El despertar de un eclipse - Iria Knight - E-Book

El despertar de un eclipse E-Book

Iria Knight

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Beschreibung

Las cosas en la manada de la Costa Este no suelen ser tan sencillas. Ahora, una poderosa amenaza se cierne sobre ella. ¿Merece la pena luchar contra tus sentimientos cuando en cualquier momento podrías perderlo todo?  Demian Wayne es un cazador, un hombre lobo intrépido y el mejor rastreador de la manada de Nueva York. Se deja llevar por su poder y le gusta. Solo tiene una debilidad: la lealtad ciega hacia su hermano, Dylan. O al menos así era hasta que apareció ella.    Desde que sus ojos se cruzaron con los de Adele, no ha sido capaz de pensar, sentir o desear a otra mujer que no fuera ella, pero debía contenerse para no poner en peligro la tan preciada felicidad que su hermano acababa de recuperar. Sin embargo, él no es una persona paciente y, dos años después, ha llegado al límite. Es hora de que su pequeña obsesión sepa a quién pertenece.   Adele Thompson pensó que su vida no podía ser más rara cuando descubrió que veía el futuro y que su mejor amiga era una mujer lobo Alfa. Lo que jamás pudo imaginar era que aquel hombre que le atraía, pero que siempre la había tratado con un deje de indiferencia, se postraría en la puerta de su casa con un claro objetivo: reclamarla. 

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Seitenzahl: 502

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El despertar de un eclipse

El despertar

de un eclipse

Iria Knight

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Iria Knight 2025

© Entre Libros Editorial LxL 2025

www.entrelibroseditorial.es

04240, Almería, (España)

Primera edición: junio 2025

Composición: Entre Libros Editorial

ISBN: 979-13-87621-21-6

Para mis lectoras cero: Lola, Steff, Raquel, Ana y Anabel.

Gracias por chillar conmigo en cada capítulo y cada consejo. Gracias también por cada tirón de orejas.

Estas historias no serían para nada lo mismo sin vosotras.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Epílogo

AGRADECIMIENTOS

Capítulo 1

Supo que había sido una mala idea ir a verla desde el primer instante en el que puso los pies en el mundo terrenal, pero si algo caracterizaba a Selene, era tomar malas decisiones cuando se trataba de ella. Quizá gastó el cupo de las buenas cuando decidió dejarla atrás siendo solo un bebé.

Pero allí estaba. No se habría perdonado si se perdía ese momento tan especial en la vida de su pequeña. El salón de actos estaba abarrotado, así que se sorprendió al encontrar un hueco justo detrás de las personas que ahora compartían su vida.

Ella estaba pletórica. Brillaba hermosa en el escenario mientras recogía su diploma de graduada. Delante, su familia, la que la había criado y la que la había encontrado, la vitoreaba. Estaba muy feliz de que todo el amor que ella no podía darles estuviera recibiéndolo por parte de otros. Se anotó mandarle algún regalo a Tique, la diosa de la Fortuna, por haberla bendecido con una tan buena, porque nada la llenaba de gozo como verla siendo respetada y valorada. Observaba cómo sus amigos corrían a su abrazo. No pudo evitar fijarse en todos los lazos que se entrelazaban de unos a otros, uniéndolos.

No era común que las parejas destinadas, aquellas almas que la magia se había encargado de unir a través de un vínculo sagrado, pudieran encontrarse. Sin embargo, la manada de la Costa Este había sido bendecida y recogía un alto número de ellas, entre las que se encontraba su pequeña, quien también estaba enlazada a un poderoso lobo. Su hilo rojo era el más brillante de la sala, y con toda probabilidad no había visto uno igual a lo largo de su existencia, por lo que le resultaba imposible que, a pesar de poder ver los lazos de apareamiento entre los licántropos con facilidad, el de ella destacase por encima de los del resto.

Sabía que debía regresar, que cada minuto que pasaba era un error, pero no podía evitarlo. Rodeada del amor que se profesaban sus hijos licántropos, se quedó allí, empapándose de ese sentimiento positivo. Incluso se fijó en el matrimonio que estaba delante de ella. La conexión y complicidad de Rachel y Benjamin O’Brien la enterneció. Era consciente de lo que habían pasado y sufrido, por eso, sabiendo mejor que nadie el dolor que se sentía al estar separado de aquella parte amada de uno mismo como podía ser tu propio hijo, no tenía dudas de que esa era la razón por la que les había concedido aquel regalo que la joven pareja mantenía oculto, de momento, para no robarle el protagonismo a su Adele en undíatan especial.

—Mi pequeña es muy afortunada de tener a personas que la quieren así. —Sonrió para sus adentros ante las expresiones de sorpresa de ellos dos—. No os preocupéis, no le diré nada a Adele sobre el nuevo integrante de la familia —les susurró sin poder evitarlo. Conmovida por su afecto incondicional, decidió volver a bendecirlos con un poco de información—: Tengo tantas ganas de que la conozcáis... Es un poco rebelde, y un espíritu libre, pero teniendo unos padres como vosotros, no esperaría otra cosa. Siento mucho todo lo que habéis pasado hasta este momento, pero Sarah y yo misma, en persona, nos hemos encargado de cuidar de su alma para que pudiera reunirse con vosotros. —Besó la frente de Rachel con un gesto maternal, como la propia Sarah habría hecho.

Y es que así había sido: desde que ellos mismos le habían entregado el alma de su bebé nonato hacía unaño en una íntima ceremonia de despedida, le encargó el cuidado de aquel ser tan puro a su propia abuela, Sarah O’Brien, quien había aceptado ese mandato de buen agrado y se había asegurado de que no le faltara nada. Además, apenada porque le habían arrebatado la oportunidad de vivir a una criatura inocente y siendo la diosa de la Luna, deidad de la Fertilidad, había decidido interferir. Enlazó la vida del bebé a sus padres para que en el siguiente embarazo pudieran reencontrarse. Y no sintiéndose satisfecha, como responsable de vincular a cada licántropo con el espíritu lobo que lo acompañaría cuando cumpliese doce años y pudiera transformarse, eligió a uno de sus espíritus lobo más nobles para que fuese la guía de esa hermosa niña. Se sentía complacida por poner su granito de arena en curar el daño que un ser sin escrúpulos había provocado. Más allá de que fuesen personas importantes para su pequeña, sin duda alguna ellos merecían tener su final feliz.

—¡Tía Luna! ¡No puedo creer que estés aquí!

Recibió a Adele entre sus brazos. Habría preferido que no la viera, pues cada vez era más doloroso para ella el vacío que se instalaba en su corazón a la hora de dejarla marchar, pero, ya que había ocurrido, no pensaba perder la oportunidad de disfrutar del fuerte abrazo que recibía.

—No puedo quedarme mucho tiempo —se recordó a sí misma más que a Adele—, pero no podía perdérmelo por nada del mundo. Estoy muy orgullosa de ti, hija mía, por todo lo que has logrado, tanto en lo profesional como en lo personal. —Repitió el gesto que momentos antes había hecho con Rachel: besó la frente de su pequeña Adele. Si de lejos le había parecido que estaba preciosa, ahora creía que estaba exultante. El brillo de la más pura felicidad que tenían sus preciosos iris de un azul casi gris realzaba su belleza natural.

