cien años ha crecido el interés por él, llegando, de nuevo, a emerger su figura.

Sus escritos tienen una fascinación y un atractivo únicos para gran número de personas muy diferentes entre sí. Protestantes y católicos, creyentes y no creyentes, budistas e hindúes, sin mencionar al gran experto en la mente humana, el psicólogo C. G. Jung; todos han sentido el magnetismo de Eckhart y han respondido a su manera. Hay algo en él que atrae a los habitantes del mundo moderno; hay una necesidad ampliamente sentida que parece capaz de responder. ¿Qué es?

Vivimos hoy en una era de transición, en la que las formas tradicionales de pensar y vivir están desapareciendo, pero aún no se han encontrado nuevas formas de reemplazarlas. Esto genera dudas y confusión y, sobre todo, una sensación de profunda insatisfacción. ¿No es eso, más que pura malicia y destructividad, lo que subyace a mucha violencia contemporánea: la violencia a menudo esporádica e inútil de los terroristas o la de los jóvenes en las calles de las ciudades? Cuando una sociedad y una cultura han envejecido, automáticamente se genera inquietud y un deseo de cambio radical, incluso, si es necesario, por medios violentos y despiadados... No es necesario que un profeta o un visionario reconozca que el Apocalipsis está flotando en el aire, que la convicción de que la sociedad y la cultura tal como la conocemos está llegando a su fin, que su tiempo se acaba.

Este tema aparece constantemente en películas, pintura, poesía y, especialmente, en novelas, sobre todo en algunas de ciencia ficción, y no falta en trabajos más serios y reflexivos como Esa horrible fuerza de C.S. Lewis. Cualquiera que se haya movido en círculos eclesiales ha visto cómo la gente, de inmediato, presta atención cuando se leen las profecías amenazantes del Libro del Apocalipsis, aunque no parece tranquilizarse por la visión de la Jerusalén celestial que sigue a continuación. ¿Por qué sucede algo así, si ambas profecías pertenecen a las Escrituras y, por lo tanto, presumiblemente, las dos están inspiradas?

En un mundo amenazado por la injusticia, la violencia y la posibilidad de una guerra bacteriológica, la profecía pesimista es la que más nos llega porque está más cerca de la experiencia..., y también, quizás, del deseo.

Esta insatisfacción, inquietud y deseo de cambio radical se extiende también a la esfera espiritual, y parece que tiene que ser así. La religión se ocupa de las aspiraciones más profundas del ser humano, toca los niveles más profundos de su corazón. Al hacerlo, desarrolla métodos específicos de aprendizaje, de comportamiento ritual, de orientación y de ayuda que llevan la impronta de una sociedad y una cultura en particular, y puede llegar un momento en que estos métodos, estas formas externas, ya no respondan a las necesidades más profundas de la humanidad. Aparece entonces una brecha entre lo que las personas, por oscuras que sean, sienten que necesitan y lo que las religiones son capaces de darles. De este modo, en el corazón de la Iglesia misma, y también en el corazón de las comunidades religiosas no cristianas, se desarrolla el síndrome apocalíptico, el anhelo de un cambio radical a toda costa.

Esta es, seguramente, la razón principal que está detrás de nuestras iglesias medio vacías y del declive general del interés religioso, especialmente entre los jóvenes. Esta falta de interés en la religión tradicional se debe en parte al descuido y a la inercia, a los valores de mala calidad de una sociedad materialista que espera respuestas rápidas con el mínimo esfuerzo. Pero, seguramente, hay más que eso.

Cualquiera que haya trabajado o vivido mucho tiempo con jóvenes se habrá dado cuenta de que les interesan mucho los asuntos espirituales. Tienen el deseo —y la aspiración—, pero la religión tradicional, organizada e institucional no logra canalizarlo o dirigirlo. Por lo tanto, fluye por canales de su propia elección: religiones orientales y meditación trascendental, o en sustitutos peligrosos y destructivos de la religión, como la magia y el ocultismo, las drogas, la violencia y el sexo.

