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El nuevo thriller del rey del crimen danés. El detective Thomas Ravnsholdt, más conocido como Ravn, está de baja en la unidad especial de Copenhague tras el brutal asesinato de su esposa. A pesar de que Ravn necesita pasar página y dejar atrás Estocolmo, se implicará en la investigación de la extraña desaparición de una joven. Apresurado por averiguar si sigue con vida, la investigación dará un giro peligroso cuando se ve envuelto en la red de un sádico asesino... ¿Podrá encontrar a la joven desaparecida antes de que sea demasiado tarde? "El cazador de las almas perdidas" es el primer libro de otra apasionante serie del best seller internacional Michael Katz Krefeld, galardonado por los thrillers de la inspectora Cecilie Mars.
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Seitenzahl: 497
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Michael Katz Krefeld
Translated by Javier Orozco Mora
Saga
El cazador de las almas perdidas
Translated by Javier Orozco Mora
Original title: Afsporet (Ravn 1)
Original language: Danish
Copyright ©2013, 2025 Michael Katz Krefeld and Saga Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728296684
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
“Always the same theme
can’t you see
We’ve got everything going on. Every time you go away
you take a piece of me with you.”
Daryl Hall
Para Lis, mi esposa, la luz de mi vida.
Estocolmo, 2013
El resplandor del amanecer iluminaba las gaviotas que sobrevolaban las montañas de chatarra del vertedero de Hjulsta. Una excavadora avanzaba en el extremo más alejado del lote, y el humo negro y espeso que emitía contrastaba con el cielo claro y gélido. Anton conducía desde la cabina. Iba abrigado con un grueso abrigo de plumas adornado con el emblema verde del vertedero y un sombrero ushanka grasiento bien ajustado alrededor de las orejas. Bebía a intervalos regulares del termo de café que sostenía con la mano izquierda, mientras miraba con aspecto fatigado a través del parabrisas e intentaba animarse con la música pop que sonaba en el radio. Al conducir frente a la pila más cercana, llena de motores destrozados y partes de coches descartadas, percibió algo que llamó su atención. Levantó el pie del acelerador y dejó el termo sobre el tablero. Cuando la excavadora se detuvo, se apeó de la cabina y caminó hacia el promontorio. En lo más alto descubrió algo inusual: una mujer desnuda y esbelta. La figura inmóvil, de espaldas a Anton, daba la impresión de vigilar el terreno desde lo alto. Anton se quitó el guante derecho, sacó el móvil del bolsillo de su abrigo y tecleó de prisa.
La silueta magra estaba enterrada hasta las rodillas en los escombros, evitando que el viento la derribara. La piel estaba tensada firmemente sobre los huesos y blanqueada con cal. Parecía hecha de mármol. Incluso los globos oculares habían sido encalados y su mirada extraviada, como de estatua romana, vagaba por los incontables montículos del desguace.
—Soy Anton —dijo al teléfono—. He encontrado una más.
—¿Has encontrado una más de qué? —dijo la voz de su jefe al otro lado del auricular.
—Uno de los ángeles blancos.
—¿Estás totalmente seguro?
—Estoy frente a ella, es casi idéntica a las otras cuatro… ¿Qué hago?
Se escuchó un suspiro gutural.
—Tendremos que llamar a la policía… otra vez.
Copenhague, 16 de octubre de 2010
El ruinoso y desolado taller mecánico se encontraba en la oscuridad; solo el zumbido del generador interrumpía el aplastante silencio. En la estrecha fosa de inspección que corría por el centro del local brillaba un tenue resplandor azulado. En el fondo de la fosa había una lámpara encendida y, al lado, una mujer desnuda en posición fetal sobre el suelo de cemento. El cuerpo maltrecho exhibía moratones en brazos y piernas. Tenía varias manchas de sangre coagulada, que habían fluido de la herida abierta en su sien, pegadas en su larga cabellera rubia. Su espalda y nalgas mostraban varias marcas frescas, las cuales evidenciaban que la mujer había sido flagelada recientemente.
Masja entreabrió los ojos, miró fijamente el brillo fluorescente de la lámpara y tomó aire como si fuera la primera vez en meses. Su cuerpo se sacudió al instante por una mezcla de angustia y adrenalina. Sus músculos se tensaron y su garganta se contrajo por la sed. Intentó incorporarse lentamente, pero una punzada aguda en su vientre bajo se lo impidió. Intentó recordar cómo había acabado en ese pestilente agujero, pero no lo logró. Todo su cuerpo estaba adolorido y le imposibilitaba pensar con claridad. Quiso ponerse de pie otra vez, pero a pesar de apoyarse en el muro frío y húmedo de concreto, solo lo logró a medias. La temperatura gélida hacía que titiritara. A unos metros de distancia vio un bulto: un vestido rojo de seda, un par de medias y unas botas de gamuza marrón oscuro. Era su ropa. Alguien se la había arrancado, pero no logró recordar cómo, ni cuándo.
En ese instante se escuchó un traqueteo proveniente de una de las puertas al otro lado del taller. Masja, con un esfuerzo agotador, finalmente logró incorporarse. La brisa nocturna se filtró por la puerta abierta, ahogando momentáneamente el nauseabundo olor a aceite. Se puso de puntillas y alcanzó a ver por encima del borde grasiento del foso. Varias figuras caminaban en su dirección y distinguió tres de poca estatura entre otras dos más corpulentas. Tuvo la impresión de que obligaban a las más delgadas a caminar. Cuando llegaron a la altura de la fosa les ordenaron que bajaran por la minúscula escalera que conducía hasta Masja. Apenas tuvo tiempo de coger su ropa y cubrirse con el vestido.
Eran tres chicas de su edad; no podían tener más de dieciocho o veinte años. Chicas eslavas muy esbeltas. La última en bajar trastabillaba al andar, claramente consecuencia del efecto de alguna sustancia. Las otras dos se abrazaron para resguardarse, a la vez que rezaban sollozando. Masja reconoció las plegarías, era la misma rima ortodoxa que tantas veces había escuchado en su infancia. Entendió algunas de las palabras que las chicas intercambiaron y vio que hablaban en ruso.
—Jamás saldremos de aquí —dijo llorando la más pequeña de las tres.
Masja trató de decir algo, pero descubrió que había perdido la voz. Al intentarlo de nuevo, sintió que la garganta se le rasgaba.
—¿Quiénes sois? ¿Dónde estamos? —preguntó.
Ninguna de las tres le prestó atención, simplemente siguieron abrazándose como si no estuviera ahí. Masja paseó los ojos por el taller, pero no vio ni rastro de los hombres que habían conducido a las chicas a la fosa. Se puso su vestido rápidamente, que estaba manchado de sangre y aceite, y se abrió paso entre las chicas para acercarse a la escalera. Debía salir de ahí, ¡ya!
La puerta se abrió de nuevo y cinco hombres entraron al local. A continuación, se encendieron los tubos fluorescentes instalados alrededor de la fosa. Masja quedó petrificada, igual que un venado salvaje ante los faros de un coche. Se llevó las manos a los ojos para bloquear la luz, pero la iluminación la alcanzaba por todos los flancos. Por instinto, se resguardó cerca de las otras muchachas. Los cinco hombres se acercaron a la fosa. Parecían torres por encima de ellas y el vaho que exhalaban los asemejaba a dragones. Masja se dio cuenta de que uno hablaba ruso, pero no logró descifrar qué otros idiomas hablaban; supuso que era albano, serbio o algo así.
—¡Esa! —tronó un grito entre la oscuridad—. Ya le hemos echado un buen vistazo.
Masja reconoció la voz y recordó al instante unos gemidos y gruñidos emitidos con ese mismo tono áspero. Sí, había sido él quien guio a los otros, había orquestado la violación y quien había blandido el cinturón. Las piernas de Masja comenzaron a temblar y el oxígeno dejó de entrar a sus pulmones.