—¡Ven, tienes que salir en la foto! ¡Por favor! —le pidió Adele.

—No puedo, tengo que irme ya. No debería estar aquí —le respondió, rompiéndole el corazón al ser ella quien tuviera, una ocasiónmás, que empañarsu alegría.

—¡¿Qué?! ¿No puedes quedarte un poco más?

—No, mi pequeña, pero yo siempre cuido de ti. Anda, ve con tus amigos y reúnete con tus padres y celebrad muy fuerte por mí también —la animó, notando cómo en sus ojos había resignación, pues esa era una constante en su dinámica.

—Te quiero mucho, tía Luna.

—Yo también, hija mía.

Y no había nada más cierto que esa frase. Por encima de su relación —que no era la que ella creía—, sobre los contratiempos o las adversidades y más allá de sus responsabilidades y secretos, amaba con todo su ser a Adele Thompson.

Solo se podía escuchar el sonido delrepiqueteo de los tacones sobre el suelo de mármol blanco. Selene se había despojado de sus vestimentas humanas y volvía a llevar puesto su habitual vestido satinado de color plateado.

Caminó con paso decidido hasta el enorme balcón del castillo en el que habitaban ella y sus muchos hijos. Desde allí tenía las mejores vistas de su bosque. Porque sí, era suyo, al igual que de cualquier ser, vivo o no, que poblaba esa arboleda, pero no podía evitar que alguno de ellos ocupase un lugar preferencial a su lado.

Ese era el caso de las dos mujeres que la acompañaban desde que había regresado. Las dos se habían convertido en sus confidentes y en su mayor apoyo. Las admiraba por ser un claro ejemplo de lo lejos que podía llegar el amor incondicional de una madre.

Diana O’Brien fue la primera que llegó a ese lugar de descanso eterno, quien se sacrificó para darle el tiempo suficiente a su marido para que este pudiera poner a salvo a su hija Kate, lo que había conmovido tanto a la diosa que ella, en persona, se encargó de escoltar a las almas de la pareja cuando al final los dos fallecieron.

Ni Diana ni Selene pudieron imaginar que años después se uniría a ellas Sarah O’Brien, quien había muerto por salvar la vida de su nuera Rachel y su nieto nonato. Aún podía recordar la plegaria en forma de gritos que había llegado hasta ella buscando protección; no para sí misma, sino para una joven a la que no le unía ningún lazo de sangre pero a la que amaba como si fuera su hija. Desde ese momento, la solitaria diosa había encontrado en ellas una amistad genuina y sincera que iba más allá de la adoración que estas pudieran sentir por su persona.

Suspiró, y a su espalda escuchó cómo Diana y Sarah soltaban una suave risa.

—Ya sabemos que es duro, Selene, pero ellos están bien y son felices. No puedes preocuparte tanto. Ella ha sido bien criada y nuestros chicos la aman. Cuidarán bien de ella —le dijo Sarah con dulzura mientras terminaba de preparar té para las tres en una pequeña mesa que había en el balcón.

Para el resto de las deidades, regresar al hogar después de una larga jornada cuidando de todas las criaturas que las veneraban era un respiro, un momento de tranquilidad y de volver a retomar energías para continuar con sus funciones. Y ella solía estar de acuerdo, pero ese momento no se sentía así; no cuando aquel día no había sido como otro cualquiera. Había tenido que saltarse algunas de sus horas de descanso para asistir a aquel evento en el plano terrenal y luego había tenido que afrontar una larga jornada nocturna cumpliendo sus responsabilidades.

En su pecho aún resonaba con fuerza el orgullo que sintió al ver a Adele graduarse. Había transcurrido tan rápido el tiempo... Parecía que solo habían pasado un par de días desde que la tuvo en sus brazos siendo un bebé o cuando se dormía arrullada por el sonido de sus nanas. Pero ya era toda una joven que estaba luchando por conseguir sus sueños y que se había rodeado de los miembros de la familia O’Brien, personas igual de maravillosas que las mujeres que los habían criado y que ahora la consolaban

—No puedo evitarlo. Es tan bonito y duro verlos crecer... No quiero perderme más momentos, y a la vez sé que eso es lo que la mantiene a salvo.

—Y ahora también la cuidan nuestros hijos. Es más, estoy convencida de que mi marido ya la ha acogido como si fuera su hija. James, en el fondo, es un sentimental —la consoló Sarah, tomándola de la mano con fuerza.

—¿James? —Diana rio—. Nuestro cuñado es el que me preocupa a mí, Sarah. Mark tiene la buena manía de consentir y mimar a todas las niñas de esta familia. Primero fue Kate y Rachel, y me apuesto lo que quieras a que Adele ya está viviendo en su propia carne lo mimoso que es Mark.

Las tres mujeres compartieron aquel momento de complicidad. Sí, no sabía qué clase de estratagema había ocurrido para que estuvieran tan unidas, tanto por su propia relación como por la que sus seres queridos compartían, pero como diosa que era, sabía que los designios siempre eran impredecibles, y si eran beneficiosos, lo mejor era aceptarlos.

Las puertas del lugar se abrieron de golpe y el estruendo que causaron al golpear las paredes interrumpió a las tres mujeres. Selene no necesitaba levantarse para saber quién había llegado. La fuerza de sus pasos rebotaba por toda la sala, haciendo eco y provocando un sonido tan característico de él. Caminaba por su hogar como si le perteneciese solo porque había nacido unos minutos antes que ella.

Selene cerró los ojos, a la espera de que en cualquier momento su adorado e imbécil gemelo apareciese por la puerta del balcón. Y así fue. Podrían pasar milenios, pero Helios era un ser de costumbres y allí estaba, con las mismas rastas cortas de siempre que peinaban su cabello negro y rizado, su túnica blanca y dorada favorita y sus típicos aires de «Lo que pertenece a la mocosa de mi hermana pequeña es mío».

Desde su nacimiento, allá por el inicio del mundo, parecía como si los miembros del Panteón esperasen que ellos se llevaran mal: Helios y Selene, destinados a ser opuestos, con la piel morena de Helios en contraste con su nívea tez, los ojos dorados de su hermano y los grises de ella, o el pelo negro como el carbón y sus hebras rubias. Durante siglos, ella se dejó llevar por lo que se suponía que debía ser, ignorando su existencia pero admirándolo en secreto. No podía evitarlo, quería mucho a su hermano, y por lo visto no era la única.

«Me da igual lo que digan, lo que se suponga que es nuestro sino. Nadie va a prohibirme querer a mi hermana pequeña. Estástan equivocada, hermosa Selene... Yo he sido creado para hacerte brillar». Recordaba con claridad el momento en el que Helios, cansado del distanciamiento entre ellos dos, la enfrentó para acabar con aquella farsa dirigiéndole esas palabras que siglos después seguían clavadas en su corazón.

—Buenos días. ¿Cómo está la hermana más maravillosa de este mundo? —la saludó, entrando en la instancia arrasando con todo. Se apoyó en la barandilla que había frente a ella como si no hubiera interrumpido nada.

