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El dragón -esa criatura fabulosa, una de los más temidas y veneradas de cuantas pueblan las leyendas de todas las culturas y todos las épocas- está presente en nuestra vida cotidiana de mil maneras, y en los últimos tiempos ha experimentado un auge inusitado en la cultura popular. Sin embargo, no hace falta buscarlos en espacios remotos ni en territorios imaginarios. Desde Galicia a Andalucía, desde el País Vasco a Cataluña, desde Valencia a Portugal y a lo largo de las dos Castillas, la Vieja Iberia ha sido desde tiempos inmemoriales un territorio particularmente fértil en dragones. Álvaro Bermejo nos propone en este libro un recorrido histórico, legendario y antropológico por los dragones que han poblado desde el inicio de los tiempos la Península Ibérica. ¿No te parece que ha llegado el momento de que los vayas conociendo? ¿Qué sabes acerca de los dragones que, en la Edad de los Sueños, habitaban el territorio donde vives?
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Prólogo. En busca del dragón
1. Piel de dragón
2. Dragones en la torre de Babel
3. Dragones y dinosaurios
4. Un dragón en el diván
5. Los ojos de Drakon
6. Bailando con dragones
7. Ofiusa, la tierra de las serpientes
8. Monstruos íberos, dragones celtas
9. Sugaar y Herensuge, dragones vascos
10. El Cuélebre. de Asturias a Cantabria
11. Galicia. El dragón y la coca
12. Los dragones azules de Portugal
13. Dragones y tarascas en las dos Castillas
14. Rugidos del viejo Madrid
15. Extremadura mágica
16. Sierpes, saetones y lagartos en Andalucía
17. Drácula en Peñíscola y otros dragones del Levante
18. Entre vibrias y marracos. San Jorge, señor de Cataluña
19. Dragones de las islas, de Baleares a Canarias
20. Los cuatro dragones de Aragón y el draco traidor de La Rioja
21. Navarra misteriosa. De los dragones de Eunate a San Miguel de Aralar
Créditos
Seguro que no te faltan referencias acerca de esta criatura portentosa, una de las más temidas y veneradas de cuantas pueblan las leyendas de todas las culturas y todos los tiempos. No es preciso que vayas a buscarlo al país de Nunca Jamás. El viejo dragón está presente en nuestra vida cotidiana de mil maneras. Hay quien se lo lleva a la piel con un tatuaje de inspiración oriental o neogótica, o hay quien los desafía en los mundos virtuales, zambulléndose en los más de doscientos juegos on line, PS3 o BioWare, como Dragon Age, Dragon Quest o Dragons of Atlantis. La omnipresencia del dragón en nuestra cultura de masas, y significativamente en la de los jóvenes, se ha querido interpretar como el anuncio de un tiempo final. La imagen de este endriago tiene algo de apocalíptico, como si fuera el emisario de la gran catástrofe planetaria que se nos anuncia periódicamente por medio de profecías mayas, vaticinios esotéricos, pandemias víricas y hasta macroeconómicas. Por fortuna, la simbología del dragón también se puede leer a la inversa: como el precursor de una regeneración del hombre y del mundo, obedeciendo a unos nuevos principios tanto materiales como espirituales.
Dentro de esta interpretación positiva, 2012 fue para los chinos el Año del Dragón. En su cultura prodiga fecundidad, pues se vincula a las energías del agua y, por tanto, al principio yin. Pero igualmente, es emblema de las energías activas del cielo y, por consiguiente, también abraza el principio yang.
Ilustración del festival del barco del dragón (5 de mayo).
En nuestro Occidente, por el contrario, la más extendida es la lectura opuesta. El dragón encarna las potencias maléficas a las que se enfrenta una nutrida legión de matadores de dragones. Unos vinieron del Gran Norte, a bordo de esas embarcaciones vikingas, los drakars, que los llevaban en su nombre y en su proa. Otros desde la lejana Mesopotamia a través de los mitos caldeos, luego egipcios, luego griegos…, hasta que la Iglesia los emparentó con el Leviatán bíblico, señor del caos. Un enemigo de Dios que debía ser aniquilado, pues ponía en riesgo toda su creación.
