El clan de Atapuerca - Álvaro Bermejo - E-Book

El clan de Atapuerca E-Book

Álvaro Bermejo

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A lo largo de las cuatro últimas lunas, en cuanto los Ata se acercaban a la llanura de los caballos, el oso cavernario salía rugiendo de entre las rocas y cargaba contra ellos. Los caballos huían en estampida, no había manera de alcanzarlos. El jefe Karko había tomado una decisión: tenían que acabar con él. El clan entero desfallecía de hambre, se trataba de su supervivencia. Los había que creían que una maldición pesaba sobre ellos por no haberse deshecho de la pequeña Arika, la coja, cuando nació. Tukul, el viejo chamán, partidario de sacrificarla, acentuará su codicia ante la aparición del Hombre Jaguar, que mantendrá en jaque a todo el clan, ¿qué puede significar el hallazgo de esta talla?, ¿qué traerá consigo?

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Álvaro Bermejo

El clan de Atapuerca

(La maldición del Hombre Jaguar)

Índice

Cubierta

Prólogo

En el camino

I. Un edén de hielo

II. El grito del hombre

III. La hija del cielo

IV. El Hombre Jaguar

V. La maldición de los espíritus

VI. El hijo del viento

VII. La Madre de los Sueños

VIII. Aretake Eiken Baites

IX. La hora de Belar

X. El tercer peldaño

XI. Sangre nuestra

XII. El apestoso busca esposa

XIII. Lagartos contra la fiebre

XIV. El hijo del zorzal

XV. La elegida

XVI. Tú también tienes «maya»

XVII. Intrusos en el desfiladero

XVIII. La aguja y el anzuelo

XIX. En el reino de los lubas

XX. ¡Yungaaaa!

XXI. ¿Quién soy yo?

XXII. Todo es para siempre

Notas

Créditos

Para Maribel que vive en Atapuerca 21,

donde los antecessor.

Prólogo

Todos, ellos y ellas, existieron en el Pleistoceno y ahora salen de la imaginación de Álvaro Bermejo para contarnos una bella historia de la adaptación a un medio cambiante, a la caza, a la recolección, de cómo las creencias y los mitos les dan sentido como humanos y también del amor como relación esencial.

Ahora los pobladores de la sierra de Atapuerca han dejado de ser fósiles y han adquirido personalidad para socializarse en nuestro mundo, para hacerse contemporáneos. Desde Karko, Waa, Balka, Ekes, Belar, Tanek, Narbe hasta Kurta, pasando por Tukul y Naruk, son un clan, el clan del Bisonte.

Efectivamente, en el nivel 10 de la Gran Dolina, hace unos 350 000 años, vivieron unos cazadores de bisontes. Los restos esqueléticos consumidos de estos animales los hemos encontrado por toda la superficie, decenas de ellos fueron cazados y despiezados por los cazadores de bisontes. Seguramente, manadas que estacionalmente pastaban por los alrededores de la sierra, en las dehesas, que pasaban por estos lugares para disfrutar de las frescas y húmedas hierbas de la Alta Puerta.

No podían esperar que esta realidad se convirtiera en narración y que esta explicara una historia que aconteció en los alrededores de la sierra de Atapuerca en la noche de los tiempos. No podían imaginar que los humanos modernos los rastrearíamos y los encontraríamos en su última morada, escondidos, devorados o ingeridos por sus congéneres.

En Atapuerca hemos podido indagar la existencia de los humanos durante casi millón y medio de años, así que podríamos convertir este lugar en el relato de la vida de los pioneros de nuestra especie, prácticamente desde que llegaron a la península ibérica.

Álvaro Bermejo lo ha imaginado y lo ha escrito con la fuerza de un testigo excepcional que conoce exhaustivamente la historia de la que habla, también con la magia y la maestría de los chamanes que dominan el milenario arte de narrar en la noche, junto al fuego. Leed con mucha atención esta historia de muertos vivientes que se hace presente en nuestra imaginación, en la que lo más sorprendente de todo es que sus protagonistas: cazaron, recolectaron, tuvieron sueños, rieron y lloraron, fueron reales, en definitiva, existieron.