—Ayúdame —susurró—. Por favor, Igor, ayúdame.
Entonces colapsó sobre el suelo de concreto de la fosa oscura y profunda.
2 días antes
Ragnar Bertelsen se sentó en la cama del hotel Radisson y se puso a mirar el pequeño televisor que colgaba de la pared. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años con abundante vello en pecho y espalda que parecía querer reemplazar su fino cabello. Intentaba disimular su abultado vientre con la toalla del hotel, que había atado firmemente alrededor de su talle. Ragnar le dio un trago a su copa de prosecco.
—Es impresionante —dijo en un noruego melódico mientras observaba el reportaje del telediario—. Verdaderamente increíble.
La puerta del cuarto de baño se abrió y Masja entró en la habitación. Su cuerpo desnudo de cintura estrecha y senos pequeños y firmes brillaba por la crema hidratante que se había untado después de la ducha. Ragnar desvió los ojos de la pantalla para contemplar las nalgas de Masja cuando ella se agachó para levantar su tanga negro del suelo.
—Qué locura.
Ragnar devolvió la mirada a la televisión cuando Masja se giró hacia él.
—¿De qué hablas? —preguntó poniéndose las bragas.
—¡De los mineros chilenos! Quedaron atrapados en una mina durante dos meses antes de que finalmente consiguieran sacarlos. ¿No te parece increíble? —dijo señalando la pantalla con su copa.
La CNN transmitía imágenes granuladas desde Chile que mostraban a los mineros rescatados posando junto al equipo de rescate y el presidente del país.
—¿Todos esos quedaron atrapados?
Ragnar arrugó el ceño.
—Sí, bueno, solo los que llevan gafas para el sol. Ha sido la noticia del otoño, ¿no te habías enterado?
—Es que no miro mucho la tele, prefiero leer.
—¿De verdad? —Ragnar la miró con escepticismo—. Jamás lo habría dicho.
Masja encogió los hombros y se puso el diminuto vestido color tinto.
—¿Por qué llevan gafas de sol?
—Para evitar lesiones oculares, sus ojos se habituaron a la oscuridad y la luz de la superficie es demasiado intensa para ellos, al menos por ahora.
—Mi novio usa esas mismas gafas, le encantan. Son el modelo Radarde Oakley, aunque antes juraba por los M-framey los Jawbone. Todas cuestan una fortuna, pero al parecer sale a cuenta, al menos eso dice.
Ragnar no entendía lo que le decía, por lo que prefirió asentir cortésmente antes de volver a enfocar su atención en el telediario.
Masja tomó su pequeño bolso de mano de la mesa redonda junto a la ventana panorámica y, por un instante, contempló la vista de la ciudad que el decimosexto piso del edificio le ofrecía. El tráfico sobre el puente de Langebro, que conectaba el centro de Copenhague con la isla de Amager,aumentaba progresivamente. Al mirar hacia Christianshavn, vio la torre dorada de la iglesia de Vor Frelsersresplandecer bajo los rayos del sol vespertino. Tuvo su primera cita con Igor en la iglesia, y ya habían transcurrido tres meses. Él quería mostrarle la vista desde arriba, pero ese día la torre estaba cerrada. No intentó llevarla de nuevo; es más, no habían hecho nada juntos desde hacía un tiempo. Al menos Igor le había prometido que irían a cenar sushi esa noche, sonaba casi festivo.
—Hasta pronto, cariño —dijo Masja girándose hacia Ragnar.
Él se puso de pie por educación.
—¿Podría invitar a la señorita a una copa de prosecco?
—Hoy no, gracias. Quizás para la siguiente ocasión —respondió ella enfilando hacia la puerta.
—¿Quieres decir que puedo llamarte otra vez?
—Por supuesto —respondió ella—. Has sido muy mono.
Ragnar se acercó y abrió la puerta de la habitación, y ella salió al pasillo.
—Y, qué decir, tú estuviste… fantástica—agregó él con una sonrisa en los labios para mostrarle que hablaba en serio—. ¿Me das un besito de despedida?
—Sí, pero en la mejilla —dijo ella inclinándose.
Ragnar depositó un beso gentil.
—Hasta pronto, Karina.
Masja se acercó al ascensor y presionó el botón, las puertas no demoraron en abrirse. Antes de entrar le regaló una última sonrisa a Ragnar. Durante el descenso contó el dinero que Karina había recibido a cambio de la breve cabalgata.
Karina era su nombre profesional. Tenía la ventaja de ser lo suficientemente danés como para ocultar su origen lituano, aunque a los clientes les daba igual su procedencia, siempre y cuando cumpliera con sus deberes. Y Karina jamás fallaba, no ante quien pagara la tarifa mínima de mil setecientas coronas por una hora de compañía.
Normalmente los chulos esperaban a sus chicas a la vuelta de la entrada de los hoteles, pero con Masja era distinto: ella tenía a Igor, su novio, que aguardaba en el lobby.
Masja e Igor atravesaron el aparcamiento medio vacío del Hotel Radisson. Los altos tacones no ayudaban a que Masja le diera alcance a Igor, que avanzaba a largas zancadas meciéndose como un gánster. En realidad, Igor era de San Petersburgo y su estilo, que incluía gafas oscuras sobre la frente y caminar tensando los músculos, no era producto de una crianza en un barrio duro, sino un reflejo de lo que vio en MTV.
—Joder, tengo la boca seca —dijo ojeando a Masja, luego se llevó el móvil a la oreja y esperó a que entrara la llamada—. Solo he comido unos cacahuetes.
Igor apuntó en dirección del lobby del hotel donde había estado esperando a Masja.
—Amor, te lo he dicho mil veces, no hace falta que me lleves —comentó ella.
—Ah, ¿y quién te va a cuidar?
—Puedo cuidarme yo sola; esos viejos osos de peluche son inofensivos.
—Los odio —farfulló él—. Eres demasiado bonita para ellos.
En ese instante brotó una voz del otro lado del teléfono e Igor concentró toda su atención en la llamada. Se presentó en ruso y confirmó estar listo, después agradeció la confianza que depositaban en él. Repitió lo agradecido que estaba y el honor que era para él poder sentarse a la mesa con ellos. A Masja le sorprendió el tono humilde de su voz, algo sumamente inusual en Igor.
Después de colgar, sacó las llaves del coche del bolsillo de su chupa negra de cuero y presionó el botón. El BMW 320i negro con alerón trasero y llantas brillantes de dieciocho pulgadas emitió un pitido. Subieron al vehículo.
—¿Quién era? —preguntó ella cerrando la puerta tras de sí.
—Nadie, son negocios, nada más —dijo entre dientes inclinándose hacia ella para abrir la guantera.
En ella guardaba varios ambientadores de coche Wunderbaum. Sacó uno nuevo para reemplazar el que colgaba del retrovisor. A Masja le repugnaba el olor sintético a Grüner Apfely por unos instantes se tapó la nariz con el pulgar y el dedo índice.
—Hablando de negocios, yo también he estado pensando en algo —comentó ella.
—¿Sí, cariño? —comentó él distraído mientras tecleaba otro número en su móvil y ponía el coche en marcha.
—Creo que quiero dejar todo esto. Ya no me apetece, preferiría hacer algo distinto.
—¿Lo dices en serio? ¿Por qué? —respondió mirándola con un dejo de decepción.
—Pensé que te alegraría oírlo, tampoco es que te fascine lo que hago.
Igor se encogió de hombros y colocó el teléfono junto a su oreja en espera de que le respondieran.
—Ya sabes, yo no interfiero —comentó él—. No te juzgo, entiendo que quieras ganar dinero. Además, tampoco soy prejuicioso, ya lo sabes. En fin, es tu decisión.
—El dinero no lo es todo, podemos arreglarnos con menos.
