El celibato sacerdotal - Johann Adam Möller - E-Book

El celibato sacerdotal E-Book

Johann Adam Möller

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Beschreibung

Este libro, traducido por primera vez al castellano en una cuidada edición con introducción y notas, recoge las reflexiones útiles y apasionantes de Möhler sobre el celibato de los sacerdotes católicos. Aunque se publicó originalmente en respuesta a una polémica concreta en 1828, la cuestión no ha perdido vigencia; antes bien, ha cobrado renovada actualidad. Los argumentos y las consideraciones que aquí presenta el gran teólogo alemán siguen siendo válidas independientemente de su génesis histórica, como el fundamento bíblico del celibato, o el análisis del fenómeno en los primeros siglos de la historia de la Iglesia. Möhler desarrolla una auténtica teología del celibato, en la que se destaca la libertad del individuo, que alcanza precisamente en quien vive el celibato su dignidad más alta.

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Ensayos

JOHANN ADAM MÖHLER

El celibato sacerdotal

Introducción, traducción y notas a cargo de Pedro Rodríguez y José R. Villar

ISBN DIGITAL: 978-84-9920-802-2

Título originalBeleuchtung der Denkschrift für die Aufhebung des dem katholischen Geistlichen vorgeschriebenen Cölibates

© 2012 Ediciones Encuentro, S. A., Madrid

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redacción de Ediciones Encuentro Ramírez de Arellano, 17-10.ª - 28043 Madrid Tel. 902 999 689www.ediciones-encuentro.es

SUMARIO

Prólogo

I. Introducción

I. Johann Adam Möhler: vida y obra

II. La situación político-eclesiástica de Alemania en la época de Möhler

III. La «tormenta» sobre el celibato sacerdotal

IV. La ocasión inmediata del texto de Möhler

V. La teología de Möhler sobre el celibato sacerdotal

VI. Möhler y el destino de la petición de 1828

II. El texto El celibato sacerdotal

I. Contexto histórico-espiritual del debate

II. El celibato en el Nuevo Testamento

III. Paganismo, judaísmo y gnosticismo en la interpretación del origen del celibato

IV. El celibato en la historia de la Iglesia

V. Para una teología del celibato sacerdotal

Bibliografía y Abreviaturas

Índice

PRÓLOGO

Johann Adam Möhler (1796-1838), el célebre precursor del Concilio Vaticano II, es uno de los representantes señeros de la llamada Escuela de Tubinga, de tan gran significado para la historia de la teología contemporánea1. Möhler —a pesar de la brevedad de su vida— supo reflejar el espíritu del movimiento renovador alemán del siglo XIX y ofreció, para su tiempo y para la posteridad, unas intuiciones teológicas permanentes.

Cercano a su época, Döllinger llegó a decir de Möhler que «todos los hombres cultos de Europa le reconocen como el mejor teólogo católico de su época». En nuestros días Benedicto XVI, que fue también profesor en Tubinga, lo considera «el gran renovador de la teología católica después de la desolación de la Ilustración»2. Sus dos obras teológicas principales, La Unidad en la Iglesia y Simbólica, de las que Josef Rupert Geiselmann hizo la edición crítica3, José Ramón Villar y yo las dimos a conocer en España en edición histórico-documental4.

El libro que el lector tiene en sus manos, recoge el escrito sobre el celibato sacerdotal que Möhler publicó en 1828. Inédito en español hasta ahora, su largo título alemán —Beleuchtung der Denkschrift für die Aufhebung des den katholischen Geistlichen vorgeschriebenen Cölibates— podría traducirse así: «Examen crítico del Memorial para la abolición del celibato prescrito a los sacerdotes católicos». Pero, en la presente edición, el libro se titula, buscando la brevedad y la sustancia, El celibato sacerdotal. No obstante, a lo largo de nuestro trabajo nos referiremos a él con frecuencia como el Examen crítico o la Beleuchtung, primera palabra del título original.

Dentro del corpus científico de Möhler, el Examen crítico constituye la intervención más extensa sobre el celibato sacerdotal. Es una obra de urgencia, escrita con lucidez y con pasión; y con dolor, como dice él mismo al comenzar: «El escrito de referencia ha llenado al autor de las páginas que siguen de una infinita tristeza».

Möhler publicó la Beleuchtung, de manera anónima, en la revista Der Katholik de Mainz en 18285. Con ella me encontré cuando en los años setenta llegaron a la Biblioteca de la Universidad de Navarra sesenta antiguos volúmenes de la revista. El primero se abría precisamente con el texto de Möhler sobre el celibato sacerdotal. Me impresionó —de manera creciente en sucesivas lecturas— por su belleza y, sobre todo, por su fuerza espiritual y teológica, que esperamos refleje la versión española. Desde entonces tenía la idea de su edición en España. Nuestro texto es fruto del trabajo de traducción y anotación, comenzado ya entonces en medio de tantas otras tareas. En los años ochenta se incorporó como profesor al Departamento de Eclesiología de la Universidad de Navarra mi entonces discípulo, y hoy colega, el Prof. José Ramón Villar, que después sería Decano de la Facultad de Teología (2004-2010): juntos empezamos a compartir trabajos de investigación, entre ellos el proyecto möhleriano6.