EUDALD CARBONELL ROURA

En el camino

Hace un par de años, durante un viaje por la Bretaña francesa, me detuve en los campos megalíticos de Carnac. Pensaba recorrerlos en una tarde. Aquellos alineamientos de menhires me impactaron de tal manera que me quedé tres días. Había algo más: un centro de interpretación espectacular, lleno de libros, entre los que conté hasta veinte novelas para adultos, para adolescentes y para niños. La gran Francia ilustrada se hacía patente en esa exhibición de cultura. No basta con preservar los vestigios de quienes nos precedieron, también es importante llevar el pasado al presente, despertarlo a través de la magia de la palabra, para hacernos reflexionar sobre la prodigiosa aventura del hombre.

Poco tiempo después, visité los yacimientos de la sierra de Atapuerca. Estamos hablando del enclave arqueológico más relevante de la Paleoantropología mundial, la columna vertebral de la Prehistoria europea, el lugar donde apareció aquel Homo Antecessor cuyo descubrimiento supuso un cataclismo científico. Hasta entonces resultaba impensable la existencia de seres humanos en Europa ochocientos mil años antes de nuestra era. La inmersión en la Gran Dolina me resultó tan fascinante como la experiencia de Carnac. En todo, salvo en un aspecto. Cuando me acerqué al centro de interpretación, se abrió un abismo. Apenas advertí media docena de libros, todos muy notables, pero ninguno de ellos contaba la historia de Atapuerca en clave literaria.

¿Cómo es posible que el yacimiento más importante de la Prehistoria mundial, un lugar declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO, la cuna de todo lo que somos, careciera de un relato propio donde se recrease la historia más grandiosa sucedida jamás al sur de los Pirineos?

No paso de ser un discreto cuentacuentos. Pero, en todo tiempo y lugar, además de a los niños, los cuentacuentos han ayudado a los sabios. ¿A qué? A hacer visible lo invisible. Esa bifaz de sílex no es solo una piedra tallada. Quien le dio forma fue un hombre en todo semejante a nosotros. A mí no me basta con ver su esqueleto. Quiero que ese primer sapiens de Atapuerca camine conmigo y con vosotros, animado por un corazón rebosante de pasiones, siempre hacia delante, en pos de sus sueños. Él y los suyos nos legaron el don supremo: la vida. Estamos en deuda con ellos. Una manera de saldarla, así lo pensé entonces, sería intentar recrear su mundo, como quien alza un espejo. El azogue acredita treinta milenios de profundidad, una vieja tribu nos contempla desde el otro lado. Tenemos mucho que aprender de aquella gente: sobrevivir en condiciones extremas, domesticar el fuego, forjar una ética, tejer un relato. Que sean ellos quienes nos lo cuenten, restituyámosles sus voces. Esta historia coral tiene un sentido: que quien se acerque mañana a Atapuerca encuentre un libro donde acierte a reconocerse como un protagonista más de su fabulosa epopeya colectiva. Aunque la voz que la imagine no sea más que la de un cuentacuentos, en funciones de enviado especial a la Prehistoria.

I

Un edén de hielo

A lo largo de las cuatro últimas lunas el oso cavernario había actuado de la misma manera. En cuanto los Ata se acercaban a la llanura de los caballos, aquel huracán de zarpas y colmillos salía rugiendo de entre las rocas blancas y cargaba contra ellos. Los caballos huían en estampida, no había manera de alcanzarlos. El jefe Karko había tomado una decisión: tenían que acabar con él. Se trataba de su vida, la estricta supervivencia del clan estaba en juego. Ya ni siquiera el anciano Biur, el contador de lunas, recordaba cuándo habían ensartado una pieza sustanciosa sobre los fuegos de la Gran Dolina. Sus reservas de tasajo se acabaron mucho tiempo atrás, apenas les quedaban unos cuantos costales de harina de bellotas, un montón de raíces secas y poco más. El clan entero desfallecía de hambre, muchos niños pequeños habían muerto. Los cazadores apenas encontraban nada con qué alimentarse en sus expediciones cada día más lejanas, más arriesgadas y menos productivas. Todo el horizonte que se abría bajo la terraza de su cueva prolongaba esa estepa batida por un viento de lobos. Hacía mucho frío entonces, un frío brutal, verdaderamente despiadado y constante. Tanto, que hasta bien entrada la estación de los brotes verdes no se fundían las enormes placas que cubrían aquel edén de hielo, la cuna de los primeros europeos.