Igor esbozó una sonrisa altiva.
—Pequeña, en este mundo el dinero lo es todo. Sin guita no eres nadie, nada, la gente se mea en ti, lo digo en serio… Janusz, ¿qué hay? —esto último lo dijo al teléfono—. No te lo vas a creer, macho, estoy dentro; el viejo por fin me ha dejado jugar. Es para flipar.
Mientras conducían por Amager Boulevard en dirección a la plaza de Christianshavn, Igor le contó a Janusz que iba a jugar en la partida de póker que organizaban esa noche. Tendría lugar en el negocio de Kaminskij, en la trastienda apodada la Suite del Rey. Jugar en esa mesa era un privilegio y el acceso estaba reservado para jugadores de verdad. No había espacio para gilipollas que compiten en Internet con sus dedos grasos. Ahí se contendía con balcánicos de verdad: hombres con caras de póker indescifrables, cantidades enormes de efectivo y cojones aún más grandes.
Igor le relató a Janusz cómo había ablandado a Kaminskij durante meses, insistiendo en que saldría victorioso y prometiéndole un veintiocho por ciento de las ganancias, para convencerlo de que le permitiera jugar.
—Janusz, puedes jurar por tu madre que soy todo un player —dijo riendo al teléfono.
Igor lucía una sonrisa beatífica cuando terminó la llamada. Masja lo miró fijamente.
—¿Vas a jugar esta noche? —preguntó ella con contundencia.
—Así es, nena, ha llegado mi gran momento.
—¿Tan pronto se te olvidó que hoy íbamos a cenar sushi?
Igor inhaló profundamente.
—Cariño, no puedo dejar pasar esta oportunidad.
—Me lo prometiste…
El semáforo frente a ellos cambió a rojo e Igor detuvo el coche, se giró hacia ella y se quitó los Oakleys. Miró a Masja con sus ojos castaños llenos de dulzura. Era la misma mirada maravillada que le había dedicado cuando se conocieron tres meses atrás, la mirada con la que había derretido su corazón.
—Sabes que eres lo más importante para mí en este mundo…
—Teníamos un acuerdo —dijo Masja haciendo un puchero.
—Te juro que te lo compensaré, pero no puedo desperdiciar esta oportunidad, es única.
—Pero he cancelado muchísimas cosas para tener la noche libre.
—Nena, hago esto por los dos. Es una partida importante. Además, estará llena de ositos de peluche viejos y adinerados, los voy a desplumar como gallinas. Piensa que uno de nosotros dos debe seguir haciendo dinero, ahora que quieres cambiar de profesión. —Sonrió subiendo de intensidad su encanto—. Mañana festejaremos, te doy mi palabra.
—Festejar me da igual, solo quiero que pasemos un rato juntos.
—Yo también, nena —agregó tomando la barbilla de Masja y girándole el rostro tiernamente para besarle los labios.
La barba de Igor, afeitada para que trazara una fina línea alrededor de su boca y mentón, le provocó cosquillas a Masja. La luz del semáforo cambió a verde y el conductor detrás de ellos tocó la bocina, pero Igor, inmutable, prolongó el beso acariciando suavemente la mejilla de la chica. Sus dedos apestaban aGrüner Apfel, pero en ese instante el olor no incomodó a Masja.
El reloj de la trastienda de Kaminskij marcaba las 3:30 de la madrugada. La partida de Texas hold ‘em había rebasado las cinco horas. Las pilas de fichas habían paseado de un lado a otro entre los cuatro jugadores, aunque en ese momento comenzaba a dibujarse un desenlace: los montones más voluminosos estaban frente a Igor y Lucian, un serbio gordo de mediana edad que llevaba una camisa hawaiana y pantalón de camuflaje. Era solo cuestión de tiempo para que Milan y Rastko, los otros dos jugadores, fueran eliminados. El local apestaba a sudor, cigarrillos y la sopa de remolacha que hervía en la pequeña cocina que se hallaba detrás de los jugadores. Kaminskij removía la olla regularmente. Era una tradición del lugar: quien perdía recibía un cuenco humeante, un penoso consuelo por las pérdidas sufridas. Así eran las cosas con Kaminskij.
El negocio de Kaminskij contaba con un cuarto contiguo donde se oían los gritos de los comensales que seguían un partido de fútbol de una de las ligas de Europa del Este. Los clientes de Kaminskij acudían al bar para ver deportes, jugar a cartas, beber y arreglar asuntos que no debían salir a la luz. La gran parte de su clientela procedía de los países del Cáucaso, Bielorrusia, Ucrania y los estados bálticos; en otras palabras, las viejas naciones soviéticas. Esa era la razón por la que su lugar, que en realidad era una barbería en desuso en Colbjørnsensgade, se conocía como La Soviética. Kaminskij había contribuido al origen de ese mote, pues su imponente bigote y su lógica imprevisible evocaban al viejo Stalin.
Milan se secó el sudor de las manos en su camisa y empujó el resto de sus fichas al centro de la mesa. Echó una mirada a la olla de sopa, como si por alguna razón supiera que esa sería su última mano.
—Una historia increíble la de esos mineros —comentó.
Rastko, que estaba sentado frente a él, se rascó su gran barba canosa al bostezar.
—A menos que sean maricones y se hayan follado entre ellos, deben estar jodidamente cachondos después de dormir dos meses en ese hoyo —comentó Rastko.
Milan se rio reclinándose en su silla.
—Igor, ¿tú qué? ¿Vas a entrar?
Igor asintió y subió la apuesta con quinientos euros. Se percató de un tic en el ojo de Lucian, apenas un tirón sutil, pero lo detectó. Esa ronda sería suya, sin importar lo mucho que Lucian incrementara la apuesta. ¡Joder, era una partida legendaria, mucho mejor de lo esperado! A medida que la noche avanzaba, Igor fue acumulando fichas; varias veces quiso volverse hacia Kaminskij para recibir una mirada de reconocimiento, pero había resistido la tentación.
—¿Sabéis?, escuché que la mujer y la amante de uno de los mineros estaban esperándolo cuando salió a la superficie. ¿Podéis imaginaros el aprieto en el que se metió? —Milan se rio y todo su cuerpo se sacudió.
—Seguro que tuvo ganas de volver directo al agujero —respondió Rastko.
Lucian foldeó su mano y azotó las cartas con rabia.
—¿Estamos jugando a las cartas o preferís seguir cacareando como gallinas?
Igor dio la vuelta a su mano para mostrar sus dos nueves que, sumados a los que había en las cartas comunes del centro de la mesa, eran más que suficientes para asegurarle el bote. Arrastró las fichas hacia sí marcando el final de Rastko y Milan, que recibieron sus cuencos de sopa.
A partir de ese momento, el final se disputaría entre Igor y Lucian. Jugaron durante una hora sin que la cantidad de fichas que cada uno retenía se modificara significativamente. Igor apenas tenía mil euros más que Lucian, una cantidad que no bastaba para llevar la partida a una conclusión definitiva. La suma que Igor tenía frente a él era considerable, pero la situación lo enfadaba. Lucian parecía cansado, agotado por las largas horas de juego, embriagado por el Slivovice y aletargado por los cigarrillos Dina que fumaba con largas caladas. Daba la impresión de ser un blanco fácil. Sin embargo, hasta ese instante, no había caído en una sola de las trampas que Igor le había tendido durante el juego.
Cuando se repartieron las cartas para la siguiente mano, Igor notó que Lucian había conseguido algo útil: con dos jotas en las cartas comunitarias era fácil deducir que Lucian tenía una más en su poder. Lucian subió la apuesta empujando la mitad de su stack al centro. Diez mil euros. Igor podía cagarse en las jotas de Lucian, pues poseía dos reinas, la de corazones y la de picas.
—Entro y aumento otros diez mil —replicó Igor arrojando sus fichas sobre la mesa.