El reciente Año Sacerdotal, que convocó Benedicto XVI en junio de 2009, fue el impulso decisivo para llevar a término el trabajo. Es así cómo le llega, finalmente, su kairós a la tercera de estas tres obras del ilustre profesor de Tubinga, que gravitan con fuerza sobre el clima y los problemas del Vaticano II y su época posconciliar.

Roma, 6 de octubre de 2011 Pedro Rodríguez

NOTAS

1 Otros ilustres representantes de la Escuela de Tubinga: J. S. Drey, J. B. Hirscher, J. E. Kuhn, C. J. Héfelé, etc.

2 J. RATZINGER, L’ecclesiologia del Vaticano II, en «L’Osservatore Romano», 27-X-1985, p. 6. Texto castellano en Idem, Iglesia, ecumenismo y política, Madrid 1987, p. 7.

3 Vid. Geiselmann en «elenco bibliográfico».

4 Vid. La Unidad y Simbólica en el citado elenco.

5Der Katholik 8 (1828) 1-32; 257-297.

6 Ha sido muy útil en nuestro trabajo la tesis de Licenciatura de Oliver van Meeren sobre Möhler y el problema del celibato. Fue realizada bajo mi dirección (1995) en el Departamento de Eclesiología.

I. INTRODUCCIÓN

Unos datos previos. El texto de El celibato sacerdotal fue publicado por Möhler el año 1828 en Der Katholik, sin firma1. El propio Möhler se ocupó de que su texto apareciera ese mismo año como texto independiente, también de modo anónimo (era entonces una práctica frecuente)2. A la muerte del autor, el texto fue recogido y publicado por Ignaz von Döllinger en su recopilación de escritos möhlerianos3. Algunos extractos de la Beleuchtung de nuevo aparecieron, ya en el siglo XX, en una publicación titulada Der ungeteilte Dienst4. Dieter Hattrup, profesor de la Facultad de Teología de Paderborn, se cuidó recientemente de una nueva edición alemana5.

Para facilitar a los lectores la eventual consulta del texto de Der Katholik hemos insertado entre corchetes ([ ]), en los lugares correspondientes de nuestra traducción, la numeración de las páginas de la revista. En consecuencia, nuestras referencias al texto de Möhler se hacen siempre sirviéndonos de esta paginación de la revista. Advertimos al lector que la redacción de la revista cometió un error en esa numeración: a partir de la p. 288, volvió a paginar las siguientes como 249, 250, etc. Hemos señalado la paginación duplicada agregando una «b» después del número.

En la presente edición hemos introducido, en el apretado texto de Der Katholik, epígrafes y títulos, para comunicar mejor al lector la estructura del libro y sus distintas partes, y hemos transcrito los textos griegos a la manera de Möhler, que prescinde con frecuencia de espíritus y acentos. Pero la lectura de esta obra pide hoy una «inmersión» en aquella agitada y sufrida época de la Iglesia en Alemania. A facilitarlo se dirige nuestra Introducción. Por otra parte, las notas con las que se ilustra el texto de Möhler ofrecen más elementos de juicio para saborear un texto tan metido en la coyuntura histórica. Y, sin embargo, pensamos que el lector comprobará que el texto de Möhler sobre el celibato sacerdotal sigue teniendo —casi dos siglos después de ser escrito— una sorprendente actualidad.

I. Johann Adam Möhler: vida y obra

Möhler nació el 6 de mayo de 1796 en Igersheim am Tauber, cerca de la ciudad de Mergentheim, a unos cincuenta kilómetros al sur de Würzburg, en los límites entre Suabia y Franconia6. Esta localidad pasó en 1809 de la soberanía de la Orden Teutónica al nuevo reino de Württemberg.

Su madre, Maria Anna Meßner, de débil salud, había muerto pronto, a los treinta y seis años, cuando Johann Adam contaba doce. Mujer piadosa, educó cristianamente a sus hijos. Möhler tenía una hermana mayor y cinco hermanos menores. Su padre, Antonin Möhler, bien considerado entre sus conciudadanos, era concejal del Ayuntamiento. Panadero y propietario de una posada, deseaba transmitir el oficio a su hijo. No veía con agrado que Johann Adam se alejase de casa por motivos académicos. Pero el gusto del hijo por el estudio, y el apoyo del maestro del lugar, hizo ceder las resistencias paternas.

En 1809 comenzó Möhler sus estudios en el Gymnasium de Mergentheim, donde los Padres Dominicos impartían clases de gramática, retórica y filosofía. Contaba entonces trece años. Allí surgió su afición por los clásicos y por la Historia. En 1813, a los diecisiete años, inició los estudios de filosofía en el Lyzeum de Ellwangen. En 1815 fue admitido en la Facultad de Teología católica en la «Friedrichs-Universität» de Ellwangen, donde permanecerá Möhler hasta 1817, cuando la Facultad de Ellwangen se incorpore a la Universidad de Tubinga.

No tenemos apenas noticias sobre los motivos que le llevaron al sacerdocio. En la Beleuchtung ha dejado algunas consideraciones sobre la vocación sacerdotal en general que bien podría reflejar una experiencia propia7. Sabemos, en cambio, que el ambiente de Ellwangen era «poco teológico e incluso poco religioso»8. En todo caso, la conducta de Möhler fue siempre noble y digna. Tuvo algún desaliento en el estudio de la Teología, pero superado por su vocación al sacerdocio. Sus resultados académicos indican una buena aptitud para los estudios clásicos y la filología (llegará a entender griego, hebreo, francés, inglés e italiano).