Si el joven Kurtar hubiera llegado a conocer el mar, nos contaría que en aquel tiempo enormes icebergs se asomaban al litoral cantábrico. La península ibérica semejaba un páramo agreste y montañoso salpicado de selvas boreales entre las que migraban inmensas manadas de renos, bisontes y caballos. Gigantescos rinocerontes lanudos cruzaban el Sistema Central —algunos todavía duermen su sueño de milenios bajo las calles de Madrid—, y los mamuts llegaron entonces hasta las turberas de Granada.

Pero lo que aterrorizaba a los Ata eran esos depredadores implacables con los que se disputaban sus presas. Además del oso, todavía merodeaban por sus predios aquellos tigres de dientes de sable, los temibles homoterios, el jaguar europeo y el león cavernario, que doblaba la alzada de los actuales. No, entonces no resultaba extraño ver un león caminando sobre la nieve. Casi era más raro que un hombre se encontrara con otro hombre de una tribu diferente a la suya. Ochocientos mil años atrás, los primeros en hollar este paisaje fueron los Homo Antecessor, es decir, los «Exploradores». Les siguieron los heidelbergensis. Luego los neandertales. Los protagonistas de nuestra historia, los ata, ya pertenecían a una humanidad diferente, eran plenamente sapiens. Si contamos todos los eslabones de esta cadena, la suma de los «españoles» prehistóricos cabrían en un patio de escuela. Pero, al parecer, fueron suficientes. El número exacto necesario para que los primeros pobladores de Europa dieran sus primeros pasos, aquí, en Atapuerca.

Esta aventura comienza en el tiempo de la última glaciación, llamada de Würm, en esa intersección entre el Pleistoceno y el Paleolítico Superior que se remonta hasta treinta mil años antes de nuestra era. Comparado con aquellos antecessor, el joven Kurtar casi es un contemporáneo nuestro. Las síntesis químicas que definen su patrimonio genético y conforman su estructura cerebral son las mismas que las del hombre actual. Pero su mundo es tan hostil para él como lo hubiera sido para nosotros. Aquellos primeros sapiens lo tuvieron crudo de verdad. Porque si la especie Homo adquirió su identidad biológica en África, la mente sapiens solo apareció en unas condiciones climáticas extremas, en esa Europa a veinte grados bajo cero. Sin el fuego, el refugio y las pieles con que se cubrían, estaban perdidos.

En su largo errar los Ata, nómadas eternos, cruzaron tierras desoladas cubiertas de hielo y barridas por la ventisca. Remontaron montañas vertiginosas donde se jugaban la vida en cada paso, atravesaron glaciares que se desvenaban en ríos atronadores, se perdieron en hoces tan profundas que parecían engullir toda la luz del cielo y a ellos mismos, perdidos en aquella vasta inmensidad sin apenas huella humana. Nunca se detenían, por nada ni por nadie. Los enfermos y los ancianos que ya no podían soportar la marcha eran abandonados sin que nadie preguntara por qué. La ley de la vida se mostraba implacable. Los que quedaban atrás se sentaban a esperar la muerte rumiando sus cantos sagrados. Solo los más fuertes continuaban caminando encogidos por el azote de la cellisca, sus cuerpos fardados en gruesas pieles, la carga a la espalda, las lanzas en la mano. Un día al fin, desvanecidos de hambre, avistaron la estepa de los caballos. Había un río cerca, y un bosque frondoso, y una sierra repleta de abrigos naturales. Habían llegado a Atapuerca.

En este acantilado rocoso hay muchas cuevas, grandes y pequeñas, pues se trata de un sistema kárstico. Su interior sería como un gran queso gruyer lleno de agujeros en el que, además, comunican unas cavernas con otras por medio de galerías subterráneas. En la más amplia, todavía pueden verse las marcas de las zarpas de un oso en la pared. Fue aquí donde el gran jefe Karko hincó su bastón de mando. Enseguida, sus hombres levantaron los paravientos y los cobertizos donde dormiría cada familia. Una chimenea natural marcó el emplazamiento del fuego. El nevero más profundo, donde se amontonaban las osamentas de los osos que la habían habitado, serviría como despensa. Más arriba, un par de carcavones ascendían en vertical hasta la cima de la sierra, y su boca resultaba prácticamente indetectable desde la llanura. En ese risco se apostarían quienes montasen guardia, para que pudieran deslizarse como anguilas hasta las entrañas de la Gran Dolina a la menor señal de alarma.