Cabeza de dragón del barco de Oseberg (Museo de barcos vikingos de Oslo).
Dos milenios después el temor a los dragones ha desaparecido, pero su presencia se traduce en un imperio creciente sobre nuestro imaginario. Pronuncias la palabra dragón y apuesto a que vienen a tu mente los que recreó George R. R. Martin en la saga Juego de tronos, o sus primos hermanos en la de Eragon. Quizá también los de Dragones y mazmorras, el simpático dragón de Mulán, o la dragona melancólica de Shrek, por no mencionar los que rondan las fortalezas de El señor de los anillos o los castillos encantados de Harry Potter. Si hubieras nacido hace dos décadas te sonarían más los de la serie Dragon Ball. También Fuyu, el dragón-perro de La historia interminable, los dragones de Willow o los de Terramar. Remontémonos treinta años atrás: entonces te hubieran resultado más familiares otros dragones como el que puso en escena Walt Disney en Pedro y el dragón Elliot, o el descacharrante Jabberwocky que sembraba el terror en las florestas del rey Arturo, tal como lo recrearon los divertidos iconoclastas de Monthy Pyton en La bestia del reino.
Multiplico las referencias visuales por una razón: pensamos en imágenes, y las más universales de nuestro tiempo se plasman en pantallas. Pero los dragones son muy anteriores al cine, incluso a la palabra escrita. En todas las culturas se guarda memoria de ellos desde aquellas noches en que los hombres se sentaban en torno al fuego para contarse historias. Esas historias de todos los tiempos y lugares muestran la vigencia de esta criatura fantástica, como si en lo más profundo de nuestro ADN se agazapara un formidable endriago aguardando el momento de su despertar.
Escupiendo fuego, volando, rampando, el dragón afirma su imperio universal sobre el imaginario humano. Siempre está ahí, agazapado en cuevas prodigiosas que replican las de nuestro subconsciente. ¿Estamos seguros de que solo se trata de un mito? El hombre jamás ha tenido imaginación suficiente para inventar o crear nada sin servirse de un modelo. De hecho, la palabra imaginar es híbrida de otras dos sumamente elocuentes: imago —que se traduce como representación o imitación— e imitor —imitar o reproducir—. ¿Cuál es la imago originaria del dragón? Sus representaciones resultan de lo más dispares: con cuerpo de saurio y cabeza de camello, con orejas de cerdo, garras de águila y alas de murciélago, con melena de león, piel de cocodrilo y cola de serpiente, con una, dos, tres, y hasta siete cabezas.
Lucha de San Jorge y el dragón, según Rubens.
La cola en punta de flecha, el cuerpo blindado de escamas que se vuelven crestas óseas en su espinazo, y una llamarada de fuego manando de su hocico. Tal es la imagen del dragón en Occidente. Vagamente reptiliano, a veces duerme en el fondo de los lagos —lo que le convierte en anfibio—, otras puede volar, y su aliento, como su sangre, segrega poderosos venenos. Pero tomad nota: también remedios infalibles contra todos los males.
En los gabinetes de curiosidades de la Europa del siglo XVI se exhibían pequeños dragones fake elaborados con restos de animales disecados que llenaban de espanto a sus visitantes. Sin embargo, en sus boticas, se vendían fórmulas magistrales asociadas a esta criatura inverosímil que gozaban de un amplio predicamento entre la clientela: preparados a base de draconita, una piedra que se suponía engarzada en el cráneo del monstruo, causaban furor entre los epilépticos. Otras, las redondas de gran tamaño halladas en los lechos de los arroyos, se vendían como huevos de dragón, los mejores para remediar la melancolía. Pero si se trataba de cortar por lo sano, nada más eficaz que una espada cuya hoja hubiera sido forjada sobre una lengua de dragón petrificada, como la que poseía el emperador Rodolfo II. También en Asia los dragones formaban parte esencial de su farmacopea: de ellos se aprovechaba todo, hasta su semen, que, solidificado, se identificaba con el jade, la piedra talismán de los emperadores de la dinastía Ming. Todavía hoy, en las farmacias de Pekín, se pueden adquirir frascos de polvo de huesos de dragón, a los que se atribuyen propiedades afrodisiacas.