En Ellwangen tuvo un primer contacto con el catolicismo renovador de J. M. Sailer, gran obispo de Regensburg, a través de J. N. Bestlin, profesor que impartía Teología Moral y Pastoral en Ellwangen, que exhortaba a los alumnos a la vida espiritual y a la solicitud pastoral. J. S. Drey era profesor de Historia de los Dogmas y Teología Dogmática. También se incorporó a la Universidad de Ellwangen J. B. Hirscher, quien ejercía un gran atractivo sobre los estudiantes. De ese modo en la pequeña Ellwangen ya se hallaban presentes gérmenes de renovación católica.

La «Friedrichs-Universität» de Ellwangen era, a pesar de su nombre, un Instituto creado por el soberano de Württemberg, en atención a sus súbditos católicos. Con su incorporación a la Universidad de Tubinga, el Instituto se convirtió en el núcleo de la Facultad católica de Teología de aquella famosa Universidad donde se habían formado figuras como Hölderlin, Schelling, Hegel, entre otros.

En 1817 Möhler se trasladó a Tubinga. Aquí encontró una auténtica ciudad universitaria, con un impresionante patrimonio cultural. Aquí realizó su primer recorrido serio por las humanidades, las ciencias, la filosofía y la teología. Aquí también tuvieron lugar sus primeros encuentros con los compañeros de la Facultad protestante de Teología. El trato habitual con esos condiscípulos evangélicos —generalmente mejor instruidos en esa época—, suscitaba entre los estudiantes católicos un sano espíritu de emulación. De ellos recordaría Möhler las largas discusiones «relativas sobre todo a las diferencias religiosas», dentro de un clima de respeto.

Algunos miembros del Claustro de la nueva Facultad, como Drey y Hirscher, pretendían liberar la teología católica de los compromisos racionalistas del «siglo de las luces» y ofrecer un verdadero pensamiento cristiano. Möhler vivió junto a Drey el despertar de una sólida reflexión cristiana. Drey permanecerá siempre como el maestro respetado. Su autoridad y originalidad constituía un estímulo para el joven estudiante. Formado en la «teología ilustrada» pero, a la vez, abriéndose ante él otros caminos: esta era la situación intelectual del Möhler estudiante en sus primeros pasos universitarios.

Möhler tenía 22 años cuando, terminados sus estudios en Tubinga, se trasladó al Seminario de Rottenburg, donde permaneció un año, preparándose para el sacerdocio. El 18 de septiembre de 1819 Johann Adam recibe la ordenación sacerdotal. Ese mismo día superó los exámenes de filosofía, de física y de lenguas latina, griega y hebrea, requisito necesario para dedicarse a la enseñanza clásica. Es enviado como vicario parroquial a dos pequeñas poblaciones, Weil der Stadt y Riedlingen, en el Arciprestazgo de Stuttgart. Ese tiempo de dedicación pastoral ampliará su visión de sacerdote. Bien dotado para el ministerio pastoral, mostró buenas cualidades como catequeta y predicador. Comenzó a destacar en sus exposiciones teológicas en las «collationes» del arciprestazgo.

En 1821 fue propuesto como Repetent de Historia de la Iglesia, algo parecido a un «ayudante» de cátedra. Como Repetent tenía que «repetir» la materia expuesta por el profesor, y procurar su comprensión a los estudiantes. Estos «ayudantes» eran un vínculo entre estudiantes y profesores, mientras alcanzaban competencia para acceder a la enseñanza en la Facultad. Durante esos años Möhler continuó con el estudio de las lenguas y cultura antigua. Tuvo ocasión también de sumergirse en los Padres y en la historia eclesial de los primeros siglos, fundamentales para comprender su obra teológica.

En abril de 1822 Hirscher solicitó al Ministerio correspondiente, en nombre de la Facultad de Teología, el nombramiento de Möhler como Privatdozent para Historia de la Iglesia y del Derecho Canónico. Solicitaba también la aprobación de una beca para el viaje de estudios habitual para los profesores nuevos. Inició Möhler ese viaje para familiarizarse, según reza la petición dirigida al gobierno de Stuttgart, con las exigencias del método histórico, entrar en relación con los más doctos historiadores de la Iglesia, y para estudiar la organización de los institutos científicos y seminarios filológicos.

El viaje duró siete meses, y le condujo a Würzburg, Bamberg, Jena, Leipzig, Göttingen, Braunschweig, Magdeburg y Berlín. Möhler tomó contacto con las principales Universidades alemanas, entonces en pleno auge, una experiencia que marcará su labor científica. En las regiones protestantes encontrará bibliotecas bien surtidas y profesores ilustres. Los largos informes, preceptivos en estos viajes, redactados por Möhler desde octubre de 1822 hasta la primavera de 1823, dirigidos a la Facultad de Tubinga, y sus cartas a su tío Philipp —miembro del Consejo del Vicariato general de Rottenburg—, transmiten sus experiencias, entre las que destaca lo que llamaríamos un «horizonte ecuménico» que Möhler encontró bajo la forma de pacífica confrontación con las diferencias confesionales, lo que valoraba como un despertar del sueño de un malsano indiferentismo.