—Deja de lanzar las fichas —musitó Lucian.
—Hago lo que me da la gana con mis fichas —sentenció Igor con la intención deliberada de fastidiar a Lucian, aunque no logró el efecto deseado.
Cuando se descubrió la carta river, un rey de tréboles, Lucian llevó todas sus fichas al bote, luego sacó su cartera y la arrojó con todos los billetes sobre la mesa.
—¡Hostia! Vas a caer de bruces, cachorro —sentenció Lucian.
El silencio inundó el local. Igor se giró para mirar a Kaminskij, que había dejado de remover la sopa. Los jugadores conocían las reglas: estaba estrictamente prohibido utilizar dinero de salvación, así como colocar objetos valiosos sobre la mesa. Por encima de todo, jamás se ponía a Kaminskij en una situación comprometedora que pudiera causarle problemas en caso de que, contra todo pronóstico, la policía apareciera por ahí. Kaminskij se frotó el bigote y miró a Igor, que sonreía victorioso.
—Terminad la partida de una vez —sentenció revolviendo la sopa.
Igor se giró hacia Lucian, que estaba sentado con los brazos cruzados.
—Disfruta tus fichas, porque pronto ya no serán tuyas —comentó Lucian triunfalmente.
Igor puso todo en el bote. Era imposible que Lucian tirara un farol, ya que no tenía reyes en su mano. Lucian tenía las jotas, las había utilizado para aumentar la apuesta en un principio, pero eran inútiles contra las reinas de Igor. Había sido demasiado fácil e incluso descontando la comisión de Kaminskij, era mucha más pasta de la que hubiera soñado con ganar. Le daba para cambiar de coche y comprar una nueva tele de pantalla plana para su piso, ¡coño, hasta podía hacerse con otro piso!
—Tus fichas apenas suman la mitad de la cantidad —refunfuñó Lucian.
—El resto está a una llamada telefónica de distancia —contestó Igor inclinándose sobre la mesa—. No suelo ir tirando efectivo en la mesa como un serbio vulgar, pero mi palabra vale y tengo lo que dejaste ahí.
Igor señaló la cartera gastada de piel. Lucian lo escudriñó entrecerrando los ojos y luego miró fugazmente a Kaminskij, que les observaba con expresión sombría.
—Bien, te tomaré por un hombre de palabra. ¿Qué tienes? —gruñó Lucian.
Igor sonrió.
—El rey no va a ayudarte —dijo Igor tocando el naipe—. Menos cuando uno se pasa la noche coleccionando jotas; ahora permíteme presentarte a mis dos muchachas que, sumadas a su hermana que las espera en la mesa, no forman un mal triángulo, ¿verdad?
Lucian les echó un vistazo a las cartas y movió la cabeza en señal de aprobación. Entonces se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se inclinó hacia sus cartas.
—Tienes razón en lo que respecta a las jotas, las usé para aumentar la apuesta —dijo volteando una carta que resultó ser la jota de tréboles. Luego sonrió sentimentalmente—. Junto a su padre, el rey de tréboles, más el diez y el nueve de tréboles están por hacer milagros. ¿Qué posibilidad existe de que su madre, la reina de tréboles, sea parte de la familia? ¿Conoces las probabilidades de conseguir una escalera real?
—Naturalmente —respondió Igor sonriendo—. Aproximadamente una entre seiscientos mil. Es más probable ganar la lotería.
Lucian asintió tomando su carta.
—Lo cual me convertiría en el hombre más afortunado del planeta, aún más que esos putos mineros de los que no dejáis de hablar, ¿no?
—Ya veremos —respondió Igor encogiendo los hombros.
—Pues lo veremos —agregó Lucian dándole la vuelta a la carta.
El mundo de Igor colapsó. Los objetos a su alrededor se desmoronaron y solo la reina de tréboles conservó su consistencia luminosa. Igor miró fijamente el naipe sin poder respirar y sus entrañas se contrajeron violentamente. “Me estoy muriendo”, pensó. Una suerte que, ante las circunstancias presentes, hubiera sido un alivio.
—Sigue boquiabierto el colega. Pues es hora de tu sopa —comentó Lucian.
Los otros dos serbios se acercaron a la mesa para mirar las cartas.
—¡Hostia! —exclamó Milan—. Vaya mano, vaya partida, pasará a la historia. ¿Cuánto hay sobre la mesa? —dijo mirando furtivamente las fichas y los euros desparramados sobre la mesa. Le sonrió a Lucian.
—Respeto, macho, acabas de ganar treinta mil euros, mientras que tú, cachorro —dijo Milan palmeando el hombro de Igor—. Estás por hacer la llamada telefónica más costosa de tu vida.
—Yo… yo —tartamudeó Igor intentando sonreír, aunque a duras penas lograba respirar—. Creo que me he dejado llevar.
—¿Qué quieres decir?
Igor miró a Lucian.
—Por supuesto que tengo el dinero, sí, una parte, pero… —dijo agitando las manos sobre las incontables fichas, implorando empatía.
Los tres serbios clavaron una mirada gélida en él.
—¿Estás insinuando que no puedes pagar? —preguntó Lucian.
—Sí, puedo pagar la mayor parte, pero…
—La mayor parte no es suficiente —respondió Milan.
—No, eso no nos dejaría satisfechos —agregó Rastko.
—¿Quizás prefieras una manicura serbia? —sugirió Lucian sacando de su bolsillo unas pequeñas tijeras oxidadas para podar que dejó bruscamente sobre la mesa—. Es difícil jugar a los naipes sin dedos.
Igor miró las tijeras lleno de pánico. Se apartó de la mesa e intentó levantarse, pero Milán se colocó detrás de él y lo obligó a sentarse.
—No tan rápido.
—Guarda eso —dijo Kaminskij con firmeza, dejó la cuchara y bajó el fuego antes de acercarse a la mesa—. Ahora mismo.
Lucian se encontró con la mirada imperturbable de Kaminskij y titubeó un segundo antes de meterse las tijeras en el bolsillo.
—Solo quiero mi dinero, nada más.
—Igor te dará el dinero, es de fiar, si no fuera así, no jugaría en mi mesa. ¿Estamos de acuerdo? —sentenció Kaminskij.
—Por supuesto, Kaminskij —respondió Lucian sin levantar la mirada y con los brazos cruzados—. Os pido disculpas por mi temperamento, no era mi intención faltaros al respeto, lo sabéis. ¿Cuánto traes contigo, chaval?
Igor clavó la mirada en el suelo.
—Alrededor de cuarenta mil… coronas danesas.
Lucian le lanzó una mirada interrogante a Milan, que negaba con la cabeza.
—Eso no basta, no va a ser suficiente —comentó Milan.
—Tienes veinticuatro horas para conseguir el monto o… —Lucian levantó la mano derecha e hizo un movimiento de tijera con dos dedos—. Tris, tras.
Christianshavn, 2013
Everytime you go away sonaba en el jukebox del café Havodderen. Era viernes por la noche y la antigua taberna del barrio de Christianshavn, ubicada junto al canal, se había puesto de moda una vez más. Estaba a tope, repleta de clientes fiesteros. Havodderen era el tipo de bar donde se podía beber una cerveza por veinte coronas, escuchar temas clásicos en la gramola, conseguir la siguiente ronda jugando a los dados, besarse en los rincones o simplemente tomarse algo sin ser molestado.
Conforme las últimas estrofas de Daryl Hall iban llegando a su fin, Thomas se levantó del taburete que ocupaba junto a la barra. Se tambaleó un poco, pero recuperó el equilibrio. Le hizo una señal a Johnson, que estaba detrás de la barra, para pedirle otro set. Thomas acostumbraba a beber un Jim Bean en vaso de chupito y una Carlsberg directamente de la botella.
—¿No te parece que ya has bebido suficiente, Ravn? —farfulló Johnson.
