El amante de Nefertiti - Álvaro Bermejo - E-Book

El amante de Nefertiti E-Book

Álvaro Bermejo

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Beschreibung

¿Quién era en realidad Nefertiti, la misteriosa Reina Faraón? ¿Qué papel jugó en la Guerra de dioses que convulsionó Egipto y propició la primera religión monoteísta? Desde finales de los años veinte, en los que ya se presagiaba la II Guerra Mundial, sendas expediciones tratarán de responder a estas y otras preguntas: un grupo tan singular como excéntrico del que forman parte la joven novelista Agatha Christie y su marido el arqueólogo Max Mallowan, el escritor maldito D.H. Lawrence, el imprevisible barón d´Adelswärd-Fersen o el diabólico Aleister Crowley. Con una sabiduría narrativa poco común, El amante de Nefertiti es una novela histórica, pero también una novela romántica en el sentido más genuino del término, llena de aventuras y misterio. Un viaje a lo más recóndito del Antiguo Egipto que, por muy exótico que resulte, acaba siendo un viaje al interior de nosotros mismos.

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Seitenzahl: 779

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Álvaro Bermejo

El amante de Nefertiti

La Reina Faraón

Contenido

Cubierta

Introducción. El Expediente Nefertiti

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Créditos

Introducción

El Expediente Nefertiti

En el departamento de objetos perdidos de la historia hay un lugar de honor para las tres tumbas más buscadas de todos los tiempos —excluyendo la de Jesucristo—. La de Alejando Magno, la de Gengis Khan, y aquella que reúna los cuerpos de Akenatón y Nefertiti. ¿Quién fue en realidad esta misteriosa Reina Faraón que desafió a su destino, y en cuyo silencio podrían contenerse todas las claves de la Guerra de los dioses que convulsionó Egipto y fundó la primera gran religión monoteísta de la humanidad?

Su nombre casi sugiere un código genético. Se escribe así: NFR.U.ITN. O así: NFRT.Y.TY. En el primer caso se traduce como «belleza de Atón». En el segundo significa «La Bella ha llegado». Aquello que es «nefer» ha alcanzado la armonía suprema. Y, en efecto, la belleza de Nefertiti fue legendaria. Basta contemplar el soberbio busto policromado que se conserva en el museo arqueológico de Berlín, tocado por un alto y estilizado birrete. Todo el mundo conoce ese rostro de rasgos perfectos y expresión regia, a quien se comparó en vida con una estrella radiante. Lo que nos parece una obra maestra no es, sin embargo, otra cosa que un trabajo inacabado, un modelo de escultor. Aun así, transmite algo que está por encima de su exquisita belleza: una experiencia espiritual absoluta, la de un ser que vive en el corazón de la luz porque sabe que ha conquistado la eternidad.

Nefertiti ejerció como la verdadera reina del mundo hace tres mil años, en ese Egipto que era el «eje» del universo conocido. Hizo el amor pero también la guerra, encarnó el alma viva de su reino, fue representada en un plano de igualdad junto a Akenatón, con la doble corona y los dos cartuchos reales. La Bella fue sin duda una mujer fascinante de una inteligencia singular, cuya trascendencia en la revolución espiritual —y política— que protagonizó Akenatón resulta comparable a la del llamado faraón místico, si no fue ella misma su inspiradora.

Se trataba de un desafío sin precedentes en la historia. Un joven monarca de apenas diecisiete años periclitó el sistema corrupto establecido por la poderosa casta sacerdotal de Tebas, suprimió el politeísmo y fundó una religión nueva centrada en el culto a Atón. Pero, junto con eso, también restauró el orden social de la edad dorada de Egipto presentándose a sí mismo como modelo, tanto en lo físico como en lo metafísico. El nuevo faraón renunció a que se le representara como un dios, mostró de una manera desnuda su dimensión humana, y predicó la fuerza revolucionaria del amor y de la compasión entre los hombres. No se lo consintieron. Su reinado apenas pudo mantenerse diecisiete años y es muy posible que su final se precipitara a consecuencia de una conspiración que acabó con la vida del gran transgresor. De hecho, inmediatamente después, sus sucesores demolieron hasta sus cimientos la nueva capital erigida por él en Amarna —Aketatón, la ciudad del horizonte de Atón—, arrancaron su nombre a martillazos de todas las estelas y pilonos en los que había sido grabado. En lo sucesivo, toda alusión a su persona quedó consignada bajo la fórmula «Kheru» —«el Caído» o «el Maldito»—, como si Akenatón no hubiera existido jamás.

No obstante, dos años antes de que se consumara el presunto magnicidio, Nefertiti desapareció misteriosamente. ¿Por qué razón? Tres milenios después esta pregunta sigue abierta, y alimenta las conjeturas más dispares.

¿Fue su incapacidad para concebir un heredero varón que consolidara la dinastía lo que forzó a Akenatón a repudiarla y a emparejarse con una esposa secundaria, quien acabaría dándole ese ansiado hijo que años después subiría al trono con el nombre de Tutankamón? Durante el interregno que precedió a la coronación de este encontramos un faraón tan efímero como enigmático, llamado Smenjkara. Hay quien sostiene que Smenjkara fue un hombre de paja entronizado por los conspiradores palaciegos que acabaron con la vida de Akenatón. Junto a esta, ha prosperado otra hipótesis según la cual, bajo la máscara de Smenjkara, se ocultaría la propia Nefertiti. Entonces, ¿cabría la posibilidad de que fuera la gran despechada quien urdió la intriga contra su esposo? Si no fue así, y realmente jugó un papel decisivo en el Cisma de Amarna, también resulta verosímil que la conjura contra Akenatón comenzara precisamente por la eliminación de la Bella. Nada sabemos a ciencia cierta. ¿Qué sucedió en realidad?

Miles de profesionales y cincuenta misiones arqueológicas internacionales trabajan sobre el terreno en el país del Nilo, y en los laboratorios, museos y bibliotecas de todo el mundo, buscando una respuesta a esta cadena de enigmas.

Desde los inicios de la egiptomanía, surgida a partir de la expedición de Napoleón, en 1798, la búsqueda de la momia de la Señora de las Dos Tierras se focalizó en el valle de las Reinas, también conocido como el Ta Set Neferu —«El lugar de la belleza»—. Fue aquí, en 1829, donde Champollion y Rosellini encontraron las de Sat-Ra, la esposa de Ramsés I, y también la de Nefertary Meritamunt, la favorita de Ramsés II. Pero, sobre todo, este lugar contenía los restos de los jóvenes príncipes tebanos, y los investigadores acabaron descartando que pudiera resolver el «Expediente Nefertiti». Las pesquisas se centraron entonces en Amarna —la ciudad fundada por Akenatón—, pero, ya lo hemos dicho, tras la muerte del faraón apóstata su capital fue literalmente borrada del mapa. Si algún día estuvieron allí, ¿qué sucedió con las tumbas de Akenatón y Nefertiti?

Gastón Maspero creyó que la incógnita estaba cerca de resolverse cuando, ya en 1881, un saqueador de tumbas acabó confesando que había descubierto un escondite de momias en Deir el Bahari. Nadie podía imaginar lo que les esperaba. En un estrecho corredor oculto entre los riscos aparecieron los sarcófagos de más de treinta faraones de capital importancia. Quienes los ocultaron allá lo hicieron con una intención evidente: evitar que fueran profanados por aquellos que, ya en su tiempo, expoliaban los hipogeos del valle de los Reyes. Bien pudiera ser este el enclave donde sus adeptos trasladaron los restos de Akenatón y Nefertiti. Pero no: ninguno de los sarcófagos acreditaba que su inquilino fuera o pudiera ser uno de los visionarios de Amarna.