El impulso espiritual está vivo, pero ya no corresponde a las formas religiosas externas. La Iglesia católica reconoció la existencia de esta crisis y trató de abordarla en el concilio Vaticano II. Mucho se logró entonces y mucho se sigue logrando en nuestros días, pero tiene que ir más allá, y debemos preguntarnos: ¿cuáles son hoy las necesidades espirituales más urgentes y cómo se deben satisfacer?

En medio de la agitación e inquietud general que se respira entre las personas religiosas de hoy, parece que hay dos deseos principales que salen a la superficie. Ya han sido observados y comentados por distintos autores, pero vale la pena volver a fijarnos en ellos, porque son fundamentales. El primero es político y social. Es el deseo de libertad, de una sociedad más justa y equitativa. El segundo es más interno y personal. Es el deseo de conocer el corazón humano, sus profundidades y recovecos internos. Dentro de la Iglesia, se manifiesta como un deseo de aprender más sobre la oración y la meditación, sobre los diferentes niveles de consciencia y conciencia.

Estos dos deseos, social y místico, están interconectados y no pueden separarse. Deben explorarse simultáneamente, porque uno afecta inevitablemente al otro. Hay muchas cosas sobre nosotros y nuestras profundidades ocultas que solo se pueden descubrir viviendo con otros, experimentando el contacto, a veces el choque, con personalidades muy diferentes a las nuestras. Entonces, el elemento comunitario, la dimensión social y política, no pueden ser ignorados.

Pero es igualmente cierto que no podemos esperar comprender o cambiar la sociedad a menos que también aprendamos a comprendernos y cambiarnos a nosotros mismos. Tenemos que saber, reconocer y aceptar lo que sucede en los niveles más profundos de nuestra mente, ya que eso afecta a nuestro comportamiento externo. No hay nada en la política o en la sociedad que no haya tenido su origen en la mente humana. Todo lo que el corazón humano, en sus profundidades secretas, conciba e imagine, para bien o para mal, se manifestará exteriormente en el tiempo.

El mundo científico y tecnologizado en el que vivimos nació en la mente de los filósofos franceses de la Ilustración antes de tomar forma en la realidad concreta. Además, los deseos y aspiraciones inconscientes que tenemos a veces son lo opuesto de lo que estamos tratando conscientemente de lograr. Podemos pensar que estamos trabajando por la paz, la justicia y el bien de los demás, cuando en realidad estamos buscando poder, dominación y sujeción de los demás a nuestros propios fines egoístas. Aparentemente, las acciones altruistas y buenas a menudo están viciadas por motivos inconscientes. Los psicólogos modernos nos lo han demostrado.

Los grandes maestros espirituales, tanto cristianos como no cristianos, han ido un paso más allá y nos han enseñado que las acciones que son buenas en sí mismas, si se realizan por motivos indignos (por inconscientes que sean), se convertirán en un daño. Por lo tanto, necesitamos explorar nuestras profundidades internas; necesitamos conocernos a nosotros mismos.

En este campo es en el que Eckhart entra en juego. Nació en el siglo xiii, cuando la Iglesia cristiana, con todas sus doctrinas, liturgias, sacramentos y estructuras de poder, estaba muy desarrollada. Como fraile dominico, se formó cuidadosamente en Teología y Filosofía y su Orden lo destinó a desempeñar importantes cargos administrativos y de enseñanza; conocía la Iglesia y sus formas externas, de dentro afuera. Pero al mismo tiempo tenía un profundo conocimiento del corazón humano y un ardiente deseo de descubrir qué hay en las personas que las hace desear a Dios y poder unirse con él. En esta área realizó importantes descubrimientos, que lo sitúan entre los mejores maestros espirituales de todos los tiempos. Se dio cuenta, sobre todo, de que la cuestión de Dios es también una cuestión sobre el hombre. No puedo conocer a Dios a menos que me conozca a mí mismo. La religión tiene su origen y su significado en el corazón humano. Por lo tanto, cuando las formas externas dejan de satisfacer, solo podemos resolver la crisis volviendo al corazón humano.