—¡Bah!, pero si apenas voy empezando.
Johnson enarcó una ceja, pero siguió la orden. Era un hombre que acababa de cumplir los sesenta años, ancho como un toro y tenía los brazos cubiertos por tatuajes. Era imposible saber qué representaban esos dibujos indistintos que se remontaban a su época joven, cuando trabajó como marinero recluta en el Dannebrog, el yate imperial.
Thomas se abrió paso entre los clientes para avanzar hacia la gramola, una antigua Wurlitzer, que había estado allí desde la primera vez que visitó el bar. Hurgó en el bolsillo de su chupa para buscar alguna moneda mientras miraba las fotografías colgadas de la pared. Eran imágenes en blanco y negro, retratos autografiados por los artistas y músicos que a lo largo de los años habían sido comensales del Havodderen: Gasolin’, Lone Kellermann, Clausen og Petersen, Kim Larsen y (el favorito de Thomas) Mr. D.T., con sus uñas pintadas de negro, sombrero de ala y esmoquin blanco.
Thomas depositó una moneda de cinco coronas en la máquina. Ya no necesitaba mirar las teclas, pues recordaba el código del tema que iba a seleccionar: el F-5. Take it away, Daryl. El inconfundible sonido del metrónomo, acompañado por el órgano eléctrico, dio inicio al viejo éxito. Se escucharon los abucheos de un par de clientes que le exigían otro tema. Thomas los ignoró y volvió a su taburete.
—¡Oye, marinero! —gritó uno de ellos cuando estaba a punto de sentarse.
Thomas se dio media vuelta para mirar hacia la mesa ubicada a sus espaldas. Era un tipo musculoso con aspecto de motero que iba embutido en una camiseta demasiado pequeña para su cuerpo. Miró a Thomas fijamente a través de sus gafas de sol de montura amarilla.
—Ya hemos escuchado esa canción demasiadas veces, ¿te ha quedado claro?
—Es un clasicote —resopló Thomas arrastrando las consonantes.
—¿Y qué? Es música para maricas.
Sus camaradas se rieron. Vestían chalecos de cuero con emblemas en la espalda, y luego empuñaron sus cubiletes.
—Pues llámame maricón, hasta hoy no se ha escrito una canción mejor.
—Prefiero la otra versión, sí, la original —agregó una mujer de mediana edad vestida con un traje tweed a cuadros. Tenía una cabellera gris indomable que se erizaba como si estuviera electrizada.
Thomas se giró para sonreírle a la mujer que estaba sentada en el otro lado de la barra.
—Ah, querida Victoria, esta versión es la original. Daryl Hall la escribió e interpretó en 1980, cinco años antes de que Paul Young la hiciera famosa y, sin faltarle el respeto a Paul, su versión no llega ni a la suela de los zapatos de la de Daryl.
Thomas se deslizó sobre el taburete para sentarse. Victoria arqueó el cuello exhalando una densa nube de humo hacia el techo.
—Vale, te agradezco el trivial musical, aunque aun así prefiero la otra versión.
—Estás en todo tu derecho —respondió Thomas elevando los hombros—. Vivimos en un país libre.
Johnson ojeó a los moteros al dejar la birra y el bourbon frente a Thomas.
—Ravn, ¿no crees que es hora de volver a tu nido?
—No por mi propia voluntad, por decirlo así —contestó Thomas vaciando el Jim Bean de golpe, que en seguida hizo bajar con un trago de cerveza.
Cinco minutos después, Daryl Hall llegó al último estribillo. Thomas se puso de pie y buscó más monedas en su bolsillo. El motero de las gafas amarillas levantó su mirada del cubilete y se percató de que Thomas caminaba hacia la gramola.
—Joder, no otra vez —exclamó poniéndose de pie. Luego le dio la vuelta a la mesa y, apretándose entre la masa de personas, se acercó a Thomas.
—Ya has puesto tú la última canción —dijo el motero empujando a Thomas hacia un lado.
Entonces insertó una moneda en la gramola y seleccionó Highway to Hell de AC/DC. El hombre se dio la vuelta con los brazos extendidos y se fue hacia sus amigos, que sacudían la cabeza al ritmo de la música.
Thomas se tambaleó, intentó concentrarse y comenzó a sacar monedas de todos sus bolsillos mientras las iba colocando sobre la gramola. De la inspección resultó una pila de monedas de diez y cinco coronas, colocadas junto a su móvil vetusto y su carné de policía arrugado, aunque todavía laminado. Guardó su carné y teléfono en el bolsillo del pantalón e inmediatamente se puso a alimentar la máquina con las monedas. Podía comprar quince números, lo cual equivalía a quince veces Everytime you go away. Iba a ser una noche estupenda. Regresó a su taburete junto a la barra, pidió otro set para él y un vermú para Victoria. Ella se lo agradeció afirmando que era un ángel.
Poco después sonó el órgano eléctrico y Daryl se preparó para cantar. Entonces se escuchó un tumulto por detrás de Thomas.
—Ahora sí que voy a callar a ese hijoputa.
El motero de las gafas amarillas se colocó junto a la gramola, se inclinó ligeramente y, usando toda su fuerza mientras los músculos se abultaban bajo su camiseta, levantó la Wurlitzer para dejarla caer bruscamente contra el suelo. La música cesó. El ambiente en el bar era tan bullicioso que solo los comensales más cercanos se percataron del incidente. Johnson levantó los ojos de su trago y miró silenciosamente al motero que iba de regreso a su asiento. Thomas bajó de su taburete cuando el sujeto pasó junto a él. Entonces miró detenidamente al fornido hombre que le sacaba media cabeza de altura.
—La maniobra que acabas de hacer te va a costar setenta y cinco duros.
—No me digas —gruñó el hombre con aspecto de motero forajido.
En ese instante se acercó Victoria y colocó una mano en el hombro de Thomas.
—Quizás sea mejor que lo dejes pasar, ¿no crees, Ravn? —dijo y le sonrió al motero—. ¿Qué tal si todos volvemos a nuestros asuntos?
—Imposible —contestó Ravn negando con la cabeza—. Metí setenta y cinco coronas en la gramola. Las has azotado, ergo me debes setenta y cinco coronas.
El motero miró a Victoria de arriba abajo antes de clavar los ojos en Thomas.
—Quizás te convenga escuchar a tu amiguita bollera antes de que las cosas se pongan peor.
—No es lesbiana, solo tiene una predilección por el tweed —farfulló Thomas.
—Pues parece bollera —agregó el motero.
Victoria entrecerró los ojos mirando severamente al forajido.
—Para un hombre con tetas de perra, te preocupas demasiado por la orientación sexual de las demás.
El motero se quedó boquiabierto paseando la mirada de Thomas a Victoria. Thomas se cruzó de brazos.
—Pensándolo mejor, ahora también le debes una disculpa a Victoria y otra a Daryl Hall por interrumpir su interpretación. Tu conducta es inaceptable, así que ¿qué vas a hacer primero?
—Deja de hacerte el gilipollas —respondió el motero.
—Quizás una vez que me entregues mis setenta y cinco coronas y te hayas disculpado con Victoria y Daryl.
—Oye, Niller —llamó uno de los amigos del motero.
—¿Qué? —gruñó dándose la vuelta.
El hombre lo miraba preocupado.
—El bastardo es pasma —agregó señalando a Thomas—. Quizás sea mejor no meternos en líos.
Niller bajó las gafas sobre su nariz y lanzó una mirada letal por encima de la montura.
—¿Te refieres a este subnormal? —dijo señalando a Thomas.
El otro hombre asintió.
—El verano pasado nos agarró a Rune y a mí frente a Christiania con un poco de hash.
Niller se giró hacia Thomas y se cruzó de brazos.
—¿Es verdad? ¿Eres madero?