Esta ambivalencia subraya la doble lectura a la que se ha prestado la imagen del dragón. Sobrevolando los mares del tiempo, lo veremos escupiendo llamas surgidas del brasero de Satán como una perfecta encarnación del Mal, en Occidente, pero también enaltecido como un símbolo de la vida y la prosperidad… no solo en Oriente. La literatura popular europea también aquilata crónicas acerca de hombres y mujeres salvados por dragones. Plinio refiere una en que Toante, el rey de Lemnos, fue rescatado de las garras de unos ladrones por un dragón justiciero. Entre los celtas, la voz pendragón señalaba a su jefe supremo. Para los romanos, el dragón púrpura constituía el emblema del Imperio, y el mismo Constantino entró en Roma al frente de una cohorte en cuyo estandarte figuraba una rugiente testa de dragón. Se asemejaba en esto a los emperadores chinos, cuyo trono se veía esculpido de dragones protectores, y cuya vestimenta más preciada era el mangpao, una túnica ceremonial sobre la que se alzaba un dragón de cinco garras sobre un mar de perlas.
Iconos de poder, protectores mágicos, guardianes de tesoros, al estar constituidos por los cuatro elementos —el agua y la tierra que eran su medio natural, el fuego que germinaba dentro de ellos y el aire que conquistaban con su vuelo—, los dragones se consideraban símbolos de regeneración y su sangre era susceptible hasta de deparar la inmortalidad. Por eso desde el origen y en todas las culturas, el dragón representaba el ciclo de la vida. Nacía cada primavera de un huevo depositado sobre las aguas. Cada año, en invierno, era preciso matar al viejo dragón para que de su sangre brotara su sucesor. Es posible que este sea el punto de partida de todas las leyendas sobre matadores de dragones. En esa batalla reside la clave: primero la creación del mundo, y enseguida la perpetuación de los ciclos de la naturaleza, con la intervención del hombre como garante del equilibrio entre el cielo y la tierra, sea por la vía del enfrentamiento o por la del pacto.
Antes de la civilización global, los dragones vivían sujetos a un territorio. Entonces nadie tenía noticia de las aventuras de Dragonheart, menos aún de los que arrasan el mundo en El reino del fuego. Cada cultura temía y celebraba a su dragón local. Solo en el folclore británico se cuentan más de cincuenta dragones autóctonos. En China, el censo se elevaba por encima de los dos mil. Bien, te pregunto ahora: sabes mucho de los dragones que nos sirve el cine y la televisión, puede que lleves en alguna parte de tu cuerpo el tatuaje de alguno, y hasta es posible que hayas tomado buena nota de las lecciones implícitas en Cómo entrenar a tu dragón, pero ¿qué sabes acerca de los que, en la Edad de los Sueños, poblaban el territorio donde vives?
Desde Galicia a Andalucía, desde el País Vasco a Cataluña, desde Valencia a Portugal y a lo largo de las dos Castillas, la Vieja Iberia ha sido desde tiempos inmemoriales un territorio particularmente fértil en dragones. ¿No te parece que ha llegado el momento de que los vayas conociendo?
El propósito de este libro no es otro que invitarte a un viaje hacia lo desconocido, un laberinto apasionante cuyas puertas se abren apenas a unos pasos de tu casa. Ahora bien, seríamos muy desconsiderados si iniciásemos esta aventura sin conocer antes al protagonista de nuestra búsqueda.
¿De dónde surgen los dragones? ¿Existieron realmente? ¿Qué extrañas relaciones mantuvieron con los hombres? Y lo más importante: ¿te has preguntado por qué algunas noches intuyes un ojo de fuego a tu espalda, y quizá un latido de dragón dentro de tu corazón?