En Göttingen se detuvo un tiempo. Möhler frecuentó con admiración las lecciones de Historia de la Iglesia de G. J. Planck y de K. F. Stäudlin. Le interesó especialmente la capital de Prusia. En Berlín encontró una teología distinta de la que había aprendido en los manuales josefinistas de Ellwangen y Rottenburg. En Berlín frecuentó los cursos de Neander, que significaron el descubrimiento de un patrimonio patrístico, que Möhler no abandonaría. Su lectura de los Padres y el conocimiento de la Iglesia primitiva será determinante para el futuro. Möhler también concluirá la necesidad de un riguroso método científico, y la importancia de la actitud religiosa para abordar la Historia de la Iglesia. Su estancia en Berlín fue decisiva para la estructuración de su pensamiento teológico.

Este contacto científico con los medios protestantes no provocó crisis alguna en el corazón católico del teólogo. Por el contrario, Möhler percibió el valor de la unidad católica frente a las tendencias pietistas disgregadoras, o la escasez de vida comunitaria, o la subordinación al Estado. En abril de 1823 Möhler regresó a Tubinga pasando por Breslau, Praga, Viena, St. Pölten, Linz, Landshut, Munich, Augsburg y Ulm.

El 6 de mayo de 1823 recibió el nombramiento de Privatdozent. Tenía entonces 27 años. Durante los años siguientes su vida estará dedicada a la actividad académica, a la publicación de sus obras, y a la colaboración en la «Tübinger Theologische Quartalschrift», la revista de la Facultad.

Inauguró sus lecciones sobre Derecho Canónico en el semestre de verano de 1823. En 1823-24 dicta lecciones de Historia de la Iglesia, una introducción al estudio de los Padres de los tres primeros siglos, y lecciones sobre los Stromata de Clemente de Alejandría. Desde 1826 hasta 1828 dicta Apologética, y cursos monográficos sobre san Agustín, Crisóstomo, Teodoreto y Atanasio; expone también la Carta a los Romanos. En 1826 fue nombrado Profesor extraordinario, y Doctor en 1828. Recibió invitaciones para incorporarse a los Claustros de Freiburg y Breslau, pero permaneció en Tubinga, donde fue nombrado Profesor ordinario y miembro del Senado académico en 1828.

Su primera obra célebre fue Die Einheit in der Kirche: «La Unidad en la Iglesia». Constituye, como reza el subtítulo, un estudio sobre «el principio del Catolicismo expuesto según el espíritu de los Padres de la Iglesia de los tres primeros siglos». Möhler la entregó a la imprenta en 1825. Su interés por los Padres continuó luego con su obra dedicada a san Atanasio (Athanasius der Grosse und die Kirche seiner Zeit, Mainz 1827, 2 vols.). Descubrió también la gran Escolástica con san Anselmo (Anselm, Erzbischof von Canterbury. Ein Beitrag zur Kenntnis des religiössittlichen, öffentlich-kirchlichen und wissenschaftlichen Lebens im 11. und 12. Jahrhundert, en «Tübinger Theologische Quartalschrift», en 1827 y 1828).

La gran obra de esos años será Symbolik oder Darstellung der dogmatischen Gegensätze der Katholiken und Protestanten nach ihren öffentlichen Bekenntnisschriften, Mainz 1832, es decir, «Simbólica, o presentación de las oposiciones dogmáticas de católicos y protestantes según sus símbolos o públicas confesiones de fe», libro que alcanzó cinco ediciones en vida del autor, y más de treinta hasta nuestros días. Simbólica será la obra cumbre de Möhler. «Obra clásica —opinaba Hurter— que sobresale por la cuidada y clara exposición de la doctrina de una y otra confesión, por el esplendor de la dicción con la que pone de manifiesto la excelsitud del dogma católico y manifiesta sin acrimonia la inconsistencia y falsedad de las opiniones de sus adversarios»9.

Los medios protestantes reaccionaron vivamente frente a la «Simbólica», sobre todo F. Ch. Baur, con su obra Der Gegensatz des Katholizismus und Protestantismus. Mit besonderer Berücksichtigung von Herrn Dr. Möhlers Symbolik, Tubinga 1834 («La oposición entre catolicismo y protestantismo, con especial atención a la Simbólica del Dr. Möhler»)10. Möhler continuó la polémica con sus Neue Untersuchungen der Lehrgegensätze zwischen den Katholiken und Protestanten. Eine Verteidigung meiner Symbolik gegen die Kritik des Herrn Professors Dr. Baur in Tübingen, Mainz 1834 («Nuevas investigaciones sobre las oposiciones doctrinales entre católicos y protestantes»), que son un importante complemento a Simbólica. Simultáneamente a su producción literaria corría pareja la brillante actividad académica de Möhler a pesar de su frágil salud, y sostenido por la admiración de sus alumnos.

De esta época procede el penetrante estudio sobre el celibato sacerdotal publicado en Der Katholik en 1828, que ofrecemos en estas páginas. La revista era muy conocida por diversos tipos de lectores, como nos informa el propio Möhler: «Der Katholik es la revista más leída entre todas las publicaciones católicas dentro y fuera de nuestra Iglesia, y cabe estar convencido que de esa manera podrá influir en la orientación de nuestro tiempo»11.