No obstante, junto con las momias de los grandes faraones, en el escondite de Deir el Bahari apareció una bien inquietante. La habían sepultado en un ataúd blanco, sin ninguna inscripción que identificara a su dueño. ¿Un castigo para que no pudiera regresar a la vida? Al abrirlo se encontraron con un cadáver que despedía un olor nauseabundo envuelto en una ensangrentada piel de oveja. La oveja era considerada un animal impuro en el Antiguo Egipto. Emplearla como mortaja suponía mancillar la memoria del difunto por toda la eternidad. Pero había más. El rostro del cadáver aparecía desfigurado en una mueca horrenda, su boca se veía abierta, con la lengua fuera, estremecida en un grito de espanto. Igualmente su cuerpo se retorcía en una contracción brutal, como si se debatiera por liberarse de las vendas que lo apresaban. Se impuso una evidencia aterradora: aquel hombre había sido momificado vivo, ya que todos sus órganos permanecían intactos en el interior de su abdomen. Pero, al carecer de la menor certeza acerca de su identidad, lo trasladaron a los sótanos del museo de El Cairo, donde permanece todavía a la espera de que un milagro resuelva la truculenta incógnita.

Entre tanto, las pesquisas regresaron al valle de los Reyes y, en concreto, a tres sepulcros conocidos como KV63, KV64 y KV35. En el año 2000 los británicos Geoffrey Martin y Nicholas Reeves detectaron por medio de rádares y entre las dos primeras, una cámara oculta que se conectaba con la tumba de Tutankamón, lo que les llevó a conjeturar que estaban cerca de la de Akenatón y Nefertiti. Pero, al poco de iniciar las excavaciones Zahi Hawass, el todopoderoso director del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, decidió retirarles el permiso para seguir trabajando. ¿Por qué? Hay quien lo atribuye al ansia de protagonismo de Hawass, obsesionado por capitalizar la repercusión mediática de este descubrimiento. No obstante, han corrido doce largos años, y el silencio persiste.

Con la KV35 ha sucedido algo semejante. En 2004 la doctora británica Joann Fletcher emprendió una indagación en esta tumba descubierta en 1898 por el francés Victor Loret. Encontró tres momias más, anónimas y desnudas. La técnica utilizada para su momificación sugiere que pertenecían a la XVIII dinastía. La posición del cuerpo de una de ellas, con el brazo derecho recogido sobre el pecho, indicaba que se trataba de una reina. Una reconstrucción de su cráneo por ordenador evidenció un parecido extraordinario con el busto de Nefertiti que se conserva en Berlín. Pero había algo más: al igual que la momia de Deir el Bahari, esta había sufrido un castigo espeluznante. Bajo el brazo que protegía su corazón aparecieron las huellas de una daga que solo podía pertenecer a alguien de rango elevado. La tesis de Fletcher apuntaba a una venganza de los sacerdotes de Amón. Los que tanto la odiaron en vida se conjuraron para que tampoco tuviera aliento en el reino de los muertos. Tal vez Zahi Hawass fue uno de ellos. Antes de que se emitiera el reportaje de Discovery Channel que contaba esta historia, desacreditó su investigación afirmando que carecía de todo rigor científico y expulsó a la doctora Fletcher del país, prohibiéndole la entrada en Egipto.

¿A qué obedecen estas batallas entre arqueólogos, tanta obstinación en la búsqueda y, sobre todo, la voluntad oficial de mantener selladas las tumbas que podrían resolver el enigma de la Reina Faraón? Más allá de la dificultad de obtener ADN fiable de momias, que si han sido objeto de pillaje suelen estar muy contaminadas, la peripecia de la reina más buscada de Egipto se ha convertido en un verdadero «thriller arqueológico» donde todas las pistas se cruzan tejiendo un desafío tan inquietante como apasionante.

Hasta este momento hemos citado las cuatro líneas de investigación más conocidas. Ahora vamos a abordar una más. Aquella que permanece enterrada bajo las arenas de la historia, pese a que en su momento generó una considerable expectación mundial.

A comienzos del siglo pasado, en 1903, desembarcó en Alejandría la célebre Misión Arqueológica Italia. La dirigía el prestigioso profesor Ernesto Schiaparelli, director del museo egipcio de Turín, pero le acompañaban unos cuantos personajes singulares, entre los que destacaba un tal Alessandro de Caltagirone, un aventurero de fortuna y dudosa reputación, con fama de visionario.

En sus diarios, Caltagirone cuenta cómo un día, mientras vagaba por una cantera cerca de Hermópolis, un destello solar le condujo hasta un objeto sorprendente. Se trataba de una estela del tiempo de los faraones, pero lo que se plasmaba en ella resultaba muy extraño. Los personajes que la ilustraban tenían el cuerpo y el rostro deformados, sus facciones aparecían muy dilatadas, sus ojos se veían rasgados, sus orejas resultaban enormes, la nariz larguísima, la barbilla y los labios muy gruesos. Más aún, el cuerpo del rey presentaba particularidades insólitas: senos, caderas y pelvis femeninos, y carecía de sexo. La reina, por el contrario, aparecía como una gran sacerdotisa y llevaba en sus manos los sistros de la diosa Hator, con quien se identificó a Nefertiti. Por alguna razón que nunca conoceremos, Caltagirone no reveló a Schiaparelli su descubrimiento. A partir de ese día emprendió una excavación clandestina y obsesiva, en un paraje agreste que describe así: «imposible imaginar una desolación más profunda». La Misión Italia regresó sin él y nada más se supo de sus prospecciones. Pero catorce años después, en 1917, Caltagirone reapareció en Nápoles y brindó a la prensa un titular sensacional: las momias de Akenatón y Nefertiti no estaban en Egipto, sino en el sur de Italia y, más concretamente, ¡en la isla de Capri!

Podéis sonreír tanto como queráis. Al fin y al cabo, esa fue la respuesta unánime ante las declaraciones de aquel alucinado que se postulaba heredero de Cagliostro. Naturalmente, ningún arqueólogo sensato confirió la menor credibilidad a sus palabras y la «noticia sensacional» se diluyó por sí misma, sin que nadie volviera a interesarse por ella fuera del círculo de aristócratas extravagantes entre los que se movía. Pero, en adelante, una extraña agitación comenzó a apoderarse de la isla de Capri, que viviría una espiral de sucesos muy desconcertantes, comenzando por el asesinato del propio Caltagirone…

Lo que sigue es un relato que, si bien está fundado en una trama de personajes y hechos reales, no pretende ser otra cosa que literatura. Con una salvedad: cuando un enigma como el del «Expediente Nefertiti» continúa desafiando todas las respuestas, y generando más y más preguntas, ¿qué mejor herramienta que una ficción literaria para adentrarnos en esa dimensión invisible de la realidad donde la fuerza del mito se confunde con los laberintos del alma humana?

La historia misma siempre ha sido una construcción en gran medida literaria, un relato confeccionado entre imposturas, tergiversaciones e interpretaciones selectivas, a las que el caprichoso curso de los siglos acaba confiriendo rango de autenticidad. Tanto es así que, a medida que nos remontamos hacia el pasado las líneas divisorias entre historia y leyenda se diluyen hasta desaparecer. Cuando la memoria se desvanece, solo queda el misterio. Y es al misterio mismo a quien hemos de interrogar.

Es posible que este mismo año, o el próximo, de nuevo Martin y Reeves, una segunda Joann Fletcher, o el mismo Zahi Hawass irrumpan en la actualidad asegurando que al fin han descubierto la verdadera momia de Nefertiti. No les creáis. Mis personajes y yo tenemos razones fundadas para sospechar que ninguna expedición científica ni ningún arqueólogo llegarán a encontrarla jamás. Si queréis saber por qué, dejadme que os invite a compartir esta aventura.

El largo viaje apenas acaba de comenzar.