Según la Sociedad Norteamericana de Tatuadores, los dragones constituyen el grafismo más solicitado entre los adolescentes, con una ligera supremacía de las chicas —67% frente a 59%—. Triunfa el dragón propuesto por las factorías hollywoodienses: una bestia alada provista de garras y colmillos, su piel cubierta de escamas tan duras como el metal, sus ojos encendidos y un volcán de fuego manando de sus fauces. Pese a su aspecto terrorífico, quienes se apuntan a esta moda consciente o inconscientemente, buscan plasmar en su piel un protector mágico. No se equivocan, pues la imagen del dragón siempre implica un rito de iniciación.
Con motivo de la exposición Dragons. Entre sciencie et fiction, habilitada en el Museo de Historia Natural de París, en 2006, el taxidermista Jack Tierney exhibió un dragón de poliuretano y resina en tamaño natural que podía hacer de todo —caminar, rugir y escupir fuego— salvo volar. Claro, pesaba nueve toneladas. Según los especialistas en aeronáutica, un coloso semejante tendría que poseer unas alas de cien metros para poder levantar el vuelo. Algo impensable. Hasta que una novelista de ciencia-ficción, Anne MacCaffey, propuso una teoría. A su juicio, los dragones se alimentaban de minerales que, mezclados con los ácidos de su estómago, emitían gases muy inflamables. De ser así, su enorme corpachón podría hincharse como un globo aerostático y desplazarse a voluntad sobre cielos y tierras.
Geisha con tatuaje de dragón en la espalda.
Los antiguos alquimistas refrendarían su tesis sin vacilar. Para ellos, el dragón era un laboratorio viviente donde se mezclaban toda suerte de sustancias prodigiosas y volátiles animadas por su fuego interior. De hecho, el ácido clorhídrico que se encuentra en el tracto digestivo de todos los vertebrados, en contacto con las materias sólidas, produce gases más ligeros que el aire.
Volaran o no, lo cierto es que no hay nada más difícil que fijar el retrato robot de un dragón. Según parece, los primeros dragones que poblaron el imaginario humano tuvieron forma de serpientes. Bien cerca, hay muchos lugares que lo acreditan. Una de las calles más populares de Sevilla, la de las Sierpes, debe su nombre a una serpiente gigantesca que reúne todos los atributos del dragón clásico —hablaremos de ella en su momento—. También hablaremos del Cuélebre, la serpiente alada que custodia tesoros y personajes encantados en Asturias. Y de la fabulosa Tarasca. Y de su pariente, la Coca. Todas ellas son oriundas de un pueblecito provenzal, Tarascón, a quien deben su nombre. Fue allá donde surgió la primera Tarasca, un monstruo de naturaleza anfibia, cabeza y garras de león, seis patas y cola de serpiente, que fue vencida, no por un caballero andante, sino por la primera y más genuina madre de dragones de la historia, la intrépida santa Marta.
Belerofonte luchando contra la Quimera, según un grabado de T. van Thulden a partir de un lienzo de Rubens (1635).
Al margen de que sucediera a un tiro de cohete del primer centro aeroespacial francés, la peripecia de esta santa nos conecta con la raíz del misterio. Allá por la Edad del Bronce y sus cosmogonías, se estableció una batalla callada entre las civilizaciones patriarcales de origen ario e indoeuropeo, y las preindoeuropeas, de signo femenino y matriarcal. Emblema de estas, el dragón-serpiente se asociaba al medio acuático, a la luna y a la sabiduría, mientras que su antagonista se perfilaba como un hijo del padre cielo, instaurador del orden, bendecido por el sol. Vencieron las patriarcales. Por eso la inmensa mayoría de las leyendas europeas sobre matadores de dragones —qué poco hemos cambiado en treinta siglos—, tienen como protagonista a un joven héroe de musculatura neumática estilo Conan el Bárbaro. La misteriosa santa Marta representa una pervivencia excepcional de ese otro principio femenino activo, que, en adelante, mutará en una figura pasiva: la de la doncella que se rinde como tributo al dragón.