—Preguntándome qué coño hace mi hermano aquí a unas horas de la salida del sol —le dijo, acariciando con mimo la piel que rodeaba sus brazos.

—Tengo que hablar contigo.

—Pues tú dirás.

—Creo que sería mejor conversar a solas, Selene. Sin mortales.

—Helios, ellas son de mi más estricta confianza. Todo lo que hablemos, voy a contárselo después. ¿Por qué no nos ahorramos la pantomima?

No pudo evitar preocuparse al ver los dorados ojos de Helios. Le encantaba la sensación de seguridad que le transmitían. Esos orbes ámbar la miraban con cariño. Y aunque a veces pudiera agobiarla con lo sobreprotector que podía llegar a ser, una parte de ella se sentía tranquila sabiendo que siempre podríacontar conél. Pero ahora laobservaba con preocupación, como si aquello que fuera a decirle pudiera dañarla. O, lo que era peor, como si estuviera en peligro.

—Bien, si así lo quieres... ¿Has vuelto a concederle a alguna de tus sacerdotisas el don de la clarividencia?

—No, por supuesto que no. ¿Por qué preguntas eso?

Recordaba a la perfección la última vez que había ungido a una de sus sacerdotisas licántropas con la precognición. Había sido hacía décadas. Incluso el espíritu de aquella devota ya se encontraba descansando en su bosque celestial. Había supuesto para ella una gran pena tener que hacerlo, pero por desgracia el corazón de sus licántropos se había oscurecido y muchos Alfas sin escrúpulos se aprovechaban e iniciaban guerras por tener en sus manadas a aquellas mujeres tan especiales. Por eso, a pesar de la tristeza que le provocaba esa decisión, no dudó que era lo mejor para proteger a un montón de sacerdotisas inocentes de ser el centro de tramas viles y peligrosas.

—Lo sabía. Viejas locas —murmuró Helios,máspara síque para las personas que lo acompañaban en la sala.

—¿Helios? —lo llamó Selene, buscando que le explicase qué estaba ocurriendo.

—Las moiras han detectado cambios en los hilos, como ocurría con tus sacerdotisas cuando intercedían en sus visiones para cambiar el resultado de estas, y han venido a mí para que solucione ese problema. Creen que has roto tu palabra y que debo convencerte, y cito textualmente: «Para que esa idiota deje de complicarnos el trabajo».

—¿Complicárselo? ¡Una mierda! Panda de vagas decrépitas. El destino no es algo escrito, y ellas lo saben, por mucho que se esfuercen en forzarlo para no tener que tejer. ¡Yo no he hecho nada! —le gritó, levantándose mientras golpeaba la mesa, sin importarle tirar la taza de té que ni siquiera había llegado a tomarse.

—No te preocupes, lo sé. Averiguaré lo que está pasando y lo solucionaré.

Su hermano caminó hasta abrazarla, intentando calmar su cuerpo lleno de ira. Era cierto que las moiras y ella nunca se habían llevado bien. Era una diosa que preservaba el libre albedrío, defensora de que el futuro siempre estaba sujeto a cambios, al contrario que las tejedoras divinas, quienes odiaban cuando los eventos se alteraban. Sin embargo, si tantas ganas tenían de atacarla y calumniarla, ¿podrían al menos tener los ovarios de hacerlo a la cara? No, ellas se escudaban en su hermano y le pedían una misión que sabían que él llevaría hasta el extremo para restaurar su honor y eliminar de raíz aquello que ponía en entredicho su palabra.

—Helios...

—No. Basta. Yo me encargaré de ello. Eres mi hermana pequeña y mi deber es protegerte. Nadie va a poner en entredicho tu palabra, y eso incluye a unas abuelas adictas al ganchillo que solo buscan dar por culo a jóvenes y hermosas diosas por pura envidia. Sea cual sea la razón que hay detrás del cambio en sus hilos, la encontraré y acabaré con ella. Voy a limpiar tu nombre.

La broma de su hermano la hizo sonreír. Y se dejó reconfortar entre sus brazos antes de que él se marchase.

Las tres mujeres que se habían quedado en la sala estaban en silencio. Solo la respiración de los espíritus lobo de sus amigas, que siempre las acompañaban como centinelas, era lo que se escuchaba.

No podía dejar de darle vueltas al asunto. Era la única que poseía la facultad para ver lo que ese trío de brujas quería que sucediera antes de que tuviera lugar, y durante siglos compartió ese don con su pueblo, pero había dejado de hacerlo. Y no por contentarlas, sino para proteger a jóvenes inocentes de guerras y muertes antes de tiempo.

Cuando fue a abrir la boca para verbalizar en voz alta su enfado y dejarlo ir, se percató de la mirada cómplice que se dedicaban las dos cuñadas. Diana y Sarah estaban siendo conscientes de algo que ella, en el calor del momento, estaba dejando pasar.

—¿Qué pensáis? —les preguntó de golpe, poniéndolas nerviosas, indecisas y sin querer responder—. Decídmelo.

—Vale —comenzó Diana—. Todas somos conscientes de lo que nuestra raza ha vivido: la multitud de guerras que se crearon entre manadas para conseguir a las sacerdotisas a las que les distes el don de ver el futuro y que acabar con la pérdida de tantas vidas fue uno de los motivos por los que tomaste esa decisión, y también que esa no es la raíz del problema, ya que hace años que ninguna de las mujeres que deciden consagrar su vida a ti ha recibido esa habilidad.

—¡Por supuesto! —les respondió Selene.

—Pero ¿qué pasaría si la persona que está provocando esos cambios en las moiras no es un licántropo? —prosiguió Diana.

—Quizá esa persona no ha adquirido su don a través de tu bendición ni de ninguna ceremonia, sino de forma más natural —continuó Sarah con la frase.

Entonces, lo entendió.

La persona que estaba jodiendo a las moiras había arrancado el don de sus propias entrañas. Lo había obtenido de su divinidad, de su sangre; un hecho con el que no contaba que pudiera suceder. Pero, si se paraba a pensarlo, tenía lógica: la fuerza de un mortal no podía competir contra la de una diosa.

—Creo que tenemos un problema —fue lo único que pudo decir Selene, asustada.

Ella no era una diosa bélica, era una diosa de artes y poesía; otra de los miles de diferencias que tenía con Helios. Él era un excelente cazador. Uno que no dejaba a su presa suelta hasta que no acababa con ella.

Ahora, por ocultar su secreto, había puesto una diana sobre su espalda.

Su hija estaba despertando.

Y su propio tío buscaba acabar con su vida.

Capítulo 2

Adele salió al aparcamiento del restaurante en el que su familia y sus amigos se habían reunido para celebrar su graduación. Ellos aún estaban dentro, pero ella, excusándose como que iba al baño, se alejó. El día había refrescado y el viento de aquella noche primaveral erizó la piel que estaba al descubierto por el vestido que se había comprado para el evento. Sin embargo, eso no le importó. Se apoyó en el capó del coche en el que habían llegado. No sabía por qué, pero necesitaba un minuto a solas.

La mañana había empezado cargada de emociones: despertarse en el apartamento que compartía con Elijah, uno de sus mejores amigos, en Nueva York, y arreglarse junto con él y Kate, su otra mejor amiga. Ver a sus seres queridos reunidos en un momento tan importante en la vida como era su graduación universitaria hacía de ese día uno de los más importantes de su vida.