Tres lunas atrás los ata, los hombres del clan del Bisonte, habían visto cruzar su estepa a una manada de mamuts lanudos. Aparecieron al despuntar el alba, avanzando majestuosamente, todavía envueltos por la niebla. A la cabeza, un macho ciclópeo, con sus imponentes defensas rectas marcando el paso. Tras él, cinco adultos más y dos hembras con sus crías. Con solo verlos pasar a los Ata les rugían las tripas y se les llenaba la boca de saliva. Aquella horda famélica estaba viendo desfilar ante sus lanzas auténticas montañas de carne en movimiento. Pero por más apetecibles que les resultaran sabían que, en su estado, se trataba de presas inalcanzables. Además, lo más apremiante para ellos era vencer a aquel oso que les desafiaba impidiéndoles acercarse a los caballos. Tenían miedo, miedo y hambre, un miedo feroz y un hambre cerval, a partes iguales. Esa misma noche, cuando acabaron de roer su magra ración de bayas y raíces, Karko reunió a sus cazadores:

—Mirad a la Partera de los Sueños —exclamó, señalando una luna muy velada con la punta de su lanza—: la cerraba un cerco, antes de que cantara el pájaro ojos grandes y después el cerco se ha roto. Es la señal. Tenemos que ir a por la bestia de las zarpas rugientes antes de que la Muerte Blanca nos hiele el corazón a todos.

—… Pero son muchos ya los días desde que el Viajero del Cielo no nos visita —objetó el único que podía hacerlo, Belar, el primero entre los cazadores—. Internarse en el páramo en este tiempo de nieblas largas y soles cortos equivale a jugarse la vida.

—Tiene razón —lo secundó Naruk, el de la larga melena trenzada—, en la última descubierta estuvimos muy cerca de perdernos.

Lugo el encorvado, que tenía fama de ser el más temerario pese a su aspecto endeble y encogido, casi se enfrentó a los dos:

—¿Y qué suerte nos espera si nos quedamos aquí? Nos perderemos igualmente, pero sin honor. Y también perderemos el mañana, porque no habrá más generaciones, y la memoria de los Ata se perderá para siempre.

Una mujer escuálida rompió a llorar con sollozos que encogían el alma. Era la ocasión que esperaba Karko para enardecer a sus leales.

—¡Nuestro tótem es el padre Bisonte, el que vence al hambre, al viento y al hielo! ¡Todos hemos sido ungidos con su sangre! ¡Él camina siempre por delante de nosotros! ¡Su espíritu nos guiará, su aliento nos protegerá y su fuerza nos llevará a la victoria! —Tras esta soflama, empuñó su lanza con las dos manos y la alzó sobre su cabeza bramando—: ¿¡Quién está conmigo!?

Un retronar de lanzas golpeadas contra el suelo fue la respuesta unánime. Enseguida Tukul, el viejo chamán tuerto, agitó su bastón coronado por una quijada de bisonte y todos los hombres se encaminaron hacia la cueva de los sortilegios, el recinto más sagrado de la Gran Dolina. Las mujeres se retiraron para dejarlos pasar. A ellas les estaba vedado participar en los ritos de caza.

A la luz de las antorchas doce cazadores adultos, cinco ancianos y siete jóvenes ya iniciados se internaron en la serpenteante galería que conducía al inframundo. El paso era estrecho, no cabía más de un hombre, y por tramos tenían que avanzar agachados, casi gateando entre aquellas paredes por las que se deslizaba una pátina de agua dormida. Pero cien metros más adelante el corredor se abría a una gran sala arbolada de columnas estalagmíticas, presidida por una prominencia muy abombada de un blanco lechoso y reluciente que recordaba el vientre de una mujer encinta, su sagrada Tierra Madre. Pocos lugares podían suscitar una sensación de sacralidad tan intensa como la que envolvía aquella cueva de los sortilegios. Con sus cuerpos pintados de almagre y sus caras rayadas de la frente al mentón, los Ata respiraban aquel silencio profundo solo quebrado por el lento gotear del agua y el crepitar de sus antorchas. Cuando llegó a su ábside, Tukul se dirigió a los jóvenes que cargaban la leña:

—¡Deprisa, preparad el fuego de los ritos! ¡Esta ha de ser la noche de la fuerza y a la Mujer del Cielo no le gusta esperar!