1

Desde finales del siglo XVIII el Grand Tour de los milores puso de moda el viaje al sur de Italia. Aristócratas byronianos, artistas y escritores ávidos de exotismo, emprendían esta peregrinación romántica que llegaba hasta Capri. Nada les fascinaba más que aquella isla prodigiosa anclada en un mar azul cobalto frente a la bahía de Nápoles sobre la que se alzan las ruinas de las villas del emperador Tiberio, quien pasó aquí la última década de su vida en un destierro elegido por él mismo. Otra de las razones tenía que ver con las presuntas propiedades curativas del clima mediterráneo. La misma convicción que llevó a Roma a un Keats moribundo comenzó a salpicar la costa amalfitana de sanatorios para tuberculosos exquisitos, y Capri no fue una excepción. El hotel más elegante de la isla, el Quisisana, debe su nombre a una expresión literal: «Aquí se sana». Pero, a decir verdad, no era solo esa ambición de salubridad lo que fue convirtiendo sus espectaculares farallones en la puerta de entrada de un cosmopolitismo exultante, donde los príncipes de las casas reales europeas se cotejaban con banqueros suizos e industriales alemanes como el fabricante de armas Krupp —cuya pasión por Capri acabaría llevándole al suicidio—, y todos ellos con exiliados rusos tan pintorescos como Maxim Gorki, que se estableció en una casita de la Marina Piccola, en 1906. La misma, donde dos años después, Lenin acabaría sentando sobre sus rodillas a la hija del jardinero, una niña con evidentes aptitudes capitalistas, para enseñarle las expresiones rusas más solicitadas en la isla: ¿Cuánto cuesta? y Hoy no hacemos descuentos.

Entre tanto, la Policía Secreta enviada conspicuamente desde Roma para vigilar a los revolucionarios tenía que hacer milagros para no colisionar con las escoltas de los príncipes de Prusia y Suecia, mientras a su alrededor fluctuaban las abigarradas mareas de turistas de la agencia Cook y todo el alboroto propio de las gentes del lugar, que se abrían paso cargando cestas rebosantes de verduras y pescados sobre sus cabezas, y hablando a gritos en su bronco dialecto caprese. Allá, en la piazzetta del Orloggio —la placita del Reloj—, la clientela de los cafés elegantes, vestida a la última moda de París, podía ponerse en pie y aplaudir al semental que subía a cubrir a las vacas de la colina tiberiana. El spumante lo reservaban para celebrar a las esculturales bañistas francesas que regresaban con sus maillots muy pegados al cuerpo tras zambullirse en las aguas de la Gruta Azul.

Inmune a las convulsiones de la Gran Guerra, preservada como un oasis donde no había ningún Palacio de Invierno que tomar al asalto, Capri constituía a comienzos del siglo XX un microcosmos perfecto de la Europa de su tiempo, incluidos sus más señalados demonios. Junto con las bañistas francesas, los aristócratas ingleses, los expatriados rusos y los tuberculosos austrohúngaros, no tardaron en aparecer, todavía en su fase larvaria, los fascistas de Mussolini. Su emergencia fue algo así como la versión siniestra del célebre balletParade, gestado durante ese viaje trascendental para las artes que trajo aquí a tres gigantes de la talla de Massine, Cocteau y Picasso. Con ellos llegaba la vanguardia, la creatividad salvaje, la extravagancia absoluta. Nada cambió. La naturaleza de la isla seguía imponiéndose a todo y a todos, preservando su magia particular con el sello de lo infinito.

Esta no es más que una manera poética de contar cómo en el Capri de 1920 el siglo nuevo ya era muy viejo, pues, sucediera lo que sucediese, allá nadie se asombraba de nada. Los paisanos, felices con la prosperidad que emanaba de los visitantes, hacían su vida, poco curiosos en algunos asuntos —en otros, implacables—, mientras que la colonia extranjera perseveraba en esa mezcla de «dignidad romana e indulgencia griega» que definía su atmósfera desde los tiempos del poeta Estacio. Todos los que llegaban a la isla de las Sirenas sedientos de placer, libertad y nuevas experiencias, no hacían sino aportar su propia biografía al engrandecimiento del mito.

La llegada de Kenneth Conway no tuvo nada de romántica, menos aún de mitológica. Tras desembarcar en la Marina Grande, una mañana de mayo de 1920, apareció en la piazzetta del Orloggio a lomos de uno de esos burritos —los ciucci—, que desde tiempo inmemorial han acarreado cargas y pasajeros desde el puerto a la parte alta de la isla. La estampa resultaba un tanto chocante, pues, a causa de su altura, los zapatos del escocés casi rozaban el suelo. Cuando intentó desmontar, el burrito comenzó a girar sobre sí mismo impidiéndole hacer pie. Caravaggio, que así se llamaba el ciucci, acabó derribando a Conway sobre una de las mesas del café Vittoria. Por suerte, cayó sentado. Desde la mesa contigua, un par de residentes alzaron sus copas en su honor. Un brindis por su heroica manera de mantener el equilibrio. El escocés esbozó una sonrisa esquinada y se pinzó el ala de su polvoriento sombrero. Su figura, que hubiera parecido estrafalaria en cualquier otro paraje, resultaba de lo más discreta en aquel escenario. Chambergo de corte colonial, un largo gabán del mismo color antracita, y un sorprendente cabello rojizo que destacaba la palidez de su rostro y sus penetrantes ojos verdes. Su mirada, sin embargo, resultaba un tanto oblicua, como si fuera la de un estudiante distraído o un miope. Pese a que frisaba la cuarentena, Kenneth Conway transmitía la sensación de ser uno de esos adolescentes que parecen estar siempre desplazados. Entonces, estaba claro, Capri era su lugar natural en el mundo.

Tan pronto como acomodó sus maletas, sacó de su gabán un cuaderno de tapas flexibles y comenzó a escribir, sin levantar la cabeza, salvo cuando el camarero vino a cantarle el menú del día.

—Tre piatti, vino a volontá, prezzo cincue lire.

¿No sabía que aquel caciocavallo era el mejor queso de Italia? Conway volvió a sonreír mientras mordisqueaba una porción. Enseguida, ya tenía delante una botella de vino amarillo de Trágara —sulfuroso como la resina— y una ración de pulpos en miniatura, de un púrpura tan virulento que parecían cocidos en la misma tinta empleada para redactar la carta. Frente a él se alzaba la hermosa iglesia barroca de Santo Sefano, y, entre dos calles, se le ofrecía una vista espectacular del escenario que se extiende entre el cono volcánico del Vesubio y la isla vecina, Ischia, con la ciudad de Nápoles extendida a sus pies como un gran lagarto verde tendido al sol.

Aunque Conway tenía bastante con eso, mientras comía le resultaba imposible no oír el coloquio de los dos caballeros que habían brindado por él, en la mesa contigua. La voz del que llevaba la conversación no era ciertamente alta, pero resultaba incisiva cuando recitaba un texto literario. Aquel personaje de melena y mostacho becquerianos, rostro altivo y expresión de condottiero, era nada menos que Ezra Pound1, el nuevo príncipe de la colonia de poetas trasterrados y residentes en Capri. Conway no lo reconoció. Aún faltaba mucho para que el gran excéntrico de la Generación Perdida se convirtiera en una celebridad mundial. Erudito, disidente y provocador, enamorado de la poesía oriental y del opio negro que se destilaba en el círculo del barón Fersen —de quien hablaremos enseguida—, Pound contaba sus libros por escándalos. Le bastaban dos tragos deCorvo —su vino favorito— para ponerse a declamar cualquier obscenidad capaz de sofocar a los empatillados puritanos y a las encorsetadas damas que compartían la terraza del Vittoria. Pero aquella vez solo intentaba recordar un poema de Robert Browning, La amante perdida, que comienza así: «Entonces, si todo ha terminado, qué amarga suena la verdad». El pasaje que le interesaba llega bastantes versos después: «¿Nos encontraremos mañana, como siempre, amada mía…?».