Enfermera.

Parecía mentira, pero ya podía decir que era enfermera. Y era difícil de creer, después de la multitud de altibajos que había tenido en su vida.

Su niñez no había sido la más feliz del mundo. No había sido popular ni había crecido rodeada de amigos. No obstante, no eran factores que la hubieran condicionado. A ella le daba igual que de niña la consideraran rara por las creencias poco ortodoxas de su madre o que esa opinión se agravase cuando al cumplir los doce años empezó a tener los primeros pálpitos premonitorios. Los preadolescentes podían ser muy crueles si los avisabas antes de tiempo que algo malo podríaocurrirles, asíque no tardóen callarse esas opiniones. Pero, para su fortuna, su vecino, un chico extrovertido al que le daba igual lo que pensase el resto de las personas, decidió ser su amigo. Así fue como Adele y Elijah se unieron. Cuando Kate cumplió los catorce años se mudó a Chicago tras la muerte de sus padres, cerrando así su particular trío de oro y cambiando su vida para siempre.

Y eso había sido solo en su adolescencia. Los dos últimos años habían transcurrido aún más caóticos.

Su amiga, la heredera exiliada de una de las manadas más importantes de Estados Unidos, se reencontró con su familia. Tuvieron que huir del país, ya que la persona que asesinó a sus padres quería acabar el trabajo y matarla. Adele no se lo pensó, para ella no había alternativa. Porque sí, se marchó con Kate. La idea de dejar a su amiga era más dolorosa que la de pausar su vida. No le importó abandonar de forma temporal la universidad, como tampoco desaparecer de la vida de sus padres o de su hermana, por mucho que esto la hiciera sentir culpable. Su amiga la necesitaba y pensaba estar allí para ella.

Eso le había dado la oportunidad de que su pequeño mundo creciera. Había hecho una hermosa amistad con Rachel O’Brien. Los hombres de esa familia, Nick, Ben y Dylan, la habían valorado y no la juzgaban. Además, se había incorporado a ellos Lucas Carmichael, un joven con el corazón más grande que Adele jamás había conocido y que solo necesitaba toneladas de amor para valorarse y dejar atrás las creencias que le había inculcado su abusiva familia.

Una chaqueta se apoyó sobre sus hombros, sobresaltándola. No se había dado cuenta de que ya no estaba sola. Quizá porque se encontraba de espaldas a la puerta del local o quizá por estar demasiado perdida en sus pensamientos.

—Así que aquí es donde estabas escondiéndote, Adele.

A su lado se hallaba la última persona de aquella familia creada gracias a un fuerte vínculo de amistad. También la única que nunca habría apostado a que la siguiese.

Demian Wayne.

Y es que su relación no es que fuese la más cercana. Ni siquiera había empezado con buen pie. Cuando se conocieron, este había tenido como brillante idea que las primeras palabras que le dirigiera fueran para recordarle que ella, en ese mundo de hombres lobo, era una simple humana. Adele se preguntaba si, en ese instante hubiera sabido que podía presentir el futuro, la habría tachado de normal o también la habría considerado extraña. Sin embargo, no podía negar que desde la primera vez que lo vio, algo que no sabía explicar había removido sus entrañas, le había dado la vuelta a sus emociones y había despertado un instinto que no sabía que existía.

Si Adele se definía con alguna palabra, sería dulce. Era esa clase de personas que no usaba palabras malsonantes e intentaba ser amable y cálida con los que la rodeaban, pero aquel licántropo engreído sacaba a relucir un interior más oscuro. Con él quería maldecir, dejarse llevar y sacar a flote esos pensamientos intrusivos, pero no lo haría. Ella no era así. No importaba lo atractivo, sexi o hipnotizante que pudiera ser ese hombre para ella.

—No estaba escondiéndome —le respondió mientras se acurrucaba bajo la chaqueta de cuero negra que le había puesto.

La camisa blanca destacaba en la oscuridad del aparcamiento y los vaqueros hacían que se viera en ese punto desenfadado pero formal que revolucionaba sus hormonas. En una de sus manos jugaba con un cigarrillo, y a pesar de que no la miraba, ella sabía que estaba prestándole atención.

—Entonces, ¿cómo llamarías a escabullirte de tu propia fiesta de graduación?

—Lo llamaría tomarme un KitKat1 —le dijo sonriendo ante su propia broma—. No deberías fumar, no es bueno para tu salud.

—Por eso hace años que lo dejé. —Demian dobló el pitillo mostrando que era de plástico—. No has respondido a mi pregunta.

—No sabía que teníamos una relación tan cercana como para que hiciese eso.

Demian se carcajeó. El sonido de su risasumado a su perfil iluminado por la luz de la luna, hizo que Adele se quedase embobada. Por un segundo, no era el licántropo prepotente y macarra que le sacaba de quicio. En ese lapso, pudo ver al hombre lobo que la acunó entre sus brazos cuando, por culpa de una visión, observó cómo asesinaban a Sarah O’Brien, la tía de Kate; el mismo que le susurró palabras de consuelo, que calmó su respiración y que no la dejó ni por un instante en el momento que más rota se había sentido.

¿Quiénera en realidad Demian Wayne?, ¿el que la sacaba de sus casillas o el que la hacía sentir especial?

—Vamos, Adele. Déjate de gilipolleces, y menos conmigo. ¿Qué te pasa? —le exigió saber. Se puso delante de ella, colocó las manos sobre el coche, a ambos lados de sus caderas, y se agachó para que sus ojos quedaran a la misma altura. Marrón contra azul.

Ella se abrazó a sí misma en un intento de crear una barrera que la alejase del magnetismo de aquel hombre. Era un cabezota, un hombre que creía que podía tomar lo que quisiera, pero, aunque no lo admitiera, ella quería dárselo.

Suspiró.

—Solo necesitaba un momento para procesar que esto estaba ocurriendo en realidad. Parece que fuese ayer cuando vivíamos exiliados en Canadá, cuando tuve que dejarlo todo atrás para estar con Kate, y hoy todo parece demasiado... normal.

—Adele, usaría muchos términos para describirte, y puedo asegurarte que normal no es uno de ellos. Tú y Elijah sois los primeros humanos en formar parte activa de una manada, o al menos que yo sepa.

Y era cierto. Cuando Kate acabó con la vida del hombre que había usurpado su lugar como Alfa en la manada, lo primero que hizo fue dejarles ese punto claro a los miembros que pertenecían a esta. Elijah y ella eran parte de su círculo interior, formado por las personas de mayor confianza de Kate, diferenciándolo del resto de los miembros de su manda porque ellos pertenecían a la familia de la líder. Y a quien no le gustase Kate, no pensaba obligarlos a quedarse, pero no iba a renegar de ellos.

—Abraza este momento de normalidad —le aconsejó Demian—. Es, con toda probabilidad, el último que te queda.

Se quedó embobada, sin ser capaz de descifrar lo que esos ojos marrones le decían. Demian la volvía loca. Era un misterio que no podía descifrar y que la hacía estar alerta porque nunca sabía qué podía esperar de él.