—Lo que yo sea o no sea da igual, lo importante es que me debes setenta y cinco coronas, más una disculpa para Victoria y otra para Daryl.
—¡Acaso estás…! —gritó Niller y varias partículas de saliva salieron de su boca mientras apretaba los nudillos.
—Está de baja por incapacidad temporal, así que esta noche te has salvado de terminar detenido —mencionó Victoria bebiéndose el resto de su vermú.
—¿Incapacidad temporal? ¿Realmente? —Una sonrisita malévola se dibujó en la boca de Niller.
El motero lanzó un puñetazo hacia Thomas, que alcanzó a retroceder un par de centímetros para esquivar el impacto. Niller soltó un gancho ágil con la izquierda, pero Thomas también logró esquivarlo y respondió con un codazo dirigido a la sien del motero. Normalmente ese golpe hubiera dejado en la lona a cualquier humano, pero, como consecuencia de su embriaguez, el codo solo rozó a Niller. Las gafas amarillas volaron por los aires. Thomas las observó: planeaban como un insecto alado sobre las cabezas de los comensales que estaban de pie junto a la barra. Una sonrisa se dibujó en sus labios al contemplar esa absurda imagen, pero entonces un puñetazo arremetió contra su estómago. El impacto fue seguido por otro que aterrizó en su rostro. Thomas cayó sobre el suelo con la visión nublada. Al instante, como a través de una neblina, se percató de los gritos y los cuerpos que se abalanzaban para alejar a Niller. Luego perdió el conocimiento.
Diez minutos después, Thomas estaba sentado en el bordillo frente al Havodderen, presionando un paño lleno de cubos de hielo contra su mejilla hinchada. A lo lejos escuchó las injurias que los tres moteros gritaban contra Johnson y algunos de los clientes habituales que se habían amurallado frente a la entrada.
Eduardo se agachó y miró a Thomas a través del grueso cristal de sus gafas.
—Joder, Ravn, ¿qué fue todo eso? —dijo con un suave acento que revelaba su origen español—. ¿Eres estúpido o qué?
Thomas negó con la cabeza. El gesto desató una punzada infernal e inmediatamente se arrepintió del movimiento.
—Dime, ¿se disculpó? ¿Lo hizo?
—Sí, en cinco ocasiones, utilizando todos sus nudillos —respondió Eduardo pasándose una mano por el pelo encrespado.
Thomas se encogió de hombros.
—Fue lo único que le pedí —murmuró—. Joder, y aún me debe setenta y cinco coronas.
Una mujer rubia tiró del brazo de Eduardo, diciendo que tenía frío y quería volver al interior.
—¿Te las puedes arreglar por tu cuenta? —le preguntó Eduardo.
Thomas asintió y de nuevo sufrió un dolor agudo. Poco después escuchó que los clientes iban entrando al bar y, casi perdiendo el equilibrio, se levantó del bordillo.
—Os invito a una ronda —dijo al quedar frente a la puerta.
Johnson le colocó una mano en el pecho y le arrebató el paño con el hielo.
—Ravn, vete a casa.
—¿Qué quieres decir? Al menos el último trago.
Johnson no respondió; se limitó a mirarlo directamente a los ojos mientras los clientes seguían entrando a la taberna.
Thomas caminó a lo largo del parapeto a una distancia segura del canal. Marchó por la acera evitando los adoquines con relieve, que a lo largo de los años habían enviado a más de un beodo al agua. Había un ambiente animado a lo largo del canal, ya que los bares del muelle estaban cerrando. En la plaza de Christianhavn, la gente se peleaba por coger los taxis que los llevarían a las discotecas de la ciudad.
La única meta de Thomas era cruzar al otro lado de la calle para alcanzar la plaza, pero su borrachera monumental le dificultaba calcular la distancia de los coches que transitaban. Cuando se atrevió, una bocina le anunció que estaba a punto de ser arrollado y Thomas se dio prisa para alcanzar el otro carril. Al poner un pie sobre la plaza continuó por la Dronningensgade en dirección a las antiguas lunetas. Su piso estaba al lado. Al alcanzar la puerta del edificio sacó las llaves y echó una mirada furtiva a las ventanas de la fachada: un par de velas encendidas brillaban en las ventanas del piso superior. Subió los dos peldaños, se acercó a la puerta principal y observó el portero automático donde se mostraba el nombre de los residentes. “Thomas Ravnsholdt y Eva Kilde”, sus nombres estaban escritos con la caligrafía de Eva. Iba a meter la llave en la cerradura, pero se arrepintió en el último segundo y se echó a andar en dirección opuesta del edificio.
Giró en Sofiegade para enfilar hacia el canal. Aún en la oscuridad pudo divisar los barcos anclados al final de la calle. Entre ellos estaba su embarcación de mástil corto con vela de apoyo y el radar en la parte superior. El radar estaba averiado y jamás había izado la vela pequeña, pero el mástil era lo suficientemente original como para distinguirlo entre los otros botes. Ya le había servido como punto de referencia en varias de sus merluzas.
Se tambaleó al descender del parapeto a la cubierta del vetusto Grand Banks. Faltaba la tapa de la última escotilla, por lo que rodeó cuidadosamente el agujero al caminar hacia el camarote. La puerta colgaba holgadamente de las bisagras. Algún día la repararía, pensó al abrirla. El interior apestaba a moho y a las sobras de las cajas de pizza apiladas sobre el sofá manchado de lodo. Siguió andando por el camarote, pasó por el lado de la cocina y bajó la estrecha escalera que conducía al dormitorio con la cama en ‘V’. Se tumbó sobre el colchón y cerró los ojos.
La lluvia tamborileaba contra la ventanilla de la escotilla sobre su cabeza. El agua no tardó en filtrarse por la cabina mal sellada. Era consciente de que lo más conveniente sería levantarse, buscar un cubo y colocarlo al pie de cama, pero no era capaz de afrontar esa tarea. Además, dormir con los pies mojados era el menor de sus problemas.
16 de octubre de 2010
Masja se sentó en el sofá de cuero negro y se envolvió con el edredón. Lajka, su perra chihuahua, se acurrucó en su regazo. Intentaba perderse en la lectura del último tomo de La hija de la bruja dragón, una saga de fantasía que seguía fielmente. Sin embargo, no podía concentrarse, ya que estaba intranquila; eran las diez de la mañana y no sabía nada de Igor.
En ese instante se abrió la puerta principal del edificio y luego se escuchó la voz de Igor en el vestíbulo. Lajka se incorporó ladrando con su timbre penetrante. Masja hizo callar a la perra para poder escuchar lo que Igor decía al teléfono. Atrapó frases sueltas: algo sobre vender el coche, lo cual era absurdo porque Igor adoraba su BMW; hasta lo había bautizado con el nombre de Lola.
Igor entró al salón sin mirar a Masja. Se quitó la cazadora de cuero enfadado mientras seguía hablando por teléfono.
—Traga mierda, Janusz, ambos sabemos que Lola vale mucho más. Te estás aprovechando de la situación.
Igor apagó el móvil y lo dejó caer sobre la mesa de mármol. La palidez de su rostro era notoria, al igual que las bolsas bajo sus ojos. Además, apestaba. Masja podía olerlo desde donde estaba sentada: licor y sudor agrio, una mezcla que le recordó a sus peores clientes. Lajka no cesaba de ladrar a pesar de los intentos de Masja por silenciarla.
—¿Dónde has estado toda la noche?
Igor hizo un gesto de rechazo con la mano.
—Ahora no, Masja —respondió Igor entrecerrando los ojos—. ¿Cuánto efectivo tenemos?
Igor no esperó la respuesta y ladeó la silla de cuero negro.
—¿Qué está pasando? ¿Qué haces? —protestó Masja.
Él no respondió; meramente sacó el sobre blanco que estaba oculto entre los muelles de la silla.