—«¿…Y podré coger tu mano entre las mías?» —exclamó Pound buscando la complicidad de su acompañante.

Este, un tipo de aspecto meridional, calvo y atezado, cuyo rostro rebosaba sentimientos irreverentes, se limitó a chasquear su lengua. Pound continuó recitando, pero no podía recordar el último verso.

—«Diré lo que dicen aquellos que son simplemente amigos…».

Al llegar a ese punto se quedaba en suspenso y volvía a comenzar. Lo intentó varias veces, luchando en vano con su memoria. Conway aguardó a terminar su espresso, pagó la cuenta, recogió sus maletas y, cuando ya se iba, se volvió hacia él.

—El último verso dice: «¿O tal vez retendré tu mano en la mía un instante más, solo un instante más?».

Pound abrió la boca levemente, y la volvió a cerrar; su acompañante acarició la gardenia blanca que llevaba en el ojal, como un brujo poseedor de un hechizo. El escocés se alejaba hacia el hotel San Felice, al otro lado de la plaza y, enseguida, se interpuso entre ellos el cortejo fúnebre que descendía por las escalinatas de la iglesia de Santo Stefano con la banda por delante, discordante y atronadora, destrozando el Requiem de Verdi, y un caballo negro empenachado y sin montura cerrando la comitiva.

El difunto era Alessandro de Caltagirone, aquel aventurero visionario que había formado parte de la Misión Arqueológica Italia, el mismo que regresó asegurando que la momia de Nefertiti se hallaba en Capri, sin que jamás pudiera demostrarlo. ¿Tenía su muerte alguna relación con ese misterio? Diez años atrás, Conway había coincidido con Caltagirone en Egipto, pero entonces no podía imaginar que estaba viendo pasar su cadáver. Tampoco sabía que su anfitrión, aquel que le había invitado a la isla, fue uno de los mecenas de aquella expedición. Y menos aún que Ezra Pound también formaría parte del enigma. Cuatro de los protagonistas vivos y muertos de esta historia se conocieron así, sin reconocerse, mientras se cruzaban bajo la sombra del reloj de la piazza Umberto I. El barón Fersen al frente de la comitiva fúnebre de Caltagirone, Conway empujando ya la giratoria de su hotel, y Pound apurando un trago de vino, diciéndose, tal vez, que aquel episodio podía ser el comienzo de una extraña novela. Sobre todo por lo que sucedió después.

1 Tal como lo retrató Alvin Langdon Coburn, en 1920, cuando contaba 35 años.

2

En lo alto de un espolón rocoso azotado por todos los vientos, en la cumbre oriental de Capri, aparecen dos residencias cargadas de historia. Villa Jovis, el formidable palacio erigido por el emperador Tiberio, en el siglo I de nuestra era, constituye la metáfora perfecta de un autócrata asediado por todos sus fantasmas, a quien Plinio el Viejo llamó «el más triste de los hombres». De todo lo que fue su última morada no queda más que un laberinto de ruinas circundadas por un ambulatio donde el egregio ermitaño paseaba solo para reflexionar sobre los asuntos de Estado, la vida y la muerte, protegido por muros inexpugnables y rodeado por uno de los panoramas más bellos del mundo. Pero, posiblemente la belleza no fuera un consuelo suficiente para quienes eran conducidos hasta la escarpa que cae a pico a unos trescientos metros sobre el mar, conocida como el Salto de Tiberio, donde, según Suetonio, aquellos que le habían traicionado, desagradado, o halagado en exceso, eran arrojados a la muerte sin más dilación que un simple ademán esbozado por el emperador.

Jacques d’Adelsward Fersen —más conocido como el barón Fersen—, hubiera sido sin duda uno de ellos de haber coincidido en su tiempo. Llegó a Capri desde Paris, en 1904, donde había padecido una pena de seis meses de prisión por atentar contra la moral pública. Tras declararse admirador incondicional del césar, compró un terreno bajo las ruinas de Villa Jovis y se aplicó a edificar una residencia no menos fastuosa, a la que llamó Villa Lysis, en honor a un muchacho a quien Sócrates interrogó sobre la naturaleza de las pasiones humanas. Un frontispicio alzado sobre cuatro columnas dóricas sostiene una inscripción —Dolori et Amori Sacrum—, que se traduce como «Consagrada al amor y al dolor». Toda una declaración de intenciones por parte de su propietario, quien no tardó en hacer de Villa Lysis el santuario de todos los excesos.

Recorrer Villa Lysis supone adentrarse en una utopía estética donde los elementos clásicos, como la exedra del vestíbulo, se alternan con propuestas vanguardistas que recuerdan la sezession vienesa o el más puro art nouveau. Bajo su planta noble y al borde de un precipicio frente al mar se abre un recinto inquietante, una cueva de techo bajo semejante a un ninfeo romano conocida como La Grotelle. Fersen escenificaba en ella sus inenarrables bacanales, siempre veladas por las exhalaciones del opio y blanqueadas por ríos de cocaína y champaña, hacia los que convergía puntualmente lo más selecto del Capri intelectual y artístico.

No obstante, la joya de la corona de Villa Lysis era su salón egipcio. Una estancia penumbrosa como el corazón de una pirámide, presidida por una estatua de basalto del dios Horus. Frente al amplio ventanal que recibía el pleno impacto de las espectaculares tormentas de Capri, le acompañaba una cabeza mutilada de Akenatón. A un lado, Osiris, juez de las almas. Junto a él, Anubis, el guardián de la tumba. Y entre ambos Isis y Neftis, señoras de la noche, la muerte y la resurrección.

Este era el lugar donde el barón Fersen había citado a (Kenneth) Conway, a las doce del mediodía de aquel quince de mayo de 1920 pues, digámoslo de una vez, el escocés pasaba por ser toda una autoridad en la ciencia de los faraones desde que participó en las primeras prospecciones del alemán Ludwig Borchard en Amarna. Cuando Fersen le envió un cablegrama invitándole a autentificar su colección egipcia a cambio de una suma disparatada no se lo pensó. El barón, su leyenda y su patrimonio le traían sin cuidado, pero necesitaba fondos para regresar a sus excavaciones.

Durante el desayuno en el San Felice solo cometió un error: confesar el objeto de su viaje al maître, que ejercía, además, como empresario de pompas fúnebres en su despacho de la vía del Babbuino. Al oírle, el atildado signore Cornacchia dio un paso atrás de una manera tan espasmódica que estuvo a punto de salpicarle con la cafetera.

—Grande jettatore!2 —exclamó abriendo mucho los ojos y desviando una mirada a su espalda, para añadir en un susurro—. Tenga cuidado, el barón Fersen ya ha echado el mal de ojo a unos cuantos… Es un jettatore, no le quepa duda, y su palacio oculta una caverna donde está enterrado el Tesoro di Timberio.

Los lugareños de Capri llamaban así «Timberio» al emperador Tiberio, y todo aquello de cierto valor que se encontraba bajo su suelo, fuera una moneda, un busto romano, o un maleficio, pertenecía al legendario tesoro que se llevó a su destierro. Conway esperó a encender su primer pitillo antes de preguntar.

—¿…Y usted, conoce Villa Lysis?

—Dios me guarde… Una noche, cuando la estaban levantando, vi con estos ojos que se han de comer los gusanos un monje siniestro asomado a uno de sus parapetos. Una comitiva de marineros subía lentamente las escaleras a la luz de las antorchas. El monje era el condenado espíritu de Timberio, el mismo que crucificó a Jesucristo. Desde entonces vaga como un alma en pena por sus dominios, con su cara leprosa y sus ojos de fuego…

—Por favor, no me diga que el barón Fersen tiene firmado un pacto con el diablo —ironizó Conway.