—Mi vida nunca ha sido normal, pero tampoco es como si eso te importase.

La ráfaga de ira que pasó por sus ojos fue atisbada con claridad por Adele. Demian dio dos pasos hacia atrás, aumentando la poca distancia que se había generado entre ellos, y una sensación de frío volvió a invadir a Adele.

—Estás tan equivocada en tantas cosas... Podría enumerarte las razones por las que he estado negándome lo que deseo, pero hoy no es el mejor día para abrirte de piernas y colarme en tu interior. Considéralo mi regalo de graduación.

El licántropo caminó hasta la puerta para volver con las personas que se habían reunido para celebrar su logro académico. Sin embargo, se paró a mitad de camino y giró la cabeza para mirarla por encima del hombro. Los ojos habían cambiado de color, prueba de que el lado más animal de Demian estaba presente. Pero, lejos de asustarla, sintió cómo su cuerpo quería caminar hasta él, de la misma forma que una polilla se sentía atraída hacia la luz. Él abrió la boca como si quisiera decirle algo, pero por primera vez desde que lo conocía se calló. Gruñó, se dio media vuelta y entró en el restaurante.

La joven humana se quedó una vez más sola en el aparcamiento. Ya no era capaz de notar el frescor de la noche. Todo su cuerpo había entrado en combustión. Miró la luna, como si aquel astro al que siempre se había sentido conectada pudiera darle la respuesta que necesitaba.

Cuando regresó con el resto, no pudo evitar observar que sus padres ni siquiera habían notado su ausencia, centrados en una conversación con Mark y Dylan, el tío y el novio de Kate respectivamente. Harper, su hermana pequeña, seguía avasallando a Nick con un montón de preguntas sobre su empresa y sus dispositivos electrónicos. A fin de cuentas, seguía sin poder procesar que Adele conociera a los dueños detrás de la empresa de tecnología favorita de Harper. Ben y Rachel se miraban sin hablarse, seguramente conversando a través del vínculo; una cualidad que todos los licántropos podían hacer entre los miembros de su manada. El brillo en los ojos de su amiga le hacía presagiar que algo bueno había pasado, y estaba ansiosa por conocer la noticia.

Sin embargo, no tuvo la misma fortuna con el resto de sus amigos. Kate y Elijah la observaban como si le hubiera salido una segunda cabeza. Elijah alzaba las cejas una y otra vez de forma sugerente. Adele simplemente lo ignoró y se sentó en la silla que había ocupado. Lucas, a su derecha, no apartaba la vista de Demian, al cual se había negado a mirar desde que entró. No obstante, podía sentir que no dejaba de observarla.

Ella se acurrucó más contra la chaqueta que el licántropo le había prestado, sabiendo que a ese ritmo no tardaría en dejarse corromper por Demian Wayne.

Y que la diosa Selene la pillase confesada, pero se moría de ganas de ello.

Capítulo 3

—¡Pienso matar a ese chaval! ¡La diosa sabe bien que voy a hacerlo!

Ben entró en el despacho, furioso, y Demi tuvo que aguantar las ganas de reírse. A su amigo de la infancia no le sentaba nada bien la paternidad repentina e impuesta de un adolescente de dieciocho años recién cumplidos.

Detrás, la mujer de Ben y otra de sus amigas de la infancia, Rachel, entró en la habitación. A diferencia de él, ella se reía a mandíbula batiente. No ocultaba lo gracioso que le parecía el enfado.

Demi, más rápido de lo que se puede contar hasta tres, se levantó para retirarle una silla a Rachel para que se sentara. Al ver el gesto caballeroso de su amigo, se le llenaron los ojos de unas lágrimas que no derramó, y antes de ocupar el asiento, le besó la mejilla en señal de agradecimiento. Viendo la escena tan costumbrista que estaba teniendo lugar, no pudo evitar pararse durante un segundo para reflexionar sobre lo que había pasado en los dos últimos años.

Nunca se habría imaginado que las cosas acabarían de aquella forma cuando crearon la empresa de tecnología WoB. Era imposible que se cruzase por sus mentes la posibilidad de que trabajando con una consultora de márquetin se encontrasen con Kate O’Brien, su amiga de la infancia, la hija de su Alfa asesinado y la mujer de la que estaba enamorado su hermano mayor, Dylan.

Ni en la más aterradora de sus pesadillas su familia al completo habría estado, durante casi un año, desterrada de sus tierras. Para él, abandonar Nueva York fue un duro golpe que tuvo que tragarse por el bienestar de aquellos a los que amaba, pero tuvieron que vivir bajo la protección de la manada de lobos de Canadá y no fue algo sencillo. Tuvo que lidiar con la sobreprotección de Dylan con respecto a su compañera y Alfa tras haber resultado herida, con la ira y la frustración de dejar a merced de un líder psicópata y despiadado a personas inocentes a las que tanto él como sus amigos juraron proteger, y también tuvo que ver cómo su grupo casi se fragmentó por culpa de una desquiciada que estuvo a punto de llevarse por delante la relación de sus dos amigos allí presentes.

Demi posó los ojos durante un segundo en el vientre plano de Rachel.

Sí, sin lugar a duda, tampoco se le habría pasado por la cabeza que tras haberla visto tan rota después de que le arrebatasen de sus entrañas aquella alma inocente que portaba en su interior, y justo cuando por un segundo pensó que Rachel y Ben no podrían recuperarse de aquella pérdida y que era su fin,renacerían de sus cenizas como un ave fénix, recordándole a él y al mundo que había que seguir luchando. Ahora estaban casados y esperando a su primer hijo, por lo que no era de extrañar que los miembros de aquel variopinto grupo quisieran proteger a Rachel para que nada volviese a ocurrirle mientras estaba embarazada.

Porque no importaba en absoluto que los hijos de puta que habían intentado destruir a su familia y a su manada se pudrieran bajo tierra. Él seguía teniendo miedo, pánico, de que alguien volviera a por ellos. Se dejaría la piel para que fueran felices, daría su alma y su vida si fuera necesario para proteger el bienestar que poco a poco llegaba a la vida de los que lo rodeaban.

Para muchos, Demi Wayne era un chulo y la típica persona que primero lanzaba el puño y luego preguntaba, cosa en la que no se equivocaban; porque, de ser necesario, no le temblaría el pulso. Lo destruiría todo y a todos, sin titubear y con una sonrisa abarcando todo su rostro. Haría lo que fuera necesario para protegerlos.

—¿Se puede saber qué ha pasado? —le preguntó Demi a su amigo.

—Que no recuerdo en qué momento me pareció buena idea acoger a ese chico —le respondió, pero sin darle ninguna explicación.

—Oh, Ben —lo reprendió Rachel, quien volvía a reírse a carcajadas—, no seas un exagerado. Tampoco es para tanto.

—Ese es el problema, Duendecilla, que lo consientes demasiado.

—Vale, vale. Tiempo muerto —los interrumpió Demi, de nuevo con un mal presentimiento—. ¿Vais a contarme qué ha hecho Lucas esta vez y por qué creo que va a salpicarme?

Y allí estaba una vez más, algo que jamás habría sospechado que ocurriera, por mucho que lo hubiese intentado.