La realidad sublime y gloriosa que llamamos «Dios» debe buscarse ante todo en el corazón humano. Si no lo encontramos allí, no lo encontraremos en ningún otro lado. Si lo encontramos allí, nunca más podremos perderlo; dondequiera que vayamos, veremos su rostro.

Este es quizás el secreto del atractivo de Eckhart para el mundo moderno, el hecho de que sabe cómo son los seres humanos, cuáles son sus necesidades más verdaderas y profundas. Este tipo de conocimiento es muy valioso, es más, no tiene precio, ya que, por sí solo, permite ayudar realmente a las personas. La mera buena voluntad no es suficiente: para ayudar a alguien tenemos que saber cuáles son sus necesidades reales; tenemos que conocerlo. Por eso tanta gente recurre hoy al psicólogo y al psiquiatra, más que al sacerdote; no significa necesariamente que obtengan respuestas del psicólogo, pero sí sienten, que los va a conocer y entender en profundidad, y eso ya es mucho. Es una gran parte, quizás casi todo, de lo que quieren.

Este conocimiento y comprensión de lo que realmente son los seres humanos, de lo que se esconde en los niveles más profundos del corazón humano, debería poder encontrarse en la Iglesia, ya que es la religión, sobre todo, la que busca tocar el núcleo central de la naturaleza humana. Pero las personas que recurren a sacerdotes y a directores espirituales para este tipo de ayuda, a menudo se sienten decepcionadas.

La Iglesia afirma, como Jesús mismo, saber «lo que hay en el hombre» (Jn 2,25). Pero ¿lo hace? Jung señala, muy acertadamente que, a los ojos de la religión oficial, la psique humana, con todos sus pliegues ocultos y declives oscuros, no tiene existencia real propia; para el sacerdote, la psique o el alma es simplemente algo que debe ajustarse a un marco dogmático y litúrgico. Pero eso no satisface al buscador moderno que, sobre todo, quiere ser entendido por lo que es, ser llevado a la realización y aceptación de lo que realmente se encuentra en lo más profundo de su mente, independientemente de si esto encaja con el dogma oficial de la Iglesia o no. Siente, con cierta justificación, que debe de haber algo mal en el dogma, que no está relacionado con los hechos humanos tal como se experimentan.

No sirve de nada que me digan que Cristo me ha «redimido», si mi experiencia real es de alienación, oscuridad y autodivisión, incluso en el corazón de la Iglesia, la comunidad de creyentes. Por eso hay tantos que se dirigen al psiquiatra en lugar de al sacerdote. También por eso hay tantas personas que recurren a maestros budistas, hindúes y sufíes; creen, a menudo con razón, que en ellos van a encontrar una ciencia profunda y detallada sobre la vida interior de la mente, y una seguridad en la práctica, orientación y formación que rara vez se iguala dentro del redil cristiano.

Pero antes de mirar a Oriente en busca de la guía y del conocimiento que necesitamos, ¿no tendría sentido mirar primero a nuestra propia tradición cristiana, por si lo que estamos buscando ya está allí, delante de nuestras narices, aunque no lo veamos? Si lo hacemos, Eckhart será uno de los que nos pueda prestar mayor ayuda, ya que, aunque ya no está vivo para poder hablarnos directamente, sus obras viven y tocan de cerca los asuntos que nos conciernen.

Él entiende muy claramente que la vida espiritual solo tiene sentido cuando está relacionada con lo que sucede dentro de nosotros. No sirve de nada predicar a Cristo si lo vemos como alguien externo, una figura vaga y sombría que hablaba un idioma extranjero y que murió hace más de 2000 años.