—…Y con toda su corte satánica, señor. No tiene más que preguntar por las orgías que celebra en su fumatorio —insistió Cornacchia, bajando su voz hasta rozar su oído con sus labios—. Ese degenerado organiza verdaderas misas negras en las que invoca a «Timberio» para que le revele sus últimos secretos.

—¿El lugar donde ocultó su tesoro?

—…Y mucho más, signore. Yo que usted me cogía el vapor que sale dentro de un rato para Nápoles. Eso es lo que tenía que haber hecho el último arqueólogo que paró aquí, el loco de Caltagirone. ¿Vio ayer el entierro? Si lo vio, era un aviso.

En un instante Conway unió todos los cabos, pero contuvo su desconcierto.

—¿Se sabe de qué murió?

—Ya se lo puede imaginar… De cualquier cosa menos de muerte natural. El año pasado Caltagirone regresó de Egipto con un montón de papiros que Fersen y él estuvieron desentrañando en Villa Lysis, justo debajo de la esfinge.

—¿La esfinge? ¿Qué esfinge?

—… La que encontraron durante los trabajos de cimentación de la villa. Una cosa espantosa del tamaño de un caballo con garras de león, aunque tenía la misma cabeza que nuestra santa Madonna Egiziaca —añadió el maître, tras hacer una pausa para santiguarse—. Pero allá donde la encontraron apareció también una gran serpiente negra, la guardiana del Tesoro di Timberio. ¡Váyase, váyase antes de que sea demasiado tarde!

Cornacchia no tuvo tiempo de decir más. Un flamante Delahaye blanco descapotable barrió la grava de la explanda frente al comedor del San Felice, y de él se apeó un personaje singular. Se trataba del caballero que acompañaba a Ezra Pound el día anterior, en el caféVittoria. Un italiano de edad incierta, con la cara marcada por la viruela y ojos profundos que ardían como brasas bajo sus tupidas cejas. Llevaba el mismo traje claro con una gardenia en el ojal y, aunque cojeaba ostensiblemente —Conway se fijó en sus zapatos ortopédicos—, apenas se apoyaba en su bastón. Al advertirle, se quitó el panamá y su rostro se convirtió en una maraña de pliegues que convergían hacia dos labios contraídos en una suave sonrisa.

—… Peccato! —exclamó, dándose una palmada en la frente, como si se reprochase no haber caído en la cuenta— …O sea que el profesor escocés era usted —y mientras le tendía la mano, añadió—. Debí suponerlo. Al fin y al cabo, estábamos esperándole. Pero claro…

—… No se imaginaba que aparecería a lomos de un burro, ¿no es así?

Los dos volvieron a sonreír, sobraban las explicaciones. Al incorporarse la cabeza de Conway se alzó dos palmos por encima de la del italiano, que se quedó mirándole con una extraña luz en sus ojos hundidos.

—¿Sabe lo que dijo mi amigo cuando usted se fue? «Me alegro de haber olvidado aquel verso de Browning». Sabía que tarde o temprano nos encontraríamos.

—Pero, entonces… —Se inquietó el escocés, que no acababa de dominar la situación.

—Permítame que me presente. Me llamo Baldassare Messori, soy doctor en Medicina, aunque ejerzo como secretario personal del barón Fersen, que ya está esperándonos. Pound, el gran poeta americano, también forma parte de nuestro círculo.

—Ah, o sea que también hay un círculo.

—Bueno, ya lo irá conociendo. Pero ahora, si tiene la amabilidad de acompañarme…

El Delahaye abordó con un potente rugido las empinadas rampas que suben hasta la punta nororiental de Capri. Con una mirada casi distraída Conway examinó el interior del coche. Desde el revestimiento interior en caoba hasta el tapizado, todo en él denotaba que su dueño era un hombre rico. ¿De dónde procedía el patrimonio del barón Fersen? Sin ningún fundamento, encontró extraño que no hubiera nada que acreditara la fuente de tanta opulencia.

—¿Ve esa roca? —exclamó Messori señalando un promontorio a un lado de la carretera, por la parte de la isla que mira a Positano—. En tiempos del emperador Tiberio allí había un templo dedicado a Isis.

El escocés no disimuló su sorpresa.

—¿Un templo dedicado a Isis, en Capri? ¿Qué fue de él?

—Ya se lo puede imaginar: lo destruyeron con la misma furia con que intentaron arrasar su memoria. Ahora la llaman la Roca de la Sirena. Porque según la leyenda, fue aquí donde murió Leucosia, una de las sirenas que intentaron seducir a Ulises. Pero la sirena de verdad era la diosa Isis, la gran maga de los egipcios.

—Me lo creo. Tiberio era un gran supersticioso, vivía rodeado de astrólogos.

—Exactamente…

—A veces me pregunto cómo pudo vivir en un paraje tan maravilloso y ser tan cruel. ¿Cómo podía ser tan negra su alma, incluso bajo esta luz y este cielo?

—Bah, todo eso son infundios. —Prosiguió Messori sin retirar la mirada de la carretera—. Yo también he leído esas crónicas que lo describen como un psicópata que arrojaba a sus víctimas desde el Salto, mientras estrangulaba a los efebos que le servían en la Gruta Azul. Me parece ridículo. Como el cuento del pescador al que le destrozó la cara restregándosela con las pinzas de una langosta solo porque no había sido lo suficientemente complaciente.

—¿Qué le hace pensar que no fue así?

—Adoraba a Isis, ya se lo he dicho, pero para mí eso iba más allá de una superstición. Los antiguos egipcios eran un pueblo puro, probablemente la civilización más compleja y sofisticada que ha pasado por este planeta. Una persona que se identifica con ellos no puede ser un bárbaro ni un carnicero.

—¿Lo dice también por el barón Fersen?

Messori lanzó al escocés una mirada relampagueante.

—Me ha leído el pensamiento, amigo mío. Le aconsejo que use mucha diplomacia con él. Se traga los cumplidos como un caballo el azúcar. Un día yo le llamé «rey sin corona», y al día siguiente me envió una caja de caviar. Pero enseguida va a tener la oportunidad de juzgar por sí mismo. Ya estamos llegando.

2 «¡Gran brujo!».

3

El ruinoso faro que coronaba la mansión de Tiberio fue emergiendo gradualmente sobre los macizos de retama que cerraban la carretera, y, sobre la última curva, entre huertos y viñedos, se abrió la desviación que conducía a Villa Lysis. Veredas que se entrelazaban unas con otras, algunas pavimentadas con ladrillos color rosa viejo, marcaban el sendero, como en el sueño de un niño, hacia la oscura puerta de entrada de la casa. La esfinge estaba allá. Una mole de granito rojo alzada sobre un pedestal, en un extremo del jardín, mirando al mar. Verdaderamente, se trataba de un buen lugar para rendir culto a los dioses del Nilo, retirado, inviolable: un refugio dentro de otro refugio, y todo ello dentro de una isla.

Messori aparcó su Delahaye frente a la exedra e invitó a Conway a precederle. El escocés se detuvo para leer la inscripción que presidía su imposta.

—Consagrada al amor y al dolor —repitió para sí.

—… Pero sobre todo a mis amigos. Bienvenido a Capri, míster Conway, estaba deseando conocerle.