Esta tensión matriarcado-patriarcado remite a otra clave profunda cifrada en nuestra psique. En el origen, el dragón representaría la fuerza del inconsciente primitivo bien capaz de desequilibrar nuestra mente si no se ve limitada y sometida por la razón, proeza que el hombre y la mujer han de llevar a cabo conjuntamente. Se trataría, por tanto, de conciliar la importancia de la materia, plasmada en el arquetipo de la madre tierra y la serpiente-dragón, con la del espíritu, representado por el padre cielo y el héroe.
En las civilizaciones patriarcales ese dragón que simboliza el caos parece empeñado en desbordar el universo. Lo veremos nacer en la remota Sumeria, deslizarse hasta la India, fundirse con el curso del Nilo, subir por el Cáucaso hasta los fiordos vikingos y entronizarse como un oscuro monarca en la cuna de nuestra civilización. Nada aterraba más a los griegos que encontrarse frente al espeluznante dragón de la Cólquida, donde Jasón y sus argonautas fueron a buscar el vellocino de oro. Pero había unos cuantos más. El que guardaba las puertas del jardín de las Hespérides, el que asaltaba a los viajeros que se acercaban a la fuente de Castalia, o la monstruosa Quimera, de cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón, a la que se enfrentó el corintio Belerofonte, a lomos de su caballo alado, Pegaso.
Treinta siglos antes de don Quijote, encontramos en este paladín griego al arquetipo de todos los caballeros andantes del Medievo. La victoria sobre el dragón corona la vida y las hazañas de una pléyade de héroes cuyos arquetipos más universales serán, a partir del siglo X, el arcángel Miguel y un caballero hecho santo, Jorge, príncipe de todos los cazadores de dragones de Occidente. De siglo en siglo, el rey Arturo y el sin par Lanzarote del Lago, en el ciclo de Bretaña, el germánico Sigfrido y el sajón Beowulf cabalgan junto a personajes con mucho sabor local, como el señor de Goñi que venció al dragón en el santuario de Aralar —un enclave absolutamente mágico— o como el de Belzunce, que llevó al suyo ya cautivo y amarrado a una soga, en un paseíto de mil kilómetros a pie, desde Navarra hasta París.
El Quersoneso de Oro (¿Birmania?) con la advertencia H[i]c sunt dracones, «Aquí hay dragones», en el Globo de Hunt-Lenox (c. 1510), uno de los globos terráqueos más antiguos que se conocen, conservado en la Biblioteca Pública de Nueva York.
En la Edad Media, cuando más de medio mundo estaba todavía por descubrir, los cartógrafos europeos que alzaban los mapas de Asia y África —América ni la imaginaban— dejaban en blanco las zonas todavía no exploradas y, en su frontera, con caligrafía temblorosa, escribían: «Hic sunt dracones» —‘Aquí están los dragones’ o ‘a partir de aquí hay dragones’—, como una advertencia a cuantos se atrevieran a dar un paso más allá del mundo conocido.
Hoy nos encontramos ante una frontera semejante, solo que la nuestra ya no es tanto física como mental. Sabemos mucho de los dragones que pueblan los mundos virtuales, pero lo ignoramos casi todo acerca de los que duermen bajo nuestros pies. Y así sucede que nuestros mapas, por más digitales e interactivos que se presuman, siguen mostrando muchas zonas en blanco que, curiosamente, coinciden con las más cercanas al territorio donde vives. ¿Te atreves a dar el paso que te llevará más allá? Es muy fácil: basta con embarcase en la máquina del tiempo. Hacia el origen.
Imagina un reloj que, en vez de horas, marcara su paso por milenios. Remontémonos hasta tres mil años antes de nuestra era. ¿Había dragones entonces? Cierra los ojos. Estás viendo una serpiente enorme, dotada de un no menos enorme poder creador. Es un dios en el minuto previo a la creación del mundo. Las mitologías sumerio-babilónicas presentan al dragón bajo esta forma. Lo cuenta el relato más antiguo del que tenemos constancia. Se llama Enuma Elish y fue escrito sobre algo muy parecido a una tablet, solo que la pantalla de esta era de arcilla. Los escribas sumerios empleaban un punzón en forma de cuña con el que practicaban incisiones sobre la arcilla todavía húmeda, que luego cocían para endurecerla. En escritura cuneiforme, entonces, una mano idéntica a la tuya quiso dejar constancia del mito fundacional de su mundo, hace tres mil años. Y escribió algo parecido a esto: «En el principio fue el dragón».