Su enérgica defensa del celibato sacerdotal le causó incomprensiones entre algunos compañeros de la Facultad católica. Dificultades de diversa naturaleza con los colegas de la Facultad protestante a causa de Simbólica también le hicieron difícil la convivencia universitaria. Sobre todo la oposición de Baur y del ambiente protestante llevó a Möhler a dejar finalmente la enseñanza en Tubinga. En 1834 Möhler se mostraba interesado en cambiar de Universidad. Recibió invitaciones de Freiburg, Münster y Breslau. Mostró interés por Bonn. Pero el Arzobispo de Colonia —movido por su teólogo, Georg Hermes, que acusaba a Möhler de seguir la filosofía de Schelling— rechazó su venida. El peso de Hermes —cuyas tesis semirracionalistas serían después excluidas por la Iglesia— era entonces grande en la Alemania católica. Finalmente, un cúmulo de circunstancias llevaron a Möhler al centro de la cultura católica en que se había convertido Baviera.

En 1835 el rey Luis I de Baviera llamó a Möhler para enseñar en la Universidad de Munich. Por mediación de su amigo Ignaz von Döllinger (cuya relación con la Iglesia tuvo un destino dramático) tuvo ocasión de frecuentar el círculo de Görres, donde se encontraban eruditos, artistas y políticos preocupados por la pérdida de sentido cristiano en las ciencias y las artes.

La mala salud de Möhler anunciaba un fatal desenlace, cuando ya su fama trascendía fronteras. A pesar de ello, no renunció a la enseñanza. En Munich impartió un curso sobre Historia de la Iglesia. Dictó lecciones sobre las Cartas de San Pablo y el Evangelio de San Juan. En la hermosa ciudad bávara revivió el espíritu de Möhler, una vez liberado de las preocupaciones de Tubinga, y rodeado del justo reconocimiento. Un estudiante reflejaba así su encuentro con el maestro: «Todas las horas en que tuve la fortuna de asistir a las lecciones de Möhler permanecen inolvidables. Agradezco mi entera orientación vital, después de a la gracia de Dios, a las palabras llenas de vida y espíritu de este hombre, que ha provocado una nueva época en la campo de la teología católica. Elevó el oscuro impulso que yo tenía hacia el sacerdocio hasta llegar a ser clara convicción, destruyendo dudas juveniles y errores, llevándome al suelo sagrado que ahora piso»12. Möhler consiguió, a través de su teología, llegar de un modo nuevo a muchos creyentes, transcendiendo los círculos especializados.

Una epidemia de cólera en 1836 dejará secuelas en su cuerpo ya quebrantado. Los primeros meses del año 1837 los pasó en cura de reposo en Meran. Restablecido, pudo reemprender Möhler sus lecciones en enero de 1838, pero por poco tiempo. El 10 de febrero debió interrumpirlas. El 22 de marzo Luis I le nombra Domkapitular en Würzburg. Una grave afección pulmonar hizo perder las esperanzas de curación. El 10 de abril recaía definitivamente. Comenzaba la Semana Santa. Recibió los sacramentos con gran piedad: «Soy un gran pecador, me encuentro en el abismo de la indignidad... Quiero vivir por Cristo y morir por Él, ser suyo, vivo y muerto»13. El 12 de abril de 1838, Jueves Santo, Möhler expiraba.

Poco después de su muerte —ya hemos aludido a ello— Ignaz von Döllinger recogió en dos volúmenes muchos de sus escritos menores14. Sebastian Lösch publicó en 1928 su epistolario y otros escritos15; y en 1963 nuevas cartas16. Discípulos de Möhler publicarían lecciones conservadas en manuscritos: la Patrología y el Comentario a Romanos17; y la Kirchengeschichte, sobre apuntes de los discípulos18. En las últimas décadas el «Johann-Adam-Möhler-Institut für Ökumenik» de Paderborn ha procurado cuidadas ediciones de algunos escritos19.

Es persuasión común que Johann Adam Möhler, junto con John Henry Newman, han sido grandes precursores del actual pensamiento teológico y del Concilio del siglo XX. Ambos han sido calificados como «antenas sensibles» de la eclesiología moderna20, padres conciliares «invisibles» del Vaticano II21.

Möhler contribuyó a preparar algunos temas característicos del Concilio Vaticano II, como son la Revelación considerada en perspectiva histórico-salvífica; la relación entre Escritura, Tradición e Iglesia; la teología del sensus fidei, del sacerdocio del Pueblo de Dios, la comunión de Iglesias locales, la colegialidad episcopal, el primado papal, la importancia de los laicos, el despliegue de la Iglesia en la historia y el retorno a sus orígenes como ocasión de renovación, etc. Estas perspectivas de Möhler llegaron al Concilio Vaticano II mediante la atención que les prestaron en el siglo XX teólogos influyentes del momento (Y. Congar, H. de Lubac, L. Bouyer, etc.).

Especialmente la eclesiología de Möhler es precursora de aspectos principales de nuestra comprensión contemporánea de la Iglesia como comunión. Para valorar la eclesiología möhleriana hay que tener en cuenta el contexto «ilustrado» de su época. Para el «siglo de las luces», los siglos anteriores habían sido tinieblas que preparaban la llegada de la luz de la razón. En 1784, Kant escribía: «La ilustración es la salida del hombre de su culpable minoría... Ten el coraje de servirte de tu propio juicio individual: este es el lema de la Ilustración»22. Esta visión consideraba al hombre como individuo que se basta a sí mismo con su razón independiente de todo influjo social, histórico, o religioso de las generaciones precedentes. El «hombre ilustrado» no era necesariamente ateo; pero tampoco era en rigor religioso, sino deísta: el mundo llevaría su ritmo sin intervención divina. En consecuencia —y es importante este punto—, la religión es más bien asunto humano. Deja de ser realmente «religión»: es ética, moral natural, buenas costumbres.