Necesitamos que nos hagan conocer y experimentar a Cristo como una fuerza viva dentro de nosotros, energizante, sanadora, que hace y deshace, y nos lleva a una mayor conciencia, compasión e integridad. A este respeto, Eckhart escribe lo siguiente:

San Agustín dice: «que este nacimiento [el nacimiento de Cristo, el Hijo de Dios] suceda siempre, pero no tenga lugar en mí, ¿de qué me sirve?». Que se produzca en mí, ¡eso es lo que de verdad importa! Hoy vamos a hablar de cómo tiene lugar este nacimiento en nosotros y cómo culmina en el alma buena1.

Para él, como veremos, Dios es sobre todo una realidad que se experimenta desde dentro, y esta es una verdad que habla profundamente a la era moderna y, de hecho, a cualquier época de transición y de crisis.

Confiamos más en el maestro que encarna la doctrina que enseña, que ha recorrido él mismo el camino que señala a los demás. Si Eckhart tiene realmente este conocimiento, ¿de dónde lo ha obtenido? ¿Qué experiencias ha atravesado, qué conflictos internos, reveses y triunfos? Aquí entramos en el ámbito del misterio. Se sabe muy poco de la vida de Eckhart, qué tipo de carácter tenía, qué experiencias lo formaron y moldearon. Lo poco que sabemos se puede resumir en pocas palabras, lo que puede darnos alguna pista de lo que estamos tratando de averiguar.

Nació hacia 1260 en Hochheim, un pueblo cerca de la ciudad de Erfurt, en Turingia, Alemania. Alrededor de 1275 entró en el convento de los dominicos en Erfurt, cuya fresca y espaciosa iglesia, donde oraba con sus compañeros dominicos, todavía está en pie, aunque de los otros edificios del convento ya no queda huella alguna. Pronto se mostró como un alumno inteligente y fue enviado para su formación teológica al Studium Generale en Colonia. Alberto Magno, una de las mentes más grandes de la época, aún vivía en Colonia en ese momento, aunque era muy viejo, y es probable que Eckhart lo conociera. Incluso puede que le diera clases; una serie de respetuosas y afectuosas referencias a Alberto en muchos de sus sermones así parecen indicarlo.

Hasta 1325 su vida se dividió en periodos de estancia en París —donde se hizo famoso por su erudición y su habilidad como conferenciante y disputator— y periodos de estancia en Alemania, donde su Orden lo designó para importantes puestos administrativos, demostrando así que sus habilidades no eran en absoluto exclusivamente intelectuales o espirituales. En 1302 recibió su título de la Universidad de París; a partir de entonces se le conoce como «Meister» o «Máster». Es curioso que este título académico le siga hasta el día de hoy, de modo que es el único teólogo medieval al que todavía se hace referencia usando dicha nomenclatura. Sin embargo, tal vez sea apropiado, especialmente si lo consideramos como un «Maestro» en un sentido más profundo que el meramente académico.

En 1323 regresó al Studium Generale de Colonia. En esa época se había hecho famoso y era muy admirado por la santidad de su vida y por sus muchos dones como administrador, sabio, predicador y director espiritual. Por lo tanto, fue una gran conmoción cuando el arzobispo de Colonia, Heinrich von Virneburg, inició un proceso contra él por herejía. La virulencia y determinación de la hostilidad del Arzobispo ha llevado a muchos a preguntarse cuál sería la verdadera causa. Parte de ello se debe, sin duda, a la a menudo enconada rivalidad entre dominicos y franciscanos en ese momento. No podemos olvidar que el arzobispo era franciscano. También hubo una gran proliferación de herejías en Colonia, especialmente entre los laicos —entre los que Eckhart parece haber tenido un considerable número de seguidores—, y el arzobispo estaba decidido a controlar la situación, aplicando con frecuencia medidas muy duras para conseguirlo.

Pero Eckhart también se puso en peligro por la audacia de su lenguaje, la novedad de sus ideas y la forma desconcertante, a menudo paradójica, en que las expresó. Todo esto contribuyó a su caída. Visto de manera retrospectiva, y teniendo en cuenta la actitud cada vez más represiva de las autoridades eclesiásticas, no parece haber nada sorprendente en el caso. Lo que sorprende no es que Eckhart fuera finalmente juzgado por herejía, sino que se saliera con la suya durante tanto tiempo.