—Ese es mi dinero, aleja tus manos de ahí.
Igor abrió el sobre.
—No tengo otra opción. Necesito que me los prestes, estoy metido en un lío gordo.
—¿Y qué hay de los cinco mil que ya me debes? —dijo Masja clavándole una mirada fugaz.
—Ya, pero tú vives aquí gratis, sin pagar alquiler. Dime, ¿cuándo te he cobrado?
—Uy, gracias, Igor —respondió ella irónicamente.
Igor sacó los billetes del sobre y los contó de inmediato.
—¡Diecinueve mil! ¿Es todo lo que tienes?
El cuerpo de Masja se retorció de rabia.
—Parece que no piensas. ¿Te pasas la noche afuera, no das una sola noticia y regresas a casa para robarme?
—Solo los estoy tomando prestados, no te preocupes. ¿En serio no tienes más? —dijo tirando el sobre al suelo y guardándose el dinero en el bolsillo delantero del pantalón.
—No me dejaste ni un billete, ¿estás feliz? —gritó ella.
Lajka miró a Masja y luego se escondió asustada bajo la mesa del salón. Igor se frotó la cara.
—¿Qué hay de tu madre? ¿Crees que nos puede prestar algo? —preguntó mirándola a través de los dedos de la mano.
Masja enderezó la espalda.
—¿Mi madre?
—Sí, joder, tu madre, ¿quién más? ¿Nos puede prestar algo?
Masja soltó una risita burlona.
—De verdad estás desesperado. Sabes que mi madre no gana una mierda, soy yo quien le da dinero.
—Venga —respondió él—. ¿Tienes alguna cita? ¿Algún cliente?
—Vete a tomar por culo, Igor, eres un hijoputa. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Perdóname, pero, de verdad, estoy desesperado —dijo y la miró con total abandono—. Bueno, ¿tienes clientes hoy?
Masja estaba a punto de sollozar e insultarlo por comportarse como un imbécil.
—¿Ya se te ha olvidado lo que te dije ayer? No me apetece más hacer eso, ¿te lo puedes meter en la cabeza o no?
Él se acercó para sentarse en el sofá.
—Sí, sí, pero eso es un plan a largo plazo, esto es ahora.
—¿Cuánto perdiste?
—Mucho más de lo que podía permitirme —respondió cabizbajo—. Demasiado.
Ella le acarició el pelo, pero Igor se levantó inmediatamente, cogió el móvil y llamó a Janusz.
—Lola es tuya por cuarenta mil, pero me pagas hoy mismo. —Igor colgó y se giró hacia Masja.
Masja sintió pena por Igor. Ahí, en medio del salón, se parecía a un perro mojado más que a otra cosa, como Lajka cuando volvía a casa tras un paseo en un día lluvioso.
—Acércate, mi amor. Ven aquí, tumbémonos un momento juntos.
—Más tarde. Ahora tengo que hacer un par de llamadas —dijo y se encerró en el dormitorio.
Masja se echó en el sofá y llamó a Lajka. La perrita volvió a su regazo con un gruñido de satisfacción. Se puso a lamerle los dedos, hasta que Masja le dio una palmadita en el hocico; no le gustaba esa costumbre que había adquirido. Pobre Igor, solo era un idiota que creía en las salidas fáciles. Debían dejar esa vida y hacer algo diferente, aunque tuvieran menos pasta, incluso a riesgo de terminar como su madre: lavando suelos para daneses engreídos, para las perras petulantes de los suburbios que se sienten superiores a ella. Pero ¿a qué otra cosa podía dedicarse? E Igor, ¿acaso tenía opciones fuera de conducir coches robados hasta Polonia y jugarse las ganancias?
Igor regresó al salón y se sentó junto a ella.
—¿Lo arreglaste?
—Quizás, pero tengo que pedirte un favor inmenso.
—¿Qué? —respondió ella a la defensiva.
—El hombre a quien le debo el dinero me ha propuesto algo —agregó con la mirada puesta en el suelo.
—¿Qué clase de proposición?
—Adivina.
Masja entrecerró los ojos.
—¿Y tú qué crees que te voy a responder, Igor? ¿Tan poco me valoras?
—No, nena, claro que no —respondió Igor ahogando el llanto.
—Igor, este problema es tuyo, no mío. ¿Por qué no te lo follas tú?
—Es que no entiendes lo jodido que estoy —dijo mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas—. Me cortarán los dedos si no pago.
—¿En serio? —dijo Masja con cierta suspicacia mirando sus uñas recién pintadas—. Quizás así dejes de jugar.
Masja se dio cuenta demasiado tarde: un brazo cortando el aire y, luego, una bofetada contra su mejilla. Chilló llevándose las manos al rostro y Lajka gimoteó escondiéndose debajo de la mesa.
—Perdóname, Masja, perdóname, por favor —imploraba Igor lloriqueando en el sofá.
Masja estalló y empezó a gritar, golpeando a Igor en la espalda, el cuello y la nuca. Él no hizo nada por defenderse, recibió los impactos sollozando. Cuando ella agotó todas sus fuerzas, también se echó a llorar.
Eran las siete y media de la tarde y Masja se estaba pintando el contorno de los labios frente al espejo del baño. Se había puesto el vestido de seda color vino tinto y las delicadas botas de gamuza marrón. Igor estaba fumando junto a la puerta de la entrada.
—Lo siento mucho, nena, de verdad —dijo.
Ella no contestó; se aplicó otra capa de laca y comprobó no tener labial en los dientes frontales. Luego encaró a Igor.
—¿Nos vamos? —preguntó ella.
Condujeron por Torvegade, pasaron por las murallas de Christiania y se dirigieron hacia Vermlandsgade. La noche había caído y, con excepción de un par de taxis que iban en dirección al aeropuerto, no había otros coches en la calle.
—Te prometo que todo va a salir bien —dijo Igor suavemente al mirarla—. Ya basta: dejaré de jugar y de apostar, toda esa mierda se acabó. Te lo prometo, nena, a partir de ahora haremos las cosas bien.
Colocó una mano en el muslo de Masja, pero ella la retiró.
—Entiendo que estés enfadada conmigo. Sé que soy un mierda, un cerdo, un payaso.
—Preferiría que no dijeras nada.
—Claro, cariño, lo entiendo, pero solo para que lo sepas… —titubeó y buscó su mirada, pero ella lo evitó manteniendo la mirada en la ventanilla lateral—. A partir de hoy haremos las cosas a tu modo, seremos una pequeña familia. Tú y yo, con un bebé y todo. Buscaré un trabajo decente, un trabajo de verdad. Soy capaz de hacer muchas cosas, espera y verás, te lo demostraré.
—Cállate de una vez —dijo ella, aunque un poco menos malhumorada.
Condujeron por Amagerbanen y giraron en Yderlandsvej, justo donde las empresas de transporte y las compañías de autobuses coexisten lado a lado. Masja vio una hilera de coloridos autobuses de dos pisos que se utilizaban durante el verano para ofrecer recorridos turísticos por la ciudad, aunque pasaban los meses fríos resguardados bajo un medio techo. Hacía muchos años, cuando acababan de llegar a Dinamarca, tomó uno de esos autobuses con su madre, que estuvo enfadada durante todo el trayecto porque Masja tenía ganas de ir al baño.
Masja echó un vistazo por el parabrisas; el sitio no se parecía en nada a los hoteles de cinco estrellas que acostumbraba a frecuentar. En realidad, no se parecía a ningún lugar que hubiera visto antes. Tuvo un mal presentimiento y se arrepintió de haber accedido.
—Hemos llegado —dijo Igor adentrándose en un aparcamiento mal iluminado.
Frente a ellos se dibujó un taller mecánico muy deteriorado; varias de sus ventanas estaban rotas y la fachada estaba estropeada por incontables grafitis.