Fue así como apareció el barón Fersen en lo alto de la balaustrada. Un tipo nórdico muy bronceado, vestido de una manera informal, con una camisa blanca, abierta, pantalones de algodón y un par de alpargatas. Avanzó hacia su invitado con paso decidido y, nada más tenerlo frente a él, estrechó su mano efusivamente. Ezra Pound utilizó una vez, en elogio de este personaje, la palabra «inhumano». Sí, Fersen tenía algo en común con la esfinge que presidía su jardín. Una cierta cualidad animal no desprovista de astucia y, en última instancia, inaccesible. Su propio cuerpo resultaba paradójico. Pequeño y compacto, pero cargado de una vitalidad que parecía agrandarlo, fulminaba a quien tuviera delante con el fuego azul de sus ojos. Constituían la clave de su magnetismo y él lo sabía, pero no podían salvar ese rostro herido, magullado por sus pasiones, como si tuviera una espina de hielo clavada en el corazón. Enseguida, cogió al visitante del brazo para conducirle hasta la esfinge.

—Me pregunto si podrá leer esta inscripción tan fácilmente como la otra. No es que le esté poniendo a prueba, solo es mi carácter…

Conway deslizó sus dedos sobre los jeroglíficos. Su respuesta no se hizo esperar.

—«Guardo el tránsito de la gran esposa real, Señora de las Dos Tierras, en su viaje a la Casa de Millones de Años». —Y tras descifrar la primera tirada como si leyera el periódico del día, el escocés concluyó en tono desapasionado—. La esfinge habla de de la reina Sat-Ra, esposa de Ramsés I, la que caminaba entre leopardos.

Fersen se quedó estupefacto. Caltagirone había necesitado un día entero para descifrar la leyenda.

—C’est incroyable! —exclamó—. Había oído contar maravillas de usted, pero esto… Esto supera todas mis expectativas.

Aún no había acabado de decirlo y ya se lo estaba llevando hacia el interior de su mansión con su paso enérgico, remontando de dos en dos los peldaños de la escalera que subía del jardín al gran salón. La fastuosa estancia merecía ser contemplada con detenimiento. Fersen no se detuvo en esta ni en ninguna de las que fue atravesando, a cada cual más delirante, como arrastrado por la envolvente melodía que resonaba por toda la casa —¿algo de Cole Porter?—, hasta que llegaron a la vasta sala oval que albergaba su colección egipcia. El silencio regresó en cuanto Fersen cerró la puerta. Un silencio de sacralidad que parecía dimanar de los objetos reunidos en aquel espacio. La imponente estatua del dios Horus guardaba el lugar en torno a la cual se ordenaban centenares de piezas expuestas en vitrinas. Conway fue derecho hacia la peana que sostenía la efigie mutilada de Akenatón. Tomó la cabeza entre sus manos y la giró para observar su parte posterior.

—Justo lo que esperaba —dijo, con un entusiasmo que no había mostrado hasta entonces—. Aquí está, Nefertiti velando el sueño del faraón. ¡Qué maravilla!

—Veo que esta pareja le interesa tanto como a mí —articuló Fersen sin dejar de mirarle.

—Sí, me interesa mucho.

—¿Puedo preguntarle por qué?

—Ni yo mismo lo sé —repuso Conway mientras depositaba la cabeza sobre su cuña—. Pero a quienes me lo preguntan, siempre les digo que es un secreto.

—Me gustan los hombres que tienen secretos.

—Y a mí los que saben preservarlos.

Fersen dejó escapar una sonrisa tensa y se acomodó en una de las butacas.

—Pues mire, le voy a revelar uno de los míos. Siéntese, por favor…

Mientras el escocés ocupaba la butaca contigua su anfitrión oprimió un timbre y siguió hablando.

—Antes, cuando le he mostrado la esfinge del jardín usted ha dado por hecho que la trajo aquí la Misión Italia, y yo no le he corregido. —Conway guardó silencio, ya lo sabía: el maître del San Felice le había contado la historia. Solo quería ponerle a prueba—. De acuerdo, esa es la versión oficial —prosiguió el barón—. La real es otra: la esfinge no la trajo de Egipto mi amigo Caltagirone, a quien usted sin duda conoció…

—Ayer vi pasar su féretro saliendo de la iglesia de Santo Stefano —repuso el escocés lacónicamente—. No podía imaginar que…

—Lo entiendo… Fue un desgraciado accidente —se lamentó Fersen, aunque sin ninguna intención de dar más explicaciones—. Pero la esfinge no la trajo él. Ni la esfinge, ni el Horus de basalto, ni tampoco la cabeza de Akenatón. El pobre solo pudo sacar de allá una maleta llena de papiros, y nada más.

—¿Entonces?

—Estas tres piezas aparecieron aquí, sí, aquí mismo, mientras procedíamos a la cimentación de Villa Lysis. ¿De dónde vinieron? Justo de donde está pensando. Villa Jovis, la residencia del emperador Tiberio, queda en la vertical de la mía. Fue a él a quien pertenecieron todos estos tesoros. Cuento con usted para que me ayude a encontrar el más valioso.

—¿A qué se refiere?

Fersen ya iba a responder cuando se abrió una puerta en el otro extremo de la sala y apareció un sirviente empujando un carrito de bebidas.

—¿Le apetece un Fernet-Branca?

—Preferiría un malta con mucho hielo.

—¡Un escocés que bebe whisky con hielo! Pero eso, ¿no es una aberración entre las gentes de las Highlands?

—Puede que lo sea. Yo también soy un hereje.

«Me gusta este hombre», se dijo Fersen para sí, mientras paladeaba el primer trago. Una vez que se retiró el sirviente, volvió a hundir su fría mirada en los ojos de Conway con una pregunta desconcertante.

—¿Qué es para usted el universo?

El escocés agitó su whisky antes de responder.

—Un enigma.

—¿Pero qué forma tiene para usted?

—La forma de la inmensidad. Una inmensidad resonante.

—Perfecto, así es como lo describe ese científico judío que dice dialogar con las galaxias. ¿Cómo se llama…? Ah, sí, Albert Einstein.

—Perdone que le interrumpa, pero, ¿el universo tiene alguna relación con lo que estamos hablando?

—Bien sûr, mon ami… Usted sabe mejor que yo que la civilización egipcia se construyó a imagen y semejanza del cielo. Su eje geográfico, el Nilo, estaba regulado por el curso paralelo de la Vía Láctea, y también por las tres estrellas del cinturón de Orión que se alinean con las pirámides de Gizah. Lo dice el gran Flinders Petrie3. ¿Conoce sus teorías? —Un cabeceo displicente por parte de escocés le animó a continuar—. Según parece, Egipto fue un templo del universo regido por un complejo orden cósmico sobre el que acompasaron toda su estructura social, política y religiosa. Cuando la casta sacerdotal de Tebas pervirtió ese equilibrio comenzó la decadencia. Entonces apareció Akenatón. Su revolución no buscaba otra cosa que restaurar aquel orden ideal. Puso por encima de los tres mil dioses tebanos al principio divino por antonomasia, Atón, y señaló su bendición dibujando un rayo4 tan recto como una flecha dirigida al corazón de los hombres. ¿No le parece algo extraodinario? La recta no existe en la naturaleza, es un invento del hombre superior, la expresión de la soberanía de su espíritu y de la determinación de su voluntad. La misma que nos ha reunido a usted y a mí, aquí y ahora.

—No le entiendo…

Había algo en los ojos de Fersen que no parecía de este mundo. Su interlocutor pudo comprobarlo cuando volvió a mirarle mientras decía, marcando cada palabra, como si las estuviera escribiendo en el aire.

—Quiero entrar en contacto con él, directamente, y sé que está aquí. Muy cerca de nosotros.

Esta vez Conway no sonrió.

—¿Se refiere a Akenatón?

—Exactamente, amigo mío… Sé lo que está pensando, y puedo entenderlo. Pero no, no soy un demente alucinado. Los papiros de Caltagirone son concluyentes.

—¿Puedo preguntarle qué es lo que cuentan?