Y es que, contra todo pronóstico, Lucas Carmichael, el miembro más joven del clan Carmichael —una familia de licántropos, que la forma más amable que Demi utilizaría para describirlos sería una panda de trepas de mucho cuidado— ahora formaba parte de su familia. El chico se lo había ganado con creces. Había demostrado que era posible tener corazón incluso rodeado de estiércol. Arriesgó su vida y su seguridad para mantener a salvo a Rachel cuando más lo necesitó y ninguno de ellos estaba allí para ayudarla. Ese hecho era suficiente para que cualquier reticencia con respecto a sus orígenes fuese olvidada por parte de Demi y lo aceptase sin más.

—¡Se ha marchado a Chicago sin decírselo a nadie! —lo informó finalmente Ben.

La pieza que faltaba encajó, pero lo último que pasó por la cabeza de Demi no fue la preocupación de Ben por que Lucas estuviera en otro estado sin haber avisado a nadie. Ni mucho menos. Un sentimiento primitivo nació en lo más profundo de su estómago y empezó a llenarlo desde dentro.

Estácon ella. El puto niñode los cojones.

Estaba de acuerdo con Mond, el espíritu lobo que vivía dentro de él y que acompañaba a todos los licántropos cuando pasaban su conversión. Todos los lobos tenían el suyo y podían comunicarse con él. Y aunque fuese cierta la gratitud y el sentimiento de pertenencia a los suyos que Demi había desarrollado hacia Lucas tras el secuestro de Rachel, también era verdad que cuando se trataba de ella, la mujer con la que estaba Lucas en ese preciso instante, él perdía el control por mucho que no quisiera y se odiaba a sí mismo por ello.

Adele Thompson era otra de las personas que se habían unido a su cercano grupo de amigos. Kate y ella se habían convertido en mejores amigas durante la desaparición de su cuñada, y él era capaz de recordar a la perfección la primera vez que se vieron.

Habían llegado a un pub en Delhi, lugar donde estudiaba Kate, aunque en ese instante no sabía que se trataba de su amiga de la infancia. Demi pensaba que escoltaba a Dylan para reunirse con Kira, una mujer de la que su hermano estaba enamorado. Nada más entrar, notó su aroma y lo atrajo hacia ella. Destacaba sobre los demás con un vestido de color blanco repleto de pequeñas florecitas azules. Era corto pero con mucho vuelo, y le daba un aspecto angelical que contrastaba con la imagen del local irlandés. Se revolvió por dentro y sintió que no podía ni respirar, pero a pesar de eso no desviaba la vista de ella. Se preguntó quién era, y no le importó no saberlo, solo quería tenerla en su cama. Necesitaba hacerla suya.

No entendía de dónde nacía ese sentimiento de posesividad tan feroz que tenía con respecto a ella, y tiempo después seguía sin comprenderlo, por muy cierto que Adele fuera una persona especial y única, con una mirada limpia capaz de atravesarte el alma y con un don especial y asombroso. No obstante,másalláde eso, no dejaba de ser una simple humana, alguien frágil y que, comparado con la fuerza de su lobo, era débil. Entonces, ¿de qué lugar provenía esa urgencia de acabar con la existencia de los hombres que posaban sus ojos en la muchacha?

La conclusión a la que había llegado era simple: Adele estaba prohibida para él y eso la hacía más atractiva de lo que era.

A fin de cuentas, se trataba de la mejor amiga de su cuñada, una persona por la que había visto en varias ocasiones a Kate sacar garras y dientes para defenderla de quien fuera necesario. Su cuñada también era la persona que había conseguido devolverle la sonrisa a Dylan, su hermano, el ser humano al que más quería en el mundo, alguien que había sacrificado muchos aspectos de su vida para cuidarlo. Y ahora, ya de adultos, estaba más que dispuesto a cambiar las tornas y devolverle lo que le había entregado con creces.

Así que sí. Adele era algo vetado. No importaba lo mucho que la desease o lo mucho que su polla o sus dientes le dolieran cuando la respiraba. Demi no sabía cómo tratar a una mujer más allá de un revolcón de una noche, y eso solo dañaría la relación de Dylan y Kate al ponerlos en medio.

—El muy imbécil... ¿Qué pensaba?, ¿que no íbamos a enterarnos? —continuó Ben con su discurso—. Accedimos a apoyarlo en su año sabático cuando acabó el instituto porque quería quedarse en la manada y aprender a integrarse. Estuve de acuerdo en que no ingresase en la universidad para ayudarlo a sanar después de tantos abusos. Y no soy su padre, pero va a dejarme calvo. ¡No puede irse a otro puto estado sin decírnoslo! No íbamos a prohibírselo. ¡Joder! Solo quiero saber que está bien.

Por mucho que en ese mismo instante su instinto asesino le pidiera a gritos darle otra paliza a Lucas —y no sería la primera vez que ellos se peleasen por Adele—, no pudo evitar que le resultase graciosa la reacción sobreprotectora de Ben con respecto a la situación que acontecía.

Ben y Lucas no habían empezado con un buen pie, pero en la actualidad el matrimonio O’Brien lo consideraba un hijo; algo un poco extraño si se tenía en cuenta que solo se llevaban nueve años de diferencia. Pero sus amigos no podían evitar sentirse de ese modo en lo que concernía a Lucas. Era un chico roto, una esponja deseosa de recibir amor y afecto, algo que Ben y Rachel estaban más que encantados de ofrecerle.

—Tienes que ir a buscarlo, Demi. A ser posible, de las orejas por hacerme perder años de vida. Créeme, lo haría yo mismo con mucho gusto, pero no puedo viajar dejando sola a Rachel, y ella no va a coger un avión en su estado.

—Todavía puedo volar, Ben —le mencionó Rachel en voz baja, siendo consciente de que su marido iba a ignorarla.

—A Nick ya se lo he pedido y me ha mandado a la mierda. Y Dylan no puede moverse de Greenwich con la visita de los grandes Alfas de Estados Unidos a la vuelta de la esquina. Eres mi última esperanza, por favor.

Vaya, parecía que no solo se había convertido en la opción salvavidas de su amigo, sino también en Obi-Wan Kenobi. Negó y se llevó las manos a las sienes. Si seguía prestándole atención a Ben, acabaría doliéndole la cabeza.

—Y aquí te presento a papá oso —le dijo Rachel a través de su vínculo mental.

—¿Estáspreparada para lo que se te avecina cuando nazca el bebé? —le preguntó Demi en un claro tono de burla—. Parpadea dos veces si quieres que te saque de aquí y te ayude a huir antes de que sea demasiado tarde.

—No te metas con él, Demi. Se preocupa por Lucas.

—Y tú también…, mucho. —Demi miró fijamente a Rachel, intentando averiguar cuál era aquel dato que se le escapaba. Pues si Ben era papá oso, Rachel era la bestia de las mamás osa con respecto a la protección y seguridad del nuevo miembro de su familia—. Tú lo sabías —afirmó Demi en voz alta, cortando el monólogo que Ben seguía soltando y provocando que su amigo posase sus ojos en la mujer que se encontraba en la habitación con una ceja alzada.