Dos clérigos compilaron una lista de declaraciones que, según ellos, Eckhart hizo en diferentes momentos y que, según ellos, eran heréticas. Él llevó a cabo su propia defensa, y sería agradable si pudiéramos decir que lo hizo hábilmente. A veces, sin embargo, parece que no lo hizo. Ya era un hombre viejo, y sus facultades estaban sin duda en declive, aunque mucho de lo que dijo en respuesta a sus acusadores era penetrante e iba muy al grano. En 1327 declaró solemnemente en la catedral de Colonia que no tenía intención de enseñar o predicar la herejía. El vicario general y visitador de la provincia dominica alemana, Nicholas von Strasbourg, intervino en su defensa, pero fue desautorizado por el arzobispo.

Los procedimientos se habían alargado durante mucho tiempo, así que Eckhart apeló al Papa. El arzobispo, anuló la apelación, pero llegó demasiado tarde porque ya había llegado a Roma, y las autoridades habían empezado a actuar. Se decretó que se celebraría un segundo juicio, en Aviñón, adonde se dirigió Eckhart con la intención de defenderse como lo había hecho en Colonia. Este juicio fue mucho más serio y cuidadosamente llevado que el anterior. El juez principal era un reputado teólogo, el cardenal Jacques Fournier —que más tarde sería el papa Benedicto XII—, un hombre imparcial que parecía preocupado por hacer justicia a Eckhart. Sin embargo, la maquinaria legal para la evaluación y el juicio era algo engorrosa y arcaica, centrada como estaba en recoger una selección de declaraciones o proposiciones del trabajo del acusado, citadas sin tener en cuenta su contexto. No era un método muy propicio para la comprensión adecuada del pensamiento de un hombre, y el propio Cardenal protestó por su insuficiencia.

El Papa, Juan XXII, había nombrado además una comisión para que elaborase una nueva lista de las declaraciones supuestamente heréticas de Eckhart. Mientras se estaban examinando, Eckhart murió, en algún momento antes del 30 de abril de 1328. Así pues, no vivió para ver al Papa promulgar la bula In Agro Dominico, en la que se enumeraban veintiséis de sus declaraciones, quince de ellas declaradas heréticas y once «malintencionadas y sospechosas». La condena no se refería a Eckhart personalmente —se dijo que había deplorado y revocado sus errores— sino solo a las declaraciones enumeradas y a los libros que las contenían.

Eckhart siempre había mostrado completa obediencia y lealtad al Papa y quizás, en reconocimiento, el Papa esperó a que Eckhart muriera para emitir la condena. Irónicamente, Juan XXII fue condenado por su sucesor, Jacques Fournier, por una herejía sobre la visión beatífica y el juicio final.

Toda la situación ha sido resumida muy acertadamente por Peter Hebblethwaite: «Así, tenemos un Papa hereje que denuncia como hereje a Eckhart, cuya obra no había leído y cuya defensa no había escuchado»2.

¿Qué nos dice esto sobre el hombre que fue Eckhart, y sobre la forma en que adquirió su conocimiento y experiencia de la vida espiritual? No mucho, pero hay por lo menos dos puntos que debemos anotar en función de lo que sabemos.

Primero, tuvo una vida tremendamente ocupada y activa. Por lo que dice en sus sermones, podríamos estar tentados de imaginarlo como un ermitaño y asceta, perdido en la contemplación solitaria. Pero eso no es correcto. Su Orden lo eligió prior de Erfurt, luego primer provincial de Sajonia y, en 1307, vicario general de Bohemia. Eran puestos importantes y de responsabilidad, que implicaban habilidad administrativa, enseñanza y muchos viajes (a pie). Si suponemos, por tanto, que se entregaba a la meditación extática en soledad, cuesta imaginar cuándo podría haberlo hecho.