—Media hora, eso es todo, no le daré ni un segundo más —afirmó Masja al bajarse del coche.
Recorrieron el sucio lote hasta alcanzar el gran portón azul y entrar al descuidado taller. Un nauseabundo olor a aceite invadió su nariz y Masja se tapó las fosas nasales con los dedos para respirar por la boca. En el otro extremo del recinto vio a cuatro hombres de mediana edad sentados en torno a una mesa, envueltos por el humo del tabaco que fumaban.
Masja e Igor avanzaron por el lado del prolongado foso de inspección que se extendía a lo largo de la nave, hasta donde estaban los sujetos. Bebían vodka y cervezas en lata y su aspecto sugería que habían seguido bebiendo desde que Igor partió del negocio de Kaminskij esa misma mañana.
Lucian dio media vuelta en el taburete para mirar fríamente a Igor, y luego inspeccionó clínicamente a Masja. Se limpió la boca con la mano.
—¿Así que me trajiste a tu novia? —dijo Lucian exhalando una nube de humo hacia el techo—. Pues ya veremos si es suficiente para cubrir el monto.
Los hombres la evaluaron con la mirada, intercambiaron obscenidades y se rieron entre ellos. Lucian se puso de pie trastabillando.
—Es una ramerita muy linda, eso te lo concedo, una putita deliciosa. Has tenido suerte, Igor.
Masja entrecerró los ojos.
—¿Por qué no cambiamos el tono, camarada?
—¿Por qué? —respondió Lucian mirándola a los ojos—. No estoy levantando falso testimonio, eres una putita, te ganas el dinero follando, ¿o no es cierto? La cuestión es más bien si tienes talento. ¿Lo tienes?
Lucian enfatizó la pregunta moviendo sus caderas obscenamente. Los sujetos rompieron en carcajadas.
—No estoy aquí para aguantar esta mierda —dijo ella girándose hacia Igor—. Me voy, ¡ahora mismo!
—¿A dónde crees que vas? —agregó Lucian cogiéndola por el cabello.
Masja gritó e intentó liberarse. Miró a Igor y se quedó petrificada al descubrir que él se alejaba de ella.
—Vete quitando la ropa, ¿o prefieres que te ayude? —ordenó Lucian tirando de su vestido.
Masja pateó desesperada sin acertar y al buscar a Igor descubrió que estaba junto a la puerta.
—¡Socorro, Igor! ¿Qué haces? ¡Ayúdame!
La cabeza de Igor hizo un movimiento vacilante.
—Perdóname, nena, no tuve otra opción. Perdóname.
Lucian cogió el cuello de Masja con su pesada mano, estrujó, y apenas pudo respirar. Lucian le arrancó el vestido sin clemencia. Masja pudo olerlo y sentir la camisa pegajosa del hombre restregándose contra su piel desnuda, así como el bulto duro en sus pantalones.
—No hay nada que me guste más que amansar a una zorra enfadada —susurró ásperamente.
Masja seguía gritando el nombre de Igor, pero él ya había salido y cerrado la puerta.
***
Igor se alejó trastabillando hacia su BMW. En cuanto alcanzó el coche se apoyó en el capó y vomitó sobre la rueda y sus Adidas flamantes. Se escucharon pasos detrás de él. Igor se limpió y se giró. Kaminskij lo observaba con frialdad.
—Era tu única opción; conservar el honor es lo más importante en el mundo, y uno siempre debe pagar lo que debe.
—Lo sé.
—Lo que no deja de asombrarme es que la hayas convencido para poner un pie en esta pocilga —dijo Kaminskij mirando hacia el taller ruinoso—. Debe quererte y confiar ciegamente en ti.
Igor abrió la puerta y se sentó al volante. Kaminskij se inclinó hacia él.
—Al menos Lucian ha sido generoso; mira, te ha dejado conservar el coche. Anda, conduce con cuidado —dijo Kaminskij al cerrar la puerta del conductor.
Christianshavn, 2013
Los ladridos eran como martillazos atestados contra el cráneo de Thomas. Era imposible ignorar el estrépito, por lo que tuvo que abrir los párpados. La luz del día que entraba por la ventana de la escotilla que tenía encima de él recrudeció el dolor que sentía en las cuencas de los ojos.
—Cierra el hocico —masculló Thomas.
Møffe saltó a la cama. El viejo bulldog inglés no exhibió remilgo al lamer la cara entera de Thomas, que intentaba apartarlo en vano.
—Tío, anoche tu perro y yo tuvimos una fiesta de pijamas memorable. Me dolió ponerle fin, pero pensé que su padre lo estaría echando de menos. —La voz de Eduardo llegaba desde la cabina.
Thomas intentó levantarse, pero la resaca lo obligó a tumbarse de nuevo, gesto que Møffe interpretó como una invitación y se puso a lamer su rostro de nuevo. Thomas lo rechazó y rascó al perro justo detrás de la oreja hasta que Møffe, gruñendo de placer, se echó a un lado.
—Por cierto, tu bestia dejó un mojón histórico en mi cabina —comentó Eduardo.
—Pues mejor en la tuya que en la mía —murmuró Thomas.
—¿Qué has dicho? —preguntó Eduardo asomando la cabeza.
—Ah, que lo siento, en nombre de mi perro.
—Oye, ¿no tienes café?
Thomas apuntó hacia un lugar indefinible. Eduardo comenzó a hurgar en cajones y armarios, golpeando las puertas y demás. El ruido acabó por sacar a Thomas de la cama, pero las náuseas fueron inmediatas. Impedir el vómito era utópico y solo lograría retenerlo unos instantes. Apurado, abrió la puerta del diminuto baño, solo para recordar que el inodoro estaba atascado. Su estómago se hizo un nudo, anunciándole que estaba a punto de estallar. Era cuestión de segundos. Thomas corrió, hizo a Eduardo a un lado al atravesar la cocina y salió por la puerta abierta del camarote. Logró llegar a la barandilla del bote y, apoyándose en ella, expulsó por la boca la borrachera de la noche anterior. La cubierta se mecía de un lado a otro y sintió que su cabeza iba a explotar. Entonces percibió un flas, seguido de otro y uno más. Escuchó algunas voces en el agua y, al levantar la mirada, vio uno de los botes turísticos que ofrecen recorridos por los canales de Copenhague. Iba repleto de turistas japoneses que muy alegremente eternizaban su miseria. Thomas se agachó para ocultarse y, segundos después, Eduardo apareció junto a la puerta.
—Hostia, no sabía que ya había comenzado la temporada.
—Ravn, estoy seguro de que navegan todo el año.
—¿En serio? —dijo Thomas llevándose las manos a la cabeza y notó que su mejilla estaba hinchada—. Joder, estoy hecho mierda, ¿medí el suelo anoche?
Eduardo asintió en silencio.
—¡Hasta pronto! —dijo una chica esbelta desde el queche de Eduardo, anclado frente al barco de Thomas. Eduardo se giró para enviarle un beso a la joven rubia que se despedía desde la cabina.
—¡Te llamaré! —respondió Eduardo.
La chica caminó por el muelle hasta su bicicleta y la desató.
—¿Quién demonios es esa? —pronunció Thomas.
—¿Malene? ¿Maria? ¡Anna! —respondió Eduardo sonriente—. La conocí anoche en el Havodderen.
Saludó a la chica que se alejaba pedaleando.
—Malene-Maria-Anna es un nombre muy inusual —comentó Thomas irónicamente.
—Le va perfecto; pues vaya que era una chica muy inusual.
A los diez minutos, Thomas encontró el frasco de Nescafé y preparó dos tazas. Decidieron beberlo en el pequeño puente volante sobre el camarote, por encima de los barcos turísticos y las fotos de los extranjeros. Eduardo hizo una mueca al darle el primer sorbo.
—Serás tacaño en muchos aspectos, pero no con el Nescafé.