—Uno de ellos describe el viaje de Nefertiti hacia el lejano Occidente. Sí, sí, ya sé que entre los egipcios Occidente era el país de los muertos. Pero en este caso no se trata de un viaje metafórico. Se refiere a un desplazamiento físico de la momia de la reina Sol, y seguramente también de la de Akenatón, pues eran inseparables. ¿Hacia dónde? El papiro de Caltagirone nos ofrece una pista: una imagen de Amón con dos cuernos de carnero. La misma que verá en la base de este escarabeo —concluyó, indicándole un escarabajo de diorita que presidía la mesa—. Échele un vistazo…

—Bueno, este dios puede ser tanto Amón como Khnum, el guardián de las fuentes del Nilo —articuló el escocés, y, después de girarlo, añadió—. También lo representaban con cuerpo humamo y cabeza de carnero…

—Me valen los dos —le cortó el barón—, porque los dos remiten al misterio de Capri. La cabra que sale del mar es el emblema de nuestra isla. Hay quien sostiene que la bautizaron así en honor al empezuñado dios Pan, otros apelan a la constelación de Capricornio, y aun al mismo emperador Tiberio, cuya lujuria le hacía semejante a un macho cabrío en celo. Para mí Capri, Tiberio y Amón, o Khnum si lo prefiere, son la misma cosa. Los sucesores del faraón místico eligieron un destino para preservar su memoria al otro lado del mar de los Muertos, y ese lugar fue la isla del Carnero.

Conway le escuchó mientras ordenaba sus ideas.

—Discúlpeme, señor Fersen, pero no me parece una evidencia muy sólida —exclamó, manifestando sus dudas antes de añadir—. Aunque, a decir verdad, esta unión de Khnum y Jepri, el escarabajo, resulta inquietante. Khnum no solo era el guardián de las aguas, también manejaba un torno de alfarero con el que moldeó al primer hombre. Si aparece junto a Jepri nos está hablando de un ritual de resurrección.

—¡De eso se trata! ¡La resurrección de Akenatón, aquí, en Capri!

—¿Por qué en Capri? —volvió a objetar el escocés, inmune a su entusiasmo—. Este escarabeo con la imagen de Khnum viene de Egipto.

—Pero nos trae un mensaje. Al igual que la esfinge y la imagen de Akenatón, ¡también lo encontramos entre las ruinas de Villa Jovis!

Conway encendió un cigarrillo para disimular su estupor. Aquello le parecía una locura, y sin embargo…

—Entonces, ¿quiere decirme que, según su teoría, el emperador Tiberio fue el último depositario de la momia de Akenatón?

—Estoy convencido de ello.

—…Y me ha traído aquí para que la encuentre, ¿no es eso? ¿Pero por qué? —continuó Conway—. Si está tan seguro, y usted mismo ya ha realizado sus prospecciones, ¿para qué me necesita?

—¿Sabe cuantas villas edificó Tiberio sobre la isla?

—¿Más de tres?

—Una docena, m’sieur. Y todas ellas fueron emplazadas sobre parajes sagrados. Una sobre la cueva de Matromania, donde se celebraba un ancestral culto a Mitra, otra cerca de Damecuta, consagrada a los ritos de la Magna Mater, y así sucesivamente. La isla oculta un inmenso laberinto subterráneo que conecta unas villas con otras.

—Entiendo: sería como buscar una aguja en un pajar.

—No tanto, porque todo está en los papiros de Caltagirone. Quedan tres por descifrar, los más importantes. Fue él mismo quien sugirió su nombre para ayudarle en esta tarea. Malhereusement, ya no está con nosotros. Eso acrecienta su responsabilidad. —Y tras apurar un trago, Fersen, aquel hombre que amaba la línea recta, pasó a proponerle directamente las condiciones de su contrato—. Estoy dispuesto a pagarle la suma que me pida, tendrá carte blanche para excavar allá donde considere oportuno, podrá alojarse en mi casa o en el hotel que elija. Yo correré con todos sus gastos.

Conway parecía vacilar. La historia que acababa de contarle le parecía absolutamente increíble. Fersen guardó silencio durante unos segundos mientras le contemplaba con el gesto del buen pastor que se dirige a una oveja descarriada.

—Dígame, Conway, ¿se considera usted un hombre con suerte?

—¿Suerte?

—Es una cualidad muy infravalorada en la vida. Yo creo que existe. Lo mismo que la inteligencia, o la clarividencia. Se tiene o no se tiene. Ya sabe lo que decían de Napoleón. Siempre que le recomendaban a un general, el astuto corso preguntaba: «Sí, pero…, ¿tiene suerte?».

El escocés comprendió que solo en ese momento comenzaba a conocer al verdadero Fersen. Desvió una mirada pensativa hacia el escarabeo que presidía la mesa.

—… No sé si tengo suerte, pero sí creo que quiero saber cómo termina esta historia.

Al oír aquello, su sonrisa dulzona volvió a florecer en los labios del barón, brillante como una rosa después de la tormenta.

—Perfecto, me basta con eso —exclamó, inclinándose hacia él y poniendo su mano sobre su brazo—. Si no quiere ser mi amigo, permítame que le invite a ser mi cómplice.

El escocés seguía pensando que se encontraba ante un loco, pero necesitaba su dinero. En unos meses regresaría a Egipto, donde tenía proyectos cien veces más consistentes y bastante más apasionantes. Tomada la decisión, alzó su vaso como si se dispusiera a sellar su pacto con un brindis cuando, de pronto, la puerta a la espalda de Fersen volvió a abrirse. El magnate se giró con un rictus de fastidio —¿quién se atrevía a perturbarle?—, que se dulcificó al instante.

—Ah, eres tú, Leticia…

Una mujer de unos treinta años, alta y esbelta, avanzaba hacia ellos con paso decidido. El vaporoso vestido que la cubría dejaba entrever un traje de baño del mismo color que su pelo, teñido de un azul casi metálico. Una belleza indolente con unos ojos tan negros y profundos como suspiros.

—O sea que era usted quien estaba escuchando a Cole Porter —exclamó Conway poniéndose en pie.

—Y usted quien viene a buscar el sarcófago de Akenatón…Vaya, pero si parece usted su vivo retrato.

La recién llegada tenía razón. Con su cuerpo alto y desgarbado, su cara larga y sus pómulos salientes, Kenneth Conway recordaba la silueta del faraón que revolucionó el Antiguo Egipto. Su réplica no resultó menos desconcertante.

—¿Sabía usted que las reinas de Egipto cubrían su cabeza con pelucas azules?

—No tenía ni idea, pero le aseguro que este es mi pelo natural —repuso la joven en un alarde de frivolidad—. Y el azul de las egipcias, ¿era por el Nilo o solo para seducir a sus faraones?

—No precisamente: pensaban que ese era el color del pelo de los dioses, aunque también se empleaba para la corona de guerra del faraón.

—Ah, qué interesante. ¿Me está diciendo que me ve perfecta para hacer la guerra o quizá más para que me adoren?

Conway no tuvo tiempo de responder. Fersen se le adelantó cogiendo la mano de la joven.

—Le presento a Leticia Cerio, la hija de un gran amigo mío que, además, resolverá todos los problemas que puedan ir surgiendo con las excavaciones.

—No esperes tanto de mi padre, Jacques —repuso ella con fingida indiferencia—. Aunque tú lo creas, te aseguro que él no es un dios.

—Es mucho más que eso —intervino entonces el doctor Messori, que acababa de entrar en la estancia—. Ignacio Cerio es el dueño de la isla, un déspota benévolo con ambiciones dinásticas.

Leticia y Fersen sonrieron con sorna mientras il Dottore se servía una copa. Se había cansado de esperar, y cuando sucedía eso podía soltar cualquier intemperancia.

—A propósito de dioses: mientras subíamos para aquí, he visto pasar el Bugatti de Malaparte. Parecía dirigirse a Villa Jovis.

—Es natural —convino Fersen—, los fascistas sueñan con restituir Italia a los tiempos del Imperio.