Era un hábil administrador, así que no era para nada el tipo de místico de ojos cerrados cuyos arrebatos se compran al precio de una ineptitud crónica en los asuntos prácticos. Una gran parte de su enseñanza se centra en la cuestión de lo que podríamos llamar «la contemplación en un mundo de acción», en cómo mantener la visión unificada y tranquila de Dios mientras se está inmerso en el mundo cotidiano del bullicio y la actividad.

Este problema también es muy real en el siglo xxi, y podemos asumir con seguridad que lo que Eckhart tiene que decir al respecto se basa en su propia experiencia.

En segundo lugar, sabía, como nosotros, lo que es vivir en una cultura en decadencia en el umbral de un profundo cambio y revolución. La Europa del siglo xiv era cualquier cosa menos un lugar tranquilo y asentado. Aunque las estructuras tradicionales de poder, espirituales y temporales, seguían ahí, adornadas con mucha magnificencia exterior, había mucha inquietud, violencia, injusticia e inseguridad. Entonces, como hoy, el anhelo de Apocalipsis estaba presente.

La sensación de inseguridad general causada por las formas crónicas de las guerras, por la constante amenaza de las clases peligrosas, por la desconfianza en la justicia, se agravaba por la obsesión del fin del mundo y por el miedo al infierno, a los hechiceros y a los demonios. El fondo de toda la vida en el mundo parece oscuro. En todas partes surgen las llamas del odio y reina la injusticia. Satanás cubre una tierra sombría con sus sombrías alas. En vano se sostienen las batallas de la Iglesia militante y los predicadores pronuncian sus sermones; el mundo permanece sin convertirse. Según la creencia popular, que era muy corriente hacia finales del siglo xiv, nadie, desde el comienzo del gran cisma de Occidente, había entrado en el Paraíso.

Así se expresaba Huizinga, en El ocaso de la Edad Media3. Es un consuelo para nosotros saber que no somos la primera generación de la historia que experimenta este tipo de inquietud apocalíptica y de insatisfacción con el orden existente.

Esta inseguridad crónica, tan parecida a la nuestra en muchos aspectos, se extendió hasta el ámbito religioso, y el propio Eckhart se vio atrapado en ella, como se ve en su juicio y condena. El terreno y la causa de su condena también lo acercan a nosotros. Cuando el poder religioso oficial pierde su credibilidad, tienden a crecer varios grupos y movimientos marginales, especialmente entre los laicos.

Parece que fue en gran medida su éxito con los laicos lo que hizo caer sobre él la envidia y hostilidad de las autoridades eclesiales y su última condena. Así que cuando habla, como lo hace frecuentemente, del desapego del tiempo y el espacio, y de las fuerzas turbulentas de la historia, no es porque nunca tuviera la ocasión de haberlas experimentado por sí mismo.

Pero, ¿dónde obtuvo la experiencia y el conocimiento de la vida interior, que es el núcleo de su enseñanza y lo más valioso que tiene que comunicar? Aquí nos enfrentamos a un misterio y no podemos más que especular. Está claro que algo debió de suceder, algo debió de llevarlo a las profundidades de sí mismo y a una «ruptura» final; lo que fue, probablemente, nunca lo sabremos. Nos ayudaría a saberlo si hablara más sobre sí mismo y de sus propias experiencias, pero casi nunca lo hace. Solo en dos breves ocasiones parece referirse a algo que podría haberle pasado a él mismo.

La primera de ellas está en un sermón que dice: «A un hombre le pareció [una vez] en un sueño —era un sueño de vigilia— que estaba preñado de la nada, como una mujer [lo está] de un niño, y en esa nada había nacido Dios; él era el fruto de la nada»4. Parece referirse aquí a alguna experiencia de muerte y renacimiento místico; pero, ¿es suya o de alguien más? No podemos saberlo con certeza.