Los siete muchachos se apresuraron a obedecer. Entre tanto los ancianos prendieron siete lámparas de tuétano en torno a la hoguera. Mientras Tukul se ajustaba su tocado, una cabeza de bisonte de cuernos retorcidos, el viejo Biur dispuso un cuenco rebosante de un brebaje violáceo, una mixtura de hongos de la que bebieron todos, apenas un sorbo por cabeza, pues se trataba de una comunión ritual.

Entonces los ancianos comenzaron a batir su rebaño de tambores habladores, ungidos con la sangre de la tierra. El efecto resultaba hipnótico. El sonido retumbaba por toda la cueva, elevándose y cayendo en oleadas que sobrecogían el alma. Era imposible no emocionarse al oír aquella cadencia. Pronto aparecerían las visiones, el viejo Tukul sería poseído por el padre Bisonte. La danza había comenzado a girar alrededor de una gran roca que dibujaba el perfil de su animal totémico. El fuego proyectaba su sombra gigantesca, también ella danzante, casi amenazadora, sobre las paredes de la sala. Hasta las columnas parecían bailar. Enardecido por los tambores el canto coral subió de tono, se volvió simultáneamente furioso y suplicante. El viejo chamán fue repartiendo entre los cazadores unas bolas de arcilla roja y elevó su canto sobre todos ellos, un canto hecho de sonidos roncos y guturales. Cuando la danza alcanzó su clímax el chamán empezó a temblar. Su cara de cuero, sus manos de hueso, todo su cuerpo se retorcía entre convulsiones. Su ojo sano se puso tan blanco como el otro, echaba espuma por la boca. Al fin había sido poseído por el espíritu, su ojo muerto había comenzado a ver lo que nadie ve. Era el momento. Arrebatados por un huracán de aullidos, los cazadores rompieron a lanzar sus bolas de arcilla contra la roca. El padre Bisonte se impondría al gran oso cavernario, sus hijos beberían su sangre, comerían su hígado y su corazón, traerían su cabeza enhastada sobre sus venablos.

Los cazadores salieron eufóricos de la cueva de los ritos. Aún no tenían nada que celebrar y bien poco que comer, pero el brebaje siguió corriendo de boca en boca y el aire nocturno se llenó de canciones y tambores discordantes. Solo una mujer se mantenía en silencio, allá, junto al fuego. Se trataba de Súa, la Madre de los Sueños. Por su porte, alto y estilizado como el de una garza, por su mirada penetrante, incluso por sus tatuajes —dos serpientes enroscadas en sus mejillas—, cualquiera que la viese advertiría la fuerza de su presencia. Ella era diferente, tanto que ni siquiera vivía en su cueva. Ocupaba otra, no lejos de la Gran Dolina, a la que llamaban la del Águila porque dominaba toda la extensión del valle hasta las Montañas Blancas. Y así era su mirada, mientras contemplaba a todos aquellos hombres sin caer en su euforia alucinógena. Se diría que estaba viendo a través del tiempo lo que sucedería tan pronto como se iniciase la batida del oso. Un zarpazo bestial, un crujir de huesos rotos, una masacre. Pero esto sí que tenemos que contarlo desde el principio.

II

El grito del hombre

La estrella de la mañana resplandecía sobre la vertical del Yukta, la montaña sagrada de los ata. La selva boreal aún permanecía sumergida en la oscuridad azulada. Más allá, los picos de las Montañas Blancas destellaban un rosa intenso que variaba al púrpura, reflejando el sol naciente como joyas rutilantes. Los hombres de la comitiva que bajaba por el talud de la Gran Dolina apenas podían distinguirlas. La ventisca les cortaba la cara obligándolos a entrecerrar sus párpados. A la cabeza, el gran jefe Karko, compacto, poderoso, sosteniendo en sus brazos como mazas tres venablos templados al fuego y su bumerán infalible, acabado en dos puntas bien afiladas. Lo seguían el gigante Belar, el mejor cazador del clan, el que era capaz de alcanzar con su jabalina a un caballo al galope a muchos pasos de distancia, y su mejor amigo, Indar, el del ancho pecho. Ekes, el hablador, siempre se estaba riendo de la barba corta y rizada que le cubría la mandíbula. También solía burlarse de la nariz partida de Waa, el de las manos diestras, el que mejor manejaba el pedernal para despertar el fuego. En realidad Ekes se reía de todo el mundo. Y cuando no se reía, imitaba a la perfección el ulular del pájaro ojos grandes durante el día, o el del Silbador en plena noche, para que todos confundieran el día con la noche y viceversa. Sin reírse, con la cara contraída y los labios lívidos, los ojeadores caminaban ateridos. De entre todos los jóvenes, solo Kurtar, el primogénito de Karko, se había ganado el derecho a acompañarlos. Había cumplido trece ciclos, esa podía ser su cacería de la virilidad. La que le permitiría ser iniciado en los ritos de los cazadores, conocer los secretos de los antepasados, recibir su nombre sagrado, y elegir mujer. Desde luego se trataba de un honor, pero su camino hacia la gloria se presentaba bastante más duro de lo que había imaginado.