La teología católica de la época acogía, en parte, esta suerte de extrañamiento entre Dios y el mundo. Naturalmente, el joven Möhler no se había formado en un racionalismo anticristiano, sino en una especie de «ilustración católica» que reducía la teología especulativa a una escolástica mezclada con elementos tomados del sistema cartesiano. Sin embargo, la oposición de Möhler al deísmo, y también el influjo del movimiento romántico, entonces en auge, le orientarán poco a poco en una dirección muy diferente a la inicialmente recibida.

El romanticismo descubría, en efecto, que el hombre es ante todo «vida» e «historia»; cada hombre es miembro de una familia, de una estirpe, de un pueblo con un pasado y un futuro. Movido en parte por esta sensibilidad, Möhler contemplará al cristiano en cuanto miembro de una comunidad, en comunión con todos los demás cristianos, formando un gran todo orgánico animado por el Espíritu Santo. Uno es creyente ut pars, «según el todo». Además, Möhler encuentra en los Padres de la Iglesia los principios místicos que animan la vida de ese «Todo» y de sus miembros. El propio Möhler confesará que «el estudio serio de los Padres ha removido en mí muchas cosas; en ellos he descubierto un cristianismo tan vivo, cristiano y pleno...»23. Al hilo de la lectura de Clemente de Roma, de Ignacio de Antioquía, de Cipriano de Cartago, etc., Möhler identifica en las comunidades primitivas el «espíritu del pueblo cristiano», que es propiamente el Espíritu Santo, que genera «comunión» en Cristo y entre los miembros de la comunidad. En ese línea, el Concilio Vaticano II se expresará así: «El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y dirige a toda la Iglesia, es quien realiza la admirable comunión de los creyentes (communio fidelium) y tan estrechamente los une a todos en Cristo, que Él —el Espíritu— es el Principio de la unidad de la Iglesia» (Decr. Unitatis redintegratio, 2).

Esa vida de comunión se manifiesta «hacia afuera» en la profesión común de la fe y en la unidad visible de la Iglesia. Tal exteriorización o «institución» visible surge del germen puesto en las almas cristianas por el Espíritu Santo, que despliega la obra de Cristo. La comunión espiritual se expresa así en la constitución de comunidades con un centro personal de referencia: la Iglesia local, en su Obispo; la provincia, en el metropolita; la Iglesia entera, en torno al Colegio de los obispos y al Papa como la corporificación visible de la unidad universal. También el conocimiento de la verdad es fruto del Espíritu de Cristo, que vincula la ortodoxia de la creencia a la comunión con la totalidad de los pastores y de los fieles.

Para Möhler, la Tradición auténtica es la transmisión de una verdad vital mediante la existencia personal vivida en comunión.

De esa manera, si la teología al uso consideraba la «sociedad eclesiástica» ad instar del Estado, como una forma de «contrato social» de los individuos para fines religiosos, ese concepto de Iglesia experimentó en Möhler un vuelco al centrarse su reflexión en la idea de comunidad (Gemeinschaft) animada por el Espíritu Santo. Möhler descubre la Iglesia en las dimensiones más hondas y más radicalmente identificadoras de la communio fidelium. No basta una consideración jurídica, política, sociológica, cultural o educativa de la Iglesia. Möhler dirige una mirada de fe a la Iglesia para percibir su dimensión mistérica. Frente a una Iglesia considerada sólo desde el hombre, Möhler supera una aproximación sólo externa e institucional. La Iglesia es obra del Espíritu de Cristo, enraizada en el misterio del Dios. La Iglesia vive, dirá Möhler, de la donación del Espíritu Santo, que es el principio que la penetra y domina, y que la asiste en su peregrinar. Yves Congar estimaba que «la importancia de Möhler y de la escuela de Tubinga... es haber abierto —o reabierto— el capítulo de una consideración verdaderamente teo-lógica y sobrenatural de la Iglesia»24.

Bien directamente, o a través de su influjo en los teólogos de la Escuela Romana (Perrone), el pensamiento de Möhler prestó buenos servicios ¡ya en el primer Concilio Vaticano!, como puede comprobarse en las anotaciones al esquema sobre la Iglesia de aquel Concilio, donde aparece citado tres veces. Congar podía resumir con cierto humor la línea eclesiológica del siglo XIX diciendo que Möhler «engendró» a Passaglia; éste a Schrader; y ambos son la base de Scheeben y Franzelin25. Posteriormente, aparece Möhler en el trasfondo de la Enc. Satis cognitum de León XIII (1896), de la Enc. Mystici Corporis de Pío XII (1943), hasta llegar a la Const. dogm. Lumen gentium del Concilio Vaticano II.

Particularmente su obra La Unidad en la Iglesia constituyó un hito en la historia de la teología moderna. «Un gran libro, uno de esos raros libros —sigue juzgando Congar— que no consienten ser únicamente hojeados, sino que exigen ser leídos, releídos, meditados y que dejan para siempre en el espíritu, como huella indeleble, una idea simple, pero rica y fecunda»26. No es casualidad que el ilustre eclesiológo francés publicara La Unidad al frente de su colección «Unam Sanctam», que constituyó un factor de la renovación eclesiológica del siglo XX.