La segunda ocasión se da en sus Conversaciones espirituales5, donde explica cómo incluso el pecado puede tener a veces un buen resultado, ya que nos lleva a la conciencia de nuestra propia debilidad y a una mayor dependencia de Dios. Después comenta, de pasada, como una ilustración: «Incluso ahora raramente oímos hablar de personas que logren grandes cosas a menos que las primeras tropiecen en algún aspecto». Jung, que era lector muy penetrante de Eckhart, dio gran importancia a este comentario aparentemente casual. En su opinión, los comentarios casuales son a menudo los más significativos, ya que traicionan los contenidos profundos de la mente inconsciente.

Ese maravilloso aplomo, fortaleza y profundidad espiritual tan evidente en Eckhart debe haber supuesto en algún momento un descenso a las regiones más oscuras de la mente interior, una confrontación con todo lo que es más caótico y destructivo en nosotros mismos. No hay nada que podamos decir sobre esa afirmación, excepto que es especulativa. Tal vez Jung tenga razón y Eckhart esté aludiendo aquí a alguna confrontación con la sombra, en el sentido junguiano, que hubiera tenido lugar en su camino hacia la plenitud interior, pero probablemente nunca lo sabremos. De lo que podemos estar seguros es de que Eckhart habla desde el corazón de su propia experiencia, sea la que fuere. Cada página de sus escritos nos lo muestran como alguien que habla con autoridad, y «no como los escribas».

Tal vez estemos mejor preparados, ahora, para emprender nuestro viaje espiritual bajo la guía del Maestro Eckhart. Pero antes de hacerlo, aún debemos tener en cuenta algo más. Hay dos caminos bastante diferentes para alcanzar nuestra meta espiritual, y solo uno de ellos es el de Eckhart. Si elegimos su camino, o el otro, dependerá de nuestro propio temperamento y tendencia natural.

Si, como muchos han hecho, comparamos el viaje espiritual con el ascenso a una montaña, los dos caminos aparecen de esta manera: el primero es un camino sinuoso, que se acerca a la cima gradualmente, haciendo una pausa en cada etapa. Es lento, pero completo. El segundo asalta la cumbre directamente, ascendiendo por la escarpada pared rocosa sin vacilación ni demora. El descenso posterior puede ser lento y gradual, pero el ascenso inicial no lo es. Es un camino peligroso, pero alcanza su objetivo y es apropiado para los que son capaces de adaptarse a él.

El primer camino es el que ha seguido mucho del psicoanálisis moderno, quizás especialmente el del tipo freudiano y junguiano. La penetración en los niveles más profundos de la mente, el filtrado a través de la conciencia de los contenidos de la mente inconsciente, es lenta y gradual. A medida que el inconsciente se va revelando a través de sueños y símbolos, y a través de impulsos nunca antes experimentados, ninguna de estas «revelaciones» se desestima o se descarta. Hay que reflexionar, aceptar los sueños y símbolos, y trabajarlos gradualmente, aunque sin dejarse atrapar o abrumar por ellos.

Si seguimos paciente y persistentemente este camino serpenteante hacia las profundidades de nosotros mismos, descubriremos, a costa de un cierto peligro, insospechadas fuentes de energía para bien o para mal —tesoros enterrados, custodiados por dragones y gnomos—; y si seguimos el camino hasta el final, más allá de lo meramente psicológico, llegaremos finalmente al nivel más profundo de todos, el «tesoro escondido en el campo» del que habla el Evangelio: la conciencia pura, indiferenciada, despojada de todo lo egoísta y personal, el núcleo central de nuestra naturaleza, donde brilla la luz de Dios.

Esta senda no solo la ha tomado la psiquiatría. Se enseña y practica, al parecer, en ciertas escuelas del budismo tántrico y, también, es la transitada por ciertos místicos cristianos de tipo visionario e imaginativo, como Juliana de Norwich y Enrique Susón, para quienes la revelación de Dios se produce a través de visiones y símbolos lanzados desde los niveles profundos de la mente, que son meditados hasta que se les extrae su significado. Se trata de un buen camino, pero no es el de Eckhart.