Avanzaba detrás de su padre con el cuerpo encogido y un nudo en el estómago, el miedo volvía sus pasos vacilantes. Tres lunas atrás, mientras afilaba sus armas con su raedera de sílex en torno al fuego, el viejo Biur le había contado una historia del tiempo de las migraciones. Una noche cometieron la imprudencia de refugiarse en una caverna sin explorarla previamente. Cuando todos dormían irrumpió el monstruo. Biur no olvidaría jamás aquella espantosa aparición. Dos mujeres murieron despedazadas por la bestia, y él se libró por muy poco.

—Pero no te preocupes, muchacho —concluyó el anciano—. Esta vez los rastreadores han localizado la guarida de ese demonio. No podrá sorprenderos.

—Ni nosotros a él —repuso Kurtar—. ¿Qué puede un hombre contra semejante montaña de zarpas y colmillos?

—El hombre puede con todo, mi pequeño amigo, y los Ata han venido a esta tierra para quedarse. Agradece al gran espíritu la presencia del oso.

—¿Que lo agradezca…? ¿Pero qué estás diciendo, Biur?

—El oso es nuestro enemigo, pero ha venido para despertar nuestra sangre.

—No te entiendo…

—A veces el enemigo es más útil que el amigo. Nos despierta la sangre para hacernos más fuertes.

Biur sabía lo que decía. En sus días jóvenes, en el tiempo de la Gran Migración, se había batido contra los Sombras blancas, contra los Comedores de Cabezas, y hasta con las mujeres abejas, cuya boca estaba llena de veneno. Kurtar jamás había combatido con nadie, pero llevaba grabada a fuego la memoria del miedo. No la extirparían las palabras de Biur, menos aún ese famélico ritual al que se entregaron tantas lunas atrás, cuando se cruzaron con un oso muerto. No quedaba ni un ápice de carne bajo su maloliente pellejo, solo sus huesos. Karko ordenó romperlos y chupar el tuétano, para que su espíritu les transmitiera toda su fuerza. Kurtar no olvidaría jamás el sabor rancio y amargo, la repugnancia que le venció mientras masticaba aquel tuétano seco frente a la mirada implacable de su padre.

Ahora, al mirar atrás, Kurtar ya solo quería ver la sonrisa de Balka. Sus ojos se iluminaban al evocar su nombre. Balka era la hija mayor de Belar, el gran cazador. Una adolescente de doce ciclos que, cosa extraña entre los ata, no tenía prisa por convertirse en mujer. Lo decía con su cuerpo, delgado y flexible como un junco, desprovisto de las reservas de grasa concentradas en sus caderas, muslos y pechos, que caracterizaban el ideal de belleza entre las mujeres del clan. Le gustaba pintarse la cara como un muchacho y a la menor oportunidad se sumaba a sus correrías sin rehuir las peleas, porque Balka sabía pelear. No había más que ver sus brazos trizados de cicatrices, o su pelambre negra siempre revuelta. Sin embargo, cuando estaban solos, sus ojos altivos y desafiantes se volvían reidores, y dentro de ellos destellaba el mismo verde lacado de las hojas húmedas de los robles a la luz del sol. Para Kurtar era la chica más atractiva de toda la Gran Dolina. En la noche mágica en que florecen los helechos le había regalado un collar de semillas del que no se desprendía nunca. En justa correspondencia, ella le había atravesado el tabique de la nariz con un aro de hueso. El mismo que ahora parecía marcarle el paso a través de la ventisca.