Se llamaba Tiamat —del sumerio ti, ‘vida’, y ama, ‘madre’—, una serpiente hembra, de magnitudes cósmicas, dueña de las tablas del destino. Tanto, que hizo nacer de sí misma a su pareja masculina, Apsu, el abismo oceánico. De su acoplamiento surgió una pléyade de dioses menores, pero tan pretenciosos que se conjuraron para arrebatarle su trono. Una noche, decidido a acabar con ellos, Apsu convenció a Tiamat para que pariera un ejército de serpientes y dragones estilo Transformers, y desencadenó la gran guerra. Los dioses menores eligieron a un campeón llamado Anu, pero al ver lo que tenía delante, rehuyó el combate. Es entonces cuando surge el héroe babilónico por excelencia: Marduk, el Oscuro. Acepta el desafío con una condición. Si vence será el rey de todos. El Enuma Elish recrea una imagen deslumbrante: tras armarse de arco y flechas, «todo él se iluminó como el relámpago y se rodeó de llamas». Con flechas de fuego, emblemas del sol, pero sobre todo con su astucia, Marduk aniquiló a los dragones-serpientes y a la madre de todos.
Tiamat y su dragón, según un antiguo sello reproducido por Franz Heinrich Weißbach (1906).
El cuerpo de Tiamat quedó partido en dos mitades. La superior formó la bóveda celeste. La inferior, el mundo que habitamos, al que bien podemos llamar piel de dragón desde entonces. Ya con las tablas del destino en su mano, Marduk acometió una última empresa: amasó los huesos de las serpientes vencidas y pronunció estas palabras: «Crearé una criatura salvaje, hombre se llamará, y estará al servicio de los dioses». De modo que, según los mitos babilónicos, llevamos a los dragones hasta en nuestra sangre.
En este relato están todas las constantes de la epopeya que enfrenta a una serpiente primordial y matriarcal, lunar y telúrica, y a un héroe solar y espiritual. También las de la primera cosmogonía, es decir, el primer relato acerca de la creación del mundo, dos milenios antes de que se escribiera el libro delGénesis. Pero «apenas» mil años después, otra tablilla sumeria nos cuenta la Epopeya deGilgamesh, el legendario rey de la ciudad de Uruk que rindió al temible Humwawa, un monstruo híbrido de león y dragón, constelado por el poder de las siete auras. ¿Hasta dónde alcanza la genealogía de los dragones y su relación con los hombres?
Hasta un lugar tan apasionante como tu cerebro. ¿Sabías que la raíz más profunda del tuyo y del mío, aquella en la que se codifica el comportamiento más primitivo del ser humano, se llama «cerebro reptiliano»? Representa nuestra parte más primaria e instintiva, aquella que repta, como el dragón o la serpiente, en la oscuridad de tu subconsciente. Pero hay más. Una vez que vencen a los dragones primordiales, tanto Marduk como Gilgamesh enlazan sus cuerpos decapitados, ya lo hemos dicho, dando lugar al cielo y a la tierra, pero también a esa criatura salvaje a la que llamaron hombre. No deja de ser curioso que cinco mil años después, la imagen elegida para representar el ADN humano, la doble hélice, se asemeje a dos serpientes entrelazadas.
El bastón de Apsu y Tiamat, con las dos serpientes entrelazadas que dieron origen al mundo. Compárese con la espiral de ADN.
Después de escribir esto bien podríamos afirmar que en la antigua Mesopotamia ya estaba todo. Aquel Creciente Fértil que dibujaba el curso gemelo, casi entrelazado, de los ríos Tigris y Eúfrates fertilizó un crisol de pueblos y culturas en batalla —sumerios, acadios, hititas, asirios, caldeos…—. Todos se contaminaron de todos, y así surgió un cuerpo de creencias del que se alimentarían las civilizaciones sucesivas.