—¿Rae? —le preguntó Ben a su esposa—. ¿Qué quiere decir Demi con que tú lo sabías?

La carcajada que escapó de los labios de la rubia tuvo que oírse hasta en la otra punta de la oficina.

—Eres un aguafiestas, Demi. Odio cuando te pones así de perspicaz, que lo sepas. ¿Eres consciente de lo raro y divertido que es ver a Ben aturrullado y sin ser capaz de usar la lógica? —lo increpó Rachel, ignorando de forma deliberada la pregunta que le habían realizado.

—Eso es un poco cruel, y mucho más viniendo de ti, Rachel —la amonestó divertido Demi—. Sabes la razón por la que Ben no soporta no saber dónde estamos.

—Lo sé, pero tiene veintisiete años y debe empezar a aprender que no puede tenernos localizados las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Además, le prometí a mi cuñado que, a pesar de casarme con él, no se lo dejaría fácil. Cumplo con mis votos.

—¿Podéis dejar de hablar como si no estuviera delante y pasando de mi cara? —los interrumpió Ben.

Rachel se levantó de la silla y se acercó a su marido para acariciarle la mejilla con dulzura. Tras recolocarle algunos mechones de pelo que se le habían salido durante el energético discurso cargado de preocupación de Ben, su amiga por fin le contó lo que ocurría:

—Lucas es un poco kamikaze, y a pesar de que no tiene miedo a aventurarse en lugares y situaciones que no domina, no es tan irresponsable como para marcharse a otro estado, por mucho que vaya acompañado de Adele, y no decirnos nada a sus tutores legales. O, al menos, a uno de ellos.

—¿Estás diciéndome que llevo desde anoche con un ataque de nervios porque no sabía nada y tú has decidido callarte todo este tiempo? —Ben frunció las cejas, con la mirada clavada en Rachel y una mezcla entre enfado y alivio.

—Tienes que darte cuenta de que no puedes continuar comportándote así. Vas a volvernos locos a todos. Lucas no aguanta esa presión, Nick está demostrando tener más paciencia que un santo con tus continuas llamadas para saber si está bien o no, y Dy y Kate tienen que reportarte a ti su situación cuando ellos son nuestros Alfas. ¿Sabes lo demente que suena eso? Y Demi...

—A mí no me mires, que yo corté el problema de raíz —les dijo Demi en un murmullo, sabiendo que no le prestarían atención.

Desde el secuestro de Rachel, Ben había generado una manía un tanto compulsiva de necesitar tener a los miembros de su familia controlados, y al ser consciente de sus razones, la primera vez que su amigo había mostrado esa inquietud le concedió el capricho. No obstante, no permitió que pasase una segunda vez. No solo porque había llamado a una hora para nada decente, sino porque Ben no podía seguir así, ya que no era saludable para él ni para los que lo rodeaban. Así que no era de extrañar que no había sido muy amable al decirle por qué orificio de su cuerpo podía introducirse aquella llamada a las cuatro de la madrugada. Aunque, en su defensa, diría que esa noche de insomnio no lo ayudó a ser muy comprensible con los miedos de su amigo.

—Ahora mismo, no sé si darte un beso por el alivio que siento o un azote por lo que me has hecho pasar —le dijo Ben, y posó su frente en la de ella.

Rachel, en respuesta, se mordió el labio y sus ojos cambiaron de color, mostrando a su loba interior.

—Si puedo elegir..., quiero ambas, por favor.

—Vale, es suficiente. Si os lo vais a montar, que sea en alguno de vuestros despachos. No quiero saber nada de lo que allí ocurra. Apagad las cámaras y daos como cajón que no cierra. Total, Rachel ya no puede quedarse embarazada otra vez. Así que... —Demi abrió la puerta y, con un movimiento de brazo, los invitó a irse indicándoles el camino de salida— largo de aquí.

Sus dos amigos salieron entre risas y una promesa silenciosa de que ese encuentro no quedaría así.

Demi no pudo evitar negar con la cabeza al verlos marcharse tan compenetrados y felices. Recordó los momentos en los que entre ellos dos solo había palabras envenenadas, desprecios y la necesidad de quedar uno por encima del otro. Se alegró de forma genuina de que eso ya fuera un mal recuerdo del pasado.

Ellos se fueron felices, pero él se quedó con una presión en el pecho. Sus manos temblaban. Cerró la puerta y caminó hasta dejarse caer en la silla de oficina que presidía la habitación.

¿Vas a dejarlo así?, le preguntó Mond con voz oscura.

En la lotería de los espíritus lobo, a Demi no le tocó el más amable ni uno capaz de darle calma y perspectiva a esa vena impulsiva contra la que luchaba con persistencia cadadía.

No, él tenía a Mond, que era el primero en echarle leña a su fuego interno.

Una sonrisa un tanto siniestra pero divertida surcó sus labios. Sabía lo que iba a hacer a continuación. Lo supo antes de que Ben le pidiera ese favor, en el mismo instante en el que comprendió lo que estaba pasando. Quizá había llegado la hora de enseñarle a su pequeña obsesión hasta qué punto pensaba en ella.

Descolgó el interfono y pulsó el botón para comunicarse con Layla, la elegante y muy eficaz secretaria personal de Dylan que había sido reasignada a él ahora que su hermano trabajaba en remoto desde Greenwich para estar con Kate. La joven de piel morena y ojos castaños había empezado a trabajar con ellos desde el principio de la empresa y se había convertido en un activo valioso. No sabía el secreto que ocultaban sus jefes, pero a pesar de eso era alguien leal y podían contar con ella.

—¿Sí, señor Wayne? —le preguntó con voz seria pero cordial la mujer de cabellos morenos—. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Cancela y reorganiza todas las reuniones que tenga en los próximos días, por favor —le ordenó Demi, llevándose los dedos a su cabello corto y rascándose la cabeza. Se desabrochó los dos primeros botones de su camisa y se quitó la americana, liberándose así de la imagen formal que llevaba cuando estaba en la oficina y otorgándole un aspecto más salvaje.

—Sí, señor, sin problema. ¿Algo más?

—Sí. Consigue un vuelo para Chicago. Lo más pronto que puedas.

Capítulo 4

Adele tenía muchas ganas de reírse ante la imagen propia de una sitcom que estaba teniendo lugar en la cocina de la casa de su infancia. En consecuencia, se mordía con fuerza el labio mientras escondía la cara detrás de la taza de té matcha que le había preparado su madre aquella mañana y al que le había añadido tres cucharadas de azúcar.

—¡Qué gusto! —exclamó congratulada Caroline—. ¿Quieres otro plato de tortitas, Lucas? —le preguntó al invitado en el hogar de los Thompson.

—Si no es mucha molestia, señora Thompson, sí, me gustaría repetir.

—Para nada, para nada. Estoy encantada. No había visto a alguien con tan buen apetito desde que Kira venía a comer a casa. Da tanta alegría veros comer así... Mis hijas —le dijo mientras recogía el plato de la barra americana para prepararle otra ronda— no aprecian la buena cocina como lo hacéis vosotros. —Adele miró cómplice a Lucas. Le había explicado antes de llegar que en su familia se referirían a Kate como Kira, pues era el nombre que había usado mientras estuvo exiliada—. Un té. Un mísero té. Yo, que me he molestado siempre en inculcarles la importancia de un buen desayuno. ¿Has visto dónde han ido a parar todos mis esfuerzos? Deberías aprender de tus amigos, Adele.