Leticia se sacudió la cabellera y dio unos pasos hacia el jardín.

—No me gusta lo que hacen, ni lo que piensan, y cada vez son más.

—No te preocupes, querida —objetó il Dottore—, nuestro amigo el poeta, Pound, ya saben, me asegura que son inofensivos.

El silencio se espesó con esas palabras. Nadie dijo nada hasta que Leticia se volvió desde el umbral, dirigiéndose al escocés.

—¿Ha visitado ya la Gruta Azul? —Y sin esperar a que respondiera, pasó a proponérselo sin ambages—. He reservado una mesa para cuatro en La Rondinella. Si se atreve a acompañarnos le desafío a descubrirla con la puesta de sol, a la hora de las sirenas.

—¿Cree que aparecerá alguna?

—Atrévase, y seguro que aparecerán. En la vida todo es atreverse.

Conway apuró su último trago y salió al jardín, pero Fersen se quedó dentro. Sus ojos brillaban cuando se hundió en su sillón y abrió una petaca de plata de la que extrajo un par de cigarrillos liados con hachís. Ofreció uno a su secretario y prendió los dos con su encendedor.

—Un acierto, Dottore

—Sí, todo un acierto.

3 W.M.Flinders Petrie (1853-1942). Fundador de la primera cátedra de Egiptología en el Reino Unido. Visitó Egipto en 1880 inspirado por el astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth, que buscaba en las dimensiones de la Gran Pirámide «una verdad divina desconocida relacionada con el número pi».

4 Atón se representa por medio de un círculo del que irradia un haz de rayos solares en cuyo extremo aparecen manos en forma de hojas —con los que se pretendía representar la calidez de la energía protectora del sol—, a veces rematadas con pequeñas cruces ankh, el símbolo de la vida eterna.

4

Tal vez por lo que había oído acerca de sus hábitos excéntricos, acaso por guardar las distancias, o quizá más por su propio carácter, Kenneth Conway no aceptó ninguna de las dos invitaciones de aquella noche: ni la de Leticia Cerio para visitar la Gruta Azul, ni la de Fersen para instalarse en su mansión. Il Dottore consiguió que le acondicionaran en la planta alta del San Felice un salotto un tanto decrépito pero bien aireado, amueblado con estanterías, sillas tapizadas, una gran mesa de olivo inglés y un polvoriento piano de cola olvidado por algún virtuoso. Fue allá donde comenzó a descifrar los papiros de Caltagirone en busca de alguna clave que le indicara por dónde comenzar las excavaciones. Los textos aludían, en efecto, al último viaje de Nefertiti pero, como era de esperar, resultaban tan vagos como imprecisos. El escriba tolemaico que los había transcrito, más de mil años después de la muerte del faraón apóstata, afectaba a la tradición egipcia: vivía fuera del tiempo5.

Conway sabía que su trabajo sería arduo, no se desesperaba. Permanecía en su salotto hasta última hora de la mañana, luego bajaba al comedor del San Felice, y tras el café emprendía un paseo de reconocimiento de la isla. Si el calor no apretaba demasiado trepaba por su espinazo hasta Anacapri. Cada vez que lo hacía se quedaba impresionado contemplando a las mujeres que remontaban los setecientos setenta y siete peldaños de la Escala Fenicia llevando sus cargas encima de la cabeza. Regresaba a lomos de un ciucci que se sabía de memoria el camino hasta los acantilados del Arco Natural. Le encantaba zambullirse en esas aguas profundas y transparentes donde no era raro cruzarse con una bandada de delfines. Si aún le quedaba tiempo, acababa su periplo visitando las ruinas de las villas tiberianas. Tarde o temprano acometería una excavación en cualquiera de ellas. No esperaba encontrar nada de todo aquello con lo que soñaba el barón Fersen. Pero acaso entre sus vestigios le estaba esperando el indicio definitivo, la clave oculta del enigma cifrado en los papiros de Caltagirone.

Uno de esos días, mientras nadaba, se vio sorprendido por un velero que solo desvió su proa cuando ya estaba a menos de veinte metros de su cabeza. Lo timoneaba una mujer: Leticia Cerio.

—Estoy cansada de navegar sola —exclamó, lanzándole un cabo—, pero me muero por darme un baño en los Faraglioni. Venga, suba a bordo. Esta vez no puede decirme que no.

Conway la contempló desde el agua. Se trataba de una mujer espléndida… y bien perseverante. Una de esas para las que una negativa se traduce en un estímulo. Le encantaba jugar, aunque él no acabara de ver claro exactamente a qué.

—¿Por qué ir tan lejos? El mar es el mismo aquí que allá…

—No, no es el mismo. Este es el refugio de las sirenas, pero en los farallones duermen los dioses.

—Muy poético pero no me convence.

—¿Le convenceré si le prometo que a medio camino visitaremos la cueva de Matromania? —insistió la joven elevando su mentón—. Aunque las mujeres no le interesemos en absoluto, allá encontrará un montón de pedruscos fascinantes.

Conway no pudo resistirse. Poco después el Albatros bordeaba los imponentes acantilados de la isla, una verdadera muralla de roca coronada por agujas tan altas como los arbotantes de una catedral.

—Todo esto tiene que tener un significado. ¿No lo siente? —sugirió Leticia—. Estos precipicios ocultan un misterio, una historia trágica congelada en el panorama. Si pudieran hablar, ¿sabe lo que dirían? Preguntaos por qué os fascina el vértigo.

—Buena respuesta, el viejo mito romántico de la fascinación por los abismos.

—Y usted, ¿también los tiene?

La segunda pregunta de Leticia desconcertó al escocés.

—¿Misterios o abismos?

Ella continuó bogando sin alterar el compás.

—Me da igual cualquiera de los dos. Adelante, cuénteme su historia.

—Lo siento, pero soy un tipo muy aburrido: un historiador sin historia.

—No me lo creo. Todos los que vienen a Capri tienen una historia, y por lo general es bastante turbia.

Conway no respondió a eso. Aunque su tono era evidentemente desenfadado, aquella mujer le confundía, y prefirió mantener su reserva.

—Mire, ahí está la gruta de Matromania —convino ella sin molestarse por su silencio—. Adelante, enfile el Albatros hacia esas rompientes y le regalaré un misterio más.

El escocés tomó la barra preguntándose por qué se la entregaba. Su inexperiencia al timón era absoluta, pero bueno, tampoco parecía muy difícil gobernarlo. Leticia se zambulló en el azul radiante. Lo hizo tan rápido que Conway pensó que lo había hecho sin quitarse el vestido. Al lanzar el ancla observó que estaba desnuda.

—¿No me acompaña hasta la gruta? ¡Hummm, el agua está deliciosa!

Su insinuación no podía ser más explícita pero Conway, un victoriano al fin y al cabo, apenas se atrevía a mirarla. Tendió la escalerilla y se limitó a trepar por la pendiente sin volver la vista atrás. Llegó enseguida a la cueva. Los romanos del tiempo de Augusto la habían transformado en un ninfeo donde celebraban los cultos de la Magna Mater. Una gran sala rectangular con ábsides que aún conservaban restos de estucos y mosaicos, conducía a un manantial que brotaba de la roca. De una manera extraña, le vino a la memoria el día en que penetró en la Gran Pirámide. Habían transcurrido cinco mil años, tiempos, culturas, civilizaciones, pero la pirámide permanecía allá, desafiando las edades, erigida hacia la luz. Con aquella cueva le estaba sucediendo algo semejante. De pronto, sintió que había penetrado en un espacio fuera del tiempo, un espacio que abolía el tiempo mismo. ¿Tenía verdaderamente cuarenta y tres años? No, en un instante había retrocedido treinta siglos, miles de años. Entonces sintió que algo le rozaba suavemente el cuello. ¿Las manos de Leticia?