Fue allá, entre las ruinas de Samarra —el actual Irak—, donde Ernst Herzfeld exhumó unas piezas de cerámica datadas sobre el 3.200 antes de nuestra era en las que aparecía un ser híbrido de serpiente y escorpión, provisto de cuernos y alas semejantes a las de un murciélago. Resulta idéntico al Lotán de la mitología ugarítica, padre del Leviatán bíblico, cuyo nombre significa ‘serpiente de Leví’, la tribu que ejercía el sacerdocio en el reino de Judá.
Seguimos en la máquina del tiempo. Giramos la aguja de avance hasta dos mil años adelante. Ya en el 600 antes de Cristo, pero sin movernos de Babilonia, aterrizamos en el palacio de Nabucodonosor II, el amo del mundo entonces. En el año 1900, otro arqueólogo alemán, Koldewey, desentierra bajo una montaña de adobe los cimientos de una edificación que se parecía mucho a la torre de Babel. Se trataba del templo de Marduk. Descubre una puerta maravillosa, la puerta de Isthar, y es aquí donde reaparece, caminando sobre sus muros, la imagen del primer dragón babilónico. Una criatura híbrida, a la que llamaban Muschchush, producto del cruce de cuatro animales: víbora cornuda, león, caballo y escorpión.
El Muschchush de la Puerta de Isthar (Museo Pergamon de Berlín).
El dragón Jörmungandr, según un manuscrito islandés del siglo XVII.
Como si también el Muschchushy su leyenda pudieran volar, lo veremos reaparecer en la tierra de los hititas, que celebraban la lucha entre el héroe Inar y una serpiente llamada Illiuyankash, provista de varias cabezas, a la que vence por medio de una estratagema: le ofrece una gran cantidad de comida y bebida. Una vez que se rinde al sopor de su monstruosa digestión, Inar la decapita. Un milenio más adelante, Inar llega a la India de los Vedas transmutado en Indra, el dios que derrota a Vritra, el dragón tramposo y burlón. De la India salta al Egipto de los faraones. Aquí pone a prueba a Horus, hijo de Osiris, quien se enfrentará a su hermano Seth convertido en serpiente bajo el nombre de Apofis, el enemigo del sol. Habita en la uat, el inframundo, aguardando su momento para romper la Maat; el orden cósmico. Aunque jamás lo consigue. Cada anochecer, cuando el cielo se tiñe de rojo, es señal de que Horus ha vencido a Apofis. Al día siguiente el dios del sol, Ra, volverá a ascender de nuevo en el firmamento, por la puerta del este.
Bien podríamos seguir navegando por la autopista de los mitos: Krishna contra Kaliya, de nuevo en la India; el nórdico Sigfrido contra el dragón Fafnir, o Thor contra Jörmungandr, la colosal serpiente que apresa el mundo con sus anillos de fuego y hielo. Pero no nos despistemos con tanta abundancia de referencias. Hagamos un alto, pues hemos llegado a un punto importante.
En buena parte de estas mitologías ancestrales el dragón se presenta como un enemigo del Sol, hijo de la Luna y de todo cuanto esta significa —recordemos la pugna entre las sociedades patriarcales y las matriarcales—. Se trata de dos principios antagónicos encarnados, a su vez, por divinidades que se oponen en una guerra infinita cuyos orígenes se remontan a los laberintos más profundos de la psique humana.
Pero, me pregunto con vosotros, ¿qué había antes? ¿Antes de qué? Antes de la cultura que sembraron esas primeras civilizaciones. Remontémonos a la Prehistoria. ¿También había dragones entonces? Seguro que la primera imagen que te ha venido a la mente se parece mucho a un dinosaurio. Bien, preparémonos entonces para un viaje a ese tiempo donde todo era un puro Jurassic Park. Si yo fuera tú, no me lo perdería.