—Ya, bueno, eso es porque alimentas a seres humanos, no a hombres lobo que necesitan el cuádruple de calorías que las personas normales —murmuró en respuesta la nombrada, divertida por la situación pero siendo consciente de que su madre no la escucharía.

Quien sí lo hizo fue Lucas, pero eso se debía al oído tan fino que tenían los licántropos. Este la miró con los ojos brillantes por la gracia que, en apariencia, le había provocado su comentario. Y al final ambos estallaron en carcajadas, compartiendo una broma cómplice que provocó que Caroline los mirase con confusión.

—Está bien, mamá, túganas. Hazme un par de ellas. ¡Pero solo dos! —La amenazó con el dedo justo antes de ocupar el asiento libre al lado de Lucas.

Aprovechó ese momento para observar el perfil del joven. En poco menos deañoy medio que lo conocía, Lucas habíacambiado para mejor. Y no solo en su aspecto físico —sus facciones eran más marcadas y se había dejado el pelo un poco largo—, sino también en lo personal. Ya no quedaba apenas rastro del muchacho altanero y resabiado que era cuando lo conoció. Actualmente, era un chico que escuchaba lo que le decías y aprendía de los mayores que lo rodeaban. La tristeza que solía brillar en sus ojos castaños, que antes estaba siempre presente, había desaparecido por completo. No escondía su sonrisa, lo que había dejado al descubierto un hoyuelo en la mejilla derecha que dudaba que alguien supiera de su existencia durante los diecisiete años anteriores.

—¿Qué? —le preguntó Lucas al sentirse observado por Adele, quien negó con la cabeza.

—Nada, simplemente estoy muy feliz de tenerte aquí.

Notó cómo las mejillas del chico se tornaban rojizas ante su frase sincera y genuina, a lo que ella estiró el brazo para revolverle el pelo y después volvió a tomarse un trago de su matcha. Adele no era muy fan de ese tipo de bebidas, pero hacía muchos años que en casa de sus padres solo se tomaba café o té, por lo que aprendió a acostumbrarse a esos sabores.

—Deja de decir esas cosas, por favor —protestó con timidez el muchacho en un tono de voz susurrado antes de centrar su atención en el café que tenía delante.

—Lo siento, Lucas, pero es la verdad.

Y así era. Se sentía muy agradecida de tenerlo allí en aquel momento tan importante para ella. Tras acabar sus estudios, siempre había imaginado que Kate y Elijah, sus mejores amigos sobre la faz de la Tierra, regresarían con ella a Chicago y así tendría a los dos pilares favoritos de su vida, amigos y familia, reunidos en un mismo lugar.

Claro que, en su cabeza, era difícil imaginar la posibilidad de que Kate recuperase a su familia, y mucho menos su título como Alfa de la manada de la Costa Este. Así que, tras acabar con la vida de Charles Wayne —el hombre maligno que había asesinado con crueldad a los padres de su mejor amiga para quitarles el poder en un combate que agradecía no haber presenciado o le habría dado un infarto—, Kate recuperó su hogar, su clan y su posición como líder, lo que provocaba que su vida se encontrase anclada entre Greenwich, sede del corazón de la manada, y Nueva York, ciudad que Dylan, su novio, tenía que visitar en distintas ocasiones por trabajo. Por lo tanto, era obvio la decisión que tomaría con respecto a su futuro.

Elijah no dudó en querer mudarse allí. Era cierto que él tenía una situación más híbrida; es decir, aunque la madre de este estuviera también en Chicago, él no estaba tan unido a ella como era el caso de Adele. La familia de Elijah era un tanto disfuncional. Sus padres se casaron jóvenes porque ella se quedó embarazada sin planearlo. El padre de su amigo, que no quería serlo, y su madre discutían demasiado. Al final se marchó cuando Elijah solo tenía ocho años, y tiempo después Ivy conoció a su actual marido y padrastro de Elijah y las cosas se estabilizaron, pero pese a todo no había terminado de sentirse acogido en esa relación, y mucho menos cuando nació su hermana. Por lo que, si a eso se le sumaba la no relación que decía tener con Nick, el primo de Kate, no fue para nada difícil la decisión de seguir a su amiga en común y quedarse a vivir en el área de Manhattan en cuanto terminó sus estudios.

Y luego estaba ella, que se encontraba entre la espada y la pared. Desde un punto de vista profesional, tanto Chicago como Nueva York tenían programas de partería y hospitales excelentes en los que trabajar y formarse, por lo que no podía usar eso para decantarse por una ciudad u otra. En Chicago estaban sus padres y su hermana, personas a las que adoraba a pesar de que hablaban en ocasiones muy contadas; aunque no era raro viniendo de sus padres, pues siempre la habían tratado de forma muy independiente. E incluso sabiendo eso y que ellos no se habían preocupado en absoluto por su repentina mudanza a Canadá, Adele se sentía muy culpable por haberse marchado siguiendo a Kate y abandonando sus estudios. Y, lo que era peor, sin poder contarles nada, por mucho que ellos no se hubieran interesado en saber el porqué.

Sin embargo, su conciencia tampoco se quedaba tranquila si decidía permanecer en su ciudad natal y no marcharse a Nueva York. Y no solo porque ya no fuera capaz de concebir una vida en la que Elijah y Kate no estuvieran a su lado. Durante los dos últimos años había forjado nuevos lazos y conocido a nuevos amigos que se habían convertido en personas muy importantes para ella y de los que no estaba dispuesta a separarse.

Primero, estaba el caso de Rachel: una mujer fuerte a la que admiraba y que se había convertido en un gran apoyo y una amiga muy valiosa. Adele había estado presente en la sala en el momento en el que había perdido a su primer hijo. Nunca se había sentido tan frustrada como en ese instante, maldiciendo no haber terminado su formación como enfermera. Ahora, su amiga volvía a estar embarazada, y ella no quería perderse ni un segundo de eso. Y luego estaba Lucas, ese niño al que solo le sacaba unos años pero que había crecido tan roto que, en cuanto a inteligencia emocional, habíaentre ellos un abismo de diferencia. Habían desarrollado una amistad particular. Lucas confiaba a ciegas en ella y Adele se sentíaigual con respecto aél. Habíasido la primera persona fuera de su círculo máscercanoa quien le contó sobre las visiones y premoniciones que tenía desde los doceaños, algo que no le había revelado a nadie, ni siquiera a sus padres. Sentía que tenía que estar ahí para él.

Además, la idea de no permanecer junto a la nueva y extravagante familia que habían formado le provocaba dolor en el pecho. Estar alejada del positivismo de Nick, de la lealtad ferviente de Dylan o de la sensatez de Ben la abrumaba. Ellos hicieron que el mundo de Adele se ampliara, que se sintiese acogida y respetada como hacía mucho tiempo y que no quisiera volver atrás, a aquellos días en los que era señalada por los pasillos del colegio cuando solo tenía un amigo.