El pensamiento de Möhler era una «fuente abundante donde buscar la noción viva y dinámica de la Iglesia que todos actualmente tratan de restaurar»27. El movimiento renovador católico del siglo XX echó mano de Möhler. Supo encontrar en él un magnífico punto de referencia para las corrientes eclesiales de Centroeuropa, que conectaban de manera connatural con la dimensión mistérica de la Iglesia. No menos influyeron otros aspectos de su teología: la dimensión «social» de la vida cristiana como existencia inserta en la Iglesia, y desplegada en la tradición y en los sacramentos, en el culto, el ministerio, etc.28. En el ámbito ecuménico sus ideas sobre el «particularismo» y la «catolicidad», fueron inspiración para los primeros ecumenistas católicos29.

Estas características de la teología möhleriana, aquí sólo aludidas a grandes rasgos, podrá comprobarlas el lector en el escrito de 1828 sobre el celibato sacerdotal, que estamos presentando. Pero ya es el momento de acercarnos al contexto histórico que dio origen a ese estudio. Para ello, habrá que recordar las circunstancias epocales en que vivió el gran tubinguense.

II. La situación político-eclesiástica de Alemania en la época de Möhler

A finales del siglo XVIII existían en el territorio del Sacro Imperio Romano Germánico una treintena de pequeños estados, algunos gobernados por príncipes-obispos (entre ellos, tres electores imperiales), con numerosas abadías, cabildos, colegiatas, conventos, universidades, etc. Este mapa de territorios y propiedades eclesiásticas era herencia de un régimen feudal, que pronto iba a sufrir cambios radicales.

Ya durante los últimos años del siglo XVIII, el emperador José II (1780-1790), hijo de María Teresa de Austria (1740-1780), emprendió una reforma inspirada en los principios del llamado «josefinismo»30, que inició la «secularización» de no pocas propiedades eclesiásticas. Este régimen de intervención estatal en la vida eclesiástica (Staatskirchentum) será una constante del siglo XIX europeo. La Revolución francesa y los acontecimientos posteriores aceleraron el proceso secularizador.

En 1796 Europa se vio azotada, en efecto, por el huracán bélico protagonizado por Napoleón Bonaparte. A las pocas semanas de nacer Möhler, su ciudad natal contemplaba el paso de los generales de Napoleón, en guerra contra las tropas imperiales del Archiduque Carlos. Los príncipes alemanes afines a Napoleón se adjudicaron los territorios eclesiásticos y las ciudades libres del territorio imperial. En 1795 Prusia cedía a la República Francesa, por el tratado de Basilea, los territorios de la orilla izquierda del Rhin, recibiendo a cambio territorios eclesiásticos de la diócesis de Münster. Otros príncipes se apresuraron a conseguir tratados similares. El emperador Francisco II, en el tratado de Compo-Formio (1797) se adjudicó territorios eclesiásticos del principado de Salzburgo. En 1798, en el Congreso de Rastatt, el emperador Francisco II se sumaba a la idea de abolir la jurisdicción eclesiástica. La paz de Lunéville (1801) impulsó el proceso secularizador con nueva intensidad. Finalmente, la Diputación Imperial (Reichsdeputation) reunida en Ratisbona (1802-1803), ratificaba el 25 de febrero de 1803 el nuevo mapa de los territorios imperiales decidido por Napoleón.

La administración de la Iglesia se transfirió a las autoridades laicas, y regiones enteras vieron repartidos los territorios eclesiásticos, así como sus bienes (fundaciones, abadías, monasterios...), que quedaban a la completa disposición de los nuevos señores territoriales. Esta situación afectó a 4 arzobispados, 18 Obispados y 80 abadías dependientes directamente del Imperio, y a más de 200 monasterios. La Iglesia alemana quedaba a merced de la autoridad civil territorial. La base económica de la Iglesia y sus actividades dependería en adelante del Estado. Especialmente en los territorios agrícolas del sur de Alemania, la secularización propiciaba un cambio profundo en la vida del clero, que hasta entonces tenía asegurado su sustento por los beneficios y dotes eclesiásticas.

Cuando Möhler ocupe un puesto universitario en Tubinga, mucho habrá cambiado en el sur de Alemania. Al mosaico de principados, territorios eclesiásticos y villas imperiales, le ha sucedido una estructura simplificada. Si en 1789 el viaje por el Danubio, desde Sigmaringen a Ulm, traspasaba unas veinte fronteras políticas, ahora, en 1820, ese mismo recorrido se realiza sin abandonar el Reino de Württemberg, bajo cuyo dominio se encontraba ahora la región natal de Möhler. Este nuevo mapa político, además, anulaba el principio cuius regio, eius religio. Príncipes católicos gobernaban sobre súbditos protestantes, y casi tres millones de católicos vivían en Estados protestantes. La coexistencia de confesiones religiosas en una misma unidad política tendrá grandes efectos culturales y espirituales. Resultaba difícil mantener la autonomía de la Iglesia frente a una burocracia ilustrada (y con frecuencia protestante).