Su enfoque, como el del zen, tal vez, apunta directo a la meta, la capa más profunda de la mente, la esencia pura de la conciencia que es la imagen de Dios en nosotros. Si al penetrar hacia el centro surgen imágenes y símbolos, promesas de nuevos deseos y nuevas posibilidades, hay que ignorarlas y pasar de largo, hasta llegar al núcleo central, donde podemos arraigarnos y cimentarnos en Dios. Una vez ahí, fortalecidos e iluminados, podemos ascender lentamente hacia la luz, destapando cavernas y descubriendo tesoros en nuestro camino si es lo que hay que hacer.

Pero el requisito previo es encontrar a Dios en lo más profundo de nosotros mismos, y esto se hace por medio del desprendimiento, dejando ir todo lo que no es Dios en nosotros, hasta que una chispa de conciencia se despierte en nuestro interior, lo que Eckhart llama «el nacimiento de Dios en el alma». Pero este nacimiento no es lo definitivo; es solo un comienzo. Queda el ascenso, la exploración gradual de todo lo que antes no fue suficientemente atendido. A medida que se avanza en este proceso, la chispa de la conciencia crece constantemente hasta que ilumina gradualmente toda la mente. Es el trabajo de toda una vida.

Este es el camino del misticismo apofático, tal como lo enseñaron y practicaron Evagrio y el autor anónimo de La nube del no saber, y todos los maestros espirituales de esa tradición. Este es el camino que Eckhart esboza en sus sermones y tratados.

Es un camino accesible para mucha gente en una época de oscuridad y confusión. Por eso hemos titulado este primer capítulo «Luz en la oscuridad». La oscuridad no es solo la inseguridad y el peligro de la era actual, sino también la oscuridad que está dentro de nosotros mismos. La luz no es solo una guía y una ayuda para resolver nuestros problemas en el mundo exterior, es el amanecer dentro de nosotros de la conciencia de Dios.

Si este camino de Eckhart nos interesa, podemos seguir adelante. Lo primero que tenemos que aprender es cómo abrir lo que a menudo se llama hoy el «ojo de la sabiduría», pero que san Pablo llama «el ojo del corazón». En otras palabras, tenemos que aprender una nueva manera de saber. Ese es el tema del siguiente capítulo.

1 Traducción tomada de Silvia Bara Bancel y Julián de Cos (Eds.), Dios en ti. Eckhart, Tauler y Susón a través de sus textos, Editorial San Esteban, Salamanca 2017, p. 82. (En adelante, citaremos Bara y el número de página).

2The Tablet, 9 de agosto de 1986, p. 832.

3 Traducción propia. [N. del T.]

4 Traducción tomada de Maestro Eckhart, El fruto de la nada, Amador Vega (ed.), Alianza Editorial, Madrid 2011, p. 91. (En adelante, citaremos Vega y el número de página).

5 Hasta ahora no hay acuerdo entre los especialistas para traducir el título de esta obra cuyo original es Die rede der underschidunge. Para evitar discusiones bizantinas, actualmente se habla de Las conversaciones de Erfurt(Erfurter Reden) rescatando el subtítulo, ya que en ese momento Eckhart era el prior del convento de Erfurt. Ilse de Brugger lo tradujo al castellano como Pláticas instructivas y Silvia Bara como Conversaciones de discernimiento. En francés lleva el nombre de Instructions spirituelles, y la traducción castellana de Alain de Libera, Eckhart, Suso, Tauler y la divinización del hombre, Olañeta, Madrid 1999, las llama Instrucciones espirituales. Dado que este libro no es un estudio crítico, sino una introducción, optamos por la traducción Conversaciones espirituales, pues es un título amable a nuestros oídos y que recoge la larga tradición de conversaciones entre un maestro y sus discípulos sobre cuestiones de la vida spiritual iniciada por Juan Casiano en sus Collationes (traducidas normalmente como Conversaciones, pueden verse las que ha traducido la editorial Sígueme en 2013 y 2016).