Por otra parte, esta política religiosa estaba inspirada con frecuencia en un espíritu radical, que proponía un sistema religioso ajeno a una revelación sobrenatural. Es cierto que la Ilustración alemana carecerá de la virulencia antirreligiosa francesa. Pero el racionalismo dejó sentir su impacto, como anotará Möhler en la Beleuchtung, p. [7]: «Por los años ochenta del pasado siglo comenzaron en el Protestantismo alemán los ataques contra las verdades esenciales del Cristianismo, y se extendieron en la medida en que se generalizaba una frivolidad intelectual. Un misterioso respeto ante el dogma recibido desde niños y convertido así en una segunda naturaleza, salvó, por fortuna, a los católicos de hacer poco menos que causa común con los protestantes; pero se dejó, no obstante, sentir con demasiada frecuencia un embotamiento espiritual, una indiferencia supina frente a las doctrinas básicas del Cristianismo y de la Iglesia Católica». En efecto, existía un «catolicismo ilustrado» que representaba un desafío para la dimensión sobrenatural de la fe. Desconfiando de todo lo que no fuera «racional», despreciaba la «inmadurez» de la vida eclesial y de la religiosidad de la época que los ilustrados descubrían y señalaban.

Además, la actitud de no pocos dirigentes eclesiásticos —en ocasiones, más guías políticos que espirituales—, no veía con malos ojos una organización eclesiástica sujeta al aparato estatal que, entre otras cosas, permitía afirmar una Iglesia «nacional» frente a Roma, según los principios «febronianos»31. En el Sur de Alemania, donde Möhler desarrollaba su vida académica, habían estado activas algunas figuras de la «ilustración católica» como Carlos Teodoro von Dalberg, desde 1788 obispo de Constanza, la mayor diócesis de Alemania32. Dalberg aspiraba a un primado nacional independiente de Roma. Una política eclesiástica similar mantenía el ministro Montgelas en Baviera. Más cercano al tiempo de Möhler destacaba Ignaz von Wessenberg (1774-1860)33, vicario de Dalberg hasta 1817, y su sucesor hasta 1827, año en que se trasformó la diócesis de Constanza y se creó, entre otras, la nueva diócesis de Friburgo, a la que afectarán de modo especial los acontecimientos que provocaron la intervención de Möhler sobre el celibato. Wessemberg marcó durante 25 años la vida eclesiástica de Baden-Württemberg y Hohenzollern, territorios que entonces pertenecían a la diócesis de Constanza.

Era preocupación de Wessenberg que la formación del clero estuviera abierta al «espíritu del tiempo». Reformó su seminario de Meersburg, sustituyendo la formación escolástica por otra de orientación racionalista. Introdujo la lengua vernácula en la misa, en el breviario y en el ritual. Retiró las imágenes de las iglesias. Autorizó los matrimonios confesionales mixtos, con la condición de que los hijos siguieran la religión del padre, y las hijas la de la madre. Intentó desarraigar las manifestaciones de religiosidad popular, y se enfrentó con las Órdenes religiosas. Veinte años después —constatará Möhler—, la situación intelectual y espiritual del clero de las zonas influidas por Wessenberg reflejaba un racionalismo de escaso sentido cristiano. Véase cómo se expresa Möhler en pp. [2]-[4], acerca del clero de Baden, al que algunos pretendían paradójicamente «reformar» aboliendo el celibato.

En general, los resultados del proceso de «secularización» fueron negativos para la Iglesia Católica en los territorios alemanes: dificultades para el nombramiento de cargos eclesiásticos (numerosas sedes episcopales vacantes); dificultades para la formación sacerdotal y el gobierno de los seminarios; un clero escaso, sin recursos, y con doctrina frecuentemente dudosa; insubordinación en las Facultades de Teología; disminución de las obras asistenciales; corrientes antirromanas y la aparición del ultramontanismo contrario, etc. La revista Athanasia publicaba una radiografía de la situación en 181834. El escrito anónimo consideraba, según reza el título, las circunstancias eclesiales necesitadas de ordenación en algunas diócesis. Se refiere a las cuestiones siguientes: sedes vacantes, falta de pastores, escasez de recursos económicos, ausencia de libertad de actuación de la jerarquía en la educación y en los institutos religiosos, etc. «En ninguna otra época —señala Schabel a este propósito— había sido tan complicada la situación de la Iglesia Católica como en el paso del siglo XVIII al XIX; la Iglesia, sumamente empobrecida, de nuevo se acercaba como nunca antes a la situación de sus primeros siglos de existencia. El catolicismo se veía en la necesidad de organizar de nuevo sus estructuras eclesiales, poner de relieve la unidad más claramente de lo que se había hecho hasta entonces, fundamentar más firmemente la piedad y las experiencias de vida, orientarse otra vez hacia la fe original, todo ello con los medios espirituales que ofrecía el siglo XIX»35.

Algunas voces reaccionaron ante ese estado de cosas. Eran núcleos de resistencia de católicos agrupados en determinados círculos, como la denominada Familia sacra, o la sociedad Augustinus (fundada en 1805 en Viena por Clemente Maria Hofbauer), que combatían la injerencia política en la vida eclesiástica. En el seno de ese «renacimiento católico» sobresale J. M. Sailer (1751-1832), que influirá en el joven Möhler, como ya mencionamos. Sailer enseñará en Dillingen, Ingolstadt y Landshut, y acabará sus días como obispo de Regensburg. Con su vigor espiritual, Sailer entusiasmaba al joven clero. Frente a la Ilustración reinante, subrayaba la importancia del espíritu religioso, el sentido de Iglesia y la fe como fuente de vida personal y comunitaria. No obstante, estos movimientos incipientes de «renacimiento» sólo con el tiempo dieron sus frutos.